Querido(a) extraño(a)

He querido escribir esta carta para ti, sin conocer tu nombre, sin ubicar tu rostro; ignorando desde qué parte del mundo la leas y bajo qué circunstancias. Sé que ha sido un tiempo complicado, son tantas cosas que hemos salido perjudicados por la pandemia. Pero, bueno, aquí seguimos y debemos procurar que así sea. A pesar de tanta tristeza, dolor y desesperación, ten por seguro que las cosas seguirán su rumbo.

Quisiera decirte que las cosas van a mejorar, pero es algo muy subjetivo. Pero, ¿hay algo a lo que te puedas aferrar? Sí, a la vida. Quisiera compartir contigo algo muy personal, pero que espero te ayude a continuar. Hace algunos años, mi salud estuvo muy comprometida; como decimos acá en México «tiro por viaje» estaba en el hospital. Había días en los que el dolor no me dejaba ni caminar, pero gracias a mis padres (que mi madre, por cierto, falleció en el 2016), a mis familiares, a mis amigos y a mis alumnos, había algo que me impulsaba a seguir. Fue el amor hacia ellos y el que me profesaban lo que no me dejó rendirme. Todavía recuerdo las noches en las que me dormía por el cansancio. Esos tiempos han quedado atrás. Estoy en deuda con la vida. Y por eso es que quiero que sepas que no estás solo(a).

Ahora con la pandemia, hace mucha falta amor, comprensión, escucha y compañía. Muchas veces parece que nos quedamos solos, que no se acuerdan de nosotros y sentimos miedo. Es perfectamente natural, porque todos estamos con el pendiente de no contagiarnos o que sepamos de más seres queridos en la lista negra. Hay mucho dolor, en verdad que sí. Pero no tenemos por qué pasarla así de manera solitaria. Te aseguro que siempre encontrarás con quién compartir lo que estás sintiendo, y en esa misma ocasión, esa persona podrá apoyarse en ti. Compartirán un momento muy especial, donde debe haber ternura y cariño. No pierdas la esperanza, porque te aseguro que siempre la podrás encontrar en quienes menos lo esperes.

Te abrazo con todo mi amor, cariño y deseo de todo corazón que, pase lo que pase, sigas sonriendo, porque después de la tormenta, siempre sale el sol.

Hagamos comunidad, después de todo, somos soledades que nos encontramos.

Héctor Chávez

¿La vida estoica?

Queridos(as) lectores(as):

Deseo de todo corazón que estén bien y cuidándose mucho, por supuesto de paso a sus seres queridos. El domingo se celebró el famosos 14 de febrero, día de San Valentín. Criticado por muchos y muy esperado por todos, pero lo cierto es que en estos tiempos en los que la desesperanza y la inquietud nos hacen visitas constantes, nada más humano que recuperar la esperanza misma a partir del amor y de la amistad.

Justo tuve la oportunidad de platicar con un viejo y querido amigo desde la infancia; me permitió afianzarme a la compañía y al buen querer de una amistad. En un momento, él me «cuestionó» sobre mis posturas filosóficas, insistiendo que el existencialismo no lo veía claro en mí y que siempre más bien me consideraba como un estoico. Me parece que ningún filósofo se puede «casar» con una corriente o rama filosófica al 100%, antes bien cada aporte de los grandes pensadores del pasado deberían servirnos para orientar nuestro pensamiento y redescubrir los horizontes de nuestra vida.

¿Qué es el estoicismo?

Recuerdo que ya lo había comentado brevemente en un encuentro anterior, pero después de haber convivido con mi amigo, definitivamente me sembró la inquietud de tratarlo aquí con ustedes, además de que me parece que es algo que nos podría ayudar a lidiar con el día a día ante la pandemia que estamos viviendo. Zenón de Citio fundó esta escuela allá por el 301 a.C.; grosso modo, enseña que el hombre debe ser capaz de controlar y dominar los hechos, sus pasiones y todo aquello que le quite la calma y, en cierto modo, le arrebate el tiempo presente. Pasado y futuro son cosas que pueden provocar en nosotros, usando una terminología médica, demasiada ansiedad.

Cuando una persona se le conoce por tener una «actitud estoica» justo es por su capacidad de tener control ante las circunstancias de la vida. ¿Qué es lo que podemos controlar o al menos participar de ello? El tiempo presente. Pero para poder hacer eso, hay que tener un ejercicio mental adecuado, ya que no es tan fácil hacerlo como decirlo. Así como muchos colegas, la palabra «ansiedad» me parece algo demasiado abstracto, pero siguiendo esa línea, podríamos decir que es el momento en el que «perdemos la ilusión de control» y nos damos cuenta que «se nos va de las manos» la situación que estamos viviendo. Y viene con ello la desesperación.

Eso me suena a budismo…

Ciertamente, el estoicismo es una filosofía que posiblemente tuvo su influencia oriental, ya que fue Siddharta Gautama, mejor conocido como Buda (el iluminado), quien enseñó muchos siglos antes el control sobre las pasiones, los deseos y las emociones, que son las responsables de desestabilizar al ser humano. Bien dicen que muchos de nuestros problemas están en la mente, incluso que sólo están ahí. ¡Pero cuánto nos agobian! La consciencia del momento presente, tanto en el budismo como el estoicismo, no es más que una técnica que busca el bienestar de nuestra vida. Tanto el pasado como el futuro nos pueden desgastar y provocar mucho malestar.

Pero, cuidado, no se trata de ignorar lo que fue o no preocuparse de lo que será, sino de no depositarnos demasiado en ellos. Podemos incluso confundir la «actitud estoica» con un «hacernos los fuertes» y eso no es precisamente lo que se busca. Al contrario, la actitud estoica nos permite centrarnos durante las circunstancias difíciles canalizando lo que se puede hacer en el momento, y muchas veces, no es actuar como si no pasara nada. La desesperación nos abre muchos frentes cuando solamente estamos ante uno, por eso hay que enfocarse en lo que nos está ocasionando el malestar y, así, poco a poco ir resolviendo lo que se pueda. Tampoco se trata de un «desprendimiento» de la realidad, es sólo afrontarla sin añadirle cosas de más.

¿Qué hacer?

Si nos metemos a la red, podemos encontrar muchos consejos y medios para poder buscar la vida estoica o el ejemplo budista, sin embargo, no son remedios que se cumplan de la noche a la mañana. Como todo en la vida, requieren su tiempo y su esfuerzo, al final de cuentas son técnicas para ejercitar nuestra mente y poder aclarar nuestra manera de afrontar la realidad de nuestros días. Todos podemos hacerlo, es sólo cuestión de que nos demos a la tarea de comprometernos con ello.

Ante este tiempo de pandemia, las inquietudes y miedos se nos disparan constantemente. No es de sorprender la gran demanda de apoyo psicológico, pero tampoco se trata de dejarlo nada más en eso. Tenemos que, insisto, ejercitar también nuestra mente. Encontrar un momento y un espacio en nuestro día a día en el que nos centremos solamente en nosotros mismos, en nuestros sentimientos, emociones, pensamientos, miedos, etc., pero sobre todo ser sinceros con ello.

Para esto es bueno un rato de meditación, de oración, poder relajarse escuchando música clásica agradable, hay quienes optan por recursos de aromaterapia para ayudar al cuerpo, etc. Pero lo que más debe predominar en esto es la no negación de la vida, cosa que hemos venido hablando en encuentros anteriores. Las cosas suceden por algo, y muchas veces no sabremos darle una explicación racional, sólo nos queda aceptar y no intentar comprender. Sé que es algo complicado, pero todo en la vida debe tener su sano límite, por lo que si nos esforzamos por tratar de comprender cosas que no tienen una aparente explicación racional, lo único que generaremos es más inquietud y desesperación en nosotros, terminando por explotar y tener crisis emocionales muy fuertes.

Antes de despedirnos, me gustaría compartirles el poema Invictus (traducido al castellano) de William Ernest Henley (1849-1903):

En la noche que me envuelve,
negra como un pozo insondable,
doy gracias al dios que fuere
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias
no he gemido ni llorado.
Ante las puñaladas del azar
si bien he sangrado, jamás me he postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror,
no obstante la amenaza de los años
me halla y me hallará sin temor.

Ya no importa cuán recto haya seguido el camino,
ni cuántos castigos lleve a la espalda,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.

Llamado al corazón

Queridos(as) lectores(as):

Como ya es costumbre, espero que estén bien y con salud. No hay que bajar la guardia ante esta pandemia, pero no olvidemos que existen otras que todavía, a estas alturas, no hemos podido eliminar.

Justo el día de ayer compartí en mis redes sociales una breve reflexión sobre la importancia de saber respetar a quienes padecen de cuestiones mentales (estrés, ansiedad, depresión, etc.) y que no los abordemos con cosas tales como «no es para tanto», «no sufras nada más por sufrir», etc. En verdad no seremos nunca capaces de dimensionar lo que están pasando en su ya de por sí conflictivo estado. Es por eso que quiero compartir con ustedes en este encuentro un llamado al corazón.

No te entiendo, pero quiero intentarlo

¿Qué sucede cuando estamos padeciendo una enfermedad física? Dependiendo, claro está, de qué enfermedad se trate, pero siempre será una experiencia incómoda y que nos limita en demasiados aspectos. Se incrementa nuestra vulnerabilidad y quisiéramos, muchas veces, que nos trataran con más amor y con mayor entendimiento. Bien dice el dicho popular «no sabe cuánto pesa el costal sino el que lo carga», ya que en verdad nunca podremos entender al otro, sólo podemos tener una idea (quizá vaga) de lo que está pasando.

Recuerdo al querido Horacio Etchegoyen que en una parte de su maravilloso libro, Fundamentos de la técnica psicoanalítica, hablaba sobre la importancia de la empatía, pero no sólo deberíamos pensarlo en la figura del psicoanalista, sino en general. Entendamos que todos somos partícipes de la misma realidad, pero que la manera en la que la percibimos es muy distinta. Por poner un ejemplo clásico: el duelo nunca será vivido de la misma manera sin importar la cercanía familiar o de amistad. Eso se debe, en buena medida, a la carga afectiva que depositamos en la persona y/u objeto.

Es por eso que quienes padecen algo de índole mental tienen una complejidad aún mayor por tratar. La mejor manera de comenzar a acercarnos a ayudar a quienes sabemos que están lidiando con eso, no es otra sino «no puedo imaginar cómo te sientes, pero aquí estoy para escucharte», y nada más. Hay que tener presente que nuestra opinión no es algo que importe en ese momento, hay que dejar que la persona hable para que empiece a aligerar la tremenda carga que trae encima. Recordemos: la cura comienza por la palabra.

Nos hace falta ternura

Nuestra condición humana es conflictiva, pero a pesar de ello, nadie niega que las muestras de amor son las que más se esperan. En el encuentro pasado, hablábamos sobre el mensaje que estamos esperando que llegue, pero también faltó comentar que hay cosas que, sin importar de quién vengan, son y serán bien recibidas (aunque no lo expresamos). Toda muestra de afecto nos ayuda a «seguir adelante», en primer lugar porque nos demuestran que estamos aquí y que somos tomados en cuenta, que importamos, y en segundo lugar, porque nos permite luchar con los escenarios y guiones oscuros que en nuestra mente muchas veces nos inventamos, más en tiempos de desolación.

Hace unos días, salí de mi casa y me encontré un graffiti, mismo que me pareció muy bello por el tremendo significado: «Que la tristeza encuentre ternura». Hoy más que nunca debemos entender y aceptar que TODOS la estamos pasando mal de un modo u otro, que lo que más necesitamos es justo poder ser consolados. ¿De qué manera? Son incontables las maneras en las que podemos consolar, y sobre todo hacer sentir queridas a las personas. La importancia de los detalles, sin importar qué tan pequeños o grandes sean, genera un verdadero consuelo para el corazón. Por eso es que es importante que no tengamos miedo de expresar la ternura que podemos llegar a sentir por aquellos que se sienten abrumados. Un amigo sacerdote jesuita siempre dice «prefiero compartir un buen vino con alguien que se siente solo, a degustar un buen vino solo».

La importancia de un experto

Ahora bien, tampoco debemos descuidar el hecho de que hay cosas que por mucho que podamos escuchar de un ser querido, no somos la mejor opción para ayudarle al 100%. Es decir, hay cosas que se deben trabajar y sólo puede ser con un profesional de la salud mental: un psicoanalista, un psicólogo, un psiquiatra. Muchas veces, hace falta no sólo una psicoterapia, sino el apoyo de algún fármaco que nos ayude a ir tratando nuestros malestares. Por mucho amor que haya de por medio en la escucha que brindemos a nuestros seres queridos, siempre hará falta una escucha que pueda ser objetiva y neutral.

Sin más, me despido por ahora. Y quedo al servicio de ustedes por cualquier duda que pudieran tener.

¡No estamos solos en esto!

La ausencia de mí

Queridos(as) lectores(as):

Espero que estén bien y con buena salud. Hay que seguir teniendo precauciones y cumpliendo con las recomendaciones para evitar contagios. Si no hay necesidad de salir, #QuédenseEnCasa.

Cierto es que el tema del que hablaremos en este encuentro no es nuevo, pero es un hecho que se ha intensificado. ¿Les suena algo como «es que nadie me busca»? Hoy en día parece que es una realidad que pesa, y duele, más. Pero, ¿exactamente quién es ese «nadie»? Es importante que comencemos con ese cuestionamiento, ya que igual pasa con el «nada», el «nadie» es algo que resulta muy revelador.

Es un hecho que nos referimos a una persona en específico, porque también es imposible que suceda que, en efecto, nadie nos busque. Siempre somos pensados por alguien (eso incluye a quienes llaman para cobrar alguna deuda institucional), pero no significa que seamos pensados ni hablados por quienes quisiéramos que lo hicieran. Hay una exigencia, una demanda, que es silenciosa; exigencia que va de la mano con la carga afectiva que hemos puesto en determinadas personas.

El mensaje esperado

Pondré un ejemplo: a Susana le hablan (o escriben) todos los días sus amigas, sus hermanos, sus papás y hasta sus tías (de esas que mandan Piolines con bendiciones). Pero está triste, incluso decepcionada, ya que el mensaje que espera tanto no llega. ¿Y de quién es? Pues se trata de aquella persona que tanto quiere y de quien tanto espera. Ciertamente hablamos de un asunto de expectativa que no necesariamente se asemeja a la experiencia de lo real. Puede tratarse del chico que le gusta, del novio, de su crush, no sabemos. Pero lo que sí sabemos es que no llega el mensaje, y eso mantiene a Susana en un momento de mucha infelicidad.

Sin embargo, ¿realmente es esa persona de la que depende la felicidad de Susana? No, no lo es. Lo que sucede, retomando el tema afectivo, es que para ella hay un círculo de personas que tienen un peso mayor en su día a día. Y dentro de esas personas, por supuesto que hablamos de niveles de importancia. No es que sea malagradecida con sus amigos, su familia y demás, sino que hay cosas que son especiales y que ocupan lugares privilegiados. Y el amor es una de ellas.

Aquello que nos falta

¿Qué es exactamente lo que estamos esperando leer? Un «te quiero», «cómo va tu día», «estoy pensando en ti», ¿qué es? La respuesta va ligada con nuestra falta. Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que los demás saben qué es aquello que tanto nos duele? Decía Jacques Lacan que el amor es «darle lo que no tengo a quien no es». Y de ahí nos podemos debatir por mucho tiempo con qué quiso decir al respecto, pero para no ser tan ortodoxos, plantemos lo siguiente: ofrecemos lo que quisiéramos recibir. Empecemos con eso.

He leído que muchos colegas psicoanalistas se avientan a «diagnosticar» sin reparo alguno a personas (espero no sea así con sus analizandos). Cosas tales como «es una persona neurótica obsesiva porque…», y termina siendo algo muy cuestionable, algo propio de un análisis salvaje y no ético. ¿Es que acaso está mal que las personas deseen? Por supuesto que no. Pero, ¿por qué hacer relucir el malestar que están pasando? Retomando el ejemplo de Susana, ella en un momento dice «es que quisiera que x persona me escribiera, para por lo menos saber que le importo». Hay una declaración en sumo interesante. Misma que, sin duda, TODOS podemos llegar a hacer en cualquier momento de nuestra vida.

Pero, ahora sí, caigamos en el «quien no es». Quizá nos vayamos por la sencilla respuesta de decir «es que no es la persona, sino la que creemos que es», y sí, pero me parece que esa persona no es necesariamente un tercero. Es decir, ese «quien no es» podría tratarse de uno mismo. Porque ese «te quiero» muchas veces pensamos que lo tenemos que escuchar, sentir, constatar viniendo de alguien más.

La ausencia de mí

¿Qué idea tenemos exactamente sobre nosotros mismos? En la Fenomenología del Espíritu, Hegel nos habla de la necesidad del sujeto de buscar el constante reconocimiento por parte del otro, pero que se olvida que el otro también está buscando un reconocimiento. Entender que el otro muchas veces somos nosotros mismos y la manera en la que nos proyectamos nos advierte de la manera en la que nos reconocemos a nosotros mismos, es un paso para poder asegurar nuestra falta y así no tener nada que ocultar.

Si quisiéramos no pasar por lo que la «pobre» Susana está pasando, tendríamos que preguntarnos qué tanto somos nosotros los que no nos estamos asegurando lo que tanto nos falta. De ahí no estaríamos pasando por aquello de «dar lo que no tenemos» por darlo. No sé, es apenas una invitación para la reflexión y en ningún momento pretende ser todo esto una sentencia absoluta, pero lo que sí tenemos que tener muy claro es que el estar ausentes en nuestra propia vida es justo lo que Kierkegaard advierte sobre la desesperación: morir sin morir. Y, también, quizá aquello que tanto nos falta es lo mismo que, ahora sí, al otro que es alguien más. Y el mensaje tampoco llega…

Me encantaría leer sus comentarios.

¡Pasen una excelente semana!

Esperanza: aquí seguimos

«El humor y la sabiduría son las grandes esperanzas de nuestra cultura»

-Konrad Lorenz

Queridos(as) lectores(as):

Vaya que han sido días difíciles en México, así como seguramente en todo el mundo. La tristeza, el dolor, la desesperación, los problemas económicos, el miedo y la amenaza constante del COVID-19 han mermado a muchos. Y no es para menos. Estamos en un momento histórico que me hace pensar en un escrito mío que publiqué hace tiempo: Los años tristes.

Dicho texto era un breve relato de un supuesto sobreviviente a un cataclismo social, pero que desgraciadamente no pude darle continuación. Recuerdo bien las palabras de dicho personaje que cerraban el relato: «Al final, sólo tenemos al mundo y el mundo nos tiene a nosotros». Para algunos podría ser algo negativo ante la evidencia de lo que el ser humano es capaz de hacer, pero también puede ser algo esperanzador, por lo mismo. Creo que en estos momentos, en este tiempo triste, es cuando debemos recuperar la esperanza. Ciertamente estamos más cerca de ver el final de esta pandemia de lo que estábamos hace un año, quizá no sea muy esperanzador para algunos, pero tengo que insistir en que es una realidad que nos debe dar coraje y valor en nuestro día a día.

Perder el miedo sería perder lo humano

No hay que dejarse llevar por aquello que dice «aprende a vivir sin miedo», porque no es algo tan fácil y más bien genera en nosotros un sentimiento de impotencia bastante desolador. Más bien lo que hay que hacer es reconocer y aceptar el miedo que tenemos, compartirlo, no dejarlo sin expresar. Hay quienes se niegan a eso, pues piensan que serán contestados con cosas que pretenderán hacer menos su sensación, sin embargo, debo insistir que lo hagan: reconocer nuestro miedo es no tener nada que ocultar. El ser humano es un ser expresivo, sólo que cada uno de nosotros lo hacemos de maneras muy distintas, es por ello que los invitaba hace unas entradas a recuperar esa capacidad creativa y abrirse paso.

¿Por qué tenemos miedo? Porque somos humanos, y estamos vulnerables ante lo desconocido. Es perfectamente natural. Ciertamente hay quienes luchan contra el miedo y tienen «más victorias» sobre él, pero hay quienes se paralizan y ven afectado todo lo demás que hacen. ¿Conoces a alguien con miedo? San Juan XXIII gustaba compartir que «siempre tenemos que tener una palabra tierna para todo aquel que nos busque desesperados». El amor, la empatía y la comprensión son las mejores herramientas para comenzar nuestra búsqueda de la esperanza.

Donde no hay, seamos como el Quijote

Quiero compartirles un fragmento de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605):

«Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el bien y el mal sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca». (Primera parte, Capítulo XVIII)

¿Por qué ser como don Quijote? ¿Cómo podemos ser como aquel loco que vive atrapado en un mundo que no le entiende? Perdón, ¿pero es que alguien realmente nos entiende? La figura del Quijote es un aire fresco hacia la oportunidad de «cometer la locura» de ser nosotros mismos; quitarnos la máscara de «bienestar» y demostrar el rostro que está adornado por lágrimas de tristeza, labios secos, ojos de insomnio y demás. ¿Quién dijo que siempre hay que estar bien? Lo primero que hay que hacer es combatir contra la infamia de ser todo aquello que no somos y que no estamos dispuestos a ser para recibir el reconocimiento y aceptación de los demás. ¡Quien se niega a sí mismo es incapaz de pedir un día de paz!

Ser como el Quijote implica motivar al otro, ser esperanza, ser caridad, ser el caballero andante que viene al rescate de la cordura a partir de su propia locura. La esperanza en este tiempo parece muy lejana, pero está más cerca de lo que creemos: está en la música alegre, en las charlas amenas y divertidas, en la risa de los niños, en una buena lectura, en una serie divertida, está en el momento en el que los corazones se abren de par en par para aceptar cada palpitar y asumirlo como propio. Ser la esperanza de los demás empieza por sabernos a la espera de la misma en nuestra vida.

Después de las tinieblas, espero la luz

Sé que no es fácil, pero tenemos que esforzarnos. La esperanza al final de cuentas es base de muchas historias increíbles. Por poner un ejemplo, quisiera compartirles una anécdota que habla sobre una vez que uno de los generales y amigo cercano de Alejandro Magno, Pérdicas, le cuestionó: «Alejandro, haz conquistado todo a tu paso; haces ricos a tus generales y a tus soldados, pero no te llevas nada tú. ¿Con qué te quedas?». A lo que un pensativo Alejandro le contestó: «Con la esperanza».

No puede ni debe haber una historia que no sea escrita sin tener la esperanza como punto de partida. Es aliento de nuestros sueños, incubadora de nuestras metas, calidez en tiempos fríos, victoria tras la derrota. Y es cierto, en buena medida, que cuando brindamos esperanza a los demás, estamos haciendo más de lo que podemos imaginar. Una llamada, un mensaje, tantas cosas que podemos hacer por los demás, tantas cosas que podemos hacer por nosotros mismos.

Podremos ver las nubes de tormenta a lo lejos, pero podemos estar seguros que detrás de ellas, siempre habrá un resplandeciente sol. Y no somos nadie para negarle eso a ninguna persona, porque incluso los que están más enfermos, en el silencioso y doloroso latir de su corazón, existe una esperanza de que sus seres queridos no sufran más por ellos. Incluso en esos momentos tan difíciles, hay muestras de amor que son sencillas y que pasan casi desapercibidas.

La idea básica, después de este ameno encuentro, es ésta: alegremos los corazones tristes, que no sólo laten en nosotros, sino en el pecho de muchos amigos, familia, conocidos. Seamos esperanza, seamos amor, seamos coraje, seamos valor. La lucha sigue mientras los soldados sigamos en pie.

Los abrazo y deseo lo mejor para todos ustedes.

¿No es lo mismo? Psicoanálisis a distancia

Queridos(as) lectores(as):

Desde que comenzó la pandemia del COVID-19 a nivel mundial, muchos colegas y yo hemos tenido ciertas complicaciones a la hora de trasladar nuestra clínica al mundo digital. Ciertamente «no es lo mismo» una clínica presencial y otra digital. Hay varias cosas que complican lo que conocemos como transferencia (pero también la contratansferencia), sin embargo, debemos entender que «a situaciones extraordinarias, medidas extraordinarias». Y claro, no es sólo eso.

Un colega, el Dr. Ricardo Carlino, médico y psicoanalista miembro titular de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) y miembro de la International Psychoanalytical Association (IPA), escribió hace algunos años un libro titulado Psicoanálisis a distancia (2010), el cual cuenta con los pros y contras de nuestra práctica a distancia. En un momento, él habla del diálogo analítico, que reúne los componentes básicos del psicoanálisis clínico. Les comparto los mismos según él lo hace en su libro:

a. Verbal: palabras emitidas y enlazadas en una determinada sintaxis.

b. Paraverbal: entonación dada a las palabras.

c. Extraverbal: gesticulaciones, ademanes, conductas, risas, lágrimas, vestimenta y cualquier otra manifestación corporal que acompaña al discurso.

d. Cualidad transferencial configurada en la situación analítica: dependiente del signo de la transferencia <–> contratansferencia, del grado de resistencia y del adecuado trabajo interpretativo.

Ahora bien, algo que hay que resaltar es lo que se conoce como la sensación subjetiva, es decir, lo podemos traducir como «el estar ahí», lo físico, la posibilidad de contacto. La presencia del otro de frente, a un lado o atrás. Esto, evidentemente, resulta complicado sentirlo a la distancia. Sin embargo, sí se está ahí, porque el otro está presente, de un modo distante, pero lo está. Muchos aconsejan llevar el análisis en línea usando la cámara de la computadora o del celular, otros prefieren sólo tener apagada la cámara. Es una experiencia, justamente, subjetiva, pero hay que tener siempre en consideración la disposición tanto del analista como del analizando (paciente).

Durante mi formación como psicoanalista, un coordinador de seminario nos hablaba sobre la importancia de «aprender a escuchar con los otros órganos». El cuerpo habla, es un hecho innegable, lo que no se logra comunicar con la palabra encuentra la manera de expresarse con toda la realidad corporal.

Hace unos días, platicaba con un colega y me decía que había algo que ciertamente le incomodaba mucho en su clínica digital: el factor distracción. No sólo del paciente, sino también el suyo. Me parece que en la formación de compromiso que existe en la clínica presencial, hay algo que nos «obliga» a no perder la atención flotante, sin importar qué pase fuera del consultorio en plena sesión analítica. Pienso en que hay colegas que optan por ir al consultorio y atender a distancia desde ahí, y ciertamente eso puede favorecer el trabajo, pero hay quienes no pueden, y lo hacen desde sus hogares. Claro está que se busca un espacio indicado para ello, y es muy común que muchos psicoanalistas tengan un despacho o un cuarto de estudio que les sirve para ello. ¿Pero y los pacientes? Un colega compartía hace poco que uno de sus pacientes se tenía que ir a encerrar a su auto para poder tener su sesión, otro que incluso se iba a caminar tal y como si estuviera haciendo una llamada telefónica y otro, más asombroso, se subía a su motocicleta y se iba «a dar a vuelta» en plena sesión.

Para concluir este encuentro, quiero decir que definitivamente esto nos pone en una situación muy «nueva», mas no ajena a la experiencia posible. Pienso en muchos psicoanalistas que, mucho antes de la pandemia, ya tenían pacientes a distancia y que encontraron la manera de poder trabajar con ellos y les ha ido bien, sea lo que signifique eso y según quién. Pero como todo en la vida, la experiencia nos hace, así que no podemos cerrar las puertas a éste desafío y debemos comprometernos en ésta clínica digital. ¿Cuánto durará la pandemia? Caray, ojalá pudiéramos tener una respuesta, pero como dice una expresión muy mexicana, «es lo que hay, ni modo».

¿Nos queda de otra?

2021: perspectiva, expectativa, esperanza

Queridos(as) lectores(as):

Les deseo un Año Nuevo con salud, esperanza, amor y mayores logros en todos los aspectos de sus vidas. Lamento haber estado ausente por un buen tiempo, pero tuve a mi papá un poco delicado de salud y éste tiempo de pandemia no ha permitido que se faciliten las cosas. No fue por el COVID-19, aun así ustedes saben que llegando a cierta edad, la salud se vuelve más y más frágil. Pero ya estamos de vuelta y con mucho entusiasmo de seguir compartiendo.

Perspectiva

El mejor consejo que les puedo dar, así como se los doy a mis alumnos, es que toda palabra debe «descubrirse» desde su propia etimología. Por tanto, perspectiva viene del latín perspicere, es decir, «ver a través de». Esto, si lo orientamos hacia nuestras vidas, entendemos que es una manera de » ver a través de las cosas», pero ojo, ver lo que cada uno de nosotros ve. Si decimos que el 2020 fue un año terrible, tendríamos que ver a través de qué lo vemos así: salud, economía, distanciamiento social, relaciones, trabajo, etc.

Por eso es que tenemos que orientar nuestra perspectiva teniendo en cuenta lo perfectamente subjetiva que es. Cuando decimos que «acabó el año», hablamos desde la perspectiva del hecho de los 365 días que han pasado, sin embargo, ¿para cuántas personas su año acabó al cerrar sus ojos por última vez? Ahora bien, cuando nos preguntamos todos sobre la perspectiva que tenemos sobre el 2021, tendríamos que empezar por preguntarnos por la que cada uno de nosotros tenemos, porque cuando hacemos que la perspectiva sea general, podemos encontrar mucha frustración. ¿Qué pasa si no es como otros decían que iba a ser? Bien dice el dicho popular «sólo sabe cuánto pesa el costal el que lo carga», por lo que no podemos descuidar en ningún momento nuestra vida, singular y auténtica.

Para que podamos ver a través de algo, tenemos que tener presente siempre nuestra propia realidad, sin dejarnos llevar por el pesimismo o por el optimismo, mismos que son polos opuestos y que pueden ser tremendamente perjudiciales. Hay que mirar a través de lo que es, lo que está pasando, lo que estamos viviendo. Así podemos tener mayor claridad. Es como cuando tenemos un problema de visión: para poder solucionarlo, hay que usar lentes con la graduación apropiada para cada uno de nuestros ojos. Tendremos claridad, pero cuidado con dejarnos deslumbrar.

Expectativa

Bien, cumplamos la sugerencia en el subtema anterior: expectativa tiene dos componentes léxicos de origen latino, ex- (hacia fuera), spectare (contemplar). Ahora que estamos situados ante la incertidumbre (o que más bien estamos más conscientes sobre la misma), la expectativa es justo aquello que es más probable que pueda pasar. Y volvemos al tema de la probabilidad. La probabilidad siempre irá ligada con la realidad, aunque claro, goza de un factor optimista, pero también de uno pesimista. Porque todo aquello que pueda llegar a pasar, pasará. Más o menos es de lo que trata la famosa Ley de Murphy.

¿Qué expectativa tenemos para éste 2021? La misma que hemos tenido los años pasados, me parece: que sea menos peor que el anterior o, en su defecto, que sea mejor. Es una espera válida, y volvemos a la subjetividad. En entradas anteriores comentaba que cuando una persona dice que «la vida es buena/mala» es a partir de su propia experiencia, de lo que ha vivido, de lo que ha padecido. Pero eso no hace que sea una verdad general. La vida es y será siempre vida, no podemos ni debemos negar absolutamente nada de lo que acontece en ella.

Vuelvo a preguntar: ¿qué expectativa tenemos para éste 2021? Aquí es donde cada uno debe responder desde la posibilidad propia, desde lo que se puede, desde lo que se tiene. Todos quisiéramos contestar que puras cosas buenas, que pasarán cosas maravillosas como el fin del COVID-19, que ya no haya contagios ni muertes, etc. Pero eso no depende de nosotros, al menos sólo queda que seamos responsables y empáticos cumpliendo con las disposiciones. Por tal razón es que la expectativa no debe desbordarnos ante lo que no hay posibilidades factibles.

Esperanza

Seguramente les hice ruido cuando dije que la esperanza puede ser negativa. ¿Qué acaso los pesimistas no tienen la esperanza de que pasen puras cosas malas? La esperanza se manipula, sin embargo, es un hecho que la esperanza es un acto de fe y de un fuerte contenido optimista. Sperantia (en espera).

Todos y cada uno de nosotros esperamos cosas buenas, sí, sin duda. Pero tenemos miedo de esperar que ocurran malas. Hace unos días me llegó un meme que, para serles franco, me dio risa pero sentí tristeza, el cual decía: hoy nadie dice «ya llévame, Diosito», porque se los cumple». ¡Qué tanto nos ha afectado esto que estamos viviendo! Pero, ¿tanto nos afecta que nos niega el deseo de seguir viviendo? No, realmente no es así, porque es cuando más se ha visto esa persistencia, ese impulso interior (que los vitalistas están emocionados porque de cierto modo se les cumple lo que decían), esa pulsión de vida que nos hace aferrarnos a la vida. ¿Y cómo lo hemos hecho? Acaso no se han visto más creativos en este tiempo? El acto de crear, según dice el Dr. Juan David Nasio, es el poder renunciar al objeto de amor perdido.

2021… y lo que venga.

Sea lo que sea que vaya a pasar, será como siempre: no lo sabemos. Podemos tener perspectiva, expectativa y esperanza, pero la vida sabe irrumpir e imponerse tal y como es. Lo mejor que podemos hacer es vivir, sea lo que sea, pues es parte de todo esto que está pasando. Cada quien deberá comprometerse con ello a la medida de lo posible.

Bien decía el filósofo de Tréveris, Karl Marx: «el tiempo es nuestro más grande valor, nuestro más grande tesoro». ¡Compartámoslo, pues! ¿Pero cómo? Haciendo comunidad, apoyándonos los unos a los otros, pero sobre todo, dejarnos apoyar. No está mal aceptar que no podemos con todo (¡ni siquiera tendríamos que!).

Les abrazo con amor y cariño, deseándoles mucha salud y que sus proyectos les traigan alegría. Les ofrezco mis servicios como psicoanalista (que son en línea, por el momento). Me pueden escribir a psichchp@gmail.com.

¡Los escucho!

Esa extraña serenidad

No dejo de pensar en lo serena, e incluso pasiva, que resulta la naturaleza en nuestros días. Estos días del hombre caótico. El mundo colapsando por la pandemia y por la caída económica, el miedo y el dolor; la angustia se palpa en todos lados y se comunica entre todos.

Y la naturaleza sigue ahí. Serena. Pasiva. Tranquila.

Sopla el viento: las ramas y hojas de los árboles y plantas se menean suavemente, un movimiento perenne, que sigue un ritmo extraño, complejo pero simple a su vez.

La naturaleza insiste en estar ahí. Quieta. A la espera. ¿Qué puede pasar?

La naturaleza del hombre se desata, unos contra todos: la arrogancia, la envidia, la soberbia. Un baile de máscaras que tiene como fin negar la vida misma. Todos quieren respuestas, soluciones, que la pandemia pase. Todos quieren todo y pocos son los que están para todos. ¿Y la empatía?

La naturaleza sigue ahí. Un espectador único y privilegiado. Y se cuestiona en silencio al vernos: «¿Son en verdad ellos lo más importante de la creación?».

¿Cuántos quisiéramos esa serenidad? Por muy extraña y sospechosa que parezca. Hasta que un día, toda esa paz se vuelva contra nosotros para recordarnos que seguimos siendo parte de un todo.

Mirar o contemplar la naturaleza requiere de un criterio casi insospechado, es decir, necesitamos aprender a ver más allá de lo aparente, que esa serenidad, como les decía, en cualquier momento se torna contra nosotros. Y eso no es más que la proyección de nuestro propio «estar» en el mundo.

A la espera de la imposición

«La vida del hombre sobre la tierra es combate, y combate primero y ante todo consigo mismo»

-Miguel de Unamuno

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días, en mi programa In.Cultura en Facebook hablé sobre la sociedad pandémica, una reflexión en torno a lo que estamos viviendo en tiempos del COVID-19. Uno de los rasgos que destaqué es que hay un crecimiento alarmante del egoísmo y de la falta de empatía. Un modo de demostrarlo es que en países como Francia, España y ahora recientemente Bélgica, se ha optado por el toque de queda, ya que el número de contagios se ha disparado. El malestar de éste 2020 parece que no tiene fin cercano.

Ahora bien, en México la realidad no se aleja mucho de los países europeos. Primero habría que entender algo de suma importancia: cuando hablamos de «países de primer mundo», en ningún momento se considera a una «sociedad de primer mundo», es decir, no debemos descuidar que los factores económicos, políticos y laborales se distancian mucho de la idea de educación, valores y virtudes, tanto de la sociedad como de los individuos que la conforman. ¿Dónde quedó el tiempo en el que había una exigencia ética hacia las personas? Ciertamente, conforme la posmodernidad va avanzando, se van perdiendo muchos puntos claves que posibilitaban, quizá no una sociedad perfecta, pero sí al menos una idea de comunidad. Porque tal parece que exigir es ser intolerantes, claro, que depende quién lo hace y desde qué contexto.

¿Y la pulsión de muerte?

¿Qué tan cierto es esto del COVID-19? Quizá sea una pregunta que ha pasado por la mente de todos, pero que no se le ha encontrado respuestas totalmente satisfactorias, al menos eso es lo que creemos quienes, a pesar de la evidencia de enfermedad y muerte que hay, vemos cómo a muchos no les importa y siguen empeñados en apostar por teorías conspiranoicas que apuntalan hacia un «nuevo orden mundial». Pero, ¿quiénes son los que las fortalecen? Porque es cierto también que hay ciertas figuras del medio de los reflectores que han hecho campañas contra el uso de cubrebocas, por poner un ejemplo. Muchos artistas, influencers, youtubers, quizá no son conscientes de la tremenda responsabilidad que cargan; ofrecen su opinión sin filtro alguno y sin pensar en lo tremendamente influenciables que son muchas personas, carentes de una formación educativa, científica y, por qué no, de todo sentido común.

Pero no se trata de librar de responsabilidad a quienes son directamente culpables de muchas situaciones que han provocado el crecimiento de la pandemia. Ya habíamos hablado anteriormente sobre ésto, pero me parece que por desgracia seguimos sin hacer mucho ruido al respecto. Sí, es cierto, el encierro en muchos casos ha terminado por desesperar a las personas y la necesidad de contacto personal con otros ha sido lo que ha llevado a relajar las medidas, sin embargo, ¿qué tanto nos está diciendo la pulsión de muerte sobre esas personas? Escuchaba en el radio hace unos días a un periodista decir algo como «es que la gente se quiere morir, ya no puede». La vida se vio reducida al confinamiento, pero no por un gusto o por capricho de estructuras de poder, sino por un tema de salud. Sin embargo, insisto, las personas pareciera que no entienden eso.

De hecho, tengo un caso que compartir. Una persona cercana a mi familia, nos comentó que reanudó sus reuniones de café con un círculo de amigas. Originalmente, cada jueves se reunían en un local al sur de la Ciudad de México para pasar un rato agradable. Nos hablaba de 12 personas. Pero que debido a la pandemia, se dejaron de ver. Hasta ahí muy bien. Sin embargo, 4 de ellas, además de ésta mujer, «ya no pudieron más» y apenas vieron que su cafetería había vuelto a abrir, se dispusieron a reunirse. Las otras, entendiendo la situación y que están dentro de los parámetros de mayor riesgo, empezando por ser parte de la tercera edad, optaron por esperarse. Cuando nos compartió eso, que lo decía con una tranquilidad inusual, nos quedamos sorprendidos. Evidentemente cuestionamos esa acción, al punto de decirle que estaba cometiendo una tontería al ponerse en ese riesgo. ¿Cuál creen que fue la contestación? «Sí, sí, yo sé, pero pues tengo que ir». ¡Tengo que ir! Cuando hablé con ella para hacerle entender el error, ella, encaprichada como una niña pequeña (cabe señalar que está arriba de los 70 años), me decía a todo lo que le argumentaba: «Sí, sí, pero aún así seguiré yendo». Ya que insistimos tanto en su error, entró en razón, pero no sin decirnos o advertirnos que «bueno, por ahora no iré, pero sé que voy a ir porque tengo que ir».

Ya no quisimos volver a insistir…

¿Dónde quedó la pandemia?

Voy enterándome que estamos a punto de volver (cuando realmente nunca tuvimos que dejarlo) a semáforo rojo en la CDMX. Muchas personas se siguen reuniendo en bares, restaurantes, cafeterías, haciendo fiestas, celebrando bodas, etc. ¿Y dónde quedó la pandemia? Por lo general, cuando se les cuestiona a esas personas, siempre contestan con un «pero iba con todos los cuidados posibles», y puede que sea cierto, pero si tan sólo pudiéramos entender que los cubrebocas y las caretas son apenas herramientas para disminuir la posibilidad de contagio y que no son en ningún momento cosas que eviten en totalidad el mismo, podríamos tener una mayor consciencia de esto tan grave. Sin embargo, pareciera que las prioridades son otras, porque incluso hay gente que «no puede vivir sin ir al gimnasio», porque la vanidad, la inseguridad, y demás cosas que se juegan en su mente, están disparadas. La necesidad de reconocimiento, que se ha vuelto uno de los peores vicios de ésta sociedad, está poniendo en riesgo a muchas personas. Habría que cuestionar severamente las exigencias de imagen que hacen que, hoy por hoy, muchas personas vivan de la misma y no tengan algo más por lo cual vivir.

¿Es que acaso se nos olvida que esos caprichos, ridículos y que deberían trabajarse, son evidencia del poco interés y agradecimiento, no se diga preocupación, que se tiene para todas las personas que están combatiendo, desde hace meses, ésta enfermedad en los hospitales? Reforzar la empatía debería ser prioridad, pero mientras nos sigamos consumiendo en nuestro egoísmo, en nuestra falta de amor propio, sólo veremos morir a más gente y esperar no ser los siguientes en la lista del año más terrorífico de lo que va del siglo XXI. Por un lado se vendría una acción de imposición, como lo es el toque de queda, pero por el otro y más preocupante, sería que la violencia se desencadene, y los que hoy se la toman con tanta tranquilidad, sirvan como objeto para descargar la frustración de otros.

Cuidado, porque eso sí pasa…

El devenir de la estigmatización del gusto

Queridos(as) lectores(as):

Sé perfectamente que la pandemia ha modificado, quizá de manera abrupta, nuestro modo de vida. Muchas personas han perdido sus trabajos, otros la oportunidad de seguir estudiando. Si algo nos ha demostrado el COVID-19, aparte de la letalidad de algo que, hasta la fecha, no tiene modo de pararse, son las tremendas brechas tecnológicas que existen en la sociedad de la así llamada «época de la comunicación».

Pero no sólo eso, ya que no todo gira alrededor de la adquisición tecnológica (en tanto que hay gente que no tiene los medios para tener una computadora moderna, acceso a internet, cantidad apropiada de computadoras para cada integrante de la familia, etc.), sino que también se ha demostrado que no existe consciencia sobre el uso apropiado de la misma.

¿A qué voy con esto? Ya van varios casos que escucho en los que tanto los trabajos como la situación académica, se han visto rebasados por el abuso. Trabajos que antes de la pandemia eran presenciales, encontraron el modo de hacerlos home office, pero que a su vez los volvieron tremendamente pesados. Es decir, una querida amiga me comentaba que antes, ella trabajaba desde las 9 de la mañana hasta más 16 hrs., pero que ahora es desde las 8 hasta las 23 hrs. ¿Por qué? Me comenta que como han tenido que modificar algunas cosas en la empresa donde trabaja, entre las cuales destaca la liquidación de muchos empleados por «falta de presupuesto» para costear sus sueldos, las cargas de trabajo se han triplicado desde que comenzó en México la suspensión de actividades presenciales.

Pero también, antes de continuar, resalta el tema de las llamadas clases virtuales, en las que he escuchado incontables quejas por parte de ex alumnos míos sobre el pobre y terrible contenido simplón que hay en muchas de ellas, donde muchos profesores dan temas muy sencillos, pero que dejan tareas muy complejas. Conozco el particular caso de A., quien estudia en en una de las universidad privadas de mayor prestigio del país. Ella no sólo tiene horarios insufribles (desde las 8 hasta las 18 hrs), sino que la carga de tareas se ha vuelto un infierno para ella. Puedo decir que ha sido siempre una alumna muy dedicada y con buenas calificaciones, sin embargo, me ha mostrado todo lo que le dejan y me alarma. Simple y sencillamente no es posible que hasta los fines de semana empiece sus trabajos desde temprano y me diga que va terminando hasta en la noche. ¿Y el descanso?

De un vicio a otro

Ciertamente, el uso de la tecnología nos ha ayudado, de alguna manera, en hacer más fácil nuestra vida. Sin embargo, también es cierto que se ha vuelto un vicio a tal grado que difícilmente podemos ver a una persona sin el celular cerca, que parece ya una extensión de su cuerpo. Hay estudios que dicen que las próximas generaciones, por poner un llamativo ejemplo, presentarán modificaciones físicas en sus manos de tal modo que sean más amplias para poder sostener los celulares.

Pero, ¿en qué momento ese vicio, que tenía un origen social en tanto a la comunicación con otros (redes sociales) se ha vuelto un vicio laboral y académico? ¿No caemos en cuenta que el uso diario, constante y en ocasiones risible, de los celulares, tablets y computadoras provoca deterioro en los ojos? El término cansancio visual se relaciona precisamente con eso. Recuerdo que cuando estaba en mi época de estudiante, mi mamá (q.e.p.d.) me regañaba por «leer a oscuras» pues «me iba a lastimar la vista» por forzarla. Irónicamente, ahora podemos tener la luz «adecuada» para seguir viendo cosas en la noche, pero que nos perjudica poco a poco. Además, trayendo el tema del insomnio que ha ido creciendo en varios sectores de la sociedad, no se toma en cuenta que la luz blanca reactiva al cerebro.

Cansancio emocional

Hay un malestar muy marcado en este año 2020: el ser humano está desesperado por volver a convivir de manera presencial, por tener contacto físico y eso es más que entendible. Éste malestar ha degenerado en un deterioro anímico y emocional que lleva a muchas personas a pleitos por cualquier cosa. La inseguridad, la falta de educación emocional, los prejuicios contra el psicoanálisis y demás psicoterapias, el sentimiento de soledad y de abandono, están abriendo grandes problemas que, de no tratarse ahora, se volverán un punto más a la lista de fracasos de las estructuras socio-económicas de la llamada posmodernidad.

Hace unos años, el filósofo surcoreano-alemán, Byung-Chul Han, en su texto La sociedad del cansancio, señalaba lo siguiente:

El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse. Esta autorreferencialidad genera una libertad paradójica, que, a causa de las estructuras de obligación inmanentes a ella, se convierte en violencia. Las enfermedades psíquicas de la sociedad de rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad paradójica.

Parece ser que la sociedad actual exige tanto a sus miembros que les prohíbe todo tipo de descanso, haciéndolos sentir hasta culpables por tan sólo pensar en ello. ¿Dónde queda el descanso? Simplemente no existe. Y eso lo veo muy marcado en varios casos en los que escucho «es que no tengo tiempo». ¿Quién no tiene tiempo para levantarse de la silla y estirarse? Es decir, pareciera que las estructuras académicas y laborales actuales, producto de la pandemia, han logrado introyectar en los afectados, no sólo un deformado sentido del deber (que atiende a otros intereses ajenos, muchas veces, a ellos mismos), sino también un desprecio a la idea misma de descansar. «No me da la vida, tengo que seguir con esto o no voy a acabar».

Terrible lo que estamos viviendo. Porque me preocupa que se vuelva parte de la «nueva normalidad» que beneficia a círculos de poder que gozan de la libertad que les están negando a otros y al mismo tiempo de los grandes beneficios del trabajo de ellos. Esta explotación que encuentra sus génesis en la realidad psíquica de los trabajadores y estudiantes, devendrá en la estigmatización del gusto por hacer las cosas. Y la rutina se volverá todavía más insoportable. Ni pensar en qué sucederá cuando este ritmo tan acelerado, ridículamente llevado al exceso, se tenga que disminuir de golpe cuando las personas puedan regresan a sus actividades presenciales.