Chantaje emocional: el amar hasta doler

«El hombre poco claro no puede hacerse ilusiones; o se engaña a sí mismo o trata de engañar a los demás»

-Stendhal (Henri Beyle)

Queridos(as) lectores(as):

Primero, antes que nada, quiero agradecer a quienes participaron en la dinámica sobre el tema a tratar en este encuentro que puse en mi cuenta de Instagram (@HCHP1). Pero, ¿por dónde empezar a tratar este problema? ¿Qué les parece que empecemos por reflexionar sobre el amor? Amor viene del indoeuropeo amma (voz que llama a la madre) y luego del latín amare (ofrecer caricias de madre). Cabe señalar que en esta etimología hay muchas ramas, pero no podemos hacer de este encuentro un clarificador total. Quiero que nos quedemos con esto que les he compartido. Lo importante es la presencia de la «madre» en ambos actos (llamar/ofrecer). Recordemos que el primer amor en nuestra vida es nuestra madre, así que podríamos entender que el amor a partir de ella es la búsqueda de lo «perdido». Es ofrecer, sí, pero también lo que se busca recibir.

Sin embargo, no podemos perder el piso cuando vemos que en el amor hay abusos particulares y subjetivos, donde se proyectan los miedos e inseguridades, no hablemos de odios, desprecios, dolores y, por qué no, faltas. Por eso es que es posible hablar de «el dolor de amar», pero no lo confundamos con «amar hasta doler». Si nos enfocamos en el amor, es necesario que podamos identificar los tipos que pueden existir, y para ello, creo que es importante aterrizar en un diálogo platónico, en esta ocasión nos puede aportar mucho el Banquete y, más adelante, tener con qué relacionarlo con el chantaje emocional.

Platón y el amor

Antes de hacer esta revisión, recordemos que para el filósofo griego, la primer aproximación al amor la encontramos en el Lisis, donde a grosso modo, se entiende que amor es «desear que la persona amada sea feliz, lo más posible». Pero esto se puede volver un verdadero problema inclusive hermenéutico (interpretativo). Es por eso que las reflexiones que encontramos en el Banquete nos pueden ayudar un poco más. Se desarrolla en la casa de Agatón, lugar en el que se hacen varios discursos para abordar el tema del amor. Vayamos viendo de qué tratan:

Fedro: Eros como divinidad más antigua. Eleva al hombre hacia grandes metas y lo aleja de cosas malas.

Pausanias: habla de dos Afroditas (Pandemos y Celestial). El primero se centra en lo material y que hace que el ser humano busque la realización de su fin sin preocuparse por el proceso. El segundo apuesta hacia el perfeccionamiento de lo moral, por lo que el ser humano da importancia a la Filosofía y a la educación física, así, se forja la sabiduría y el valor.

Erixímaco: Eros es doble, en sentido de que habla de armonía y ritmo. Lo identifica con la fuerza universal de la naturaleza.

Aristófanes: originalmente existían tres tipos de seres humanos, con órganos duplicados. Los machos, las hembras y los andróginos. En su arrogancia, conspiraron contra los dioses, siendo castigados por el todopoderoso Zeus, consciente de no poder eliminar a los humanos pues estos los adoraban, los parte en dos. Esto hace que «se busque a la otra mitad».

Agatón: Eros es poseedor de grandes virtudes (belleza, juventud, valor, sabiduría, etc.). Inspira y alienta toda poesía. Lo ve como un contrario de la maldad. Su hogar es el alma de los seres humanos.

Sócrates: Eros parte como una necesidad que se orienta hacia una meta, relacionándose con el deseo (exigencia). Es el anhelo perpetuo de lo bello y de todo aquello que sea bueno. Es un puente. Eros es un daimón (digamos, espíritu) que comunica lo divino a lo humano. El amor es rico (Poros) y pobre al mismo tiempo (Penia). Es creador de belleza, tanto en el cuerpo como en el alma.

El amor como arma

Una vez visto lo anterior, vamos a centrarnos en el chantaje. Primero, hay que buscar siempre tener claridad en nuestra falta, de ese modo no tenemos nada que ocultar. Pero no sólo eso, sino que con ello tendremos seguridad de no estar ofreciendo a un otro malicioso la herramienta, o el arma, que pueda usar contra nosotros aprovechándose de cualquier oportunidad que logre captar. Chantaje viene del francés chantage. En un sentido plenamente argótico, la expresión faire chanter (chantajear) habla de «torturar al reo para que confiese sus faltas». Ahora, ¿qué nos dice el Diccionario de la Real Lengua Española sobre el chantaje? Esto: «presión que mediante amenazas, se ejerce sobre alguien para obligarle a obrar en determinado sentido». ¿Ven cómo tiene sentido pensar en la falta que tenemos? Al abrirnos al otro, a quien «amamos» y que parece que «nos ama», le exponemos nuestra falta. De ahí que se vuelva una herramienta, un arma que puede ser usada en nuestra contra.

El acto violento es en sí una confesión de la carencia de amor en la vida del agresor. Así, el chantaje es el uso de cualquier medio para ejercer control o poder en alguien, justificándolo con una causa o intención amorosa. Es hacer uso de la falta descubierta para lograr un fin sin considerar el proceso (Pausanias, Pandemos). «Es que lo hago porque te quiero, porque me importas, no hay nada ni nadie más que tú para mí», esto nos hace pensar en Fedro. Pero no hay ni armonía ni ritmo, porque sólo hay un beneficiado (anti-Erixímaco). «Si no te parece, me voy, a ver si encuentras a alguien que te ame o que le importes tanto como a mí» (anti-Aristófanes, «tu otra mitad soy yo, no estarás nunca completo(a) sin mí»). «A ver quién te quiere con tantos defectos que tienes, ya verás que sólo yo te acepté y amé así como eres» (anti-Agatón).

Vivir sin chantaje

Si abrazamos lo expuesto por Sócrates y que a su vez lo expuso Platón en el Lisis, que grosso modo el amor apuntala siempre hacia lo mejor, hacia lo bello y hacia lo bueno, ¿por qué quedarse con quienes denigran, tratan mal, humillan y violentan con el discurso degenerado de «lo hago porque te amo»? El amor, una vez más, puede doler por todo lo que implica, pero no se puede apostar nunca por un «amar hasta doler». De este modo, el verdadero amor apuesta siempre por la dignidad del «bien amado», en el estricto sentido de que jamás se hará algo que pueda lastimar, dañar, perjudicar o joder al ser amado.

Por ello es que hay que amarse a uno mismo primero, saber establecer límites. Quizá con ello, tal como vimos en un encuentro anterior (Edificando muros) se «pierda» a muchas personas en el proceso, se terminen alejando y demás, pero es algo necesario en la búsqueda de un amor digno, de un saberse dar el lugar justo y generar el respeto obligatorio hacia nuestra persona.

El amor siempre llama al amor, no tengamos miedo en seguir esperando.

Ven, preparemos un mate

«La paciencia es amarga, pero dulces son sus frutos»

-Jean Jacques Rousseau

Queridos(as) lectores(as):

No, en este encuentro no les voy a enseñar cómo preparar un delicioso mate. Sin embargo, me parece que puede resultarnos de mucha ayuda lo que preparar un mate nos enseña en realidad. Mi mamá era una persona que disfrutaba mucho del mate, tanto así que me contagió el gusto por el que muchos amigos sudamericanos, especialmente argentinos y uruguayos, bien tienen el tiempo necesario para ello. Ella me decía: «Ven, preparemos un mate. Pero no tengamos prisa en ello». ¿Qué significa eso? Quizá haya quienes no tienen idea del mate y todo el ritual que conlleva prepararlo. Vamos a quedarnos con eso: el ritual. No es nada más echar la hierba a la calabaza o a la taza (que se conoce también como mate o matera), ponerle agua caliente y beberla. ¡Por supuesto que no! Hay que saber hacerlo, con tiempo sobre todo. Un ritual nos habla mucho de las intenciones, y cuando hay de por medio un proceso de calma y paciencia, es justo donde tenemos que detenernos.

Mi mamá también decía: «Cada quien prepara su mate, nada de andar metiéndose con el mate ajeno». Pero vamos a recuperar una noción que dije arriba, es decir, paciencia. Y como ya es costumbre en este espacio, habrá que abordarla desde su etimología. Paciencia viene del latín patientia, es decir, «cualidad de aquel que sufre». Sin embargo, iremos un poco más atrás en el tiempo para recaer en el mundo griego, y es aquí donde se pone interesante. Los griegos conocían dos palabras, de las cuales «preferían» más hupomonē, misma que se orienta hacia una virtud personal que «conlleva una resistencia valiente que desafía al mal». Más adelante hablaremos de esto. La otra palabra es makrothumia, misma que más bien la encontramos a partir de la influencia cristiana, de la cual san Pablo nos explica se trata de «esperar tranquilamente a cuando se pueda hacer algo».

¿Esperar tranquilamente?

Me parece que esta invitación, sobre todo en nuestros días tan desesperantes y desesperados, podría ser algo muy «prohibitivo». ¿Quién tiene el tiempo para esperar tranquilamente? Es decir, muchas veces estamos en situaciones en las que no podemos esperar a que las cosas pasen, que «fluyan», así sin más. Hay que hacer algo y ya. Sin embargo, ¿qué significa eso de «hacer algo»? Muchas veces, en nuestra ilusión de control, perdemos la realidad con ello. Hay momentos en los que, por alguna extraña razón, pretendemos tener o ser la solución para algún problema. Narcisos, narcisos… Y pues no es cierto. Justo, en el fortalecimiento de la vida interior y de la persona misma, la virtud de la humildad nos ayuda a ser conscientes de lo que sí está en nuestras manos y de lo que no. En esto, tendríamos que encontrar ejemplo en los grandes estrategas militares de la Historia, quienes tenían que saber «ver de más» durante las batallas para poder hacer los movimientos pertinentes. Nunca se ganó una guerra actuando como simios rabiosos, porque cuando sí pasó, las consecuencias fueron desastrosas incluso para los «ganadores».

Al tratar la makrothumia como aquello de esperar tranquilamente, podemos perder el piso. Es decir, no se trata de no hacer nada, sino al contrario, es saber esperar para poder hacer algo bien. Y esto, por supuesto, va de la mano con nuestra famosa y querida prudencia. El esperar es hacer algo vital, es poder tener tiempo, poder analizar las cosas y no actuar a lo salvaje. Ahora bien, volvamos a hupomonē. Imaginemos a un soldado, ahora que hablamos de batallas, que se encuentra herido, pero que no puede quedarse a esperar que alguien lo salve. Hay que resistir y seguir combatiendo. Evidentemente no será lo mismo, sin embargo, ese tipo de paciencia «centra» al sujeto en el «no hacer de más cuando no se puede». ¿Cuántas veces, el actuar de manera impaciente, lo hacemos sin pensar y sólo encontramos la derrota, el fracaso o incluso un dolor innecesario? La combinación de ambas nociones es necesaria para poder entender y comprender que paciencia significa «date tu tiempo», «sé consciente de ti», «haz lo que puedas con lo que tengas», etc.

«Si no tiene comezón, no se rasque«

Siempre recuerdo con especial cariño, y profundo agradecimiento, esta sencilla frase que un profesor en mi alma mater nos dijo en un momento determinado. Es decir, ¿cuántas veces hacemos nuestros problemas que son ajenos? Sí, en buena medida el amor, la empatía y el deseo de ayudar puede hacer que caigamos en la desesperación de querer solucionar problemas que no son nuestros. Una vez, mi mamá estaba preparando su mate y yo vi que «no le había puesto suficiente» hierba. Por lo que en lo que ella estaba supervisando el agua mientras se calentaba, yo le puse más a su mate. Cuando ella vio eso, me dijo «no, espera, no hagas eso, no es como me gusta a mí». Después me explicó que ella disfrutaba su mate de modo que se fuera «diluyendo» a su tiempo y a su ritmo, porque ponerle más hierba haría que el sabor se concentrara mucho y ya no sería de su agrado.

Muchas veces pensamos demasiado por los demás, partiendo de nosotros mismos como un absoluto. «Es que yo pienso que esto debería ser así», «es que yo hago las cosas de este modo», «es que a mí me gusta esto de esta manera», etc. Sin embargo, cometemos la imprudencia de olvidarnos del otro, por irónico que nos resulte. La paciencia nos ayuda a mirar el mundo y a saber participar en él. No es algo malo preocuparse por los demás, pero si retomamos la forma en la que nos expresamos, quizá podríamos encontrar mejores formas de hacer las cosas. Es decir, recordemos que vivimos en un mundo de la opinión, en la que cada uno habla y aporta desde su experiencia. Pero no olvidemos que aunque haya eventos o cosas que sean «parecidas» a las que ya hemos experimentado, no significa que el otro participe de ello de la misma manera, porque las circunstancias no son necesariamente iguales. Por eso, insisto en una frase mía: existir es compartir (experiencias).

¿Por qué visitar el diván?

«Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla»

-Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

«Disculpe, ¿cómo sé que necesito terapia?», así comienza un mensaje que me hace llegar Mauro desde Argentina. Su inquietud es perfectamente entendible y me parece que es la pregunta que muchos se hacen pero en silencio, como si no quisieran enterarse. Cabe señalar que, hoy por hoy, las resistencias hacia la psicoterapia, no se diga al psicoanálisis, entorpecen mucho el camino del sujeto, porque también es importante señalar que dichas resistencias en muchos casos, si no es que en la mayoría, provienen siempre de un tercero. Por ahí podríamos comenzar: ¿Para qué ir a terapia/análisis si me están diciendo que no lo necesito? La importancia de la opinión ajena pesa a modo de ley. Sin embargo, regresando a la pregunta de Mauro, habría que decir que uno nunca se analiza por necesidad, sino por querer hacerlo, por responder al deseo.

Fue la escritora francesa, Marguerite Yourcenar, quien dijo: «El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez uno echa sobre sí una mirada inteligente». ¿De qué sirve ir por la vida siguiendo los caminos que se nos han señalado sin preguntarnos por qué? Es decir, la vida la solemos apreciar desde una perspectiva única, algo demasiado lineal, donde hay un inicio y un final. Pero pareciera que es algo que priva de otras cosas, entre ellas la posibilidad misma. ¿Y cuál es una de las posibilidades primigenias? El poder ser, llegar a ser… para seguir siendo. Sin embargo, cuando no hay inquietud por conocerse, no podemos esperar sino un desfile perpetuo de maniquíes.

El quehacer psicoanalítico

Sin lugar a dudas es un tema muy extenso y que nunca nos alcanzaría este espacio para poder resumirlo de una manera tan fiel y segura. Pero podemos hacer un brevísimo intento de explicar lo que es ir a analizarse. Antes que nada, hay que sostener que se trata de acudir a un encuentro entre dos inconscientes, el del psicoanalista y el del paciente (analizando). Es decir, son dos intimidades que se concentran en una sola. Un espacio personal y seguro, donde uno «puede ser lo que es sin necesidad alguna de ocultarse», como suele hacer el resto del día. No debe existir el temor a ser juzgados, pues nadie hace tal cosa ahí. De hecho, es importante señalar que el psicoanalista NUNCA opina u ofrece consejo alguno sobre qué debería hacer el paciente, ya que la respuesta a la vida que se busca yace en el paciente mismo, sólo hay que ayudarle a ver qué resistencias pueden existir que le priven de pensar, decir y/o hacer las cosas.

Podemos decir que el psicoanalista observa, busca comprender, ofrece su escucha, trata de identificarse para luego entregar una interpretación. De ahí que las preguntas «base» sean: ¿no será que…? ¿qué piensa sobre esto…? ¿podría ser que…? Porque nunca se afirma nada, sólo se ofrece, por así decirlo, una perspectiva donde el paciente puede decir «sí, puede ser», o quizá un «no, no va por ahí». Insisto: el paciente sabe, sólo que «no se da cuenta, aún, de eso». El psicoanálisis, por tanto, es poder acceder a las posibilidades que yacen alrededor pero que no quedan muy claras al principio. Quizá pueda resultar esto un tanto simple para mis colegas, pero la intención es ayudar a aclarar un poco más esto que muchas veces se transforma en un limitante para quienes buscan ayuda, pero no saben cuál ni dónde.

La cura de ser uno mismo

El Dr. Juan David Nasio, me parece que orienta la idea sobre la cura de una manera quizá muy tierna. Él menciona que «estar curado es amar al niño que hemos sido, que vive en nosotros y que está siempre listo a reaparecer». Entre las miles de definiciones que existen sobre lo que es el ser humano, me he inclinado a adoptar una que me resulta muy colaborativa a la hora de trabajar, no sólo con los pacientes, sino conmigo mismo. Ah, porque es necesario que comente esto, ser psicoanalista no es «ser un iluminado», para nada. Ya que los psicoanalistas también vamos a nuestro propio análisis personal. Diría Jesús: «Quien esté libre de pecado, que tire la primer piedra». En fin, volvamos a la definición: el ser humano es caos. Por tanto, hablamos de un ser que vive día y noche ante la contradicción, ante lo uno y lo otro, ante muchas dudas y quizá pocas certezas. La idea de ese conflicto no es casarse con el fatalismo que podría resultar, sino que es saber aprovechar eso y descubrir con ello que la posibilidad o la alternativa siempre existe. Que las cosas NO ESTÁN TALLADAS EN PIEDRA, que los cambios son posibles.

Pero para todo proceso de cura, hay que entender y comprender que siempre será de suma importancia localizar el amor en nuestra vida. Sí, así es, el amor. Porque el amor es la posibilidad de las posibilidades, quien abre y cierra puertas, quien invita o quien rechaza. En ese sentido, uno se pregunta: ¿por qué sufro tanto con esto? ¿por qué lo permito? Y muchas cosas más. Por eso es que hay que darle su merecido lugar a la duda en nuestra vida, pues sin ella, las cosas serían «lo que son» pero nunca tendríamos información sobre el porqué de ello. Volviendo al amor, es algo que desafía y cuestiona, no sólo es darlo porque sí. De este modo, el ir a analizarse no es porque lo necesito, sino porque lo deseo, porque quiero enterarme de mí y de mi vida, de mis miedos, de mis anhelos, de lo que me significo…

El psicoanálisis es por ello, un acto de amor.

Edificando muros

«Hay que tener una perfecta conciencia de los propios límites, especialmente si se quiere alargarlos o profundizarlos».

-Antonio Gramsci

Queridos(as) lectores(as):

El día de ayer hice una dinámica en mi cuenta de Instagram (@HCHP1) con la finalidad de conocer las inquietudes de quienes me siguen ahí; les pregunté sobre qué tema les gustaría que tratara este encuentro y la mayoría votó por «establecer límites». Sin embargo, me parece que aunque es un tema muy importante, sobre todo hoy en día, se aborda desde un inicio mal. ¿Por qué? ¿Qué significa establecer? Recurramos a la etimología. «Establecer» viene del latín stabiliscere y significa «poner para que permanezca en una posición específica». A su vez, «edificar» también la encontramos en el latín aedificare, y significa «construir una vivienda de grandes dimensiones hecha con materiales resistentes». ¿Pero por qué es importante, según yo, modificar el cómo se habla o cómo se expresa esto? Porque pareciera que descuidamos al ser humano en el proceso, mismo que es «prisionero» del lenguaje.

En la Antigüedad, específicamente pensando en las aportaciones de Platón, se veía al cuerpo como «cárcel/recipiente del alma». Por lo que decir «establecer», siguiendo la definición dada arriba, ¿es poner qué? ¿Una mesa? ¿Una piedra? ¿Un qué? Mientras que si adoptamos el «edificar», que analógicamente nos ayuda el «construir una vivienda», nos hace vernos como «la morada de lo que somos». Siguiendo, añadimos entonces que «construimos la morada de lo que somos con materiales resistentes». ¿Y cuáles son esos materiales? Nuestras ideas, nuestros credos, nuestras ilusiones, sueños, fantasías, deseos, sentimientos, pero sobre todo, nuestra dignidad, es decir, aquello que es lo magnífico de ser seres humanos. ¿Y qué es lo que somos? Aquello que es irrepetible.

De muros y soledades

Pasemos ahora a eso de los «muros». Me parece que es muy oportuna la definición que Jean Chevalier y Alain Gheerbrant nos aportan en el Diccionario de los símbolos (Herder, 2018): «La muralla o gran muralla es tradicionalmente el recinto protector que encierra un mundo y evita que penetren ahí influencias nefastas de origen inferior». ¿Por qué pensar en el origen inferior de aquellas influencias? En la búsqueda de la propia identidad y en la generación del amor propio, que incluye el respeto y defensa de la propia dignidad, podemos entender que aquello que nos invade, siempre se tratará de algo malo, aquello que quiere ingresar a nuestro territorio para destruir, degenerar y degradar a nada. La edificación de muros, por tanto, es la protección de aquello donde mora lo que somos.

Siguiendo en la definición que aportan estos autores, encontramos esto: «El muro es la comunicación cortada con su doble incidencia psicológica: seguridad, ahogo; defensa pero también prisión». Y me parece que este es el punto para entender la importancia de la edificación de muros: la soledad. ¿Por qué la soledad conlleva hoy en día una connotación negativa? Al encerrarnos tras los muros que protegen el lugar donde somos, entramos en la muy íntima oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos. En palabras del P. Henri Nouwen: «La soledad es el horno de la transformación». Y esto, apoyándonos una vez más en el Oráculo de Delfos (conócete a ti mismo), nos desenvuelve la ocasión de entrar en diálogo con nuestra falta, nuestra carencia, aquello que buscamos, pero sobre todo, preguntarnos por qué lo hacemos. No se trata de decir «tengo miedo a estar solo(a)», por ejemplo, sino preguntarse por qué.

Exigencias y delirios

No es la primera vez que este espacio sirve para denunciar los males de este tiempo en esta sociedad en la que vivimos. Hay un cierto «deber ser» que deja mucho que desear, pues no apuntala hacia ninguna virtud, sino hacia las pretensiones más mundanas y desordenadas. Hablamos de exigencias sociales que jalan y atraen hacia el vicio. Pareciera que estamos en una sociedad donde los virtuosos se vuelven mediáticos y los mediáticos virtuosos. «Hago lo que x artista hace en su TikTok«, «Debo pensar como cierto influencer que habla sobre esto», pero a partir de puntos ciegos, negando la posibilidad de la autocrítica. ¿Qué me hace tener que hacer lo que esa persona dice sólo porque es esa persona? Ahora bien, la edificación de muros invita a un proceso de reflexión, de discernimiento y de ocasión de encuentro con el bien, mismo que se ve constantemente cuestionado en nuestra sociedad, en medida que no facilita el utilitarismo y pragmatismo de esclavos enajenados del placer por el placer mismo.

Aristóteles señalaba a los bárbaros como «esclavos de sus propias pasiones» y en buena medida alejados, quizá a modo de reproche, de la razón misma. Por eso, centrando esto hacia las relaciones sociales, vemos invasión de seres que buscan sólo el placer por el placer mismo pero para ellos mismos, a partir del sometimiento de seres que califican como débiles e inseguros, aprovechándose de la vulnerabilidad de los mismos, justificando esos actos por «muestras de amor». Y el amor termina por lastimar, por dolor, incluso a veces por matar. «Lo hago porque te amo», «Te digo tus cosas, aunque te duela, porque me importas», etc. La humillación, el degenere y el abuso NUNCA SON PRUEBAS DE AMOR. Son carencias del mismo desde la parte de quien violenta al otro. En su silencioso y cruel dolor, opta por no hablarlo, por no trabajarlo, sometiendo a los demás a su propia realidad para no sentirse solo. Al menos eso es lo que nos dejan ver muchos casos donde la relación de poder queda muy inclinada hacia un solo lado.

¿Qué pasa cuando decimos «no» o «hasta aquí»?

Dice Hegel, y lo dice bien, que el ser humano está en constante necesidad de reconocimiento. Todos queremos ser reconocidos, o en otras palabras, todos queremos ser amados. Cuando existen inseguridades y patrones de descuido en la propia dignidad, en el miedo a quedarnos solos, a ser rechazados o ser incluso agredidos, buscamos encajar sin importar los costos. Por lo que en el inconsciente se desarrolla una idea brutal y desgarradora: «Si digo no, me dejarán de querer». ¿Y qué pasa si es cierto? ¿Qué pasa si al decir no, al establecer límites o edificar muros, encontramos el rechazo y el abandono de personas que sólo yacían ahí por su enorme influencia (y dominio) sobre nosotros? Quedamos libres. Pero nos cuesta mucho lidiar con ello. ¿Cómo puedo ser libre si no está esa persona conmigo ahora que se aleja porque no le gusta que le diga que no? Volvemos a la pregunta que se vio más arriba: ¿por qué me preocupa eso?

Es muy importante fortalecer la vida interior, el amor propio, la dignidad y los lazos que nos atan a la vida que deseamos vivir. Muchas veces, las estructuras sociales, familiares y religiosas incluso, pueden generar en nosotros tremendos problemas existenciales y crisis de identidad y oportunidad de progreso propio. Pensamos que estamos en deuda constante con el padre o la madre, por ejemplo, que abusa de esa realidad para ofender, para dañar, para denigrar. ¿Cómo podemos revelarnos? «¡Es que soy tu madre/padre, por eso ME DEBES todo!». Ciertamente la vida sería imposible sin ellos, pero ese CHANTAJE emocional nunca debe ser algo que exija el amor y la obediencia, con ellos ni con nadie. El amor del otro en nuestra vida es siempre dulce, no amargo ni irritante.

Quien busca el amor que merece, por tanto el respeto a su propia dignidad, tiene que estar preparado para verse abandonado por muchas personas queridas y amadas. Pero no debe tener miedo, pues quien se ama a sí mismo, amando a los demás con sus justas dimensiones, logra encontrar al final del día las verdaderas y más bellas compañías, no se diga auténticas. No hay que desesperar, pues no porque se tenga sed, se toma agua de mar…

En el tiempo de los sueños

«La esperanza es el sueño del hombre despierto»

-Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Hace ya muchos años, un primo mío me regaló cuando yo era niño un juego de computadora llamado La Pantera Rosa: misión peligrosa. Evidentemente se trataba sobre el famoso personaje diseñado por el prestigioso animador, Friz Freleng, en 1963. Pero no ahondaré mucho sobre dicho juego, sólo quiero concentrarme en un momento en el que se habla precisamente de los sueños. Pero, ¿qué son los sueños? Ya hemos tenido oportunidad de revisar en encuentros anteriores, y profundizar más, sobre este tema. Sólo recordemos que para Freud, los sueños son la realización del deseo. Todo lo que no se puede realizar, o que cuesta mucho trabajo al menos a nivel consciente, el sueño lo hace posible, aunque siempre bajo un sutil disfraz para que no se vuelva una experiencia insoportable para el sujeto. Pongamos atención a los sueños para que no descuidemos nuestro deseo.

Del momento del que les hablo en el juego, nos sitúa en un viaje que la Pantera Rosa hace a Australia y en el que le explican un poco sobre los aborígenes. El tiempo de los sueños, en este caso, nos habla de los orígenes de estos hombres, de su profunda relación con la naturaleza y el porvenir de su Historia. Pero, si traemos esa reflexión a nuestra propia vida, ¿de qué hablaría nuestro tiempo de los sueños? De la infancia que poco a poco se desvanece con el desprecio que se genera por las constantes prisas que llevamos a diario. ¿Quién tiene tiempo para soñar?

Son sueños que se sueñan

¿Qué no acaso en nuestra infancia estamos realmente relacionados en intimidad con los deseos? La propia cultura perpetúa dicha relación con festividades y momentos en los que los niños se familiarizan con el deseo, la fantasía y la imaginación. «¿Qué quieren ser cuando sean grandes?», nos preguntaba la maestra en el preescolar. «¡Quiero ser policía! ¡Yo bombero! ¡Yo astronauta! ¡Yo bailarina! ¡Yo doctora!», etc. Los niños contestan con total ilusión sin saber exactamente lo que están diciendo. Hay algo que llena de emoción y fantasía a los peques y los lleva a desear eso con profundo interés. ¿Pero qué pasa en el camino? Sucede que «despertamos» y nos damos cuenta que el mundo no es tan «bonito», que existen cosas totalmente diferentes y que ahora, con ojos de adulto, vemos que no todo es de color. Eso es al menos desde la perspectiva negativa de la vida. Pero lo cierto es que ese despertar acribilla poco a poco la capacidad de apostar por cosas que realmente deseamos.

«¿Quién soy yo para poder hacer esto? ¿Quién soy yo para poder tener aquello?», cosas así nos preguntamos a diario. Resuena en el recuerdo aquella invitación del Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». ¿Pero quién soy? En esa pregunta tan famosa yace un deseo primigenio, el de saber quiénes somos, qué estamos haciendo y hacia dónde vamos. Ese deseo de identidad, incluso de pertenencia, suele ser un quebradero de cabeza y más en este tiempo donde pareciera que por todos lados nos bombardean con lo que «debe» ser, con lo que «debemos ser». Si no hay claridad en ese deseo primigenio, ¿cómo podemos defender nuestros demás deseos y no vernos en la terrible situación de despreciarlos y/o abstenernos de realizarlos? Los sueños nos rescatan de esto, pero no pueden ser la solución para todo, porque «sueños, sueños son». Y nada más.

Recuperar lo «perdido»

Son muchas las veces en las que la gente, sobre todo mis pacientes, me dicen que «de qué sirve hablar de tonterías». Para empezar, ¿por qué calificamos de esa manera tan cruel lo que nos inspira, lo que nos ilusiona, lo que nos hace incluso aferrarnos de manera inconsciente a la vida? No, no se trata de tonterías, más bien, muchos nos han hecho verles así. ¿Y quiénes son los responsables? En su mayoría de los casos, esa crueldad proviene de aquellos que se ven incapacitados, que se aceptan derrotados y para quienes los sueños no sirven de nada. Los sueños en realidad nos presentan el deseo, aunque claro, hay que saberlos analizar. Me gusta mucho decirle a las personas que «amar es dejar al otro dormir», pero me parece más apropiado apostar por «amar es dejar al otro soñar». Grandes cosas se han realizado por «sueños tontos». ¿No conocen cuáles? Dense una vuelta por la Historia de las Ideas y se darán cuenta de la estrecha relación y origen de las mismas.

Regresando al deseo primigenio, el del saber quién soy, podríamos recalar en el famoso libro de Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (1865). Quiero pensar que ya tienen una idea a qué parte me estoy dirigiendo, que en efecto se trata del encuentro con La Oruga, quien representa el pensamiento racional que exige una lógica en un mundo «patas arribas». Esa insistencia, bastante molesta, encara a la pobre de Alicia a preguntarse una y otra vez «quién es», llevándola a una auténtica crisis de identidad. Si una inocente niña pasa por ese cuestionamiento, no es de sorprender que haya adultos que a la fecha tengan la misma y angustiosa situación. Pero, ¿es que hay forma de responder eso? En una alternativa para poder apostar por la vida, la formulación existencialista de «nunca se es, sino que se está siendo», nos libera y nos permite vivir la vida a pesar de las circunstancias y a descubrirnos EN CADA MOMENTO DE LA MISMA.

Ayer, hoy, mañana

Para concluir este encuentro, quisiera invitarles a recordar aquellos sueños de la infancia, aquella ilusión que pareciera frustrada. ¿Qué han hecho hasta hoy? Quizá no se han dado cuenta, pero no se han perdido esos sueños del todo, ya que de un modo u otro, cada día hacen algo que rinde homenaje a esas «tonterías» de la niñez. Y si no me creen, ¿han visto la cara de «tontos» que ponen cuando se comen un helado de su sabor favorito? ¿Han visto con cuánta alegría «tonta» disfrutan al hacer cosas divertidas? Vamos, no podemos desterrar los sueños de nuestra vida porque son base de la misma.

Por eso, una vez más, prestemos atención a nuestros sueños y encontremos en ellos las «llaves» hacia una vida más feliz y digna de ser vivida. Los únicos tontos son los que desperdician lo que es tan suyo, como su propio deseo.

El cuerpo no sabe callar

«Los que ven diferencia entre cuerpo y alma no tienen ninguna de las dos cosas»

-Oscar Wilde

Queridos(as) lectores(as):

Una de las más importantes aportaciones al estudio de la salud mental por parte del Psicoanálisis fue, precisamente, abordar el cuerpo como una realidad vinculada a la mente. ¿Qué es el cuerpo? Por un lado tenemos la cuestión material (brazos, piernas, cuello, manos, etc.), y por otro una anatomía imaginaria a partir de lo simbólico. ¿Un poco confuso, no? Así como diferenciamos mente de cerebro, lo simbólico de lo material, eso pasa con el cuerpo que responde a la histeria o neurosis misma. En el cuerpo, por tanto, se inscriben significantes y de él surgen los síntomas.

Es importante señalar que a diferencia de un síntoma médico, en el caso de la clínica psicoanalítica, se trata de una formación del inconsciente. Aquello que se manifiesta. Hay quienes se aventuran en decir que el síntoma es un sustituto de aquello que no se habla. Es decir, aquello que se calla, en el cuerpo se manifiesta. Hay mucho que hablar sobre eso, pero en esta ocasión quiero que nos quedemos justo teniendo bajo la lupa al cuerpo que no se calla y expresa, quizá de un modo negativo y en ocasiones perjudicial, el sentir reprimido.

Saber leer(se) (en) el cuerpo

Para Freud el cuerpo es una creación metafórica. El síntoma, como hemos visto, tiene una profunda relación con la vida psíquica del ser humano. Aquello que ha sido reprimido, pero que no se pone en palabras, logra vencer las barreras y encuentra el modo de manifestarse de alguna otra forma posible. Todo síntoma tiene un sentido, pero cabe señalar que es de origen inconsciente. Quiero poner un ejemplo para tratar de clarificar esto.

En una ocasión, cierto paciente llegó al consultorio quejándose de un malestar. Cuando le pregunté de qué se trataba, me comentó que le dolían mucho los brazos, que los «sentía muy pesados» al borde de sentirlos débiles y cansados. Le pregunté si había hecho algún esfuerzo físico, como haber ido al gimnasio o algo parecido y me comentó que no, que tenía tiempo que no hacía ese tipo de ejercicios. «Disculpe -le interrumpí- ¿qué ha estado cargando?». Poco a poco fuimos descubriendo que sentía todo el peso y la carga de ver por sus abuelos, que tenía que estarlos «sujetando». Pero por el otro lado, sentía la imposibilidad de soltarlos por temor a perderlos. Al poner en palabras eso, me comentó que fue sintiendo más fuerza en los brazos y que ya no le pesaban tanto.

Los brazos son tomados como significantes de una cadena discursiva, pudiendo ser sustituidos por otros en el cuerpo no-orgánico.

Un cuerpo, un llamado

Muchas personas, sobre todo en nuestro tiempo, suelen asustarse mucho porque empiezan a tener ciertos malestares que rondan por sus cuerpos, pero lo interesante es la profunda relación que le adjudican a esos malestares con los órganos interiores. Hay quienes sienten cosquilleos constantes en palmas de manos y pies, quienes sienten presión en el pecho, dolores punzantes en la cabeza, etc., y terminan asociando esos síntomas con algún padecimiento de salud. Se piensa, de modo fatalista, en problemas cardiovasculares, renales, pulmonares, neuronales, etc. ¿Pero qué tanto es eso realmente algo de condición meramente fisiológica?

Uno de los males propagados en nuestra exigente y delirante sociedad, es sin lugar a dudas el estrés, siendo una respuesta física o mental a una causa externa: mucho trabajo, mucho tráfico, demasiadas tareas, etc. Hablamos de un factor que afecta tanto lo material como lo simbólico. Es decir, el estrés si no se le controla puede ocasionar problemas de hipertensión arterial, insomnio, padecimientos estomacales, alteración de presión en el oído, etc. Pero también puede influenciar en lo estados de ánimo y hacer del sujeto alguien depresivo, colérico, ultra sensible, etc.

Ahora bien, hay que saber diferenciar las cosas. Los estados de ánimo pueden ocasionar síntomas neuróticos que provocan ciertas reacciones fisiológicas no permanentes. Un amigo, por ejemplo, me comentaba que ha tenido ciertos movimientos no voluntarios de su brazos, incluso hasta sentir que «le salta el párpado». ¿Será un problema de salud orgánica? Puede ser, pero también había que considerar la vida que estaba llevando hasta entonces. Una vez que se atendió con el médico correspondiente, éste le comentó que tenía altos niveles de estrés. Pero, de un modo u otro, el cuerpo está hablando, si no es que hasta gritando, que necesitamos hacer algo al respecto.

¿Qué hacer? Comencemos por respirar, atender las posibles causas y ver qué se puede hacer o qué es necesario dejar de hacer. Pero nunca dejar que las cosas «se solucionen con el tiempo», no hay que confiarse. Siempre la atención a tiempo nos puede evitar cosas peores.

Breve nota sobre la decisión

«Toma consejo en el vino. Pero decide después con agua»

-Benjamin Franklin

Queridos(as) lectoras(as):

En esta ocasión comparto con ustedes la inquietud que me ha hecho llegar Silvia, quien me escribe desde Colombia: «¿Qué pasa con la decisión? Es decir, ¿cómo saber que estás decidiendo correctamente?». Sin duda no es un tema tan sencillo de abordar, pero hagamos un esfuerzo. Primero, ¿qué es eso de decidir? Viene de la palabra latina decisio, es decir, «aquello que se escoge ante todas las posibilidades». Pero vamos a centrarnos en caedere, que se traduce como «talar, cortar, matar». Precisamente, si lo aterrizamos en la idea de «tomar una decisión», lo que estamos haciendo es «cortar con todo lo demás, ponerle fin y quedarnos con una parte».

Pero la toma de decisiones es un tema que tiene sus amplios e interesantes cursos que incluso llegan a aspectos de negocios y política. Por ello es que resulta algo tan complejo. Pensemos por un momento si nos resulta difícil qué elegir del menú cuando el mesero llega a preguntarnos qué queremos, ¿qué pasará cuando de una persona y su decisión depende la vida, el trabajo, la salud, etc., de miles de millones? No es nada fácil, mas no por ello debemos complicarnos de más la vida.

Volver a uno mismo

Mi querido colega, Gabriel Rolón, en una ocasión le alcancé a escuchar que decía «toma la decisión con la que puedas vivir». ¿Pero qué significa eso? En alguna ocasión pasada, platicábamos respecto a conocer nuestros alcances y límites. Eso requiere que abracemos la humildad y seamos sinceros con nosotros mismos. El filósofo francés, Jean-Paul Sartre, decía que «la libertad sin responsabilidad, no existe». Entonces, quien decide y no se hace cargo de las consecuencias, está fallando. Pero, Héctor, ¿qué sucede si pasan cosas que no esperaba tras la decisión que he tomado?, me podrán preguntar. ¿Quién es capaz de ver más allá del hoy? Hay cosas que precisamente no están en nuestras manos, pero que tenemos que «aprender sobre la marcha» y ver qué se puede hacer al respecto. Es interesante que ante la imposibilidad de decidir, uno se torne un indeciso, pero hay que tener cuidado con eso. J.P. Morgan decía que «los indecisos tienen tres clases de dificultades: las que han tenido, las que tienen y las que esperan tener».

¿A qué nos remite esto? A la expectativa. Y eso, una vez más, a la falsa idea de control que solemos albergar en nuestro más profundo deseo. No sé si desgraciada o afortunadamente, pero lo cierto es que no podemos pensar tanto la vida. Hay momentos en los que hay que decidir «de ya», y pues cuál tiempo para meditar. Es ahí donde la importancia de la experiencia de vida nos hace falta. ¿Pero qué pasa cuando no tenemos la suficiente experiencia como para atrevernos a decidir tan rápido? Precisamente para eso está la figura del otro. Hay que acercarse a aquellos que nos llevan ventaja en varios puntos y tomar sus consejos y opiniones con seriedad, respeto y agradecimiento. Cuando no sepamos qué hacer, por tanto qué decidir, no olvidemos que las preguntas se hicieron para ser contestadas, y que el otro puede que tenga algo que decirnos. Parte de la humildad, por tanto, es reconocer nuestros alcances y límites.

Un pequeño problema…

Sin embargo, hay que ser conscientes que como seres humanos partimos con cierta «desventaja», y eso es que en muchas ocasiones somos demasiado impulsivos. Nos dejamos dominar por las pasiones y luego las consecuencias de nuestras decisiones son enormes. En algunos casos, nuestra decisión se orienta en la falsa sensación de seguridad que tenemos porque nos sentimos muy capaces y «no necesitamos de la aprobación de nadie más». Sí, bueno, es importante tener confianza en uno mismo. ¿Pero qué clase de confianza se le puede tener a alguien que viendo que es peligroso hacer algo, sin pensarlo, corre y se avienta al riesgo sin más? Muchas de esas «enseñanzas» de la vida actual, tales como «sin miedo al éxito» y puntadas de ese nivel, desestiman mucho las propias inseguridades de una persona. Sí, hay que apuntalar hacia el éxito siempre, pero sin dejar de ser prudentes. La antigua enseñanza familiar se hace presente (al menos en México y América Latina ha de sonar mucho): «¿Si tus amigos se avientan, tú también lo haces?». No busquemos encajar en donde terminaremos por quedar fuera.

Friedrich Nietzsche decía que «los hombres no deciden por lo más racional sino por lo que les llena el corazón de resolución y de esperanza». Por supuesto que queremos pensar que las decisiones que tomamos serán lo mejor, pero insisto en que hay que entender que si no somos capaces de vivir con lo que hemos decidido, en el sentido de comprometernos y ser responsables con ello, mejor no hagamos las cosas o tomemos más tiempo para aprender cómo hacer las cosas mejor. Sí, ¿pero qué pasa cuando no hay tiempo? Vuelvo al punto mencionado más arriba: aprendamos a preguntar, a que nos puedan orientar. No está de más nunca decir «no sé», ¿qué terquedad hay en querer saber todo?

Cuando todo falle

«El amor es el gran refugio del hombre contra la soledad»

-Henry Bataille

Queridos(as) lectores(as):

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a cierto colegio al sur de la Ciudad de México, ya que una muy querida amiga y colega me invitó a conocer a sus alumnitos de Primaria. «Les traigo a este gigante para que le pregunten lo que quieran»-les dijo. Me dio risa esa presentación tan peculiar y sólo podía notar el verdadero asombro de esos peques ante mi tamaño «colosal» para ellos. Hubo preguntas sobre mi tamaño (que tampoco es que sea la gran cosa porque ciertamente hay más grandes que yo), mi trabajo, si tenía mascotas, etc. Muchas preguntas divertidas y curiosas. Hasta que un peque me preguntó que «por qué existía gente mala en el mundo». Siguiendo mi línea psicoanalítica, le respondí con otra pregunta: «¿Por qué crees que hay gente mala?». A lo que me respondió después de unos segundos: «Porque no tienen amor». ¡Impresionante! ¡Nos dios la vuelta a todos los que nos dedicamos a hacernos esas preguntas!

Después de compartir el lunch con ellos y una que otra actividad, me fui para continuar con el día. ¿Cuántas veces se nos «olvida» que es justo el amor la gran respuesta a tantas cosas en la vida? Quien piense que los niños son bobos o ingenuos, realmente refleja su niñez y lo que reflejó de sus adultos. Los niños son muy inteligentes y perceptivos, nunca pongamos en duda eso. Por eso, quiero centrar este encuentro en hacer una pequeña y breve reflexión sobre qué hacer cuando todo falle.

Detente, respira… ¡observa!

Ciertamente es muy común que pensemos que la vida no es justa, que carece de lógica. No me atrevería a plantear lo primero porque requeriría un balance objetivo de las circunstancias. Pensar que si hacemos el bien nos irá bien o que si hacemos el mal nos irá mal, es reducir la vida a una mera expectativa de pseudo justicia. Claro, podríamos decir que sería lo correcto, pero las cosas NO SIEMPRE suelen ser así. Me recuerdo un poco lo que decía el Quijote: «Aún entre los demonios hay algunos que lo son más que otros, y entre muchos hombres malos suele hallarse uno bueno». Es muy fácil juzgar, demasiado, pero lo cierto es que solemos perdernos en ello, de modo que terminamos inventando realidades sin comprender la Verdad.

Ahora bien, no sólo se trata de andar por el mundo a la deriva pensando que estamos llegando a un lugar determinado. ¿Por qué creemos que lo verdaderamente importante está en la meta? Ya lo hemos comentado anteriormente en otro(s) encuentros(s): entre el punto A y el punto B, hay algo de por medio. Eso es el proceso y es ahí donde yace el verdadero aprendizaje de la vida. ¿Qué estás haciendo? ¿Cómo lo estás haciendo? ¿Por qué lo estás haciendo? ¿Para qué lo estas haciendo? En el andar hay veces que hay que saberse detener para contemplar lo que también hay alrededor. ¿Qué prisa llevamos como para que nos impida contemplar el paisaje, compartir con quienes nos encontramos o simplemente respirar con calma? De eso se trata la vida: no de los que «es», sino de lo que «hay».

Cuando todo falle

Podríamos comenzar por preguntarnos si es que llevamos la vida con demasiada expectativa o si la consideramos con muy poca esperanza. Muchas veces el error radica en querer que las cosas sean tal y como «queremos» que sean. Es como querer darle órdenes al mar de que no moje el lugar donde estamos parados en la playa. Las cosas serán como tienen que ser. Hay que comprender que por mucho que se planeen las cosas, una vez más, no todo está bajo nuestro control y que en la posibilidad misma que somos, tenemos que encontrar el momento adecuado para hacer o dejar de hacer. Podemos sentir la enorme frustración de perder un trabajo, de fracasar en algún proyecto, etc. Todo eso es posible al igual que el triunfo y la victoria. ¿Por qué sí está bien pensar en el éxito pero es impensable a su vez el fracaso? En la exigente sociedad en la que vivimos, nos olvidamos constantemente que el éxito del otro conllevó también fracasos, pues la vida en su sencillez se nos puede llegar a presentar bastante compleja. ¿De qué forma estamos viviendo?

«Porque no tienen amor», me sigue haciendo eco esa maravillosa respuesta. No hablemos solamente del amor propio, del que damos o del que recibimos. ¿Por qué no hablar también del amor con el que se hacen las cosas? Quien ama lo que hace y lo ofrece con amor, siempre recibe una satisfacción más grande de la que puede llegar a esperar. Por eso, el filósofo danés, Søren A. Kierkegaard, en su propuesta nos invita a «vivir apasionadamente la existencia». Poner amor y pasión en el quehacer diario nos garantiza una experiencia edificante, de la cual aprendemos incluso más de nuestros errores y fracasos. El soberbio puede aprender humildad, el arrogante a ser sensato, el exigente a ser compasivo, el odioso a ser amoroso. Si aprendemos, entonces, a ver el fallo o el fracaso como una oportunidad para edificar nuestra vida hacia una virtud mayor, podemos darnos cuenta que la respuesta yace en verdad en el amor con el que vivimos la vida misma.

No es ni será nunca fácil, pero vale la pena intentarlo. Haciendo eco de lo que decía Stephen Hawking: «Mientras haya vida, hay esperanza», evitemos cerrarnos al mundo y tengamos una disposición completa de abrirnos. Nunca faltará quien diga «¿te ayudo?». Incluso podrían ser ustedes los que estén esperando preguntarle eso a alguien sin siquiera conocerle.

Buscar sin esperar encontrar

«Un barco está a salvo en el puerto. Pero no fue construido para eso»

-William H. Shedd

Queridos(as) lectores(as):

Ya hace tiempo que hemos hablado sobre la búsqueda de sentido en la vida. En aquel entonces, habíamos hecho un esfuerzo para comprender que la vida por sí misma no tiene sentido alguno. Es el ser humano quien le brinda sentido. Pero ese sentido es algo que se actualiza. Diría Nietzsche (parafraseándole): «Quien tiene un por qué, sabrá lidiar con los cómos». Sin embargo, en la ajetreada jornada persistente en nuestro tiempo, ¿qué sentido tiene cada cosa que pensamos, decimos y/o hacemos? Cuesta mucho verse apartado de la idea de que algo habrá de pasar significativo a modo de recompensa. ¿Pero qué es exactamente lo que estamos esperando que pase?

Uno de los problemas más comunes en nuestro día a día es el dejar de hacer. Vuelvo a lo mismo: ¿qué sentido tiene hacer algo si no pasa nada? ¿No pasa nada? ¿O no será más bien que no pasa lo que esperamos/creemos/queremos que pase? Estamos tan acostumbrados a tener control de las cosas que cuando la vida nos demuestra que no es así, caemos en una profunda frustración que nos deja «inmóviles», y que nos aparta poco a poco del hacer. Cuando Viktor Frankl escribió su más conocido libro, El hombre en busca de sentido (1946), una de las más interesantes reflexiones que el psiquiatra austriaco nos comparte es sin duda ésta: «La felicidad no se puede perseguir; debe suceder». ¿Cuántas veces nos enfocamos en que las cosas sean como queremos y nos perdemos de lo que puede ser realmente?

¿A las puertas de la posibilidad?

Justo la frase con la que iniciamos este encuentro me la pasó un querido amigo junto con una imagen. «¡Para tu página!» -me dijo. Me quedé anoche pensando en el tremendo significado de tan sencilla frase. En un principio lo relacioné con el estado de comodidad, que a veces termina siendo conformidad, en el que como seres humanos nos quedamos a pesar de las tremendas inquietudes que tenemos. Las pulsiones son tan fuertes que no son tan fáciles de controlar. A veces, por miedo dejamos de hacer algo más. «Ya logré esto, mejor no le sigo». Sí, en buena medida existe la famosa prudencia (phrónesis), pero tampoco podemos ser tan reduccionistas ni tan simplistas. ¿Será que disfrazamos el miedo con la supuesta prudencia? Me parece que es cuando más debemos estar conscientes de nuestros límites y de nuestros alcances, siendo totalmente sinceros con nosotros mismos. Por un momento, podemos ver cuánto hemos logrado y pensar si sería posible hacer algo más. Y cuidado con esto: hacer algo más no implica algo muy grande o de proporciones exageradas. Hacer «algo más» puede derivarse en la actitud con la que hacemos las cosas.

Muchas veces me he topado con situaciones en las que muchas personas comparten que «ya no saben qué hacer». Y recuerdo a mi mamá que cuando le decía algo así me contestaba: «Salte a caminar». Y es que en verdad uno ignora lo tremendamente fantástico que puede ser eso. Aunque ya hemos hablado sobre eso (Caminatas y nubes), es importante recordar brevemente que el poder salir a caminar, de manera solitaria, nos permite tener mayor claridad en el pensamiento. Podemos incluso descubrir nuevas cosas, conocer nuevas personas, probar nuevos sabores… ¡Novedad! Pero para descubrirlo hay que ir, no esperar a que suceda sin más. De eso se trata la apertura a la posibilidad.

Apostar por la vida

Como sabrán, queridos(as) lectores(as), en esta página apostamos siempre por la vida. ¿Qué significa eso? En la medida justa de las circunstancias, la apuesta por la vida siempre nos garantiza el hacer algo, el no quedarnos con los brazos cruzados esperando el fin. ¿De qué sirve tener una pelota de fútbol si no la pateamos y jugamos con ella? Sí, es cierto, las circunstancias de nuestro tiempo tal parece que nos obligan a estar esperando que cambien por sí solas. ¿Es que qué puedo hacer con la guerra en Ucrania? ¿Qué puedo hacer para que desaparezca el COVID-19? ¿Qué puedo hacer…? Pues vivir lo que se puede y lo que nos corresponde. No podemos estar, una vez más, sentados con los brazos cruzados. Hay que darnos la oportunidad de abrirnos a nuevas experiencias. ¿Qué caso tiene sólo hacer lo que nos gusta si no buscamos algo nuevo que nos guste o no?

Suele pasar que incluso las cosas a las que peligrosamente nos hemos acostumbrado, tal como lo es la rutina misma, terminan por hacernos sentir agobiados. Nos cansamos hasta de lo que tanto nos gustaba. ¿Es eso posible? Claro que sí. Y nada raro, de hecho. Imaginemos por un momento qué pasaría si sólo pudiéramos hacer lo mismo en la vida. Sin cambios, sin novedad. Un día tras otro. Hasta leer esto es tedioso, ¿no? El chiste radica en poder buscar sin la idea de encontrar algo específico. Eso es darle oportunidad a la vida de sorprendernos. Cristobal Colón creía que había llegado a la India, y terminó por descubrir un continente.

¿Qué podemos hacer? Se responde: Veamos…

Evitemos juzgar, evitemos dañar

«Quien cree que las frutas maduran al mismo tiempo que las fresas, nada sabe sobre las uvas».

-Paracelso

Queridos(as) lectores(as):

Es muy común que hoy en día pareciera que cada uno tiene una verdad incuestionable y que sienta la urgente necesidad de expresarla y, en su proceso, pasar por encima de los demás. En algún encuentro anterior habíamos señalado que si bien vivimos en el mundo de la doxa (opinión) y que cada uno tiene la suya, no podemos descuidar que en efecto existe una Verdad (objetiva) y que nuestra subjetividad no trata de verdades particulares. El modo de ser o de existir de cada uno es en sí mismo la expresión de la propia experiencia.

En la clínica psicoanalítica buscamos que quien viene a con nosotros no se sientan en ningún momento juzgado por nuestra parte. De hecho, la invitación es la misma: «Por favor, diga lo que piense evitando censurarlo, aquí nadie le juzga». ¿Qué ganamos con juzgar al otro? Independientemente del contexto, el juzgar a los demás parece que nos sitúa en una posición moral intachable en la que nos autorizamos a señalar los problemas, defectos, hasta pecados, de los demás. ¿Con qué fin? Y lo que es peor, a veces descuidamos que al juzgar al otro lo hacemos de manera pública, así que no sólo hacemos que se sienta mal la persona, sino que lo exhibimos y dejamos en ridículo. Hoy en día, las redes sociales nos acerca peligrosamente a excesos terribles en ese tipo de tratos, empeorando la acción con el hecho de que muchos se mantienen en un «seguro» anonimato.

Corregir con humildad y amor

Hace acaso unas cuantas horas, tuve la mala fortuna de presenciar un momento bastante incómodo en el que a una persona de las labores de limpieza de cierto banco, el gerente le llamaba la atención de modo cruel e insensible sin importarle que muchos estuviéramos presenciando tal «espectáculo». Cosas como «es que gente como tú no entiende», «por algo estás haciendo esto y no otra cosa en la vida», entre otras, fueron suficientes para que algunos clientes interviniéramos a favor del joven. ¿Qué ganaba el gerente con ese trato tan miserable? Llamar la atención. No hay más. Pero, en esa falta que pretendía llenar, su acción estaba haciendo pedazos a otra persona. Ya después de que le hicimos entrar en razón, el gerente no tuvo otra más que pedirle perdón al joven. Podríamos pensar que incluso eso se volvió algo humillante para él. Y sí, seguro lo fue, porque es lo que ese tipo de acciones logran: humillación tras otra.

Cuando estudiaba en la secundaria y en la prepa, conocí la acción conocida como «corrección fraterna». ¿De qué trata? Cuando estamos presenciando algo que se está llevando a cabo por parte de otra persona, y que no es del todo correcta, procuramos encontrar un momento justo para acercarnos a esa persona, apartarnos a un lugar más privado y con total humildad hacerle ver lo que nos ha parecido mal o incorrecto. La persona, también con humildad, quizá tenga la oportunidad de reconocer su error (en caso de realmente haberlo) y podrá enmendarlo para hacer mejor las cosas la próxima vez. Esa corrección fraterna es un método que puede ayudarnos en el día a día para evitar precisamente que las cosas malas ocasionen otras igual o peores.

Magnanimidad y asombro

Nadie estamos absueltos de cometer errores, eso es lo que nos hace ser perfectamente humanos. Pero sí es posible tratar de cometer los menos e, incluso, hacer las cosas mejores día con día. De eso se trata el principio de la magnanimidad: apostar por ser mejores. Hoy en día vemos un desgaste constante en muchas cosas que vivimos a diario. Parece ser que el cansancio, el tedio, la desesperación, etc., nos van ganando a lo larga de la jornada. Hablábamos en el encuentro anterior sobre la sencillez y cómo ésta nos ayuda a ser más prudentes y pacientes. Uno de los grandes temores es que el ser humano pierda la capacidad del asombro. «Cuando no sepamos qué hacer, preguntémosle a un niño», no es que el pequeño tenga la respuesta directa, pero su imaginación y creatividad nos pueden orientar a ver de otra forma el problema que tenemos.

Hay veces que el trabajo y los estudios pueden llegar a sentirse en demasía sofocantes. Ni qué decir cuando la rutina se apodera de nuestras vidas. Hacer lo mismo una y otra y otra vez vaya que es desquiciante, pero el problema no radica en ello, sino en el modo en el que lo hacemos. Por eso es que uno de los primeros pasos es evitar el juzgar al otro, porque en buena medida en eso nos estamos juzgando a nosotros mismos. A mis analizandos suelo decirles «no seas tan duro contigo», porque de nada sirve castigarse y joderse más la vida. Hay que encontrar cierta serenidad libre de juicios que están de más. El acto de juzgar siempre es una sentencia que no da paso a otra posibilidad. Nunca sabemos el infierno que el otro está llevando en silencio.

Quizá la apertura del corazón al encuentro con el otro sea más linda y cálida si lo hacemos desde el amor y no desde los complejos. No todos tienen que estar de acuerdo con esto a la hora en la que lo hagamos nosotros, pero cierto es que para que se noten cambios en el mundo, uno debe comenzar con sí mismo. También, la corrección fraterna es algo que podemos hacer para con nosotros mismos en algo que conocemos como «reflexión diaria». Pero, sin humildad ni sencillez, de nada nos sirve «darnos cuenta de lo que está mal con nosotros», si no aprendemos de ello y buscamos enmendar.