Los celos: confesiones de un perverso narcisista

Empecemos con una anécdota:

L. es una persona bastante celosa. Tiene un serio problema respecto a esa realidad. Es consciente de ello y aún así se esfuerza mucho por dejar de serlo, sin embargo, cuando parece que se está dominando, los celos o «las pirañas que nadan bruscamente en su mente» (tal y como así los explica), se desatan con violencia. L. es en verdad una persona celosa, pero no sólo con su pareja, sino con sus amistades y con sus familiares, en pocas palabras, cuando cubre de afecto a cualquiera, llega a sentir bastantes celos cuando apenas siente que le ignoran. Evidentemente eso le ha costado mucho, quizá ha tenido que pagar un altísimo precio por sus celos.

¿Por qué sentimos celos? No es fácil de explicar de modo general, ya que es algo meramente subjetivo que tendríamos que poner a cada uno a analizarse. Pero podríamos esforzarnos un poco y dar una respuesta que nos pueda ayudar a cada uno de nosotros a dar con nuestros propios motivos. Claro está que hay un asunto fielmente relacionado al amor y con las inseguridades y miedos de cada uno de nosotros. Pensemos, por ejemplo, en aquello que dice que «el amor es triste», una sentencia que no a muchos les gusta porque les resulta pesimista o algo «feo». ¿Por qué tendría que ser triste? Si nos vamos a poner románticos, podríamos decir que lo es ya que uno entristece por no tenerlo, uno entristece porque cuando lo tiene lo podría perder y uno entristece cuando lo ha perdido. Por esto mismo es que los celos pueden encontrar una «salida» a modo de defensa contra la tristeza, aunque irónicamente es lo que más provocan en nosotros.

Cuando hablamos de inseguridades, tendríamos que conocer exactamente cuáles son las nuestras y sus causas. Una de ellas sin duda es el sentirnos abandonados y/o olvidados. Y esto no es más que la experiencia hablando. Pensemos en esto y demos un punto a los empiristas. Hay experiencias que literal dejan huella en nosotros, mismas que pueden ser o muy agradables o profundamente dolorosas. En esta ocasión nos centraremos en las segundas. Experiencias en las que nos hemos sentido lastimados, heridos, traicionados, donde hemos sido mal tratados por aquellos a los que decíamos amar y que ellos también decían amarnos. Eso se queda guardado en el recuerdo. Hay que señalar algo antes de continuar: son experiencias que nos hacen sentir muy culpables y que no nos logramos perdonar por lo ocurrido. Pero cuando no se trabaja, cuando no se trata de darle quizá un sentido, algo que nos ayude a mitigar el dolor, se vuelve una suerte de paranoia que nos lleva a desconfiar de las personas. Hay duda más que certeza. Y cuando eso lo llevamos a una nueva relación, ya sea de amistad o de pareja, los fantasmas del pasado nublan nuestros juicios y proyectamos en la otra persona nuestro dolor y nuestros miedos, provocados por alguien más, y por nosotros mismos (no olvidemos que el narcisismo no superado se vuelve un proceso lento y terrible de autodestrucción). Y surge el celo, la desconfianza plena en lo que el otro nos puede ofrecer.

No se dejen engañar con eso de «tengo celos porque te amo», ya que si así fuera, no existirían los celos realmente porque habría un «porque te amo confío en ti ya que sé que tú me amas también». Atrás de esos celosos no hay más que perversos narcisistas. Así, tal cual. ¿Perversión? No, no nos vayamos por definiciones populares. Un perverso es aquel o aquella que se llega a considerar lo bastante indispensable para el goce o sufrimiento del otro; se ve a sí mismo como el o la causante o garante de la satisfacción o insatisfacción del otro. Ya lo hemos comentado en entradas anteriores.

Jean-Charles Bouchoux, en su libro Los Perversos Narcisistas, nos comparte una anécdota que titula Celoso e infiel:

Frank padece unos celos fuera de lo común. Magalí recuerda: «Un día estábamos frente a un cine y vio que un hombre me miraba. Entonces me dio un gran codazo en las costillas tratándome de perversa y diciéndome que hacía todo lo posible para que me mirasen. Un año más tarde, me dejó por otra mujer con quien mantenía una relación desde hacía algún tiempo. Antes de irse me recordó todo lo malo que pensaba de mí, pero que no había dejado de decirme a lo largo de toda nuestra relación».

También para Frank, jugar con las palabras le reporta un beneficio considerable: la manipulación, el dominio y la identificación proyectiva le permiten expresar sus angustias, haciendo que su mujer cargue con ellas y convirtiéndola en culpable y sostén de su malestar, relacionado con la mala imagen que tiene de sí mismo. Así la mala es ella y no él. Además, descarga sus pulsiones agrediendo a su mujer y, tratándola de perversa, justifica su pasaje al acto (y más adelante su propia infidelidad) con agresividad.

Frank no siente que sea una buena persona y, antes que intentar mejorar, prefiere hundir a su compañera. De esta manera, alivia sus propias tensiones transmitiéndoselas a su mujer.

Más adelante, Bouchoux nos comparte lo que, a su creer, podría servir para enfrentarnos a personas así (que, por cierto, bien podríamos considerarlas «tóxicas»), ya que «el beneficio del perverso narcisista está precisamente ahí: ¡llega a sobrevalorar su imagen mientras nosotros intentamos justificarnos, desesperadamente, cuando no tenemos por qué hacerlo!».

Consejo práctico:

Si nos justificamos, para el perverso narcisista será fácil desmontar nuestros argumentos y mantener un ambiente nocivo. Por esto es importante no justificarse, cortar por lo sano cualquier conversación o ponerlo en su lugar: «¿Con qué derecho me dices esto? ¿Quién eres tú para juzgarme?», «¿Te crees tan inteligente como para creer que yo no lo soy?».

El efecto que tendrá lo que decimos al perverso narcisista será lograr que se sienta en peligro, y esto no podrá soportarlo. Entonces le tocará a él justificarse y se invertirán los roles. […] «Cuando el perverso se ve desenmascarado, se va…».

Así que nada de celos, no dejen que los y las intenten manipular con discursos de pseudo amor.

3 respuestas a «Los celos: confesiones de un perverso narcisista»

Replica a Héctor Chávez Cancelar la respuesta