Vive… la resistance?

«Donde hay poder, hay resistencia»

-Michael Foucault

Queridos(as) lectores(as):

Desde que comenzó la pandemia hasta el día de hoy, se ha hablado fuerte e insistentemente sobre la importancia de la salud mental y cómo ésta se ha visto perjudicada de muchos modos, pero sobre todo, ha venido a ser una complejidad para quienes pasaron por el contagio, la enfermedad y muerte de seres queridos y demás consecuencias. La ansiedad desatada, la depresión, el insomnio, las crisis existenciales, etc., se han venido a fortalecer de una manera tal que no cabe la menor duda de la necesidad de apoyo en la psiquiatría, psicoterapias y, por supuesto, el psicoanálisis.

Sin embargo, a pesar de que muchos afirman «ya no poder con más», y a pesar de la gran oferta existente de profesionales de salud mental, hay quienes todavía se ven lejos de comenzar una terapia o un proceso de análisis. Desde los famosos tabúes del tipo «ni que estuviera loco», «es que tengo miedo a las medicaciones», hasta los muy aventurados como «esas cosas son un fraude», siempre parece que hay un impedimento. En fin, de todo un poco, pero son constantes esas muestras que conocemos en este campo como auténticas resistencias.

La ilusión de poder

En 1925, Sigmund Freud publicó un texto llamado Inhibición, síntoma y angustia, donde realiza una importante labor de investigación y que culminó con el desarrollo de toda una clasificación de resistencias. Para ahorrarnos un poco el trabajo, vamos a decir que para Freud, toda resistencia es una fuerza de oposición al trabajo psicoanalítico. En encuentros anteriores, hemos señalado que si bien existe el deseo de saber más sobre uno mismo, también existe un temor de hacerlo. ¿Pero por qué? Al empezar citando a Foucault, tendremos una clave para esto que estamos tratando: el ser humano tiene una ilusión de poder sobre su vida y sobre el acontecer alrededor de él, por lo que cuando ve en peligro de perder dicho poder, es probable que haga de todo para evitarlo. ¿Y qué es peor que enterarnos de que algo que creíamos controlar es en verdad una ilusión que sólo hemos aprendido a «sostener»?

En una sociedad tan compleja como la nuestra, donde no se perdona tan fácilmente el error y la autoexigencia se vuelve un verdadero delirio, es común que veamos que se haga de todo para mantener aquello que decimos estar logrando. Pero, queridos(as) lectores(as), la fuerza de la costumbre es en realidad el miedo latente a lo nuevo. Y es sencillo de explicar: si ya estamos acostumbrados a un ritmo, a un tiempo, a un modo, etc., aunque nos esté costando sostener el paso, pareciera que es mejor seguir con ello a detenerse para pensar en otras posibilidades. Es caminar con una piedrita en el zapo y continuar sin removerla. Es el fracaso de la posibilidad. De hecho, el mismo Freud señaló que el descubrimiento del inconsciente dio la tercer herida narcisista al ser humano: no es tan libre como cree que es. Y enterarnos de ello, puede ser algo demoledor.

El insight y la resistencia «fundamental»

Horacio Etchegoyen nos dice lo siguiente: «El análisis se propone dar al analizando un mejor conocimiento de sí mismo; y lo que se quiere significar con insight es ese momento privilegiado de la toma de conciencia». En la primera tópica freudiana, donde lo importante es «hacer consciente lo inconsciente», se estimó que era fundamental el vencimiento de las resistencias (punto de vista dinámico) para que algo se torne consciente. Antes de continuar, es importante señalar que como tal insight es una noción que se desarrolla principalmente en la escuela inglesa de psicoanálisis, por lo que así podemos entender que sean psicoanalistas como Donald Meltzer y Wilfred Bion, quienes apuesten por decir que la resistencia es en realidad una afrenta a la intimidad.

Justamente hagamos hincapié en la intimidad, pues no hay nada que genere tanta resistencia como el hecho de sentirnos transgredidos en ella. Si descomponemos la palabra de origen latino, tenemos por un lado in- (hacia dentro), -mus (sufijo superlativo) y -dad (referencia de cualidad), entones, «cualidad de ir hacia dentro». ¿Pero hacia dentro de quién o de qué? En esto, recuperemos la noción de afecto, y éste lo orientamos hacia el propio. Entonces, intimidad vendría a ser «cualidad de ir hacia dentro del afecto de uno mismo».

Ahora bien, ese «afecto de uno mismo» nos conduce directamente a aquello que nos vuelve vulnerables, aquello que es «con lo que cualquiera nos podría lastimar». Es curioso que solemos pensar en la posibilidad de daño que el otro tiene en sus manos, lejos de pensar en alguna otra cosa más benéfica. Por eso es que la intimidad nos resulta un tesoro que hasta nos parece a nosotros mismos intocables. Tal como decía Jacques Lacan: «La intimidad es insoportable, por eso existe la extimidad«. Es mejor hablar del otro que de uno mismo. La resistencia fundamental es, por tanto, a descubrirnos en nuestro máximo punto de vulnerabilidad. Mi querido Gabriel Rolón, colega psicoanalista, dice algo muy bello:

«El ser humano es la única especie que ha desarrollado la cópula cara a cara, frente a frente. Necesitamos mirarnos a los ojos para decirnos ‘te amo’. Dentro de la gran variedad erótica que tenemos podemos jugar en distintas posiciones, hacer todo lo que queramos, cumplir nuestras fantasías. Pero en el momento de manifestar el amor, nos tenemos que mirar, porque eso es lo que nos hace sentirnos reconocidos, y el reconocimiento es otro de los nombres del amor. ¿Qué es el amor? El hecho de encontrar en otra mirada que yo no soy cualquiera en este mundo, y que para esa persona que me mira yo soy único».

La alteridad siempre nos conduce a nuestra intimidad…

¿Por qué no me analizo entonces?

Para bien o para mal, no existe como tal un por qué que podamos traer de lo general a lo particular. Ciertamente se trata de un tema meramente subjetivo y que, por tanto, tiene que ver con nuestras muy delimitadas resistencias. Siempre es importante partir de la experiencia que hemos tenido en la vida para trata de comprender por qué hay cosas que no nos gustan. Pienso en los niños pequeños y cómo sufren sus padres para que coman las cosas que les sirven. Es divertido, lo confieso, la tranquilidad con la que dicen «no me gusta» cuando ven un platillo nuevo. Dicen que «de la vista nace el amor», y ciertamente hay experiencias cognoscitivas que pueden perjudicar el posible aprecio por las cosas. «A ver, dime, ¿cómo dices que no te gusta si no lo has probado antes?», es lo que por general se les dice a los niños y estos, de un modo todavía más chistoso, van rompiendo de a poco su resistencia a comer lo que les han servido. ¿Y qué pasa? Puede ser que reafirmen lo que en efecto sospechaban, que no les guste eso, pero también existe la posibilidad de que les encante y luego no quieran sino que les sirvan más.

Este mismo efecto es el que veo en el tema de comenzar una terapia o un proceso de análisis. La resistencia a ver cosas de nosotros que no queremos aceptar en un principio es lo que nos hace sentir un repele por ello. «No sabes lo molesto que soy, a veces ni yo mismo me soporto», diría por ahí un conocido, «pero francamente no quiero enterarme por qué soy así». ¿Qué puede ser tan terrible como para no quererse enterar de ello? En el psicoanálisis, en su desarrollo, nos encontramos con un fenómeno que conocemos como transferencia, misma que se da entre el analista y el analizando. Pero, ¿quién es el que realmente está ahí que se deposita en la figura del analista? ¿Qué hace que exista la pena, la vergüenza, la culpa, etc.? Eso, justamente, es el «premio» por superar la resistencia: poderlo descubrir.

Siempre me gusta recordarles a quienes me preguntan sobre analizarse: «no sólo te toparás con un monstruo, sino que también hay alguien fantástico esperando por ser descubierto detrás del primero».

¿Hacia dónde vas?

«Homo liber de nulla re minus quam de morte cogitat et ejus sapientia nos mortis sed vitae meditatio est«.

-Baruch Spinoza

Queridos(as) lectores(as):

Hace algunos días que mi actividad onírica está por los suelos y ciertamente no me encuentro en el mejor de los momentos para ofrecer un noble intento de claridad sobre algunos temas. Pero no hay que alarmarse. Los que llevamos una vida «filosófica» entendemos y comprendemos todo y a la vez nada; se trata de una naturaleza aún más conflictiva que nos lleva a interminables debates sobre las cosas. Por eso es que he querido comenzar este encuentro con la cita del célebre filósofo holandés, que traducida nos dice: «El hombre libre en lo que menos piensa es en la muerte, y su saber no es una meditación sobre la muerte sino sobre la vida». ¿De qué nos sirve pensar algo que no sabremos nunca con exactitud?

Recordaba entonces una de las máximas del Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». ¿Y quién quiere tal cosa si no se quiere enterar de lo que se tiene que enterar? La verdad es hermosa cuando no nos jode, ¿no creen?

Viaje a Sorrento

1876 es el año en el que se lleva a cabo una de las más impresionantes metamorfosis de la Historia de la intelectualidad Occidental. En aquel año, por invitación de Malwilda von Meysenbug, el filósofo y filólogo alemán, Friedrich Nietzsche, realiza su famoso viaje al sur de Europa, específicamente a Sorrento, Italia. Además de tratarse del momento en el que las más importantes notas del futuro libro, Ecce homo (Humano, demasiado Humano), fueron escritas, se trata de una verdadera transformación del pensamiento de nuestro autor. En sus propias palabras encontramos lo siguiente: «A los lectores de mis escritos precedentes, quiero manifestar de forma expresa que he abandonado los puntos de vista metafísico-artísticos, que en esencia están en ellos: son agradables, pero insostenibles»(Fragmento póstumo 23).

Sorrento

Durante este viaje, tal como nos relata Paolo D’lorio en su libro El viaje de Nietzsche a Sorrento, encontramos una respuesta que quizá muchos buscamos en la actualidad:

«Desde la terraza de su habitación, frente a Sorrento, el filósofo ve la isla de Ischia, isla volcánica, lugar real e imaginario que le serviría de modelo para las ‘islas afortunadas’, las islas de los discípulos de Zaratustra. Las islas afortunadas son las islas del futuro, de la esperanza, de la juventud. Y es eso exactamente lo que Nietzsche vuelve a descubrir en medio de los tormentos de su enfermedad: las visiones, los proyectos, las promesas de su juventud. No como vestigios de un pasado de ahora en adelante enterrado, sino como voces que llegan del pasado para volver a llamar a aquel que desespera y que se ha equivocado de camino, como es el camino futuro de su vida»

Si pretendemos olvidar el pasado en nuestras vidas, cometemos el error de querer empezar de nuevo sin experiencia alguna, cosa que el mundo nunca nos perdonará. En el pasado radican muchas claves que nos pueden ayudar a mejorar el presente e intentar apostar por un futuro mejor. No es regla, pero es una respuesta.

Psicoanálisis para combatir el engaño

Desde hace tiempo he insistido mucho en la importancia de ser sinceros con el mundo, pero empezando por ser sinceros con nosotros mismos. Precisamente a esto nos ayuda el psicoanálisis. De hecho, en una pregunta que le hicieron a la psicoanalista austriaca-argentina, Marie Langer, ella contestó: «¿Y por qué el psicoanálisis? Porque sirve. Sirve para entenderse mejor a sí mismo y al otro. Sirve también para casi no mentirse más». Recordemos que la lucha de Sigmund Freud era en sí contra las (malas) ilusiones que sólo generan un profundo malestar en el ser humano. Una de esas ilusiones es la del autoengaño que nos pone en una situación donde nos sentimos fuera de nosotros, de lo que realmente somos, para estar bien con los demás. El querer encajar es algo que puede dañarnos de maneras impensables. Uno encaja perfectamente en su propio lugar, por lo que no se trata de eso, sino más bien de compartir lo que soy, lo que son, lo que somos.

Marie Langer

Resalta esto en la respuesta de Marie Langer de «para casi no mentirse más». Para ello hay que considerar la otra sentencia del Oráculo de Delfos: «Todo con medida». Ciertamente nunca podremos llegarnos a conocernos en totalidad, ni quien quisiera tal cosa para ser ciertos, pero lo importante es poder tener un autoconocimiento para no perjudicarnos más, para no seguir equivocándonos, para poder elegir el camino futuro de nuestra vida. ¿De qué sirve vivir por vivir? Después uno se arrepiente y busca desesperado culpables. Por eso, en psicoanálisis entendemos que esa «mirada al pasado» no es para encontrar culpables de nuestro presente, sino para poder resignificar lo que fue y darnos la oportunidad de sostener la esperanza, misma que nos habla de saber darle una oportunidad siempre a la vida.

Estos episodios oscuros

«Reconocerse no es morir», es afirmarse en todo momento. La noche de ayer le platicaba a una querida amiga y que cada día me convence del gran futuro que le espera en la Psicología, de que he llamado «episodios oscuros» a los momentos en los que permito que todas las situaciones difíciles por las que atravieso hagan lo que quieran en mi mente. Permitiéndome quejarme y dolerme por ello. No, no es para victimizarme, sino para poder escucharme a mí mismo e ir desahogando todo y encontrar, a su vez, respuesta y salida. Ciertamente no puedo culpar a los demás de lo que me pasa. Ciertamente no todo depende de mí y a veces la empatía y amor de los demás se ve limitado por las circunstancias que todos atravesamos.

Este ejercicio mental me permite justamente eliminar ideas negativas que me pueden consumir poco a poco sin darme cuenta. ¿De qué sirve guardar rencor, coraje, odio o tristeza para incrementar lo que ya de por sí es un auténtico malestar? Eso mismo les pregunto a ustedes pero de forma distinta: ¿por qué es que surge siempre la idea de quererse ir cuando atraviesan por problemas? ¿Qué están esperando que suceda cuando regresen? Bien dicen que los problemas saben esperarnos, pero también pueden crecer si no los resolvemos a tiempo. El viaje a Sorrento de Nietzsche es en sí el viaje que cada uno de nosotros hacemos a diario. Un viaje hacia lo que nos permita contemplar el futuro que queremos, pero nos ayuda también a planearlo. ¿Para qué engañarnos si en nosotros podemos encontrar lo que necesitamos hacer? A veces, el viaje es en solitario, a ves es compartido, pero también a veces es de los dos al mismo tiempo.

Viajar al silencio

Ante la ajetreada vida que vivimos actualmente, me parece que debemos realizar a diario un viaje al silencio. Es decir, hacia nosotros mismos. Hay demasiado ruido allá afuera y con ello se va nuestra atención para poder tratar de solución a nuestro malestar. Me parece bellísimo lo que Sacha Guitry dice cada vez que se refiere al músico austriaco, Wolfgang Amadeus Mozart: «Lo maravilloso de la música de Mozart es que el silencio que le sigue también es de Mozart». ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? Pues que justamente el silencio que podemos guardar nos hace caer en cuenta que sigue siendo nuestro porque seguimos siendo parte del «recital de nuestra vida».

El silencio del universo que somos

Por todo esto, mi pregunta original de «¿hacia dónde vas?» es una sincera invitación, para que tanto ustedes como yo, nos pensemos nuestro propio viaje a Sorrento y nos permitamos disfrutarlo, pensando que no es otro sino a lo que estamos llamados a ser. Que no tengamos miedo de ello y nos atrevamos a dejar de pensar tanto en los demás, para darnos la oportunidad de pensarnos, ojo, para poder estar luego con quienes nos esperan en el camino.

Un abrazo y feliz fin de semana.

Fred Roldán y la lata de frijoles

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión, aprovechando la gentileza y amabilidad de su lectura y apoyo a esta página, quisiera abrir el corazón una vez más y contar, a modo de un sencillo pero muy profundo homenaje, una pequeña anécdota que se convirtió para mí en una de las enseñanzas más valiosas de mi vida, y quienes son cercanos a mí o han tomado clases conmigo, saben que la comparto con especial alegría esperando también les ayude.

Fred Roldán, El señor teatro, o como le decía cariñosamente, «Fredplin» (pues lo comparaba con Charles Chaplin, ya que era de todo un poco en el escenario, pero también en la vida), fue para mí, igual que para muchos, no sólo un gran amigo, sino un maestro en todo lo relacionado con la actuación, y una figura paterna a quien he amado desde que le conocí cuando tenía yo apenas unos 15 años, hasta el momento en el que me avisaron que ya había fallecido hace unos días, pero que amaré en mis recuerdos hasta que yo ya no sea más.

Justo hace varios años, recuerdo muy bien, llegaba a encontrarme con un tal «Fred Roldán», y lo digo así porque había recibido una recomendación por parte de mi igualmente querido y amado «Goyo» Jimenez (el colombiano más mexicano de la Historia), de que si quería aprender teatro, no podía sino ser bajo la tutela de este hombre. Estaba nervioso y un tanto preocupado. Toqué a la puerta en el legendario Centro Cultural Roldán Sandoval y escuché detrás un «ya abro, espera, que no sé dónde están las llaves». Y al abrirse la puerta, pude ver a una persona maravillosa, porque justo Fred transmitía eso, tenía algo que nos apapachaba con su eterna sonrisa y amabilidad genuina en su mirada. «Así que vienes por parte de Goyito, ¡caray, qué gusto!». Nunca supe cómo es que se conocían.

Compartí con Fred mi admiración y amor por los dramas teatrales, mi gran interés en formarme como actor (a lo que él me contestó que estaba mal, porque era «vivir de actor»), y por poder perder el temor al escenario. A mi querido Fred le debo, en buena medida, mi desarrollo en el encuentro con los demás. Sus cursos de actuación jamás los olvidaré. Si bien es cierto que sólo participé con él en contadas ocasiones en sus maravillosas obras, tales como el mítico Pinocho (por ahí de 37 años en escena), él me decía: «Hectorito, no, quiero que descubras el mundo del teatro, desnuda tu alma en el escenario, sé tú, y luego vuelves aquí, tu casa, y me cuentas con detalle».

Un día, allá por 2009, recibí el llamado para formar parte de la obra Donde estés, amigo, de mi querida Sarah Goldsmith, y recuerdo que de tanta alegría que sentí en ese momento, me pasé de lado a mis papás y al primero que le avisé fue a Fred. Su alegría era quizá más grande que la mía. Pero llegó un momento de duda y me sentí incapaz de darle vida a Alberto, uno de los personajes principales de la obra. «¿Qué hago, Fredplin? -le preguntaba nervioso. A lo que Fred, sonriendo, me dijo: «Pues actúa siendo tú, ¿qué más?». El señor teatro era eso y todo lo demás, por lo que era casi imposible verlo fuera de su teatro, de su casa, en las noches porque «siempre había una misma historia que contar de manera distinta», cosa que siempre estuvo presente en su imperdible obra de teatro musical, Y llegaron las brujas, por lo que para mí fue maravilloso y sorpresivo verlo sentado en las butacas pegadas al escenario en el teatro en la noche del debut. Nadie aplaudió tan fuerte como mis papás y Fred al acabar. «Hectorito, bien, tu ángel te sonríe más que nunca».

Pasaron los años y mi carrera actoral se vio «frustrada» por mi etapa universitaria y comienzo en la vida laboral. Pero el contacto con Fred nunca. «Amigo querido, saludos y felices fiestas desde Nueva York», «…desde Londres», etc. Quizá ya no nos veíamos tanto como antes, pero siempre estábamos en contacto. Un día, recuerdo bien la enorme frustración que sentí cuando me rechazaron en un trabajo y que uno de los argumentos que me dieron fue «te hacemos un bien, porque la verdad no vemos cómo la armarías aquí». Mi ego estaba lastimado y profundamente herido. Mis papás estaban de viaje en aquel entonces y, de un momento, me saltó la idea de hablarle a Fred. «¿Qué pasa, Hectorito? Vente, vamos por un helado». Y eso hice, fui al querido teatro casa, le avisé que ya estaba afuera y salió para encontrarse conmigo. En la contra esquina fuimos a parar para tomarnos un helado y que le contara lo que había pasado. No quiero entrar en detalles sobre el lugar, pero me ilusionaba trabajar ahí y, según yo, tenía todas las cartas para hacer las cosas bien. «Ay, no, me duele verte así, no es justo», me decía. «Siento que fracasé en esta oportunidad, Fredplin». A lo que un serio Señor teatro, sin perder la sonrisa y ese brillo en sus ojos, me dijo:

«No, no, no digas eso pequeñín (en sarcasmo pues soy muy alto), porque no es cierto. ¿Recuerdas aquella vez que estabas nervioso por tu estreno? Sé que no te pagaron, cosa de la que nunca estuve de acuerdo, y que lo hacías por verdadero amor al arte, pero quizá es que no te dieron la oportunidad de sentir la compensación de tu pasión. Mira, este trabajo que haz perdido, será un mal y tedioso recuerdo. Pero, ¿sabes?, estoy más que seguro que vendrán cosas mejores para ti. Porque eso mereces. Sólo te voy a pedir un favor enorme, cuando recibas tu primer pago formal, no hagas otra cosa que ir a comprarte una lata de frijoles, regresas a casita, los abres, y así sin cebolla ni aceite, los calientas y te los comes. ¿Por qué? Porque van a ser los frijoles más ricos que habrás de comer en toda tu vida. Frijolitos deliciosos que te costaron, que nadie te regaló. Y verás que ese sabor siempre te acompañará a lo largo de tu vida».

(Ahorita estoy llorando sólo de recordar esto)

Esa enseñanza la llevé a cabo apenas recibí mi primer suelo en cierta editorial. Pasé a un 7 Eleven en la esquina de la calle de mi casa y me compré una lata de frijoles. Llegando, mi mamá me dijo: «Qué bueno que llegaste, ¿quieres comer? Hoy hice…», pero no la dejé terminar. Le mostré la lata de frijoles y ella entendió al primer momento lo que eso significaba para mí. Los calenté y me los comí… ¡no saben qué deliciosos! Hasta la fecha sigo recordando ese sabor en mi boca, pues la sencillez me dio un pasaje a lo glorioso. Le mandé la foto a Fred y su contestación fue: «Hectorito, querido amigo, bendiciones, hoy salgo más contento por ti a bailar con Cruelena».

Querido Fred:

Me duele de una manera indescriptible el saber que no voy a poder volverte a ver, que no voy a poder ver en vivo la alegría de tu ser en este mundo. Pero siempre voy a atesorar todo lo que fuiste y enseñaste, la manera en la que me mostraste cómo «desnudar el alma», no sólo en el escenario, sino en todo lo que me apasiona. Yo sé que somos muchísimos a quienes nos tocaste el corazón con tu testimonio y ejemplo, que los nombres van y vienen, pero que tu amor por nosotros jamás estuvo en duda. Sé que ahora estás con tu siempre amada hija y que nos cuidas, empezando por tu hermosa familia, desde el cielo.

¡Tu sonrisa y mirada siempre vivirán conmigo en mi alma!

¡Gracias, gracias, por la bendición de haberte conocido!

Atte.

Héctor, el pequeñín.

«Lo hice por amor…»

«Para gobernar a los demás, uno tiene que empezar por saber gobernarse a sí mismo».

-Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Sin lugar a dudas, el nombre de Will Smith es el que más está en la boca de todos alrededor del mundo tras lo sucedido en la entrega de los Oscar 2022. Sin embargo, sabemos bien que no se debe a que haya ganado, por fin, la estatuilla a Mejor Actor por su película King Richard (2021), sino al golpe que le acomodó al cómico/presentador, Chris Rock, después de que éste hiciera un chiste sobre Jada Pinkett Smith (su esposa) y por su falta de pelo (alopecia declarada). Las reacciones no se hicieron esperar, hasta el punto en el que se dividió la crítica en favor o en contra de las acciones del Príncipe de Bel-Air.

Will Smith tras recibir el premio a Mejor Actor por King Richard

Pero, ¿realmente hay que hablar sobre esto que sucedió? En definitiva no se trata de algo menor, y menos tratándose de algo que se vio a nivel mundial en tiempos donde la violencia se ha desatado entre la humanidad. Sin embargo, no sorprende. Recordemos que el ello, como estructura de la mente, encierra la parte más primitiva, por tanto salvaje, del ser humano. De hecho, aprovechando la «justificación» de Will Smith, podemos dar mayor luz a esto: «El arte imita a la vida y al final parezco el padre loco y tarado. Pero el amor te hace cometer locuras».

Al justificarse

Sé y entiendo que muchas personas estén de acuerdo con la reacción de Will Smith por defender a su familia, a sus seres queridos, específicamente a su esposa. Sí, entiendo que el amor nos haga cometer locuras. Pero en lo que hay que tener mucho cuidado es en comprar la justificación de algo que es en sí la apología (defensa) de algo que no, es decir, la violencia. Puedo pensar que muchos de ustedes en este punto me reclamarían «¿acaso, Héctor, tú no hubieras hecho lo mismo?», y puede ser que sí, puede ser que mi reacción haya sido quizá no golpear a Chris Rock, pero sin duda se trataría de algo que reflejara mi incomodidad. Eso se llama «empatizar» con las víctimas. Pero, ¿queda exactamente claro quién es quién en esta situación? El comediante se limitó a seguir el guión que alguien escribió para ese momento, primer cosa que podríamos cuestionar: ¿dónde queda el criterio del comediante para saber discernir entre lo chistoso y lo que puede ser ofensivo?

Empezando por ese punto, sí podemos culpar a Chris Rock de ocasionar uno de los momentos más incómodos televisados a nivel mundial, pero, ¿dónde queda la responsabilidad del que escribió ese «chiste»? De hecho, ¿quién es? Es algo que hasta el momento se mantiene oculto, tan oculto como el hecho de por qué la Academia permitió que algo así se filtrara. No, no es para escandalizarnos y hacer de esto una quema de brujas, pero sí es importante ser coherentes con el discurso que estamos sosteniendo. Volvemos a centrarnos en lo dicho por el famoso intérprete de Hombres de negro (1997): «He recibido el llamado de amar a la gente y proteger a la gente, y ser un río para mi gente. Sé que para hacer lo que hacemos, tenemos que ser capaces de aguantar que la gente hable locuras sobre ti». Es bueno saber a lo que uno está llamado, pero es mejor saber serlo.

Will Smith abofetea a Chris Rock

Vamos a tomar esto de la justificación y decir las cosas como son. Cuando uno se justifica por un error cometido o algo en lo que ha fallado, no es para evitar quedar mal con el otro (cosa que evidentemente ya pasó), sino para evitar no quedar mal con uno mismo. «Perdóname que llegara tarde, pero es que no tomé el tiempo necesario…», «Te juro que lo quería hacer, pero me distraje…», etc. ¿Qué no acaso quien ama al otro debe evitar a toda costa el violentarle? Es como si dijéramos: «Te amo, por eso te pego». Suena raro, se ve mal, en definitiva algo no está bien.

Los discursos que compramos

Al principio he citado al filósofo griego porque me parece muy importante que tomemos en cuenta tal advertencia. El acto de gobernarse a sí mismo se refiere a tener un control racional de nuestras pasiones. De nada sirve que el ser humano se jacte de ser racional cuando se deja dominar por sus pasiones al punto de hacernos dudar de nuestro supuesto razonamiento. Ojo, aquí tengamos cuidado con algo: no podemos decir que se trata de un acto irracional porque sí fue pensado, sí hubo una idea de actuar de modo determinado ante la ofensa. En otras palabras, uno debe tener la capacidad de saber lo que está haciendo y medir las consecuencias. Cuando hablaba del anonimato del escritor del guión que siguió Chris Rock, hablaba también de la responsabilidad que no se consideró. «Es que es un chiste nada más», claro, pero en psicoanálisis sabemos que todo chiste oculta siempre una verdad que no podríamos decir en un tono serio porque seríamos automáticamente rechazados. Es decir, cuando contamos un chiste malicioso, ¿cómo lo empezamos? «Miren, no es por ser racista/clasista/machista/etc, pero ahí les va un chiste sobre eso…».

Algunas reacciones tras lo sucedido

Chris Rock compró un discurso que le llevó a quedar mal por el pésimo gusto del mismo. ¿Quién se burla de una enfermedad o discapacidad de alguien? ¿Seguimos pensando, entonces, que se trata nada más de un chiste? Y surge entonces el «ahora que lo pienso…», cosa que no sucedió cuando fuimos partícipes del chiste con nuestra risa. La incomodidad de Jada Pinkett Smith en su rostro es exactamente la misma con la que nosotros expresaríamos el malestar al sentirnos ofendidos, y peor aún, cuando se ríen por eso. ¿Dónde queda la coherencia entonces?

Ahora he leído que la Academia va a iniciar una investigación sobre lo sucedido, donde el autor desconocido es más que probable que pierda el trabajo, se levante una multa a Chris Rock, y que Will Smith… ¡hasta pueda perder el Oscar! Sí, «la justicia» se imparte de formas muy curiosas. «Se van a manchar (aprovechar) con ellos porque son negros», leí en Twitter. Bonita forma de expresar el racismo en un momento donde muchos saldrán a secundarle con un «sí, tienes razón». ¿Qué estamos comprando sin medir las consecuencias de ello?

Algo más hay ahí

Es curioso cómo muchos reaccionaron a lo que vieron con un «fue actuado». ¿Con qué fin sería eso? Es decir, las risas se apagaron de un momento a otro y la cara de Chris Rock al ver a Will Smith dirigirse a él, nos evidencia que en definitiva no fue actuado. Además, claro, de los gritos del actor de En búsqueda de la felicidad (2006): «¡Saca el nombre de mi esposa de tu pu… boca!». Insisto, fue un momento muy desagradable que se dio en un evento donde sólo deberíamos festejar al cine. Es triste pensar que algo así ensombreció los grandes e icónicos momentos que se vivieron en esta entrega del Oscar. Chris Rock y Will Smith serán los chivos expiatorios de los que se hablará por un buen tiempo. De hecho, los famosos memes se han hecho de un gran contenido y material para la elaboración de bromas sobre lo que sucedió. Al finalizar la ceremonia, la Academia pidió a los periodistas el no tocar el tema durante el festejo. Silenciando no hace sino empeorar las cosas, porque hay mucho que decir. De cualquier modo, los Smith no asistieron y desaparecieron del lugar, no sólo por la pena, sino por las sugerencias de sus encargados de relaciones públicas.

Will Smith no logra contener el llanto

Hay dos intervenciones que me llamaron la atención. Will Smith comentó que el también gran actor, Denzel Washignton, se le acercó y le dijo: «Ten cuidado en tus mejores momentos. Es cuando el diablo viene por ti». Justo lo que hablábamos sobre Aristóteles: el diablo son las pasiones que se desbordan y nos llevan a cometer actos reprobables. Por el otro lado, cuando el magnífico actor, Sir Anthony Hopkins con su clásico sentido del humor británico, remató: «Will Smith lo dijo todo, ¿qué más se puede decir?». Hay quienes tomaron estas palabras como un elogio a lo sucedido «por amor», sin embargo, en la experiencia de los años reflejada en el rostro del actor de Hannibal (2001), podemos advertir un cierto deje de elegante reclamo al recién galardonado actor: «Opacaste todo».

En fin, ya veremos dónde acaba todo este show mediático en los siguientes días. Pero algo que es seguro es que no se puede dejar de reflexionar sobre lo sucedido y evitar, a toda costa, perdernos en discursos que nos demuestren lo poco coherentes que somos en realidad después de tanta actuación social, y ver que no sólo hay un lado de la moneda.

Esto que es, no fue, ¿no será?

«Y cuanto más fijamente lo miraba, menos se lo podían creer mis ojos, como si estuviera presenciando el sueño de antaño aun sabiendo en todo momento que estaba despierto…»

-Bashkim Shehu (Angelus Novus)

Queridos(as) lectores(as):

En esta semana, me he enterado de ciertas «historias de amor» por parte de algunos amigos, algunos conocidos y algunos pacientes. En cada una de ellas, no sé si decir «por desgracia», pero encuentro tintes muy grises tirándole a negros, pero también una frase que en sí misma es desgarradora y muy compleja: «No sé qué hacer».

¿Por qué resulta que de un tema tan hermoso como es el amor, nos damos golpes muy duros que terminan por hacernos dudar de todo, hasta de nosotros mismos? Es que amar es algo muy complejo, no es fácil. Recordemos la sentencia de Jacques Lacan: «Amar es dar lo que no tengo a quien no es». Una fórmula muy difícil de explicar pero que quizá nos podría ayudar, a partir de la reflexión a la que nos invita/obliga a darle respuesta al profundo sinsentido del momento que vivimos en eso que llamamos crisis en la relación.

Esto que soy, esto que doy

Sin intención de entrar en detalles sobre algunas de las historias que les comento, quisiera recuperar la expresión mencionada con anterioridad que juega un papel importante en la mayoría de ellas: «No sé qué hacer». En estas crisis en la relación, el sujeto adquiera de forma directa un sinnúmero de dudas que ponen en delicado balance su quehacer amoroso y le cuestionan de manera tiránica absolutamente todo. «Es que si hago/digo esto, estoy mal; si no hago/digo esto, estoy mal, ¿entonces qué hago?». Resulta altamente interesante que el sujeto se olvide que la relación no es de uno, sino de dos. ¿Por qué asumir toda la carga de la aparentemente culpabilidad sobre el malestar en la relación? Parece ser que la exigencia sólo está de un lado del tablero.

Mons. José Tolentino Mendonça (El pequeño camino de las grandes preguntas), reflexionando sobre la sentencia lacaniana sobre el amar, nos comparte lo siguiente:

«Dar lo que no se tiene significa decirle al otro, de una manera clara, confiada y extrema, la falta que su vida abre en nosotros. Significa señalar su lugar único e insustituible excavado en lo más profundo de nuestro ser. Los que se aman se dan a la bebida, no de la abundancia, sino de la propia indigencia y escasez. Amar es arrimar al otro a mi sed, ese otro nombre posible para denominar el deseo».

Una insistencia que he hecho a estos amigos, conocidos y pacientes, es recuperar la sinceridad en sus vidas. ¿Sinceridad para con el otro? En efecto, pero primero para con uno mismo. La compleja situación que es en sí misma el relacionarse con los demás, adquiere un valor trascendental de evidencias ontológicas, es decir, de lo que cada uno es. ¿Por qué pretender ser otro para agradar al otro o a los demás? La falta de sinceridad nos conduce a un camino de buscar encajar sin importar renunciar a lo que somos. ¿Dónde queda la dignidad? Es la misma pregunta que se hace en aquellas relaciones en crisis: ¿dónde quedo yo cuando he tratado de dar todo por el otro? Y parece que la respuesta no es fácil de obtener…

El dolor de nuestra desesperación

Evidentemente estas crisis, más cuando se cuentan a algún tercero, llegan a un punto donde las lágrimas sustituyen a las palabras. El «no sé qué hacer» se vuelve un «no sé qué decir», porque «no tengo palabras para esto que tanto me duele». De ahí que la solución nos la dé el propio cuerpo. En su libro, Fragmentos de un discurso amoroso, el filósofo francés, Roland Barthes, comparte una sencilla y conmovedora explicación sobre la utilidad las lágrimas: «A través de mis lágrimas, yo cuento una historia». Sin importar dónde o cuándo, ya sea acompañados o en la más «estricta» soledad, nuestras lágrimas van dirigidas a alguien más. ¿Pero exactamente a quién? Es aquí donde «a quien no es» de la sentencia lacaniana nos ayuda a resignificar nuestro llanto.

Hay que comprender que existe, queramos o no, un inconsciente donde yacen aquellos momentos reprimidos, inhibidos y hasta «olvidados» que regresan a modo de repetición ante una situación similar o familiar a una génesis de la misma. «Es que x persona me hace llorar, me hace sentirme como cuando…». ¡Ahí está la clave! Cargamos algo que no hemos trabajado, que no hemos puesto en palabras y que por tanto no hemos podido superar, saliendo a la primera oportunidad y eso hace que la crisis sea una ocasión de atemporalidad. Lo que está pasando no es al 100%, sino que es parte de lo que fue y que nos lastima pensar que siga siendo.

«Es que te juro que le amo, pero me duele mucho». Sí, es algo muy triste escuchar eso, pero en buena medida es una manera de confesar nuestra falta de sinceridad para con nosotros mismos. Ayer, durante una sesión con un paciente, descubrimos que el profundo dolor que sentía por su pareja era nada más y nada menos que la resonancia del fuerte eco de una infancia en la que algo faltó: una mirada, una escucha, una validación, un reconocimiento. «Tal parece que espero que esta persona -me dice el paciente- me dé lo que no he tenido». ¿Será que amar no sólo es dar lo que no tengo, sino esperar que en algún momento me lo den?

Esperanza de un pasado mejor

Recuerdo con especial cariño a mi querido Irvin D. Yalom, quien siempre gusta recordarnos que «hay que renunciar a la esperanza de un pasado mejor». Es decir, todos y cada uno de nosotros, hemos tenido momentos en el pasado que hubiéramos querido hubieran sido de otra forma o que de plano sería mejor que ni hubieran sucedido. Pero, ¿podemos realmente cambiar el pasado? Por desgracia no, sin embargo, qué poco agradecidos podemos llegar a ser con el hecho de poder recordar para poder resignificar aquellos momentos y permitirnos respirar con calma en el presente. ¿Por qué el pasado sólo puede doler? No, eso es terrible.

El pasado existe, tal como se dice en las clases de Historia, para aprender y evitar volver a equivocarnos. Claramente en lo que nos corresponde a nosotros y que está en nuestras manos. En las crisis de relación lo que hay es un temor inconsciente de repetir aquello que ayer nos dolió tanto, porque pasó o por que no pasó. ¿Cómo puedo saber qué hacer si inconscientemente estoy tratando de contestarme con lo que no supe qué hacer en aquel entonces? Es la pregunta sin respuesta aparente. Ante esto, «amar es dar lo que no tengo a quien no es», es en sí una propuesta de interioridad para cada uno de nosotros, que se fortalece con el esfuerzo de ser sinceros y dejar de adornar lo que no es, con aquello que no fue, para que podamos vestir de posibilidad lo que sí puede llegar a ser.

Vamos a «llorir»

Queridos(as) lectores(as):

Vaya que he estado un poco alejado de nuestra página. Para serles sincero, no tenía claro sobre qué escribir. ¿Para qué escribir por escribir? La intención de nuestros encuentros es encontrar algo en ellos que nos permita reflexionar sobre cosas que estemos viviendo, por lo que me parece en sumo inútil escribir algo que sólo favorezca la distracción sin sentido. Hace unos días, me topé con una serie catalana/española spin-off de la aclamada Merlí. Sólo que ahora, Sapere aude, gira en torno a Pol Rubio (Carlos Cuevas) y su nueva vida como estudiante de Filosofía en la Universidad de Barcelona.

Para quienes pudieron disfrutar de la génesis de estas aventuras filosóficas, tal como yo, nos resulta un tanto extraño el ya no contar con el profesor Merlí Bergeron (Francesc Orella), pero ahora se nos ofrece una versión un poco más excéntrica con la catedrática María Bolaño (María Pujalte) y otros fantásticos personajes. Ciertamente, muchos fans de la serie original podrán decir que «no es lo mismo», y claro que no lo es, pero debemos saber valorar los intentos que se hacen para difundir la actividad filosófica y la importancia de ella en la vida de todos.

¿Para qué sirve un filósofo?

Quizá sea una de las preguntas más complicadas de resolver. Hace unos días, mi querido amigo Martín, quien es egresado de Filosofía también, me preguntaba sobre el quehacer del filósofo y «de qué sirve nuestra profesión». He de decir que nos ha costado dar con una respuesta que sea tan simplona como cuando decimos que un «médico cura». ¿Será que el filósofo piensa por los demás? No, por supuesto que no podemos ser tan ególatras y minimalistas. Es una pregunta que incluso sostengo debe ser parte de los problemas mismos de la Filosofía. El quehacer del filósofo es algo que se puede demostrar con hechos, pero explicar curiosamente resulta algo muy difícil.

En fin. A lo largo de mi corta y brevísima experiencia como «filósofo» (recuerdo que a muchos compañeros les causaba indignación tan siquiera decirse así), puedo decir que he visto de todo un poco y participado de todo un mucho. Es curioso cómo la figura del filósofo provoca y pone nerviosos a los demás. De hecho, sumándome el hecho de ser psicoanalista, me parece curioso (y en ocasiones risible) la imagen que se generan de nosotros en la sociedad, y no me refiero a los clásicos estereotipos, sino que somos «fríos, directos y casi sin sentimientos». ¿Es que qué le puedes decir a un filósofo que no sepa ya? Pues muchas cosas, demasiadas, incontables. Ser filósofo no es tener la respuesta a todo, pero sí tratar de buscarla. Una empresa de vida.

Llorir, ¿qué coño es eso?

La misma pregunta me hice cuando me topé con esta palabrita. Debo decir que lo primero que pensé fue que se trataba de «llorar-morir». Me solaba lógico. Sin embargo, ¡qué sorpresa me llevé! Ahora que hablaba de Merlí: sapere aude, justo ayer por la noche estaba viendo un capítulo de la segunda temporada que se llama así. Antes de seguir, he de decir que fue maravilloso toparme con un actor que hace mucho tiempo no sabía nada de él. Me refiero a Eusebio Poncela (Arrebato, Hache, La ley del deseo), quien da vida al maravilloso personaje de Dino. Y es él quien suelta eso de «llorir» en un momento clave de la serie. Pero la sorpresa es justamente que llorir viene a significar «llorar-reír» (mi pesimismo es terrible).

¿Les ha pasado que llega un punto en la vida que lloran pero de alegría? Y no me refiero a hacer caras ridículas, sino en verdad a tener lágrimas cubriendo el rostro mientras no pueden parar de reír. Parece que eso es muy extraño en nuestros días y es, a su vez, algo triste. Con tantas cosas tan horribles que vivimos a diario, las enfermedades, la guerra, las muertes, etc. ¿Cómo llorar y reír al mismo tiempo? ¡Tiempo! Es que de eso se trata, y nos hemos olvidado de ello. Todos tenemos una invitación pendiente a llorir sin parar porque nos lo debemos. Buscar a los amigos, a la familia, las ocasiones en las que hacen más falta risas para fortalecer la esperanza del porvenir.

Reconocimiento y liberación

Nuestras lágrimas brotan porque hay una tensión dentro de nosotros que se vuelve insoportable. Pero al salir, la tensión disminuye y con ello viene un pequeño pero delicioso estímulo placentero. Decía el sabio Confusio: «Hay personas que lloran porque las rosas tienen espinas, mientras que hay otras que ríen de alegría al saber que las espinas tienen rosas». Es parte del sentido trágico de la vida, como tal no podemos hablar nunca de totalidades o absolutos, ¿qué sentido tendría? Mas bien, ¡qué horrible sería! Abrazar el sentido trágico de la vida, en la que un día lloramos, otro reímos, un día nos encontramos para en otro perdernos, es aceptar las cosas tal y como son. Quien vive esperando que el manzano le dé naranjas, vive perdiendo el tiempo.

Aunque regresando a la mención de Dino y el llorir, me parece más cercano lo que decía Gabriel García Márquez: «No llores porque terminó, ríe porque sucedió». Reír es nuestra oportunidad de aceptar y resignificar lo que ha pasado. Insisto mucho a mis pacientes en la importancia de no ser tan duros con ellos mismos, pues de nada sirve aumentar más el dolor y la tristeza cuando podemos hacer algo para disminuirlos. Bien dicen que un evento desafortunado puede tener también sus momentos que nos causen gracia, y eso se debe a que la risa nos ayuda a sostenernos, a «endulzar» un poco el día que estamos pasando. Por eso es importante la comedia, darnos una buena oportunidad de reír en el día.

¿Para qué servirá la filosofía?

«No es no» (breviario sobre el acoso)

«Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior».

-Frida Kahlo

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión me gustaría abordar un tema que cada día se vuelve más complicado y preocupante. Si bien es cierto que al hablar de acoso lo podemos hacer de distintos modos, tipos y formas, vamos a buscar centrarnos en esta ocasión en el que se vuelve contra la mujer. Por este motivo, quisiera ofrecer una disculpa a mis lectoras ya que mi intención no es pretender que sé lo que muchas de ustedes, por desgracia, puedan estar viviendo a diario, sino que me resulta de suma importancia, como hombre, poder hablarlo y abrir el diálogo y la reflexión en torno a esto que tiene que desaparecer.

En la clínica escuchamos muchas cosas a diario, pero sin lugar a dudas el dolor, la tristeza, la desesperación, y demás cosas negativas ocupan bastantes minutos. Ningún psicoanalista, terapeuta o profesional de la salud mental es indiferente a lo que escucha (al menos esa es la idea), por lo que no nos quedamos como si nada más escucháramos cualquier cosa. De hecho, todas las personas que se comportan de manera empática y con orden en la vida (con el esfuerzo que se requiere para ello), por supuesto que se indignan por lo que escuchan a diario sobre estos temas tan penosos y lamentables. Lo más triste es cuando esos casos tienen nombres y rostros conocidos. ¿Y por qué? Porque resulta que ahora sí son importantes. Y eso está terrible de pensarlo así.

Génesis de la violencia

Siempre hay que llamar a las cosas por su nombre, nada de andar disfrazándolas o suavizándolas. Por lo que cuando hablamos de acoso estamos hablando de violencia. Como ya es costumbre en este espacio, la etimología nos ayudará a entender más esto. Violencia viene del latín violentia, que es en sí la cualidad del violento – violentus. Ahora bien, la violencia es un acto donde se emplea la fuerza, así que esta última noción la dividimos en latín como vis (fuerza) y –olentus (abundancia): abundancia de fuerza (violentus). Autores como Maquiavelo y Thomas Hobbes han apostado por decir que el ser humano es violento por naturaleza, cosa que en buena medida es cierto, sin embargo, en la construcción de la sociedad surgen acuerdos que lo que hacen es inhibir, reprimir y castigar conductas que puedan poner en peligro al sujeto y a los demás.

Por parte de los estudios neurológicos que se han hecho hasta nuestros días, se han identificado 3 elementos químicos que son responsables de la agresividad del ser humano:

Dopamina: ocasiona sensación de placer.

Adrenalina: es una hormona que se produce en momentos de alta tensión, ocasionando un aumento de la presión sanguínea y ritmo cardíaco.

Testosterona: hormona responsable del apetito sexual del hombre.

Ahora bien, hay que hablar que en toda relación existe y existirá una puja de poder, por lo que es natural que haya una constante lucha por reconocimiento. Sin embargo, no podemos hacer que algo natural se vuelva un pretexto para poder ejercer el poder con violencia a modo de someter a quien a nuestro creer es más débil. En este punto nos inclinamos hacia el darwinismo social que, en pocas palabras, refleja a una sociedad donde «el más fuerte se come al más débil» a modo de «llamado de la naturaleza».

Violencia y cultura

La violencia contra la mujer se ha vuelto cada vez más notoria y, en buena medida, se han hecho incontables esfuerzos para denunciarla. Sin embargo, ¿por qué parece que esto nunca acaba y, más bien, parece que va en aumento? Si bien es cierto que cada día hay notables apoyos por parte del sector masculino para proteger a las mujeres que son violentadas, lo cierto es que no es tampoco la solución, porque desde un principio no tendría que existir la violencia contra ellas ni contra nadie. Pero saliendo del idealismo utópico, hablamos de una realidad que transgrede más allá de los valores y virtudes de una sociedad. Se ha denunciado desde el siglo pasado hasta la fecha del heteropatriarcado y de cómo la sociedad se vincula estrechamente con éste. En esta realidad, se generan estereotipos que degeneran en un «deber ser» que fortalece a la violencia misma. Por un lado, se crean expectativas, mismas que al no verse cumplidas o satisfechas, hacen que la violencia surja a modo de respuesta ante ellas. Se depositan dichas expectativas en un género determinado y se transforman en satisfacciones obligatorias.

El fin de semana, una muy querida amiga compartió en Instagram varias evidencias sobre el acoso del que ha sido víctima por parte de un sujeto y de cómo no se ha podido resolver esa situación en favor de ella por «complicaciones con temas de ley». En un momento leí algo que me impactó: «pasé del no hacerle caso a tener miedo». Y eso lo escuchamos a diario, pero como decía, es más fuerte cuando esos casos tiene rostros y nombres conocidos. ¿Por qué tienen que vivir con miedo? Y lo que es peor, ¿por qué ser lo que se es debe ser motivo de tener que estarse cuidando? Mi amiga evidenció al sujeto que le hacía constantes llamadas, le mandaba mensajes y correos, hasta incluso que la buscaba fuera de su casa. ¿Y la policía? En este caso «no se podía hacer nada porque se trataba de un extranjero». ¡Terrible escuchar semejante excusa! Esto fue en España, por lo que desconozco la legislación que se tiene allá.

Lenguaje y reconocimiento

Siempre he despreciado eso de que «recuerda que esa mujer podría ser tu mamá o tu hermana», ya que es un acto de discreta discriminación, facilitando la idea de que «sólo unas mujeres merecen respeto». En el progreso de la sociedad, debemos evitar por bien seguir etiquetando a las personas y buscar un mayor respeto que incluso se vea fortalecido por su propia ontología: respeta porque es lo que es. Así de simple. Pero claro, no podemos pensar que las personas cambiarán de un momento a otro sus mentalidades atravesadas por tantas ideas que no hacen sino denigrar al otro. Y aún así, no debe ser nuestro principal impedimento.

Desde la tierna infancia hay que abordar este sensible tema, por tanto es que debemos observar cómo es que para que exista lenguaje debe existir primero la separación. ¿Separación? Sí, hablamos del corte de la díada (relación bebé-mamá) que por lo general lo realiza la figura paterna. Cuando el bebé se ve separado de su madre, de aquella figura que le brinda atención, amor y cuidados, es cuando nombra aquello que ha perdido. Así, con esta separación, surgen las palabras «mamá» y «papá». En psicoanálisis entendemos que el lenguaje tiene su génesis donde aparece la angustia de separación. Por eso es que en la relación donde existen los tratos malos y denigrantes es porque no existe el lenguaje que pueda expresar la angustia de separación, dando paso a que la respuesta a modo desesperado de mantener, sostener o apegarse con el otro sea la violencia misma.

Jessica Benjamin explica que es importante el reconocimiento, ya que sin éste, surge la dominación. Es decir, el reconocimiento de la mujer como sujeto autónomo permite que evitemos verle como algo/alguien innecesario. Esto es un tanto complejo. Veamos: el problema es que el objeto yace fuera, por lo que el malestar consecuente con esta realidad, que traducimos como «imposibilidad de controlarle/poseerle» en totalidad, da paso al acto violento. Ya que si habláramos que el objeto está dentro, no habría necesidad de expresar palabra alguna para que se atienda.

Claramente se trata de un tema muy difícil de abordar en tan breve espacio, y que evidentemente hay quienes tienen mayor autoridad para hablar con profundidad y aportar más sobre el mismo, pero insisto en la importancia de generar reflexión y buscar acción sobre esto. Los hombres tenemos mucho que hacer y siempre debemos aceptar el apoyo de las mujeres para poder salir adelante en esto y aprender con humildad y agradecimiento de ellas.

¡NO ES NO!


Hablar de amistad

«Entre los individuos, la amistad nunca viene dada, sino que debe conquistarse indefinidamente»

-Simone de Beauvoir

Queridos(as) lectores(as):

Hemos llegado al famoso mes donde se celebra el día del amor y la amistad. Un día de profundo origen capitalista que pretende exaltar las bondades de los afectos y cariños entre las personas y que, de un modo bastante pretencioso, legitima y brinda de un carácter cuantitativo lo que se expresa y se comparte. «Cuánto te quiero por cuánto me gasto por ti». La fórmula por excelencia. Sin embargo, no nos vayamos por esa parte amarga y tendenciosa, ampliamente criticada pero, irónicamente, aún así practicada.

Hablar de amistad, sobre todo en nuestros días, amerita que se reflexione exactamente sobre qué entendemos por la misma. En la antigüedad, los griegos tenían la noción φιλíα (philia) para referirse a la relación que se manifiesta en amor fraterno entre los individuos. Sin embargo, ¿qué implica dicho amor fraterno? Antes que nada, un acto de renuncia, seguido por un reconocimiento, luego la aceptación y culminando con la armonía.

Las cuatro reglas

La amistad entre los individuos adquiere un compromiso que pocas veces vemos con claridad a la hora de buscarla y/u ofrecerla. Uno debe comenzar por renunciar al a expectativa que tiene sobre cómo debe ser el otro según el propio deseo. «Mi amigo tiene que ser…». No, no hay un «tener» (deber ser) que valga en la labor filial. Precisamente porque debemos reconocer al otro en su propia alteridad. Pero cuidado, no se trata de «dejarle ser», porque eso supondría un posicionamiento moral elevado que «permite al otro ser». El reconocimiento es entre iguales siendo diferentes. Así, se da paso a la aceptación que destierra todo intento de expectativa maliciosa y perjudicial. De ese modo, la idea es terminar en la armonía de la posibilidad de la coexistencia y del disfrute entre los amigos.

Como ya hemos visto anteriormente con los aportes de Emmanuel Levinas, reforzados por las declaraciones del Papa Francisco, «amar la diferencia es amar la vida». Hablar de diferencia es algo muy abstracto y que no puede escapársenos en ello que no todo lo diferente es bueno. Es decir, amar al amigo por quien es no significa aceptar la falta de ética o comportamientos que perjudiquen a otros. No se trata de cerrar los ojos ante lo que no debe ser, sino de reforzar los lazos ayudándole a recobrar el buen camino. Un verdadero amigo no permite que el otro cometa un crimen y se salga con la suya, si bien la labor de delatarle es algo que podríamos pasarnos incontables debates sobre ello, la corrección y señalamiento de los malos actos es responsabilidad exigida. Ya que si uno cede a ello, no se es amigo, se es cómplice que tarde o temprano pagará por el otro.

Tipos de amistad

Volviendo a los tiempos antiguos, los griegos pensaban que la amistad apostaba por el bien común. Esto en razón de que es un proceso identificatorio y que permite tener claras las prioridades que ayudan y benefician, no sólo a unos, sino a todos. En Ética a Nicómaco, Aristóteles señala incluso que existe una parte «convenenciera» en medida que la amistad hace posible lograr algo que por uno mismo no se podría. Sin embargo, no la hace exclusiva de un lado, sino de ambas partes. Por eso es que la aspiración en la sociedad es una realidad de amistad entre los miembros que la conforman: ver al otro como un yo para atender nuestras necesidades y generar más logros entre todos.

Justamente esta idea que persiste en el pensamiento griego la podemos ver en tres tipos:

-Amistad centrada en la ventaja mutua (lo útil)

-Amistad centrada en el placer mutuo (lo placentero)

-Amistad centrada en la admiración mutua (lo bueno)

La amistad es en sí un reconocimiento de la naturaleza del hombre. Sin embargo, así como podemos ver los grandes beneficios de ésta en nuestras propias vidas, no podemos perder el punto de que es importante fortalecerla y ejercitarla a diario. Hoy por hoy, las redes sociales han hecho posible estar en contacto con gente a lo largo del mundo, pero también es cierto que mientras más cerca estamos de quienes están lejos, más lejos estamos de quienes tenemos cerca. La amistad es un valor y una virtud que debe ejercitarse, así como el cuerpo y la mente, porque si no, pierde su fuerza y termina por convertirse en dolor y tristeza.

La amistad perdura

Ya que revisamos las 4 reglas de la amistad, es importante ir más allá de ellas y centrarnos en una exigencia más: no engañarse. La posmodernidad y las formas líquidas de ella, han demostrado que la propia amistad se ha visto afectada por lo temporal. Ciertamente las personas van y vienen, pero cuando hay amistad, hay un lazo de amor fuerte que no debería romperse. Sin embargo, las inseguridades personales, la falta de confianza, el apego a los chismes vulgares y a la opinión venenosa de los demás, hacen que el individuo ponga en tela de juicio su sentir.

Hace tiempo escuché una entrevista que le hicieron al actor mexicano, Fred Roldán, el cual dijo algo que me llamó la atención cuando se le preguntó sobre su divorcio. Si mal no recuerdo, él dijo «ella me decía que el amor se había acabado, pero yo le dije que no, que para ella tal vez, pero para mí no, yo la seguía y seguiría amando». Esto en relación a la idea que existe de la amistad llega a su fin porque «era su tiempo». Me parece que la justificación en sí es un acto de tratar de no quedar mal, no con el otro, sino con uno mismo. De ahí que sea tan fácil decir «es que se acabó». Por eso es que la cultura del «dejar ir» desprecia descaradamente los intentos de «tratar de conservar». Evidentemente hay relaciones que se fundan lejos de las 4 reglas y que luego terminan por ser tóxicas (esta noción actual me divierte en demasía) y que nada tienen que ver con la amistad. Por eso, si no tenemos presentes esas reglas, todo vínculo se forjará a través del engaño y del autoengaño.

Recuerda, pero vive

Para Katia

«La memoria es el espejo donde vemos a los ausentes»

-Joseph Joubert

Queridos(as) lectores(as)

La semana pasada, se conmemoró el día de las víctimas del Holocausto. En dicha fecha se rinde homenaje a la bendita memoria de quienes fueron asesinados durante uno de los periodos más grises y tristes de la Historia. Incontables son los documentales, evidencias y comentarios sobre lo que sucedió.

Justo platicaba con mi maestra, amiga y colega, Katia, con quien tengo un especial vínculo, sobre el tema de «vivir a pesar de lo ocurrido». ¿Cuántas veces hemos pasado por una tragedia y pareciera que nos inutiliza por buena parte de nuestra vida? Pareciera que es más personal de lo que creemos la pérdida, el dolor y la tristeza, de ahí que se encarnen en nosotros y nos hagan «morir en vida». Todos los que hemos «sobrevivido» a lo que gente querida y amada no, se vuelve una «culpa». ¿Pero por qué?

La culpa del que sobrevive

Sigmund Freud fue uno de los que comenzó la labor titánica de estudiar esto. La culpa es uno de los pilares fundantes de la sociedad y, por tanto, de la civilización. Podemos decir que es un medio por el que se logra una acción que busque evitar pasar por la misma situación que ha ocasionado en el sujeto un profundo malestar. Sin embargo, ¿qué pasa cuando se siente culpa por algo que no es responsabilidad, directa o indirecta, del sujeto? Pensemos en la muerte de un ser querido: el que le sobrevive, fue testigo de su muerte; dicho suceso pegó de manera dramática y le ha llevado a cuestionarse si pudo haber hecho más, si no era el momento, por qué esa persona sí y no él/ella, etc. Es un tema de percepción respecto a la intensidad que soporta la persona.

Hay quienes le llaman síndrome del sobreviviente, esto en relación a estudios que se han hecho precisamente con víctimas que sobrevivieron a eventos catastróficos. Pero sería muy desconsiderado sostener que esto sólo sucede a partir de algo de ese nivel trágico. Recordemos que cuando hablamos de duelo, hablamos de un sentimiento abstracto de pérdida. Así pues sucede lo mismo con la culpa del que sobrevive: el que libra un castigo, el que libra ser despedido, el que sigue en una relación amorosa cuando sus amigos o familiares han roto las suyas, etc. La pulsión de vida es la que hace que uno se aferre con fuerza a lo que debe seguir, a la vida misma. Cuando alguien muere, ¿qué nos queda? No se puede hacer nada, por mucho que quisiéramos, para traerle de nuevo con nosotros, por lo que nos queda es vivir, pero no por esa persona ni la vida que ya no podrá vivir, sino nuestra propia vida y aprender a hacerlo sin esa persona. El tesoro del corazón es la capacidad selectiva de una memoria que los mantiene vivos aunque ya hayan muerto.

Recordar es una acción doble

Conmemoraciones como la de las víctimas del Holocausto sirven no sólo para tener presente lo que fue y a los que fueron, sino para evitar que vuelva a suceder algo igual de doloroso, algo igual de terrible. El tema de Auschwitz y los demás campos de concentración, fue el principal estudio al que los miembros de la Escuela de Frankfort dedicaron textos y profundas reflexiones. Lo importante que había que señalar era que no se podía decir que dichas atrocidades cometidas con los prisioneros hayan sido inhumanas ni mucho menos irracionales. ¿Por qué? Hay que entender que esas crueldades, primero, fueron realizadas por seres humanos y, segundo, fueron perfectamente pensadas y estructuradas. Decir que fueron inhumanos e irracionales es retirar todo indicio de responsabilidad y, por tanto, de culpabilidad.

Cuando los aliados sentenciaron a los altos jerarcas nazis durante los famosos Juicios de Nuremberg entre 1945 y 1946 (lugar muy simbólico, pues fue donde se redactaron las leyes que privaron de sus derechos y de su humanidad a los judíos y demás minorías), el presidente del tribunal, Sir Geoffrey Lawrence, dio un discurso de apertura en el que es importante resaltar: «… este juicio debe aportar un precedente de modo que estos terribles actos no vuelvan a repetirse». Curioso, porque aunque no es mi intención jugar al abogado del diablo, durante la II Guerra Mundial, los crímenes de guerra se llevaron a cabo en ambos lados del tablero. Esto último, de hecho, fue mencionado por el Mariscal del Reich, Hermann Göring, señalando las atrocidades llevadas a cabo por los soviéticos y por la masacre de japoneses por las dos bombas nucleares soltadas por los estadounidenses. Estos juicios, cabe resaltarlo, fueron los primeros que se realizaron de modo tan polémico y en el que el dicho popular se volvió muy notorio: «la Historia la escriben los vencedores». Ya hablaremos en otra ocasión de esto.

Reconstrucción

La vida que permanece es la que está aún de pie después de lo ocurrido. Pero es labor de los que sobreviven reconstruir considerando lo que quedó. Es decir, cuando hablamos de la «bendita memoria de los que ya no están», entendemos que la herencia que dejan en este mundo no son las cosas materiales, sino las personas que educaron, que amaron, que enseñaron sobre la vida. Somos nosotros. El aquí y ahora que más tangible nos resulta. Los que les sobrevivimos, debemos hacer nuestra la posibilidad de seguir viviendo, pero a su vez rindiendo el merecido homenaje por aquellos que hicieron de nosotros lo que somos. La bendita memoria de los que ya no están nos invita a elegir recordarles con amor, con agradecimiento, pero también hacerles parte de nuestra esperanza del futuro. «Tal como decía mi papá», «es como lo hacía mi mamá», «mi querido amigo que siempre encontraba la manera de hacernos reír», etc.

Recordar incluso es una enseñanza de saber valorar lo que vendrá. Me atrevo a decir que la memoria es una escuela donde aprendemos a resignificar todo en la vida para darle su justo lugar, su vital importancia y apreciar sin miedo la finitud propia del mundo y de sus habitantes. Al final de cuentas, la Historia de la memoria es una que se relata con colores, pero sobre todo con amor. De hecho, la reconstrucción del mundo, nuestro mundo, sólo puede ser a través del amor, el perdón, la ternura, el cariño y la revaloración constante que nos ayude a aligerar el peso de la ausencia arropándonos con el suave aroma de nuevas y hermosas presencias.

Bien lo dicen: recordar es vivir. Pero saber recordar, es atreverse a seguir viviendo.

¿Qué sentido tiene?

«La totalidad de la vida es simbólica porque todo en ella tiene significado»

-Boris Pasternak

Queridos(as) lectores(as):

En definitiva uno de los mayores interrogantes que existen es sobre el sentido de la vida. Y vaya que son muchos los comentarios que se han dado sobre ello, donde muchos concuerdan y donde muchos se pelean. Sin embargo, creo firmemente que la vida por sí misma carece de sentido, por lo que es labor de cada uno de nosotros el brindárselo. Evidentemente esto es repetir lo que otros ya han dicho. Me gusta hacer una analogía respecto a cuando se comienza a escribir, ya que el sentido de la vida se asemeja al propio escritor, quien tiene que combatir a la tiranía de una hoja en blanco para poder desarrollar lo que quiere compartir.

El filósofo alemán, Ludwig Feuerbach, sostenía que «la vida del hombre es su concepción de la vida». Esta afirmación debe sernos de mucha utilidad para ayudarnos a pensar en qué es exactamente lo que entendemos por «vida», ya que si no tenemos claro eso, ¿cuál es la idea de buscarle un sentido? En otras palabras, ¿cómo queremos pintar una casa si no sabemos qué casa es? La búsqueda del sentido es algo que siempre va a revolucionar nuestra perspectiva y que hará que nos preguntemos constantemente sobre lo que estamos haciendo y por qué. Y claro, tenemos que tener tranquilidad en el proceso, porque si nos prolongamos en la pregunta, encontraremos una auténtica crisis existencial.

Cuando se pierde el sentido

Hace unos días, A me decía en su análisis: «Le he perdido sentido a mi vida. No sé, no puedo hacer lo que antes hacía de la misma manera. Siento que he perdido la chispa que me caracterizaba». Es en verdad algo muy común, porque detrás de ello existe siempre un factor de cansancio, de decepción, de falta de resultados, etc. Pero, ¿por qué nos duele tanto? Porque justamente se cae la ilusión de control, la falsa idea que tenemos cuando apostamos por expectativas sin brindarles su propio límite y finitud. Es decir, hay que considerar siempre que las cosas que hacemos, para bien o para mal, tienen fecha de caducidad, que no todo es eterno en la vida y que, como dice la sabiduría popular, «la vida es como una rueda de la fortuna, a veces te toca estar arriba, a veces te toca estar abajo». De ahí la importancia de ejercitar en nosotros la tolerancia a la frustración.

El escritor ruso, Yevgueni Yevtushenko, lo dice de una manera más poética: «La vida es un arcoíris que incluye el negro». Todo es hermoso y bello hasta que se vuelve horrible y triste. Y de ahí no vemos esperanza alguna. Cuando cae en nosotros la desgracia, pareciera que todos los colores y sonidos del mundo desaparecen y se transforman en un paisaje donde sólo podemos deprimirnos, pensar de modo fatalista y nos dejamos dominar por el miedo. He ahí la importancia de entender que «a veces nos toca estar abajo», y de ahí nos seguimos a la idea de comunidad: NO ESTAMOS SOLOS. ¿Por qué no buscar ayuda? ¿Y qué clase de ayuda? La que necesitamos realmente, no la que nos «ayudará a salir del problema que tenemos». ¿Confuso? Por supuesto que sí. Una cosa es lo que queremos y otra lo que necesitamos. Querrás dinero, pero necesitas un abrazo.

Red de apoyo

Cada vez que yo me quejaba de algo malo que me pasaba, mi papá con calma y con su elocuencia me miraba fijamente y me preguntaba: «¿Y por qué a ti no?». Siempre vemos las cosas malas como algo que no debería pasarnos a nosotros, porque evidentemente nos causan displacer, sufrimos, nos acongojan, etc. Lo que sucede es que nos confrontan con nuestros propios límites y alcances, cosa que en nuestro orgullo inconscientemente no queremos reconocer. Además, claro, de que existe la muy lamentable tendencia en la sociedad actual de que debemos poder con todo y con todos. Cosa que en realidad no es cierto. ¿Cuándo hemos visto a un venado ponerse al tú por tú contra una jauría de lobos?

La idea de generar redes de apoyo es precisamente aprender a deslindarnos de lo que no podemos. Podríamos decir que se trata de una «estrategia vital» en la que cada uno reconoce todo lo que es capaz de hacer y, con humildad, acepta todo aquello que no. Es como en un equipo de fútbol, donde cada miembro dispone de ciertas habilidades para lograr la armonía que se necesita para poder ser los mejores.

Una red de apoyo emocional es precisamente lo que más se necesita en nuestro mundo tan pragmático y utilitarista. La gente está harta, cansada, fastidiada, con temor, con dolencias. Muchas veces he escuchado la expresión «estoy roto(a)», y es en verdad triste, porque es un modo desesperado de reconocer que la persona sigue de pie sin saber por qué. ¿Y qué se hace con alguien así? Hay que escucharla con atención y respeto, ayudarle a que exprese aquello que le trae así y, en medida de lo posible, asegurarle una atención profesional. ¿Quién dijo que todos tenemos que estar al 100% todos los días? Bien lo dicen amigos míos: «Héctor, cuando hay que llorar, hay que llorar».

Recuperar la chispa

Cada día, la sociedad se muestra más y más exigente con sus integrantes. Hay que saber esto, hay que hacer aquello, hay que evitar esto, bla, bla, bla. Un sinfín de cosas que se plantean pensando en el máximo rendimiento, como si fuéramos máquinas programables que sólo estamos para trabajar y producir. Ciertamente, hay que hacerlo, pero llevando un ritmo y tiempo que permita a cada uno por lo menos respirar. La verdad resulta preocupante cómo hay cada vez más y más memes sobre los achaques físicos que perjudican a los más jóvenes, incluyendo niños. Lejos de lo cómico que puede ser, es motivo para preguntarnos qué es lo que estamos haciendo tan mal en nuestro tiempo.

¿Qué nos está faltando que nos está apagando? Vivir. Ahora, gracias a la pandemia, se nos olvida que hay otras cosas además del COVID-19. Ya lo hemos hablado anteriormente, en cuanto que existen otras enfermedades que no están siendo atendidas, pero en esta ocasión vamos a centrarnos en algo que pareciera «se nos olvida» y que lo tenemos muy cerca: el poder descansar. En la cultura mexicana, al menos, todos crecimos con el clásico sermón de nuestras madres de «no estés echado en el sillón sin hacer nada». Irónicamente, se logra que la idea de acostarse y relajarse se vuelve un no-hacer, que termina por ser una prohibición inconsciente y que hace que la idea de descansar se vuelva algo limitado y que exige que se haga algo más en vez de eso. No todo es trabajar, hay que descansar, estirarse, caminar, saltar, reír, ver la tele, leer un buen libro, ejercitarse, comer saludablemente, acceder a la comedia, etc.

Recuperar la chispa no es otra cosa más que darse un respiro de la rutina. Romper con ella y hacer cosas nuevas, probar algo nuevo. En pocas palabras: recuperar la novedad de la vida. Después de todo, tal como diría Bernard le Bovier de Fontenelle: «No os toméis la vida demasiado en serio; de todas maneras no saldréis vivos de ésta».