Nuevo año: ¿nuevo yo?

Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, quisiera desearles un año nuevo lleno de pasión y entrega por la existencia. Recordarles la fórmula nietzscheana sobre que «hay que vivir la vida sin dejar que ella nos viva». Es decir, vivir la vida a pesar de sus circunstancias. Recordar y tener presente que no se trata de que si es un año «bueno» o «malo», eso se queda en lo meramente subjetivo, sino de hacer de nosotros algo que continúe a pesar de los obstáculos. Abrazar la vida es hacerlo con todo lo que ella significa.

Un cuento de Navidad

En 1896, en un comunicado con su querido amigo, Wilhelm Fließ, Sigmund Freud comparte esta interesante reflexión:

«En esta fiesta se celebra a la vez un duelo y un pacto. El primero es por algo perdido: los que no están, lo que no se logró. El pacto es un nuevo arreglo con la divinidad, sea Dios, la vida, la contingencia, el estado de cosas, lo irremediable, lo imposible, etc. En ambos casos, nos sigue convocando a desafiar al futuro».

Pase lo que pase, pasará. Tan cierto como aquella sentencia del filósofo griego Heráclito: nunca nos bañamos en el mismo río dos veces. Ni es el mismo río, ni nosotros tampoco. La vida fluye, nosotros también. Sin embargo, ¿qué tan segura es la embarcación sobre la que nos aventuramos al mar de la vida? ¿Qué tan seguros estamos de tener el control? ¿Lo tenemos?

Revolución: mente y corazón

Debemos tener una revolución de corazones y consciencias, cambiar nuestra manera de ver, escuchar y sentir al mundo: ser más tiernos, cariñoso y empáticos. Porque lo somos, pero el mundo nos provoca miedo, estamos heridos, no queremos más dolor. Hay que saber serlo con quien se pueda serlo.

Pero no seamos como el mítico Davy Jones, quien ante la decepción por la traición de la peligrosa Calipso, se extirpó el corazón y lo hizo guardar en un lugar donde la diosa nunca lo encontrara. ¿Realmente vale la pena retirar nuestro corazón del mundo por culpa de algunos? Más bien tendríamos que ver dónde nuestro amor, nuestra ternura y cariño son bien recibidos y bien correspondidos.

Cierto es que hay que «hacer el bien sin mirar a quién», como lo es también que «cuando lo hagamos no esperemos ni una sonrisa siquiera». Pero es complicado. La caótica naturaleza del ser humano es exigente siempre. Estamos ante la falta y la queremos llenar. Pero nuestra obsesión nos lleva a adentrarnos en momentos y circunstancias que sólo nos garantizan dolor por la decepción. El problema no es el otro, sino las altas expectativas que depositamos en él o en ella. ¿Acaso son las mismas expectativas con las que SIEMPRE nos exigimos ser para los demás?

Ser sin ser de más

¿Por qué nos exigimos tanto cuando se trata de ser para los demás? Es decir, ¿dónde queda nuestro ser ante lo que los otros exigen de nosotros? Ya no es fácil decir «NO», así como tampoco resulta fácil expresar lo que realmente sentimos. Insisto: no se trata tanto del otro, sino de lo que nosotros hacemos por el otro. No se trata de renunciar a lo que somos para ser «aceptados», pero tampoco se trata de que acepten lo que somos «les guste o no».

La sabiduría popular mexicana nos dice «siempre hay un roto para un descocido». ¿Qué necesidad de encajar a la fuerza? Debemos saber renunciar al capricho de querer llenar nuestros vacíos con lo primero que encontramos, como si nos diera miedo no encontrar la respuesta después.

Antes de amar al otro, en verdad hay que aprender a amarnos a nosotros mismos. Siempre a mis alumnos trato de enseñarles que hay que escuchar(se). Y en verdad es muy complicado: la demanda posmoderna nos lleva entre el deseo propio y el deseo ajeno. Debemos saber diferenciar y darnos cuenta que también, aquello que tanto «deseamos», puede ser lo mismo que nos aniquile.

De vuelta al diván

Vamos a jalar agua para nuestro molino. ¿Por qué no empezar el año con un propósito que realmente nos ayude a tener claridad en los otros propósitos? La idea de comenzar un análisis, de ir a terapia, realmemte se funda en el deseo, en el querer hacerlo, no en la necesidad. Uno no se analiza porque lo necesita, sino porque así lo quiere. Dar ese paso, al menos eso creo, nos permite tener cierta claridad, cierto contenido sobre lo que somos y estamos siendo. Detrás de las máscaras siempre hay un rostro humano, y todavía más atrás, incontables historias dignas de ser escuchadas.

Comencemos el año regresando a nosotros mismos: recuperemos aquel deseo, aquel motivo, aquel sentido que nos permita abrazar la vida y que podamos afrontarla de la manera más digna posible. Sin miedo. Al final de cuentas, ningún camino se recorre en soledad, tarde o temprano nos topamos con gente fantástica, quienes nos acompañarán. Pero, cuidado, porque en todos los caminos también hay serpientes, lejos de ponernos a pelear con ellas, es mejor pasar de lado. Eso, quizá, es parte fundamental del amor propio.

¡Feliz 2020!

¿Echarle ganas?

«De lo que no hay que hablar, es mejor callarse»

-Ludwig Wittgenstein

Queridos(as) lectores(as):

Por cuestiones personales y laborales no había podido subir contenido en la página. Pero creo que es importante volver a la página con un tema de suma importancia, mismo que se agrava por la poca, si no es que nula, cultura que tenemos sobre la salud mental.

¿Alguna vez han pasado por un momento muy difícil, triste y/o doloroso? Seguramente sí, sin embargo, les puedo apostar que han tenido que pasar, al mismo tiempo, de recibir expresiones tales como «échale ganas», «ánimo», «tú síguele». ¡Y a veces hasta peor! Hay quienes se atreven a decir algo de la talla de «uy, si tú vivieras lo que yo…». Y también les puedo seguir apostando que lo único que hacen es reprimir las ganas de contestarle de manera no tan amable a esa persona y a su «amabilidad».

Wittgenstein y el escarabajo

Ludwig Wittgenstein fue un filósofo austriaco naturalizado británico que trató, entre muchos otros temas, lo que que su creer era el gran problema de la filosofía: el lenguaje. En su libro, Investigaciones filosóficas (1953), él invita al lector a hacer varios juegos de naturaleza mental. Uno de esos juegos trata de imaginar a un grupo de sujetos que están jugando entre ellos. Cada uno tiene una caja y, dentro de la misma, hay un escarabajo. La idea es que ninguno de los participantes puede mirar lo que hay dentro de la caja de los demás.

Ahora bien, Wittgenstein menciona que el escarabajo es lo que cada uno de ellos ha conocido como tal, por lo que podría darse el caso de que en las cajas hubiera algo que no necesariamente sería un escarabajo, sino que podrían ser una abeja, un gusano, un saltamontes, o, incluso, no hubiera nada. Como que esto se nos está yendo, ¿no?

Wittgenstein se hace de este ejemplo para dar con el tema que estamos tratando de abordar en esta entrada. Cuando el filósofo habla del «escarabajo», lo que realmente está haciendo es una sustitución de la noción de dolor. Cada caja es cada uno de nosotros, el escarabajo es el dolor que cada uno de nosotros tenemos. Ninguna sensación es igual, no se siente de la misma manera, no se sufre o se celebra de la misma manera. Nosotros empleamos el lenguaje, específicamente las palabras, para referirnos a cosas que no son iguales, pero sí parecidas. Tenemos un marco referencial para poder, en cierto modo, una comparación. De ahí que hablemos de niveles.

La verdad es que no te entiendo

Tenemos que ser conscientes que lo que experimentamos cuando una persona está expresando un sentir o un sentimiento, es la empatía que nos genera. Es decir, lo que hacemos es ponernos en su lugar y tratar de saber o hacernos la idea de lo que está pasando. Pero nunca será exactamente lo mismo. Como dice la sabiduría popular: «Sólo sabe cuánto pesa el costal el que lo carga».

Pongamos un ejemplo: un querido amigo ha perdido a su madre; me llama para contarme lo sucedido y me pongo a pensar cuando murió mi madre. Mi contestación sería «te entiendo lo que estás sintiendo», sin embargo, no me acercaría ni siquiera a tocar la punta de su dolor. Los dos hemos perdido a nuestras madres, pero cada uno sabe lo que es, lo que duele, no hay punto de comparación: el hecho es el mismo, pero el dolor no. Las personas NO SON IGUALES. La percepción es distinta.

¿Qué decir?

No es que exista una guía para saber cómo reaccionar, qué decir y mucho menos qué no hacer y qué no decir. Estamos limitados por nuestro lenguaje, por nuestra percepción de nuestro mundo (externo e interno). Por eso es que eso de «échale ganas», por ejemplo, puede resultar algo que perjudique más de lo que pensaríamos podría más bien ayudar. ¿No son demasiadas las ganas que tiene el ser que sufre para mantenerse de pie como para decirle (exigirle) más?

Lo mejor que podemos hacer cuando estamos ante la demanda del otro es escuchar y estar. Nada más. Dejar que la persona ponga en palabras su dolor, tristeza y miedo. Nada de andar diciendo cosas que no tienen que ser dichas. Hay que saber estar en silencio, escuchar con atención, porque por muy buenas que sean nuestras intenciones, no debemos descuidar que sufrimos la desesperación silenciosa de sentirnos impotentes ante el dolor de la persona, y eso nos lleva a decir cosas sin medir consecuencias. Es algo perfectamente natural.

Mejor podría ser: «Lamento lo que estás pasando, ¿vamos por un café?». Creo que eso ayudaría más a la persona. Y lo demás, dejarlo a profesionales de la salud mental. El dolor es algo inevitable en esta vida, el sufrimiento es graduable. Tenemos que aprender que el dolor siempre va a existir, sin embargo, es un hecho que con el paso del tiempo irá disminuyendo o aumentando (en el caso de no trabajarlo).

Y el camino sigue…

La oveja negra

Queridos(as) lectores(as):

¿Alguna vez han utilizado la expresión «la oveja negra de la familia»? Quizá sí, o quizá la han utilizado para señalarlos a ustedes. Puede ser. La cuestión aquí es: ¿qué significa eso? Hablando desde México, esa expresión se utiliza de manera despectiva para señalar a un miembro (o hasta varios) de una familia por ser «notoriamente diferente a los demás». Evidentemente esta expresión no se queda en el espectro familiar, sino también en todo lo relacionado con lo social, escolar y laboral.

Hace algunas entradas ya habíamos mencionado la noción de la alteridad, o «sobre el otro», apoyándonos con el filósofo Emmanuel Levinas. Pero en este caso, el otro, bien señalado y hasta a veces separado del resto de la «manada», es visto con cierto recelo, dolor, tristeza, rabia, e incluso de manera envidiosa, inconscientemente hablando.

Marcando diferencias

Es muy común encontrarnos con familias de eminentes médicos, arquitectos, abogados, financieros, etc. Así como es tremendamente fácil encontrar en esas familias al «bicho raro», a ese personaje que no sigue la tendencia. Por poner un ejemplo, pienso en un querido amigo mío que proviene de una familia de notorios abogados. Tiene 3 hermanos, los cuales son abogados, tal como el padre y a su vez como el abuelo. Sin embargo, él optó por estudiar algo distinto. Decidió estudiar Letras Hispánicas.

Me acuerdo que cuando éramos más jóvenes, él nos deleitaba a otros amigos y a mí siempre leyéndonos poesía de Quevedo, exaltando la figura de Lope de Vega, en fin, muchas actividades propias de su ahora carrera. Y recuerdo también comentarios tales como «a ver si esos muertos que lees te pagan la renta», «vamos a ver si no te mueres de hambre», y demás comentarios despectivos y en demasía burlescos. Sin embargo, mi amigo, al menos desde una perspectiva particular que tengo de él y de sus hermanos, es el que más feliz se le ve (aunque claro, con sus oscuros momentos existenciales). Los otros 3 siempre andan a toda prisa, haciendo y deshaciendo contratos; provocando divorcios o tratando de impedir despojos. Mi amigo, en cambio, es feliz dando clases de Español y Literatura. Lo demás, quién sabe.

Adaptarse o… ¿morir?

Una afirmación darwinista sin lugar a dudas. Pero la realidad en esto es que muchas de las «ovejas negras» tienen que llegar a un punto en el que decidan qué hacer, si adaptarse y ser borreguitos blancos y sumisos a la voluntad del otro, o bien, intentar ser felices haciendo lo que les gusta y aceptando todo lo que conlleve su elección.

Cuando mencionaba que existe una cierta envidia inconsciente de los demás para con la oveja negra, es porque precisamente esa persona está haciendo algo con su vida a partir de sus propios gustos. ¿Cuántos casos no conocemos de gente que renuncia a sus sueños con tal de no perder el cobijo familiar, e incluso, la herencia?

Una personalidad amable

Muchos son los casos de ovejas negras que terminan siendo personas muy amables que siempre están dispuestas a estar para quienes cruelmente los señalan. ¿Pero por qué? Existe un aspecto interesante a considerar: los que sufren de manera clara y directa, entienden y comprenden el dolor silencioso y en solitario de los demás. Sin embargo, no todo dura para siempre, y esas personalidades se terminan agotando ante el constante asedio cruel.

Es muy común que estas personalidades terminen siendo quienes se convierten en líderes, porque desde el hecho de que no están esperando a que les digan qué hacer, ellos saben qué hacer y cómo hacerlo. Los otros borreguitos blancos siempre están a la espera del otro, pero no así de simple, sino del Otro. Es decir, se someten a la voluntad y a los designios ajenos para poder «cumplir». ¿No les suena eso de «intentar encajar»?

¡Ese otro al que tanto odio!

Pareciera justo la teoría del chivo expiatorio del filósofo René Girard. Y ese otro es quizá el que llega, no el que sale de nosotros, sino ese extranjero amedrentado por la xenofobia. Pensemos en los muchos y muy sonados problemas alrededor del mundo en la actualidad, donde los movimientos nacionalistas están promoviendo de manera clara el profundo odio y rencor por el inmigrante. Ese otro que llega no es bienvenido, no tendría que estar aquí. Pero al mismo tiempo es el otro que quiero apoyar cuando está en el país de un tercero. Incongruencias de la vida…

Pero, ¿por qué les odiamos? Quizá porque representan en buena medida lo desconocido, aquello que nos da miedo porque no sabemos qué pasará, esa sensación terrible de perder el control. ¿No es acaso parecido al temor que se le tiene a la muerte? Hay personas que tienen tanto miedo a la muerte que es equiparable al miedo al otro. Resulta a veces hasta siniestro. El odio y el miedo, SIEMPRE, caminan junto a la ignorancia.

Sin prejuicios

Para poder concluir este breve repaso sobre la figura de la oveja negra o del «otro indeseable», tendríamos que darnos la oportunidad de abrirnos hacia el otro, teniendo en cuenta que somos el otro para ese otro. En ese ejercicio de reconocimiento, alcanzamos la humanidad que tanto necesitamos en estos días llenos de dolor, tristeza, desesperación y frustración. Porque quizá el otro, en buena medida, sea aquel que pueda ayudarnos a lidiar con nuestros problemas. Bien dicen por ahí que los problemas tienen solución, pero vistos desde diferentes perspectivas, las soluciones son más rápidas y mejores. Quedémonos con mejores.

Entendamos que todos somos la oveja negra de cualquier lado. Nunca vamos a encajar del todo, además tendríamos que pensar si realmente es lo que queremos. Porque cuando se nos prohibe ser lo que somos para que se nos dé la bienvenida, entonces no vale la pena. Hay un dicho mexicano que queda para esto: No somos monedita de oro para caerle bien a todos.

Carta a mi muerte

Queridos(as) lectores(as):

Como muchos de ustedes sabrán, se acerca el 2 de noviembre, fecha en la que en México se celebra el tradicional Día de Muertos. Tradición de fuertes raíces religiosas tanto prehispánicas como católicas, de hecho, está profundamente relacionada con el Día de los Fieles Difuntos y el Día de Todos los Santos. Sin embargo, esta tradición es algo que es muy complicado explicarle a un extranjero, ya que nuestra simbolización es meramente nuestra, de nuestro propio imaginario colectivo y de una esperanza más allá de la muerte misma: volvernos a encontrar.

El Día de Muertos ha llegado a tocar muchos corazones a lo largo del mundo gracias a Disney y a su película Coco, misma que nos regala una canción que, al menos a mi parecer, relata de manera sencilla y directa lo que la tradición nos hace valorar en cada uno de nuestros corazones: Recuérdame. Esta película recibió un cálido recibimiento tanto por parte de creyentes como de no creyentes, además de mexicanos y extranjeros. De hecho, hace poco se estrenó la película Día de Muertos, que también vale mucho la pena ver, para también apoyar lo nacional.

En fin, en esta ocasión quisiera compartirles una carta muy personal, misma que escribí hace unos años. Agradezco su generosa lectura y espero, de corazón, pueda llegar al de ustedes.

A ti, que por ahí me esperas…

Te diré que no pienso poner resistencia, que no pienso poner pretextos y que no pienso, de ninguna manera, negarme a aceptar tu invitación. No te temo, al contrario, pienso que cuando tú llegues será el día en que por fin podré descansar, ¿de qué? De todo, pero sobre todo, de mí mismo. Seguramente será cuando menos lo piense, o quizá serás como aquel grosero invitado que prolonga su llegada hasta que el anfitrión se llega a impacientar. No lo sé, sólo tú. Pero, también te diré que estaré ansioso porque, al menos eso creo, quizá podré reencontrarme con quienes ya se han ido, familiares y amigos, pero sobre todo con aquellos que tanto admiré a lo largo de mi vida: músicos, escritores, filósofos, poetas, etc. 

¿Pero qué pasará con los que atrás se quedan? Sin duda será algo triste y doloroso, para los que me amaron y quisieron, pero también será motivo de alegría para los que no me quisieron, o mejor dicho, para quienes no lograron entenderme. Habrá lágrimas y sonrisas, pero al final, existirá una ausencia. Diles, a modo de secreto, que las ausencias son oportunidades de recordar, no lo malo, sino aquellos bellos momentos que pasamos juntos y en los que pudimos ser felices (aunque varias veces no nos diéramos cuenta de esto último). 

Claro que extrañaré todo lo que se queda atrás, incluso las cosas tristes y dolorosas, ya que de no hacerlo, creo que estaría negando la propia vida. Quien pretende que la vida sea sólo algo digno de agradecer por cosas buenas que le pasan, es que no logra comprender que todo se agradece, porque los momentos difíciles son aquellos que más nos enseñan, que nos hacen ser fuertes para seguir luchando. Oh, querida muerte, en verdad siento y espero que cuando llegues, no sea como yo quiero, sino como tenga que ser. Pero, eso sí, sólo te pido que sea de una manera en la que pueda mirar tranquilo al cielo y pueda recordar en ese breve instante a mis amados, a mis queridos, a mis amigos. Cuando toques la puerta, hazlo con seguridad y firmeza, pues abriré gustoso y te abrazaré con amor, ya que presiento que serás la visita que viene a quererme, bondadosa y cálidamente, para llevarme a donde tenga que ir. 

Por último, sin más, sólo te pido que ese día tan especial, el sol brille. Que los pájaros canten su última melodía para mis oídos, pues el concierto de la naturaleza puede ser mi último regalo. Iré, con Dios o a la nada, pero iré. Y, al final, tendré una sonrisa en mi rostro, pues habré acabado la gran poesía que mis padres empezaron a escribir cuando abrí mis ojos por primera vez. Y sé que habrá flores, muchas. Sin embargo, me parece justo decirte que aunque mi cuerpo fallezca y mi alma ascienda a otro plano existencial, algo de mí queda en el latido de quienes nunca sabrás ni sus nombres ni sus rostros, ahí está mi victoria, ahí está la razón por la que no temo tu visita. ¡Es así como seré inmortal!

Jaque mate…

Héctor 

Bojack: caricaturizando el malestar

Queridos(as) lectores(as):

Seguramente habrá quienes, al igual que yo, se han hecho fans de la serie animada Bojack Horseman en Netflix, quizá habrá quienes ni tienen idea de qué es y mucho menos de qué trata, pero sin lugar a dudas, tenemos que hablar de ella.

image

Esta serie, creada por Raphael Bob-Waksberg, guionista y cómico estadounidense, e ilustrada por Lisa Hanawalt, fue estrenada el 22 de agosto de 2014 en Estados Unidos. Nos adentramos a la atormentada vida del actor de televisión, Bojack Horseman, un caballo antropomorfo que, ya entrado en años, vive atrapado en el pasado y en la fama de un personaje y de un programa cómico de los 90’s, Horsin’ Around (Retozando en América Latina), donde fungía como el padre adoptivo de tres niños humanos. Sin embargo, todo lo bueno tiene un final, y el éxito parece ser que es parte de lo trágico.

Espejito, espejito…

Pero, ¿por qué vale la pena ver un programa así? Mi papá dice: «Consecuencias, Héctor, consecuencias». Es decir, hay que tener la capacidad de ver una crítica profunda, dura y sin cuartel que nos ofrece esta serie (tal como es el caso de Los Simpsons, claro, cuando tenía buenos episodios y mejores temporadas) y no sólo eso, ver lo que está pasando. Causa y efecto. La vida de Bojack es un desastre, hablamos de un narcisista empedernido que es incapaz de lograr cambios reales, y muy necesarios en su vida, por el lugar que él mismo ocupa del «pero si yo soy el famoso, a mí es al que hay que aplaudir por todo» y que lo aparta de quienes son sus amigos y se preocupan por él.

Bojack-Horseman-mejores-series-Netflix_2050904963_9524043_660x371

En un principio, cualquiera podría decir que esta serie es «una más del montón», sin embargo, no es así, ya que en verdad se trata del más exacto retrato de una sociedad posmoderna sumida en los efectos de la inmediatez, el egoísmo, el miedo, el dolor, la tristeza, la soledad. En otras palabras: del estercolero en el que nos estamos hundiendo. Perdonen ustedes, pero es la verdad. Me resulta en sumo preocupante que haya quienes dicen: «Yo me identifico con Bojack», pero al decirlo lo hacen como sintiéndose lo mejor de lo mejor. Claro, por qué no habrían de decirlo, después de todo, parece que el caballo atormentado sostiene el espejo donde ellos se reflejan, y ante tanto dolor y frustración, la negación es el único recurso que logran tener para defenderse de ellos mismos.

Un pasado muy pesado

Como les comentaba, Bojack es el clásico ejemplo de quien vive atrapado en las glorias del ayer, sin embargo, y ojo con esto, eso que uno ve de su pasado es algo que no necesariamente fue así. Cuando tenemos pasados dolorosos y tristes, es muy común que hagamos uso de la fantasía hasta desgastarla; lejos de asumir el pasado que fue y que, de cierto modo, nos ha permitido ser lo que somos y estar en donde estamos, esa negación lo único que hace es reprimir todo el malestar. Mi querido maestro, Irvin D. Yalom, siempre gusta de recordar a sus alumnos, pacientes, amigos y lectores: «Renuncia a la esperanza de un pasado mejor». Eso significa que hay que asumirlo, aceptarlo y trabajarlo para poder edificar una vida más llevadera y que se torne hacia la belleza de la existencia misma.

RVHMO5R2WRH2XFJBWFVMQ7KORE

Evidentemente hay muchos personajes de los cuales podríamos hablar y de los problemas que tienen, sin embargo, es tanto el narcisismo de Bojack que así se llama la serie, casi todo trata sobre él (en tanto que él se encarga de que así sea) y, bueno, al final de cuentas, como en la transferencia, ese otro es el misterio que habla de otro al mismo tiempo.

Sin amor, ¿qué podemos esperar?

La serie es un largo y muy pronunciado grito de la necesidad de amor en nuestras vidas. El mundo se consume día a día. El capitalismo es enemigo de toda objetividad. Hay quienes están peor, pero también que en otras cosas están mejor que uno. Pero, ¿qué pasa cuando el pasado realmente nos condena? Autores como Sartre y Freud dirían que el pasado es algo de lo que no podemos escapar, y en cierto modo es cierto, sin embargo, cuando en el pasado hay persistencia de condena, hagamos lo que hagamos, si no nos dejamos ayudar por otro(s), no sólo el presente, sino el futuro será en verdad desolador.

d99c12e30f7dd1c6021ae6bb6f6c51d2

Sé que hay quienes no la han visto, pero necesito spoilear un poco en este momento sobre un personaje muy importante en la trama: la madre de Bojack. En un episodio, ya por una de las últimas temporadas, nos hacen ver a la madre de Bojack que le dice a él: «Naciste roto, ese es tu privilegio». Para quienes han visto la serie y comparten mi indignación sobre ese miserable personaje (no sin antes entender el porqué de su forma de ser), entenderán que quizá fue el diálogo más sincero de ella con su hijo, porque hasta existe una disculpa hacia Bojack. Lo demás ya se lo saben o bien se pueden enterar de qué sucede.

Tienes que sonreír, payasito

Bojack Horseman es en verdad una serie animada muy cruda. Sin embargo, podemos hacer uso de ella para reconocernos y ver con claridad, sin olvidar la humildad, que nuestros errores son los de cualquiera, que nuestras vidas por muy «feas» que parezcan tienen esperanza. Vivimos en un tiempo que muchos se atreven a decir que es el peor de toda nuestra Historia, sin embargo, los tiempos por muy cercanos o lejanos que parezcan, llevan sus propios malestares. La vida es vida, que sea fea o bonita depende de nosotros. A veces tendremos que seguir adelante a pesar del dolor, otras tendremos que aceptar que no podemos, pero lo cierto es que no hay que tirar la toalla.

BoJack_Horseman__Large.jpg

Valorar la vida por lo que es nos permite aceptarla y ver de qué manera poder sostenernos en la mayor cantidad de momentos bellos y fantásticos, saber renunciar a relaciones fallidas para abrirnos paso hacia mejores y más edificantes. El pasado no tiene por qué condenarnos, siempre y cuando tengamos la voluntad y la determinación de poder escribir para nosotros, y para los que amamos, un mejor futuro. No será fácil, después de todo, tal y como lo indica el título de la novela autobiográfica de Joanne Greenberg: Nunca te prometí un jardín de rosas.

Si no lo encuentras, pues siembra uno…

 

La sonrisa de un ser triste

Queridos(as) lectores(as):

Aprovechando el empujón que la película Joker (2019) ha dado para pensar en el delicadísimo tema de la salud mental, quisiera aprovechar esta oportunidad para hablar sobre un tema que en verdad merece toda nuestra preocupación. Me refiero a la depresión. Aunque les invito, en este punto, a que primero piensen qué entienden por depresión antes de avanzar en la lectura. Muchos de ustedes seguramente se sorprenderán de lo que realmente es.

Depresión, un padecimiento silencioso

Para empezar, definamos la depresión. Según el DSM-5 (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), «los trastornos depresivos se caracterizan por una tristeza de una intensidad o un duración suficiente como para interferir en la funcionalidad y, en ocasiones, por una disminución del interés o del placer despertado por las actividades. Se desconoce la causa exacta, pero probablemente tiene que ver con la herencia, cambios en las concentraciones de neurotransmisores, una alteración en la función neuroendocrina y factores psicosociales. El diagnóstico se basa en la anamnesis. En el tratamiento se utilizan fármacos o psicoterapia y, en ocasiones, terapia electroconvulsiva».

20190326_depresion

Aterricemos un poco lo anterior: la depresión es la pérdida total o gradual del interés por la vida. Es decir, no se trata de ver a una persona llorar y estar triste sin más para pensar que padece depresión, ya que muchas veces (sino es que las más) suelen ocultarla tras una amable sonrisa y un comportamiento tranquilo o ameno. Tampoco estoy diciendo que padecer depresión nos lleva al suicidio. Seguramente han visto publicaciones en Facebook, Twitter y demás redes sociales que dicen algo como «los rostros de la depresión» y suelen acompañarlas con fotos de celebridades que se quitaron la vida. El caso es que la depresión se suma a la lista de padecimientos silenciosos que pueden llevar a poner en riesgo la salud y la vida en el peor de los casos.

¿Han escuchado la historia de Pagliacci?

Quizás estén pensando en este momento en el drama operístico italiano Pagliacci (Payasos) de Ruggero Leoncavallo (1892), pero no, en esta ocasión tenemos que apegarnos más a la modernidad, específicamente al mundo de los cómics o de la novela gráfica. En Watchmen (1986) de Alan Moore y de John Higgins, tenemos un personaje llamado Roscharch, un justiciero, quien en un momento a modo de soliloquio nos comparte la historia en cuestión:

Un hombre va al médico. Le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel. Dice que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. El doctor le responde: “El tratamiento es sencillo, el gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad, vaya a verlo, eso lo animará”. El hombre se echa a llorar y dice: “Pero, doctor… yo soy Pagliacci”.

916105-watchmen-wallpaper1

Terrible, ¿no creen? ¿Se imaginan estar en los zapatos de Pagliacci? Pensemos en lo irónico del asunto: una persona que tiene el gran talento, el maravilloso don, de hacer reír a la gente y que, mientras lo hace, se encuentra hundido en la depresión. Es como el mexicanísimo «saber aconsejar a los demás, menos a mí mismo». En verdad es una experiencia dolorosa y en sumo triste. Sin embargo, es justamente lo que nos debe llamar la atención y dejar de pensar que vamos por el mundo como si se tratara de una comedia, forzándonos a nosotros mismos a estar «bien» ante los ojos de los demás.

Les aseguro: donde abundan las sonrisas, se están derramando las lágrimas.

La sociedad es un baile de máscaras

Justo es la afirmación que encontramos en El retrato de Dorian Gray, del célebre escritor irlandés, Oscar Wilde (1854 – 1900). ¿Pero a qué se refería con eso? Simple: en la sociedad todos actúan. Y a veces resulta peor que los actores políticos, porque los papeles que cada uno de nosotros interpretamos, lo hacemos de una manera forzada y dolorosa, con tal de cumplir con las exigencias y parámetros sociales.

maxresdefault

Tenemos que entender que la depresión, el hecho de padecerla, es algo que le puede suceder a cualquiera. Es como cuando nos enfermamos de gripe: si nos atendemos como es debido, visitando al médico y tomando las medicinas que nos recete y atendamos al pie de la letra sus recomendaciones para nuestro propio cuidado, saldremos bien, pero si no lo hacemos, y seguimos sin cuidarnos, podemos terminar con problemas respiratorios que nos pueden llevar a la muerte. Por eso es que hay que ir con verdaderos especialistas de la salud mental.

¿Pero con quién ir? En muchos casos, es recomendable acudir primero con un psiquiatra, mismo que hará el diagnóstico adecuado, pero que a su vez es más que probable que recomiende que en lo que dura el tratamiento farmacológico que dará, se visite a un psicoterapeuta o psicoanalista para poder poner en palabras lo que nos está carcomiendo el alma.

Por último, no están, no estamos solos. Siempre podremos encontrar el apoyo de profesionales que nos podrán ayudar a salir adelante. Lo cierto es que no podemos menospreciar la compañía de la familia y de los amigos, pero hay veces en que se necesita una escucha neutral. Hay que mantener el ánimo, sin embargo, no permitir el autoengaño. Ya ven que, al final, las máscaras son sólo eso… apariencia de cualquiera.

Los abrazo con mucho cariño.

 

Joker: más allá de una gran actuación

¡ADVERTENCIA!

Si no has visto la película, en esta entrada encontrarás spoilers.

Queridos(as) lectores(as):

Sin lugar a dudas, Joker (2019) es por mucho una de las mejores películas que se han filmado en la historia. No sólo por la gran actuación de Joaquin Phoenix (quien apuesto lo que quieran a que se lleva el Oscar), sino por el recorrido del personaje hacia la psicosis (o la locura).

Arthur Fleck es un hombre cualquiera que padece trastornos mentales. En esencia es una buena persona, a quien su madre siempre le ha dicho que su destino es hacer sonreír a la gente. Sin embargo, como todo cuadro de depresión, Arthur realmente «nunca ha sido feliz en su miserable vida». Es por ello que toma medicamentos y visita a una trabajadora social. Ésta última le pide que lleve a sus sesiones una clase de diario, en donde apunte algunas cosas de lo que piensa a diario.

En un principio, Arthur le pregunta a la trabajadora social si es sólo él o si es que realmente todo «parece que está muy mal afuera», a lo que ella le contesta que en efecto, «son tiempos difíciles». A partir de ese momento, vemos una serie constante de abusos contra Arthur, desde una paliza que le dan unos adolescentes, las burlas de sus compañeros de trabajo, el constante «tú eres raro». Es perfectamente entendible que la audiencia se ponga de lado del pobre Arthur.

Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida

Como ya lo hemos dicho, Arthur padece, entre otras cosas, una severa depresión. Pero lo que nos llama la atención es su risa, una risa que es imposible para él de controlar y que de cierto modo es respuesta a momentos de ansiedad y desesperación. De hecho, en la escena del niño en el camión, él le da una tarjeta a la madre donde se informa que es por una enfermedad la risa insoportable. Podríamos decir que es una defensa contra su propio dolor. Esto nos recuerda a «ante los problemas, muestra una linda sonrisa», pero no es más que intentar tapar el sol con un dedo.

La ira contenida por Arthur es cada vez más incontrolable. «Teme del hombre que calla». En un momento de la historia, un colega de él le ofrece una pistola para «que se cuide», misma que no quiere aceptar en un principio Arthur, pues «él no debería tener un arma». Durante una presentación que hace en el hospital infantil, la pistola se le cae y queda expuesta ante los ojos de los niños y enfermeras. Eso provocará su despido. Desolado, toma el metro camino a casa, donde será testigo del acoso de unos jóvenes a una mujer. Aunque no hace nada al principio, su ansiedad da paso a su risa, misma que incomoda a los jóvenes, quienes se empiezan a burlar de él y luego comienzan a propinarle una paliza. Y sin esperar más, Arthur les dispara, dándoles muerte.

Asustado, Arthur sale corriendo del metro y termina encerrándose en un baño. En ese lugar vemos lo que será el goce tras lo que hizo, y tras practicar un poco de yoga (no un baile, como muchos dicen), encuentra la calma. Lejos de sentirse culpable, más bien lo disfrutó. La estructura neurótica funcional tiene como característica el sentir culpa, mientras que en la psicosis no hay tal cosa.

Usted nunca me escucha

Tras el asesinato de los jóvenes, se desata en Gotham lo que parece ser un movimiento contra los ricos, ya que Thomas Wayne dirá que «sólo un payaso pudo cometer algo tan terrible contra gente que le ha ido mejor en la vida». Aquí podemos apreciar cómo el resentimiento social se desata a partir de un hecho aislado. Muchos salen a la calle a protestar con letreros y gritos. Leemos consignas del tipo «muerte a los ricos», pero hay una que llama más la atención: «Todos somos payasos».

Pero volvamos al último encuentro que Arthur tiene con la trabajadora social; ahí ella le dice que por motivos presupuestales, van a cerrar varios departamentos, incluyendo el suyo. Notamos a Arthur molesto, mismo que le recrimina que ella «nunca lo escucha», que siempre le hace las mismas preguntas, especialmente «si él tiene pensamientos negativos», cosa que contesta que es sólo el tipo de pensamientos que tiene siempre. «¿Ahora quién me dará mis medicamentos?», pero no hay respuesta.

Sobre esto último, vemos dos realidades: nadie escucha, nadie presta atención a la demanda, lo que está sucediendo. De hecho, esto mismo es lo que nos demuestra el propio Arthur cuando intenta triunfar como comediante. En la intervención que vemos sobre eso, él no logra controlar su risa (por los nervios), y con dificultad logra contar un «chiste» en el cuál cuenta que su madre le decía que tenía que ir a la escuela para poder tener después con qué poder vivir, a lo que él le contestaba «no hay problema, seré comediante». Por un momento escuchamos risas y aplausos, y hasta descubrimos a la amable vecina que lo ha ido a ver a su presentación, misma que parece compartir con Arthur momentos agradables y hasta románticos. Sin embargo, llega un momento en el que se nos hace pensar si realmente compartía con ella esos momentos o sólo estaban en su mente (paranoia).

El hijo del padre desconocido

Ahora pasemos a la madre de Arthur. Una mujer ya entrada en años, notablemente enferma, quien se refiere a su hijo como Happy (Feliz). La devoción al cuidado de ella es más que notoria, tan es así que llegado el momento del Show de Murray Franklin, programa televisivo de entrevistas y comedia que ambos disfrutan, Arthur fantasea por un momento que está en la tribuna de los espectadores y que llama la atención del famoso conductor (interpretado por Robert De Niro), mismo que le felicita por ser un hijo ejemplar y que él cambiaría todo por tener un hijo como Arthur.

Penny Fleck, la madre de Arthur, insiste constantemente en que si «no ha llegado una carta para ella», cosa que nunca sucede en la película. En un momento, después de bailar en una tierna escena con su hijo, ella le pide que mande una carta que recién escribió a Thomas Wayne. Arthur, abre el sobre y descubre que, al parecer, él es hijo del millonario. Después de increpar a su madre sobre eso, cosa que nunca le había dicho, ella le asegura que cuando trabajó para la familia Wayne, tuvo un amorío con Thomas, quedando embarazada y que le hicieron firmar unos papeles para que no saliera a la luz pública esa información.

Arthur decide enterarse por sí mismo sobre eso y va a la mansión de los Wayne, donde conoce a un pequeño, que resulta ser Bruce. Después de hacer algunos intentos de comedia y magia para hacer sonreír al niño serio, es confrontado por un miembro del personal de servicio de la millonaria familia (¿Alfred?). Arthur le dice que sabe lo que sucedió entre Thomas Wayne y su madre, a lo que el hombre le dice que Penny estaba loca, que eso nunca sucedió, que incluso Arthur era un hijo adoptado por ella y que hasta había sido internada en el famoso asilo de Arkham. Cosa que molesta a Arthur y que le hace salir corriendo. Desesperado, decide ir al asilo a informarse sobre la veracidad de lo que han dicho, robando a un empleado del lugar el expediente de su madre.

Charles Chaplin: La triste infancia de un niño feliz

Cuando lee el expediente, Arthur descubre que en efecto su madre padecía trastornos paranoides narcisistas, que fue adoptado y lo peor: cuando era niño, había sido abusado varias veces por uno de los novios de su madre, llegando a presentar torturas físicas y severas contusiones cerebrales. Descubrimos entonces a una madre en sumo perversa, en una relación incestuosa indirecta con su hijo adoptado. Arthur regresa al hospital, donde tienen internada a su madre, ya que cuando pasó el asesinato de los jóvenes en el metro, la policía se enteró de lo que había sucedido sobre un payaso y una pistola en un hospital infantil y fueron a visitar a Arthur para interrogarlo, sin embargo, como no estaba, hablaron con su madre, quien enloqueció, cayendo y golpeándose la cabeza, provocándole una embolia.

Debemos resaltar algo que es muy importante, Joker es en sí un homenaje a Charles Chaplin. ¿Cómo? Vayamos por partes:

1.- Vemos la presentación de Modern Times (1936), escrita y dirigida por el cineasta y actor inglés.

2.- La música de Smile fue compuesta por Charles Chaplin y John Turner, tema que se usó en la película anteriormente mencionada, siendo hasta 1954 que Geoffrey Parsons le agregó la letra y el título.

3.- Chaplin sufrió una terrible infancia, ya que su madre estaba loca (siendo internada por él mismo en un hospital psiquiátrico), era pobre y enfermizo y sólo logró salir de esas situaciones tan precarias cuando «comenzó a hacer sonreír a la gente». De hecho, se sabe que su madre le decía lo mismo que Penny a Arthur: «Tu destino es hacer sonreír y a la gente».

4.- Y muy importante, cuando Arthur vuelve de Arkham con la verdadera historia de su origen y de la salud mental de su madre, antes de matarla asfixiándola con una almohada, él le dice una frase de Chaplin: «Antes pensaba que mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta que ha sido una comedia».

Lo importante es ser quien tú eres

Antes de asesinar a su madre, en la TV del cuarto del hospital, vemos que pasan el Show de Murray Franklin, donde el conductor exhibe el video de la presentación de Arthur, misma que termina por convertirse en una burla, ya que Murray dice «sólo porque él mismo se ríe ha de pensar que fue chistoso lo que dijo». Vemos también otra parte en la que durante la presentación, Arthur dice a su audiencia «antes, cuando era niño, les decía a todos que quería ser comediante, y se reían de mí, bueno, ahora nadie se está riendo». Cosa que Murray aprovecha para burlarse otra vez diciendo «en eso tienes razón, hijo».

Ahora bien, tenemos que volver con la trabajadora social, ya que cuando Arthur comete el asesinato en el metro, él le dice «antes no estaba seguro de si existía, pero ahora me doy cuenta que ya están hablando de mí». Eso es importante, porque nos habla de un yo fragmentado de un doliente Arthur, que en realidad no gozaba de una identidad real y menos al enterarse de los engaños de su madre, mismos que terminan haciendo que confronte al mismísimo Thomas Wayne en el baño del cine donde presentaban la película de Chaplin, recibiendo del millonario varias desmentidas y un buen golpe directo a la nariz.

Siempre recibes lo que mereces

Una vez que Penny Fleck fue asesinada por su hijo, él se encuentra ya en su apartamento, notablemente feliz, donde se está pintando el pelo de verde y comenzando a maquillarse el rostro, pues había sido contactado por la asistente de Murray Franklin para invitarlo al programa para ser entrevistado. Recibe la visita de dos antiguos colegas del trabajo, uno de ellos es el que le había dado la pistola (mismo que después mentiría diciendo que fue Arthur el que se la compró) y otro pequeño amigo (por enanismo). Al primero Arthur lo asesina brutalmente clavándole primero unas tijeras en el cuello y en el ojo, para posteriormente golpear su cabeza contra la pared varias veces. Aterrado, el otro compañero teme por su vida (presentándose quizá la escena más cómica y de auténtico humor ácido en la película), sin embargo, Arthur le perdona la vida diciéndole: «Tú fuiste el único que fue bueno conmigo». Ese acto nos habla de dos «raros» para los demás, siendo el pequeño individuo con quien Arthur se pudo identificar plenamente. Incluso hasta podríamos ver en el pequeño una suerte de acompañante terapéutico.

Después de un auténtico baile en unas escalaras y de ser perseguido por la policía hasta el metro, donde se ocasiona una trifulca entre los payasos del movimiento anti-ricos y los representantes de la ley, situación que le permite a Arthur escapar con toda tranquilidad, por fin llega a la entrevista con Murray. En el camerino, es visitado por el conductor del programa junto con otro asistente, éste último al ver que Arthur se encuentra disfrazado de payaso, se molesta y le pide a Murray que no permita que haga mucho para no alentar al movimiento. Sin embargo, Arthur les contesta que él no apoya a dicho movimiento, que incluso es ajeno, logrando convencer a ambos personajes de la TV. Pero antes de que se vayan del camerino, Arthur le pide a Murray si cuando lo vaya a presentar lo haga como Joker (Guasón), ya que nuestro protagonista le dice «después de todo, así me llamaste cuando pasaste mi presentación de comedia», a lo que Murray accede.

Arthur, ahora ya reconocido como Joker, hace su entrada triunfal al escenario con un baile excepcional y besando a una señora. Una vez ahí, él se queda mirando todo el set y contesta al burlón de Murray: «Es más de lo que me lo imaginaba». Confrontar la realidad. Murray le pide que cuente un chiste, a lo que Joker saca su libreta, misma que no pasa desapercibida por el comediante, quien se burla después de que el payaso soltara un «toc-toc». Joker cuenta un chiste que es «desagradable», recibiendo un reclamo de «eso no es chistoso». Después continúa con su dinámica del «toc-toc» (interesante porque el TOC lo conocemos como Trastorno Obsesivo Compulsivo) y confiesa haber sido quien mató a los jóvenes en el metro.

En ese momento, Joker comienza lo que será el discurso político-social de la película, en la que recrimina a Murray y a la audiencia de ser esa parte de la sociedad que se atreven a decir lo que está bien y lo que está mal, de lo que es lo correcto y lo que es lo incorrecto, señalando también que hay personas más importantes que otras (clara referencia a las clases sociales y a la lucha entre ellas: ¡Oh, Marx!); también confiesa que tiene un problema directo con Thomas Wayne (esto nos hace pensar en Taxi-Driver, donde hay un conflicto con un político). Después de una serie de gritos, Murray le dice a Joker: «Aunque te cueste creerlo, no todos somos malos», a lo que nuestro protagonista lo mira con profundo odio y le dice «Tú eres igual de malo. Tú eres cruel. Tú me invitaste aquí para poder burlarte de mí». Joker asesina a Murray delante de todos, camina hacia una cámara y trata de decir «y recuerden así es la…» y cortan la transmisión.

Sólo se necesita un empujón

Una vez arrestado Joker y mientras es llevado en una patrulla (escena memorable que nos hace pensar cuando Heath Ledger interpretando al Joker en The Dark Knight se escapa en una patrulla), él contempla a muchos ciudadanos destrozando cosas, cometiendo incontables acciones vandálicas, y por fin vemos que él lo disfruta. Pronto sería «rescatado» por otros del movimiento, mientras que vemos la famosa e icónica escena del asesinato de los padres de Bruce Wayne, cuando un tipo con una máscara de payaso intercepta a los tres en un callejón diciéndoles «tienen lo que se merecen». Joker queda siendo aplaudido por la muchedumbre, cosa que vemos como el factor social del delirio de masas y al mesías redentor.

Al final, nos topamos a Arthur siendo entrevistado por una psiquiatra, misma que termina asesinando, cosa que descubrimos cuando él sale caminando y dejando huellas de sangre, para terminar con una escena que nos recuerda a One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975).

Sin lugar a dudas, Joker rinde homenaje a un incontable número de películas, escenas, canciones (entre ellas Send in the Clowns de Judy Collins), distintas historias de los cómics de Batman, personajes, etc., pero nos deja con la tremenda pregunta: ¿por qué disfrutamos tanto la «apología» del crimen? No es que la película como tal lo sea, pero estoy perfectamente seguro que hay quienes han dicho «es que Joker tiene razón».

La sociedad actual muchos podrían decir que va de mal en peor, pero lo cierto es que la locura no es algo nuevo, ni siquiera la psicosis colectiva. ¿Eh? ¿Qué pasa cuando las grandes masas de manifestantes pierden el control de la situación? Terminan cometiendo actos vandálicos. La violencia interna se exterioriza, demostrando que se caen las resistencias de la represión y dan paso «a lo que realmente somos».

Para concluir, quiero que nos quedemos con algo que he insistido mucho en esta página: la importancia de la salud mental. Y para ello, cierro con algo que el «pobre» de Arthur Fleck dice: “Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”. Y hay mucha gente que es peor, es decir, no expresan su malestar.

Al mirar un cuadro

Queridos(as) lectores(as):
Hace tiempo que el cuadro El Beso (Der Kuss, 1908) de Gustav Klimt genera en mí una atracción que me es imposible evitar. Pero, ¿por qué? ¿A qué se debe que no pueda dejar de contemplar el cuadro? ¿Qué es lo que estoy viendo? ¿Por qué eso? (cabe señalar que tengo un cuadro en mi cuarto de esa obra). Y más preguntas me envuelven. Antes de proseguir, quisiera narrar un poco sobre la historia del “más famoso” cuadro de Klimt, así como del mismo autor. Cuando Klimt pintó el cuadro era ya considerado el pintor más famoso de Viena, esto cuando él contaba con 45 años. En aquel entonces, Gustav vivía con su madre y sus dos hermanas; era visto como un tipo afable y sencillo, por un gran amor a los gatos y por la curiosa tendencia de irse a la cama apenas empezando la noche. Sin embargo, Klimt se desarrolló en un momento histórico, es decir, a finales del siglo XIX en donde Viena, la capital del ahora decadente Imperio Austro-Húngaro, estaba siendo testigo de una de las primeras revoluciones sexuales de la historia.

Durante el siglo XIX, sobre todo a finales, la famosa “moral victoriana” significó un juego de máscaras en la sociedad europea, así como en América. Es decir, hablamos de una moral de alta exigencia para una sociedad curiosa, tendenciosa y, por qué no decirlo, sexualmente inquieta. Los caballeros tenían que cumplir con los protocolos de la buena etiqueta para darse a conocer como modelos intachables en la sociedad, y qué decir de las mujeres que se veían sometidas a una mayor exigencia. ¡Hipocresía! Hay que quedarnos con esa palabra. Porque lo que no se hacía fuera, se experimentaba dentro del hogar y de algunos lugares “apropiados” para la inmoralidad.

Un caso conocido, por ejemplo, en el que no sólo la sexualidad fue el “crimen”, sino también la orientación sexual, es el de Oscar Wilde (1854-1900), quien fue sometido a un terrible juicio por sus constantes y “depravados ataques» a la “buena moral”. Durante su juicio, él expresó: «Me juzgan por el amor que teme dar su nombre», es decir, la homosexualidad. Era tanto el escándalo que provocó, que sin importar la notable fama que alcanzó por sus múltiples textos, fue cruelmente sentenciado y despreciado. Ahora bien, volviendo a Viena, Klimt no dejó pasar la oportunidad de sublimar sus deseos sexuales del mejor modo posible para él: su arte. Se cuenta que él era frecuentemente visitado por un sin fin de mujeres que querían ser retratadas, aun sabiendo el tipo de retrato que Klimt hacía, cosa que nos permite decir que eran dos sublimaciones, la del artista (el observar) y la de la modelo de arte (ser observada).

kit-oleo-pintura-por-numeros-diy-obra-el-beso-gustav-klimt-D_NQ_NP_709792-MLM27467116157_052018-F

¿Qué es un artista?
Juan David Nasio dirá que “para formular mi definición, pienso en Félix Vallotton. Un artista es un hombre que ve mejor que los demás, más lejos que los demás, pues mira la realidad cruda y sin velo. Percibe todas las esencias en su inocente desnudez, tanto las formas, los colores y los sonidos como las vibraciones más sutiles de la vida afectiva”[1]. Sabiendo que no podemos hacer de Klimt sujeto de psicoanálisis, sino sólo su obra (por algún atrevimiento más que por la apuesta por la verdad, a mi creer), podemos entender que Klimt se aprovecha de todo simbolismo en sus manos para poder compartir algo más que un asunto de percepción. Esa percepción resulta realmente única, ya que nos permite, tal y como en la sesión psicoanalítica, trabajar con el inconsciente, tanto del que pinta como del que contempla el resultado final. “En suma, el pintor ve con su inconsciente, capta el serpenteo íntimo de lo que ve y trata de reproducirlo en la tela. No obstante, detrás de la expresión móvil, el pintor procura captar algo más secreto todavía: la vida interior del personaje representado, sus sueños, sus dudas, sus añoranzas”[2].
Pero esa intención plantea una más, aún más secreta: provocar la vida interior de quien observa la pintura. ¿Por qué no advertimos que nos hemos ido desarrollando en una cultura que se inclina por la representación de la imagen? Es decir, suponer que el lenguaje se queda sólo en la expresión escrita u oral es arriesgarse a perder el vastísimo imperio que se nos ofrece. “Se suele decir que, para bien y para mal, vivimos en una “civilización de la imagen”. A lo largo del siglo pasado la imagen fue adquiriendo un protagonismo creciente hasta acabar imponiéndose sobre la “galaxia Gutenberg” que había hecho posible la difusión del pensamiento humanista en el Renacimiento y el consiguiente afianzamiento de la Modernidad”[3].

Intención, sentido, significado
Cuando observo y contemplo El Beso no puedo evitar preguntarme, después de ver la imagen completa, ¿qué sentido tiene? Y todavía menos evitar cuestionarme si es que tiene algún sentido. De aquí que se abra el paso hacia la hermenéutica, que desde una cuestión clásica, va muy ligada a la búsqueda de sentido. Para ello es que se requiere una interpretación, misma que tiene que ir emparejada con la comprensión. Pero es inconsciente el momento en el que la hermenéutica se “despierta” en nosotros, para ello debemos toparnos con un signo que se nos presente desafiante y que no haga fácil la labor de encontrarle su sentido. Y en el arte, eso es precisamente lo que nos encontraremos siempre. Muchos críticos de arte se detienen a pensar de más las cosas, y eso provoca que se dé un sentido forzado a la intención del autor. Por poner un ejemplo, cuando hay un gato en el cuadro, no falta el que quiera imponerle un sentido a ese gato, pero curiosamente proyectándose sobre las intenciones del autor de por qué puso al gato. Cuando, quizá, puso al felino porque quería llenar el espacio. Y si tomamos esto que menciono y lo transportamos hacia el cuadro en cuestión, quizá podríamos comenzar a encontrar muchas resistencias sobre lo que está y lo que creemos que hay.
En primer instancia, en El Beso vemos lo que cualquiera: dos personajes, un hombre y una mujer, que se encuentran en una situación romántica. Sin embargo, hay algo que nos genera inquietud, algo que el autor “no nos está contando”, algo que “no nos está dejando ver”. ¿Y qué será eso? Pero aquí es donde deberíamos habernos detenido y preguntarnos por qué nos llama tanto la atención ese supuesto misterio. Es entonces cuando la hermenéutica se funda en un ejercicio meramente psicológico: “En virtud de esa proyección psicológica los procesos naturales son vistos como cosas estables o quedan personificados como si tuvieran fines e intenciones y, en la medida en que la proyección es inconsciente, las imágenes que así se generan no se nos presenta como “nuestras”, es decir, como proyectadas por nosotros, sino como teniendo una existencia independiente”[4].

Esos elementos que, parece, tienen una existencia independiente, en un principio pueden resultar en verdad auténticos, sin embargo, me atrevo a pensar que no es como si se tratara de una generación espontánea, después de todo se trata de ideas que tienen que tener una genealogía particular. Es decir, no hay ideas sin quien las tenga. Y dichas ideas se vuelven un asunto de interpretación. No surgen nada más por que sí, tiene que haber una razón. Por eso es que al ver “más de cerca” el cuadro, hay una extraña reacción que conmueve al espectador, pues los rostros se ven sustituidos y la fantasía, pero sobre todo, el deseo, se hacen presentes. Uno ya no ve a los dos amantes de Klimt, ve algo más que ya no es parte del cuadro, sino que viene de su propio imaginario. Incluso la situación puede tornarse violenta y descubriríamos que no se trata de un momento romántico, sino de un acto de forcejeo, después de todo si vemos con cuidado a la mujer representada ahí, no encontramos una sonrisa, y más bien la vemos como si se viese sometida por el otro. Y justamente esto que acabo de comentar se presenta como hermenéutica. Porque no me queda claro el sentido que pretende darle Klimt, porque no me queda claro si es que realmente era esa la intención, y es cuando metafísicamente me convierto en el crítico de arte que critiqué.
Esto tiene que ver con un problema entre la imagen y la idea: “La imagen es concebida aquí como simple mímesis o copia de las cosas en su singularidad y concreción, que resulta irreductible a la unidad”[5]. Pensando en los modelos de Klimt para este cuadro, tendríamos que pensar también que no es lo que vio, sino lo que interpretó. Si vemos los demás elementos que conforman el cuadro, hay una sensación de querer contar una historia específica en un momento determinado. ¿Y cuál sería? Es como el caso de Los Amantes de Teruel, cuya historia se pierde entre la leyenda y lo que sucedió. Pero quien centra su mirada en ellos no logra evitar fantasear con algo, que curiosamente, no tiene nada que ver con ellos y donde el Yo se impone de manera inmediata.

59878-600-338

Es cuestión de interpretación

¿No sucede acaso lo mismo con Romeo y Julieta de William Shakespeare? Esto me hace traer aquello que se conoce como “leer entre líneas” y aumentar el sentimiento o el afecto a partir de la particular historia del lector. “En vez de reconducir la mirada haciendo que se eleve hacia la idea y hacia lo incondicionado, en vez de facilitar la conversión del alma, la imagen invita a seguir descendiendo y a adherirse a la inmediatez de los fenómenos”[6]. ¿Es que acaso esto no se asemeja en algo a la “arqueología de la mente”, es decir, al psicoanálisis? Freud insistía en que tras un hecho consciente había una serie de fenómenos inconscientes reprimidos, por lo que había que “escarbar” hacia lo más profundo que se pudiera, ir lo más atrás para, quizá, dar un un sentido. Pero, así como el sentido no es propio de la hermenéutica, sino que más bien la hermenéutica es una herramienta que se pone al servicio del sentido, el psicoanálisis se vuelve una herramienta más, de hecho, ninguno agota al sentido.

DickseeRomeoandJuliet

Sobre la identidad, hay algo más…

Siempre hay algo más. “Además, la imagen se presenta ante el espectador como si fuera la propia cosa que está copiando, con lo que lo único que consigue es aumentar su confusión”[7]. Lo que es interesante es que, así como el psicoanálisis busca hacer consciente lo inconsciente, la hermenéutica tiene la capacidad de reconfigurar la percepción del espectador, ya que como lo hemos dicho, no agota el sentido. Y si seguimos la línea de lo que la imagen pretende hacer al presentarse como la cosa que está copiando, tendríamos un problema aún más grande: estaríamos interpretando a partir de la interpretación de un interpretación. En otras palabras, ¿qué es exactamente lo que estamos viendo? ¿Lo estamos viendo o lo estamos completando con todo aquello que es meramente nuestro?
La identidad es un tema muy importante para Freud, por tanto para el psicoanálisis (¿qué soy? ¿quién soy? ¿soy?), por lo que es importante entender el proceso de regresión. La regresión nos permite entender cómo se forma el símbolo, mismo que resulta ser la integración de representaciones reprimidas. La relación cuerpo-yo es arcaica. En un primer momento tiene que ver con la integración de experiencias corporales que darán origen al yo. La integración va a originar una representación (complejo de representaciones). La síntesis tiene que instaurarse y aprontarse. Lo que va a terminar por alterarse son los signos de realidad.
Primero hay pensamiento y luego hay lenguaje. Tiene que haber experiencia corporal para que deje un resto mnémico. Después debe haber otra experiencia para que se vayan formando complejos de representaciones. Por lo que, juzgar supone descomponer un complejo de representaciones y establecer así identidades. No se da el caso en el que no se guarde una relación asociativa en una representación con otra. Siempre habrá una relación entre A y B. Puede haber una relación en las cualidades de temporalidad, de partes, etc. Esto, en la filosofía, pero sobre todo en la lógica, se asemeja al silogismo.

El meollo con el síntoma conversivo es que remite a algo. La representación se reprime en la consciencia y entra al pensamiento inconsciente. El afecto se desplaza. Una vez que el juicio se razona, desaparece. De ahí que al contemplar el cuadro, al observar la imagen, uno empiece a ver “de más” y trate de relacionarlo con el “sentido” que el autor “le ha dado” al cuadro. No es de sorprender, bajo ninguna circunstancia, que cuando se “entra” en el cuadro, en la narrativa que nos está brindando, cada uno de nosotros formemos parte de ella, pues la proyección se da gracias a las representaciones reprimidas y, como hemos visto, surgirá una relación asociativa con algún evento en nuestra historia que puede despertar con las dos figuras en la situación que presupone un beso.

Para concluir, el arte nos da la posibilidad de encontrarnos con nosotros mismos pues es una herramienta que nos aproxima al recuerdo, a cosas y eventos que hemos “reprimido”, pero que a la menor provocación habrán de salir. Por es no es raro ver que haya gente que pueda llorar al ver un cuadro, escuchar una melodía y sonreír, es justamente el nexo que se requiere para poder canalizar el afecto.

[1] Nasio, Juan David, Arte y Psicoanálisis, Ed. Paidós, México, 2016, p. 31

[2] Arte y Psicoanálisis, pp. 33-34

[3] Garagalza, Luis, El sentido de la hermenéutica: la articulación simbólica del mundo, Anthropos Editorial, México, 2014, p. 143

[4] El sentido de la hermenéutica, p. 160

[5] El sentido de la hermenéutica, p. 166

[6] El sentido de la hermenéutica, p.166

[7] El sentido de la hermenéutica, p. 166

80 años sin Freud: crónica del dolor

Muy queridos(as) lectores(as):

Un día como hoy, de 1939, debido a una sobredosis de morfina, Sigmund Freud ponía fin a su vida. Recordemos que el padre del psicoanálisis había sufrido cáncer desde inicios de 1920 hasta su último día de vida. En otras palabras, se practicó la eutanasia (del latín, buena muerte). Me gustaría compartirles el siguiente fragmento sobre lo acontecido en aquel entonces, del libro Freud enfermo, de Jürg Kollbrunner:

En febrero de 1923 Freud había descubierto en su paladar derecho una hinchazón que él mismo denominó como “leucoplaquia”. […] Freud sabía que una leucoplaquia (una superficie engrosada y blancuzca) era precancerosa y que de ella podía desarrollarse un tumor maligno. Sin embargo, vaciló inicialmente en mostrarla a un especialista, probablemente porque temía que se le prohibiera nuevamente fumar, o bien a raíz de un cierto fatalismo, o tal vez hasta como expresión de un deseo inconsciente de muerte.

Fue el médico (y muy amigo de Freud), Felix Deutsch, quien descubrió que en realidad se trataba de un cáncer maligno. ¿Cómo decirle eso a un asustado y envejecido hombre que había dedicado toda su vida a la salud física y mental de sus pacientes? Seguimos con Kollbrunner:
El 20 de abril de 1923, Hajek extirpó la mucosa enferma del arco anterior derecho del paladar en una intervención ambulatoria. El estudio del tejido extirpado dio como diagnóstico cáncer de epitelio. No obstante, Hajek afirmó ante Freud que la tumoración no era maligna y que la operación había sido de carácter meramente preventivo.

Sigmund Freud no tenía esperanza de vida según los diagnósticos médicos. Le habían mentido para no asustarlo, cosa que tarde o temprano se descubriría la verdad. Pero estamos hablando de 1923, y murió hasta 1939. Sabemos que tuvo que utilizar una prótesis que tenía que quitarse todos los días y lavarla, cosa que le producía profundos dolores. Tengamos en cuenta que Freud era un personaje bastante reservado sobre su vida íntima, por lo que no es de sorprender que la noticia de su enfermedad se mantuviera en riguroso recelo entre los miembros de sus círculos más cercanos. Anna Freud, la valiente heredera del anciano psicoanalista de Viena, pasó a ser su cuidadora y más cercana confidente. Pero, ¿cómo era la vida para Freud, entre los estragos de la enfermedad y el deterioro propio de la edad? Kollbrunner nos lo contesta:

En una carta a Eitingon protestó: Vivir por la salud es algo intolerable para mí.

Freud-8

Imagen de la prótesis tomada del libro mencionado.

Como les decía, Anna pasó a ser su cuidadora de 24 hrs., labor en sumo complicada. Imaginen ustedes tener al mismísimo Sigmund Freud de paciente, tenerle que cuidar noche y día. ¿Cómo le decimos a una de las mentes más brillantes que la Historia nos ha dado cosas como «no se levante, Dr., tiene que cuidarse»? Podría parecer fácil, pero no lo era del todo. Para finales de 1929, Freud había perdido las fuerzas necesarias para valerse por sí mismo:

Observó que aun subsistía en él una especie de tensión que lo llevaba a trabajar: ‘¿Qué voy a hacer? -preguntó retóricamente-. No se puede fumar todo el día y jugar a las cartas; ya no tengo resistencia para caminar, y la mayor parte de lo que se puede leer ya no me interesa. Escribo, y con eso paso el tiempo agradablemente’.

Ahora bien, recordemos que Freud llegó muy pequeño (3 años) a Viena con su familia, lugar donde pasó casi toda su vida y donde encontró el reconocimiento intelectual. Sin embargo, los tiempos se tornaban violentos, dando paso a que Adolph Hitler, austriaco de nacimiento y nuevo Canciller de Alemania, se fijara la meta de anexar Österreich (Austria) al III Reich alemán. Cosa que logró sin disparar una sola bala. La Anschluss (anexión) logró que el hogar de Freud fuera conocido como Ostmark (La Marca del Este) el 12 de marzo de 1938. Como sabemos, el gobierno nazi había pregonado los ideales de la pureza de raza alemana, por lo que aquellos que no cumplieran con ciertos «rasgos», eran vistos como parias, así que eslavos, gitanos, homosexuales, entre otros, pero sobre todo judíos, fueran arrestados y llevados a los temibles campos de concentración. Freud era judío, por lo que su obra comenzaba a ser destruida. A modo de chascarrillo, el psicoanalista dijo: «Hemos evolucionado, antes me hubieran quemado a mí, ahora les basta con mi obra».

Anna Freud

Anna Freud y su padre

Fueron muchos los que le suplicaban que huyera de Viena y del creciente fervor hacia los ideales nazis, pero Freud se mantenía seguro en que sería protegido. Sin embargo, un desafortunado día, su querida Anna fue detenida por elementos de la SS (brazo ejecutor de los nazis) por unas horas. El terror invadió al anciano y enfermo doctor. Gracias al apoyo de importantes líderes y aristócratas, tales como la Princesa María Bonaparte, logró huir con su familia con destino a Londres. Ahí apenas viviría un año…

Una vez muerto el enfermo, ¡la enfermedad sigue! La práctica psicoanalítica ha ido creciendo desde la muerte del Dr. Freud, pasando por grandes e importantes representantes, tales como Sándor Ferenczi, Sabina Spielrein, Anna Freud, Lou-Andreas Salomé, Jacques Lacan, Marie Klein, Donald W. Winnicott, André Green, Óscar Masotta, entre otros.

Freud es y será siempre un referente, aunque seguramente seguirá siendo criticado. Pero lo que es un hecho que, tal como el psicoanálisis se reinventa en cada sesión, leer la obra de nuestro padre intelectual, siempre nos deja cosas nuevas por descubrir.

¡Gracias, maestro!

Hermenéutica y psicoanálisis

Queridos(as) lectores(as):

En enero de 2019, el CPM (Círculo Psicoanalítico Mexicano) tuvo la visita del filósofo mexicano, Mauricio Beuchot. No es de sorprender que un filósofo se incorpore a una institución psicoanalítica, ya que tanto en la filosofía como en el psicoanálisis hay un vínculo muy marcado que es la hermenéutica. ¿Por qué? Tendríamos que entender en primera instancia que el punto central de la hermenéutica es sin duda el lenguaje: en cada conversación nos vemos conducidos a su propia verdad, misma que desvela algo que en ese momento es y no puede ser de otra manera. De ahí que comprender lo que alguien está diciendo es llegar a un acuerdo en determinada cosa -como diría Gadamer-, pero no implica ponerse en el lugar del otro y mucho menos reproducir sus vivencias.

Traducción e interpretación

En todo acto de escucha o de comprensión, lo que estamos haciendo en realidad es un acto de traducción. Y como traductores, nuestra labor es trasladar al “aquí y ahora” el sentido que se trata de comprender al contexto en el que vive el otro interlocutor. Pero tenemos que tener cuidado de no falsear lo que el otro está diciendo, justo para conservar su sentido. Pero, ¿por qué hablamos de una traducción? Porque toda traducción es una interpretación. Ahora bien, para continuar en este punto, me gustaría recordar a Nietzsche: “No hay hechos, sólo interpretaciones”. La hermenéutica nietzscheana, siguiendo a Michel Foucault, es una hermenéutica que se envuelve en ella misma, entra en el dominio de los lenguajes que no cesan de implicarse a sí mismos, en una región medianera entre la locura y el puro lenguaje.

Entonces, ¿qué significa interpretar cuando se trata de recordar (en el dispositivo psicoanalítico, por ejemplo), qué lugar tiene en el proceso? Interpretar significa intermediar entre lo que recuerda el paciente, lo que repite. También es construir desde lo que está hecho. Esto nos remite a Jacques Derrida y a la deconstrucción (radicalización). Es decir, la hermenéutica pierde todo sentido si no parte de una experiencia de la alteridad, de la diferencia y, por tanto, de la distancia.

Ausencia y presencia

En Metafísica de la Presencia, el problema que abarca Derrida es amplísimo: tiene un supuesto metafísico endeble que vertebra todo el pensamiento occidental, esto es, trata de dar cuenta en general de la esencia o fundamento de la realidad. La intención de Derrida es exponer las diferentes formas de entender la naturaleza básica de la realidad (las ideas platónicas, el Dios cristiano, la materia empirista, etc.). Lo que tendrían en común es el valor que ponen a la noción de “presencia”, por tanto, las ideas están presentes en la consciencia de forma inmediata. ¿Y cuando sólo se escuchan? Hablamos entonces desde la ausencia, con el riesgo de no saber lo que se interpretará de ellas en tanto que no son ahí y ahora. En un término colegial estamos hablando de un “teléfono descompuesto”.

Cuando Beuchot hablaba del psicoanálisis como una propuesta epistemológica, evidentemente hablaba desde su propia experiencia, esperando que los demás captáramos su idea desde sus ejemplos. Pero, ¿realmente podríamos hacer eso? Si lo que nos interesa es el logos, hacer presente la razón, el significado, el habla es lo indicado porque es inmediato y directo. En efecto, recibíamos lo que Beuchot decía, sin embargo, no tal cual ya que en la presencia del habla es más difícil llegar a interpretar la intención del sujeto, lo que quiere decir. Uno podría pensar, estando sentado ahí escuchando al filósofo mexicano, que su intención es compaginar sus ideas con las del psicoanálisis. Pero, ¿qué pasa cuando no escuchamos a Beuchot, sino que más bien lo leemos? Tendríamos que dar un giro hermenéutico totalmente distinto. Según la tradición, la escritura envuelve la intención y la lleva lejos en el tiempo y el espacio, sin saber si llegará bien a su destino.

Pensemos en lo que decía Jean-Paul Sartre sobre escribir: “Es arrojar el libro al mundo, y en ese momento, ya no nos pertenece”. El habla está a la orilla del logos y de la intención, mientras que la escritura se deriva del habla: es una copia que no necesariamente es fiel.

Interpretación ————(vinculación)————— > lengua / la palabra

En su libro, Perfiles esenciales de la hermenéutica, Beuchot explica que la hermenéutica es la disciplina de la interpretación para la compresión de textos, es decir, colocarles en sus contextos respectivos (arte, ciencia). Nos muestra caras múltiples. Una vez más, los textos van más allá de las palabras, ya que tiene que haber más de un sentido en ellos para que pueda darse la hermenéutica. También, nos dice que hay 3 cosas en la interpretación:

  1. El texto
  2. El autor
  3. El intérprete

Habría que descifrar el código que da el autor sin perder de vista el significado que también le da (subjetividad). El objetivo de esto es la compresión del texto mismo, el cual tiene como intermediario o medio principal la contextuación, es decir, poner un texto en su contexto y aplicarlo al contexto actual. El problema de esto último es que en la conferencia de Beuchot, en efecto teníamos un texto (quizá su plática), pero teníamos a un autor que expone sus ideas mientras que ocupa el puesto del interprete, para los demás, de sus propias ideas. Pero también estaba siendo interpretado por otros intérpretes, mismos que al momento de exponer sus dudas (o sus soberbias), eran interpretados por el mismo Beuchot y por los demás intérpretes. De ahí que nos quede claro que toda interpretación conlleva una autointerpretación.

¿La hermenéutica es una ciencia o un arte?

Beuchot expresaba que se trata de las dos. Según Aristóteles, la ciencia es un conjunto estructurado de conocimientos en el que los principios dan la organización a los demás enunciados. También, el arte para el filósofo griego es un conjunto de reglas que rigen una actividad. Ahora, si lleváramos la hermenéutica al psicoanálisis, ¿qué pasaría? Mucho y nada. Paul Ricoeur señalaba que el psicoanálisis es como una hermenéutica incompleta, en tanto que sólo interpreta la arqueología del sujeto, fallando la escatología o el futuro del mismo.

Sin embargo, me atrevería a decir que estaba en un error, ya que el psicoanálisis goza de una interpretación silenciosa entre el analizando y el analista, entre dos sujetos, entre dos subjetividades. De hecho, el mismo Freud pretendía ubicar al hombre en la realidad, y para ello era necesario un apuntalamiento en la búsqueda filosófica de su propia adaptación con la realidad de modo aparte. Con esto lograba reforzar el principio de realidad. En el psicoanálisis, la intención de la interpretación no es otra sino la búsqueda del sentido que tienen las formaciones del inconsciente en el campo de la mente.

Si atendemos a la afirmación de Lacan que el sueño está estructurado con un lenguaje propio, por ejemplo, estaríamos apostando por sustituir el lenguaje onírico por otro, y así cumple con el objetivo de la interpretación psicoanalítica, el cual consiste en provocar una introspección en la que lo simbólico-onírico revele algo del inconsciente.

Regresando a Nietzsche, más bien creo que erró, pues sí hay hechos (o fenómenos) que son interpretados, dando paso a otros hechos y a inagotables interpretaciones. Pero creo que sería necesario entender lo que René Descartes buscaba con su Método, esto es, entender que hay muchas opiniones o perspectivas de la Verdad, pero que no son la Verdad. Y que el ser humano, en su gran pasión, busca por lo menos tener lo que las matemáticas sí ofrecen: certeza. ¿Qué en el psicoanálisis no buscamos la certeza de lo que hemos sido, lo que estamos siendo? El porqué, ese maldito y fantástico porqué… Y al abrir los ojos, Beuchot seguía hablando…