Joker: más allá de una gran actuación

¡ADVERTENCIA!

Si no has visto la película, en esta entrada encontrarás spoilers.

Queridos(as) lectores(as):

Sin lugar a dudas, Joker (2019) es por mucho una de las mejores películas que se han filmado en la historia. No sólo por la gran actuación de Joaquin Phoenix (quien apuesto lo que quieran a que se lleva el Oscar), sino por el recorrido del personaje hacia la psicosis (o la locura).

Arthur Fleck es un hombre cualquiera que padece trastornos mentales. En esencia es una buena persona, a quien su madre siempre le ha dicho que su destino es hacer sonreír a la gente. Sin embargo, como todo cuadro de depresión, Arthur realmente «nunca ha sido feliz en su miserable vida». Es por ello que toma medicamentos y visita a una trabajadora social. Ésta última le pide que lleve a sus sesiones una clase de diario, en donde apunte algunas cosas de lo que piensa a diario.

En un principio, Arthur le pregunta a la trabajadora social si es sólo él o si es que realmente todo «parece que está muy mal afuera», a lo que ella le contesta que en efecto, «son tiempos difíciles». A partir de ese momento, vemos una serie constante de abusos contra Arthur, desde una paliza que le dan unos adolescentes, las burlas de sus compañeros de trabajo, el constante «tú eres raro». Es perfectamente entendible que la audiencia se ponga de lado del pobre Arthur.

Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida

Como ya lo hemos dicho, Arthur padece, entre otras cosas, una severa depresión. Pero lo que nos llama la atención es su risa, una risa que es imposible para él de controlar y que de cierto modo es respuesta a momentos de ansiedad y desesperación. De hecho, en la escena del niño en el camión, él le da una tarjeta a la madre donde se informa que es por una enfermedad la risa insoportable. Podríamos decir que es una defensa contra su propio dolor. Esto nos recuerda a «ante los problemas, muestra una linda sonrisa», pero no es más que intentar tapar el sol con un dedo.

La ira contenida por Arthur es cada vez más incontrolable. «Teme del hombre que calla». En un momento de la historia, un colega de él le ofrece una pistola para «que se cuide», misma que no quiere aceptar en un principio Arthur, pues «él no debería tener un arma». Durante una presentación que hace en el hospital infantil, la pistola se le cae y queda expuesta ante los ojos de los niños y enfermeras. Eso provocará su despido. Desolado, toma el metro camino a casa, donde será testigo del acoso de unos jóvenes a una mujer. Aunque no hace nada al principio, su ansiedad da paso a su risa, misma que incomoda a los jóvenes, quienes se empiezan a burlar de él y luego comienzan a propinarle una paliza. Y sin esperar más, Arthur les dispara, dándoles muerte.

Asustado, Arthur sale corriendo del metro y termina encerrándose en un baño. En ese lugar vemos lo que será el goce tras lo que hizo, y tras practicar un poco de yoga (no un baile, como muchos dicen), encuentra la calma. Lejos de sentirse culpable, más bien lo disfrutó. La estructura neurótica funcional tiene como característica el sentir culpa, mientras que en la psicosis no hay tal cosa.

Usted nunca me escucha

Tras el asesinato de los jóvenes, se desata en Gotham lo que parece ser un movimiento contra los ricos, ya que Thomas Wayne dirá que «sólo un payaso pudo cometer algo tan terrible contra gente que le ha ido mejor en la vida». Aquí podemos apreciar cómo el resentimiento social se desata a partir de un hecho aislado. Muchos salen a la calle a protestar con letreros y gritos. Leemos consignas del tipo «muerte a los ricos», pero hay una que llama más la atención: «Todos somos payasos».

Pero volvamos al último encuentro que Arthur tiene con la trabajadora social; ahí ella le dice que por motivos presupuestales, van a cerrar varios departamentos, incluyendo el suyo. Notamos a Arthur molesto, mismo que le recrimina que ella «nunca lo escucha», que siempre le hace las mismas preguntas, especialmente «si él tiene pensamientos negativos», cosa que contesta que es sólo el tipo de pensamientos que tiene siempre. «¿Ahora quién me dará mis medicamentos?», pero no hay respuesta.

Sobre esto último, vemos dos realidades: nadie escucha, nadie presta atención a la demanda, lo que está sucediendo. De hecho, esto mismo es lo que nos demuestra el propio Arthur cuando intenta triunfar como comediante. En la intervención que vemos sobre eso, él no logra controlar su risa (por los nervios), y con dificultad logra contar un «chiste» en el cuál cuenta que su madre le decía que tenía que ir a la escuela para poder tener después con qué poder vivir, a lo que él le contestaba «no hay problema, seré comediante». Por un momento escuchamos risas y aplausos, y hasta descubrimos a la amable vecina que lo ha ido a ver a su presentación, misma que parece compartir con Arthur momentos agradables y hasta románticos. Sin embargo, llega un momento en el que se nos hace pensar si realmente compartía con ella esos momentos o sólo estaban en su mente (paranoia).

El hijo del padre desconocido

Ahora pasemos a la madre de Arthur. Una mujer ya entrada en años, notablemente enferma, quien se refiere a su hijo como Happy (Feliz). La devoción al cuidado de ella es más que notoria, tan es así que llegado el momento del Show de Murray Franklin, programa televisivo de entrevistas y comedia que ambos disfrutan, Arthur fantasea por un momento que está en la tribuna de los espectadores y que llama la atención del famoso conductor (interpretado por Robert De Niro), mismo que le felicita por ser un hijo ejemplar y que él cambiaría todo por tener un hijo como Arthur.

Penny Fleck, la madre de Arthur, insiste constantemente en que si «no ha llegado una carta para ella», cosa que nunca sucede en la película. En un momento, después de bailar en una tierna escena con su hijo, ella le pide que mande una carta que recién escribió a Thomas Wayne. Arthur, abre el sobre y descubre que, al parecer, él es hijo del millonario. Después de increpar a su madre sobre eso, cosa que nunca le había dicho, ella le asegura que cuando trabajó para la familia Wayne, tuvo un amorío con Thomas, quedando embarazada y que le hicieron firmar unos papeles para que no saliera a la luz pública esa información.

Arthur decide enterarse por sí mismo sobre eso y va a la mansión de los Wayne, donde conoce a un pequeño, que resulta ser Bruce. Después de hacer algunos intentos de comedia y magia para hacer sonreír al niño serio, es confrontado por un miembro del personal de servicio de la millonaria familia (¿Alfred?). Arthur le dice que sabe lo que sucedió entre Thomas Wayne y su madre, a lo que el hombre le dice que Penny estaba loca, que eso nunca sucedió, que incluso Arthur era un hijo adoptado por ella y que hasta había sido internada en el famoso asilo de Arkham. Cosa que molesta a Arthur y que le hace salir corriendo. Desesperado, decide ir al asilo a informarse sobre la veracidad de lo que han dicho, robando a un empleado del lugar el expediente de su madre.

Charles Chaplin: La triste infancia de un niño feliz

Cuando lee el expediente, Arthur descubre que en efecto su madre padecía trastornos paranoides narcisistas, que fue adoptado y lo peor: cuando era niño, había sido abusado varias veces por uno de los novios de su madre, llegando a presentar torturas físicas y severas contusiones cerebrales. Descubrimos entonces a una madre en sumo perversa, en una relación incestuosa indirecta con su hijo adoptado. Arthur regresa al hospital, donde tienen internada a su madre, ya que cuando pasó el asesinato de los jóvenes en el metro, la policía se enteró de lo que había sucedido sobre un payaso y una pistola en un hospital infantil y fueron a visitar a Arthur para interrogarlo, sin embargo, como no estaba, hablaron con su madre, quien enloqueció, cayendo y golpeándose la cabeza, provocándole una embolia.

Debemos resaltar algo que es muy importante, Joker es en sí un homenaje a Charles Chaplin. ¿Cómo? Vayamos por partes:

1.- Vemos la presentación de Modern Times (1936), escrita y dirigida por el cineasta y actor inglés.

2.- La música de Smile fue compuesta por Charles Chaplin y John Turner, tema que se usó en la película anteriormente mencionada, siendo hasta 1954 que Geoffrey Parsons le agregó la letra y el título.

3.- Chaplin sufrió una terrible infancia, ya que su madre estaba loca (siendo internada por él mismo en un hospital psiquiátrico), era pobre y enfermizo y sólo logró salir de esas situaciones tan precarias cuando «comenzó a hacer sonreír a la gente». De hecho, se sabe que su madre le decía lo mismo que Penny a Arthur: «Tu destino es hacer sonreír y a la gente».

4.- Y muy importante, cuando Arthur vuelve de Arkham con la verdadera historia de su origen y de la salud mental de su madre, antes de matarla asfixiándola con una almohada, él le dice una frase de Chaplin: «Antes pensaba que mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta que ha sido una comedia».

Lo importante es ser quien tú eres

Antes de asesinar a su madre, en la TV del cuarto del hospital, vemos que pasan el Show de Murray Franklin, donde el conductor exhibe el video de la presentación de Arthur, misma que termina por convertirse en una burla, ya que Murray dice «sólo porque él mismo se ríe ha de pensar que fue chistoso lo que dijo». Vemos también otra parte en la que durante la presentación, Arthur dice a su audiencia «antes, cuando era niño, les decía a todos que quería ser comediante, y se reían de mí, bueno, ahora nadie se está riendo». Cosa que Murray aprovecha para burlarse otra vez diciendo «en eso tienes razón, hijo».

Ahora bien, tenemos que volver con la trabajadora social, ya que cuando Arthur comete el asesinato en el metro, él le dice «antes no estaba seguro de si existía, pero ahora me doy cuenta que ya están hablando de mí». Eso es importante, porque nos habla de un yo fragmentado de un doliente Arthur, que en realidad no gozaba de una identidad real y menos al enterarse de los engaños de su madre, mismos que terminan haciendo que confronte al mismísimo Thomas Wayne en el baño del cine donde presentaban la película de Chaplin, recibiendo del millonario varias desmentidas y un buen golpe directo a la nariz.

Siempre recibes lo que mereces

Una vez que Penny Fleck fue asesinada por su hijo, él se encuentra ya en su apartamento, notablemente feliz, donde se está pintando el pelo de verde y comenzando a maquillarse el rostro, pues había sido contactado por la asistente de Murray Franklin para invitarlo al programa para ser entrevistado. Recibe la visita de dos antiguos colegas del trabajo, uno de ellos es el que le había dado la pistola (mismo que después mentiría diciendo que fue Arthur el que se la compró) y otro pequeño amigo (por enanismo). Al primero Arthur lo asesina brutalmente clavándole primero unas tijeras en el cuello y en el ojo, para posteriormente golpear su cabeza contra la pared varias veces. Aterrado, el otro compañero teme por su vida (presentándose quizá la escena más cómica y de auténtico humor ácido en la película), sin embargo, Arthur le perdona la vida diciéndole: «Tú fuiste el único que fue bueno conmigo». Ese acto nos habla de dos «raros» para los demás, siendo el pequeño individuo con quien Arthur se pudo identificar plenamente. Incluso hasta podríamos ver en el pequeño una suerte de acompañante terapéutico.

Después de un auténtico baile en unas escalaras y de ser perseguido por la policía hasta el metro, donde se ocasiona una trifulca entre los payasos del movimiento anti-ricos y los representantes de la ley, situación que le permite a Arthur escapar con toda tranquilidad, por fin llega a la entrevista con Murray. En el camerino, es visitado por el conductor del programa junto con otro asistente, éste último al ver que Arthur se encuentra disfrazado de payaso, se molesta y le pide a Murray que no permita que haga mucho para no alentar al movimiento. Sin embargo, Arthur les contesta que él no apoya a dicho movimiento, que incluso es ajeno, logrando convencer a ambos personajes de la TV. Pero antes de que se vayan del camerino, Arthur le pide a Murray si cuando lo vaya a presentar lo haga como Joker (Guasón), ya que nuestro protagonista le dice «después de todo, así me llamaste cuando pasaste mi presentación de comedia», a lo que Murray accede.

Arthur, ahora ya reconocido como Joker, hace su entrada triunfal al escenario con un baile excepcional y besando a una señora. Una vez ahí, él se queda mirando todo el set y contesta al burlón de Murray: «Es más de lo que me lo imaginaba». Confrontar la realidad. Murray le pide que cuente un chiste, a lo que Joker saca su libreta, misma que no pasa desapercibida por el comediante, quien se burla después de que el payaso soltara un «toc-toc». Joker cuenta un chiste que es «desagradable», recibiendo un reclamo de «eso no es chistoso». Después continúa con su dinámica del «toc-toc» (interesante porque el TOC lo conocemos como Trastorno Obsesivo Compulsivo) y confiesa haber sido quien mató a los jóvenes en el metro.

En ese momento, Joker comienza lo que será el discurso político-social de la película, en la que recrimina a Murray y a la audiencia de ser esa parte de la sociedad que se atreven a decir lo que está bien y lo que está mal, de lo que es lo correcto y lo que es lo incorrecto, señalando también que hay personas más importantes que otras (clara referencia a las clases sociales y a la lucha entre ellas: ¡Oh, Marx!); también confiesa que tiene un problema directo con Thomas Wayne (esto nos hace pensar en Taxi-Driver, donde hay un conflicto con un político). Después de una serie de gritos, Murray le dice a Joker: «Aunque te cueste creerlo, no todos somos malos», a lo que nuestro protagonista lo mira con profundo odio y le dice «Tú eres igual de malo. Tú eres cruel. Tú me invitaste aquí para poder burlarte de mí». Joker asesina a Murray delante de todos, camina hacia una cámara y trata de decir «y recuerden así es la…» y cortan la transmisión.

Sólo se necesita un empujón

Una vez arrestado Joker y mientras es llevado en una patrulla (escena memorable que nos hace pensar cuando Heath Ledger interpretando al Joker en The Dark Knight se escapa en una patrulla), él contempla a muchos ciudadanos destrozando cosas, cometiendo incontables acciones vandálicas, y por fin vemos que él lo disfruta. Pronto sería «rescatado» por otros del movimiento, mientras que vemos la famosa e icónica escena del asesinato de los padres de Bruce Wayne, cuando un tipo con una máscara de payaso intercepta a los tres en un callejón diciéndoles «tienen lo que se merecen». Joker queda siendo aplaudido por la muchedumbre, cosa que vemos como el factor social del delirio de masas y al mesías redentor.

Al final, nos topamos a Arthur siendo entrevistado por una psiquiatra, misma que termina asesinando, cosa que descubrimos cuando él sale caminando y dejando huellas de sangre, para terminar con una escena que nos recuerda a One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975).

Sin lugar a dudas, Joker rinde homenaje a un incontable número de películas, escenas, canciones (entre ellas Send in the Clowns de Judy Collins), distintas historias de los cómics de Batman, personajes, etc., pero nos deja con la tremenda pregunta: ¿por qué disfrutamos tanto la «apología» del crimen? No es que la película como tal lo sea, pero estoy perfectamente seguro que hay quienes han dicho «es que Joker tiene razón».

La sociedad actual muchos podrían decir que va de mal en peor, pero lo cierto es que la locura no es algo nuevo, ni siquiera la psicosis colectiva. ¿Eh? ¿Qué pasa cuando las grandes masas de manifestantes pierden el control de la situación? Terminan cometiendo actos vandálicos. La violencia interna se exterioriza, demostrando que se caen las resistencias de la represión y dan paso «a lo que realmente somos».

Para concluir, quiero que nos quedemos con algo que he insistido mucho en esta página: la importancia de la salud mental. Y para ello, cierro con algo que el «pobre» de Arthur Fleck dice: “Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”. Y hay mucha gente que es peor, es decir, no expresan su malestar.

Al mirar un cuadro

Queridos(as) lectores(as):
Hace tiempo que el cuadro El Beso (Der Kuss, 1908) de Gustav Klimt genera en mí una atracción que me es imposible evitar. Pero, ¿por qué? ¿A qué se debe que no pueda dejar de contemplar el cuadro? ¿Qué es lo que estoy viendo? ¿Por qué eso? (cabe señalar que tengo un cuadro en mi cuarto de esa obra). Y más preguntas me envuelven. Antes de proseguir, quisiera narrar un poco sobre la historia del “más famoso” cuadro de Klimt, así como del mismo autor. Cuando Klimt pintó el cuadro era ya considerado el pintor más famoso de Viena, esto cuando él contaba con 45 años. En aquel entonces, Gustav vivía con su madre y sus dos hermanas; era visto como un tipo afable y sencillo, por un gran amor a los gatos y por la curiosa tendencia de irse a la cama apenas empezando la noche. Sin embargo, Klimt se desarrolló en un momento histórico, es decir, a finales del siglo XIX en donde Viena, la capital del ahora decadente Imperio Austro-Húngaro, estaba siendo testigo de una de las primeras revoluciones sexuales de la historia.

Durante el siglo XIX, sobre todo a finales, la famosa “moral victoriana” significó un juego de máscaras en la sociedad europea, así como en América. Es decir, hablamos de una moral de alta exigencia para una sociedad curiosa, tendenciosa y, por qué no decirlo, sexualmente inquieta. Los caballeros tenían que cumplir con los protocolos de la buena etiqueta para darse a conocer como modelos intachables en la sociedad, y qué decir de las mujeres que se veían sometidas a una mayor exigencia. ¡Hipocresía! Hay que quedarnos con esa palabra. Porque lo que no se hacía fuera, se experimentaba dentro del hogar y de algunos lugares “apropiados” para la inmoralidad.

Un caso conocido, por ejemplo, en el que no sólo la sexualidad fue el “crimen”, sino también la orientación sexual, es el de Oscar Wilde (1854-1900), quien fue sometido a un terrible juicio por sus constantes y “depravados ataques» a la “buena moral”. Durante su juicio, él expresó: «Me juzgan por el amor que teme dar su nombre», es decir, la homosexualidad. Era tanto el escándalo que provocó, que sin importar la notable fama que alcanzó por sus múltiples textos, fue cruelmente sentenciado y despreciado. Ahora bien, volviendo a Viena, Klimt no dejó pasar la oportunidad de sublimar sus deseos sexuales del mejor modo posible para él: su arte. Se cuenta que él era frecuentemente visitado por un sin fin de mujeres que querían ser retratadas, aun sabiendo el tipo de retrato que Klimt hacía, cosa que nos permite decir que eran dos sublimaciones, la del artista (el observar) y la de la modelo de arte (ser observada).

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¿Qué es un artista?
Juan David Nasio dirá que “para formular mi definición, pienso en Félix Vallotton. Un artista es un hombre que ve mejor que los demás, más lejos que los demás, pues mira la realidad cruda y sin velo. Percibe todas las esencias en su inocente desnudez, tanto las formas, los colores y los sonidos como las vibraciones más sutiles de la vida afectiva”[1]. Sabiendo que no podemos hacer de Klimt sujeto de psicoanálisis, sino sólo su obra (por algún atrevimiento más que por la apuesta por la verdad, a mi creer), podemos entender que Klimt se aprovecha de todo simbolismo en sus manos para poder compartir algo más que un asunto de percepción. Esa percepción resulta realmente única, ya que nos permite, tal y como en la sesión psicoanalítica, trabajar con el inconsciente, tanto del que pinta como del que contempla el resultado final. “En suma, el pintor ve con su inconsciente, capta el serpenteo íntimo de lo que ve y trata de reproducirlo en la tela. No obstante, detrás de la expresión móvil, el pintor procura captar algo más secreto todavía: la vida interior del personaje representado, sus sueños, sus dudas, sus añoranzas”[2].
Pero esa intención plantea una más, aún más secreta: provocar la vida interior de quien observa la pintura. ¿Por qué no advertimos que nos hemos ido desarrollando en una cultura que se inclina por la representación de la imagen? Es decir, suponer que el lenguaje se queda sólo en la expresión escrita u oral es arriesgarse a perder el vastísimo imperio que se nos ofrece. “Se suele decir que, para bien y para mal, vivimos en una “civilización de la imagen”. A lo largo del siglo pasado la imagen fue adquiriendo un protagonismo creciente hasta acabar imponiéndose sobre la “galaxia Gutenberg” que había hecho posible la difusión del pensamiento humanista en el Renacimiento y el consiguiente afianzamiento de la Modernidad”[3].

Intención, sentido, significado
Cuando observo y contemplo El Beso no puedo evitar preguntarme, después de ver la imagen completa, ¿qué sentido tiene? Y todavía menos evitar cuestionarme si es que tiene algún sentido. De aquí que se abra el paso hacia la hermenéutica, que desde una cuestión clásica, va muy ligada a la búsqueda de sentido. Para ello es que se requiere una interpretación, misma que tiene que ir emparejada con la comprensión. Pero es inconsciente el momento en el que la hermenéutica se “despierta” en nosotros, para ello debemos toparnos con un signo que se nos presente desafiante y que no haga fácil la labor de encontrarle su sentido. Y en el arte, eso es precisamente lo que nos encontraremos siempre. Muchos críticos de arte se detienen a pensar de más las cosas, y eso provoca que se dé un sentido forzado a la intención del autor. Por poner un ejemplo, cuando hay un gato en el cuadro, no falta el que quiera imponerle un sentido a ese gato, pero curiosamente proyectándose sobre las intenciones del autor de por qué puso al gato. Cuando, quizá, puso al felino porque quería llenar el espacio. Y si tomamos esto que menciono y lo transportamos hacia el cuadro en cuestión, quizá podríamos comenzar a encontrar muchas resistencias sobre lo que está y lo que creemos que hay.
En primer instancia, en El Beso vemos lo que cualquiera: dos personajes, un hombre y una mujer, que se encuentran en una situación romántica. Sin embargo, hay algo que nos genera inquietud, algo que el autor “no nos está contando”, algo que “no nos está dejando ver”. ¿Y qué será eso? Pero aquí es donde deberíamos habernos detenido y preguntarnos por qué nos llama tanto la atención ese supuesto misterio. Es entonces cuando la hermenéutica se funda en un ejercicio meramente psicológico: “En virtud de esa proyección psicológica los procesos naturales son vistos como cosas estables o quedan personificados como si tuvieran fines e intenciones y, en la medida en que la proyección es inconsciente, las imágenes que así se generan no se nos presenta como “nuestras”, es decir, como proyectadas por nosotros, sino como teniendo una existencia independiente”[4].

Esos elementos que, parece, tienen una existencia independiente, en un principio pueden resultar en verdad auténticos, sin embargo, me atrevo a pensar que no es como si se tratara de una generación espontánea, después de todo se trata de ideas que tienen que tener una genealogía particular. Es decir, no hay ideas sin quien las tenga. Y dichas ideas se vuelven un asunto de interpretación. No surgen nada más por que sí, tiene que haber una razón. Por eso es que al ver “más de cerca” el cuadro, hay una extraña reacción que conmueve al espectador, pues los rostros se ven sustituidos y la fantasía, pero sobre todo, el deseo, se hacen presentes. Uno ya no ve a los dos amantes de Klimt, ve algo más que ya no es parte del cuadro, sino que viene de su propio imaginario. Incluso la situación puede tornarse violenta y descubriríamos que no se trata de un momento romántico, sino de un acto de forcejeo, después de todo si vemos con cuidado a la mujer representada ahí, no encontramos una sonrisa, y más bien la vemos como si se viese sometida por el otro. Y justamente esto que acabo de comentar se presenta como hermenéutica. Porque no me queda claro el sentido que pretende darle Klimt, porque no me queda claro si es que realmente era esa la intención, y es cuando metafísicamente me convierto en el crítico de arte que critiqué.
Esto tiene que ver con un problema entre la imagen y la idea: “La imagen es concebida aquí como simple mímesis o copia de las cosas en su singularidad y concreción, que resulta irreductible a la unidad”[5]. Pensando en los modelos de Klimt para este cuadro, tendríamos que pensar también que no es lo que vio, sino lo que interpretó. Si vemos los demás elementos que conforman el cuadro, hay una sensación de querer contar una historia específica en un momento determinado. ¿Y cuál sería? Es como el caso de Los Amantes de Teruel, cuya historia se pierde entre la leyenda y lo que sucedió. Pero quien centra su mirada en ellos no logra evitar fantasear con algo, que curiosamente, no tiene nada que ver con ellos y donde el Yo se impone de manera inmediata.

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Es cuestión de interpretación

¿No sucede acaso lo mismo con Romeo y Julieta de William Shakespeare? Esto me hace traer aquello que se conoce como “leer entre líneas” y aumentar el sentimiento o el afecto a partir de la particular historia del lector. “En vez de reconducir la mirada haciendo que se eleve hacia la idea y hacia lo incondicionado, en vez de facilitar la conversión del alma, la imagen invita a seguir descendiendo y a adherirse a la inmediatez de los fenómenos”[6]. ¿Es que acaso esto no se asemeja en algo a la “arqueología de la mente”, es decir, al psicoanálisis? Freud insistía en que tras un hecho consciente había una serie de fenómenos inconscientes reprimidos, por lo que había que “escarbar” hacia lo más profundo que se pudiera, ir lo más atrás para, quizá, dar un un sentido. Pero, así como el sentido no es propio de la hermenéutica, sino que más bien la hermenéutica es una herramienta que se pone al servicio del sentido, el psicoanálisis se vuelve una herramienta más, de hecho, ninguno agota al sentido.

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Sobre la identidad, hay algo más…

Siempre hay algo más. “Además, la imagen se presenta ante el espectador como si fuera la propia cosa que está copiando, con lo que lo único que consigue es aumentar su confusión”[7]. Lo que es interesante es que, así como el psicoanálisis busca hacer consciente lo inconsciente, la hermenéutica tiene la capacidad de reconfigurar la percepción del espectador, ya que como lo hemos dicho, no agota el sentido. Y si seguimos la línea de lo que la imagen pretende hacer al presentarse como la cosa que está copiando, tendríamos un problema aún más grande: estaríamos interpretando a partir de la interpretación de un interpretación. En otras palabras, ¿qué es exactamente lo que estamos viendo? ¿Lo estamos viendo o lo estamos completando con todo aquello que es meramente nuestro?
La identidad es un tema muy importante para Freud, por tanto para el psicoanálisis (¿qué soy? ¿quién soy? ¿soy?), por lo que es importante entender el proceso de regresión. La regresión nos permite entender cómo se forma el símbolo, mismo que resulta ser la integración de representaciones reprimidas. La relación cuerpo-yo es arcaica. En un primer momento tiene que ver con la integración de experiencias corporales que darán origen al yo. La integración va a originar una representación (complejo de representaciones). La síntesis tiene que instaurarse y aprontarse. Lo que va a terminar por alterarse son los signos de realidad.
Primero hay pensamiento y luego hay lenguaje. Tiene que haber experiencia corporal para que deje un resto mnémico. Después debe haber otra experiencia para que se vayan formando complejos de representaciones. Por lo que, juzgar supone descomponer un complejo de representaciones y establecer así identidades. No se da el caso en el que no se guarde una relación asociativa en una representación con otra. Siempre habrá una relación entre A y B. Puede haber una relación en las cualidades de temporalidad, de partes, etc. Esto, en la filosofía, pero sobre todo en la lógica, se asemeja al silogismo.

El meollo con el síntoma conversivo es que remite a algo. La representación se reprime en la consciencia y entra al pensamiento inconsciente. El afecto se desplaza. Una vez que el juicio se razona, desaparece. De ahí que al contemplar el cuadro, al observar la imagen, uno empiece a ver “de más” y trate de relacionarlo con el “sentido” que el autor “le ha dado” al cuadro. No es de sorprender, bajo ninguna circunstancia, que cuando se “entra” en el cuadro, en la narrativa que nos está brindando, cada uno de nosotros formemos parte de ella, pues la proyección se da gracias a las representaciones reprimidas y, como hemos visto, surgirá una relación asociativa con algún evento en nuestra historia que puede despertar con las dos figuras en la situación que presupone un beso.

Para concluir, el arte nos da la posibilidad de encontrarnos con nosotros mismos pues es una herramienta que nos aproxima al recuerdo, a cosas y eventos que hemos “reprimido”, pero que a la menor provocación habrán de salir. Por es no es raro ver que haya gente que pueda llorar al ver un cuadro, escuchar una melodía y sonreír, es justamente el nexo que se requiere para poder canalizar el afecto.

[1] Nasio, Juan David, Arte y Psicoanálisis, Ed. Paidós, México, 2016, p. 31

[2] Arte y Psicoanálisis, pp. 33-34

[3] Garagalza, Luis, El sentido de la hermenéutica: la articulación simbólica del mundo, Anthropos Editorial, México, 2014, p. 143

[4] El sentido de la hermenéutica, p. 160

[5] El sentido de la hermenéutica, p. 166

[6] El sentido de la hermenéutica, p.166

[7] El sentido de la hermenéutica, p. 166

80 años sin Freud: crónica del dolor

Muy queridos(as) lectores(as):

Un día como hoy, de 1939, debido a una sobredosis de morfina, Sigmund Freud ponía fin a su vida. Recordemos que el padre del psicoanálisis había sufrido cáncer desde inicios de 1920 hasta su último día de vida. En otras palabras, se practicó la eutanasia (del latín, buena muerte). Me gustaría compartirles el siguiente fragmento sobre lo acontecido en aquel entonces, del libro Freud enfermo, de Jürg Kollbrunner:

En febrero de 1923 Freud había descubierto en su paladar derecho una hinchazón que él mismo denominó como “leucoplaquia”. […] Freud sabía que una leucoplaquia (una superficie engrosada y blancuzca) era precancerosa y que de ella podía desarrollarse un tumor maligno. Sin embargo, vaciló inicialmente en mostrarla a un especialista, probablemente porque temía que se le prohibiera nuevamente fumar, o bien a raíz de un cierto fatalismo, o tal vez hasta como expresión de un deseo inconsciente de muerte.

Fue el médico (y muy amigo de Freud), Felix Deutsch, quien descubrió que en realidad se trataba de un cáncer maligno. ¿Cómo decirle eso a un asustado y envejecido hombre que había dedicado toda su vida a la salud física y mental de sus pacientes? Seguimos con Kollbrunner:
El 20 de abril de 1923, Hajek extirpó la mucosa enferma del arco anterior derecho del paladar en una intervención ambulatoria. El estudio del tejido extirpado dio como diagnóstico cáncer de epitelio. No obstante, Hajek afirmó ante Freud que la tumoración no era maligna y que la operación había sido de carácter meramente preventivo.

Sigmund Freud no tenía esperanza de vida según los diagnósticos médicos. Le habían mentido para no asustarlo, cosa que tarde o temprano se descubriría la verdad. Pero estamos hablando de 1923, y murió hasta 1939. Sabemos que tuvo que utilizar una prótesis que tenía que quitarse todos los días y lavarla, cosa que le producía profundos dolores. Tengamos en cuenta que Freud era un personaje bastante reservado sobre su vida íntima, por lo que no es de sorprender que la noticia de su enfermedad se mantuviera en riguroso recelo entre los miembros de sus círculos más cercanos. Anna Freud, la valiente heredera del anciano psicoanalista de Viena, pasó a ser su cuidadora y más cercana confidente. Pero, ¿cómo era la vida para Freud, entre los estragos de la enfermedad y el deterioro propio de la edad? Kollbrunner nos lo contesta:

En una carta a Eitingon protestó: Vivir por la salud es algo intolerable para mí.

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Imagen de la prótesis tomada del libro mencionado.

Como les decía, Anna pasó a ser su cuidadora de 24 hrs., labor en sumo complicada. Imaginen ustedes tener al mismísimo Sigmund Freud de paciente, tenerle que cuidar noche y día. ¿Cómo le decimos a una de las mentes más brillantes que la Historia nos ha dado cosas como «no se levante, Dr., tiene que cuidarse»? Podría parecer fácil, pero no lo era del todo. Para finales de 1929, Freud había perdido las fuerzas necesarias para valerse por sí mismo:

Observó que aun subsistía en él una especie de tensión que lo llevaba a trabajar: ‘¿Qué voy a hacer? -preguntó retóricamente-. No se puede fumar todo el día y jugar a las cartas; ya no tengo resistencia para caminar, y la mayor parte de lo que se puede leer ya no me interesa. Escribo, y con eso paso el tiempo agradablemente’.

Ahora bien, recordemos que Freud llegó muy pequeño (3 años) a Viena con su familia, lugar donde pasó casi toda su vida y donde encontró el reconocimiento intelectual. Sin embargo, los tiempos se tornaban violentos, dando paso a que Adolph Hitler, austriaco de nacimiento y nuevo Canciller de Alemania, se fijara la meta de anexar Österreich (Austria) al III Reich alemán. Cosa que logró sin disparar una sola bala. La Anschluss (anexión) logró que el hogar de Freud fuera conocido como Ostmark (La Marca del Este) el 12 de marzo de 1938. Como sabemos, el gobierno nazi había pregonado los ideales de la pureza de raza alemana, por lo que aquellos que no cumplieran con ciertos «rasgos», eran vistos como parias, así que eslavos, gitanos, homosexuales, entre otros, pero sobre todo judíos, fueran arrestados y llevados a los temibles campos de concentración. Freud era judío, por lo que su obra comenzaba a ser destruida. A modo de chascarrillo, el psicoanalista dijo: «Hemos evolucionado, antes me hubieran quemado a mí, ahora les basta con mi obra».

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Anna Freud y su padre

Fueron muchos los que le suplicaban que huyera de Viena y del creciente fervor hacia los ideales nazis, pero Freud se mantenía seguro en que sería protegido. Sin embargo, un desafortunado día, su querida Anna fue detenida por elementos de la SS (brazo ejecutor de los nazis) por unas horas. El terror invadió al anciano y enfermo doctor. Gracias al apoyo de importantes líderes y aristócratas, tales como la Princesa María Bonaparte, logró huir con su familia con destino a Londres. Ahí apenas viviría un año…

Una vez muerto el enfermo, ¡la enfermedad sigue! La práctica psicoanalítica ha ido creciendo desde la muerte del Dr. Freud, pasando por grandes e importantes representantes, tales como Sándor Ferenczi, Sabina Spielrein, Anna Freud, Lou-Andreas Salomé, Jacques Lacan, Marie Klein, Donald W. Winnicott, André Green, Óscar Masotta, entre otros.

Freud es y será siempre un referente, aunque seguramente seguirá siendo criticado. Pero lo que es un hecho que, tal como el psicoanálisis se reinventa en cada sesión, leer la obra de nuestro padre intelectual, siempre nos deja cosas nuevas por descubrir.

¡Gracias, maestro!

Hermenéutica y psicoanálisis

Queridos(as) lectores(as):

En enero de 2019, el CPM (Círculo Psicoanalítico Mexicano) tuvo la visita del filósofo mexicano, Mauricio Beuchot. No es de sorprender que un filósofo se incorpore a una institución psicoanalítica, ya que tanto en la filosofía como en el psicoanálisis hay un vínculo muy marcado que es la hermenéutica. ¿Por qué? Tendríamos que entender en primera instancia que el punto central de la hermenéutica es sin duda el lenguaje: en cada conversación nos vemos conducidos a su propia verdad, misma que desvela algo que en ese momento es y no puede ser de otra manera. De ahí que comprender lo que alguien está diciendo es llegar a un acuerdo en determinada cosa -como diría Gadamer-, pero no implica ponerse en el lugar del otro y mucho menos reproducir sus vivencias.

Traducción e interpretación

En todo acto de escucha o de comprensión, lo que estamos haciendo en realidad es un acto de traducción. Y como traductores, nuestra labor es trasladar al “aquí y ahora” el sentido que se trata de comprender al contexto en el que vive el otro interlocutor. Pero tenemos que tener cuidado de no falsear lo que el otro está diciendo, justo para conservar su sentido. Pero, ¿por qué hablamos de una traducción? Porque toda traducción es una interpretación. Ahora bien, para continuar en este punto, me gustaría recordar a Nietzsche: “No hay hechos, sólo interpretaciones”. La hermenéutica nietzscheana, siguiendo a Michel Foucault, es una hermenéutica que se envuelve en ella misma, entra en el dominio de los lenguajes que no cesan de implicarse a sí mismos, en una región medianera entre la locura y el puro lenguaje.

Entonces, ¿qué significa interpretar cuando se trata de recordar (en el dispositivo psicoanalítico, por ejemplo), qué lugar tiene en el proceso? Interpretar significa intermediar entre lo que recuerda el paciente, lo que repite. También es construir desde lo que está hecho. Esto nos remite a Jacques Derrida y a la deconstrucción (radicalización). Es decir, la hermenéutica pierde todo sentido si no parte de una experiencia de la alteridad, de la diferencia y, por tanto, de la distancia.

Ausencia y presencia

En Metafísica de la Presencia, el problema que abarca Derrida es amplísimo: tiene un supuesto metafísico endeble que vertebra todo el pensamiento occidental, esto es, trata de dar cuenta en general de la esencia o fundamento de la realidad. La intención de Derrida es exponer las diferentes formas de entender la naturaleza básica de la realidad (las ideas platónicas, el Dios cristiano, la materia empirista, etc.). Lo que tendrían en común es el valor que ponen a la noción de “presencia”, por tanto, las ideas están presentes en la consciencia de forma inmediata. ¿Y cuando sólo se escuchan? Hablamos entonces desde la ausencia, con el riesgo de no saber lo que se interpretará de ellas en tanto que no son ahí y ahora. En un término colegial estamos hablando de un “teléfono descompuesto”.

Cuando Beuchot hablaba del psicoanálisis como una propuesta epistemológica, evidentemente hablaba desde su propia experiencia, esperando que los demás captáramos su idea desde sus ejemplos. Pero, ¿realmente podríamos hacer eso? Si lo que nos interesa es el logos, hacer presente la razón, el significado, el habla es lo indicado porque es inmediato y directo. En efecto, recibíamos lo que Beuchot decía, sin embargo, no tal cual ya que en la presencia del habla es más difícil llegar a interpretar la intención del sujeto, lo que quiere decir. Uno podría pensar, estando sentado ahí escuchando al filósofo mexicano, que su intención es compaginar sus ideas con las del psicoanálisis. Pero, ¿qué pasa cuando no escuchamos a Beuchot, sino que más bien lo leemos? Tendríamos que dar un giro hermenéutico totalmente distinto. Según la tradición, la escritura envuelve la intención y la lleva lejos en el tiempo y el espacio, sin saber si llegará bien a su destino.

Pensemos en lo que decía Jean-Paul Sartre sobre escribir: “Es arrojar el libro al mundo, y en ese momento, ya no nos pertenece”. El habla está a la orilla del logos y de la intención, mientras que la escritura se deriva del habla: es una copia que no necesariamente es fiel.

Interpretación ————(vinculación)————— > lengua / la palabra

En su libro, Perfiles esenciales de la hermenéutica, Beuchot explica que la hermenéutica es la disciplina de la interpretación para la compresión de textos, es decir, colocarles en sus contextos respectivos (arte, ciencia). Nos muestra caras múltiples. Una vez más, los textos van más allá de las palabras, ya que tiene que haber más de un sentido en ellos para que pueda darse la hermenéutica. También, nos dice que hay 3 cosas en la interpretación:

  1. El texto
  2. El autor
  3. El intérprete

Habría que descifrar el código que da el autor sin perder de vista el significado que también le da (subjetividad). El objetivo de esto es la compresión del texto mismo, el cual tiene como intermediario o medio principal la contextuación, es decir, poner un texto en su contexto y aplicarlo al contexto actual. El problema de esto último es que en la conferencia de Beuchot, en efecto teníamos un texto (quizá su plática), pero teníamos a un autor que expone sus ideas mientras que ocupa el puesto del interprete, para los demás, de sus propias ideas. Pero también estaba siendo interpretado por otros intérpretes, mismos que al momento de exponer sus dudas (o sus soberbias), eran interpretados por el mismo Beuchot y por los demás intérpretes. De ahí que nos quede claro que toda interpretación conlleva una autointerpretación.

¿La hermenéutica es una ciencia o un arte?

Beuchot expresaba que se trata de las dos. Según Aristóteles, la ciencia es un conjunto estructurado de conocimientos en el que los principios dan la organización a los demás enunciados. También, el arte para el filósofo griego es un conjunto de reglas que rigen una actividad. Ahora, si lleváramos la hermenéutica al psicoanálisis, ¿qué pasaría? Mucho y nada. Paul Ricoeur señalaba que el psicoanálisis es como una hermenéutica incompleta, en tanto que sólo interpreta la arqueología del sujeto, fallando la escatología o el futuro del mismo.

Sin embargo, me atrevería a decir que estaba en un error, ya que el psicoanálisis goza de una interpretación silenciosa entre el analizando y el analista, entre dos sujetos, entre dos subjetividades. De hecho, el mismo Freud pretendía ubicar al hombre en la realidad, y para ello era necesario un apuntalamiento en la búsqueda filosófica de su propia adaptación con la realidad de modo aparte. Con esto lograba reforzar el principio de realidad. En el psicoanálisis, la intención de la interpretación no es otra sino la búsqueda del sentido que tienen las formaciones del inconsciente en el campo de la mente.

Si atendemos a la afirmación de Lacan que el sueño está estructurado con un lenguaje propio, por ejemplo, estaríamos apostando por sustituir el lenguaje onírico por otro, y así cumple con el objetivo de la interpretación psicoanalítica, el cual consiste en provocar una introspección en la que lo simbólico-onírico revele algo del inconsciente.

Regresando a Nietzsche, más bien creo que erró, pues sí hay hechos (o fenómenos) que son interpretados, dando paso a otros hechos y a inagotables interpretaciones. Pero creo que sería necesario entender lo que René Descartes buscaba con su Método, esto es, entender que hay muchas opiniones o perspectivas de la Verdad, pero que no son la Verdad. Y que el ser humano, en su gran pasión, busca por lo menos tener lo que las matemáticas sí ofrecen: certeza. ¿Qué en el psicoanálisis no buscamos la certeza de lo que hemos sido, lo que estamos siendo? El porqué, ese maldito y fantástico porqué… Y al abrir los ojos, Beuchot seguía hablando…

Los niños y el psicoanálisis

Queridos(as) lectores(as):

Una vez más, gracias por sus participaciones en esta página. Sus mensajes me llegan y trato de contestarles de manera personal, sin embargo, hay temas que han preguntado que me parece mejor contestarlos de manera general y que sirvan de entrada para este espacio. Son varios los que han escrito para preguntar sobre el psicoanálisis infantil. Así que comencemos con esto.

¿Por qué llevar a los niños al psicoanalista? Recordemos que los niños todavía no desarrollan en totalidad la capacidad lingüística como para poder expresarse, ellos todavía siguen aprendiendo e imitando a los adultos para poder relacionarse. Pero eso no los hace no perceptivos o tontos, muy por el contrario, ellos están observando y escuchando y van logrando una comprensión en verdad maravillosa, misma que se refleja justo en la clave para el análisis infantil: el juego.

El juego del carretel

Hay que recurrir al texto Más allá del principio del placer (1920) de Sigmund Freud, pues ahí es donde el padre del psicoanálisis hace su primer reflexión sobre el tema al ver jugar a su nieto. Freud nos comparte lo siguiente:

«Este buen niño exhibía el hábito, molesto en ocasiones, de arrojar lejos de sí, a un rincón o debajo de una cama, todos los pequeños objetos que hallaba a su alcance, de modo que no solía ser tarea fácil juntar sus juguetes. Y al hacerlo profería, con expresión de interés y satisfacción un fuerte y prolongado oooooh!, que según el juicio coincidente de la madre y de este observador, no era una interjección, sino que significaba Fort (se fue). Al fin caí en la cuenta de que se trataba de un juego y que el niño no hacía otro uso de sus juguetes que el de jugar a que se iban. Un día hice la observación que corroboró mi punto de vista. El niño tenía un carretel de madera atado con un hilo. No se le ocurrió por ejemplo arrastrarlo tras sí, por el piso para jugar al carrito, sino que con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por el hilo, tras la barandilla de la cuna, el carretel desaparecía y el niño pronunciaba su significativo ‘o-oo-o’, y después tirando del hilo volvía a sacar el carretel de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso Da (acá está). Ese era, pues, el juego completo el de desaparecer y volver».

Lo que sucede con el niño es que encontró la manera de lidiar con su renuncia pulsional. Es decir, tiene que ver con la satisfacción y el displacer el «desaparecer y volver» de su propia madre. ¿Qué pasa cuando un pequeñito pierde de vista a su madre? Desespera, incluso es capaz de llorar. En el ejemplo de Freud, el niño «toma el control» con el juego, ya que en la vivencia del acto de desaparición y posterior aparición de su madre, él era pasivo y era afectado por ese otro; pero ahora, es él el activo que dice cuándo desaparece y cuándo aparece el objeto. Así, podemos entender que el tema del juego va ligado con la repetición, ya que los niños escenifican todo aquello que les ha causado una fuerte impresión en distintos momentos. Pero el juego les permite adueñarse/apropiarse de las circunstancias.

Los símbolos y el juego

Tenemos que entender que el juego, por muy simple que parezca, es en verdad un laberinto muy complejo. No hay que caer en la tentación de creer que el juego se explica por sí mismo, porque en buena medida es menospreciar la capacidad racional de los niños. En el juego hay una gran variedad de símbolos que se deben someter a un sinfín de interpretaciones para intentar entenderlo.

Fue Melanie Klein la pionera (rivalizando con Anna Freud) en tratar de exponer una teoría respecto a la mente infantil desde el psicoanálisis. Ella decía que no era posible pensar a los niños sin pulsiones, miedos y deseos, más inconscientes que conscientes, expuestos por ellos en la fantasía. La fantasía es para los niños una herramienta para poder, antes que nada, expresar lo que el lenguaje no podría por el momento. Es decir, los niños se comunican mejor con la fantasía a través del juego. Lo que para muchos podría tratarse de un niño agresivo en el juego, lo que en realidad estamos viendo es una conducta que reacciona a una vivencia que le afectó y que no ha podido superar u olvidar. Es por ello que el juego es una comunicación indirecta. El juego también es clave para entender lo que sucede con el deseo de los niños, pues como se trata de una escenificación de control, también es reflejo de lo que ellos quieren. Sin embargo, es curioso cómo los niños pasan de lo pasivo a lo activo cuando interactúan entre ellos.

En la clínica infantil no hay diván

Ya para cerrar este brevísimo acercamiento al psicoanálisis infantil, es importante hacer ver que, irónicamente, las «reglas del juego» son muy distintas con el psicoanálisis de adultos. En el infantil se sustituye el diván por el piso, la asociación libre (de ideas) por el juego. Es importante que el analista entre al juego del niño, que se ponga a jugar con él o con ella. Aquí el análisis comienza con un «¿A qué jugamos?» y esperando a lo que dirán los niños.

Siempre es importante hacer modificaciones en el espacio analítico a modo que se preste para que los niños puedan, uno, entrar en confianza y no sientan la severidad de la seriedad típica de un consultorio «oscuro y frío» y, dos, se sientan los dueños del lugar. Una buena estrategia es tener una caja con distintos tipos de juguetes, para que los niños tengan de dónde escoger y, de ese modo, pueda comenzar el análisis propiamente, ya que lo que escogen es lo que nos empieza a dar idea de lo que quiere decir. El juguete, así como el acto mismo de jugar, será el medio perfecto para que los niños puedan expresar sus deseos, sus miedos, sus preocupaciones, sus molestias… pero sobre todo su amor.

Y no, queridos padres de familia, llevar a análisis a sus hijos no es porque sean locos o «no tengan remedio». Llevarlos al análisis es darles la oportunidad de aprender que, más allá del juego, hay un mundo que los necesita y que los quiere en él.

La importancia de un abrazo

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo que vengo pensando en este tema, mismo que he de confesar me ocupa lo suficiente, pues es en verdad enigmático lo que sucede antes, durante y después de ese acto tan «sencillo». Lo pongo entre comillas porque no lo es del todo, por mucho que guste de dar o recibir abrazos, siempre hay un trasfondo de afecto… y miedo.

Vamos a aclarar algo: dar un abrazo SIEMPRE es un gesto de apertura hacia el otro, pero sobre todo, hacia nuestra vulnerabilidad. Es decir, cuando se da un abrazo, existe la ocasión de apertura del sentimiento del que da y del que recibe; ocasión que posibilita un acceso a la intimidad misma. Y es el momento en el que más vulnerables estamos. Recuerdo la palabras de un antiguo profesor sobre esto precisamente: «Se le da la oportunidad al otro de amarnos o de matarnos». ¡Y es cierto! Porque cuando se extienden los brazos, irónicamente, ponemos a disposición del otro nuestros órganos vitales. Y me quedo con «ponemos a disposición», pues no es otra cosa que entrega y disposición hacia el otro. ¡Servicio!

Los abrazos… ¿en la clínica?

Sin lugar a dudas, uno de los temas que más dividen a los psicoanalistas o psicoterapeutas alrededor del mundo es el del contacto físico, ya que, al menos en la cuestión analítica, pone «en peligro la transferencia» entre el paciente y el analista. Pero, ¿exactamente por qué? Estoy seguro que muchos de mis colegas tendrán sus propias opiniones, muy respetables y sin dejar de ser cuestionables para los demás; pero el contacto físico, a mi modo de verlo, es parte de la demanda misma del paciente. Es decir, no sólo hablamos de atender su demanda de escucha, hay mucho en juego en cada caso y debemos tener cuidado de no perder detalle alguno. Pero hay que saber poner límites…

Estoy leyendo un texto, muy bello, de Irvin D. Yalom, reconocido psiquiatra y psicoterapeuta existencial estadounidense, el cual es El don de la terapia (carta abierta a una nueva generación de terapeutas y a sus pacientes), en el cuál da algunos tips o consejos para poder mejorar nuestras consultas. Y en el capítulo 63, justo trata este tema del que estamos hablando: No tenga miedo de tocar a su paciente. Les comparto un breve fragmento:

Para mí es importante tocar a mis pacientes -darles la mano, agarrarlos del hombro- y trato de hacerlo en cada sesión, por lo general al final de la hora, cuando los acompaño hasta la puerta. Si un paciente quiere sostenerme la mano más de lo habitual o quiere abrazarme, rehúso sólo si existe alguna razón importante, por ejemplo, cuestiones relacionadas con sentimientos sexuales. Pero, cualquiera que sea el contacto, le doy mucha importancia a referirme a la cuestión en la sesión siguiente; quizá algo muy simple como: «Mary, nuestra última sesión terminó de forma diferente: usted me tomó la mano con sus dos manos y la sostuvo un rato largo (o «usted me pidió un abrazo»). Tuve la sensación de que usted sentía algo muy profundo. ¿Qué recuerda de eso?». Creo que la mayoría de los terapeutas tienen sus propias reglas secretas acerca del contacto físico. Hace décadas, por ejemplo, un terapeuta muy competente, ya mayor, me dijo que durante muchos años sus pacientes tenían la costumbre de terminar cada sesión dándole un beso en la mejilla. Toque. Pero asegúrese de aprovechar ese contacto para el trabajo interpersonal»

Sin lugar a dudas es un tema complejo que merece muchas sesiones de debates casi interminables, pero comparto con el Dr. Yalom la idea de buscar la verdadera motivación de la acción humana. Siempre hay un por qué, ¡y por supuesto un para qué! Cuando permitimos eso en la clínica, es siempre una estrategia que nos brinda la oportunidad de ayudar al paciente a expresar lo inexpresable en su discurso. Un querido colega y amigo psicoanalista repite mucho: «El cuerpo es en sí un lenguaje que permite traducir el oral y el escrito».

¿Y fuera de la clínica?

Seamos sinceros, seamos humanos: todos necesitamos sentir el amor del otro. Un abrazo es una muestra muy sencilla de amor y afecto (evitemos las teorías paranoicas de traición y demás negatividades por un momento). Pero también es un regalo de hacer sentir al otro seguro y protegido. Sin embargo, como les decía en un principio, no es fácil, ni darlo ni recibirlo. Y me pondré de ejemplo para ello.

Durante muchos años, me había costado mucho el contacto físico con las personas, no importaba si se tratara de un familiar, de un amigo o un amable feligrés en la iglesia, para mí era algo totalmente insoportable e incómodo recibir un contacto físico. Después de varias sesiones con mi analista y de unos exitosos Ejercicios Espirituales, pude darme cuenta que no aceptaba el contacto físico, sobre todo y especialmente los abrazos, por no sentirme vulnerable con el otro. Por miedo al dolor, por miedo a la pérdida, por una mera cuestión de aprensión, debido a algunos problemas personales. En verdad me costó mucho trabajar con esto, pero lo he ido superando con el tiempo, ¡y me estaba perdiendo de mucho! No es malo sentirse vulnerable frente al otro, pero hay que saber con quién sí serlo y con quién no. Aunque la vida les puede sorprender…

Un abrazo es también aprender a soltar

Regresando a la cuestión clínica, este analista que les comentaba hace unos momentos, gusta de compartir una experiencia durante una sesión con una paciente:

Un día recibí a M, quien me habló desesperada pidiéndome que la viera aunque no fuera ni el día ni la hora de su consulta semanal. Cuando llegó, abrí la puerta, con lágrimas en los ojos y con la garganta casi cerrada, me dijo «¿puedo darle un abrazo?». Apenas había dicho «sí» cuando ya estaba ella rodeándome con sus brazos. Sorpresivamente, mis brazos reaccionaron. Alcancé a sentir que cuando mis brazos se debilitaban, M me abrazaba con mayor fuerza como si me estuviera diciendo «no me sueltes». Duramos así por unos 5 minutos, quizá. Cuando ella dejó de abrazarme, seguía llorando, pero ya podía hablar. Perdón y gracias, Dr. -me dijo-. Le sonreí y le indiqué que se recostara en el diván. Ese día, su padre había fallecido y no podía verlo, pues vivía en otro país.

M, la paciente de mi amigo, necesitaba ese abrazo, necesitaba sentirse protegida, necesitaba sentir amor en un momento de enorme dolor. Quizá necesitaba el abrazo de un padre, mismo que nunca volvería a tener, y mi amigo en la transferencia fue el que facilitaba eso. Después de aquella ocasión, no volvió a haber necesidad de más abrazos (rompiendo entonces con aquello que algunos afirman se vuelve costumbre).

En definitiva, un abrazo es la oportunidad de soltar, de dejar ir, es algo muy simbólico.

¡Los abrazo!

Padres: libros para sus hijos

«Si un hombre se imagina una cosa, otro la tornará en realidad«

-Julio Verne

Queridos lectores(as):

Esta semana estoy en mi retiro anual de Ejercicios Espirituales, por lo que dejo esta entrada programada. ¡Muchas gracias por sus inquietudes y peticiones de temas!

Sinceramente ya quería hablar sobre este tema con ustedes, es decir, el terrible acto que se está llevando a cabo contra la niñez y, por tanto, contra la juventud. ¿Me pueden decir qué temas de interés tan importantes puede llegar a tener un niño o una niña entre los 7 y los 14 años, como para que tenga un celular PROPIO? Dejen eso de propio, ¡tener un celular! Por favor, no es posible, ni tantito, imaginarnos a nosotros así justo cuando teníamos esas edades y «divirtiéndonos» con algo como eso. Es decir, nuestra infancia en verdad era eso: INFANCIA.

Un celular en la infancia es una ausencia

Déjenme les comento algo de suma importancia: darles a sus hijos esas tecnologías (celulares, tabletas, etc.), lo único que hace es demostrar que sólo se los quieren quitar de encima. Perdón, no hay otra manera de verlo. Estamos en una época posmoderna donde el sentido de familia se ha distorsionado casi al punto de poner en duda su existencia. Hoy ya no hablamos fácilmente de papás yendo con sus hijos a realizar actividades familiares sin que tengan que estar presentes esos «aparatejos». Lo único que logran en sus hijos es hacerlos sentir aparte, pero no de una forma sencilla, sino un sentimiento que se degrada aún peor: si mamá y papá no me quieren con ellos, porque no les importo, les pido cualquier cosa y me la dan. ¿O no?

De hecho, ¿por qué hacer que los niños se comporten como pequeños adultos? Hace unos días, revisaba un Stand Up del famoso Franco Escamilla (del que me declaro fan), el cual lleva de título «Princesas y dragones«; en ese monólogo, que en verdad me parte de la risa, él menciona algo muy cierto. Grosso modo dice que a las niñas pequeñas les dan de juguete un bebé, al cual deben alimentar y hasta «limpiar», logrando (parafraseando a Escamilla) que tengamos «unas huercas (niñas) muy estresadas». Pero es que en verdad, ¿en qué cabeza cabe todo eso? Sí, cierto, con ese tipo de juguetes las niñas van desarrollando de manera progresiva sus dotes como madres en potencia, ¡pero tranquilos con eso!

Una cultura de lectura

Ahora bien, recuerdo que cuando era niño, mis papás me daban muchos libros (de ahí mi amor por la literatura). Y no eran los libros de hoy al estilo Harry Potter o como Canción de Hielo y Fuego (Game of Thrones) que ciertamente son grandes aportaciones literarias; en aquellos años mis libros eran auténticos clásicos de literatura universal, por poner algunos ejemplos estaban El Hobbit y El Señor de los Anillos de Tolkien, El Conde de Montecristo de Alexander Dumas, Belleza Negra de de Ana Sewell, Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, Platero y Yo de Juan Ramón Jiménez, Cyrano de Bergerac de Edmund Rostand, etc…

«La literatura nace del paso entre lo que el hombre es y lo que quisiera ser«

-Mario Vargas Llosa

La literatura es una de las artes más bellas y nobles que engrandecen a la humanidad. Sin lugar a dudas hemos sido testigos de grandes obras literarias que nos acompañan a lo largo de nuestra vida y de las cuales siempre encontramos algo nuevo en cada nueva lectura. Y eso se debe, precisamente, al poder que la literatura tiene para afinar y mejorar nuestra imaginación. ¿O acaso olvidan qué fue el imaginar Narnia mucho antes de la aparición de las películas? ¿O no recuerdan las fantásticas aventuras de La Vuelta al Mundo en 80 Días? ¿O qué me dicen de las entrañables palabras de Hemingway en El Viejo y el Mar?

La imaginación puede ser la mejor herramienta que tengamos para luchar contra el tedio, generando en nosotros un apoyo para lidiar contra la frustración. Es por eso que es de suma importancia que los niños tengan libros desde pequeños, para que cuando sean más grandes puedan en verdad disfrutar textos de Fiodr Dostoievski, Paul Austen, Virginia Woolf, Hermann Hesse, etc., y demás maravillas que el mundo tiene que ofrecerles y ofrecernos.

Ya saben, un celular es para el momento, un libro para toda la vida.

Tiempo del encuentro

Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, agradezco mucho el apoyo brindado por ustedes a esta página, tanto por el hecho de que leen lo que se publica semanalmente aquí como por compartir el contenido. Además, claro, de los comentarios que hacen, sobre todo los que me hacen llegar a mi correo. ¡Es una experiencia edificante poder aprender desde sus propias inquietudes!

Hace unos días, recibí un correo por parte de Jerónimo, donde me pedía (además de información sobre cómo, dónde y con quién comenzar su análisis) si le podía ayudar a entender el tema del encuentro. Al principio, les confieso, se me hizo curioso que me preguntara sobre eso, porque francamente no me decía más. Después de un intercambio de correos, pude llegar a la intención de Jerónimo.

Definir el encuentro

Antes de continuar, quiero compartir con ustedes un breve relato:

Iejiel, el nieto de Rabí Baruj, jugaba una vez al escondite con otro niño. Se ocultó muy bien y esperó a que su compañero de juegos lo encontrara. Después de aguardar un largo tiempo salió de su escondite, mas no vio a su camarada en ninguna parte. Entonces comprendió que éste en ningún momento lo había buscado. Esto lo hizo llorar, y llorando corrió hacia su abuelo y se quejó de su desleal amigo. Entonces los ojos de Rabí Baruj se llenaron de lágrimas y murmuró: “Dios dice lo mismo: Yo me escondo pero nadie quiere buscarme”. (Cuentos jasídicos)

Para poder comenzar con este tema, es preciso que nos centremos en la corriente filosófica del personalismo. Primero, ¿qué es el personalismo? Es una corriente que pone a la persona como centro, concediéndole rasgos relacionales, sociales, trascendentales desde su propia libertad y valor propio. Esto, evidentemente, se desarrolla desde una perspectiva moral. Ahora bien, el encuentro es precisamente la forma o la manera de relacionarse de la persona justo en una relación interpersonal. Para esto, es necesario que exista antes una comprensión de la misma existencia humana con el fin de lograr cambios o transformaciones radicales de sus nociones o conceptos, siempre bajo un análisis ético. Y, como vimos en una entrada anterior en la hablamos sobre Levinas, nos resulta de suma importancia comprender que, sin el otro, no puede haber un encuentro.

La alteridad y la soledad

Para que se pueda producir un encuentro con el otro, es importante tener en cuenta lo siguiente:

  1. Trascendimiento: no es otra cosa que dejar que el otro sea eso, un otro. Esto implica renunciar al intento de objetivación para poder dar posibilidad a la condición de sujeto al otro. Es vital entender que también se renuncia a un juicio crítico total sobre el otro (sentencia por el prejuicio). Dejarle ser en apertura a su propia dimensión de potencialidad.
  2. Asumir la soledad: hay que tener presente que la soledad es una dimensión existencial que permite que cada sujeto se adueñe o se apropie de su propia vida, viéndose a sí mismos como lo único e irrepetible, aquello que es singular y aspira a ser auténtico. Sobre todo es asumir que se es alguien irremplazable.

Pero, ¿asumir la soledad es negación de todo tipo de relación? No, de hecho, la soledad es precisamente la primer relación del Yo. Es decir, el yo que se relaciona consigo mismo (Kierkegaard habla del espíritu para explicarlo). Pero para poder ejercer esa soledad, necesitamos un mundo en común para que así pueda existir la alteridad, en otras palabras, para que se facilite el encuentro entre soledades.

Regresando a Iejiel…

Esas palabras «yo me escondo pero nadie quiere buscarme» son las que tenemos que tener más que presentes. Mi querido amigo, Joseph Knobel Freud, una vez compartió el caso de un pequeño paciente suyo. Al final, lo que el pequeñito quería era que lo buscaran, que lo encontraran. ¿Qué no es acaso algo que queremos todos? Es decir, que nos encuentren. Pero cómo queremos que eso pase si nos encontramos cual vagabundos, a la deriva por la vida sin saber exactamente dónde estamos y, mucho menos, qué estamos haciendo. Sucede que «ahí/aquí estamos», pero no nos queremos buscar, porque al parecer nos da miedo encontrar algo que no estamos siendo, algo que no le hemos mostrado al mundo: lo que somos.

Es importante centrar nuestra mirada en nosotros mismos, descubrir que necesitamos la oportunidad de ser lo que somos sin miedo. ¿Qué podría pasar? Dice la sabiduría popular «siempre hay un roto para un descosido». El problema es querer encajar. Habría que preguntarse por qué y para qué. Y eso, al final, nos descubriría que sólo estaríamos perdiendo el tiempo. Cuando uno se «anima» a dejar de pretender ser lo que no es, logra un encuentro consigo mismo, haciendo que los demás encuentros se den de manera más natural, no forzados.

Crisis existencial, ¿por qué?

La forma más pura de la desesperación es no ser quien realmente se es

-Kierkegaard

Queridos lectores(as):

En una época tan impredecible como lo es la nuestra, es muy común que haya un malestar generalizado conocido popularmente como «crisis existencial». Pero, ¿exactamente qué es? Si nos remitiéramos a una definición sencilla sería el no encontrar sentido en esta vida. Si profundizáramos más en ello, daríamos con un sin fin de pensamientos que nos llevan de la mano hacia la tristeza, el dolor, el miedo, la frustración, la desesperación.

Me parece que lejos de no haber un sentido de vida, lo que hay, más bien, es represión. ¿De qué? De lo que somos. ¿Por qué? Porque a nadie se le da gusto. Pero… ¿qué no acaso a quienes tendríamos que darle gusto, en primera instancia, tendría que ser a nosotros mismos? Sí, de hecho así tendría que ser, pero lo cierto es que estamos demasiado expuestos al otro, a manera de rendirle cuentas y satisfacer todo lo que espera de nosotros. Pero es un poco más complejo, porque ese otro es demasiado abstracto, es decir, no es un otro determinado, y más bien deberíamos orientarlo hacia el famoso Superyó freudiano. Esa «instancia» tan exigente, demandante y represora que nos hace ser todo, menos lo que somos. ¿Y qué somos? Bueno, eso ya depende de cada uno y lo que se niega a aceptar de sí.

Dime, ¿quién eres?

Recuerdo una escena en especial de la película cómica Locos de Ira (Anger Management, 2003), en la que el iracundo-pasivo de David Buznik (Adam Sandler) se ve cuestionado por el polémico terapeuta Buddy Rydell (Jack Nicholson) mientras se encuentra en una terapia de grupo. Les desarrollo el diálogo:

-Dave, háblanos sobre ti. ¿Quién eres?

-Pues, soy un asistente de ejecutivo en una compañía de productos para mascota.

-Dave, no quiero saber a qué te dedicas. Quiero que nos digas quién eres.

-Está bien. Soy un tipo bastante bueno. Me gusta jugar tenis, a veces…

-Tampoco tus pasatiempos, Dave. Mantenlo sencillo. Dinos quién eres.

-Yo sólo… ¿no me puedes dar un ejemplo de una respuesta correcta? -en eso voltea Dave y le pregunta a Lou, otro de la sesión grupal, qué contestó, mismo que se ríe-

-¿Quieres que Lou te diga quién eres? (Todos se ríen y ponen a Dave un tanto incómodo)

-No, yo sólo… soy un hombre amable, despreocupado. Quizá soy un poco indeciso a veces.

-Dave, nos estás describiendo tu personalidad. Quiero saber quién eres.

-¿Qué diablos quieres que te diga? (Dave contesta desesperado y explotando)

Un momento bastante incómodo y desesperante, sin lugar a dudas, cosa que nos resulta tremendamente familiar cuando experimentamos esas «crisis existenciales», donde resaltan preguntas de nosotros hacia nosotros mismos: ¿qué estoy haciendo? ¿qué hago aquí? ¿por qué no soy feliz? ¿por qué soy así?… ¿Les suena?

La crisis existencial o la falta de sentido se origina, principalmente, en nuestra incomodidad ante los momentos difíciles de nuestra vida. Momentos en los que creemos que no somos suficientes, que no podemos con las cosas, que las personas nos lastiman una y otra vez sin saber por qué si «supuestamente nos quieren, supuestamente no tendrían que ser así con nosotros porque no somos así con ellos», etc. Lo cierto es que lo que nos falta es perspectiva del momento. Nos hace falta salirnos un poco de nosotros mismos y contemplar con objetividad lo que estamos viviendo. Y eso, muchas veces, nos resulta imposible, ya que en la cultura en la que nos desarrollamos, se nos prohíbe de un modo u otro, porque eso sería ser «egoístas», «envidiosos», «narcisistas».

Pero… ¿por qué?

Es momento de escuchar(se)

¿Qué pasa cuando tenemos gripe? Vamos al médico. ¿Qué pasa cuando tenemos un examen en la escuela? Estudiamos. ¿Qué pasa cuando tenemos hambre? Comemos. Bien dicen que la vida es sencilla, es sólo que nos encanta complicárnosla. Muchas veces, la respuesta al problema que estamos pasando se encuentran en nosotros mismos, pero pareciera que estamos a la espera de que alguien más lo resuelva y que nos rescate. Una tradición bastante peligrosa, ya que nos inutiliza frente a la vida.

Simple y sencillamente, no podemos ir por la vida esperando que los demás resuelvan nuestros problemas o que nos digan qué hacer (¡mucho menos que nos digan quiénes somos o quiénes se supone que debemos ser!) Uno de los problemas más importantes de la vida ética es que se centra en el deber ser, es decir, en lo que debería ser. Cuando las personas hacen las cosas porque les dijeron que así tenía que ser o que las tenían que hacer de tal modo porque de lo contrario estarían haciendo algo malo, caemos en la peligrosa tendencia de no cuestionar el porqué de las cosas. Hacer por hacer es no hacer nada realmente. Hay que poner en duda para poder entender, para poder hacer. Al final, ¿qué no se supone que deberíamos hacer las cosas porque queremos?

Si aplicamos lo anterior al ser por ser, sin hacer un análisis sobre nuestra propia vida, sobre nuestra relación con el mundo (incluso para los creyentes sobre su relación con Dios o con su fe), nos daremos cuenta que las crisis existenciales se desarrollan en plenitud en nuestras vidas con el pleno derecho que les damos. A veces, las crisis existenciales no son sino una oportunidad para poder identificarnos a nosotros mismos entre la multitud.

Para concluir, retornemos a Kierkegaard por un momento: «Debo encontrar una verdad que sea verdad para mí». Esta sentencia que abre paso hacia el existencialismo, nos dice que es más importante vivir para luego poder descubrir aquella verdad que es en sí personal, sobre la cual habremos de fundar nuestra propia existencia, nuestro propio sentido de vida.

No tengan miedo a buscar ayuda para ello. Quizá lo que más necesitan en este momento es a ustedes mismos, escucharse, darse tiempo a ustedes mismos. Una asesoría terapeútica podría ser un gran regalo de ustedes para ustedes mismos. Hoy ya no es un tabú. Si están interesados, les recuerdo que me pueden escribir a mi correo y podré orientarlos: psichchp@gmail.com

Cuando un ser amado ha muerto

Queridos(as) lectores(as):

Quisiera hacer una recomendación oportuna: hagan lo que hagan, no dejen de llorar a la persona amada que ha muerto. Porque de no hacerlo, por «hacernos los/las fuertes», podemos sufrir muchísimo más de lo que realmente deberíamos. Bien dicen que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento se puede controlar. Desgraciadamente, en la posmodernidad en la que nos encontramos prisioneros, queremos que todo pase rápido, efecto de la inmediatez. Todo toma su tiempo, no hay que apresurar las cosas.

Sobre el duelo, Freud diría que «es la reacción frente a la pérdida de una persona amada, o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.» Sobre esto, a través de la experiencia clínica, debemos resaltar que no se trata de un estado patológico, ya que con el pasar del tiempo, logra superarse. Y es cierto, ya que el dolor y la tristeza que se experimentan, sin darnos cuenta, se va tornando en ternura y el recuerdo ya no duele, nos puede poner tristes, claro, pero ya no es la misma intensidad, ya no es el mismo sentimiento de «desgarre». ¿Qué no acaso cuando perdemos a un ser amado, nuestra vida parece que pierde sentido? Pareciera que el mundo exterior deja de importarnos y nos quedamos «apachurrados», como si nadie fuera capaz de consolarnos. Pero es cierto, nadie lo puede hacer, porque en el velorio no es que falten las palabras, sino que más bien sobran.

Incluso para los creyentes más cercanos a su fe, no pueden dejar de ser humanos en tan triste momento. De ahí aquella pregunta que hace E.S. Discépolo en su famoso tango Canción desesperada: ¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste? Los creyentes quisieran que ese padre amoroso estuviera ahí, a un lado, acompañándoles y dándoles una esperanza. Es que la muerte del otro es el nacimiento de nuestra desesperanza. Pero, siguiendo la fe cristiana, ¿qué no acaso un «adiós» conlleva el anhelo de un pronto encuentro? Es ahí donde la fe puede ayudar al creyente a aferrarse a algo en tan gris momento. ¿Y qué pasa con los no creyentes? Bueno, siempre podrán contar con alguien más para sobrellevar su duelo.

Es de suma importancia aceptar que la persona ha muerto, ya que si nos empecinamos en negarlo, nos imposibilitamos a nosotros mismos de todo lo que se debe hacer a partir del evento, haciendo que nuestras demás relaciones se vean comprometidas y severamente juzgadas por nuestra parte. Aceptar que el otro se ha ido y que nosotros nos quedamos. (Esto es práctico: no te mueras con tus muertos, ya que la verdadera herencia que dejan somos los que seguimos aquí. Hay que vivir por ellos lo que ya no podrán, pero sin dejar de ser nosotros mismos, es decir, no vivamos una vida que no nos corresponde).

También debemos deslindarnos de los recuerdos que resultan una verdadera sobrecarga en nuestro pensamiento. Ir lidiando con los recuerdos de un momento a otro, dándonos pausas. ¿De qué sirve torturarse con recuerdos sobre cosas no dichas, cosas no hechas? En otras palabras, saber recordar al difunto con alegría y agradecimiento. Todo a su tiempo. Las culpas ya no existen. Hay que saber perdonar (y así aprenderemos a perdonarnos a nosotros mismos). El otro ya no está, pero seguirá estando. Bien enseñaba el filósofo francés, Gabriel Marcel, que «decirle te amo a alguien, es decirle tú no morirás». La memoria nos permite mantener con vida a nuestros seres amados. De hecho, tiene que ver con la búsqueda de los antiguos griegos de la inmortalidad: seguiremos vivos hasta que dejen de recordarnos (de ahí la importancia de la festividad mexicana del Día de Muertos).

Con todo esto, me atrevo a negar aquello que decía Borges: «Ya no es mágico el mundo. Te han dejado». Es decir, sí, nos han dejado, pero nos han dejado para seguir viviendo, para seguir viendo por los que ellos no podrán ver, ser la compañía de los que sienten solos, aunque ni siquiera los conozcamos. La magia seguirá existiendo, aunque haya muerto el mago.

Un fraternal abrazo a ustedes, que quizá al estar leyendo esto, están llorando a un difunto.