Llamado al corazón

Queridos(as) lectores(as):

Como ya es costumbre, espero que estén bien y con salud. No hay que bajar la guardia ante esta pandemia, pero no olvidemos que existen otras que todavía, a estas alturas, no hemos podido eliminar.

Justo el día de ayer compartí en mis redes sociales una breve reflexión sobre la importancia de saber respetar a quienes padecen de cuestiones mentales (estrés, ansiedad, depresión, etc.) y que no los abordemos con cosas tales como «no es para tanto», «no sufras nada más por sufrir», etc. En verdad no seremos nunca capaces de dimensionar lo que están pasando en su ya de por sí conflictivo estado. Es por eso que quiero compartir con ustedes en este encuentro un llamado al corazón.

No te entiendo, pero quiero intentarlo

¿Qué sucede cuando estamos padeciendo una enfermedad física? Dependiendo, claro está, de qué enfermedad se trate, pero siempre será una experiencia incómoda y que nos limita en demasiados aspectos. Se incrementa nuestra vulnerabilidad y quisiéramos, muchas veces, que nos trataran con más amor y con mayor entendimiento. Bien dice el dicho popular «no sabe cuánto pesa el costal sino el que lo carga», ya que en verdad nunca podremos entender al otro, sólo podemos tener una idea (quizá vaga) de lo que está pasando.

Recuerdo al querido Horacio Etchegoyen que en una parte de su maravilloso libro, Fundamentos de la técnica psicoanalítica, hablaba sobre la importancia de la empatía, pero no sólo deberíamos pensarlo en la figura del psicoanalista, sino en general. Entendamos que todos somos partícipes de la misma realidad, pero que la manera en la que la percibimos es muy distinta. Por poner un ejemplo clásico: el duelo nunca será vivido de la misma manera sin importar la cercanía familiar o de amistad. Eso se debe, en buena medida, a la carga afectiva que depositamos en la persona y/u objeto.

Es por eso que quienes padecen algo de índole mental tienen una complejidad aún mayor por tratar. La mejor manera de comenzar a acercarnos a ayudar a quienes sabemos que están lidiando con eso, no es otra sino «no puedo imaginar cómo te sientes, pero aquí estoy para escucharte», y nada más. Hay que tener presente que nuestra opinión no es algo que importe en ese momento, hay que dejar que la persona hable para que empiece a aligerar la tremenda carga que trae encima. Recordemos: la cura comienza por la palabra.

Nos hace falta ternura

Nuestra condición humana es conflictiva, pero a pesar de ello, nadie niega que las muestras de amor son las que más se esperan. En el encuentro pasado, hablábamos sobre el mensaje que estamos esperando que llegue, pero también faltó comentar que hay cosas que, sin importar de quién vengan, son y serán bien recibidas (aunque no lo expresamos). Toda muestra de afecto nos ayuda a «seguir adelante», en primer lugar porque nos demuestran que estamos aquí y que somos tomados en cuenta, que importamos, y en segundo lugar, porque nos permite luchar con los escenarios y guiones oscuros que en nuestra mente muchas veces nos inventamos, más en tiempos de desolación.

Hace unos días, salí de mi casa y me encontré un graffiti, mismo que me pareció muy bello por el tremendo significado: «Que la tristeza encuentre ternura». Hoy más que nunca debemos entender y aceptar que TODOS la estamos pasando mal de un modo u otro, que lo que más necesitamos es justo poder ser consolados. ¿De qué manera? Son incontables las maneras en las que podemos consolar, y sobre todo hacer sentir queridas a las personas. La importancia de los detalles, sin importar qué tan pequeños o grandes sean, genera un verdadero consuelo para el corazón. Por eso es que es importante que no tengamos miedo de expresar la ternura que podemos llegar a sentir por aquellos que se sienten abrumados. Un amigo sacerdote jesuita siempre dice «prefiero compartir un buen vino con alguien que se siente solo, a degustar un buen vino solo».

La importancia de un experto

Ahora bien, tampoco debemos descuidar el hecho de que hay cosas que por mucho que podamos escuchar de un ser querido, no somos la mejor opción para ayudarle al 100%. Es decir, hay cosas que se deben trabajar y sólo puede ser con un profesional de la salud mental: un psicoanalista, un psicólogo, un psiquiatra. Muchas veces, hace falta no sólo una psicoterapia, sino el apoyo de algún fármaco que nos ayude a ir tratando nuestros malestares. Por mucho amor que haya de por medio en la escucha que brindemos a nuestros seres queridos, siempre hará falta una escucha que pueda ser objetiva y neutral.

Sin más, me despido por ahora. Y quedo al servicio de ustedes por cualquier duda que pudieran tener.

¡No estamos solos en esto!

La ausencia de mí

Queridos(as) lectores(as):

Espero que estén bien y con buena salud. Hay que seguir teniendo precauciones y cumpliendo con las recomendaciones para evitar contagios. Si no hay necesidad de salir, #QuédenseEnCasa.

Cierto es que el tema del que hablaremos en este encuentro no es nuevo, pero es un hecho que se ha intensificado. ¿Les suena algo como «es que nadie me busca»? Hoy en día parece que es una realidad que pesa, y duele, más. Pero, ¿exactamente quién es ese «nadie»? Es importante que comencemos con ese cuestionamiento, ya que igual pasa con el «nada», el «nadie» es algo que resulta muy revelador.

Es un hecho que nos referimos a una persona en específico, porque también es imposible que suceda que, en efecto, nadie nos busque. Siempre somos pensados por alguien (eso incluye a quienes llaman para cobrar alguna deuda institucional), pero no significa que seamos pensados ni hablados por quienes quisiéramos que lo hicieran. Hay una exigencia, una demanda, que es silenciosa; exigencia que va de la mano con la carga afectiva que hemos puesto en determinadas personas.

El mensaje esperado

Pondré un ejemplo: a Susana le hablan (o escriben) todos los días sus amigas, sus hermanos, sus papás y hasta sus tías (de esas que mandan Piolines con bendiciones). Pero está triste, incluso decepcionada, ya que el mensaje que espera tanto no llega. ¿Y de quién es? Pues se trata de aquella persona que tanto quiere y de quien tanto espera. Ciertamente hablamos de un asunto de expectativa que no necesariamente se asemeja a la experiencia de lo real. Puede tratarse del chico que le gusta, del novio, de su crush, no sabemos. Pero lo que sí sabemos es que no llega el mensaje, y eso mantiene a Susana en un momento de mucha infelicidad.

Sin embargo, ¿realmente es esa persona de la que depende la felicidad de Susana? No, no lo es. Lo que sucede, retomando el tema afectivo, es que para ella hay un círculo de personas que tienen un peso mayor en su día a día. Y dentro de esas personas, por supuesto que hablamos de niveles de importancia. No es que sea malagradecida con sus amigos, su familia y demás, sino que hay cosas que son especiales y que ocupan lugares privilegiados. Y el amor es una de ellas.

Aquello que nos falta

¿Qué es exactamente lo que estamos esperando leer? Un «te quiero», «cómo va tu día», «estoy pensando en ti», ¿qué es? La respuesta va ligada con nuestra falta. Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que los demás saben qué es aquello que tanto nos duele? Decía Jacques Lacan que el amor es «darle lo que no tengo a quien no es». Y de ahí nos podemos debatir por mucho tiempo con qué quiso decir al respecto, pero para no ser tan ortodoxos, plantemos lo siguiente: ofrecemos lo que quisiéramos recibir. Empecemos con eso.

He leído que muchos colegas psicoanalistas se avientan a «diagnosticar» sin reparo alguno a personas (espero no sea así con sus analizandos). Cosas tales como «es una persona neurótica obsesiva porque…», y termina siendo algo muy cuestionable, algo propio de un análisis salvaje y no ético. ¿Es que acaso está mal que las personas deseen? Por supuesto que no. Pero, ¿por qué hacer relucir el malestar que están pasando? Retomando el ejemplo de Susana, ella en un momento dice «es que quisiera que x persona me escribiera, para por lo menos saber que le importo». Hay una declaración en sumo interesante. Misma que, sin duda, TODOS podemos llegar a hacer en cualquier momento de nuestra vida.

Pero, ahora sí, caigamos en el «quien no es». Quizá nos vayamos por la sencilla respuesta de decir «es que no es la persona, sino la que creemos que es», y sí, pero me parece que esa persona no es necesariamente un tercero. Es decir, ese «quien no es» podría tratarse de uno mismo. Porque ese «te quiero» muchas veces pensamos que lo tenemos que escuchar, sentir, constatar viniendo de alguien más.

La ausencia de mí

¿Qué idea tenemos exactamente sobre nosotros mismos? En la Fenomenología del Espíritu, Hegel nos habla de la necesidad del sujeto de buscar el constante reconocimiento por parte del otro, pero que se olvida que el otro también está buscando un reconocimiento. Entender que el otro muchas veces somos nosotros mismos y la manera en la que nos proyectamos nos advierte de la manera en la que nos reconocemos a nosotros mismos, es un paso para poder asegurar nuestra falta y así no tener nada que ocultar.

Si quisiéramos no pasar por lo que la «pobre» Susana está pasando, tendríamos que preguntarnos qué tanto somos nosotros los que no nos estamos asegurando lo que tanto nos falta. De ahí no estaríamos pasando por aquello de «dar lo que no tenemos» por darlo. No sé, es apenas una invitación para la reflexión y en ningún momento pretende ser todo esto una sentencia absoluta, pero lo que sí tenemos que tener muy claro es que el estar ausentes en nuestra propia vida es justo lo que Kierkegaard advierte sobre la desesperación: morir sin morir. Y, también, quizá aquello que tanto nos falta es lo mismo que, ahora sí, al otro que es alguien más. Y el mensaje tampoco llega…

Me encantaría leer sus comentarios.

¡Pasen una excelente semana!

Esperanza: aquí seguimos

«El humor y la sabiduría son las grandes esperanzas de nuestra cultura»

-Konrad Lorenz

Queridos(as) lectores(as):

Vaya que han sido días difíciles en México, así como seguramente en todo el mundo. La tristeza, el dolor, la desesperación, los problemas económicos, el miedo y la amenaza constante del COVID-19 han mermado a muchos. Y no es para menos. Estamos en un momento histórico que me hace pensar en un escrito mío que publiqué hace tiempo: Los años tristes.

Dicho texto era un breve relato de un supuesto sobreviviente a un cataclismo social, pero que desgraciadamente no pude darle continuación. Recuerdo bien las palabras de dicho personaje que cerraban el relato: «Al final, sólo tenemos al mundo y el mundo nos tiene a nosotros». Para algunos podría ser algo negativo ante la evidencia de lo que el ser humano es capaz de hacer, pero también puede ser algo esperanzador, por lo mismo. Creo que en estos momentos, en este tiempo triste, es cuando debemos recuperar la esperanza. Ciertamente estamos más cerca de ver el final de esta pandemia de lo que estábamos hace un año, quizá no sea muy esperanzador para algunos, pero tengo que insistir en que es una realidad que nos debe dar coraje y valor en nuestro día a día.

Perder el miedo sería perder lo humano

No hay que dejarse llevar por aquello que dice «aprende a vivir sin miedo», porque no es algo tan fácil y más bien genera en nosotros un sentimiento de impotencia bastante desolador. Más bien lo que hay que hacer es reconocer y aceptar el miedo que tenemos, compartirlo, no dejarlo sin expresar. Hay quienes se niegan a eso, pues piensan que serán contestados con cosas que pretenderán hacer menos su sensación, sin embargo, debo insistir que lo hagan: reconocer nuestro miedo es no tener nada que ocultar. El ser humano es un ser expresivo, sólo que cada uno de nosotros lo hacemos de maneras muy distintas, es por ello que los invitaba hace unas entradas a recuperar esa capacidad creativa y abrirse paso.

¿Por qué tenemos miedo? Porque somos humanos, y estamos vulnerables ante lo desconocido. Es perfectamente natural. Ciertamente hay quienes luchan contra el miedo y tienen «más victorias» sobre él, pero hay quienes se paralizan y ven afectado todo lo demás que hacen. ¿Conoces a alguien con miedo? San Juan XXIII gustaba compartir que «siempre tenemos que tener una palabra tierna para todo aquel que nos busque desesperados». El amor, la empatía y la comprensión son las mejores herramientas para comenzar nuestra búsqueda de la esperanza.

Donde no hay, seamos como el Quijote

Quiero compartirles un fragmento de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605):

«Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el bien y el mal sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca». (Primera parte, Capítulo XVIII)

¿Por qué ser como don Quijote? ¿Cómo podemos ser como aquel loco que vive atrapado en un mundo que no le entiende? Perdón, ¿pero es que alguien realmente nos entiende? La figura del Quijote es un aire fresco hacia la oportunidad de «cometer la locura» de ser nosotros mismos; quitarnos la máscara de «bienestar» y demostrar el rostro que está adornado por lágrimas de tristeza, labios secos, ojos de insomnio y demás. ¿Quién dijo que siempre hay que estar bien? Lo primero que hay que hacer es combatir contra la infamia de ser todo aquello que no somos y que no estamos dispuestos a ser para recibir el reconocimiento y aceptación de los demás. ¡Quien se niega a sí mismo es incapaz de pedir un día de paz!

Ser como el Quijote implica motivar al otro, ser esperanza, ser caridad, ser el caballero andante que viene al rescate de la cordura a partir de su propia locura. La esperanza en este tiempo parece muy lejana, pero está más cerca de lo que creemos: está en la música alegre, en las charlas amenas y divertidas, en la risa de los niños, en una buena lectura, en una serie divertida, está en el momento en el que los corazones se abren de par en par para aceptar cada palpitar y asumirlo como propio. Ser la esperanza de los demás empieza por sabernos a la espera de la misma en nuestra vida.

Después de las tinieblas, espero la luz

Sé que no es fácil, pero tenemos que esforzarnos. La esperanza al final de cuentas es base de muchas historias increíbles. Por poner un ejemplo, quisiera compartirles una anécdota que habla sobre una vez que uno de los generales y amigo cercano de Alejandro Magno, Pérdicas, le cuestionó: «Alejandro, haz conquistado todo a tu paso; haces ricos a tus generales y a tus soldados, pero no te llevas nada tú. ¿Con qué te quedas?». A lo que un pensativo Alejandro le contestó: «Con la esperanza».

No puede ni debe haber una historia que no sea escrita sin tener la esperanza como punto de partida. Es aliento de nuestros sueños, incubadora de nuestras metas, calidez en tiempos fríos, victoria tras la derrota. Y es cierto, en buena medida, que cuando brindamos esperanza a los demás, estamos haciendo más de lo que podemos imaginar. Una llamada, un mensaje, tantas cosas que podemos hacer por los demás, tantas cosas que podemos hacer por nosotros mismos.

Podremos ver las nubes de tormenta a lo lejos, pero podemos estar seguros que detrás de ellas, siempre habrá un resplandeciente sol. Y no somos nadie para negarle eso a ninguna persona, porque incluso los que están más enfermos, en el silencioso y doloroso latir de su corazón, existe una esperanza de que sus seres queridos no sufran más por ellos. Incluso en esos momentos tan difíciles, hay muestras de amor que son sencillas y que pasan casi desapercibidas.

La idea básica, después de este ameno encuentro, es ésta: alegremos los corazones tristes, que no sólo laten en nosotros, sino en el pecho de muchos amigos, familia, conocidos. Seamos esperanza, seamos amor, seamos coraje, seamos valor. La lucha sigue mientras los soldados sigamos en pie.

Los abrazo y deseo lo mejor para todos ustedes.

¿No es lo mismo? Psicoanálisis a distancia

Queridos(as) lectores(as):

Desde que comenzó la pandemia del COVID-19 a nivel mundial, muchos colegas y yo hemos tenido ciertas complicaciones a la hora de trasladar nuestra clínica al mundo digital. Ciertamente «no es lo mismo» una clínica presencial y otra digital. Hay varias cosas que complican lo que conocemos como transferencia (pero también la contratansferencia), sin embargo, debemos entender que «a situaciones extraordinarias, medidas extraordinarias». Y claro, no es sólo eso.

Un colega, el Dr. Ricardo Carlino, médico y psicoanalista miembro titular de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) y miembro de la International Psychoanalytical Association (IPA), escribió hace algunos años un libro titulado Psicoanálisis a distancia (2010), el cual cuenta con los pros y contras de nuestra práctica a distancia. En un momento, él habla del diálogo analítico, que reúne los componentes básicos del psicoanálisis clínico. Les comparto los mismos según él lo hace en su libro:

a. Verbal: palabras emitidas y enlazadas en una determinada sintaxis.

b. Paraverbal: entonación dada a las palabras.

c. Extraverbal: gesticulaciones, ademanes, conductas, risas, lágrimas, vestimenta y cualquier otra manifestación corporal que acompaña al discurso.

d. Cualidad transferencial configurada en la situación analítica: dependiente del signo de la transferencia <–> contratansferencia, del grado de resistencia y del adecuado trabajo interpretativo.

Ahora bien, algo que hay que resaltar es lo que se conoce como la sensación subjetiva, es decir, lo podemos traducir como «el estar ahí», lo físico, la posibilidad de contacto. La presencia del otro de frente, a un lado o atrás. Esto, evidentemente, resulta complicado sentirlo a la distancia. Sin embargo, sí se está ahí, porque el otro está presente, de un modo distante, pero lo está. Muchos aconsejan llevar el análisis en línea usando la cámara de la computadora o del celular, otros prefieren sólo tener apagada la cámara. Es una experiencia, justamente, subjetiva, pero hay que tener siempre en consideración la disposición tanto del analista como del analizando (paciente).

Durante mi formación como psicoanalista, un coordinador de seminario nos hablaba sobre la importancia de «aprender a escuchar con los otros órganos». El cuerpo habla, es un hecho innegable, lo que no se logra comunicar con la palabra encuentra la manera de expresarse con toda la realidad corporal.

Hace unos días, platicaba con un colega y me decía que había algo que ciertamente le incomodaba mucho en su clínica digital: el factor distracción. No sólo del paciente, sino también el suyo. Me parece que en la formación de compromiso que existe en la clínica presencial, hay algo que nos «obliga» a no perder la atención flotante, sin importar qué pase fuera del consultorio en plena sesión analítica. Pienso en que hay colegas que optan por ir al consultorio y atender a distancia desde ahí, y ciertamente eso puede favorecer el trabajo, pero hay quienes no pueden, y lo hacen desde sus hogares. Claro está que se busca un espacio indicado para ello, y es muy común que muchos psicoanalistas tengan un despacho o un cuarto de estudio que les sirve para ello. ¿Pero y los pacientes? Un colega compartía hace poco que uno de sus pacientes se tenía que ir a encerrar a su auto para poder tener su sesión, otro que incluso se iba a caminar tal y como si estuviera haciendo una llamada telefónica y otro, más asombroso, se subía a su motocicleta y se iba «a dar a vuelta» en plena sesión.

Para concluir este encuentro, quiero decir que definitivamente esto nos pone en una situación muy «nueva», mas no ajena a la experiencia posible. Pienso en muchos psicoanalistas que, mucho antes de la pandemia, ya tenían pacientes a distancia y que encontraron la manera de poder trabajar con ellos y les ha ido bien, sea lo que signifique eso y según quién. Pero como todo en la vida, la experiencia nos hace, así que no podemos cerrar las puertas a éste desafío y debemos comprometernos en ésta clínica digital. ¿Cuánto durará la pandemia? Caray, ojalá pudiéramos tener una respuesta, pero como dice una expresión muy mexicana, «es lo que hay, ni modo».

¿Nos queda de otra?

2021: perspectiva, expectativa, esperanza

Queridos(as) lectores(as):

Les deseo un Año Nuevo con salud, esperanza, amor y mayores logros en todos los aspectos de sus vidas. Lamento haber estado ausente por un buen tiempo, pero tuve a mi papá un poco delicado de salud y éste tiempo de pandemia no ha permitido que se faciliten las cosas. No fue por el COVID-19, aun así ustedes saben que llegando a cierta edad, la salud se vuelve más y más frágil. Pero ya estamos de vuelta y con mucho entusiasmo de seguir compartiendo.

Perspectiva

El mejor consejo que les puedo dar, así como se los doy a mis alumnos, es que toda palabra debe «descubrirse» desde su propia etimología. Por tanto, perspectiva viene del latín perspicere, es decir, «ver a través de». Esto, si lo orientamos hacia nuestras vidas, entendemos que es una manera de » ver a través de las cosas», pero ojo, ver lo que cada uno de nosotros ve. Si decimos que el 2020 fue un año terrible, tendríamos que ver a través de qué lo vemos así: salud, economía, distanciamiento social, relaciones, trabajo, etc.

Por eso es que tenemos que orientar nuestra perspectiva teniendo en cuenta lo perfectamente subjetiva que es. Cuando decimos que «acabó el año», hablamos desde la perspectiva del hecho de los 365 días que han pasado, sin embargo, ¿para cuántas personas su año acabó al cerrar sus ojos por última vez? Ahora bien, cuando nos preguntamos todos sobre la perspectiva que tenemos sobre el 2021, tendríamos que empezar por preguntarnos por la que cada uno de nosotros tenemos, porque cuando hacemos que la perspectiva sea general, podemos encontrar mucha frustración. ¿Qué pasa si no es como otros decían que iba a ser? Bien dice el dicho popular «sólo sabe cuánto pesa el costal el que lo carga», por lo que no podemos descuidar en ningún momento nuestra vida, singular y auténtica.

Para que podamos ver a través de algo, tenemos que tener presente siempre nuestra propia realidad, sin dejarnos llevar por el pesimismo o por el optimismo, mismos que son polos opuestos y que pueden ser tremendamente perjudiciales. Hay que mirar a través de lo que es, lo que está pasando, lo que estamos viviendo. Así podemos tener mayor claridad. Es como cuando tenemos un problema de visión: para poder solucionarlo, hay que usar lentes con la graduación apropiada para cada uno de nuestros ojos. Tendremos claridad, pero cuidado con dejarnos deslumbrar.

Expectativa

Bien, cumplamos la sugerencia en el subtema anterior: expectativa tiene dos componentes léxicos de origen latino, ex- (hacia fuera), spectare (contemplar). Ahora que estamos situados ante la incertidumbre (o que más bien estamos más conscientes sobre la misma), la expectativa es justo aquello que es más probable que pueda pasar. Y volvemos al tema de la probabilidad. La probabilidad siempre irá ligada con la realidad, aunque claro, goza de un factor optimista, pero también de uno pesimista. Porque todo aquello que pueda llegar a pasar, pasará. Más o menos es de lo que trata la famosa Ley de Murphy.

¿Qué expectativa tenemos para éste 2021? La misma que hemos tenido los años pasados, me parece: que sea menos peor que el anterior o, en su defecto, que sea mejor. Es una espera válida, y volvemos a la subjetividad. En entradas anteriores comentaba que cuando una persona dice que «la vida es buena/mala» es a partir de su propia experiencia, de lo que ha vivido, de lo que ha padecido. Pero eso no hace que sea una verdad general. La vida es y será siempre vida, no podemos ni debemos negar absolutamente nada de lo que acontece en ella.

Vuelvo a preguntar: ¿qué expectativa tenemos para éste 2021? Aquí es donde cada uno debe responder desde la posibilidad propia, desde lo que se puede, desde lo que se tiene. Todos quisiéramos contestar que puras cosas buenas, que pasarán cosas maravillosas como el fin del COVID-19, que ya no haya contagios ni muertes, etc. Pero eso no depende de nosotros, al menos sólo queda que seamos responsables y empáticos cumpliendo con las disposiciones. Por tal razón es que la expectativa no debe desbordarnos ante lo que no hay posibilidades factibles.

Esperanza

Seguramente les hice ruido cuando dije que la esperanza puede ser negativa. ¿Qué acaso los pesimistas no tienen la esperanza de que pasen puras cosas malas? La esperanza se manipula, sin embargo, es un hecho que la esperanza es un acto de fe y de un fuerte contenido optimista. Sperantia (en espera).

Todos y cada uno de nosotros esperamos cosas buenas, sí, sin duda. Pero tenemos miedo de esperar que ocurran malas. Hace unos días me llegó un meme que, para serles franco, me dio risa pero sentí tristeza, el cual decía: hoy nadie dice «ya llévame, Diosito», porque se los cumple». ¡Qué tanto nos ha afectado esto que estamos viviendo! Pero, ¿tanto nos afecta que nos niega el deseo de seguir viviendo? No, realmente no es así, porque es cuando más se ha visto esa persistencia, ese impulso interior (que los vitalistas están emocionados porque de cierto modo se les cumple lo que decían), esa pulsión de vida que nos hace aferrarnos a la vida. ¿Y cómo lo hemos hecho? Acaso no se han visto más creativos en este tiempo? El acto de crear, según dice el Dr. Juan David Nasio, es el poder renunciar al objeto de amor perdido.

2021… y lo que venga.

Sea lo que sea que vaya a pasar, será como siempre: no lo sabemos. Podemos tener perspectiva, expectativa y esperanza, pero la vida sabe irrumpir e imponerse tal y como es. Lo mejor que podemos hacer es vivir, sea lo que sea, pues es parte de todo esto que está pasando. Cada quien deberá comprometerse con ello a la medida de lo posible.

Bien decía el filósofo de Tréveris, Karl Marx: «el tiempo es nuestro más grande valor, nuestro más grande tesoro». ¡Compartámoslo, pues! ¿Pero cómo? Haciendo comunidad, apoyándonos los unos a los otros, pero sobre todo, dejarnos apoyar. No está mal aceptar que no podemos con todo (¡ni siquiera tendríamos que!).

Les abrazo con amor y cariño, deseándoles mucha salud y que sus proyectos les traigan alegría. Les ofrezco mis servicios como psicoanalista (que son en línea, por el momento). Me pueden escribir a psichchp@gmail.com.

¡Los escucho!

Esa extraña serenidad

No dejo de pensar en lo serena, e incluso pasiva, que resulta la naturaleza en nuestros días. Estos días del hombre caótico. El mundo colapsando por la pandemia y por la caída económica, el miedo y el dolor; la angustia se palpa en todos lados y se comunica entre todos.

Y la naturaleza sigue ahí. Serena. Pasiva. Tranquila.

Sopla el viento: las ramas y hojas de los árboles y plantas se menean suavemente, un movimiento perenne, que sigue un ritmo extraño, complejo pero simple a su vez.

La naturaleza insiste en estar ahí. Quieta. A la espera. ¿Qué puede pasar?

La naturaleza del hombre se desata, unos contra todos: la arrogancia, la envidia, la soberbia. Un baile de máscaras que tiene como fin negar la vida misma. Todos quieren respuestas, soluciones, que la pandemia pase. Todos quieren todo y pocos son los que están para todos. ¿Y la empatía?

La naturaleza sigue ahí. Un espectador único y privilegiado. Y se cuestiona en silencio al vernos: «¿Son en verdad ellos lo más importante de la creación?».

¿Cuántos quisiéramos esa serenidad? Por muy extraña y sospechosa que parezca. Hasta que un día, toda esa paz se vuelva contra nosotros para recordarnos que seguimos siendo parte de un todo.

Mirar o contemplar la naturaleza requiere de un criterio casi insospechado, es decir, necesitamos aprender a ver más allá de lo aparente, que esa serenidad, como les decía, en cualquier momento se torna contra nosotros. Y eso no es más que la proyección de nuestro propio «estar» en el mundo.

A la espera de la imposición

«La vida del hombre sobre la tierra es combate, y combate primero y ante todo consigo mismo»

-Miguel de Unamuno

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días, en mi programa In.Cultura en Facebook hablé sobre la sociedad pandémica, una reflexión en torno a lo que estamos viviendo en tiempos del COVID-19. Uno de los rasgos que destaqué es que hay un crecimiento alarmante del egoísmo y de la falta de empatía. Un modo de demostrarlo es que en países como Francia, España y ahora recientemente Bélgica, se ha optado por el toque de queda, ya que el número de contagios se ha disparado. El malestar de éste 2020 parece que no tiene fin cercano.

Ahora bien, en México la realidad no se aleja mucho de los países europeos. Primero habría que entender algo de suma importancia: cuando hablamos de «países de primer mundo», en ningún momento se considera a una «sociedad de primer mundo», es decir, no debemos descuidar que los factores económicos, políticos y laborales se distancian mucho de la idea de educación, valores y virtudes, tanto de la sociedad como de los individuos que la conforman. ¿Dónde quedó el tiempo en el que había una exigencia ética hacia las personas? Ciertamente, conforme la posmodernidad va avanzando, se van perdiendo muchos puntos claves que posibilitaban, quizá no una sociedad perfecta, pero sí al menos una idea de comunidad. Porque tal parece que exigir es ser intolerantes, claro, que depende quién lo hace y desde qué contexto.

¿Y la pulsión de muerte?

¿Qué tan cierto es esto del COVID-19? Quizá sea una pregunta que ha pasado por la mente de todos, pero que no se le ha encontrado respuestas totalmente satisfactorias, al menos eso es lo que creemos quienes, a pesar de la evidencia de enfermedad y muerte que hay, vemos cómo a muchos no les importa y siguen empeñados en apostar por teorías conspiranoicas que apuntalan hacia un «nuevo orden mundial». Pero, ¿quiénes son los que las fortalecen? Porque es cierto también que hay ciertas figuras del medio de los reflectores que han hecho campañas contra el uso de cubrebocas, por poner un ejemplo. Muchos artistas, influencers, youtubers, quizá no son conscientes de la tremenda responsabilidad que cargan; ofrecen su opinión sin filtro alguno y sin pensar en lo tremendamente influenciables que son muchas personas, carentes de una formación educativa, científica y, por qué no, de todo sentido común.

Pero no se trata de librar de responsabilidad a quienes son directamente culpables de muchas situaciones que han provocado el crecimiento de la pandemia. Ya habíamos hablado anteriormente sobre ésto, pero me parece que por desgracia seguimos sin hacer mucho ruido al respecto. Sí, es cierto, el encierro en muchos casos ha terminado por desesperar a las personas y la necesidad de contacto personal con otros ha sido lo que ha llevado a relajar las medidas, sin embargo, ¿qué tanto nos está diciendo la pulsión de muerte sobre esas personas? Escuchaba en el radio hace unos días a un periodista decir algo como «es que la gente se quiere morir, ya no puede». La vida se vio reducida al confinamiento, pero no por un gusto o por capricho de estructuras de poder, sino por un tema de salud. Sin embargo, insisto, las personas pareciera que no entienden eso.

De hecho, tengo un caso que compartir. Una persona cercana a mi familia, nos comentó que reanudó sus reuniones de café con un círculo de amigas. Originalmente, cada jueves se reunían en un local al sur de la Ciudad de México para pasar un rato agradable. Nos hablaba de 12 personas. Pero que debido a la pandemia, se dejaron de ver. Hasta ahí muy bien. Sin embargo, 4 de ellas, además de ésta mujer, «ya no pudieron más» y apenas vieron que su cafetería había vuelto a abrir, se dispusieron a reunirse. Las otras, entendiendo la situación y que están dentro de los parámetros de mayor riesgo, empezando por ser parte de la tercera edad, optaron por esperarse. Cuando nos compartió eso, que lo decía con una tranquilidad inusual, nos quedamos sorprendidos. Evidentemente cuestionamos esa acción, al punto de decirle que estaba cometiendo una tontería al ponerse en ese riesgo. ¿Cuál creen que fue la contestación? «Sí, sí, yo sé, pero pues tengo que ir». ¡Tengo que ir! Cuando hablé con ella para hacerle entender el error, ella, encaprichada como una niña pequeña (cabe señalar que está arriba de los 70 años), me decía a todo lo que le argumentaba: «Sí, sí, pero aún así seguiré yendo». Ya que insistimos tanto en su error, entró en razón, pero no sin decirnos o advertirnos que «bueno, por ahora no iré, pero sé que voy a ir porque tengo que ir».

Ya no quisimos volver a insistir…

¿Dónde quedó la pandemia?

Voy enterándome que estamos a punto de volver (cuando realmente nunca tuvimos que dejarlo) a semáforo rojo en la CDMX. Muchas personas se siguen reuniendo en bares, restaurantes, cafeterías, haciendo fiestas, celebrando bodas, etc. ¿Y dónde quedó la pandemia? Por lo general, cuando se les cuestiona a esas personas, siempre contestan con un «pero iba con todos los cuidados posibles», y puede que sea cierto, pero si tan sólo pudiéramos entender que los cubrebocas y las caretas son apenas herramientas para disminuir la posibilidad de contagio y que no son en ningún momento cosas que eviten en totalidad el mismo, podríamos tener una mayor consciencia de esto tan grave. Sin embargo, pareciera que las prioridades son otras, porque incluso hay gente que «no puede vivir sin ir al gimnasio», porque la vanidad, la inseguridad, y demás cosas que se juegan en su mente, están disparadas. La necesidad de reconocimiento, que se ha vuelto uno de los peores vicios de ésta sociedad, está poniendo en riesgo a muchas personas. Habría que cuestionar severamente las exigencias de imagen que hacen que, hoy por hoy, muchas personas vivan de la misma y no tengan algo más por lo cual vivir.

¿Es que acaso se nos olvida que esos caprichos, ridículos y que deberían trabajarse, son evidencia del poco interés y agradecimiento, no se diga preocupación, que se tiene para todas las personas que están combatiendo, desde hace meses, ésta enfermedad en los hospitales? Reforzar la empatía debería ser prioridad, pero mientras nos sigamos consumiendo en nuestro egoísmo, en nuestra falta de amor propio, sólo veremos morir a más gente y esperar no ser los siguientes en la lista del año más terrorífico de lo que va del siglo XXI. Por un lado se vendría una acción de imposición, como lo es el toque de queda, pero por el otro y más preocupante, sería que la violencia se desencadene, y los que hoy se la toman con tanta tranquilidad, sirvan como objeto para descargar la frustración de otros.

Cuidado, porque eso sí pasa…

El devenir de la estigmatización del gusto

Queridos(as) lectores(as):

Sé perfectamente que la pandemia ha modificado, quizá de manera abrupta, nuestro modo de vida. Muchas personas han perdido sus trabajos, otros la oportunidad de seguir estudiando. Si algo nos ha demostrado el COVID-19, aparte de la letalidad de algo que, hasta la fecha, no tiene modo de pararse, son las tremendas brechas tecnológicas que existen en la sociedad de la así llamada «época de la comunicación».

Pero no sólo eso, ya que no todo gira alrededor de la adquisición tecnológica (en tanto que hay gente que no tiene los medios para tener una computadora moderna, acceso a internet, cantidad apropiada de computadoras para cada integrante de la familia, etc.), sino que también se ha demostrado que no existe consciencia sobre el uso apropiado de la misma.

¿A qué voy con esto? Ya van varios casos que escucho en los que tanto los trabajos como la situación académica, se han visto rebasados por el abuso. Trabajos que antes de la pandemia eran presenciales, encontraron el modo de hacerlos home office, pero que a su vez los volvieron tremendamente pesados. Es decir, una querida amiga me comentaba que antes, ella trabajaba desde las 9 de la mañana hasta más 16 hrs., pero que ahora es desde las 8 hasta las 23 hrs. ¿Por qué? Me comenta que como han tenido que modificar algunas cosas en la empresa donde trabaja, entre las cuales destaca la liquidación de muchos empleados por «falta de presupuesto» para costear sus sueldos, las cargas de trabajo se han triplicado desde que comenzó en México la suspensión de actividades presenciales.

Pero también, antes de continuar, resalta el tema de las llamadas clases virtuales, en las que he escuchado incontables quejas por parte de ex alumnos míos sobre el pobre y terrible contenido simplón que hay en muchas de ellas, donde muchos profesores dan temas muy sencillos, pero que dejan tareas muy complejas. Conozco el particular caso de A., quien estudia en en una de las universidad privadas de mayor prestigio del país. Ella no sólo tiene horarios insufribles (desde las 8 hasta las 18 hrs), sino que la carga de tareas se ha vuelto un infierno para ella. Puedo decir que ha sido siempre una alumna muy dedicada y con buenas calificaciones, sin embargo, me ha mostrado todo lo que le dejan y me alarma. Simple y sencillamente no es posible que hasta los fines de semana empiece sus trabajos desde temprano y me diga que va terminando hasta en la noche. ¿Y el descanso?

De un vicio a otro

Ciertamente, el uso de la tecnología nos ha ayudado, de alguna manera, en hacer más fácil nuestra vida. Sin embargo, también es cierto que se ha vuelto un vicio a tal grado que difícilmente podemos ver a una persona sin el celular cerca, que parece ya una extensión de su cuerpo. Hay estudios que dicen que las próximas generaciones, por poner un llamativo ejemplo, presentarán modificaciones físicas en sus manos de tal modo que sean más amplias para poder sostener los celulares.

Pero, ¿en qué momento ese vicio, que tenía un origen social en tanto a la comunicación con otros (redes sociales) se ha vuelto un vicio laboral y académico? ¿No caemos en cuenta que el uso diario, constante y en ocasiones risible, de los celulares, tablets y computadoras provoca deterioro en los ojos? El término cansancio visual se relaciona precisamente con eso. Recuerdo que cuando estaba en mi época de estudiante, mi mamá (q.e.p.d.) me regañaba por «leer a oscuras» pues «me iba a lastimar la vista» por forzarla. Irónicamente, ahora podemos tener la luz «adecuada» para seguir viendo cosas en la noche, pero que nos perjudica poco a poco. Además, trayendo el tema del insomnio que ha ido creciendo en varios sectores de la sociedad, no se toma en cuenta que la luz blanca reactiva al cerebro.

Cansancio emocional

Hay un malestar muy marcado en este año 2020: el ser humano está desesperado por volver a convivir de manera presencial, por tener contacto físico y eso es más que entendible. Éste malestar ha degenerado en un deterioro anímico y emocional que lleva a muchas personas a pleitos por cualquier cosa. La inseguridad, la falta de educación emocional, los prejuicios contra el psicoanálisis y demás psicoterapias, el sentimiento de soledad y de abandono, están abriendo grandes problemas que, de no tratarse ahora, se volverán un punto más a la lista de fracasos de las estructuras socio-económicas de la llamada posmodernidad.

Hace unos años, el filósofo surcoreano-alemán, Byung-Chul Han, en su texto La sociedad del cansancio, señalaba lo siguiente:

El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse. Esta autorreferencialidad genera una libertad paradójica, que, a causa de las estructuras de obligación inmanentes a ella, se convierte en violencia. Las enfermedades psíquicas de la sociedad de rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad paradójica.

Parece ser que la sociedad actual exige tanto a sus miembros que les prohíbe todo tipo de descanso, haciéndolos sentir hasta culpables por tan sólo pensar en ello. ¿Dónde queda el descanso? Simplemente no existe. Y eso lo veo muy marcado en varios casos en los que escucho «es que no tengo tiempo». ¿Quién no tiene tiempo para levantarse de la silla y estirarse? Es decir, pareciera que las estructuras académicas y laborales actuales, producto de la pandemia, han logrado introyectar en los afectados, no sólo un deformado sentido del deber (que atiende a otros intereses ajenos, muchas veces, a ellos mismos), sino también un desprecio a la idea misma de descansar. «No me da la vida, tengo que seguir con esto o no voy a acabar».

Terrible lo que estamos viviendo. Porque me preocupa que se vuelva parte de la «nueva normalidad» que beneficia a círculos de poder que gozan de la libertad que les están negando a otros y al mismo tiempo de los grandes beneficios del trabajo de ellos. Esta explotación que encuentra sus génesis en la realidad psíquica de los trabajadores y estudiantes, devendrá en la estigmatización del gusto por hacer las cosas. Y la rutina se volverá todavía más insoportable. Ni pensar en qué sucederá cuando este ritmo tan acelerado, ridículamente llevado al exceso, se tenga que disminuir de golpe cuando las personas puedan regresan a sus actividades presenciales.

Berenice: un relato de obsesión

«La obsesión acompañada de sensibilidades extremas genera monstruos”

-Arturo Pérez-Reverte

Queridos(as) lectores(as):

Hace tanto que no nos encontramos. Espero estén bien y que cuenten con buena salud y no estén pasando por momentos (más) precarios.

En ésta ocasión vamos a analizar el cuento de Edgar Allan Poe, Berenice (1835), publicado por primera vez en el Southern Literary Messenger, con el fin de poder ilustrar, brevemente, el comportamiento de lo que conocemos en el psicoanálisis como neurosis obsesiva. Poe, a través del protagonista Egaeus, nos va delatando una historia sobre el futuro casamiento que tendrá con su prima, Berenice (hay que señalar que uno de los temas más obsesivos de nuestro autor son las mujeres y la tormentosa vida que tuvo con ellas). Egaeus nos va narrando que tiene ciertos ataques de origen mental que le llevan a una obsesionada lucha interna consigo mismo, con pensamientos que no le dejan ni un sólo momento. Como nos tiene acostumbrados Poe, Egaeus es un personaje muy profundo y dramático: “La miseria es múltiple. La desgracia afecta de diversas formas. Extendiéndose por el vasto horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados, tan distintos y hasta tan íntimamente mezclados como los que nos presenta ese fenómeno”.

En un momento, Egaeus pasa a hablar de su hermosa prima, con la que hemos dicho que pronto habría de contraer nupcias, sin embargo, nos narra también sobre una extraña enfermedad que ha hecho que ella se vaya deteriorando con el tiempo, misma que no pasa desapercibido por su propio lamento: “¿Cómo es posible que de la belleza ha derivado un tipo de lo desagradable? ¿Del anuncio de paz, un símil de dolor?”. Sin embargo, nuestro protagonista hace notar que hay algo en ella que se mantiene casi perfecto, sin daño alguno por la misteriosa enfermedad y que detona una obsesión terrible en él: sus dientes.

Antes de seguir con el texto, debemos explicar la neurosis obsesiva. Para Sigmund Freud se trata de un trastorno de origen psíquico que provoca en quienes lo padecen una suerte de bombardeo de pensamientos sobre cosas que no existen o, peor aún, no son de su real interés. Los pacientes sufren de tal manera que su dolor se vuelve meramente interno; en algunos casos son incapaces de exteriorizarlos, generándoles una persistente angustia y hasta delirios. No es de sorprender que uno de los síntomas sea el insomnio o la fatiga constante. Aunque también es importante señalar que puede complicarse el dar con el diagnóstico adecuado de la neurosis obsesiva ya que muchos de los síntomas pueden pasar desapercibidos.

Volviendo a Egaeus, encontramos este interesante cuestionamiento: “O la memoria de la dicha pasada es la pena de hoy, o las agonías presentes tienen su origen en los éxtasis que pueden haber existido”. Podemos estar seguros del terrible proceso de confusión por parte del neurótico obsesivo que, por momentos, pareciera que ha perdido contacto con la realidad, dejando que su fantasía (sus miedos) se torne contra él de maneras brutales y sin piedad. “[…] un recuerdo que no quiere abandonarme, una memoria como de una sombra, vaga, variable, indefinida, irregular, sombra de la que no podré verme libre mientras brille el sol de mi razón”. Ese “recuerdo” podemos convertirlo a un sólo pensamiento, mismo que se vuelve constante y repetitivo una y otra, y otra vez, haciendo que la conducta del neurótico obsesivo se exprese según su estado de ánimo, “encontrando” en la compulsión a la repetición una suerte de cura del malestar que sufre notablemente. Es tanto el pesar que Egaeus sufre que expresa, a mi creer, una confesión típica de todo aquel que sufre un padecimiento mental sobre el otro:

«Mientras tanto, mi propio mal, pues se me ha dicho que no debía llamarlo con otro nombre, mi propio mal crecía rápidamente, hasta asumir, por último, un carácter monomaníaco de una nueva y extraordinaria forma, ganando sobre mí, el más incomprensible ascendiente. Esta monotomanía, si debo llamarla así, consistía en una mórbida irritabilidad de esas cualidades de atención. Es más que probable que no sea entendido, a la generalidad de los lectores una idea adecuada de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las potencias meditativas, para no emplear tecnicismos, se hundían en la contemplación de los objetos más comunes del universo».

Pero, ¿qué es lo que siente el neurótico obsesivo? “Un helado estremecimiento recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de insuperable ansiedad y una curiosidad consumidora se apoderó de mi alma; y echándome hacia atrás en la silla, permanecí algunos instantes sin aliento, ni movimiento, con mis ojos fijos en su persona”. Podemos observar que es tanta la obsesión, valga la redundancia, del neurótico por aquellas ideas que le acechan en su mente, que le es imposible pensar en algo fuera de ellas, en algo más. Entendamos lo siguiente: en la mente del obsesivo, todos los pensamientos que provocan el malestar, se presentan de forma continua. Ahora bien, ¿de qué modo? Empecemos por señalar la desesperación provocada por la ansiedad: un constante flujo de sentimientos de culpa innentendibles, una notoria necesidad de verificar las cosas y, por supuesto, un delirio preocupante por mantener el control y el orden que deviene en la obsesión de limpieza.

Cuando Egaeus está por casarse con Berenice y descubre el velo que cubre su rostro, nos da la clave para entender la futura obsesión por los dientes de su futura esposa: “Desvié involuntariamente la vista de sus miradas vidriosas para pasar a la contemplación de sus delgados y encogidos labios. Los abrió y en medio de su sonrisa de peculiar expresión, los dientes de la cambiada Berenice se presentaron lentamente a mis ojos. ¡Quisiera Dios que no los hubiera visto, o que habiéndolos visto hubiera muerto!”. Cabe en estos momentos señalar algo de notable interés para nuestra comprensión de la neurosis obsesiva, que se trata justo de los mecanismos de defensa, y digo que es de notable interés ya que el origen de ellos es también de naturaleza obsesiva. Los mecanismos de defensa son varias veces expuestos de manera consciente, pero el neurótico obsesivo se hace de ellos, como ya se ha mencionado anteriormente, para intentar reducir el malestar de lo que está encubriendo con ellos. Y es justo en ese momento donde empiezan a ser notables las afecciones y alteraciones psíquicas, tales como la confusión, la pérdida de contacto (temporal) con la realidad, el sentimiento de abandono, incluso breves lapsos de delirio de persecución y la necesidad, curiosa, de querer huir. La desesperación se desata.

Sobre esto último, notemos qué expresa el protagonista:

«Pero no había partido del desordenado cuarto de mi cerebro, y no quería salir de él la pálida imagen de los dientes. Ni una mancha en su superficie, ni una sombra en su esmalte, ni un desperfecto en sus aristas, que el breve periodo de su sonrisa no hubiera bastado para grabar en mi memoria. Los veía entonces hasta con más resplandor que cuando los contemplé en realidad. ¡Los dientes!, ¡los dientes! — estaban aquí y allí por todas partes, y visible y palpablemente delante de mí «.

En el caso de Egaeus, los pensamientos se vuelven obsesivos casi de manera involuntaria, tan es así que pedía a Dios no haberlos visto o una vez que los vio, hubiera preferido morir al momento. Las ideas compulsivas se vuelven incontrolables. Todo en el mundo exterior parece que pierde importancia, centrando su atención delirante sólo en algo determinado, volviendo al afectado impulsivo y en muchas ocasiones agresivo. Como lo vimos también anteriormente, la compulsión a la repetición es algo persistente, sin embargo no habíamos hecho mención que toda acción se vuelca sobre lo simbólico. Es, de hecho, interesante notar que dichas repeticiones suelen encontrar cobijo en rituales de notable naturaleza mágico-mística. Lo que tampoco debe desviar nuestra atención es el comportamiento desenfrenado al intento desesperado de “hacer desaparecer” lo que le está pasando, donde el cuerpo se vuelve también su propio lenguaje. Todo, al menos desde la postura psicoanalítica, se vuelve analizable y encuentra una profunda relación significativa con la obsesión.

Para poder estudiar bien lo que la neurosis obsesiva tiene que ofrecernos, tenemos que aceptar el hecho de que su causa no es como tal una, sino todo lo contrario. Es necesario advertir que en un acto obsesivo que se está analizando hay varios porqués de por medio, en otras palabras, es una psicopatología multicausal. Lo que es de llamar la atención es que, al menos en algunos casos conocidos, la neurosis obsesiva recae en una fórmula de agentes que se suman para poder dar paso al trastorno. Por poner algunos ejemplos, hay factores externos e internos, pero siempre relacionados con el paciente. No es mi intención entrar en detalles neuroquímicos.

Volvamos con Egaeus:

«En los multiplicados objetos del mundo externo, no tenía pensamientos sino para los dientes. Los deseaba frenéticamente. Todos los otros asuntos y todos los otros intereses llegaban a absorberse con su única contemplación. Ellos, ellos solos estaban presentes a los ojos del espíritu, y ellos, en su individualidad solitaria, se convertían en la esencia de mi vida intelectual».

Si tomamos que los dientes de Berenice son algo que no podían ser controlados por Egaeus, en tanto que no le pertenecían pero que causaban una muy notable obsesión, podemos entender entonces que hay factores externos que dan paso al trastorno, ya que los individuos que se han visto relacionados en situaciones que no pueden controlar se sitúan a sí mismos en una predisposición del sufrimiento neurótico obsesivo. “[…] de Berenice, yo creía absolutamente que todos sus dientes eran ideas. ¡Ideas! ¡Ah!, aquí está el pensamiento del idiota que me ha perdido. ¡Ideas! — ¡ah!, por eso es que yo los codiciaba tan locamente. Sentía que sólo su posesión podía devolverme la paz, y restituirme la razón”. Como sabemos, al final del cuento de Poe, Egaeus es descubierto con la posesión de los dientes de Berenice, mismos que al parecer fueron extraídos del cadáver de la difunta una vez que había sido enterrada. Sin embargo, reforzamos lo que ya decíamos sobre el modo o las maneras en las que el obsesivo pretende curarse de su propia obsesión, y en éste caso llegando a la terrible acción de profanar una tumba para hacerse con aquellas “ideas” (los dientes), objeto real de su atención, inclusive de su amor.

La neurosis obsesiva se puede tratar desde el psicoanálisis, las psicoterapias y con el apoyo farmacológico, sin embargo, como sucede en la mayoría de los casos, cuando se emplean medicamentos para “tratar-curar” un padecimiento mental de éste tipo, apoyándose con antidepresivos e inhibidos selectivos de la recaudación de la serotonina, si no hay la manera de que el paciente ponga en palabras lo que desde el inconsciente le está afectando, la compulsión a la repetición resurgirá de manera constante.

Ésta maldita incertidumbre

«La esperanza es pariente de la duda»

-Walter Savage Landor

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo que vengo escuchando mucho algo que se repite una y otra vez en distintos discursos que, para ser totalmente sinceros, no tendría que ser tal: «Esto (del COVID-19) nos agarró por sorpresa a todos». A ver, sí, por un lado es cierto, nadie podía imaginar las tremendas consecuencias de éste virus (las estadísticas económicas, laborales y financieras dejémoslas a un lado), sin embargo, COVID-19 o no, ¿quién realmente puede tener certeza de algo? Me parece que todos hemos crecido con esa sabiduría popular que nos dice que «lo único de lo que tenemos certeza es de la muerte». Pero, ¿de algo más, realmente, tenemos certeza?

Grosso modo, tener certeza de algo es estar 100% seguros que algo sucederá y no podrá ser de otra manera. Pero, me queda muy claro hoy más que nunca, que nos encontramos, como diría Heidegger, «arrojados a la existencia», y con ello, ante la más grande y temible incertidumbre. Y es que, a pesar de otros tiempos difíciles, ahora nos enfrentamos a un enemigo «invisible» y letal. Pero, ¿acaso siempre estuvimos atentos al peligro que supone existir día a día al no poder tener, precisamente, certidumbre de lo que sucederá?

Más allá de la razón

Justo estoy comenzando a ver una serie danesa en Netflix que se llama Algo en qué creer (Ride Upon the Storm, 2017), y que por lo pronto no me ha decepcionado; una historia fuertemente influenciada por la religión (en éste caso por la creencia cristiana de la Iglesia Luterana Danesa), pero que en sí invita a una profunda reflexión sobre la caótica existencia de cada uno de los seres humanos. En verdad, les recomiendo que la vean, porque les hará, una vez más, caer en cuenta de lo importante de la idea de nuestra propia interioridad. Pero, por lo pronto, me quedo con algo que dicen en un momento: «No tienes miedo a morir, tienes miedo a creer».

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Zygmunt Baumann tenía razón al afirmar que nos encontramos en una modernidad líquida, es decir, que no hay nada sólido a lo cual aferrarse. ¿Pero a qué se refiere con exactitud? Justo habla del malestar propio de la incertidumbre. No hay nada (fe, valores, principios, virtudes, etc.) a los que el ser humano se pueda sostener con fuerza. Esto se debe al desenfrenado crecimiento de la inmediatez, donde «todo tiene solución con un sólo click«. Soluciones rápidas y precisas. O al menos es lo que nos gusta pensar ante la desesperación de responder a los problemas en nuestra vida. Pero, cuando no se puede, ¿qué pasa? La desesperación se torna en estrés, el estrés en enfermedad y la enfermedad en muerte. Se acabó. ¿Y luego?

Perdonando un poco éste «atrevimiento», quiero compartir con ustedes algo desde mi fe (catolicismo) para poder seguir con nuestro encuentro. ¿Qué es la fe? Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la fe «es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro». Sin embargo, me queda por advertir, que la fe por sí misma no es comunicable, al menos no del todo, ya que es precisamente una experiencia personal que se desarrolla subjetivamente y que, luego, logra el sentimiento de comunidad con los demás creyentes.

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Sé perfectamente que hoy en día, hablar de la religión es algo que inquieta, y hasta molesta, a muchos. Sin embargo, la propia antropología nos demuestra que es inevitable hacerlo. De hecho, aunque no fuera un creyente, Sigmund Freud en el Malestar en la Cultura, no podía negar el efecto “esperanzador” que brindaba la religión a los creyentes. Partimos de que la experiencia del vivir se puede convertir en un auténtico suplicio debido a las tristes y dolorosas realidades que se viven a diario. Me parece que la búsqueda de certeza es algo que todos compartimos de un modo u otro, y es válido el tener o no una religión, porque al final de cuentas, el ser humano siempre tendrá una fe en algo o en alguien. Vaya… otra certeza…

No es mi intención caer en un debate interminable sobre la fe, pero sí quisiera que consideremos éste punto ya que, debido a lo que estamos viviendo, hay una profunda crisis existencial que, casualmente, termina por rallar los límites de la propia espiritualidad. La espiritualidad es otro tema complejo, pero que al final de cuentas nos permite centrarnos en nosotros mismos y ver cómo está nuestra relación con Dios, el otro, la «realidad», pero sobre todo con nosotros mismos. Sin embargo, ¿quiénes tienen realmente la disposición para orar, rezar, meditar ante la desesperante situación que vivimos? Realmente todos, pero lo que sigue sin haber, irónicamente, es tiempo. Una querida amiga me decía «rezar es hablar con Dios y meditar es escucharlo». ¡Y me encantó! De hecho, me hizo pensar en las Confesiones de san Agustín (texto que recomiendo ampliamente leer): “Tú estabas dentro de mí y yo fuera…Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo… Me llamaste, me gritaste y desfondaste mi sordera…”.

Dentro de cada uno está una voz que nos llama. ¿Por qué no nos detenemos a escuchar qué tiene que decirnos? ¿No acaso ésto se parece a lo que el psicoanálisis defiende a capa y espada de que «la respuesta está en el sujeto»?

¿Tiempo de incertidumbre?

¿Quién no quisiera enterarse por medio de las noticias que ya existe una vacuna que nos libre del COVID-19? ¿Quién no quisiera «recuperar» la vida de antes? Muchos, todos, en verdad que son preguntas que no podríamos encontrar respuestas diferentes. Sin embargo, ¿qué entendemos realmente ante esas posibilidades? Acabo de decir que seguimos sin tener tiempo. Karl Marx decía que lo más valioso que tenemos es el tiempo. Y seguimos sin entenderlo o al menos no lo tenemos tan claro todavía.

Esto del coronavirus realmente no nos aleja mucho de los escenarios a los que ya estábamos «acostumbrados», sólo que no lo vivíamos en propia piel. ¿A qué escenarios me refiero? La enfermedad, la pobreza, la guerra, la inseguridad… el miedo. Vayamos por partes. ¿Quiénes se han detenido, realmente, a pensar en los enfermos, en los pobres, los que sufren invasión extranjera, terrorismo, delincuencia? Siempre hablamos, pareciera, desde la experiencia ajena. Ciertamente, muchos hemos vivido o pasado por cosas así, pero también es cierto que ahora todos lo vivimos al mismo tiempo. Al COVID-19 se le une el virus del miedo, que es realmente el más letal de todos pues nos impone un miedo a vivir.

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Nuestra condición humana nos expone a una vulnerabilidad innegable a cada uno de nosotros; estamos indefensos ante enfermedades, pobreza, dolor, guerras, crímenes, etc. Pero quizá no estábamos del todo conscientes porque, de un modo u otro, había «remedio» o «soluciones». Uno enfermaba e iba al doctor, con grandes posibilidades de salir adelante o por lo menos tratar de una manera más digna la enfermedad (tristemente no todos); se trabajaba para tener recursos, se planeaba la rutina para evitar zonas peligrosas u horarios inconvenientes (vaya, el temor siempre presente), etc. Pero, ante lo que no vemos, ¿cómo anticiparnos o prevenirlo? Vuelvo a lo que preguntaba: ¿cuándo hemos estado del todo seguros realmente? Lo que sabemos, aunque a muchos todavía no les «cae el 20» (por decir «no se dan cuenta» o «no quieren darse cuenta»), es que la gente está enfermando y está muriendo, y no son pocos, son miles. Sucede que el miedo tocó la puerta y nos hizo ver con terror lo que nos puede pasar a cualquiera con lujo de detalle.

Ilusión y esperanza

No podemos negarle absolutamente a nadie el tener una ilusión y muchos menos esperanza. Es lo que nos hace abrazar la vida, que a pesar de todo lo que suceda, tendremos la oportunidad de seguir adelante. La ilusión brinda al ser humano un consuelo sobre la existencia, se sea creyente o no, pero lo cierto es que da un valor que muchos necesitamos a diario. Pienso en el muy querido personal médico que, día a día, batalla contra ésta enfermedad. En las familias que están tristes y preocupadas por tener a sus familiares debatiéndose entre la vida y la muerte. En aquellos que, con amor y verdadero interés humanista, buscan la cura en un laboratorio. Cada uno tiene una ilusión y una esperanza, que debemos valorar y atesorar.

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Me uno a los rezos, sin importar el credo de cada uno. A la ilusión y a la esperanza de volvernos a encontrar, de volvernos a ver, de volvernos a abrazar y que, después de este valle de lágrimas, aprendamos a amar con todo el corazón, a ser mejores y a seguir impulsando los más que notables esfuerzos de muchas personas en el mundo para lograr salvarnos a todos en la medida de lo posible en distintos aspectos. Éste mundo ya ha probado lo que es el sabor del odio, la envidia, el dolor, la tristeza, es tiempo en verdad de que llegue el suave y delicioso sabor del amor, la amistad, la confianza y la paz.

Pienso en muchas personas fantásticas y magníficas que han cerrado sus ojos para siempre y que no pude conocer. En el dolor y la desesperación de quienes no pueden sino sólo verlos morir intentando salvarlos. Pero sé, que a pesar de todo eso, la vida nos dará la oportunidad de volver a sonreír, juntos.

Les abrazo.

Les escucho.