El silencio y sus hechos

«Quien calla, otorga».

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo, mi amiga Berenice me pidió que escribiera algo sobre el tema que se trata en una miniserie de Netflix, Desde dentro (Inside man, 2022), protagonizada por Stanley Tucci, David Tennant, Dolly Wells, entre otros. A modo de brevísimo resumen (sin spoilers), trata sobre un criminólogo que yace en el pasillo de la muerte de una prisión esperando su condena, mientras resuelve algunos casos siempre y cuando cumplan con sus exigentes demandas profesionales; hasta que un día se topa con uno en el cual todo comenzó con «guardar un perturbador secreto». No diré más.

Para muchos ha sido una muy buena mini serie, para otros ha sido aburrida, pero me parece que aborda el tema de callar y encubrir de un modo bastante interesante. ¿Qué harían ustedes si alguien les hiciera guardar algo y que después descubrieran el contenido perturbador del mismo? Cabe decir que ese alguien es muy querido y amado, por quien sienten cierta responsabilidad. Quizá muchos podrían contestarme que «harían lo correcto», pero creanme que a la hora de la verdad hay cosas que nos pueden llegar a traicionar. Dejemos eso en intriga por si les he picado la morbosidad como para ver de qué se trata esa serie.

*A veces creo que Netflix me debería contratar…

El callar

En la cultura occidental es muy común que el tema del silencio se desarrolle en muchos panoramas sociales. Desde una perspectiva se le ve como sinónimo de prudencia, en otra como cobardía, en otra como obediencia, etc. Depende la situación, el lugar y con quién. Sin embargo, el callarse siempre, en todos los casos, genera algo a nivel psicológico que da paso a incontables realidades en el individuo. Ciertamente en ocasiones se ejercitan las virtudes, pero en otras tantas se generan traumas, dolencias, resistencias, miedos, etc. Cuando empiezo este encuentro con el famoso refrán «el que calla, otorga», no es en vano. ¿Cuántas veces hemos sido testigos del poder demoledor de las cosas que se callan en la estabilidad mental de las personas, incluso de nosotros mismos?

En psicoanálisis entendemos que lo que no se pone en palabras, el cuerpo encuentra la manera de expresarlo, de ahí que demos directamente con la psico-somatización, y el cuerpo comienza a enfermar aunque no tenga un origen fisiológico. En nuestros días estamos muy acostumbrados, malamente, al «tú calla y aguanta», ante malos tratos, malas maneras y formas. «Es que cómo le voy a contestar al jefe», «cómo le voy a decir que no a mis padres», etc., y muchos cuestionamientos entendibles pero preocupantes. A ver, no se trata de aguantar, se trata también de guardar respeto por nuestra propia dignidad: nada ni nadie puede pasar por encima de nosotros sólo porque representa una autoridad. De ahí que los expertos en negocios sepan diferenciar la figura del jefe y del líder.

Saber hablar

Estoy más que seguro que esto que estoy por decir causará «ruido» en muchos de ustedes, sobre todo en quienes defienden a capa y espada los nuevos sistemas de crianza que se están teniendo con los niños, pero aún así no es mi idea ni mi intención entrar en polémica ni generar un interminable debate de proyecciones y resentimientos personales. Éste es un lugar de diálogo y lo que expreso aquí no es sino una opinión, misma que está abierta a la posibilidad de sostenerse o cambiar. Ahora bien, esa idea de «no les digas nada» que se tiene respecto a los niños por el «temor a traumarlos», genera muchos comportamientos que terminan por despreciar los límites y a la autoridad. Sé que he hablado de esta última en el punto anterior, pero a eso voy. Hablar con los niños y decirles cuándo están haciendo mal las cosas, es necesario y muy importante en la formación psicosocial y en el modo de relacionarse con los demás. Un regaño bien fundamentando con las palabras adecuadas, sin gritos ni ofensas, mucho menos con violencia física, puede ayudarles a tener claras las cosas.

El modo en el que hablamos configura el mundo en el que somos. Veamos: ¿por qué cuando pensamos en la noción de «queja» automáticamente pensamos en algo agresivo? La queja es una respuesta ante algo negativo que le sucede al sujeto. Es un «no dejarse». Sin embargo, hay modos de quejarse y precisamente es por eso que hay que tener la claridad que exigimos en los niños. El modo de hacer las cosas nos permite tener una convivencia más sana. Apostando siempre por la verdad. Porque si callamos y sólo nos guardamos las cosas, damos paso a muchos problemas, entre los cuales el mal entendido es uno de ellos, y lo que era algo quizá «casi insignificante» se vuelve un ver arder Troya. Y por esto último es que les invito a que vean la serie. El silencio puede resultar en un grave error y muchas cosas se pueden evitar al no tenerlo.

El valor de nuestro corazón

«Lo que no se sabe expresar, no se sabe».

-Miguel de Unamuno

Queridos(as) lectores(as):

¿Por qué será que las personas no saben o no sabemos decir las cosas y preferimos guardar silencio? «No sé qué decirte», «no tengo palabras», etc. Son sentencias que disimulan una realidad distinta. ¿O es acaso que en verdad nunca hay qué decir? Es muy común que cuando pasa una tragedia justo digamos «no hay palabras», pero lo cierto es que sí las hay, incluso hasta sobran, pero también existe un cierto temor a equivocarse en lo que decimos y que la situación se pueda tornar más dolorosa o por lo menos más incómoda. Es muy común hoy en día que el silencio predomine y pareciera que las muestras afectivas se ven limitadas a las circunstancias que sólo aceptamos. ¿Dónde queda entonces la empatía?

Dudar de lo que sentimos a la hora de querer expresarnos puede convertirse en una condena injusta. Pienso, por ejemplo, cuando un ser querido se acerca a nosotros para contarnos algo que le está pasando y que le está ocasionando mucho malestar, y a pesar de ello, «no sabemos qué decirle», sólo «podemos escucharlo» y ya. Y claro, le sugerimos que vaya con un profesional de la salud mental, con un sacerdote, un rabino o alguna «autoridad» más capacitada para poder ayudarle. En parte es una buena acción el escucharle y sugerirle que busque ayuda no está del todo mal, pero tenemos que tener presente que el primer apoyo es la red emocional que creamos con amigos y familiares, siendo la primer contención.

Confiar en el corazón

Cuando estamos pasando por un momento triste, difícil y desesperado, lo primero que buscamos es quien nos ayude a tranquilizarnos. Quizá no necesariamente que nos consuele, pero alguien que nos ayude a aligerar el agobiante peso que estamos cargando. Acudimos, pues, con algún buen amigo, con un familiar, incluso los animales de casa se vuelven excelentes terapeutas pues aunque no nos digan nada, nos dan un amor incondicional que nos ayuda a sentirnos mejor (como dato cultural: ¿sabían que el ronronear de un gato puede ayudar a controlar la frecuencia cardiaca, reduciendo el estrés?). Pero, a pesar de esto, en la actualidad el otro teme expresarse, teme decir «algo que no». Y claro, con tanto bombardeo publicitario de pseudo salud mental en el que le meten miedo a las personas por el «poder de la palabra», no hay quien quiera «hacerse responsable». No sabía que dar un abrazo, un consuelo, una caricia, un «aquí estoy contigo», fuera tan peligroso…

Obra: Gatos abrazados / Kerstin Haase (No cuento con los derechos de autor, es sólo por el uso ilustrativo sin intenciones de lucro)

Es muy común que, tal como decimos en México, ante situaciones así «nos agarren en curva» o desprevenidos y que, en efecto, no sepamos qué decir, pero eso no puede ser motivo suficiente para evadir responder a la demanda de apoyo, amor, comprensión y cariño del doliente hacia nosotros. Cuando se trata de un ser querido, ¿no es acaso suficiente el amor que sentimos por esa persona como para tratar de decirle las cosas desde el corazón? Cierto, no debemos caer en los vicios de la desesperación ante el ser amado que sufre y por querer ayudarle alimentemos su dolor, miedo o tristeza. Las palabras del corazón SIEMPRE deben ofrecer serenidad, paz y consuelo. «No tengáis miedo de expresar la ternura de vuestro corazón», nos recuerda constantemente el papa Francisco.

Es un momento importante

Sí, la idea es que cuando las personas tienen problemas de depresión, ansiedad, estrés, etc., acudan con profesionales de la salud para tratar cuanto antes eso y evitarles que se generen problemas más delicados. Pero no temamos ofrecer una escucha amable, unas palabras tiernas y cariñosas (nada de regaños ni «tú debes de…»), un bonito abrazo y hasta una mirada de confianza. Esos son los primeros pasos hacia la cura de un dolor del alma. Nuestra misión como seres humanos podemos encontrarla en una verdadera empatía, a partir del entendimiento de que estamos en esta existencia compartiendo con la alteridad misma. ¿Cómo queremos estar bien cuando unos sufren? No se trata de hacerla de super héroes (y mucho menos saliendo en videos o fotos presumiendo nuestra «buena acción») e intentar salvar a medio mundo. Empecemos por los que nos rodean, y no tengamos miedo de confiar en el corazón en ese momento.

También es muy común la idea de «esperar a que pidan ayuda». ¿Por qué? ¿Es que acaso vemos a una persona que se ha caído en la calle y esperamos hasta que nos pida, nos ruegue, ayuda? Qué posicionamiento tan cuestionable. El amor responde ante su ausencia. Y así como tenemos un corazón dispuesto a ayudar al otro, debemos ser conscientes que el nuestro también necesita ayuda de vez en cuando. El verdadero valor de toda expresión es la sinceridad con la que se genera. Reconocernos humanos es aceptar que siempre todos hemos de necesitar ayuda, y que ésta llega en primeros pasos que se abren hacia un sendero de mejora.

Si necesitan un abrazo, podrían empezar por pedirlo…

El placer de saberse ignorar

«El que conoce poco, lo repite a menudo».

-Thomas Fuller

Queridos(as) lectores(as):

Muchas gracias a quienes se han sumado al podcast de este espacio. Si todavía no lo hacen, no dejen de seguirlo y activar la campanita para recibir notificaciones. Por el momento acabó la primera temporada y estoy pensando en cómo mejorar y variar el contenido de la siguiente. Mientras sigamos teniendo estos encuentros de este lado. Así es, han leído bien, «saberse ignorar», y créanme que encontraremos la razón de ello. El día de ayer recibí una carta por parte de mi querido amigo, Sebas, desde Ecuador. Las relaciones epistolares son algo que, a mi creer, no deberían perderse sin más en nuestro tiempo. Por una cosa que me compartía, le sugerí que una parte del amor propio es «sabernos mentar la madre de vez en cuando», es decir, no hacernos caso siempre.

Cuando digo esto, me refiero a un ejercicio sincero del autoconocimiento que tenemos que tener en nuestra vida. Muchas veces, nos empeñamos en cosas que se vuelven meras obsesiones y que terminan por generar en nosotros profundos malestares. Hay ideas que se cuelan en nuestra mente y van de un lugar a otro tornándose en un auténtico suplicio. «Es que yo quiero», «es que yo debo», «es que tiene que ser», «es que, es que, es que…», y de ahí al infinito. ¿Por qué no somos capaces de analizar dichas ideas y caer en cuenta que, en la mayoría de las veces, se mantienen en nosotros por mero capricho o terquedad? Hay cosas de las que no habría que lamentarnos porque no sucedan o no se nos den en nuestra vida.

El deber ser (in)conveniente

Hemos hablado de este famosísimo tema ya en varios encuentros pasados, sin embargo, ¿qué pasa cuando el deber ser es en realidad un disparate sin fundamento? Es decir, muchas veces damos por sentado que las cosas deberían ser de tal manera. Pero, ¿cuántas de esas veces las pensamos a partir de un capricho desde lo que suponemos nos ofrecería algo mejor o más cómodo para nosotros? Por ejemplo: «¡Ay, es que no debería haber tanto tráfico ahora que estoy manejando!». Claro, puede haberlo cuando yo no esté directamente involucrado, pero cuando sí, pues por supuesto que no debería haberlo. Regresando a ese momento de queja, es fascinante ver cómo las cosas las vamos forzando directamente con (especialmente en contra) de nuestro malestar. Nuestro sentido del humor cambia, hacemos la cosas de malas, contestamos de manera agresiva, etc.

Mandando guardar silencio / Getty images

¿Qué sucedería sin en el momento en el que nos estamos quejando, mejor nos planteamos algo distinto que nos ayude a sobre llevar el momento? No sé, poner algo de música, aprovechar el tiempo y hacer una llamada a un ser querido, escuchar un podcast (sobre todo el de Crónicas del diván, claramente), etc., por mucho descubriríamos que el ignorarnos cuando estamos frustrados por algo así, nos ayudaría a incluso hacernos más responsables. Diría san Agustín de Hipona: «Conócete, acéptate, supérate». Si el malestar de nuestro padecimiento se pudiera evitar pensando y actuando de mejor manera, ¿por qué no intentarlo? En vez de lamentarnos por el «tráfico que hay cuando estamos manejando», que muchas veces es por salir tarde y no anticiparnos con las mil y un cosas que pueden pasar en el lugar donde vivimos, quizá podríamos pensar «¿qué puedo hacer para evitar el trafico cuando yo esté manejando?». Pero, cuando vemos que la responsabilidad recae sobre nosotros, ya no es tan sencillo quejarse, ¿cierto?

Callar al niño berrinchudo

No es nuevo, pero ciertamente vivimos en una sociedad en demasía infantilizada, en la que muchos de los individuos evaden toda responsabilidad personal y suelen cargarle los problemas a los demás. Nadie quiere hacerse cargo y menos de sus propias cosas. Están acostumbrados a que alguien más les resuelva la vida. Así es el pensamiento berrinchudo que muchas veces nos invade y nos lleva muy lejos de una vida más práctica y serena. Por eso es que debemos activar ciertos filtros que nos ayuden a lidiar con nuestra mente en momentos de aburrimiento, de frustración o de simplemente no saber qué hacer, pues hay razonamientos que sólo nos joden, pero que no ofrecen nada bueno al final. Por eso mencionaba el deber ser que se vuelve algo irritante y comodino, entre otros ejemplos que cada uno de ustedes se podrá ir dando.

El famoso «conócete a ti mismo» implica también un ejercicio de humildad y sinceridad en el que cada uno de nosotros habremos de ser responsables de cosas que están en nuestras manos y que realmente resulten favorables para nuestra persona, nuestra actividad laboral y demás, sin caer en el vicio de sobre pensar las cosas y pretender que las éstas serán siempre como queramos a la hora que exijamos. Sí, quizá descubran en esto una lucha interna contra la propia inmediatez que, de hecho, muchas veces responde a los caprichos, al niño berrinchudo, terco y grosero que piensa que el mundo le debe todo.

El placer de saberse ignorar, en verdad, también es necesario…

Las promesas del esperado amor

«¡Ah¡ Por tu felicidad yo daría la mía, aunque tú nunca llegaras a enterarte de nada».

-Edmund Rostand (Cyrano de Bergerac)

Queridos(as) lectores(as):

Una disculpa por ausentarme un tiempo por este nuestro espacio, pero he andado aprendiendo más sobre el mundo del podcast, recordándoles que la primera temporada de Crónicas del diván está en curso (no deje de seguir y activar la campanita en Spotify).

Ahora bien, uno de ustedes me hizo llegar varios mensajes que no había podido ordenar en cuanto al tema que me estaba pidiendo que compartiera una reflexión. Y me parece que no es nada nuevo y quizá muy sonado en la vida de cada uno de nosotros: ¿y qué pasó con el amor? No hay ser humano en esta vida que no ame y mucho menos que no busque ser amado. Hace unos días, mi querida Rocío compartió un reel en su Instagram, en el que hablaba sobre el famoso «peor es nada», haciéndonos pensar en lo horrible de esa situación al no poner en ningún lado a una persona. ¿Y su dignidad? Ella, después, aclara que entonces «mejor es nada». ¿Vemos la diferencia? Además, sutilmente se muestra un «no juegues con los sentimientos de alguien» y, entre esas palabras, «cuando no tienes claridad en los tuyos». Todo lo que se dice, todo lo que leemos. Parafraseando a Jacques Lacan: «Uno tiene responsabilidad de lo que dice, no de lo que el otro entiende».

La pegunta «¿y qué pasó con el amor?» me parece una que, al menos en muchos casos, costará mucho contestar y que la respuesta dé una verdadera satisfacción. Pero, hagamos un intento por analizar lo que hoy por hoy estamos viviendo.

En otros tiempos…

Muchos de nosotros crecimos con narrativas interesantes respecto al amor. La clásica historia de amor de los abuelos, la de los padres, los cancioneros (de esos que «ya no son como los de ahora»); muchos crecimos escuchando a José Luis Perales, Camilo Sesto, José José, Juan Gabriel, Roberto Carlos, etc., canciones bellísimas y cargadas de un sentimiento sin igual. Pero todas esas canciones, al menos vamos a quedarnos con el lado musical del pasado, tenían ciertas promesas del amor esperado. Ya fuera canciones de amor o de desamor, en ellas había una claridad que ayudaba o siguen ayudando a dar voz a nuestros sentimientos. Pero aquel romanticismo, aquel tributo al amor, pareciera que en este tiempo sólo se queda en una triste y prolongada añoranza del mañana que se quedó en el ayer.

Aunque no es nuevo, la demanda de amor en nuestros días mueve mucho a los individuos en la sociedad. Hay quienes no encuentran el amor que buscan (y quizá no se den cuenta de la alta exigencia que tienen sobre el mismo), otros lo encuentran pero no les es suficiente, otros sufren la duda de haberlo encontrado pero de no estar seguros si es conveniente o no, etc. Son tantos malestares que ponemos entorno al amor que, o lo hacemos imposible o nos estamos volviendo inaccesibles. ¿Qué será? Hace tiempo, ya varios años atrás, una persona tuvo sentimientos por otra, cosa que al parecer eran recíprocos, sin embargo, «a la hora de la verdad», resulta que la contestación fue «sí, pero no ahorita, mejor después». Y claramente ese «después» nunca llegó. ¿Les ha pasado?

El amor fuera del guión

Ciertamente, muchos crecieron o crecimos con los estándares del amor moderno «disfrazado» de «el de siempre». Tantas películas a la Disney, tantas narrativas tan de OTROS. El error que tenemos, no sólo en cuestiones del amor, es pretender tener lo que otros tuvieron. ¿Dónde queda el pensar en las distintas circunstancias? ¿Dónde queda el aceptar las alternativas? El amor no es NUNCA una alternativa, pero nos brinda varias. Es decir, pensar que el amor es o debe ser tal y como lo hemos visto en OTROS casos, es sentenciarnos a una insatisfacción eterna. Sin embargo, pasa algo curioso, cuando se dan detalles que parecen sacados de una película cursi y empalagosa (aunque muchas de ellas muy buenas), aparece el «ah, qué lindo(a), pero ahorita no». Y seguimos buscando el amor con nombre y apellido que «tanto hemos esperado».

En cuestiones del amor, el guión es siempre un crimen. Es decir, el amor debe sorprendernos, de manera espontánea, lo más maravilloso que permite el asombro. Si estamos exigiendo que el amor sea tal y como otros lo han encontrado, lo han vivido, etc., nos estamos volviendo ese «peor es nada» para alguien más. Porque quien impone sus reglas personales al amor, lo desvirtúa. Y quien se arranca la posibilidad de amor, de amar y de ser amado, renuncia poco a poco a su propia dignidad. El tema acá no son las promesas del amor esperado, sino las exigencias del amor sentenciado. Cambiar de perspectiva, quizá, nos ayude más a escribir y cantar cosas de amor, que ahogar penas y tragedias «por el amor que nunca nos llega».

Además, ¿quién dijo que el amor tiene un determinado tiempo y lugar de llegada?

Habemus podcast!

Queridos(as) lectores(as):

Tal como lo leen, ayer estrené la versión podcast de este lugar de encuentros. Esperen, no, no se me asusten, que no significa que dejaré de estar escribiendo. Les cuento un poco. Hace tiempo, varias personas me dijeron que les gustaba mucho el contenido que les ofrezco en esta página, pero había algunos que por x o y razón no podían leer completo. Otros me decían que me «extrañaban» en mi programa de radio cultural que tenía antes (In.Cultura) y que les gustaba mucho mi voz (halago que a veces no les creo jaja). Así que inspirado por todos ellos (muchos de ustedes incluso lo sugirieron en sus grandiosos mensajes), con el apoyo técnico de mi super productor, Héctor García (Tito, Titazo), Black Media Films y Estudio 56, hemos dado el salto al podcast.

Lo que hice fue buscar algunos de los encuentros que más les movieron o que más les gustaron y los grabé. La idea es que esta primera temporada, estaré subiendo 1 encuentro (episodio) por día. Por lo que, además de agradecerles los buenos deseos que sé que tienen para mí y este proyecto, les pido que no dejen de suscribirse, activar notificaciones y me ayuden a dar a conocer el podcast (además, claro, de esta página jaja).

Ya saben que los leo, por lo que no dejen de ponerse en contacto, cosa que también pueden hacer en mi mail psichchp@gmail.com (incluso si buscan poder analizarse conmigo, ya saben que los atiendo con gusto).

-En Spotify

-Les dejo el enlace a RSS

¡Muchas gracias! Los espero…

¡Nos estamos escuchando!

Miedo a perder

«Para quien tiene miedo, todo son ruidos».

-Sófocles

Queridos(as) lectores(as):

No es para mentir, pero lo cierto es que hoy por hoy tenemos miedo, y mucho, sobre tantas cosas en la vida. Sin embargo, aunque no lo crean, resulta algo «bueno», ya que nos ayuda a aferrarnos a la vida, en tanto que nos concentramos en cosas que nos hacen considerarla (inconscientemente) importante. El aferrarnos a ciertas cosas nos provoca el miedo a perderlas: trabajo, pertenencias, situaciones, personas, relaciones, etc. Claro, ¿quién no tendría miedo cuando llegue el fin de algo? Sin embargo, tal como lo señala el mismo Buda, el miedo a perder termina por ser algo que atormenta al ser humano y le imposibilita ser feliz. ¿Qué es lo que realmente nos da miedo? Hay que entender que todo en esta vida tiene un inicio y un fin. Nada «dura para siempre», al menos no las cosas materiales. Sin embargo, es precisamente lo que nos cuesta tanto aceptar. ¿Qué es lo que realmente perdemos?

Muchas de las experiencias del miedo a perder son de las que más debemos aprender. Cuando tememos perder algo, en realidad lo que sucede es que surge una inseguridad muy personal de cada uno de nosotros. Pienso, por ejemplo, cuando una relación sentimental se encuentra a punto de acabarse. En muchos casos, lo único que sostiene la relación es la inseguridad de no «volver a tener una relación», de «no haber sido suficientes», y claro, eso es lo que nos aterra comprobar. Por así decirlo, algo que ya tenemos «seguro» nos salva de tener que comprobarlo después. Así, el miedo a perder entonces lo podemos resignificar como el «miedo a volver a tener». Sin embargo, como podrán advertir, hay cosas que no se podrán volver a tener, siendo la muerte de un ser querido una de las que más estragos causan en la mente y en el corazón.

Sólo queda lo que hay

Uno de los miedos a perder más recurrentes hoy en día sin lugar a dudas es la sensación de seguridad. Cuando tenemos un trabajo estable, una relación fuerte, buena salud, reconocimiento, etc. Sin embargo, cuando se mete a la ecuación un tercero, las cosas pueden ser bastante cuestionables. Es decir, muchas veces creemos que la relación que tenemos con la familia, los amigos, la pareja, etc., es lo mejor. De ahí que muchas cosas «malas» las permitamos justificando siempre desde el supuesto «amor». No sé, pienso por ejemplo en la violencia que se ejerce en las relaciones y que se justifica porque «lo hacen por amor». Ya lo hemos comentado, quien ama NUNCA LASTIMA. Sostener lazos con lo que hay a pesar de las formas negativas, es sin duda una confesión del miedo a perder la seguridad de algo por no querer comprobar la posibilidad de algo más.

El miedo puede provocar crueldad, y lo que es peor, contra uno mismo. El «yo aguanto» es por mucho uno de los más perturbadores escenarios. «Es que así es mi familia, no es que pueda cambiarla», «me trata así mi pareja, pero pues yo lo/la acepté», etc. Tantas cosas que se asemejan a este tipo de comentarios. Curiosamente, este tipo de situaciones perversas buscan nulificar toda alternativa abusando del sentimiento de culpa: «agradece que tienes familia», «ya parece que vas a encontrar a alguien más que te aguante como yo», «di que por lo menos alguien te quiere», y demás muestras de crueldad que aumentan el miedo a vivir algo más.

Vencer el miedo

No es fácil, pero es necesario. El miedo siempre es un factor paralizante para muchas cosas. Cuando hablamos del miedo a perder a un ser querido, hablamos del miedo a hacer nuestra vida aparte de. Es decir, ¿qué haremos cuando x persona nos falte? La única respuesta real es: vivir sin ella. Ya me imagino lo que han de estar sintiendo y en tantas personas que estarán pasando por su mente. Pero es la verdad, la vida un día «falla» y se llenan de flores y lágrimas los cementerios. Quienes hemos perdido personas queridas nos hemos visto frente a frente ante la sensación horrible de la desolación y del desamparo. ¿Qué haremos ahora? ¿Cómo podremos vivir sin esa persona? Cuando un ser querido muere, una parte de nosotros muere también con él. Se muere la relación en la acción. Ya no podremos hacer las cosas que hacíamos, ya no podremos disfrutar las cosas que disfrutábamos, etc. Podremos hacerlo, sí, con alguien más, pero no será lo mismo. Y claro que así es. Sin embargo, perder a un ser querido sólo pasa cuando le olvidamos, cuando le matamos en los recuerdos. Quien siembre distancia, cosecha olvido. Por eso, el recuerdo siempre debe ser fortalecido.

La única manera que tenemos de vencer el miedo es enfrentarlo, y ver que más allá del mismo hay siempre opciones y/o alternativas. Insisto: perder a un ser querido lo hace irremplazable. Cuando murió mi querido erizo, Baruch, hubo quienes me dijeron si iba a tener otro para reemplazarlo. Por supuesto que podría tener 1, 2, 100, miles de erizos, pero ninguno reemplazaría al original. Sin embargo, esa afirmación, me permite traer al presente todos los buenos y hermosos momentos que pasé con mi mascota. Poco a poco, el dolor troca con la ternura y el amor, haciendo que el miedo se torne en esperanza de los días que están llegando. El miedo a perder, por último, es tener miedo sobre no ser capaces de continuar; desconfiar de nuestra capacidad para ello, de no descubrirnos en otra posibilidad siendo al mismo tiempo nuestra propia posibilidad. Quizá lo que más nos puede enseñar el miedo es a curtir un corazón cada vez más fuerte y dispuesto, aceptar que la vida es así y que un día todo lo material se acabará, incluyéndonos.

El remedio para el miedo es vivir…

No es fácil, pero recuerden: «nadie nos prometió un jardín de rosas».

¡Los abrazo!

Srta. Ansiedad, pase al diván

«Dependerás menos del día de mañana si tienes bien asido el de hoy».

-Séneca

Queridos(as) lectores(as):

Ciertamente no es la primera vez que abordamos este tema en estos encuentros, pero es importante hacerlo desde distintos flancos para poder alcanzar, quizá no sólo a entender, sino a identificarnos en alguno de ellos y, así, poder abordar de la mejor manera nuestro problema. La ansiedad, noción muy abstracta y compleja, la podemos apreciar como un «exceso de pensamiento sobre el devenir», en otras palabras, pensar de más lo que «ha» de suceder. Aunque es curioso, porque en dicha situación tenemos la impresión (¿inconsciente?) de ser unos auténticos videntes sobre lo que está por pasar. ¿Qué puede ser tan insoportable como pretender predecir el momento después? Claro, puede que nos apoyemos en cierta estadística para poder «entre ver» lo que está por suceder pero, tal como reza un refrán oriental: «No todas las hojas caen del árbol en otoño». Siempre habrá algo que se nos escapa de la certeza absoluta.

La ansiedad, hoy por hoy, es uno de los problemas que más están afectando a las personas. Bien decía mi querida amiga Fernanda N. ayer que platicábamos sobre eso: «No conozco a nadie que en esta época no sufra de ansiedad». Y en esto hay dos claves importantes, mismas que he resaltado en la cita. No es que la ansiedad, en primer lugar, sea propia de esta época, es tan vieja como el hombre mismo, sólo que el nombre era distinto pero, me atrevo a decirlo, también las prioridades. En segundo lugar, una vez más, nos vemos presos del lenguaje, ya que al decir que «sufrimos» la ansiedad, nos sentenciamos a una sola posibilidad.

Nombres y modos

Tal como lo decía, la ansiedad tiene sus orígenes desde la existencia del hombre. Por poner un ejemplo, Hipócrates (460-370 a.C.), «padre de la medicina» en Occidente, registró al menos varios casos de personas que padecían repentinos ataques de angustia y pánico en público. El pánico es una noción que de hecho podemos derivar de Pan, dios griego de los pastores y los rebaños. En la mitología, se le conocía como un dios «bromista» que gozaba de asustar a las personas y a los animales. Ese «susto» está relacionado con el ataque repentino de angustia y ansiedad. Pensemos por un momento: estamos ante una situación determinada, en la que de cierto modo estamos confiados por tener todo «bajo control», pero de repente, sin verla venir (como decimos acá en México), algo sucede que nos arrebata nuestra seguridad y estabilidad. Y eso que pasa, irónicamente, puede que no pase. Ese es el poder de la mente en el ser humano: puede crear sin crear.

Es momento de las etimologías. Sufrir viene del latín sufferro, sufferre; a su vez es un prefijado sub+ferre, que nos remite a «llevar, soportar» incluso «sostener», por lo que podemos traducir como «soportar por debajo». ¿Qué pasa si cambiamos la noción por «padecer»? Ésta viene del latín, del deponente patior, y a su vez del infinitivo patir, que traducimos como «soportar» o «tolerar», aunque curiosamente también como «soportar un sentimiento». Y aquí está el punto: en ambos casos encontramos la idea de «soportar/tolerar», llevar con uno, aceptar, asimilar. Porque la ansiedad es un trastorno que nos acompaña desde que somos conscientes hasta el último día de nuestras vidas. Un «estado de alerta» que puede ser beneficioso si lo sabemos orientar en nuestra vida.

Mientras tanto, en psicoanálisis…

El propio Sigmund Freud tuvo el tiempo para reflexionar sobre este tema. La ansiedad la concebía como un estado afectivo negativo en el que el ser humano se vuelve su propia víctima, padeciendo un enlistado enorme de sentimientos, pensamientos y actividades. Para él, la ansiedad se podía dividir en tres: real, neurótica y moral. Estas tres divisiones están dirigidas hacia lo que es propio del mundo exterior (lo real), al Ello (lo neurótico) y al Superyó (lo moral). Lo curioso aquí es que la ansiedad es un modo de evasión de la propia angustia, es decir, vemos tigres sin comprobar que los haya, y lo sufrimos, lo padecemos.

¿Cómo lidiar con esa terrible experiencia? Si bien la psicofarmacéutica ofrece un catálogo de ansiolíticos bastante grande, la idea de depender de algo para ayudarnos contra algo de lo que también estamos dependiendo, puede llegar a ser contradictora (ojo: no estoy diciendo que un buen tratamiento psiquiátrico no ayude), porque de nada sirve «poner vendaje sin revisar la herida». Hay que hablar, hay que sacar aquello que «estamos soportando» para poder entender, primero, qué es y, segundo, por qué lo soportamos. Incluso podemos ver la ansiedad como un problema de percepción de la realidad y de nuestra falta de confianza en la misma. Volviendo al ejemplo de los tigres, tengan por seguro que de haber tigres frente a ustedes, ellos tendrán la amabilidad y la sutil cortesía de hacérselos saber…

Un consejo…

Poder lidiar con la ansiedad es algo que se entiende de muchas maneras, pero como en muchas cosas relacionadas con el malestar psíquico del ser humano, la creatividad puede ser una buena herramienta para ayudarnos en los momentos donde nos ataque. Escribir, hablar, pintar, dibujar, bailar, hacer ejercicio, etc., nos puede ayudar a recuperar justo lo que la ansiedad nos pretende arrebatar: el aquí y el ahora. Pensar de más las cosas, irónicamente, nos hace que las descuidemos como son, y las «decoramos» con nuestros miedos, nuestras inseguridades, con todo lo que somos… ¿narcisismo?

¡Ah, qué cosa…!

Los días están llegando

«El porvenir es un lugar cómodo para colocar los sueños».

-Anatole France

Queridos(as) lectores(as):

No sabría decirles por qué, pero desde que leí eso de «los días están llegando» en el hermoso libro del mismo nombre del rabino Ezriel Tauber, además de la profunda búsqueda espiritual que pretende, me conmovió al punto de dar un consuelo especial a mi corazón. Tantas cosas que pasan o que pasamos a diario y tantas que nos estamos perdiendo. ¿De qué va el día a día de cada uno de ustedes cuando se alejan del labor, el estudio, de aquello que «importa»? ¿Cuántas veces nos vemos sumidos en la responsabilidad que olvidamos elementos tan finos y bellos como el simple sentir la brisa del aire estrellarse con nuestro rostro?

Soy tremendamente afortunado por las amistades que tengo, pero sobre todo cuando éstas me inclinan a la reflexión y a seguir aferrándome a la vida. Pero de nada me sirve eso si no lo comparto y trato de vivir por un lado, y por el otro enseñarlo. A veces me pesa mucho el ser filósofo, el ser psicoanalista, el «tener que lidiar» con los problemas del mundo. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Servirá lo que ofrezco a mis pacientes? Son preguntas que puedo responder con facilidad por lo que veo y por lo que compruebo, pero esas preguntas me orillan a preguntarme ahora si todo eso es también para mí.

¿Dónde quedamos nosotros?

Mi amigo Martín me compartió que está por iniciar una nueva aventura académica para su formación profesional y personal. Hablamos un poco sobre los dones y de qué manera los usamos. En un momento, compartí lo mucho que disfrutaba tocar la guitarra cuando era más joven y que por una circunstancia de salud no lo pude volver a hacer. Ciertamente pasaron los años y con fisioterapia pude tener más movimiento en mi mano derecha. ¿Por qué ya no volví a tocar guitarra? Lo primero que respondo es que me desespera el hecho de que «ya no es lo mismo, ya no es como antes», pero luego me respondo: «Es porque me ha dado flojera comprobarlo». Patético. Pero no por eso deja de ser importante. Las cosas no son tan simples, y en mi esfuerzo por ser más sincero conmigo mismo, descubro que hay momentos y recuerdos tristes que no quiero volver a vivir al tocar con mis dedos las cuerdas de la guitarra. Así que ahí yace, en una esquina de mi cuarto, cubierta de polvo.

Lo que ayer fue la música para mí, hoy los son la literatura y la poesía. Mis queridos(as) lectores(as), ¿se imaginan cuántos libros podría publicar si recopilara todos estos encuentros? Quizá 5 ó 9, no lo sé. ¿Pero qué ganaría con eso? Quizá descubrirían este espacio quienes no son duchos en el uso del internet, quizá alguien podría compartir lo leído con alguien más a modo de recomendación literaria. Quizá… quizá… quizá. Pero, a pesar de esa incertidumbre, yo estoy ahí, en la posibilidad infinita que es mi propia vida. Cierro el libro que estoy leyendo, tomo un trago de mi café, me digo non estic per hòsties! (¡no estoy por/para hostias!) y me regreso a escribir. ¿Qué escribo? Para empezar, lo que pienso, para que entre todos los que puedan leerlo, en algún momento lo haga yo también y me dé cuenta de cosas secretas entre tantas palabras que sólo yo podré descifrar(me).

Quisiera…

Antes de llegar al mediodía de hoy, mi amiga Odette me pregunta por Whatsapp a dónde me gustaría irme de vacaciones. No tardo en contestar «no sé», para luego decirle que «necesito playa». Pero esa necesidad no es la clásica y malgastada respuesta cotidiana de «necesito playa, me urge», que significa irse de fiesta, alcohol y demás desenfrenos. No, en mi caso quisiera sentir la arena en mis pies mientras son refrescados con la fría agua del mar. Ver al horizonte y volverme a preguntar como cuando era niño: «¿Qué habrá más allá?». Pero, ¿me gustaría compartir ese momento con alguien? Sí. ¿Con quién? «No sé», y después yo mismo me digo, «no, sí sabes, con ella, con él, con ellos…», y vienen a mi mente mis amigos, mis amigas, mis padres (que ya no están aquí), mi ex, mi crush, con esos extraños que se volverían conocidos para luego ser amigos o parte del olvido.

Quisiera tantas cosas, ¿qué me detiene para ello? ¿Qué logra el psicoanálisis sino enfrentarnos contra nuestras propias prohibiciones? Es decir, hay cosas que no decimos, que no hacemos, porque según nosotros no podemos, quizá porque no debamos, pero no es tan simple. En los miedos personales yace la respuesta hacia la libertad que buscamos. Escuchar el deseo es enfrentarnos a lo que nosotros mismos hacemos para no cumplirlo. Quisiera, por ejemplo, escribirle a cierta persona y decirle «vámonos, no preguntes a dónde, vamos a improvisar». ¿Qué pretextos me pongo? Sí, claro, los días están llegando, pero yo con ellos, porque esa es la vida que está frente a mí esperando que tome alguna de tantas posibilidades y me atreva a adentrarme en el misterio mismo. Ahí donde yace el nombre del destino, yace el hombre elegido.

Quizá, en vez de playa, quisiera ir a Escocia…

¿Qué creen que sea?

Una sociedad de erizos

«El ser humano es un animal sociable que detesta a sus semejantes».

-Eugène Delacroix

Queridos(as) lectores(as):

El 25 de mayo de este año, con tristeza y agradecimiento, me despedí de mi querido Baruch, quien era un pequeño erizo que puedo decir que tuvo una vida bastante buena, ya que estos animalitos tienen una esperanza de vida muy variante, pero que en la mayoría de los casos es de 4 a 5 años, pero mi Baruch casi llegó a los 7 años. Fue quizá una de las mascotas más exóticas que he tenido y, a su vez, de las más interesantes. Los erizos son animalitos que, aunque ya se les ha domesticado, no son exactamente lo que uno podría esperar, es decir, a diferencia de un perro, un gato, un conejo e inclusive un hamster, estas bolitas con espinas tienen su muy propio y muy marcado temperamento. Hay los que se acostumbran a sus humanos y se dejan agarrar, juegan y demás; otros, como Baruch, que aunque se acostumbran a sus dueños, el caracter lo mantienen fuerte e «irritante», pues de un momento a otro encuentran la manera de morder la mano de quien los alimenta. Mi erizo siempre estaba «enojado», pero sin lugar a dudas fue un gran acompañante para mí.

Sin embargo, aunque Baruch me sirva como introducción a este encuentro, la idea es abordar lo que los erizos nos enseñan sobre la humanidad, y cómo autores como el filósofo alemán Arthur Schopenhauer encontraron cierto símil. Los erizos, aunque son lindos, tiernos y bonitos, no dejan de ser esa bolita con púas que en cualquier momento, sobre todo cuando se sienten amenazados, las levantan sin importar lo que lleguen a lastimar.

De un enojón a otro

Schopenhauer ha sido expuesto como el padre del pesimismo por su pensamiento y sus actitudes en la vida. Quizá lo que más se le critica es lo que más nos cuesta reconocer. Justo él tenía una noción muy curiosa sobre el ser humano y de ahí el símil con los erizos:

«En un día muy helado, un grupo de erizos que se encuentran cerca sienten simultáneamente la necesidad de juntarse para darse calor y no morir congelados. Cuando se aproximan mucho, sienten el dolor que les causan las púas de los otros erizos, lo que les impulsa a alejarse de nuevo. Sin embargo, como el hecho de alejarse va acompañado de un frío insoportable, se ven en el dilema de elegir: herirse con la cercanía de los otros o morir. Por ello, van cambiando la distancia que les separa hasta que encuentran una óptima, en la que no se hacen demasiado daño ni mueren de frío».

Baruch, en honor al filósofo Spinoza.

A esto anterior se le conoce como el Dilema del erizo, mismo que encontramos en su obra Parerga y Paralipomena (1851), y quizá más de uno(a) de ustedes, queridos(as) lectores(as), les hizo sentirse curiosamente identificados. Y no está tan mal eso. Se dice, y se dice bien, que «los que más te pueden lastimar son los que más te dicen amar». El ser humano, social por naturaleza -según Aristóteles-, ha descubierto a través del tiempo lo tremendamente complicado que puede resultar el relacionarse con los demás, sobre todo en nuestro tiempo que parece que las relaciones se ven muchas veces demasiado forzadas. ¿Cómo podemos satisfacer, como individuos, nuestras necesidades sin afectar o vernos afectados por esa misma búsqueda de los demás? ¿Cómo es que queremos estar acompañados pero, al mismo tiempo, queremos nuestro propio espacio?

Espinas y datos

La sociedad actual se debate constantemente entre lo que consideramos «práctico» y las ganancias o pérdidas que tenemos con ello. Ahora que pasamos la pandemia de COVID-19, la necesidad de estar en contacto con otros se hizo demasiado palpable, ya que aunque existía la «facilidad» de hacer a través de las pantallas durante el enclaustramiento que muchos vivimos, no fue para nada lo mismo, pues la ausencia del contacto físico, la simple presencia «ahí» del otro frente a frente, provocó verdaderos episodios de angustia, ansiedad, depresión, etc. Una vez que pudimos volvernos a encontrar, fue curioso cómo muchos siguieron manteniendo contacto a la distancia. De hecho, hay que fijarse: cuando estamos compartiendo con los amigos o la familia en una cafetería (por decir algo), los celulares siguen estando presentes y, con ellos, otras conversaciones con personas que no están ahí.

Sigmund Freud, en su libro Psicología de las masas y análisis del yo (1921), cita a Schopenhauer y al dilema el erizo: «Consideremos el modo en que los seres humanos en general se comportan afectivamente entre sí. Según el famoso símil de Schopenhauer sobre los puercoespines que se congelaban, ninguno soporta una aproximación demasiado íntima de los otros». ¿Qué tan cierto es esto? No es motivo para asustarnos, pero es muy cierto. El ser humano, una vez más, es sociable por naturaleza, pero como pasa con todo, llega un momento en el que se harta, se cansa y necesita su propio espacio. Sería un error pensar que se cambia uno por otro, que somos asociales por naturaleza. Habría que considerar cada uno de los casos de tantos millones de seres en este mundo, para poder saber por qué hay quienes abrazan la soledad y pareciera que están mejor así. Sinceramente me cuesta mucho creer que haya alguien en este mundo que sea incapaz de extrañar la compañía del otro, aunque sea por un minuto.

¿Qué piensan de esto?

Crisis y claridad

«En las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte».

-Honoré de Balzac

Queridos(as) lectores(as):

No es algo nuevo pero, ¿ya están hartos de algo? Esta pregunta no es fácil de hacernos porque presupone una demanda muy importante de sinceridad para con nosotros mismos. Porque estar harto implica un «no quiero más», sin embargo, silenciosamente lo acompaña un «pero». Por ejemplo: «Ya estoy harto, no quiero más este trabajo… pero es lo que hay». Ciertamente ese pero puede llegar a ser devastador en el sentido de que parece imposibilitar algo más. Cuántos de ustedes no estarán pasando por lo que san Juan de la Cruz denominaba una «noche oscura del alma». El santo católico se refería a esos momentos de profunda desolación y soledad, de falta de sentido, de tristeza y arrepentimiento en algunos casos. Apartados un poco de la cuestión espiritual (por tanto religiosa), las personas solemos vivir estas noches muy a menudo, a veces, tantas que pensamos que realmente estamos mal. Pero, ¿qué significa pasar por algo así?

Tener dudas de lo que somos, pensamos, sentimos, hacemos, etc., es algo perfectamente humano. ¿De qué nos sirve tener tantas certezas si éstas no nos permiten entenderlas? La duda para alguien como el filósofo francés, René Descartes, sirve para acceder a la verdad. Dudar para dejar de dudar. Por eso es que la duda debe ser, sobre todo, metódica y no algo cercana a lo escéptico. Dudar por dudar es perder el tiempo. Pero, cuando realmente nos detenemos a reflexionar sobre las cosas que vivimos a diario, podemos entender entonces que la noche oscura del alma no es otra cosa sino un momento de purificación para tener claridad.

Nuevos inicios

Ya había abordado algo sobre este tema en un encuentro anterior, sin embargo, quisiera ampliar un poco más esto a partir de la experiencia de la noche oscura del alma. Muchas de las veces que experimentamos esto, se debe en buena medida a la desilusión, a la alta expectativa que podemos generar sobre nuestros estudios, trabajos, relaciones, etc. La semana pasada tuve de visita a mi mejor amiga aquí en mi casa. En una de nuestras tantas charlas, me preguntó: «Si no hubieras estudiado Filosofía o Psicoanálisis, ¿qué te hubiera gustado estudiar?». Como decimos acá en México, «a bote pronto» (sin pensarlo), le contesté que Medicina o Leyes. Después de que le di mis razones, terminé diciéndole: «Sin embargo, igual y vuelvo a estudiar lo mismo». ¿Cuántos de ustedes eligieron sus carreras por cosas aparte? Es decir, hay quienes quisieron (por voluntad o por presión) continuar el legado familiar, otros eligieron por las oportunidades económicas que parecen más probables, etc. Hay quienes tuvieron o tuvimos la oportunidad de estudiar lo que quisimos. Pero, ¿cuántos de nosotros estamos felices por nuestra elección?

En su libro, Las noches oscuras del alma (2004), el psicoterapeuta estadounidense, Thomas Moore, dice lo siguiente:

A medida que transcurre la vida, uno se hace más reflexivo y menos obsesionado consigo mismo. Adquiere una visión más amplia y profunda, y su corazón es capaz de abrirse más allá del egoísmo hacia las necesidades de las personas que le rodean. […] Uno se refina, se vuelve más reflexivo y sensible. Comprende el significado y la importancia de los muchos acontecimientos que jalonan su vida, y su conversación se hace más sustanciosa e inteligente.

Durante aquella conversación, le decía a Fernanda que muchas veces tenemos la idea de que no nos queda de otra y hay que seguir haciendo lo que hemos estado haciendo. Y eso perpetúa el malestar personal. Hay quienes pierden el sentido de lo que hacen porque se aburren, porque ya no es tan interesante, porque no es lo que esperaban. Y sí, pasa y mucho. Pero, ¿es que acaso es lo único que podemos hacer? Luego, le hablé sobre aquello que conocemos como el eterno retorno de lo mismo, una noción griega que el filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, retomó en su trabajo. ¿Qué pasaría si un demonio se acerca y nos dijera que todo cuanto hemos vivido estamos destinados a vivirlo una y otra, y otra, y otra y otra vez en un ciclo sin fin? Apartados de la visión lineal de la vida, todo dolor, toda tristeza, todo mal momento, lo repetiríamos sin poder hacer algo al respecto. Ella se puso sensible y me dijo «no, qué horror…». Ah, pero no se queda ahí, ¿qué pasaría si pudiéramos elegir qué vivir y de qué modo? Cosa que siempre hemos podido, pero que nos ha faltado decisión, valentía, coraje y un poco de egoísmo (¿por qué no decirlo?). No se trata de vivir como nos dicen, sino vivir como queremos en medida de que podamos hacerlo. Hay cosas que no podemos cambiar, que no están en nuestras manos, pero hay otras que pueden ser los más bellos inicios para apropiarnos de nuestra vida, de nuestro deseo.

Por favor, desespera.

La desesperación, el morir sin morir, como diría el filósofo y teólogo danés, Sören Kierkegaard, es un estado del ser humano en el que la posibilidad parece que desaparece. Sólo hay malestar, genuino y muy personal. Sin embargo, la desesperación es algo bueno, dentro de lo que cabe, pues eso nos hace decir otro «hasta aquí», sólo que en esta ocasión le acompaña un «cómo». Ejemplo: «Estoy desesperado, no puedo más con esto, ¿cómo le hago?». Esa pregunta requiere una respuesta que, una vez más, requiere de nuestra total sinceridad. Tenemos que volver a nosotros mismos, a escucharnos y elegir. La madurez es la ocasión del ser humano en la que se libera de la dependencia, para abrirse paso a sus propios aciertos y a sus propios errores. Tal como decía Honoré de Balzac en la frase que les compartí al inicio de este encuentro, «… el corazón se rompe o se curte». ¿Qué elegimos? ¿Nos quedamos sentados a lamentarnos o hacemos algo al respecto? No es fácil, definitivamente no lo es, pero tenemos que aprender a confiar en nosotros mismos y en nuestras capacidades.

Hay quienes estudiaron lo que estudiaron y parece que no están muy felices por ello. Sin embargo, resulta que son buenos en lo que hacen. ¿Qué más hacer? La desesperación es una invitación a hacer algo más. Un querido amigo y hermano, René, es ingeniero, y muy bueno, sin embargo hay algo que le inquietaba, por lo que decidió, aparte, dibujar y pintar, ¡y vaya que es muy bueno! Pero, ¿hay algo más por hacer? Sí, y se formó como psicoanalista. A lo que voy es que las crisis nos permiten tener claridad y darnos cuenta de que no estamos atrapados en una realidad en la que sólo hay algo por hacer, sino muchas otras cosas más. ¿Están pasando por una noche oscura del alma? Qué bueno, póngale y pónganse atención, dense la oportunidad de aprender y verán que a la mañana siguiente, el sol brillará más que de costumbre.