Los niños y el psicoanálisis

Queridos(as) lectores(as):

Una vez más, gracias por sus participaciones en esta página. Sus mensajes me llegan y trato de contestarles de manera personal, sin embargo, hay temas que han preguntado que me parece mejor contestarlos de manera general y que sirvan de entrada para este espacio. Son varios los que han escrito para preguntar sobre el psicoanálisis infantil. Así que comencemos con esto.

¿Por qué llevar a los niños al psicoanalista? Recordemos que los niños todavía no desarrollan en totalidad la capacidad lingüística como para poder expresarse, ellos todavía siguen aprendiendo e imitando a los adultos para poder relacionarse. Pero eso no los hace no perceptivos o tontos, muy por el contrario, ellos están observando y escuchando y van logrando una comprensión en verdad maravillosa, misma que se refleja justo en la clave para el análisis infantil: el juego.

El juego del carretel

Hay que recurrir al texto Más allá del principio del placer (1920) de Sigmund Freud, pues ahí es donde el padre del psicoanálisis hace su primer reflexión sobre el tema al ver jugar a su nieto. Freud nos comparte lo siguiente:

«Este buen niño exhibía el hábito, molesto en ocasiones, de arrojar lejos de sí, a un rincón o debajo de una cama, todos los pequeños objetos que hallaba a su alcance, de modo que no solía ser tarea fácil juntar sus juguetes. Y al hacerlo profería, con expresión de interés y satisfacción un fuerte y prolongado oooooh!, que según el juicio coincidente de la madre y de este observador, no era una interjección, sino que significaba Fort (se fue). Al fin caí en la cuenta de que se trataba de un juego y que el niño no hacía otro uso de sus juguetes que el de jugar a que se iban. Un día hice la observación que corroboró mi punto de vista. El niño tenía un carretel de madera atado con un hilo. No se le ocurrió por ejemplo arrastrarlo tras sí, por el piso para jugar al carrito, sino que con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por el hilo, tras la barandilla de la cuna, el carretel desaparecía y el niño pronunciaba su significativo ‘o-oo-o’, y después tirando del hilo volvía a sacar el carretel de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso Da (acá está). Ese era, pues, el juego completo el de desaparecer y volver».

Lo que sucede con el niño es que encontró la manera de lidiar con su renuncia pulsional. Es decir, tiene que ver con la satisfacción y el displacer el «desaparecer y volver» de su propia madre. ¿Qué pasa cuando un pequeñito pierde de vista a su madre? Desespera, incluso es capaz de llorar. En el ejemplo de Freud, el niño «toma el control» con el juego, ya que en la vivencia del acto de desaparición y posterior aparición de su madre, él era pasivo y era afectado por ese otro; pero ahora, es él el activo que dice cuándo desaparece y cuándo aparece el objeto. Así, podemos entender que el tema del juego va ligado con la repetición, ya que los niños escenifican todo aquello que les ha causado una fuerte impresión en distintos momentos. Pero el juego les permite adueñarse/apropiarse de las circunstancias.

Los símbolos y el juego

Tenemos que entender que el juego, por muy simple que parezca, es en verdad un laberinto muy complejo. No hay que caer en la tentación de creer que el juego se explica por sí mismo, porque en buena medida es menospreciar la capacidad racional de los niños. En el juego hay una gran variedad de símbolos que se deben someter a un sinfín de interpretaciones para intentar entenderlo.

Fue Melanie Klein la pionera (rivalizando con Anna Freud) en tratar de exponer una teoría respecto a la mente infantil desde el psicoanálisis. Ella decía que no era posible pensar a los niños sin pulsiones, miedos y deseos, más inconscientes que conscientes, expuestos por ellos en la fantasía. La fantasía es para los niños una herramienta para poder, antes que nada, expresar lo que el lenguaje no podría por el momento. Es decir, los niños se comunican mejor con la fantasía a través del juego. Lo que para muchos podría tratarse de un niño agresivo en el juego, lo que en realidad estamos viendo es una conducta que reacciona a una vivencia que le afectó y que no ha podido superar u olvidar. Es por ello que el juego es una comunicación indirecta. El juego también es clave para entender lo que sucede con el deseo de los niños, pues como se trata de una escenificación de control, también es reflejo de lo que ellos quieren. Sin embargo, es curioso cómo los niños pasan de lo pasivo a lo activo cuando interactúan entre ellos.

En la clínica infantil no hay diván

Ya para cerrar este brevísimo acercamiento al psicoanálisis infantil, es importante hacer ver que, irónicamente, las «reglas del juego» son muy distintas con el psicoanálisis de adultos. En el infantil se sustituye el diván por el piso, la asociación libre (de ideas) por el juego. Es importante que el analista entre al juego del niño, que se ponga a jugar con él o con ella. Aquí el análisis comienza con un «¿A qué jugamos?» y esperando a lo que dirán los niños.

Siempre es importante hacer modificaciones en el espacio analítico a modo que se preste para que los niños puedan, uno, entrar en confianza y no sientan la severidad de la seriedad típica de un consultorio «oscuro y frío» y, dos, se sientan los dueños del lugar. Una buena estrategia es tener una caja con distintos tipos de juguetes, para que los niños tengan de dónde escoger y, de ese modo, pueda comenzar el análisis propiamente, ya que lo que escogen es lo que nos empieza a dar idea de lo que quiere decir. El juguete, así como el acto mismo de jugar, será el medio perfecto para que los niños puedan expresar sus deseos, sus miedos, sus preocupaciones, sus molestias… pero sobre todo su amor.

Y no, queridos padres de familia, llevar a análisis a sus hijos no es porque sean locos o «no tengan remedio». Llevarlos al análisis es darles la oportunidad de aprender que, más allá del juego, hay un mundo que los necesita y que los quiere en él.

La importancia de un abrazo

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo que vengo pensando en este tema, mismo que he de confesar me ocupa lo suficiente, pues es en verdad enigmático lo que sucede antes, durante y después de ese acto tan «sencillo». Lo pongo entre comillas porque no lo es del todo, por mucho que guste de dar o recibir abrazos, siempre hay un trasfondo de afecto… y miedo.

Vamos a aclarar algo: dar un abrazo SIEMPRE es un gesto de apertura hacia el otro, pero sobre todo, hacia nuestra vulnerabilidad. Es decir, cuando se da un abrazo, existe la ocasión de apertura del sentimiento del que da y del que recibe; ocasión que posibilita un acceso a la intimidad misma. Y es el momento en el que más vulnerables estamos. Recuerdo la palabras de un antiguo profesor sobre esto precisamente: «Se le da la oportunidad al otro de amarnos o de matarnos». ¡Y es cierto! Porque cuando se extienden los brazos, irónicamente, ponemos a disposición del otro nuestros órganos vitales. Y me quedo con «ponemos a disposición», pues no es otra cosa que entrega y disposición hacia el otro. ¡Servicio!

Los abrazos… ¿en la clínica?

Sin lugar a dudas, uno de los temas que más dividen a los psicoanalistas o psicoterapeutas alrededor del mundo es el del contacto físico, ya que, al menos en la cuestión analítica, pone «en peligro la transferencia» entre el paciente y el analista. Pero, ¿exactamente por qué? Estoy seguro que muchos de mis colegas tendrán sus propias opiniones, muy respetables y sin dejar de ser cuestionables para los demás; pero el contacto físico, a mi modo de verlo, es parte de la demanda misma del paciente. Es decir, no sólo hablamos de atender su demanda de escucha, hay mucho en juego en cada caso y debemos tener cuidado de no perder detalle alguno. Pero hay que saber poner límites…

Estoy leyendo un texto, muy bello, de Irvin D. Yalom, reconocido psiquiatra y psicoterapeuta existencial estadounidense, el cual es El don de la terapia (carta abierta a una nueva generación de terapeutas y a sus pacientes), en el cuál da algunos tips o consejos para poder mejorar nuestras consultas. Y en el capítulo 63, justo trata este tema del que estamos hablando: No tenga miedo de tocar a su paciente. Les comparto un breve fragmento:

Para mí es importante tocar a mis pacientes -darles la mano, agarrarlos del hombro- y trato de hacerlo en cada sesión, por lo general al final de la hora, cuando los acompaño hasta la puerta. Si un paciente quiere sostenerme la mano más de lo habitual o quiere abrazarme, rehúso sólo si existe alguna razón importante, por ejemplo, cuestiones relacionadas con sentimientos sexuales. Pero, cualquiera que sea el contacto, le doy mucha importancia a referirme a la cuestión en la sesión siguiente; quizá algo muy simple como: «Mary, nuestra última sesión terminó de forma diferente: usted me tomó la mano con sus dos manos y la sostuvo un rato largo (o «usted me pidió un abrazo»). Tuve la sensación de que usted sentía algo muy profundo. ¿Qué recuerda de eso?». Creo que la mayoría de los terapeutas tienen sus propias reglas secretas acerca del contacto físico. Hace décadas, por ejemplo, un terapeuta muy competente, ya mayor, me dijo que durante muchos años sus pacientes tenían la costumbre de terminar cada sesión dándole un beso en la mejilla. Toque. Pero asegúrese de aprovechar ese contacto para el trabajo interpersonal»

Sin lugar a dudas es un tema complejo que merece muchas sesiones de debates casi interminables, pero comparto con el Dr. Yalom la idea de buscar la verdadera motivación de la acción humana. Siempre hay un por qué, ¡y por supuesto un para qué! Cuando permitimos eso en la clínica, es siempre una estrategia que nos brinda la oportunidad de ayudar al paciente a expresar lo inexpresable en su discurso. Un querido colega y amigo psicoanalista repite mucho: «El cuerpo es en sí un lenguaje que permite traducir el oral y el escrito».

¿Y fuera de la clínica?

Seamos sinceros, seamos humanos: todos necesitamos sentir el amor del otro. Un abrazo es una muestra muy sencilla de amor y afecto (evitemos las teorías paranoicas de traición y demás negatividades por un momento). Pero también es un regalo de hacer sentir al otro seguro y protegido. Sin embargo, como les decía en un principio, no es fácil, ni darlo ni recibirlo. Y me pondré de ejemplo para ello.

Durante muchos años, me había costado mucho el contacto físico con las personas, no importaba si se tratara de un familiar, de un amigo o un amable feligrés en la iglesia, para mí era algo totalmente insoportable e incómodo recibir un contacto físico. Después de varias sesiones con mi analista y de unos exitosos Ejercicios Espirituales, pude darme cuenta que no aceptaba el contacto físico, sobre todo y especialmente los abrazos, por no sentirme vulnerable con el otro. Por miedo al dolor, por miedo a la pérdida, por una mera cuestión de aprensión, debido a algunos problemas personales. En verdad me costó mucho trabajar con esto, pero lo he ido superando con el tiempo, ¡y me estaba perdiendo de mucho! No es malo sentirse vulnerable frente al otro, pero hay que saber con quién sí serlo y con quién no. Aunque la vida les puede sorprender…

Un abrazo es también aprender a soltar

Regresando a la cuestión clínica, este analista que les comentaba hace unos momentos, gusta de compartir una experiencia durante una sesión con una paciente:

Un día recibí a M, quien me habló desesperada pidiéndome que la viera aunque no fuera ni el día ni la hora de su consulta semanal. Cuando llegó, abrí la puerta, con lágrimas en los ojos y con la garganta casi cerrada, me dijo «¿puedo darle un abrazo?». Apenas había dicho «sí» cuando ya estaba ella rodeándome con sus brazos. Sorpresivamente, mis brazos reaccionaron. Alcancé a sentir que cuando mis brazos se debilitaban, M me abrazaba con mayor fuerza como si me estuviera diciendo «no me sueltes». Duramos así por unos 5 minutos, quizá. Cuando ella dejó de abrazarme, seguía llorando, pero ya podía hablar. Perdón y gracias, Dr. -me dijo-. Le sonreí y le indiqué que se recostara en el diván. Ese día, su padre había fallecido y no podía verlo, pues vivía en otro país.

M, la paciente de mi amigo, necesitaba ese abrazo, necesitaba sentirse protegida, necesitaba sentir amor en un momento de enorme dolor. Quizá necesitaba el abrazo de un padre, mismo que nunca volvería a tener, y mi amigo en la transferencia fue el que facilitaba eso. Después de aquella ocasión, no volvió a haber necesidad de más abrazos (rompiendo entonces con aquello que algunos afirman se vuelve costumbre).

En definitiva, un abrazo es la oportunidad de soltar, de dejar ir, es algo muy simbólico.

¡Los abrazo!

Padres: libros para sus hijos

«Si un hombre se imagina una cosa, otro la tornará en realidad«

-Julio Verne

Queridos lectores(as):

Esta semana estoy en mi retiro anual de Ejercicios Espirituales, por lo que dejo esta entrada programada. ¡Muchas gracias por sus inquietudes y peticiones de temas!

Sinceramente ya quería hablar sobre este tema con ustedes, es decir, el terrible acto que se está llevando a cabo contra la niñez y, por tanto, contra la juventud. ¿Me pueden decir qué temas de interés tan importantes puede llegar a tener un niño o una niña entre los 7 y los 14 años, como para que tenga un celular PROPIO? Dejen eso de propio, ¡tener un celular! Por favor, no es posible, ni tantito, imaginarnos a nosotros así justo cuando teníamos esas edades y «divirtiéndonos» con algo como eso. Es decir, nuestra infancia en verdad era eso: INFANCIA.

Un celular en la infancia es una ausencia

Déjenme les comento algo de suma importancia: darles a sus hijos esas tecnologías (celulares, tabletas, etc.), lo único que hace es demostrar que sólo se los quieren quitar de encima. Perdón, no hay otra manera de verlo. Estamos en una época posmoderna donde el sentido de familia se ha distorsionado casi al punto de poner en duda su existencia. Hoy ya no hablamos fácilmente de papás yendo con sus hijos a realizar actividades familiares sin que tengan que estar presentes esos «aparatejos». Lo único que logran en sus hijos es hacerlos sentir aparte, pero no de una forma sencilla, sino un sentimiento que se degrada aún peor: si mamá y papá no me quieren con ellos, porque no les importo, les pido cualquier cosa y me la dan. ¿O no?

De hecho, ¿por qué hacer que los niños se comporten como pequeños adultos? Hace unos días, revisaba un Stand Up del famoso Franco Escamilla (del que me declaro fan), el cual lleva de título «Princesas y dragones«; en ese monólogo, que en verdad me parte de la risa, él menciona algo muy cierto. Grosso modo dice que a las niñas pequeñas les dan de juguete un bebé, al cual deben alimentar y hasta «limpiar», logrando (parafraseando a Escamilla) que tengamos «unas huercas (niñas) muy estresadas». Pero es que en verdad, ¿en qué cabeza cabe todo eso? Sí, cierto, con ese tipo de juguetes las niñas van desarrollando de manera progresiva sus dotes como madres en potencia, ¡pero tranquilos con eso!

Una cultura de lectura

Ahora bien, recuerdo que cuando era niño, mis papás me daban muchos libros (de ahí mi amor por la literatura). Y no eran los libros de hoy al estilo Harry Potter o como Canción de Hielo y Fuego (Game of Thrones) que ciertamente son grandes aportaciones literarias; en aquellos años mis libros eran auténticos clásicos de literatura universal, por poner algunos ejemplos estaban El Hobbit y El Señor de los Anillos de Tolkien, El Conde de Montecristo de Alexander Dumas, Belleza Negra de de Ana Sewell, Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, Platero y Yo de Juan Ramón Jiménez, Cyrano de Bergerac de Edmund Rostand, etc…

«La literatura nace del paso entre lo que el hombre es y lo que quisiera ser«

-Mario Vargas Llosa

La literatura es una de las artes más bellas y nobles que engrandecen a la humanidad. Sin lugar a dudas hemos sido testigos de grandes obras literarias que nos acompañan a lo largo de nuestra vida y de las cuales siempre encontramos algo nuevo en cada nueva lectura. Y eso se debe, precisamente, al poder que la literatura tiene para afinar y mejorar nuestra imaginación. ¿O acaso olvidan qué fue el imaginar Narnia mucho antes de la aparición de las películas? ¿O no recuerdan las fantásticas aventuras de La Vuelta al Mundo en 80 Días? ¿O qué me dicen de las entrañables palabras de Hemingway en El Viejo y el Mar?

La imaginación puede ser la mejor herramienta que tengamos para luchar contra el tedio, generando en nosotros un apoyo para lidiar contra la frustración. Es por eso que es de suma importancia que los niños tengan libros desde pequeños, para que cuando sean más grandes puedan en verdad disfrutar textos de Fiodr Dostoievski, Paul Austen, Virginia Woolf, Hermann Hesse, etc., y demás maravillas que el mundo tiene que ofrecerles y ofrecernos.

Ya saben, un celular es para el momento, un libro para toda la vida.

Tiempo del encuentro

Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, agradezco mucho el apoyo brindado por ustedes a esta página, tanto por el hecho de que leen lo que se publica semanalmente aquí como por compartir el contenido. Además, claro, de los comentarios que hacen, sobre todo los que me hacen llegar a mi correo. ¡Es una experiencia edificante poder aprender desde sus propias inquietudes!

Hace unos días, recibí un correo por parte de Jerónimo, donde me pedía (además de información sobre cómo, dónde y con quién comenzar su análisis) si le podía ayudar a entender el tema del encuentro. Al principio, les confieso, se me hizo curioso que me preguntara sobre eso, porque francamente no me decía más. Después de un intercambio de correos, pude llegar a la intención de Jerónimo.

Definir el encuentro

Antes de continuar, quiero compartir con ustedes un breve relato:

Iejiel, el nieto de Rabí Baruj, jugaba una vez al escondite con otro niño. Se ocultó muy bien y esperó a que su compañero de juegos lo encontrara. Después de aguardar un largo tiempo salió de su escondite, mas no vio a su camarada en ninguna parte. Entonces comprendió que éste en ningún momento lo había buscado. Esto lo hizo llorar, y llorando corrió hacia su abuelo y se quejó de su desleal amigo. Entonces los ojos de Rabí Baruj se llenaron de lágrimas y murmuró: “Dios dice lo mismo: Yo me escondo pero nadie quiere buscarme”. (Cuentos jasídicos)

Para poder comenzar con este tema, es preciso que nos centremos en la corriente filosófica del personalismo. Primero, ¿qué es el personalismo? Es una corriente que pone a la persona como centro, concediéndole rasgos relacionales, sociales, trascendentales desde su propia libertad y valor propio. Esto, evidentemente, se desarrolla desde una perspectiva moral. Ahora bien, el encuentro es precisamente la forma o la manera de relacionarse de la persona justo en una relación interpersonal. Para esto, es necesario que exista antes una comprensión de la misma existencia humana con el fin de lograr cambios o transformaciones radicales de sus nociones o conceptos, siempre bajo un análisis ético. Y, como vimos en una entrada anterior en la hablamos sobre Levinas, nos resulta de suma importancia comprender que, sin el otro, no puede haber un encuentro.

La alteridad y la soledad

Para que se pueda producir un encuentro con el otro, es importante tener en cuenta lo siguiente:

  1. Trascendimiento: no es otra cosa que dejar que el otro sea eso, un otro. Esto implica renunciar al intento de objetivación para poder dar posibilidad a la condición de sujeto al otro. Es vital entender que también se renuncia a un juicio crítico total sobre el otro (sentencia por el prejuicio). Dejarle ser en apertura a su propia dimensión de potencialidad.
  2. Asumir la soledad: hay que tener presente que la soledad es una dimensión existencial que permite que cada sujeto se adueñe o se apropie de su propia vida, viéndose a sí mismos como lo único e irrepetible, aquello que es singular y aspira a ser auténtico. Sobre todo es asumir que se es alguien irremplazable.

Pero, ¿asumir la soledad es negación de todo tipo de relación? No, de hecho, la soledad es precisamente la primer relación del Yo. Es decir, el yo que se relaciona consigo mismo (Kierkegaard habla del espíritu para explicarlo). Pero para poder ejercer esa soledad, necesitamos un mundo en común para que así pueda existir la alteridad, en otras palabras, para que se facilite el encuentro entre soledades.

Regresando a Iejiel…

Esas palabras «yo me escondo pero nadie quiere buscarme» son las que tenemos que tener más que presentes. Mi querido amigo, Joseph Knobel Freud, una vez compartió el caso de un pequeño paciente suyo. Al final, lo que el pequeñito quería era que lo buscaran, que lo encontraran. ¿Qué no es acaso algo que queremos todos? Es decir, que nos encuentren. Pero cómo queremos que eso pase si nos encontramos cual vagabundos, a la deriva por la vida sin saber exactamente dónde estamos y, mucho menos, qué estamos haciendo. Sucede que «ahí/aquí estamos», pero no nos queremos buscar, porque al parecer nos da miedo encontrar algo que no estamos siendo, algo que no le hemos mostrado al mundo: lo que somos.

Es importante centrar nuestra mirada en nosotros mismos, descubrir que necesitamos la oportunidad de ser lo que somos sin miedo. ¿Qué podría pasar? Dice la sabiduría popular «siempre hay un roto para un descosido». El problema es querer encajar. Habría que preguntarse por qué y para qué. Y eso, al final, nos descubriría que sólo estaríamos perdiendo el tiempo. Cuando uno se «anima» a dejar de pretender ser lo que no es, logra un encuentro consigo mismo, haciendo que los demás encuentros se den de manera más natural, no forzados.

Crisis existencial, ¿por qué?

La forma más pura de la desesperación es no ser quien realmente se es

-Kierkegaard

Queridos lectores(as):

En una época tan impredecible como lo es la nuestra, es muy común que haya un malestar generalizado conocido popularmente como «crisis existencial». Pero, ¿exactamente qué es? Si nos remitiéramos a una definición sencilla sería el no encontrar sentido en esta vida. Si profundizáramos más en ello, daríamos con un sin fin de pensamientos que nos llevan de la mano hacia la tristeza, el dolor, el miedo, la frustración, la desesperación.

Me parece que lejos de no haber un sentido de vida, lo que hay, más bien, es represión. ¿De qué? De lo que somos. ¿Por qué? Porque a nadie se le da gusto. Pero… ¿qué no acaso a quienes tendríamos que darle gusto, en primera instancia, tendría que ser a nosotros mismos? Sí, de hecho así tendría que ser, pero lo cierto es que estamos demasiado expuestos al otro, a manera de rendirle cuentas y satisfacer todo lo que espera de nosotros. Pero es un poco más complejo, porque ese otro es demasiado abstracto, es decir, no es un otro determinado, y más bien deberíamos orientarlo hacia el famoso Superyó freudiano. Esa «instancia» tan exigente, demandante y represora que nos hace ser todo, menos lo que somos. ¿Y qué somos? Bueno, eso ya depende de cada uno y lo que se niega a aceptar de sí.

Dime, ¿quién eres?

Recuerdo una escena en especial de la película cómica Locos de Ira (Anger Management, 2003), en la que el iracundo-pasivo de David Buznik (Adam Sandler) se ve cuestionado por el polémico terapeuta Buddy Rydell (Jack Nicholson) mientras se encuentra en una terapia de grupo. Les desarrollo el diálogo:

-Dave, háblanos sobre ti. ¿Quién eres?

-Pues, soy un asistente de ejecutivo en una compañía de productos para mascota.

-Dave, no quiero saber a qué te dedicas. Quiero que nos digas quién eres.

-Está bien. Soy un tipo bastante bueno. Me gusta jugar tenis, a veces…

-Tampoco tus pasatiempos, Dave. Mantenlo sencillo. Dinos quién eres.

-Yo sólo… ¿no me puedes dar un ejemplo de una respuesta correcta? -en eso voltea Dave y le pregunta a Lou, otro de la sesión grupal, qué contestó, mismo que se ríe-

-¿Quieres que Lou te diga quién eres? (Todos se ríen y ponen a Dave un tanto incómodo)

-No, yo sólo… soy un hombre amable, despreocupado. Quizá soy un poco indeciso a veces.

-Dave, nos estás describiendo tu personalidad. Quiero saber quién eres.

-¿Qué diablos quieres que te diga? (Dave contesta desesperado y explotando)

Un momento bastante incómodo y desesperante, sin lugar a dudas, cosa que nos resulta tremendamente familiar cuando experimentamos esas «crisis existenciales», donde resaltan preguntas de nosotros hacia nosotros mismos: ¿qué estoy haciendo? ¿qué hago aquí? ¿por qué no soy feliz? ¿por qué soy así?… ¿Les suena?

La crisis existencial o la falta de sentido se origina, principalmente, en nuestra incomodidad ante los momentos difíciles de nuestra vida. Momentos en los que creemos que no somos suficientes, que no podemos con las cosas, que las personas nos lastiman una y otra vez sin saber por qué si «supuestamente nos quieren, supuestamente no tendrían que ser así con nosotros porque no somos así con ellos», etc. Lo cierto es que lo que nos falta es perspectiva del momento. Nos hace falta salirnos un poco de nosotros mismos y contemplar con objetividad lo que estamos viviendo. Y eso, muchas veces, nos resulta imposible, ya que en la cultura en la que nos desarrollamos, se nos prohíbe de un modo u otro, porque eso sería ser «egoístas», «envidiosos», «narcisistas».

Pero… ¿por qué?

Es momento de escuchar(se)

¿Qué pasa cuando tenemos gripe? Vamos al médico. ¿Qué pasa cuando tenemos un examen en la escuela? Estudiamos. ¿Qué pasa cuando tenemos hambre? Comemos. Bien dicen que la vida es sencilla, es sólo que nos encanta complicárnosla. Muchas veces, la respuesta al problema que estamos pasando se encuentran en nosotros mismos, pero pareciera que estamos a la espera de que alguien más lo resuelva y que nos rescate. Una tradición bastante peligrosa, ya que nos inutiliza frente a la vida.

Simple y sencillamente, no podemos ir por la vida esperando que los demás resuelvan nuestros problemas o que nos digan qué hacer (¡mucho menos que nos digan quiénes somos o quiénes se supone que debemos ser!) Uno de los problemas más importantes de la vida ética es que se centra en el deber ser, es decir, en lo que debería ser. Cuando las personas hacen las cosas porque les dijeron que así tenía que ser o que las tenían que hacer de tal modo porque de lo contrario estarían haciendo algo malo, caemos en la peligrosa tendencia de no cuestionar el porqué de las cosas. Hacer por hacer es no hacer nada realmente. Hay que poner en duda para poder entender, para poder hacer. Al final, ¿qué no se supone que deberíamos hacer las cosas porque queremos?

Si aplicamos lo anterior al ser por ser, sin hacer un análisis sobre nuestra propia vida, sobre nuestra relación con el mundo (incluso para los creyentes sobre su relación con Dios o con su fe), nos daremos cuenta que las crisis existenciales se desarrollan en plenitud en nuestras vidas con el pleno derecho que les damos. A veces, las crisis existenciales no son sino una oportunidad para poder identificarnos a nosotros mismos entre la multitud.

Para concluir, retornemos a Kierkegaard por un momento: «Debo encontrar una verdad que sea verdad para mí». Esta sentencia que abre paso hacia el existencialismo, nos dice que es más importante vivir para luego poder descubrir aquella verdad que es en sí personal, sobre la cual habremos de fundar nuestra propia existencia, nuestro propio sentido de vida.

No tengan miedo a buscar ayuda para ello. Quizá lo que más necesitan en este momento es a ustedes mismos, escucharse, darse tiempo a ustedes mismos. Una asesoría terapeútica podría ser un gran regalo de ustedes para ustedes mismos. Hoy ya no es un tabú. Si están interesados, les recuerdo que me pueden escribir a mi correo y podré orientarlos: psichchp@gmail.com

Cuando un ser amado ha muerto

Queridos(as) lectores(as):

Quisiera hacer una recomendación oportuna: hagan lo que hagan, no dejen de llorar a la persona amada que ha muerto. Porque de no hacerlo, por «hacernos los/las fuertes», podemos sufrir muchísimo más de lo que realmente deberíamos. Bien dicen que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento se puede controlar. Desgraciadamente, en la posmodernidad en la que nos encontramos prisioneros, queremos que todo pase rápido, efecto de la inmediatez. Todo toma su tiempo, no hay que apresurar las cosas.

Sobre el duelo, Freud diría que «es la reacción frente a la pérdida de una persona amada, o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.» Sobre esto, a través de la experiencia clínica, debemos resaltar que no se trata de un estado patológico, ya que con el pasar del tiempo, logra superarse. Y es cierto, ya que el dolor y la tristeza que se experimentan, sin darnos cuenta, se va tornando en ternura y el recuerdo ya no duele, nos puede poner tristes, claro, pero ya no es la misma intensidad, ya no es el mismo sentimiento de «desgarre». ¿Qué no acaso cuando perdemos a un ser amado, nuestra vida parece que pierde sentido? Pareciera que el mundo exterior deja de importarnos y nos quedamos «apachurrados», como si nadie fuera capaz de consolarnos. Pero es cierto, nadie lo puede hacer, porque en el velorio no es que falten las palabras, sino que más bien sobran.

Incluso para los creyentes más cercanos a su fe, no pueden dejar de ser humanos en tan triste momento. De ahí aquella pregunta que hace E.S. Discépolo en su famoso tango Canción desesperada: ¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste? Los creyentes quisieran que ese padre amoroso estuviera ahí, a un lado, acompañándoles y dándoles una esperanza. Es que la muerte del otro es el nacimiento de nuestra desesperanza. Pero, siguiendo la fe cristiana, ¿qué no acaso un «adiós» conlleva el anhelo de un pronto encuentro? Es ahí donde la fe puede ayudar al creyente a aferrarse a algo en tan gris momento. ¿Y qué pasa con los no creyentes? Bueno, siempre podrán contar con alguien más para sobrellevar su duelo.

Es de suma importancia aceptar que la persona ha muerto, ya que si nos empecinamos en negarlo, nos imposibilitamos a nosotros mismos de todo lo que se debe hacer a partir del evento, haciendo que nuestras demás relaciones se vean comprometidas y severamente juzgadas por nuestra parte. Aceptar que el otro se ha ido y que nosotros nos quedamos. (Esto es práctico: no te mueras con tus muertos, ya que la verdadera herencia que dejan somos los que seguimos aquí. Hay que vivir por ellos lo que ya no podrán, pero sin dejar de ser nosotros mismos, es decir, no vivamos una vida que no nos corresponde).

También debemos deslindarnos de los recuerdos que resultan una verdadera sobrecarga en nuestro pensamiento. Ir lidiando con los recuerdos de un momento a otro, dándonos pausas. ¿De qué sirve torturarse con recuerdos sobre cosas no dichas, cosas no hechas? En otras palabras, saber recordar al difunto con alegría y agradecimiento. Todo a su tiempo. Las culpas ya no existen. Hay que saber perdonar (y así aprenderemos a perdonarnos a nosotros mismos). El otro ya no está, pero seguirá estando. Bien enseñaba el filósofo francés, Gabriel Marcel, que «decirle te amo a alguien, es decirle tú no morirás». La memoria nos permite mantener con vida a nuestros seres amados. De hecho, tiene que ver con la búsqueda de los antiguos griegos de la inmortalidad: seguiremos vivos hasta que dejen de recordarnos (de ahí la importancia de la festividad mexicana del Día de Muertos).

Con todo esto, me atrevo a negar aquello que decía Borges: «Ya no es mágico el mundo. Te han dejado». Es decir, sí, nos han dejado, pero nos han dejado para seguir viviendo, para seguir viendo por los que ellos no podrán ver, ser la compañía de los que sienten solos, aunque ni siquiera los conozcamos. La magia seguirá existiendo, aunque haya muerto el mago.

Un fraternal abrazo a ustedes, que quizá al estar leyendo esto, están llorando a un difunto.

Vive, date tu tiempo

He sido un hombre afortunado en la vida: nada me ha sido fácil.

-Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

He querido comenzar esta entrada de hoy con esa poderosa afirmación del padre del psicoanálisis, primero porque tiene un sentido muy bello y, segundo, porque creo firmemente en ello.

No es común que haya muchos informados sobre la turbulenta vida de Herr Doktor Freud (salvo que sean psicoanalistas, psicólogos, filósofos o curiosos), por lo que tampoco es común que haya mucha gente informada sobre las implicaciones personales en el desarrollo de la técnica psicoanalítica. Comprender la vida de alguien como Freud es darse la oportunidad de intentar comprender la propia vida.

Parafraseando a Jacques Lacan, Freud fue un valiente al exponerse tanto frente a los demás. Sobre todo con el tema de sus sueños. Algo que no podemos dejar de agradecer por la labor que nos ha heredado a los que seguimos estudiando sus teorías. Y en verdad que la vida de Freud fue bastante dura: un padre que bien podría pasar por su abuelo, una madre tan joven que podría ser su hermana mayor, el ser judío en una Viena clasista y racista, ser señalado por la comunidad médica por las teorías psicoanalíticas, ser señalado como un perverso y depravado por hablar de la sexualidad (cereza en el pastel, la sexualidad infantil), padecer cáncer por 20 años, la detención temporal de su hija Anna por parte de la SS nazi… en fin, muchas cosas en verdad complicadas.

Pero, a pesar de ello, Freud salió avante. Y es que su lucha, su valentía y su determinación son un ejemplo que nos hace mucha falta en esta época posmoderna en la que, día a día, son más los rendidos que los victoriosos.

Qué tremendamente complicado resulta salir adelante en la vida cuando desde pequeños nos empiezan a meter ideas derrotistas sin tan siquiera explicarlas. Por ejemplo: «no se trata de ganar, lo importante es que nos divertimos». ¿Se acuerdan de esa «enseñanza» de la infancia? Bueno, lo que faltaba mucho era entender que el perder nos daba la oportunidad de seguir intentando, haciendo mejor las cosas, siendo mejores como personas y como profesionales. Sin embargo, ese «lo importante es que nos divertimos» es algo tremendamente perjudicial, ya que no nos permite saborear el fracaso, conocer el sabor que no queremos volver a probar. ¿Me siguen?

Estoy pensando en este momento en el particular caso de un conocido, amante de los famosos couchings, donde ha «aprendido» que el «no» es detestable, hay que ser optimistas y decir «sí» a todo. Pero, ¿por qué? La respuesta que les dan es que hay que «decretar las cosas siempre de manera optimista para que así sucedan». ¿Se imaginan el poder divino que tendríamos cada uno de nosotros de hacer de la realidad algo meramente dependiente de nuestros pensamientos optimistas? Es decir, que con el hecho de «decretar que me va a ir bien en el día, así será». ¡Wow! Pero, lamentablemente no es así. ¿Dónde queda entonces el pensamiento optimista (el deseo) del otro?

Esperen… ¿será acaso que lo que nos está haciendo eso de decirle «sí» a todo es volvernos unos perversos narcisistas? ¡Oh! No, no es para tanto, pero sí nos está haciendo esclavos de nosotros mismos. Hace ya varias entradas anteriores a ésta les había tratado de explicar el peligro que conlleva tener ese pensamiento optimista. Por lo que si les interesa, adelante, dense su tiempo y busquen el texto.

Tenemos que aprender a aceptar la vida con todos sus colores y matices, no podemos encapricharnos en cosas tan absurdas como que la vida tiene que ser como nosotros esperamos que sea. Porque hacer algo así es despreciar la vida misma. Quien opta por vivir de ilusiones, apartándose de lo real, está destinado a un futuro muy triste y desolador. Cuidado, no estoy diciendo que esté mal tener ilusiones, al contrario, siempre hay que tener algo de que aferrarnos, pero ese algo no debe hacer que despeguemos los pies de la tierra.

Kierkegaard, el padre del conocido existencialismo creyente (cosa debatible), apostaba por el Dent Enkelte, es decir, buscar ser auténticos, originales y singulares. Una vida auténtica, en otras palabras. Tenemos que sacudir al individuo de la multitud y apostar por su individualidad, de tal modo que pueda verse y saberse uno, distinto a los demás. Pero no especial, cuidado con eso. Sin embargo, hoy esta alocada manera de vivir que es la inmediatez, nos ha hecho estar siempre atentos a la demanda de los demás. ¿Demanda? Sí, el estar pendiente a cumplir con lo que los demás quieren, con lo que los demás esperan o exigen de nosotros. ¡Y estamos siendo esclavos de ello! Decirle «sí» a todo es ceder, y lo cierto es que la naturaleza del hombre, entre muchas cosas, es voluntad de poder.

¿Se habían puesto a pensar que muchos padecimientos mentales se dan, precisamente, porque no estamos cumpliendo con el otro? Con los padres, los hermanos, los amigos, los novios, la pareja, el/la «peor es nada»… ¿Y cuándo empezaremos a cumplir con nosotros mismos? Es decir, ¿acaso se detienen un momento a escucharse a ustedes mismos? ¿A hacerse caso? Como mencionaba en sus cartas Edgar Allan Poe: «(…) a escuchar el latido de sus corazones»?

Queridos(as) lectores(as), tranquilos(as), lleven la vida con calma, pero no la descuiden. Dense la oportunidad de equivocarse, no sean tan exigentes con ustedes mismos. Ya es demasiada la presión que ejerce sobre nosotros el Superyó como para que nos auto-desquiciemos con nuestras propias exigencias y demandas absurdas sobre lo que los otros esperan de nosotros.

Pero, ¿es que acaso se puede hacer algo? ¡Claro! Lean un buen libro, salgan ustedes solos(as) a caminar, a tomar un café, al cine, a una tienda, etc. Dejen ese maldito celular un rato y las redes sociales, igual el mundo sigue girando sin que ustedes se den cuenta. Dejen la rutina, dejen de depender de otros para vivir sus vidas. Son todo esto quizá sugerencias que no les den un panorama de la vida distinto, pero que les podrán ayudar a comenzar a tener una relación auténtica con ustedes mismos. Empezar a ser sinceros con uno mismo es de las claves para no amargarse en la vida.

Levinas y el otro: una ausencia hoy

Hace unos días, estaba hablando con unos alumnos míos de la maestría al finalizar la clase. Entre los muy nutridos temas que abordamos, surgió ese par de palabras que hoy en día pareciera que no son «la gran cosa», pero que deberían serlo a mi creer: el otro.

Uno de los más queridos y admirados filósofos que tienen refugio en mi biblioteca es Emmanuel Levinas (1906-1995), y por tanto en mi formación humanista. Levinas es aquel filósofo conocido, principalmente, por el tema de la alteridad, mismo al que le dedicó, quizá, muchas de las más bellas reflexiones que se han hecho y que influyen, de manera total y definitoria, en todos los pensadores apegados al humanismo.

Y es precisamente el tema de la alteridad, o del otro, del que quiero platicar con ustedes en este encuentro. El pensador lituano, antes de continuar, pensaba que la ética era la primera ciencia dentro de la filosofía, cosa que levantó muchas críticas a favor y en contra, en su tiempo y luego de él. Después de todo, la ética es aquello que nos relaciona a los individuos, aquello que nos compromete y aquello que nos impulsa en temas de caridad, amor, respeto, etc. Es por ello que Levinas entendía que los seres humanos somos, antes que nada, seres relacionales. Es decir, para él no podía existir la idea del uno sin el otro. Ese encuentro que sucede con el otro brinda de sentido y contenido nuestra existencia.

Levinas podría ser considerado un filósofo personalista (y no se mal interprete con egoísta o individualista, sino la corriente personalista, que se centra en la persona), sin embargo, me atrevo a decir que va un poco más de eso, y bien entra en el grupo de los filósofos que apuestan por la relación interpersonal. Esta filosofía interpersonal lleva mucho al tema de la palabra, pero en este caso tan específico de Levinas, al rostro del otro.

El rostro del otro (Totalidad e infinito)

Comencemos con una pregunta: ¿qué pasa cuando miro al otro, cara a cara? En el libro mencionado en el subtítulo, Levinas expone que la mirada es conocimiento y percepción. Sin embargo, debemos ver en el rostro del otro el acceso hacia la vida ética. Pero centrémonos en la percepción, ya que al mirar el rostro ajeno, somos capaces de reconocernos como si estuviéramos viéndonos a través de un espejo; hay un reconocimiento de lo semejante (ojos, nariz, labios, etc.). Sin embargo, hay que advertir que la mirada puede terminar por volverse muy estricta y centrarse en accidentes que nos estarían privando de ese encuentro magnífico, es decir, si nos fijáramos, por ejemplo, en el color de los ojos, en la forma de sus orejas, en las dimensiones de la nariz, en el grosor de los labios, estaríamos perdiendo nuestra relación con el otro. Levinas se refiere con esto a que, aunque esta relación se pueda ver dominada por la percepción, no debemos reducirla a ella. No es el todo.

Pero cuando hablamos del rostro del otro, tenemos que hablar también de cierta desnudez y, por tanto, de el estar desprotegidos e indefensos. «En el rostro hay una pobreza esencial», dirá Levinas. ¿Pero a qué se refiere? Pensemos, por ejemplo, en las muecas, en los gestos y, por qué no, en el maquillaje que cubren nuestro rostro. Es la capacidad de enmascarar, natural y artificialmente, lo que somos, lo que estamos siendo. ¿No tendrá que ver acaso con aquella tendencia que tenemos a ocultar lo que pasa, lo que nos pasa, para que el otro no lo mire? En esa desnudez hay una maravillosa exposición de lo que significa ser humanos. El rostro es precisamente exponerse. «Es significación, pero una significación sin contexto» (tranquilos, los revisaremos más adelante en esta entrada).

Sabiduría del amor al servicio del amor

Levinas hace una reflexión en torno a lo que Sócrates entendía por Filosofía, esto es, «amor a la sabiduría» (una definición etimológica y de manual). El lituano cree que es una significación errónea, ya que lo que define realmente al ser humano no es la sabiduría, sino el amor al otro, hacia los demás. Sin lugar a dudas, habrá quienes no estén de acuerdo, sin embargo, me parece que la intención de Levinas va muy de la mano con la preocupación real que tenía después de vivir las atrocidades del Campo de Concentración en el que vivió preso durante la II Guerra Mundial (era judío).

La crítica levinista hacia el pensamiento occidental se centra en que los filósofos habían puesto mucho interés en el ser, en la esencia, «despreciando» la alteridad (al sujeto). Viendo al ser humano como algo aparte de su sensibilidad, su dignidad, de su propio valor y de sus sentimientos. Levinas pensaba que debido a esta filosofía y a sus «intereses», se habían abierto de par en par las puertas a cosas preocupantes que exponen lo peor del ser humano. Siendo la violencia el gran tema a estudiar. Hay en la sociedad occidental un descuido vital que origina un ensimismamiento terrible.

No es de sorprender, siguiendo a Levinas en esta crítica, que en la sociedad veamos una tendencia egoísta e individualista, haciendo que la ética quede recluida en los libros y en las enseñanzas simplonas en las cátedras académicas. ¿Cómo podemos ser para el otro cuando estamos «siendo» única y exclusivamente para nosotros mismos?

El inter-és o el origen de la violencia

Después de comenzar a desarrollar la crítica a la sociedad, Levinas nos dice que la base de la violencia se centra en el interés. Vamos a dividir esa palabra:

Inter: en, dentro

és: ser

Si juntamos esas definiciones tendríamos algo como «ser adentro», entonces, «no salir de». Así, Levinas propone que debemos apostar por el des-inter-és, que justo será la clave para luchar contra la violencia al estar saliendo de nosotros para ser para el otro o, mejor, ponernos en lugar del otro. El desinterés, en efecto, nos habla de no esperar nada, absolutamente nada. De ahí que recuerdo a mis alumnos que en el acto de dar, de servir al otro, siempre debemos hacerlo sin esperar nada a cambio, ni siquiera un «gracias» o una sonrisa. Aquí les recuerdo una enseñanza de San Ignacio de Loyola: «En todo, amar y servir». Cuando Levinas expone lo anterior, se «enemista» con el ego cartesiano, pues se está exigiendo en su crítica que se vea más allá de nosotros mismos. Esta salida nos hace reconocer que somos seres relacionales, sociales por naturaleza. Reafirmando la definición aristotélica del ser humano.

La alteridad, por último, nos brinda la oportunidad no sólo de reconocer al Otro, sino reconocer que gracias a él/ella, soy quien soy y no puede ser de otra manera.

Una filosofía vivencial basada en el Otro

La filosofía, según Levinas, tiene que estar al servicio del hombre, y no viceversa. Así, la propuesta es dejar de ver al ser humano como un ser ensimismado (atrapado en sí), para que se le pueda ver como alguien que sale al encuentro del otro. De ese modo, podemos entender que la constitución del yo se lleva a cabo por una vida interior (psiquismo), y es ahí donde se contempla la separación y donde se manifiesta. Por tanto, el Otro es todo ser humano que yace frente a nosotros y que pide justicia. Pero hay que entender que no se mide por aproximación, sino absolutamente como Otro. Negar la existencia del otro es negar nuestra propia existencia.

Levinas explica que para que haya una relación es necesario que exista el lenguaje. Sin embargo, el lenguaje deberá ser aquello que nos llama a ir más allá de la comunicación de contenidos. Es decir, el lenguaje nos lleva a la responsabilidad frente al otro, nos lleva a una verdadera relación ética.

«Tú no me matarás»

Ahora sí, retomemos lo del rostro del otro. Decíamos que el rostro carece de contexto, esto debido a que su sentido no depende de la relación con otra cosa sino que goza de su propio sentido. Veamos qué dice Levinas al respecto: «Se puede decir que el rostro no es visto. Eso es aquello que no puede ser poseído por un pensamiento, es el incontenible, te conduce más allá». ¿Y si lo resumimos a un «tú eres tú»? En otras palabras, esta afirmación permite que el rostro del otro abandone el anonimato del ser y nos permite que salgamos de ese anonimato a nosotros también. Salir al encuentro del rostro del otro es lo que nos lleva al «tú no me matarás». Es entrar en consciencia.

Estamos recibiendo la visita a nuestro mundo cuando entra en él el rostro del otro, por lo que nos responsabilizamos por él. Una actitud ética que nos hace ver la pobreza del otro y, por tanto, le debemos todo. Es abrirle los brazos, sin conocerle. Siendo un perfecto extraño. Mi responsabilidad con el otro me hace responsabilizarme de la responsabilidad de los otros. Y así, según Levinas, se construye una sociedad real. Una sociedad ética.

Después de todo, ¿qué no acaso soy el otro para el otro?

Mamá, papá, ¿dónde están?

El otro día platicaba con un querido amigo y colega filósofo sobre la importancia del tema de la escucha en nuestros días. Y entre las muchas cosas que dijimos, salió un caso que recordé sobre un adolescente (el que adolece) que fue a consulta, más bien, que llevaron con un conocido psicoanalista.

L. es un muchacho (en aquel entonces de 14 años) que han traído sus padres conmigo. Ellos, entre reclamos y gritos, dicen que no pueden con él, que se ha vuelto un verdadero dolor de cabeza. El padre le echa la culpa a la madre y viceversa. En ambos discursos hay un «es que tú…». Después de una larga hora, acepto recibir al adolescente.

Al cabo de unos días, L. llega al consultorio, no sin antes azotar la puerta del flamante BMW de la madre. El analista cuenta que alcanzó a oír un «cuando acabes tu terapia, pides un Uber y te vas a casa, ¿ok?». L. pega tres veces con el puño cerrado en la puerta. Sólo se escucha desde la ventana del consultorio «ahí hay un timbre». El muchacho lo toca y le abren la puerta.

Enfurecido, L. entra al consultorio y se avienta en el diván. Le indico que se levante y que se siente en el sillón de enfrente, así como le señalo que todavía no es el momento. Se levanta todavía más irritado y se deja caer en el sillón. Con cara de fastidio me ve y me dice «Bueno, ya estoy aquí, ¿ok?». Le contesto: «Sí ya veo, el ruido que has estado haciendo te delató». No capta la broma y sólo mueve los ojos hacia el techo. Él me odia. Pero no soy al que odia.

Después de explicarle el analista al muchacho que como se trata de un menor de edad, su trabajo le llevará a tener dos sesiones, una con él y otra con sus padres, el paciente se muestra todavía más enojado y le dice «lo que me faltaba, ahora usted va a ir de chismoso con ellos». Notablemente furioso, el adolescente se va haciendo a la idea de que no se puede «escapar».

L. no deja de mirar su celular, los cuadros de mi consultorio y hasta se queda mirando una revista que dejé (a propósito) sobre una mesita a lado de su sillón. Hasta que capta la imagen completa en ella y la avienta al piso. «Ay, sí, una familia contenta, ¡esas son mamadas!».

-¿Mamadas? Mmm… ¿qué palabra hay dentro de esa palabra?

-¿A qué se refiere?

-Sí, a ver, ¿notaste que cuando la dijiste hiciste una breve pausa al pronunciarla?

-¿Qué?

-Sí, mira, dijiste «esas son mamá-das».

-Ajá… ¿y qué?

-Claramente tu mamá es el problema aquí. ¿No te parece?

-Wow, ¡usted es un genio! No puedo creer que lo notara tan fácilmente.

Evidentemente L. se estaba burlando del analista. Pero «la cosa» apenas comenzaba.

-L., ¿por qué estás tan molesto? ¿No te gusta que te escuche?

-¿Para qué? No sirve de nada.

-Más bien me parece que no soy quien quisieras que te escuchara, ¿no es así?

Es importante explicar que el psicoanalista, aunque está ahí en frente, no está del todo, al menos no siendo él. En la transferencia que hay entre ambos, hay figuras que se manifiestan en donde debería estar sentado el analista; figuras que son un secreto hasta que se les va dando cuerpo y nombre.

-Papá… mamá… ¿dónde están?

-¿Qué les quieres decir, L.? Te escucho…

-Pues eso, Dr., ¿dónde están?

-Me parece que sí sabes dónde están, no sería mejor preguntar «¿por qué no están aquí?»

El analista narra que L. se echó a llorar de un modo completamente desconsolado, como un niño indefenso. Las palabras sobran, están de más, por el momento. El análisis ha comenzado…

Desgraciadamente vivimos en una época en la que los padres de familia o quienes cumplen la función de padre y/o madre, están reproduciendo una clase de orfandad con sus propios hijos. El pensar que se les da lo que no se tuvo (coches, celulares, tablets, computadores, etc.) es en verdad un auténtico desastre. Irónicamente se les da, pero no nos damos a ellos. Los hijos necesitan a sus padres, tener la confianza de poder hablar con ellos, ayudarles a lidiar con ese «infierno» que resulta ser la adolescencia. Tampoco se trata de estar sobre ellos, hostigándolos y hacer que desesperen, pero sí tener una actitud que les permita sentirse amados y queridos.

¿O vamos a esperar una llamada desgarradora sobre un accidente?

Los accidentes, por cierto, no existen.

La frágil sociedad

El siglo XXI es sinónimo de grandes avances y descubrimientos científicos, de notables esfuerzos por mejorar la calidad de vida, de asegurar la paz, de proteger a la naturaleza. Pero, a su vez, parece ser que el mundo se ha estado fragmentando en cuanto al ser humano. Cada día es sobresaliente el número de notas rojas sobre incontables hechos fatídicos, tristes y lamentables alrededor del mundo. Parece ser que la sentencia popularizada por el filósofo inglés, Thomas Hobbes (s. XVIII), “el hombre es el lobo del hombre”, cada vez se va volviendo más cierta. ¿En qué momento pasamos de ser seres proactivos a ser sólo gente que se queja de todo?

Vivimos en una época en la que el ser ofendidos es algo que está a la orden del día. Incluso me parece cómico cómo mucha gente está atenta a encontrar razones para ofenderse e indignarse, siendo resultado de muchas campañas que intentan ser una suerte de “concientización” sobre varios y diversos temas de profundo significado social y, por tanto, cultural. No estoy diciendo que no sean temas que deben dárseles importancia, pero me parece que estamos exagerando brutalmente en ello. Retomando lo que decía sobre la gente que está esperando a ser ofendida, los miro y trato de encontrar el porqué de ello. Personas que hace apenas unos años atrás no se preocupaban en lo más mínimo, hoy son los que se rasgan las vestiduras y se proclaman “indignados”. Pero, ¿por qué? ¿De dónde surge esa desesperación?

De la subjetiva normalidad

Tenemos que voltear la mirada hacia el hombre y hacia la mujer, sobrevivientes de la afamada posmodernidad, y darnos cuenta de lo ridículamente sensibles que se han vuelto. Pienso, por ejemplo, en las personas que se asombran por cosas que generaciones atrás lo hubieran visto como algo perfectamente normal. Y con esto de “normal” me estoy metiendo a mí mismo en un problema, ya que tal y como sostenía Michel Foucault, el tema de la normalidad es algo meramente atemporal, pero siempre apuntando hacia lo que se creía en cada momento como lo correcto, lo que estaba bien, lo que la sociedad aceptaba. Hace unas semanas, comencé a hablar con mis alumnos de universidad sobre algunos filósofos, entre ellos Nicolás Maquiavelo, quien afirmaba que el ser humano era malo por naturaleza; que ese ser fantástico, capaz de hacer y de crear grandes cosas, era el mismo que era capaz de perpetuar los más aberrantes actos, siempre en aras de obtener poder y lograr someter a los demás a su voluntad.
A mi creer, deberíamos festejar que lo normal haya ido evolucionando hacia un punto en el que podamos lograr verdaderos avances, sin embargo, mucho me temo que hay quienes han querido forzar de más esa evolución y buscan, entre muchas otras cosas, establecer la absurda idea de que la verdad es relativa, entendiendo por esto último que cada quien goza de su propia verdad. Ya no es que cada quien tenga su opinión sobre las cosas, sino que cada quien tiene su verdad sobre ellas. Lo objetivo se vuelve algo que se somete a la subjetividad, sin importar qué tan errada se encuentre.

El riesgo de la terquedad

Estamos siendo absorbidos día a día por la frágil sociedad de nuestro tiempo. Una sociedad con gravísimos problemas de echar a perder todo lo que se ha logrado a través de años de progreso. Hasta parece broma, pero se está llegando a tal nivel de escepticismo que hasta la misma ciencia está siendo puesta en duda debido al florecimiento del sentimentalismo. Una prueba de esto último es el movimiento anti- vacunas, que ha provocado, entre muchos otros problemas sociales, el resurgimiento de enfermedades que se pensaban ya erradicadas. Personas irresponsables que basan sus acciones en creencias sin fundamentos reales, imponiendo prejuicios y poniendo en riesgo a sus propios hijos, y por supuesto, a otros. Y no conforme a que muchos miembros de ese movimiento ya han muerto, hay todavía quienes se siguen aferrando a
seguir defendiendo lo indefendible, prefiriendo enfermar hasta morir en vez de aceptar que se han equivocado. Pero cuidado con hacer algo contra ellos, porque surgen los anteriormente mencionados indignados (que muchas veces ni tienen nada que ver) a ocasionar un verdadero escándalo, tachando a los que no piensan como ellos como intolerantes.

De hecho, sobre este punto me gustaría comentar que en sí la palabra “tolerancia” no es de mi agrado, pues de cierto modo interpreto en ella algo así como “no me gusta lo que haces, pero te permito que lo hagas”, como si se pusieran en una posición moral superior para ceder al otro la libertad de sus propias acciones. ¿Entonces estaríamos siendo precisamente intolerantes con los anti-vacunas? No, porque si ellos sólo fueran los únicos que se enfermaran y murieran, quizá podríamos dejarlos, porque al final de cuentas están haciendo uso de su mal entendida libertad, pero están poniendo en riesgo a terceros. La ecuación es fácil: haz lo que quieras, siempre y cuando no afectes a otros. ¿Por qué “mal entendida libertad”? Porque es precisamente esto último lo que ha permitido que la sociedad sea débil y carente de valor para afrontar las consecuencias de sus propios actos. Entendamos que no hay libertad sin responsabilidad (guiño al Sartre).

Saber diferenciar (o lo uno o lo otro)

¿Qué pasa cuando hay manifestaciones, por cualquier razón o motivo, y que gente en ellas empieza a atentar contra establecimientos comerciales o contra otras personas? Por lo general, llega la policía a establecer orden, pero los responsables se escudan a sí mismos en el ya de por sí desgastado “estás violando mis derechos”, negándose a aceptar que sus acciones los han llevado a ser castigados. Todos quieren ser libres, pero sin responsabilizarse por lo que hacen. ¿Y de quién es culpa esto? De las propias familias y de las crecientes y muy cuestionables ideas de “no traumar a los niños” regañándoles por sus travesuras. Pensemos, por ejemplo, en una situación en la que una madre lleva a su pequeño hijo a un restaurante para reunirse con sus demás amigas y tomar el café. El niño, como es perfectamente entendible, no querrá estar sentado tanto tiempo y comenzará a jugar; se pone a correr entre las mesas (ya que no hay una zona

de juegos infantiles), pasando entre los meseros que llevan platillos calientes, empujando y pataleando. “A ver, papito, tranquilo” -dice la madre sin hacer nada más. Como era de esperarse, un mesero pierde el equilibrio tratando de esquivar al niño y tira todo lo que llevaba. El niño se asusta y se queda mirando lo que pasó, la madre se levanta enojada, toma al pequeño y sólo le dice “Te dije que no lo hicieras, muy mal”. ¡Y ya! No pasa nada más. Y cuidado con que el mesero le reclame, porque puede volverse víctima de un sinnúmero de ofensas por parte de la indignada madre. ¿Qué hubiera pasado si alguno de los platillos le caía al niño? Ni imaginar el tremendo problema que tendría, no sólo el mesero, sino el restaurante en general. Al no haber límites, mismos que muchos tuvimos y que no hicieron de nosotros unos «traumados» (si es que es la palabra correcta), se presta a la idea de que no hay consecuencia por nuestros actos. Pero luego, las madres lloran desesperadas y en profunda agonía porque a su “angelito” lo balearon los policías después de haber asaltado a otras personas en el camión.

«Educad a los niños para no tener que castigar a los adultos»

-Pitágoras

No estoy pidiendo que nalgueen al niño, mucho menos que le griten y lo humillen, pero al menos sí que lo hagan consciente de lo que ha pasado; pero también que, en este caso la madre, no se haga la desatendida y cumpla con la responsabilidad que el accidente ha ocasionado. Sin embargo, parece que es mucho pedir. ¿Pero qué pasa si alguien más se atreve a decirle algo a la madre? Comienza la lluvia de insultos y degradaciones. Hasta es risible, porque el mismo mesero puede perder su trabajo, y todo por como decimos coloquialmente “sin deberla ni temerla”.

¿Qué esperanza queda? ¿Queda?

Estamos mal, en verdad muy mal, pero lejos de hacer algo, seguimos en silencio o solamente nos quejamos. Pero, ¿qué hacer? ¿se puede hacer algo? Sí, lo cierto es que debemos fortalecer las virtudes que se han ido debilitando, restablecer los límites y apostar por la educación. Ahí está la clave que ha hecho que muchas naciones sean consideradas como grandes; en la educación yace el futuro y la esperanza de toda sociedad. Pero no sólo me refiero a la educación académica, sino aquella que empieza en casa. La sociedad va en picada precisamente porque hemos olvidado las primeras estructuras que yacen en el seno familiar, en los valores que se nos enseñaron y que nos hicieron personas responsables y trabajadoras.
Dejemos de ser adultos infantilizados y llorones, dejemos de permitir que los gobiernos nos traten así con sus programas asistencialistas que fomentan en nosotros la irresponsabilidad y la mediocridad. La riqueza no se obtiene extendiendo la mano pidiendo o suplicando la limosna de los demás, sólo a partir del trabajo honrado, justo y bien remunerado es como podemos alcanzar lo que otros tienen, dejando atrás el insano resentimiento social que nos esclaviza a nuestras pasiones. Evidentemente el tema del trabajo justo y remunerado es otro, y tendremos otra oportunidad para hablar sobre ello.

Si estamos viviendo todo esto, imaginemos por un momento que podríamos (y tal parece que así será) estar peor…