¿Existe la plenitud?

«El poeta que estuviera satisfecho del mundo en que vive, no sería poeta»

-Giovanni Papini

Queridos(as) lectores(as):

El fin de semana recibí por parte de una querida amiga, una sugerencia como tema para una posible entrada (encuentro) en la página. La adorable Jimena se refería a la plenitud. Palabra curiosa, noción un tanto compleja. ¿Qué es exactamente la plenitud? Hablamos de «estado de plenitud» cuando algo o alguien ha alcanzado su máximo punto de desarrollo o perfección. Pero esto último nos inquieta: ¿perfección? Hablando desde el punto de vista meramente humano, la perfección si bien es algo que se busca (y debe buscarse), nunca queda claro si es realmente posible. Por ello es que comencé este encuentro con la cita de Papini. Hablamos de un anhelo, de un deseo de plenitud, sentir que nada nos falta, que estamos satisfechos. Pero sabemos y entendemos que la satisfacción si bien es posible, no es del duradera. No podemos descuidar que el ser humano se presenta siempre frente a la nada, que es la falta. ¿Qué nos mueve? Quizá podríamos comenzar precisamente con esa fascinante intención de llegar a ser plenos.

Me siento pleno, nada me falta.

Es curiosa esta afirmación que se escucha muy a menudo en la gente entusiasta por la vida. Pero, ¿cómo sabemos exactamente eso de que «nada me falta»? De ser así, ¿ya no habría nada más por lo cual seguir viviendo? Es como si pusiéramos una meta determinada en la vida que fuera motivo suficiente para vivir, pero cuando se llegara a «ver realizada», lo demás perdiera sentido. Cosa que nos hace volver a la búsqueda de sentido por el que todos atravesamos toda la vida. En el momento que afirmamos «sentirnos plenos» estamos apostando por un absoluto dudoso, pero que encuentra la manera de hacernos sentir ciertos sobre ello. Pienso en el éxito, que se empareja naturalmente con el estado de plenitud. El éxito es lo que todos buscamos, ¿pero hasta qué punto?

Ya lo había mencionado con anterioridad: la naturaleza caótica del ser humano no le deja ni dejará tranquilo nunca. Una vez que se ha probado la «dulce miel» del éxito, ¿es que de ahí no puede haber más o, incluso, haber menos? Siempre se presentarán nuevos desafíos que brindan de valor y pasión la existencia de las personas. Recordemos la maravillosa noción de magnanimidad: siempre apostar por ser mejores y hacer mejor las cosas. Es el impulso a salir de ese aparente estado de plenitud. ¡Así es! El estado de plenitud es una pausa que nos lleva a preguntarnos «¿ahora, qué sigue?». Y no, no caigamos en la tentación errónea de decir que se trata de avaricia (pues esta existe cuando el deseo se desenfrenado sin sentido) o lo que en tiempos recientes algunos sujetos políticos tachan como aspiracionismo (como algo, irónicamente, malo o negativo).

Una génesis

Tenemos que tener presente que esta noción de plenitud nos fue heredada por el neoplatonismo y que encontró un fuerte estudio en la Edad Media. Sin embargo, no es exactamente lo que hemos venido hablando hasta el momento. El principio de plenitud parte de la visión del universo como una cadena del ser, donde todo lo posible debe existir. Diódoro de Cronos nos ofrece lo que conocemos como el argumento victorioso, en el que explica que «todo lo posible se realiza y lo que no se realiza no es posible». Aquí, lo posible real está estrechamente identificado con lo potencial. No sólo es, sino será. (Aunque hay un tema aquí que se abre entre la verdad y la coherencia, pero eso no lo veremos por el momento).

Pasando por el lado platónico de esto, existe un cuestionamiento sobre «algo más allá de la plenitud». Debe existir una razón autoexplicativa y suficiente. ¿Qué puede haber en este mundo que realmente nos haga decir que no necesitamos más? El estado de plenitud me hace pensar en justo el momento en el que alcanzamos cierta meta pero se nos permite la ocasión de reflexionar, recordar y aceptar que todavía queda más por hacer. Y esto más es la propia posibilidad. Si bien nos vamos apostando hacia el seguir adelante, en ningún momento se plantea la destrucción de lo logrado, sino más bien se abraza la adaptación de ello a lo que puede seguir siendo «algo más».

Un sentido diferente

En la tradición judeo-cristiana, esta reflexión sobre la plenitud evidentemente encuentra un sentido, quizá un significado, que trasciende a hacia una realidad metafísica. Cuando los creyentes dicen que «el estado de plenitud real es aquel que se tiene cuando se ha cumplido en esta tierra y ahora toca estar frente a frente al Creador», se resignifica lo que se ha estado entendiendo con lo propuesto anteriormente. De hecho, podemos encontrar en esto lo que el platonismo sugería al decir «hay algo más allá de la plenitud». ¿Será acaso que la plenitud no es otra cosa que una pantalla para cubrir algo? Si aceptáramos esto, ¿qué estaríamos cubriendo? No, no hay que irse por las ramas, como decimos en México, no se trata de no querer ver nada más, a suerte de negación. Muy por el contrario, y quiero insistir en este punto: ante la posibilidad que se busca, el estado de plenitud es el momento en el que se alcanza UNA parte precisa, donde hayamos un descanso que nos invita a la contemplación, la profunda reflexión sobre nuestras vidas y nos indica que todavía hay que seguir adelante. Entonces, la plenitud podríamos presentarla como ocasión de encuentro en el que somos atravesados por la nada.

El teólogo Hans Urs von Balthasar, de hecho, concibe al ser como «plenitud atravesada por la nada». Vamos por partes. Hemos mencionado brevemente aquello de la potencialidad, pero también hemos hablado sobre la adaptación. Tendríamos que partir de una actualidad donde no hay carencia de nada, surgiendo de la misma, por lo que no sería de sorprender que la nada fuera parte de ella. Aquí hay que detenernos para pensar la nada fuera de un sentido negativo, sino que nos permitiera aceptarla a modo de una «profundidad», y que a su vez es algo positiva. Al apreciar de este modo a la nada, somos testigos del surgimiento de la singularidad. «El hombre resuena ante la inmensidad de la nada», decía un poema que al momento no logro recordar.

La plenitud de buscar lo pleno

Sin lugar a dudas, este tema nos invita a una reflexión mayor. No es ni será fácil abarcar tanto en un encuentro, pero hay que recordar, mis queridos(as) lectores(as) que es así como se inician los diálogos: aportando todos lo suyo en búsqueda de la Verdad. Por eso es que hasta el momento sitúo la plenitud en un campo de amplio beneficio existencial, una apuesta por el «lo he logrado, mas no he acabado». Y cada uno tendrá seguramente algo que decir sobre todo esto.

Por ahora me siento pleno, porque he podido reflexionar un poco sobre esto, pero claramente no me siento satisfecho, pues no se ha dicho todo. Y aquí lo interesante: a pesar de algo así, uno puede decir «con esto me basta», mas no necesariamente un «ya basta, no hay más». Podremos seguir hablando del tema, o tal vez no, pero no significa que no haya nada más para seguir hablando. La plenitud, entonces, es acto y potencia.

¿Qué opinan?

Una respuesta a «»

  1. Interesante. Yo tengo una interpretación que difiere un poco. Para mí, un estado de plenitud es lograr alcanzar momentos de serenidad y de armonía. Lograr percibir y apreciar lo bueno, sentirse agradecido y estar en búsqueda constante de ser y estar mejor, sin sentirse angustiado. Es la sensación de sentirse equilibrado. Vivir y disfrutar con intensidad cada momento. Y estar conscientes de que esa es una sensación temporal que podemos elegir.

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