El paciente no cabe en una receta

«El buen médico trata la enfermedad; el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad».

— William Osler

Queridos(as) lectores(as):

Hay pacientes que salen del consultorio con estudios normales… y con la sensación de que algo sigue mal. No necesariamente en el cuerpo —al menos no del todo—, sino en ellos. Como si algo importante hubiera quedado fuera de la conversación. Como si el diagnóstico hubiera nombrado una parte… pero no la experiencia completa de lo que están viviendo. Y eso no es un error menor. Es, en muchos casos, el inicio de una sensación silenciosa: la de estar siendo atendido, pero no comprendido.

Si uno lo piensa bien, esta escena no es exclusiva de la medicina. Aparece en la literatura, en el cine, en la música. Personajes que “están bien” en apariencia, pero por dentro cargan algo que no logra encontrar palabra. Basta pensar en Joker (Todd Phillips, 2019), donde Arthur Fleck no es simplemente un paciente con un trastorno, sino alguien cuya historia, abandono y soledad no encuentran un lugar real en quienes deberían ayudarlo. O en Mente indomable (Good Will Hunting, Gus Van Sant, 1997), donde Will no necesita más inteligencia ni más respuestas, sino alguien que pueda decirle —y sostener— algo tan simple y tan profundo como: “no es tu culpa”. Porque hay momentos en los que no basta con saber qué tiene alguien. Hay que poder entender qué le está pasando.

El diagnóstico no agota al paciente

La medicina moderna es extraordinaria. Ha logrado lo que otras épocas ni siquiera podían imaginar. Pero su misma precisión puede volverse, paradójicamente, una limitación cuando se olvida de algo esencial: el paciente no es sólo aquello que puede medirse. Como escribió Francis W. Peabody: “El secreto del cuidado del paciente está en interesarse por el paciente” (The Care of the Patient, 1927). Esto no es una frase bonita para decorar consultorios. Es una advertencia clínica. Porque cuando el interés se desplaza del paciente hacia la enfermedad como objeto aislado, algo se pierde. Y ese “algo” no siempre es evidente en los estudios.

Hay pacientes que entienden perfectamente su diagnóstico… pero no saben qué hacer con él. Hay quienes siguen todas las indicaciones… y aun así no mejoran. Hay quienes regresan una y otra vez no porque el médico se haya equivocado, sino porque lo que les duele no está completamente ahí donde se está buscando. Esto lo vemos incluso en la cultura popular. En Doctor House (House M.D., 2004 – 2012) el Gregory House resuelve casos imposibles desde lo médico, pero constantemente muestra una dificultad —y a veces un desprecio— por la dimensión emocional del paciente. Y aunque su genialidad impresiona, también deja claro algo incómodo: entender la enfermedad no siempre implica comprender al enfermo.

El cuerpo también tiene historia

No todo lo que se siente tiene una causa visible inmediata. Y no todo lo que aparece en el cuerpo nace únicamente en él. Esto no significa negar la biología —sería absurdo—, sino reconocer que el cuerpo forma parte de una historia. Sigmund Freud lo expresó con claridad: “El síntoma es un signo y un sustituto de una satisfacción pulsional que no ha tenido lugar” (Inhibición, síntoma y angustia, 1926). Traducido a algo más cotidiano: hay cosas que no se dijeron, que no se pudieron procesar, que no encontraron salida… y que, en algunos casos, terminan expresándose de otro modo. ¿Nunca te ha pasado que el cuerpo “revienta” justo cuando ya no podías más? ¿Que aparece un dolor, un cansancio extremo, una enfermedad en un momento particularmente cargado? No es magia. No es tampoco una explicación única. Pero sí es una pista de que el cuerpo no está separado de la vida que llevamos.

En la música, esto aparece constantemente. Piensa en Hurt (Johnny Cash, 2002): no habla de una enfermedad específica, pero transmite un desgaste profundo, una herida que no es sólo física. O en Fix You (Coldplay, 2005), donde la línea “when you try your best but you don’t succeed” (cuando haces todo lo posible, pero no lo consigues) conecta con esa experiencia de hacer todo “correcto”… y aun así sentirse mal. Eso también llega a consulta. Y no siempre se resuelve con una receta.

El paciente no está dividido

El gran problema no es que existan especialidades médicas. Son necesarias. El problema es cuando olvidamos que el paciente no está dividido como lo están las especialidades. Un órgano puede enfermarse. Pero quien sufre es una persona completa. René Leriche, retomado por Georges Canguilhem, lo dijo de forma brillante: “La salud es la vida vivida en el silencio de los órganos”. Cuando ese silencio se rompe, no sólo aparece un síntoma: cambia la forma en que vivimos.

La enfermedad altera rutinas, relaciones, planes, identidad. No es sólo algo que “tenemos”. Es algo que nos pasa. Y cuando eso no se toma en cuenta, el paciente empieza a peregrinar entre consultas sintiendo que cada médico ve una parte… pero nadie logra ver el conjunto.

Hay diagnósticos correctos… y pacientes que siguen sin ser escuchados.

La alianza necesaria

Aquí es donde la cosa se pone interesante —y también más honesta—. El médico no tiene que hacerlo todo. No puede. No debe. Y reconocer eso no lo hace menos médico. Lo hace mejor. Michael Balint decía: “El médico es, por mucho, el medicamento más utilizado en la práctica general” (El médico, su paciente y la enfermedad, 1955). Esto implica que la relación importa. Mucho. Pero también tiene un límite.

Hay cosas que no se pueden resolver en 15 minutos de consulta. Hay historias que necesitan otro espacio. Hay sufrimientos que no se dejan encapsular en un tratamiento. Y ahí es donde entra el trabajo con terapeutas, especialmente con psicoanalistas. No como competencia. No como sustitución. Sino como complemento. Como señala Eric Cassell: “El sufrimiento puede incluir dolor físico, pero de ningún modo se limita a él” (The Nature of Suffering and the Goals of Medicine, 1982). Y si el sufrimiento es más amplio, la respuesta también tiene que serlo.

Volver al paciente

Tal vez la pregunta no es si la medicina es suficiente. La pregunta es: ¿suficiente para qué? Para diagnosticar, muchas veces sí. Para tratar, también. Pero para acompañar todo lo que una enfermedad despierta en una persona… no siempre. Y no pasa nada por decirlo. Al contrario, decirlo abre la puerta a algo mucho más serio: una atención verdaderamente integral.

Porque hay pacientes que necesitan medicamentos. Pero también necesitan palabras. Necesitan entender qué les pasa. Necesitan poder decirlo. Y, sobre todo, necesitan no sentirse solos en eso.

Reflexión final

¿Cuántas veces hemos sentido que algo no está bien, aunque “todo esté bien”? ¿Cuántas veces hemos recibido respuestas correctas que no logran aliviar lo que nos pasa? ¿Cuántas veces hemos buscado un diagnóstico… cuando en realidad necesitábamos comprensión? Tal vez la atención integral comienza cuando dejamos de preguntar únicamente qué tiene el paciente y empezamos a preguntarnos qué le está pasando. Porque hay casos en los que el siguiente paso no es otro estudio.

Es otra forma de escuchar.


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Carta a esa mirada triste

«Hay silencios que no callan, sino que abrazan con la voz de lo que no se atreve a decirse».

Hay miradas que no piden explicaciones, sólo compañía. Hay silencios que parecen fríos, pero que en realidad están guardando algo delicado. Esta carta es para esos momentos en los que uno quisiera que alguien se sentara cerca, sin prisas, sin juicios, y se quedara allí hasta que el alma descanse. Si hoy llevas en los ojos un peso que no sabes cómo nombrar, si hace tiempo que no recibes palabras que abracen sin apretar, aquí tienes un lugar para ti.

(Y aunque no lo digas, yo sé que estabas esperando que llegara).

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Querido(a) lector(a):

No sé en qué momento llegó a ti esta mirada. Tal vez fue de golpe, una tarde cualquiera, como la sombra repentina de una nube que tapa el sol en mitad de un paseo. O quizá se fue instalando despacio, como el polvo que se acumula en los rincones sin que uno lo note hasta que, un día, la luz lo revela flotando en el aire. No me lo tienes que contar. Hay cosas que se sienten incluso sin verlas. Y yo, aunque no te tenga delante, sé que tu mirada carga un peso. A veces imagino que, si nos cruzáramos por la calle, lo sabría de inmediato: lo notaría en esa quietud que a veces tienen los ojos cuando no quieren que nadie los toque, pero en el fondo suplican que alguien se acerque.

Hoy te escribo porque quiero estar contigo, aunque sea así, en letras. No para llenarte de explicaciones, ni para prometerte que todo pasará. No voy a disfrazar el dolor con frases rápidas que no se sostienen. Te escribo para quedarme a tu lado un rato. Para que sepas que, en este momento, no estás solo(a). El silencio está aquí. Puede ser incómodo, como una habitación fría a la que uno entra descalzo, o áspero, como una tela que raspa la piel. Pero si lo dejas, también puede convertirse en un manto que envuelve, en un refugio donde no hace falta fingir. Y aunque ahora tal vez parezca un enemigo, puede ser un guardián que protege lo que todavía no estás listo(a) para decir. Aquí no tienes que ser fuerte. No tienes que mostrar la mejor versión de ti. No tienes que convencerme de que estás bien. Puedes bajar los brazos y dejar que el peso caiga. Puedes llorar, si lo necesitas. Aquí nadie va a mirar el reloj mientras lo haces. Aquí no hay “demasiado” ni “ya es hora de parar”.

Si estuvieras conmigo ahora, te prepararía un té caliente o un café recién hecho, quizá un rico mate, según lo que prefieras. Pondría la taza frente a ti, y me quedaría mirando cómo envuelves tus manos alrededor, dejando que el calor suba lentamente por tus dedos. Afuera, quizá, se oiría el murmullo lejano de una calle viva, pero aquí dentro el mundo se reduciría a nosotros dos y a este instante. Te invitaría a sentarte cerca de la ventana. La luz de la tarde entraría suave, dibujando sombras largas en el suelo. El aire tendría ese olor a madera y a papel que guardan los lugares donde se conversa despacio. Si quisieras, abriría un poco la ventana para que entre una brisa ligera, de esas que mueven apenas una hoja de papel sobre la mesa. Si me dejaras, te abrazaría. No con un abrazo rápido, distraído, sino con uno lento, prolongado. De esos en los que el cuerpo entero se amolda y en los que puedes soltar el aire sin miedo. Un abrazo que dice: “No tienes que sostenerlo todo tú solo(a). Yo puedo sostenerte un rato”.

Y así, sin prisa, nos quedaríamos. Tal vez escucharíamos el ruido de la calle como un eco lejano, o el golpeteo de una rama contra el cristal. Tal vez no hablaríamos nada. Tal vez sí, pero sin necesidad de ordenar las frases. Porque hay momentos en los que lo importante no es entender, sino acompañar. Quiero que sepas que pienso en ti más de lo que imaginas, aunque puede ser que no te conozca. No como quien piensa en un nombre al pasar, sino con esa atención que se reserva para lo que importa. Y aunque no pueda caminar a tu lado ahora, aquí estoy, y estaré cada vez que vuelvas a estas palabras. Somos caminantes que comparten sus soledades, soledades que se encuentran, caminos que se descubren acompañados. Si un día sientes que quieres buscarme, que te mueres de ganas de estar conmigo, hazlo. Yo también querré verte. Y si eso no ocurre pronto, está bien. Nos tendremos aquí, en este rincón de letras que late como si fuera piel.

Hoy, mientras lees esto, no estás solo(a). No mientras yo te esté pensando.

Con afecto, con paciencia, y con un lugar reservado para ti en mi abrazo y en mi corazón,

Héctor Chávez

P.D. No sé si esta carta llegó tarde o justo a tiempo. Sólo sé que la escribí con la certeza de que tú la ibas a entender. Siempre supe que, de alguna manera, estaba esperando encontrarte aquí.

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Si estas palabras te han acompañado, no te las lleves solo(a): compártelas con quien hoy podría necesitar un refugio. Y si alguna vez sientes que quieres volver a este lugar, aquí estaré, en silencio o en palabra, pero siempre esperándote. También puedes seguir Crónicas del Diván para recibir más textos como éste, o escribirme a través de la pestaña Contacto. En Instagram estoy como @hchp1.