Terapia no es validarte todo

“La verdad es tan difícil de oír como de decir”.

— Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

Algo se descompuso en la forma en que hoy entendemos la terapia (que no es lo mismo que análisis). Lo que alguna vez fue un espacio para enfrentarse con lo incómodo, con lo que no encaja, con lo que duele sin explicación clara, se ha ido transformando —al menos en el discurso popular— en un lugar donde todo debe ser validado. Como si el simple hecho de sentir algo bastara para convertirlo en verdad. Como si el malestar fuera siempre una evidencia incuestionable y no, en muchos casos, un síntoma que necesita ser leído. Y claro, se entiende por qué esto seduce. Vivimos cansados, saturados, emocionalmente golpeados. ¿Quién no querría un lugar donde no lo cuestionen, donde no lo incomoden, donde le digan que todo lo que siente está bien? El problema es que, cuando la terapia se vuelve un refugio sin fricción, deja de ser terapéutica. Se convierte en una forma elegante de evitarse a uno mismo.

Wilfred Bion escribió algo que hoy incomoda más que nunca: “El pensamiento nace del dolor de la frustración” (Aprendiendo de la experiencia, 1962). Es decir, sin incomodidad no hay pensamiento. Sin tensión, no hay elaboración. Entonces, ¿qué pasa cuando la terapia elimina precisamente aquello que permite pensar? Lo que pasa es esto: el sujeto se siente comprendido… pero no cambia. Se siente acompañado… pero sigue repitiendo. Y ahí es donde vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿quieres sentirte mejor… o quieres entender por qué no has podido estar mejor?

La trampa de la validación constante

Hay algo profundamente atractivo en que alguien te diga: “Todo lo que sientes es válido”. Suena a descanso, a tregua, a una especie de permiso para dejar de pelear contigo mismo. Pero aquí está el giro: cuando todo es validado, nada se transforma. Si cada emoción se convierte en verdad incuestionable, el sujeto deja de interrogarse. Y sin pregunta, no hay análisis… sólo repetición con mejor discurso. Hoy basta abrir TikTok o Instagram para encontrarse con frases que suenan bien pero piensan poco: “Si te hace sentir mal, aléjate”, “Confía siempre en lo que sientes”, “No te cuestiones tanto”. Funcionan perfecto en una historia de 15 segundos. El problema es cuando se vuelven criterio de vida. Porque no todo malestar viene de afuera. A veces el problema no es el otro… eres tú repitiendo lo mismo en distintos escenarios con distintos nombres.

Donald Winnicott lo plantea con una precisión brutal: “Es una alegría estar escondido, pero un desastre no ser encontrado” (Realidad y juego, 1971). ¿Qué pasa cuando la validación constante permite que el sujeto siga escondido detrás de explicaciones bonitas? ¿Qué pasa cuando el terapeuta no busca, no incomoda, no toca ese punto donde algo no encaja? Se produce una ilusión de autenticidad que en realidad es defensa. Te lo digo sin rodeos: si todo lo que haces tiene una justificación emocional válida… entonces nunca te equivocas. Y si nunca te equivocas, nunca cambias. ¿No te suena? Personas que van años a terapia, que hablan precioso de sí mismas, que entienden todo… y siguen en las mismas relaciones, en los mismos patrones, en las mismas heridas. Como si la conciencia hubiera sustituido al cambio. Como si decirlo fuera suficiente. Y no lo es.

Cuando el síntoma se vuelve identidad

Hay algo aún más delicado que la validación: cuando el síntoma deja de ser algo que te pasa… y se convierte en algo que eres. No es lo mismo decir “tengo ansiedad” que decir “soy ansioso”. No es lo mismo “estoy deprimido” que “soy así”. El lenguaje no es inocente: fija, organiza, construye identidad. Y hoy, más que nunca, vemos cómo el sufrimiento se convierte en una etiqueta estable. Pasa en redes, pasa en conversaciones, pasa incluso en terapia. Basta ver cómo ciertas narrativas se repiten en series como Euphoria (HBO, 2019–), donde el dolor no sólo se muestra, sino que se estetiza, se vuelve identidad, incluso estilo. No es una crítica a la serie —que tiene momentos profundamente honestos—, sino a la forma en que el espectador puede apropiarse del síntoma como si fuera un rasgo esencial de sí mismo.

Byung-Chul Han advierte algo clave en este sentido: “La sociedad del rendimiento produce sujetos deprimidos y fracasados” (La sociedad del cansancio, 2010). Pero el problema no es sólo producirlos… es cuando esos estados dejan de ser interrogados y comienzan a asumirse como identidad fija. El síntoma, que debería ser una pista, se convierte en casa. Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿qué tanto de lo que dices que eres… es algo que en realidad no has querido soltar? Porque hay síntomas que duelen, sí, pero también ordenan, justifican, explican. Y soltar eso implica perder una narrativa. ¿Estás dispuesto a eso? Porque ahí empieza el trabajo real.

El lugar incómodo del terapeuta/analista

El terapeuta/analista no está para caerte bien. Y decir esto hoy parece casi ofensivo. En una cultura donde todo debe ser cómodo, empático y validante, la figura del analista corre el riesgo de convertirse en una especie de acompañante emocional que asiente con la cabeza. Pero esa no es su función. Nunca lo ha sido. Thomas Szasz lo planteó con una claridad provocadora: “El paciente no busca la verdad, busca confirmación” (El mito de la enfermedad mental, 1961). Y el terapeuta, si hace bien su trabajo, no puede entregarle eso tan fácilmente. Porque confirmar no cura. A veces, lo único que cura es cuestionar lo que el paciente da por hecho.

Esto no significa ser cruel, ni frío, ni distante. Significa sostener un lugar ético: no aliarse con la ilusión del paciente cuando esa ilusión lo mantiene atrapado. Es como ese amigo que te dice lo que no quieres escuchar, pero sabes que es verdad. Sólo que aquí, además, hay técnica, hay escucha, hay lectura de lo que no se dice. Piénsalo así: si cada vez que vas a terapia sales sintiéndote completamente validado, entendido, cómodo… algo falta. No porque la terapia/el análisis deba doler siempre, sino porque el trabajo psíquico implica fricción. ¿O de verdad crees que vas a desmontar años de historia, defensas y repeticiones sin incomodarte en ningún momento?

Hay sonrisas que no dicen verdad… sólo evitan decirla. A veces, lo que más validamos en nosotros… es justo lo que no queremos mirar.

Por qué confrontar es cuidar

Hemos confundido cuidado con suavidad. Como si cuidar fuera evitar el conflicto, evitar la incomodidad, evitar cualquier tipo de confrontación. Pero cuidar, en muchos casos, es precisamente lo contrario: es decir lo que el otro no quiere escuchar cuando eso puede abrir una posibilidad de cambio. Hannah Arendt escribió algo que aquí resuena con fuerza: “Comprender no significa negar lo que es indignante, sino examinarlo y cargar conscientemente con él” (Responsabilidad y juicio, 2003). La terapia/el análisis no niega el dolor del paciente… pero tampoco lo deja intacto. Lo examina, lo rodea, lo cuestiona.

En términos más cotidianos: si un paciente repite relaciones donde es lastimado, validarlo sin más sería decirle “tienes razón en sentirte mal”. Y sí, la tiene. Pero eso no cambia nada. Cuidar ahí implica preguntar: ¿qué lugar ocupas tú en esa repetición? ¿Qué eliges —aunque no te guste— cada vez que entras ahí? Eso incomoda. Pero también despierta. Y aquí viene una pequeña ironía: muchas personas dicen querer cambiar… pero en realidad quieren sentirse mejor sin cambiar nada. Como cuando alguien quiere ponerse en forma viendo videos de ejercicio. Se informa, entiende, se motiva… pero no hace el trabajo. La terapia, el análisis, cuando es real, no es un tutorial: es un proceso.

El riesgo de no cambiar

El mayor riesgo de una terapia basada en validación constante no es que el paciente se sienta bien… es que se quede igual. Que refine su discurso, que entienda mejor su historia, que tenga palabras más bonitas para explicarse… pero que su vida, en lo esencial, no se mueva. Zygmunt Bauman hablaba de la modernidad líquida como un tiempo donde todo fluye, todo cambia, todo se adapta (cfr. Modernidad líquida, 2000). Pero hay algo que parece resistirse a ese cambio: nuestras repeticiones más profundas. Y cuando la terapia no las toca, no las cuestiona, no las incomoda… se vuelve parte del problema.

Hace poco, en distintos espacios mediáticos y debates en salud mental, se ha empezado a señalar una preocupación real: la banalización del lenguaje terapéutico. Términos como “límite”, “ansiedad”, “narcisismo” se usan como etiquetas rápidas, casi como diagnósticos express para justificar decisiones sin reflexión profunda. Y eso no sólo empobrece el lenguaje… empobrece la experiencia. Entonces la pregunta final no es cómoda, pero es necesaria: ¿quieres una terapia, un análisis, que te confirme… o una que te transforme? Porque una cosa es salir sintiéndote acompañado… y otra muy distinta es empezar, poco a poco, a vivir diferente. Y eso, casi siempre, empieza en un lugar que no se siente tan bien.

Reflexión final

¿Te has sentido demasiado cómodo en tus propias explicaciones? ¿Has usado lo que sientes como una verdad absoluta… sin cuestionarlo? ¿Has buscado en otros —o en terapia— confirmación más que transformación? ¿Hay algo que sabes de ti… pero que prefieres no tocar? Tal vez la pregunta no es si tu dolor es válido —lo es—, sino qué estás haciendo con él.


Gracias por leer. Si este texto te hizo ruido, incomodidad o incluso enojo, vale la pena que no lo sueltes tan rápido. Te invito a compartirlo, a comentar tu experiencia y a seguir la conversación. También puedes escribirme directamente en la sección de Contacto del blog o seguirme en Instagram @hchp1.

Porque pensar duele… pero quedarse igual, a la larga, duele más.