Gatopardismo: la fórmula de la perpetuidad

«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

-Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Qué gran contradicción, ¡qué gran oportunidad! Publicado entre 1954 y 1957, Il Gattopardo se convirtió en una auténtica denuncia sobre la tendencia adaptativa del mundo para sostener lo que se tiene.

Un juego de poder en el que las situaciones socio-políticas pretenden determinar los nuevos procedimientos tras revoluciones significativas que «buscan» el cambio. Un cambio superficial de estructuras. La idea es simple: para seguir teniendo lo que se tiene, hay que hacer unos ajustes. Ajustes que muestren a los demás, por lo general a aquellos que buscan cambios reales en el poder, que sí habrá cambio. El discurso político no sirve sino únicamente para convencer mientras se juega con la esperanza de quienes creen en quien lo pronuncia.

Pero, el gatopardismo incluso es una acción que podemos sacar de lo político y llevarlo al ámbito personal. Y no es otra cosa que un autoengaño. Es decir, las personas tienden mucho a hacerse promesas de cambio ante cosas en ellos que no les gustan, que les incomodan o que simplemente los desgastan. Les presento la siguiente anécdota:

C. es una mujer que ha alcanzado los 30 años de edad. Es una mujer estudiosa, preparada, intelectualmente inquieta y muy entregada a su trabajo. Tiene una relación con F., quien se ha mostrado muy dispuesto a aceptar que su futura esposa es así. Sin embargo, eso no evita que haya entre ellos ciertos desencuentros debido a que C. le pone mayor prioridad a sus estudios y a su trabajo que a su relación, esto según F. Por fin un día C. se vuelve consciente de que puede que haya exagerado con sus actividades y que, en efecto, estaba descuidando su relación, por lo que se propone limitarse para poder pasar más tiempo con F.; emocionado por ello, un día él le pregunta a dónde le gustaría ir a pasear, a lo que C. le contesta con mucha ilusión: «Me dijeron que abrieron una librería bellísima al sur de la ciudad, ¿podemos ir?»

Cuando C. propone ir a una librería cuando anteriormente le había prometido a F., tal como a sí misma, limitar sus actividades para dedicarle más tiempo a su relación, ella encontró (inconscientemente, queremos pensar) un modo de pasar más tiempo con F. pero sin dejar de hacer lo que le gustaba. Podemos imaginar qué pasó después de esa sugerencia…

El gatopardismo es algo que tristemente se ha vuelto algo muy habitual, tan es así que la gente está dispuesta a perpetuarlo. Cuando existe la desilusión por el sistema político que rige a un país, la primer propuesta «seria» para sustituirlo y dar algo mejor al pueblo, se vuelve «aire fresco», y hay que respirarlo. El problema es que, con todo y que entendemos que para que las cosas cambien tienen que dejar de ser las mismas cosas, la realidad es que nos cegamos y creamos una fe secularizada para dar paso a salvadores, mismos que antes portaban piel de lobo y que luego se sobrepusieron la de un inocente borreguito.

Maestro de mis maestros

«El trabajo del maestro no consiste tanto en enseñar todo lo aprendible, como en producir en el alumno amor y estima por el conocimiento»

-John Locke

In memoriam…

Hace unos días, el 26 de julio para ser más preciso, en la Escuela de Filosofía de la Universidad Panamericana (campus Ciudad de México), tuvimos la triste ocasión de despedirnos de quien fuera uno de nuestros maestros más icónicos, me refiero al querido Dr. Raúl Nuñez Juncal (1935-2018). Muchas generaciones actuales no pudieron tomar clases con él, de hecho, la mía tampoco pudo. Pero los que tuvimos la ocasión de convivir con él y, por tanto, de aprender de él, nos quedamos con una enseñanza profunda y sincera, no sólo a nivel académico, sino sobre la vida misma.

Unos días después, me puse en contacto con quien en su momento fue mi maestra, Montserrat Salomón, y tiempo después sería una de mis amistades más cercanas. Ella había tenido la oportunidad de acercarse al Dr. Núñez y haber podido encontrar en él la confianza y el apoyo para iniciarse en el fantástico mundo académico. Después de todo, fue él quien le dio la oportunidad de dar clases cuando apenas ella estaba estudiando la carrera. Sucede que cuando encuentras a un maestro que cree en ti y te motiva a que alcances lo que eres capaz, y hasta lo que crees que no, es encontrar a un amigo de la vida que impulsa tus sueños y te ayuda a materializarlos. Al platicar con Montse, ella tenía una herida en el corazón. ¿Y cómo no? Cuando yo empecé a interactuar con el Dr. Núñez fue porque no habíamos alcanzado a ver a un filósofo de la antigüedad, me refiero a Plotino. Así que un día me le acerqué al Dr. Núñez para pedirle si me podría dar unas sesiones sobre ese autor; lo primero que me dijo fue un «no lo creo, pues no tengo ahorita tiempo disponible para dedicárselo a don Plotino como se merece y a ti también», sin embargo, el Dr. no lo dejó en eso, me pidió que lo viera al día siguiente en punto de las 10 de la mañana en las oficinas de Filosofía en la UP. Llegado el día y la hora, me encontré con él y con tres folders, mismos en los que habían muchas hojas, unas escritas a mano y otras en máquina de escribir. «Pensé que te podría servir tener mis apuntes sobre Plotino, toma, te los regalo con mucho gusto. Espero te sirvan». Y ya. Eso abrió el camino hacia la enseñanza que hoy por hoy conservo en el corazón.

Recordé esta anécdota ya que mi querida Montse me compartió una inquietud que creo que todos los que nos dedicamos a la enseñanza nos planteamos: «¿Acaso yo llegaré a ser recordada como tal profesor(a) lo es?». Haciendo cuentas, he dado clases desde que estaba en preparatoria, por lo que llevo ya casi 10 años, aunque evidentemente con mayor entrega y conocimientos en los últimos años. Y he sido testigo de tres tipos de maestros: primero, están los que dejan huella por sus enseñanzas académicas y personales; segundo, quienes te dejan una enseñanza que te lleva a seguir insistiendo en el camino de la sabiduría y, tercero, quienes te enseñan a cómo no ser después. Siempre se aprende algo. Aunque, curiosamente, se pueden dar casos en los que encontramos los tres tipos en uno solo.

Creo, de corazón, que la labor de todo maestro es dejar huella en sus alumnos, pero insistiré que debe ser siempre de buena forma; huellas que permitan que la memoria les permita a sus alumnos traer al presente siempre aquellos momentos de sumo interés, de gran diversión que representó tomar clases con esos maestros. Un maestro que sólo va a dar clases por cumplir con el temario, es nada más un divulgador. Pero aquel o aquella que van a ampliar la visión de sus alumnos, que pueden llegar a quedarse en el corazón de ellos, a partir de enseñanzas cálidas y llenas de afecto, es quien ha aprendido a ser maestro de la vida, maestro del amor por la vida misma. Todo maestro debe tener pasión por lo que hace y contagiarla, encontrar los medios y los recursos para llegar a cada uno de sus alumnos, no dejar a ninguno en la duda. Y creo que se nota cuando tenemos la oportunidad de tener maestros de esa calidez humana. Después de todo, sin los alumnos, no seríamos nada más que locos que hablan sobre temas que pueden ser interesantes pero que no logran encontrar la escucha verdadera.

«Maestro de mis maestros».

Así, sencillo y directo. Un reconocimiento que no alcanza a completarse con palabras. Que se vive, se ejemplifica, desde el corazón hasta la epidemia de la enseñanza. Decía Gabriel Marcel, filósofo existencialista francés de inicios del siglo XX, «amar a alguien es decirle «tú nunca morirás»». Al principio no se entiende tan fácil el profundo sentido de dicha afirmación, pero cuando la vida te sitúa en ocaciones de la inmortalidad, entiendes y comprendes que los antiguos griegos tenían razón: mientras tu nombre siga siendo pronunciado, tú seguirás existiendo. Y creo que, así como otros casos, el Dr. Núñez logró ser aquello que proponía Mark Twain: «Vive de tal modo que, al morir, lloren por ti quienes cargan tu ataúd» (parafraseado). Hay ausencias que no dejan de ser presencias.

Gracias, maestros, a los que fueron, a los que son, y a los que serán.

Gracias a mis alumnos, por ustedes creo que tengo suficientes motivos para seguir en esta hermosa labor.

Gracias, Montse, por abrir tu corazón y por abrir el mío.

De lo normal y lo correcto

Cada individuo debe llevar su vida de tal manera que los demás puedan respetarla y admirarla.

La cita corresponde a Michel Foucault, el célebre pensador francés del siglo XX y uno de los intelectuales más citados en la historia. Ahora bien, el tema de lo normal y lo correcto es algo que justamente Foucault estudió con interés.

¿Qué es lo normal? Según nuestro autor, lo normal entra dentro de una estructura de poder que se ha ido modificando con el paso de los años. Por ejemplo, lo que en el siglo XVI podría considerarse perfectamente normal, quizá hablando de la persecución de los herejes por parte del tribunal de la Santa Inquisición, en pleno siglo XXI resultaría ser algo impensable. Foucault entiende que es la sociedad que goza de poder la que establece lo que es lo normal. En otras palabras, es resultado de un acuerdo. De ahí que se considere que lo normal es lo correcto o lo que debe hacerse, lo que debe ser.

Ayer por la noche, platicaba con un buen amigo sobre su recién interés en la hermenéutica. En un momento salió a la conversación lo que la sociedad interpreta como algo normal. Y resultó fácil, al menos por el momento, decir que hay un claro ejercicio perpetuo de hermenéutica respecto a los estándares sociales que hemos ido siendo testigos a lo largo de 10 años. Es curioso cómo la sociedad ha ido abriendo paso a posturas que pretenden ser críticas a ella misma, sin importar que en algún momento haya un daño colateral.

Pensando en lo políticamente correcto, es innegable que hay ciertas cosas que se han visto sometidas a una búsqueda, quizá muy terca a veces a nivel de obsesión, de hacerlas algo normal. Pero lo interesante es el nivel de fanatismo que se muestra por parte de los desesperados porque así sean las cosas que defienden a capa y a espada, o para que no lo sean. Hace algún tiempo, la homosexualidad dejó de ser considerada como una enfermedad mental, cosa que el mundo celebró. Ciertamente no debemos confundir enfermedad con preferencias sexuales. El problema es justamente cuando se le orienta hacia un espectro de normalidad, mismo que corrientes político-morales de «derecha» y de «izquierda» tienden a llevar a un terreno de franca confrontación con intereses más convenencieros que realmente comprometidos.

Pero, ¿qué tan correcto es establecer algo como normal cuando se está buscando hacerlo a través de una «imposición»? Para esto, quisiera contarles una anécdota:

El pequeño M. es un niño travieso e inquieto como cualquier otro. Sin embargo, a la hora de la comida, se ha vuelto un auténtico desafío para su mamá. Ella buscó que su hijo se acostumbrara a ser vegano desde pequeño. Le cancela toda oportunidad de probar alimentos de origen animal. No le permite la elección. Le impone lo que ella quiere. Evidentemente, M. come lo que su mamá le ofrece pero siempre preguntando «por qué los demás niños sí comen lo que él no puede». S., su mamá, le contesta afirmando «es que no saben lo mal que están haciendo». ¿Lo mal que están haciendo? ¿Según quién? ¿Quién lo dice o quién lo establece? El pequeño M. no tiene de otra más que obedecer a su mamá. Un día, su abuela va de visita a su casa y, sin considerar la estricta dieta a la que lo tiene acostumbrado su mamá, le prepara un rico sándwich de jamón y queso. M. lo come y descubre el sabor de la carne. «¿Qué es esto, abue?» -pregunta emocionado-. A lo que la abuela le contesta: «Es jamón. ¿Tu mamá no te lo ha dado nunca?». Pero lo que dice la abuela después es lo que rompe con las ideas del pequeño M.: «Se ve que tu mami no es normal y te quiere hacer su cómplice».

¿Qué pudo haber pasado cuando S. se enteró de que su madre le había dado jamón a M.? Podríamos pensar que le reclamó por qué le había hecho comer jamón sabiendo que eran veganos. Indudablemente se pudo dar un pequeño debate partiendo de un afilado «que tú seas vegana no hace que M. tenga que serlo». La irrupción de la abuela lo que realmente hizo fue darle al niño la posibilidad de conocer algo más fuera de lo establecido como lo correcto, como lo normal. Un criterio meramente subjetivista que ofreció una alternativa de elección.

Lo que para ti está bien, para mí no.

Y viceversa.

¿Cuántas veces no hemos pasado por situaciones como la del pequeño niño? Situaciones en las que otros nos dicen qué debemos pensar, decir y/o hacer, indicándonos que es justamente lo correcto y que de no hacerlo «los demás» nos verían mal. El momento decisivo es cuando surge precisamente la duda sobre por qué son supuestamente así las cosas. Y parafraseando a Foucault: «En cada muestra de poder, hay una muestra de resistencia al mismo».

¿Qué no acaso es el mismo discurso miserable, viejo y desgastado de los políticos? Es decir, siempre estar señalando a la competencia como los malos. Antes de nuestra plática, mi amigo y yo vimos la película Crímenes Oscuros (Dark Crimes, 2016), dirigida por Alexandros Avranas y protagonizada por Jim Carrey. Sin temor a arruinarles la película a quienes no la han visto y pretenden hacerlo, hay un momento en el que Kozlow (personaje antagónico interpretado por Marton Czokas), afirma que «la gente no busca justicia, sólo piensa en el bien y en el mal». ¿Qué no acaso es justamente el bien y el mal lo que determina lo normal en nuestra sociedad? ¿Pero qué es el bien y qué es el mal? Y aún más importante, ¿en qué sociedad?

Como hemos podido ver, es muy fácil señalar y decir lo que es correcto, pero es complicado sostenerlo sin caer en el GRAN problema de hacerlo desde la propia idea que tenemos de las cosas. Es muy fácil defender algo desde lo que creemos sin considerar lo que el otro cree. Y, al final, queremos imponer «nuestra verdad». ¡Y qué terrible cuando no lo logramos! Porque a partir de ese momento empiezan los juicios crueles hacia el que, precisamente, «no es normal por no pensar igual».

Es cuestión de prioridades

Inicio contándoles la siguiente anécdota:

J.J. es una persona exitosa en los negocios. Sus más cercanos amigos le conocen como «El Rey Midas», pues negocio que toca lo convierte en una mina de oro. Es una persona responsable, analítica y muy persistente. No le gusta dejar clavo suelto en nada. Un día, su pequeña hija, N., le preguntó cuál era su secreto para que todo le resultara tan bien. Aunque N. no es tan pequeña, pues tiene 17 años (pero es la menor de sus hijos). J. J. no dudó en contestarle: «Ustedes, tu mamá y tus hermanos son mi prioridad en la vida, sin embargo, mi primera prioridad soy yo». N. no entendió esto último. «¡Qué egoísta sonaste, papá!» -le reclamó de inmediato. A lo que su padre también contestó: «No, piénsalo, si yo no me pongo como mi primera prioridad, ¿quién va a poder hacer las cosas para ustedes? Nadie más los tiene a ustedes como prioridad más que yo».

Queridos(as) lectores(as), ¡es cuestión de prioridades! Y sucede que hoy en día mucha gente no tiene sus prioridades claras. Hay que decirlo con todas sus palabras para poder reflexionar sobre esto: hay quienes viven tanto para los demás que se olvidan de sí mismos. Hoy no hay claridad en nuestras prioridades pues es resultado de querer hacer todo, de querer comernos el mundo a mordidas. Esto último me parece hasta cómico porque demuestra que la gente está aterrada por no poder hacer las cosas y que llegue el día en que no podrán hacer ya nada.

Hay un refrán que dice «no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy». Y es cierto, sin embargo, hay una doble lectura. Por un lado, hay cosas que podemos hacer en el momento y que no es necesario prolongarlas. Por ejemplo, si tienes el tiempo, las condiciones y la disposición de ir a visitar a un buen amigo que yace enfermo, ve; sucederá que si dejas que la flojera o la indecisión te ganen, podrías llegar a decir que mañana lo puedes hacer y llegado el día suceda lo mismo. ¿Es necesario esperar a que el amigo muera para que nos presentemos con él en su funeral? Perdonen por este ejemplo tan gris, pero es importante llamar la atención sobre nuestro breve paso por la vida. En cualquier momento, lugar y hora, se acaba la narración propia o de cualquier otro.

Sin embargo, también está el otro lado. Hay muchas personas obsesivas que se urgen a sí mismas a hacer cosas en el momento que bien podrían esperar un poco para ello. Y es aquí donde entra nuestra famosa y bien querida prudencia. Pongamos mi ejemplo, mismo que los amantes de libros podrán entender: cuando voy a cualquier librería, sé y comprendo que estoy en un auténtico riesgo, pues siempre me pasa que aunque nada más voy «a ver», termino comprando un libro interesante que terminará por aumentar la columna de libros sin leer que tengo esperando en mi estudio. ¿Era realmente necesario comprar ese libro sabiendo que no tengo tiempo para leerlo de inmediato? Quizá me gasté 200 pesos en él, mismos que me hubieran servido quizá para algo de verdadera necesidad directa. No sé, quizá esos 200 pesos hubieran sido muy efectivos para poder invitar unos tacos a algún amigo o amiga. O quizá sólo me pude ahorrar esos 200 pesos para pagar alguna deuda pendiente. Porque el libro sigue y seguirá esperando a que tenga tiempo y disposición para leerlo.

Tenemos que tener prioridades claras en nuestra vida para poder buscar ser virtuosos. Hay cosas más importantes que otras así como personas (ojo: todos tienen la misma dignidad, sólo me refiero a relaciones). ¿Alguna vez han escuchado «la familia es primero»? Eso es un excelente ejemplo: un día podrás tener la invitación por parte de tus amigos o conocidos a una reunión, misma que no resulta novedosa pues es una más de de las muchas que has tenido con ellos. Ciertamente la pasas bien y te diviertes, pero resulta que ese mismo día tienes de visita a un familiar que no ves desde hace mucho tiempo. Aquí la prioridad sería el familiar por lo mismo. Y aún así hay quienes darían prioridad a la reunión. Ciertamente, en cualquiera de las dos elecciones estaríamos en falta, ganaríamos algo pero perderíamos otra cosa. Habría que tener la capacidad de análisis para ver qué sería cada cosa.

Cuando J.J. explicaba a su hija lo de que él era su primera prioridad, no supo (quizá sí), que fue una respuesta ampliamente existencialista, ya que debemos entender que nada ni nadie podría hacer lo que nosotros sí, nadie llena el espacio de nuestra ausencia. El amoroso padre sostenía eso porque estaba consciente de que él tiene que estar bien, prepararse, estudiar, hacer negocios inteligentemente, pues sólo así podría cumplirse a sí mismo para poder cumplir con su familia.

Tenerse a uno mismo como primera prioridad, de hecho, es egoísmo cuando no se comparte uno con los demás. Es como el caso de tantas relaciones fallidas en nuestros días; en el caso de los novios, fracasan sus relaciones porque le dan demasiada prioridad a su pareja, pero a un nivel casi de fanatismo, y el amor que le dan es el amor que se niegan. Muchas veces encontramos casos como el famosísimo «pégame pero no me dejes». Precisamente, el que seamos nuestra primera prioridad es tener amor propio. Ese reconocimiento nos permitirá de manera más sencilla poder darnos cuenta que no sólo importa el otro en la relación, sino uno mismo también. Cuando no hay amor propio, no hay amor al otro. Hay quienes dicen que lo que hay es más bien obsesión. Y, si les damos la razón, entonces el otro no es más que una cosa que creemos nos es necesaria. Cosificamos al «ser amado».

¿Qué esperaban? Si el amor comienza en nuestro propio narcisismo, pero la idea es poder salir de él hacia el otro.

Prioridades, amigos(as), prioridades.

¿Callarse es ser prudente?

Ayer tuve la oportunidad de cenar con dos colegas psicoanalistas. Entre los distintos y muy variados temas que abordamos, además de la agradable compañía que resulta cuando tienes a expertos de la escucha contigo, salió a la conversación un tema que podría resultar interesante comentar en esta entrada: saber callarse.

Como ya hemos estado revisando en las últimas entradas, la sociedad en la que nos estamos desarrollando cada vez se presenta más desafiante y exigente. Y no es de sorprenderse que el habla, la expresión a través del lenguaje, se vea comprometida. Entendemos que existen (o al menos eso parece) ciertas libertades que van de la mano con la expresión de ideas, pero también es un hecho que cualquiera cree que tiene que gritar lo que piensa, y no sólo eso, sino emplear otros medios (tales como las manifestaciones que terminan en violentos actos de vandalismo y criminalidad disfrazados de «libertad de expresión»). Sucede, queridos(as) lectores(as), que nos estamos yendo por la fácil sin tener en cuenta que existe algo que los antiguos griegos conocían como Φρόνησις (phronēsis), es decir, prudencia. Podemos decir que se trata de una sabiduría práctica que nos obliga a pensar cómo, cuándo y por qué hacer algo o no hacerlo. ¿Qué pasa cuando se le da paso a las pasiones sin tener en cuenta la razón? Muchos hablan de un sentido común (en jerga popular se entiende como «aquello que es obvio y que por tanto se piensa, se dice o se hace», pero no hay nada más sospechoso que lo obvio, lo que es evidente), pero con todo, las pasiones llevan a cometer actos imprudentes en la mayoría de los casos.

Estoy leyendo al Dr. Juan David Nasio, psiquiatra y psicoanalista argentino que reside en Francia. El texto en cuestión es ¡Sí, el psicoanálisis cura!, publicado por Paidós. En un capítulo, el autor habla sobre la importancia de saber callarse (de no intervenir) cuando está con el paciente. Me gustaría compartirles el fragmento:

Justamente, lo difícil para un psicoanalista es saber callarse en el momento en el que arde de impaciencia por hablar. En este aspecto, cuando hablo a mis pacientes sólo les digo un cuarenta por ciento de lo que podría decirles. Si me callo es porque considero que es demasiado pronto o demasiado tarde para intervenir o que el paciente no está preparado para recibir mi palabra o bien porque todavía necesito tiempo para dejar madurar la idea que tenga en mente, o también, sencillamente, porque no tengo nada que decir. En este instante me viene al espíritu el aforismo de Wittgenstein: «aquello de lo que no se puede hablar, debe callarlo». En ese sentido, aconsejo con frecuencia a los psicoanalistas que me consultan para una supervisión de su práctica que no hablen si no saben qué decir. «Si tiene dudas, no hable, permanezca en silencio. ¡Evitará muchas torpezas!».

¿Qué pasaría si transportamos eso a la vida cotidiana, fuera del psicoanálisis? Hablar de prudencia en nuestros días debe ser una exigencia, una obligación que tienda hacia un orden social que permita la correcta y muy apropiada relación entre los individuos. El saber callarse es un ejercicio, insisto en algo que ya había mencionado en otras entradas, de humildad. Sin embargo, el no saber qué decir en un momento no significa el no saber qué decir después. Precisamente, callarse brinda a cada persona la oportunidad de poder pensar, de hacer una profunda reflexión sobre las situaciones y poder así entablar, o no, un mejor juicio.

El hecho de que el Dr. Nasio mencionara a Ludwig Wittgenstein, me parece oportuno y preciso. ¿Cuántas veces hablamos por hablar? ¿Cuántas veces nos olvidamos que somos seres racionales y nos convertimos en cómicos cotorritos que repiten lo que otros dicen? Nuestra sociedad del escándalo exige ratos de bien merecido silencio, y el callarse cuando no hay por qué hablar, puede ser un muy refrescante momento para brindarlo.

Sin embargo, no olvidemos que «el que calla, otorga».

Y sí, el silencio también se analiza.

Presencias que se visten de ausencias

La unidad con todo lo que soy empieza en la soledad y el silencio…

Hace unos días compartieron en Twitter la frase anterior (desgraciadamente no quién la dijo, aunque ponían la foto de san Chárbel Makhlouf). Soledad y silencio, dos palabras que inevitablemente van juntas. Se comprenden juntas. Sin embargo, tanto la una como la otra no son del todo «aceptadas» en la sociedad de la necesidad de compañía y del escándalo.

Les contaré una pequeña anécdota:

Estaban dos niños sentados en la zona de juegos de un parque. Ambos compartían el gusto por las estampas del famoso álbum del Mundial de Rusia 2018. Se veían notablemente contentos y entusiasmos, ya que se estaban ayudando a ir tachando los números faltantes en sus listas de estampas. Una vez que terminaron, se miraron fijamente. ¿Y ahora? -dijo uno de ellos-, a lo que la respuesta del otro fue un rotundo «no sé». ¿Qué más podían hacer dos niños en una zona de juegos? Se quedaron mirando el lugar sin decir(se) absolutamente nada. Uno de ellos se sentó y empezó a pegar sus nuevas estampas en el álbum. El otro sólo lo miraba. «Ya me voy» -dijo el que estaba de pie-, a lo que la respuesta del otro niño fue un agresivo y desesperado «¡Qué! ¿Por qué?». Con todo y esa indignación, el niño terminó yéndose y el otro que estaba sentado se quedó solo y en silencio.

¿Qué sucedió? Es interesante lo que la sociedad le está enseñando a los más pequeños. Queridos(as) lector(as), ¿han notado que los encuentros en los cafés se han vuelto más bien presencias que se visten de ausencias? ¿Cómo? Sí, me refiero a que la gente que queda de encontrarse en algún lugar, en este caso una cafetería, en caso de que sí lleguen se saludan, intercambian unas palabras, se sientan, proceden a ordenar y, sin decir más, sacan sus celulares y la interacción con alguien más empieza y el otro se queda ahí sentado… ¡interactuando con alguien más desde su celular! Vivimos en el tiempo de las ausencias. Y es triste.

Retomando la anécdota de los niños, me resulta interesante que mientras no sabían qué hacer en una zona de juegos (quizá jugar hubiera sido la respuesta a tan terrible duda), uno de ellos decidió ponerse a hacer algo (pegar sus estampas) mientras que el otro sólo podía mirarlo. Pero cuando el segundo le «avisó» que ya se iba, la reacción del otro fue de auténtica angustia. No estaba ya compartiendo el momento con el otro niño, pero le exigía que estuviera ahí. ¿A qué nos suena eso? ¿Cuántas personas no son el ejemplo adulto de esos dos niños? Por eso sostengo lo de «presencias que se visten de ausencias». El ser humano, «sociable por naturaleza» (como sostendría Aristóteles), se está deconstruyendo hacia una realidad más ad hoc a su tiempo: el mundo está repleto de personas solitarias que temen estar solas pero que no logran escapar de la soledad. ¿O no es el caso de cuando encontramos personas que se enorgullecen de decir que son «lobos solitarios»? Pero la realidad es otra. Aunque es importante decir esto: hay gente que es muy sociable pero que sí sabe y disfruta estar a solas.

Recordemos a Séneca, el filósofo romano-cordobés, que entre sus muchas y diversas aportaciones sobre la moral, explicaba la importancia de la vida interior. Precisamente en una de sus más notables obras, Epístolas a Lucilio, en la carta LXXII encontramos: «Es mucho más importante que te conozcas a ti mismo que darte a conocer a los demás». Una auténtica continuación a lo que el Oráculo de Delfos enseñaba («conócete a ti mismo»); pero el agregado de «que darte a conocer a los demás» es de suma importancia para nuestros días. ¿Qué cara estamos dando a las personas? Quien es fiel a sí mismo, a lo que es, a lo que fue y a lo que puede llegar a ser, no necesita de máscara alguna que distraiga a los demás de su humana imperfección. Es decir, debemos luchar con la cruel y tiránica dictadura de las falsas apariencias y apostar por ser lo que realmente somos, y para ello son necesarias la soledad y el silencio.

No por nada el Padre Henri Nouwen sentenciaba que «la soledad es el horno de la transformación», transformación de nosotros mismos hacia lo que realmente somos. Vivir de apariencias y perpetuarlas es crear engaños y autoengaños que degeneran en una terrible sensación de falta de verdad. Si no hay verdad, hay mentira, pero en el discurso de las mentiras siempre se encuentra la forma, no sólo de acariciar la verdad, sino de ser parte de ella. Para los que se dedican, por ejemplo, al psicoanálisis, saben y comprenden (al menos deberían hacerlo) que el silencio y la soledad logran que la capacidad de escucha aumente y se vuelva tan aguda que nada escapa de ella. En la contemplación budista, por ejemplo, el silencio y la soledad son necesarias y obligatorias a su vez para lograr alcanzar un estado de paz plena. «Que nada te turbe, que nada te inquiete».

¿Para qué pensar en encuentros con los demás si no somos capaces de encontrarnos con nosotros mismos? A mis muy queridos alumnos, siempre les recuerdo que en la vida es importante agregar paréntesis con contenido individual para lo que hacen para los demás. Con gusto les explico:

-Escuchar(se)

-Acompañar(se)

-Disfrutar(se)

-Buscar(se)

Por último, mis queridos(as) lectores(as), no tengamos miedo a la soledad y al silencio, al menos no a los nuestros, porque ambas situaciones nos están regalando la oportunidad fantástica de estar con nosotros mismos y poder conocernos realmente. La compañía de los demás es buena, ¿pero de qué sirve estar cuando no estamos? La soledad y el silencio nos permiten un ejercicio de absoluta humildad para reconocer nuestras fallas, nuestros logros y poder crecer, no sólo como profesionales, sino como personas. El mundo necesita autenticidad, necesita que seamos auténticos y que, por ejemplo, no tengamos miedo de compartir la ternura que hay en nuestros corazones.

Quizá sólo así podremos empezar a vivir apasionadamente nuestra existencia.

La persistencia de la inmediatez

Esto no es un caso. Es el resultado de un encuentro amigable a la hora de hacer fila en una sucursal bancaria al sur de la Ciudad de México.

El señor G. es una persona demasiado ocupada. Tiene un trabajo exigente, una familia que lo reclama (y le reclama), amistades que le buscan, sobrepeso y 46 años. Todos los días se levanta entre las 5 y 6 de la mañana, como no tiene un auto propio se mueve en transporte público. Por lo general llega a las 8 a su trabajo. Dice constantemente: «La vida me trae a toda prisa, ¡a veces siento que no me alcanza el tiempo!».

-Disculpe, Sr. G., ¿no le alcanza realmente el tiempo?

-Así es. Parece que necesito 33 horas al día para poder cumplir en todos lados y con todos.

-Cumplir con todo y con todos. ¿Eso le incluye a usted? Es decir, ¿usted está contemplado en esa lista?

-¿Cómo?

Al parecer le hizo corto circuito esa pregunta al Sr. G. La cola en el banco no avanzaba (porque de 10 cajas sólo había 2 abiertas). La plática continuaba. El Sr. G. me hizo notar que es un gran fanático de la tecnología, y quizá de manera un poco envidiable, «domina el mundo» desde su celular. «Lo bonito es poder hacer todo desde esta madre» -afirmaba en verdad orgulloso-. Un breve paréntesis, para mis lectores(as) no-mexicanos(as), en México usamos la palabra «madre» para un sin fin de cosas. En efecto, el Sr. G. había encontrado en su celular un aliado sin igual para enfrentar su tedioso día a día. Todo lo resolvía aquí y ahora. Pero, ¿y el proceso?

Por alguna razón pensé en la escena de la película «Mejor…imposible» (As Good as It’s Gets, 1997), cuando la amable mesera, Carol (Helen Hunt), le cuestiona al complicado Sr. Melvin Udall (Jack Nicholson) sobre su idea de usar cubiertos de plástico (mismos que traía siempre con él) aún cuando iba a comer a un restaurante sin usar los que les brindan a los comensales ahí, ya que «se pierde la experiencia completa de salir a comer». Sin atender a las razones maniáticas del Sr. Udall, cuando Carol habla de eso lo que hace es hablar del proceso que existe entre el punto A y el punto B. Lo que sucede entre lo que planteamos y lo que logramos.

Aristóteles hablaba sobre la búsqueda de la felicidad como la máxima meta del ser humano, pero entendía que la felicidad no era alcanzar la meta, al menos no la totalidad, ya que la felicidad empieza desde el planteamiento y se va desarrollando gradualmente a lo largo del proceso para cumplirlo. La inmediatez, el aquí y ahora, resta y casi elimina la importancia del proceso. Vivimos en un momento de la historia en la que tenemos que hacer muchas cosas en poco tiempo, todo se vuelve contra nosotros, contra nuestra salud física pero también contra nuestra salud mental.

Hace algunos años, un profesor que nos visitaba en la Universidad Panamericana para darnos pláticas a los alumnos y profesores de la Escuela de Filosofía, nos compartió una frase que desde entonces he tratado de llevar conmigo siempre:

No importa el tiempo en tu vida, sino la vida que pones en tu tiempo.

Muchos de ustedes, queridos(as) lectores(as), me podrán decir con justa razón que es muy fácil hablar pero que confrontar la realidad puede ser una auténtica desilusión. Vivimos corriendo, tenemos en verdad que hacer muchas cosas en poco tiempo. El crecimiento desmedido de la sociedad no ha ido de la mano realmente con el avance tecnológico. ¿Por qué? Resulta que una de las causas no tan evidentes la podemos encontrar en la deshumanización de la tecnología: hoy hablamos de cifras y no de personas. Hablamos de cantidad y no tanto así de calidad. Les pongo un ejercicio breve y consiso: piensen en el servicio público de transporte de sus ciudades y díganme si realmente son tan eficaces para atender la alta demanda sobre ellos.

El hecho de pensar, por ejemplo, que en la CDMX tienes que partir con casi una hora de anticipación, sino es que más, para poder llegar a tiempo (suponiendo, claro, que se tiene la virtud de la responsabilidad) a nuestro destino, nos hace pensar en lo que se deja de hacer en esa hora: no sé, quizá, ¿convivir un poco más con nuestra familia o nuestros amigos? ¿Con nosotros mismos?

El hecho de vivir atrapados en la inmediatez genera en nosotros una brutal necesidad de sentirnos acompañados porque justamente vivimos en esa falta. ¡Pero siempre estamos en falta! Sucede que ahora es más notoria gracias a las benditas (malditas) redes sociales que acercan a la gente lejana y alejan a la gente cercana a nosotros. Y lo que resulta todavía más alarmante es el hecho de que muy pocos pueden lidiar con su propia soledad. No saben qué hacer con ella. La desesperación se dispara y la frustración también. ¿Qué hacer para poder estar con la gente cuando ellos viven igual que nosotros?

Pienso en mis alumnos (18-23 años), que están en un momento envidiable de la vida. Y me preocupa cómo cada vez más escucho de ellos «lo único que quiero hacer es que llegue el viernes para estar en mi casa y poder acostarme… ¡No puedo más!». Y vaya que los entiendo pues confieso que muchas veces comparto el sentir.

Para ir concluyendo, el hecho de que tengamos grandes ventajas para vivir durante la inmediatez, tales como aplicaciones de celular que «vuelven más fácil nuestras vidas», no logran evitar que tengamos la sensación de que nos estamos perdiendo de algo. ¡Nos estamos perdiendo de tantas cosas! Pero es algo inevitable. Parafraseando a Jacques Lacan: «nunca ganamos del todo, pues siempre perdemos algo también». Quizá lo que podríamos empezar a hacer es analizar nuestra vida, ver qué cosas estamos haciendo de más que resultan realmente innecesarias y plantearnos nuevas prioridades que nos permitan no padecer el malestar diario.

La inmediatez puede, a la larga, resultar una enfermedad degenerativa que tiene un solo destino: el vivir sin vivir, lamentarnos hasta morir.

¿Realmente queremos vivir así?

¿Realmente queremos morir así?

Saludos.

¡Bienvenido, lector(a)!

¡Me da mucho gusto darte la bienvenida!

Como ya podrás haber advertido (al leer la descripción de esta página), en este espacio podremos entablar diálogos, siempre buscando ser respetuosos y prudentes, sobre las distintas cosas que acontecen día a día en nuestra realidad. ¡Quiero que hagamos todo esto juntos!

Si tienes alguna duda, algún comentario, quizá una sugerencia oportuna, me dará mucho gusto leerte. Poco a poco iré subiendo material para compartir contigo y con nuestra comunidad.

Por lo pronto, me despido.

Shalom!

Atte.

Héctor Chávez