La «molesta» fragilidad

«La fortuna es como vidrio: cuanto más brilla más frágil es»

-Publilio Sirio

Para V.

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días, tuve el enorme gusto de conocer a una persona a través de las redes sociales (en mi caso fue Instagram). Dos perfectos desconocidos que intercambiaban con exactitud el misterio y la incógnita, atravesada de la sospecha y, por qué no, de la inseguridad. Uno de los problemas más comunes de las redes sociales es que en realidad nunca se está del todo seguro con quién se está hablando, y ya hemos visto muchas cosas que tristemente han terminado muy mal. En fin, en este caso, un feliz encuentro derivó en una nueva amistad para mí.

Esta persona en cuestión, en un momento me hizo pensar mucho en algo que parece molestar, quizá sea la palabra equivocada, pero podría ser incluso «apenar» a los demás. Me refiero a mostrar o compartir la fragilidad. ¿Y pues por qué no? Al final de cuentas, en la sociedad tenemos ideas muy perpetradas que sentencian que la fragilidad es sinónimo de debilidad y, por tanto, oportunidad y/u ocasión para que los demás se aprovechen. Esta persona me decía que «tenía un corazón que le hacía llorar por muchas cosas». En México tenemos la expresión «corazón de pollo» (¿será que los pollos lloran todo el tiempo por cualquier cosa? Nunca me he detenido a verlos…). Pero, a diferencia de otros casos, esta persona lo decía con orgullo, cosa que me dio en verdad alegría, pues compartir esas fragilidades es tener la confianza y la seguridad de sentir realmente con el corazón sin preocuparse por lo que otros dirán. Ahora bien, haciendo un eco de esta situación de temer a mostrarnos frágiles, me parece interesante reflexionar sobre ello en este encuentro.

Corazones de cristal

Fue el escritor irlandés, Oscar Wilde, quien sentenció en su célebre y conmovedor texto, De profundis (1897), que: «El corazón fue hecho para romperse». Aunque en ese caso se refería a lo que era la vida de presidio, pues recordemos que él fue hecho prisionero en la época victoriana por el «terrible e imperdonable crimen» de ser homosexual, podemos darnos la licencia de tomarlo y proyectarlo precisamente hacia el ser humano a lo largo de su vida. «Fragilidad» tiene sus raíces latinas en frangere (romper, quebrar) e –ilis (que se puede), pero le sumamos el sufijo –dad (cualidad), así que significa «cualidad de poderse romper». Vamos a quedarnos un momento con esto de «romperse». El ser humano es muy dado a tratar de explicar sus sentimientos, pero lo cierto es que el lenguaje nunca será capaz de lograrlo al 100%, al menos no de la manera exacta que cada uno quisiera poder expresar. Pero es muy común que existan ciertas nociones que llegan a un tipo de acuerdo general para poder significar cosas, momentos, situaciones, sentimientos, etc.

Cuando hablamos de «romper» siempre viene a su vez una noción de destruir, de hacer pedazos, etc. Aunque lo verdaderamente fascinante es cómo ese rompimiento tiende a seguir fragmentando «al infinito» los pedazos del todo. Por eso, cuando decimos «estoy roto», el significado verdadero es tan amplio como abstracto. ¿Qué se ha roto? ¿Por qué se rompió? ¿Es que acaso no se tenía que romper? Es curioso que le damos más importancia a las cosas cuando se dañan, cuando se lastiman. Recuerdo hace unos años que platicaba con un alumno de que no somos conscientes de nuestro cuerpo sino hasta que nos pasa algo en él: un dedo roto, un brazo dislocado, una torcedura, etc. El problema con los órganos internos es que no los sentimos, pero eso no significa que no estén funcionando o que sí lo estén haciendo.

Sentirnos vivos

La fragilidad del ser humano nos recuerda precisamente nuestra propia humanidad. La idea falsa que persiste en nuestros días que «podemos y debemos poder con todo y contra todos», una vez más, no es sino un marketing cruel y despiadado que privatiza hacia el olvido nuestros sentimientos y nos hace hasta ponerlos en duda. Ser frágiles en una sociedad de insensibles es, hasta cierto punto, una ventaja que nos permite ser conscientes de lo que estamos viviendo y de qué manera lo estamos haciendo. Es un error suponer, además de un ingenuo estereotipo, que la fragilidad sólo es posible en las mujeres. En obras como Hamlet de William Shakespeare, encontramos cosas como: «¡Fragilidad, tienes nombre de mujer!». Pero, ¿qué no estará el bardo sino hablando de su propia fragilidad, de aquello que no puede hablar y solamente callar en doloroso silencio?

Confesar la fragilidad es reconocer los sentimientos más nobles de hombres y mujeres. Y en esa confesión no encontramos sino un acercamiento a una posible cura ante el malestar y el dolor de vivir en silencio, de callar justo aquello que lastima. ¿Por qué hay que ser fuertes y aguantar? ¿Por qué hay que rendirse ante el dolor? La auténtica rebelión del ser humano es la de aceptarse humano. Apartarse de un modelo robótico que torna en cifra insensible a un valioso ser que siente, que piensa, que vive…

Esta maravillosa y linda persona en un momento me pidió perdón por ser «tan llorona», a lo que le respondí que no había necesidad de pedir perdón por lo que es y por lo que le hace ser sincera consigo misma. La autenticidad de la vida comienza por no negar las propias lágrimas, ya sean tristes o por una inmensa alegría.

Festividades distintas

Queridos(as) lectores(as):

Los días están llegando y con ellos el fin de este año. No había podido sentarme a escribir, pero quiero aprovechar esta oportunidad para compartir con ustedes una reflexión respecto a las festividades que estamos celebrando o por celebrar. Definitivamente, al hablar de diciembre, por lo general lo hacemos desde cierto optimismo, con determinados colores y sabores, alegría, esperanza y demás sentimientos relacionados con el amor. Y eso es bueno, después de todo, la vida sigue y hay que seguir edificando caminos hacia cosas mejores.

Sin embargo, es un hecho también que descuidamos el sentido trágico de la vida y lo que ello significa. Para muchas personas es bien sabido que diciembre no es exactamente su mes favorito: hay tristeza, dolor de ausencias, soledad, sentimientos que acarician las más profundas desolaciones y demás. A veces, una festividad no es del todo bien recibida, y no somos quiénes para juzgar. Antes bien, hay que saber ver esta realidad, no desde el absoluto que podemos ser para nosotros mismos y decirles a estas personas cómo deberían sentirse. Eso es tan absurdo y tan inútil. Es importante saber estar, recordar también la parte difícil que los creyentes olvidamos de aquella noche fría para unos padres y su bebé. ¿Por qué nos olvidamos que no todo es risa y diversión? También hay que pasar por momentos complicados, y por ello es que «existir es compartir». ¿Compartir? Sí, unos con otros.

En algún lugar en Palestina

Para muchos(as) de mis lectores(as), es perfectamente entendible que yacen dentro de una estructura social judeo-cristiana, es decir, somos occidentales y nuestras culturas, por muchas diferencias que haya en sus expresiones, comparten una base innegable. Se sea creyente o no, no podemos descuidar el tremendo valor simbólico de la Navidad, que en su espíritu universal nos invita a dejar a un lado las diferencias y unificarnos en un profundo deseo de paz y amor para el mundo. Por el lado creyente, es tener presente cómo un pequeño bebé llegó a este mundo para precisamente dar la esperanza de amor, donde quienes fuesen enemigos se volvieran amigos y donde las diferencias enriquecieran todo. ¿Pero es posible hablar de ello cuando dejamos que los prejuicios y los ecos del rencor y la ignorancia determinen nuestro pensar y actuar?

Trato de pensar en aquella noche fría (que si bien fue establecida durante un Concilio) no deja de ser un hecho que las dificultades son reales. ¿Imaginan a dos padres buscando un lugar para pasar la noche fría con su pequeño en brazos? Hoy en día hay muchas personas en las mismas circunstancias en la calle, y no sólo perros o gatos, sino que hay humanos, hay personas que tienen frío, hambre, y la mirada consumida por la desesperanza. ¿Dónde yace entonces su Palestina? ¿Dónde hay un lugar en nuestros corazones para ellos? Pero, como decía al principio, no sólo son unos, sino que hay personas aún más cercanas que tienen la mirada perdida en una profunda tristeza. ¿Podemos acercarnos a ellos y abrazarlos con total amor y sin «deber ser»?

Un tipo de alegría especial

Seguimos viviendo, por desgracia, los estragos de la pandemia mundial de COVID-19. En Ucrania una guerra sin sentido, en África persecuciones religiosas, en América Latina gobiernos que desestabilizan a sus poblaciones, etc… El mundo es un hervidero de cosas lamentables, es por eso que estas festividades deben ser distintas y marcar nuevas rutas. Como hemos visto, las diferencias suelen usarlas como armas, como propagandas ridículas que distancian los corazones, lejos de unirlos y fortalecerlos. La esperanza del mundo radica en la posibilidad que tenemos de ver con nuevos ojos aquello que por sí mismo ya no lo es, pero recuperar la capacidad de asombro debería ser nuestra ocasión para descubrirnos, frente a frente, recorriendo juntos este mundo. Dejar los prejuicios a un lado y abrazarnos como hermanos. Como personas que sienten, que sonríen, que lloran, que sufren, que gozan, que disfrutan… que se sienten solas. Somos soledades que nos encontramos.

Te dirijo estas palabras a ti, seas quien seas:

No puedo dimensionar lo que estás pasando, lo que tiene a tu corazón frío y con tristeza, pero te puedo asegurar que no estás solo(a). Siempre habrá quien esté dispuesto a ofrecerte un cálido abrazo, a hacerte sonreír. A veces hay que buscar, pero también hay que dejarse encontrar. Si no te hablan, habla. No esperes lo que quieres, sino aprende a recibir lo que necesitas. Encontrarás mucho cuando dejes de fijarte sólo en la puerta y recuerdes que también hay ventanas. Quizá haya dolor, tristeza, falta de esperanza por el porvenir, pero mira que el sol siempre sale. Sé que es una frase auto-motivacional y que puede ser un cliché, pero es cierto. Te abrazo con todo mi amor y deseo que poco a poco recuperes esa alegría, esa emoción y, sobre todo, la pasión por vivir. Date la oportunidad de vivir una vida en la que las cosas siempre sirvan para edificar tu vida, y cuando estés por rendirte, recuerda que hay cruces que se cargan, pero siempre llega alguien, quizá un perfecto desconocido, a ayudarnos.

¡Feliz Janucá!

¡Feliz Navidad!

¡Feliz Año Nuevo!

Dios te sonría, que la vida te sorprenda, y que seas la fantástica persona que eres, pues te queremos aquí con nosotros, ¿quién sería capaz de ocupar tu lugar? ¡Nadie!

¡Gracias por seguir! ¡Resiste!

Nos estamos encontrando luego.

Héctor Chávez Pérez