En el camino de la desesperación

Queridos(as) lectores(as):

Una disculpa, antes que nada, pues tuve que detener el ritmo de publicación semanal debido a que, para serles sincero, no tenía sobre qué escribir. Y siendo todavía más sincero, no es que me faltaran temas, me faltaban «ganas», «motivación» y «poder soltarme escribiendo». Tal como me ha pasado, esto está siendo muy recurrente en muchas personas; existe una cierta frustración, un deje de inquietud negativa y, por supuesto, desesperación. Vamos a quedarnos con ésto último. La desesperación está haciendo mucho ruido en las personas, ya que el COVID-19 es una pandemia que no sólo nos paraliza en cuestión de salud, sino en el tema laboral y, por ende, en el económico.

¿Qué hago?

Tristemente, muchas personas han perdido sus trabajos y con ello el ingreso necesario para poder vivir aunque sea sin presiones. He leído en varios espacios que el COVID-19 dio una estocada al capitalismo, y aunque en muchos de esos artículos hay una pretensión en demasía exagerada, no podemos negar que en buena parte es cierto: esto no acabará al capitalismo, pero sí lo está modificando. Los trabajos de antes están evolucionando, y es algo bueno, aunque el proceso es lo que está desquiciando a las personas. Claro, no estábamos listos para este evento a nivel mundial, pero hay que reconocer que las raíces de nuestra desesperación no se debieron a esto. ¿Qué llevamos arrastrando?

Si tomamos la definición del filósofo danés, Sören A. Kierkegaard respecto a la desesperación, podemos decir que se trata del «morir sin morir». Definitivamente es una experiencia terrible, una incertidumbre que nos desgarra. ¿Qué hacer? ¿Cómo? ¿Dónde? Tantas preguntas que parece que terminan con otra: ¿y ahora qué? El escenario es nada alentador. Si accedemos a las noticias, pareciera que estamos estancados en un punto en el que sólo hay noticias malas después de otras. Hace unos días un amigo me decía alarmado: «Héctor, no inventes, el coronavirus es algo horrible, y ahora ya hay cepas del mismo, que son más infecciosas. ¡Y ahora resulta que las vacunas no pueden con ellas!». La desesperación es más que evidente.

El tema aquí es que hay un desgarre de nuestra concepción espacio-temporal mientras estamos desesperados. Es decir, usando una jerga moderna psiquiátrica, se genera una ansiedad que nos hace desesperar por algo que todavía no ha pasado y que, en muchas ocasiones, no tiene por qué suceder. Muchos dirán ante eso «qué exagerados», pero es una realidad insoportable que miles de millones de personas están enfrentando a diario.

Afrontar y aceptar

Quisiera compartir algo personal con ustedes. Mi papá tiene 80 años, ya es una persona «entrada en años», que desgraciadamente tiene problemas de salud, tales como la hipertensión y la deficiencia renal. Si bien está controlado y dentro de lo que cabe «está bien», es muy difícil lidiar con algunos eventos que suelen pasar de un día a otro: fatiga, cansancio emocional, el famoso «no tengo nada» cuando parece que tiene de todo, y también la depresión natural que lleva cargando desde hace 5 años que falleció mi mamá. Soy hijo único y me tocó lidiar con esto. Es difícil, más cuando te encuentras en una posición en la que «estás solo» ante una emergencia. Claro que están mis amigos y algunos familiares, pero no están las 24 horas con nosotros, cosa que es perfectamente entendible.

Les comparto esto porque me parece importante que reconozcamos lo que «nos ha tocado vivir», y más en este tiempo de pandemia. Las cosas no son para nada fáciles. Muchos estamos pasando por momentos muy complicados y es perfectamente entendible que nos quedemos atrapados en episodios de desesperación. Pero hay algo que estamos pasando de lado, y es que mientras estamos así, caemos en el auto reproche y en el hacernos menos a nosotros mismos. Eso pasa cuando nos olvidamos que no estamos solos aquí, que las cosas que pasan no dependen al 100% de nosotros. Olvidamos el mundo exterior, las causas y los efectos de las que somos parte de un modo u otro. Nos olvidamos de la vida.

Platicando con mi papá ayer, le decía: «Sí, entiendo que estés desesperado y que te sientas mal por lo que estamos pasando, pero es justo lo que estamos pasando, ¿qué podemos hacer al respecto? ¿Se puede hacer algo?». La idea de hacerle ver eso es justamente para regresarlo a lo que llaman «el aquí y el ahora». ¿Qué está en nuestras manos en este momento? La desesperación, una vez más, nos plantea posibilidades por lo general negativas y que sólo nos hunden más y más en la depresión. Abrazar la vida es aferrarse al momento y poder observar lo que existe en ello.

Si puedes, ve a terapia

Cuando pasé por un momento muy complicado hace unos años, una amiga muy querida me dijo una cosa que puede no ser «la gran cosa», pero que realmente lo es: «No tienes que poder con todo, ni ahora ni siempre». Hay que recordar que vivimos en una cultura que nos exige demasiado de nosotros mismos, cosa que desgasta y termina por acrecentar los problemas que ya de por sí teníamos. En encuentros anteriores, he dicho una y otra vez que este mundo necesita empatía, amor y ternura. Y es curioso, porque muchas veces buscamos todo eso y no lo encontramos. Nos da miedo incluso expresar esa necesidad, mejor dicho, eso que queremos.

En 2020, la demanda terapéutica creció considerablemente. Y era de esperarse, la desesperación por todo lo que hemos estado viviendo desde entonces tiene que encontrar un modo de expresarse para alivianarnos, para poder tener un poco de calma. Hay que entender que para muchos el ir a terapia es un lujo, pues implica un gasto adicional. Del mismo modo, existen grupos o propuestas que ofrecen atención en salud mental de modo gratuito. Hay opciones. ¿Qué los detiene? Tenemos una ventaja que la pandemia nos ha dado, la posibilidad de tener sesiones en línea, mismas que no le gustan a muchos, pero que hay que ver desde la perspectiva de «es lo que hay», así que habría que aprovecharlo.

En el camino de la desesperación, nunca se está solo, siempre hay quien nos acompañe.

¿Te gustaría comenzar tu análisis?

Te dejo mis datos, quedo a tus órdenes.

55-27092545 (WhastApp México)

Si no eres de México, igual ponte en contacto.

psichchp@gmail.com

Nos hemos vuelto extraños

Queridos(as) lectores(as):

Los días pasan y la vida sigue, a pesar de la circunstancia de pandemia, no podemos hacer sino continuar con lo que nos toca. Hace unos días, una persona cercana a mí me comentó que sentía que «este tiempo le cambió la perspectiva sobre las personas». ¿A qué se refería? En un momento de tierna confesión, me aseguró que las personas no eran lo que creía, que nos habíamos vuelto extraños, pero más interesante aún es que esa persona se asumía otro extraño más.

«El más personal de mis libros…»

Es probable que Friedrich Nietzsche sea uno de los autores más polémicos, no tanto por lo que escribió, sino por la manera en la que hemos recibido e interpretado su pensamiento. Pero sin lugar a dudas, es un autor que debe ser leído en estos tiempos. ¿Por qué? Porque se necesita volver a la intimidad misma del ser humano, ir más allá de sus propias motivaciones y encontrarnos frente a frente con lo que somos, lo que estamos siendo. Nietzsche es un autor que atrapa al leerlo. Uno de sus textos, La gaya ciencia (o La ciencia jovial), en sus propias palabras dirigidas a su entonces amigo, Paul Ree, justo se volvió el más personal de sus libros. Debatible por muchos especialistas, pero no debemos ignorar la expresión del filósofo alemán.

De hecho, justo en un punto del mencionado libro, encontramos lo siguiente:

«Éramos amigos y nos hemos vuelto extraños. Pero es bueno que sea así, y no trataremos de disimularlo ni de ocultarlo como si debiéramos avergonzamos por ello. Como dos navíos con rumbos y destinos propios, podernos sin duda cruzarnos y celebrar juntos una fiesta al igual que hacíamos antes. Así, esos buenos navíos descansaban el uno junto al otro en el mismo puerto, bajo el mismo sol, tan serenos como si hubiesen llegado a la meta, su mismo destino. Pero luego la llamada irresistible de nuestra misión nos impulsó de nuevo a alejarnos el uno del otro, cada uno por mares diferentes, hacia tierras y bajo soles distintos, quizás para no volvernos a ver nunca, quizás también para volver a vernos una vez más, pero sin reconocernos; ¡los mares y los soles distintos nos deben de haber cambiado! La ley que existe por encima de nosotros quiso que llegásemos a ser extraños el uno al otro; por eso mismo, debemos respetarnos más entre nosotros. Por eso mismo debe resultarnos más sagrada nuestra antigua amistad. Es probable que exista una inmensa curva invisible, una inmensa vía estelar donde nuestros rumbos y metas divergentes se hallen inscritos como ínfimos trayectos. ¡Elevémonos a este pensamiento! ¡Pero nuestra vida es demasiado breve, nuestra vista es demasiado débil para que podamos ser más que amigos en el seno de esta posibilidad sublime! Por eso queremos creer en nuestra amistad de estrellas, aunque debamos ser enemigos en la tierra». (Nietzsche – La gaya ciencia, §279)

El encuentro en nuestra vida con el otro es un misterio que tarde o temprano tenemos que abordar. No sabemos nunca qué es lo que pasará, qué es lo que viviremos, qué es lo que podemos esperar. Sin embargo, de cierto modo apostamos a favor (a veces en contra) de la posibilidad misma. Queremos pensar, por ejemplo, que esa relación será hermosa, divertida, que tendremos con quién pasar ratos agradables y, sobre todo, que siempre le tendremos con nosotros. Pero, ¿exactamente en quién estamos pensando? ¿En el otro o en la idea que tenemos del mismo? Nietzsche es punzante con su escrito: «¡los mares y los soles distintos nos deben haber cambiado!».

Al remover el velo

Ciertamente, nos encontramos con un problema grande: afrontar lo que es. Como ya hemos visto en otras ocasiones, la ilusión de poder (o de control) es una traba muy grande en nuestra vida. Y, por desgracia, muchas de nuestras relaciones se ven sumidas en esa ilusión. También es cierto que el ser humano huye del dolor o del displacer, cosa que debería servir en nuestro análisis sobre nuestras relaciones. Cuando asumimos que una persona es de un modo, según nuestra perspectiva, la asumimos dentro de la comodidad de aquello que creemos controlar, sobre lo que tenemos poder. Por eso es que cuando las cosas salen de un modo que no esperábamos, la desilusión se hace presente y se cae la imagen del otro.

Al volvernos extraños, curiosamente, es cuando nos mostramos como somos. Somos extraños ante el ojo, ante la esperanza del otro. Es interesante porque es algo que sucede entre el yo ideal y el ideal del yo. Pero también hay amor de por medio, por eso que hay un dolor psíquico. El Dr. Juan David Nasio dice lo siguiente: «Nuestro amado es nuestra carencia. Nuestro amado es más que una persona exterior, es la parte de nosotros mismos que centra nuestro deseo». Por tanto, cuando esa persona amada se descubre como lo que es, no es que nos provoque dolor, nos duele nuestra propia ilusión destruída.

Trabajar la relación… ¿conmigo mismo?

¿Alguna vez han escuchado aquello que dice «no es lo que quieres, sino lo que necesitas»? Confrontar al deseo es quizá una de las cosas más complicadas que el ser humano puede hacer por tantas cosas que le atraviesan. ¿Quién es fiel a su deseo que busca satisfacerlo sin importar las consecuencias? ¡Qué interrogante! Habrá quienes digan que sí, que son capaces de ello, pero luego descubren que el velo también se recorre de ellos y las cosas no son las que decían. La relación con uno mismo es una relación de por vida. No por nada el «conócete a ti mismo» es quizá uno de los imperativos más «chocantes», uno de los esfuerzos más desgastantes.

Hace unos años, les decía a mis alumnos de preparatoria: «No olviden que ustedes son el otro para el otro». Si hablamos del reconocimiento que buscamos, estamos hablando del reconocimiento que buscan por parte de nosotros. Ver al otro en su alteridad es facilitar la apertura hacia nuestra propia falta, cosa que si terminamos por aceptar, nunca tendremos nada que ocultar.

Itaca o sobre el viaje por la vida

Queridos(as) lectores(as):

Antes de que avancemos en este encuentro, quiero compartirles un poema de Konstantino Kavafis (1863-1933), precisamente titulado Itaca:

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

El poeta griego hace referencia al hogar del héroe homérico, Ulises/Odiseo, y por tanto a su viaje. ¿Pero cuál es la intención del autor? ¿Qué quería compartir Kavafis? Una reflexión entorno al disfrute de la vida.

Disfrutar una pausa…

Hoy más que nunca estamos a la deriva. He escuchado muchas veces que «hay que resistir». ¿Resistir qué? ¿A quién? Me parece que no es otra cosa que a nosotros mismos. Estamos atrapados con mil dudas, mil temores, mil angustias. Pero, ¿qué tan reales son? Platicaba con una querida amiga y colega hace unos días y me insistía en algo: «Disfruta la vida como niño… ¡siempre puro!». ¿En qué momento de nuestro crecimiento nos olvidamos de, precisamente, disfrutar? Los niños son fantásticos, grandes maestros de la vida y muchas veces los ignoramos, no escuchamos sus fabulosas enseñanzas por la sencillez de su existencia. La existencia, decía a mis alumnos, es en sí sencilla, pero mientras más crecemos más nos la complicamos.

Mi mamá tenía un hábito curioso. Le gustaba mucho caminar por la calles, ir y venir, en verdad era algo que disfrutaba. Pero siempre que se encontraba una flor en su andar, se detenía a olerla, a contemplarla, incluso a platicarle. Y era feliz con ello. Tengo el vivo recuerdo de esas veces que me tocó verla. Era interesante porque, por «mucha prisa que llevara, siempre había tiempo para disfrutar una pausa». Disfrutar una pausa… ¿cuántos somos capaces de eso? La verdad es que todos, pero siempre encontramos un pretexto para negárnoslo.

¿Qué esperamos de la vida?

Cuando daba clases, me gustaba irme a sentar al patio de la escuela para «distraerme» un rato de lo académico. En una ocasión, me senté en una banca que estaba a un lado de un salón de primaria, justo cuando la maestra les preguntaba a los niños «qué esperaban de la vida». E insisto, los niños tienen las claves que nosotros buscamos desesperados en lugares complicados. Recuerdo bien 3 respuestas:

-Divertirme mucho.

-Estar con mis amigos.

-No cansarme nunca.

Aristóteles hubiera estado muy contento al escuchar eso. Al final de cuentas, la vida por sí misma no tiene ningún sentido, es el ser humano el que le brinda su sentido en cada momento, y es algo que se actualiza constantemente. Hoy, con esto de la pandemia, nos olvidamos de tantas cosas. Parafraseando a Schopenhauer, muchas veces hablamos de lo que nos falta, pero no de lo que tenemos. Y lo que tenemos, es vida. ¿Qué más? Pero nos encerramos en el dolor, en la tristeza, en la negación de la misma vida. Y esto lo digo también por mí: nos olvidamos de nosotros mismos en la existencia.

A veces, lo único que hace falta es «darnos cuenta». ¿De qué? De todo…

Avanzando a través de la tormenta

Queridos(as) lectores(as):

¿Qué hemos aprendido, hasta ahora, con la pandemia? Las respuestas pueden ser varias y en verdad muy distintas, pero me queda claro que habrá algunas en las que logremos coincidir. Hay una que me inquieta, que es la que tiene que ver con la salud mental. Cierto es que esta pandemia nos ha puesto a los límites, entre el miedo al contagio y el dolor por la pérdida de seres queridos; la impotencia de no poder hacer nada y la espera, larga y prolongada, de los sistemas de salud y la dependencia que tenemos de ellos por el tema de la vacuna contra el COVID-19.

Debemos ser claros en decir que las vacunas han salido en tiempo récord, y son esfuerzos que debemos agradecer a todos los que se han puesto a la tarea de dar una respuesta ante el gran problema que atravesamos a nivel mundial. Justo ayer estaba leyendo unos textos del escritor francés, Víctor Hugo (1802-1885) y me topé con lo siguiente: «Las emergencias siempre han sido necesarias para progresar. Fue la oscuridad la que produjo la lámpara. Fue la niebla la que produjo la brújula. Fue el hambre lo que nos llevó a la exploración. Y tomó una depresión para enseñarnos el valor real de un trabajo». La pregunta que me gustaría formularles es: ¿qué emergencia los ha hecho necesariamente progresar?

La terapia y los prejuicios

En encuentros anteriores, y como uno de los fines de éste blog, he tratado de promover el romper con los prejuicios que existen sobre las cuestiones que existen sobre la salud mental. Es importante que lo hagamos, porque hoy más que nunca está quedando en evidencia que las personas están cayendo más y más en profundos estados de estrés, depresión, ansiedad y demás promovidos por el miedo, la inseguridad, la tristeza y el dolor.

Hay muchas referencias que podríamos encontrar sobre por qué ir a terapia (psicología, psiquiatría, psicoanálisis), pero nos perderíamos en los infinitos disfraces del deseo individual. Si bien es cierto que uno no va al psicoanálisis, por ejemplo, porque lo necesite sino porque así lo quiere o así lo desea, la idea de ir a terapia nos demuestra que necesitamos del otro para poder hablar o desahogar el malestar.

Si bien la noción «ansiedad» es algo muy compleja y abstracta, debemos reconocer que hoy por hoy es muy recurrente en las conversaciones que tenemos con familiares y amigos. «Me siento ansioso», «esta ansiedad me está matando», etc. ¿Y cómo no? La ansiedad se desarrolla muy apegada a la obsesión que podemos desarrollar debido a la falta de control que tenemos sobre algo o, incluso, alguien. Por tanto, la ansiedad es la caída de nuestra ilusión de control. Y duele… mucho.

El silencio incómodo

Uno de los prejuicios que predominan respecto a la salud mental no es otro sino el «temor» de expresar lo que estamos sintiendo a otro. Es un tema que quizá lo podríamos abordar desde un agente cultural, pero es de sumo interés enfocarlo hacia nuestro propósito clínico. «No pasa nada», «tranquilo(a)», y demás expresiones que tememos escuchar. Pero el dolor mental es tan real como el físico. Tomando parte de un poema de Frieda Fromm-Reichmann, «nunca te prometí un jardín de rosas», tendríamos que pensarlo y aceptarlo. ¿Quién nos ha prohibido llorar y lamentarnos por las cosas que también nos pueden pasar?

Si fuéramos un poco más empáticos con los demás, aprenderíamos a serlo con nosotros mismos. Muchas veces nos presionamos tanto que nos negamos el derecho a llorar, a rendirnos, a decir «ya basta, no puedo más». ¿Eso es ser débil? No, por supuesto que no. Es un reconocimiento de nuestra existencia de manera sincera y humilde. ¿Quién puede estar todo el tiempo «bien» sin que nada le perturbe? No debemos descuidar las cosas pequeñas, cosas como una pequeña espina que quizá no seamos tan sensibles por ella, pero que de cualquier modo está ahí generando una molestia. El silencio es justo la oportunidad que tenemos de escuchar el escándalo de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestro lastimado ser. ¿Por qué negarnos la posibilidad de dejarnos caer?

Duele porque está sucediendo

Hace unos días, escuchaba a una vecina «regañar» a su hijo porque el pequeño le pedía poder salir a la calle a jugar con la pelota. Escuchaba en el llanto del niño una auténtica desesperación. Si como adultos llegan momentos en los que estamos hartos de estar encerrados (los que tenemos el privilegio de poder hacerlo) para evitar enfermarnos, ¿se imaginan lo que pasa con los niños? Pero llegó un punto en el que el pequeñito dijo algo muy interesante: «me duele no estar ahí afuera». Toda la experiencia que supone estar afuera ha de ser algo que en su imaginario le está costando mucho asimilar como una prohibición (por muy preventiva que sea).

Por un lado tenemos el miedo de la madre y por el otro la desesperación del niño. Dos cosas que duelen y calan terriblemente. Después de unos minutos, encontraron una actividad que podría ayudarles a ambos a lidiar con el encierro y los llantos pasaron a ser risas. Pero, aún así, hay un deseo insatisfecho que tarde o temprano volverá a hacerse presente.

En fin, todavía hay mucho por hacer antes de que pasemos por esta tormenta, pero sí tenemos que tener claridad y aprender a escucharnos realmente. No dejemos para después lo que son cosas de auténtica prioridad, y nosotros lo somos. Y como leí en un anuncio cerca de mi casa: «juntos saldremos de esto».

Querido(a) extraño(a)

He querido escribir esta carta para ti, sin conocer tu nombre, sin ubicar tu rostro; ignorando desde qué parte del mundo la leas y bajo qué circunstancias. Sé que ha sido un tiempo complicado, son tantas cosas que hemos salido perjudicados por la pandemia. Pero, bueno, aquí seguimos y debemos procurar que así sea. A pesar de tanta tristeza, dolor y desesperación, ten por seguro que las cosas seguirán su rumbo.

Quisiera decirte que las cosas van a mejorar, pero es algo muy subjetivo. Pero, ¿hay algo a lo que te puedas aferrar? Sí, a la vida. Quisiera compartir contigo algo muy personal, pero que espero te ayude a continuar. Hace algunos años, mi salud estuvo muy comprometida; como decimos acá en México «tiro por viaje» estaba en el hospital. Había días en los que el dolor no me dejaba ni caminar, pero gracias a mis padres (que mi madre, por cierto, falleció en el 2016), a mis familiares, a mis amigos y a mis alumnos, había algo que me impulsaba a seguir. Fue el amor hacia ellos y el que me profesaban lo que no me dejó rendirme. Todavía recuerdo las noches en las que me dormía por el cansancio. Esos tiempos han quedado atrás. Estoy en deuda con la vida. Y por eso es que quiero que sepas que no estás solo(a).

Ahora con la pandemia, hace mucha falta amor, comprensión, escucha y compañía. Muchas veces parece que nos quedamos solos, que no se acuerdan de nosotros y sentimos miedo. Es perfectamente natural, porque todos estamos con el pendiente de no contagiarnos o que sepamos de más seres queridos en la lista negra. Hay mucho dolor, en verdad que sí. Pero no tenemos por qué pasarla así de manera solitaria. Te aseguro que siempre encontrarás con quién compartir lo que estás sintiendo, y en esa misma ocasión, esa persona podrá apoyarse en ti. Compartirán un momento muy especial, donde debe haber ternura y cariño. No pierdas la esperanza, porque te aseguro que siempre la podrás encontrar en quienes menos lo esperes.

Te abrazo con todo mi amor, cariño y deseo de todo corazón que, pase lo que pase, sigas sonriendo, porque después de la tormenta, siempre sale el sol.

Hagamos comunidad, después de todo, somos soledades que nos encontramos.

Héctor Chávez

¿La vida estoica?

Queridos(as) lectores(as):

Deseo de todo corazón que estén bien y cuidándose mucho, por supuesto de paso a sus seres queridos. El domingo se celebró el famosos 14 de febrero, día de San Valentín. Criticado por muchos y muy esperado por todos, pero lo cierto es que en estos tiempos en los que la desesperanza y la inquietud nos hacen visitas constantes, nada más humano que recuperar la esperanza misma a partir del amor y de la amistad.

Justo tuve la oportunidad de platicar con un viejo y querido amigo desde la infancia; me permitió afianzarme a la compañía y al buen querer de una amistad. En un momento, él me «cuestionó» sobre mis posturas filosóficas, insistiendo que el existencialismo no lo veía claro en mí y que siempre más bien me consideraba como un estoico. Me parece que ningún filósofo se puede «casar» con una corriente o rama filosófica al 100%, antes bien cada aporte de los grandes pensadores del pasado deberían servirnos para orientar nuestro pensamiento y redescubrir los horizontes de nuestra vida.

¿Qué es el estoicismo?

Recuerdo que ya lo había comentado brevemente en un encuentro anterior, pero después de haber convivido con mi amigo, definitivamente me sembró la inquietud de tratarlo aquí con ustedes, además de que me parece que es algo que nos podría ayudar a lidiar con el día a día ante la pandemia que estamos viviendo. Zenón de Citio fundó esta escuela allá por el 301 a.C.; grosso modo, enseña que el hombre debe ser capaz de controlar y dominar los hechos, sus pasiones y todo aquello que le quite la calma y, en cierto modo, le arrebate el tiempo presente. Pasado y futuro son cosas que pueden provocar en nosotros, usando una terminología médica, demasiada ansiedad.

Cuando una persona se le conoce por tener una «actitud estoica» justo es por su capacidad de tener control ante las circunstancias de la vida. ¿Qué es lo que podemos controlar o al menos participar de ello? El tiempo presente. Pero para poder hacer eso, hay que tener un ejercicio mental adecuado, ya que no es tan fácil hacerlo como decirlo. Así como muchos colegas, la palabra «ansiedad» me parece algo demasiado abstracto, pero siguiendo esa línea, podríamos decir que es el momento en el que «perdemos la ilusión de control» y nos damos cuenta que «se nos va de las manos» la situación que estamos viviendo. Y viene con ello la desesperación.

Eso me suena a budismo…

Ciertamente, el estoicismo es una filosofía que posiblemente tuvo su influencia oriental, ya que fue Siddharta Gautama, mejor conocido como Buda (el iluminado), quien enseñó muchos siglos antes el control sobre las pasiones, los deseos y las emociones, que son las responsables de desestabilizar al ser humano. Bien dicen que muchos de nuestros problemas están en la mente, incluso que sólo están ahí. ¡Pero cuánto nos agobian! La consciencia del momento presente, tanto en el budismo como el estoicismo, no es más que una técnica que busca el bienestar de nuestra vida. Tanto el pasado como el futuro nos pueden desgastar y provocar mucho malestar.

Pero, cuidado, no se trata de ignorar lo que fue o no preocuparse de lo que será, sino de no depositarnos demasiado en ellos. Podemos incluso confundir la «actitud estoica» con un «hacernos los fuertes» y eso no es precisamente lo que se busca. Al contrario, la actitud estoica nos permite centrarnos durante las circunstancias difíciles canalizando lo que se puede hacer en el momento, y muchas veces, no es actuar como si no pasara nada. La desesperación nos abre muchos frentes cuando solamente estamos ante uno, por eso hay que enfocarse en lo que nos está ocasionando el malestar y, así, poco a poco ir resolviendo lo que se pueda. Tampoco se trata de un «desprendimiento» de la realidad, es sólo afrontarla sin añadirle cosas de más.

¿Qué hacer?

Si nos metemos a la red, podemos encontrar muchos consejos y medios para poder buscar la vida estoica o el ejemplo budista, sin embargo, no son remedios que se cumplan de la noche a la mañana. Como todo en la vida, requieren su tiempo y su esfuerzo, al final de cuentas son técnicas para ejercitar nuestra mente y poder aclarar nuestra manera de afrontar la realidad de nuestros días. Todos podemos hacerlo, es sólo cuestión de que nos demos a la tarea de comprometernos con ello.

Ante este tiempo de pandemia, las inquietudes y miedos se nos disparan constantemente. No es de sorprender la gran demanda de apoyo psicológico, pero tampoco se trata de dejarlo nada más en eso. Tenemos que, insisto, ejercitar también nuestra mente. Encontrar un momento y un espacio en nuestro día a día en el que nos centremos solamente en nosotros mismos, en nuestros sentimientos, emociones, pensamientos, miedos, etc., pero sobre todo ser sinceros con ello.

Para esto es bueno un rato de meditación, de oración, poder relajarse escuchando música clásica agradable, hay quienes optan por recursos de aromaterapia para ayudar al cuerpo, etc. Pero lo que más debe predominar en esto es la no negación de la vida, cosa que hemos venido hablando en encuentros anteriores. Las cosas suceden por algo, y muchas veces no sabremos darle una explicación racional, sólo nos queda aceptar y no intentar comprender. Sé que es algo complicado, pero todo en la vida debe tener su sano límite, por lo que si nos esforzamos por tratar de comprender cosas que no tienen una aparente explicación racional, lo único que generaremos es más inquietud y desesperación en nosotros, terminando por explotar y tener crisis emocionales muy fuertes.

Antes de despedirnos, me gustaría compartirles el poema Invictus (traducido al castellano) de William Ernest Henley (1849-1903):

En la noche que me envuelve,
negra como un pozo insondable,
doy gracias al dios que fuere
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias
no he gemido ni llorado.
Ante las puñaladas del azar
si bien he sangrado, jamás me he postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror,
no obstante la amenaza de los años
me halla y me hallará sin temor.

Ya no importa cuán recto haya seguido el camino,
ni cuántos castigos lleve a la espalda,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.

Llamado al corazón

Queridos(as) lectores(as):

Como ya es costumbre, espero que estén bien y con salud. No hay que bajar la guardia ante esta pandemia, pero no olvidemos que existen otras que todavía, a estas alturas, no hemos podido eliminar.

Justo el día de ayer compartí en mis redes sociales una breve reflexión sobre la importancia de saber respetar a quienes padecen de cuestiones mentales (estrés, ansiedad, depresión, etc.) y que no los abordemos con cosas tales como «no es para tanto», «no sufras nada más por sufrir», etc. En verdad no seremos nunca capaces de dimensionar lo que están pasando en su ya de por sí conflictivo estado. Es por eso que quiero compartir con ustedes en este encuentro un llamado al corazón.

No te entiendo, pero quiero intentarlo

¿Qué sucede cuando estamos padeciendo una enfermedad física? Dependiendo, claro está, de qué enfermedad se trate, pero siempre será una experiencia incómoda y que nos limita en demasiados aspectos. Se incrementa nuestra vulnerabilidad y quisiéramos, muchas veces, que nos trataran con más amor y con mayor entendimiento. Bien dice el dicho popular «no sabe cuánto pesa el costal sino el que lo carga», ya que en verdad nunca podremos entender al otro, sólo podemos tener una idea (quizá vaga) de lo que está pasando.

Recuerdo al querido Horacio Etchegoyen que en una parte de su maravilloso libro, Fundamentos de la técnica psicoanalítica, hablaba sobre la importancia de la empatía, pero no sólo deberíamos pensarlo en la figura del psicoanalista, sino en general. Entendamos que todos somos partícipes de la misma realidad, pero que la manera en la que la percibimos es muy distinta. Por poner un ejemplo clásico: el duelo nunca será vivido de la misma manera sin importar la cercanía familiar o de amistad. Eso se debe, en buena medida, a la carga afectiva que depositamos en la persona y/u objeto.

Es por eso que quienes padecen algo de índole mental tienen una complejidad aún mayor por tratar. La mejor manera de comenzar a acercarnos a ayudar a quienes sabemos que están lidiando con eso, no es otra sino «no puedo imaginar cómo te sientes, pero aquí estoy para escucharte», y nada más. Hay que tener presente que nuestra opinión no es algo que importe en ese momento, hay que dejar que la persona hable para que empiece a aligerar la tremenda carga que trae encima. Recordemos: la cura comienza por la palabra.

Nos hace falta ternura

Nuestra condición humana es conflictiva, pero a pesar de ello, nadie niega que las muestras de amor son las que más se esperan. En el encuentro pasado, hablábamos sobre el mensaje que estamos esperando que llegue, pero también faltó comentar que hay cosas que, sin importar de quién vengan, son y serán bien recibidas (aunque no lo expresamos). Toda muestra de afecto nos ayuda a «seguir adelante», en primer lugar porque nos demuestran que estamos aquí y que somos tomados en cuenta, que importamos, y en segundo lugar, porque nos permite luchar con los escenarios y guiones oscuros que en nuestra mente muchas veces nos inventamos, más en tiempos de desolación.

Hace unos días, salí de mi casa y me encontré un graffiti, mismo que me pareció muy bello por el tremendo significado: «Que la tristeza encuentre ternura». Hoy más que nunca debemos entender y aceptar que TODOS la estamos pasando mal de un modo u otro, que lo que más necesitamos es justo poder ser consolados. ¿De qué manera? Son incontables las maneras en las que podemos consolar, y sobre todo hacer sentir queridas a las personas. La importancia de los detalles, sin importar qué tan pequeños o grandes sean, genera un verdadero consuelo para el corazón. Por eso es que es importante que no tengamos miedo de expresar la ternura que podemos llegar a sentir por aquellos que se sienten abrumados. Un amigo sacerdote jesuita siempre dice «prefiero compartir un buen vino con alguien que se siente solo, a degustar un buen vino solo».

La importancia de un experto

Ahora bien, tampoco debemos descuidar el hecho de que hay cosas que por mucho que podamos escuchar de un ser querido, no somos la mejor opción para ayudarle al 100%. Es decir, hay cosas que se deben trabajar y sólo puede ser con un profesional de la salud mental: un psicoanalista, un psicólogo, un psiquiatra. Muchas veces, hace falta no sólo una psicoterapia, sino el apoyo de algún fármaco que nos ayude a ir tratando nuestros malestares. Por mucho amor que haya de por medio en la escucha que brindemos a nuestros seres queridos, siempre hará falta una escucha que pueda ser objetiva y neutral.

Sin más, me despido por ahora. Y quedo al servicio de ustedes por cualquier duda que pudieran tener.

¡No estamos solos en esto!

La ausencia de mí

Queridos(as) lectores(as):

Espero que estén bien y con buena salud. Hay que seguir teniendo precauciones y cumpliendo con las recomendaciones para evitar contagios. Si no hay necesidad de salir, #QuédenseEnCasa.

Cierto es que el tema del que hablaremos en este encuentro no es nuevo, pero es un hecho que se ha intensificado. ¿Les suena algo como «es que nadie me busca»? Hoy en día parece que es una realidad que pesa, y duele, más. Pero, ¿exactamente quién es ese «nadie»? Es importante que comencemos con ese cuestionamiento, ya que igual pasa con el «nada», el «nadie» es algo que resulta muy revelador.

Es un hecho que nos referimos a una persona en específico, porque también es imposible que suceda que, en efecto, nadie nos busque. Siempre somos pensados por alguien (eso incluye a quienes llaman para cobrar alguna deuda institucional), pero no significa que seamos pensados ni hablados por quienes quisiéramos que lo hicieran. Hay una exigencia, una demanda, que es silenciosa; exigencia que va de la mano con la carga afectiva que hemos puesto en determinadas personas.

El mensaje esperado

Pondré un ejemplo: a Susana le hablan (o escriben) todos los días sus amigas, sus hermanos, sus papás y hasta sus tías (de esas que mandan Piolines con bendiciones). Pero está triste, incluso decepcionada, ya que el mensaje que espera tanto no llega. ¿Y de quién es? Pues se trata de aquella persona que tanto quiere y de quien tanto espera. Ciertamente hablamos de un asunto de expectativa que no necesariamente se asemeja a la experiencia de lo real. Puede tratarse del chico que le gusta, del novio, de su crush, no sabemos. Pero lo que sí sabemos es que no llega el mensaje, y eso mantiene a Susana en un momento de mucha infelicidad.

Sin embargo, ¿realmente es esa persona de la que depende la felicidad de Susana? No, no lo es. Lo que sucede, retomando el tema afectivo, es que para ella hay un círculo de personas que tienen un peso mayor en su día a día. Y dentro de esas personas, por supuesto que hablamos de niveles de importancia. No es que sea malagradecida con sus amigos, su familia y demás, sino que hay cosas que son especiales y que ocupan lugares privilegiados. Y el amor es una de ellas.

Aquello que nos falta

¿Qué es exactamente lo que estamos esperando leer? Un «te quiero», «cómo va tu día», «estoy pensando en ti», ¿qué es? La respuesta va ligada con nuestra falta. Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que los demás saben qué es aquello que tanto nos duele? Decía Jacques Lacan que el amor es «darle lo que no tengo a quien no es». Y de ahí nos podemos debatir por mucho tiempo con qué quiso decir al respecto, pero para no ser tan ortodoxos, plantemos lo siguiente: ofrecemos lo que quisiéramos recibir. Empecemos con eso.

He leído que muchos colegas psicoanalistas se avientan a «diagnosticar» sin reparo alguno a personas (espero no sea así con sus analizandos). Cosas tales como «es una persona neurótica obsesiva porque…», y termina siendo algo muy cuestionable, algo propio de un análisis salvaje y no ético. ¿Es que acaso está mal que las personas deseen? Por supuesto que no. Pero, ¿por qué hacer relucir el malestar que están pasando? Retomando el ejemplo de Susana, ella en un momento dice «es que quisiera que x persona me escribiera, para por lo menos saber que le importo». Hay una declaración en sumo interesante. Misma que, sin duda, TODOS podemos llegar a hacer en cualquier momento de nuestra vida.

Pero, ahora sí, caigamos en el «quien no es». Quizá nos vayamos por la sencilla respuesta de decir «es que no es la persona, sino la que creemos que es», y sí, pero me parece que esa persona no es necesariamente un tercero. Es decir, ese «quien no es» podría tratarse de uno mismo. Porque ese «te quiero» muchas veces pensamos que lo tenemos que escuchar, sentir, constatar viniendo de alguien más.

La ausencia de mí

¿Qué idea tenemos exactamente sobre nosotros mismos? En la Fenomenología del Espíritu, Hegel nos habla de la necesidad del sujeto de buscar el constante reconocimiento por parte del otro, pero que se olvida que el otro también está buscando un reconocimiento. Entender que el otro muchas veces somos nosotros mismos y la manera en la que nos proyectamos nos advierte de la manera en la que nos reconocemos a nosotros mismos, es un paso para poder asegurar nuestra falta y así no tener nada que ocultar.

Si quisiéramos no pasar por lo que la «pobre» Susana está pasando, tendríamos que preguntarnos qué tanto somos nosotros los que no nos estamos asegurando lo que tanto nos falta. De ahí no estaríamos pasando por aquello de «dar lo que no tenemos» por darlo. No sé, es apenas una invitación para la reflexión y en ningún momento pretende ser todo esto una sentencia absoluta, pero lo que sí tenemos que tener muy claro es que el estar ausentes en nuestra propia vida es justo lo que Kierkegaard advierte sobre la desesperación: morir sin morir. Y, también, quizá aquello que tanto nos falta es lo mismo que, ahora sí, al otro que es alguien más. Y el mensaje tampoco llega…

Me encantaría leer sus comentarios.

¡Pasen una excelente semana!

Esperanza: aquí seguimos

«El humor y la sabiduría son las grandes esperanzas de nuestra cultura»

-Konrad Lorenz

Queridos(as) lectores(as):

Vaya que han sido días difíciles en México, así como seguramente en todo el mundo. La tristeza, el dolor, la desesperación, los problemas económicos, el miedo y la amenaza constante del COVID-19 han mermado a muchos. Y no es para menos. Estamos en un momento histórico que me hace pensar en un escrito mío que publiqué hace tiempo: Los años tristes.

Dicho texto era un breve relato de un supuesto sobreviviente a un cataclismo social, pero que desgraciadamente no pude darle continuación. Recuerdo bien las palabras de dicho personaje que cerraban el relato: «Al final, sólo tenemos al mundo y el mundo nos tiene a nosotros». Para algunos podría ser algo negativo ante la evidencia de lo que el ser humano es capaz de hacer, pero también puede ser algo esperanzador, por lo mismo. Creo que en estos momentos, en este tiempo triste, es cuando debemos recuperar la esperanza. Ciertamente estamos más cerca de ver el final de esta pandemia de lo que estábamos hace un año, quizá no sea muy esperanzador para algunos, pero tengo que insistir en que es una realidad que nos debe dar coraje y valor en nuestro día a día.

Perder el miedo sería perder lo humano

No hay que dejarse llevar por aquello que dice «aprende a vivir sin miedo», porque no es algo tan fácil y más bien genera en nosotros un sentimiento de impotencia bastante desolador. Más bien lo que hay que hacer es reconocer y aceptar el miedo que tenemos, compartirlo, no dejarlo sin expresar. Hay quienes se niegan a eso, pues piensan que serán contestados con cosas que pretenderán hacer menos su sensación, sin embargo, debo insistir que lo hagan: reconocer nuestro miedo es no tener nada que ocultar. El ser humano es un ser expresivo, sólo que cada uno de nosotros lo hacemos de maneras muy distintas, es por ello que los invitaba hace unas entradas a recuperar esa capacidad creativa y abrirse paso.

¿Por qué tenemos miedo? Porque somos humanos, y estamos vulnerables ante lo desconocido. Es perfectamente natural. Ciertamente hay quienes luchan contra el miedo y tienen «más victorias» sobre él, pero hay quienes se paralizan y ven afectado todo lo demás que hacen. ¿Conoces a alguien con miedo? San Juan XXIII gustaba compartir que «siempre tenemos que tener una palabra tierna para todo aquel que nos busque desesperados». El amor, la empatía y la comprensión son las mejores herramientas para comenzar nuestra búsqueda de la esperanza.

Donde no hay, seamos como el Quijote

Quiero compartirles un fragmento de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605):

«Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el bien y el mal sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca». (Primera parte, Capítulo XVIII)

¿Por qué ser como don Quijote? ¿Cómo podemos ser como aquel loco que vive atrapado en un mundo que no le entiende? Perdón, ¿pero es que alguien realmente nos entiende? La figura del Quijote es un aire fresco hacia la oportunidad de «cometer la locura» de ser nosotros mismos; quitarnos la máscara de «bienestar» y demostrar el rostro que está adornado por lágrimas de tristeza, labios secos, ojos de insomnio y demás. ¿Quién dijo que siempre hay que estar bien? Lo primero que hay que hacer es combatir contra la infamia de ser todo aquello que no somos y que no estamos dispuestos a ser para recibir el reconocimiento y aceptación de los demás. ¡Quien se niega a sí mismo es incapaz de pedir un día de paz!

Ser como el Quijote implica motivar al otro, ser esperanza, ser caridad, ser el caballero andante que viene al rescate de la cordura a partir de su propia locura. La esperanza en este tiempo parece muy lejana, pero está más cerca de lo que creemos: está en la música alegre, en las charlas amenas y divertidas, en la risa de los niños, en una buena lectura, en una serie divertida, está en el momento en el que los corazones se abren de par en par para aceptar cada palpitar y asumirlo como propio. Ser la esperanza de los demás empieza por sabernos a la espera de la misma en nuestra vida.

Después de las tinieblas, espero la luz

Sé que no es fácil, pero tenemos que esforzarnos. La esperanza al final de cuentas es base de muchas historias increíbles. Por poner un ejemplo, quisiera compartirles una anécdota que habla sobre una vez que uno de los generales y amigo cercano de Alejandro Magno, Pérdicas, le cuestionó: «Alejandro, haz conquistado todo a tu paso; haces ricos a tus generales y a tus soldados, pero no te llevas nada tú. ¿Con qué te quedas?». A lo que un pensativo Alejandro le contestó: «Con la esperanza».

No puede ni debe haber una historia que no sea escrita sin tener la esperanza como punto de partida. Es aliento de nuestros sueños, incubadora de nuestras metas, calidez en tiempos fríos, victoria tras la derrota. Y es cierto, en buena medida, que cuando brindamos esperanza a los demás, estamos haciendo más de lo que podemos imaginar. Una llamada, un mensaje, tantas cosas que podemos hacer por los demás, tantas cosas que podemos hacer por nosotros mismos.

Podremos ver las nubes de tormenta a lo lejos, pero podemos estar seguros que detrás de ellas, siempre habrá un resplandeciente sol. Y no somos nadie para negarle eso a ninguna persona, porque incluso los que están más enfermos, en el silencioso y doloroso latir de su corazón, existe una esperanza de que sus seres queridos no sufran más por ellos. Incluso en esos momentos tan difíciles, hay muestras de amor que son sencillas y que pasan casi desapercibidas.

La idea básica, después de este ameno encuentro, es ésta: alegremos los corazones tristes, que no sólo laten en nosotros, sino en el pecho de muchos amigos, familia, conocidos. Seamos esperanza, seamos amor, seamos coraje, seamos valor. La lucha sigue mientras los soldados sigamos en pie.

Los abrazo y deseo lo mejor para todos ustedes.

¿No es lo mismo? Psicoanálisis a distancia

Queridos(as) lectores(as):

Desde que comenzó la pandemia del COVID-19 a nivel mundial, muchos colegas y yo hemos tenido ciertas complicaciones a la hora de trasladar nuestra clínica al mundo digital. Ciertamente «no es lo mismo» una clínica presencial y otra digital. Hay varias cosas que complican lo que conocemos como transferencia (pero también la contratansferencia), sin embargo, debemos entender que «a situaciones extraordinarias, medidas extraordinarias». Y claro, no es sólo eso.

Un colega, el Dr. Ricardo Carlino, médico y psicoanalista miembro titular de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) y miembro de la International Psychoanalytical Association (IPA), escribió hace algunos años un libro titulado Psicoanálisis a distancia (2010), el cual cuenta con los pros y contras de nuestra práctica a distancia. En un momento, él habla del diálogo analítico, que reúne los componentes básicos del psicoanálisis clínico. Les comparto los mismos según él lo hace en su libro:

a. Verbal: palabras emitidas y enlazadas en una determinada sintaxis.

b. Paraverbal: entonación dada a las palabras.

c. Extraverbal: gesticulaciones, ademanes, conductas, risas, lágrimas, vestimenta y cualquier otra manifestación corporal que acompaña al discurso.

d. Cualidad transferencial configurada en la situación analítica: dependiente del signo de la transferencia <–> contratansferencia, del grado de resistencia y del adecuado trabajo interpretativo.

Ahora bien, algo que hay que resaltar es lo que se conoce como la sensación subjetiva, es decir, lo podemos traducir como «el estar ahí», lo físico, la posibilidad de contacto. La presencia del otro de frente, a un lado o atrás. Esto, evidentemente, resulta complicado sentirlo a la distancia. Sin embargo, sí se está ahí, porque el otro está presente, de un modo distante, pero lo está. Muchos aconsejan llevar el análisis en línea usando la cámara de la computadora o del celular, otros prefieren sólo tener apagada la cámara. Es una experiencia, justamente, subjetiva, pero hay que tener siempre en consideración la disposición tanto del analista como del analizando (paciente).

Durante mi formación como psicoanalista, un coordinador de seminario nos hablaba sobre la importancia de «aprender a escuchar con los otros órganos». El cuerpo habla, es un hecho innegable, lo que no se logra comunicar con la palabra encuentra la manera de expresarse con toda la realidad corporal.

Hace unos días, platicaba con un colega y me decía que había algo que ciertamente le incomodaba mucho en su clínica digital: el factor distracción. No sólo del paciente, sino también el suyo. Me parece que en la formación de compromiso que existe en la clínica presencial, hay algo que nos «obliga» a no perder la atención flotante, sin importar qué pase fuera del consultorio en plena sesión analítica. Pienso en que hay colegas que optan por ir al consultorio y atender a distancia desde ahí, y ciertamente eso puede favorecer el trabajo, pero hay quienes no pueden, y lo hacen desde sus hogares. Claro está que se busca un espacio indicado para ello, y es muy común que muchos psicoanalistas tengan un despacho o un cuarto de estudio que les sirve para ello. ¿Pero y los pacientes? Un colega compartía hace poco que uno de sus pacientes se tenía que ir a encerrar a su auto para poder tener su sesión, otro que incluso se iba a caminar tal y como si estuviera haciendo una llamada telefónica y otro, más asombroso, se subía a su motocicleta y se iba «a dar a vuelta» en plena sesión.

Para concluir este encuentro, quiero decir que definitivamente esto nos pone en una situación muy «nueva», mas no ajena a la experiencia posible. Pienso en muchos psicoanalistas que, mucho antes de la pandemia, ya tenían pacientes a distancia y que encontraron la manera de poder trabajar con ellos y les ha ido bien, sea lo que signifique eso y según quién. Pero como todo en la vida, la experiencia nos hace, así que no podemos cerrar las puertas a éste desafío y debemos comprometernos en ésta clínica digital. ¿Cuánto durará la pandemia? Caray, ojalá pudiéramos tener una respuesta, pero como dice una expresión muy mexicana, «es lo que hay, ni modo».

¿Nos queda de otra?