La crueldad que ocultamos (segunda parte)

«De todos los animales, el hombre es el más cruel. Es el único que infringe dolor por el placer de hacerlo»

-Mark Twain

Queridos(as) lectores(as):

Es momento de continuar con el tema que comenzamos a tratar la semana pasada sobre la crueldad que ocultamos. Pero en esta ocasión, me gustaría comenzar con un pequeño diálogo que puede ilustrar lo que iremos analizando más adelante:

-Papá, ¿qué pasa si matamos a todos los malos?

-Nos quedaremos los asesinos, hijo.

¿Cuántos de nosotros no hemos fantaseado alguna vez con lastimar o matar a alguien? Recapitulando lo visto anteriormente, el hecho de fantasear con algo así no quiere decir que lo vayamos a hacer, cosa que sucede igual con el soñar algo de esa índole, pues siguiendo la teoría freudiana, el sueño no es sino la realización del deseo. ¿Entonces quiere decir que somos psicópatas en potencia? En primer lugar, tenemos que hacer una aclaración. La psicopatía no se trata de un trastorno mental, sino de un trastorno de personalidad. Es decir, hay que tener claro que la personalidad no es otra cosa sino la manera de ser, por lo que los trastornos nos indican los modos en el que el sujeto se relaciona con el mundo.

En un mundo de psicópatas

La idea que tenemos en general sobre los psicópatas ha sido fielmente desarrollada por Hollywood a lo largo de los años. Sin embargo, no es del todo cierta. El trastorno de personalidad de un psicópata se puede distinguir de la siguiente manera: tendencia a la manipulación y al engaño, carencia de empatía y son antisociales. Pero no dejemos pasar de alto la tremenda capacidad histriónica que tienen al poder pasar por ser muy encantadores. Se trata de figuras dominantes que ejercen mucha presión en su entorno. Ahora bien, no por ello hablamos necesariamente de que todo psicópata llega a cometer crímenes, mucho menos asesinatos. Así que está mal decir que un psicópata es alguien fijo en la «locura», ya que no están desconectados de la realidad.

Podemos hablar perfectamente de psicópatas funcionales. Pero es necesario hacer notar que sus vidas siempre estarán ligadas a lo caótico, ligados a los problemas constantemente. Este trastorno de personalidad convierte al individuo en alguien que hace uso de los demás a modo de objetos, valiéndose de reglas propias. Muchos de estos sujetos, en efecto, gozan de una tremenda inteligencia y suelen hacer uso de ella de un modo egoísta, sádico y con tendencia hacia lo «incorrecto» desde una perspectiva social, por lo que nociones como el bien y el mal son insoportables para ellos. Philippe Pinel, padre de la psiquiatría moderna, acuñó la noción manie sans délire (es decir, manía sin delirio) para referirse a los psicópatas en primera instancia.

De todo un poco

Sigmund Freud llegó a considerar que los neuróticos (de serlo) tenemos un poco de todas las estructuras mentales, sólo que el sentimiento de culpa era algo muy presente en nuestro día a día y que eso, en buena medida, nos limitaba a caer en los terrenos oscuros. Pero eso, en efecto, nos abre un mundo de posibilidades en nuestra fantasía. ¿Pero qué hace que «probemos las dulces mieles» del mal? Ya lo decía Mark Twain: el placer. Hace unos días, un paciente compartía en su sesión que encontraba muy satisfactorio cuando en plena relación sexual con su pareja llegaban a ocurrir «pequeños momentos de violencia» entre ambas partes. Que la excitación era todavía más grande. ¿Es que estaba enfermo por ello? No, porque podemos entender que en el Ello, justamente la parte bestial más oscura del ser humano, existe una exigencia de salir en cualquier oportunidad donde el inconsciente pueda liberarse de las barreras.

Ese pequeño momento en el que sabemos que estamos haciendo algo incorrecto, es cuando precisamente sentimos la adrenalina que recorre nuestro cuerpo, que a su vez se da por el miedo a ser descubiertos. ¡Es excitante! De ahí que la fantasía sea un recurso muy recurrente en muchos momentos del día a día. La violencia, de hecho, está estrechamente ligada a la actividad sexual. El placer es algo que de poder, se libraría de toda regla o ley. Volviendo al imperio de los sueños, por eso es que podemos soñar lo que sea, sin importar lo terrible que pueda resultar, porque ahí no existe Ley alguna que valga. Los sueños van más allá del bien y del mal.

Satisfacción y sustitución

¿Cuántos de ustedes -vuelvo a preguntar- no han fantaseado alguna vez con algo terrible? Por poner un ejemplo, en la caótica Ciudad de México, cada vez que nos enteramos de un hecho violento, que en primer lugar nos indigna y altera, por lo general solemos responder de un modo aún más agresivo: «Ojalá que lo maten», «Ojalá que lo agarren a madrazos hasta matarlo al infeliz», etc. Incluso hay quienes han dicho que «de poder hacerlo, si ven un asalto mientras que van manejando, sin pensarlo pasan por encima del asaltante». Ya saben… pensamientos muy buenos y amables de gente incapaz de hacer algo malo. Pero, una vez más, ¿eso significa que se podría hacer? Ciertamente hay quienes logran un pasaje al acto (sobre advertencia no hay engaño), pero en su mayoría, es casi improbable que se llegue a dar. Tal como diría William Shakespeare, «la crueldad es un tirano sostenido sólo por el miedo». No es tan fácil dar ese tipo de pasos.

En la conformación de la sociedad, se establecen leyes que precisamente buscan sustituir la violencia natural de los individuos. En Vigilar y castigar, Michel Foucault nos habla mucho sobre el tema, que en buena medida podemos resumir en que vivimos en una sociedad que inhibe, reprime, con modos e instituciones «aceptables», el comportamiento de los individuos. Sin embargo, podríamos pensar algo sobre todo esto: ¿qué tanto la búsqueda de justicia se vuelve un disfraz para la venganza? ¿No existe acaso un regocijo, un placer latente, cuando nos enteramos que alguien «malo» la paga con el sistema que cae con todo su poder sobre él? Ese deseo, tan propio del ser humano, queramos o no, es inevitable. Alguien más sufre, sin importar la etiqueta que le pongamos, y con ello otros sonríen.

…continuará…

La crueldad que ocultamos (Primera parte)

«El espejo ve al hombre hermoso, el espejo ama al hombre; otro espejo ve al hombre horrible y lo odia; y es siempre el mismo ser el que produce las impresiones»

-Marqués de Sade

Queridos(as) lectores(as):

Es momento de comenzar a abordar aquellas cosas que hemos podido llegar a señalar, de modo no aprobatorio, en algunos hombres y mujeres que, claro, no son nosotros. La conducta señalada como mala, mezquina, cruel, miserable y terrible, no es otra cosa que el reflejo de la propia naturaleza humana. No hay que dejarse llevar por la visión romantizada sobre «los buenos hombres» u «hombres de bien», de tal modo que nos haga pensar que todo es «humanamente posible», menos el comportarse de modos reprochables. Nada más humano que negarse a sí mismo.

Si bien es cierto que la naturaleza caótica del ser humano no es algo que se ha descubierto hace pocos años, podemos señalar un periodo de la Historia en el que el libertinaje llegó a su máximo resplandor: la Revolución Francesa. Sin embargo, esa aseveración no es otra sino un momento oportuno para contemplar al ser humano tal y como es, para dar paso a lo que podríamos considerar, una y otra vez, el fracaso de la razón. Esta sentencia, devenida del pensamiento ofrecido por la Escuela de Frankfurt, nos aparta en buena medida de lo que es, lo que hay y lo que solemos ocultar bajo un racionalismo tiránico que apuesta por lo ideal sin siquiera rozar lo que podemos llamar «real».

Ciertamente, la dignidad humana (dignitatis humanae) nos habla de todo aquello que nos hace especiales, también hay que considerar que el ser humano no está lejos de lo peor, del terror de las cosas tan posibles en tanto que son muy humanas. No descuidemos la parte salvaje que existe en nosotros, misma a la que Freud denominó como «ello». Sólo así podremos ser capaces de afrontar sin evitar.

Un retratista llamado Sade

Uno de los máximos referentes de la «inversión de la Ley», sin lugar a dudas ha sido el «divino» Marqués de Sade. Si bien hay que evitar caer en la ingenuidad de pensar que en sus escritos él estaba haciendo una confesión sobre sus propios delitos, pensamientos o incluso propuestas filosóficas, hay que centrarnos en ellas no podemos sino encontrar un retrato de la denigrante sociedad francesa antes, durante y después de la Revolución Francesa. El propio Marqués nos advierte en Los crímenes del amor (1799): «Nunca, repito, nunca pintaré el crimen bajo otros colores que los del infierno; quiero que se lo vea al desnudo, que se lo tema, que se lo deteste, y no conozco otra forma de lograrlo que mostrarlo con todo el horror que lo caracteriza». ¿De qué sirve hablar del hombre si evitamos hacerlo de modo que no consideremos lo ruin en él?

Geoffrey Rush como el Marqués de Sade en la película Quills (2000)

Tal como señala Élisabeth Roudinesco en el repaso que hace sobre la figura de Sade en Nuestro lado oscuro, los personajes que nos ofrece el intelectual francés «lo que proponen en práctica es la voluntad de destruir al otro y destruirse a sí mismos en un desbordamiento de los sentidos». Por lo que podemos entender que Sade se adelantó a Freud al sugerir lo que en psicoanálisis conocemos como «pulsión de muerte». Ahora bien, la acción del libertino, que encuentra un goce al parecer ilimitado, entra en un modelo de obsesión que le exige una constante capacidad creativa para sostener lo que ahora ya no le es fácil renunciar. «Las dulces mieles del mal», así es como se le puede conocer al sometimiento al vicio. Como podemos entender, la propuesta sadiana apuntala a una revisión de la propia perversión del hombre. De hecho, el propio San Agustín señala que «lo verdaderamente excepcional del ser humano es que, pudiendo hacer el mal, elige hacer el bien». ¿Qué es lo que hace, además del temor al castigo, que el hombre inhiba o reprima esas compulsiones perversas? ¿No existe un goce también en esa prohibición?

Podemos ver a una persona fumar y detestarla, pero no pasará lo mismo si nos volvemos esa persona que se anima a probar el cigarro. El placer es cuestionable hasta que se confiesa propio.

¿Acaso soy un asesino en potencia?

Hace tiempo, se hizo una entrevista a un asesino para poder comprender su modus operandi. Las respuestas eran tan variadas que podrían generar no sólo repudio, sino también asco en todo buen neurótico funcional. Sin embargo, ¿quién no ha fantaseado alguna vez con hacer «lo incorrecto»? Claramente, en muchos, muchísimos casos, las fantasías se quedan en eso, pero a su vez se ven sustituidas por acciones menos «cuestionables», de modo que exista la posibilidad de ver satisfecho, de algún modo, el deseo. Pensemos en la expresión «me quiero echar a esa persona». En México, la noción «echar», cuenta con al menos varios significados, pero podemos resumirlos en «hacer nuestro». La fantasía tiene un rol fascinante que permite al neurótico «experimentar» cosas que sería impensables llevarlas a cabo. «Me quiero echar a esa persona», para terminar «echándome una pizza».

En un estudio realizado por la Universidad de Filadelfia, en colaboración con el FBI (en donde entran los ahora más famosos Kraemer y Lord por la serie de Netflix, Mindhunter), se lograron detectar 3 ideas fijas en la mente de los asesinos seriales: manipulación, dominio y control de la situación. Relaciones de poder llevadas al extremo. Un perfil psicópata-narcisista es lo que abunda en esa investigación. ¿Qué características eran las comunes? Aquí tenemos unos:

-Visión e imagen exaltada sobre ellos mismos.

-Fantasías y delirios de poder.

-Bajo nivel afectivo, sin empatía y frialdad.

-Crueldad contra animales y personas.

-Sin noción de responsabilidad (bien y mal son cosas impensables).

-Necesidad de ser centro de atención.

Hay mucha terquedad en querer identificarse con puntos como éste para preguntarse si «es que acaso somos asesinos potenciales». Lo interesante no es tanto la pregunta, sino el hecho de que la hagamos. Nos genera un morbo, una excitación incluso, el querer ver si es posible eso. Ahora bien, esa identificación con el criminal, no nos hace criminales necesariamente, antes bien, nos permite hacer una simulación de cómo podría ser nuestra vida si nos animáramos a hacer lo que a otros, al parecer, no les cuesta trabajo. ¿Y dónde queda eso? En la fantasía…

…continuará.

La desesperante desesperación

«No desesperes, ni siquiera por el hecho de que no desesperas. Cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas. Esto significa que vives»

-Franz Kafka

Queridos(as) lectores(as):

Desde hace tiempo que recibí un mensaje por parte de uno de ustedes en el cual se me compartía la inquietud que, tal parece, hoy por hoy es una constante en la vida de las personas. «Psi. Héctor, ¿qué se hace para salir de la desesperante desesperación?». ¡Imaginemos la situación para comentarla usando la misma noción! Sin duda es algo que ocupa la mente de un sinnúmero de personas a lo largo del mundo, y lo cierto es que las circunstancias que vivimos pareciera que no están del todo a nuestro favor para mitigar la desesperación que sufrimos a diario. ¿Pero qué es exactamente la desesperación?

Hace unos días, un muy querido amigo médico, me escribió para decirme que él estaba triste, que si nos podíamos ver. Debido a su ajetreada agenda atendiendo a sus pacientes, se nos prolongaron los días y, hasta la fecha, no nos hemos podido ver en persona, pero sí hemos estado en contacto casi a diario. Ayer por la noche, al preguntarle si la tristeza ya había disminuido, me aclaró que lo que realmente estaba pasando era una crisis de ansiedad. Esa noción tan abstracta como lo es la famosa ansiedad, puede generar en nosotros incontables caminos que imposibilitan un entendimiento directo de lo que estamos viviendo. Sin embargo, no caigamos en el error de confundir una cosa con otra, ya que la ansiedad no es en sí una desesperación como tal, por mucho que se parezca la sensación, realmente no lo es.

Lo ideal, lo real

Desde hace varios siglos, los grandes pensadores han tratado de analizar y explicar el sentido de la vida. Hay quienes han sido osados, tal como el querido Aristóteles, en decir que la meta o fin del ser humano es la felicidad. Sin embargo, nunca ha sido lo suficientemente convincente. ¿Cómo podemos ser felices cuando pasan tantas cosas tan horribles a diario? El psicólogo clínico, Jordan B. Peterson, en su libro 12 reglas para vivir: un antídoto al caos, comparte esto: «Durante una crisis, el sufrimiento inevitable que supone el hecho de vivir puede pulverizar en cuestión de segundos la idea de que la felicidad es el objetivo natural del individuo». Ciertamente es muy fácil especular y soltar al aire un ideal favorable para todos, pero cuando la realidad se deja sentir con toda su fuerza, muchos ideales caen en el silencio y se conservan ahí, siendo severamente cuestionados. Sin embargo, eso me parece una reacción inapropiada.

El hecho de que las cosas no sean como nosotros queremos o esperamos, no significa que no podamos hacer algo respecto al modo en el que se presentan. Pienso, por ejemplo, cuando tenemos el deseo de comer un rico helado de chocolate, llegamos a la heladería y nos topamos con la desilusión de que dicho sabor se ha acabado. «Tanto para nada…». Podríamos quedarnos en eso y marcharnos del lugar tristes por no lograr nuestro objetivo. O bien, podemos decir «quizá para la próxima» y optar por otro sabor de nuestro agrado, de hecho hasta se presenta la posibilidad de probar algo nuevo. Buda enseña que hay que saber ver las cosas para ver también qué podemos hacer. Esto sigue de inmediato aquella sentencia que dice «el dolor es inevitable, el sufrimiento es elegible».

El silencioso pesar

El filósofo estadounidense, Henry David Thoreau, decía que «casi todas las personas viven la vida en una silenciosa desesperación». Y me parece que en cierta medida es cierto. ¿Qué más desesperante que asumir que no tenemos el control de todo? A veces, ni siquiera de nuestra propia vida. Pero eso es algo que se trabaja y que, también, se aprende a soltar. La desesperación es resultado de no poder avanzar, de estar fijos en un punto y ver el mundo seguir girando. «¿Por qué a mí esto?». Más o menos por la misma época el filósofo danés, Sören Kierkegaard, señalaba que «la desesperación es el morir sin morir». A diferencia de la ansiedad, que es un exceso de futuro, la desesperación es un exceso de presente, de ahí que yo diga que es como un no poder avanzar. El morir sin morir es la idea de estar asfixiándose. ¡Qué situación tan horrible! Y sí, todos estamos pasando, de un modo o de otro, por esto.

Existe un proverbio que dice:

«Quien espera, desespera;
quien desespera no alcanza;
por eso es bueno esperar
y no perder la esperanza».

Imaginemos que estamos sentados en un sillón muy cómodo. Estamos disfrutando de ese momento de descanso, pero en un abrir y cerrar de ojos, en la cabeza empiezan a desatarse pensamientos que nos generan ansiedad y desesperación. Los primeros, insisto, apuntalan siempre al futuro, mismo que es incierto, mientras que los segundos nos reclaman el aquí y el ahora. ¿Qué voy a hacer mañana? ¿Qué estoy haciendo ahorita? La desesperación podemos decir que nos agobia tanto porque si no sabemos responder a algo que estamos haciendo, cómo se supone que podremos responder a algo que estaremos haciendo después. De ahí que exista la necesidad de filtros de pensamiento, empezando por la prudencia, que nos permitan, sobre todas las cosas, respirar y darnos cuenta que eso estamos haciendo.

¿Qué hacer?

¿Recuerdan la mayéutica de Sócrates? Es decir, el arte de saber preguntar. Ese era el modo con el que el filósofo ateniense era capaz de «desarmar» a sus contrincantes: pregunta tras pregunta que les iba demostrando que no sabían del todo sobre lo que hablaban. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si aplicamos esa mayéutica a nosotros mismos? Lo que estaríamos haciendo con las preguntas que nos estaríamos auto formulando, es demostrarnos que la intensidad del pensamiento obsesivo puede ser que no tenga ni pies ni cabeza. ¿Por qué me siento así? Por esto. ¿Y por qué por esto? Pues pues porque aquello. ¿Y de dónde surge eso? Pues de eso otro. ¿Y eso otro qué tiene que ver conmigo ahora?… Y así hasta calmar la mente. Es chistoso, este juego de preguntas lo que hace es ejercitar la mente, pero de una manera ordena y más piadosa que el alarid con el que lo hace la desesperación.

Al ir contestando cada pregunta, nos vamos dando cuenta de que en efecto hay cosas que no dependen mucho de nosotros, a veces nada, y de cómo hemos permitido que aún así nos afecten en demasía. Soltar las riendas de la idea de control nos puede facilitar mucho las cosas. Ahora bien, ¿qué hacer para solucionar aquello que nosotros mismos no podemos? Por algo existe la sociedad, la familia, los amigos, etc., para recurrir a ellos y con total humildad aceptar que no podemos con todo. Quien pueda ayudar lo hará, pero es vital que nos quitemos la idea de «estamos solos el universo», porque no es cierto. La generosidad, la amabilidad y la compasión de los demás, resultará como un rico trago de agua fría en pleno calor.

Para finalizar, la desesperación es una manera agresiva de ayudarnos a abrirnos al mundo. ¿Por qué sufrir en silencio si podemos encontrar apoyo en alguien más? Y ojo, serán incontables las veces que encontraremos esa ayuda en quienes menos imaginamos. Algunos irán a comer con sus familiares, otros a tomarse algo con los amigos, quizá haya quienes necesiten una escucha neutra buscando de ese modo ayuda en un profesional… Eso es justamente lo que redescubrimos: vivimos en un mundo de infinitas posibilidades.

Hay que vivir, a pesar de las circunstancias.

Los corazones distantes

«A veces la distancia hace más querida la amistad, y la ausencia la hace más dulce»

-James Howell

Queridos(as) lectores(as):

Nos hemos vuelto casi desconocidos con esta ausencia temporal, pero les aseguro que hay veces que las distancias nos facilitan la comprensión entre nosotros, ni qué decir sobre la vida. En este encuentro, quisiera compartir con ustedes una breve reflexión respecto a las distancias que suelen separar a los corazones que más se quieren entre sí. Hay quienes creen, tal como el cantautor mexicano, Roberto Cantoral, que «la distancia es el olvido», debido a que pareciera que se pierde todo su significado. Sin embargo, ¿exactamente cuál es su significado? ¿Qué significa estar distanciados? En la vertiente más pronunciada, podríamos considerar que no es otra cosa sino la oportunidad misma.

Hoy por hoy, viéndose incrementada por la pandemia que nos mantuvo ausentes por mucho tiempo, los corazones confiesan tiernamente (aunque algunos en profunda desesperación) la auténtica necesidad de sentirse valorados, queridos, amados. Cuántos son (somos) los que solamente pueden estar con quienes quieren a través de una pantalla de computadora o celular, a través de mensajes de texto, de fotografías hermosas, pero carentes de textura… Hay familias, amigos, amores y amantes, que se han ido separando por los distintos avatares de la vida, unos por aquí, otros por allá. ¿Qué pensar de la separación de la distancia más difícil: la muerte? Como en muchos casos, distancia se dice de muchas formas, tal como también se vive.

Una vez más, la inmediatez

Definitivamente, el ser humano se encuentra sumergido (al borde del ahogo), en la desesperante inmediatez. Como ya hemos comentado con anterioridad, el delirio por el tiempo se ha vuelto algo obsesivo, de ahí que la inmediatez sea el pan nuestro de cada día; «soluciones» rápidas y concisas, respuestas que atiendan de manera inmediata cosas que de por sí son de largo plazo. ¿Cuántos conflictos se presentan, por ejemplo, cuando alguien deja en visto a otra persona en sus mensajes por Whatsapp? ¿Qué pasa? ¿Por qué no contesta? ¿Qué está haciendo? ¡Es que está jugando conmigo! La inmediatez nos acerca y nos pone frente a nuestras propias inseguridades, mismas que no estamos en las mejores condiciones para aceptar, trabajar y en algunos casos afortunados, hasta superar.

¿Han escuchado aquello que dice «amor a distancia, amor de pendejos (palabra despectiva en México)»? Seguramente sí, y en otras variaciones expresivas. Y además de dicha sentencia, por lo general viene acompañada de argumentos que apuestan siempre por lo peor. ¿Por qué sucede eso? Volvemos a las inseguridades más marcadas de nuestro tiempo: la falta de confianza, la falta de comunicación, la falta responsabilidad… la falta de amor. Ciertamente, algunas comparaciones pueden ser, además de molestas, muy poco adecuadas, debido principalmente a la atemporalidad entre ellas, pero es bueno recordar que antes, muchos años atrás, los amantes se mantenían en contacto a través de cartas y éstas tardaban varios días, a veces meses, en ocasiones hasta años, en llegar. Y el amor persistía. El amor es un don que debe ejercitarse bajo sus propias reglas, nunca forzarse por bajo las nuestras.

Decir «te quiero» y que se sienta un «te amo»

Como sabemos, el tema de la hermenéutica (arte de interpretación) siempre puede resultar un auténtico suplicio. «¿Qué me habrá querido decir?». Imaginemos, pues, qué puede pasar cuando de por sí a muchos se les olvidan las reglas gramaticales y hacen del lenguaje un laberinto de significados, cuando sólo se lee, mas no se escucha y ve. No es lo mismo, y nunca lo será, mantener una plática frente a frente con la persona, a prestarse a comunicarse las posibilidades en un mensaje de texto. Sin embargo, el auténtico problema no es ése. No, en realidad estamos hablando de una carencia de sinceridad afectiva. Cualquiera, hoy en día, puede decir un «te quiero», y es en verdad tan sencillo que se dice rápido y sin pausas, en cambio, un «te amo» puede ser más complicado. ¿Es que no existe la confesión amorosa entre familiares y amigos, y sólo puede ser entre amantes?

Los corazones distantes son los mismos que están cercanos. Tienen las mismas necesidades y las mismas exigencias. Hacerle saber a alguien que está lejos que se le ama, no es nada más es eso, sino también hacerle saber que es pensado. Decía por ahí Juan David Nasio, «amar es tener alguien que te espera». ¿Y qué esperamos entonces? Por qué los rostros tristes y dolidos cuando la separación ya no sólo es física, sino eterna, para decir lo mucho que nos amamos, que nos pensamos. Sucede que solemos ser muy reservados, muy celosos, con nuestro sentir. Y eso es una apuñalada en la esperanza misma.

Quizá en soledad…

Últimamente, el tema de valorar la soledad ha sido algo que está en boca de todos. Ciertamente, hay quienes encuentran en ella un espacio necesario para lidiar con la inmensidad de los días, pero hay otros que encuentran en ella un pretexto para despreciar lo demás. Debemos saber encontrar un balance y no hundirnos en nuestras heridas narcisistas que perpetuamos día con día en el desprecio por la capacidad de los demás. Es muy fácil, en verdad demasiado, juzgar al otro poniéndonos como un punto de totalidad y absolutez. «Están mal por que no lo hacen como yo». Precisamente, la distancia entre los corazones, nos permite observar, aprender y a romper nuestros propios prejuicios, pero sobre todo, a aceptar la vida tal y como es. La alteridad, recordemos, nos muestra al otro con la oportunidad de amarle sin detenernos en sus accidentes.

Por eso, para acabar este encuentro, les invito a mirar sus propios corazones a la distancia. ¿Qué hay en ellos? Sean sinceros. ¿Qué falta? Sean más sinceros. ¿Qué pueden ofrecer al mundo? Sean brutalmente sinceros. ¿Qué pueden evitarle a los demás? Sean humildemente sinceros. El corazón distante muchas veces palpita fuera de nuestro propio pecho, le vemos ajeno a nosotros y sentimos todo el dolor en un agujero negro. ¿Por qué? No perdamos la ocasión de ser estando dispuestos al encuentro. La gente va y viene, pero el amor permanece. Abrir los ojos y abrazar la vida… el primer paso.

Te quiero.

Te quiero.

P.d. Gracias, mi hermano Martín, por hacerme recordar.

Vive… la resistance?

«Donde hay poder, hay resistencia»

-Michael Foucault

Queridos(as) lectores(as):

Desde que comenzó la pandemia hasta el día de hoy, se ha hablado fuerte e insistentemente sobre la importancia de la salud mental y cómo ésta se ha visto perjudicada de muchos modos, pero sobre todo, ha venido a ser una complejidad para quienes pasaron por el contagio, la enfermedad y muerte de seres queridos y demás consecuencias. La ansiedad desatada, la depresión, el insomnio, las crisis existenciales, etc., se han venido a fortalecer de una manera tal que no cabe la menor duda de la necesidad de apoyo en la psiquiatría, psicoterapias y, por supuesto, el psicoanálisis.

Sin embargo, a pesar de que muchos afirman «ya no poder con más», y a pesar de la gran oferta existente de profesionales de salud mental, hay quienes todavía se ven lejos de comenzar una terapia o un proceso de análisis. Desde los famosos tabúes del tipo «ni que estuviera loco», «es que tengo miedo a las medicaciones», hasta los muy aventurados como «esas cosas son un fraude», siempre parece que hay un impedimento. En fin, de todo un poco, pero son constantes esas muestras que conocemos en este campo como auténticas resistencias.

La ilusión de poder

En 1925, Sigmund Freud publicó un texto llamado Inhibición, síntoma y angustia, donde realiza una importante labor de investigación y que culminó con el desarrollo de toda una clasificación de resistencias. Para ahorrarnos un poco el trabajo, vamos a decir que para Freud, toda resistencia es una fuerza de oposición al trabajo psicoanalítico. En encuentros anteriores, hemos señalado que si bien existe el deseo de saber más sobre uno mismo, también existe un temor de hacerlo. ¿Pero por qué? Al empezar citando a Foucault, tendremos una clave para esto que estamos tratando: el ser humano tiene una ilusión de poder sobre su vida y sobre el acontecer alrededor de él, por lo que cuando ve en peligro de perder dicho poder, es probable que haga de todo para evitarlo. ¿Y qué es peor que enterarnos de que algo que creíamos controlar es en verdad una ilusión que sólo hemos aprendido a «sostener»?

En una sociedad tan compleja como la nuestra, donde no se perdona tan fácilmente el error y la autoexigencia se vuelve un verdadero delirio, es común que veamos que se haga de todo para mantener aquello que decimos estar logrando. Pero, queridos(as) lectores(as), la fuerza de la costumbre es en realidad el miedo latente a lo nuevo. Y es sencillo de explicar: si ya estamos acostumbrados a un ritmo, a un tiempo, a un modo, etc., aunque nos esté costando sostener el paso, pareciera que es mejor seguir con ello a detenerse para pensar en otras posibilidades. Es caminar con una piedrita en el zapo y continuar sin removerla. Es el fracaso de la posibilidad. De hecho, el mismo Freud señaló que el descubrimiento del inconsciente dio la tercer herida narcisista al ser humano: no es tan libre como cree que es. Y enterarnos de ello, puede ser algo demoledor.

El insight y la resistencia «fundamental»

Horacio Etchegoyen nos dice lo siguiente: «El análisis se propone dar al analizando un mejor conocimiento de sí mismo; y lo que se quiere significar con insight es ese momento privilegiado de la toma de conciencia». En la primera tópica freudiana, donde lo importante es «hacer consciente lo inconsciente», se estimó que era fundamental el vencimiento de las resistencias (punto de vista dinámico) para que algo se torne consciente. Antes de continuar, es importante señalar que como tal insight es una noción que se desarrolla principalmente en la escuela inglesa de psicoanálisis, por lo que así podemos entender que sean psicoanalistas como Donald Meltzer y Wilfred Bion, quienes apuesten por decir que la resistencia es en realidad una afrenta a la intimidad.

Justamente hagamos hincapié en la intimidad, pues no hay nada que genere tanta resistencia como el hecho de sentirnos transgredidos en ella. Si descomponemos la palabra de origen latino, tenemos por un lado in- (hacia dentro), -mus (sufijo superlativo) y -dad (referencia de cualidad), entones, «cualidad de ir hacia dentro». ¿Pero hacia dentro de quién o de qué? En esto, recuperemos la noción de afecto, y éste lo orientamos hacia el propio. Entonces, intimidad vendría a ser «cualidad de ir hacia dentro del afecto de uno mismo».

Ahora bien, ese «afecto de uno mismo» nos conduce directamente a aquello que nos vuelve vulnerables, aquello que es «con lo que cualquiera nos podría lastimar». Es curioso que solemos pensar en la posibilidad de daño que el otro tiene en sus manos, lejos de pensar en alguna otra cosa más benéfica. Por eso es que la intimidad nos resulta un tesoro que hasta nos parece a nosotros mismos intocables. Tal como decía Jacques Lacan: «La intimidad es insoportable, por eso existe la extimidad«. Es mejor hablar del otro que de uno mismo. La resistencia fundamental es, por tanto, a descubrirnos en nuestro máximo punto de vulnerabilidad. Mi querido Gabriel Rolón, colega psicoanalista, dice algo muy bello:

«El ser humano es la única especie que ha desarrollado la cópula cara a cara, frente a frente. Necesitamos mirarnos a los ojos para decirnos ‘te amo’. Dentro de la gran variedad erótica que tenemos podemos jugar en distintas posiciones, hacer todo lo que queramos, cumplir nuestras fantasías. Pero en el momento de manifestar el amor, nos tenemos que mirar, porque eso es lo que nos hace sentirnos reconocidos, y el reconocimiento es otro de los nombres del amor. ¿Qué es el amor? El hecho de encontrar en otra mirada que yo no soy cualquiera en este mundo, y que para esa persona que me mira yo soy único».

La alteridad siempre nos conduce a nuestra intimidad…

¿Por qué no me analizo entonces?

Para bien o para mal, no existe como tal un por qué que podamos traer de lo general a lo particular. Ciertamente se trata de un tema meramente subjetivo y que, por tanto, tiene que ver con nuestras muy delimitadas resistencias. Siempre es importante partir de la experiencia que hemos tenido en la vida para trata de comprender por qué hay cosas que no nos gustan. Pienso en los niños pequeños y cómo sufren sus padres para que coman las cosas que les sirven. Es divertido, lo confieso, la tranquilidad con la que dicen «no me gusta» cuando ven un platillo nuevo. Dicen que «de la vista nace el amor», y ciertamente hay experiencias cognoscitivas que pueden perjudicar el posible aprecio por las cosas. «A ver, dime, ¿cómo dices que no te gusta si no lo has probado antes?», es lo que por general se les dice a los niños y estos, de un modo todavía más chistoso, van rompiendo de a poco su resistencia a comer lo que les han servido. ¿Y qué pasa? Puede ser que reafirmen lo que en efecto sospechaban, que no les guste eso, pero también existe la posibilidad de que les encante y luego no quieran sino que les sirvan más.

Este mismo efecto es el que veo en el tema de comenzar una terapia o un proceso de análisis. La resistencia a ver cosas de nosotros que no queremos aceptar en un principio es lo que nos hace sentir un repele por ello. «No sabes lo molesto que soy, a veces ni yo mismo me soporto», diría por ahí un conocido, «pero francamente no quiero enterarme por qué soy así». ¿Qué puede ser tan terrible como para no quererse enterar de ello? En el psicoanálisis, en su desarrollo, nos encontramos con un fenómeno que conocemos como transferencia, misma que se da entre el analista y el analizando. Pero, ¿quién es el que realmente está ahí que se deposita en la figura del analista? ¿Qué hace que exista la pena, la vergüenza, la culpa, etc.? Eso, justamente, es el «premio» por superar la resistencia: poderlo descubrir.

Siempre me gusta recordarles a quienes me preguntan sobre analizarse: «no sólo te toparás con un monstruo, sino que también hay alguien fantástico esperando por ser descubierto detrás del primero».

¿Hacia dónde vas?

«Homo liber de nulla re minus quam de morte cogitat et ejus sapientia nos mortis sed vitae meditatio est«.

-Baruch Spinoza

Queridos(as) lectores(as):

Hace algunos días que mi actividad onírica está por los suelos y ciertamente no me encuentro en el mejor de los momentos para ofrecer un noble intento de claridad sobre algunos temas. Pero no hay que alarmarse. Los que llevamos una vida «filosófica» entendemos y comprendemos todo y a la vez nada; se trata de una naturaleza aún más conflictiva que nos lleva a interminables debates sobre las cosas. Por eso es que he querido comenzar este encuentro con la cita del célebre filósofo holandés, que traducida nos dice: «El hombre libre en lo que menos piensa es en la muerte, y su saber no es una meditación sobre la muerte sino sobre la vida». ¿De qué nos sirve pensar algo que no sabremos nunca con exactitud?

Recordaba entonces una de las máximas del Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». ¿Y quién quiere tal cosa si no se quiere enterar de lo que se tiene que enterar? La verdad es hermosa cuando no nos jode, ¿no creen?

Viaje a Sorrento

1876 es el año en el que se lleva a cabo una de las más impresionantes metamorfosis de la Historia de la intelectualidad Occidental. En aquel año, por invitación de Malwilda von Meysenbug, el filósofo y filólogo alemán, Friedrich Nietzsche, realiza su famoso viaje al sur de Europa, específicamente a Sorrento, Italia. Además de tratarse del momento en el que las más importantes notas del futuro libro, Ecce homo (Humano, demasiado Humano), fueron escritas, se trata de una verdadera transformación del pensamiento de nuestro autor. En sus propias palabras encontramos lo siguiente: «A los lectores de mis escritos precedentes, quiero manifestar de forma expresa que he abandonado los puntos de vista metafísico-artísticos, que en esencia están en ellos: son agradables, pero insostenibles»(Fragmento póstumo 23).

Sorrento

Durante este viaje, tal como nos relata Paolo D’lorio en su libro El viaje de Nietzsche a Sorrento, encontramos una respuesta que quizá muchos buscamos en la actualidad:

«Desde la terraza de su habitación, frente a Sorrento, el filósofo ve la isla de Ischia, isla volcánica, lugar real e imaginario que le serviría de modelo para las ‘islas afortunadas’, las islas de los discípulos de Zaratustra. Las islas afortunadas son las islas del futuro, de la esperanza, de la juventud. Y es eso exactamente lo que Nietzsche vuelve a descubrir en medio de los tormentos de su enfermedad: las visiones, los proyectos, las promesas de su juventud. No como vestigios de un pasado de ahora en adelante enterrado, sino como voces que llegan del pasado para volver a llamar a aquel que desespera y que se ha equivocado de camino, como es el camino futuro de su vida»

Si pretendemos olvidar el pasado en nuestras vidas, cometemos el error de querer empezar de nuevo sin experiencia alguna, cosa que el mundo nunca nos perdonará. En el pasado radican muchas claves que nos pueden ayudar a mejorar el presente e intentar apostar por un futuro mejor. No es regla, pero es una respuesta.

Psicoanálisis para combatir el engaño

Desde hace tiempo he insistido mucho en la importancia de ser sinceros con el mundo, pero empezando por ser sinceros con nosotros mismos. Precisamente a esto nos ayuda el psicoanálisis. De hecho, en una pregunta que le hicieron a la psicoanalista austriaca-argentina, Marie Langer, ella contestó: «¿Y por qué el psicoanálisis? Porque sirve. Sirve para entenderse mejor a sí mismo y al otro. Sirve también para casi no mentirse más». Recordemos que la lucha de Sigmund Freud era en sí contra las (malas) ilusiones que sólo generan un profundo malestar en el ser humano. Una de esas ilusiones es la del autoengaño que nos pone en una situación donde nos sentimos fuera de nosotros, de lo que realmente somos, para estar bien con los demás. El querer encajar es algo que puede dañarnos de maneras impensables. Uno encaja perfectamente en su propio lugar, por lo que no se trata de eso, sino más bien de compartir lo que soy, lo que son, lo que somos.

Marie Langer

Resalta esto en la respuesta de Marie Langer de «para casi no mentirse más». Para ello hay que considerar la otra sentencia del Oráculo de Delfos: «Todo con medida». Ciertamente nunca podremos llegarnos a conocernos en totalidad, ni quien quisiera tal cosa para ser ciertos, pero lo importante es poder tener un autoconocimiento para no perjudicarnos más, para no seguir equivocándonos, para poder elegir el camino futuro de nuestra vida. ¿De qué sirve vivir por vivir? Después uno se arrepiente y busca desesperado culpables. Por eso, en psicoanálisis entendemos que esa «mirada al pasado» no es para encontrar culpables de nuestro presente, sino para poder resignificar lo que fue y darnos la oportunidad de sostener la esperanza, misma que nos habla de saber darle una oportunidad siempre a la vida.

Estos episodios oscuros

«Reconocerse no es morir», es afirmarse en todo momento. La noche de ayer le platicaba a una querida amiga y que cada día me convence del gran futuro que le espera en la Psicología, de que he llamado «episodios oscuros» a los momentos en los que permito que todas las situaciones difíciles por las que atravieso hagan lo que quieran en mi mente. Permitiéndome quejarme y dolerme por ello. No, no es para victimizarme, sino para poder escucharme a mí mismo e ir desahogando todo y encontrar, a su vez, respuesta y salida. Ciertamente no puedo culpar a los demás de lo que me pasa. Ciertamente no todo depende de mí y a veces la empatía y amor de los demás se ve limitado por las circunstancias que todos atravesamos.

Este ejercicio mental me permite justamente eliminar ideas negativas que me pueden consumir poco a poco sin darme cuenta. ¿De qué sirve guardar rencor, coraje, odio o tristeza para incrementar lo que ya de por sí es un auténtico malestar? Eso mismo les pregunto a ustedes pero de forma distinta: ¿por qué es que surge siempre la idea de quererse ir cuando atraviesan por problemas? ¿Qué están esperando que suceda cuando regresen? Bien dicen que los problemas saben esperarnos, pero también pueden crecer si no los resolvemos a tiempo. El viaje a Sorrento de Nietzsche es en sí el viaje que cada uno de nosotros hacemos a diario. Un viaje hacia lo que nos permita contemplar el futuro que queremos, pero nos ayuda también a planearlo. ¿Para qué engañarnos si en nosotros podemos encontrar lo que necesitamos hacer? A veces, el viaje es en solitario, a ves es compartido, pero también a veces es de los dos al mismo tiempo.

Viajar al silencio

Ante la ajetreada vida que vivimos actualmente, me parece que debemos realizar a diario un viaje al silencio. Es decir, hacia nosotros mismos. Hay demasiado ruido allá afuera y con ello se va nuestra atención para poder tratar de solución a nuestro malestar. Me parece bellísimo lo que Sacha Guitry dice cada vez que se refiere al músico austriaco, Wolfgang Amadeus Mozart: «Lo maravilloso de la música de Mozart es que el silencio que le sigue también es de Mozart». ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? Pues que justamente el silencio que podemos guardar nos hace caer en cuenta que sigue siendo nuestro porque seguimos siendo parte del «recital de nuestra vida».

El silencio del universo que somos

Por todo esto, mi pregunta original de «¿hacia dónde vas?» es una sincera invitación, para que tanto ustedes como yo, nos pensemos nuestro propio viaje a Sorrento y nos permitamos disfrutarlo, pensando que no es otro sino a lo que estamos llamados a ser. Que no tengamos miedo de ello y nos atrevamos a dejar de pensar tanto en los demás, para darnos la oportunidad de pensarnos, ojo, para poder estar luego con quienes nos esperan en el camino.

Un abrazo y feliz fin de semana.

Fred Roldán y la lata de frijoles

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión, aprovechando la gentileza y amabilidad de su lectura y apoyo a esta página, quisiera abrir el corazón una vez más y contar, a modo de un sencillo pero muy profundo homenaje, una pequeña anécdota que se convirtió para mí en una de las enseñanzas más valiosas de mi vida, y quienes son cercanos a mí o han tomado clases conmigo, saben que la comparto con especial alegría esperando también les ayude.

Fred Roldán, El señor teatro, o como le decía cariñosamente, «Fredplin» (pues lo comparaba con Charles Chaplin, ya que era de todo un poco en el escenario, pero también en la vida), fue para mí, igual que para muchos, no sólo un gran amigo, sino un maestro en todo lo relacionado con la actuación, y una figura paterna a quien he amado desde que le conocí cuando tenía yo apenas unos 15 años, hasta el momento en el que me avisaron que ya había fallecido hace unos días, pero que amaré en mis recuerdos hasta que yo ya no sea más.

Justo hace varios años, recuerdo muy bien, llegaba a encontrarme con un tal «Fred Roldán», y lo digo así porque había recibido una recomendación por parte de mi igualmente querido y amado «Goyo» Jimenez (el colombiano más mexicano de la Historia), de que si quería aprender teatro, no podía sino ser bajo la tutela de este hombre. Estaba nervioso y un tanto preocupado. Toqué a la puerta en el legendario Centro Cultural Roldán Sandoval y escuché detrás un «ya abro, espera, que no sé dónde están las llaves». Y al abrirse la puerta, pude ver a una persona maravillosa, porque justo Fred transmitía eso, tenía algo que nos apapachaba con su eterna sonrisa y amabilidad genuina en su mirada. «Así que vienes por parte de Goyito, ¡caray, qué gusto!». Nunca supe cómo es que se conocían.

Compartí con Fred mi admiración y amor por los dramas teatrales, mi gran interés en formarme como actor (a lo que él me contestó que estaba mal, porque era «vivir de actor»), y por poder perder el temor al escenario. A mi querido Fred le debo, en buena medida, mi desarrollo en el encuentro con los demás. Sus cursos de actuación jamás los olvidaré. Si bien es cierto que sólo participé con él en contadas ocasiones en sus maravillosas obras, tales como el mítico Pinocho (por ahí de 37 años en escena), él me decía: «Hectorito, no, quiero que descubras el mundo del teatro, desnuda tu alma en el escenario, sé tú, y luego vuelves aquí, tu casa, y me cuentas con detalle».

Un día, allá por 2009, recibí el llamado para formar parte de la obra Donde estés, amigo, de mi querida Sarah Goldsmith, y recuerdo que de tanta alegría que sentí en ese momento, me pasé de lado a mis papás y al primero que le avisé fue a Fred. Su alegría era quizá más grande que la mía. Pero llegó un momento de duda y me sentí incapaz de darle vida a Alberto, uno de los personajes principales de la obra. «¿Qué hago, Fredplin? -le preguntaba nervioso. A lo que Fred, sonriendo, me dijo: «Pues actúa siendo tú, ¿qué más?». El señor teatro era eso y todo lo demás, por lo que era casi imposible verlo fuera de su teatro, de su casa, en las noches porque «siempre había una misma historia que contar de manera distinta», cosa que siempre estuvo presente en su imperdible obra de teatro musical, Y llegaron las brujas, por lo que para mí fue maravilloso y sorpresivo verlo sentado en las butacas pegadas al escenario en el teatro en la noche del debut. Nadie aplaudió tan fuerte como mis papás y Fred al acabar. «Hectorito, bien, tu ángel te sonríe más que nunca».

Pasaron los años y mi carrera actoral se vio «frustrada» por mi etapa universitaria y comienzo en la vida laboral. Pero el contacto con Fred nunca. «Amigo querido, saludos y felices fiestas desde Nueva York», «…desde Londres», etc. Quizá ya no nos veíamos tanto como antes, pero siempre estábamos en contacto. Un día, recuerdo bien la enorme frustración que sentí cuando me rechazaron en un trabajo y que uno de los argumentos que me dieron fue «te hacemos un bien, porque la verdad no vemos cómo la armarías aquí». Mi ego estaba lastimado y profundamente herido. Mis papás estaban de viaje en aquel entonces y, de un momento, me saltó la idea de hablarle a Fred. «¿Qué pasa, Hectorito? Vente, vamos por un helado». Y eso hice, fui al querido teatro casa, le avisé que ya estaba afuera y salió para encontrarse conmigo. En la contra esquina fuimos a parar para tomarnos un helado y que le contara lo que había pasado. No quiero entrar en detalles sobre el lugar, pero me ilusionaba trabajar ahí y, según yo, tenía todas las cartas para hacer las cosas bien. «Ay, no, me duele verte así, no es justo», me decía. «Siento que fracasé en esta oportunidad, Fredplin». A lo que un serio Señor teatro, sin perder la sonrisa y ese brillo en sus ojos, me dijo:

«No, no, no digas eso pequeñín (en sarcasmo pues soy muy alto), porque no es cierto. ¿Recuerdas aquella vez que estabas nervioso por tu estreno? Sé que no te pagaron, cosa de la que nunca estuve de acuerdo, y que lo hacías por verdadero amor al arte, pero quizá es que no te dieron la oportunidad de sentir la compensación de tu pasión. Mira, este trabajo que haz perdido, será un mal y tedioso recuerdo. Pero, ¿sabes?, estoy más que seguro que vendrán cosas mejores para ti. Porque eso mereces. Sólo te voy a pedir un favor enorme, cuando recibas tu primer pago formal, no hagas otra cosa que ir a comprarte una lata de frijoles, regresas a casita, los abres, y así sin cebolla ni aceite, los calientas y te los comes. ¿Por qué? Porque van a ser los frijoles más ricos que habrás de comer en toda tu vida. Frijolitos deliciosos que te costaron, que nadie te regaló. Y verás que ese sabor siempre te acompañará a lo largo de tu vida».

(Ahorita estoy llorando sólo de recordar esto)

Esa enseñanza la llevé a cabo apenas recibí mi primer suelo en cierta editorial. Pasé a un 7 Eleven en la esquina de la calle de mi casa y me compré una lata de frijoles. Llegando, mi mamá me dijo: «Qué bueno que llegaste, ¿quieres comer? Hoy hice…», pero no la dejé terminar. Le mostré la lata de frijoles y ella entendió al primer momento lo que eso significaba para mí. Los calenté y me los comí… ¡no saben qué deliciosos! Hasta la fecha sigo recordando ese sabor en mi boca, pues la sencillez me dio un pasaje a lo glorioso. Le mandé la foto a Fred y su contestación fue: «Hectorito, querido amigo, bendiciones, hoy salgo más contento por ti a bailar con Cruelena».

Querido Fred:

Me duele de una manera indescriptible el saber que no voy a poder volverte a ver, que no voy a poder ver en vivo la alegría de tu ser en este mundo. Pero siempre voy a atesorar todo lo que fuiste y enseñaste, la manera en la que me mostraste cómo «desnudar el alma», no sólo en el escenario, sino en todo lo que me apasiona. Yo sé que somos muchísimos a quienes nos tocaste el corazón con tu testimonio y ejemplo, que los nombres van y vienen, pero que tu amor por nosotros jamás estuvo en duda. Sé que ahora estás con tu siempre amada hija y que nos cuidas, empezando por tu hermosa familia, desde el cielo.

¡Tu sonrisa y mirada siempre vivirán conmigo en mi alma!

¡Gracias, gracias, por la bendición de haberte conocido!

Atte.

Héctor, el pequeñín.

«Lo hice por amor…»

«Para gobernar a los demás, uno tiene que empezar por saber gobernarse a sí mismo».

-Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Sin lugar a dudas, el nombre de Will Smith es el que más está en la boca de todos alrededor del mundo tras lo sucedido en la entrega de los Oscar 2022. Sin embargo, sabemos bien que no se debe a que haya ganado, por fin, la estatuilla a Mejor Actor por su película King Richard (2021), sino al golpe que le acomodó al cómico/presentador, Chris Rock, después de que éste hiciera un chiste sobre Jada Pinkett Smith (su esposa) y por su falta de pelo (alopecia declarada). Las reacciones no se hicieron esperar, hasta el punto en el que se dividió la crítica en favor o en contra de las acciones del Príncipe de Bel-Air.

Will Smith tras recibir el premio a Mejor Actor por King Richard

Pero, ¿realmente hay que hablar sobre esto que sucedió? En definitiva no se trata de algo menor, y menos tratándose de algo que se vio a nivel mundial en tiempos donde la violencia se ha desatado entre la humanidad. Sin embargo, no sorprende. Recordemos que el ello, como estructura de la mente, encierra la parte más primitiva, por tanto salvaje, del ser humano. De hecho, aprovechando la «justificación» de Will Smith, podemos dar mayor luz a esto: «El arte imita a la vida y al final parezco el padre loco y tarado. Pero el amor te hace cometer locuras».

Al justificarse

Sé y entiendo que muchas personas estén de acuerdo con la reacción de Will Smith por defender a su familia, a sus seres queridos, específicamente a su esposa. Sí, entiendo que el amor nos haga cometer locuras. Pero en lo que hay que tener mucho cuidado es en comprar la justificación de algo que es en sí la apología (defensa) de algo que no, es decir, la violencia. Puedo pensar que muchos de ustedes en este punto me reclamarían «¿acaso, Héctor, tú no hubieras hecho lo mismo?», y puede ser que sí, puede ser que mi reacción haya sido quizá no golpear a Chris Rock, pero sin duda se trataría de algo que reflejara mi incomodidad. Eso se llama «empatizar» con las víctimas. Pero, ¿queda exactamente claro quién es quién en esta situación? El comediante se limitó a seguir el guión que alguien escribió para ese momento, primer cosa que podríamos cuestionar: ¿dónde queda el criterio del comediante para saber discernir entre lo chistoso y lo que puede ser ofensivo?

Empezando por ese punto, sí podemos culpar a Chris Rock de ocasionar uno de los momentos más incómodos televisados a nivel mundial, pero, ¿dónde queda la responsabilidad del que escribió ese «chiste»? De hecho, ¿quién es? Es algo que hasta el momento se mantiene oculto, tan oculto como el hecho de por qué la Academia permitió que algo así se filtrara. No, no es para escandalizarnos y hacer de esto una quema de brujas, pero sí es importante ser coherentes con el discurso que estamos sosteniendo. Volvemos a centrarnos en lo dicho por el famoso intérprete de Hombres de negro (1997): «He recibido el llamado de amar a la gente y proteger a la gente, y ser un río para mi gente. Sé que para hacer lo que hacemos, tenemos que ser capaces de aguantar que la gente hable locuras sobre ti». Es bueno saber a lo que uno está llamado, pero es mejor saber serlo.

Will Smith abofetea a Chris Rock

Vamos a tomar esto de la justificación y decir las cosas como son. Cuando uno se justifica por un error cometido o algo en lo que ha fallado, no es para evitar quedar mal con el otro (cosa que evidentemente ya pasó), sino para evitar no quedar mal con uno mismo. «Perdóname que llegara tarde, pero es que no tomé el tiempo necesario…», «Te juro que lo quería hacer, pero me distraje…», etc. ¿Qué no acaso quien ama al otro debe evitar a toda costa el violentarle? Es como si dijéramos: «Te amo, por eso te pego». Suena raro, se ve mal, en definitiva algo no está bien.

Los discursos que compramos

Al principio he citado al filósofo griego porque me parece muy importante que tomemos en cuenta tal advertencia. El acto de gobernarse a sí mismo se refiere a tener un control racional de nuestras pasiones. De nada sirve que el ser humano se jacte de ser racional cuando se deja dominar por sus pasiones al punto de hacernos dudar de nuestro supuesto razonamiento. Ojo, aquí tengamos cuidado con algo: no podemos decir que se trata de un acto irracional porque sí fue pensado, sí hubo una idea de actuar de modo determinado ante la ofensa. En otras palabras, uno debe tener la capacidad de saber lo que está haciendo y medir las consecuencias. Cuando hablaba del anonimato del escritor del guión que siguió Chris Rock, hablaba también de la responsabilidad que no se consideró. «Es que es un chiste nada más», claro, pero en psicoanálisis sabemos que todo chiste oculta siempre una verdad que no podríamos decir en un tono serio porque seríamos automáticamente rechazados. Es decir, cuando contamos un chiste malicioso, ¿cómo lo empezamos? «Miren, no es por ser racista/clasista/machista/etc, pero ahí les va un chiste sobre eso…».

Algunas reacciones tras lo sucedido

Chris Rock compró un discurso que le llevó a quedar mal por el pésimo gusto del mismo. ¿Quién se burla de una enfermedad o discapacidad de alguien? ¿Seguimos pensando, entonces, que se trata nada más de un chiste? Y surge entonces el «ahora que lo pienso…», cosa que no sucedió cuando fuimos partícipes del chiste con nuestra risa. La incomodidad de Jada Pinkett Smith en su rostro es exactamente la misma con la que nosotros expresaríamos el malestar al sentirnos ofendidos, y peor aún, cuando se ríen por eso. ¿Dónde queda la coherencia entonces?

Ahora he leído que la Academia va a iniciar una investigación sobre lo sucedido, donde el autor desconocido es más que probable que pierda el trabajo, se levante una multa a Chris Rock, y que Will Smith… ¡hasta pueda perder el Oscar! Sí, «la justicia» se imparte de formas muy curiosas. «Se van a manchar (aprovechar) con ellos porque son negros», leí en Twitter. Bonita forma de expresar el racismo en un momento donde muchos saldrán a secundarle con un «sí, tienes razón». ¿Qué estamos comprando sin medir las consecuencias de ello?

Algo más hay ahí

Es curioso cómo muchos reaccionaron a lo que vieron con un «fue actuado». ¿Con qué fin sería eso? Es decir, las risas se apagaron de un momento a otro y la cara de Chris Rock al ver a Will Smith dirigirse a él, nos evidencia que en definitiva no fue actuado. Además, claro, de los gritos del actor de En búsqueda de la felicidad (2006): «¡Saca el nombre de mi esposa de tu pu… boca!». Insisto, fue un momento muy desagradable que se dio en un evento donde sólo deberíamos festejar al cine. Es triste pensar que algo así ensombreció los grandes e icónicos momentos que se vivieron en esta entrega del Oscar. Chris Rock y Will Smith serán los chivos expiatorios de los que se hablará por un buen tiempo. De hecho, los famosos memes se han hecho de un gran contenido y material para la elaboración de bromas sobre lo que sucedió. Al finalizar la ceremonia, la Academia pidió a los periodistas el no tocar el tema durante el festejo. Silenciando no hace sino empeorar las cosas, porque hay mucho que decir. De cualquier modo, los Smith no asistieron y desaparecieron del lugar, no sólo por la pena, sino por las sugerencias de sus encargados de relaciones públicas.

Will Smith no logra contener el llanto

Hay dos intervenciones que me llamaron la atención. Will Smith comentó que el también gran actor, Denzel Washignton, se le acercó y le dijo: «Ten cuidado en tus mejores momentos. Es cuando el diablo viene por ti». Justo lo que hablábamos sobre Aristóteles: el diablo son las pasiones que se desbordan y nos llevan a cometer actos reprobables. Por el otro lado, cuando el magnífico actor, Sir Anthony Hopkins con su clásico sentido del humor británico, remató: «Will Smith lo dijo todo, ¿qué más se puede decir?». Hay quienes tomaron estas palabras como un elogio a lo sucedido «por amor», sin embargo, en la experiencia de los años reflejada en el rostro del actor de Hannibal (2001), podemos advertir un cierto deje de elegante reclamo al recién galardonado actor: «Opacaste todo».

En fin, ya veremos dónde acaba todo este show mediático en los siguientes días. Pero algo que es seguro es que no se puede dejar de reflexionar sobre lo sucedido y evitar, a toda costa, perdernos en discursos que nos demuestren lo poco coherentes que somos en realidad después de tanta actuación social, y ver que no sólo hay un lado de la moneda.

Esto que es, no fue, ¿no será?

«Y cuanto más fijamente lo miraba, menos se lo podían creer mis ojos, como si estuviera presenciando el sueño de antaño aun sabiendo en todo momento que estaba despierto…»

-Bashkim Shehu (Angelus Novus)

Queridos(as) lectores(as):

En esta semana, me he enterado de ciertas «historias de amor» por parte de algunos amigos, algunos conocidos y algunos pacientes. En cada una de ellas, no sé si decir «por desgracia», pero encuentro tintes muy grises tirándole a negros, pero también una frase que en sí misma es desgarradora y muy compleja: «No sé qué hacer».

¿Por qué resulta que de un tema tan hermoso como es el amor, nos damos golpes muy duros que terminan por hacernos dudar de todo, hasta de nosotros mismos? Es que amar es algo muy complejo, no es fácil. Recordemos la sentencia de Jacques Lacan: «Amar es dar lo que no tengo a quien no es». Una fórmula muy difícil de explicar pero que quizá nos podría ayudar, a partir de la reflexión a la que nos invita/obliga a darle respuesta al profundo sinsentido del momento que vivimos en eso que llamamos crisis en la relación.

Esto que soy, esto que doy

Sin intención de entrar en detalles sobre algunas de las historias que les comento, quisiera recuperar la expresión mencionada con anterioridad que juega un papel importante en la mayoría de ellas: «No sé qué hacer». En estas crisis en la relación, el sujeto adquiera de forma directa un sinnúmero de dudas que ponen en delicado balance su quehacer amoroso y le cuestionan de manera tiránica absolutamente todo. «Es que si hago/digo esto, estoy mal; si no hago/digo esto, estoy mal, ¿entonces qué hago?». Resulta altamente interesante que el sujeto se olvide que la relación no es de uno, sino de dos. ¿Por qué asumir toda la carga de la aparentemente culpabilidad sobre el malestar en la relación? Parece ser que la exigencia sólo está de un lado del tablero.

Mons. José Tolentino Mendonça (El pequeño camino de las grandes preguntas), reflexionando sobre la sentencia lacaniana sobre el amar, nos comparte lo siguiente:

«Dar lo que no se tiene significa decirle al otro, de una manera clara, confiada y extrema, la falta que su vida abre en nosotros. Significa señalar su lugar único e insustituible excavado en lo más profundo de nuestro ser. Los que se aman se dan a la bebida, no de la abundancia, sino de la propia indigencia y escasez. Amar es arrimar al otro a mi sed, ese otro nombre posible para denominar el deseo».

Una insistencia que he hecho a estos amigos, conocidos y pacientes, es recuperar la sinceridad en sus vidas. ¿Sinceridad para con el otro? En efecto, pero primero para con uno mismo. La compleja situación que es en sí misma el relacionarse con los demás, adquiere un valor trascendental de evidencias ontológicas, es decir, de lo que cada uno es. ¿Por qué pretender ser otro para agradar al otro o a los demás? La falta de sinceridad nos conduce a un camino de buscar encajar sin importar renunciar a lo que somos. ¿Dónde queda la dignidad? Es la misma pregunta que se hace en aquellas relaciones en crisis: ¿dónde quedo yo cuando he tratado de dar todo por el otro? Y parece que la respuesta no es fácil de obtener…

El dolor de nuestra desesperación

Evidentemente estas crisis, más cuando se cuentan a algún tercero, llegan a un punto donde las lágrimas sustituyen a las palabras. El «no sé qué hacer» se vuelve un «no sé qué decir», porque «no tengo palabras para esto que tanto me duele». De ahí que la solución nos la dé el propio cuerpo. En su libro, Fragmentos de un discurso amoroso, el filósofo francés, Roland Barthes, comparte una sencilla y conmovedora explicación sobre la utilidad las lágrimas: «A través de mis lágrimas, yo cuento una historia». Sin importar dónde o cuándo, ya sea acompañados o en la más «estricta» soledad, nuestras lágrimas van dirigidas a alguien más. ¿Pero exactamente a quién? Es aquí donde «a quien no es» de la sentencia lacaniana nos ayuda a resignificar nuestro llanto.

Hay que comprender que existe, queramos o no, un inconsciente donde yacen aquellos momentos reprimidos, inhibidos y hasta «olvidados» que regresan a modo de repetición ante una situación similar o familiar a una génesis de la misma. «Es que x persona me hace llorar, me hace sentirme como cuando…». ¡Ahí está la clave! Cargamos algo que no hemos trabajado, que no hemos puesto en palabras y que por tanto no hemos podido superar, saliendo a la primera oportunidad y eso hace que la crisis sea una ocasión de atemporalidad. Lo que está pasando no es al 100%, sino que es parte de lo que fue y que nos lastima pensar que siga siendo.

«Es que te juro que le amo, pero me duele mucho». Sí, es algo muy triste escuchar eso, pero en buena medida es una manera de confesar nuestra falta de sinceridad para con nosotros mismos. Ayer, durante una sesión con un paciente, descubrimos que el profundo dolor que sentía por su pareja era nada más y nada menos que la resonancia del fuerte eco de una infancia en la que algo faltó: una mirada, una escucha, una validación, un reconocimiento. «Tal parece que espero que esta persona -me dice el paciente- me dé lo que no he tenido». ¿Será que amar no sólo es dar lo que no tengo, sino esperar que en algún momento me lo den?

Esperanza de un pasado mejor

Recuerdo con especial cariño a mi querido Irvin D. Yalom, quien siempre gusta recordarnos que «hay que renunciar a la esperanza de un pasado mejor». Es decir, todos y cada uno de nosotros, hemos tenido momentos en el pasado que hubiéramos querido hubieran sido de otra forma o que de plano sería mejor que ni hubieran sucedido. Pero, ¿podemos realmente cambiar el pasado? Por desgracia no, sin embargo, qué poco agradecidos podemos llegar a ser con el hecho de poder recordar para poder resignificar aquellos momentos y permitirnos respirar con calma en el presente. ¿Por qué el pasado sólo puede doler? No, eso es terrible.

El pasado existe, tal como se dice en las clases de Historia, para aprender y evitar volver a equivocarnos. Claramente en lo que nos corresponde a nosotros y que está en nuestras manos. En las crisis de relación lo que hay es un temor inconsciente de repetir aquello que ayer nos dolió tanto, porque pasó o por que no pasó. ¿Cómo puedo saber qué hacer si inconscientemente estoy tratando de contestarme con lo que no supe qué hacer en aquel entonces? Es la pregunta sin respuesta aparente. Ante esto, «amar es dar lo que no tengo a quien no es», es en sí una propuesta de interioridad para cada uno de nosotros, que se fortalece con el esfuerzo de ser sinceros y dejar de adornar lo que no es, con aquello que no fue, para que podamos vestir de posibilidad lo que sí puede llegar a ser.

Vamos a «llorir»

Queridos(as) lectores(as):

Vaya que he estado un poco alejado de nuestra página. Para serles sincero, no tenía claro sobre qué escribir. ¿Para qué escribir por escribir? La intención de nuestros encuentros es encontrar algo en ellos que nos permita reflexionar sobre cosas que estemos viviendo, por lo que me parece en sumo inútil escribir algo que sólo favorezca la distracción sin sentido. Hace unos días, me topé con una serie catalana/española spin-off de la aclamada Merlí. Sólo que ahora, Sapere aude, gira en torno a Pol Rubio (Carlos Cuevas) y su nueva vida como estudiante de Filosofía en la Universidad de Barcelona.

Para quienes pudieron disfrutar de la génesis de estas aventuras filosóficas, tal como yo, nos resulta un tanto extraño el ya no contar con el profesor Merlí Bergeron (Francesc Orella), pero ahora se nos ofrece una versión un poco más excéntrica con la catedrática María Bolaño (María Pujalte) y otros fantásticos personajes. Ciertamente, muchos fans de la serie original podrán decir que «no es lo mismo», y claro que no lo es, pero debemos saber valorar los intentos que se hacen para difundir la actividad filosófica y la importancia de ella en la vida de todos.

¿Para qué sirve un filósofo?

Quizá sea una de las preguntas más complicadas de resolver. Hace unos días, mi querido amigo Martín, quien es egresado de Filosofía también, me preguntaba sobre el quehacer del filósofo y «de qué sirve nuestra profesión». He de decir que nos ha costado dar con una respuesta que sea tan simplona como cuando decimos que un «médico cura». ¿Será que el filósofo piensa por los demás? No, por supuesto que no podemos ser tan ególatras y minimalistas. Es una pregunta que incluso sostengo debe ser parte de los problemas mismos de la Filosofía. El quehacer del filósofo es algo que se puede demostrar con hechos, pero explicar curiosamente resulta algo muy difícil.

En fin. A lo largo de mi corta y brevísima experiencia como «filósofo» (recuerdo que a muchos compañeros les causaba indignación tan siquiera decirse así), puedo decir que he visto de todo un poco y participado de todo un mucho. Es curioso cómo la figura del filósofo provoca y pone nerviosos a los demás. De hecho, sumándome el hecho de ser psicoanalista, me parece curioso (y en ocasiones risible) la imagen que se generan de nosotros en la sociedad, y no me refiero a los clásicos estereotipos, sino que somos «fríos, directos y casi sin sentimientos». ¿Es que qué le puedes decir a un filósofo que no sepa ya? Pues muchas cosas, demasiadas, incontables. Ser filósofo no es tener la respuesta a todo, pero sí tratar de buscarla. Una empresa de vida.

Llorir, ¿qué coño es eso?

La misma pregunta me hice cuando me topé con esta palabrita. Debo decir que lo primero que pensé fue que se trataba de «llorar-morir». Me solaba lógico. Sin embargo, ¡qué sorpresa me llevé! Ahora que hablaba de Merlí: sapere aude, justo ayer por la noche estaba viendo un capítulo de la segunda temporada que se llama así. Antes de seguir, he de decir que fue maravilloso toparme con un actor que hace mucho tiempo no sabía nada de él. Me refiero a Eusebio Poncela (Arrebato, Hache, La ley del deseo), quien da vida al maravilloso personaje de Dino. Y es él quien suelta eso de «llorir» en un momento clave de la serie. Pero la sorpresa es justamente que llorir viene a significar «llorar-reír» (mi pesimismo es terrible).

¿Les ha pasado que llega un punto en la vida que lloran pero de alegría? Y no me refiero a hacer caras ridículas, sino en verdad a tener lágrimas cubriendo el rostro mientras no pueden parar de reír. Parece que eso es muy extraño en nuestros días y es, a su vez, algo triste. Con tantas cosas tan horribles que vivimos a diario, las enfermedades, la guerra, las muertes, etc. ¿Cómo llorar y reír al mismo tiempo? ¡Tiempo! Es que de eso se trata, y nos hemos olvidado de ello. Todos tenemos una invitación pendiente a llorir sin parar porque nos lo debemos. Buscar a los amigos, a la familia, las ocasiones en las que hacen más falta risas para fortalecer la esperanza del porvenir.

Reconocimiento y liberación

Nuestras lágrimas brotan porque hay una tensión dentro de nosotros que se vuelve insoportable. Pero al salir, la tensión disminuye y con ello viene un pequeño pero delicioso estímulo placentero. Decía el sabio Confusio: «Hay personas que lloran porque las rosas tienen espinas, mientras que hay otras que ríen de alegría al saber que las espinas tienen rosas». Es parte del sentido trágico de la vida, como tal no podemos hablar nunca de totalidades o absolutos, ¿qué sentido tendría? Mas bien, ¡qué horrible sería! Abrazar el sentido trágico de la vida, en la que un día lloramos, otro reímos, un día nos encontramos para en otro perdernos, es aceptar las cosas tal y como son. Quien vive esperando que el manzano le dé naranjas, vive perdiendo el tiempo.

Aunque regresando a la mención de Dino y el llorir, me parece más cercano lo que decía Gabriel García Márquez: «No llores porque terminó, ríe porque sucedió». Reír es nuestra oportunidad de aceptar y resignificar lo que ha pasado. Insisto mucho a mis pacientes en la importancia de no ser tan duros con ellos mismos, pues de nada sirve aumentar más el dolor y la tristeza cuando podemos hacer algo para disminuirlos. Bien dicen que un evento desafortunado puede tener también sus momentos que nos causen gracia, y eso se debe a que la risa nos ayuda a sostenernos, a «endulzar» un poco el día que estamos pasando. Por eso es importante la comedia, darnos una buena oportunidad de reír en el día.

¿Para qué servirá la filosofía?