De vuelta a la sencillez

«Las cosas de este mundo son tanto más buenas cuanto más sencillas»

-José Luis Martín Descalzo

Queridos(as) lectores(as):

Cada día nos queda más claro que «vivir» se entiende de muchas maneras y entre ellas, hay quienes llegan a confundirlo con «sobrevivir». Es curioso cómo la vida se desarrolla en planos de auténtica complejidad. Y es por eso mismo que se puede tornar muy complejo todo intento de acabar cada día. Trabajos arduos y pesados, estudios que no cesan, preocupaciones económicas, etc. Tanto cargamos día y noche. Aunque me parece interesante cómo es que las resistencias se siguen dando y hay quienes prefieren «sufrir en silencio» que abrirse con los demás. Ni pensamos en la idea de buscar ayuda profesional.

Hace tiempo, compartí con ustedes la Guía (estoica) para la vida, un brevísimo intento para poder asimilar la vida y tratar de hacer que se torne más sencillo el poder vivirla. Precisamente quiero quedarme en esta ocasión con el tema de la sencillez. ¿Qué significa ser sencillo o apostar por la sencillez? Si bien es cierto que hay quienes suelen confundir nociones, tales como pobreza-humildad (cosa que es un gravísimo error), cuando se habla de sencillez también pareciera que no se tiene mucha claridad en ello.

Modo de ser y perspectiva

Sencillez viene de la noción latina singellus. Sin embargo, hay que advertir que en esto encontramos dos desviaciones en tanto a su significado. Por un lado nos orientamos hacia aquello que es simple, sencillo o fácil (como sinónimos), es decir, que no implica una gran dificultad para llevar a cabo. Por el otro, lo atendemos desde una actitud (modestia) que hace que el ser humano actúe sin exagerar, sin soberbia o arrogancia. ¿Pero qué significa, entonces, volver a la sencillez? Muchas veces he escuchado que «hay que ser sencillos con lo que se tiene y aspira a tener», esto pensando en evitar la avaricia. El deseo puede desencadenar en los seres humanos un desesperante recorrido por verse satisfecho. Pero eso en ningún momento garantiza que sea algo bueno, útil, necesario o que esté bien. ¿Qué tanto reflexionamos sobre nuestros deseos?

La sencillez es precisamente una herramienta propia de la prudencia (phrónesis). ¿Por qué quiero lo que quiero? ¿Para qué? ¿En qué me beneficia? ¿Me ayuda realmente? Puede ser un ejercicio muy desgastante preguntarse tantas cosas, pero tiene en realidad un efecto contrario. Pensar y actuar con sencillez nos ayuda a liberarnos de estándares que sólo nos esclavizan, muchas veces incluso al deseo del otro (mímesis). Hay que recordar que la vida es sencilla, sólo que nos encanta hacerla compleja. Esto en referencia a que hay quienes nos obsesionamos con lograr más y más, sin muchas veces realmente conocer nuestros motivos inconscientes para ello. La sencillez, precisamente, nos ayuda a una limpieza interior.

La compleja sencillez

Ante las complicaciones de la vida contemporánea, la sencillez nos hace abrazar la paciencia (y en secreto la prudencia, que no es lo mismo). En el pasado encuentro hablábamos sobre los efectos negativos de la inmediatez en nuestra vida. ¿Por qué queremos todo ya y ahorita? Esto me recuerda un pequeño relato que quiero compartir con ustedes.

Érase un jardinero, quien era conocido por el trato y cuidado que dedicaba a su labor. Éste jardinero tenía dos hijos, quienes querían aprender su oficio. Un día, el padre enfermó y encargó a estos que asistieran a atender a un hombre rico. Eso hicieron. El hombre rico quería que su jardín fuera uno de los más hermosos, por lo que les insistió en que pusieran todo su empeño para lograr tal empresa. El mayor de los hermanos, quien se jactaba de haber aprendido más de su padre, iba y venía por todo el jardín, revisando que todo estuviera simétrico y ordenado. El otro, en cambio, ponía especial atención en cada una de las flores. «Haces demasiado, pero parece que pierdes el tiempo» -le recriminaba constantemente, a lo que el joven jardinero sólo contestaba sonriendo. Llegado el plazo acordado, el hombre rico fue a ver el fruto del trabajo de los jardineros. El hermano mayor, presumía su labor con exageración y gran alarde. Pero el hombre rico le reclamó que aunque todo estaba en orden, las flores y plantas a su cuidado estaban dañadas. Cuando fue el turno de supervisar al hermano menor, el hombre rico quedó maravillado por lo bien que se veían cada una de sus flores y plantas.

Este cuento nos recuerda que quizá la sencillez parezca más compleja, cosa que va más allá de la ironía. Muchas veces, lo más sencillo es lo más nos cuesta hacer. Y eso se debe a un curioso caso de adaptación a la complejidad que hemos tenido a lo largo de los años. «Nos encanta hacernos la vida imposible», se repite una y otra vez. Y sí, así es. Por eso es que la sencillez siempre tiene que ir ligada a la prudencia y a la paciencia. Retomando el tema del tiempo: ¿qué prisa llevamos para disfrutar un momento?

La sencillez, por último, nos ayuda a saber valorar lo que somos y lo que tenemos. Por eso es que la sencillez comienza en el corazón y termina por compartirse con los demás.

De aquí a mañana

«El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era»

-Paul Valéry

Queridos(as) lectores(as):

Quizá uno de los temas que más preocupan o al menos que mantienen a la gran mayoría de las personas pensando al respecto es el del futuro. Y no es para menos: la situación política global, la crisis económica, guerras, pandemias que van y vienen, etc. Son escenarios poco optimistas en muchos caso. Si bien es cierto que Karl Marx decía que el capitalismo para su supervivencia requería de la crisis, esto que entendemos como crisis es algo que se ve desde espectros muy subjetivos. ¿En qué momento, cada uno de nosotros, se identifica con la crisis? Justo cuando nos vemos afectados «ahora más que ayer».

Pero, ¿se puede hacer algo para atender el futuro de la mejor manera posible? A esto Cicerón decía: «No hay ventaja alguna en conocer el futuro; al contrario, es doloroso atormentarse sin provecho». ¿De qué nos sirve estar piense y piense en aquello que simple y sencillamente no tenemos idea alguna de si sucederá o no? Hace algunos años, cerca de donde vivo, había una señora que gritaba que «el mundo estaba llegando a su fin» a través de su recorrido por las calles. Un día, dejó de vérsele por la zona. Resulta que averiguando sobre ella, me enteré que ya había fallecido. En efecto, el mundo se acabó, el suyo.

El futuro y el control

Ya lo hemos comentado con anterioridad, pero me parece importante que tengamos muy en cuenta la realidad líquida y de inmediatez que estamos viviendo. Todo deprisa, sin pausas, de un momento. Dicen siempre que «nos falta tiempo», y es equivocado. El tiempo como lo medimos es justamente algo muy humano. ¿Quién tiene realmente control sobre ello? Hoy en día existe una «filosofía» sacada del bolso del consumismo que dice «aprovecha todo ahora y ya». Cierto: hay cosas que sólo se nos presentan una vez y que hay que aprovecharlas, pero de ahí a que nos queramos comer el mundo a mordidas, es desperdiciar la vida. No se trata de exagerar.

«No anheles impaciente el bien futuro:
mira que ni el presente está seguro»

-Félix María Samaniego

Uno de los terribles efectos que la inmediatez tiene sobre nosotros es precisamente un silencioso (e inconsciente) terror al futuro. «¡Hoy, hoy, hoy!, ¿y luego qué?». Mientras más conscientes somos de la desesperada necesidad que tenemos de control sobre las cosas, habría que analizar el porqué de ello. ¿Qué nos asegura tener control? Y por lo general contestamos eso con una «idea de», mas no con un hecho.

¿Qué prisa llevas?

Recién me hice con una copia de una interesante biografía. Karl Marx: ilusión y grandeza, de Gareth Stedman Jones (887 páginas). Al compartir con un querido amigo mi nueva adquisición, su reacción me pareció muy cómica: «¿¡En verdad vas a leer todo eso!?». Hay quienes tenemos un gusto particular por la lectura y hay quienes no, no hay gran cosa para entender eso. ¿Cuánto tiempo me llevará leer este tabique de libro? No tengo la menor idea. Quizá me vaya de corrido y lo lea en unas dos semana, quizá en menos días. O tal vez me tarde lo que queda del 2022 para ello. No lo sé, pero lo voy a leer. ¿Por qué existe esa tendenciosa preocupación por el tiempo que se le dedica a las cosas?

Vamos a pensar un poco usando el ejemplo del libro. ¿Qué podría hacer durante las 2 semanas que planteo como posibilidad para tardarme en acabarlo de leer? Ni yo mismo lo tengo claro. Lejos de la agenda que pueda tener con trabajo y compromisos varios, lo cierto es que no tengo ni la menor idea de lo que puede suceder. Libera al hombre de su manía de control y verás que se descontrola. Ahora bien, la idea de poder tener tiempo para leer este libro me resulta muy optimista. Porque ciertamente no todo depende de mí. ¿Pero me importa tanto ese tiempo y el quehacer pendiente como para no disfrutar una amena lectura? Ya habrá un momento y un sitio adecuado para la lectura. Quizá en la sala, en mi estudio, en el consultorio, en el metrobus… no sé. Pero me fascina la idea de dejar que las posibilidades se vayan cumpliendo sin tener que preocuparme por ello. Renunciar a la obsesión del tiempo por algo que uno disfruta hace de la experiencia algo todavía mejor.

De aquí a mañana, quién sabe.

Sea lo que sea y como sea.

Ya veremos qué hacer, si se puede hacer algo.

Un helado y una ocasión para vivir

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión, quiero compartirles una de las tantas enseñanzas que mi papá me dejó. Justo me acordé de ésta en particular el día de hoy. Espero les guste y sea para ustedes una ocasión para vivir.

Para mi papá, el mejor helado del mundo era el de vainilla. En los últimos años de su vida solía decirme en las tardes «Hec, ¿y si me invitas un helado de vainilla?», a lo que con todo el gusto de mi corazón le decía que sí. Para esto, en la contra-esquina de mi departamento hay una heladería de cierta marca, por lo que nada más tenía que salir, cruzarme y listo.

Pero en una ocasión, mi papá me preguntó si me podía acompañar. Le puse su cubrebocas y le ayudé a ir por su helado. Al llegar, le ayudé a sentarse en lo que yo iba a pedir su helado. A lo que la señorita del lugar, que ya me conocía por lo del gusto de mi papá, me dice «joven, hoy no tenemos el helado de su papá», entonces me quedo mirando las otras opciones y vi que tenían napolitano (fresa, chocolate y vainilla). «Pues aunque sea ese tiene vainilla, así que por favor, deme un napolitano». Llego a la mesa con mi papá, ve el helado y sus ojitos se llenaron de alegría como si se tratara de un pequeño niño.

En un momento, se comienza a reír:

-¿Por qué te ríes?
-Jeje, es que Hec, hoy le ganamos a este lugar.
-¿Ah, sí? ¿Por qué lo dices?
-Yo nada más quería un helado de vainilla, y me dieron otros 2.

Así era mi papá. Así era quien fuera mi más grande maestro de vida. Muchas veces vamos por la vida pensando que sólo hay una cosa por hacer, que no hay opciones. ¡Pero vaya que las hay! ¿Por qué cerrarnos a una sola posibilidad y negarnos la ocasión de vivir? A veces, lo que más queremos es lo que más nos aleja de lo que más nos haría felices. Es cosa de pensarlo. Mi papá tenía claro eso, por eso es que encontraba siempre motivos para sonreír.

Te extraño y te quiero, pa’.

¿Y si lo que necesitas es humor?

«Un día sin reír, es un día desperdiciado».

-Charles Chaplin

Queridos(as) lectores(as):

Quizá nos hace falta más pensar en esto que tanta falta nos hace día tras día, sobre todo ahora que los tiempos nos hacen sufrir tantas cosas. ¿Es que las cosas malas nunca acabarán? Así como hay cosas buenas, hay cosas malas. Es inevitable, tiene que haber cierto balance. ¿Pero sabemos vivir las circunstancias de tal modo que éstas no nos vivan a nosotros? Encontrar un momento para reír a pesar de tantas cosas horribles hace que todo valga la pena.

Fue el propio Sigmund Freud quien en su brevísimo texto, El humor (1927), decía que se trataba de «un don precioso y raro». Muy al contrario de lo que mucha gente amargada piensa sobre la gente humorística, hay que ver en el humor justo una clave que ayuda a que la realidad que vivimos, no nos sea tan pesada y logremos encontrar creatividad para salir adelante a diario.

El humor es libertad

Freud dice: «El yo se rehúsa sentir las afrentas que le ocasiona la realidad; rehúsa dejarse constreñir al sufrimiento, se empecina en que los traumas del mundo exterior no pueden tocarlo, y aun muestra que sólo son para él ocasiones de ganancia de placer». Me parece que lo que indica el padre del psicoanálisis es que se trata de la capacidad que uno tiene de aferrarse a la vida (pulsión) a pesar del dolor y la tragedia. ¿Pero eso significa que no toma en serio lo que está viviendo? No, de hecho es todo lo contrario, es tan serio para el humorista que le encuentra un lado «risible» de modo que pueda vivirlo sin verse perjudicado en totalidad.

En el mismo texto, Freud hace una comparación especulativamente hablando respecto a un criminal que atrapan un lunes. No es lo mismo que diga «no me importa nada. ¿Qué interesa que ahorquen a un tipo como yo? El mundo no se hundirá por eso», a que diga «¡vaya, empieza bien la semana!». En el primer caso podríamos decir que nos encontramos ante una actitud que sentencia algo definitivo, quizá de un modo que muestre una cierta superioridad del yo frente a la situación adversa. Sin embargo, en el otro caso, el humor se presenta como aquello que busca afianzar el principio de placer a pesar de la circunstancia trágica. ¿Es acaso una actitud cínica? No, más bien el humor se muestra de un modo opositor pero que acepta al mismo tiempo. Es una disminución del sufrimiento al obtener cierta ganancia de placer en el momento.

¿Qué pasa cuando en México, por ejemplo, ahora que en septiembre parece ser que los temblores son una «realidad inevitable»? El pensamiento colectivo del mexicano apuntala hacia la actitud humorística para hacer frente a lo traumático, tan es así que hasta el nombre del mes cambia a «septiemble». Si bien en El chiste y su relación con el inconsciente (1905) Freud decía que el chiste era un modo de afrontar una realidad dolorosa, más tarde evalúa la situación y advierte que el humor es algo más vital, algo que permite ser para seguir siendo sin dejarse afectar del todo por lo que está sucediendo. Es saberse reír de uno mismo ante algo malo. «Tómate con humor las cosas», dirían las abuelitas.

El superyó y el humor

«¿Tiene algún sentido decir que se trata a si mismo como a un niño, y simultáneamente desempeña frente a ese niño el papel de adulto superior?». El superyó es la instancia psíquica que trae al yo, de un modo, como si se tratara de una figura parental con poder sobre un niño. Es el vasallaje del que parece ser el ser humano no puede librarse tan simplemente. La relación que tiene el humor con el superyó, y que me parece que es una forma muy bonita de tratarlo por parte de Sigmund Freud, es a modo de acción que señala al mundo exterior y que con autoridad hace sentir al yo indefenso cierta confianza y seguridad al decir «véanlo: ese es el mundo que parece tan peligroso. ¡Un juego de niños, bueno nada más que para reírse de él!».

¿Qué pasa cuando un pequeño tiene miedo por algo del mundo? Alguna figura de autoridad se acerca y le hace ver que las cosas no son tan terribles como se creen. Pienso, por ejemplo, cuando los niños tienen miedo a la oscuridad o a un armario abierto en la noche. ¿Qué hacen mamá o papá? Le indican que no hay nada que temer, hasta en ocasiones hacen algo «chistoso» para que el niño pueda quedarse con la tranquilidad de que nada le podrá pasar. La risa ayuda a relajar o disminuir los niveles de tensión ocasionados por el miedo. Así, en palabras de Freud: «Si es de hecho el superyó quien en el humor habla de manera tan cariñosa y consoladora al yo amedrentado». Pero los papás no están todo el tiempo, por eso es que el superyó, con la ayuda del humor, nos ayuda a perder el miedo, apostando por el principio de placer que ayuda a nivelar las cosas.

Aprendiendo de un lápiz

Queridos(as) lectores(as):

En este breve encuentro, quiero compartir con ustedes un cuento judío (recopilado por Ivonne Achar / Enlace judío). Espero les guste y sirva para la reflexión.

El niñito miraba al abuelo escribir una carta. En un momento dado le preguntó:

– ¿Abuelo, estás escribiendo una historia que nos pasó a los dos? ¿Es, por casualidad, una historia sobre mí?
El abuelo dejó de escribir, sonrió y le dijo al nieto:
– Estoy escribiendo sobre ti, es cierto. Sin embargo, más importante que las palabras, es el lápiz que estoy usando. Me gustaría que tú fueses como él cuando crezcas.
El nieto miró el lápiz intrigado, y no vio nada de especial en él, y preguntó:
– ¿Qué tiene de particular ese lápiz?
El abuelo le respondió:
– Todo depende del modo en que mires las cosas. Hay en él cinco cualidades que, si consigues mantenerlas, harán siempre de ti una persona en paz con el mundo.

> Primera cualidad: Puedes hacer grandes cosas, pero no olvides nunca que existe una mano que guía tus pasos. Esta mano la llamamos H’, y Él siempre te conducirá en dirección a su voluntad.

> Segunda cualidad: De vez en cuando necesitas dejar lo que estás escribiendo y usar el sacapuntas. Eso hace que el lápiz sufra un poco, pero al final, estará más afilado. Por lo tanto, debes ser capaz de soportar algunos dolores, porque te harán mejor persona.

> Tercera cualidad: El lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar aquello que está mal. Entiende que corregir algo que hemos hecho no es necesariamente algo malo.. Es aprender a saber que nosotros no somos perfectos, y nos equivocamos.

> Cuarta cualidad: Lo que realmente importa en el lápiz no es la madera ni su forma exterior, sino el grafito que hay dentro. Por lo tanto, cuida siempre de lo que sucede en tu interior.

> Quinta cualidad: Siempre deja una marca. De la misma manera, has de saber que todo lo que hagas en la vida, dejará trazos. Por eso intenta ser consciente de cada cosa que hagas..

Dicen por ahí que «la vida es fácil, quienes nos la complicamos somos nosotros».

¿Qué opinan?

Ghosting o el desaparecer

«Él no está aquí; pero en la distancia comienza el murmullo de la vida, y como un fantasma entre la lluvia rompe el nuevo día sobre las calles desiertas».

-Alfred Tennyson

Queridos(as) lectores(as):

Hace poco escuché a una persona decirle a otra «te han aplicado el ghosting«. Debo confesar que dicha noción nunca la había trabajado como tal, pero cuando me puse a investigar de qué se trataba, identifiqué algunas conductas que son muy comunes, sobre todo en los últimos años, de escuchar en los pacientes cuando acuden a su análisis. Quizá es una de las acciones más difíciles, tristes y dolorosas de tolerar y/o aceptar, ya que hablamos de un duelo muy particular que nos remite a la «muerte violenta» de una persona pero que, en este caso, es la desaparición violenta en vida sin explicación alguna.

¿Qué ha sucedido? ¿Qué hice? ¿Qué no hice? ¿Qué dije? ¿Qué no dije?, un sin fin de preguntas que sólo generan una tremenda angustia en las «víctimas» y que no encuentran, en la mayoría de los casos, respuesta alguna, generando estrés, ansiedad, depresión, aislamiento social, miedo a generar nuevos vínculos, etc. El ghosting es una acción que ocasiona problemas que varían entre los individuos, pero que conducen a situaciones que no hay que dejar de atender.

¿Qué es el ghosting?

La noción la traemos del inglés, misma que se deriva de ghost (fantasma). Forzando un poco la traducción, podríamos considerar «imagen o espectro fantasmal». Entonces, hablamos de un rastro, de algo que está pero ya no está. Una complejidad lingüística que encuentra mayor explicación en el fenómeno como tal: queda de la persona lo que fue. Un recuerdo en sí mismo doloroso y triste. Ahora bien, este comportamiento es de alguien que sin decir nada, sin dar una advertencia, de un momento a otro desaparece de la vida de alguien más. Corta toda relación y «desaparece» de todo posible contacto. Erróneamente se piensa que sólo sucede en una relación amorosa, sin embargo, esto sucede precisamente en cualquier tipo de relación. ¿Pero por qué sucede? Habría que analizar, como siempre, caso por caso, pero podemos hacer una cierta apuesta que es un perfil compartido de quienes tienen dificultades para relacionarse por largo tiempo y con seriedad con los demás. Evidentemente hay inseguridades y miedos de por medio, que se vuelven tan insoportables que encuentran en la «huída y en el desaparecer» la respuesta para lidiar con ello.

¿Entonces se puede justificar el ghosting? Por supuesto que no, sólo sirve para entenderlo. Sin embargo, hay que aclarar que tal como lo mencionaba anteriormente, deja en una situación muy vulnerable a la víctima. Hacía la comparación con la «muerte violenta» de una persona querida, que en el duelo nos deja sumidos en una profunda tragedia, sin explicación alguna que nos pueda «consolar». Al no existir motivos o razones de por medio, la víctima sufre en soledad esa terrible desolación. En algunas ocasiones, las personas que aplican el ghosting pueden volver a hacerse presentes, con una actitud que pareciera que no son conscientes de lo que hicieron ni de lo que ocasionaron (hasta parecerían cínicos con ello), pero que innegablemente tendrán un tremendo sentimiento de culpa y remordimiento. En otras, lo cierto es que su desaparición se da para toda la vida.

La naturaleza del fantasma

En la Guía del viajero intergaláctico (1979), el escritor y guionista británico, Douglas Adams, dice: «Entonces, ¿qué es un fantasma?. Creo que un fantasma es alguien que murió de forma violenta o inesperada con un asunto pendiente entre manos. Que no puede descansar hasta que lo haya acabado o solucionado». Esa desaparición violenta, en efecto, nos habla de un profundo temor que existe en quien practica el ghosting. Ciertamente se trata de una «manera fácil» de poner fin a un vínculo o a una relación. ¿Pero qué hay de por medio en esto? El ghosting facilita las cosas al no someter a obligación alguna a expresar ningún sentimiento o emoción y menos tener que pensar en las del otro. Aquí hablamos de un cierto egoísmo que no posibilita el ver más allá de uno, sentenciando al otro a lidiar con lo que le está provocando. Un colega psicólogo habla mucho sobre la negligencia afectiva.

Es interesante analizar lo que otros expresan con suma facilidad respecto a las personas que aplican el ghosting, cosa que podríamos ver como «perfectamente entendible». En muchas ocasiones se les tacha de personas inmaduras, irresponsables, narcisistas e incluso hasta carentes de educación y tacto. El dolor habla por uno, me parece. «Es que yo nunca haría eso», suelen repetir. Y puede ser que sea cierto. Pero tal como lo promovemos constantemente en el psicoanálisis, habría que atender caso por caso. No todos gozamos de una correcta formación emocional, sentimental, etc. Insisto, no se trata de justificar, sino de tratar de entender esta dolorosa acción.

Rescatando a la víctima

En definitiva la víctima queda en una situación muy vulnerable y delicada, con un profundo dolor y tristeza que puede llevarlo a otras situaciones de riesgo. Hay que comprender que esto afecta mucho más a personas con baja autoestima, con problemas de ansiedad y aquellas que «son extremadamente sensibles». No es para menos, después de todo hablamos de que han jugado con ellas y las han lastimado. Jugar con el corazón de las personas, es un pecado imperdonable (dice el personaje del manga/anime Seven Deadly Sins, Escanor). Es por eso que la persona que ha sufrido el ghosting tiene que saber lo siguiente:

  1. Al no tener mayor información sobre lo sucedido, NO ES NECESARIAMENTE SU CULPA. Hay que ser más empático con uno mismo y menos exigente y cruel.
  2. Hay que aceptar que se trata de un duelo y que hay que entrar a un proceso para poderlo ir superando gradualmente.
  3. Que no se llene la cabeza con pensamientos negativos sobre la persona ausente, ya que por lo mismo, al no saber qué ha sucedido, no se puede juzgar con facilidad. Hay que sólo aceptar y trabajar con lo que es propio.
  4. Buscar ayuda, de preferencia profesional para garantizar una escucha neutra, y poder hablar sobre el tema. NO ES CUALQUIER COSA, una vez más, estamos hablando de UN DUELO.

En muchas ocasiones, es factible entender que se trate de localizar a la otra persona y tratar de obtener respuesta, pero mi querido(a) lector(a), también es importante tener en cuenta la dignidad de uno y no dejarse someter por actos desesperados que sólo ocasionan humillación y dolor. Quizá sea conveniente fijar un cierto número de oportunidades para recuperar el contacto, pero pasado del mismo, ya no es conveniente. Hay que aceptar las cosas, aunque nos duela profundamente.

Sí, sé que no es justo, que es una grosería y todo lo que gustes agregar, pero recuerda una cosa: es mejor sufrir una injusticia que cometerla. No llenes tu corazón con resentimiento, sólo vas a empeorar. Date la oportunidad de vivir este duelo y no pierdas contacto con el mundo. Hay mucha gente que te quiere y que te piensa, y que quizá esa persona realmente no te convenía tenerla a la larga en tu vida. Mi querido amigo Martín me compartía ayer algo que también ya había escuchado anteriormente y que se piensa desde el aspecto religioso: «La persona que ya no está en tu vida es porque Dios escuchó cosas que tú no».

Si estás pasando por algo así, te abrazo y espero que salgas adelante y sólo sea un mal recuerdo, pero que no te paralice y que puedas seguir viviendo con pasión cada día. «Los días están llegando» y tú con ellos.

Cuando te fuiste, Pizarnik

«En efecto, la cuestión no es por qué me mataré, sino por qué no matarme».

-Antonio di Benedetto (Los suicidas, 1969)

Queridos(as) lectores(as):

El fin de semana, me topé en el parque por donde suelo caminar con una pequeña notita arrugada tirada a un lado de la banqueta. Me llamó mucho la atención el color amarillo de la misma y la manera en la que se resistía a ser arrastrada por el viento. Al tomarla y revisar su contenido, me di cuenta que se trataba de un pedazo roto de un papel más grande, en el que apenas se leía escrito a mano un «no entiendo, pero no puedo más», acompañado de un fragmento de algo escrito por Alejandra Pizarnik: «Ahora sólo hay una melancolía absoluta. No deseo nada, dormir solamente, dormir y soñar. Soñar que me quieren».

Me quedé con el corazón detenido por un momento y mis ojos no pudieron evitar buscar alrededor si había ocurrido una tragedia. No encontré nada. Pero es que leer a Pizarnik nos obliga a recordar su triste final a sus 36 años allá por el año de 1972 en Buenos Aires, Argentina. No puedo ni imaginar el desgarrador y triste mensaje del que formaba parte el trozo de papel que tenía en mis manos. Se congela el alma, el tiempo se detiene y un sentimiento hondo de ausencia se hace presente.

Un bosquejo depresivo

Hay mucho especialista psiquiátrico que ha sentenciado que aquellos que se dedican a la escritura, son más proclives a tener conductas depresivas que conducen, tarde o temprano, al suicidio. Sobre esto último, me viene en cuenta algo que Pizarnik le comentaba en una de sus cartas a Silvina Ocampo: «Quien siente mucho, se jode y no encuentra palabras y entonces no habla y es ésa su condena». ¿Pero es que acaso sólo «quien siente mucho» se desempeña como escritor nada más? A veces, ciertas sentencias en verdad que abusan de licencias existenciales que condenan y no brindan claridad. Al contrario, abren puertas a más y más dudas en un vórtice que termina rayando en lo absurdo y en lo terrorífico. No, no es nada más propio de los escritores, al menos ellos tienen la capacidad de poner en letras lo más cercano a lo que sienten. Y quizá no sea tan bueno, a veces. Andrés Trapiello nos aporta algo más fuerte: «El suicida nace muerto a la vida, con esa muerte trágica esperándole en alguna parte de su rutina, aguardándole paciente y silenciosa como una loba para llevarse lo que es suyo».

La vida es en sí misma deprimente. ¡Qué! Sí, lo es. Sólo que no significa que lo es todo. Pero si caemos en cuenta de lo mucho que nos la pasamos escapando de la vida (siendo inauténticos, como pensaría Heidegger), podemos descubrirnos centrando la mirada en los aspectos más negativos y en la desesperada acción de huir de ellos. No se trata de tenerle miedo al dolor, a la tristeza, a aquellos momentos oscuros del ser humano, de tener un miedo que de permitirnos sentir eso y vivirlo habremos de caer en algo peor. ¿Por qué tendría que ser así? Pero lo cierto es que muchas veces el panorama que se nos presenta frente a nuestras vidas pareciera que no es muy optimista. ¿Qué tanto hay esperanza (darle oportunidad a la vida) y qué tanto nos dejamos dominar por las expectativas? Quien piensa que sólo vale la pena algo, se queda con pena y pierde ese algo.

Pensar la muerte de uno

Hace unos años, el papá de un amigo nos platicaba que su abuelo tenía en el cajón de su escritorio una pistola con una sola bala. «Mi abuelo decía que nunca había tenido intención alguna de usarla, pero que le resultaba reconfortante saber que ahí tenía la oportunidad complicada de ponerle fin a todo en cualquier momento». El suicidio es quizá demasiado seductor. Pensemos por un momento: una «solución» rápida para un problema determinado. Pero, ¿algo temporal y transitorio es lo suficientemente pesado para darle una solución «sin vuelta de hoja»? Recuerdo a Ernesto Sábato con su conocido El túnel (1958), en el que en un momento encontramos esto: «El suicidio seduce por su facilidad de aniquilación: en un segundo, todo este absurdo universo se derrumba como un gigantesco simulacro, como si la solidez de sus rascacielos, acorazados, tanques, de sus prisiones no fuera más que una fantasmagoría, sin más solidez que los rascacielos, acorazados, tanques y prisiones de una pesadilla».

Quizá es que es demasiado «típico» del ser humano el pensar el quitarse la vida cuando atraviesa periodos oscuros donde no hay aparente solución y que las cosas simplemente empeoran. ¿Cuántos no han pensando en lo «fácil» que sería ponerle punto final al intermitente dolor con «sólo» jalar el gatillo, saltar al vacío, envenenarse, etc.? No es para sorprenderse, pues estadísticamente tenemos que esos pensamientos son más frecuentes de lo que creemos. Pero hasta ahí, no es una realidad o una ley que quien piensa en quitarse la vida lo termina haciendo. Ese pasaje al acto es más complejo. Hay que pensar en que la muerte de uno ocupa muchos de los pensamientos transitorios a lo largo de la vida. ¿Cómo será morir? ¿De qué manera será? No vayamos más a asuntos religiosos de trascedencia o no de esta vida a otra. Salvador Dalí en Diario de un genio (1963), ocupa un pasaje muy amplio para hablar sobre su amado Federico García Lorca; en una parte de hecho nos comenta que el poeta gustaba de invitar a sus amigos a verle «dramatizar» su propia muerte en su cama. Pero esa fantasía, ese deseo, se vió turbado por la realidad y por la incógnita de su desenlace después de ser arrestado por tropas franquistas.

Tras el «después» de un suicidio

La figura del suicida generó en los románticos incontables textos que llegaban a idealizar, de algún modo, el acto final de estos. En Ser y tiempo (1927), Martin Heidegger sostiene que «tan pronto un hombre llega a la vida, ya tiene edad suficiente para morir». Ciertamente, no hay nada más seguro que la muerte. Hagamos lo que hagamos, tarde o temprano habremos de morir. Hay muertes que duelen de un modo, otras de otro, pero siempre habrá dolor por mucho que hablemos de alivio, paz y descanso. Sí, el dolor de quien muere acaba, pero se traslada a quienes se quedan detrás. Y el suicidio no sólo hereda dolor y tristeza, sino que deja de modo casi permanente un fuerte y profundo sentimiento de impotencia, confusión, desconsuelo y tragedia. Preguntas y preguntas que no tendrán respuestas lo suficientemente creíbles.

Alejandra Pizarnik cometió suicidio después de mucho tiempo de dificultades para restablecer el contacto con la vida que perdió a lo largo de su tiempo. No se debe nunca juzgar al suicida por lo mismo que no sabemos qué tanto sucedió que le llevó a esa desesperada solución. Quiero compartir con ustedes la carta que Julio Cortázar le escribió y que, por alguna razón, nos toca el corazón y nos deja con una cierta sensación de haberla escrito nosotros pensando en algún ser querido cuya tristeza irrumpe o irrumpió en nuestra vida:

Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Cuando Alejandra murió, en la pizarra de su departamento se encontró esto que escribió:

«No quiero ir más que hasta el fondo».

Y sí… duele.

Mucho.

No estás solo(a), te queremos vivo(a)…

Francisco Javier Chávez Villaseñor, in memoriam.

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión quiero compartir brevemente con ustedes quién fue mi papá, el Ing. Francisco Javier Chávez Villaseñor. «Chavitos», como tiernamente lo llamaba su mejor amigo, el Ing. León Sametz Remba, fue un ser peculiar, siempre atento y amable, cariñoso a su modo, un padre que supo ver por su familia siempre. Sonriente, gentil y siempre con un consejo oportuno, mi papá fue un hombre que dedicó muchos años de su vida a mil y un temas. Un hombre culto, bastante diría yo, con un gran amor por las matemáticas, la física, las humanidades y todo aquello que pudiera darnos la oportunidad de mirar con esperanza el día a día. Gozaba de una capacidad intelectual innegable, que siempre dejaba boquiabiertos a quienes se ponían a platicar con él, nunca hizo sentir menos a nadie pues él decía que «todo conocimiento debe ser alegremente compartido, si no, sólo se vuelve un vulgar intelectualismo». Profesor de muchos, alumno de la vida. Mi papá fue esa clase de hombre reservado pero atento, que siempre analizaba fríamente las cosas, sin perder ningún detalle. Ese tipo de persona que sabe qué decir, qué hacer y de qué manera cuando era necesario. Lo recuerdo siempre trabajando en su estudio, devorando libros sin cesar, con su pipa y ese fantástico olor a maple del tabaco que fumaba. Aunque no era un vicioso, cabe señalar, pues «una pipa, un puro, son ocasionales, se fuma por gusto, no por adicción».

«Si descubres un problema, comienza a pensar en sus soluciones»

Guiado por una fuerte espiritualidad ignaciana, enfocada en el amor y en el servicio, mi papá intentó cada uno de sus días dar un poco de sí en todo lo que hacía y con todos con los que se relacionaba. Alumno y profesor orgulloso del IPN (Instituto Politécnico Nacional). Con un ojo virtuoso para encontrar talentos y con la motivación de ayudar a salir adelante a los demás, supo ayudar a un sinfín de personas y en ningún momento vanagloriarse por ello. Fiel defensor de las letras rusas, decía que «quien no haya leído y llorado con Dostoievski, es que quizá no le importa la empatía». Supo muchos idiomas, y en cada uno de ellos siempre encontraba las palabras adecuadas para transmitir lo que quería. Hombre claro y directo. Querido y amado por su familia y amigos, respetado por sus «rivales» y siempre seguido por sus alumnos, mi papá fue, es y será el ejemplo que trataré de seguir a diario. El 21 de julio de 2021, su cuerpo dijo «no más» a sus 80 años. Estuve con él de la misma manera en la que él está ahora conmigo.

Que su bendita memoria perdure y que nunca se olvide que un hombre así caminó por esta tierra. Cada vez que veo un árbol de jacaranda, lo recuerdo alegre, esperando no descuidar ningún sólo detalle y admirándose como si se tratara de la primera vez de su encuentro con ese color que tanto amaba. A Dios gracias, por lo que fue, es y seguirá siendo.

Te quiero, papá.

Héctor Chávez Pérez

Carta a una persona confundida

Querido(a) lector(a):

He querido escribirte esta pequeña carta porque quiero decirte que, de un modo u otro, te entiendo. Que los días han sido complicados: pandemia, crisis laboral, crisis económica, cambios políticos brutales, violencia, etc. ¿Qué hacer? ¿Se puede hacer algo? Quizá sean unas de las tantas preguntas que te formulas a cada rato, día con día. Y puede ser algo en verdad desesperante, porque parece que no hay respuestas suficientes o al menos que sirvan para contestar de algún modo la intriga del malestar tuyo y el de los demás. Los días están por llegar, ¿qué días? ¿cuándo? Es que siempre está llegando algo y también nosotros. Me parece que fue hace unos días cuando escuchaba a un paciente decir «es que parece que estoy sobreviviendo». Se quejaba dolorosamente. ¿Qué puedo hacer? -me preguntaba esperando que le respondiera-. Por un momento guardó silencio y no hizo sino llorar… Creo que eso era lo que en verdad necesitaba hacer. Después continuamos la sesión y algo había cambiado, ya no era el mismo ser doliente, al menos ya no se notaba tanto y pude escuchar unas bromas y notar una breve pero sincera sonrisa en su rostro al finalizar.

¿Por qué nos aferramos a una vida Disney? Es decir, por qué nos ponemos tercos de modo que nos exigimos cosas que son simple y sencillamente muy complicadas, a veces hasta imposibles. Hay que entender que, como decía Frieda Fromm: «No te prometí un jardín de rosas». Hay demasiada expectativa en nuestros días y muy poca realidad. Hay quienes dicen que es ser pesimista al pensar así, pero no, al contrario, es mostrarse fiel a no intentar ver cosas que no hay, cosas que no son, y precisamente quedarnos con lo que hay y aprender a hacer las cosas posibles en su tiempo y en su circunstancia. Nos confunden tantos mandatos sociales que están pensados para unos pero que, de un modo burlesco, se vuelven exigencias para todos. ¿Por qué creemos que necesitamos dinero para poder dar una larga y bonita caminata? ¿Por qué pensamos que descansar es no hacer nada? Hay cosas que debemos aprender a decirlas por su nombre y a vivirlas tal como son. ¿No quieres salir a caminar? ¿Prefieres quedarte en casa? ¿No quieres ver a nadie? Pues no hagas nada de eso, date la oportunidad de ser tú y de escuchar lo más que puedas tu deseo. ¿Quieres ver a alguien pero no sabes exactamente por qué? Búscale y descúbrelo. Dicen que también hay que saber escuchar a nuestro corazón, ¿por qué no hacerlo?

Sé que puede que estés pasando por un momento en el que sientes que el mundo se te cae a pedazos, puede ser que así sea, pero hay cosas que puedes descubrir en esto. Habrá personas que se irán, otras que llegarán, descubrirás nuevas oportunidades o te darás cuenta que la solución la tienes arrinconada por ahí. Desespera, pero no te rindas. Resiste. Si una flor se marchita en el jardín, no significa que no haya más que mirar. La vida está ahí, hay que vivirla. Hay que aprender cosas nuevas, descubrir nuevos lugares, aprender a ver el mundo de las posibilidades (reales) y darnos la oportunidad de arriesgarnos. Hay y habrá momentos en los que no se pueda hacer nada, ¿para qué forzar las cosas? No perdamos en cuenta que uno hace lo que puede con lo que tiene. Habrá lágrimas, habrá llanto, pero siempre hay esperanza. La familia, los amigos, los alegres conocidos son ocasiones de auténticos encuentros. Hay que abrir el corazón y dejarse sorprender.

Resiste, que vamos muchos en el mismo camino y siempre habrá quien te ayude cuando ya no puedas. Confía.

¡Saludos!

Héctor

P.d.: ¿Qué te hace feliz? Quizá empezando por ahí…

El ritmo del exilio

«Cuando creíamos que teníamos todas las repuestas, de pronto, cambiaron todas la preguntas».

-Mario Benedetti

Queridos(as) lectores(as):

Hace unas semanas, me reuní con dos queridas amigas y colegas psicoanalistas, para nuestro acostumbrado encuentro donde hablamos de todo un poco y terminamos siempre con ganas de que no se acabe el momento. Una de ellas, Margarita, me recomendó un libro que he conseguido y que poco a poco he aprendido a valorar enormemente. Justo de Mario Benedetti, Primavera con una esquina rota (1982). Hablar de Benedetti nos conduce, de un modo u otro, a la poesía que escribió, pero nos descuidamos de que también fue un autor que, en palabras de Cristina Peri Rossi, «su obra tiene una trascendencia casi de carácter sociológico». Y sí, al leer este libro, no puedo no sólo aceptar lo dicho, sino que me atrevería a verle como un retratista fiel del exilio. De eso va el libro mencionado, sobre el exilio de muchos, en este caso del Uruguay que pasó de ser un modelo de democracia a una cruel dictadura militar (como los otros ejemplos de naciones latinoamericanas en las que el Plan Cóndor se llevó a cabo por parte de EEUU para evitar el avance del socialismo) en aquellos años.

Pero pensar el exilio es repensar la historia de todavía miles de millones de personas. ¿Cuántas veces hemos escuchado en nuestras familias narrativas sobre el exilio? De cómo los abuelos, los padres, cualquier familiar o persona cercana, se vieron forzados a marcharse al exilio, a «ser valientes» en otro lado, más bien, que tuvieron que «ser» un tiempo después en otro lado. Mucha gente, pensando una vez más en Latinoamérica, somos descendientes directos de esa realidad. Y eso nos has marcado profundamente.

De tangos y coordenadas

Precisamente el tango, ese baile y esa música tan bellos, que surgió en Río de la Plata y que forja un lazo innegable entre Buenos Aires y Montevideo, es un fiel testimonio de lo que exilio significa. Quizá haya quienes sólo disfrutan del canto, del ritmo, la sensualidad del baile y demás, pero que cuando uno se detiene a escuchar la letra, no puede evitar sentir el peso de la nostalgia a modo de triste soneto sobre aquello que se ha perdido y de lo cual se despiertan tantos anhelos de un día volver. Sólo basta con asistir a una milonga (los sitios de tango en Argentina y Uruguay) para poder ser parte del exilio y de su narrativa. Hay muchos tangos que el mundo desconoce porque son parte de aquello que es «muy propio», de aquello que no se comercializa, pero vamos a quedarnos con uno muy famoso, Volver, compuesto por Carlos Gardel y Alfredo Le Pera. Sólo con este brevísimo fragmento nos damos una idea:

«Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida…
Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos
encadenen mi soñar…»

En la triste realidad del exilio, sólo queda irse y «guardar la esperanza» de un día volver. ¿Pero exactamente a dónde? Ya que hablar de exilio es hablar del tiempo que se va y que no vuelve, de la gente querida a la que se le dice «adiós» sin saber si les volveremos a ver, de los lugares y sus memorias, de atardeceres que no volverán a ser los mismos. Pero también la coordenada es otra, hablamos de los que se quedan «sin nosotros». Por eso es que el exilio es una muerte en vida, un duelo tremendo que apunta hacia todos lados. Tal como lo canta Malena Muyala en La noche más triste:

«La noche que te fuiste
(más triste que ninguna)
palideció la luna
y se tornó más gris la soledad…
La lluvia castigando mi angustia en el cristal
y el viento murmurando : ‘ya no vendrá más’.
La noche que te fuiste
nevó sobre mi hastío
y un hálito de frío
las cosas envolvió…
Mis sueños y mi juventud
cayeron muertos con tu adiós…
La noche que te fuiste
se fue mi corazón…»

Aquí estoy sin estar

Ahora bien, hay veces en las que las personas, de algún modo, acarician con tristeza el exilio sin exactamente estarlo sufriendo. Pero hablo de una sensación de «no estoy aquí», que no somos parte de lo que estamos viviendo. «Me siento tan ajeno a esto», repetía un viejo Abel en las calles de Palermo hace algunos años. Abel, que era peruano, siempre lloraba con profundo pesar de ser hijo de argentinos en el exilio, pero que él sí había logrado regresar a Argentina. «Mirá, querido, estoy aquí cuando no están más». Sus padres habían muerto sin poder regresar a su amado Palermo. El peso del pasado es brutal incluso para quienes sólo crecieron escuchándole. Pero, ¿y cuando no estamos familiarizados con esas tristes realidades? ¿Qué sucede cuando uno se siente ajeno, precisamente, a su propia vida?

Mario Benedetti

En uno de los relatos en Primavera con una esquina rota, Beatriz (los rascacielos), Benedetti dice: «Yo pienso que allá donde está mi papá, a última hora de la tarde debe cundir la tristeza». ¿Qué sucede cuando ese pensar es sobre nosotros mismos en un tiempo y espacio determinado que no es el que estamos viviendo? Esa extraña sensación de, precisamente, extrañeza, pareciera que nos debilita, que nos deprime, que nos hace mirar la vida más como una coincidencia que como una realidad. «¿A dónde voy? ¿Qué hago? ¿Quién soy?» Hay quienes dicen que se llama a esto crisis existencial, sin embargo, me parece que en sí es un cuestionamiento más que esperable cuando la idea de un sentido se vuelve una obligación y no un placer. El placer de «agarrarle sentido» a la vida es algo que queda de lado ante las pretenciosas exigencias sociales hoy en día.

El exilio que elegimos

Curiosamente uno de los momentos en los que el ser humano también puede optar por un exilio voluntario, radica en el «hasta aquí», en el poner límites. Pensar eso muchas veces nos ocasiona demasiado conflicto y miedo a la vez. ¿Quién no ha pensado en dejar de formar parte de un grupo social? ¿De la familia? Es importante considerar que es cierto, que uno encuentra en la incomodidad el mejor pretexto para dejar de seguir así, sin embargo, no es fácil lo que hay que hacer para dejar de estar incómodos. Mas no imposible…

Hay quienes pueden pensar en lo anterior que se trata a una invitación a romper con lo establecido, y quizá así sea, porque después de todo, ¿quién puede afirmar sin temor a equivocarse que aquello que es «normal», aquello que es «lo correcto», es en realidad lo único que es «bueno»? Hay que pensar en que el exilio es siempre algo «que no deja ver otra posibilidad», pero de lo obligatorio a lo voluntario hay tanto que podemos aprender para dejar de engañarnos a nosotros mismos. Y uno de los engaños más crueles que tenemos en esta vida es el engañarnos a nosotros mismos con aquello de «hay que aguantar». ¿Quién por amor es capaz de permitir que le ultrajen, que le lastimen, que le humillen? «Aguantar» es una noción muy fácil de usar para los tiranos…