Carta para atravesar la tormenta

Querido(a) lector(a), querida alma que resiste en silencio:

No sé quién eres, ni dónde estás, ni qué historia te trajo hasta esta carta. Pero si estás leyendo esto, es probable que el alma te pese más de lo habitual. Que estés pasando por días difíciles. Que los números no den, que la soledad apriete, que los pensamientos no se callen, o que simplemente el cansancio se haya convertido en tu sombra cotidiana. Yo también he estado —estoy— en ese lugar.

Hay días en los que me levanto con fe, con ánimo, con ganas. Y hay otros en los que todo se me viene encima: los temas económicos, las responsabilidades, los dolores que no se curan con analgésicos. A veces siento que hago mucho, y que, sin embargo, no alcanza. Me esfuerzo por mantenerme como psicoanalista, como escritor, como ser humano que aún cree en lo que hace. Y a pesar de todo, hay momentos en que el mundo parece no escuchar. Pero quiero decirte algo importante, algo que me diría a mí mismo si pudiera abrazarme en esas noches largas: ¡estás haciendo más de lo que parece, aunque no se note! Y eso, eso también es una forma de amor.

Tal vez no puedas cambiar todo ahora mismo. Tal vez te falten recursos, compañía, certezas. Tal vez tus padres ya no estén, como los míos. Tal vez no tengas con quién hablar de lo que realmente te pasa. Tal vez te han dicho que tienes que “echarle ganas” como si fuera tan simple. Entonces, déjame ser quien te lo diga con otro tono: no estás solo, no estás sola, aunque la soledad grite fuerte. Hay quienes entendemos lo que significa luchar con el alma cansada. Hay quienes, como tú, han aprendido a amar desde la ternura, aunque a veces la paciencia se agote. Por eso, esta carta no es sólo un consuelo. Es un puente. Desde mi dolor al tuyo. Desde mi esperanza tambaleante a la tuya, que tal vez esta noche necesita una mano para no dejarse caer.

En este punto, quisiera compartir contigo algunas cosas que me han ayudado, con la tierna esperanza de que te puedas dar 15 minutos en tu día para desconectarte del mundo para conectarte contigo mismo(a), con tus emociones, tus sentimientos, tus miedos… tu sombra. ¿Qué te parece ponerte unos audífonos y disfrutar de lo siguiente?

Música que acaricia el alma

Hay piezas que no salvan, pero que acompañan. Que se sienten como una voz que no te exige nada, sólo se sientan contigo. Me tomé la libertad de ayudarte poniendo los links para cada una de ellas. ¡Disfrútalas!

  1. Spiegel im Spiegel – Arvo Pärt (sencilla, minimalista, como una oración sin palabras).
  2. Adagio for Strings – Samuel Barber (para esos días donde necesitas llorar sin pedir permiso).
  3. Clair de Lune – Claude Debussy (una caricia sonora, como un recuerdo bonito en medio del ruido)
  4. Andante del Concierto para clarinete – Wolfgang Amadeus Mozart (ligero, pero no superficial. Profundo, pero no abrumador)
  5. Cavalleria Rusticana: Intermezzo – Pietro Mascagni (sensible, poderoso, lleno de un sentimiento que revitaliza todo el ser)
  6. Sake de Binks – Kohei Tanaka (One Piece) (dejarnos llevar por los sueños de piratas como los Mugiwara / Sombreros de Paja)

Si puedes, escúchalas con los ojos cerrados. No busques entenderlas. Sólo déjate llevar…

A veces, basta con mantenerse a flote. Y si el mar ruge, que ruja… pero que no nos haga olvidar que seguimos navegando.

Lecturas que sostienen

No, no son fórmulas mágicas. Pero algunas palabras funcionan como bálsamos:

  1. Cartas a un joven poeta – Rainer Maria Rilke (especialmente esa parte donde dice que la tristeza también es una casa que hay que habitar)
  2. Salmo 42 –»¿Por qué te turbas, alma mía?” (un diálogo eterno entre la angustia y la esperanza)
  3. Los hermanos Karamázov – Fiódor Dostoievski (porque incluso los personajes más rotos siguen hablando con Dios desde sus escombros)
  4. Fragmentos de Tío Vanya – Antón Chéjov (donde la resignación y la ternura se dan la mano. “Viviremos, tío Vanya… Viviremos…”)

Pequeños ejercicios que a veces nos salvan del abismo

  1. Escribe algo cada día. Aunque sea una línea. Aunque sea un insulto. Escribe.
  2. Respira de verdad. No esas respiraciones automáticas. Inhala contando 4, detén 4, exhala 6. Hazlo tres veces.
  3. Mira el cielo un minuto. En serio. Como cuando eras niño.
  4. Toma un vaso con agua y hazlo con tiempo y calma. Recuérdate que estás aquí. Que existes. Que eres. Disfrútalo entonces.

Y algo más: el humor

En medio de todo… ríete. De ti, de tus ideas locas, de tus juegos perdidos de Melate. Yo también he apostado con fe, y también he perdido. Pero aún así, sonrío. Porque si algo me enseñó mi madre, es esto: «En vez de contagiar gripe, contagia la risa. Al mundo le hace falta reír». Y si un día te ves riéndote solo(a), contestándote a ti mismo(a)… no te asustes. Yo lo hago seguido. Y a veces, eso es más terapéutico que cualquier sesión.

    Querido(a) lector(a), si has llegado hasta aquí, te agradezco. Esta carta no es una despedida. Es una compañía. No sé si mañana estaré mejor, ni si tú lo estarás. Pero en este momento, nos tuvimos. Y eso basta. Cierra los ojos con esta certeza: no todo está perdido. Aunque la vida duela, tú eres más que tu dolor. Y siempre —siempre— hay alguien que, aunque no te vea, piensa en ti con amor.

    Un abrazo inmenso desde este espacio, tuyo y mío, con respeto, con ternura y con fe en tu fuerza, ¡porque yo sí creo en ti!

    Nos seguimos acompañando.

    Héctor Chávez Pérez

    P.d. Y si alguna vez te sientes muy perdido(a), vuelve a esta carta. Aquí estaré. Aquí estarás. Porque aunque no nos conozcamos, compartimos la misma tormenta… y el mismo anhelo de encontrar tierra firme.

    P.d. ¿Te gustaría hablar? Te puedes analizar conmigo. Escríbeme a psichchp@gmail.com o en Instagram me encuentras como @hchp1. ¡Te espero!

    Un momento de paz en tu día

    «La contemplación no es evasión, sino presencia absoluta. Es tomarse un momento para decirle sí a lo que es».

    -Thomas Merton

    Queridos(as) lectores(as):

    Siempre decimos que no hay tiempo. Que la vida no da tregua, que los días se nos escapan como agua entre los dedos. Pero cuando finalmente lo hay—cuando se abre un espacio sin obligaciones inmediatas—hacemos todo, menos buscar la paz. Ponemos una serie, revisamos redes, buscamos cualquier distracción que nos aparte de nosotros mismos. Y sin embargo, lo que más anhelamos no es entretenimiento… es reposo. ¿Cuántos de nosotros, cuando tenemos un momento apartados del estudio y del trabajo, lo primero que hacemos es ponernos a platicar con alguien en vez de dedicarnos un tiempo para nosotros mismos?

    La paz no llega por accidente. Se cultiva. Como una flor frágil, necesita espacio, silencio, luz. Y sobre todo, voluntad. Porque estar en paz es una decisión. Hace algunos años, y quienes llevan tiempo acompañándome en este lugar de encuentro, recordarán que sostuve una amena plática con un monje budista. Quiero traer a este momento algo que me dijo y que, en buena medida, toca con profunda armonía el tema que estamos tratando: «Un momento de paz en tu día, es un momento que tienes para ser consciente de todo». ¿Cuántas veces vivimos de manera automatizada sin reparar en lo que hacemos? Vivir cada día es vivir en consciencia, porque sucede que a veces hacemos cosas que podríamos hacer de otra manera e, incluso, no habría necesidad alguna de hacerla. En esta época donde la tecnología pareciera que nos está consumiendo, no seamos robots, seamos perfectamente humanos.

    Respirar como acto sagrado

    El cuerpo sabe cosas que el alma olvida. Basta sentarse en silencio y seguir el vaivén de la respiración. Inhalar como quien recibe. Exhalar como quien entrega. “Presta atención a tu respiración, porque en ella habita tu regreso, enseñan muchas escuelas de meditación budista. Thich Nhat Hanh, monje zen y poeta, escribió: “La paz está presente en cada paso. Si uno camina en paz, el mundo entero camina en paz» (La paz está en cada paso, 2006). En otros encuentros hemos hablado sobre cómo las personas van a la deriva con la mirada perdida y los pensamientos revoloteando como porcas (cabezas de cerdo con alas de murciélago) en nuestra mente. Mucho ruido y poca claridad: dudas que se vuelven delirios. Tener un momento de paz durante nuestro andar es darnos la oportunidad de «apagar el switch» sobre las cosas que nos preocupan y centrarnos en lo que nos rodea. Pienso, por ejemplo, en las veces en las que tomo el metrobus: me pongo mis audífonos, pongo música tranquila y apropiada, mientras voy «descubriendo» el camino por el que voy. Este no es un ejercicio de evasión. Es el comienzo de la presencia.

    >Una práctica simple:

    • Inhalen en 4 segundos
    • Retengan 4 segundos
    • Exhalen en 6 segundos
    • Descansen 2 segundos

    Háganlo 3 ó 4 veces al día. Es una forma de regresar a casa. Y pensamos en lo que Albert Camus decía: “En medio del invierno, descubrí que había en mí un verano invencible» (El verano, 1950).

    El ritual en lo cotidiano

    Preparar una taza de café puede ser un acto espiritual si se lo vive con atención plena. El sonido del agua, el aroma, el calor entre las manos… todo habla. En ese pequeño ritual, uno se reconcilia con el instante. En un encuentro anterior (Ven, preparemos un mate) les contaba cuando mi mamá me ayudaba a recuperar la paciencia sobre las cosas mientras nos preparábamos un mate. Un ritual tiene un poder simbólico profundo y muy personal que justo nos ayuda a centrarnos, a volvernos al aquí y al ahora. Una paciente me cuenta tiernamente que ella tiene un momento de paz cuando se pone a regar sus plantas cuando regresa a casa después del trabajo: «No sabes, me encanta, voy y les echo agua… ¡y platico con ellas! Les cuento mi día, les hablo con ternura y no sé, me ayuda a sentirme menos estresada».

    Vivimos siempre a las carreras que hasta se nos olvida disfrutar de lo que hacemos en el proceso. Una vez, un querido amigo me invitó a tomar un café antes de que le tocara ir a recoger a sus hijos a la escuela. Me llamó la atención que su plática se veía constantemente interrumpida por estar viendo el celular o el reloj. «Perdona, es que no quiero que se me vaya a pasar la hora». Le sugerí que pusiera una alarma quizá unos 15 minutos antes (cabe decir que faltaban como 3 horas para que tuviera que ir por sus hijos). Lo hizo, y eso le ayudó a estar más en la plática… o eso creí. Resulta que mientras me contaba sobre las distintas cosas de su vida y de su trabajo, el bebía su café como si fuera agua. Y ojo aquí: la simplicidad del agua pareciera que nos hace evadir el lujo que es poder tomarla. Hoy hacemos las cosas tan en automático que no reparamos en disfrutarlas.

    Mi café me duró fácilmente unos 40 minutos, entre que estaba muy caliente y mi lengua de gato no me permite tomarlo así, y entre que disfrutaba cada sorbo el sabor tan peculiar y delicioso. Mi amigo se tomó el suyo en 10 minutos. ¿Ven a lo que me refiero de la importancia de los rituales en el día a día? Basta un gesto: encender una vela, escribir tres líneas en un diario, tomar un té en silencio, cerrar los ojos y dar gracias. La espiritualidad, en su sentido más amplio, no es otra cosa que aprender a estar presentes con amor en cada gesto, por pequeño que sea. Ya lo decía santa Teresa de Calcuta: “Haz lo ordinario con amor extraordinario» (Donde hay amor, está Dios, 2010).

    La oración como brújula

    La tradición católica no excluye el silencio. Muy al contrario, lo necesita. “Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que ve en lo secreto” (Mt 6,6). En la oración aprendemos a decir nuestras inquietudes sin pretender dominarlas. A veces basta una súplica: “Señor, que vea” (Mc 10,51). Ver lo que sentimos. Ver lo que evitamos. Ver lo que necesitamos. Como decía Simone Weil, tan cercana a la mística como al sufrimiento humano: “La atención, tomada en su forma más elevada, es la oración» (A la espera de Dios, 1996). La oración es también una forma de reordenar lo disperso. Cuando el creyente entra en oración, lo que hace antes de cualquier cosa es centrar su atención en su corazón. ¿Qué me duele? ¿Qué me preocupa? ¿Qué me da tanta alegría? Etc. Eso es ser conscientes de nuestros sentimientos y cómo reaccionamos ante ellos. Muchas veces nos damos cuenta que lo que tanto nos puede estar afligiendo, en realidad no depende de nosotros, no está en nuestras manos. ¡Y cuánto nos agobia! Esa consciencia de lo que sucede nos ayuda a hacernos responsables de lo que nos toca, de lo que podemos hacer, y dejar el resto en manos de Dios (o simplemente que pasen como tengan que pasar).

    Desde la tradición católica ortodoxa llega una de las formas más bellas de oración contemplativa: la Oración del corazón, también conocida como la Oración de Jesús: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Se repite con cada respiración, permitiendo que el ritmo del cuerpo acompañe el alma. No es una súplica desesperada, sino una invocación constante de presencia amorosa. “Baja con la mente al corazón y permanece allí, frente al Señor”, decía san Teófano «el Recluso». Es una forma de unificar pensamiento, cuerpo y espíritu en un mismo gesto de humildad y entrega.

    Incluso contemplar la naturaleza es desconectarse del caos, conectándonos al mismo tiempo al resto de la vida.

    La paz no es negación

    No buscamos “positividad tóxica” ni forzar la calma. Buscamos la paz real: esa que nace de enfrentar la vida como es, sin adornos ni máscaras. Marco Aurelio, emperador romano estoico, escribió en sus Meditaciones: “La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”. Y añadía: “No dejes que tu mente divague lejos de ti”. Pensemos por un momento lo siguiente: ¿cuántas veces nos preocupamos por cosas que poco o nada tienen que ver con nosotros? De acuerdo, no se trata de ser indiferente, pero tampoco se trata de hacer que todo gire alrededor nuestro. Una amiga me decía que no podía dormir porque le angustiaba mucho el tema de los pasados incendios en Los Ángeles. Pensaba en la pobre gente que había perdido todo, en quienes murieron, etc. ¡Y qué alegría que haya quienes se les conmueva todavía el corazón por la desgracia ajena! Sin embargo, ¿ella podía hacer algo desde la Ciudad de México para ayudar a las personas allá? Claro que sí, podía estar al pendiente de campañas oficiales de apoyo económico, poder llevar despensas a los centros de acopio, ofrecerse como voluntaria… y ya. De ahí en fuera, no había más que hacer.

    No se trata de apagar el mundo, sino de aprender a habitarlo sin ser arrastrados por él. Hay que entender que hay cosas que nos corresponden y otras que no, que tal vez podamos hacer algo y a veces no podamos hacer nada. Pero de ahí a que la frustración generada domine nuestras vidas al punto de quitarnos el sueño, de arrebatarnos la paz y demás, es algo que no permite que tengamos ni un momento de paz por mucho que lo busquemos. No se trata de negar la vida, sino de aceptarla, tal y como es. Habrá que ver qué se puede hacer, si es que se puede hacer algo y si es que tenemos los medios o los recursos para hacerlo. No todo depende de nosotros. Aprendamos a perderle el protagonismo innecesario a la vida que no es nuestra. Aceptar que no podemos con todo también es un acto de fe. La humildad de saberse limitado es el principio de la verdadera paz.

    Ascética cotidiana, no heroica

    La paz no es para los monasterios únicamente. Está disponible para quien decide, por un momento, no dejarse llevar por el automatismo. Encender una vela. Escuchar música con los ojos cerrados. Leer un Salmo. Repetir un versículo. Respirar con consciencia. Dar gracias por lo que se tiene (y por lo que no). Todo eso es una forma de ascesis: no de castigo, sino de afinamiento del alma. Evagrio Póntico, uno de los padres del desierto, escribió: “Si eres auténtico en lo poco, serás auténtico en lo grande. La paz comienza en lo simple» (Tratados ascéticos, 2013). Quizá el mayor acto de amor por uno mismo no sea cambiar de vida. Tal vez, sea cambiar la forma de habitarla. Regalarse un instante cada día donde el alma, al fin, pueda sentarse y decir: “aquí estoy». Porque la paz no es ausencia de conflicto. Es presencia real. Es la presencia nuestra en nuestra vida. Y esa… comienza hoy. Tal vez no necesitamos cambiar de ciudad, de trabajo o de vida. Tal vez necesitamos cambiar de ritmo, de gesto, de silencio.

    5 minutos para el alma

    Siempre hay tiempo, lo que falta es querer tomarlo y aprovecharlo. Todos tenemos incontables cosas que hacer a lo largo del día, cosas que nos preocupan, que nos tienen en constante vigilia. Definitivamente no podemos hacer mucho al respecto. Pero todos, también, tenemos tiempo para hacer otras cosas en el proceso diario. Si tenemos, por ejemplo, 5 minutos entre hora y hora, podemos aprovecharlos para levantarnos a estirarnos, mojarnos la cara, salir a tomar aire fresco, un poco de sol, prepararnos una rica bebida fría, escribirle un mensaje a un ser querido (pero esto último no debe ser lo primero). Porque esos 5 minutos son nuestros. Cuando los dedicamos a alguien más, los perdemos. Porque nos dedicamos al otro, no a nosotros mismos. Y no caigamos en el autoengaño simplón: «Es que es lo que yo decido hacer con mi tiempo». Porque en realidad se trata de algo más preocupante: NO SABER ESTAR SOLOS. NO SABER ESTAR CON NOSOTROS MISMOS.

    Y esto último lo reforzamos con una cosa que decía el P. Henri Nouwen: “Cuando te sientes en silencio contigo mismo, estás orando. Aunque no digas nada».

    Carta a los amores trágicos

    Querido(a) lector(a):

    Te escribo a ti, que conoces el peso de la soledad después de haberlo dado todo. A ti, que aprendiste que el amor no siempre se corresponde con la misma intensidad con la que lo entregamos. Vivimos tiempos extraños, tiempos en los que el amor parece ser un riesgo y la indiferencia un escudo. Tiempos donde los corazones se han vuelto cautelosos, donde muchos prefieren esconderse detrás del cinismo antes que arriesgarse a sentir. En este mundo, abundan las historias de personas que amaron demasiado y fueron dejadas atrás, de quienes construyeron castillos en el aire sólo para verlos derrumbarse con una despedida. Y también están aquellos que, sin darse cuenta, han aprendido a amar de una manera egoísta, como si el mundo les debiera todo, sin estar dispuestos a dar nada a cambio.

    Te escribo a ti, que te duele haber escrito poemas que nunca serán leídos. Te escribo a ti, que esperaste una llamada que nunca llegó. A ti, que guardaste con ternura un regalo que nunca tuviste la oportunidad de dar. A ti, que fuiste refugio para alguien que, una vez sanado, siguió su camino sin mirar atrás. A ti, que te dormiste con el celular en la mano, esperando un mensaje que nunca apareció. A ti, que bajaste el volumen de tu amor para no incomodar a quien nunca tuvo la intención de escucharlo. A ti, que abrazaste a quien jamás supo sostenerte.

    No te escribo para abrir más la herida, sino para recordarte que no estás solo(a). Para decirte que tu amor no fue en vano, que no fuiste ingenuo(a) por creer, ni débil por esperar. No es un fracaso haber amado con sinceridad en un mundo que muchas veces no sabe qué hacer con lo auténtico. Sé que el dolor te ha hecho preguntarte si vale la pena volver a intentarlo, si es mejor aprender a no esperar nada de nadie. Pero no dejes que la tristeza te convenza de que amar es un error. No te castigues con la indiferencia sólo porque otros no supieron valorarte. No te pierdas en tu tragedia. No te conviertas en alguien que deja de sentir por miedo a volver a sufrir. No permitas que el amor que llevas dentro se marchite por culpa de quienes no supieron verlo. El amor no debería ser un sacrificio perpetuo, ni un juego de pérdidas. El amor es lo que nos hace humanos, lo que nos da sentido, lo que nos permite ver la belleza incluso en medio del caos.

    Así que sigue adelante. No con prisa, no con la urgencia de encontrar a alguien más, sino con la certeza de que mereces un amor que te encuentre en tu verdad. Un amor que no exija que te conviertas en otra persona, que no te haga sentir que eres demasiado o que no eres suficiente. Abraza la esperanza de amores cada vez más dignos. Amores que no sólo duelan, sino que sanen. Amores que no sólo sean promesas, sino presencias. Amores que no sólo existan en la nostalgia, sino en la realidad.

    Sé que en este momento puede parecer imposible. Sé que te preguntas si realmente es posible amar sin perder, sin sufrir, sin entregarse hasta quedarse vacío. Sé que has visto tantas historias rotas que llegaste a creer que el amor sólo es un preludio del dolor. Pero no. El amor no es sólo lo que se pierde. También es lo que se transforma. Es el eco de lo que un día entregaste y que, aunque no haya sido correspondido como esperabas, dejó huella en el mundo. Es la semilla que sigue creciendo, aunque no la veas. No pienses que fuiste ingenuo(a) por haber creído, ni que el dolor es prueba de tu fracaso. Amar nunca ha sido una garantía de reciprocidad, pero sí es la prueba más hermosa de que estamos vivos, de que no hemos renunciado a nuestra humanidad.

    No te aferres a la tristeza. No creas que el amor es un enemigo sólo porque alguien más no supo cómo recibir el tuyo. No te conviertas en alguien que huye del amor sólo porque alguna vez lo perdió. Mereces ser amado(a) con la misma ternura con la que amas. Mereces ser elegido(a), no como opción, sino como certeza. Mereces un amor que no te haga preguntarte cada día si serás suficiente. Y ese amor llegará. Tal vez no como lo imaginaste, no en la forma ni en el tiempo que esperabas. Tal vez no con la persona a la que una vez esperaste con ansias. Pero llegará. Porque el amor, cuando es real, encuentra caminos inesperados.

    Cuando llegue, no lo mires con la desconfianza de quien ha sido herido, sino con la gratitud de quien sigue creyendo. No lo pongas a prueba como si fuera un enemigo, sino abrázalo con la sabiduría de quien ha aprendido que la vida siempre da segundas oportunidades a los corazones valientes. Y si aún sientes que el amor está lejos, recuerda esto: el amor no sólo se encuentra en los brazos de alguien más. Está en la amistad que nunca te ha fallado. En el café que te reconforta en una mañana difícil. En la música que te salva del silencio. En las palabras que lees y que parecen hablarte a ti. El amor está en todas partes, incluso ahora, incluso en este momento en que piensas que te ha abandonado.

    Así que no cierres tu corazón. No te conviertas en alguien que no reconoce el amor cuando llega. No dejes que una historia triste te haga olvidar todas las historias hermosas que aún están por escribirse. Porque un día, sin esperarlo, volverás a amar. Y esta vez, no será una tragedia. Será todo lo que siempre mereciste.

    Con cariño,

    Héctor Chávez Pérez

    P.D. Sé que duele. Sé que a veces parece que el amor es sólo una herida que no deja de abrirse. Pero ven aquí, acércate… deja que te seque las lágrimas. Respira. Estás aquí, sigues aquí, y eso significa que aún hay amor esperándote en algún rincón del mundo. No te desesperes. El amor no ha terminado contigo. Sólo está tomando un camino distinto para encontrarte. Te amo, no lo olvides.

    Atreverse a nombrar las cosas

    «Dos medias verdades no hacen una verdad»

    -Eduard Douwes Dekker

    Queridos(as) lectores(as):

    Decir las cosas por su nombre es un acto de poder, de claridad y, sobre todo, de libertad. Sin embargo, nos han enseñado que hacerlo es peligroso, que es mejor suavizar, justificar y encontrar explicaciones interminables para quienes no nos valoran, para quienes se escudan en su sufrimiento como excusa para dañar, para quienes han hecho del chantaje emocional su única herramienta de relación. Pero no. No todo se justifica. No todo es comprensible ni digno de ser soportado. Y sobre todo: no es nuestra responsabilidad cargar con la inmadurez emocional de otros.

    Freud hablaba de la necesidad de hacer consciente lo inconsciente para poder sanar. «Las emociones reprimidas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen a la luz de las peores maneras», nos advierte en Estudios sobre la histeria (1895). Cuántas veces hemos justificado a quien nos lastima, creyendo que su dolor es excusa para el daño que causan. Sin embargo, como decía Carl Jung: «Hasta que no hagas consciente lo que llevas en tu inconsciente, éste dirigirá tu vida y lo llamarás destino» (Memorias, sueños, reflexiones, 1962). No podemos vivir en la negación ni en la constante justificación del otro a costa de nuestra paz.

    Para lo que no estamos

    Jacques Lacan nos recordaba que el lenguaje nos estructura, que es en la palabra donde se definen nuestras posibilidades y también nuestras cadenas. «El inconsciente está estructurado como un lenguaje» (Escritos, 1966). Entonces, llamemos las cosas por su nombre: si alguien no nos valora, no nos respeta y nos manipula con victimismos, no está mostrando fragilidad, está ejerciendo control. Y nosotros, en nuestra buena voluntad, en nuestra paciencia mal entendida, hemos sido partícipes de esa farsa. Fiódor Dostoievski nos mostró en sus personajes cómo la culpa y el martirio pueden volverse una adicción. En Los hermanos Karamázov (1880), escribe: «Cada uno de nosotros es culpable ante todos y por todo». Pero esto no significa cargar con las culpas de los demás. Cuántas veces hemos tolerado lo intolerable por no querer ser «malos», por miedo a ser los verdugos en una historia que ya nos ha victimizado antes. Pero una verdad es innegable: no estamos aquí para ser el vertedero emocional de nadie. No estamos para justificar, entender y soportar a quien se niega a crecer.

    Rollo May decía que la libertad no es un derecho, sino una conquista. «La verdadera libertad no es la ausencia de restricciones, sino la capacidad de elegir nuestras restricciones», afirmaba en El dilema del hombre (1958). En otras palabras: hay que saber elegir nuestras batallas. La angustia de elegir conlleva responsabilidad, y hay quienes prefieren manipular antes que asumir su propio destino. Kierkegaard, en El concepto de la angustia (1844), complementaba esta idea al afirmar: «La ansiedad es el vértigo de la libertad». No seremos libres hasta que aprendamos a soltar lo que nos daña sin culpa, sin miedo y sin la absurda esperanza de que algún día cambiarán. No se cambia a quien no quiere cambiar. Y aquí está el verdadero dilema: ¿estamos dispuestos a seguir cargando con lo que no nos corresponde o vamos, de una vez, a tomar nuestra vida en nuestras manos?

    Seamos coherentes

    Hay que saber nombrar las cosas. Lo injusto es injusto, el abuso es abuso, la manipulación es manipulación. Y ningún disfraz de «pobrecito yo» lo hará diferente. Simone de Beauvoir decía: «No olvides nunca que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados. Estos derechos nunca son adquiridos. Debes permanecer vigilante toda tu vida» (El segundo sexo, 1949). Pero no aplica sólo con mujeres, sino con los hombres también. Y lo estamos viendo cabalmente hoy en día: se hace menos a unos por hacer más a otros. Esto termina siendo la dictadura del malestar. Lo mismo podemos decir de nuestros límites personales: si no los defendemos, otros los cruzarán sin dudarlo. No hay conquista sin vigilancia, ni respeto sin exigencia.

    En la mañana hablaba con un querido amigo y me contaba sobre los tratos que ha recibido recientemente por parte de una persona. Luego, mi tía Maru de 87 años, cuando le hablé para saludarla temprano, me empezó a decir que una persona cercana a mi familia desde hace años, le habla para contarle sus problemas. ¿Qué tienen que ver mi amigo y mi tía? Simple: ambos hablan con un nudo en el corazón causado por una persona que les ha tratado mal a pesar de la relación que han tenido. Justamente estoy dedicando esta entrada a mi amigo y a quienes la necesiten. Respecto a mi tía, cuando me contaba, la interrumpí y le dije tajantemente: «Perdóname, pero no me interesan los problemas de alguien que no es capaz de preocuparse por los nuestros». Insisto en algo que ya dije: no estamos aquí para ser el vertedero emocional de nadie. Amor con amor, indiferencia con indiferencia. Y no, no es pecado ni nada de eso, es abrazar nuestra dignidad.

    Nombrar es liberar

    Albert Camus, en El mito de Sísifo (1942), escribió: «El único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio». Pero no sólo el suicidio literal: también el emocional. Cuántas veces nos matamos en pequeñas dosis, aceptando dinámicas que nos desgastan, que nos hacen sentir indignos de algo mejor. Pero la existencia nos exige rebelarnos ante eso, elegir lo que nos nutre, lo que nos dignifica. No podemos ir por la vida callando el dolor que nos provocan los tratos de personas que al primer reclamo se escudan y nos atacan de poco empáticos, de que no los entendemos, de que no sabemos lo que ellos viven. Pregunta: ¿no es curioso cómo reflejan sus carencias en los demás? Claro, porque es muy fácil exigir en vez de dar. Y eso ya estuvo bien. Hay gente fantástica en este mundo, ¿por qué empeñarnos a estar con personas que sólo ofrecen malestar? ¿Pobres? ¿Y nosotros no o cómo funciona esto? Todos tenemos que ser responsables de nuestras vidas, y no cargarle el peso de nuestra frustración al otro, por muy amable que sea. No confundamos amabilidad con pendejismo.

    Quien nos ama, nos trata con dignidad. Quien nos valora, nos respeta. Quien nos quiere en su vida, hace el esfuerzo de mantenerse en ella sin chantajes. Si no es así, entonces no lo llamemos amor, porque no lo es. Como decía Erich Fromm en El arte de amar (1956): «El amor inmaduro dice: ‘Te amo porque te necesito’. El amor maduro dice: ‘Te necesito porque te amo'». Y el amor maduro no somete, no mendiga, no manipula: libera. Es en verdad momento de forzar el lenguaje, de pretender que las cosas pasarán sin el mínimo esfuerzo, de hablar sobre cosas inexistentes. Se puede amar y ayudar, pero cuando eso no se valora, se puede seguir amando pero ya no estando. No hay cosa más importante que la dignidad de cada uno de nosotros. Recordemos a San Juan Pablo II: «No hay amor verdadero sin respeto por la dignidad de la persona. Quien ama de verdad no puede humillar, manipular o someter a la persona amada» (Familiaris Consortio, 1981). No atentemos contra e lenguaje y usémoslo adecuadamente.

    Y sí, estoy en verdad molesto… ¿para qué decir que no?

    Manual exprés para vivir con miedo y no morir en el intento

    «Lo que temes, te pertenece».

    -Franz Kafka

    Queridos(as) lectores(as):

    Dicen que el miedo paraliza, pero lo cierto es que el miedo produce: produce dinero, produce novelas, produce candidatos, produce guerras, produce excusas, produce rezos y produce soledad. Es el gran motor oculto de la modernidad. Nos educaron para temer: temer al dolor, temer al fracaso, temer a la soledad, temer al amor, temer a la muerte, temer al placer, temer a la locura, temer a la verdad. Y así, generación tras generación, aprendimos a vivir con miedo como quien hereda una casa llena de goteras y decide poner cubetas en lugar de arreglar el techo.

    El miedo es el sentimiento más democrático del mundo. No distingue entre ricos y pobres, ateos y creyentes, intelectuales y analfabetos. Es la sombra que nos sigue a todas partes, el peso invisible en el pecho, la voz que susurra en las noches más silenciosas: «Y si todo lo que crees sobre ti mismo es mentira?» Pero, en una sociedad que glorifica el control, la seguridad y la previsibilidad, admitir que se tiene miedo es un acto de vulnerabilidad que pocos están dispuestos a permitir. Por eso lo disfrazamos. Lo escondemos detrás de diagnósticos modernos, lo cubrimos con hiperactividad, con distracción, con consumo. Nos convencemos de que el miedo es un error del sistema, algo que debe corregirse o ignorarse, cuando en realidad es la señal más humana que tenemos.

    Y así, sin más preámbulos, aquí está el manual exprés (inspirado claramente en las «instrucciones» de Julio Cortázar) para vivir con miedo sin morir en el intento. Léanlo con atención, porque sin duda ya están aplicándolo sin saberlo.

    Instrucciones para vivir con miedo (y hacerlo con estilo)

    1.- Ubique el miedo correctamente. No se vaya a confundir con el susto momentáneo o la paranoia social. El miedo del que hablamos es ese zumbido en el pecho a las tres de la mañana, ese temblor sutil cuando alguien le dice “tenemos que hablar” o cuando siente que su vida es una fotocopia de sí misma.

    2.- Niegue que tiene miedo. Este paso es crucial. La gente decente no dice «tengo miedo», dice «ando estresado», «es que así soy», o la mejor de todas: «es la edad». Hay que camuflar el miedo como síntoma de algo menor. Es un arte.

    3.- Coloque el miedo en el lugar equivocado. No lo asocie con su infancia, con ese padre ausente o esa madre sobreprotectora. No lo vincule con su primer rechazo o con aquella vez que se enteró de que nadie es indispensable. Mejor diga que es culpa de la inflación, de Putin, de la IA, de los astros o del cambio climático. O una clásica mexicana: «¡Todo es culpa de Calderón!». Sonría y siéntase moralmente superior (hay quien le funcionó por años y a la fecha).

    4.- Romantice su miedo. Llámelo «mi sensibilidad especial» o «mi mente inquieta». Jamás diga que es terror existencial puro, eso es vulgar y demasiado honesto. Mejor léase a Bukowski o a Murakami y cite frases al azar sobre almas rotas. Pero si quiere ser más profundo, trate de conciliar ideas que leyó vagamente en un meme de aquellos donde sale el Joker, eso le dará más caché.

    5.- Cree rituales para distraerse. Cada vez que el miedo se asome, prenda una pantalla. Netflix, TikTok, Tinder o cualquier cosa que le haga creer que está conectado al mundo. Como decía Zygmunt Bauman, “la cultura líquida no cultiva recuerdos, sólo el olvido”. Haga del olvido un hábito. Olvídese de sus problemas… olvídese que por ello después querrá no haber olvidado eso.

    6.- Vaya a terapia/análisis, pero como quien va a un spa. No busque entender su miedo, busque validación. Si el terapeuta/analista le confronta, acúsele de ser tóxico o poco empático. Mejor cambie de terapeuta/analista hasta encontrar uno que le diga lo que usted quiere oír. ¡Esos son los mejores!

    7.- Si todo falla, haga del miedo una identidad. Diga que es “un alma compleja, incomprendida, con mucha ansiedad social y un TDAH autodiagnosticado en TikTok”. Recuerde: mejor ser una víctima fashion que un adulto responsable.

    Un arte conceptual y simbólico que representa el miedo y la auto-reflexión

    Fuera de las instrucciones

    Pero, y esto no estaba en las instrucciones, resulta que el miedo es más sabio de lo que parece. Es un maestro incómodo. Como decía Rilke: «Lo terrible es, a fin de cuentas, sólo aquello que nos exige transformar nuestra vida». El problema nunca fue el miedo. El problema es que hemos sido educados para huir de él. Nadie nos enseñó a mirarlo de frente, a preguntarle qué quiere, qué necesita, qué intenta mostrarnos. En su Seminario X, Lacan advertía que «el deseo está estructurado en torno a la falta», y el miedo no es otra cosa que el eco de esa falta.

    El diván enseña que el miedo no es el enemigo. El miedo es el mensajero. Viene a avisar que hay una herida abierta, un deseo oculto, una verdad pendiente. El miedo es el timbre de la puerta. Y nosotros, en lugar de abrirla, fingimos no estar. Lo que realmente da miedo no es el miedo en sí, sino la verdad que lo provoca. Porque como decía Simone Weil: «Sólo el que ha mirado cara a cara la necesidad absoluta puede conocer la verdadera libertad».

    Después de esto, ¿qué les parece si dejamos otras instruccione que nos ayuden, realmente, con este tema?

    Instrucciones honestas para atravesar el miedo (y no sólo maquillarlo)

    1.- Nombre su miedo. Rilke decía: “Lo terrible es sólo aquello que nos exige transformar nuestra vida.” Llámelo por su nombre: miedo al abandono, miedo al fracaso, miedo a ser visto tal cual es. Póngale nombre y apellidos. El lenguaje crea realidades.

    2.- Escúchelo sin huir. El miedo tiene una historia que contar. Es la memoria viva de cada herida no atendida. “I got this feeling on a summer day when you were gone…” (Tuve este sentimiento el día de verano que te fuiste), canta Tove Lo. El miedo es el eco de todos los «when you were gone» (cuando te fuiste) que hemos vivido.

    3.- Cuestiónelo. No todo miedo es una advertencia válida. Muchos son relatos heredados. Como escribió Jeanette Winterson: “We are all stories in the end” (Al final todos somos historias). Pregúntese: ¿este miedo es mío o es de alguien que me educó a su imagen y semejanza?

    4.- Atrévase a estar solo. Sin pantalla, sin ruido, sin scroll infinito. Como diría Blaise Pascal, “toda la desgracia de los hombres proviene de no saber permanecer en reposo en una habitación”. Siéntese con su miedo. Mírelo a los ojos. Lo que teme podría ser una versión suya pidiendo ser escuchada.

    5.- Entienda que el miedo es amor disfrazado. Tememos perder lo que amamos. Tememos no ser amados. Tememos que nos falte el amor propio para sostenernos si nos dejan. Como cantaba Florence Welch: “You can’t carry it with you if you want to survive” (No puedes llevarlos contigo si quieres sobrevivir). Hay que soltar. Y soltar da miedo. Pero quedarse duele más.

    6.- No busque eliminarlo, aprenda a convivir con él. Como decía Yalal ad-Din Muhammad Rumi: “El miedo es el carcelero de la verdad”. Y como decía Leonard Cohen: “Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”. No busque ser invulnerable, busque ser honesto.

    7.- Acepte que no hay garantías. El miedo quiere certezas. Pero la vida es incertidumbre. “Nobody said it was easy” (Nadie dijo que fuera fácil), nos lo recordó Coldplay. Estar vivos es aceptar la intemperie.

    8.- Hágase responsable. Viktor Frankl lo dejó claro: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad”. El miedo existe. Pero qué hacemos con él es nuestra responsabilidad.

    Platiquemos

    No olviden compartir sus respuestas, la idea al final es que podamos estar juntos en esto, poder trabajar en soluciones que ayuden a todos. Les dejo las preguntas finales:

    -¿Cuántos de sus miedos son realmente suyos y cuántos se los heredaron?

    -¿Quiénes serían si el miedo no dictara sus decisiones?

    -¿Qué conversaciones tienen consigo mismos que siguen postergando?

    -¿Qué prefieren: la incomodidad de mirarse de frente o la comodidad de seguir distraídos?

    -Si sus miedos hablaran con la voz de sus infancias, ¿qué historias les contarían?

    -¿Tendrán el valor de abrir esa puerta, o seguirán esperando que alguien más lo haga por ustedes?

    Carta a los que ya no pueden más.

    Querido(a) lector(a):

    Si estás leyendo esto, es porque algo dentro de ti está cansado. Pero no hablo de un cansancio común, de esos que se quitan con una siesta o un café. Hablo de ese agotamiento que se siente en el alma, ese que arrastras día tras día sin saber exactamente cuándo empezó ni si alguna vez terminará. Tal vez nadie lo nota. Tal vez sigues funcionando, sigues cumpliendo con lo que se espera de ti, sigues siendo la persona que todos creen conocer. Y tal vez incluso sonríes, pero por dentro, el peso sigue ahí. Un peso que no se mide en kilos, sino en decepciones, en heridas, en cosas que callaste porque en este mundo nadie tiene tiempo para escuchar de verdad.

    Si supieras cuántas veces he pensado en esto… En lo injusto que es que nos enseñen a seguir adelante como si fuera tan fácil. En cómo la gente te dice que seas fuerte, que no te rindas, que «todo pasa por algo», como si eso solucionara algo, como si no supieras ya todas esas frases. Pero dime… ¿quién escucha a los que escuchan? ¿Quién cuida a los que siempre están ahí para los demás? ¿Quién nota cuando alguien como tú está al límite, cuando ya no puede más? Tal vez nadie lo ha hecho. O tal vez sí, pero no de la forma en la que realmente necesitabas. Porque no es suficiente con un «¿cómo estás?« lanzado al aire. A veces lo que uno necesita es que alguien simplemente esté ahí, sin consejos, sin prisas, sin exigencias.

    No sé cuánto has cargado, ni cuánto te ha dolido. Pero lo que sí sé es esto: NO ESTÁS SOLO(A).

    No, no es una frase vacía. Es una verdad que quiero que sientas, aunque sea por un momento. Porque ahora mismo, mientras lees esto, alguien te está diciendo lo que quizás nadie te ha dicho en mucho tiempo: lo que sientes es válido. Lo que has vivido importa. Y si sigues aquí, no es por debilidad, sino por una fuerza que ni siquiera tú alcanzas a ver en ti mismo(a).

    Y aunque el dolor parece interminable, aunque la desesperación a veces nuble todo, quiero recordarte algo: la vida sigue valiendo la pena. No porque sea fácil, no porque siempre tenga sentido, sino porque, a pesar de todo, hay instantes de belleza, momentos de calma, pequeñas luces que aparecen cuando menos lo esperas. Tal vez hoy no puedas verlas, tal vez sientas que todo está cubierto de sombras. Pero en medio del caos, la vida aún nos ofrece cosas que hacen que todo este camino, con sus heridas y su cansancio, valga la pena. Porque la vida no es sólo dolor. También es esa canción que te hace cerrar los ojos y suspirar. Es una risa inesperada en medio de un día gris. Es el abrazo que no pediste pero necesitabas. Es el consuelo de alguien que, sin conocer tu historia, te dice: «te entiendo».

    Y si después de leer esto sientes aunque sea un poco de alivio, si dentro de ti hubo un mínimo suspiro de descanso, quiero pedirte algo: respóndeme. No tienes que escribir nada largo. Sólo un «gracias», un «te leí», un «aquí sigo». Porque así como tú necesitabas leer esto, yo también necesito saber que esto llegó a alguien. Que no escribí en el vacío. Que, aunque sea por un instante, no estamos solos. Porque aunque no nos conozcamos, o tal vez sí, nos hicimos un rato de una maravillosa compañía, más allá del tiempo y del espacio.

    Gracias por ser quien eres, porque junto con lo que haces, ES MUY VALIOSO.

    ¡RESISTE!

    Te abrazo.

    Te acompaño.

    Atte.

    Héctor Chávez Pérez

    P.d. Qué bien te ves hoy. Y más con esa sonrisa increíble que tienes ahora en tu rostro.

    Tú: lo que más te espera

    «Si nunca pensamos en el futuro, nunca lo tendremos».

    -John Galsworthy

    Queridos(as) lectores(as):

    Estamos a 2 días de acabar este 2024; para muchos es una bendición, para otros una desgracia, para otros les da lo mismo y hay otros que solamente aplican la de «venga lo que venga, y como venga». Recién tuve una charla con un vecino y me comentaba algo que me pareció interesante: «El problema del mañana, es que le tenemos miedo». Miedo, nada más antiguo como el ser humano mismo, algo tan natural y a la vez tan misterioso. Es decir, una cosa es tener miedo y otra cosa es angustiarse. Kierkegaard hacía la distinción para tenerlo más claro: el miedo es aquello que enfrentamos en el momento, por ejemplo un perro que nos asusta, la altura, una película de terror, etc. La angustia, en cambio, se plantea más ante lo que no podemos ver, lo que no podemos imaginar, y muchas veces la angustia es la que justamente nos quita hasta el deseo de hacer algo al respecto. Esa expresión de que el miedo nos paraliza, me parece que lingüísticamente es incorrecta, más bien, la angustia nos aterra. No hay peor demonios que los que imaginamos.

    Ahora el primero de enero, curiosamente, lo comenzaré yendo al cine a ver la película de Nosferatu (2024) de Robert Eggers, misma que es el remake (por así decirlo) de la legendaria película de culto, Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Una sinfonía de horror, 1922) de Friedrich Wilhelm Murnau. Iniciar el año con terror me parece sensacional. Para los amantes del género, sobre todo para los que lo escribimos, resulta una experiencia enriquecedora porque, de cierta manera, «te prepara para lo que puede venir». En fin, no me hagan tanto caso en esto último, pues este encuentro no va de la mano con ello. Al contrario, en los recientes días he estado trabajando con unos textos y con una recomendación fílmica que el buen Martín me hizo. Así que hagamos un previo: ¿exactamente a qué le vamos a apostar este 2025?

    ¿La vida que vale la pena vivir?

    En encuentros anteriores, y mis lectores que ya tienen tiempo de leerme, he comentado que desde que estudiaba Filosofía, mi interés se ha inclinado por el Existencialismo. En los últimos años, junto con el Psicoanálisis y el Personalismo, he ido abrazando al Absurdismo, y en realidad creo que he encontrado puentes muy valiosos que permiten, junto con algunas posturas religiosas y orientales, observar la vida con «ojos de novedad». Y lo agradezco profundamente. Este año, uno de los autores que más me acompañó en los momentos de reflexión fue Albert Camus, por quien siempre tendré expresiones agradables y agradecidas. Pero, les pregunto, amables lectores(as): ¿en qué punto de su vida se encuentran? En el siguiente subtítulo les compartiré algo de la película que les comenté al principio, pero vayan pensando en esta pregunta.

    Ahora bien, ¿de qué nos sirve saber en qué punto nos encontramos? Precisamente de todo, pues es momento de darnos cuenta de que, sea el que sea, es meramente nuestro. En la película de Sonic 3, que recientemente fui a ver con mis amigos, en un momento, Tom (James Marsden) le dice a Sonic: «El dolor no logró cambiar tu corazón». Muchas veces, el dolor termina por modificar a las personas, por cambiarlas, por hacerlas pensar que «deben ser de otra manera para que ya no los lastimen». Y eso es curioso: para no sufrir, debo sufrir cambios. ¡Terrible! Lo verdaderamente excepcional de las hojas de los árboles al caer, es que aunque terminan por marchitarse, siguen siendo fantásticas en nuestra memoria. Las cosas se preservan, las cosas duran. En la película El señor Ibrahim y las flores del Corán (2003), dicho señor (Omar Shariff) da una enseñanza sobre el amor, que les parafraseo: «Todo aquello que damos por amor es lo que es realmente nuestro. Podrán hacer lo que quieran con ello, pero eso no cambiará lo hecho. Todo lo que guardemos, se perderá para siempre». La persistencia del ser asegura su permanencia.

    Es muy común que personas increíbles, tales como ustedes, que hacen todo con el corazón, con cariño y atención, se ven «cruelmente decepcionadas» por los tratos que les dan, por las circunstancias tan malas que viven, y empiezan a buscar una vida que valga la pena vivir. Y empiezan a volverse auténticos desconocidos, hasta para ellos mismos. ¿En verdad eso VALE LA PENA? ¿Dejar de ser para ser algo que menos queda claro qué coño es? Una vida auténtica no se plantea si vale la pena o no, sólo se vive con la disposición de vivir, sea lo que sea, sea lo que venga.

    Felicidad por la que hay que ir

    Les comentaba que Martín me había recomendado una película, la cual es Hector and the Search for Happiness (Héctor y la búsqueda de la felicidad, 2014) dirigida por Peter Chelsom, que está basada en el libro homónimo de François Lelord (2002). La pueden ver en Amazon Prime (al menos en México), por si les interesa. Aunque voy a atreverme, por primera vez, a compartirles puntos que Héctor (Simon Pegg), un psiquiatra inglés, irá descubriendo a lo largo de la película. Pero no se angustien, que el hecho que lo haga no les arruina la historia. Así que aquí les van:

    1. Hacer comparaciones puede arruinar tu felicidad.
    2. Mucha gente piensa que la felicidad significa ser rico o ser más importante.
    3. Mucha gente sólo ve su felicidad en el futuro.
    4. La felicidad puede ser la libertad de amar a más de alguien a la vez.
    5. A veces, la felicidad depende de no conocer toda la historia (o asunto).
    6. Evitar la infelicidad no es el camino de la felicidad.
    7. En algún lugar hay alguien que te ama. ¿Esta persona qué saca principalmente de ti? ¿Lo mejor o lo peor?
    8. La felicidad es responder a tu vocación.
    9. La felicidad es ser amado por quien eres.
    10. La felicidad: guiso de patatas dulces. ¡Guiso de patatas dulces! (El platillo que más te gusta)
    11. El miedo es un impedimento a la felicidad.
    12. La felicidad es sentirse completamente vivo.
    13. La felicidad es saber cómo celebrar.
    14. Escuchar es amar.
    15. La nostalgia ya no es lo que solía ser.

    Quizá les ayude a darse cuenta, en el punto en el que están, que nunca es demasiado tarde para ser felices. No debemos ocuparnos tanto de la búsqueda de la felicidad, ¡sino en la felicidad de buscarla! Ya que, como dirá alguien en la película: «Todos tenemos la obligación de ser felices».

    Les abrazo con el corazón, deseo que recuperen por ustedes mismos esa maravillosa sonrisa que tienen, esos sueños fantásticos, esos anhelos geniales, pero sobre todo, que se animen a ser esa persona INCREÍBLE que son. Que la tristeza y el dolor no logren cambiar nunca ese preciadísimo corazón que tienen. ¡Su amor y ternura también los necesitamos los demás!

    ¡Por un 2025 de autenticidad y felicidad!

    Gracias por su compañía este año, ¡vamos por más!

    ¡Feliz Año Nuevo!

    Héctor Chávez Pérez (¡Los escucho y acompaño!… No olviden su análisis)

    Derecho al caos

    «Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas».

    -Paul Auster

    Queridos(as) lectores(as):

    Según la Real Academia Española, el caos es un «estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos». Si nos enfocamos en la definición que se le da en la Física y en la Matemática, se trata de «un comportamiento aparentemente errático e impredecible de algunos sistemas dinámicos deterministas con gran sensibilidad a las condiciones iniciales». Atendiendo ambas definiciones, nos topamos directamente con un origen que apuntala al orden, siendo a su vez que el orden es el origen… ¡Pero cuidado! Hay muchos puntos de vista al respecto y una notable discusión, así como el famoso ¿qué fue antes, si el huevo o la gallina?, sólo que en este caso qué fue antes, ¿el caos o el orden? Sea como sea, hay algo para resaltar en ambas definiciones: estado-comportamiento.

    ¿Pero qué tiene que ver este vago ejercicio físico con la tendencia de esta página? Que como suele suceder, el caos y el orden se hablan y entienden de varias formas, y como sé que ya estarán deduciendo en este momento, vamos a orientarlo al estado y comportamiento de la mente del ser humano. Después de todo, no es de gratis decir «tengo un caos mental».

    Los caprichos sociales de la estabilidad

    Es bastante común hoy en día que haya ciertos mandatos, conscientes e inconscientes, respecto al «estar bien» a todo momento y de cualquier forma. Pero qué tan desquiciante resulta cuando hay que esforzarse de más, sobre todo cuando las personas, los más cercanos, son los que hacen que se vuelva una clase de obligación. Nos resulta bastante sencillo tratar de hacer psicoanálisis salvaje (a lo bruto) a partir de alguien que se está quebrando ante tanta exigencia. Y parece bastante incoherente entender que los demás no son como nosotros y aún así juzgar, criticar y hacer que parezca que hacemos menos el conflicto del doliente. Entendamos algo: la crisis caótica de cualquier persona, no se puede tomar a la ligera.

    Hace tiempo, recuerdo bien, estaba en casa de un buen amigo y llegó su hermana sufriendo un «ataque de ansiedad». Ella no nos saludó, se fue directo a su cuarto, sacando del mismo una almohada y se dirigió a la cocina a servirse un vaso con agua. Sin decir palabra alguna, se sentó en un sillón vacío frente a nosotros, abrazó la almohada y bebía de poco a poco del vaso, sin despegar éste de su boca. «¡Qué ridícula!», no faltará quien en este momento esté pensando esto, tal como mi amigo lo expresó. Acto seguido, surgió un discurso totalmente innecesario por parte de él para «hacerle ver a su hermana que estaba exagerando». Ella en cuestión sólo lo veía y su llanto aumentó considerablemente. No quise participar de ese (des)encuentro de hermanos, pero la incomodidad me hizo hacerlo. «Venga, aquí estamos, continúa… te esperamos». Eso le dije, ella continuó hasta que se pudo tranquilizar. Mi amigo me veía raro, como enojado (cosa que realmente no me importó), pero su hermana se puso de pie, me dio un beso en la frente, me dijo «gracias», sonrió y se fue. Más tarde, bajó una vez más a la sala y nos explicó que estaba teniendo ese ataque porque se encontraba muy preocupada por una situación personal. Pero cuando digo que «nos explicó», lo hacía mirándome sin voltear a ver a su hermano en ningún momento. En el caos, comprensión.

    Caos, orden… ¡imaginación!

    En su última novela, El peso de vivir en la tierra (2022), David Toscana nos ofrece un hermoso recorrido a través de la literatura rusa a partir de sus maravillosos personajes, aventurándonos hacia la búsqueda de libertad en un mundo en el que no la había. Pero, ¿cómo autores como Dostoievski, Tolstoi, Gogol, Chéjov, Bábel, etc., nos pueden ayudar en estos tiempos de caos? Recordándonos, para empezar, que la libertad esencial del ser humano radica en la propia imaginación. Muchas veces, tal y como lo sabemos bien, hay sentimientos que no se pueden expresar con palabras, al menos no de la manera tan exacta como quisiéramos, por lo que nuestra imaginación nos ayuda a enfocarlos en la expresión artística: pintura, música, escritura, baile, canto, etc. Por lo que el mejor consejo que se puede dar a una persona que está en un momento «caótico», en primer lugar es no decirle nada. Esperar a que se calme un poco la tempestad, escucharle e invitarle a expresarse de la mejor manera que crea posible.

    El caos es en sí mismo un persistente recordatorio que todavía nos falta mucho por vivir. De hecho, ahora que hablamos de autores rusos, en su magnífico cuento La dama del perrito (1899), Antón Chéjov nos regala una reflexión final: «Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar». ¿Y cuál es esa parte? La vida misma. Por eso es que es importante que tengamos derecho al caos, porque es una clase de punto y coma, un respiro, un «detente», para poder continuar. Así que, mis queridos(as) lectores(as), no mutilemos nuestro caos ni el de nadie, es muy necesario.

    P.d. Tengo que aprender ruso…

    El privilegio de estar rotos

    «Si me dan a elegir entre la tristeza y la soledad, me quedo con la tristeza».

    -William Faulkner

    Queridos(as) lectores(as):

    Sinceramente me han sorprendido con la respuesta que han tenido con el último encuentro (El vacío de una persona rota). Me han hecho llegar muchos comentarios y en verdad agradezco cada uno de ellos. Sin embargo, uno que otro de ustedes me hizo centrarme en lo que compartí de la serie Bojack Horseman: «Naciste roto, y ese es tu privilegio». Una sentencia en verdad dura y muy pesada. ¿Pero por qué? Evidentemente, muchos(as) de ustedes se identificaron con esa expresión y me manifestaron (muy hermosamente) algunos aspectos de sus vidas que los tienen «rotos». Así que, en respuesta a esto, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones.

    ¿Qué significa estar rotos? Bueno, no es algo tan difícil de explicar. Pero lo llamativo es que decimos que «estamos rotos» en vez de decir que «estamos heridos/lastimados/dolidos». El uso del lenguaje y de ciertas palabras no es algo en vano. Las analogías lingüísticas que solemos usar son en verdad fascinantes dadas las referencias que tenemos sobre ellas. Decir que algo está roto nos plantea dos opciones: se repara o se deshecha. Pero, pensando en lo personal, en lo que nos hace estar rotos, me parece que se vuelve una condena muy fatalista respecto a la vida misma. ¿Quién puede sonreír cuando está destrozado(a)?

    De corazones

    Siguiendo el consejo de John Ruskin, «da un poco de amor a un niño y ganarás un corazón», podemos tener en cuenta el hecho del tesoro de la infancia que se ve en constante peligro cuando se va creciendo y avanzando hacia la edad adulta. El corazón de los niños es una visión del futuro que les espera. Infancia es destino, es lo que entendemos en el psicoanálisis como lo determinante en la vida de los hombres. Hubo corazones que fueron cuidados, que fueron amados, que fueron tomados en cuenta y que dieron oportunidad, pasados los años, de quebrarse. Pero también hubo corazones descuidados, que fueron ignorados, que no se les tomó en cuenta, que sólo fueron puestos a disposición de la aparente crueldad del mundo. Sin embargo, ¿en verdad es un destino funesto del que no se puede escapar? Muy por el contrario de lo que sentencian algunos, el ser humano tiene la posibilidad siempre de probar cosas nuevas y abrirse en totalidad a descubrir lo mejor para sí mismo. Lo que no se tuvo, se puede tener; lo que no se fue, se puede ser. Abordamos la existencia desde el hecho de ser para estar siendo.

    El corazón y el ser, pintura al óleo de Cristina Alejos

    Un corazón que fue cuidado por alguien más y que ahora está roto, en ningún momento sentencia una realidad que se asemeje a la eternidad de su dolor y de su tristeza. El privilegio que se tiene de poder llorar, de poder dolerse, de poder sufrir, nos abre las puertas de par en par al descubrimiento mismo de la vida. ¿Quién cuando ve a alguien triste no siente el impulso de querer abrazarle y consolarle? Los adultos que sufren son niños que están llorando. La empatía nos permite situarnos en la posición del otro y nos obliga a callar nuestros prejuicios. Un corazón roto debe ser reparado, nunca despreciado. No olvidemos lo que León Tolstoi decía: «A un gran corazón ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa». La tristeza y el dolor son ocasiones de encuentro en el que la humanidad tiene la oportunidad de abrazar la vulnerabilidad y descubrir que nada nos diferencia tanto como normalmente creemos.

    El desencuentro conmigo mismo(a)

    Sin embargo, no hay que perder de vista algo importante: de nada ni de nadie depende nuestra vida más que de nosotros mismos. La vida del ser humano es tan caótica que es fácil perderse en ideas que nos alejan, que nos hacen sentir solos y que nos provocan miedo de cualquier tipo de encuentros. ¿Cómo puedo esperar que alguien me ayude si esa persona también tiene sus propios problemas? ¿Cómo voy a ayudar a esa persona que sólo ha sido «mala» y que no merece ninguna consideración? Razonamientos así nos impulsan hacia un individualismo salvaje que termina por desmoronar todo tipo de noción de ayuda que podemos plantearnos como sociedad. Muchas veces, el doctor no puede ir al enfermo o el enfermo no puede asistir con el médico, por ello es que hay que entender y ver qué se puede hacer al respecto. A veces por miedo, a veces por duda, pero lo cierto es que no podemos estar esperando que alguien «se apiade» de nosotros si nos somos capaces de pedir ayuda.

    Por eso es que hay que considerar el hecho de que en el colapso de nuestro ser en aquellos momentos de desolación, lo que solemos hacer (de manera inconsciente) es abandonarnos. Dejamos de comer, dejamos de apreciar el canto de las aves, todo es oscuro y la luz no tiene ni un lugar donde sea capaz de brillar. La depresión posibilita una idea incisiva y dañina de la falta de esperanza en nuestra vida. Y no, no es así. Pero también hay que ver que ese abandono es una oportunidad de volver hacia nosotros mismos. No es nada fácil, pero tenemos que encontrar fuerzas en cualquier lado para levantarnos y empezar, poco a poco, a retomar la vida, ya que ésta no se acaba por un tropezón. Bien dicen por ahí que «la mejor venganza contra nuestros enemigos es seguir viviendo». Por eso es importante la idea del perdón, pero un perdón personal que nos permita quitarnos las cadenas de aquello que nos mantiene cautivos en los aparentes resultados de nuestras anteriores decisiones. Perdonar(se) es un ejercicio de humildad y una oportunidad de enmendar y seguir adelante.

    Saber estar rotos

    Una cosa que quizá no habíamos podido contemplar respecto al uso de las palabras para expresar nuestro sentir, es que en este caso al decir que estamos rotos, se abre al mismo tiempo una ilusión de poder «ser reparados». ¿Alguna vez les ha pasado que entienden mejor cómo funciona algo cuando se rompe? Es decir, pienso en aquel juguete de la infancia que por un descuido se terminó rompiendo. Al ver lo que hay dentro del juguete, en cierto modo es fascinante descubrir cómo funciona. Eso mismo pasa con un corazón. Qué fácil nos resulta decir que estamos felices o que estamos tristes, pero qué difícil es explicar el porqué. Y no nos vayamos por la fácil de «es que no puedo explicarlo», porque queda demostrado lo que estoy abordando. Ni nos vayamos por la evasiva retórica al estilo de uno de los amigos de Antonio en El mercader de Venecia (William Shakespeare) cuando le dice a éste (parafraseando): «Estás triste porque no estás contento». La repetición es un fenómeno psíquico bastante común en el ser humano. En la clínica vemos cómo los pacientes no recuerdan, sino que repiten actuando algo en específico. Algo inconcluso, algo no trabajado, termina por repetirse una y otra vez a lo largo de nuestras vidas.

    Pienso en N, quien una vez me decía que siempre que hablaba con él, le era imposible no sentirse profundamente triste. ¿Te da tristeza hablar conmigo? -le pregunté. A lo que me contestó: No, pero hay algo en tu voz que me hace recordar a mi abuelo, y pues ya que murió ya no puedo hablar con él. Indagando en esa valiosa información que me dio, pudimos caer en cuenta que el tono de mi voz era muy similar al de su abuelo, y con otras cosas que no puedo compartir aquí, N se sentí muy cercano y a su vez lejano a él al hablar conmigo. Una vez aclarado eso, la tristeza se volvió alegría. Por eso es que hay que entender que estar rotos es un privilegio porque nos permite indagar en nosotros mismos y ver de qué manera podemos «repararnos», qué cosas podemos cambiar, qué cosas podemos incluso eliminar. Saber estar rotos es saber darnos una pausa para estar con nosotros mismos. Y, tal como sostenía Blaise Pascal, «el corazón tiene razones que la razón no conoce». Hay que hacer(nos) preguntas para poder dar con las emociones más profundas y dejarlas fluir con los sentimientos más claros.

    Un día como cualquier otro

    «El cuerpo sufre por los excesos, también el ánimo abatido»

    -Horacio

    Queridos(as) lectores(as):

    ¡Vaya que ha sido una semana de escribir y escribir! Y me alegra mucho, sobre todo porque han sido temas que favorecen nuestros encuentros en medida de hacer más consciencia sobre la salud mental. Ahora bien, como sabemos, cada 13 de enero se conmemora el Día mundial de la lucha contra la depresión. Es importante que existan estos días, por supuesto que sí, sin embargo, no es que nada más nos acordemos de eso un día y los demás tengamos casto silencio. Es momento de hacer eco en los corazones una vez más.

    La depresión no es un padecimiento nuevo. En la antigüedad se le equiparaba con la melancolía, la nostalgia, en casos extremos con la desolación (que no es lo mismo) y de manera más simplona con la tristeza. El estado de depresión por el que atraviesan un gran número de personas en el mundo se debe a muchas razones, en algunos casos a cuestiones neuronales (como una falla de neurotransmisores), en otros casos por los sentimientos de impotencia y frustración ocasionados por la sociedad tan exigente en la que vivimos, algunos por cosas familiares, etc. Vamos, hay muchos motivos, pero parece que el malestar nunca desaparece.

    Un día a la vez

    Hay un error vital en creer que la vida es por sí misma justa. No existe tal lógica. «Es que si hago las cosas de tal modo así me irá», por supuesto que no es una ley ni tiene por qué cumplirse. Justo es uno de los inicios de este problema. La expectativa, el exceso de pensamiento optimista que abusa de ignorar la realidad, genera en el ser humano una falsa idea de bienestar que al no cumplirse se torna en un escandaloso y lamentable infierno. Cada ser humano tiene la capacidad de ser feliz, pero no hay que pensar que se obtiene del mismo modo y haciendo las mismas cosas. Uno puede ser feliz si se saca la lotería (¡quién no!), otros pueden ser felices por estar con sus seres queridos, algunos son felices porque ya acabó el trabajo duro de la semana y otros tantos son felices con quitarse los zapatos al llegar a casa. Son tantas las comparaciones que tenemos entre nosotros que no aprendemos a abrazar nuestra propia individualidad.

    En el panorama social existe una suerte de idea de cumplir con lo que se espera de nosotros. Tenemos que ser exitosos en todo, ser los mejores sin competencia, ser siempre el objeto de atención, el centro de todas las miradas. ¿Por qué? Claramente existe una virtud que es la magnanimidad, que nos impulsa a ser mejores en nuestra vida, pero esa virtud en ningún momento debe convertirse en un vicio o en una adicción. En la reciente película de Guillermo del Toro, Pinocho (2022), hay un pequeño diálogo entre el grillo y la hada: «Haré lo que pueda hacer»-dice el pequeño ser, a lo que el hada le contesta «Y es lo mejor que puedes hacer». ¿Qué necesidad de sobre exigirnos? Se hace lo que se puede con lo que se tenga, poco a poco. Es un proceso. Hay que entender que cada quien tiene sus modos y maneras, pero sobre todo (y eso se lo repito mucho a mis pacientes), su ritmo y su tiempo. Hay cosas que nos corresponden, otras que no. «Si no tienes comezón, no te rasques».

    Hacer ruido, hacer presencia

    Muchas veces pensamos que nuestros problemas son nada en comparación con otros. Y sí, puede ser que sí sea. No sé, pienso en que no puedo comparar el hecho de que se ponchó una llanta de mi camioneta con la enfermedad terminal de alguna persona en alguna parte del mundo. Pero, a pesar de eso, es un problema y es muy nuestro. El minimizar nuestros problemas es minimizarnos al mismo tiempo. Hay veces en las que podemos darle solución y otras en las que necesitamos a los demás. El dejarnos ayudar por otros, sobre todo cuando ellos son los que se ofrecen a hacerlo, nos hace ser agradecidos desde la más pura humildad. No tenemos que poder con todo ni contra todos. Y así es como se paga el favor, quizá no directamente a quien nos ayudó, pero si tenemos la oportunidad de ayudar a alguien más, ¿por qué no hacerlo? En este mundo de egoísmos, también hay personas amables y lindas que a pesar de los malos tiempos, encuentran el modo de ayudar.

    Hay días en los que «no sabemos» por qué estamos tan tristes, sin ganas, y pensamos que la mejor acción que podemos realizar es alejarnos y estar en soledad. Puede ser que para algunos les sirva, pero en realidad no es bueno, porque justamente es irse o encerrarse con los pensamientos negativos que nos consumen poco a poco de una forma muy dolorosa. Siempre habrá alguien que esté dispuesto a escucharnos, pero sobre todo, a acompañarnos. Pero eso sí, hay que entender que cuando nos toca ser quien es buscado por esa persona que nos necesita, lo mejor que podemos hacer es precisamente acompañarle, no opinar, no decir ni tratar de llenarle con optimismo que no sirve en ese momento: escuchar, consolar, abrazar, acariciar, ir a caminar, secar lágrimas… estemos para el otro. Ya habrá algún momento para algo más.

    Unas palabras para ti:

    Puede ser que estés pasando por un momento difícil y triste. No me imagino qué te tiene así. Pero te digo con toda mi alma y con un corazón sincero: NO ESTÁS SOLO(A). Hace años decidí abrir este espacio para compartir un poco de lo que he aprendido con mis estudios, pero sobre todo, con la vida. Sé lo que es una enfermedad que puede costar la vida, sé lo que es el dolor de perder a un ser querido, de quedarse sin padres, de perder trabajos, el dolor de la traición, de un rompimiento, de una separación. Por eso es que insisto en que la empatía es la respuesta en este mundo de amor. No calles por pena o miedo lo que sientes, siempre habrá alguien para ti. Busca la ayuda de un profesional. Quizá sea momento de un apoyo psicofarmacológico, mientras puedas llevar una terapia al mismo tiempo. Esos medicamentos tiene fecha de inicio y de terminación. Acércate a tus amigos, a tu familia… a veces encuentras incluso amor en donde menos esperabas. Pero sobre todo, tente amor y compasión. No tienes por qué sufrir de más, no te castigues tanto. Quítate los zapatos y los calcetines y camina sobre el pasto. Acuéstate, ve la forma de las nubes, escucha tu música favorita, haz ejercicio, camina, come lo que te gusta, ve una serie, conoce gente, lee un libro, acaricia a los perritos en la calle, haz sonreír a un niño… hay tantas cosas que puedes hacer que te sorprendería todo lo que puedes lograr. Pero, por favor, no dejes de ser tú mismo.

    En este mundo de amor, también lo hay para ti.

    Nos haces falta, te queremos con nosotros.

    ¡Resiste, que no estás solo(a)!

    Héctor Chávez Pérez

    P.d. A veces tenemos que perder para saber valorar. A veces perdemos algo, pero ganamos algo más. Es un balance. ¡Que pronto encuentres paz!