El olvido no es un vacío: Alzheimer y el psicoanálisis

«La memoria no es el recuerdo de lo que pasó, sino la historia que podemos contarnos de eso».
— Paul Ricoeur

Queridos(as) lectores(as):

Hay enfermedades que hieren el cuerpo, y otras que hieren el alma. Pero hay algunas —más crueles aún— que parecen borrar, poco a poco, a la persona misma. El Alzheimer no es sólo una enfermedad neurológica: es una pregunta abierta a la subjetividad. ¿Dónde queda el “yo” cuando ya no hay recuerdos? ¿Qué pasa con el deseo cuando no hay palabras? ¿Cómo se ama a alguien que ya no te reconoce? El discurso médico nos habla de placas, deterioros y funciones perdidas. Pero en el diván, en la casa, en la cama, en la silla del comedor, lo que se borra no es sólo la memoria, sino la continuidad de un mundo compartido. Es un duelo que empieza en vida. Es, también, un modo inesperado de seguir amando.

Este encuentro no es una crítica a la medicina ni una clase de psicoanálisis. Es una invitación a pensar el Alzheimer no sólo desde lo que falta, sino desde lo que queda. Porque incluso allí donde ya no hay palabra, algo del sujeto —una mirada, un gesto, una respiración— todavía resiste.

El diagnóstico y el silencio del sujeto

En el momento en que una persona recibe el diagnóstico de Alzheimer, lo que se impone no es sólo el nombre de una enfermedad, sino el comienzo de una desposesión. El lenguaje médico nombra, delimita, explica; pero al hacerlo, corre el riesgo de aplastar la singularidad del sujeto bajo un rótulo que lo convierte en «paciente con deterioro cognitivo progresivo», como si la persona fuera ahora un conjunto de fallas. La ciencia cumple su función, pero el lenguaje clínico puede volverse un guión que deja fuera al protagonista. La médica y fundadora de la Medicina Narrativa, Rita Charon, ha insistido en que “la medicina necesita volver a contar historias, no sólo leer resultados” (Narrative Medicine: Honoring the Stories of Illness, 2006). Para ella, todo paciente es una narración viviente que busca ser escuchada, no sólo evaluada. Pero en enfermedades como el Alzheimer, donde la capacidad narrativa se erosiona, ¿quién cuenta la historia? ¿Quién escucha lo que no se dice?

El psicoanálisis puede incomodar aquí, porque no se acomoda al protocolo. En lugar de preguntar por el deterioro, se pregunta por el sujeto: ¿Qué queda del deseo cuando la memoria falla? ¿Puede haber transferencia —ese lazo tan sutil entre analista y analizante— cuando ya no hay relato, ni pregunta, ni queja? La medicina diagnostica; el psicoanálisis, en cambio, escucha incluso cuando ya no hay palabras claras. Escucha en el tono de la voz, en la repetición de un gesto, en la mirada que se pierde y vuelve. El diagnóstico puede ser un punto de partida, pero nunca debe ser una sentencia de muerte subjetiva. Aunque el Alzheimer borre nombres y fechas, no borra del todo el lugar que una persona ocupa en el deseo de otro. Y allí, donde el discurso se calla, el deseo puede —a veces— seguir hablando.

La memoria no es archivo, es relato

Una de las trampas más comunes al hablar del Alzheimer es imaginar la memoria como un gran archivo que se va vaciando: primero desaparecen los documentos recientes, luego los más antiguos, hasta que sólo queda una sala vacía. Pero la memoria humana no funciona como un estante de carpetas. Es una narración en movimiento, una construcción afectiva y simbólica que da coherencia a lo que somos. Perder la memoria no es simplemente olvidar datos; es perder el hilo de la historia que nos mantiene unidos por dentro. Paul Ricoeur dedicó años a estudiar esta dimensión narrativa de la identidad. En La memoria, la historia, el olvido (2000), escribió que “la memoria no es el simple recuerdo de lo que pasó, sino la historia que podemos contarnos de eso”. Es decir, somos porque contamos. Y cuando ya no podemos contar, alguien más —un hijo, una pareja, un amigo— puede sostener ese hilo narrativo por nosotros, al menos por un tiempo.

Hannah Arendt, por su parte, afirmaba que lo que da continuidad al mundo humano es la capacidad de prometer, de hacer duradera la acción. Esa continuidad —la promesa que el otro representa para mí— se quiebra brutalmente en el Alzheimer. Pero, paradójicamente, también es el lugar donde puede aparecer un nuevo tipo de fidelidad: no a la palabra dicha, sino a la historia compartida. Cuando el enfermo repite siempre el mismo relato, cuando vuelve a una escena de su infancia una y otra vez, no lo hace por error, sino porque ese fragmento de sentido aún está encendido. Y allí donde hay relato, aunque fragmentario, aún hay sujeto. El psicoanálisis no corrige esa repetición: la acompaña, la habita, la escucha como se escucha una canción que amamos aunque ya sepamos de memoria su estribillo. Porque recordar no es recuperar información: es mantener vivo un lazo.

El sujeto sin palabra, el cuerpo como último texto

Cuando el lenguaje comienza a deshacerse y la memoria se vuelve un territorio confuso, lo que queda es el cuerpo. No como objeto biológico, sino como el primer lugar donde fuimos escritos. Antes de poder hablar, ya habíamos sentido. Antes de decir “yo”, ya habíamos sido tocados, sostenidos, alimentados. Por eso, incluso cuando las palabras nos abandonan, el cuerpo sigue hablando. La psicoanalista francesa, Piera Aulagnier, insistía en que el psiquismo se construye a partir de una “violencia fundadora”: el modo en que la madre (o quien cumple su función) impone al niño una imagen de sí, una historia sobre su cuerpo, su llanto, su existir. Esa inscripción primitiva no desaparece del todo, incluso en el Alzheimer. Algo del cuerpo sigue respondiendo a ciertas voces, ciertas melodías, ciertos olores. Algo del goce permanece, aunque no se pueda nombrar.

André Green, por su parte, habló de ciertos estados mentales como una “muerte psíquica”: no una muerte biológica, sino la extinción del deseo, del pensamiento investido, del mundo interno como espacio de representación. En esos casos, el sujeto no desaparece, pero queda reducido a una presencia opaca, casi sin eco. El desafío es no confundir esa opacidad con ausencia. La pregunta se vuelve entonces ética y clínica: ¿cómo leer el cuerpo cuando ya no hay palabra? ¿Cómo escuchar una emoción que no se dice pero se encarna? Una mujer que se estremece al oír una canción de infancia, un hombre que sonríe al tocar una manta de su juventud, un suspiro repetido cuando alguien entra a la habitación: todo eso son signos. No del pasado, sino del sujeto que aún resiste, incluso si no puede explicarse.

*Cuando todo parece haberse perdido, el cuerpo se vuelve el último texto. Y hay que leerlo con la delicadeza de quien sabe que entre esos gestos aún late un alma.

La memoria no se pierde de golpe, se deshilacha lentamente. A veces, una pieza basta para que todo lo vivido vuelva a brillar por un instante.

Los que acompañan: duelo anticipado y ética del cuidado

El Alzheimer no sólo afecta a quien lo padece. También sacude —a veces brutalmente— a quienes acompañan. Amar a alguien que comienza a olvidarte es una experiencia que no se parece a ninguna otra: es mirar cómo el otro se aleja sin irse, cómo su rostro sigue ahí pero ya no te nombra, cómo el amor permanece pero ya no tiene respuesta. Los familiares y cuidadores atraviesan una forma extraña de duelo: el duelo anticipado. El ser amado todavía vive, pero su presencia es cada vez más difusa. Es una pérdida que se renueva cada día, sin ceremonia, sin fecha. Una hija que ya no es reconocida como hija. Un esposo que escucha su nombre sin entender que lo llaman a él. La identidad compartida se tambalea. Y, sin embargo, el amor insiste.

La filósofa, Cynthia Fleury, especializada en ética del cuidado, sostiene que cuidar a otro es sostener una parte de su dignidad incluso cuando él ya no puede ejercerla. No se trata de devolver lo que el otro nos dio, ni de esperar gratitud: se trata de un acto radical de responsabilidad. “La ternura no es un adorno afectivo, sino un deber de lucidez ante la fragilidad del otro” (Ciudades del cuidado: ética e imaginación política, 2021). Esa lucidez es saber que el cuidado puede ser frustrante, extenuante, incluso desesperante. Y aun así, persistir. Acompañar a alguien en su borramiento no es acompañarlo a desaparecer. Es, por el contrario, un modo feroz de sostenerlo en el ser, aunque sólo quede una chispa de su antiguo fuego. Quien cuida también es sujeto. También necesita palabras, alivio, descanso. Y también merece ser acompañado.

¿Puede el psicoanálisis decir algo allí donde no hay palabra?

A primera vista, el psicoanálisis parecería no tener mucho que decir frente al Alzheimer. ¿Cómo trabajar con quien no recuerda? ¿Cómo interpretar si no hay asociaciones libres, ni historia contada, ni demanda formulada? ¿No se trata acaso de un territorio donde reina el silencio, donde el sujeto parece haberse desvanecido? Pero si el psicoanálisis sólo escuchara palabras, sería apenas una técnica. Lo que escucha, en verdad, es la existencia que resuena en los intersticios: el tono, el gesto, la pausa, la insistencia. Como escribió Thomas Ogden, “pensar en presencia de otro” (Sujetos de análisis, 1994), es ya una forma de cuidado psíquico. No se trata de analizar al paciente como un enigma por descifrar, sino de estar con él como quien acompaña una forma de vida que resiste a su propio borramiento.

En ciertos momentos, un paciente puede no reconocer ni su nombre ni el lugar donde está, pero al oír una voz conocida, su mirada se vuelve luminosa. No lo recuerda, pero responde. Y esa respuesta no es mecánica: es afectiva, es singular. Es un resto del sujeto que se aferra al mundo por una vía distinta a la palabra. La psicoanalista brasileña, Maria Rita Kehl, ha señalado que “incluso cuando el lenguaje se apaga, el deseo puede persistir en formas imprevistas” (El tiempo y el perro: La actualidad de las depresiones, 2009). Un deseo que no se articula pero se insinúa, que no se reconoce pero pulsa, que no sabe decir “yo” pero aún tiembla ante la presencia del otro. En esos casos, el analista —o el cuidador que escucha como un analista sin diván— no interpreta: simplemente está, disponible para recibir ese temblor. Quizá, entonces, el acto más psicoanalítico frente al Alzheimer no sea decir, sino sostener. Sostener una escena donde alguien pueda ser mirado como sujeto, incluso si no puede mirarse a sí mismo. Sostener la dignidad de una vida en su forma más frágil. Sostener lo que queda cuando ya no queda casi nada.

Reflexión final

Hay enfermedades que apagan, poco a poco, la luz del mundo interior. Pero incluso en la penumbra, algo late. Un gesto, un murmullo, una sonrisa fugaz: no son pruebas de memoria, sino señales de que la llama no se ha extinguido del todo. A veces, la presencia más humana es la que no exige nada: ni respuestas, ni reconocimiento, ni gratitud. Es la que se sienta al lado sin pretender detener el olvido, pero sí acompañarlo. Como quien no sabe si será recordado, pero igual decide quedarse.

Y quizás sea ése el acto más amoroso: seguir allí, cuando ya no hay quien nos vea, ni quien nos nombre. Porque aunque la memoria falle, el amor —cuando es verdadero— puede volverse memoria por los dos. ¿Y si amar, cuando ya no hay quien te ame, es la forma más pura de ser recordado?

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Un paso al frente

“La vida se encoge o se expande en proporción al coraje”.
-Anaïs Nin, Diarios (1931)

Queridos(as) lectores(as):

Hay un momento en la vida —a veces breve como un parpadeo, otras veces largo como un invierno— en el que el alma se agota de esperar. No se trata de impaciencia ni de capricho. Es algo más hondo, más visceral. Un cansancio que no es solo físico, sino existencial: uno se cansa de no entenderse, de vivir con el piloto automático, de fingir que está bien, de sostener vínculos que ya no se sostienen solos. Y ese cansancio, paradójicamente, puede volverse el umbral de algo nuevo.

Recuerdo a J, una conocida de 39 años que una vez soltó una frase demoledora: “Me cansé de mi vida”. Es directora de una empresa, madre de dos hijos, casada desde hace quince años. Desde fuera, todo parecía en orden. Pero por dentro vivía en ruinas: sin deseo, sin palabra, sin pausa. Había pasado años cumpliendo todos los deberes —trabajar, criar, sostener, rendir— sin escuchar nunca qué quería para sí. Lo que la trajo al análisis no fue una crisis dramática, sino el agotamiento absoluto. Un día, mientras se preparaba el café, sintió que algo en su cuerpo ya no respondía. “Me senté en el suelo de la cocina y me puse a llorar. No de tristeza. De vacío».

J no lo sabía, pero ese llanto era ya un paso al frente. Venía de tocar fondo, sí, pero también de empezar a decirse. Comenzó un proceso psicoanalítico. A lo largo del proceso, no tomó decisiones ruidosas. No se divorció, no dejó su trabajo, no se fue a recorrer el mundo. Pero aprendió a tomar distancia de los mandatos que la oprimían. A decir “no” sin culpa. A pedir ayuda. A dormir sin exigirse salvar a todos. Y poco a poco, su vida se fue ensanchando: no por lo que cambió afuera, sino por lo que por fin se movió adentro. Este encuentro es para quienes han sentido que ya no pueden más, pero no se han rendido. Para los que viven atrapados en una rutina que ya no les refleja, para los que sienten que algo en su interior está pidiendo un cambio, aunque no sepan por dónde empezar. Porque a veces, avanzar no es correr ni volar. A veces, simplemente, es dar un paso al frente.

El hartazgo como umbral

A veces el punto de partida no es la esperanza, sino la fatiga. El análisis, los cambios de vida, las decisiones que transforman rara vez empiezan por una visión clara del futuro; casi siempre comienzan cuando ya no se puede sostener el presente. No hay cosa más solitaria que sentir que uno está viviendo una vida que no le pertenece. Y, sin embargo, esa soledad —tan honda, tan paralizante— puede convertirse en terreno fértil. ¿Por qué? Porque cuando todo se rompe por dentro, también se abren rendijas por donde empieza a entrar la verdad. “Estoy cansado”, “ya no puedo”, “esto no es lo que quiero”, son frases que, dichas con honestidad, contienen una potencia silenciosa. Reconocerse agotado puede ser más valiente que insistir en seguir funcionando.

Viktor Frankl, sobreviviente de los Campos de Concentración, escribió una frase que suele pasar desapercibida entre sus ideas más conocidas, pero que aquí cobra sentido: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, estamos desafiados a cambiarnos a nosotros mismos» (El hombre en busca de sentido, 1946). El hartazgo genuino, el que nace desde lo más íntimo, es un signo de que algo en nosotros aún vive, aún resiste, aún quiere. No es resignación: es inicio.

El miedo a moverse

Si el hartazgo es el umbral, el miedo es la puerta. Una puerta pesada, silenciosa, que uno rodea muchas veces antes de atreverse a tocar. Porque cuando el cansancio ya no puede más, aparece el paso inevitable: moverse. Pero es entonces cuando surge el miedo con toda su voz: ¿Y si cambio todo y sigue igual? ¿Y si salto y me rompo? ¿Y si descubro que ni siquiera era eso lo que buscaba? El miedo al cambio no es signo de cobardía, sino de lucidez. Sólo teme quien ha imaginado consecuencias, quien ha vivido suficiente como para saber que no hay garantías. Incluso las decisiones más nobles pueden doler. Incluso los caminos más necesarios pueden estar llenos de incertidumbre.

La filósofa francesa, Simone Weil, lo encarnó con radicalidad. En 1935, renunció a su cátedra en París para trabajar como obrera en una fábrica metalúrgica. Lo hizo, escribió, “porque necesitaba sentir en el cuerpo el peso de aquello que tanto había teorizado”. Su familia, sus colegas, sus amigos: todos le dijeron que era un error. Que una mujer frágil, brillante, de salud delicada, no podía sobrevivir ahí. Y tenían razón. Sufrió desmayos, humillaciones, agotamiento. Pero también algo dentro de ella despertó. En sus Cuadernos dejó escrito: “El miedo de caer es más violento que la caída misma” (1938). Sabía que el paso más difícil no era el físico, sino el interior: vencer la parálisis que impone el temor. No se trataba de masoquismo ni de heroísmo. Sino de una certeza casi espiritual: no se puede pensar verdaderamente el mundo desde la comodidad perpetua. Hay que habitarlo. Hay que rozar el abismo con los pies. Uno no da un paso al frente cuando deja de tener miedo, sino cuando deja de obedecerle.

Una pequeña decisión lo cambia todo

No siempre es un gran gesto el que cambia la vida. A veces es una acción mínima, una frase apenas dicha, una puerta que se cierra sin estruendo. El primer paso hacia uno mismo rara vez es visible para los demás. Pero adentro, en lo más íntimo, puede ser decisivo. C.S. Lewis, el escritor y pensador inglés que muchos conocen por Las Crónicas de Narnia, fue durante años un ateo convencido. No por frivolidad, sino por lógica. Educado en la razón, marcado por el dolor, había aprendido a desconfiar de toda esperanza trascendente. Y sin embargo, como contaría en Cautivado por la alegría (1955), hubo un instante silencioso que lo transformó todo. Fue en un paseo en motocicleta hacia el zoológico de Whipsnade. Subió al sidecar como no creyente, y al llegar, algo en él había cambiado: “Cuando salí del zoológico, ya creía en Dios”.

No hubo una visión, ni una epifanía dramática. Sólo un giro interno, casi imperceptible, pero irreversible. Lewis mismo lo escribió con ironía: “Era como si, sin saber cómo ni por qué, me hubiese pasado algo. No lo busqué. No lo entendí del todo. Pero supe que ya no podía volver atrás”. Ese tipo de decisiones —que no siempre son religiosas, pero sí existenciales— se parecen mucho al paso al frente del que hablamos aquí. No siempre tienen forma de ruptura visible. Pero marcan un antes y un después. Como cuando alguien, por primera vez, dice: “No quiero seguir así”. O: “Quiero vivir con sentido, aunque aún no sepa cómo”. Hay pasos que no se anuncian. Se dan.

Mi mamá me decía: «Cuando pienses de más… salte mejor a caminar un rato».

Nadie puede dar el paso por ti

Hay decisiones que se toman entre muchos: mudanzas, proyectos, matrimonios, incluso terapias. Pero el paso al frente del que hablamos aquí —ese que inaugura una vida más fiel a uno mismo— siempre se da en soledad. No porque uno esté solo, sino porque nadie puede ocupar ese lugar. Elegir es asumir. Y asumir es dejar de delegar en los otros la responsabilidad de lo que uno vive. Es fácil decir que no se puede por el trabajo, la pareja, la familia, la economía, los traumas del pasado. Y muchas veces todo eso es cierto. Pero también es cierto que, tarde o temprano, uno tiene que decidir si quiere seguir repitiendo lo que no elige… o empezar a elegir lo que aún no sabe cómo vivir. Hannah Arendt, marcada por el exilio y el horror de su tiempo, escribió una frase punzante en su ensayo La vida del espíritu (1971): “Ser libre es estar solo con uno mismo y atreverse a juzgar”. En un mundo que todo lo mide por la aprobación externa, por el algoritmo o por el éxito visible, elegir desde dentro se vuelve un acto subversivo. Y profundamente humano.

No hay garantías. Nadie aplaude. Nadie absuelve. Pero en esa elección —íntima, silenciosa, propia— comienza la libertad. No la abstracta, sino la concreta: la de decirse con verdad, la de vivir con coherencia, la de mirar el espejo sin vergüenza. Uno da un paso al frente no porque alguien más lo empuje, sino porque algo en el interior por fin se alinea. Y ese paso, aunque no lo vea nadie, cambia el mundo de quien lo da.

Cuando la vida se ensancha

Después del paso, no siempre llega la paz. A veces viene la duda, el desconcierto, el silencio. Pero también, de pronto, aparece un pequeño respiro. La vida no se transforma de golpe, pero comienza a sentirse más respirable. Como si uno pudiera habitar su propia existencia con menos miedo. Con más verdad. Hay quien al dar ese paso vuelve a dormir sin ansiedad. Otro descubre que puede caminar más lento. Otro más —sin saber cómo— empieza a llorar por fin, o a reír con algo de ternura.

María Zambrano, exiliada durante décadas y profundamente atenta al alma humana, escribió: “Toda verdad es un alumbramiento, y todo alumbramiento trae su dolor” (Claros del bosque, 1977). Pero también dijo que, tras ese dolor, “la vida se dilata, como si uno pudiera ser por fin más ancho que sus miedos”. Y eso es lo que ocurre: no que todo se arregle, sino que todo se vuelve más amplio. Más real. Más propio.

Reflexión final

Quizá tú, que estás leyendo esto, también estés en ese momento. Quizá ya te cansaste de fingir que no pasa nada. Quizá ya no te alcanza la energía para sostener lo insostenible. Si es así, no esperes un gran milagro. No lo necesitas. Basta un gesto: escribir ese mensaje que llevas días postergando. Decir esa verdad que duele. O simplemente sentarte en silencio y admitir lo que ya sabías, pero no te habías atrevido a mirar. A veces, el paso más valiente es el más sencillo: dejar de mentirse.

Dar un paso al frente no es cambiarlo todo. Es dejar de esconderse. Es recuperar la dignidad de moverse, aunque sea con miedo. Y si tiembla la voz, que tiemble. Pero que sea tuya. La vida, con sus contradicciones y sus heridas, aún puede ensancharse. Y empieza por ahí.


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No toda tristeza es depresión

“El sufrimiento psíquico no es una patología que haya que erradicar de inmediato; es, con frecuencia, una vía de acceso a la verdad del sujeto”
— Jean-Bertrand Pontalis

Queridos(as) lectores(as):

Cada vez es más común escuchar frases como: “Estoy mal, seguro tengo depresión” o “Últimamente me siento bajoneado(a), algo debo tener”. Vivimos en una época donde cualquier malestar emocional despierta sospecha clínica. Lo que antes llamábamos “una mala racha” o “una tristeza fuerte”, ahora corre el riesgo de convertirse en un diagnóstico automático. Y eso, aunque a veces ayuda, también puede volverse un problema. Porque no todo lo que duele está roto. No todo lo que molesta necesita ser eliminado. Hay malestares que nos pertenecen como parte legítima de la vida. Y si corremos demasiado rápido a etiquetarlos, podemos perdernos la oportunidad de entender qué nos están diciendo.

Este encuentro no es una negación de la depresión real, profunda, inhabilitante. Esa existe y necesita atención seria. Pero sí es una invitación a distinguir entre el sufrimiento necesario y el sufrimiento que paraliza. A preguntarnos si, en el afán de sentirnos “bien”, no estaremos silenciando emociones que podrían ayudarnos a crecer.

No toda tristeza es una enfermedad

A veces estar triste es lo más coherente que uno puede estar. Cuando muere alguien, cuando termina una historia importante, cuando el mundo cambia de manera abrupta y uno no sabe quién es frente a eso… ¿qué otra cosa se puede sentir sino una mezcla de vacío, desconcierto y dolor? Pero hemos aprendido a tenerle miedo a ese dolor. Nos han enseñado que estar tristes es sinónimo de estar mal. Y entonces, en lugar de abrazar esa tristeza, la empujamos fuera con pastillas, con distracciones, con frases hechas: “Tienes que ser fuerte”, “todo pasa por algo”, “levanta el ánimo”.

La escritora Siri Hustvedt toca esta idea con delicadeza cuando dice: “Una parte del problema con la tristeza es que se espera que se comporte bien, que no moleste, que no dure” (La mujer temblorosa, 2009). Pero la tristeza no obedece a mandatos sociales. Llega cuando lo que amamos desaparece o se transforma. Y se queda el tiempo que necesita para ser comprendida. No es un enemigo, sino una señal. A veces, la única forma que tiene el alma de recordarnos que hemos perdido algo valioso.

Lo que se gana y lo que se pierde

El diagnóstico puede ser un bálsamo. Cuando alguien pone nombre a lo que sentimos, aparece un alivio inicial: “Entonces no estoy loco, no soy débil, esto tiene una explicación”. Y sí, a veces esa explicación permite iniciar un proceso de cuidado, de contención, de tratamiento. Pero si no se da en el contexto adecuado, también puede volverse una jaula. Hay quienes llegan al análisis diciendo: “Soy depresivo” como quien ya no espera nada más de sí mismo. Como si esa palabra sellara su historia. Como si el diagnóstico les quitara el derecho a preguntarse por qué sufren. Qué les duele. Dónde comenzó todo.

El psicoanalista Juan David Nasio lo advierte con claridad: “El diagnóstico puede servir como brújula, pero nunca debe volverse un destino. Porque una vez que uno se identifica con el síntoma, deja de interrogar su origen”(El dolor psíquico, 2000). Cuando el diagnóstico se vuelve identidad, ya no hay camino. Sólo resignación. Y el dolor se convierte en algo que se padece, no en algo que se trabaja. Por eso, antes de correr a etiquetarnos, conviene detenernos y preguntar: ¿Qué me está diciendo esta tristeza? ¿Qué historia hay detrás de ella?

Tristezas que cuentan algo

No todas las tristezas son enfermedades. Muchas son narraciones inconclusas, afectos sin nombre, despedidas que no se cerraron, duelos que aún buscan ser llorados. A veces, la tristeza es el modo que tiene el alma de reclamar un lugar para lo que perdió. Recuerdo a una paciente que me dijo con voz serena, pero firme: “No estoy deprimida. Estoy de luto. Perdí a mi padre, y con él se fue una parte de mí. No quiero olvidarlo ni dejar de sentirlo. Sólo quiero que alguien me escuche sin apresurarse a sacarme de aquí”. Y eso hicimos: escuchar, respetar, acompañar sin urgencias. Porque su tristeza no era una señal de patología, sino de amor. Estaba triste porque algo había sido importante. Porque algo que valía la pena ya no estaba.

La filósofa María Zambrano, tan atenta a los ritmos interiores, lo dijo con belleza: “Sólo en la tristeza profunda se revela la vida en su hondura” (Claros del bosque, 1977). Hay dolores que no nos paralizan: nos transforman. Nos sacan del ruido para preguntarnos qué sentido queremos darle ahora a lo que queda. No hay que huir de esas tristezas. Hay que darles una silla y escucharlas hablar.

De tu tristeza, toma nota.

El mercado del alivio inmediato

Vivimos rodeados de soluciones rápidas. La industria del bienestar vende promesas de felicidad instantánea, y la psiquiatría, mal usada, corre el riesgo de volverse una respuesta automática al malestar: “¿Triste? Aquí tienes algo que lo quite”. Pero no todo debe quitarse de inmediato. Algunos dolores necesitan permanecer un rato para cumplir su función. Hoy cuesta mucho diferenciar entre el dolor necesario y el sufrimiento patológico. Todo lo que incomoda es medicalizable. Todo lo que inquieta parece “síntoma”. Pero eso nos deja más solos, más desconectados de nosotros mismos.

Porque cuando uno tapa una tristeza antes de tiempo, no la sana. La posterga. La entierra. Y lo enterrado no desaparece: se transforma en insomnio, en fatiga, en angustia muda. No estoy en contra del tratamiento. Estoy en contra del atajo. En contra del mandato de estar siempre bien, aunque por dentro estemos en ruinas.

¿Y si tu tristeza te está llevando a otro lugar?

La tristeza tiene mala prensa. Se la asocia con debilidad, con fracaso, con derrota. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si tu tristeza estuviera señalando algo que merece atención? Tal vez estás cambiando. Tal vez tu vida se está reajustando a algo nuevo, algo que no sabes nombrar aún. Tal vez el proyecto que tenías dejó de resonar, o te diste cuenta de que la imagen que te vendiste ya no se sostiene. Eso duele. Pero también es honesto. Es parte del despertar.

Un conocido me dijo una vez: “No me reconozco. Ya no me emocionan las mismas cosas. Estoy vacío”. Y no, no estaba vacío. Estaba transitando un pasaje. Estaba dejando atrás una identidad. Lo que sentía como vacío era, en realidad, el espacio para algo nuevo. Pero aún no tenía forma. Eso también es tristeza: la espera de algo que todavía no llega. El duelo de lo que fue, y la posibilidad de lo que será. No interrumpas ese tránsito. No lo patologices antes de tiempo.

Reflexión final

No confundamos humanidad con enfermedad. No toda tristeza es depresión. A veces, estar triste es el primer paso para reconstruirse. Si estás en un momento difícil, si lloras más de lo habitual, si hay días en que no encuentras sentido… no te etiquetes demasiado pronto. Tal vez no estás roto(a). Tal vez estás despertando. Y si la tristeza se vuelve abrumadora, si no encuentras salida, si todo se oscurece demasiado: busca ayuda. No por debilidad, sino por amor propio. Pero mientras tanto, si lo que sientes es una tristeza que te hace pensar, recordar, repensarte… entonces escúchala. Quizá es tu alma pidiéndote que no la abandones.

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Gracias por leer con el alma abierta.
Nos seguimos leyendo.

El duelo de C.S. Lewis

«El duelo es como una larga avenida, por la que uno se arrastra, en la que cada recodo parece prometer la salida… y no lo es».
— C.S. Lewis

Queridos(as) lectores(as):

La vez pasada tuvimos la oportunidad de abordar El problema del dolor (1940) de C.S. Lewis, por lo que me parece conveniente darle su debida continuación. Cuando un ser amado muere, no muere sólo él, sólo ella. Algo en nosotros también se derrumba, se rompe, se desordena. En Una pena en observación (1961), C.S. Lewis no intenta entender el dolor desde el intelecto, sino desde la herida misma. Ya no es el pensador que nos hablaba del «el problema del dolor» como categoría teológica o lógica; es un hombre con el alma en carne viva, escribiendo desde el silencio y la confusión que siguen a la muerte de su esposa, Joy.

Este encuentro es una continuación natural de la anterior. Pero ya no estamos en el terreno de las ideas: aquí nos adentramos en un testimonio desgarrador. Y quizás, al compartirlo, podamos ofrecer un poco de compañía a quienes también atraviesan alguna pena —grande o pequeña— que les ha dejado sin palabras. Vamos a recorrer juntos esas páginas, no como quien analiza un texto, sino como quien acompaña un lamento. Como quien se sienta al lado de alguien que llora, sin querer explicarlo todo… pero sin irse.

La pérdida concreta

Cuando Joy Davidman murió en 1960, C.S. Lewis no perdió simplemente a una esposa: perdió una compañera espiritual, una interlocutora aguda, una presencia que había devuelto calor a su vida adulta. Lewis había vivido muchos años en una especie de celibato voluntario, intelectual y afectivo, y fue recién en la madurez que se permitió el amor. Por eso la pérdida de Joy fue, en cierto modo, la pérdida de una vida que recién empezaba. Una pena en observación no es un tratado, sino un cuaderno de duelo. Lo escribió en pequeños fragmentos, casi como anotaciones entre sollozos. Lo publicó originalmente bajo seudónimo, “N.W. Clerk”, para protegerse del escrutinio público. Y lo que escribió es duro, honesto, incómodo: “No estoy en peligro de dejar de creer en Dios”, confiesa, “el verdadero peligro es creer cosas horribles de Él”. Lewis no intenta idealizar a Joy ni convertir su historia en consuelo fácil. Lo que hace es mostrar, sin filtros, cómo el dolor real desarma incluso las certezas más nobles. El hombre que había defendido la existencia de un Dios bueno y justo ahora dudaba, no de su existencia, sino de su bondad. Su testimonio es valiente porque no teme contradecirse. Su fe, dice, se tambalea no porque Dios no exista, sino porque el rostro de ese Dios parece haber desaparecido por completo.

Esto no es raro en quienes hemos perdido a alguien. Hay días en que el dolor es tan agudo que Dios parece sordo, mudo, ausente. Lewis, con palabras sencillas pero profundas, pone en texto ese sinsentido. No hace falta que el lector haya vivido exactamente lo mismo; el modo en que lo dice es suficiente para despertar una resonancia interior. El duelo, nos dice, no es lineal. No es una bajada progresiva hacia la aceptación. Es una especie de espiral, en la que el mismo dolor vuelve, pero diferente. Lewis encuentra que, al intentar recordar a su esposa, muchas veces sólo consigue una imagen vacía. “¿Dónde está?”, se pregunta. ¿En el cielo? ¿En su memoria? ¿En sus palabras escritas? ¿En la risa que ya no escucha? Y con esa pregunta comienza a hablar el alma herida. No el teólogo. No el apologista. El hombre.

El desmoronamiento de la imagen de Dios

Uno de los momentos más desoladores de Una pena en observación ocurre cuando Lewis, en medio del llanto, escribe: “Ve a Dios y lo que encuentras es una puerta que se cierra con golpe y se tranca por dentro”. No es una frase ligera. Para quien ha dedicado su vida a escribir sobre la fe, el cristianismo y la razón, confesar algo así es casi un escándalo… y sin embargo, es profundamente cristiano. Lo que Lewis experimenta es la noche oscura del alma. Pero a diferencia de San Juan de la Cruz o Santa Teresa, no la vive desde una práctica mística, sino desde una intimidad desgarrada. No duda de Dios como teoría, duda de Dios como consuelo. Le habla —como Job— desde la herida, desde la tierra húmeda con lágrimas, desde la indignación más legítima: ¿Por qué, si eres amor, no has impedido esto? Es notable cómo se desploma su imagen anterior de Dios. En El problema del dolor (1940), Lewis había sostenido que el sufrimiento era parte de un plan amoroso, un cincel que Dios utiliza para moldearnos. En Una pena en observación, ese cincel se ha vuelto puñal. Y aunque su razón sigue buscando sentido, su corazón grita como cualquiera: “Esto duele y no entiendo por qué”.

Pero ese colapso tiene un valor inmenso. Nos muestra que una fe auténtica no es la que nunca se tambalea, sino la que sobrevive incluso cuando ha sido zarandeada. Lewis no nos presenta a un creyente ideal, sino a uno real: contradictorio, enojado, triste, humano. Dice: “Cuando estás feliz, tan feliz que no sientes necesidad de Dios… si te acuerdas de Él, lo agradecerás. Pero acudes a Él como un último recurso, y lo que oyes es un portazo”. Hay creyentes que jamás se animan a decir esto en voz alta. Lewis sí. Y eso es lo que vuelve tan poderosa esta obra. No pretende dar respuestas —no las tiene—. En su lugar, ofrece compañía, lucidez y una vulnerabilidad que muchas veces nos salva más que mil sermones.

“Su ausencia es como el cielo, se extiende sobre todo”.
— C.S. Lewis, Una pena en observación (1961)

El lenguaje del dolor

Hay un momento en Una pena en observación en que Lewis admite no poder hablar. No porque no sepa qué decir, sino porque el dolor lo ha reducido a un balbuceo interior. “No hay nada que puedas hacer con el sufrimiento —dice—. No puedes compartirlo, ni siquiera describirlo. El verdadero dolor es mudo”. Y sin embargo, lo intenta. Una y otra vez, como quien palpa a oscuras buscando una forma de decir lo que duele. Y eso convierte su obra en un ejercicio lingüístico y existencial de primer orden: ¿cómo hablar de lo que por definición quiebra el lenguaje? El dolor, en Lewis, no tiene estructura ni gramática. Cambia de forma, se transforma, retrocede y vuelve a golpear. Es como un animal salvaje que se cuela en la casa y no deja nada intacto. En su intento por escribirlo, Lewis no ordena; registra. A veces con ternura, a veces con rabia, a veces con una fatiga tan profunda que las palabras apenas se sostienen.

Esto lo vuelve profundamente humano. Y profundamente literario. Lewis se permite contradecirse, y eso es parte del duelo: decir una cosa hoy y desmentirla mañana. Un día siente que Joy sigue viva en algún modo misterioso, y al siguiente teme que todo haya sido una ilusión. “El dolor insiste en ser atendido”, había dicho antes. Ahora, el dolor escribe por él. Como filósofo, pero sobre todo como psicoanalista, me conmueve observar este intento de ponerle nombre al abismo. Lewis no se escuda en frases hechas ni intenta “superar” su dolor. Lo deja vivir, lo mira a los ojos, se deja afectar. Lo escribe. Y al hacerlo, sin quererlo, nos enseña que a veces el único modo de soportar la pena es tratar —con torpeza, con miedo, con dignidad— de ponerla en palabras. Lo que muchos lectores encuentran en este texto no es un manual de duelo, sino una compañía. Un eco. Un espejo. Y eso basta.

De la oscuridad a la esperanza

En las primeras páginas de Una pena en observación, el tono de Lewis es tan sombrío que uno podría pensar que no hay salida posible. Pero conforme avanza, algo cambia. No es una recuperación triunfal ni una respuesta mágica. Es más bien un respiro. Una grieta por donde entra un poco de luz. No hay un momento exacto en el que Lewis diga “he sanado”. Lo que hay es un lento desplazamiento: del grito, al susurro; del caos, al murmullo de algo que empieza a sostenerse otra vez. Poco a poco, Joy ya no es sólo la ausencia que duele, sino también la presencia que amó. No desaparece el dolor, pero aparece una forma distinta de recordarla. “La muerte —escribe— no ha quitado nada de lo que realmente importaba de ella. La ha dejado fuera de mi alcance. Eso es todo”. Esa frase, tan simple y tan desgarradora, contiene una de las verdades más hondas del duelo: el amor no se borra con la muerte. Se transforma, se vuelve memoria, suspiro, plegaria. Y en ese espacio, Dios vuelve a asomarse, no como respuesta, sino como presencia. Lewis lo dice con humildad: “Tal vez mi idea de Dios era sólo una imagen… y ha tenido que romperse para que Dios pueda acercarse de verdad”.

Lo más conmovedor de esta parte es que Lewis no escribe desde la victoria, sino desde la fidelidad. La fe que vuelve no es la de antes, sino una más vulnerable, más delgada, pero también más real. Ya no se trata de entender a Dios, sino de seguir buscándolo incluso cuando duele. “Amar —nos recuerda— es estar expuesto. Y sufrir por amor no es fracaso: es señal de que fue verdadero». Para quienes están atravesando una pérdida, este libro no ofrece consuelo fácil. Pero sí ofrece verdad, y eso a veces consuela más que cualquier frase reconfortante. Lewis no promete que todo mejorará. Promete que no estás solo. Que otros también han gritado, dudado, llorado. Y que hay caminos, lentos pero ciertos, hacia una forma nueva de vivir con la ausencia.

Cuando el alma escribe con lágrimas

Escribir desde el dolor verdadero exige coraje. C.S. Lewis lo tuvo. En Una pena en observación no nos enseñó a superar la pena, sino a atravesarla sin negarla. Nos mostró que incluso los corazones creyentes tiemblan. Que incluso los sabios se quiebran. Y que incluso en la oscuridad, puede haber fidelidad. Quizá tú, lector o lectora, estés hoy atravesando una pérdida. O tal vez te duela algo que no puedes nombrar del todo. Si es así, este encuentro es para ti. No pretende explicarte nada, sólo decirte: no estás solo(a). La pena no es un error. Es la marca de haber amado. Y aunque parezca interminable, tiene un ritmo, una respiración, una manera de irse acomodando con el tiempo. A veces, lo más valiente que puedes hacer es simplemente seguir de pie, aunque sea temblando. Lewis lo hizo. Tú también puedes.


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Nos seguimos leyendo

C.S. Lewis y el dolor

“El dolor insiste en ser atendido. Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor. Es su megáfono para despertar a un mundo sordo”.
— C.S. Lewis

Queridos(as) lectores(as):

A veces basta un diagnóstico, una llamada en la madrugada, una ausencia inesperada, para que la vida se quiebre sin previo aviso. Es en ese instante —cuando el alma tiembla y el cuerpo no entiende— que surge la pregunta que ha atravesado los siglos: ¿por qué duele? Escribir sobre el dolor es arriesgarse a pisar terreno sagrado y herido. No hay respuestas fáciles, ni fórmulas que consuelen de verdad. Pero hay voces, como la de Clive Staples Lewis, que se atreven a mirar el sufrimiento con una mezcla rara de lucidez, fe y ternura. En El problema del dolor (1940), Lewis no sólo piensa el dolor: lo escucha, lo atraviesa, lo interroga desde su experiencia y su fe. Y eso, en sí mismo, es un acto de profundo amor.

Este encuentro no pretende resumir el libro, sino dejar que algunas de sus intuiciones dialoguen con lo que he vivido y visto en el diván, en los pasillos de los hospitales, en los silencios de quienes no saben cómo seguir. Porque si el dolor tiene algún sentido, quizás sea este: que aún heridos, aún rotos, podemos mirar al otro con compasión verdadera. Que el dolor —cuando no se glorifica ni se niega— puede ser un lugar de encuentro, no de condena. Vamos paso a paso. Que esta lectura no sea un peso más, sino un pequeño descanso en medio del camino.

El dolor como escándalo de la conciencia

Hay dolores que no se pueden explicar sin traicionar su peso. La muerte de un hijo, una enfermedad injusta, la traición de alguien amado… Hay dolores que no se comprenden, sino que se padecen. Para C.S. Lewis, el dolor no es un problema intelectual cualquiera, sino el mayor obstáculo para la fe de un alma sensible: “Si Dios fuese bueno, desearía que sus criaturas fueran perfectamente felices; y si fuese omnipotente, podría lograrlo. Pero las criaturas no son felices. Por tanto, parece que Dios carece de bondad, de poder, o de ambas cosas” (El problema del dolor, 1940). Lewis no esconde esta objeción: la enfrenta. Y lo hace con la honestidad de quien ha amado, sufrido y pensado profundamente. Porque el escándalo del dolor no está sólo en lo que se siente, sino en lo que contradice: la idea de un mundo justo, de un Dios bueno, de una vida con sentido.

En el consultorio, he escuchado muchas veces ese mismo lamento, aunque venga envuelto en otras palabras. Una mujer que fue abusada en la infancia y se pregunta si todo estaba ya escrito. Un hombre que pierde su empleo y con él, su dignidad. Padres que no logran proteger a sus hijos. Gente buena que, simplemente, no puede más. Lo que duele no es sólo el hecho, sino la experiencia de desamparo, la sensación de que el dolor desmiente todo lo que nos dijeron que era la vida. Y sin embargo —como decía el poeta Paul Claudel—: “Dios no vino a suprimir el sufrimiento. No vino a explicarlo. Vino a llenarlo con su presencia». En esto radica uno de los grandes aportes de Lewis: el dolor no es prueba de la ausencia de Dios, sino quizá el único lugar donde algunos llegan a escucharlo. “El dolor es el megáfono de Dios para despertar a un mundo sordo”, insiste Lewis. No como castigo, sino como llamado. Claro que esto no consuela a la ligera. A veces, en la clínica, lo único que uno puede hacer es estar allí, callado, cuando el otro se desmorona. Porque hay dolores que no piden explicaciones, sino brazos abiertos. Y aún así —con el tiempo, con ternura, con trabajo— muchos descubren que el dolor no fue el final. Que, extrañamente, fue el principio de una vida más verdadera.

El amor que duele: cuando Dios no nos deja en paz

Lo más provocador de El problema del dolor no es que Lewis defienda la existencia de Dios a pesar del sufrimiento, sino que se atreva a decir que es justamente porque Dios nos ama que permite que suframos. En sus palabras: “No es la benevolencia del que quiere simplemente que los hombres estén contentos, sino la del artista que no descansará hasta haber plasmado su imagen perfecta en la criatura” (El problema del dolor, 1940). No es fácil aceptar esta idea. Suena incluso cruel. ¿Qué clase de amor permite el quebranto? ¿Qué tipo de Dios “moldea” con lágrimas? Lewis no habla desde la teoría. Él mismo perdería años después a su esposa Joy por un cáncer devastador, y escribiría Una pena en observación (1961) como testimonio desgarrado. Ya no era el académico brillante, sino un hombre roto. Y aún así, no renegó de Dios. Cambió su tono, su confianza, su fe infantil… pero no dejó de creer. Porque comprendió que el amor divino no es complaciente: es transformador. Y a veces, transforma a través del crujir de los huesos.

Muchos pacientes llegan a consulta destrozados no sólo por lo que han vivido, sino por la pregunta latente: ¿por qué yo? Y en esa pregunta hay una queja, sí, pero también una intuición: que la vida —y quizás Dios— tiene algo que decirnos incluso en la ruina. Esto me conmueve personalmente porque me hace recordar a mi papá, quien en su profunda sensibilidad y sabiduría, me hacía pensar en otra pregunta: ¿por qué yo no? Mi amigo Uriel, de hecho, me hablaba con la calidez de un amigo, pero sobre todo de un hermano en la fe: «Las tribulaciones que vivimos muchas veces nos ayudan a poner más atención en cosas que no veríamos de estar en paz o en calma». ¿Quiénes somos para no tener que vivir lo que otros viven con absoluta dignidad?

El amor que duele no es sádico. Es exigente. Lewis compara a Dios con un cirujano: una vez que ha comenzado la operación, no puede detenerse solo porque el paciente sufre. Su finalidad no es herir, sino curar. Pero no lo hace a medias. Como un escultor que talla a golpe de martillo, porque ve en el mármol una belleza que aún no ha emergido. Claro que todo esto sólo puede decirse con humildad. Cuando uno no es quien está sufriendo, lo mejor es guardar silencio. Pero cuando uno ha pasado por el fuego —y sabe que no fue en vano— entonces estas palabras pueden comenzar a tener sentido. No como explicación, sino como compañía.

«No basta con decir que el sufrimiento enseña; si lo hace, es porque ha sido escuchado».
-C.S. Lewis, El problema del dolor (1940)

Dolor, dignidad y sentido en la clínica

Una de las grandes intuiciones de C.S. Lewis es que el sufrimiento no nos deja igual. “Dios susurra en nuestros placeres, habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor” —no es sólo una imagen poética, sino una verdad clínica. Porque el dolor, cuando no se anestesia ni se niega, puede volverse revelación. Y lo revelado no siempre es algo nuevo: a veces es algo olvidado. Lo he visto muchas veces en el consultorio: el hombre que se quiebra después de años de sostenerlo todo, y por fin puede decir que tiene miedo. La mujer que empieza a dormir bien sólo después de permitirse llorar. El joven que reconoce que no odia a sus padres, sino que quiere ser visto. Y también he visto lo contrario: personas en quienes el dolor ha fermentado en resentimiento, desconfianza o rabia muda. Porque el sufrimiento no es maestro automático de nada. Sólo puede enseñar si encuentra un oído que escuche, un otro que acompañe, un espacio donde hablar sin ser juzgado.

En El problema del dolor, Lewis distingue entre el sufrimiento físico y el moral, pero reconoce que ambos afectan el alma. En clínica, esa distinción se vuelve difusa: hay cuerpos que somatizan lo que no pueden decir, y hay dolores emocionales que se experimentan como heridas en la carne. Por eso, acompañar el dolor no es sólo intervenir en lo que “duele”, sino en lo que esa persona ha hecho —o no ha podido hacer— con su historia. Recuerdo un paciente que había atravesado una infancia marcada por el abandono. Durante meses, hablaba como si todo le fuera indiferente. Pero una vez —al mencionar que, de niño, fingía dormir para no escuchar a sus padres pelear— se quedó en silencio. Y luego, con la voz quebrada, dijo: “Yo quería que alguien me defendiera”. No hablaba un adulto: hablaba el niño que aún no había podido dolerse en paz. A partir de ahí, comenzó el trabajo real. Lewis insiste en que Dios no quiere que seamos “felices” a cualquier precio, sino santos. Esto puede sonar lejano, incluso hostil, si se lo dice a alguien en crisis. Pero si lo traducimos: Dios desea que seamos verdaderos. Que nuestra dignidad no dependa del éxito, del cuerpo joven o del reconocimiento externo. En clínica, eso también se busca: que la persona descubra que, incluso en medio del dolor, hay un “sí” que puede decir a la vida. A veces pequeño, casi susurrado. Pero real.

No sentido, sino presencia

Hay historias que no se olvidan, no por lo escandalosas, sino por lo profundamente humanas. Una mujer me contó una vez que, tras años de vivir violencia familiar, huyó una noche con su hija pequeña y una maleta. Terminó en un refugio. No tenía trabajo, ni red, ni autoestima. Durante meses, cada palabra suya era una mezcla de culpa y vergüenza. Pero hubo un punto de inflexión: una mañana, mientras barría, su hija le dijo: “Me gusta más tu risa cuando estamos solas”. Esa frase fue un parteaguas. “Entonces supe que todavía podía empezar otra historia”, me dijo. El dolor no desapareció. Pero ya no era el dueño de su vida. Otro caso que me marcó fue el de un hombre que, tras perder a su esposa en un accidente, se negó durante años a rehacer su vida. No por fidelidad, sino por miedo. Miedo a olvidar, miedo a traicionar, miedo a volver a amar. En consulta, me dijo un día: “La única manera en que ella sigue viva es si yo no soy feliz sin ella”. Nos quedamos en silencio. Y luego preguntó: “¿Será que ella querría eso?”. No respondí. No hizo falta. El dolor que lo había encerrado empezó a volverse recuerdo, no cárcel. A los meses, volvió a la música —ella era pianista— y empezó a tocar de nuevo. No para olvidarla, sino para recordarla de otro modo.

Lewis diría que lo que esas personas encontraron no fue un sentido abstracto, sino una Presencia. “El dolor elimina las ilusiones sobre nosotros mismos” —escribió— “y nos obliga a ver quiénes somos y quién es Dios” (El problema del dolor, 1940). No para condenarnos, sino para liberarnos de todo lo que nos impide vivir con verdad. A veces, acompañar a alguien en su dolor es como quedarse junto a él mientras cruza un puente roto. No se trata de dar respuestas, sino de ser testigo. Y hay algo en ese testimonio compartido que convierte el sufrimiento en semilla.

Reflexión final

Hay dolores que nos cambian para siempre. Sería injusto decir que todo se supera, que el tiempo cura, que basta con ver el lado positivo. A veces no hay “lado positivo”. A veces sólo hay ruinas, silencio y preguntas que duelen más que el propio hecho vivido. Pero también es cierto —y lo digo no desde el dogma, sino desde lo visto y vivido— que el dolor puede transformarse. No se borra. No se explica del todo. Pero puede encontrar un lugar donde no destruya, sino fecunde. Como las grietas por donde entra la luz, como las cicatrices que no tapan la herida, pero sí indican que hubo sanación. C.S. Lewis no escribió El problema del dolor desde la comodidad. Su fe no fue nunca un escudo contra el sufrimiento, sino una forma más profunda de atravesarlo. En uno de sus pasajes más hermosos, escribió: “He aprendido ahora que mientras aquellos que no sufren pueden ayudarnos por lo que dicen, los que han sufrido pueden ayudarnos por lo que son”. Eso es lo que más necesitamos: no explicaciones perfectas, sino presencias verdaderas.

Si estás pasando por un momento oscuro, que sepas esto: no estás solo(a). Y aunque no lo parezca ahora, es posible que algún día, lo que hoy te rompe sea también lo que te vuelva más compasivo(a), más libre, más profundo(a). No porque el dolor sea bueno, sino porque tú eres más grande que tu herida. Que podamos ser, cada uno a su modo, testigos del consuelo. Porque a veces, basta con que alguien nos mire con ternura para volver a creer que la vida todavía puede ser hermosa.


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Nos seguimos leyendo.

La vida después del error

«No puedes echar a perder toda una vida por un error».
-John Nolan (The Rookie)

Queridos(as) lectores(as):

No sé en qué momento exacto aprendimos a tratarnos tan mal. Tal vez fue en la escuela, cuando un tropiezo bastaba para marcarte de burla. O en casa, cuando el amor pareció condicionado a portarse “bien”. O quizás más tarde, cuando nos hicimos adultos y el mundo empezó a juzgarnos con una mirada fría, sin margen de error. Hay días en los que uno siente que ya no puede con nada más. Y no porque todo esté mal, sino porque uno ya no cree merecer otra oportunidad. Como si un error bastara para borrar todo lo que fuimos, todo lo que podríamos ser. Es en esos días —que suelen llegar sin avisar— cuando una frase sencilla, dicha por un personaje de ficción, puede ser más real que todo lo demás: “No puedes echar a perder toda una vida por un error”.

Esa frase la dice John Nolan en la serie The Rookie (que recién la estrenaron en Netflix), un hombre que a sus cuarenta y tantos empieza desde cero en la academia de policía en Los Ángeles. Lo tratan con recelo, con burla, con desdén. Pero no se rinde. Porque Nolan no es un héroe perfecto: es un hombre con historia, con miedos, con culpas. Pero no está dispuesto a dejar que un sólo momento defina su vida entera. Y eso, a veces, es todo lo que se necesita para volver a caminar. Hoy quiero hablarte, a ti que lees esto con el corazón hecho trizas. A ti que te preguntas si todavía vale la pena intentar. A ti que crees que fracasaste y ya no hay más por hacer. Este encuentro es para recordarte —y recordarme— que no estamos solos, que nadie merece vivir exiliado de sí mismo, y que un solo error nunca podrá definir una existencia entera.

El peso de un solo error

Un solo error puede ser como una piedra en el zapato… pero hay quienes la convierten en la piedra angular de su autoacusación. Una palabra mal dicha, una decisión precipitada, una pérdida que no supimos evitar. Y de pronto, como si fuéramos jueces implacables de nuestra propia alma, nos condenamos a vivir desde la vergüenza. El filósofo danés, Søren Kierkegaard, decía: “La angustia es el vértigo de la libertad” (El concepto de la angustia, 1844). Es decir: cuando descubrimos que somos libres de elegir —y también de equivocarnos— sentimos miedo, incluso culpa, por esa misma libertad. Pero eso no significa que la libertad sea un error. Significa que hay que aprender a convivir con la fragilidad sin destruirnos por ella.

Recuerdo una paciente que, tras una ruptura amorosa que no supo manejar, se auto definía con estas palabras: “Soy una persona que arruina lo que ama”. Esa frase me conmovió, no sólo por el dolor que encerraba, sino por la injusticia que implicaba. Nadie debería reducirse a su peor momento. Pero a veces lo hacemos, convencidos de que estamos siendo justos con nosotros mismos, cuando en realidad estamos siendo crueles. También me ha pasado a mí. Hubo un tiempo en que creí que un solo fracaso me había arruinado la vida. Me culpé más de la cuenta, y terminé aislándome, como si no mereciera compañía, alegría o descanso. Ahora sé que ese juicio no venía del amor, sino del miedo. Y que el miedo, cuando no se lo enfrenta con ternura, se disfraza de sentencia.

¿Cuántas veces creíste que un error te definía?

La sociedad que castiga sin redención

Vivimos en una época donde lo imperdonable no es la maldad, sino el error. Nos hemos convertido en una sociedad donde fallar no sólo se paga caro: se paga para siempre. Como si el mundo —ese gran jurado invisible— dijera: “Te equivocaste, ya no tienes derecho a volver a intentarlo”. Y eso cala hondo. Porque lo escuchamos en las redes sociales, en el trabajo, en la familia… y al final, también en nuestra conciencia. Michel Foucault, en su estudio sobre el castigo moderno, observaba con lucidez: “El poder no castiga para corregir: castiga para vigilar, para controlar, para marcar” (Vigilar y castigar, 1975). Y aunque hablaba de las cárceles y los sistemas penales, su análisis se aplica también al alma: cuando alguien se equivoca, la cultura actual no busca que sane, sino que quede etiquetado. Cancelado. Anulado. Y peor aún: muchas veces somos nosotros mismos quienes nos aplicamos esa sentencia.

Hay algo profundamente triste en esto: hemos olvidado el valor del perdón, del volver a empezar, del error como parte del aprendizaje. Todo debe salir bien a la primera. Todo debe verse perfecto. Todo debe encajar. Pero… ¿y si no? ¿Qué pasa cuando uno no se ajusta a esa medida imposible? En mi experiencia con pacientes y amigos que se sienten fracasados, suele haber una constante: todos temen haber decepcionado al mundo. Ya no se trata sólo de lo que pasó, sino de lo que creen que el mundo espera de ellos: éxito sin fisuras, estabilidad emocional, logros medibles. Y si no cumplen con eso, sienten que ya no tienen nada que ofrecer. Pero el mundo está equivocado. Y hay que decirlo con claridad.

No hay vida humana sin errores. Y no hay redención sin humanidad. Cancelar a alguien por su error es tan absurdo como arrancar una flor porque no florece en invierno. Decía Clarice Lispector: “Perdonarse a uno mismo es una forma de amor tan difícil como necesaria” (La hora de la estrella, 1977). Pero ese perdón requiere ir en contra del ruido cultural. Requiere valentía. Porque perdonarse no es excusarse: es comprenderse. Y comprenderse no es debilidad: es resistencia. Quizás por eso personajes como Nolan nos conmueven tanto. Porque en un mundo que exige perfección, él representa lo contrario: la posibilidad de comenzar otra vez. La dignidad de no rendirse. La ternura de los que caen… y aún así se levantan.

El consuelo de los valientes

No se habla lo suficiente de la valentía que se necesita para seguir adelante cuando uno se siente roto. Vivimos tan obsesionados con los logros y las apariencias que solemos llamar “valiente” sólo a quien triunfa. Pero hay un tipo de coraje mucho más silencioso, más íntimo: el de quienes, aunque heridos, eligen no rendirse. John Nolan no es un superhéroe. Es un hombre que ha cometido errores. Ha fallado en su matrimonio, ha perdido su rumbo, ha tenido miedo. Y sin embargo, en lugar de esconderse, elige volver a empezar. No para demostrar nada, sino porque la vida, simplemente, aún no ha terminado para él. Y esa convicción es profundamente consoladora. Me he cruzado con personas así en la vida real. Una mujer que, tras años de violencia doméstica, decidió rehacer su vida desde un cuarto rentado y un taller de repostería. Un joven que salió de una adicción y, aunque el mundo no dejó de mirarlo con sospecha, comenzó a estudiar enfermería porque quería “curar como me curaron”. Ninguno de ellos se sentía fuerte. Pero lo eran. Y su fuerza no venía de haberlo hecho todo bien, sino de no haberse abandonado del todo.

Jacques Lacan decía: “El acto más ético es aquel que se sostiene aún cuando no garantiza ningún reconocimiento” (Seminario VII: La ética del psicoanálisis, 1959-60). Seguir adelante sin aplausos. Sin promesas. Sin certezas. Esa es la ética profunda del que no se rinde. Y cuando uno está en el suelo, no hay consuelo más grande que saber que aún es posible intentarlo. Que se puede ser valiente no desde el éxito, sino desde la decisión humilde de continuar. A veces, basta una sola escena, una sola palabra, una sola presencia para recordárnoslo. Cuando escuché a Nolan decir esa frase —“No puedes echar a perder toda una vida por un error”— sentí que alguien, por fin, me hablaba sin juzgarme. Como si hubiera espacio para mí, incluso con mis torpezas. Como si aún tuviera derecho a construir algo nuevo. Porque lo tengo. Porque lo tienes. Y mientras haya aliento, hay posibilidad.

No todo está perdido, aunque lo parezca

Hay momentos en que uno mira su vida y no ve más que escombros. Todo parece un error, una mala elección, un “debí haberlo sabido antes”. Uno se sienta entre los restos, exhausto, y cree —con amarga sinceridad— que ya no queda nada por hacer. Pero esa sensación, aunque sea real, no es definitiva. Porque lo que parece ruina, a veces es sólo el terreno limpio donde puede construirse algo nuevo. Hace unos años, una amiga muy cercana —una mujer brillante, generosa, con vocación de cuidado— me confesó con lágrimas en los ojos que sentía que su vida “ya no valía la pena”. Había perdido el rumbo laboral, atravesaba una separación, y se sentía “como un proyecto fallido”. Le respondí lo único que me salió en ese momento: “¿Y si no estás acabada? ¿Y si estás naciendo de nuevo?”. No lo dije como consuelo barato. Lo dije porque, en el fondo, lo creo. El sufrimiento no es señal de inutilidad. Es signo de transformación. Y aunque duela —porque duele mucho—, también puede ser la puerta hacia una vida más propia, más consciente, más verdadera.

El poeta y dramaturgo alemán, Bertolt Brecht, escribió: “Hay quienes luchan un día y son buenos; hay quienes luchan un año y son mejores; pero hay quienes luchan toda la vida: esos son los imprescindibles” (Poemas y canciones, 1951). Tú, lector(a), que estás leyendo esto con un nudo en la garganta… eres de esos imprescindibles. No por lo que logras. No por lo que los demás vean. Sino por no rendirte del todo. Por seguir leyendo, buscando, resistiendo. Por ser capaz de preguntarte si aún hay algo más. Y claro que lo hay. Tal vez no se parezca a lo que soñaste. Tal vez tengas que soltar lo que no fue. Pero hay una vida posible después del error. Hay encuentros nuevos, tareas pequeñas que dan sentido, silencios llenos de compañía, cafés que saben a tregua, frases que llegan justo a tiempo. Permítete reconstruirte sin prisa. Perdónate con la misma dulzura con la que mirarías a un niño que tropezó. Recuerda que incluso en las historias más oscuras, hay páginas en blanco esperando ser escritas. No todo está perdido. No mientras sigas aquí. No mientras haya alguien que aún te nombre con ternura —aunque ese alguien seas sólo tú.

Unas palabras para ti

Si has llegado hasta aquí, gracias. No por leerme —eso es lo de menos—, sino por no rendirte contigo. Por atreverte a mirar ese rincón doloroso y, aun así, quedarte un poco más. No eres tu error. No eres tu caída. No eres ese momento que te sigue como una sombra. Eres alguien que ha vivido. Que ha amado. Que ha perdido. Que ha querido hacer las cosas bien, aunque a veces no haya sabido cómo. La vida no se define por un instante. Ni siquiera por varios. La vida —la verdadera— se define por el modo en que respondemos a lo que nos rompe. Por la capacidad de volver a mirar el mundo, aunque los ojos estén cansados. Por la dignidad de seguir de pie, incluso cuando nadie lo nota.

Y sí: puedes volver a empezar. Hoy. Mañana. Cuando estés listo(a). Sin prisa. Sin demostrar nada. Nolan tenía razón: no puedes echar a perder toda una vida por un error. Pero yo me atrevería a ir un poco más lejos: no puedes dejar que el dolor tenga la última palabra… cuando aún queda tanto por decir.


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Nos leemos pronto.

El pasado que no debe olvidarse

“El secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive”
— Fiódor Dostoievski

Queridos(as) lectores(as):

El sábado por la tarde, mientras compartía un café con mi querido amigo Uriel, la conversación tomó un giro que, en estos tiempos, resulta cada vez más necesario: hablamos de la nostalgia. No esa nostalgia melosa que idealiza el pasado como si todo en él fuera virtud, sino la nostalgia crítica, esa que se pregunta qué se ha perdido —y si acaso no se ha perdido algo que merecería ser rescatado.

Uriel y yo coincidíamos en que este siglo XXI tiene mucho de admirable, sí, pero también algo de inestable, de tambaleante, de frágil. Vivimos —como dijo Zygmunt Bauman— en una modernidad líquida: las formas se disuelven, las instituciones envejecen prematuramente, los vínculos se debilitan y hasta la verdad parece una moda de temporada. ¿Es posible entonces mirar hacia atrás sin caer en la falacia de la “época de oro”? ¿Podemos rescatar del pasado algo más que postales sepia? Mi respuesta: un sí rotundo.

La tentación de idealizar el pasado

Es importante comenzar con una advertencia: no hay épocas puramente virtuosas. La Historia está tejida de grandezas y horrores. Todo tiempo humano es mezcla de luz y sombra. Pensar que “todo era mejor antes” suele ser un refugio emocional que nos ahorra el esfuerzo de pensar críticamente el presente. Como bien escribió Hermann Hesse en El lobo estepario (1927): “La nostalgia no tiene por qué engañarnos: quien anhela el pasado no anhela sus hechos, sino su perfume”.

El perfume del pasado nos llega cuando el presente parece insípido. Sin embargo, no debemos confundir la memoria con la parálisis. Lo esencial es distinguir entre el pasado que encadena… y el que da raíces. Hay que saber reconocer que hubo cosas en el ayer que sirvieron a la perfección, por lo que con una pequeña reflexión y una adecuada adaptación a nuestras circunstancias actuales, podría ayudarnos mucho en el presente. Es como cuando nos preguntamos «¿cómo le hizo papá?», «¿de qué modo lo hacía la abuela?».

El vértigo de un presente sin raíces

Lo que caracteriza a nuestra época no es sólo su rapidez, sino su incapacidad para permanecer. Lo que ayer era tendencia hoy es obsoleto. Cambian las palabras, los gestos, las formas de amar, de morir, de educar. En nombre del progreso se desechan costumbres, símbolos, incluso estructuras que durante siglos dieron sentido a la vida común. Pero ¿progreso hacia dónde? Zygmunt Bauman escribió en Modernidad líquida (2000): “Cuando no hay valores duraderos, el yo se vuelve una obra interminable e inestable, una identidad que hay que inventar y reinventar a diario”. Qué curioso -y terrible- que estemos viviendo una de las épocas más confusas y extrañas, donde cada vez hay más miedo que tranquilidad, cada vez hay más quejas que agradecimientos. ¿Por qué será?

Así andamos, reinventándonos de manera compulsiva, como si la estabilidad fuera sospechosa. En este vértigo, muchos se sienten solos, sin guía, sin tiempo para preguntarse quiénes son o por qué hacen lo que hacen. El resultado: un presente hiperactivo pero espiritualmente estéril. Hace tiempo, una amiga me comentaba que una de sus más grandes ilusiones era viajar a la Tailandia, la India, etc., lugares en Oriente que han sido «célebres» por sus enormes cargas de «espiritualidad». Y sí, es cierto que en esos lugares del mundo, la espiritualidad está dividida entre tantas creencias que «hay de dónde escoger», sin embargo, el hecho de que haya tanta variedad nos dice algo que hay que dejar enfriar: mientras más hay, menos tenemos. Tantas opciones nos habla de inconsistencias. Y lejos de ir hacia un punto seguro, nos arrastramos hacia infinidad de inseguridades.

El Conde Rostov: elegancia como forma de resistencia

En la novela Un caballero en Moscú (2016), Amor Towles nos regala a uno de los personajes más memorables de la literatura contemporánea: el conde Alexander Ilyich Rostov. Condenado por el nuevo régimen soviético a arresto domiciliario perpetuo en el Hotel Metropol, Rostov —noble de nacimiento, refinado en maneras, lector empedernido y amante del buen vivir— parece condenado a la irrelevancia. Sin embargo, lo que sigue no es una caída, sino una transformación. Encerrado en unas pocas habitaciones, privado de su estatus, sus privilegios y su libertad, Rostov no se abandona al resentimiento ni a la queja. Cultiva su mundo interior como si la Historia externa no pudiera tocar lo esencial. Organiza su vida con elegancia y propósito, como si incluso la rutina más anodina mereciera ser vivida con cierta forma de arte.

En un momento clave, dice: “Si un hombre no domina sus circunstancias, está destinado a ser dominado por ellas» (Un caballero en Moscú, 2016). Esa frase lo define. La resistencia de Rostov no se expresa en discursos, sino en actos mínimos: seguir vistiéndose con cuidado, leer con disciplina, tratar a cada persona con cortesía, mantener la palabra dada. En un mundo nuevo que ha declarado obsoletas todas esas virtudes, él responde no con nostalgia paralizante, sino con una fidelidad activa. Towles escribe en otro pasaje: “El conde había llegado a comprender que las costumbres pueden ser tan importantes como las leyes; de hecho, en muchos casos, son las costumbres las que aseguran que las leyes sean cumplidas”. Rostov nos recuerda que la compostura no es una pose, sino una forma de mantener el alma intacta cuando todo alrededor se desmorona. En su microcosmos, encarna una civilización que no se rinde: la del respeto, la del deber sin espectáculo, la del buen gusto y el cuidado del otro.

En su compañía, uno no añora un régimen perdido, sino una forma de estar en el mundo que da sentido incluso en la adversidad. En tiempos donde la vulgaridad se disfraza de autenticidad, y la crudeza se vende como honestidad, Rostov nos invita a una resistencia más profunda: la del alma que no se entrega al caos.

«En un mundo que cambia rápidamente, aún podemos elegir cómo responder con dignidad”.
— Amor Towles, Un caballero en Moscú (2016)

Firmeza, cortesía, profundidad

No se trata de restaurar regímenes, ni de repetir estructuras del pasado. Pero sí de rescatar lo mejor que la Historia nos dejó. La cortesía, por ejemplo, entendida no como formalidad vacía sino como arte de cuidar al otro. La vocación de permanencia. El compromiso con la verdad, incluso cuando incomoda. El sentido del deber, no como carga, sino como forma de libertad. León Tolstói escribió en Diarios (1897): “La verdadera grandeza no está en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que se debe hacer».

Hoy, que todo se relativiza, que la autoafirmación se convierte en fetiche, recordar estas palabras no es nostalgia: es brújula. Y Fiódor Dostoievski, una vez más, apuntó con precisión casi profética en Los demonios (1872): “El que quiere destruir el pasado, destruye también el futuro”. Porque sin herencia no hay proyecto, sin raíces no hay ramas, sin memoria no hay dirección.

Volver a lo que permanece, sin negar lo nuevo

El reto no es oponer pasado y presente, sino reconciliarlos. No se trata de negar lo nuevo —la ciencia, los derechos humanos, el acceso al conocimiento— sino de evitar que la novedad se convierta en un ídolo sin rostro. Como escribió Hermann Hesse en Demian (1919): “Lo que llamamos destino es en realidad nuestro carácter, y el carácter puede cambiarse”. Nuestra época necesita cambiar de carácter. No hacia la rigidez, sino hacia una profundidad más habitable.

Necesitamos volver a preguntar por el sentido. Volver a mirar a los que nos precedieron no como fósiles, sino como maestros. Volver a lo esencial, que nunca pasa de moda.Volver al pasado no es un gesto conservador ni reaccionario: es un acto de sensatez y gratitud. No todo lo viejo es sabio, pero lo sabio suele envejecer bien. Quizá por eso, cuando el presente se tambalea, el alma busca en la memoria una raíz, un refugio, una chispa de belleza.

¿Y ustedes? ¿Qué valores del pasado creen que deberíamos rescatar para este siglo que no termina de encontrarse a sí mismo? No olviden dejar sus comentarios para que este encuentro, en verdad, sea de todos.

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Carta a una madre buena

Querida:

Ojalá esta carta te encuentre en un momento tranquilo. Pero si no es así —si llegaste a ella en medio del caos, del cansancio, de un llanto ajeno o propio—, también está bien. Porque no es una carta para cuando todo está en orden. Es para ahora. Para ti. Para hoy. Hoy que quizás te preguntas si lo estás haciendo bien. Hoy que te pesa lo que dijiste, o lo que no lograste decir. Hoy que te miras en el espejo con culpa, con duda, con esa sensación de estar llegando tarde a todo. Quiero hablarte con calma. Con ternura. Sin exigencias. Como quien ofrece cinco minutitos de paz entre tanto caos.

Hay una frase que me acompaña desde hace años. La dijo Donald Winnicott, un pediatra y psicoanalista inglés que supo mirar la infancia y la maternidad sin romanticismos. Él escribió: “No hay madre perfecta. Hay una madre suficientemente buena”. Y eso no es una excusa, es una liberación. Una madre suficientemente buena es la que ama, claro. Pero también la que se enoja. La que a veces grita. La que llora en silencio. La que un día no puede más. La que tiene miedo de fallar… y aún así vuelve a intentarlo. Y tú, aunque no lo creas, estás siendo eso. Suficientemente buena.

En el silencio entre el cansancio y el amor, también hay espacio para respirar.

¿Sabes qué? No tengas miedo de equivocarte. Porque sí, vas a cometer errores. Todos los cometemos. Pero los tuyos, si van acompañados de amor, de escucha, de presencia, no destruyen. Enseñan. Le enseñan a tu hijo(a), que el amor no es perfecto, pero es fiel. Que se puede reparar. Que se puede pedir perdón. Que también los adultos se confunden, y que eso no es tragedia, sino verdad. No tengas miedo de equivocarte. Porque cada vez que lo haces y te das cuenta, estás mostrándole a tu hijo(a) algo valiosísimo: que no es necesario ser impecable para ser digno de amor.

Y si hoy te sentiste impaciente, o torpe, o ausente… no te quedes atrapada ahí. Míralo. Abrázate. Dite: “hoy no fue perfecto, pero mañana vuelvo a intentarlo». Créeme, eso basta. Eso construye. A veces sentimos que tenemos que poder con todo: el trabajo, las tareas, las emociones de todos, las propias que nadie ve. Pero no es así. Tú no eres superheroína. Tú eres madre. Y eso ya es inmenso. Tu hijo(a) no necesita una mujer que nunca se caiga. Necesita saber que, cuando te caes, te levantas. Y que aún en el cansancio, sigues eligiéndolo(a).

Si esta carta te da esos famosos «cinco minutos» de respiro, de alivio, de ternura, entonces habrá cumplido su misión. Y si no, si simplemente pasó por ti sin dejar huella, igual quiero que recuerdes esto: no tengas miedo de equivocarte. Porque amar de verdad no significa no fallar. Significa estar, incluso después del error. Y eso, querida, tú ya lo haces. A tu modo. En tu tiempo. Con tus heridas y tus gestos. Así que respira. Llora si hace falta. Y después… sigue. No como quien carga el mundo sola, sino como quien sabe que en medio del caos, también se puede descansar un poco.

Con cariño inmenso y gratitud infinita.

Héctor Chávez Pérez

Carta al valor de ser uno mismo

Querido(a) lector(a):

No sé cuántas veces he escuchado la consigna de moda: “sé tú mismo(a)”. La repiten los libros de autoayuda, las marcas de ropa, los discursos motivacionales que duran lo que un café tibio. Pero lo que nadie dice es que ser uno mismo no se celebra realmente. Se tolera apenas. Y muchas veces, ni eso. Ser uno mismo —de verdad— no es una pose ni un eslogan. No es publicar una foto con un pie de página rebelde, ni disfrazarse de extravagancia para evitar el juicio. No. Ser uno mismo es, muchas veces, una forma de intemperie. Es caminar entre miradas que no comprenden, soportar juicios disfrazados de bromas, y ver cómo algunos se alejan sin decir adiós porque ya no pueden controlarte ni moldearte. Uno se va quedando solo, a veces. Más solo, pero más entero. Más sobrio, pero más libre.

Porque cuando decides no rebajar tu inteligencia para encajar, ni fingir humildad para no herir egos frágiles, ni callar tu fe para no incomodar a los escépticos, ni esconder tu tristeza para no parecer débil, ni ceder tu alegría para no molestar a los que viven del resentimiento… entonces, querido(a) lector(a), ya no puedes volver atrás. Empiezas a ver con nitidez lo que antes justificabas: los amigos que competían disfrazando su envidia de ironía, las conversaciones que eran campos minados de vanidades, los vínculos que se sostenían sólo mientras tú no brillaras demasiado.

A veces pienso en Ignatius J. Reilly, ese personaje monumental de La conjura de los necios (1980), tan insoportable como necesario. Su terquedad grotesca, su desprecio por la modernidad, su exagerado sentido de superioridad intelectual… son también un espejo deformado del que intenta no ceder a la estupidez que lo rodea. Es un hombre tan desubicado como honesto, tan ridículo como íntegro en su extravío. Y aunque nos riamos de él, también lo entendemos: en su exageración hay una defensa desesperada contra un mundo que lo empuja a traicionarse. Y también pienso en otros. En Antígona, por ejemplo, desafiando el decreto del poder para enterrar a su hermano, sabiendo que ese acto le costará la vida. ¿Qué otra cosa es ella sino el retrato puro del ser fiel a sí mismo aunque el precio sea altísimo? Y en Don Quijote, cuya locura no es más que una forma elevada de fidelidad a un mundo que ya no existe, pero que él se empeña en hacer presente. Lo llaman loco… porque no entienden que él ve más lejos. Como todo verdadero lúcido. O en Raskólnikov, el atormentado protagonista de Crimen y castigo (1866), cuya caída no es por haber matado, sino por haber creído que podía hacerlo sin consecuencias. Es, al final, la conciencia la que lo persigue, no la ley. Y eso también es ser uno mismo: descubrir, a veces tarde, que tu alma no se negocia, ni siquiera en nombre de una idea brillante. Incluso pienso en figuras más discretas, como Franny Glass, en la obra de Salinger. Esa joven que colapsa espiritualmente porque no puede soportar la falsedad académica, la arrogancia de los intelectuales huecos, el ruido del mundo sin alma. Se encierra, se enferma, pero también despierta. Y su despertar es silencioso: una oración continua, una pequeña llama que arde sin escándalo, pero no se apaga.

Mientras el mundo camina en fila hacia la obediencia ciega, el alma libre elige su propio paso —y sonríe.

¿Y tú, lector(a)? ¿Qué precio has pagado por ser tú mismo(a)? ¿A cuántos has tenido que dejar atrás, no con rabia, sino con un nudo en el pecho, porque te diste cuenta de que ya no podías seguir mendigando comprensión donde sólo había juicio? ¿Cuántas veces te han hecho sentir culpable por tu claridad, como si pensar bien fuera un delito? ¿Cuántas veces te han llamado arrogante sólo porque no te disculpaste por tener una voz propia? El acomplejado no siempre grita. A veces se disfraza de amigo, de colega, de interlocutor. Pero su patrón es reconocible: necesita apagar luces ajenas para no ver su propia sombra. Te ridiculiza en público, te corrige sin razón, se ofende cuando señalas lo evidente, y se ausenta cuando ya no puede influir en ti. Y aquí estás tú. Todavía firme. Quizá más cansado(a). Quizá más selectivo(a). Pero todavía tú.

Ser uno mismo en un mundo así no es una postura estética. Es una postura espiritual. Es el acto profundo de no traicionar la voz interior, de no diluirse en las aguas tibias del agrado ajeno. Es vivir con raíz, aunque no siempre haya flores visibles. Es sostener la llama, incluso cuando el viento de la mediocridad sopla con violencia. Y por eso, si alguna vez dudas… si te sientes solo(a), extraño(a), fuera de lugar… si crees que no vale la pena seguir siendo tú en medio de un mundo de apariencias y de acomplejados organizados en clubes de sarcasmo… vuelve a los grandes. Vuelve a los personajes que te formaron, a las páginas donde sentiste por primera vez que no estabas solo(a). Vuelve a tu oración, si crees. O a tu pensamiento más honesto, si dudas. Vuelve, sobre todo, a ti. Porque este mundo necesita menos adaptados y más fieles. Menos simpáticos funcionales y más almas que, aún rotas, aún heridas, aún cansadas… sigan eligiendo ser ellas mismas.

Con firmeza, con afecto, y con una esperanza que no se explica —pero tampoco se apaga—,

Héctor Chávez Pérez

P.d. En un mundo como éste, tener el valor de ser uno mismo es en sí un verdadero acto revolucionario. Cuando dicen «es que pensamos igual», te puedo asegurar que uno está pensando por todos. Es que las copias son eso… y nada más.

Volver a confiar

Queridos(as) lectores(as):

Rubén me escribió desde España. Su mensaje no hablaba de odio, ni de venganza, ni de reclamos… hablaba de algo mucho más profundo: la tristeza de no saber si algún día volvería a confiar. Hay preguntas que no buscan respuesta inmediata, sino acompañamiento. Y eso intento hacer aquí: no dar recetas, sino compartir camino. Porque lo cierto es que muchos hemos estado ahí, en esa herida que no se ve pero lo cambia todo.

Esta carta es para Rubén.
Y también, quizás, para ti.


Estimado Rubén:

La traición no siempre grita. A veces, se queda en silencio… y ese silencio es el que más pesa. No duele sólo lo que el otro hizo —el engaño, la mentira, la omisión—, duele lo que eso provocó dentro de ti. Porque confiar no es sólo un acto. Es una entrega. Es decirle al otro: te dejo entrar, incluso en mis partes más frágiles. Y cuando esa confianza se rompe, lo que queda no es sólo el dolor por el otro. Es el juicio sobre uno mismo: ¿cómo no me di cuenta? ¿Por qué confié? ¿Cómo pude haber sido tan tonto? Y esa es la herida que más arde: la que ya no se proyecta hacia fuera, sino hacia dentro.

Comienza entonces una especie de guerra interna: una parte de ti quiere sanar, pero la otra no te lo permite. Te acusa. Te pone en el banquillo. Y te castiga por haber creído en alguien. Y uno empieza a asociar la confianza con la culpa. Como si confiar fuera un error. Como si abrirse fuera una falla. Pero no es así. Confiar no fue el error, Rubén. La herida no está en haber dado algo valioso. La herida está en que ese algo fue despreciado. Y eso… no es tu culpa. Cuando uno empieza a entender eso, algo se suaviza. No se borra el dolor, no se desvanece de inmediato… pero se empieza a separar lo que te hicieron de lo que eres. Después de la traición, Rubén, uno no construye un muro de inmediato. Lo hace poco a poco, casi sin darse cuenta. Una palabra que no dices. Un abrazo que no das. Una puerta que ya no abres. Una versión de ti que dejas encerrada en algún rincón. Y entonces parece que te estás cuidando, que estás siendo más sabio, más fuerte. Pero, con el tiempo, te das cuenta de que también te estás quedando más solo.

A veces, volver a confiar es esto: abrir un poco la ventana… y dejar que entre la luz, aunque duela un poco los ojos.

El miedo empieza como refugio. Como ese rincón seguro donde nadie te toca. Pero si te quedas demasiado tiempo ahí, se convierte en celda. Y lo que fue protección se vuelve encierro. El alma herida deja de buscar conexión, porque asocia lo profundo con lo peligroso. Entonces sobreviene el discurso del “ya no necesito a nadie”,cuando en realidad lo que uno quiere gritar es “¡ojalá pudiera necesitar sin miedo!”. El miedo, Rubén, no es malo. Es necesario. Pero no está hecho para quedarse. Está hecho para alertarnos, no para gobernarnos. Y aunque al principio parezca imposible salir de ahí, hay algo que te lo va diciendo con suavidad: una conversación que no esperabas, una persona que no te exige, una mirada que no juzga, un gesto que te dice “aquí puedes respirar”. Ahí empieza la grieta en la coraza. Y por esa grieta, a veces, entra la luz.

Rubén, lo peor de una traición no siempre es el recuerdo de quien te lastimó. Es la forma en que, poco a poco, todo empieza a parecerse a esa persona. Empiezas a desconfiar de todos. Incluso de los buenos. De quienes no han hecho nada. De quienes apenas están llegando. Y te entiendes… porque no quieres volver a caer. Pero también te dueles, porque sabes que así no se puede vivir. Desconfiar de todo es un mecanismo de defensa… pero también es una trampa del alma herida que cree que ya nada vale la pena. Y lo más cruel es que esa desconfianza no sólo te aleja de lo que podría lastimarte. También te impide ver lo que podría salvarte. A veces aparece alguien con buenas intenciones, con ternura, con paciencia. Pero si uno sigue atrapado en la desconfianza total, esa persona se va. No porque no te quiera, sino porque no puede pelear con todos tus fantasmas. No sabe cómo hacerlo. Y no le toca.

La desconfianza no es realismo, Rubén. Es una forma de duelo mal digerido. Y todos tenemos derecho a atravesarlo. Pero también llega un momento en que uno debe preguntarse si quiere seguir viviendo en ese exilio autoimpuesto. Porque sí: tal vez confiar otra vez te exponga a otra herida. Pero no confiar nunca más… es una forma de renunciar a la vida. Volver a confiar no es hacer como si nada hubiera pasado. No es borrar la herida, ni minimizarla, ni fingir que no duele. Tampoco es “perdonar rápido” para demostrar que eres maduro. No. Confiar otra vez, Rubén, es una decisión profundamente consciente. Es mirarte al espejo y decirte: «No sé si me volverán a lastimar, pero ya no quiero vivir como si eso fuera lo único que puede pasar». Porque si algo nos rompe, también hay algo que puede ayudarnos a sanar. Y no siempre viene de quien esperamos. A veces es una voz nueva, una presencia inesperada, un gesto sutil. A veces es un «cómo estás» sin doble intención. O una mirada que se queda cuando todos ya se fueron.

Confiar no es un salto ciego. Es un puente que se construye con tiempo. Y se vale cruzarlo despacio, con miedo incluso, pero sin detenerse del todo. Algunos llegan a ese punto solos. Otros necesitan ayuda. Un espacio seguro, una terapia, un análisis, un diván, una escucha.
Porque también es válido decir: «no puedo solo». Volver a confiar es, sobre todo, volver a elegirte. Es decir: «Mi vida no se va a definir por lo que otros hicieron conmigo». Y eso, Rubén, ya es un acto de esperanza.

Rubén, hay una verdad que quizá nadie te ha dicho así de claro: tú mereces una vida donde el miedo no sea quien decida por ti. Mereces vínculos que no te obliguen a andar de puntillas. Mereces conversaciones donde no tengas que traducir tu dolor para ser entendido. Mereces cariño que no te pida explicaciones ni certificados de garantía. No todos merecen tu confianza. Es cierto. Pero tú no mereces vivir cargando el peso de quienes no supieron qué hacer con ella. No fuiste ingenuo por confiar. Fuiste valiente. Y lo serás otra vez. Pero ahora distinto. Más sabio. Más claro. Sin entregarte a cualquiera… pero sin dejar de ser tú.

No hay fecha exacta para volver a confiar. No hay fórmula. Sólo hay señales. Una calma nueva. Una ternura que no asusta. Una risa que no se fuerza. Alguien que se queda cuando podrías jurar que iba a irse. Y cuando eso pase, Rubén, no sabrás si confiar. Dudarás. Temblarás. Pero recuerda esto: a veces, incluso el temblor… es una forma de esperanza.

P.D. Gracias por tu mensaje. Por confiar, incluso en medio de la duda. A veces, sólo necesitamos que alguien nos diga que no estamos rotos para siempre. Y créeme: no lo estás. Te lo prometo.


Si esta carta tocó algo dentro de ti, tómate tu tiempo.
No hay prisa por volver a confiar.
Pero ojalá un día te sorprendas haciéndolo, casi sin darte cuenta…
como quien vuelve a respirar después de mucho contener el aire.

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Te escucho.

Te leo.