¿Psicoanálisis, yo?

Hace unos días, me encontré en una cafetería a un viejo conocido. Intercambiamos unas cuantas palabras y nos pusimos al día sobre nuestros trabajos. Pero hubo un momento en el que se mostró algo «incómodo», siendo cuando le comenté que yo tenía relación con el psicoanálisis.

Además del ya clásico (y a veces molesto) «no me vayas a estar analizando», se expresaba desafiante respecto a las teorías de Freud (reduciendo, claro, todo a él y a lo que se cree que dijo él). Y claramente hay cosas que siguen siendo demasiado inquietantes para muchas personas respecto al psicoanálisis, sobre todo eso de que «siempre todo tiene que ver con sexo». Para serles franco, llegué a disfrutar el encuentro porque todo lo que él me debatía sobre la práctica psicoanalítica era desde un punto común de ignorancia por el tema. Y miren que no los culpo, no es que tengan que ir por la vida sabiendo qué es o qué se hace en el psicoanálisis. Así como tampoco me culpen que ignore mucho sobre las teorías cuánticas o sobre quién es el actor o la actriz del momento en las telenovelas mexicanas.

En fin. Llegó un momento durante nuestra charla en la que él decidió hacer algo oportuno: preguntarme sobre el psicoanálisis. Optó por informarse, pues. Una vez que le di un breve recorrido por la teoría (brevísimo), empezó a pensar por él mismo fuera del prejuicio. «La verdad, Héctor, es que no creo que el psicoanálisis sea para todos». Y en efecto, no lo es. Él me decía que estaba más convencido por otro tipo de terapias ya que, para él, ofrecían otro tipo de ayuda «quizá más centradas en las cosas de cada uno».¿Pero exactamente a qué cosas se refería?

Nuestra plática no pudo durar más tiempo y él se tuvo que retirar. Pero quisiera aprovechar eso que nos compartió de que «el psicoanálisis no es para todos». El irse a analizar, a mi creer, es una cuestión de valientes. No es algo fácil, de hecho es algo complicado. Es un momento muy íntimo en el que se comparte absolutamente todo, y no sólo cuestiones sexuales (mismas que no tienen exigencia alguna de estar relacionadas con todo). Cuando uno está en análisis, está a merced de su propia palabra, está a merced de sí mismo. Bien puede descubrir a los peores monstruos, pero también a la fantástica persona que está oculta y que no puede salir al encuentro con los demás.

Para que pueda suceder, la persona tiene que estar dispuesta a enfrentarse a sí misma, a sus miedos, a sus recuerdos bellos y terribles, a sus ilusiones y a sus tristezas. Se requiere de cierta capacidad de reflexión que, al mismo tiempo, exige humildad para reconocer lo bueno y lo malo. Pero también se requiere una actitud crítica para darse cuenta que muchas veces lo bueno y lo malo están disfrazados entre sí. Y claro: se necesita amor. Ya que el psicoanálisis, al menos yo lo sostengo de ese modo, es un gran acto de amor donde no existe un dedo inquisidor sino una escucha amable y generosa, un momento para uno mismo.

Es por todo esto, y evidentemente mucho más, que el psicoanálisis no es una cosa que se necesite tomar, no, es una cosa que se quiere hacer. Siempre digo que es la parte vivencial del «conócete a ti mismo» del famoso Oráculo de Delfos. Mi conocido también tenía razón en que no todo es psicoanálisis, de hecho, el buen Freud llegó a decir que él no era nadie para desautorizar otras terapias o, incluso, inclinaciones hacia la fe, ya que si ayudan a las personas, son cosas buenas. Y en verdad esperamos que todo ayude a la gente.

Les dejo un Link para informarse mucho mejor sobre qué es y que hace un psicoanalista:

Qué es y qué hace un psicoanalista – Gustavo Dessal

Los días oscuros: cuando duele existir

Hace un mes, aproximadamente, le regalé a mi papá el libro Van Gogh y sus Cartas a Theo, de Liesbeth Heenk. Un libro que ahora tengo en las manos y estoy comenzando a leer para enterarme, desde una mirada distinta, de lo que fue el triste padecer de un hombre que, me atrevo a afirmar, no supo más de que dolor. Hay una cita que resalta al principio:

«En toda vida algo de lluvia debe caer. Algunos días deben ser oscuros y deprimentes». Es verdad, no podría ser de otra manera, pero me pregunto si la cantidad de días oscuros y deprimentes no es a veces demasiado grande»

-Vincent van Gogh

Hay mucho dolor en nuestros días y parece ser que es difícil salir de ello. ¿Quién no ha sufrido de días oscuros? Ciertamente hay que tratar de salir adelante, y no tanto para no sufrir más, sino por el absurdo de quien se está hundiendo, la sociedad parece que se empeña en hundirlo más. No hay oportunidad de llorar, de quedarse en casa y lamentarse un rato, ya que se corre el peligro de ser despedidos, de ser incluso hasta olvidados. De las muchas enfermedades que rondan por la existencia del ser humano, las que son propias del alma (la soledad, la tristeza, etc.), son quizá las más peligrosas pues dejan al individuo frente a su capacidad autodestructiva. Por ello es que celebro que haya días que traten de hacer consciencia sobre esto y haya quienes estén dispuestos a estar para quienes están pasando por días oscuros. Es curioso, porque nadie quiere hablar de sus «malos sentimientos», nadie quiere que los demás se enteren, al menos no de forma directa.

Sobre lo anterior pienso en las redes sociales: cuando una persona necesita del otro, sin importar quién sea ese otro (claro, eso dice), es muy fácil que se meta a Facebook y ponga una carita triste en su estado; acto seguido tendrá la «fortuna» de que alguien le pregunte «¿Qué pasó?», para lo que habrá casi una respuesta inmediata «inbox». Y con eso se «soluciona el problema». Pero la escucha se ve severamente comprometida a mi creer, bueno, la lectura. ¿Qué pasa cuando el problema de cada uno se trata de alivianar con cosas tales como «no es tu culpa, es de los demás»? Librar de culpas al ser humano es librarlo de responsabilidades. No lo tomen a mal, me refiero a que muchas veces el apoyarse en amigos es apoyarse en un autoengaño, porque en su amoroso intento de ayudarnos, ellos nos dirán cosas que queremos escuchar para sentirnos mejor, o al menos intentarlo. La escucha debe ser neutra, que permita un panorama objetivo del problema, porque siempre hay dos caras en una moneda.

Hace poco hablaba con una amiga que está interesada en comenzar su análisis. Me dijo un franco «tengo miedo». ¿Y quién no? Después de todo, es una experiencia que abre muchas puertas desconocidas, y la más «terrorífica», por así decirlo, es la que se abre hacia nosotros mismos: ahí podemos encontrar monstruos terribles, pero también a la fantástica persona que somos y que no podemos ser, porque nos encontramos limitados siempre por los demás. El miedo a ser lo que somos es lo que realmente nos lastima. No hay que temer expresar el dolor que tenemos, la tristeza que nos invade, hay que buscar ayuda. Quizá sí un primer encuentro con amigos y con familiares, pero también darnos la oportunidad de ir con profesionales de la salud mental para ello.

Cuando murió mi mamá (11 de junio de 2016), uno de mis tíos me regaló un libro que me ayudaría mucho a abrir mi corazón y a enfrentar el dolor que había en él (incluso fortaleció mi deseo de ser psicoanalista para poder estar con y para los que están sufriendo). El libro en cuestión se llama Las Noches Oscuras del Alma, de Thomas Moore. En su maravilloso contenido, uno puede encontrar cosas muy personales para poder enfrentar esos días y noches oscuros, y encontrar en el dolor la creatividad que nos ayude a aliviar nuestra mente, nuestro corazón, nuestra alma. Es un horno de la transformación, y como diría un mantra budista que atesoro mucho:

«De ahí (del dolor), salí realmente transformado»

Pero no hay que quedarse ahí, realmente hay que salir y seguir luchando. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es elegible. Y antes de terminar, quisiera decirte, querido(a) lector(a): no seas duro(a) contigo mismo(a), perdónate, porque ya es suficiente lo que estás teniendo que aguantar como para que tú mismo(a) te eches sal en las heridas. Empieza por eso, después sentirás poco a poco cómo el dolor se transforma en ternura.

Los celos: confesiones de un perverso narcisista

Empecemos con una anécdota:

L. es una persona bastante celosa. Tiene un serio problema respecto a esa realidad. Es consciente de ello y aún así se esfuerza mucho por dejar de serlo, sin embargo, cuando parece que se está dominando, los celos o «las pirañas que nadan bruscamente en su mente» (tal y como así los explica), se desatan con violencia. L. es en verdad una persona celosa, pero no sólo con su pareja, sino con sus amistades y con sus familiares, en pocas palabras, cuando cubre de afecto a cualquiera, llega a sentir bastantes celos cuando apenas siente que le ignoran. Evidentemente eso le ha costado mucho, quizá ha tenido que pagar un altísimo precio por sus celos.

¿Por qué sentimos celos? No es fácil de explicar de modo general, ya que es algo meramente subjetivo que tendríamos que poner a cada uno a analizarse. Pero podríamos esforzarnos un poco y dar una respuesta que nos pueda ayudar a cada uno de nosotros a dar con nuestros propios motivos. Claro está que hay un asunto fielmente relacionado al amor y con las inseguridades y miedos de cada uno de nosotros. Pensemos, por ejemplo, en aquello que dice que «el amor es triste», una sentencia que no a muchos les gusta porque les resulta pesimista o algo «feo». ¿Por qué tendría que ser triste? Si nos vamos a poner románticos, podríamos decir que lo es ya que uno entristece por no tenerlo, uno entristece porque cuando lo tiene lo podría perder y uno entristece cuando lo ha perdido. Por esto mismo es que los celos pueden encontrar una «salida» a modo de defensa contra la tristeza, aunque irónicamente es lo que más provocan en nosotros.

Cuando hablamos de inseguridades, tendríamos que conocer exactamente cuáles son las nuestras y sus causas. Una de ellas sin duda es el sentirnos abandonados y/o olvidados. Y esto no es más que la experiencia hablando. Pensemos en esto y demos un punto a los empiristas. Hay experiencias que literal dejan huella en nosotros, mismas que pueden ser o muy agradables o profundamente dolorosas. En esta ocasión nos centraremos en las segundas. Experiencias en las que nos hemos sentido lastimados, heridos, traicionados, donde hemos sido mal tratados por aquellos a los que decíamos amar y que ellos también decían amarnos. Eso se queda guardado en el recuerdo. Hay que señalar algo antes de continuar: son experiencias que nos hacen sentir muy culpables y que no nos logramos perdonar por lo ocurrido. Pero cuando no se trabaja, cuando no se trata de darle quizá un sentido, algo que nos ayude a mitigar el dolor, se vuelve una suerte de paranoia que nos lleva a desconfiar de las personas. Hay duda más que certeza. Y cuando eso lo llevamos a una nueva relación, ya sea de amistad o de pareja, los fantasmas del pasado nublan nuestros juicios y proyectamos en la otra persona nuestro dolor y nuestros miedos, provocados por alguien más, y por nosotros mismos (no olvidemos que el narcisismo no superado se vuelve un proceso lento y terrible de autodestrucción). Y surge el celo, la desconfianza plena en lo que el otro nos puede ofrecer.

No se dejen engañar con eso de «tengo celos porque te amo», ya que si así fuera, no existirían los celos realmente porque habría un «porque te amo confío en ti ya que sé que tú me amas también». Atrás de esos celosos no hay más que perversos narcisistas. Así, tal cual. ¿Perversión? No, no nos vayamos por definiciones populares. Un perverso es aquel o aquella que se llega a considerar lo bastante indispensable para el goce o sufrimiento del otro; se ve a sí mismo como el o la causante o garante de la satisfacción o insatisfacción del otro. Ya lo hemos comentado en entradas anteriores.

Jean-Charles Bouchoux, en su libro Los Perversos Narcisistas, nos comparte una anécdota que titula Celoso e infiel:

Frank padece unos celos fuera de lo común. Magalí recuerda: «Un día estábamos frente a un cine y vio que un hombre me miraba. Entonces me dio un gran codazo en las costillas tratándome de perversa y diciéndome que hacía todo lo posible para que me mirasen. Un año más tarde, me dejó por otra mujer con quien mantenía una relación desde hacía algún tiempo. Antes de irse me recordó todo lo malo que pensaba de mí, pero que no había dejado de decirme a lo largo de toda nuestra relación».

También para Frank, jugar con las palabras le reporta un beneficio considerable: la manipulación, el dominio y la identificación proyectiva le permiten expresar sus angustias, haciendo que su mujer cargue con ellas y convirtiéndola en culpable y sostén de su malestar, relacionado con la mala imagen que tiene de sí mismo. Así la mala es ella y no él. Además, descarga sus pulsiones agrediendo a su mujer y, tratándola de perversa, justifica su pasaje al acto (y más adelante su propia infidelidad) con agresividad.

Frank no siente que sea una buena persona y, antes que intentar mejorar, prefiere hundir a su compañera. De esta manera, alivia sus propias tensiones transmitiéndoselas a su mujer.

Más adelante, Bouchoux nos comparte lo que, a su creer, podría servir para enfrentarnos a personas así (que, por cierto, bien podríamos considerarlas «tóxicas»), ya que «el beneficio del perverso narcisista está precisamente ahí: ¡llega a sobrevalorar su imagen mientras nosotros intentamos justificarnos, desesperadamente, cuando no tenemos por qué hacerlo!».

Consejo práctico:

Si nos justificamos, para el perverso narcisista será fácil desmontar nuestros argumentos y mantener un ambiente nocivo. Por esto es importante no justificarse, cortar por lo sano cualquier conversación o ponerlo en su lugar: «¿Con qué derecho me dices esto? ¿Quién eres tú para juzgarme?», «¿Te crees tan inteligente como para creer que yo no lo soy?».

El efecto que tendrá lo que decimos al perverso narcisista será lograr que se sienta en peligro, y esto no podrá soportarlo. Entonces le tocará a él justificarse y se invertirán los roles. […] «Cuando el perverso se ve desenmascarado, se va…».

Así que nada de celos, no dejen que los y las intenten manipular con discursos de pseudo amor.

Necesito ayuda: un paso a la vez

Vivimos en una época donde el individualismo va marcando pautas cada vez más detalladas sobre lo que cada uno de nosotros tiene que hacer para «salir adelante»; cierto es que no podemos ir por la vida esperando que alguien solucione nuestros problemas, sin embargo, eso se debe a que hacemos de ese «alguien» un otro y no un «nosotros mismos».

Les quiero contar una anécdota:

Saúl es un joven arquitecto que durante poco más de 6 años ha logrado realizar su sueño de poner junto con sus amigos un despacho propio. Durante ese tiempo, Saúl se empeñó en ser el brazo ejecutor de la idea misma, es decir, todo pasaba por su responsabilidad y dejaba muy pocas tareas, si no es que ninguna, a sus amigos. Un día, Saúl se desplomó entrando a su oficina. Cuando despertó yacía sobre el sillón de la sala de juntas y estaba siendo atendido por un médico. Diagnóstico: altos niveles de estrés. Saúl tuvo que hacer un cambio radical en toda su vida para poder reducir esos niveles y poder darse la oportunidad de dejarle más tareas a sus allegados.

Me atrevo a pensar que muchos de los problemas que tenemos a lo largo del día se deben a que no queremos aceptar la ayuda de alguien ya que creemos que no sabrán hacerlo de la misma manera en la que nosotros lo haríamos, cosa que resulta un tanto evidente. Pero entre otras cosas, no buscamos ayuda porque nos han inyectado la idea de que «sólo los débiles se quejan».

«Tenemos» que demostrar todos los días lo capaces que somos de hacer las cosas y muchas veces lo hacemos a costa de nuestra propia salud, tanto física como mental. Y ese «tener que» es resultado de la alta competitividad que se da en lo social y en lo laboral, porque cierto es que nadie es indispensable. Así como llegamos a un trabajo podemos ser despedidos al día siguiente. Y a veces sólo es por «mala suerte», ya que pueden acontecer varias razones que den paso a eso.

Pero cuando el ser humano es consciente de sus límites, cuando rompe con lo social y establece un verdadero parámetro de sus capacidades, con humildad y aceptación se abre hacia el otro solicitando que le ayude. No es de débiles, es de gente coherente. Además, hay un deje de perversión, es decir, cuando una persona se siente o se considera indispensable para el goce (incluso para el sufrimiento) del otro, se encierra en sí mismo y se vuelve precisamente un «todo lo puedo». Hay un narcisismo sin trabajar.

En esta vida, todos necesitamos de todos. Es cuestión no sólo de pensarlo, sino de asumirlo.

P.d. Gracias, G.

Un Freud en el CPM

El día de ayer, 3 de septiembre de 2018, tuve la oportunidad de presentar a mi querido amigo y colega, el Dr. Joseph Nobel Freud en el Círculo Psicoanalítico Mexicano. Quizá llama más la atención el segundo apellido, ya que se trata del apellido fundacional del saber psicoanalítico y sí, después de todo él es sobrino nieto del mismísimo Sigmund Freud (el abuelo de Joseph, Samuel Freud, era primo de Sigmund).

En su charla Cuestiones de Técnica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes, además de ser muy amena y divertida, y sin lugar a dudas muy interesante, Joseph nos compartió varias reflexiones que me gustaría, a modo de resumen (ya que mis notas son el resumen de su propio resumen), traer a ustedes en este nuestro espacio.

Joseph nos habló de que, hoy en día los niños tienen que lidiar con transferencias cruzadas en su hogar (padre, madre, hermanos, la novia de papá, el novio de mamá, el novio de papá, la novia de mamá, etc.), por lo que en la clínica con ellos se toleran tan diferentes transferencias, así que hay que darle su merecido lugar al dibujo y al juego. «Todo analista de niños tiene que saber mucho sobre Winnicott», enfatizó Joseph. Es una exigencia que se tiene que aprender a jugar, ya que si a la consulta llega un niño que no sabe jugar tenemos que entender que psíquicamente está mal. Sobre esto último, Joseph habló sobre las madres helicóptero (o madres cocodrilo), mismas que lo único que hacen es que los niños queden atrapados en ellas. Parafraseando a Winnicott, «la fantasía es masturbación mental, no nos sirve». Por lo que como psicoanalistas de niños tenemos que lograr que el niño que no juega, juegue.

Podríamos decir que hay niños con mucha fantasía, sin embargo, eso no es del todo bueno, ya que al tener tanta fantasía, los niños quedan atrapados en lo mental, mostrándose incapaces de exteriorizarla. Toda fantasía está más del lado de un pensamiento onanista que no lleva a ningún lado: el juego es una forma de elaborar la realidad, además, el juego permite al niño colocar en situación un miedo para que no se transforme en síntoma.

Joseph nos compartía un ejemplo clínico (que, cabe decir, él cree que el uso clínico puede ayudar a hacer más claro el funcionamiento del psicoanálisis):

Un día llega a consulta C., un pequeñito que fue adoptado. Cuando apenas entra al consultorio, el niño corre y se esconde abajo del diván.

Joseph: ¿Dónde está C.?

C.: ¡Está escondido!

Joseph: ¿Entonces tengo que buscar a C.?

C.: ¡Sí, sí, a mí me gusta que me encuentren!

Sobre esto, Joseph nos explica que iban a buscar a C., porque el mismo C. todavía no se encuentra a sí mismo (por su situación de niño adoptado).

Es importante trabajar con la fantasía de los niños, ya que todo niño con demasiada fantasía va directo a la neurosis obsesiva. Por eso es que hay que respetar el juego del niño, poder hablar con juego. Cuando el niño juega, recordando a Nietzsche y a Freud que celebran la seriedad con la que los niños juegan, hay que dejar que ellos nos brinden el rol en su juego. Dejar que ellos nos digan qué hacer y cómo hacerlo, después de todo, es la situación íntima en la que nos están dejando participar. De hecho, es en el juego cuando el analista tiene que saber esperar el momento (¡luchar contra la inmediatez!) para poder dar con lo que nos permita ir trabajando con el niño.

Aunque Joseph también nos compartió reflexiones sobre la clínica con adolescentes, eso lo dejaré para otra ocasión. No desesperen, aprendan a ser pacientes.

El Eterno Retorno de lo Mismo

¿Cuántas veces hemos caído en la tentación de decir “si viviera en otra época, las cosas serían distintas”? La maravillosa nostalgia, misma de las que han hecho tanto uso poetas, literatos, filósofos y psicoanalistas para compartir interminables reflexiones que siempre terminan por atormentar más a uno de lo que pretenden hacerle sentir mejor. ¿Por qué? Primero, empecemos por dar una breve descripción de la nostalgia como tal: exceso de pasado. Entonces, entendemos que una persona nostálgica es aquella que tiene su vida siendo pensada en un pasado, tan propio como ajeno.

Fue el poeta griego, Hesíodo, quien nos heredó esto que conocemos actualmente como el Complejo de la Edad de Oro, mismo que hace referencia a una época en el pasado en el que, se podría llegar a creer, las cosas eran mejores y los seres humanos pensamos que ahí es donde pudiéramos haber sido, si no es que más, al menos sí felices. Gran engaño de nuestro ego lastimado. La existencia de cada uno de nosotros se ve en constante asedio por las calamidades, por la tragedia, por la asechanza de los lobos de la economía y de la pobreza; herederos de la modernidad, sufrimos la falta de certeza en nuestra vida. Miramos con nostalgia ese pasado del que nos han contado nuestros abuelos, nuestros padres o nuestros maestros, viviendo enamorados de eso que fue, añorando estar ahí. Porque es una parte de la historia en la que todo era (quién sabe según quién) hermoso.

¿Pero qué pasa cuando caemos en cuenta que la Edad de Oro nuestra no es así la del otro? Es decir, cuando descubrimos que para cada cual hay una Edad de Oro propia. Eso lo aborda maravillosamente bien la película de Woody Allen, Midnight in Paris (Medianoche en París, 2011), en la que nos encontramos con Gil Pender, un romántico escritor cuya Edad de Oro se desarrollaba en el París de los 20`s, ya que, según él, fue el momento en el que París fue la máxima expresión de la cultura, albergando a artistas y literatos de la talla de Salvador Dalí, Hemingway, Picasso, Buñuel, etc., mientras que la lluvia no dejaba de caer. Gil será cuestionado por sus contemporáneos e incluso ridiculizado cuando asegura que ha podido viajar en el tiempo a esa época. Dos épocas en la misma historia. Pero cuando se encuentra en su «París de Oro», Gil es indescriptiblemente feliz, incluso encuentra el amor en una mujer francesa y muy relacionada con varios artistas, Adrianne de Bordeaux, misma que le cuenta que para ella la mejor época fue la conocida como La Belle Époque (la Bella Época), en París entre 1871 y 1914.

Hablando de Francia, fueron los filósofos existencialistas franceses, tales como Jean-Paul Sartre, Albert Camus (argelino), Michael Emil Cioran (rumano de nacimiento), entro otros, los que denunciaron el sinsentido por el que atravesaban muchos hombres. Después de todo, pensemos que Europa había sido testigo de dos Guerras Mundiales, tras las que se desató una terrible crisis de identidad por parte de los más perjudicados en ambos lados del campo de batalla. Estos filósofos, a su manera, proponían cómo lidiar ante ello o cómo aceptarlo, dando paso al existencialismo francés, ese movimiento que originalmente inició Kierkegaard en Dinamarca a mediados del siglo XIX en respuesta a la amenaza del nihilismo. Y es que la filosofía parecía haber “olvidado” la parte subjetiva de su estudio, e ignorar eso tras años de racionalismo e idealismo, no dieron explicación al profundo cuestionamiento de cada uno de los seres humanos sobre su existencia.

Friedrich Nietzsche, conocido por ser profeta del nihilismo (la profunda negación de cualquier sentido en la vida), mas no su represente, nos regaló a los hombres un pensamiento de origen griego pero llevado a nuevas proporciones tanto éticas como teológicas, que vino a incrementar la nostalgia de los modernos: el Eterno Retorno de lo Mismo. Esta tesis daba paso a una profunda reflexión, misma que encontraba como enemiga a la concepción de la vida eterna impulsada por el cristianismo. ¿Qué pasaría si les dijera que todo lo que han vivido, y que están por vivir, están condenados a vivirlo una, y otra, y otra vez sin alcanzar un fin? ¿Pueden pensar en aquellas tristes experiencias, así como dolorosas, que han tenido que pasar y que ahora resulta que deberán volver a vivirlas incontables veces? Es una idea aterradora y en demasía escalofriante, porque quien ha vivido una vida (valga la redundancia) con demasiadas cosas tristes, no podrá escapar de ellas nunca. Aunque también está el otro lado de la moneda, en la que se repetirían todos los hermosos y sublimes momentos.

El Eterno Retorno de lo Mismo, no sólo garantizaba un auténtico tormento al pensar en esa cadena perpetua, sino que también brinda la oportunidad de repensar nuestras vidas, de ser todavía más conscientes de nuestra participación en cada elección que tomamos; una invitación a querer vivir, a liberarnos de las cadenas que nos prohiben vivir, de hecho Nietzsche hacía una crítica a la negación de la vida por parte del cristianismo, pensando en la promesa de una vida mejor tras la muerte terrenal. Pero esa crítica se limitaba a la mala fe o a la fe mal entendida, que llevaba a los creyentes a despreciar la vida terrena para esperar mejor la otra prometida. Con todo, ese pensamiento resulta ser una excelente herramienta para enfrentarnos al Complejo de la Época de Oro. ¿Por qué es que cada vez que pensamos en esas épocas, siempre nos pensamos en las mejores condiciones? Hace años platicaba con un querido amigo sobre ello, ya que él estaba convencido (hasta la fecha) de que la mejor época fue durante la Edad Media. Le preguntaba si estaba dispuesto pasar por las carencias que eso supondría vivir ahí, a lo que me decía con firmeza que sí. Pero una vez que le comenté que si estaría dispuesto a vivir en esa época siendo una minoría perseguida, o quizá un esclavo o un simple pordiosero, porque habría que arrancarse la idea de que se viviría en esa época con los lujos de los grandes señores feudales, reyes, emperadores o incluso miembros del clero. ¿Por qué en vez de vivir pensando en el ayer “maravilloso que fue», no nos empeñamos en vivir lo mejor posible en lo que estamos deviniendo?

La Época de Oro, la existencia precaria que nos hace tener tal complejo, siempre se cuenta sin tomar en cuenta un factor muy importarte: si era tan hermosa, ¿por qué se acabó? Es decir, en nuestra nostalgia abrazamos las cosas bellas de nuestra propia especulación y de nuestras más detalladas fantasías, pero no somos capaces de advertir que todo tiene un fin, y que la belleza de las cosas es precisamente eso: nada dura, todo se acaba. Pero hasta que no valoremos nuestra vida, tratando de dar un giro radical en cuanto a nuestra forma de hacerlo realmente, viviremos atrapados en esferas imaginarias donde nada pasa, todo está bien, y nos veremos severamente perjudicados a la hora de que salgamos a la realidad y no podamos hacer nada con ello. Y la desesperación, el morir sin morir, será nuestro único destino.

Sobre la locura

Michel Foucault fue uno de los más grandes escritores de la filosofía. Su primera obra será la Historia de la Locura en la Época Clásica (1961 [1964]). Conecta historia y experiencia.

Habla de la historicidad de las formas de la experiencia, es decir, cómo se vive, cómo se concibe un fenómeno. Se plantea el origen: todo empieza con una experiencia que es la de la locura. Cada época experimenta la locura de manera distinta, que haya alguien loco no es evidente. Foucault estudia lo que se ha entendido por loco en otras épocas; es un proyecto crítico pues trata de problematizar las formas de saber, la racionalidad que subyace a las instituciones y a las prácticas que son propias de la modernidad. Detrás de todas esas formas históricas, en la modernidad lo que hay es voluntad de poder. Es el punto flojo de Foucault porque eso estaba ya en Nietzsche, no es original. Es distinto al filósofo alemán en que éste es un moderno, lo propio de la posmodernidad es la diferencia. La modernidad es unidad y posmodernidad es diferencia; la posmodernidad busca valorar las diferencias y mantenerlas. Para Nietzsche, la voluntad de poder no se puede dar sin cierta unidad. Lo interesante es que el poder en Foucault es descentralizado: un poder presente en todas las culturas, en todas las instituciones.

Foucault toma de referencia al siglo XVII francés. En ese momento la locura se establece como lo otro de la razón, lo contrario. Antes, la locura era parte del ser del hombre, los locos no estaba categorizados ni tratados. ¿Cómo era entendida la experiencia de la locura? La noción de espacio es importante en Foucault porque él va a darle valor de poder y de dominación al espacio, y tiene toda la razón, la distribución del espacio es un ejercicio de dominación. Habla del espacio de la locura.

La locura se percibe de modo distinto a lo largo de la historia. Foucault menciona cuatro periodos:

  1. La Edad Media: la experiencia de la locura estaba nublada por las imágenes del pecado, la bestia, etc. Los locos eran los posesos, es decir, los que habían sido poseídos por alguna entidad demoniaca, esto en un contexto meramente cristiano.
  2. Renacimiento: se empieza a hablar de la locura y de la razón, no como en la época clásica. Foucault se inspira en un cuadro del Bosco: La Nave de los Locos. El loco es el que es medio genial, el que se ríe de los demás. Es una persona divertida con momentos de extravagancia y genialidad donde dice las verdades de la razón. La razón es media loca. El loco se ríe del sabio y del genio.
  3. Época Clásica, 1656: se da la creación o fundación del Hospital General en París. Se crea por ley, siendo la exclusión de la sociedad para los locos, ya que se les ve como peligrosos. No se les encierra nada más a ellos, sino también a los vagabundos, los pobres, los homosexuales, los viejos, a las prostitutas, a todo aquel que padezca de enfermedades venéreas. No hay separación mental. No existe un concepto de “enfermo”, sino de indeseable para la sociedad. Viene una ética de influencia protestante en la que se valora mucho el trabajo: el que no trabaja es indeseable y debe ir a la cárcel. No se trata de corregir a esas personas, sino de segregarlas. Antes no había gente anormal, había gente distinta, asimilada socialmente y ahora son excluidos. Es un paso hacia atrás, pero aparece también el afán de exhibir a los locos.
  4. Medicación del encierro: cuando se somete a alguien a tratamiento médico es una práctica que deja a ese alguien como un anormal. Se generan las nociones de «loco» y de «enfermo mental». Es una forma de dominación, dándole una identidad que en principio no tenía. Se muestran las etiquetas con las que funcionamos en la sociedad moderna como extractos sociales. No se acepta el concepto de «naturaleza», pues no hay nada que detenga nada, no hay barreras, todo vale igual, todo está construido histórico-cultural-socialmente.

La posmodernidad convierte todo en cultura porque no hay nada estable. No existía el loco como paciente, no se había instalado hasta el siglo XVII como lo contrario a la razón, sino como la sin-razón. El sujeto está construido sin naturaleza, no es que el hombre no sea social por naturaleza ni que se establezca por contrato, es que todo se establece de esa manera, por consenso. Se expulsa la metafísica misma (desde Heidegger en Ser y tiempo).

Sobre la confesión

En 1847 el filósofo danés Sören A. Kierkegaard escribió Discursos edificantes en varios espíritus, hablando de la revelación, aunque sin autoridad (no era un pastor ordenado). Entre los tres discursos, el Discurso de Ocasión, está escrito respecto al tema de la confesión. En la Iglesia Luterana Danesa, también existe la figura de la confesión, por lo que Kierkegaard dirá que lo importante, pues, para poder hacer la confesión, es que uno tiene que hacer examen de conciencia, identificar el pecado cometido y confesarlo con sinceridad y arrepentimiento.

El ser humano tiene una dimensión eterna, es decir, no existe propiamente el antes y el después, sino que el tiempo se vuelve un tiempo continuo, un permanente presente. Esto es, algo así, la perspectiva de Dios, quien puede ver la imagen perfecta y que no distingue el antes y el después. Desde esta otra perspectiva, el pecado cometido no queda propiamente en el pasado, sino que queda inserto en el continuo que es el yo. A mis alumnos suelo decirles que, por eso, el pecado es como una cicatriz de una herida, que aunque ya no sangra y ya no duele, la marca ha quedado.

Dios sí perdona los pecados, pero uno mismo no puede hacerlo, pues sería jugar a ser Él. Aunque la figura del sacerdote sirve como intermediario, como ocasión para que se pueda confesar los pecados sirviendo como vínculo entre Dios y los hombres. Lo que es un error es considerar el pecado como que está separado de uno mismo, ese pecado es parte de nuestro ser. Respecto a la confesión, si bien en el protestantismo existe la figura de la confesión, no existe de manera sacramental como en el catolicismo.

Se puede confesar (en el protestantismo) el pecado de tres maneras:

  • Confesarse a uno mismo: confesión personal, es decir, un examen de conciencia que es difícil que sea genuino porque la voluntad puede manipular la descripción que se hace de los actos.
  • Hacerlos frente a un confesor: aunque se puede engañar al confesor con la misma facilidad con la que uno se puede engañar a sí mismo, que se trata de un engaño inconsciente, la llamada racionalización, “esto no es un pecado porque lo hice con buena intención”.
  • Frente a Dios: la única confesión genuina, pues puede evitar el tema del engaño por la cuestión de la omnisciencia divina, ya que no se le puede decir algo que Él no sepa, pues no tendría ningún punto el engañarlo. No se le estaría contando algo que no sepa. No se aprende nada de Dios, pero de uno mismo sí: al estar frente a Él, el hombre se puede contemplar a sí mismo desde esta perspectiva, se da cuenta que cometió un pecado y que es absolutamente responsable frente a ese pecado cometido.

En la confesión, lo que se hace es contar nuestra propia historia para darle sentido nuestra existencia. El individuo se percata en el pecado de la continuidad que es el propio yo, y podríamos decir que el yo es la suma, no de sus acciones concretas, sino de sus decisiones, el acto de voluntad con el que realizó las acciones.

El silencio de los inocentes

Me he sentado en un parque, quería tomar un poco de sol y respirar aire fresco; disfrutar del ruido de la naturaleza perturbada por la ciudad, saborear un rico helado y dejar que mis piernas y mi espalda busquen un poco de alivio. Veo a muchos perros (cada vez hay más «ángeles sin alas»), gente que camina sin preocuparse. Pero lo más lindo es escuchar la risa de los niños que se divierten en los juegos. Todo bien…

Pero, en ese momento, viene a mi mente lo que me ha dolido por años: la triste realidad de la pederastia. Simple y sencillamente no puedo entender cómo es que hay quienes, buscando una satisfacción degenerada del deseo, arruinan y destruyen la vida de los inocentes niños. Son muchos los casos que suenan alrededor del mundo; muchos de ellos señalan a una institución milenaria: la Iglesia Católica. Porque han sido sus representantes (sacerdotes), evidentemente no todos, los que han cometido uno de los pecados/crímenes más terribles y que no gozan de perdón alguno, ni deben tenerlo.

Camino entre la fe y la razón, y por ello es que no puedo negar el dolor que siento sobre este tema, porque me atrevo a pensar que esos miserables no conocen para nada la fe. Pienso, por ejemplo, que no leyeron Mateo 18:1-6, que dice:

«»En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» El llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.» «Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar.»»

Es una advertencia que se extiende fuera de la fe. Miramos el mundo y nos encontramos con el caos que los seres humanos han provocado desde que existen. Vemos las mismas historias tristes que se repiten una y otra vez por culpa de aquellos que ostentan el poder, poder que es capaz de poner a hermanos contra hermanos. La búsqueda del poder es lo que ocasiona: desear más y más. Y nos consta que, aunque existen, el hombre no conoce límites.

El perfil de un pedófilo es difícil de establecer, pero podemos encontrar un patrón interesante, que se muestra en el interés sospechoso que tiene para relacionarse con tanta insistencia con los niños. No confundamos el cariño y el apego con la obsesión. Ahora bien, el problema que no se ha estado «viendo» con claridad es saber interpretar el silencio de los niños. En la espacio psicoanalítico, TODO debe pasar por el análisis, porque incluso el silencio, a veces, «grita» muchas cosas que el discurso del paciente no está compartiendo. Tenemos que saber y entender que los niños son los más expuestos a la crueldad de los adultos, de ahí aprenden casi por mímesis y después descubrimos a los siguientes en una línea de dolor y tristeza.

¿Acaso sabemos escuchar a los niños? Comparto la siguiente anécdota:

Un día, J. regresó del colegio. Una institución de educación privada laica. Sin embargo, su mamá vio que estaba muy callado, de hecho, notablemente asustado. Le preguntó una y otra vez qué tenía, a lo que el pequeño le contestaba un «nada». Ya en la noche, el papá de J. regresó del trabajo y fue enterado de la situación misteriosa. Éste se acerca al niño y le vuelve a preguntar por qué estaba así, ya que no era normal verlo tan apagado. Los días pasaban y el estado de J. empeoraba más y más. Y el silencio seguía. Fue hasta que la mamá de J. asistió a la escuela para hablar con su maestra, la cual también había notado el cambio repentino del pequeñito. Tras platicarlo, entendieron que era necesario llevar a J. con un experto. Así fue. Después de algunas sesiones, el terapeuta pidió hablar con los padres de J. Diagnóstico: el pequeño había sido víctima de acoso sexual. ¿Cómo es posible? -preguntaron los papás alterados-. La información llegó a la escuela y se realizó una investigación. Curiosamente, varios padres también se habían estado presentando a la dirección de la escuela para pedir explicaciones sobre lo que estaba pasando con sus hijos. Fue hasta un día que salió de la boca de J. el nombre del supuesto responsable; dicha persona era familiar de la directora de la escuela. La policía fue avisada y la investigación realizada por ellos llevó a la detención de esa persona. El sujeto había estado tocando a los niños de manera inapropiada y les obligaba a guardar silencio, ya que si ellos hablaban, «él iba a ser muy malo con sus papás, y luego sería culpa de ellos».

El poder y dominio que ejerce un adulto sobre un niño puede ser tan grande que se hace de todos los medios para someterlo a su voluntad. El miedo es una herramienta básica para los pedófilos, quienes amenazan de formas distintas al niño y, peor aún, en ocasiones hasta los llegan a hacer sentir culpables de lo que sucedió. Recuerdo que un «obispo» un día soltó un polémico comentario: «Es culpa de algunos niños que seducen a los adultos». El problema con gente así, además de los pedófilos evidentemente, es que ocasionan que las pasiones se enciendan y la razón se apague, provocando el odio (entendible) de la sociedad, en este caso contra la Iglesia en general.

Pero, ¿qué respuesta ha dado la Iglesia Católica sobre estos desagradables casos? Muchos creen, y desgraciadamente hay hechos que lo sustentan, que las soluciones se dan con medidas de «prevención», cambiando a los sacerdotes sospechosos de diócesis, o bien que no hacen nada, sin embargo, la postura de la Iglesia en verdad ha ido cambiando con los años. Hoy por hoy, el Papa Francisco ha condenado enérgicamente la pedofilia por parte de sacerdotes, sobre todo ahora que ha salido a la luz el informe de la Fiscalía General de Pensilvania en el que se acusa a 300 sacerdotes de abusar sexualmente de mil niños (quizá de más). Las palabras fueron: vergüenza y dolor.

Hace unos años, salió un documental muy fuerte llamado Las Manzanas Podridas en las que el Vaticano brinda una respuesta contundente, donde son claros en mencionar que sus medidas han sido un fracaso, y donde se muestra, una vez más, que el hombre es capaz de todo, hasta de desobedecer al mismísimo Santo Padre, como lo hicieron varios obispos en Estados Unidos. Les comparto el documental: Manzanas podridas.

Hay que proteger, amar y siempre escuchar a los niños. La pedofilia, sea quien sea que la practique, es un crimen y no debe ser ni solapado ni silenciado. Mucho menos justificado.

La importancia de la autocrítica

El ser humano yace frente al mundo; se ve a sí mismo en otros y en otros se pierde. Un acercamiento de tinte existencialista para tratar de mostrar que, en efecto, buscamos en otro u otros lo que deberíamos encontrar en nosotros. Día a día, la vida nos exige mucho, hay quienes opinan que demasiado, sin embargo, no somos capaces (al menos no todos) de darnos cuenta que lo que nos exigen es lo que exigimos y, al no darlo nosotros, aún así lo seguimos exigiendo. La continuidad del error y de la frustración la podemos encontrar en el reflejo del espejo al vernos en él.

No es un secreto que la gente actúa, muchas veces, tal y como esperan o esperarían los demás de ellos. Es una presión constante, el señalamiento inquisitivo que nos hace hacer las cosas de una o de otra manera para cumplir. ¿Con quiénes exactamente? La sociedad está estructurada de tal modo que no podemos descuidar ningún nivel de la misma, es como la empresa y el empresario; el empresario sabe que no puede hacer su trabajo si su empresa está tambaleando, que no está en las condiciones para ofrecer lo que sus clientes esperan. Por ello, el empresario debe ser el que observe con cuidado, de la cabeza a los pies, el funcionamiento.

Evidentemente no va a estar el dueño viendo que todos hagan lo que les corresponde, por eso es que tiene subordinados que lo hagan. Pero no por ello debe confiarse. Hay muchos factores que influyen de manera directa o indirecta en nosotros. Cuando creemos que estamos haciendo las cosas bien, en efecto, nosotros solamente lo creemos porque nos sentimos agusto con el resultado, sin embargo, no vemos más que lo que queremos ver, así como no escuchamos sino únicamente lo que queremos escuchar. Toda autocrítica comienza con la crítica de otros. Recordemos al senador romano, Cayo Cornelio Tácito: “Quien se enfada por las críticas, reconoce que las tenía merecidas”. Y sí, justo es cuando debemos regresar a nosotros mismos y dar paso a la autocrítica.

“Confía pero vigila”, era una advertencia que hacía Joseph Stalin, el infame dictador de la Unión Soviética. Cuando comentaba lo del empresario, hice hincapié en que no debe confiarse solamente porque tiene subordinados que le ayuden a que las cosas marchen bien con su empresa. Y así tiene que ser, debe mostrarse siempre atento para que por un error, no se caiga todo. El individuo debe confiar en sí mismo pero vigilarse al mismo tiempo, no abusar de su propia confianza.

El error se da al primer descuido. Cuando en la autocrítica analizamos algo debemos ser honestos con nosotros mismos y reconocer que hemos cometido un error, pero tampoco ser dictadores y castigarnos con fuertes sentimientos de culpa. Hay una palabra clave que va por debajo de la autocrítica, me refiero a la humildad. San Josemaría Escrivá decía: “El propio conocimiento nos lleva, como de la mano, a la humildad”, y ese conocimiento es también el autoconocimiento. Sin humildad, la autocrítica puede volverse un ejercicio que fomente el narcisismo y nos lleve al autoengaño. Por ello es que debemos abrazar el hecho de que somos humanos y que podemos equivocarnos. Pero también podemos enmendar. Y no ser tercos, ya que Jacques Lacan sugiere: “Si usted ha comprendido, seguramente está equivocado”. Comprender algo no nos hace aprender de ello, por ello es que podemos caer en la contradicción o en el error mismo.

(Texto mío publicado originalmente en la Cátedra Carlos Llano)