Los días están llegando

«El porvenir es un lugar cómodo para colocar los sueños».

-Anatole France

Queridos(as) lectores(as):

No sabría decirles por qué, pero desde que leí eso de «los días están llegando» en el hermoso libro del mismo nombre del rabino Ezriel Tauber, además de la profunda búsqueda espiritual que pretende, me conmovió al punto de dar un consuelo especial a mi corazón. Tantas cosas que pasan o que pasamos a diario y tantas que nos estamos perdiendo. ¿De qué va el día a día de cada uno de ustedes cuando se alejan del labor, el estudio, de aquello que «importa»? ¿Cuántas veces nos vemos sumidos en la responsabilidad que olvidamos elementos tan finos y bellos como el simple sentir la brisa del aire estrellarse con nuestro rostro?

Soy tremendamente afortunado por las amistades que tengo, pero sobre todo cuando éstas me inclinan a la reflexión y a seguir aferrándome a la vida. Pero de nada me sirve eso si no lo comparto y trato de vivir por un lado, y por el otro enseñarlo. A veces me pesa mucho el ser filósofo, el ser psicoanalista, el «tener que lidiar» con los problemas del mundo. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Servirá lo que ofrezco a mis pacientes? Son preguntas que puedo responder con facilidad por lo que veo y por lo que compruebo, pero esas preguntas me orillan a preguntarme ahora si todo eso es también para mí.

¿Dónde quedamos nosotros?

Mi amigo Martín me compartió que está por iniciar una nueva aventura académica para su formación profesional y personal. Hablamos un poco sobre los dones y de qué manera los usamos. En un momento, compartí lo mucho que disfrutaba tocar la guitarra cuando era más joven y que por una circunstancia de salud no lo pude volver a hacer. Ciertamente pasaron los años y con fisioterapia pude tener más movimiento en mi mano derecha. ¿Por qué ya no volví a tocar guitarra? Lo primero que respondo es que me desespera el hecho de que «ya no es lo mismo, ya no es como antes», pero luego me respondo: «Es porque me ha dado flojera comprobarlo». Patético. Pero no por eso deja de ser importante. Las cosas no son tan simples, y en mi esfuerzo por ser más sincero conmigo mismo, descubro que hay momentos y recuerdos tristes que no quiero volver a vivir al tocar con mis dedos las cuerdas de la guitarra. Así que ahí yace, en una esquina de mi cuarto, cubierta de polvo.

Lo que ayer fue la música para mí, hoy los son la literatura y la poesía. Mis queridos(as) lectores(as), ¿se imaginan cuántos libros podría publicar si recopilara todos estos encuentros? Quizá 5 ó 9, no lo sé. ¿Pero qué ganaría con eso? Quizá descubrirían este espacio quienes no son duchos en el uso del internet, quizá alguien podría compartir lo leído con alguien más a modo de recomendación literaria. Quizá… quizá… quizá. Pero, a pesar de esa incertidumbre, yo estoy ahí, en la posibilidad infinita que es mi propia vida. Cierro el libro que estoy leyendo, tomo un trago de mi café, me digo non estic per hòsties! (¡no estoy por/para hostias!) y me regreso a escribir. ¿Qué escribo? Para empezar, lo que pienso, para que entre todos los que puedan leerlo, en algún momento lo haga yo también y me dé cuenta de cosas secretas entre tantas palabras que sólo yo podré descifrar(me).

Quisiera…

Antes de llegar al mediodía de hoy, mi amiga Odette me pregunta por Whatsapp a dónde me gustaría irme de vacaciones. No tardo en contestar «no sé», para luego decirle que «necesito playa». Pero esa necesidad no es la clásica y malgastada respuesta cotidiana de «necesito playa, me urge», que significa irse de fiesta, alcohol y demás desenfrenos. No, en mi caso quisiera sentir la arena en mis pies mientras son refrescados con la fría agua del mar. Ver al horizonte y volverme a preguntar como cuando era niño: «¿Qué habrá más allá?». Pero, ¿me gustaría compartir ese momento con alguien? Sí. ¿Con quién? «No sé», y después yo mismo me digo, «no, sí sabes, con ella, con él, con ellos…», y vienen a mi mente mis amigos, mis amigas, mis padres (que ya no están aquí), mi ex, mi crush, con esos extraños que se volverían conocidos para luego ser amigos o parte del olvido.

Quisiera tantas cosas, ¿qué me detiene para ello? ¿Qué logra el psicoanálisis sino enfrentarnos contra nuestras propias prohibiciones? Es decir, hay cosas que no decimos, que no hacemos, porque según nosotros no podemos, quizá porque no debamos, pero no es tan simple. En los miedos personales yace la respuesta hacia la libertad que buscamos. Escuchar el deseo es enfrentarnos a lo que nosotros mismos hacemos para no cumplirlo. Quisiera, por ejemplo, escribirle a cierta persona y decirle «vámonos, no preguntes a dónde, vamos a improvisar». ¿Qué pretextos me pongo? Sí, claro, los días están llegando, pero yo con ellos, porque esa es la vida que está frente a mí esperando que tome alguna de tantas posibilidades y me atreva a adentrarme en el misterio mismo. Ahí donde yace el nombre del destino, yace el hombre elegido.

Quizá, en vez de playa, quisiera ir a Escocia…

¿Qué creen que sea?

Una sociedad de erizos

«El ser humano es un animal sociable que detesta a sus semejantes».

-Eugène Delacroix

Queridos(as) lectores(as):

El 25 de mayo de este año, con tristeza y agradecimiento, me despedí de mi querido Baruch, quien era un pequeño erizo que puedo decir que tuvo una vida bastante buena, ya que estos animalitos tienen una esperanza de vida muy variante, pero que en la mayoría de los casos es de 4 a 5 años, pero mi Baruch casi llegó a los 7 años. Fue quizá una de las mascotas más exóticas que he tenido y, a su vez, de las más interesantes. Los erizos son animalitos que, aunque ya se les ha domesticado, no son exactamente lo que uno podría esperar, es decir, a diferencia de un perro, un gato, un conejo e inclusive un hamster, estas bolitas con espinas tienen su muy propio y muy marcado temperamento. Hay los que se acostumbran a sus humanos y se dejan agarrar, juegan y demás; otros, como Baruch, que aunque se acostumbran a sus dueños, el caracter lo mantienen fuerte e «irritante», pues de un momento a otro encuentran la manera de morder la mano de quien los alimenta. Mi erizo siempre estaba «enojado», pero sin lugar a dudas fue un gran acompañante para mí.

Sin embargo, aunque Baruch me sirva como introducción a este encuentro, la idea es abordar lo que los erizos nos enseñan sobre la humanidad, y cómo autores como el filósofo alemán Arthur Schopenhauer encontraron cierto símil. Los erizos, aunque son lindos, tiernos y bonitos, no dejan de ser esa bolita con púas que en cualquier momento, sobre todo cuando se sienten amenazados, las levantan sin importar lo que lleguen a lastimar.

De un enojón a otro

Schopenhauer ha sido expuesto como el padre del pesimismo por su pensamiento y sus actitudes en la vida. Quizá lo que más se le critica es lo que más nos cuesta reconocer. Justo él tenía una noción muy curiosa sobre el ser humano y de ahí el símil con los erizos:

«En un día muy helado, un grupo de erizos que se encuentran cerca sienten simultáneamente la necesidad de juntarse para darse calor y no morir congelados. Cuando se aproximan mucho, sienten el dolor que les causan las púas de los otros erizos, lo que les impulsa a alejarse de nuevo. Sin embargo, como el hecho de alejarse va acompañado de un frío insoportable, se ven en el dilema de elegir: herirse con la cercanía de los otros o morir. Por ello, van cambiando la distancia que les separa hasta que encuentran una óptima, en la que no se hacen demasiado daño ni mueren de frío».

Baruch, en honor al filósofo Spinoza.

A esto anterior se le conoce como el Dilema del erizo, mismo que encontramos en su obra Parerga y Paralipomena (1851), y quizá más de uno(a) de ustedes, queridos(as) lectores(as), les hizo sentirse curiosamente identificados. Y no está tan mal eso. Se dice, y se dice bien, que «los que más te pueden lastimar son los que más te dicen amar». El ser humano, social por naturaleza -según Aristóteles-, ha descubierto a través del tiempo lo tremendamente complicado que puede resultar el relacionarse con los demás, sobre todo en nuestro tiempo que parece que las relaciones se ven muchas veces demasiado forzadas. ¿Cómo podemos satisfacer, como individuos, nuestras necesidades sin afectar o vernos afectados por esa misma búsqueda de los demás? ¿Cómo es que queremos estar acompañados pero, al mismo tiempo, queremos nuestro propio espacio?

Espinas y datos

La sociedad actual se debate constantemente entre lo que consideramos «práctico» y las ganancias o pérdidas que tenemos con ello. Ahora que pasamos la pandemia de COVID-19, la necesidad de estar en contacto con otros se hizo demasiado palpable, ya que aunque existía la «facilidad» de hacer a través de las pantallas durante el enclaustramiento que muchos vivimos, no fue para nada lo mismo, pues la ausencia del contacto físico, la simple presencia «ahí» del otro frente a frente, provocó verdaderos episodios de angustia, ansiedad, depresión, etc. Una vez que pudimos volvernos a encontrar, fue curioso cómo muchos siguieron manteniendo contacto a la distancia. De hecho, hay que fijarse: cuando estamos compartiendo con los amigos o la familia en una cafetería (por decir algo), los celulares siguen estando presentes y, con ellos, otras conversaciones con personas que no están ahí.

Sigmund Freud, en su libro Psicología de las masas y análisis del yo (1921), cita a Schopenhauer y al dilema el erizo: «Consideremos el modo en que los seres humanos en general se comportan afectivamente entre sí. Según el famoso símil de Schopenhauer sobre los puercoespines que se congelaban, ninguno soporta una aproximación demasiado íntima de los otros». ¿Qué tan cierto es esto? No es motivo para asustarnos, pero es muy cierto. El ser humano, una vez más, es sociable por naturaleza, pero como pasa con todo, llega un momento en el que se harta, se cansa y necesita su propio espacio. Sería un error pensar que se cambia uno por otro, que somos asociales por naturaleza. Habría que considerar cada uno de los casos de tantos millones de seres en este mundo, para poder saber por qué hay quienes abrazan la soledad y pareciera que están mejor así. Sinceramente me cuesta mucho creer que haya alguien en este mundo que sea incapaz de extrañar la compañía del otro, aunque sea por un minuto.

¿Qué piensan de esto?

Crisis y claridad

«En las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte».

-Honoré de Balzac

Queridos(as) lectores(as):

No es algo nuevo pero, ¿ya están hartos de algo? Esta pregunta no es fácil de hacernos porque presupone una demanda muy importante de sinceridad para con nosotros mismos. Porque estar harto implica un «no quiero más», sin embargo, silenciosamente lo acompaña un «pero». Por ejemplo: «Ya estoy harto, no quiero más este trabajo… pero es lo que hay». Ciertamente ese pero puede llegar a ser devastador en el sentido de que parece imposibilitar algo más. Cuántos de ustedes no estarán pasando por lo que san Juan de la Cruz denominaba una «noche oscura del alma». El santo católico se refería a esos momentos de profunda desolación y soledad, de falta de sentido, de tristeza y arrepentimiento en algunos casos. Apartados un poco de la cuestión espiritual (por tanto religiosa), las personas solemos vivir estas noches muy a menudo, a veces, tantas que pensamos que realmente estamos mal. Pero, ¿qué significa pasar por algo así?

Tener dudas de lo que somos, pensamos, sentimos, hacemos, etc., es algo perfectamente humano. ¿De qué nos sirve tener tantas certezas si éstas no nos permiten entenderlas? La duda para alguien como el filósofo francés, René Descartes, sirve para acceder a la verdad. Dudar para dejar de dudar. Por eso es que la duda debe ser, sobre todo, metódica y no algo cercana a lo escéptico. Dudar por dudar es perder el tiempo. Pero, cuando realmente nos detenemos a reflexionar sobre las cosas que vivimos a diario, podemos entender entonces que la noche oscura del alma no es otra cosa sino un momento de purificación para tener claridad.

Nuevos inicios

Ya había abordado algo sobre este tema en un encuentro anterior, sin embargo, quisiera ampliar un poco más esto a partir de la experiencia de la noche oscura del alma. Muchas de las veces que experimentamos esto, se debe en buena medida a la desilusión, a la alta expectativa que podemos generar sobre nuestros estudios, trabajos, relaciones, etc. La semana pasada tuve de visita a mi mejor amiga aquí en mi casa. En una de nuestras tantas charlas, me preguntó: «Si no hubieras estudiado Filosofía o Psicoanálisis, ¿qué te hubiera gustado estudiar?». Como decimos acá en México, «a bote pronto» (sin pensarlo), le contesté que Medicina o Leyes. Después de que le di mis razones, terminé diciéndole: «Sin embargo, igual y vuelvo a estudiar lo mismo». ¿Cuántos de ustedes eligieron sus carreras por cosas aparte? Es decir, hay quienes quisieron (por voluntad o por presión) continuar el legado familiar, otros eligieron por las oportunidades económicas que parecen más probables, etc. Hay quienes tuvieron o tuvimos la oportunidad de estudiar lo que quisimos. Pero, ¿cuántos de nosotros estamos felices por nuestra elección?

En su libro, Las noches oscuras del alma (2004), el psicoterapeuta estadounidense, Thomas Moore, dice lo siguiente:

A medida que transcurre la vida, uno se hace más reflexivo y menos obsesionado consigo mismo. Adquiere una visión más amplia y profunda, y su corazón es capaz de abrirse más allá del egoísmo hacia las necesidades de las personas que le rodean. […] Uno se refina, se vuelve más reflexivo y sensible. Comprende el significado y la importancia de los muchos acontecimientos que jalonan su vida, y su conversación se hace más sustanciosa e inteligente.

Durante aquella conversación, le decía a Fernanda que muchas veces tenemos la idea de que no nos queda de otra y hay que seguir haciendo lo que hemos estado haciendo. Y eso perpetúa el malestar personal. Hay quienes pierden el sentido de lo que hacen porque se aburren, porque ya no es tan interesante, porque no es lo que esperaban. Y sí, pasa y mucho. Pero, ¿es que acaso es lo único que podemos hacer? Luego, le hablé sobre aquello que conocemos como el eterno retorno de lo mismo, una noción griega que el filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, retomó en su trabajo. ¿Qué pasaría si un demonio se acerca y nos dijera que todo cuanto hemos vivido estamos destinados a vivirlo una y otra, y otra, y otra y otra vez en un ciclo sin fin? Apartados de la visión lineal de la vida, todo dolor, toda tristeza, todo mal momento, lo repetiríamos sin poder hacer algo al respecto. Ella se puso sensible y me dijo «no, qué horror…». Ah, pero no se queda ahí, ¿qué pasaría si pudiéramos elegir qué vivir y de qué modo? Cosa que siempre hemos podido, pero que nos ha faltado decisión, valentía, coraje y un poco de egoísmo (¿por qué no decirlo?). No se trata de vivir como nos dicen, sino vivir como queremos en medida de que podamos hacerlo. Hay cosas que no podemos cambiar, que no están en nuestras manos, pero hay otras que pueden ser los más bellos inicios para apropiarnos de nuestra vida, de nuestro deseo.

Por favor, desespera.

La desesperación, el morir sin morir, como diría el filósofo y teólogo danés, Sören Kierkegaard, es un estado del ser humano en el que la posibilidad parece que desaparece. Sólo hay malestar, genuino y muy personal. Sin embargo, la desesperación es algo bueno, dentro de lo que cabe, pues eso nos hace decir otro «hasta aquí», sólo que en esta ocasión le acompaña un «cómo». Ejemplo: «Estoy desesperado, no puedo más con esto, ¿cómo le hago?». Esa pregunta requiere una respuesta que, una vez más, requiere de nuestra total sinceridad. Tenemos que volver a nosotros mismos, a escucharnos y elegir. La madurez es la ocasión del ser humano en la que se libera de la dependencia, para abrirse paso a sus propios aciertos y a sus propios errores. Tal como decía Honoré de Balzac en la frase que les compartí al inicio de este encuentro, «… el corazón se rompe o se curte». ¿Qué elegimos? ¿Nos quedamos sentados a lamentarnos o hacemos algo al respecto? No es fácil, definitivamente no lo es, pero tenemos que aprender a confiar en nosotros mismos y en nuestras capacidades.

Hay quienes estudiaron lo que estudiaron y parece que no están muy felices por ello. Sin embargo, resulta que son buenos en lo que hacen. ¿Qué más hacer? La desesperación es una invitación a hacer algo más. Un querido amigo y hermano, René, es ingeniero, y muy bueno, sin embargo hay algo que le inquietaba, por lo que decidió, aparte, dibujar y pintar, ¡y vaya que es muy bueno! Pero, ¿hay algo más por hacer? Sí, y se formó como psicoanalista. A lo que voy es que las crisis nos permiten tener claridad y darnos cuenta de que no estamos atrapados en una realidad en la que sólo hay algo por hacer, sino muchas otras cosas más. ¿Están pasando por una noche oscura del alma? Qué bueno, póngale y pónganse atención, dense la oportunidad de aprender y verán que a la mañana siguiente, el sol brillará más que de costumbre.

El placer de las cosas sencillas

«Las cosas de este mundo son tanto más buenas cuanto más sencillas».

-José Luis Martín Descalzo

Queridos(as) lectores(as):

El día de ayer me reuní con mi querido amigo, el escritor y académico mexicano, Daniel Rodríguez Barrón (La soledad de los animales, Incidentes, La luna vista por los muertos, etc.), con quien estoy llevando a cabo un proyecto que, espero, pueda ver la luz muy pronto. Después de un magnífico intercambio de ideas y puntos de vista, proseguí con mi día. Estaba buscando uno de esos controles que, hasta la fecha, sigo sin recordar cómo se llaman (los inalámbricos que se dividen en 2) para mi Nintendo Switch (uno de mis placeres culposos) pero por desgracia, aunque más bien por fortuna, no lo encontré; seguí recorriendo la zona y me topé con una cafetería muy pequeña que no hubiera notado nunca de no ser porque iba caminando en esta ocasión. Entré y una joven muy agradable, de nombre Ariel, me atendió de una manera muy cálida, atenta y servicial. Me contaba que llevaba ya casi 1 año ahí y que estaba ahorrando para entrar a estudiar Filosofía en la UNAM. Le platiqué que algo sabía sobre eso y nuestra conversación se «desató».

Me llama mucho la atención cómo las mentes más jóvenes se inclinan poco a poco hacia un saber tan cuestionado como lo es el de la Filosofía, y a esto me refiero por su «falta de practicidad» o, mejor dicho, «porque no deja para vivir». El pan nuestro de cada día de los que estamos en este mundo. Ella me decía que hace unos años, se topó con un librito que le llamó mucho la atención, que lo leyó una y otra vez y que le había provocado el querer estudiar esta carrera. El libro en cuestión era De Anima, de Aristóteles (¡vaya librito!). Debo de confesar que pasé un rato bastante agradable, además de que el café era soberbio, rico y muy bien preparado. Me atreví a darle algunos consejos y unas recomendaciones y quedé de visitar ese lugar de manera más frecuente «para seguir enseñando y aprendiendo».

¿Para qué tanto?

Una de las cosas que más me llamó la atención sobre Ariel era la sencillez con la que hacía las cosas, ya que aunque estaba platicando conmigo (ya que no había más comensales, quizá por la hora), estaba limpiando la barra del lugar, las mesas, el piso, preparando algunos platillos y contándome sobre las cosas que tenía que hacer al día, sin dejar a un lado sus lecturas filosóficas. Por un momento me «perdió», ya que me puse a reflexionar en que en realidad, ante esta época donde vamos a toda prisa y con «poco tiempo», son muchas las ocasiones en las que se nos olvida que uno de los máximos placeres en esta vida es el de las cosas sencillas. Es decir, es una realidad que nos encanta complicarnos la vida, y eso tiene mucho que ver con ciertas ideas del tipo «si no cuesta, no sirve». ¿Quién nos cargó con semejante peso?

Una torta/emparedado de aguacate/palta. Más abajo lo entenderán.

Bien es cierto que tenemos muchas cosas por hacer, pero el tema no es eso, sino el modo en el que lo hacemos. «Ante la complejidad, mantente sencillo», decía un querido amigo hace unos años. A lo que se refería es a qué podemos hacer para aligerar un poco lo que estamos haciendo. Pienso, por ejemplo, en la limpieza del hogar. Aunque para mí resulta una actividad en demasía terapéutica, para muchos no es así, al contrario, si pudieran lo evitarían hacer a toda costa. ¿Qué pasa si esa limpieza la hacemos escuchando la música que nos lleva a mover el cuerpo, a bailar? El cerebro recibe la excitación de los sentidos y libera endorfina, una de las hormonas que «causan» felicidad al ser humano. Las endorfinas se generan por la práctica deportiva, el hacer ejercicio, y no sólo ayudan a sentirse mejor y con más ánimo, sino que tienen también un efecto analgésico que ayuda a disminuir el dolor. Por eso, cuando la gente dice asegurar que «ya no puede con el cansancio», cuando se da la oportunidad de hacer algún ejercicio, se «recarga» de energía y le viene un «segundo aire». Si eso pasa con el cuerpo, ¿qué pasará con el entorno?

Sencillez y alimentación

Hace unos días, una paciente me decía que tiene un «gustito» especial para cuando no tiene ganas de hacer nada. Que se come un chocolate y con eso tiene para «reanimarse». Claramente podemos decir que se debe al azúcar y al efecto afrodisíaco que el chocolate tiene lo que le lleva a sentirse mejor, sin embargo, va más allá de eso. Ella, en alguna ocasión, trajo a su análisis que su abuelita siempre los recibía con mucho amor cuando ella y sus hermanos regresaban del colegio. «Mis niños lindos, mis pequeñas baterías» -les decía. Acto seguido, les preguntaba cómo les había ido. No faltaba el clásico reproche infantil de «estuvo muy pesado», a lo que la señora les decía «bueno, peso adiós, aquí un chocolate». Y les daba a cada uno una barrita. Mi paciente relaciona el chocolate con el amor y cariño de su abuelita con ese «truco» para sentirse mejor. La carga emocional y de afecto depositada en un objeto que nos hace recordar, tiene un poder inigualable en la mente y el cuerpo.

Con mi querido amigo y hermano, el famoso Martín, existe algo muy parecido. No es necesario decir más que, «la torta nos llama», para entender que es NECESARIA una rica y deliciosa torta/emparedado de aguacate/palta. La sencillez de ese alimento es quizá la base de todo: frijolitos, mantequilla, aguacate y queso de Oaxaca (quesillo, queso de hebra). Puedo decir sin temor a equivocarme y hablando por mi amigo, que ese momento es en verdad especial, pues lo disfrutamos sin prisa y nos llena el espíritu. Y sí, somos felices. La felicidad no es un absoluto, por lo que cuando llega el momento, hay que saborearla por el tiempo que dure. Pero, así como lo decía anteriormente, es el modo o la manera en la que hacemos las cosas. Cuando comemos esa deliciosa torta, Martín y yo compartimos una plática a la que llamamos psicoanalítica (pues es una auténtica demostración de la asociación libre) y nos asombramos, reímos, hay sarcasmo e ironía, pero sobre todo, un momento en el que el mundo está bien donde está… allá, fuera de ese encuentro filial.

El amor en los pequeños detalles

«La mirada indiferente es un continuo adiós».

-Malcolm de Chazal

Queridos(as) lectores(as):

Hoy en día, todos vivimos sumidos en nuestros problemas y se nos olvida el mundo. ¿O es que el mundo es en sí un problema para nosotros? Cierto es que «nadie nos entiende», y muchas veces eso pasa porque nos hemos vuelto muy reservados, quizá por pena, por coraje, por temor a ser regañados o criticados, etc. ¿Para qué compartir lo que nos pasa si parece que sólo podemos recibir algo negativo por parte del otro? Podemos entender que muchas de las respuestas derivan de la propia frustración personal del otro, es decir, hablamos de proyecciones y que en ellas hay todo lo que está mal, lo que duele, lo que entristece. Por eso es que es necesario que hagamos un ejercicio diario de recordar que TODOS tenemos problemas, pero no hay motivo de hacerlos los problemas del otro. En el compartir yace la oportunidad de ver desde otra perspectiva el problema, quizá haya solución, quizá no estemos haciendo lo mejor para ello, pero la idea debe fortalecerse en la virtud de la humildad, tanto del que comparte como del que comenta.

Mi papá solía decirme: «Cuando hables de ti, no te olvides del otro». Esa insistencia es muy humana, demasiado importante como para pasar de largo. Sí, una vez más, todos tenemos problemas, pero no todos tenemos las soluciones. Ayer, una paciente me compartió un refrán que me gustó: «Cada maestrito tiene su propio librito». Cada uno de nosotros compartimos y/o enseñamos algo a nuestra manera, pero eso no es una totalidad, o al menos no debería serlo. No nos dejemos arrastrar por algo que nos vuelva indiferentes al problema del otro. Los problemas encuentran solución muchas veces en la compañía de un familiar, un buen amigo o de un conocido de ocasión.

Una película triste, muy triste

Hace unos días, volví a ver La tumba de las luciérnagas (火垂るの墓 Hotaru no Haka, 1988), por mucho una de las películas más tristes y deprimentes que han existido en el mundo del anime japonés. Con el peligro de spoilear a quienes no la hayan visto, es una historia que se desarrolla en el Japón Imperial a finales de la Segunda Guerra Mundial. Basada en la novela de Akiyuki Nosaka del mismo nombre, nos encontramos con dos hermanos, Seita y Setsuko, que viven en la ciudad de Köbe y las duras penurias que son posibles durante una guerra. Tras sobrevivir a un bombardeo, los dos pequeños se enfrentan a la realidad de saber que su madre quedó gravemente herida (posteriormente fallece) y quedan con la esperanza de que pronto se reunirán con su padre, quien funge como oficial de la Armada Imperial de Japón (cosa que, como podemos entender, no sucederá).

Seita tiene 14 años y Setsuko es una pequeñita de 5 años. A pesar de la crueldad de la guerra, estos hermanos nos ofrecen un recuerdo de que siempre hay algo por lo cual luchar. Aunque claro, Seita se ve sumido en la responsabilidad de cuidar a su hermanita en una situación francamente desesperada, donde el alimento, el hogar, la paz y la seguridad escasean, así como la salud. Sin querer entrar en muchos detalles para no arruinarles la ocasión de ver esta película (desgraciadamente la quitaron de Netflix por temas de derechos de distribución, ya que desde que Studio Ghibli cedió sus derechos a Disney, desapareció de esa y demás plataformas de streaming), y que a pesar de su crudeza en verdad les animo a que lo hagan, en ella encontramos la crueldad absoluta del ser humano cuando abrazan la indiferencia y el individualismo salvaje. En este mundo de amor, quien cierra las puertas al otro, se condena a sí mismo a los peores infiernos personales.

Abrazar la esperanza, abrazar al otro

Es increíble que como seres humanos sólo pensemos en los demás cuando ha pasado una desgracia o cuando, de plano, ya es demasiado tarde. Los gestos de amor y cariño son exigencia del día a día. Sé que el famoso «debe ser» puede resultar una imposición, pero en algunos casos como éste, quizá sea más bien un recordatorio de que nos estamos sumiendo en una realidad de indiferencia tan cruel que no somos capaces de entender que muchos problemas los podríamos evitar o al menos ayudar a solucionar. Es de tercos pensar que la única ayuda deriva en cuestiones materiales, pero también es cierto que muchas veces tenemos algo que podríamos ofrecer a otros. «Haz el bien sin mirar a quién» podría ser bandera de cada día. Ya he insistido mucho en esto, porque es algo que nos está azotando terriblemente en la sociedad. La amabilidad no es un lujo, no es algo que deba ganarse, porque de hacerlo, ¿por qué nos quejamos de que nadie es amable con nosotros?

Me recuerdo mucho un día, hace algunos años, que una niñita muy linda se acercó a mí estando en el parque y, sin más, me pidió que me agachara y me ofreció una pequeña florecita. «Para ti», me dijo, y se fue corriendo a lado de su mamá. Un gesto muy simple en el que la pequeñita me transmitió un amor que todavía no logro poner en palabras, pero que llenó de vida mi corazón y me dio la sensación de no estar solo. En aquel entonces, recién había fallecido mi mamá, por lo que quienes hayan pasado por ese tipo de pérdida, saben y comprenden lo difícil que resulta para uno seguir viviendo con semejante ausencia. Esa pequeña niña en esa flor, sin saberlo, me dio una caricia que fue directamente al corazón. No me conocía, sólo me vio sentado ahí en el parque mientras leía. Un perfecto extraño ayudando a otro perfecto extraño.

Y esa ayuda… al día de hoy… me invita a repetirla.

Tener y querer

«Mañana de niebla, tarde de paseo».

-Refrán

Queridos(as) lectores(as):

Los días en la Ciudad de México son en verdad fascinantes. En esta época del año, tenemos la capacidad de gozar de tantos climas en un solo día: por las mañanas está fresco (hay quienes dicen «¡qué frío!», pero mucho me temo que exageran), a mediodía empieza un calorcito agradable, a partir de las 14 hrs el sol y el calor aumentan y se vuelve sofocante, más tarde llega el momento templado y en la noche es un volado, puede hacer frío o puede hacer calor. Y la lluvia, siempre la lluvia nos deja a la espera…

¿Pero qué hace que los días así sean especiales? Precisamente el asombro. Nadie puede confiar en los programas del clima, porque además de tener bellas distracciones, el clima parece que no está en la labor de hacernos creerle. Dicen que hará frío, hace calor y viceversa. Y la lluvia… ahí está, en acto y en potencia. ¿Hace cuánto que nos dejamos de preocupar por cosas tan banales como el clima? Y lo digo así porque son cosas que aunque se nos salgan de la mano, en cierto modo podemos hacer algo al respecto. Recuerdo, hace algunos ayeres, cuando iba a entrenar atletismo por la tarde, a pesar de las nubes negras de tormenta que amenazaban con desatar su furia, uno decía «pues ni qué hacerle, hay que entrenar». Y llovía, y el cuerpo lo agradecía. Después de tanto ejercicio, no había nada más delicioso que el agua al caer desde el cielo. Aunque, claro, teníamos que tener cuidado de no refrescarnos de más.

Lo que unos tienen

Muchas veces, el ser humano se encuentra tan limitado por las circunstancias pero también por sí mismo. Hay tantas resistencias inconscientes que limitan nuestro pensar, nuestro hacer, etc. ¿Qué nos detiene para hacer las cosas? En estas semanas, un querido amigo proveniente de Ecuador (el buen Sebastián), me avisó que estaría por acá. Tuve la ocasión de poder verlo 2 veces. Nuestras pláticas nunca carecieron de contenido. Quedé fascinado por su propia fascinación por la Ciudad de México. Sí, es cierto, uno como capitalino puede tener una idea determinada sobre esta enorme y caótica ciudad, pero mirar con ojos ajenos es una ocasión que no debemos desaprovechar por tanto que olvidamos aprovechar. El tesoro de uno es el anhelo de otros.

A veces olvidamos lo tremendamente afortunados que somos. Sebas me comentaba que en Quito no hay la misma oportunidad, por ejemplo, de adquirir un libro que se busca en caso de no encontrarlo en la librería, ya que allá no hay tantas ofertas como las que tenemos acá. Podríamos decir que por cada librería ecuatoriana, en la CDMX tenemos 6. Pensamos los latinoamericanos que somos tan iguales, cosa que es cierta en muchos puntos, pero la realidad es que sí hay diferencias muy marcadas. «Aquí hay muchísimos edificios que hasta parece que estás en un enorme museo», me decía Sebas. De hecho, no sólo me hizo notar cosas como esas, sino otras muy básicas o al menos que podríamos pasar por desapercibido. Cosa que agradezco, pues la reflexión sirvió para valorar más lo que tengo aquí.

¿Hace cuánto…?

Del mismo modo, tengo de visita a mi mejor amiga que viene de Celaya. Fernanda me invitó a hacer unas cosas que ella tenía (como decimos acá en México) en el radar, es decir, que eran prioridades. Hace tanto tiempo que no veía a un adulto sonreír (hasta las lágrimas) por poder realizar un sueño infantil. Hicimos dos visitas a dos lugares, uno de ellos era a una tienda de productos de danza. El sol estaba desatado, por lo que le pedí poder esperarla bajo la sombra. Cuando salió, como si se tratara de una pequeña niña, venía cargando/abrazando una caja, con lágrimas en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja. Uno de sus sueños «frustrados» de su infancia era poder tomar clases de ballet, pasados los años y como si fuera un regalo de la vida, frente a su casa abrieron -por lo que tengo entendido- una academia de danza. Así es, por fin podría hacer su sueño realidad. Tan simple, tan sencillo, tan sincero y tan envidiable. ¿Por qué tanta frustración por cosas tan mundanas que hacen que despreciemos cosas tan pequeñas y tan llenas de alegrías?

¿Qué estamos esperando? Es muy común que escuche en la clínica aquellas tristezas por lo que no se pudo hacer cuando mis pacientes eran niños. Pasan los años y pareciera que el lamento sólo puede ser eso. Pero, ¿qué sucede cuando podemos darnos aquello que no tuvimos? Quizá no sea lo mismo, pero en buena medida me parece que incluso sería hasta mejor. Aprovechamos más lo que de niños estaríamos limitados por distintos factores. Y entre muchas cosas que perdemos con el pasar del tiempo, es la capacidad del asombro. En ocasiones anteriores había sugerido el «mirar con ojos de novedad» lo que vivimos a diario. Pero, ¿qué pasaría si dejamos la seriedad seca del adulto a un lado y damos paso a la diversión del niño para resignificar nuestra vida?

¿Hace cuánto no se ríen hasta las lágrimas?

¿Hace cuánto no juegan bajo la lluvia?

¿Hace cuánto que quieren comprarse algo?

¿Hace cuánto…?

Un castillo (destruido) de naipes

«La única compensación que puede esperar un hombre atormentado: el derecho al pataleo».

-C.S. Lewis

Queridos(as) lectores(as):

Hace unas semanas, el P. Carlos me recomendó leer un texto del que desconocía su existencia. Del escritor inglés, C.S. Lewis, Una pena en observación (A Grief Observed, 1960). Este libro es un sincero y profundo testimonio de lo que tuvo que pasar el autor tras la muerte de su amada esposa, Joy Gresham. A lo largo de estas páginas donde la tristeza, el dolor, el miedo, la falta de sentido, pero también el recuerdo, el agradecimiento, la esperanza y una renovación personal, Lewis se refiere a su esposa como «H» (ya que su nombre completo era Helen Joy Gresham). San Juan de la Cruz se refiere como «la noche más oscura del alma» a aquellos momentos de profunda desolación, a lo que Lewis lo sustituye como su «medianoche».

El tema del dolor es algo que vengo estudiando, desde los textos y vivencias de gente cercana, amigos, familiares, pacientes, así como desde mi propia experiencia. Es curioso cómo la gente se desmorona apenas se menciona esa noción. Martin Heidegger sostenía que la vida inauténtica es aquella donde se huye constantemente de la muerte, y ésta es el punto máximo de la experiencia genuina del dolor. ¿Por qué no nos queremos enterar de ello? El dolor un día llega y derriba nuestro castillo de naipes.

La cuerda no es tan segura

El propio C.S. Lewis, de quien quizá estén más familiarizados por su aclamada obra, Las crónicas de Narnia (1950-1956), fue un prolifero y audaz escritor, muy amigo del también escritor legendario, J.R.R. Tolkien (El Señor de los Anillos), que centró su actividad intelectual y académica en una apologética del cristianismo y en la antropología, tuvo la sensibilidad suficiente para desnudar precisamente el alma y su vulnerabilidad. En su otro ensayo, El problema del dolor (The Problem of Pain, 1940), Lewis buscaba dar una suerte de sentido a sufrimiento y su vinculación con Dios. Haciendo un paréntesis, que justo en Una pena en observación, en un capítulo él deja claro que no es lo mismo hablar de algo que tener que vivirlo. Les comparto el siguiente fragmento:

«Nunca sabes verdaderamente cuánto crees en algo hasta que su verdad o falsedad se te vuelve asunto de vida o muerte. Es fácil decir que crees que una cuerda es fuerte y resistente mientras sólo la utilizas para amarrar una caja. Pero no es lo mismo si tienes que suspenderte de esa cuerda en un abismo. ¿No vas a verificar antes cuánta confianza te merece?».

Este breve fragmento es quizá lo más cercano a una propia reflexión sobre lo que escribió en El problema del dolor y a partir de lo que terminó viviendo tras la muerte por cáncer óseo de su amada Joy a lo 45 años de ella. Es muy fácil hablar al tener tanto de lo cual aprender, pero cuando se vuelve uno parte de lo que se aprende, las cosas cambian. Pero, a pesar de que Lewis redescubrió por sí mismo su problema del dolor, lo valioso aquí es que no trató de ocultarlo, como solemos hacer muchas veces los demás. No le fue nada sencillo (tal como él lo dice al principio), pero en esta sublimación, logró recuperar la estabilidad necesaria para poder seguir a pesar de su pena.

Pensar y sentir

Justo recuerdo una conversación que sostuve hace tiempo con el ahora P. Miguel sobre el dolor. En Occidente, la tradición católica romana nos orientó hacia una fe racional, donde autores como Sto. Tomás de Aquino dejaron fuertes argumentos entre la fe y el intelecto. Sin embargo, la tradición Oriental, es decir, la ortodoxa, supo poner atención también, y quizá con mayor énfasis, a los sentidos, pero también a los sentimientos. Cuando reflexionamos sobre el dolor, precisamente lo que hacemos es pensarlo, ver sus causas y efectos, tratar de solucionarlo… pero nos apartamos de ello en el camino. Si el dolor, en cambio, lo afrontamos desde los sentimientos sin buscar meterlo en un ejercicio de la razón, puede que tengamos una mayor libertad. Por eso es que la cita que compartí de Lewis al principio no es tan descabellada. El propio Freud veía el tremendo valor e importancia de la queja ante una adversidad. En cierto sentido es garantizarnos una participación personal y a modo sobre algo que nos agarra desprevenidos. Quizá la queja no nos salve, pero sí nos da un alivio necesario.

¿Acaso cuando alguien está dolido por algo le instamos a que deje de estarlo? Claro que sí, de hecho, lo hacemos tan a menudo que no nos damos cuenta. Ese acto es, por mucho, la invitación a negar la vida. Si el dolor está presente, hay que vivirlo tal y como es, no buscar darle un sentido que, al mismo tiempo, le niegue su propio sentido. C.S. Lewis explica: «El dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos». Si el dolor no existiera, la vida sería algo que no sabríamos valorar. Quien agradece tanto algo que sabe que no perderá nunca, tarde o temprano lo hace sin siquiera prestarle atención. Es por la presencia de contrarios en la vida que podemos «darnos cuenta» de lo que tenemos, de lo que queremos, de lo que anhelamos. Nuestra vida es como un castillo de naipes, impresionante, pero tarde o temprano se habrá de derrumbar. Quizá podamos volver a alzarlo, quizá ya no. Lo haremos solos, pero es mejor acompañados.

Tus dones, tu respuesta

«Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad».

-José Martí

Queridos(as) lectores(as):

Ser psicoanalista es tener la oportunidad de aprender a ver las cosas desde otro lugar. Aprender de mis pacientes ha sido una de las más grandes bendiciones. Quien trate con otros y de ellos no aprenda nada, mejor que comience a tratarse a sí mismo primero. De ahí en adelante, es importante reflexionar en cosas que muchas veces damos por sentadas o que sinceramente ignoramos, no le damos importancia o que suceden y con eso nos basta. ¿Qué estamos haciendo? Esta pregunta me da incontables vueltas en la mente a diario. Cada día noto que las personas estamos atrapados en rutinas tan diversas y tan parecidas, que estamos reaccionando en vez de actuar, que estamos esperando a que alguien más haga sin saber exactamente qué.

Me parece hasta cierto punto risible cómo es que nuestras frustraciones llegan a paralizarnos, que nos oprimen tanto que sólo existe la queja y el lamento, pero no hay nada que nos haga salir de ese lugar tan incómodo y detestable. Día a día, los problemas del mundo van creciendo y nosotros haciéndonos pequeños. Después, viene la dichosa comparación entre problemáticas y, claro, viene a nosotros un sentimiento de culpa al estilo «cómo me atrevo a decir que lo mío es tan grave cuando hay gente peor». Sí, en efecto, hay problemas que son más grandes que otros, pero sea como sea, todos son problemas y nos afectan de formas muy diferentes. Hacer menos nuestros problemas es hacernos menos a nosotros mismos.

¿Qué don(es) tenemos?

El día de ayer, tuve dirección espiritual con un sacerdote. Así es, no es nuevo, yo soy católico y para mí la vida espiritual es también de suma importancia. No pretendo meterme con la fe o creencias de las personas, cada uno sabe dónde está y lo que le ayuda a seguir. De pronto, salió una cuestión que me mereció que el P. Carlos me dijera: «Estás aquí para ayudar». He sido profesor de humanidades, locutor de radio, actor, comediante de ocasión, psicoanalista y a veces esa persona a la que se le acercan para pedir algún consejo o sólo esperar recibir una escucha amable. No me estoy tirando rosas, es lo que hay. Quizá el don que tengo en mi vida es el poder ayudar. De un modo u otro. Pero, ¿por qué a veces ese don no lo uso conmigo mismo? ¿Por qué me «desvivo» por los demás dejando que mi vida se me vaya en ello? Dicen por ahí que «nadie es profeta en su propia tierra». Es mejor, queremos creer, distraernos con algo que no sea lo nuestro, y eso termina por despreciarnos y nos va poniendo en los últimos lugares de importancia. Y estamos mal.

Reírse es un contagio muy esperado.

Hay gente que tiene dones fantásticos: cocinan, cantan, bailan, hacen reír, enseñan, acompañan, curan, atienden, etc. Pero no olvidemos que los dones también son pruebas. Hay días que el payaso no quiere hacer reír, y es entendible, al final de cuentas somos humanos y nadie dijo que todo siempre tiene que estar bien. Saber ponerle un freno a lo que hacemos es un ejercicio de prudencia que nos deja darnos un tiempo, respirar, relajarnos y luego continuar. Sin embargo, hay quienes a pesar de tener identificados los dones, no hacen nada con ellos. Hay gente que, por ejemplo, se queja de las pocas oportunidades que tiene en el aspecto laboral, y descuida o pone de lado aquellas oportunidades que se abren de par en par con el hecho de utilizar el don personal. Un amigo, por ejemplo, gran músico cuyo talento es palpable, un día se dijo a sí mismo: «¿Y si le saco unas monedas de más al día?». Acto seguido, cogió su guitarra y se fue a tocarla a un parque. 20, 50, 100 pesos, poco a poco fue teniendo eso y más. En un día, fuera de su trabajo cotidiano (es contador), le sacó en efecto más monedas al día. Y lo disfrutó.

La pena y demás obstáculos

En México muchos crecimos con ciertos prejuicios que hoy en día nos detienen mucho para hacer cosas que, de un modo, sabemos nos pueden hacer felices. No quiero pensar sólo desde la cuestión práctica y de ganar dinero, sino de cosas que dejamos de hacer porque «qué van a pensar de nosotros». ¿Cuántas veces van por la ciudad con sus audífonos, escuchando su canción favorita, y sólo la van cantando en la mente? Sé que no todos tienen o tenemos una voz tan privilegiada para cantar sin que terminemos alarmando oídos ajenos, pero la idea no es más que expresar nuestro sentir. «Es que se me van a quedar viendo feo», tantas veces que he escuchado eso. Es en verdad patético cómo nuestra vida queda siempre condicionada a que el otro «nos dé permiso». Hace unos años, perdí una apuesta con unos alumnos y terminé por hacerme un cartón que decía «se regalan abrazos» y estuve por cierta parte de la Ciudad de México cumpliendo con eso. Lo que en un principio era para mí tonto, absurdo e innecesario, se volvió un ejercicio muy lindo en el que muchas personas incluso se atrevieron a darme el abrazo. ¡Cuántos necesitamos un abrazo estos días! (Quiero volver a hacerlo…).

El único impedimento real que tenemos son las ideas que nos generamos sobre los demás. «¿Cómo alguien como yo va a hacer esas cosas?». ¿Y qué se contestan lejos de las ilusiones de identidad forzada? Lo que sucede es que estamos perdiendo el tiempo con tantas preocupaciones que nos olvidamos de nosotros mismos y de las «locuras» que nos harían por lo menos disfrutar un poco más las cosas en nuestras jornadas. Permitirse a uno mismo sentir y expresar es, por mucho, un acto revolucionario en este tiempo de pretensiones que nos alejan de la ocasión de disfrutar la vida. Eso de ver dañada la reputación porque uno hace cosas que le permiten sonreír, es una auto crueldad que no debemos seguir permitiendo. ¡Somos humanos, joder, no rocas! Está muy bien ayudar a los demás, pero en verdad que primero es necesario ayudarnos a nosotros mismos.

Poner los dones al servicio de uno y de los demás, es permitirle respirar al mundo.

¿Por qué escribir?

«El verdadero placer es escribir; ser leído no es más que un consuelo superficial».

-Virginia Woolf

Queridos(as) lectores(as):

Recibí un mensaje por parte de Gustavo, quien escribe desde El Salvador. Resumiendo, me preguntaba que cuál o cuáles son las ventajas que hay a la hora de escribir. Primero habría que tener claro cuál es la intención que tenemos a la hora de escribir, es decir, no es lo mismo escribir un recordatorio, un artículo, un libro o una entrada en este nuestro blog. Sin embargo, en todas ellas radica algo de suma importancia: transmitir. ¿Qué? Ideas, intereses, prioridades, etc. Pero, eso sí, en todas también hay una exigencia que no podemos descuidar: debemos ser sinceros. El escritor estadounidense, Ernest Hemingway, sostenía que «si el autor no escribe con sinceridad, se desperdicia el papel». Me parece que a lo que se refería es que antes de pensar en toda cuestión estética, debemos garantizar un contenido sincero y real sobre lo que sentimos y/o pensamos.

Es un error creer que hay que ser profesionales para escribir. De hecho, ¿cómo creen que empezaron los grandes escritores? Escribir parte de una idea de necesidad, ¿de qué? Depende de cada uno, pero lo común quizá se centre en compartir(se). El propio Hemingway decía: «Mi psicoanalista es mi máquina de escribir». Muchas veces, tenemos la cabeza llena de tantas cosas que se vuelve imposible el tener claridad al menos en algo. Por muy simbólico que parezca, el poder «depositar» esas ideas en una hoja de papel tiene un efecto psicológico muy importante. Cuando estudiaba alemán, mi profesor me decía que los alemanes (algunos) tienen por costumbre tener un Nachtnotizbuch (cuaderno de noche) a un lado de la cama para apuntar ahí cosas pendientes antes de irse a dormir. Y eso no es muy lejano a lo que muchos han tenido a bien tener de costumbre en muchos otros países, ya que también existe la idea misma del «diario».

Porcas revoloteando por doquier

Cuando estaba en la preparatoria, mi maestro de Introducción al Derecho, en algún momento comentó que los adolescentes teníamos la cabeza llena de porcas. ¿Porcas? La descripción que daba de las mismas eran cabezas de cerdo con alas de murciélago, mismas que estaba revoloteando de un lado a otro, y cuyo ruido hacía imposible concentrase. Eso nos lleva a la saturación de pensamientos que podemos llegar a tener. Tantas cosas en las que pensar que resulta muy difícil enfocarse, por lo que poder ir depositando las ideas en una hoja ayuda a incluso darles prioridad. La escritura lo que hace es ayudar al sujeto a construirse frente a sí mismo. A esto me refiero que el escritor no queda libre de su obra una vez escrita, sino que le permite situarse en ella, posicionarse dentro del mismo escenario donde interpreta su vida. Y más allá de interpretar, donde el sujeto se asoma para enterarse de cosas que podría haber dado por sentadas.

La transmisión de ideas a la tinta es un ejercicio que, una vez más, requiere nuestra total sinceridad. No es posible escribir a medias, al menos no deseable. En el ejercicio de la comunicación es perjudicial expresarse a medias, o se dice o no se dice. Muchas veces, de hecho, la escritura nos obliga generar una cita con nuestra propia soledad, ya que de ese modo podemos ser todavía más sinceros con nosotros mismos. Pienso, por ejemplo, en aquel enamorado que escribe un poema de amor por la mujer que ama. ¿Será un gran poema? ¿Será algo que mueva tantas pasiones? En un principio es lo que quiere pensar pues dentro de sus planes está ofrecérselo a su amada. Quizá no sea un poema en estricto sentido, porque puede que haya desconocimiento de la rima, la metáfora, el tiempo, la ortografía, etc. Pero lo que más importa es transmitir lo que se siente. Y escribir resulta más fácil que expresarlo en persona y de frente. Una vez que se escribe el poema de amor, el sujeto revoluciona su expresión y se exige a sí mismo a hacer algo todavía mejor.

Orden y limpieza

Cuando escribimos otro tipo de textos, quizá un poco más inclinados a la cuestión académica o a una literatura más seria, uno se avienta a expresar lo que quiere decir sobre algo y escribe sin parar. Pero no entrega tal texto así como así, viene entonces la revisión. Por eso es que la escritura ayuda a tener orden de pensamiento y a ofrecer, a nosotros mismos y a los demás, un contenido «limpio» para que pueda ser entendible lo que estamos compartiendo. Es por lo que también existe la labor de los correctores de estilo, que podríamos pensar se dedican más a la estética de los textos, sin embargo, es más profunda su acción: ¿qué quiso decir con? ¿será que esto tiene que ver con esto? Infinidad de preguntas que se le realizan al autor y que le siguen favoreciendo a la hora de seguir escribiendo.

Hace tiempo, un paciente mío me expresó que le costaba mucho trabajo poder hablar en las sesiones. Le sugerí que escribiera algunas ideas en unas hojas de papel y que se tomara su tiempo para leerlas en voz alta. Se habrá tardado unos 20 minutos, pero el ejercicio no sólo nos ayuda en esa sesión, sino que pudimos ir dando con las razones de sus resistencias. ¿Qué puedo yo decir? ¿Importa lo que digo? Inseguridades que encontraron un alivio a la hora de plasmarlas en un papel. Esa rutina se fue repitiendo por algunas sesiones, hasta que un día no hubo más necesidad de escribir. Sin embargo, me ha dicho entusiasmado que ahora la idea es escribir para los demás, por lo que está centrado en la realización de un proyecto literario que seguro será fantástico para quienes podamos leerlo. La escritura, por último, es la acción que al ayudar a construirse al sujeto, le proporciona herramientas para incontables cosas. Incluso hasta podemos hablar de fortalecer la seguridad en uno mismo sobre el quehacer diario en las labores profesionales, pero sobre todo, personales.

Un café con la depresión

A Rocío.

«El cuerpo sufre por los excesos, también el ánimo abatido».

-Horacio

Queridos(as) lectores(as):

¡Qué calor que está haciendo en México! Acá estamos sufriendo, unos más que otros, y vaya que no es una experiencia agradable. Sin embargo, ¿qué podemos hacer? Usar ropa fresca, abrir las ventanas, comer y beber cosas frías (aunque la ley de termodinámica nos dice que el tomar algo caliente ayuda a que se regule la temperatura del cuerpo, sólo que como que no se antoja algo así con el calor que hace), poner el aire acondicionado, etc. Pero primero hay que quejarse, hay que hacer saber al mundo que estamos sufriendo y sentir la empatía de golpe de un «es cierto, está horrible». Y esa empatía en verdad que ayuda…

El filósofo alemán, Immanuel Kant, nos propuso tres preguntas fundamentales que pueden servirnos para muchas cosas en nuestra vida: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué me cabe esperar? Estas preguntas, fuera de toda reglamentación objetiva del mundo, se formulan siempre desde uno mismo, precisamente porque nos permiten situarnos en lo meramente nuestro. La verdad es fundamento de la libertad, por lo que al preguntarnos «¿qué puedo saber?» es sobre nosotros mismos; «¿qué debo hacer?», esto nos orienta hacia el bien como máxima moral, sin embargo, la vida del ser humano se configura y desarrolla en su propio quehacer diario. Un paréntesis: el problema surge con el «debo», ya que el famoso deber ser puede muchas veces significar una imposición externa que no pasa por ningún filtro de reflexión, de duda o de crítica, y se «hace porque se debe hacer», sin cuestionar, de ahí que el malestar se genere por la falta de autenticidad a la hora de hacer. Y seguimos con «¿qué me cabe esperar?», precisamente va ligada con la esperanza (darle oportunidad a la vida de sorprendernos), ya que sin ella, ¿qué estamos haciendo y por qué lo seguimos haciendo?

La depresión que inutiliza

Ya lo hemos hablado anteriormente, pero la depresión es algo que no podemos tomar a la ligera. Si bien es cierto que se confunde mucho la depresión con un estado de tristeza constante, cosa que no es así, ésta tiende muchas veces a «robarnos» las ganas, el entusiasmo, el ánimo, etc., de hacer cosas. Una persona con depresión carece de intención. Una fórmula sencilla pero muy eficiente. Las causas de la misma pueden ser varias, pero me parece muy oportuna su aparición en nuestras vidas porque eso nos da espacio para formularnos las preguntas kantianas, justo en el aquí y en el ahora que la depresión parece que extiende hacia la eternidad. ¿Es posible querer hacer algo cuando no se tiene la «energía» para ello? Me parece que lo que hay es una ilusión del no-poder-hacer de por medio. Es decir, pareciera que la depresión tiene en verdad un peso que nos inutiliza y no, no es del todo cierto, lo que sucede es que se genera en nuestra mente una cierta idea de que «hagamos lo que hagamos, ¿de qué sirve?».¿Tiene que acaso ser todo práctico cuanto hacemos? ¿Bajo qué lupa observamos lo práctico?

Mi querida amiga, Rocío, compartió un reel en sus redes sociales en las que mencionaba lo que es para ella lidiar con la depresión y cómo encontró un quehacer que le permitía no luchar directamente contra la depresión, sino contra su falta de intención. Ella mencionó un lugar al que fue para comprar ciertas cosas que le permitirían hacer algo específico en su hogar. «Tal lugar debería ser patrocinador de mi depresión», ¡no saben cómo me reí con ese comentario! Lo interesante aquí es que ella hizo y fue contestando las preguntas kantianas en el proceso. Quizá no sea la solución más grande y efectiva, porque la depresión tiene otras maneras de tratarse, pero el poderse mover de lugar y realizar algo que daba indicios de mejores intenciones en ese aquí y ahora, permitieron que ella fuera más allá de la «inutilidad» a la que parece se nos sentencia al estar deprimidos.

Una rica taza de café…

¡Qué horror! ¿Con este calor? Sí, ya lo expliqué, pero vayamos más allá de la simple interpretación de eso. Es decir, cuando nos tomamos un café, hacemos nuestro el tiempo y podemos pensar muchas cosas en el proceso. Esa posibilidad de apertura nos indica varios caminos a seguir. La idea principal de eso es fortalecer la esperanza de que siempre se puede hacer algo, que siempre hay alternativas, pero debemos renunciar a la falsa ilusión de que siempre habremos de controlar los resultados. Dejarse sorprender por la vida es ver lo que no veíamos, vivir lo que no vivíamos. Muchas veces nos privamos de tantas cosas porque vivimos abnegados a «lo que debe o debería ser», lo que se supone que «tendríamos que hacer». La humildad también nos ayuda a restarle protagonismo de nosotros a las cosas mismas.

La depresión nos ayuda a ponerle pausa a nuestras prisas. Es curioso cómo la depresión puede ser incluso una herramienta bastante útil para combatir los efectos de la inmediatez. Tantas veces pensamos tantas cosas que no tenemos claridad de ninguna. Así, ¿de qué sirve pensar lo que se piensa? En el gran orden de las cosas, tenemos que aprender a distinguir lo que es, lo que aparenta ser y lo que queremos que sea. Sólo así podemos tener calma en nuestra mente y en el cuerpo. Quien diga «debes» es porque seguramente vive la obsesión más tiránica sin entenderla. Quizá la formulación más apropiada y que nos puede ayudar a enfrentar la depresión podría ser: haz, si quieres, lo que puedas con lo que tengas. Uno debe callar, escuchar y hacer. ¿Qué? Escuchemos al deseo, sin abandonar la prudencia.