Derecho al caos

«Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas».

-Paul Auster

Queridos(as) lectores(as):

Según la Real Academia Española, el caos es un «estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos». Si nos enfocamos en la definición que se le da en la Física y en la Matemática, se trata de «un comportamiento aparentemente errático e impredecible de algunos sistemas dinámicos deterministas con gran sensibilidad a las condiciones iniciales». Atendiendo ambas definiciones, nos topamos directamente con un origen que apuntala al orden, siendo a su vez que el orden es el origen… ¡Pero cuidado! Hay muchos puntos de vista al respecto y una notable discusión, así como el famoso ¿qué fue antes, si el huevo o la gallina?, sólo que en este caso qué fue antes, ¿el caos o el orden? Sea como sea, hay algo para resaltar en ambas definiciones: estado-comportamiento.

¿Pero qué tiene que ver este vago ejercicio físico con la tendencia de esta página? Que como suele suceder, el caos y el orden se hablan y entienden de varias formas, y como sé que ya estarán deduciendo en este momento, vamos a orientarlo al estado y comportamiento de la mente del ser humano. Después de todo, no es de gratis decir «tengo un caos mental».

Los caprichos sociales de la estabilidad

Es bastante común hoy en día que haya ciertos mandatos, conscientes e inconscientes, respecto al «estar bien» a todo momento y de cualquier forma. Pero qué tan desquiciante resulta cuando hay que esforzarse de más, sobre todo cuando las personas, los más cercanos, son los que hacen que se vuelva una clase de obligación. Nos resulta bastante sencillo tratar de hacer psicoanálisis salvaje (a lo bruto) a partir de alguien que se está quebrando ante tanta exigencia. Y parece bastante incoherente entender que los demás no son como nosotros y aún así juzgar, criticar y hacer que parezca que hacemos menos el conflicto del doliente. Entendamos algo: la crisis caótica de cualquier persona, no se puede tomar a la ligera.

Hace tiempo, recuerdo bien, estaba en casa de un buen amigo y llegó su hermana sufriendo un «ataque de ansiedad». Ella no nos saludó, se fue directo a su cuarto, sacando del mismo una almohada y se dirigió a la cocina a servirse un vaso con agua. Sin decir palabra alguna, se sentó en un sillón vacío frente a nosotros, abrazó la almohada y bebía de poco a poco del vaso, sin despegar éste de su boca. «¡Qué ridícula!», no faltará quien en este momento esté pensando esto, tal como mi amigo lo expresó. Acto seguido, surgió un discurso totalmente innecesario por parte de él para «hacerle ver a su hermana que estaba exagerando». Ella en cuestión sólo lo veía y su llanto aumentó considerablemente. No quise participar de ese (des)encuentro de hermanos, pero la incomodidad me hizo hacerlo. «Venga, aquí estamos, continúa… te esperamos». Eso le dije, ella continuó hasta que se pudo tranquilizar. Mi amigo me veía raro, como enojado (cosa que realmente no me importó), pero su hermana se puso de pie, me dio un beso en la frente, me dijo «gracias», sonrió y se fue. Más tarde, bajó una vez más a la sala y nos explicó que estaba teniendo ese ataque porque se encontraba muy preocupada por una situación personal. Pero cuando digo que «nos explicó», lo hacía mirándome sin voltear a ver a su hermano en ningún momento. En el caos, comprensión.

Caos, orden… ¡imaginación!

En su última novela, El peso de vivir en la tierra (2022), David Toscana nos ofrece un hermoso recorrido a través de la literatura rusa a partir de sus maravillosos personajes, aventurándonos hacia la búsqueda de libertad en un mundo en el que no la había. Pero, ¿cómo autores como Dostoievski, Tolstoi, Gogol, Chéjov, Bábel, etc., nos pueden ayudar en estos tiempos de caos? Recordándonos, para empezar, que la libertad esencial del ser humano radica en la propia imaginación. Muchas veces, tal y como lo sabemos bien, hay sentimientos que no se pueden expresar con palabras, al menos no de la manera tan exacta como quisiéramos, por lo que nuestra imaginación nos ayuda a enfocarlos en la expresión artística: pintura, música, escritura, baile, canto, etc. Por lo que el mejor consejo que se puede dar a una persona que está en un momento «caótico», en primer lugar es no decirle nada. Esperar a que se calme un poco la tempestad, escucharle e invitarle a expresarse de la mejor manera que crea posible.

El caos es en sí mismo un persistente recordatorio que todavía nos falta mucho por vivir. De hecho, ahora que hablamos de autores rusos, en su magnífico cuento La dama del perrito (1899), Antón Chéjov nos regala una reflexión final: «Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar». ¿Y cuál es esa parte? La vida misma. Por eso es que es importante que tengamos derecho al caos, porque es una clase de punto y coma, un respiro, un «detente», para poder continuar. Así que, mis queridos(as) lectores(as), no mutilemos nuestro caos ni el de nadie, es muy necesario.

P.d. Tengo que aprender ruso…

El privilegio de estar rotos

«Si me dan a elegir entre la tristeza y la soledad, me quedo con la tristeza».

-William Faulkner

Queridos(as) lectores(as):

Sinceramente me han sorprendido con la respuesta que han tenido con el último encuentro (El vacío de una persona rota). Me han hecho llegar muchos comentarios y en verdad agradezco cada uno de ellos. Sin embargo, uno que otro de ustedes me hizo centrarme en lo que compartí de la serie Bojack Horseman: «Naciste roto, y ese es tu privilegio». Una sentencia en verdad dura y muy pesada. ¿Pero por qué? Evidentemente, muchos(as) de ustedes se identificaron con esa expresión y me manifestaron (muy hermosamente) algunos aspectos de sus vidas que los tienen «rotos». Así que, en respuesta a esto, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones.

¿Qué significa estar rotos? Bueno, no es algo tan difícil de explicar. Pero lo llamativo es que decimos que «estamos rotos» en vez de decir que «estamos heridos/lastimados/dolidos». El uso del lenguaje y de ciertas palabras no es algo en vano. Las analogías lingüísticas que solemos usar son en verdad fascinantes dadas las referencias que tenemos sobre ellas. Decir que algo está roto nos plantea dos opciones: se repara o se deshecha. Pero, pensando en lo personal, en lo que nos hace estar rotos, me parece que se vuelve una condena muy fatalista respecto a la vida misma. ¿Quién puede sonreír cuando está destrozado(a)?

De corazones

Siguiendo el consejo de John Ruskin, «da un poco de amor a un niño y ganarás un corazón», podemos tener en cuenta el hecho del tesoro de la infancia que se ve en constante peligro cuando se va creciendo y avanzando hacia la edad adulta. El corazón de los niños es una visión del futuro que les espera. Infancia es destino, es lo que entendemos en el psicoanálisis como lo determinante en la vida de los hombres. Hubo corazones que fueron cuidados, que fueron amados, que fueron tomados en cuenta y que dieron oportunidad, pasados los años, de quebrarse. Pero también hubo corazones descuidados, que fueron ignorados, que no se les tomó en cuenta, que sólo fueron puestos a disposición de la aparente crueldad del mundo. Sin embargo, ¿en verdad es un destino funesto del que no se puede escapar? Muy por el contrario de lo que sentencian algunos, el ser humano tiene la posibilidad siempre de probar cosas nuevas y abrirse en totalidad a descubrir lo mejor para sí mismo. Lo que no se tuvo, se puede tener; lo que no se fue, se puede ser. Abordamos la existencia desde el hecho de ser para estar siendo.

El corazón y el ser, pintura al óleo de Cristina Alejos

Un corazón que fue cuidado por alguien más y que ahora está roto, en ningún momento sentencia una realidad que se asemeje a la eternidad de su dolor y de su tristeza. El privilegio que se tiene de poder llorar, de poder dolerse, de poder sufrir, nos abre las puertas de par en par al descubrimiento mismo de la vida. ¿Quién cuando ve a alguien triste no siente el impulso de querer abrazarle y consolarle? Los adultos que sufren son niños que están llorando. La empatía nos permite situarnos en la posición del otro y nos obliga a callar nuestros prejuicios. Un corazón roto debe ser reparado, nunca despreciado. No olvidemos lo que León Tolstoi decía: «A un gran corazón ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa». La tristeza y el dolor son ocasiones de encuentro en el que la humanidad tiene la oportunidad de abrazar la vulnerabilidad y descubrir que nada nos diferencia tanto como normalmente creemos.

El desencuentro conmigo mismo(a)

Sin embargo, no hay que perder de vista algo importante: de nada ni de nadie depende nuestra vida más que de nosotros mismos. La vida del ser humano es tan caótica que es fácil perderse en ideas que nos alejan, que nos hacen sentir solos y que nos provocan miedo de cualquier tipo de encuentros. ¿Cómo puedo esperar que alguien me ayude si esa persona también tiene sus propios problemas? ¿Cómo voy a ayudar a esa persona que sólo ha sido «mala» y que no merece ninguna consideración? Razonamientos así nos impulsan hacia un individualismo salvaje que termina por desmoronar todo tipo de noción de ayuda que podemos plantearnos como sociedad. Muchas veces, el doctor no puede ir al enfermo o el enfermo no puede asistir con el médico, por ello es que hay que entender y ver qué se puede hacer al respecto. A veces por miedo, a veces por duda, pero lo cierto es que no podemos estar esperando que alguien «se apiade» de nosotros si nos somos capaces de pedir ayuda.

Por eso es que hay que considerar el hecho de que en el colapso de nuestro ser en aquellos momentos de desolación, lo que solemos hacer (de manera inconsciente) es abandonarnos. Dejamos de comer, dejamos de apreciar el canto de las aves, todo es oscuro y la luz no tiene ni un lugar donde sea capaz de brillar. La depresión posibilita una idea incisiva y dañina de la falta de esperanza en nuestra vida. Y no, no es así. Pero también hay que ver que ese abandono es una oportunidad de volver hacia nosotros mismos. No es nada fácil, pero tenemos que encontrar fuerzas en cualquier lado para levantarnos y empezar, poco a poco, a retomar la vida, ya que ésta no se acaba por un tropezón. Bien dicen por ahí que «la mejor venganza contra nuestros enemigos es seguir viviendo». Por eso es importante la idea del perdón, pero un perdón personal que nos permita quitarnos las cadenas de aquello que nos mantiene cautivos en los aparentes resultados de nuestras anteriores decisiones. Perdonar(se) es un ejercicio de humildad y una oportunidad de enmendar y seguir adelante.

Saber estar rotos

Una cosa que quizá no habíamos podido contemplar respecto al uso de las palabras para expresar nuestro sentir, es que en este caso al decir que estamos rotos, se abre al mismo tiempo una ilusión de poder «ser reparados». ¿Alguna vez les ha pasado que entienden mejor cómo funciona algo cuando se rompe? Es decir, pienso en aquel juguete de la infancia que por un descuido se terminó rompiendo. Al ver lo que hay dentro del juguete, en cierto modo es fascinante descubrir cómo funciona. Eso mismo pasa con un corazón. Qué fácil nos resulta decir que estamos felices o que estamos tristes, pero qué difícil es explicar el porqué. Y no nos vayamos por la fácil de «es que no puedo explicarlo», porque queda demostrado lo que estoy abordando. Ni nos vayamos por la evasiva retórica al estilo de uno de los amigos de Antonio en El mercader de Venecia (William Shakespeare) cuando le dice a éste (parafraseando): «Estás triste porque no estás contento». La repetición es un fenómeno psíquico bastante común en el ser humano. En la clínica vemos cómo los pacientes no recuerdan, sino que repiten actuando algo en específico. Algo inconcluso, algo no trabajado, termina por repetirse una y otra vez a lo largo de nuestras vidas.

Pienso en N, quien una vez me decía que siempre que hablaba con él, le era imposible no sentirse profundamente triste. ¿Te da tristeza hablar conmigo? -le pregunté. A lo que me contestó: No, pero hay algo en tu voz que me hace recordar a mi abuelo, y pues ya que murió ya no puedo hablar con él. Indagando en esa valiosa información que me dio, pudimos caer en cuenta que el tono de mi voz era muy similar al de su abuelo, y con otras cosas que no puedo compartir aquí, N se sentí muy cercano y a su vez lejano a él al hablar conmigo. Una vez aclarado eso, la tristeza se volvió alegría. Por eso es que hay que entender que estar rotos es un privilegio porque nos permite indagar en nosotros mismos y ver de qué manera podemos «repararnos», qué cosas podemos cambiar, qué cosas podemos incluso eliminar. Saber estar rotos es saber darnos una pausa para estar con nosotros mismos. Y, tal como sostenía Blaise Pascal, «el corazón tiene razones que la razón no conoce». Hay que hacer(nos) preguntas para poder dar con las emociones más profundas y dejarlas fluir con los sentimientos más claros.

Un día como cualquier otro

«El cuerpo sufre por los excesos, también el ánimo abatido»

-Horacio

Queridos(as) lectores(as):

¡Vaya que ha sido una semana de escribir y escribir! Y me alegra mucho, sobre todo porque han sido temas que favorecen nuestros encuentros en medida de hacer más consciencia sobre la salud mental. Ahora bien, como sabemos, cada 13 de enero se conmemora el Día mundial de la lucha contra la depresión. Es importante que existan estos días, por supuesto que sí, sin embargo, no es que nada más nos acordemos de eso un día y los demás tengamos casto silencio. Es momento de hacer eco en los corazones una vez más.

La depresión no es un padecimiento nuevo. En la antigüedad se le equiparaba con la melancolía, la nostalgia, en casos extremos con la desolación (que no es lo mismo) y de manera más simplona con la tristeza. El estado de depresión por el que atraviesan un gran número de personas en el mundo se debe a muchas razones, en algunos casos a cuestiones neuronales (como una falla de neurotransmisores), en otros casos por los sentimientos de impotencia y frustración ocasionados por la sociedad tan exigente en la que vivimos, algunos por cosas familiares, etc. Vamos, hay muchos motivos, pero parece que el malestar nunca desaparece.

Un día a la vez

Hay un error vital en creer que la vida es por sí misma justa. No existe tal lógica. «Es que si hago las cosas de tal modo así me irá», por supuesto que no es una ley ni tiene por qué cumplirse. Justo es uno de los inicios de este problema. La expectativa, el exceso de pensamiento optimista que abusa de ignorar la realidad, genera en el ser humano una falsa idea de bienestar que al no cumplirse se torna en un escandaloso y lamentable infierno. Cada ser humano tiene la capacidad de ser feliz, pero no hay que pensar que se obtiene del mismo modo y haciendo las mismas cosas. Uno puede ser feliz si se saca la lotería (¡quién no!), otros pueden ser felices por estar con sus seres queridos, algunos son felices porque ya acabó el trabajo duro de la semana y otros tantos son felices con quitarse los zapatos al llegar a casa. Son tantas las comparaciones que tenemos entre nosotros que no aprendemos a abrazar nuestra propia individualidad.

En el panorama social existe una suerte de idea de cumplir con lo que se espera de nosotros. Tenemos que ser exitosos en todo, ser los mejores sin competencia, ser siempre el objeto de atención, el centro de todas las miradas. ¿Por qué? Claramente existe una virtud que es la magnanimidad, que nos impulsa a ser mejores en nuestra vida, pero esa virtud en ningún momento debe convertirse en un vicio o en una adicción. En la reciente película de Guillermo del Toro, Pinocho (2022), hay un pequeño diálogo entre el grillo y la hada: «Haré lo que pueda hacer»-dice el pequeño ser, a lo que el hada le contesta «Y es lo mejor que puedes hacer». ¿Qué necesidad de sobre exigirnos? Se hace lo que se puede con lo que se tenga, poco a poco. Es un proceso. Hay que entender que cada quien tiene sus modos y maneras, pero sobre todo (y eso se lo repito mucho a mis pacientes), su ritmo y su tiempo. Hay cosas que nos corresponden, otras que no. «Si no tienes comezón, no te rasques».

Hacer ruido, hacer presencia

Muchas veces pensamos que nuestros problemas son nada en comparación con otros. Y sí, puede ser que sí sea. No sé, pienso en que no puedo comparar el hecho de que se ponchó una llanta de mi camioneta con la enfermedad terminal de alguna persona en alguna parte del mundo. Pero, a pesar de eso, es un problema y es muy nuestro. El minimizar nuestros problemas es minimizarnos al mismo tiempo. Hay veces en las que podemos darle solución y otras en las que necesitamos a los demás. El dejarnos ayudar por otros, sobre todo cuando ellos son los que se ofrecen a hacerlo, nos hace ser agradecidos desde la más pura humildad. No tenemos que poder con todo ni contra todos. Y así es como se paga el favor, quizá no directamente a quien nos ayudó, pero si tenemos la oportunidad de ayudar a alguien más, ¿por qué no hacerlo? En este mundo de egoísmos, también hay personas amables y lindas que a pesar de los malos tiempos, encuentran el modo de ayudar.

Hay días en los que «no sabemos» por qué estamos tan tristes, sin ganas, y pensamos que la mejor acción que podemos realizar es alejarnos y estar en soledad. Puede ser que para algunos les sirva, pero en realidad no es bueno, porque justamente es irse o encerrarse con los pensamientos negativos que nos consumen poco a poco de una forma muy dolorosa. Siempre habrá alguien que esté dispuesto a escucharnos, pero sobre todo, a acompañarnos. Pero eso sí, hay que entender que cuando nos toca ser quien es buscado por esa persona que nos necesita, lo mejor que podemos hacer es precisamente acompañarle, no opinar, no decir ni tratar de llenarle con optimismo que no sirve en ese momento: escuchar, consolar, abrazar, acariciar, ir a caminar, secar lágrimas… estemos para el otro. Ya habrá algún momento para algo más.

Unas palabras para ti:

Puede ser que estés pasando por un momento difícil y triste. No me imagino qué te tiene así. Pero te digo con toda mi alma y con un corazón sincero: NO ESTÁS SOLO(A). Hace años decidí abrir este espacio para compartir un poco de lo que he aprendido con mis estudios, pero sobre todo, con la vida. Sé lo que es una enfermedad que puede costar la vida, sé lo que es el dolor de perder a un ser querido, de quedarse sin padres, de perder trabajos, el dolor de la traición, de un rompimiento, de una separación. Por eso es que insisto en que la empatía es la respuesta en este mundo de amor. No calles por pena o miedo lo que sientes, siempre habrá alguien para ti. Busca la ayuda de un profesional. Quizá sea momento de un apoyo psicofarmacológico, mientras puedas llevar una terapia al mismo tiempo. Esos medicamentos tiene fecha de inicio y de terminación. Acércate a tus amigos, a tu familia… a veces encuentras incluso amor en donde menos esperabas. Pero sobre todo, tente amor y compasión. No tienes por qué sufrir de más, no te castigues tanto. Quítate los zapatos y los calcetines y camina sobre el pasto. Acuéstate, ve la forma de las nubes, escucha tu música favorita, haz ejercicio, camina, come lo que te gusta, ve una serie, conoce gente, lee un libro, acaricia a los perritos en la calle, haz sonreír a un niño… hay tantas cosas que puedes hacer que te sorprendería todo lo que puedes lograr. Pero, por favor, no dejes de ser tú mismo.

En este mundo de amor, también lo hay para ti.

Nos haces falta, te queremos con nosotros.

¡Resiste, que no estás solo(a)!

Héctor Chávez Pérez

P.d. A veces tenemos que perder para saber valorar. A veces perdemos algo, pero ganamos algo más. Es un balance. ¡Que pronto encuentres paz!

Festividades distintas

Queridos(as) lectores(as):

Los días están llegando y con ellos el fin de este año. No había podido sentarme a escribir, pero quiero aprovechar esta oportunidad para compartir con ustedes una reflexión respecto a las festividades que estamos celebrando o por celebrar. Definitivamente, al hablar de diciembre, por lo general lo hacemos desde cierto optimismo, con determinados colores y sabores, alegría, esperanza y demás sentimientos relacionados con el amor. Y eso es bueno, después de todo, la vida sigue y hay que seguir edificando caminos hacia cosas mejores.

Sin embargo, es un hecho también que descuidamos el sentido trágico de la vida y lo que ello significa. Para muchas personas es bien sabido que diciembre no es exactamente su mes favorito: hay tristeza, dolor de ausencias, soledad, sentimientos que acarician las más profundas desolaciones y demás. A veces, una festividad no es del todo bien recibida, y no somos quiénes para juzgar. Antes bien, hay que saber ver esta realidad, no desde el absoluto que podemos ser para nosotros mismos y decirles a estas personas cómo deberían sentirse. Eso es tan absurdo y tan inútil. Es importante saber estar, recordar también la parte difícil que los creyentes olvidamos de aquella noche fría para unos padres y su bebé. ¿Por qué nos olvidamos que no todo es risa y diversión? También hay que pasar por momentos complicados, y por ello es que «existir es compartir». ¿Compartir? Sí, unos con otros.

En algún lugar en Palestina

Para muchos(as) de mis lectores(as), es perfectamente entendible que yacen dentro de una estructura social judeo-cristiana, es decir, somos occidentales y nuestras culturas, por muchas diferencias que haya en sus expresiones, comparten una base innegable. Se sea creyente o no, no podemos descuidar el tremendo valor simbólico de la Navidad, que en su espíritu universal nos invita a dejar a un lado las diferencias y unificarnos en un profundo deseo de paz y amor para el mundo. Por el lado creyente, es tener presente cómo un pequeño bebé llegó a este mundo para precisamente dar la esperanza de amor, donde quienes fuesen enemigos se volvieran amigos y donde las diferencias enriquecieran todo. ¿Pero es posible hablar de ello cuando dejamos que los prejuicios y los ecos del rencor y la ignorancia determinen nuestro pensar y actuar?

Trato de pensar en aquella noche fría (que si bien fue establecida durante un Concilio) no deja de ser un hecho que las dificultades son reales. ¿Imaginan a dos padres buscando un lugar para pasar la noche fría con su pequeño en brazos? Hoy en día hay muchas personas en las mismas circunstancias en la calle, y no sólo perros o gatos, sino que hay humanos, hay personas que tienen frío, hambre, y la mirada consumida por la desesperanza. ¿Dónde yace entonces su Palestina? ¿Dónde hay un lugar en nuestros corazones para ellos? Pero, como decía al principio, no sólo son unos, sino que hay personas aún más cercanas que tienen la mirada perdida en una profunda tristeza. ¿Podemos acercarnos a ellos y abrazarlos con total amor y sin «deber ser»?

Un tipo de alegría especial

Seguimos viviendo, por desgracia, los estragos de la pandemia mundial de COVID-19. En Ucrania una guerra sin sentido, en África persecuciones religiosas, en América Latina gobiernos que desestabilizan a sus poblaciones, etc… El mundo es un hervidero de cosas lamentables, es por eso que estas festividades deben ser distintas y marcar nuevas rutas. Como hemos visto, las diferencias suelen usarlas como armas, como propagandas ridículas que distancian los corazones, lejos de unirlos y fortalecerlos. La esperanza del mundo radica en la posibilidad que tenemos de ver con nuevos ojos aquello que por sí mismo ya no lo es, pero recuperar la capacidad de asombro debería ser nuestra ocasión para descubrirnos, frente a frente, recorriendo juntos este mundo. Dejar los prejuicios a un lado y abrazarnos como hermanos. Como personas que sienten, que sonríen, que lloran, que sufren, que gozan, que disfrutan… que se sienten solas. Somos soledades que nos encontramos.

Te dirijo estas palabras a ti, seas quien seas:

No puedo dimensionar lo que estás pasando, lo que tiene a tu corazón frío y con tristeza, pero te puedo asegurar que no estás solo(a). Siempre habrá quien esté dispuesto a ofrecerte un cálido abrazo, a hacerte sonreír. A veces hay que buscar, pero también hay que dejarse encontrar. Si no te hablan, habla. No esperes lo que quieres, sino aprende a recibir lo que necesitas. Encontrarás mucho cuando dejes de fijarte sólo en la puerta y recuerdes que también hay ventanas. Quizá haya dolor, tristeza, falta de esperanza por el porvenir, pero mira que el sol siempre sale. Sé que es una frase auto-motivacional y que puede ser un cliché, pero es cierto. Te abrazo con todo mi amor y deseo que poco a poco recuperes esa alegría, esa emoción y, sobre todo, la pasión por vivir. Date la oportunidad de vivir una vida en la que las cosas siempre sirvan para edificar tu vida, y cuando estés por rendirte, recuerda que hay cruces que se cargan, pero siempre llega alguien, quizá un perfecto desconocido, a ayudarnos.

¡Feliz Janucá!

¡Feliz Navidad!

¡Feliz Año Nuevo!

Dios te sonría, que la vida te sorprenda, y que seas la fantástica persona que eres, pues te queremos aquí con nosotros, ¿quién sería capaz de ocupar tu lugar? ¡Nadie!

¡Gracias por seguir! ¡Resiste!

Nos estamos encontrando luego.

Héctor Chávez Pérez