Un poco de claridad

«Hablar con poca claridad lo sabe hacer cualquiera; pero claramente, poquísimos».

-Galileo Galilei

Queridos(as) lectores(as):

En este encuentro, quiero compartir con ustedes la solicitud de Alejandro, quien escribe desde Perú: «Héctor, ¿cómo puedo tener claridad en las cosas cuando estoy lleno de dudas?». La claridad, vaya que es un tema a considerar y más en nuestros días. ¿Pero a qué se refiere el buen Alejandro? Cuando hablamos de «dudas», me parece, estamos hablando de cosas que realmente nos importan. Si no existieran, mucho me temo que las cosas serían tan pasajeras y tan aburridas que cualquiera podría seguir adelante sin detenerse a reflexionar. El hacer por hacer. Justo hace unos días, terminé de leer El desprecio (1954), novela del escritor italiano Alberto Moravia, en ella me topé con esto que me hizo apuntarlo en mi cuaderno de notas: «Cuanto más te invade la duda, más te adhieres a una falsa lucidez de espíritu, con la esperanza de aclarar mediante el razonamiento lo que el sentimiento ha vuelto revuelto y oscuro». El sentimiento y la razón pareciera que siempre están en conflicto. Y así es…

Sin embargo, el pensamiento es el amo y señor de las trampas en nuestro ser. Fuertemente influenciado por el inconsciente, el pensamiento nos puede llevar de un lugar a otro, pintarnos escenarios catastróficos y obligarnos a concluir cosas a veces de modo desesperado. Dirían por ahí, «sobre pensamos las cosas en exceso». ¿Pero no pasa igual con los sentimientos? ¿Acaso es fácil diferenciar las cosas? Entre el querer y el deseo hay brechas que después nos confunden demasiado. Por lo que me parece que la duda, lejos de ser algo «malo», nos permite detener todo y nos abre paso hacia el discernimiento.

De valientes y locos

Decía Aristóteles que «la duda es el principio de la sabiduría». Pero antes de seguir con esto, habría que recordar que la sabiduría no es otra cosa sino lo que hacemos con aquello que conocemos. El conjunto de conocimientos es algo que vamos logrando a lo largo de nuestra vida, sin embargo, de nada nos sirve «coleccionarlos» si no sabemos qué hacer con ello. En muchas ocasiones, nos hemos demostrado a nosotros mismos que no por mucho conocimiento que tengamos sobre algo, significa que sabemos exactamente sobre eso. Un poco confuso, pero vamos a hacer un pequeño esfuerzo: si yo sé que puedo ser diabético y al mismo tiempo disfruto de comer muchos dulces, de nada me sirve lo primero. Ojalá fuera tan sencillo, porque aquí no estamos hablando de pulsiones de vida (Eros) o de muerte (Thanatos).

«Cuanto más lo pienso, dudo…»

Por lo general, las más grandes dudas y donde parece que la claridad es un lujo yacen en los terrenos del amor. ¿Cómo saber si lo que siento por alguien es eso y no otra cosa? ¿Cómo saber si esa persona siente lo mismo por mí? Y muchas otras preguntas en las que no es tan sencillo encontrar respuestas. Y es que en el amor, tal parece, no hay tiempo. Esto nos lleva a pensar que quizá en los sentimientos al menos hay algo seguro: lo sientes o no. La cantidad de afecto o intensidad en el sentimiento es algo aparte. Pero si yo digo «es que me gusta esa persona», puedo estar seguro que es un hecho que me gusta. ¿Qué tanto? Es ahí donde la acción es necesaria para averiguarlo. Charles Bukowski diría que «hay que ser valientes para abrir el corazón y dárselo a alguien». El modo de salir de dudas en el sentimiento es permitirnos vivirlo… no hay más.

De dudas y certezas

No logro recordar dónde leí, ni quién lo decía, que «vivimos en una época de excesivas certezas». Lamentablemente fuera de contexto no hay mucho que decir, pero podríamos darnos la licencia de aterrizar dicha afirmación en cosas meramente prácticas. Es muy común el despreciar la tremenda capacidad de reflexionar sobre las cosas que hacemos día con día, en otras palabras, pareciera que hacemos las cosas más por inercia que por pensadas. ¿Por qué es que estamos tan seguros de las cosas que hacemos y del modo en el que las llevamos a cabo? ¿Qué nos dice la experiencia? Claro, que las cosas van en cierto modo bien. Pero hay un cierto deje de conformidad de no pensarlas hacer quizá de mejor manera. Estamos tan acostumbrados a un ritmo y a modos determinados que no vemos más allá de ello. Quizá tenemos demasiado certeza de que las cosas marchan como deberían, pero no del porqué. ¿Qué pasa si antes de hacer «lo de siempre» nos detenemos por un momento a pensar otras posibilidades? Hay quienes no podemos «vivir» sin nuestro café de la mañana, ¿pero qué pasaría si cambiáremos por un fuerte té negro?

Volviendo con Alejandro, más adelante me compartía que tenía dudas sobre su futuro profesional. Que por un lado tenía la presión familiar de seguir con el camino de la abogacía, por el otro tenía la curiosidad de la Psicología, pero también quería mucho inscribirse en Gastronomía. Siempre estamos atravesados por diversas estructuras que dificultan mucho la toma de decisiones, no cabe duda. Quizá uno de los cuestionamientos más crueles que solemos tener es el famoso «qué dirán» los demás. ¿Pero por qué dependemos tanto de la OPINIÓN de ellos? Es que quizá se enojan, quizá no les guste, quizá no sea lo que esperan de mí… En una ocasión platicaba con ustedes sobre el Ideal del Yo y del Yo Ideal, donde uno nos dirige hacia lo que otros esperan y el otro hacia donde nosotros queremos. En determinado momento hay un cruce de ambos: ¿y ahora? Hay que escuchar lo más que se pueda al deseo y tener claridad en el hecho de que, hagamos lo que hagamos, siempre habrá opiniones a favor o en contra de ello. Pero no podemos permitir que NUESTRA vida sea VIVIDA por otros. La mayor claridad que existe en nuestro actuar es que «no hay libertad sin responsabilidad». Uno elige, uno se hace cargo.

Saber tener claridad

Un querido maestro y amigo, el Dr. Jorge Morán (q.e.p.d.), decía: «¡Que haya luz, sin perder claridad!». A veces, el exceso de certezas nos hace perder claridad sobre las cosas. En un breve ejercicio, pensémonos en un cuarto en completa oscuridad, mismo que está repleto de muchos muebles y que nos tenemos que tratar de mover sin tropezarnos. ¿Difícil, no? ¿Pero qué pasa cuando en otra ocasión, recién abrimos los ojos al despertar y hemos descuidado dejar cerradas las cortinas? La luz entra de tal forma que nos obliga a cerrar los ojos, pues no tenemos claridad. Irónico, ¿no? Pensar que la luz es sinónimo de claridad es darse muchas licencias poéticas. Al contrario, hablamos justo de excesos. Ni muchas dudas ni demasiadas certezas, si no, ¿dónde queda el asombro? Por supuesto hay cosas en las que debemos estar muy seguros (condiciones médicas, cálculos para construcciones, etc.).

En Psicoanálisis, llegamos a entender que muchas veces las afirmaciones tales como «tengo tal», «soy tal», etc., son sólo «la punta del iceberg«. Es por ello que en la asociación libre vamos descubriendo pasajes que nos orientan hacia aspectos un tanto más reservados o privados, mismos que se han visto construidos por años de lucha contra el deseo, miedo a reconocernos, etc. Por eso es que es importante señalar que la claridad no es otra cosa sino un punto y aparte, que da paso hacia más y más dudas. De tal modo que no debemos negarnos el poder tener dudas de las cosas, de hecho, hay que ser claros y decirnos (aceptándolo) que siempre habremos de tener dudas. Es un proceso muy común que se llama «vivir».

Esa persona importante

«A lo mejor, la alegría sólo la viven los que son incapaces de definirla».

-Montserrat Roig

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días me llegó un mensaje por parte de Carol, quien escribe desde Uruguay. ¡Gracias por su generosa lectura de este espacio de encuentros! En el mensaje me compartía una inquietud que ha inspirado el texto de esta ocasión. Carol pregunta: «Disculpa, Héctor, ¿qué pasa con las personas especiales en nuestra vida? ¿Cómo estamos ciertos de que lo son?». ¡Qué preguntas! Espero poder aportar algo para intentar contestar.

Las personas importantes en nuestra vida van desde nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hermanos, aquellos amigos y amigas, aquella figura académica, etc. Son tantas personas en las que podemos depositar cantidades significativas de afecto y que se vuelvan en definitiva «importantes». Pero, ¿cómo nos damos cuenta de ello? Usando la sabiduría ancestral de lo simple: porque sonreímos sin necesidad de más. Tal como decía el novelista inglés, William Thackeray: «Una sonrisa es un rayo de luz en la cara». De repente, todo se ilumina.

Tiempos difíciles

No hay día en el que no nos enteremos de cosas tristes y dolorosas. Justo estas adversidades nos han hecho resignificar lo que consideramos realmente importante en nuestra vida. Enfermedades que surgen de la noche a la mañana, artimañas y crisis financieras, guerras, violencia… ¡Joder! ¡Qué tiempos para estar vivos! Y pues sí, en efecto, aquí seguimos, de un modo u otro, pero no se trata de hacer de nuestra vida un sinónimo de supervivencia. En la resignificación de las cosas realmente importantes, en un momento volteamos a ver a nuestros semejantes y en contados casos sonreímos sin más, a modo de una confesión silenciosa que dice «qué lindo, qué bueno, es estar contigo a pesar de todo esto».

¿Por qué pensamos que la persona importante en nuestra vida únicamente responde a una situación romántica? Claro, podemos verlo siempre de esa manera, porque de buena medida es algo que todos aspiramos, el tener a alguien que se vuelva nuestra inspiración y demás. No caigamos en temas de codependencia, eso lo dejaremos para otro encuentro. Pero sí debemos ser capaces de reconocer en el rostro de aquella persona la importancia que le brinda nuestro corazón. Calderón de la Barca decía: «Es parentesco sin sangre una amistad verdadera». Esa extraña sensación de familiaridad es lo que nos hace sentirnos seguros. Donde late el corazón a pesar de la ausencia, ahí es.

Reconocer y agradecer

Me es imposible evitar pensar que «¿qué pasa cuando esa persona importante ya no está más en nuestras vidas?». Esto se puede deber a muchos factores, pero los más comunes son el alejamiento, los mal entendidos, los pleitos, pero también ocasiones de pérdida tales como la muerte. De hecho, el fin de semana me puse a ver el stand-up de Franco Escamilla, Payaso, que inadvertidamente me soltó un golpe directamente al corazón. El comediante mexicano nos hace partícipes de su característico humor, pero al momento de ir cerrando, es ciertamente imposible sentir empatía al momento de verle quebrarse al contar lo que fueron los últimos días con su papá, quien recientemente falleció. Por supuesto que quienes hemos pasado por semejante pérdida, podemos reconocernos en ese relato.

Franco hace la invitación a que valoremos a las personas y que no nos quedemos con resentimientos y tonterías de ese calibre. ¿Por qué tenemos que esperarnos a perder a esas personas importantes para darnos cuenta de lo que realmente lo eran en nuestras vidas? Cada día que pasa, la tensión social se incrementa. Comentaba en mis redes sociales que estamos en un punto de histerización social muy preocupante. ¿Qué hacer? No es algo tan simple, pero podemos empezar por darnos la oportunidad de pensar más en el compartir. Hace unos días, mientras me tomaba un rico café cerca de mi casa, vi llegar a un joven que se veía notablemente preocupado; no pasó mucho y llegaron otros 2 a acompañarle. Apenas se levantó a saludarlos, el joven soltó en llanto. No pude evitar escuchar la conversación y él les compartía que se sentía lastimado porque «la chava que le gustaba, no era lo que esperaba» y que había soportado muchas cosas por parte de ella. El dolor del amor es inigualable. Muchos quizá digan que es una situación común la desilusión, pero es obviar las cosas que no son simples: cada dolor es valioso e importante y merece su escucha y acompañamiento. ¿Por qué si nos reunimos para festejar o divertirnos, no nos reunimos para consolarnos de los distintos avatares de nuestras vidas?

La sinceridad

Qué bonito es toparse con gente sincera, pero no de aquella que confunde la sinceridad con la ofensa y la grosería. Ayer, con una paciente, salió el tema de qué pasa cuando recibimos un Whatsapp preguntándonos «¿cómo estás?», y que por regla general solemos contestar «bien, gracias. ¿Tú?». ¿Qué pasaría si realmente contestáramos por como estamos? ¿Qué pasaría si yo contestara con un «estoy jodido, enojado, molesto, triste, deshecho»? La sorpresa se haría presente, sin embargo no sería novedad. Es decir, todos estamos pasando por momentos complejos de un modo u otro, afortunados quienes no o que están saliendo poco a poco de sus malestares. Pero cuando te topas con personas que no ven el caso en portar máscaras de aparente sanidad emocional, y que abren el corazón de par en par, quizá es que te has encontrado a alguien importante.

Muchos, quizá la gran mayoría de mis amigos que más amo, están lejos de mí. No hay modo de que los pueda ver como quisiera, pero el acompañamiento es incuestionable. Porque nada cuesta un minuto para estar al pendiente. ¿Por qué hablamos de «costos»? Es como aquella expresión que detesto que dice «valió la pena». ¿Acaso vale la pena ver a los amigos? Es tonto, pero lo usamos sin más.

Una persona importante, por ejemplo, es aquella que nos hace reír, que nos hace estar bien aunque las cosas estén fuera de control. Una persona importante siempre te da calma, pero no imaginamos cuánto contribuimos también a la suya.

Querida Carol:

Sin duda las personas importantes en nuestra vida son muchas, y a veces ni lo imaginamos. Pero lo que nunca debemos olvidar es que también lo somos para otras más, de un modo u otro. El valor de todo esto radica en el reconocimiento, no del miedo a la soledad, sino del amor por el compartir y acompañar. Pensar en las personas importantes en nuestra vida, nos permite contar nuestros latidos y darnos cuenta de lo importante que son. No hay uno sin otro. Te abrazo y deseo de corazón que todo sea para ti una experiencia que te permita aferrarte a la vida. ¡Resiste! Pero no dejes de compartir.

La batalla más dura

«En dos minutos me ha hecho usted feliz para siempre. Sí, feliz. Quién sabe, quizá me ha reconciliado usted conmigo mismo. Quizá ha resuelto mis dudas… «.

-Fiódor Dostoievski (Noches blancas)

Queridos(as) lectores(as):

Hace días que vengo pensando en este tema y en realidad no es nada sencillo, pero hay que seguir intentando. Desde hace varios años, la sociedad está muy acostumbrada a señalar, a ser la que juzga, a ser la que indica el camino correcto, etc. Sin embargo, ¿por qué pareciera que nos sirve más de pretexto que para una auténtica reflexión? Si bien es cierto que la sociedad erige cientos de normas y leyes para la «sana convivencia» entre los individuos que la conforman, ¿por qué es que no se genera también una posibilidad de sana relación con nosotros mismos?

No hay nada más fantástico e intolerable a la vez que el propio deseo. ¿Quién se sabe escuchar realmente y se deja llevar por lo que el deseo le puede llegar a pedir a gritos? ¿Es que acaso podemos realmente captar el mensaje que se nos está dando? Es difícil orientarse hacia la realización del deseo en tanto que muchas veces va en contra de lo que la sociedad determina. Ante algo así, ¿cómo poder asegurarse algo que, a nuestro creer, podría otorgarnos un cierto placer? Decía el Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». ¿Pero se puede hacer eso evitando las estructuras que nos atraviesan día con día?

El que calla, otorga

Siguiendo con el texto con el que empecé este encuentro, Noches blancas (1848), siendo uno de los textos más conmovedores del escritor ruso, Fiódor Dostoievski, hay otro cuestionamiento que me parece importante traer en estos momentos: «¿Por qué no decir sin rodeos lo que tiene uno en el corazón, inmediatamente, cuando sabe uno que su palabra no se la llevará el viento?». Es muy común el silencio en las personas por diversos motivos: falta de confianza, miedo, duda, nervios, etc. Bien decía Sigmund Freud que existe el miedo al fracaso, pero también el miedo al triunfo. ¿Qué pasa si lo que decimos nos garantiza lo que estamos buscando? Esto lo pienso específicamente en situaciones tales como una declaración de amor. De hecho, si no han leído el cuento de Dostoievski, me animo a decir que es justo un fascinante recorrido por la angustia de decir un «te amo» y sus consecuencias. No diré más, por favor, léanlo.

Muchas veces solemos decir que sabemos lo que queremos decir, sin embargo, por x o y razón no nos animamos a hacerlo. Insisto, hay muchos factores para entender eso. Sin embargo, no hay que descuidar que todo aquello que callamos y que se acumula con todo y su carga de afecto en nosotros, tarde o temprano el cuerpo encuentra la manera de gritarlo. La enfermedad es una de ellas. Ahora que lo pienso, cuando dicen «está enfermo de amor», quizá tenga mucho que ver con el hecho de la incapacidad de poder manifestarlo y todo eso se vuelve en su contra en una delirante situación que enferma y daña. «El que calla, otorga», dice el sabio refrán.

La batalla más dura

No hay nada más neurótico que batallar día tras día con uno mismo. «¿Haré esto o no? ¿Qué pasará si lo hago? ¿Y si no?… «, tantas preguntas desquiciantes que terminan por rendirnos ante la imposibilidad que surge de nosotros mismos hacia la misma posibilidad de vivir la vida. Y no, no es nada sencillo romper con eso. Por eso es que la batalla más dura es la que se libra contra uno mismo en la persecución inconsciente de nuestra propia libertad. Volviendo al tema del amor, ¿cuántas veces no nos hemos visto relacionados en situaciones así? Pienso, por ejemplo, en el legendario Cyrano de Bergerac (1897), del escritor francés, Edmund Rostand. Un hombre valiente, tenaz, con arte en la esgrima y en la batalla, poeta y filósofo, y condenado, no por su gran nariz, sino por el amor inconfesable hacia su propia prima, la hermosa Roxanne…

Escena de la película de 1990 de Cyrano de Bergerac

Lamentándose, el pobre Cyrano recita esto: «El alma que ama y revelarlo no osa, con la razón se encubre pudorosa. Me atrae un astro que en el cielo brilla; mido su altura, en mi ruindad reparo y, por miedo al ridículo, me paro a coger una humilde florecilla». Quizá el pretexto que podría poner el propio poeta era su enorme nariz, ¿quién podría amarle con semejante atributo? Pero no, lo cierto es que no es así. ¿Cómo podría –más bien– permitirse ser amado por Roxanne? ¿Quién se enamora de quién y por qué? A lo largo de esa hermosa historia, se nos demuestra que la bella mujer se enamora más y más de la prosa, de la expresión, de las palabras, de la hermosa conjetura de las palabras. Ciertamente, aunque el joven y apuesto Christian era «su caballero», ¿qué es de un cascarón sin su valioso contenido?

Más allá de uno (mirándose al espejo)

¿Qué es lo que hay ahí sino lo que hay? ¿Qué es lo que es sino lo que es? Preguntas muy filosóficas que nos obligan a preguntarnos qué es lo que nos limita realmente a ser sinceros con nosotros mismos y a armarnos de valor para expresar todo lo que sentimos, todo lo que callamos, todo lo que nos parece tan poca cosa para poder compartirlo. ¿Quién es capaz de brindar un valor cuantitativo al decir de cada uno de los hombres que habitamos este planeta?

Cyrano nos revela el significado del ser artista para los demás: «Cuando yo hablo, vuestra alma encuentra en cada una de mis palabras esa verdad que ella busca a tientas». A veces tenemos que hacernos con expresiones ajenas para poder encontrar la nuestra. El artista, el poeta, encuentra las palabras que nosotros no hemos podido, pero no es que hagamos uso de sus poemas para darnos a entender, para manifestar sutilmente nuestro sentir hacia otra persona, sino que nos ayuda a ejercitar nuestra alma y así ir fortaleciendo nuestro propio valor y a resignificar todo cuanto sentimos para compartirlo y permitirnos vivirlo.

La poesía, al final, es una herramienta para acceder a nuestro propio corazón para redescubrirlo.

Quizá podamos hacer algo más

Para Sofía

«El poeta debe ser un profesor de esperanza».

-Jean Giono

Queridos(as) lectores(as):

Qué días, qué días… Vaya que las cosas no son nada fáciles cuando nos sumergimos demasiado en la realidad. ¿Hay que alejarse de la realidad? ¿Acaso es posible? En buena medida y en sentido muy estricto, es imposible. Pero sí que podemos hacer algo al respecto: imaginar algo mejor. Si bien es cierto que el imaginar no hace que las cosas necesariamente cambien, también es cierto que nos da una suerte de consuelo el poder ver las cosas de una manera distinta.

Justo para este punto quiero compartir con ustedes una breve historia que encontré en mi librito consentido, El pequeño camino de las grandes preguntas, de Mons. Mendonça. En esta ocasión es sobre el poeta Tonino Guerra, quien fue prisionero de un campo de concentración. Llegado el día de Navidad, sin ningún rastro de empatía y con una gran desconsideración, les sirvieron una raquítica porción de cena. Él y sus compañeros, sólo podían recordar aquel maravilloso platillo al que estaban acostumbrados cenar en tal fecha: tagliatelle al ragù (ravioles a la genovesa).

«¡Podemos cocinar un plato de pasta con palabras! -al parecer fue Guerra quien lo empezó por sugerir-. ‘¿Cómo?’, quisieron saber. Atropelladamente, el poeta empezó a dar órdenes concretas: ‘Pon a calentar el agua. Tú, ve a buscar una cebolla. Deprisa, deprisa, fríela en una cacerola. Un diente de ajo. Tú, vigila el fuego. Busca cuatro cucharadas de aceite. Tú, trae carne picada. Un vaso de vino blanco, ¿dónde está el vino blanco? ¡Qué maravilla! ¿Os llega el olor? Traed sal y pimienta. La pasta está en su punto. Escurridla. Tú, tú, rápido, trae la salsa. Yo le pondré un toque, sólo un ligero toque de parmesano y… lista [aplaude]. Deprisa, deprisa, que cada no acerque su plato».

Para seguir con ese ejercicio, los demás compañeros acercaron sus manos a modo de concha para que les «sirvieran» el maravilloso manjar de letras, acto seguido comenzaron a «comerlo» con una alegría incomparable. Ya al terminar de servirle al último de los prisioneros, el primero preguntó: «¿Puedo repetir?».

Está lloviendo… saca el paraguas

El día de ayer, una paciente me decía que a ella le gusta que llueva para poder salir a caminar, pues es maravilloso para ella poder hacerlo en ese momento. Ahora que andamos en ánimo italiano, recuerdo la película La vita è bella (La vida es bella, 1997) del magnífico maestro de la sonrisa, Roberto Benigni. Justo también es sobre la historia del pesar de los desafortunados que terminaron en campos de concentración durante el periodo nazi en Europa. ¿Cómo hacerle para que un pequeño niño no tuviera que «vivir» las atrocidades de ese momento? A partir de la imaginación, del humor y la esperanza, el buen Guido Orefice hace que su pequeñito piense que se trata de un juego, en el que hay que ganar puntos. Así, el ganador tendrá de premio… ¡un tanque! No diré más sobre la película por si hay algún lector que todavía no ha podido, quién sabe cómo, ver tan hermosa película.

Jean Anouilh, escritor y dramaturgo francés, decía que «la vida es muy bella cuando a uno se la cuentan o cuando la lee en los libros; pero tiene un inconveniente; hay que vivirla». ¿Pero por qué afirmar eso con tintes tan pesimistas? En efecto, la vida no es algo que elegimos que sea como quisiéramos, en ocasiones sólo nos queda aceptar lo que es. Pero siempre tenemos la posibilidad de vivir de un modo en el que «mejor nos acomodemos». Quizá podríamos pensar en este punto que se trata de «tolerar» la vida, pero me atrevería a decir que no es del todo exacto, ya que más bien es justo «aprender a vivir a pesar de la vida». ¿Es que si llueve no puedes seguir tu camino? Cierto, no será tan fácil, pero no es imposible. Hay grados de dificultad que poco a poco se van superando.

¿Puedo repetir?

Regresando a la historia que compartí al principio, dime, querido(a) lector(a), ¿no se te antojaron esos ravioles? Si me dices que no, caray, lo siento mucho… ¡vuele a leerlo y ahora sé parte del relato! Y esa es precisamente la clave: sentirnos y sabernos parte del mundo, en su modo y en su rumbo. Decía el poeta español, Gustavo Adolfo Béquer: «El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo». Pero eso de «sacar un mundo» no es inventarse algo aparte, al contrario, es precisamente construir con el material que se tiene. ¿Qué podemos hacer cuando la ola del mar viene hacia nosotros? Podemos correr, podemos ir hacia ella, podemos dejarnos llevar. Hay alternativas, pero de que nos mojamos, nos mojamos. Hay cosas que son inevitables, pero podemos elegir cómo vivirlas de tal modo que encontremos algo que nos haga seguir.

Pienso tanto en la gente que está pasando por alguna calamidad en estos momentos, y me parece que es pensar por todos, porque por muy pequeña que sea, no dejar de ser algo que nos afecta. Por ello, para terminar este encuentro, te animo a que no te dejes convencer por aquello de que «no hay de otra», quizá lo que falta es que nos atrevamos a aceptar que quizá haya algo más por hacer. No renuncies a este a momento, vívelo con pasión (llora, grita, desespérate, pero hazlo de modo que no tengas que seguir haciéndolo después). Los momentos pasan, otros llegan, pero nunca hay que quedarnos con la idea de que estamos solos. Abre tu corazón, y encontrarás visitantes.

Y recuerda: tener esperanza es darle siempre oportunidad a la vida.

¡Ya no puedo!

«La vida es difícil, pero no importa»

-Etty Hillesum

Queridos(as) lectores(as):

He estado un poco inactivo en la página simple y sencillamente por lo mismo que denuncia el título de este encuentro. Tuve que tomarme unos días para descansar y reflexionar sobre varios puntos. Hace tiempo, una amiga de mi familia, me preguntaba que «¿cómo era posible para mí que no me afectara lo que escucho de mis pacientes?». Ciertamente no es que no me afecte, por supuesto que sí, de lo contrario no podría ni siquiera atreverme a ofrecer mi escucha a nadie. Pero, también es cierto, que hay que entender que muchas cosas no nos pueden afectar más que en el sentimiento y no dejar que nos quiten el sueño. Por supuesto que la empatía nos hace preocuparnos y despierta en nosotros un deseo genuino de que pronto puedan superar el mal momento que están atravesando nuestros pacientes, y existe un cierto consuelo que se comparte entre el ser escuchados por alguien sin ser juzgados y por el hecho de poder escucharles cumpliendo con una cierta fantasía de al menos poder ayudarles en algo.

Pero sí, la vida es difícil, cada día parece que hasta empeora. No se trata de ser pesimistas, pero los panoramas mundiales no son muy favorables. Sin embargo, NO IMPORTA. Etty Hillesum murió en Auschwitz en 1943, víctima del odio y la ignorancia. Pero ella, así como cientos de miles de personas que padecieron ese horror, siendo uno de los máximos fracasos de la razón, nos aportan semillas de esperanza que debemos siempre comenzar a sembrar para nosotros mismos.

A pesar de todo…

A Etty una vez le cuestionaron: «¿Cómo puedes pensar en flores en medio de un mundo en ruinas?». Esto porque ella estaba maravillada con un jarrón que tenía en el campo de exterminio, en el cual pudo ver fascinada cómo dos flores se abrían. Ella tenía las cosas claras: no puedes permitir que se pierda una porción de eternidad, por muy pequeña que sea, en lo que entiendes por realidad. Es decir, ¿por qué nos casamos con la idea de que todo está mal y que no hay alternativa de algo bueno? Pensar de ese modo, en efecto, es limitarse a un pesimismo que tiende a un fatalismo incurable. El dolor yace en la idea de que nada puede cambiar y que nos veremos atados a ello lo que resta de nuestra vida. Pero no es verdad…

Foto de Etty Hillesum

Recuerdo con especial cariño una vez que el dolor de mi entonces padecimiento me sorprendió a la hora de estar dando clases. De un momento a otro, mi expresión pasó a demostrarle a mis alumnos, quienes me veían asustados y preocupados, que ya no podía más. Uno de ellos, al ver cómo me doblaba del dolor, asustado salió a pedir ayuda. Llegaron entonces dos profesores y me ayudaron llevándome a la enfermería de la escuela. Resulta que, por error mío, no me había tomado la medicina y eso desencadenó la trágica escena. Me hicieron favor de conseguir que me trajeran el medicamento a la escuela y lo tomé en seguida. No pude continuar dando clases ese día.

Al día siguiente, ya recuperado y ahora sin haber olvidado la medicina, al entrar al salón, mis alumnos me esperaban ansiosos y preocupados. «Profesor -me dijo uno de ellos- le juramos que no nos aburre su clase, ¡pero no nos asuste!». Ese comentario me hizo reír. Era la manera con la que podían lidiar con el susto que les había metido. Después de bromearles un poco sobre lo ocurrido, procedimos. Me di la vuelta para escribir algo en el pizarrón y sólo pude escuchar un silencioso y comunitario «qué bueno que esté bien».

Estamos hartos

¿Cómo podemos esperar cosas buenas cuando hay tanta calamidad? Parece que estamos por momentos atrapados en un bucle donde no hay manera de salir. Como si sucedieran cosas bonitas para sólo esperar a que pase algo horrible. En México hay una expresión que me resulta jocosa, pero que expresa demasiado: «¡Ya chole!». Según el lingüista, Arturo Ortega Morán, el uso de eufemismos como éste se hace “cuando no quieres decir directamente la palabra porque puede resultar ofensiva». Por tanto, «ya chole», significa «ya basta». Pero entendamos que ese «ya basta», evidentemente se expresa con fastidio y frustración, por lo que la ofensa podría seguirle. Ahora bien, ¿cuántas veces decimos «ya chole con esto»? Todos estamos hartos, sí, bastante. ¿Pero de qué? De nosotros mismos.

¿Np te hartas de estar harto?

¿De nosotros mismos? Sí, así es. Entendamos que ese fastidio que manifestamos es porque «nos pasan las cosas porque somos unos idiotas (por no usar alguna expresión más fuerte)», «porque no sabemos poner límites», «porque confiamos demasiado», «porque nos hace falta malicia» y demás cosas que sólo nos hacen sentir peor. El mundo gira a pesar de nosotros. Es decir, no todo depende de nosotros y por supuesto no somos responsables, pero en buena medida encontramos ciertas conexiones para vernos inmiscuidos en ello.

En palabras de Etty, «el mayor robo que nos hacen, nos lo hacemos nosotros mismos». Muchas veces caemos en el error de querer cambiar pero para mal. «Ahora ya no seré buena persona», «¿Me quieren que sea cruel?, pues eso seré…», etc. ¿Por qué renunciar a lo mejor de nosotros mismos por culpa de quienes sólo manifiestan lo peor de ellos? Claramente uno siente que el mundo le falla, y es que hay demasiada expectativa. Nos olvidamos de la propia humanidad y de lo que ello significa, y entre lo que no debemos olvidar yace la posibilidad misma del error.

Aprender a ser amables

El escritor estadounidense, George Saunders, comparte lo siguiente:

«Cuando vuelvo la vista atrás, me doy cuenta de que he pasado la mayor parte de mi vida ofuscado por cosas que me apartaban de la amabilidad. Cosas como la ansiedad. El miedo. La inseguridad y la ambición. La convicción de que si consiguiese acumular -éxito, dinero y fama suficientes-, mis neurosis desaparecerían».

Justamente, el día de ayer desayunaba con mi querido amigo, Martín, y reflexionábamos sobre varias cosas. En un momento, compartí que «nos hace falta darle oportunidad a lo extraordinario». Al decir eso, bueno, nos pasamos como 2 horas debatiendo el tema. Pero a lo que yo me refería es que muchas veces pensamos que lo extraordinario, se trata de algo enorme, muy llamativo, algo que deja perplejo a cualquiera. Sin embargo, mi intención realmente era resaltar aquellas cosas sencillas que pensamos y que dejamos sólo en la ilusión o en la fantasía. Cosas que nos hacen conectarnos con nosotros mismos y que nos vinculan al mundo de la vida: salir a dar una vuelta, sentarse en una banca en el parque, comer un dulce, beber agua fresca, etc. Lo extraordinario es recordarnos que podemos seguir viviendo a pesar de las duras y complicadas circunstancias. Porque, sí, la vida es difícil, pero no importa.

Sonríe primero para ti

Por eso es que insisto mucho con el hecho de aprender a ser amables, pero empezando con nosotros mismos. ¿Por qué «pagar» tan caro las consecuencias de otros con nuestro propio castigo? ¿De qué nos sirve? ¿Para aprender por las malas? Definitivamente el error es un gran maestro, y la frustración también lo es pero sólo si la sabemos encaminar hacia una enseñanza bondadosa. Decía san Agustín: «Lo verdaderamente extraordinario del ser humano es que pudiendo hacer el mal, elige hacer el bien». Quizá la lógica del mundo sea algo «cruel y absurda», en sentido de que no se «recompensa» lo que hacemos como quisiéramos, pero lo cierto es que esos resplandores de amor y amabilidad que podemos dar al mundo en ruinas, pueden llegar a ser los nuevos cimientos de un mejor futuro para todos.

¡No te rindas! ¡Resiste!

Caminatas y nubes

«El arte nace de la observación y la investigación de la naturaleza»

-Cicerón

Queridos(as) lectores(as):

En los últimos meses he tenido la oportunidad de dar unos cursos relacionados con el arte, la emociones y el inconsciente en mi alma mater, la Universidad Panamericana. Además de tratarse de temas que me apasionan y que son parte de mis trabajos de investigación, me resulta maravilloso y muy enriquecedor la experiencia misma de compartir justo lo que esos temas despiertan en los participantes. No hay nada más bello que ver cómo alguien se conmueve ante una obra de arte. Un misterio fantástico y muy subjetivo.

En este encuentro, me gustaría compartir con ustedes algo que justo me ha pasado hace unos días durante una de mis largas caminatas. ¿Caminatas? Sí, cosa que siempre recomiendo hacer por lo menos unos minutos al día y de preferencia en solitario. No sólo por sus beneficios en la salud, sino por lo que se genera a nivel anímico. Las posibilidades son tantas y a la vez tan únicas que bien vale la pena desprenderse un poco del tedio de las labores y los estudios.

Caminos y encuentros

El antropólogo, David Le Breton, en su libro Elogio del caminar, nos dice lo siguiente:

«Caminamos sin necesidad de un motivo, por el placer de degustar el tiempo que pasa, para descubrir lugares y rostros desconocidos y también, simplemente, como respuesta a la llamada de la carretera. Caminar nos ofrece la tranquila posibilidad de reinventar el tiempo y el espacio, y por eso, experimentamos una alegre humildad ante el mundo».

Autores de la talla de Aristóteles, Spinoza, Kant, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, etc., dieron vital importancia a sus caminatas y a la profunda influencia de ello en sus obras. Un hecho tan sencillo y que nos vincula con los demás de una manera humilde y austera. ¿Cuántas veces no nos hemos dicho «voy a dar una vuelta para pensar más claro»? Sin duda hay algo en esa acción que nos posibilita el poder tener más paz y calma, sin importar qué tan rodeados estemos.

Tal como lo adelanté, hace unos días, caminando por la zona en la que vivo, llegué a una esquina donde yacía un pequeño niño, muy quieto y sereno, mirando el cielo. «¿Qué miras, peque? -le pregunté. Apenas movió su cabecita sin despegar la vista del ente celeste y me contestó: «Esas nubes… ¿no son geniales?». Acto seguido me puse a ver las nubes y escuchaba cómo el niño empezaba a compararlas con otros objetos: un avión, una espada, un elefante, etc.

Las nubes maravillosas

Justo ahora recuerdo que hace tiempo, cuando todavía estaba estudiando la carrera, compartí una foto en mi Facebook de una foto en la que decía yo que tenía forma de un anciano mirando el cielo. Un profesor me comentó: «Es bueno que tengas todavía la capacidad del asombro y que te detengas a mirar las nubes». La pregunta aquí es: ¿por qué ya no lo hacemos con tanta frecuencia? Los días están nublados desde hace unos años y las nubes se nos hacen tan distantes y, a veces, tan poca cosa, tan poco significantes para lo terrenal, para lo que estamos viviendo aquí y ahora. Y no es del todo cierto…

En 1862, Charles Baudelaire publicó El extranjero, donde encontramos esta belleza:

«-Dime. hombre enigmático, ¿a quién quieres más: a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano? […]

-Amo a las nubes… a las nubes que pasan… allá lejos… ¡a las nubes maravillosas!»

La sencillez de la vida pareciera que se va perdiendo con el paso de los años, pero lo que es un hecho, tal como decía Nietzsche, «la filosofía de la existencia se escribe con las manos y con los pies». De ahí la importancia de una alegre y grata caminata que nos permita recordar que el mundo está justo ahí fuera, esperando, diciéndonos «aprovecha». ¿Qué hacemos tanto tiempo pegados tras una computadora, un televisor, un celular, etc.?

¿Te has detenido a mirar las nubes? ¿No? ¡Mira que en verdad son geniales!

Mozart y un «escándalo» epistolar

«Todas las cartas de amor son ridículas. No serían cartas de amor si no fuesen ridículas»

-Álvaro de Campos (Fernando Pessoa)

Queridos(as) lectores(as):

Últimamente en distintas páginas de Facebook han estado compartiendo algunos fragmentos de algunas cartas del compositor austriaco, Wolfang Amadeus Mozart, a su prima, Marianne. ¿Y qué tiene? Pues para empezar podemos decir que son de naturaleza romántica, en la que exponía sus sentimientos hacia su prima, mismos que no eran bien vistos por su padre y demás familia. Sin embargo, el contenido erótico en esas expresiones románticas son las que «escandalizan» a los lectores. ¿Cómo es posible que Mozart, siendo el genio que era, se «rebaje» de ese modo tan escandaloso? Pregunta en sumo interesante ya que nos permite, una vez más, darnos cuenta de la manera tan errónea en la que concebimos, de modo casi idolátrico, a la gente que solemos admirar. Les arrebatamos su lado humano y los encaminamos hacia un sendero de perfección y pureza en demasía inocente y absurdo.

De hecho, hace algunos años, salió la película Amadeus (1984), en la cual se mezclaba la ficción con la realidad. Pero lo llamativo de esta película es que exponían a un Mozart (Tom Hulce) siendo un auténtico infeliz, al gran Salieri (F. Murray Abraham) un envidioso mojigato de la nobleza austriaca, y enfrentando a ambos genios de las maneras más humanas imaginables. Es una película que retrata más una historia para vender que lo que sucedió realmente. Pero la parte humana, la parte miserable, es justo lo que incomodó a los amantes de la música y del «buen gusto».

En el mundo hay más ídolos que realidades

Esto último lo encontramos en el libro El ocaso de los ídolos, de Friedrich Nietzsche. Ese constante empeño de despreciar la realidad, de negar la vida, ha hecho que el hombre crezca en ambiciones desproporcionadas, de modo que apueste más por un intransigente imperativo del deber ser, que de lo que es. Apostamos tanto por la reputación, la imagen, la idea, la fascinación propia y el ego desatado, que muchas veces nos olvidamos del suelo que estamos pisando. A decir verdad, las notas que han sacado sobre las cartas de Mozart son algo viejas, ya que tienen años que fueron «expuestas», pero lo que me resulta entretenido es el morbo tremendo que desencadenan en sus muy piadosos seguidores los ídolos reconstruidos con soberbios trazos casi de dioses.

¿Acaso porque Mozart fue un genio en el tema de música, se le tiene prohibido ser hombre? ¿Es que ser hombre implicad abrazar la virtud y desterrar los vicios y demás cosas «negativas» de su propia naturaleza? Demasiada neurosis de por medio. El tema de los ídolos es que se les ve demasiado lejanos de la mundaneidad, por lo que cualquier cosa que hagan que «no esté de acuerdo con esa grandiosidad», es motivo de uno de los más miserables morbos que la sociedad puede generar. «Todos tenemos por dónde cagar», dicen por ahí. ¿Por qué nos sorprende?

Lo escandaloso de ser uno mismo

Sería interesante analizar la fijación anal, y por tanto fecal, del jovencísimo Mozart que se expone en la cartas a Marianne pero también a las demás personas, como a su amada esposa, Constanze Weber. Uno de los fragmentos que se comparten demasiado es:

«Acogeré tu noble persona como bien merece, te sellaré en las nalgas mi membrete, te besaré las manos, dispararé la escopeta del ano, te abrazaré de más, te pondré lavativas por delante y por detrás, te pagaré cuanto te debo sin descuidar ni un pelo y soltaré —y que resuene— un señor pedo (y quizá también algo sólido)».

Un joven adolescente expresando sus deseos sexuales. ¡Qué horror! ¡Pecado! Joder… La naturaleza expresiva de quienes pasan o hemos pasado por esa etapa, no puede ser sino algo que se torna desesperante. De hecho, la propia palabra «adolescente», nos habla de aquel que «adolece». ¿Por qué estigmatizar esto? ¿Es que no puede ser tratándose de Mozart? Ay, mis queridos(as) lectores(as), en verdad insisto en que evitemos idealizar lo que no podemos hacer tan siquiera con nosotros mismos. «Es que yo nunca haría/diría algo así…», por favor. Acostumbrado al lente prejuicioso de la sociedad, el ídolo tiene que encontrar consuelo en la intimidad, lugar donde «podrá ser quien realmente es», sin tener que aparentar para complacer. Aunque es triste e irónicamente chistoso, que la intimidad que unos compartían en la discreción de las relaciones epistolares, años después se consideren cosas de dominio público. Y nos seguimos quejando de que violen nuestra intimidad cuando damos nuestros datos en la red…

Las cartas escritas para otros

Ciertamente, muchos de los más notables personajes de la Historia, compartieron más (sin saberlo) en sus cartas que en lo que estaban conscientes que estaban demostrando. El autor, Simon Sebag Montefiore, en su libro Escritos en la historia (Crítica), nos comparte algunas de las cartas más emblemáticas que tenemos de distintos personajes famosos. En ellas, podemos encontrar romance, miedo, depravación, obscenidades, humor fecal (como en el caso de Mozart), traiciones, infidelidades, etc. ¿Pero dónde queda el amor por los ídolos si nos queremos enterar hasta del modo con el que comían la sopa?

Una de las cartas de Mozart a su prima (¡suerte intentando leer!)

No recuerdo dónde escuché o leí aquello de que «hagas lo que hagas, nunca conozcas en persona a tus ídolos». Y ahora entendemos por qué. Hay que tener claro que los principales responsables de la desilusión que tenemos sobre los ídolos, se debe a nosotros mismos y a todo lo que depositamos en ellos. Es como por ejemplo, en el caso de Jesús de Nazareth, quien representa a Dios Hijo para los creyentes católicos; entendiendo su doble naturaleza, humana y divina, parece que muchos se obsesionan con sólo verlo desde la divina, despreciando la humana, la que lo hace cercano a nosotros. Esa manera de sólo querer ver algo del todo, nos hace caer en nuestra propia trampa. Y de ahí que se desate la neurosis brutal de la imposición absurda.

La crueldad que ocultamos (segunda parte)

«De todos los animales, el hombre es el más cruel. Es el único que infringe dolor por el placer de hacerlo»

-Mark Twain

Queridos(as) lectores(as):

Es momento de continuar con el tema que comenzamos a tratar la semana pasada sobre la crueldad que ocultamos. Pero en esta ocasión, me gustaría comenzar con un pequeño diálogo que puede ilustrar lo que iremos analizando más adelante:

-Papá, ¿qué pasa si matamos a todos los malos?

-Nos quedaremos los asesinos, hijo.

¿Cuántos de nosotros no hemos fantaseado alguna vez con lastimar o matar a alguien? Recapitulando lo visto anteriormente, el hecho de fantasear con algo así no quiere decir que lo vayamos a hacer, cosa que sucede igual con el soñar algo de esa índole, pues siguiendo la teoría freudiana, el sueño no es sino la realización del deseo. ¿Entonces quiere decir que somos psicópatas en potencia? En primer lugar, tenemos que hacer una aclaración. La psicopatía no se trata de un trastorno mental, sino de un trastorno de personalidad. Es decir, hay que tener claro que la personalidad no es otra cosa sino la manera de ser, por lo que los trastornos nos indican los modos en el que el sujeto se relaciona con el mundo.

En un mundo de psicópatas

La idea que tenemos en general sobre los psicópatas ha sido fielmente desarrollada por Hollywood a lo largo de los años. Sin embargo, no es del todo cierta. El trastorno de personalidad de un psicópata se puede distinguir de la siguiente manera: tendencia a la manipulación y al engaño, carencia de empatía y son antisociales. Pero no dejemos pasar de alto la tremenda capacidad histriónica que tienen al poder pasar por ser muy encantadores. Se trata de figuras dominantes que ejercen mucha presión en su entorno. Ahora bien, no por ello hablamos necesariamente de que todo psicópata llega a cometer crímenes, mucho menos asesinatos. Así que está mal decir que un psicópata es alguien fijo en la «locura», ya que no están desconectados de la realidad.

Podemos hablar perfectamente de psicópatas funcionales. Pero es necesario hacer notar que sus vidas siempre estarán ligadas a lo caótico, ligados a los problemas constantemente. Este trastorno de personalidad convierte al individuo en alguien que hace uso de los demás a modo de objetos, valiéndose de reglas propias. Muchos de estos sujetos, en efecto, gozan de una tremenda inteligencia y suelen hacer uso de ella de un modo egoísta, sádico y con tendencia hacia lo «incorrecto» desde una perspectiva social, por lo que nociones como el bien y el mal son insoportables para ellos. Philippe Pinel, padre de la psiquiatría moderna, acuñó la noción manie sans délire (es decir, manía sin delirio) para referirse a los psicópatas en primera instancia.

De todo un poco

Sigmund Freud llegó a considerar que los neuróticos (de serlo) tenemos un poco de todas las estructuras mentales, sólo que el sentimiento de culpa era algo muy presente en nuestro día a día y que eso, en buena medida, nos limitaba a caer en los terrenos oscuros. Pero eso, en efecto, nos abre un mundo de posibilidades en nuestra fantasía. ¿Pero qué hace que «probemos las dulces mieles» del mal? Ya lo decía Mark Twain: el placer. Hace unos días, un paciente compartía en su sesión que encontraba muy satisfactorio cuando en plena relación sexual con su pareja llegaban a ocurrir «pequeños momentos de violencia» entre ambas partes. Que la excitación era todavía más grande. ¿Es que estaba enfermo por ello? No, porque podemos entender que en el Ello, justamente la parte bestial más oscura del ser humano, existe una exigencia de salir en cualquier oportunidad donde el inconsciente pueda liberarse de las barreras.

Ese pequeño momento en el que sabemos que estamos haciendo algo incorrecto, es cuando precisamente sentimos la adrenalina que recorre nuestro cuerpo, que a su vez se da por el miedo a ser descubiertos. ¡Es excitante! De ahí que la fantasía sea un recurso muy recurrente en muchos momentos del día a día. La violencia, de hecho, está estrechamente ligada a la actividad sexual. El placer es algo que de poder, se libraría de toda regla o ley. Volviendo al imperio de los sueños, por eso es que podemos soñar lo que sea, sin importar lo terrible que pueda resultar, porque ahí no existe Ley alguna que valga. Los sueños van más allá del bien y del mal.

Satisfacción y sustitución

¿Cuántos de ustedes -vuelvo a preguntar- no han fantaseado alguna vez con algo terrible? Por poner un ejemplo, en la caótica Ciudad de México, cada vez que nos enteramos de un hecho violento, que en primer lugar nos indigna y altera, por lo general solemos responder de un modo aún más agresivo: «Ojalá que lo maten», «Ojalá que lo agarren a madrazos hasta matarlo al infeliz», etc. Incluso hay quienes han dicho que «de poder hacerlo, si ven un asalto mientras que van manejando, sin pensarlo pasan por encima del asaltante». Ya saben… pensamientos muy buenos y amables de gente incapaz de hacer algo malo. Pero, una vez más, ¿eso significa que se podría hacer? Ciertamente hay quienes logran un pasaje al acto (sobre advertencia no hay engaño), pero en su mayoría, es casi improbable que se llegue a dar. Tal como diría William Shakespeare, «la crueldad es un tirano sostenido sólo por el miedo». No es tan fácil dar ese tipo de pasos.

En la conformación de la sociedad, se establecen leyes que precisamente buscan sustituir la violencia natural de los individuos. En Vigilar y castigar, Michel Foucault nos habla mucho sobre el tema, que en buena medida podemos resumir en que vivimos en una sociedad que inhibe, reprime, con modos e instituciones «aceptables», el comportamiento de los individuos. Sin embargo, podríamos pensar algo sobre todo esto: ¿qué tanto la búsqueda de justicia se vuelve un disfraz para la venganza? ¿No existe acaso un regocijo, un placer latente, cuando nos enteramos que alguien «malo» la paga con el sistema que cae con todo su poder sobre él? Ese deseo, tan propio del ser humano, queramos o no, es inevitable. Alguien más sufre, sin importar la etiqueta que le pongamos, y con ello otros sonríen.

…continuará…

La crueldad que ocultamos (Primera parte)

«El espejo ve al hombre hermoso, el espejo ama al hombre; otro espejo ve al hombre horrible y lo odia; y es siempre el mismo ser el que produce las impresiones»

-Marqués de Sade

Queridos(as) lectores(as):

Es momento de comenzar a abordar aquellas cosas que hemos podido llegar a señalar, de modo no aprobatorio, en algunos hombres y mujeres que, claro, no son nosotros. La conducta señalada como mala, mezquina, cruel, miserable y terrible, no es otra cosa que el reflejo de la propia naturaleza humana. No hay que dejarse llevar por la visión romantizada sobre «los buenos hombres» u «hombres de bien», de tal modo que nos haga pensar que todo es «humanamente posible», menos el comportarse de modos reprochables. Nada más humano que negarse a sí mismo.

Si bien es cierto que la naturaleza caótica del ser humano no es algo que se ha descubierto hace pocos años, podemos señalar un periodo de la Historia en el que el libertinaje llegó a su máximo resplandor: la Revolución Francesa. Sin embargo, esa aseveración no es otra sino un momento oportuno para contemplar al ser humano tal y como es, para dar paso a lo que podríamos considerar, una y otra vez, el fracaso de la razón. Esta sentencia, devenida del pensamiento ofrecido por la Escuela de Frankfurt, nos aparta en buena medida de lo que es, lo que hay y lo que solemos ocultar bajo un racionalismo tiránico que apuesta por lo ideal sin siquiera rozar lo que podemos llamar «real».

Ciertamente, la dignidad humana (dignitatis humanae) nos habla de todo aquello que nos hace especiales, también hay que considerar que el ser humano no está lejos de lo peor, del terror de las cosas tan posibles en tanto que son muy humanas. No descuidemos la parte salvaje que existe en nosotros, misma a la que Freud denominó como «ello». Sólo así podremos ser capaces de afrontar sin evitar.

Un retratista llamado Sade

Uno de los máximos referentes de la «inversión de la Ley», sin lugar a dudas ha sido el «divino» Marqués de Sade. Si bien hay que evitar caer en la ingenuidad de pensar que en sus escritos él estaba haciendo una confesión sobre sus propios delitos, pensamientos o incluso propuestas filosóficas, hay que centrarnos en ellas no podemos sino encontrar un retrato de la denigrante sociedad francesa antes, durante y después de la Revolución Francesa. El propio Marqués nos advierte en Los crímenes del amor (1799): «Nunca, repito, nunca pintaré el crimen bajo otros colores que los del infierno; quiero que se lo vea al desnudo, que se lo tema, que se lo deteste, y no conozco otra forma de lograrlo que mostrarlo con todo el horror que lo caracteriza». ¿De qué sirve hablar del hombre si evitamos hacerlo de modo que no consideremos lo ruin en él?

Geoffrey Rush como el Marqués de Sade en la película Quills (2000)

Tal como señala Élisabeth Roudinesco en el repaso que hace sobre la figura de Sade en Nuestro lado oscuro, los personajes que nos ofrece el intelectual francés «lo que proponen en práctica es la voluntad de destruir al otro y destruirse a sí mismos en un desbordamiento de los sentidos». Por lo que podemos entender que Sade se adelantó a Freud al sugerir lo que en psicoanálisis conocemos como «pulsión de muerte». Ahora bien, la acción del libertino, que encuentra un goce al parecer ilimitado, entra en un modelo de obsesión que le exige una constante capacidad creativa para sostener lo que ahora ya no le es fácil renunciar. «Las dulces mieles del mal», así es como se le puede conocer al sometimiento al vicio. Como podemos entender, la propuesta sadiana apuntala a una revisión de la propia perversión del hombre. De hecho, el propio San Agustín señala que «lo verdaderamente excepcional del ser humano es que, pudiendo hacer el mal, elige hacer el bien». ¿Qué es lo que hace, además del temor al castigo, que el hombre inhiba o reprima esas compulsiones perversas? ¿No existe un goce también en esa prohibición?

Podemos ver a una persona fumar y detestarla, pero no pasará lo mismo si nos volvemos esa persona que se anima a probar el cigarro. El placer es cuestionable hasta que se confiesa propio.

¿Acaso soy un asesino en potencia?

Hace tiempo, se hizo una entrevista a un asesino para poder comprender su modus operandi. Las respuestas eran tan variadas que podrían generar no sólo repudio, sino también asco en todo buen neurótico funcional. Sin embargo, ¿quién no ha fantaseado alguna vez con hacer «lo incorrecto»? Claramente, en muchos, muchísimos casos, las fantasías se quedan en eso, pero a su vez se ven sustituidas por acciones menos «cuestionables», de modo que exista la posibilidad de ver satisfecho, de algún modo, el deseo. Pensemos en la expresión «me quiero echar a esa persona». En México, la noción «echar», cuenta con al menos varios significados, pero podemos resumirlos en «hacer nuestro». La fantasía tiene un rol fascinante que permite al neurótico «experimentar» cosas que sería impensables llevarlas a cabo. «Me quiero echar a esa persona», para terminar «echándome una pizza».

En un estudio realizado por la Universidad de Filadelfia, en colaboración con el FBI (en donde entran los ahora más famosos Kraemer y Lord por la serie de Netflix, Mindhunter), se lograron detectar 3 ideas fijas en la mente de los asesinos seriales: manipulación, dominio y control de la situación. Relaciones de poder llevadas al extremo. Un perfil psicópata-narcisista es lo que abunda en esa investigación. ¿Qué características eran las comunes? Aquí tenemos unos:

-Visión e imagen exaltada sobre ellos mismos.

-Fantasías y delirios de poder.

-Bajo nivel afectivo, sin empatía y frialdad.

-Crueldad contra animales y personas.

-Sin noción de responsabilidad (bien y mal son cosas impensables).

-Necesidad de ser centro de atención.

Hay mucha terquedad en querer identificarse con puntos como éste para preguntarse si «es que acaso somos asesinos potenciales». Lo interesante no es tanto la pregunta, sino el hecho de que la hagamos. Nos genera un morbo, una excitación incluso, el querer ver si es posible eso. Ahora bien, esa identificación con el criminal, no nos hace criminales necesariamente, antes bien, nos permite hacer una simulación de cómo podría ser nuestra vida si nos animáramos a hacer lo que a otros, al parecer, no les cuesta trabajo. ¿Y dónde queda eso? En la fantasía…

…continuará.

La desesperante desesperación

«No desesperes, ni siquiera por el hecho de que no desesperas. Cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas. Esto significa que vives»

-Franz Kafka

Queridos(as) lectores(as):

Desde hace tiempo que recibí un mensaje por parte de uno de ustedes en el cual se me compartía la inquietud que, tal parece, hoy por hoy es una constante en la vida de las personas. «Psi. Héctor, ¿qué se hace para salir de la desesperante desesperación?». ¡Imaginemos la situación para comentarla usando la misma noción! Sin duda es algo que ocupa la mente de un sinnúmero de personas a lo largo del mundo, y lo cierto es que las circunstancias que vivimos pareciera que no están del todo a nuestro favor para mitigar la desesperación que sufrimos a diario. ¿Pero qué es exactamente la desesperación?

Hace unos días, un muy querido amigo médico, me escribió para decirme que él estaba triste, que si nos podíamos ver. Debido a su ajetreada agenda atendiendo a sus pacientes, se nos prolongaron los días y, hasta la fecha, no nos hemos podido ver en persona, pero sí hemos estado en contacto casi a diario. Ayer por la noche, al preguntarle si la tristeza ya había disminuido, me aclaró que lo que realmente estaba pasando era una crisis de ansiedad. Esa noción tan abstracta como lo es la famosa ansiedad, puede generar en nosotros incontables caminos que imposibilitan un entendimiento directo de lo que estamos viviendo. Sin embargo, no caigamos en el error de confundir una cosa con otra, ya que la ansiedad no es en sí una desesperación como tal, por mucho que se parezca la sensación, realmente no lo es.

Lo ideal, lo real

Desde hace varios siglos, los grandes pensadores han tratado de analizar y explicar el sentido de la vida. Hay quienes han sido osados, tal como el querido Aristóteles, en decir que la meta o fin del ser humano es la felicidad. Sin embargo, nunca ha sido lo suficientemente convincente. ¿Cómo podemos ser felices cuando pasan tantas cosas tan horribles a diario? El psicólogo clínico, Jordan B. Peterson, en su libro 12 reglas para vivir: un antídoto al caos, comparte esto: «Durante una crisis, el sufrimiento inevitable que supone el hecho de vivir puede pulverizar en cuestión de segundos la idea de que la felicidad es el objetivo natural del individuo». Ciertamente es muy fácil especular y soltar al aire un ideal favorable para todos, pero cuando la realidad se deja sentir con toda su fuerza, muchos ideales caen en el silencio y se conservan ahí, siendo severamente cuestionados. Sin embargo, eso me parece una reacción inapropiada.

El hecho de que las cosas no sean como nosotros queremos o esperamos, no significa que no podamos hacer algo respecto al modo en el que se presentan. Pienso, por ejemplo, cuando tenemos el deseo de comer un rico helado de chocolate, llegamos a la heladería y nos topamos con la desilusión de que dicho sabor se ha acabado. «Tanto para nada…». Podríamos quedarnos en eso y marcharnos del lugar tristes por no lograr nuestro objetivo. O bien, podemos decir «quizá para la próxima» y optar por otro sabor de nuestro agrado, de hecho hasta se presenta la posibilidad de probar algo nuevo. Buda enseña que hay que saber ver las cosas para ver también qué podemos hacer. Esto sigue de inmediato aquella sentencia que dice «el dolor es inevitable, el sufrimiento es elegible».

El silencioso pesar

El filósofo estadounidense, Henry David Thoreau, decía que «casi todas las personas viven la vida en una silenciosa desesperación». Y me parece que en cierta medida es cierto. ¿Qué más desesperante que asumir que no tenemos el control de todo? A veces, ni siquiera de nuestra propia vida. Pero eso es algo que se trabaja y que, también, se aprende a soltar. La desesperación es resultado de no poder avanzar, de estar fijos en un punto y ver el mundo seguir girando. «¿Por qué a mí esto?». Más o menos por la misma época el filósofo danés, Sören Kierkegaard, señalaba que «la desesperación es el morir sin morir». A diferencia de la ansiedad, que es un exceso de futuro, la desesperación es un exceso de presente, de ahí que yo diga que es como un no poder avanzar. El morir sin morir es la idea de estar asfixiándose. ¡Qué situación tan horrible! Y sí, todos estamos pasando, de un modo o de otro, por esto.

Existe un proverbio que dice:

«Quien espera, desespera;
quien desespera no alcanza;
por eso es bueno esperar
y no perder la esperanza».

Imaginemos que estamos sentados en un sillón muy cómodo. Estamos disfrutando de ese momento de descanso, pero en un abrir y cerrar de ojos, en la cabeza empiezan a desatarse pensamientos que nos generan ansiedad y desesperación. Los primeros, insisto, apuntalan siempre al futuro, mismo que es incierto, mientras que los segundos nos reclaman el aquí y el ahora. ¿Qué voy a hacer mañana? ¿Qué estoy haciendo ahorita? La desesperación podemos decir que nos agobia tanto porque si no sabemos responder a algo que estamos haciendo, cómo se supone que podremos responder a algo que estaremos haciendo después. De ahí que exista la necesidad de filtros de pensamiento, empezando por la prudencia, que nos permitan, sobre todas las cosas, respirar y darnos cuenta que eso estamos haciendo.

¿Qué hacer?

¿Recuerdan la mayéutica de Sócrates? Es decir, el arte de saber preguntar. Ese era el modo con el que el filósofo ateniense era capaz de «desarmar» a sus contrincantes: pregunta tras pregunta que les iba demostrando que no sabían del todo sobre lo que hablaban. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si aplicamos esa mayéutica a nosotros mismos? Lo que estaríamos haciendo con las preguntas que nos estaríamos auto formulando, es demostrarnos que la intensidad del pensamiento obsesivo puede ser que no tenga ni pies ni cabeza. ¿Por qué me siento así? Por esto. ¿Y por qué por esto? Pues pues porque aquello. ¿Y de dónde surge eso? Pues de eso otro. ¿Y eso otro qué tiene que ver conmigo ahora?… Y así hasta calmar la mente. Es chistoso, este juego de preguntas lo que hace es ejercitar la mente, pero de una manera ordena y más piadosa que el alarid con el que lo hace la desesperación.

Al ir contestando cada pregunta, nos vamos dando cuenta de que en efecto hay cosas que no dependen mucho de nosotros, a veces nada, y de cómo hemos permitido que aún así nos afecten en demasía. Soltar las riendas de la idea de control nos puede facilitar mucho las cosas. Ahora bien, ¿qué hacer para solucionar aquello que nosotros mismos no podemos? Por algo existe la sociedad, la familia, los amigos, etc., para recurrir a ellos y con total humildad aceptar que no podemos con todo. Quien pueda ayudar lo hará, pero es vital que nos quitemos la idea de «estamos solos el universo», porque no es cierto. La generosidad, la amabilidad y la compasión de los demás, resultará como un rico trago de agua fría en pleno calor.

Para finalizar, la desesperación es una manera agresiva de ayudarnos a abrirnos al mundo. ¿Por qué sufrir en silencio si podemos encontrar apoyo en alguien más? Y ojo, serán incontables las veces que encontraremos esa ayuda en quienes menos imaginamos. Algunos irán a comer con sus familiares, otros a tomarse algo con los amigos, quizá haya quienes necesiten una escucha neutra buscando de ese modo ayuda en un profesional… Eso es justamente lo que redescubrimos: vivimos en un mundo de infinitas posibilidades.

Hay que vivir, a pesar de las circunstancias.