Berenice: un relato de obsesión

«La obsesión acompañada de sensibilidades extremas genera monstruos”

-Arturo Pérez-Reverte

Queridos(as) lectores(as):

Hace tanto que no nos encontramos. Espero estén bien y que cuenten con buena salud y no estén pasando por momentos (más) precarios.

En ésta ocasión vamos a analizar el cuento de Edgar Allan Poe, Berenice (1835), publicado por primera vez en el Southern Literary Messenger, con el fin de poder ilustrar, brevemente, el comportamiento de lo que conocemos en el psicoanálisis como neurosis obsesiva. Poe, a través del protagonista Egaeus, nos va delatando una historia sobre el futuro casamiento que tendrá con su prima, Berenice (hay que señalar que uno de los temas más obsesivos de nuestro autor son las mujeres y la tormentosa vida que tuvo con ellas). Egaeus nos va narrando que tiene ciertos ataques de origen mental que le llevan a una obsesionada lucha interna consigo mismo, con pensamientos que no le dejan ni un sólo momento. Como nos tiene acostumbrados Poe, Egaeus es un personaje muy profundo y dramático: “La miseria es múltiple. La desgracia afecta de diversas formas. Extendiéndose por el vasto horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados, tan distintos y hasta tan íntimamente mezclados como los que nos presenta ese fenómeno”.

En un momento, Egaeus pasa a hablar de su hermosa prima, con la que hemos dicho que pronto habría de contraer nupcias, sin embargo, nos narra también sobre una extraña enfermedad que ha hecho que ella se vaya deteriorando con el tiempo, misma que no pasa desapercibido por su propio lamento: “¿Cómo es posible que de la belleza ha derivado un tipo de lo desagradable? ¿Del anuncio de paz, un símil de dolor?”. Sin embargo, nuestro protagonista hace notar que hay algo en ella que se mantiene casi perfecto, sin daño alguno por la misteriosa enfermedad y que detona una obsesión terrible en él: sus dientes.

Antes de seguir con el texto, debemos explicar la neurosis obsesiva. Para Sigmund Freud se trata de un trastorno de origen psíquico que provoca en quienes lo padecen una suerte de bombardeo de pensamientos sobre cosas que no existen o, peor aún, no son de su real interés. Los pacientes sufren de tal manera que su dolor se vuelve meramente interno; en algunos casos son incapaces de exteriorizarlos, generándoles una persistente angustia y hasta delirios. No es de sorprender que uno de los síntomas sea el insomnio o la fatiga constante. Aunque también es importante señalar que puede complicarse el dar con el diagnóstico adecuado de la neurosis obsesiva ya que muchos de los síntomas pueden pasar desapercibidos.

Volviendo a Egaeus, encontramos este interesante cuestionamiento: “O la memoria de la dicha pasada es la pena de hoy, o las agonías presentes tienen su origen en los éxtasis que pueden haber existido”. Podemos estar seguros del terrible proceso de confusión por parte del neurótico obsesivo que, por momentos, pareciera que ha perdido contacto con la realidad, dejando que su fantasía (sus miedos) se torne contra él de maneras brutales y sin piedad. “[…] un recuerdo que no quiere abandonarme, una memoria como de una sombra, vaga, variable, indefinida, irregular, sombra de la que no podré verme libre mientras brille el sol de mi razón”. Ese “recuerdo” podemos convertirlo a un sólo pensamiento, mismo que se vuelve constante y repetitivo una y otra, y otra vez, haciendo que la conducta del neurótico obsesivo se exprese según su estado de ánimo, “encontrando” en la compulsión a la repetición una suerte de cura del malestar que sufre notablemente. Es tanto el pesar que Egaeus sufre que expresa, a mi creer, una confesión típica de todo aquel que sufre un padecimiento mental sobre el otro:

«Mientras tanto, mi propio mal, pues se me ha dicho que no debía llamarlo con otro nombre, mi propio mal crecía rápidamente, hasta asumir, por último, un carácter monomaníaco de una nueva y extraordinaria forma, ganando sobre mí, el más incomprensible ascendiente. Esta monotomanía, si debo llamarla así, consistía en una mórbida irritabilidad de esas cualidades de atención. Es más que probable que no sea entendido, a la generalidad de los lectores una idea adecuada de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las potencias meditativas, para no emplear tecnicismos, se hundían en la contemplación de los objetos más comunes del universo».

Pero, ¿qué es lo que siente el neurótico obsesivo? “Un helado estremecimiento recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de insuperable ansiedad y una curiosidad consumidora se apoderó de mi alma; y echándome hacia atrás en la silla, permanecí algunos instantes sin aliento, ni movimiento, con mis ojos fijos en su persona”. Podemos observar que es tanta la obsesión, valga la redundancia, del neurótico por aquellas ideas que le acechan en su mente, que le es imposible pensar en algo fuera de ellas, en algo más. Entendamos lo siguiente: en la mente del obsesivo, todos los pensamientos que provocan el malestar, se presentan de forma continua. Ahora bien, ¿de qué modo? Empecemos por señalar la desesperación provocada por la ansiedad: un constante flujo de sentimientos de culpa innentendibles, una notoria necesidad de verificar las cosas y, por supuesto, un delirio preocupante por mantener el control y el orden que deviene en la obsesión de limpieza.

Cuando Egaeus está por casarse con Berenice y descubre el velo que cubre su rostro, nos da la clave para entender la futura obsesión por los dientes de su futura esposa: “Desvié involuntariamente la vista de sus miradas vidriosas para pasar a la contemplación de sus delgados y encogidos labios. Los abrió y en medio de su sonrisa de peculiar expresión, los dientes de la cambiada Berenice se presentaron lentamente a mis ojos. ¡Quisiera Dios que no los hubiera visto, o que habiéndolos visto hubiera muerto!”. Cabe en estos momentos señalar algo de notable interés para nuestra comprensión de la neurosis obsesiva, que se trata justo de los mecanismos de defensa, y digo que es de notable interés ya que el origen de ellos es también de naturaleza obsesiva. Los mecanismos de defensa son varias veces expuestos de manera consciente, pero el neurótico obsesivo se hace de ellos, como ya se ha mencionado anteriormente, para intentar reducir el malestar de lo que está encubriendo con ellos. Y es justo en ese momento donde empiezan a ser notables las afecciones y alteraciones psíquicas, tales como la confusión, la pérdida de contacto (temporal) con la realidad, el sentimiento de abandono, incluso breves lapsos de delirio de persecución y la necesidad, curiosa, de querer huir. La desesperación se desata.

Sobre esto último, notemos qué expresa el protagonista:

«Pero no había partido del desordenado cuarto de mi cerebro, y no quería salir de él la pálida imagen de los dientes. Ni una mancha en su superficie, ni una sombra en su esmalte, ni un desperfecto en sus aristas, que el breve periodo de su sonrisa no hubiera bastado para grabar en mi memoria. Los veía entonces hasta con más resplandor que cuando los contemplé en realidad. ¡Los dientes!, ¡los dientes! — estaban aquí y allí por todas partes, y visible y palpablemente delante de mí «.

En el caso de Egaeus, los pensamientos se vuelven obsesivos casi de manera involuntaria, tan es así que pedía a Dios no haberlos visto o una vez que los vio, hubiera preferido morir al momento. Las ideas compulsivas se vuelven incontrolables. Todo en el mundo exterior parece que pierde importancia, centrando su atención delirante sólo en algo determinado, volviendo al afectado impulsivo y en muchas ocasiones agresivo. Como lo vimos también anteriormente, la compulsión a la repetición es algo persistente, sin embargo no habíamos hecho mención que toda acción se vuelca sobre lo simbólico. Es, de hecho, interesante notar que dichas repeticiones suelen encontrar cobijo en rituales de notable naturaleza mágico-mística. Lo que tampoco debe desviar nuestra atención es el comportamiento desenfrenado al intento desesperado de “hacer desaparecer” lo que le está pasando, donde el cuerpo se vuelve también su propio lenguaje. Todo, al menos desde la postura psicoanalítica, se vuelve analizable y encuentra una profunda relación significativa con la obsesión.

Para poder estudiar bien lo que la neurosis obsesiva tiene que ofrecernos, tenemos que aceptar el hecho de que su causa no es como tal una, sino todo lo contrario. Es necesario advertir que en un acto obsesivo que se está analizando hay varios porqués de por medio, en otras palabras, es una psicopatología multicausal. Lo que es de llamar la atención es que, al menos en algunos casos conocidos, la neurosis obsesiva recae en una fórmula de agentes que se suman para poder dar paso al trastorno. Por poner algunos ejemplos, hay factores externos e internos, pero siempre relacionados con el paciente. No es mi intención entrar en detalles neuroquímicos.

Volvamos con Egaeus:

«En los multiplicados objetos del mundo externo, no tenía pensamientos sino para los dientes. Los deseaba frenéticamente. Todos los otros asuntos y todos los otros intereses llegaban a absorberse con su única contemplación. Ellos, ellos solos estaban presentes a los ojos del espíritu, y ellos, en su individualidad solitaria, se convertían en la esencia de mi vida intelectual».

Si tomamos que los dientes de Berenice son algo que no podían ser controlados por Egaeus, en tanto que no le pertenecían pero que causaban una muy notable obsesión, podemos entender entonces que hay factores externos que dan paso al trastorno, ya que los individuos que se han visto relacionados en situaciones que no pueden controlar se sitúan a sí mismos en una predisposición del sufrimiento neurótico obsesivo. “[…] de Berenice, yo creía absolutamente que todos sus dientes eran ideas. ¡Ideas! ¡Ah!, aquí está el pensamiento del idiota que me ha perdido. ¡Ideas! — ¡ah!, por eso es que yo los codiciaba tan locamente. Sentía que sólo su posesión podía devolverme la paz, y restituirme la razón”. Como sabemos, al final del cuento de Poe, Egaeus es descubierto con la posesión de los dientes de Berenice, mismos que al parecer fueron extraídos del cadáver de la difunta una vez que había sido enterrada. Sin embargo, reforzamos lo que ya decíamos sobre el modo o las maneras en las que el obsesivo pretende curarse de su propia obsesión, y en éste caso llegando a la terrible acción de profanar una tumba para hacerse con aquellas “ideas” (los dientes), objeto real de su atención, inclusive de su amor.

La neurosis obsesiva se puede tratar desde el psicoanálisis, las psicoterapias y con el apoyo farmacológico, sin embargo, como sucede en la mayoría de los casos, cuando se emplean medicamentos para “tratar-curar” un padecimiento mental de éste tipo, apoyándose con antidepresivos e inhibidos selectivos de la recaudación de la serotonina, si no hay la manera de que el paciente ponga en palabras lo que desde el inconsciente le está afectando, la compulsión a la repetición resurgirá de manera constante.

Ésta maldita incertidumbre

«La esperanza es pariente de la duda»

-Walter Savage Landor

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo que vengo escuchando mucho algo que se repite una y otra vez en distintos discursos que, para ser totalmente sinceros, no tendría que ser tal: «Esto (del COVID-19) nos agarró por sorpresa a todos». A ver, sí, por un lado es cierto, nadie podía imaginar las tremendas consecuencias de éste virus (las estadísticas económicas, laborales y financieras dejémoslas a un lado), sin embargo, COVID-19 o no, ¿quién realmente puede tener certeza de algo? Me parece que todos hemos crecido con esa sabiduría popular que nos dice que «lo único de lo que tenemos certeza es de la muerte». Pero, ¿de algo más, realmente, tenemos certeza?

Grosso modo, tener certeza de algo es estar 100% seguros que algo sucederá y no podrá ser de otra manera. Pero, me queda muy claro hoy más que nunca, que nos encontramos, como diría Heidegger, «arrojados a la existencia», y con ello, ante la más grande y temible incertidumbre. Y es que, a pesar de otros tiempos difíciles, ahora nos enfrentamos a un enemigo «invisible» y letal. Pero, ¿acaso siempre estuvimos atentos al peligro que supone existir día a día al no poder tener, precisamente, certidumbre de lo que sucederá?

Más allá de la razón

Justo estoy comenzando a ver una serie danesa en Netflix que se llama Algo en qué creer (Ride Upon the Storm, 2017), y que por lo pronto no me ha decepcionado; una historia fuertemente influenciada por la religión (en éste caso por la creencia cristiana de la Iglesia Luterana Danesa), pero que en sí invita a una profunda reflexión sobre la caótica existencia de cada uno de los seres humanos. En verdad, les recomiendo que la vean, porque les hará, una vez más, caer en cuenta de lo importante de la idea de nuestra propia interioridad. Pero, por lo pronto, me quedo con algo que dicen en un momento: «No tienes miedo a morir, tienes miedo a creer».

FE_EN_TIEMPOS_DE_CORONAVIRUS

Zygmunt Baumann tenía razón al afirmar que nos encontramos en una modernidad líquida, es decir, que no hay nada sólido a lo cual aferrarse. ¿Pero a qué se refiere con exactitud? Justo habla del malestar propio de la incertidumbre. No hay nada (fe, valores, principios, virtudes, etc.) a los que el ser humano se pueda sostener con fuerza. Esto se debe al desenfrenado crecimiento de la inmediatez, donde «todo tiene solución con un sólo click«. Soluciones rápidas y precisas. O al menos es lo que nos gusta pensar ante la desesperación de responder a los problemas en nuestra vida. Pero, cuando no se puede, ¿qué pasa? La desesperación se torna en estrés, el estrés en enfermedad y la enfermedad en muerte. Se acabó. ¿Y luego?

Perdonando un poco éste «atrevimiento», quiero compartir con ustedes algo desde mi fe (catolicismo) para poder seguir con nuestro encuentro. ¿Qué es la fe? Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la fe «es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro». Sin embargo, me queda por advertir, que la fe por sí misma no es comunicable, al menos no del todo, ya que es precisamente una experiencia personal que se desarrolla subjetivamente y que, luego, logra el sentimiento de comunidad con los demás creyentes.

incertidumbre

Sé perfectamente que hoy en día, hablar de la religión es algo que inquieta, y hasta molesta, a muchos. Sin embargo, la propia antropología nos demuestra que es inevitable hacerlo. De hecho, aunque no fuera un creyente, Sigmund Freud en el Malestar en la Cultura, no podía negar el efecto “esperanzador” que brindaba la religión a los creyentes. Partimos de que la experiencia del vivir se puede convertir en un auténtico suplicio debido a las tristes y dolorosas realidades que se viven a diario. Me parece que la búsqueda de certeza es algo que todos compartimos de un modo u otro, y es válido el tener o no una religión, porque al final de cuentas, el ser humano siempre tendrá una fe en algo o en alguien. Vaya… otra certeza…

No es mi intención caer en un debate interminable sobre la fe, pero sí quisiera que consideremos éste punto ya que, debido a lo que estamos viviendo, hay una profunda crisis existencial que, casualmente, termina por rallar los límites de la propia espiritualidad. La espiritualidad es otro tema complejo, pero que al final de cuentas nos permite centrarnos en nosotros mismos y ver cómo está nuestra relación con Dios, el otro, la «realidad», pero sobre todo con nosotros mismos. Sin embargo, ¿quiénes tienen realmente la disposición para orar, rezar, meditar ante la desesperante situación que vivimos? Realmente todos, pero lo que sigue sin haber, irónicamente, es tiempo. Una querida amiga me decía «rezar es hablar con Dios y meditar es escucharlo». ¡Y me encantó! De hecho, me hizo pensar en las Confesiones de san Agustín (texto que recomiendo ampliamente leer): “Tú estabas dentro de mí y yo fuera…Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo… Me llamaste, me gritaste y desfondaste mi sordera…”.

Dentro de cada uno está una voz que nos llama. ¿Por qué no nos detenemos a escuchar qué tiene que decirnos? ¿No acaso ésto se parece a lo que el psicoanálisis defiende a capa y espada de que «la respuesta está en el sujeto»?

¿Tiempo de incertidumbre?

¿Quién no quisiera enterarse por medio de las noticias que ya existe una vacuna que nos libre del COVID-19? ¿Quién no quisiera «recuperar» la vida de antes? Muchos, todos, en verdad que son preguntas que no podríamos encontrar respuestas diferentes. Sin embargo, ¿qué entendemos realmente ante esas posibilidades? Acabo de decir que seguimos sin tener tiempo. Karl Marx decía que lo más valioso que tenemos es el tiempo. Y seguimos sin entenderlo o al menos no lo tenemos tan claro todavía.

Esto del coronavirus realmente no nos aleja mucho de los escenarios a los que ya estábamos «acostumbrados», sólo que no lo vivíamos en propia piel. ¿A qué escenarios me refiero? La enfermedad, la pobreza, la guerra, la inseguridad… el miedo. Vayamos por partes. ¿Quiénes se han detenido, realmente, a pensar en los enfermos, en los pobres, los que sufren invasión extranjera, terrorismo, delincuencia? Siempre hablamos, pareciera, desde la experiencia ajena. Ciertamente, muchos hemos vivido o pasado por cosas así, pero también es cierto que ahora todos lo vivimos al mismo tiempo. Al COVID-19 se le une el virus del miedo, que es realmente el más letal de todos pues nos impone un miedo a vivir.

miedo-covid-1024x474

Nuestra condición humana nos expone a una vulnerabilidad innegable a cada uno de nosotros; estamos indefensos ante enfermedades, pobreza, dolor, guerras, crímenes, etc. Pero quizá no estábamos del todo conscientes porque, de un modo u otro, había «remedio» o «soluciones». Uno enfermaba e iba al doctor, con grandes posibilidades de salir adelante o por lo menos tratar de una manera más digna la enfermedad (tristemente no todos); se trabajaba para tener recursos, se planeaba la rutina para evitar zonas peligrosas u horarios inconvenientes (vaya, el temor siempre presente), etc. Pero, ante lo que no vemos, ¿cómo anticiparnos o prevenirlo? Vuelvo a lo que preguntaba: ¿cuándo hemos estado del todo seguros realmente? Lo que sabemos, aunque a muchos todavía no les «cae el 20» (por decir «no se dan cuenta» o «no quieren darse cuenta»), es que la gente está enfermando y está muriendo, y no son pocos, son miles. Sucede que el miedo tocó la puerta y nos hizo ver con terror lo que nos puede pasar a cualquiera con lujo de detalle.

Ilusión y esperanza

No podemos negarle absolutamente a nadie el tener una ilusión y muchos menos esperanza. Es lo que nos hace abrazar la vida, que a pesar de todo lo que suceda, tendremos la oportunidad de seguir adelante. La ilusión brinda al ser humano un consuelo sobre la existencia, se sea creyente o no, pero lo cierto es que da un valor que muchos necesitamos a diario. Pienso en el muy querido personal médico que, día a día, batalla contra ésta enfermedad. En las familias que están tristes y preocupadas por tener a sus familiares debatiéndose entre la vida y la muerte. En aquellos que, con amor y verdadero interés humanista, buscan la cura en un laboratorio. Cada uno tiene una ilusión y una esperanza, que debemos valorar y atesorar.

vacuna-covid-19-coronavirus-640x360

Me uno a los rezos, sin importar el credo de cada uno. A la ilusión y a la esperanza de volvernos a encontrar, de volvernos a ver, de volvernos a abrazar y que, después de este valle de lágrimas, aprendamos a amar con todo el corazón, a ser mejores y a seguir impulsando los más que notables esfuerzos de muchas personas en el mundo para lograr salvarnos a todos en la medida de lo posible en distintos aspectos. Éste mundo ya ha probado lo que es el sabor del odio, la envidia, el dolor, la tristeza, es tiempo en verdad de que llegue el suave y delicioso sabor del amor, la amistad, la confianza y la paz.

Pienso en muchas personas fantásticas y magníficas que han cerrado sus ojos para siempre y que no pude conocer. En el dolor y la desesperación de quienes no pueden sino sólo verlos morir intentando salvarlos. Pero sé, que a pesar de todo eso, la vida nos dará la oportunidad de volver a sonreír, juntos.

Les abrazo.

Les escucho.

Notas de COVID-19: ¿qué pasa?

«La peste no era para ellos más que un visitante desagradable que tenía que irse algún día, puesto que algún día había llegado»

-Albert Camus

Queridos(as) lectores(as):

¿Cómo les va? He estado un poco distante de éste nuestro querido espacio debido a varias cosas de índole profesional pero también personal, sin embargo, ya estoy de vuelta y con muchas ansias de seguir trabajando éste tema que nos tiene a todo el mundo entre la angustia, la desesperación, el miedo y, por qué no, la esperanza. He de confesarles que todos los días estoy al pendiente de las noticias respecto a posibles tratamientos y/o curas para el COVID-19. En verdad, me parece que ya hasta forma parte de un ritual informático (parte, por supuesto, de mi labor como periodista cultural y de difusión científica). ¿Y qué les digo? Entre la decepción y la ilusión nos podemos pasar días y días, sin embargo, me parece que justo para poder lidiar con ambas cosas (que generan ansiedad), lo mejor que se puede hacer es «simplemente esperar». ¿Esperar qué? No lo sé, a que suceda lo que tenga que suceder.

comunidad-de-gracia-hasta-cuando-tengo-que-esperar

Ayer leía que la comunidad europea, por ejemplo, había dado la aprobación para la comercialización del primer fármaco estadounidense contra el popularmente conocido coronavirus, es decir, los laboratorios Gilead han elaborado el Remdesivir, mismo que ha dado «buenos resultados» en el tratamiento de varios pacientes. No podemos decir que sea LA SOLUCIÓN, sin embargo, es un avance importante. Ahora bien, también leí que el filósofo y psicoanalista esloveno, Slavoj Zizek, decía que «el COVID-19 es un golpe al capitalismo para dar paso a la reinvención del comunismo», cosa que es debatible, pero cuando leemos que el fármaco mencionado tendrá un costo de 390 dólares por dosis, para tener un crecimiento del 33% en las ventas de sanidad privada, estamos hablando de 520 dólares, que terminará por ser aproximadamente 3,120 dólares. Y esto apenas comienza. El fin del capitalismo está muy lejos, en verdad demasiado, después de todo apenas es el primer fármaco que entra al negocio del COVID-19.

Lo que vemos, no es lo que hay

Ahora que hemos dado un brevísimo repaso a la cuestión de negocios farmacológicos, tenemos que volver a lo que también nos ocupa, que es el terrible malestar del confinamiento, la desesperación por reiniciar las actividad laborales y las crisis psicológicas que, podemos decirlo, ya comenzaron a hacer ruido. Al principio cité al filósofo argelino Albert Camus, específicamente en su obra La peste (1947), novela que trata, grosso modo, de que el hombre no tiene control sobre nada realmente (una clase de sin sentido que da paso al absurdo de la existencia). Con reflexiones profundamente filosóficas, Camus nos hace ver que el hombre y la sociedad se encuentran sumidos en un desamparo y que, para poder salir adelante, se tiene que encontrar la unidad y el apoyo entre cada uno de los individuos.

Si analizamos fríamente el día a día de nuestro «tedioso» año 2020 (que nos da ciertas impresiones de buscar nuestra aniquilación con noticia mala tras otra, pero que termina por ser la proyección inconsciente del temor de cada uno de nosotros), el modo en el que afrontamos el COVID-19 y la realidad a la que nos tiene sujetos, es claro que nos inclinamos hacia las notables diferencias en cuanto a cómo lo hacen los unos y los otros. Es decir, mientras que unos siguen con religioso respeto las indicaciones preventivas (uso de careta, cubrebocas, lavado constante de manos, etc.), otros pareciera que actúan con una total despreocupación. Y eso genera un doble malestar. Pensemos por un momento en que existe el miedo de contagiarse de este virus, de terminar en un hospital y de morir, y al mismo tiempo está quien no se está cuidando y que se presenta de un modo «burlón» (es la idea que muchos tienen cuando se topan de frente a alguien así): ¡la violencia se dispara!

NOTA-6-CUBREBOCAS-1200x800

«De algo me tengo que morir», es de las respuestas más comunes que hemos escuchado cuando se le reclama a esas personas. Mis colegas psicoanalistas dirían que la pulsión de muerte se está manifestando, aunque también la pulsión de vida desde otras perspectivas, sin embargo, ese modo de «desafiar» lo que al mundo lo tiene de cabeza, no es otra cosa sino una manifestación muy humana de enfrentar el miedo que también se tiene. No pensemos que los que no se cuidan no tienen miedo, sino que más bien habría que preguntarse (y quizá no tanto) qué ha hecho que no puedan manifestar su vulnerabilidad y temor ante esta pandemia como todos los demás. Alteremos un dicho popular: caras vemos, neurosis no sabemos.

Reparar el interior

Si yo les preguntara qué han hecho en estos meses de confinamiento, seguramente muchos me responderían que han leído, trabajado desde casa (los que tienen ese privilegio de clase), visto películas y series, aprender cosas nuevas, dormir, etc., pero también estoy muy convencido que pocos se han detenido a pensar en lo caótico de sus existencias. En entradas anteriores abordé éste tema de manera sencilla y rápida, pero me parece que no podemos seguir descuidando ésto. Hace unos días, se comunicó conmigo un querido amigo, mismo que me pedía si lo podía derivar con un colega psicoanalista. Parte del discurso que escuché de mi amigo tenía una carga tremenda de preocupación, misma que podemos resumir de la siguiente manera: no sé qué más hacer, pero quiero hacer algo, pero no sé si sí quiero o no, pero me queda claro que tengo que hacerlo. Parece un rompecabezas lingüístico con muchos «peros». Y sí, lo es.

¿Qué estamos haciendo? ¿Estamos haciendo algo? ¿Tenemos que hacer algo? Esto es un tema que nos puede llevar horas y horas de complicado debate, porque las respuestas atenderían un orden subjetivo y muy superyoico. El tema del deber (¡oh, querido Kant!) puede llegar a ser muy latoso, y más en este tiempo de pandemia. Sin embargo, sí hay que hacer algo, y es trabajar en nosotros mismos. En esto de que «estamos encerrados», tendríamos que preguntarnos «exactamente en dónde», y la respuesta por la que sería correcto inclinarnos es «en nosotros con nosotros mismos». La situación en la que está nuestra mente y nuestro corazón se proyecta a nuestra relación con el exterior.

Qué-es-el-Mindfulness-y-cómo-se-practica-1

Medios y remedios

Hay quienes optan por la meditación, otros por hacer yoga, algunos otros frecuentan a sus deidades en la oración, y todo eso está bien, sin embargo, me parece que la desesperación y el miedo generan las preguntas (y las respuestas) equivocadas, porque se apunta hacia fuera, no hacia dentro. La expresión «tengo miedo» es perfectamente entendible, pero, ¿a qué? Y aquí es donde entra el tesoro de la honestidad y de la sinceridad con uno mismo. ¿Qué pasa si somos honestos y/o sinceros con nosotros sobre lo que estamos viviendo, sintiendo, pensando? No pasa más que una oportunidad de tener claridad y seguridad en algo, cosa que nos permitirá apropiarnos de nuestro atormentado ser y comenzar a trabajar de adentro hacia afuera.

No es una actividad fácil, pero hay que intentarlo. El resultado será algo que ni siquiera nos imaginamos, porque es en estos momentos cuando aflora el deseo real y como consecuencia los cuestionamientos correctos para saber qué hacer, no solamente ahora, sino después, justo cuando «regresemos» a la «nueva normalidad», tema del que estaremos hablando muy pronto. Pero ahora, aprendamos a poner en palabras lo que está sucediendo en nuestra vida anímica.

Yo, yo, yo… y luego yo

Queridos(as) lectores(as):

¿Qué tal, cómo les va? ¿Cómo van lidiando con la pandemia mundial? Espero de corazón que cada uno tenga los medios para poder salir avante de esto, desde las cuestiones económicas hasta en los cuidados propios de la salud física-emocional. He querido dar un acercamiento a una pregunta que me han hecho llegar a mi correo sobre el narcisismo. ¡Qué tema!

download

Origen mítico

Narciso era un joven tan bello que llamaba la atención de todas las jóvenes y de todos los jóvenes, pero él les rechazaba sin consideración alguna. Sucede, al mismo tiempo, que la ninfa Eco, condenada a repetir todo lo último que escuchaba (como parte de un castigo de parte de la diosa Hera), también se enamoró de Narciso. Un día, cuando él iba con un grupo de amigos, se extravió en el bosque. “¿Hay alguien aquí?” -gritaba el bello joven-, a lo que Eco, escondida entre unos arbustos, repitió “aquí”. Narciso se acercó a donde provenía la voz y gritó “¡Ven!”, por lo que Eco repitió “¡Ven!”. Una vez que Narciso estuvo frente a los arbustos, Eco salió a su encuentro y le declaró su amor, sin embargo, el joven engreído la despreció, motivo por el cual la desdichada Eco escapó a unas cuevas, donde murió de tristeza, quedando sólo su voz (sí, por eso es que en lugares como en las cuevas a las vibraciones de los sonidos les conocemos como “eco”, aunque claro, desde un relato mitológico). Ante la crueldad mostrada por Narciso con la ninfa Eco, la diosa de la venganza, Némesis, maldijo al joven haciendo que se enamorara de sí mismo. Un día, cuando él estaba cerca de un arroyo, vio su reflejo y quedó totalmente seducido, así que cuando se acercó para intentarse besar, cayó en las aguas, se enredó con algunas algas y se ahogó. Cuenta la leyenda que después de ese suceso, las flores que crecen cerca de los arroyos recibieron el nombre de Narciso, en honor a la tragedia del bello joven.

Narcisismo y la clínica psicoanalítica

Primero tendríamos que preguntarnos «¿qué es un narcisista?». Veámoslo de la siguiente manera: un narcisista o narciso es aquella persona que asume una postura en la cuál busca el reconocimiento desde fuera de sí misma. Es decir, hablamos de la propia afirmación de uno mismo, por tanto nos inclinamos hacia otro tema: la autoestima. Todos, cada uno de los neuróticos funcionales (al menos), tenemos un problema con eso de la autoestima, por lo que podríamos denominar como algo perfectamente «normal». Sin embargo, para una personalidad narcisista, ese problema se intensifica en proporciones quizá «exageradas». Lo pongo entrecomillas porque eso no se puede medir realmente, sin embargo, sí podemos decir que causa mucho conflicto, demasiado.

Si bien es cierto que estamos frente a la falta toda nuestra vida, todo aquello que tiene que ver con la identidad, el reconocimiento, la afirmación del Yo o Self, puede ser algo que nos ponga en jaque. Cuando lo retomamos en los narcisistas, no sólo se está frente a la falta, sino que se vive con la falta interior. Podemos decir, con el riesgo de caer en un reduccionismo casual, que existe en ellos un sentimiento falso de sí, por tanto, muchas nociones vacías, entre las cuales destaca, por supuesto, el amor. Existe una ausencia de amor, de percepción, que muchos autores después de Freud afirman que se trata de una «decepción temprana». Pienso, por ejemplo, que para poder dimensionar esa decepción, podemos hablar de la falta de mirada. Esa mirada no es cualquiera, hablamos específicamente de la de la madre. La mirada es, siempre, un asunto de reconocimiento, de afirmación:

Mírame, mírame, aquí estoy.

Mírame, ¡soy yo!

14788608883661

Insisto, es más complejo, pero hay que tratar de irlo entendiendo. Cuando esa demanda no es cumplida, cuando el niño o la niña no «obtienen» esa mirada de amor, queda la decepción temprana. ¿Pero todo se resume a la mirada? No necesariamente, y como es el caso del psicoanálisis clínico, tendría que verse «caso por caso». Cualquier parecido con la realidad, es asunto de subjetividad. Se desarrolla, entonces, un trastorno en relación con el Yo o Self. Definitivamente el narcisismo no queda definido por uno sólo, o al menos no podemos decir que se manifiesta siempre igual, pero lo que sí podemos ir comentando es que existe un puente o un punto en común entre las diversas personalidades narcisistas, me refiero a que si hablamos de la interioridad, hablamos forzosamente de una terrible inseguridad que se expresa de maneras muy diversas, entre las cuales están las conductas y modos de ser. Hay, por poner un ejemplo, actos compensatorios que, así com0 se refleja uno a través del espejo, proyecta el desequilibrio interno del narcisista.

Acción, reacción… 

Ahora bien, ¿qué podemos decir sobre el narcisista que no sea la génesis de su situación? Hace algunos años, no recuerdo francamente quién lo dijo en una presentación, el ponente mencionaba que «el narcisista es el gran intérprete de lo que quisiera ser, que quizá sea, pero que no está seguro de ello». Me gustaría mucho recordar el nombre. ¿Pero qué significa esto tan enrollado? Primero, hay que tomar en cuenta la terrible desesperación que cargan, misma que proyectan de formas sutiles y, en ocasiones, muy descaradas. La ansiedad, el deseo, se vuelve insoportable, y ante la ausencia de auto-afirmación, alguien tiene que darla, pero cuando la dé, se le debe cuestionar por qué. Y es aquí donde empieza el «daño a terceros». Las acciones de los narcisistas pueden ser muy dañinas para los demás, en tanto que logran «seducir» exitosamente a esos terceros, los fascinan y encantan, y cuando hay reacciones favorables de parte de ellos, comienza una agresión que se traduce a partir de la vergüenza o de la envidia.

Para Melanie Klein, este acceso a la vulnerabilidad del narcisista es primordial para entenderlo. Por un lado, el narcisista siente ese vacío interno, esa inseguridad insoportable, al mismo tiempo en el que se expone como si no fuera así. Este curioso juego resulta fatal, ya que si el narcisista encuentra o reconoce aquello que cree que no tiene o que no le es propio, en el otro, la agresión no tarda en darse. Pensemos que la envidia puede provocar muchas acciones negativas, por lo tanto no existe eso de «envidia de la buena», es desear lo que el otro sí tiene y que yo no, o al menos creo que no tengo. Y la reacción que podemos esperar es como la de un niño caprichudo que rompe el juguete de otro niño porque, «si yo no lo tengo, no lo tiene que tener él». Aunque los modos destructivos pueden variar. Así, es común decir que el narcisista gusta de ofender, despreciar, ridiculizar e, incluso, denigrar al otro y/o lo que tiene.

Seminari-7

Nada llena

Retomando lo que decíamos de las inseguridades, tenemos que mencionar también que existe en muchas de las personalidades narcisistas un cierto «derecho» sobre el otro. Es decir, pareciera que proyectan en el otro una autoridad, un sentimiento de soberbia y orgullo. Porque es, al mismo tiempo, un reclamo que no pueden hacerse a sí mismos. El narcisista confronta al otro a partir de su carencia, o al menos es lo que podemos apreciar en muchos casos. Es curioso, porque parece que en realidad nada les llena, nada les es suficiente.

El problema surge cuando llegan a cansar a las personas que son sus víctimas, pues la acción más dolorosa que pueden tomar contra ellos es que, justo, dejen de mirarlos, de hacerles caso, que los ignoren o que simple y sencillamente los aparten. Es algo desquiciante. Hay casos en los que cuando esto pasa, la reacción del narcisista puede llegar a ser hasta humillante con tal de recuperar la mirada del otro. Parece que «han cambiado», pero es una fachada, un acto de enmienda para volver a recuperar la confianza del otro para luego caer una vez más en lo mismo. Algo que llama la atención es que, avanzados en el «volver a lo mismo», empiezan a descargar culpa en el otro, a hacerlos sentir mal por dejarlos o ignorarlos. Es un desquite. Insisto: es un volver a ellos mismos, pero me parece que cada vez es más frustrante y doloroso, pues se van cerrando opciones de manipulación con el otro. Por eso es común identificar al narcisista con la perversión, en tanto que se perciben a sí mismos como garantía del goce o sufrimiento del otro.

1_5uekL8SrDtl3SnVgRTWbdA

Tratamiento

¿Realmente se puede tratar a un narcisista? Tenemos que ser sinceros y aceptar que la cuestión clínica para atender el trastorno narcisista, puede de ir de «muy difícil» a casi «imposible». En en psicoanálisis la transferencia es algo que se debe replantear casi a totalidad, en tanto que existirán constantemente intentos de «rebelión» durante el proceso. Parece que habrá un intento del narcisista por tomar el control de las sesiones, en una suerte de «autoanálisis» que desprecia o hace menos al analista. Tal como ya hemos revisado, el narcisista tiende a imponerse ante el otro, por lo que la experiencia de ir con el analista puede ser muy caótica, incluso me atrevería a pensar que pasaría una vez más por la vergüenza, la incomodidad, dando un paso agigantado hacia el sentimiento de sentirse sometido o dominado.

Un modo de defensa consiste en poner a prueba al analista, en cuestionar toda devolución que le haga, en jugar con las interpretaciones, en corregir constantemente, etc. Muchos colegas manifiestan que es muy difícil avanzar con este tipo de pacientes. Pero no es imposible. Debemos recuperar el carácter subjetivo y reinventativo del propio psicoanálisis y trabajar en la transferencia, que es en sí una percepción, un modo de trabajo que evoluciona y, por tanto, se adapta. Aunque cabe advertir que es más que probable que el paciente narcisista abandone más de una vez su análisis. Hay algunos que regresan, otros que no, pero queda y quedará siempre en ellos esa espina de «estuve ahí». Al final de cuentas, alguien estaba cumpliendo con la demanda de mirada y escucha, aunque ese alguien «no fuera la gran cosa». ¿O será que sí?

Psicoanálisis a distancia

Queridos(as) lectores(as):

Estoy profundamente agradecido por sus participaciones que han tenido en las últimas entradas que he dedicado a esta situación mundial del COVID-19. Sin embargo, no me había tomado el tiempo de poder contestar a las dudas que muchos tienen sobre la posibilidad de tomar análisis a distancia o en línea. Por lo que daré un pequeño aporte en esta entrada para que puedan conocer un poco sobre el tema.

¿Es posible eso? Tenemos que ser ciertos en algo: la opinión sobre ello se encuentra, hasta el día de hoy, notablemente dividida, sin embargo, me parece que debemos enfocarnos en una advertencia que el propio Sigmund Freud hizo en 1922:

«El psicoanálisis no es un sistema como los filosóficos que parten de algunos conceptos básicos definidos con precisión y procuran apresar con ellos el universo todo, tras lo cual ya no resta espacio para nuevos descubrimientos y mejores intelecciones»

En otras palabras, Freud nos sugiere que el psicoanálisis está en constante renovación, no es algo que se quede como algo puro, algo que no pueda ser modificado, cambiado, renovado e, incluso, llevado a la revolución. Si no, basta con ver la propuesta del propio Jacques Lacan, por mencionar a uno de los más llamativos referentes del «cambio».

XvI-c_Rw_400x400

Pero no es lo mismo…

Empecemos por preguntarnos: ¿qué es ir a psicoanálisis? De este modo, casi podría pensar que todos tienen la fantasía de justo ir a un consultorio, mismo que parece coincidir en tanto que es un lugar «muy serio», oscuro, con un diván que impone y un sillón a un lado, donde un hombre o una mujer se habrá de sentar a escucharnos… pero… ¿y qué más? ¿Nada más vamos a eso? ¿Nada más nos escuchan y ya? Vamos, es algo que sólo la experiencia del análisis puede resolver en cada caso, y cabe mencionar que toda experiencia es distinta y no desde la parte del paciente, sino la del analista y hasta la de ambos.

Claramente, el pensar el psicoanálisis en línea nos hace «desilusionarnos» de la fantasía que tenemos, pero debemos tomar en cuenta que no todo es fantasía. Lo que debe impulsarnos a todos es el deseo de analizarnos, de encontrarnos con ese otro (el analista, incluso alguien más… ¿quién será?) para poder comenzar esa aventura del autodescubrimiento. Ahora bien, si nos centramos en esta «extraña» «nueva» modalidad de tomar análisis en línea, ¿qué es exactamente lo que nos estamos perdiendo? Podemos hablar de la falta de contacto humano, en parte sí, sin embargo, el hecho de poder estar frente al otro, que ese otro nos escuche y nos haga devoluciones, permite que exista una relación, un vínculo entre ambos. Sí, no es lo mismo ni lo será, pero les puedo asegurar que sucede exactamente lo mismo en una sesión «normal» en un consultorio, porque no faltan los comentarios tales como «es que no es como lo vi en la serie/película».

Resistencias, problemas y pretextos

También es importante mencionar que siempre existe una resistencia para ir, en primer lugar, a analizarse, ya sea en el consultorio o en línea. ¿No les suena el famoso «y yo como para qué voy con un psicoanalista, eso es para locos»? Créanme, es perfectamente normal, porque la idea de recurrir a un profesional de la salud mental nos lleva al común pensamiento de «estar enfermos», y a eso se le suma el clisé clásico de locura (y vaya que cada quien entiende la locura a su manera). Y, como ya había mencionado en unas entradas anteriores, el psicoanálisis no es para todos. Por eso es que hay que estar seguros exactamente qué es lo que necesitamos. Por poner un ejemplo: no se va a cualquier médico por cualquier enfermedad que se padezca. Hay que ir con el especialista indicado para poder tratar lo que padecemos.

El segundo problema que, a mi parecer, recae en tomar psicoanálisis en línea es el espacio. No es lo mismo la intimidad de un consultorio en otro lado, que un cuarto en la casa o en la oficina, porque sucede que «las paredes son muy delgadas» y no existe la misma seguridad de que sólo son dos los que están escuchando cosas tan personales. Y sí, eso es un GRAN PROBLEMA, sin embargo, no debe ser EL PROBLEMA, pues debemos tener un lugar, un espacio muy nuestro que nos permita llevar a cabo la sesión. Muchas veces la «falta de espacio» es más un pretexto que es reforzado por la resistencia de ir a análisis.

Por último, y esto me parece que realmente se da en ambas partes, tanto con los pacientes como con los analistas: el cobro. Primero tenemos que entender algo, esto es un trabajo, serio y dedicado que ocupa tiempo y disposición del psicoanalista. No se trata de que nada más esté esa persona escuchando mis problemas y ya, porque para eso se puede platicar con alguien más, sin embargo, no sería lo mismo, no sería algo bueno, o al menos no tendría el mismo fin. Empezando porque no a cualquiera se le cuenta la intimidad de uno, y no, ni siquiera a nuestros padres ni mejores amigos, ni a nuestra pareja, ¡ni siquiera a Firuláis! No, hay cosas que no pueden ser contadas y que merecen la escucha de un tercero totalmente objetivo y profesional. Así que, aunque no sea en un consultorio de manera presencial, el análisis sí se cobra. Y el costo es algo que depende del psicoanalista, de lo que pueda llegar a un acuerdo con el paciente/analizando y demás que se trate en el dispositivo analítico.

¿Cómo tener psicoanálisis a distancia?

Businesswoman on Videoconference with Businessman

Vivimos en la famosa Época de la Comunicación. Hay distintos medios, tales como Whatsapp (videollamada), Hangout, Zoom, Skype, etc. Por lo tanto están los celulares, tablets, computadoras, etc. Pero, vuelvo a insistir, esta experiencia es algo que debemos tener muy clara, siendo todavía muy sinceros con nuestro deseo de analizarnos. En el momento que estamos viviendo, como comentaba en la entrada anterior, hay muchas cosas que se nos están moviendo interiormente y que nos están demostrando cosas que «no sabíamos» de nosotros mismos. Es perfectamente entendible que muchos ya estén hartos, que haya quienes no puedan más con la convivencia tan monótona con las mismas personas todos los días, que el miedo y la ansiedad nos estén quitando el sueño y provocando que no podamos descansar, todo esto y mucho más se va haciendo parte del malestar.

La idea de tomar psicoanálisis a distancia es, como bien dice un amigo psicoanalista, «no abandonarnos con nosotros mismos sin más». El psicoanálisis sigue en pie de lucha ante el COVID-19, se sigue trabajando con el lenguaje, con lo que se expresa y con lo que no, se trabaja con el silencio, con las muecas, etc. Es en verdad importante tener con quién hablar y que esa comunicación transmita lo inconsciente para hacerlo consciente.

Te escuchamos…

COVID-19 y la ansiedad

Queridos(as) lectores(as):

Vaya que este tiempo de cuarentena está haciendo de las suyas con nosotros. Quizá para muchos sea hasta una bendición el hecho de no tener que salir, quizá para otros es una «probadita» de una vida distinta a la acostumbrada, sin embargo, sea como sea, el hecho es que hay algo que nos inquieta. ¿Qué será?

Claramente me podrían decir que la situación en la que nos encontramos es algo que «nunca habíamos pasado», ciertamente así es (pero la Historia nos desmentiría en cuanto a la sociedad misma por los acontecimientos pasados); situación que nos mantiene demasiado pensativos. ¿Y por qué no habríamos de estarlo? Es decir, no sólo hablamos de la situación médica en cuanto al COVID-19 y el miedo que nos causa el que nos lleguemos a infectar o que alguien cercano lo padezca, sino que hablamos también de las repercusiones económicas y laborales. ¿Quién, hoy por hoy, puede estar tranquilo en cuanto a seguir manteniendo su trabajo? Por ponerles un ejemplo, si no lo habían pensado, ahora lo hacen. Y aquello que nos inquieta nos ha provocado, en este momento, a empezar a preocuparnos. Una disculpa por ello, pero hay que hablar de esto y ponerle nombre: se llama «ansiedad».

crisis-ansiedad

¿Qué es la ansiedad? 

En la segunda tópica freudiana, encontramos esta división: Ello, Yo y Superyó. Vamos a explicarlo de la manera más sencilla posible. Digamos que el Ello es la parte de la estructura de nuestra mente donde residen nuestras pasiones, nuestros deseos, lo más bestial del ser humano, nuestras pulsiones. Ahí yace la demanda constante de satisfacción del deseo. Sin embargo, no todo deseo es algo «bueno», en tanto que sin importar qué tanta satisfacción nos dé realizarlo, no es que la sociedad nos lo permita. Justo aquí entra la estructura del Superyó, misma que podemos verla como la autoridad que limita y que pone barreras a nuestros deseos. Pero, ¿cómo cumplir con las exigencias del Ello y al mismo tiempo no pasar de las limitaciones del Superyó? Pues aquí entra la tercera estructura, que es el Yo, misma que veremos como una suerte de negociador, que intentará satisfacer a las otras dos y generar cierto balance. Insisto, es una explicación rápida y lo más sencilla posible.

Ahora bien, la ansiedad la podemos ver como un conflicto mental que tiene que ver directamente con el Ello, con una sobrecarga de energía sin poder descargarla con facilidad. Es decir, no podemos satisfacer los deseos ni deshacernos de los miedos. Es pensar demasiado en el futuro, demasiado en el «qué pasará» sin tener certeza alguna. Imaginen la gran cantidad de pensamientos que se desbordan en nuestra mente y que no podamos ponerles un orden o, peor aún, no podamos darnos cuenta de lo innecesarios que son. Un ejemplo sería así: estás sentado en tu sala, entonces empiezas a pensar en tu trabajo, en si te pagarán a tiempo, que si tienes deudas que pagar, que si ya hiciste unos gastos y que quizá no te alcance para cubrir los demás, que te falta terminar una parte de tu trabajo, que si hay pan en tu alacena, que si ya habrá una solución al problema que traían en tu trabajo, que si tus hijos estarán bien, que si habrá mucha gente en el banco, que de qué lado mastica la iguana… ¡Un giro obsesivo terrible! Y la verdad es que no estás resolviendo absolutamente nada. Sólo le estás dando vueltas y vueltas a esos problemas y no sales de ahí. Es algo en suma desgastante mentalmente (y físicamente) hablando.

Pero, ¿qué hay detrás de la ansiedad?

Vayamos por partes. Todos esos conflictos mentales que estamos teniendo a la hora de padecer ansiedad, exactamente, ¿por qué es que nos sacan tanto de quicio? Es decir, no es de «a gratis» el hecho de que estemos pasando por tan mal momento, hay algo que nos se nos está haciendo presente de manera inconsciente. Si bien podríamos sostener que existe la confrontación con la «realidad» por parte de Yo y, por tanto, el miedo perfectamente entendible sobre algo directo (pensemos en un perro agresivo), no siempre es tan sencillo de deducir la causa detrás. Si nos quedamos con la situación del perro agresivo, ¿qué hacemos? Pues nos alejamos del perro, corremos o lo que tengamos que hacer para librarnos de él. Y ya. Sí, claro… qué fácil. Pero al menos es una respuesta.

Ahora bien, pensar de más las cosas. Nuestra neurosis puede desencadenar momentos de auténtico terror obsesivo, en tanto que justamente pensamos de más las cosas. Y aquí viene lo importante: ni siquiera han pasado. Es como anticiparse demasiado a cosas que ni siquiera estamos seguros que están por pasar o tan siquiera que tengamos cierta seguridad que pasarán. Como cuando estamos viendo una película de terror, ya de por sí la situación nos tiene tensos, pero empezamos a ser guionistas sobre la trama, especulando quién morirá y de qué manera, o si saldrá el monstruo en un momento o no. Y hacemos de la experiencia algo en verdad desquiciante. ¿Qué necesidad? Claro, volvemos al «qué fácil, no lo hagamos y ya». Pero no… desgraciadamente no es así de sencillo. Detrás de esto hay traumas no elaborados o trabajados que venimos arrastrando desde mucho tiempo atrás, desde que éramos niños incluso.

gettyimages6516000027wide53077fd83195c7a165acc4b4b4ec4ea056c98069-91cf33bc452dc4a924af8269dbf08d91-1200x600

Me fallo, te fallo, les fallo

Como ya hemos visto, estos conflictos mentales son en verdad cosa de atender, sin embargo, tenemos que tratar de tener claridad sobre las causas. Anteriormente vimos que, de un modo u otro, todo se centra en nosotros. Pero, ¿y si agregamos a otra persona en nuestra ecuación? ¡Hablamos del mundo del deber ser! Ese famosísimo mundo es uno que más malestar genera en nosotros, no sólo por las exigentes demandas de los demás hacia nosotros, sino por nuestra intransigente terquedad de cumplir con todos. Sabemos que estamos siempre ante la falta, es decir, estamos siempre ante un estado de insatisfacción y eso nos provoca que hagamos algo para tratar de que no sea así (suerte con ello). ¿Y el deber ser no es acaso una falta todavía más notoria? Claro que sí, porque debemos cumplir con las cosas que los demás esperan de nosotros, o al menos eso es lo que la cultura nos ha enseñando (impuesto).

Si ya de por sí tenemos este delirante comportamiento obsesivo sobre las cosas que vivimos y las que ni siquiera han pasado, esto de agregar al otro a nuestra agenda diaria es tremendo. Pero, ¿estamos libres de ello? Desde que formamos parte de una familia, de un grupo de amigos, de una sociedad, lamentablemente no. Estamos «condenados a ello». Sin embargo, hay de condenas a condenas.

Ansiosa ansiedad

Pero, ¿por qué es que ahora sentimos la ansiedad tan fuerte? Primero, porque estamos encerrados. Tal cual. De hecho me parece interesante cómo muchas personas han aprovechado lo que estamos viviendo para hacer comparaciones con los animales en los zoológicos y de su triste cautiverio: «Si así te sientes ahora, imagina cómo se sienten los animales en sus jaulas». Y sí, es una buena comparación. Estamos en demasía ansiosos porque no podemos salir, porque nuestras actividades se ven reducidas a un espacio cerrado o limitado, nuestra convivencia también se ha visto afectada y reducida a unos pocos (si es que a ninguno). Ya no hay distractores, ya no hay nada que nos haga pensar en otras cosas, que nos haga divertirnos o dejar atrás un poco al menos nuestras preocupaciones.

La realidad es que el encierro en casas o departamentos no es el problema, sino que estamos encerrados con nosotros mismos y lo que estamos viviendo no es más que la proyección de nuestra vida interior al 100%. Si la ansiedad está desatada, ¿qué tantas cosas tenemos dentro que se presentan como auténticos demonios?

¿Me dices que no estás ansioso? Ok, ¿me podrías decir por qué ahora sufres de insomnio constante y terminas durmiéndote después de las 2 de la madrugada? ¿Por qué esa necesidad tan «optimista» de hacer algo «productivo»? ¿Por qué esa tendencia a compartir absolutamente todo lo que haces en tu día en redes sociales? Vamos dejándolo ahí, ¿te parece?

1583142327_324441_1583142752_noticia_normal_recorte1

¿Qué hacer?

Definitivamente hay que hablarlo, hay que ponerlo en palabras. Lo más recomendable es buscar el apoyo de profesionales. Primero me atrevería a sugerir que fueran con algún psiquiatra, mismo que podrá dar un diagnóstico apropiado de la situación de cada uno de ustedes y darles, quizá, un apoyo farmacológico temporal. Pero, la otra parte de esta moneda es ir a terapia o a psicoanálisis. Pues esto debe ser en verdad trabajado, porque si no, sólo iremos arrastrando cada vez más nuestros problemas, traumas y malestar.

Hoy por hoy, muchos especialistas en salud mental están ofreciendo sus servicios en línea, situación que no a muchos les gusta, pero que como dice la sabiduría popular mexicana: «es lo que hay». Por lo pronto es una sugerencia, pero sí hay que hacer algo al respecto, es por nuestro propio bien y el de la gente que nos rodea. Evitemos problemas más graves.

¡Quédate en casa!

«Ama tu soledad y soporta el sufrimiento que te causa»

-Rainer Maria Rilke

Queridos(as) lectores(as):

Independientemente del país desde donde lean estas letras, quisiera decirles que muchas veces una advertencia puede resultarnos absurda; en ocasiones risible, en otras increíble, sin embargo, lo cierto es que estamos en un momento donde el ser humano está siendo puesto a prueba. Hoy no existen fronteras, el daño está hecho y este enemigo no hace distinción alguna. No es un mal de ricos, ni de pobres, a ambos los tiene en la mira. Pero si existe algo más infeccioso y peligroso es la mala intención de algunos entes, sobre todo políticos, que se burlan abiertamente de algo como esto y pretenden jugar con el sentido común de los menos informados.

geriatricarea-Covid19-coronavirus

¡Quédate en casa!, es el grito de guerra. Pero, ¿a quiénes va dirigido? Ya lo había comentado anteriormente, definitivamente hablamos de una realidad que es privilegio de clases, no todos pueden, no todos deben. Hay quienes tienen que salir porque no tienen para darse el lujo de quedarse en casa. Se vive al día, el dinero se gana en el momento. ¿En qué momento podremos caer en cuenta que, como sociedad y gobierno, estamos rebasados por las injusticias, por los abusos y por el egoísmo de los que ejercen el poder sin moral, sin ética? Pero bueno, eso se lo tenemos que dejar (¡exigir!) a los responsables.

El desafío de una cuarentena

Hace unos días que varias personas nos hemos tenido que poner en cuarentena. En mi particular caso porque vivo con mi papá y con una tía, quienes son adultos mayores y están dentro del rango de las personas más vulnerables respecto al COVID-19. Y así como en mi caso, hay miles en el mundo. Para muchos puede suponer un desafío, para otros quizá algo normal, pero lo que nos está quedando claro es que muchos no saben qué hacer en casa. Además del home office, de los estudios, es preocupante ver que la gente se «ha olvidado» de lo que implica estar en casa.

¿Recuerdan que hace tiempo comentaba sobre el gran error de darle a los más pequeños el acceso a aparatos tecnológicos, tales como celulares, tablets y hasta videojuegos? Les decía que al darles eso, no se les ayuda a generar resistencia a la frustración, ya que sus respuestas son a través de estímulos inmediatos y la demanda de satisfacción es cada vez mayor y selectiva. ¿Dónde queda el espacio para la fantasía y la imaginación? Es decir, ¿por qué no se les permite ser niños? ¿Por qué en vez del celular no se les da acceso al mundo fantástico del juego y de la inventiva? La creatividad de los niños no debe ser mermada por algo que ya está dado, por algo que ya está hecho.

jugar-y-compartir-tiempo-en-familia-foto-freepik

En el caso de adolescentes y adultos, tenemos el mismo problema pero un poco más avanzado: Facebook, Instagram, Twitter, Whatsapp… Tenemos claro que las redes sociales acercan a las personas que están lejos, pero que alejan a los que están cerca. Por poner un ejemplo: mi amigo Gerardo (34) me platicaba hace unos días que estaba «desesperado», porque en su casa no podía estar en contacto con nadie. No, él no está en aislamiento por el coronavirus ni nadie de su familia, pero lo que sucede es que todos están, cada uno en su cuarto, en su mundo, sin despegarse del celular ni un segundo.

¿Qué está sucediendo?

No, las redes sociales no son el problema

Tenemos que ser claros en esto: el verdadero problema es el uso que le estamos dando. Es decir, ya existe cierta ansiedad y miedo por la situación actual, ¿de qué nos ayuda meternos a las redes sociales para ver, una y otra vez, imágenes, audios, videos, memes, gifs, etc., sobre el COVID-19? Ciertamente, el contenido cómico que podemos encontrar son modos de defensa ante la inseguridad que experimentamos. La cuestión psicológica está igualmente comprometida, y me atrevería a pensar que incluso más. Pero, sucede que el chiste termina por cansar, termina por consumir. Es una descarga constante de lo mismo y no hay un respiro sobre lo que estamos viviendo. Es como si le abriéramos la puerta al problema para que venga a convivir directamente con nosotros.

shutterstock-175661117_11068066_20181228220118

Tengamos en mente esto: las redes sociales ayudan a difundir información sobre la situación mundial, pero lamentablemente también participa en la difusión de desinformación mal intencionada (o no) por parte de las personas que menos deberían hablar sobre el tema. Pensemos en Whatsapp: ¿han recibido en estos días audios de «importantes médicos y especialistas» que hablan sobre cosas terribles que están sucediendo y de cómo vamos a ir de mal en peor? Seguro que sí, y hasta puedo apostar que han recibido audios que se contradicen entre sí. ¿Qué necesidad hay de creer en todo eso? Es decir, ¿nos consta, podemos averiguar, que esas personas en verdad son lo que dicen ser o, al menos, que existen?

¿De qué sirve vivir en la época de la información si no sabemos buscarla de manera correcta? Es decir, si quisiéramos informarnos del tema del COVID-19, ¿dónde lo podríamos hacer? ¿Acaso en la página de la OMS sería buena idea? ¿O mejor esperamos a que la tía Abigail nos mande una imagen con un Piolín deseándonos buenas vibras con un enlace hacia una página que lo primero que diga al abrirla sea «COVID-19, Nostradamus tenía razón, 10 pasos para sobrevivir»? Perdón, pero no jodan.

De vuelta a casa: ¿qué hacer?

Ya les había mencionado que la cuestión de salud mental está muy comprometida ante los que tenemos que estar en cuarentena. Lo que empieza para unos como «qué bien, qué rico es no tener que ir al trabajo o la escuela», poco a poco se vuelve un tedioso malestar. La idea es ocuparse, tener cosas que hacer, y vaya que hay mucho que hacer además de ver series y películas mientras estamos acostados y comiendo (recuerden, no es hambre, es ansiedad).

Algunas ideas:

-Hacer ejercicio.

-Hacer el quehacer del hogar.

-Actividades recreativas con los que están con nosotros.

-Leer.

-Escribir.

-Jugar (videojuegos son sanos, pero hay que saber poner horarios, PARA TODOS).

-Etc.

videollamadas-10-personas-españa-covid-19

Sin embargo, también hay que tener en cuenta lo que estamos viendo. ¿Acaso no creen que no les genera mayor ansiedad e incluso mayor depresión ver series o películas tristes o de miedo? El inconsciente puede llegar a ser en verdad nuestro peor enemigo. Debo decir que me da risa cuando ante la presente realidad haya quienes se deciden por ver películas sobre pandemias, exterminio, fines apocalípticos, etc. ¿Como para qué?

El contenido debe ser algo más agradable, cómico incluso. Hay muchas opciones. Pero otra cosa que no debemos olvidar es la socialización con los que no están ahí con nosotros: aprovechemos plataformas como Hangouts, Skype, WhatsApp (videolllamadas), Zoom, etc., para poder estar en contacto. Anímense a tomarse un «café digital». Pero sobre todo, si conocen personas que padecen ansiedad, depresión, traumas o cualquier padecimiento mental, no los dejen solos. En verdad los necesitan. En verdad los necesitamos.

Les mando un fuerte abrazo y quedo al pendiente de sus mensajes.

Saludos.

Netflix… ése no es Freud

freud-de-netflix-todos-los-detalles-de-la-nueva-serie-2-1024x532

Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, les deseo que esto que estamos viviendo a nivel mundial del COVID-19 sea algo que pase lo más pronto posible y que todos ustedes y sus seres queridos logren salir avantes.

Ahora que el tema de la cuarentena ha obligado a muchos a quedarse en casa (entendiendo que es una cuestión de privilegio en tanto que no todos, desgraciadamente, se pueden dar el lujo de hacer lo que conocemos como home office), seguramente muchos están accediendo a las plataformas de streaming para poder tener algo más que ver aparte del trabajo y del estudio. Sin duda alguna, una de las más famosas es Netflix, donde podemos encontrar series y películas en verdad entretenidas.

Ahora bien, hace unos días se estrenó a nivel internacional la serie Freud, misma que «habla» sobre el famoso padre del psicoanálisis. Y pongo entre comillas el habla porque realmente no lo hace.

¿Quién es en realidad?

Primero antes que nada tenemos que entender esto: NO TIENE NADA QUE VER CON FREUD. Lejos de las traducciones al castellano de la terminología freudiana (misma que por ahí leí en Facebook que se asemeja a la «equivocación de Ballesteros»), tenemos que en verdad tener un poco de cultura general sobre Sigmund Freud y el psicoanálisis antes de aventurarnos a ver una serie de este tipo. Ya de por sí la idea que se tiene de nuestro autor y de su descubrimiento permanece dentro del oscurantismo cultural, series como ésta lo único que hacen es desvirtuar más y más las cosas como son.

freud-netflix-1904391

Poner a Freud como una persona desesperada por «hacer lo que sea» para lograr sobresalir dentro de la comunidad médica vienesa es en sí un grave error. Ciertamente tuvo muchas críticas en aquellos años, sin embargo, Freud fue creciendo en reputación por sus aportaciones y escritos. Además, sí, él tuvo un periodo muy cercano a la cocaína pues la veía como un excelente anestésico para la operación ocular, sin embargo, él perdió su apego a la misma después de que un querido amigo y colega suyo se volviera adicto y perdiera la vida. También se nos presenta como un psiquiatra, cuando en realidad fue neurólogo.

Historia, brujería y rellenos innecesarios

He de confesar que ya sabía que esta serie se iba a tratar de una puntada más por querer ganar dinero aprovechándose de la ingenuidad o ignorancia de las personas. Desde que anunciaron de qué iba a tratarse, el hecho de que dijeran que «Freud trabajará con un detective y con una médium para resolver casos»… ¡Era demasiado! Sin embargo, me animé a verla para poder comentarla. Y lo cierto es que no me gustó, ni siquiera para recomendarla cuando no hay nada más que ver.

Freud

Si no la han visto y tienen pensado hacerlo, adelante, pero no me detendré en spoilear la historia que se nos narra. Como ya había dicho antes, se nos presenta a un joven Freud (Robert Finster) que se ve envuelto en una terrible presión por querer destacar; hace que la ama de llaves actúe como si él la hubiera logrado hipnotizar y sacar el subconsciente (¡subconsciente! ¡No! ¡INCONSCIENTE!) para poder dar con traumas de ella. Después nos encontramos a Fleur Salomé (Ella Rumpf), una médium al servicio/esclava de Viktor (Phillipp Hochmaier) y Sophia (Anja Kling), nobles húngaros de la casa Szápáry, quienes están relacionados con una serie de crímenes en el Imperio Austro-Húngaro, crímenes que están bajo investigación del detective Alfred Kiss (Georg Friedrich).

Como verán, vaya que le metieron ideas (y quién sabe qué más) al desarrollo de esta trama. Antes de que se me olvide, sí hay cosas que se han escrito o llevado al cine y a la televisión respecto al Dr. Sigmund Freud, tales como Elemental, Dr. Freud (The Seven-Per-Cent Solution: Being a Reprint from the Reminiscences of John H. Watson, M.D., 1974), de Nicholas Meyer, El día que Nietzsche lloró (When Nietzsche Wept, 1992), de Irvin D. Yalom o Pasión Secreta (Freud: The Secret Passion, 1962), película dirigida por John Huston y cuyo guión fue escrito en su mayoría, a regañadientes, por Jean-Paul Sartre, entre otras más…

¿Entonces, qué podemos ver?

Para los que están interesados en la vida y obra de Sigmund Freud, vaya que tienen mucho que ver, pero sobre todo leer. Tenemos grandes biografías de las cuales echar mano, por ejemplo las escritas por Ernst Jones, Peter Gay, Élisabeth Roudinesco, etc. Pero, si lo que ustedes quieren es algo más visual, por aquello de que «no les gusta leer», les recomiendo lo siguiente:

«Análisis de la mente» (documental, aunque con una que otra reserva): https://www.youtube.com/watch?v=tQ0Koa3vvPU&t=19s

«Freud» (serie de la BBC de 1984): https://www.youtube.com/watch?v=ogG1vCxENdY&list=PL0679IGx8w0gdU-PB2vB1qVMHw7SyrR9Z

En fin, hay mucho material…

 

Un lugar para la felicidad

Queridos(as) lectores(as):

¿Dónde podremos encontrar un poquito de felicidad? Creo que es la pregunta que todos nos hemos llegado a hacer, porque al final de cuentas en el mismo camino andamos. Pensar que la felicidad es algo que se obtiene para nunca perderla es como pensar que se respira una sola vez en toda la vida. No, no es así, la felicidad no es sino un instante, un desgarre en la eternidad, es un momento, mas no un absoluto. Cuando hablamos de felicidad, debemos tener por seguro que hablamos, para seguir haciéndolo así, desde la falta. En otras palabras: buscamos tener lo que estamos destinados a seguir buscando.

Puede que me digan que hay quienes «parecen» ser felices. No confundamos la alegría con la felicidad. Muy útil para poder hacer esta diferencia, o al menos intentar tenerlo un poco más claro, podría resultarnos lo que el filósofo danés, S. Kierkegaard aporta: lo estético apunta hacia lo temporal, lo ético hacia la eternidad. ¿Cómo? Vamos por partes. En primer lugar, recordemos que este autor es profundamente cristiano, por lo que es de suponer que ponga como punto de referencia a Dios como «la felicidad», lo absoluto. En la creencia cristiana se apuntala hacia Dios como lo máximo. Es un tema de realización a nivel personal del creyente. Pero vamos a alejarnos un poco de la cuestión religiosa.

¿La felicidad es un sentimiento?

Una pregunta que sin lugar a dudas nos llevaría a tener muchos debates interminables. Pero pensemos lo siguiente: ¿qué necesidad existe para limitarla a los sentimientos? Pongamos un ejemplo: ¿se puede ser feliz cuando tenemos el ánimo decaído? Suena extraña la pregunta, hasta contradictoria, pero es importante hacerla porque no debemos olvidar al inconsciente bajo ninguna circunstancia. La felicidad la podemos ver como una actitud, misma que desarrollamos de manera consciente. Esto, entonces, nos hace pensar sobre la manera en la que abordamos la vida. ¿Cómo vivo? ¿Por qué vivo así? ¿Estoy bien o estoy mal? ¿Según qué, quién o quienes?

Hablo del tema de la actitud porque es la manera serena y realista con la que debemos ir ante la vida. Una pregunta más: ¿puedo ser feliz, disfrutar de mi vida, cuando sé que un buen amigo está pasando por el peor momento de su vida? Sí, por supuesto que sí. Claro, estaríamos preocupados y quizá hasta tristes por la lamentable situación que atraviesa esa persona, pero su dolor no es el nuestro, son dos cosas muy distintas. ¿Qué hacer? Seguir con nuestra vida, ayudarle si podemos. Pero no más. Nuestra felicidad no puede depender del otro, pero sí se puede ver afectada. Por ello es que hay que tener cuidado, diferenciar lo que nos pasa a lo que nos conmueve. Se llama empatía.

Tener un propósito

Hace unos días, revisaba con mis alumnos de preparatoria los aportes que hizo el psiquiatra y filósofo vienés, Viktor Frankl (1905-1997), padre la tercera escuela de psicoterapia, conocida como logoterapia. Gracias a su célebre libro, El hombre en busca de sentido (1946), tenemos una reflexión profunda de un sobreviviente de los Campos de Concentración durante el régimen nazi en Europa. ¿Cómo alguien que vivió aquellos horrores podría seguir viviendo? ¿Cómo saber qué pasará después? A lo largo del libro, Frankl comparte vivencias y nos muestra el lado más humano de las personas.

El hombre es un ser que puede acostumbrarse a cualquier cosa.

-Fiodr Dostoyevski

Pero quisiera centrarme en lo que él propone: tener un propósito en la vida claro. Conocer el propósito de nuestras vidas nos brinda el «para qué» para poder lidiar con los «cómos» que vamos enfrentando a diario. Tendríamos que tener en cuenta que el sentido de la vida, como tal, por sí mismo, no existe, el ser humano es quien va dándole un sentido a cada momento, de ahí la importancia del propósito, ya que sin importar las circunstancias, eso nos permitirá seguir adelante. Para Frankl su propósito era ayudar a las personas, él sabía y comprendía que eso le permitiría continuar. Ahora bien, una pregunta más: ¿no será que la felicidad se encuentra escondida en ese propósito? Cuando alguien se centra en ello, a pesar del dolor, las penas, las tristezas y las preocupaciones, la mente encuentra una distracción que le brinda el placer y la satisfacción necesaria para sentirse bien. Pero, cuidado, volvemos al señalamiento previo: no confundamos instante con eternidad.

Saber ser vulnerables

Uno de los grandes problemas que enfrentamos hoy en día es la expectativa que nos impone una sociedad cada vez más deshumanizada. Las personas pasamos a ser cifras, mismas que se suman o se restan y nada más. ¿Dónde queda espacio para poder disfrutar de nuestra humanidad? Es decir, ¿qué acaso somos piedras que no sienten? Las exigencias sociales se traducen como «sé hombre», «no llores», «sonríe», «no pasada nada», «eso no es nada» y la peor de todas: «échale ganas». Ahí está el resultado de la frialdad y de la falta de empatía.

Pero no es necesario ser así. La vida es sencilla, el ser humano es el que la hace compleja. El poder ser vulnerables nos desnuda como lo que somos: seres humanos, seres relacionales. ¿Por qué está mal decir que nos sentimos tristes, molestos, cansados o incluso con miedo? Tendríamos que ser sinceros al respecto y dejar que el otro nos ayude. A veces, cuando ayudamos a otros, nos ayudamos a nosotros también.

En México tenemos la que algunos dicen es la palabra más bonita del castellano: apapachar. ¿Pero qué significa? Más que significar, adquiere todo el valor de la misma expresión, del deseo de ir hacia el otro. Sin embargo, no es como tal una palabra castellana, no, su origen es náhuatl y fue incorporada al idioma. Revisemos su etimología:

Patzoa: se traduce como apretar o, incluso, apachurrar.

Pero para poder dar el paso al «apapacho», tenemos que duplicar la primera sílaba, dándonos «papatzoa». Así, entendemos que se trata de una caricia que se le da a los niños, «que toca el corazón y el alma». Podemos verlo como una muestra de protección, cariño, cuidado y, por supuesto, amor. «Estoy contigo, yo te cuido, yo te quiero, yo te amo». Y fuera de ese abrazo, todo puede pasar, pero nada a nosotros. Sin embargo, hablamos de un suceso metafísico, pues el apapacho es una caricia, un mimo, un gesto tierno y cariñoso que da consuelo al alma.

Quién sabe, pero al menos los mexicanos podemos atrevernos a decir que el apapacho es ese instante, esa actitud, ese encuentro, donde la felicidad nos abraza, nos reconforta, nos reanima… nos hace ser agradecidos y continuar nuestro camino.

¡Un apapacho para cada uno de ustedes!

 

Una cultura cruel

«Casi todo lo que nosotros denominamos ‘cultura superior’ se basa en la espirutualización y profundización de la crueldad… La crueldad es lo que constituye la dolorosa voluptuosidad de la tragedia»

-Friedrich Nietzsche

Queridos(as) lectores(as):

No tenía pensado escribir algo esta semana, pero hoy, 10 de enero de 2020, en México nos sacudió desde temprano la terrible noticia de un crimen cometido en una escuela en la ciudad de Torreón: un menor de edad llevó un arma de fuego a la escuela, le dio muerte a su maestra, al parecer hirió a otro profesor y a un compañero, para finalizar quitándose la vida.

Pero, ¿qué sucede? ¿Qué estamos haciendo como sociedad? Tenemos que ser claros en algo: la violencia es parte fundante de la sociedad, es parte de la cultura, nos guste o no. Sin embargo, hoy en día padecemos una fuerte falta de empatía, un profundo desinterés e indiferencia. El individualismo, propiciado por las ideas posmodernas, sólo degenera en noticias dolorosas, unas tras otras.

Culpas y más culpas

Lo que me llama la atención de este caso, es la respuesta que dio el representante político de aquella entidad sobre la «causa» de dicha tragedia: la culpa es de los videojuegos. Evidentemente hubo reacción por parte de la comunidad de gamers pues tachaban de absurda dicha declaración. Sin embargo, tenemos que ser críticos en una realidad que parece hemos ignorado y cuyos resultados los estamos viendo: los videojuegos, TODOS, gozan de una categoría que nos dice sobre la recomendación de edad para jugarlos. Y lo cierto es que a muchos no les importa.

El contenido, no sólo de los videojuegos, sino también de programas de televisión (medio de difusión masiva tradicional), llega a ser en suma violento. ¿Quién pone límites en una sociedad atontada por ideales absurdos y estúpidos como «no les digas nada»? La falta de límites, de educación, de respeto, desencadena eventos tristes y profundamente dolorosos. Pero… NO PASA NADA.

¿Y los padres?

Hace tiempo compartí en esta página un texto donde precisamente hacía esa pregunta. ¿Dónde están los padres RESPONSABLES de sus hijos? Qué fácil es «dar lo que no tuve». Qué difícil es aceptar las consecuencias. El control parental debe perdurar. Debe haber una parte que se preocupe por transmitir la responsabilidad de los actos. No necesitamos padres de familia blandengues y permisivos a todas las conductas y actitudes de sus hijos.

Volviendo al niño que cometió los crímenes de hoy: ¿por qué tenía un arma? ¿Por qué tenía acceso a la misma? En Estados Unidos se ha vuelto una tenebrosa tendencia el enterarnos de noticias sobre balaceras en centros educativos. Y con todo, ni el gobierno del supuesto «mejor país del mundo» ha hecho algo. Ignorar la naturaleza humana es en sumo peligroso. ¿Qué sucede? Tiene que ver mucho con la deshumanización de la vida misma: hablamos de cifras, no de personas. Unos más, unos menos. Sumar y restar. La relativización de la existencia es el cáncer de nuestros días.

Contenido y censura

Hace tiempo, platicaba con una amiga sobre lo impactada que está respecto a la forma en la que otros padres «educan» a sus hijos. Ella me comentaba que ha escuchado que algunos padres «hablan de todo» con sus hijos. ¿Acaso ignoran realmente que NO SE TIENE QUE HABLAR DE TODO CON SUS HIJOS? Insisto: vivimos en una época donde los contenidos son en verdad muy fuertes y se les ofrecen a personas sin criterio, sin capacidad reflexiva que regulen o censuren el acceso por parte de los menores. El ser papás cool para «garantizar» el respeto de los hijos lo que realmente ocasiona es que se les pierda el respeto y, por tanto, por las demás figuras de autoridad en nuestra sociedad.

«Total, si en casa no me dicen nada, pues afuera tampoco». Y en ese «no decir nada», hay de fondo un «no existo, no importo, no intereso». ¿En verdad eso quieren para sus hijos? Nos estremece y daña seriamente como sociedad éste y demás casos donde la violencia se normativiza. Pero es ridículo, al final de cuentas, porque lo que nos aterroriza en las calles, lo vemos con fascinación en otros medios. Por poner un ejemplo: ¿recuerdan sus fiestas de cumpleaños? ¿Recuerdan que muchas veces eran temáticas? Los niños querían ser superhéroes, personajes de caricaturas y de cuentos infantiles. ¿Qué sucedió, entonces, que hay fiestas donde a los niños los disfrazan con el estereotipo del narco mexicano? «Qué lindo, se ve bien bonito(a)…».

Cuánta falta de amor, atención, empatía, cuidado, hay en esta cultura cruel.