Vivir con el mundo al hombro

«La esperanza es el sueño del hombre despierto».

-Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Hay días en los que uno se sienta frente a la taza de café con el alma hecha trizas, aunque nadie lo note. Afuera brilla el sol, los pájaros cantan, y sin embargo, por dentro… algo no está bien. No es una tristeza concreta. No es un duelo inmediato. Es otra cosa. Una especie de peso invisible que se acumula con cada noticia, cada imagen, cada tragedia retransmitida a tiempo real. Es un cansancio del que no se habla porque no tiene forma clara. Un agotamiento que no nace de lo personal, sino de lo colectivo. Del mundo que duele, de lo que no podemos solucionar, de lo que sentimos demasiado grande para comprender y demasiado cercano para ignorar.

A veces creo que el alma también tiene su propio tipo de inflamación. No se ve, no se diagnostica, pero se siente. Como si estuviéramos viviendo con una conciencia herida por exceso de realidad. Una realidad que entra sin filtro por la pantalla del celular, por los titulares de prensa, por los comentarios en redes, por los rostros ajenos en el transporte público. Todo se nos mete al cuerpo. Y no siempre sabemos qué hacer con eso. En el consultorio, este dolor también aparece. No con nombres geopolíticos, pero sí con síntomas: insomnio, ataques de ansiedad, irritabilidad, sensación de culpa, desesperanza. Personas que no entienden por qué no logran estar bien, cuando «en teoría» todo en su vida está más o menos en orden. Y al escarbar un poco, aparece: el mundo. Lo que pasa en él. Lo que arde. Lo que muere.

Y en ese momento, surge una pregunta silenciosa: ¿Cómo se vive con el mundo al hombro sin que nos rompa por dentro? Lo diré con toda franqueza: no tengo una respuesta mágica. Pero sí algunas palabras. Algunas ideas que me han sostenido. Algunos autores que me han ayudado a mirar el abismo sin dejarme caer. Es de eso de lo que quiero hablar hoy.

La herida de ver todo

Antes, lo que pasaba en otro continente era apenas un rumor que llegaba con retraso. Una noticia de periódico, una imagen borrosa en el noticiero de las diez. Hoy, basta abrir el celular para sentir que el dolor del mundo entra por los ojos como si fuera nuestro. No estamos diseñados para tanta exposición. El alma humana necesita tiempo, espacio, silencio, incluso ignorancia. No por evasión, sino por protección. Pero el flujo de información no da tregua. La guerra, el hambre, la violencia, el colapso ambiental… todo aparece entre una foto de un desayuno perfecto y un meme sobre gatos. Lo trágico y lo trivial conviven en la misma pantalla, en el mismo instante. Y eso —aunque no siempre lo notemos— nos rompe. La conciencia moderna está desbordada. Y el problema no es solo que nos informamos, sino que no sabemos qué hacer con lo que nos informamos. Porque saber duele. Y no poder actuar frente a ese dolor nos deja en un limbo entre la empatía y la impotencia.

Arthur Schopenhauer, en uno de sus textos más sombríos y necesarios, lo expresa sin anestesia: “Si se pusiera sobre una balanza el placer y el dolor de la humanidad, veríamos que el dolor pesa mucho más” (Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir, 2006). Sus palabras no buscan deprimirse ni deprimir. Sólo constatar que el sufrimiento no es un accidente de la existencia: es su estructura de fondo. Y sin embargo —y aquí está la paradoja— saber eso no nos libera del impacto de cada nuevo dolor. Por eso tantas personas hoy caminan con una tristeza muda. Porque no saben si están cansadas de vivir, o si lo que realmente las cansa es ver que el mundo sigue su marcha sin compasión. No es que falte sensibilidad. Lo que falta es espacio para tramitarla. Cuando el dolor se acumula sin un lugar donde volcarlo, se transforma en ansiedad, en apatía, en cinismo.
Y eso, en cierto modo, es también una forma de herida.

Leer a quienes atravesaron el fuego

Hay días en los que no basta con apagar la televisión o cerrar la app de noticias. La mente sigue alterada, como si los ecos del mundo siguieran resonando por dentro. Y en esos días —justamente en esos—, suelo volver a ciertos autores que han sabido mirar de frente al horror… y escribir sin perder la dignidad. Primo Levi, por ejemplo, no escribió desde el resentimiento ni desde la desesperación, sino desde un lugar más difícil: el de la lucidez moral. Su relato del campo de concentración no se detiene en el espectáculo de la crueldad, sino que interroga la raíz misma de lo humano. Nos dice: “Comprender es casi justificar. No queremos comprender lo que sucedió, porque si lo comprendiésemos, lo justificaríamos” (Si esto es un hombre, 1947). Su escritura es una advertencia contra el olvido, pero también un acto de compasión hacia quienes ya no pueden contar su historia.

Svetlana Aleksiévich, por su parte, eligió no escribir desde su voz, sino desde las voces de otros. En Voces de Chernóbil (1997), y en La guerra no tiene rostro de mujer (1983), se dedicó a escuchar —pacientemente, dolorosamente— a quienes vivieron las catástrofes más brutales del siglo XX. No teoriza. No interpreta. Sólo deja que hablen. Y en ese acto de escucha radical, la literatura se convierte en acto terapéutico colectivo. Paul Celan, el poeta nacido en Czernowitz, escribió después de Auschwitz en un idioma que ya no creía posible. Sus versos, hechos de silencios y cortes, de palabras que no alcanzan, son una plegaria imposible, un eco de lo que no se puede decir, pero tampoco se debe callar. “Nadie da testimonio por el testigo» (Méridien, 1960).

Y luego está Etty Hillesum, esa joven judía holandesa que, sabiendo que sería llevada al campo de concentración, escribió un diario donde se permitió decir, incluso en medio del terror: “La vida es bella a pesar de todo” (Diario, 1941–1943). No por ingenuidad. No por negación. Sino por una sabiduría que solo se alcanza cuando se elige no odiar, aun con razones para hacerlo. Estos autores no nos ofrecen consuelo fácil. Pero ofrecen otra cosa: nos enseñan que escribir, recordar, llorar, y seguir amando, incluso en ruinas, es posible. Que el dolor compartido no se vuelve más liviano, pero sí más habitable. Y eso, a veces, es lo único que necesitamos para no rendirnos.

«No era que el mundo dejara de doler, pero al menos, por un momento, él eligió cuidarse».

Cuando el dolor llega al consultorio

El dolor del mundo no siempre llega a la sesión con titulares. A veces entra disfrazado de insomnio, de crisis de llanto inexplicable, de angustia flotante. No se presenta como “la guerra”, “la injusticia” o “la violencia del sistema”, sino como una frase suelta: “No sé qué me pasa”. «Me siento mal por estar bien”. “Todo me afecta demasiado”. Y entonces el trabajo clínico no es diagnosticar, sino acompañar. Ayudar a que ese “todo” encuentre forma, límite, palabra. Que deje de ser una nube que lo cubre todo y se convierta, al menos, en una lluvia que puede llorarse. El dolor colectivo también deja marcas individuales. Vivimos en un mundo donde la tristeza parece un lujo, donde se espera que sigamos funcionando aunque el alma esté en huelga. Se nos exige productividad, resiliencia, optimismo, y cuando no lo logramos, encima sentimos culpa.

En el diván, lo primero es suspender esa exigencia. Dar permiso para no estar bien. Para decir que el mundo duele. Para confesar que uno no puede con todo, y no por eso es menos fuerte. El psicoanálisis no ofrece recetas. Ni cura el mundo. Pero crea un espacio —único y necesario— donde lo que arde puede decirse sin que nadie lo apague a la fuerza. Y a veces, eso basta. Porque cuando alguien puede decir lo que siente sin ser corregido, ya empezó a curarse. Y cuando alguien escucha sin juzgar, sin comparar, sin interrumpir… ya está ayudando a sostener un poco el peso del mundo. Incluso el silencio, en esos momentos, se vuelve contenedor. No porque oculte, sino porque da lugar. Porque dice: “Estoy aquí. Puedes traer tu angustia sin temor. No vamos a huir de ella”. El consultorio no es un refugio para huir del mundo. Es un lugar donde se aprende a volver a él con más alma, no con más coraza.

Una forma de resistencia: cuidar el alma, cuidar la mente

No todo podemos entender. No todo podemos cambiar. Pero sí podemos decidir qué entra, qué permanece, qué se cuida. Cuidar el alma, cuidar la mente, no es huir del mundo, sino resistirse a que el mundo nos endurezca por dentro. Es preservar la ternura en medio de la violencia. La atención en medio del ruido. El sentido en medio del sinsentido. Y eso también es político. También es ético. También es espiritual. En días de saturación, la respuesta no siempre es saber más, sino sentir distinto. Volver a lo simple: tocar música, leer algo hermoso, caminar sin prisa, mirar el rostro de alguien que amamos, decir una oración breve aunque no sepamos bien a quién va dirigida. Pedir ayuda. Escuchar con el corazón. Agradecer sin motivo.

A veces, eso basta para que el alma no se hunda. Schopenhauer —quien no solía escribir desde la esperanza— lo insinuó con crudeza, pero sin cinismo: “El destino mezcla las cartas, y nosotros las jugamos. Pero si jugamos bien, incluso la peor mano tiene su dignidad” (Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir, 2006). No se trata de negar la oscuridad. Se trata de no alimentarla. De no permitir que nos robe lo que aún puede florecer. Quizá no podamos apagar todos los incendios del mundo, pero sí podemos cuidar que el nuestro no se extinga de tristeza. Porque un corazón que aún ama, que aún canta, que aún se detiene a mirar una flor o un rostro, es ya un acto de resistencia luminosa.

Carta para atravesar la tormenta

Querido(a) lector(a), querida alma que resiste en silencio:

No sé quién eres, ni dónde estás, ni qué historia te trajo hasta esta carta. Pero si estás leyendo esto, es probable que el alma te pese más de lo habitual. Que estés pasando por días difíciles. Que los números no den, que la soledad apriete, que los pensamientos no se callen, o que simplemente el cansancio se haya convertido en tu sombra cotidiana. Yo también he estado —estoy— en ese lugar.

Hay días en los que me levanto con fe, con ánimo, con ganas. Y hay otros en los que todo se me viene encima: los temas económicos, las responsabilidades, los dolores que no se curan con analgésicos. A veces siento que hago mucho, y que, sin embargo, no alcanza. Me esfuerzo por mantenerme como psicoanalista, como escritor, como ser humano que aún cree en lo que hace. Y a pesar de todo, hay momentos en que el mundo parece no escuchar. Pero quiero decirte algo importante, algo que me diría a mí mismo si pudiera abrazarme en esas noches largas: ¡estás haciendo más de lo que parece, aunque no se note! Y eso, eso también es una forma de amor.

Tal vez no puedas cambiar todo ahora mismo. Tal vez te falten recursos, compañía, certezas. Tal vez tus padres ya no estén, como los míos. Tal vez no tengas con quién hablar de lo que realmente te pasa. Tal vez te han dicho que tienes que “echarle ganas” como si fuera tan simple. Entonces, déjame ser quien te lo diga con otro tono: no estás solo, no estás sola, aunque la soledad grite fuerte. Hay quienes entendemos lo que significa luchar con el alma cansada. Hay quienes, como tú, han aprendido a amar desde la ternura, aunque a veces la paciencia se agote. Por eso, esta carta no es sólo un consuelo. Es un puente. Desde mi dolor al tuyo. Desde mi esperanza tambaleante a la tuya, que tal vez esta noche necesita una mano para no dejarse caer.

En este punto, quisiera compartir contigo algunas cosas que me han ayudado, con la tierna esperanza de que te puedas dar 15 minutos en tu día para desconectarte del mundo para conectarte contigo mismo(a), con tus emociones, tus sentimientos, tus miedos… tu sombra. ¿Qué te parece ponerte unos audífonos y disfrutar de lo siguiente?

Música que acaricia el alma

Hay piezas que no salvan, pero que acompañan. Que se sienten como una voz que no te exige nada, sólo se sientan contigo. Me tomé la libertad de ayudarte poniendo los links para cada una de ellas. ¡Disfrútalas!

  1. Spiegel im Spiegel – Arvo Pärt (sencilla, minimalista, como una oración sin palabras).
  2. Adagio for Strings – Samuel Barber (para esos días donde necesitas llorar sin pedir permiso).
  3. Clair de Lune – Claude Debussy (una caricia sonora, como un recuerdo bonito en medio del ruido)
  4. Andante del Concierto para clarinete – Wolfgang Amadeus Mozart (ligero, pero no superficial. Profundo, pero no abrumador)
  5. Cavalleria Rusticana: Intermezzo – Pietro Mascagni (sensible, poderoso, lleno de un sentimiento que revitaliza todo el ser)
  6. Sake de Binks – Kohei Tanaka (One Piece) (dejarnos llevar por los sueños de piratas como los Mugiwara / Sombreros de Paja)

Si puedes, escúchalas con los ojos cerrados. No busques entenderlas. Sólo déjate llevar…

A veces, basta con mantenerse a flote. Y si el mar ruge, que ruja… pero que no nos haga olvidar que seguimos navegando.

Lecturas que sostienen

No, no son fórmulas mágicas. Pero algunas palabras funcionan como bálsamos:

  1. Cartas a un joven poeta – Rainer Maria Rilke (especialmente esa parte donde dice que la tristeza también es una casa que hay que habitar)
  2. Salmo 42 –»¿Por qué te turbas, alma mía?” (un diálogo eterno entre la angustia y la esperanza)
  3. Los hermanos Karamázov – Fiódor Dostoievski (porque incluso los personajes más rotos siguen hablando con Dios desde sus escombros)
  4. Fragmentos de Tío Vanya – Antón Chéjov (donde la resignación y la ternura se dan la mano. “Viviremos, tío Vanya… Viviremos…”)

Pequeños ejercicios que a veces nos salvan del abismo

  1. Escribe algo cada día. Aunque sea una línea. Aunque sea un insulto. Escribe.
  2. Respira de verdad. No esas respiraciones automáticas. Inhala contando 4, detén 4, exhala 6. Hazlo tres veces.
  3. Mira el cielo un minuto. En serio. Como cuando eras niño.
  4. Toma un vaso con agua y hazlo con tiempo y calma. Recuérdate que estás aquí. Que existes. Que eres. Disfrútalo entonces.

Y algo más: el humor

En medio de todo… ríete. De ti, de tus ideas locas, de tus juegos perdidos de Melate. Yo también he apostado con fe, y también he perdido. Pero aún así, sonrío. Porque si algo me enseñó mi madre, es esto: «En vez de contagiar gripe, contagia la risa. Al mundo le hace falta reír». Y si un día te ves riéndote solo(a), contestándote a ti mismo(a)… no te asustes. Yo lo hago seguido. Y a veces, eso es más terapéutico que cualquier sesión.

    Querido(a) lector(a), si has llegado hasta aquí, te agradezco. Esta carta no es una despedida. Es una compañía. No sé si mañana estaré mejor, ni si tú lo estarás. Pero en este momento, nos tuvimos. Y eso basta. Cierra los ojos con esta certeza: no todo está perdido. Aunque la vida duela, tú eres más que tu dolor. Y siempre —siempre— hay alguien que, aunque no te vea, piensa en ti con amor.

    Un abrazo inmenso desde este espacio, tuyo y mío, con respeto, con ternura y con fe en tu fuerza, ¡porque yo sí creo en ti!

    Nos seguimos acompañando.

    Héctor Chávez Pérez

    P.d. Y si alguna vez te sientes muy perdido(a), vuelve a esta carta. Aquí estaré. Aquí estarás. Porque aunque no nos conozcamos, compartimos la misma tormenta… y el mismo anhelo de encontrar tierra firme.

    P.d. ¿Te gustaría hablar? Te puedes analizar conmigo. Escríbeme a psichchp@gmail.com o en Instagram me encuentras como @hchp1. ¡Te espero!

    Soportar la indiferencia

    «Nada es más insoportable que el silencio de aquellos a quienes uno ama»

    -Pascal Quignard

    En respuesta a la amable y generosa carta de Julieta (Uruguay).

    Queridos(as) lectores(as):

    Es difícil explicar lo que se siente cuando uno ofrece algo desde el corazón y lo que recibe a cambio es silencio. No un silencio profundo, meditativo, ni mucho menos agradecido, sino ese otro: el que vacía. El que deja en visto. El que no responde ni con una palabra, ni con un «lo leí», ni con un simple «gracias». Ese que, a fuerza de repetirse, comienza a doler. Lo que más duele, a veces, no es que no te lean. Es que no te lean quienes pensabas que te iban a leer. Es que no te escuchen los que conoces, los que alguna vez dijeron admirar lo que haces, los que comparten memes o trivialidades, pero no se detienen frente a algo que puede hacerles bien, aunque sea por un momento.

    Algo que no se vende, que no se cobra, que no busca otra cosa más que compartir un pensamiento que tal vez alivie, acompañe o despierte algo valioso en el otro. Y entonces uno se pregunta: ¿vale la pena seguir? ¿Tiene sentido regalar palabras que a veces parecen caer en un abismo? La respuesta no es sencilla, pero tampoco desesperanzadora. Porque hay algo en nosotros que insiste. Algo que nos recuerda que no escribimos sólo por ser leídos, sino porque callar nos lastima más que el silencio de los otros.

    La trampa de las expectativas

    Es curioso —y cruel, a veces— cómo uno va alimentando expectativas sin querer. Esas pequeñas esperanzas que se tejen al escribir algo y compartirlo, al hacerlo llegar a personas cercanas. Uno cree que, por el vínculo, por el aprecio mutuo, por la historia compartida, esa persona leerá, comentará, dirá algo. Lo que sea. Porque no se está vendiendo nada, no se está imponiendo un discurso, sino regalando un pensamiento. Y sin embargo… no ocurre. La decepción, entonces, no nace de un rechazo explícito, sino de una ausencia que pesa. Porque lo que duele no es sólo que el otro no lea, sino que no quiera hacerlo. Que no tenga ni la curiosidad, ni el gesto, ni el mínimo movimiento del alma para acercarse a algo que podría tocarlo, ayudarlo o simplemente acompañarlo. Decía Albert Camus: «No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar» (El mito de Sísifo, 1942).

    Ahí es cuando la expectativa se revela como una trampa. Porque uno no escribía para ser aplaudido… pero secretamente, sí esperaba algo. Esperaba un gesto. Un eco. Una señal. Y cuando esa señal no llega, no queda más remedio que mirarse por dentro y preguntarse: ¿por qué me dolió tanto? ¿Es por ellos o por lo que había en mí, esperándolos? La respuesta no siempre consuela, pero libera. Porque al reconocer esa trampa, también se reconoce el valor de seguir escribiendo aun cuando no haya respuesta. Como quien deja una carta en una botella, con la esperanza serena —y muchas veces solitaria— de que algún día, en alguna orilla del mundo interior de alguien, esa carta será leída.

    El silencio que duele más que un «no»

    Hay silencios que sanan, y otros que matan algo dentro. Hay silencios llenos de respeto, de espera, de escucha… y hay otros que son indiferencia disfrazada de paz. El segundo es el que más duele. Porque no es un rechazo frontal, no es una crítica que permita diálogo o respuesta. Parafraseando a María Zambrano: «El silencio que no espera es el más cruel de todos». Es una ausencia elegante, una especie de vacío decorado con cordialidad digital: el “visto” de las redes sociales. Vivimos una época donde la exposición es constante, pero el verdadero encuentro escasea. Se responde más rápido a un meme que a una reflexión. Se comparte antes una frase hecha que un pensamiento profundo. Y así, cuando uno lanza algo importante —algo trabajado, cuidado, sentido— y lo único que recibe a cambio es ese silencio pulido de las plataformas, la herida se abre en un lugar inesperado: no en el ego, sino en la esperanza.

    Porque uno no esperaba ovaciones, ni palabras grandilocuentes. A veces, con un simple «te leí», bastaba. Pero no llega. Y entonces el silencio se vuelve estruendo. No por su volumen, sino por su carga simbólica. Quien no responde, el que no se toma ni un minuto, parece decir —aunque no lo diga—: «no me interesa». Pero ¿realmente no les interesa? ¿O hemos llegado a tal nivel de anestesia emocional que lo gratuito, lo profundo y lo humano ya no convoca? La respuesta, quizás, no esté en ellos. Tal vez esté en nosotros. En quienes aún creemos que el alma merece ser tocada, incluso por palabras que nadie pidió, pero que alguien podría necesitar. Y aunque el silencio siga cayendo como una losa, la palabra, si es honesta, seguirá siendo un acto de resistencia. Un gesto de fe. Un modo de decir: «Aquí estoy. Y aunque no respondas, sigo creyendo que el encuentro es posible».

    «A veces hay cosas más interesantes e importantes en un mundo absurdo que un buen libro» -Héctor Chávez Pérez

    El valor de lo gratuito

    Hay una profunda distorsión en la forma en que entendemos el valor. Se ha instalado la creencia de que sólo vale aquello que se puede comprar, medir, monetizar. Y sin embargo, lo gratuito —lo verdaderamente gratuito— no es sinónimo de barato, ni de irrelevante. Es, en realidad, una de las formas más puras de lo humano. Es fácil despreciar lo que se ofrece sin costo. Y más aún, ignorarlo. Pero lo gratuito lleva consigo una densidad que no siempre se ve: implica tiempo, dedicación, deseo de bien. Tal como dice Ivan Illich en su texto, La convivencialidad (1973): «Lo gratuito no es lo que carece de precio, sino lo que nace de una relación humana auténtica». Implica vínculo. Cuando alguien escribe, comparte una reflexión, un pensamiento cuidado, y lo hace sin esperar nada a cambio, está haciendo una ofrenda. Una invitación silenciosa al encuentro. Pero vivimos en tiempos en los que dar sin pedir parece ingenuo. Como si fuera sospechoso. Como si no tuviera lugar en un mundo regido por el rendimiento, la utilidad y el consumo.

    Y entonces lo gratuito —en lugar de ser honrado como un acto noble— es ignorado como si fuera una molestia. Sin embargo, quienes seguimos apostando por la palabra gratuita, por el pensamiento que se entrega sin factura, no lo hacemos por necedad, sino por fidelidad a algo que sentimos verdadero. Porque el alma también necesita ofrecer, y no siempre desde la necesidad de respuesta, sino desde la convicción de que hay cosas que deben ser compartidas. Escribir y ofrecer lo escrito sin precio no es un gesto menor. Es resistir. Es confiar en que lo humano aún vive en alguna parte. Es tender puentes donde todo parece construido con muros. Y si algún día alguien cruza ese puente, aunque sea una sola persona… entonces habrá valido la pena.

    ¿Para quién se escribe, entonces?

    Hay un momento inevitable en la vida de quien escribe —de quien da, de quien piensa y comparte— en el que la pregunta se vuelve punzante: ¿para quién lo estoy haciendo? Cuando no hay respuesta, cuando el silencio se multiplica, cuando los propios cercanos parecen no ver lo que uno ofrece… esa pregunta no es un ejercicio intelectual: es una herida abierta. Pero en medio de esa incertidumbre, hay algo que se impone como necesidad: escribo porque si no lo hiciera, me dolería aún más. Escribo porque es mi manera de seguir buscando sentido, de nombrar lo que no debe quedar en la sombra, de acompañar aunque no siempre haya compañia de vuelta.

    Clarice Lispector, en una de esas frases que parecen salidas del fondo de una noche silenciosa, escribió: «Escribo para entender lo que el silencio me dice» (esta frase, por cierto, la encontramos incontables veces en varios lugares, pero realmente es una paráfrasis de lo que dice, hermosamente, en Un soplo de vida (1978): «Escribir es una maldición que salva»). Y quizás ahí esté una de las claves. Porque a veces no se escribe para otros, sino para intentar traducir lo que se mueve en el alma cuando el mundo calla. La escritura se convierte entonces en una forma de oración, de memoria, de testimonio. No se trata de si lo leen hoy o mañana, ni siquiera de si lo agradecen. Se trata de que hay cosas que deben ser dichas. Y si uno tiene el privilegio —o la carga— de poder decirlas, callar se vuelve una forma de traición.

    Una semilla invisible

    Escribir, dar, compartir sin saber si alguien escucha… puede parecer un acto ingenuo, casi absurdo. Pero no lo es. Es, en realidad, un gesto de fe. De una fe que no siempre se nombra en voz alta, pero que sostiene la vida misma: la creencia de que nuestras palabras —como semillas— pueden crecer incluso en tierras que no vemos. A veces, uno se siente como ese personaje de Jean Giono en su obra El hombre que plantaba árboles (1953), quien planta árboles en una tierra desolada, sin esperar que alguien lo aplauda, sin pedir reconocimiento, simplemente porque es necesario. Giono escribe: “Para que el carácter de un ser humano revele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la suerte de poder observar su acción durante largos períodos. Si esa acción no persigue ningún interés propio, entonces es posible juzgar que se está ante una grandeza de alma”. Y en la escritura gratuita —esa que nace sin interés ni contrato— también hay algo de esa grandeza silenciosa.

    Tal vez nuestras palabras no germinen hoy. Tal vez no sean vistas por quienes más esperábamos. Pero en alguna parte, en algún momento, pueden tocar un corazón herido, una mente confundida, un alma que buscaba algo y no sabía qué. Como la lluvia que cae sobre la tierra seca… aunque no sepamos a qué profundidad llegó. Por eso, a pesar del desencanto, de la indiferencia ajena, de las expectativas rotas, sigo escribiendo. Porque a veces —y esto lo aprendí con el tiempo— el simple acto de dar puede salvar, no al otro, sino a uno mismo.

    Y si alguna de estas palabras encuentra eco, aunque sea en una sola persona, entonces ya no fueron en vano…

    Redes sociales: llamadas de auxilio

    «Las redes sociales han creado un espacio donde la intimidad se convierte en mercancía y el yo en espectáculo».

    -Sherry Turkle

    Queridos(as) lectores(as)

    Vivimos en una época donde el narcisismo no es un rasgo patológico, sino una expectativa social. Las redes no nos piden autenticidad; nos piden visibilidad. Hace unos días, estuvo saliendo en redes sociales un video de una chica (que desconozco quién sea) que al parecer está en un estadio deportivo, y que cuando empieza a sonar la música, parecía «rendirse» a la «necesidad» de ponerse a bailar, cosa que nadie más hizo y sólo se le quedaban viendo. En palabras de ella «no me pude resistir». De acuerdo, a cuántos no nos ha pasado eso, que escuchamos algo de música que nos gusta y no podemos evitar empezar a movernos con ritmo. El tema acá es que ella hacía ciertos gestos entre el dolor y el goce, casi como una actriz atrapada en un guión no escrito: el del espectáculo de sí misma. Y no sólo fueron los gestos de los demás que la veían, cuando uno entraba a la sección de comentarios, en verdad fue impresionante cómo se le fueron con todo: «Ridícula», «Cuando ya no sabes cómo llamar la atención», «Así o más fingido», «¿En verdad está llorando por bailar?, «Cómo se ve que sabía que la estaban grabando», etc.

    Y no es la primera vez que sucede algo así (y por lo que veo tampoco la última). Si bien tuvo sus «defensores» que salieron a decir que los demás eran unos amargados y demás, cosa que también es una posibilidad, no dejar de ser algo que nos inquieta y nos hace preguntar: ¿qué necesidad? ¿De bailar? No, de exponernos. Claro, todos somos libres de hacer lo que se nos pegue la gana, pero haciéndonos cargo de las consecuencias, sean positivas o negativas. Desconozco si la chica en algún momento salió a decir algo sobre lo que se había generado, pero lo que es un hecho es que dejó huella en el eterno malestar del ser humano (por nada). En palabras de Byung-Chul Han: «La sociedad actual no se basa en el deber, sino en el rendimiento. Y el sujeto del rendimiento es un empresario de sí mismo« (La sociedad del cansancio, 2010). El problema es que ese “emprendimiento de uno mismo” en redes como Instagram ha degenerado en una sobreexposición vacía: no se sube contenido con sentido, sino con urgencia. Urgencia de ser visto, de no desaparecer. De gritar, aunque nadie escuche. Todo espectáculo necesita una audiencia. Y todo vacío, un disfraz.

    Publicar como acto de supervivencia

    La necesidad de llamar la atención en redes es, en el fondo, un síntoma. Un síntoma de angustia y de deseo mal canalizado. Sigmund Freud ya lo anticipaba en El malestar en la cultura (1928), cuando hablaba de la tensión entre el yo y el otro, entre la pulsión y el orden social. Lo que hoy vemos en redes es una forma de acting out digital: «El sujeto no sabe lo que desea, pero actúa su deseo sin saberlo». Así, vemos a miles de personas exponiendo su vida sin contexto, sin forma, sin sentido, sólo con la esperanza de no ser ignorados. Porque en esta era, el anonimato duele más que la crítica. Ser invisible es peor que ser odiado. Aunque, cabe decir, no tiene nada de malo disfrutar lo que uno hace, al contrario, qué mejor para lidiar con tanto estrés y cosas que nos obligan a «ser otros» en la sociedad moderna. Sin embargo, sí es justo entender que las intenciones reales de cada «compartir» nos hablan de ciertas necesidades que no sabemos expresar con palabras, y como diría Freud, sólo las actuamos.

    Hay un ejemplo que a más de uno nos hace ruido: cuando vamos a un restaurante y queremos compartir «nada más porque sí» lo que nos acaban de traer. Y nos sale el fotógrafo profesional que habita en nosotros, acomodamos todo de tal manera que luzca todavía mejor el platillo. Tomamos la foto y la subimos a redes sociales. Por lo general acompañada de un texto tipo: «Disfrutando la vida», «Deli», «Viviendo la vida»… etc. Pregunta: ¿por qué? Es decir, de acuerdo, la presentación del platillo puede ser maravillosa, y como bien dice el dicho «de la vista nace el amor». Pero volvamos a algo anterior: acomodamos todo. Lo que se acomoda no es sólo el platillo, sino la escena entera: un montaje donde no buscamos comer, sino ser vistos comiendo. Y a veces ni eso. ¿Qué tiene que ver el ambiente, la distribución de los cubiertos, los condimentos, el servilletero, etc., para este fin? Han habido videos donde las personas que hacen eso, de repente se ven afectados por quien los está grabando ya que les hacen algo que les arruina su moderno ritual, ya sea metiendo la mano en la foto, destruyendo con el tenedor la rebanada de postre, etc. Y claro, la reacción es automática: furia y desquite. Cualquiera reaccionaría así ante una acción como esa, pero, ¿fue por arruinarles el platillo o por arruinarles la foto?

    El juicio del otro como condena compartida

    Muy bien, dejemos por un momento a la persona que sube el contenido a redes sociales. Hay un fenómeno paralelo que merece atención: cada vez más usuarios se quejan del contenido ajeno. Lo ridiculizan, lo atacan, lo critican. Como si no soportaran ver ese grito desesperado en el otro porque les recuerda el suyo. Jacques Lacan lo explica con claridad: “El deseo del hombre es el deseo del Otro”. (Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964). Una vez, platicando con unos amigos, salió el tema de por qué la gente odia tanto a ciertos individuos. No voy a poner nombres, pero sí profesiones, porque eso nos ayuda a ampliar el espectro: futbolistas, modelos, artistas, youtubers, escritores, influencers, etc. Es en verdad increíble cuánta molestia despiertan en algunas personas, y eso tiene nombre: envidia. ¿Envidia de qué? De que ellos son o hacen lo que los otros no podemos ser o hacer. En aquella ocasión, un amigo me dijo: «Mientras no seas un escritor como Paulo Coelho, no pasa nada». Este autor brasileño es uno de lo más atacados a nivel mundial porque se dice de él que escribe cosas muy bobas o tontas, que es muy simplona su literatura. A lo que le contesté: «Pues ojalá sea como él, que por cosas así me hagan un Best Seller a nivel mundial y pueda vivir de mis libros». Las risas no faltaron.

    Rechazar al otro es una manera de no enfrentarnos al vacío propio. Es más fácil burlarse del que sube una foto sin sentido que preguntarse por qué nos molesta tanto. Y esto, una vez más, es un síntoma que cada vez se replica más y más. Søren Kierkegaard nos dice algo importante en su libro La enfermedad mortal (1849): “La desesperación es no querer ser uno mismo». Cuando hablaba de la envidia del otro, no me refiero sólo a lo que es o a lo que hace, sino a todo lo que hace posible que eso suceda. Pienso en cuando un youtuber o influencer sube cualquier cosa y por ello le pagan. ¿Cuál es uno de los primeros reclamos que solemos escuchar? «No, pues así yo también me hago famoso». Es interesante. ¿»Así» qué? Es que es bonita, tiene buen cuerpo, es atractivo, está todo macizo por el gimnasio… etc. Claro, accidentes que «facilitan» el llamar la atención a empresas que se aprovechan de eso para poder vender. Y es una realidad: mientras vendas, me sirves. Pero, aquí está el silencioso problema que padecen a los que usan: tarde o temprano, serán descartados. ¿Después de la belleza y el estilo, qué queda? ¿Con qué se va a llenar ese vacío? El sujeto, como mercancía, tiene fecha de caducidad emocional. Después de usarlo, lo olvidan. Y uno, sin saber quién era antes de todo eso, se queda sólo con el eco del aplauso. Las redes sociales, al final de cuentas, exponen una vida que no es del todo cierta. Es un juego de ilusiones que ocultan muchas carencias dolorosas y silenciosas. Aunque, francamente, eso de que «ocultan», me parece que poco a poco es lo contrario: evidencian.

    La pulsión escópica: cuando mirar no basta

    En psicoanálisis, la pulsión escópica se refiere al deseo de mirar y ser mirado. En redes sociales, esta pulsión se ha desbordado. No basta con mirar: queremos ser el centro de la mirada del otro. Ya lo decía Oscar Wilde: «Que hablen de uno es espantoso. Que no hablen, es peor». ¿Pero hasta qué punto tan drástico se está llegando? A un voyeurismo peligroso. Un voyeurismo invertido: mostrar para ser consumido. Jacques-Alain Miller, discípulo y yerno de Lacan, afirma: «Las redes sociales son una máquina de producción de goce. Pero el goce sin sentido conduce al agotamiento, no al placer». (Conferencia: “La era del Otro que no existe”, 2004). Una vez más: ilusiones que queremos que crean como una realidad. No nos gusta nuestra vida, no nos parece interesante, no nos gusta la manera en la que pensamos las cosas porque nos ocasiona más molestia que gusto. Y muchas cosas más que se confiesa de manera, otra vez, silenciosa y dolorosa. Las redes sociales se vuelven fábrica de apariencias y descartes: se aparenta algo, descartándonos en ello. Publicar no es siempre compartir. A veces, es simplemente implorar compañía.

    Esa producción constante de “yo” —historias, fotos, reels, filtros, frases “inspiradoras”— se vuelve un mandato, casi una compulsión. Y como toda compulsión, termina por alienar al sujeto. Cada vez el sujeto es menos auténtico y su contenido peor. De un vacío no se puede sacar más que vacío. Mi cuenta de Instagram (@hchp1) es meramente de difusión cultural. Mi contenido yo sé que «no vende», que no llama siempre la atención. Primero: a la gente no le gusta leer, segundo, las imágenes no son ni a lo que están acostumbrados ni mucho menos lo que buscan. Una vez le pregunté a mis alumnos en la prepa qué esperaban encontrar en esa red social: los hombres fueron descaradamente sinceros, ellos querían ver mujeres guapas, las mujeres… ¡ellas sí que tienen claro que lo suyo es el mundo como tal! Fue impresionante el número de cosas que fueron diciéndome, cosa que me pareció maravillosa. Sin embargo, el hecho de que se abarquen tantas posibilidades corre el riesgo de nunca tener claridad sobre algo en específico. Porque de nada sirve un «me gusta de todo», cuando «no todo me llama la atención realmente». Mi humilde contenido de repente se lleva unos cuantos likes, pero nada en comparación con otros contenidos que estallan tanto en likes como en comentarios. Y créanme que no es queja, es una realidad: si no vendes, no importa. Yo sigo publicando y me da gusto cuando les gusta. Nada más. Pero sabemos bien que claro que me pesa que mi contenido no llame tanto la atención, pero ni modo, es lo que ofrezco.

    ¿Qué nos queda?

    Lo que queda, quizá, es el silencio. La pausa. La posibilidad de no subir, de no mirar, de no buscar likes como forma de existencia. Pero eso exige una fortaleza emocional que pocos tenemos. Como escribió Søren Kierkegaard: «La desesperación más profunda es darse cuenta de que uno ha vivido su vida entera sin ser verdaderamente uno mismo» (La enfermedad mortal, 1849). Y esa es la paradoja: mostramos para ser alguien, pero mientras más mostramos, menos sabemos quién somos. Desde el diván, lo veo con frecuencia. Personas que llegan exhaustas, vacías, con ansiedad, sin saber por qué sienten que no valen nada si nadie les responde una historia o no alcanzan cierto número de vistas. La lógica del mercado se ha colado en la autoestima. Lo que subimos a redes, muchas veces, es lo que no nos atrevemos a decir en voz baja. A veces, sólo les hago una pregunta: «¿Para quién subiste eso?». No buscan respuesta. Sólo quieren ser escuchados. Como todos. Y entonces, en el fondo, Instagram no es más que una gran sala de espera. Un espacio lleno de pacientes sin terapeuta, gritando desde sus celulares lo que no pueden decir en voz alta: Mírame, por favor. No quiero desaparecer.

    Si llegaron hasta aquí, tal vez esta entrada tocó algo en ustedes. No lo digo como juicio, sino como invitación a mirar un poco más dentro. Aquí algunas preguntas que vale la pena hacerse:

    1. ¿Alguna vez sintieron que si no subían algo a redes, nadie sabría que existen?
    2. ¿Se han sorprendido esperando ansiosamente que alguien vea o reaccione a sus historias?
    3. ¿Han borrado una publicación porque no tuvo suficientes “me gusta”?
    4. ¿Suelen juzgar con dureza el contenido de los demás, sin preguntarse por qué les molesta tanto?

    Si alguna de estas preguntas les incomoda, no es casualidad. Quizás, en ese leve escozor, hay algo valioso que quiere ser atendido. Y para eso, como siempre decimos en este espacio, el diván está disponible. Porque a veces, lo más urgente no es subir algo más… sino bajar a ese lugar interno donde el deseo se aclara, el dolor se nombra y la angustia se acompaña. El análisis o la terapia están ahí para ayudarnos.

    Los escucho.

    Adolescencia: ecos de una herida

    «La adolescencia es una enfermedad… una enfermedad normal, por la que la mayoría sobrevive».

    -Donald Winnicott

    Queridos(as) lectores(as):

    En estos días estuve viendo la mini serie de Netflix, Adolescence (2025), que ha estado haciendo mucho ruido. La adolescencia es un territorio inestable. Una frontera entre el ya no y el todavía no. Un cuerpo que cambia, una mente que se acelera, una identidad que tantea. En esa tierra movediza, la escucha adulta suele llegar tarde o no llegar en absoluto. Adolescence, no sólo retrata este proceso con crudeza, sino que nos enfrenta a una verdad incómoda: los adultos no estamos escuchando. Aunque no es mi intención spoilearles la serie, si no la han visto y pretenden hacerlo, mejor dejen esta lectura para después.

    Hoy, los adolescentes no sólo habitan el mundo físico. Viven también en uno paralelo, digital, complejo y hostil. Uno en el que los emojis tienen significados que los adultos desconocen, donde una historia de Instagram puede significar una súplica o una despedida, y donde la popularidad es tan frágil como el estado emocional del que la busca. Y sin embargo, muchos padres, educadores y cuidadores siguen sin saber qué significan ciertos emojis o dinámicas de interacción que, en la subjetividad adolescente, son tan reales como los golpes.

    Acciones y silencios

    Como bien señala el filósofo alemán, Byung-Chul Han, en La sociedad de la transparencia (2012), «La exposición total destruye la confianza y disuelve el alma», es decir, la exposición permanente ha suplantado el espacio del secreto, del misterio, de la formación interna. En las redes, el adolescente no sólo se muestra: se inventa, se transforma, se idealiza y se deshace. Sin una brújula afectiva que lo sostenga, se pierde entre la imagen que proyecta y la identidad que no logra construir. La serie nos muestra a un adolescente, Jamie Miller (brillantemente interpretado por Owen Cooper, quien de hecho debuta como actor), que no pide ayuda con palabras, pero grita con actos. Y es que, como afirma el psicoanalista inglés, Donald Winnicott, «El acting out puede ser una manera desesperada del niño o adolescente de mostrar lo que no puede decir» (Realidad y juego, 1971), en otras palabras, es una manera de poner en el escenario algo que no pudo ser simbolizado. El adolescente se autolesiona, miente, se escapa, pero en el fondo lo que hace es intentar sobrevivir a un dolor que no sabe nombrar.

    En contraste, la figura de la trabajadora social o psicóloga, Briony Ariston (Erin Doherty, cuya actuación también es magnífica) representa lo mejor del deseo de escucha: alguien que no juzga, que sostiene, que intenta comprender. Pero también nos recuerda que no basta el deseo de ayudar: se necesita un sistema que acompañe, que no abandone. En ella vemos la tensión entre el cuidado y la impotencia institucional, entre la vocación y el límite real. Uno de los momentos más conmovedores de la serie es cuando el padre, Eddie Miller (interpretación magistral de Stephen Graham) se quiebra. Hasta entonces, ha sido una figura funcional, autoritaria, práctica. Pero cuando la tragedia lo alcanza, se derrumba como cualquier ser humano que ha amado sin saber cómo, que ha querido estar presente y ha fallado. Porque también hay que decirlo: muchos padres están rotos. Y no porque no amen a sus hijos, sino porque ellos mismos no fueron escuchados cuando más lo necesitaban. De hecho, en un diálogo íntimo con su esposa, Manda Miller (Christine Tremarco), él le dice que cuando era niño, su padre lo golpeaba y maltrataba a la menor provocación, por lo que juró nunca ser así con sus hijos.

    Significados ocultos

    El psicoanálisis nos invita a mirar más allá del síntoma. A escuchar lo que se dice cuando parece que no se dice nada. Y la adolescencia es, quizás, uno de los momentos donde esto se vuelve más urgente. Porque ahí donde el adulto ve “drama”, muchas veces hay trauma. Donde ve pereza, hay depresión. Donde ve rebeldía, hay desamparo. Como decía Jacques Lacan, «La verdad sólo puede ser dicha a medias. Y su estructura es la de una ficción» (Seminario 7: La ética del psicoanálisis, 1959-1960), y en la adolescencia esa ficción se escribe con lágrimas invisibles. No se trata de sobreproteger. Tampoco de criminalizar. Se trata de acompañar. De comprender que una madre o un padre no tiene que saberlo todo, pero sí debe estar ahí, dispuesto a preguntar, a aprender, a escuchar con humildad.

    Incluso admito que han salido varias cosas que no tenía mucha o más bien, nula, información. Por ejemplo, el tema de lo que significan los emojis de corazones. Uno pensaría que simbolizan «amor, cariño, ternura, etc.», sin embargo no es así. Depende del color: rojo (amor), morado (deseo sexual), amarillo (interés mutuo), rosa (atracción sin intención sexual), naranja (todo estará bien). Y uno mandando corazones a diestra y siniestra… Que esta serie nos sirva, no para sentir culpa, sino para abrir los ojos. Para darnos cuenta de que los signos están ahí, pero nadie los traduce. Que el dolor adolescente necesita adultos informados, sensibles, presentes. Que los emojis importan, sí. Pero más aún, los abrazos. Los silencios compartidos. Las preguntas sin juicio. Y esa frase que muchas veces puede salvar una vida: «Estoy aquí. Puedes contar conmigo. No necesitas fingir».

    Carta a los amores trágicos

    Querido(a) lector(a):

    Te escribo a ti, que conoces el peso de la soledad después de haberlo dado todo. A ti, que aprendiste que el amor no siempre se corresponde con la misma intensidad con la que lo entregamos. Vivimos tiempos extraños, tiempos en los que el amor parece ser un riesgo y la indiferencia un escudo. Tiempos donde los corazones se han vuelto cautelosos, donde muchos prefieren esconderse detrás del cinismo antes que arriesgarse a sentir. En este mundo, abundan las historias de personas que amaron demasiado y fueron dejadas atrás, de quienes construyeron castillos en el aire sólo para verlos derrumbarse con una despedida. Y también están aquellos que, sin darse cuenta, han aprendido a amar de una manera egoísta, como si el mundo les debiera todo, sin estar dispuestos a dar nada a cambio.

    Te escribo a ti, que te duele haber escrito poemas que nunca serán leídos. Te escribo a ti, que esperaste una llamada que nunca llegó. A ti, que guardaste con ternura un regalo que nunca tuviste la oportunidad de dar. A ti, que fuiste refugio para alguien que, una vez sanado, siguió su camino sin mirar atrás. A ti, que te dormiste con el celular en la mano, esperando un mensaje que nunca apareció. A ti, que bajaste el volumen de tu amor para no incomodar a quien nunca tuvo la intención de escucharlo. A ti, que abrazaste a quien jamás supo sostenerte.

    No te escribo para abrir más la herida, sino para recordarte que no estás solo(a). Para decirte que tu amor no fue en vano, que no fuiste ingenuo(a) por creer, ni débil por esperar. No es un fracaso haber amado con sinceridad en un mundo que muchas veces no sabe qué hacer con lo auténtico. Sé que el dolor te ha hecho preguntarte si vale la pena volver a intentarlo, si es mejor aprender a no esperar nada de nadie. Pero no dejes que la tristeza te convenza de que amar es un error. No te castigues con la indiferencia sólo porque otros no supieron valorarte. No te pierdas en tu tragedia. No te conviertas en alguien que deja de sentir por miedo a volver a sufrir. No permitas que el amor que llevas dentro se marchite por culpa de quienes no supieron verlo. El amor no debería ser un sacrificio perpetuo, ni un juego de pérdidas. El amor es lo que nos hace humanos, lo que nos da sentido, lo que nos permite ver la belleza incluso en medio del caos.

    Así que sigue adelante. No con prisa, no con la urgencia de encontrar a alguien más, sino con la certeza de que mereces un amor que te encuentre en tu verdad. Un amor que no exija que te conviertas en otra persona, que no te haga sentir que eres demasiado o que no eres suficiente. Abraza la esperanza de amores cada vez más dignos. Amores que no sólo duelan, sino que sanen. Amores que no sólo sean promesas, sino presencias. Amores que no sólo existan en la nostalgia, sino en la realidad.

    Sé que en este momento puede parecer imposible. Sé que te preguntas si realmente es posible amar sin perder, sin sufrir, sin entregarse hasta quedarse vacío. Sé que has visto tantas historias rotas que llegaste a creer que el amor sólo es un preludio del dolor. Pero no. El amor no es sólo lo que se pierde. También es lo que se transforma. Es el eco de lo que un día entregaste y que, aunque no haya sido correspondido como esperabas, dejó huella en el mundo. Es la semilla que sigue creciendo, aunque no la veas. No pienses que fuiste ingenuo(a) por haber creído, ni que el dolor es prueba de tu fracaso. Amar nunca ha sido una garantía de reciprocidad, pero sí es la prueba más hermosa de que estamos vivos, de que no hemos renunciado a nuestra humanidad.

    No te aferres a la tristeza. No creas que el amor es un enemigo sólo porque alguien más no supo cómo recibir el tuyo. No te conviertas en alguien que huye del amor sólo porque alguna vez lo perdió. Mereces ser amado(a) con la misma ternura con la que amas. Mereces ser elegido(a), no como opción, sino como certeza. Mereces un amor que no te haga preguntarte cada día si serás suficiente. Y ese amor llegará. Tal vez no como lo imaginaste, no en la forma ni en el tiempo que esperabas. Tal vez no con la persona a la que una vez esperaste con ansias. Pero llegará. Porque el amor, cuando es real, encuentra caminos inesperados.

    Cuando llegue, no lo mires con la desconfianza de quien ha sido herido, sino con la gratitud de quien sigue creyendo. No lo pongas a prueba como si fuera un enemigo, sino abrázalo con la sabiduría de quien ha aprendido que la vida siempre da segundas oportunidades a los corazones valientes. Y si aún sientes que el amor está lejos, recuerda esto: el amor no sólo se encuentra en los brazos de alguien más. Está en la amistad que nunca te ha fallado. En el café que te reconforta en una mañana difícil. En la música que te salva del silencio. En las palabras que lees y que parecen hablarte a ti. El amor está en todas partes, incluso ahora, incluso en este momento en que piensas que te ha abandonado.

    Así que no cierres tu corazón. No te conviertas en alguien que no reconoce el amor cuando llega. No dejes que una historia triste te haga olvidar todas las historias hermosas que aún están por escribirse. Porque un día, sin esperarlo, volverás a amar. Y esta vez, no será una tragedia. Será todo lo que siempre mereciste.

    Con cariño,

    Héctor Chávez Pérez

    P.D. Sé que duele. Sé que a veces parece que el amor es sólo una herida que no deja de abrirse. Pero ven aquí, acércate… deja que te seque las lágrimas. Respira. Estás aquí, sigues aquí, y eso significa que aún hay amor esperándote en algún rincón del mundo. No te desesperes. El amor no ha terminado contigo. Sólo está tomando un camino distinto para encontrarte. Te amo, no lo olvides.

    El peso de la ingratitud

    «Hacer beneficios a un ingrato es lo mismo que perfumar a un muerto».

    -Plutarco

    Queridos(as) lectores(as):

    Todos, en algún momento, hemos sentido la herida de la ingratitud. No hay dolor más silencioso que el de dar sin recibir, el de entregar con el alma y encontrar sólo indiferencia. La ingratitud no sólo nos deja con las manos vacías, sino que también nos confronta con la pregunta: ¿vale la pena seguir dando? La Historia, la Filosofía, el Psicoanálisis y el arte han explorado este sentimiento desde múltiples ángulos, y hoy nos adentraremos en esta reflexión para comprenderla mejor y, tal vez, encontrar un modo de sanar.

    Esta encuentro lo hago en respuesta a Carolina, quien escribe desde Ecuador. Espero que esto que estamos por desarrollar sea una manera de entender que el mundo está lleno de ingratitud, que hay muchas personas que incluso se ofenden y se indignan cuando se les muestra su actitud egoísta. Es de lo más común. Sin embargo, no hay que persistir en la idea de seguir haciendo lo correcto. Así que me imagino que ya intuyen cuál será mi respuesta/apuesta al final.

    Una visión filosófica

    El estoicismo nos enseña a liberarnos de la expectativa del reconocimiento. Séneca, en De Beneficiis (De los beneficios, 56-62 d.C.), nos advierte: «Ningún bien se pierde si lo hemos dado por generosidad y no por deseo de reconocimiento». Para los estoicos, dar es un acto que debe nacer de nosotros, sin esperar nada a cambio. Pero ¿cómo resistir el dolor de la indiferencia? La clave estoica es ver el acto de dar como un reflejo de nuestra propia virtud, no como una transacción esperando una respuesta. Sin embargo, es natural que eso de «hacer sin esperar» si bien no es que sea imposible, pero sí muy complicado, porque en la gran mayoría de las veces estamos esperando aunque sea un «gracias» o un por lo menos una sonrisa. La virtud es como el cuerpo: debe ejercitarse.

    Friedrich Nietzsche nos ofrece una perspectiva distinta en Zur Genealogie der Moral (Genealogía de la Moral, 1887): «El resentimiento es el veneno de los que esperan gratitud». Para el filósofo alemán, la ingratitud duele porque el ser humano tiene una tendencia natural a buscar validación. Pero si logramos trascender esa necesidad, alcanzamos la verdadera fortaleza. Aquellos que son ingratos pueden verse como esclavos de su propia debilidad, mientras que quienes logran superar la necesidad de reconocimiento encuentran una libertad real. ¿Pero de qué libertad está hablando Nietzsche? Podríamos forzar un poco la respuesta, pero estaría hablando de la libertad de cargar con cosas que no nos corresponden (más).

    Por otro lado, Simone Weil nos muestra que la ingratitud también es una falla de la sociedad. En L’Enracinement (Echar raíces, 1949) nos dice: «El mayor sufrimiento no es el hambre, sino el ser invisible para los demás». La ingratitud es, en muchos casos, la negación del otro, el acto de borrar su existencia en el momento en que ya no es útil. En una sociedad que premia lo inmediato y descarta lo que ya no le sirve, la ingratitud se ha convertido en una moneda de cambio. ¿Acaso no parece que el ingrato actúa de una manera tal que pareciera que todos estamos obligados a responder a sus necesidades casi de manera obligatoria? Esa visión del otro como un ser que atiende es quizá uno de los puntos que más pueden calar en la identidad de las personas cuando se preguntan «¿y yo cuándo?».

    La ingratitud desde el diván

    Bajo la mirada inquisitiva de Sigmund Freud, la ingratitud puede vincularse con la pulsión de muerte, es decir, ese «impulso» inconsciente que nos lleva a rechazar lo que nos hace bien. Freud escribe en Jenseits des Lustprinzips (Más allá del principio del placer, 1920): «Los seres humanos no pueden aceptar plenamente el amor sin que la sombra de la destrucción lo amenace». A veces, la gente no agradece porque reconocer el bien recibido implicaría aceptar su propia fragilidad. La gratitud implica una cierta sumisión psicológica, y hay quienes no pueden tolerar esa idea. El miedo, socialmente generado, a sentirse indefensos o vulnerables es por mucho uno de los que más perjudican la vida de las personas. Esa idea de «si me muestro débil, me harán daño», incubada desde las más tiernas infancias con mandatos poco oportunos, genera una carga muy pesada y ésta ocasiona que las acciones se vuelvan cada vez más complejas en las relaciones humanas.

    Melanie Klein, en su teoría sobre la envidia desarrollada en Envy and gratitude (Envidia y gratitud, 1957), explica que la ingratitud puede ser una forma de negación: «El niño que no puede aceptar el amor de su madre destruye simbólicamente el vínculo». La ingratitud, en muchos casos, no es sólo olvido, sino rechazo activo. Hay quienes, incapaces de tolerar la deuda emocional, optan por borrar todo rastro de lo que han recibido. Aquí habría que preguntarnos qué es lo que genera esa incapacidad o rechazo. ¿Qué se viene arrastrando?

    Más adelante, Jacques Lacan nos advierte que el deseo humano es insaciable. Nunca nos sentimos completamente llenos, por lo que muchas veces no agradecemos porque siempre estamos esperando algo más. En Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse (Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964), afirma: «El deseo del ser humano es el deseo del otro». La gratitud exige detenerse y reconocer lo recibido, algo que la estructura del deseo a menudo nos impide hacer. ¿Cómo podemos agradecer algo que no sabemos por qué lo queríamos o necesitábamos? Si atendemos la mímesis del deseo, que nuestro deseo es el deseo del otro, es entendible que entremos en conflicto cuando realizamos el deseo y caemos en cuenta de que en realidad no era algo que habíamos querido.

    La ingratitud lastima de maneras diversas

    El retrato literario

    Fue Fiódor Dostoievski quien, en Prestupléniye i nakazániye (Crimen y castigo, 1866-77), nos muestra a Raskólnikov, un hombre que ayuda, pero termina sintiéndose vacío y culpable. Nos recuerda que a veces, la ingratitud no es sólo del otro, sino también de nosotros mismos cuando no aceptamos nuestro propio valor. En esta novela, vemos cómo incluso la culpa puede convertirse en una forma de rechazo de la gratitud. Anlicemos esta frase de la novela: «Se habituó a la idea de que los hombres, en general, se inclinan por la ingratitud, basándose en que, aun cuando alguien sea excesivamente generoso con ellos, en el fondo no se lo perdonan». Esta frase refleja la visión pesimista de Raskólnikov sobre la naturaleza humana, sugiriendo que la ingratitud no es sólo un acto de olvido, sino también una forma de resentimiento hacia quien da sin esperar nada a cambio. Es una idea que encaja con su teoría del «hombre extraordinario» y su justificación para el crimen, pues ve en la sociedad una estructura donde la bondad no siempre es recompensada.

    León Tolstói, en Smert Ivana Ilichá (La muerte de Iván Ilich, 1886), nos muestra la indiferencia de la familia ante el sufrimiento del protagonista. «Toda su vida había sido como debía ser… Pero de pronto le vino la idea: ‘¿Y si mi vida, en realidad, no ha sido como debía ser?'». La ingratitud también es el abandono. La historia nos revela cómo la sociedad construye vidas vacías y cómo las relaciones personales pueden convertirse en pura apariencia. Iván Ilich, al final de su vida, descubre el vacío de una existencia guiada por lo que «debía ser» en lugar de lo que verdaderamente quería ser. Tolstói nos obliga a pensar en la manera en que los que nos rodean nos abandonan en nuestro error. Por eso es que debe existir la figura de alguien que nos oriente, haciendo una corrección fraterna a tiempo. Aunque, cuidado aquí: de nada sirve que nos hagan ver nuestro error si no hay humildad para reconocerlo y enmendar.

    Por último, Anton Chéjov, en Vishniovy sad (El jardín de los cerezos, 1903-4), nos habla de cómo el pasado y los sacrificios son olvidados con facilidad. «Todo lo que amamos se convierte en un fantasma». La ingratitud puede ser el precio del tiempo, de una modernidad que no respeta la historia personal de los demás. Cuando amamos algo o a alguien, le damos un valor emocional enorme. Sin embargo, con el tiempo, incluso lo más amado puede desvanecerse, convirtiéndose en un fantasma de lo que fue. Esto aplica a las relaciones humanas: podemos ser profundamente importantes para alguien en un momento, pero con el tiempo, nuestra presencia o actos se diluyen en la memoria de los demás. Esto nos enseña que hay que saber valorar a las personas, las situaciones y las cosas en su justa dimensión.

    ¿Cómo viven la ingratitud?

    • ¿Alguna vez han sentido la herida de la ingratitud? ¿Cómo lo manejaron?
    • ¿Creen que la gratitud debería ser una expectativa o un regalo espontáneo?
    • ¿Cómo creen que la sociedad actual influye en la manera en que valoramos lo que recibimos de los demás?
    • ¿Tienen alguna canción, película o libro que refleje su experiencia con la ingratitud?

    Déjenme sus comentarios, me encantaría leer sus perspectivas y generar un diálogo sobre este tema tan humano y universal.

    Gracias por leer.

    Los medios y la depresión

    «Las acciones nobles y los baños calientes son las mejores curas para la depresión».

    -Dodie Smith

    Queridos(as) lectores(as):

    En estos últimos días he estado participando activamente en varios análisis y debates políticos respecto a las posturas del Presidente de EEUU, Donald Trump, que han causado revuelo y logrado acrecentar los temores de inspiración ultraderechista en distintos países. De hecho, ¿cómo olvidar aquel gesto que hizo Elon Musk que hizo pensar en el antiguo saludo nazi? Las exaltaciones ideológicas están a flor de piel y muchos son los discursos que en buena medida «justifican» lo que está pasando. En fin, no entraremos en detalles sobre eso en esta ocasión. Pero sí me gustaría centrarme en el tremendo impacto que los medios de comunicación tienen en las personas, sobre todo en estos días llenos de vacío e incertidumbre. ¿Vacío? Sí, cada vez es más notorio el tremendo vacío de identidad y sentido en las personas. Cada vez es más y más tangible cómo la gente repite y repite lo que otros dicen sin siquiera ponerse a reflexionar al respecto: hoy es más fácil que otros piensen por nosotros. Y cuando se entra en un confrontamiento, la carencia de argumentos válidos es más que evidente. Los medios están cultivando cada vez más y más personas que se niegan al famoso lema de la Ilustración: sapere aude! (¡atrévete a saber, piensa por ti mismo!). El pensamiento crítico está en crisis.

    Pero, ¿cómo puede ser que algunos mensajes que vemos constantemente en las redes sociales y demás medios de comunicación resulten tan perjudiciales si parecen con buenas intenciones? Hoy en día es muy común ver cómo redes sociales como Instagram exponen tantas realidades tan «positivas» que no faltan las cuentas donde los personajes (así es, no personas, porque al final de cuentas están contando una narrativa distinta) llamados influencers traten de convencer a sus audiencias sobre varias cosas. Desde la fanática del ejercicio que a la primera provocación se pone a ejercitarse sin importar dónde esté o qué esté haciendo, hasta aquel «experto en nutrición» que comparte lo que a él/ella le sirve para «vida sana» sin pensar en que los cuerpos son distintos; las redes sociales nos ofrecen mucho contenido que se aleja considerablemente de algo positivo, por mucho que pretendan demostrar que no.

    Imposiciones mediáticas

    Me llama la atención cómo es que enero se ha convertido en un mes donde la depresión es el GRAN TEMA. Y no es para menos, pensemos en el famoso Blue Monday (lunes azul, o forzado a «lunes triste/deprimente»), el cuál se considera el tercer lunes del mes de enero. Aunque tiene una raíz más bien económica, se ha vuelto una tendencia psicosocial que tiene efectos demoledores en muchas personas. Pensemos, por ejemplo, en la sugestión. ¿Qué es eso? Es la influencia psíquica que se ejerce el sobre alguien más para inducir procesos mentales, como ideas, emociones y acciones. Vamos a decir que uno va por la vida sin enterarse de qué es eso del Blue Monday, pero de repente escucha en la televisión, en la radio, lo ve en internet o en sus redes sociales algo al respecto. ¡El día más triste del mundo! Y el panorama de esa persona cambia por completo. El enterarse de algo que alguien más afirma sin más, debido a las inseguridades personales (e incluso al deseo inconsciente de querer encajar o formar parte de algo), mueve al sujeto en totalidad. Pasamos de la ignorancia a un estado depresivo. Alguien más pensó y dijo lo que tenía que hacer, y «fielmente» se acató la orden.

    Esto me recuerda el llamativo inicio de la obra El mercader de Venecia (The Merchant of Venice, 1600) de William Shakespeare. Antonio, que es un mercader poderoso y muy rico, comienza compartiendo con sus amigos, Salerio y Solanio, que se encuentra muy triste: «La verdad, no sé por qué estoy tan triste. Me cansa esta tristeza, os cansa a vosotros; pero cómo me ha dado o venido, en qué consiste, de dónde salió, lo ignoro. Y tan torpe me vuelve este desánimo que me cuesta trabajo conocerme». Ante esta confesión, sus amigos tratan de dar respuesta a partir de lo que ellos sentirían estando en la situación de Antonio. Solanio aventura que quizá es que Antonio está enamorado, cosa que éste rechaza enérgicamente, por lo que Solanio arremete con quizá una de las «obviedades» más grandes de la Historia: «Entonces estás triste porque no estás alegre». Imaginemos si estos intentos de sugestionar a Antonio los aplicáramos de forma masiva, ¿qué logramos? Dudas y convencimientos impuestos. El silencio del malestar es algo muy común que le pasa a todos en algún momento, debido a no querer que se les diga algo a modo de reprenda o que hagan menos nuestros sentimientos, pero cuando este silencio «busca consuelo» en gente que «parece que tiene una vida mejor», la frustración y desilusión se hacen presentes a modo de afirmación tiránica: «lo que daría por ser/estar así». Dando paso a otra peor: «Yo nunca podría lograrlo». Claro está que habrá quienes se puedan inspirar, pero las circunstancias son muy diferentes entre cada uno de nosotros. Querer copiar al otro, una vez más, nos aleja de nuestra propia identidad.

    Cuidar lo que vemos en las redes sociales

    Hace unos días, mientras despejaba mi mente en Facebook, me topé con una publicación que compartieron en una página que sigo. He aquí:

    «Estoy muerto. Cada mañana me despierto con un insoportable deseo de dormir. Visto de negro porque llevo luto por mí mismo. Llevo luto por el hombre que podría haber sido… Ya no sonrío. No tengo las fuerzas suficientes para hacerlo. Estoy muerto y enterrado. No tendré hijos. Los muertos no se reproducen. Soy un muerto que estrecha la mano de la gente en los cafés. Soy un muerto más bien social y muy friolento. Creo que soy la persona más triste que jamás he conocido».

    Este texto pertenece al escritor francés, Frédéric Beigbeder (1965). Definitivamente es bastante deprimente su contenido. Una declaración que para nada sorprendente muchos se identifiquen con lo expresado. De hecho, y creo que ninguno de ustedes me dejará mentir, creo que lo que más nos llama la curiosidad en publicaciones chistosas, delirantes y deprimentes en redes sociales, son los comentarios. ¡Son auténticas joyas! Muchas veces celebramos la enorme creatividad de las contestaciones, pero en otras se nos hace un nudo en la garganta por lo que comparten. Y en este caso, no fue la excepción. Por resumirles todo lo que fui leyendo, podría decirles que «así me siento» es lo que más encontré. Tenemos que tener mucho cuidado con lo que nos topamos en las redes sociales, porque en verdad pueden ser muy perjudiciales para nuestra salud mental y, por tanto, para nuestra integridad. Durante la p(l)andemia de Covid-19, la demanda por series y películas sobre pandemias y exterminio creció a niveles preocupantes, por lo tanto, la ansiedad y depresión de las personas que pudieron pasarla confinadas. No es de extrañar que la novela de Albert Camus, La peste (1947) se vendiera como pan caliente.

    No está mal que existan esos contenidos, lo que está mal es que nos alcancemos a identificar con algo que nos hace ruido de ellas y no hagamos nada para trabajarlo. Cuando la película Guasón (Joker, 2019) de Todd Phillips salió, muchos se sintieron identificados con el trágico personaje de Arthur Fleck (Joaquin Phoenix). Pero lejos de ir a buscar asistencia con profesionales de la salud mental, asumieron esa realidad como algo inevitable y sin esperanza de cambiar y quizá hasta sanar. Las audiencias sin capacidad crítica se están volviendo el gran mercado de muchas marcas que han entendido el poderoso uso de la sugestión. ¿Cuántos de nosotros no hemos comprado un producto sólo por la presión mediática y social? ¿Cuántos no hemos sucumbido a comprar «medicamentos» milagro que nos ayuden a bajar de peso? Y así le podemos seguir. Después de esto, ¿se les hace extraño que la depresión «esté ganando» la batalla diaria?

    ¡Ya no juego! … Un berrinche de adulto

    «A veces, el silencio es la peor mentira».

    -Miguel de Unamuno

    Queridos(as) lectores(as):

    Últimamente he escuchado mucho (y también vivido) eso de que la gente de repente se desaparece, pero a diferencia del fenómeno conocido como ghosting (del cual ya hemos hablado con anterioridad), no lo hacen «para siempre». Es comprensible que muchos se saquen de onda -como decimos en México- sobre este tipo de reacciones por parte de amigos, familiares y conocidos. Pongamos un ejemplo: un día, Manuel estaba hablando con Francisco; pasaron algunas cosas entre ellos y, sin un aparente problema, uno de ellos dejó de estar presente por varios días en la vida del otro. ¿Se enojó? ¿Se ofendió? ¿Qué pasó? Ese silencio y esa retirada no son sino un mecanismo de defensa por las inseguridades del sujeto. Pero, lo que es más llamativo de esto, es que ya es una tendencia social que si bien no es preocupante, puede llegar a serlo en otros factores de la vida.

    Algo que me llama mucho la atención es la apología que se hace de la persona que recurre a esas (re)acciones, pues suelen decir de ella que «así es» y, peor todavía: «hay que entenderle». ¿Por qué digo peor? Veamos, cuando no se hablan las cosas, se puede prestar para un sinfín de posibilidades tanto para el sujeto que se calla y se retira y también para quienes «padecen» de eso. Por un lado, el sujeto no logra comunicar el malestar que le ocasiona algo en específico y al no trabajarlo, puede empeorar con el transcurso del tiempo haciendo que se acostumbre a no lidiar con los problemas. Por el otro, los demás empiezan a sentirse mal y logran generar un sentimiento de rechazo por parte del otro. Claro, estoy siendo muy simplista, pues debo insistir que es un abanico de posibilidades lo que puede suceder.

    ¿Infantilización?

    Como decía al principio, cada vez es más notorio que las personas recurran a estos mecanismos de defensa, que bien podemos decir pueden tener un origen inconsciente pero, en muchas ocasiones es bastante consciente. Lo cierto es que por lo general se debe a que el sujeto yace frente a un problema del cual no quiere saber. Que alguien más se haga cargo, que alguien más vea qué se puede hacer. Al menos eso pensamos en primera instancia. Pero, ¿qué sucede cuando hay algo más de por medio? Es decir, ya lo decía también al principio, estamos hablando de las inseguridades del sujeto, entre las cuales quizá haya una de cierta impotencia que lo haga sentirse menos ante las cosas y las personas. Lo curioso es que se torna en una cierta derivación de responsabilidades: una actitud infantil.

    El niño sólo se concentra en sus deseos, aunque no los tenga bien definidos. Al niño lo único que le importa es jugar, divertirse, que nadie lo moleste. Pero, ¿qué pasa cuando en el juego existe una molestia con los demás niños? Es muy común que el niño diga «ya no juego», se enoja y se retira. Los demás sólo se le quedan viendo sin entender qué pasó, porque por lo general el berrinche no da explicación del porqué. Eso mismo estamos viendo en estos casos de adultos que guardan silencio y no comparten su malestar, optando por «ya no jugar», irse y dejar que se les pase aquello que los molestó/ofendió/asustó. Puede ser unas horas, unos días, un mes… pero pasa y vuelven. Lo llamativo resulta cuando en su retorno tampoco hay una explicación o una disculpa. ¿Por qué habría de haberla? Es decir, «yo sé por qué me fui, yo sé por qué regreso».

    Actitudes que no evolucionan

    Cuando los niños hacen este tipo de berrinches, el adulto por lo general se acerca para preguntarles qué ha pasado. Al menos así era en mis tiempos, porque hoy en día eso de «tipos de crianza» ha dado paso a muchos caminos que no dejan claridad de qué manera se involucran directamente los padres. En fin, no soy pedagogo, pero sí he llevado por un tiempo psicoanálisis infantil, y puedo decir desde mi experiencia que muchos padres nos traen a sus hijos para que nosotros averigüemos qué pasa con ellos, con el pretexto de «no sé qué le pasa, pero no sé qué hacer para que me lo diga». Las resistencias en la mente de los niños son para muchos muy complicadas, pero hay que tratar de abordarlos de tal manera que no se sientan presionados y que, al contrario, tengan la seguridad de tener un espacio donde puedan decir lo que sienten. Eso de no hacerse responsable es algo que se hereda al momento de la mímesis. Recordemos que los niños aprenden por lo que ven que los adultos hacen.

    Ahora bien, pensemos un poco en aquella obra literaria, El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, (1959) de Günter Grass. El protagonista del mismo, Oscar Matzerath, es un niño que a los 3 años de edad decide negarse a seguir creciendo, logrando que su mente se desarrolle como la de un adulto, pero conservando su cuerpo de infante y cómo es que terminó siendo recluido en el psiquiátrico a los 29 años. Por otro lado, pensemos ahora en James Matthew Barrie, célebre autor escocés de la obra de teatro Peter Pan y Wendy (1904), que como sabemos se trata de un niño que se niega a crecer también. La diferencia entre Oscar y Peter radica en que el primero sí «madura» (sea lo que entendamos por esto) a nivel mental, y el segundo se mantiene como niño «por nunca jamás». Esto permitió que en la década de los 80’s, el psicólogo estadounidense, Dan Kiley, planteara lo que se conoce como el Síndrome de Peter Pan, a partir de la observación de varios de sus pacientes y cómo estos se negaban a tomar las responsabilidades propias de los adultos. Ese miedo a crecer, muchos lo comentamos (y lidiamos con ello) a modo de broma cuando decimos que «nos estafaron y que queremos nuestra infancia de vuelta». Sea pues que las personas que en silencio se retiran, es perfectamente entendible que padezcan en cierta medida un temor inconsciente a la responsabilidad social y afectiva, prefiriendo huir por un tiempo, para regresar cuando sientan que ya pasó el «peligro» de hacerse responsables.

    Un día como cualquier otro

    «El cuerpo sufre por los excesos, también el ánimo abatido»

    -Horacio

    Queridos(as) lectores(as):

    ¡Vaya que ha sido una semana de escribir y escribir! Y me alegra mucho, sobre todo porque han sido temas que favorecen nuestros encuentros en medida de hacer más consciencia sobre la salud mental. Ahora bien, como sabemos, cada 13 de enero se conmemora el Día mundial de la lucha contra la depresión. Es importante que existan estos días, por supuesto que sí, sin embargo, no es que nada más nos acordemos de eso un día y los demás tengamos casto silencio. Es momento de hacer eco en los corazones una vez más.

    La depresión no es un padecimiento nuevo. En la antigüedad se le equiparaba con la melancolía, la nostalgia, en casos extremos con la desolación (que no es lo mismo) y de manera más simplona con la tristeza. El estado de depresión por el que atraviesan un gran número de personas en el mundo se debe a muchas razones, en algunos casos a cuestiones neuronales (como una falla de neurotransmisores), en otros casos por los sentimientos de impotencia y frustración ocasionados por la sociedad tan exigente en la que vivimos, algunos por cosas familiares, etc. Vamos, hay muchos motivos, pero parece que el malestar nunca desaparece.

    Un día a la vez

    Hay un error vital en creer que la vida es por sí misma justa. No existe tal lógica. «Es que si hago las cosas de tal modo así me irá», por supuesto que no es una ley ni tiene por qué cumplirse. Justo es uno de los inicios de este problema. La expectativa, el exceso de pensamiento optimista que abusa de ignorar la realidad, genera en el ser humano una falsa idea de bienestar que al no cumplirse se torna en un escandaloso y lamentable infierno. Cada ser humano tiene la capacidad de ser feliz, pero no hay que pensar que se obtiene del mismo modo y haciendo las mismas cosas. Uno puede ser feliz si se saca la lotería (¡quién no!), otros pueden ser felices por estar con sus seres queridos, algunos son felices porque ya acabó el trabajo duro de la semana y otros tantos son felices con quitarse los zapatos al llegar a casa. Son tantas las comparaciones que tenemos entre nosotros que no aprendemos a abrazar nuestra propia individualidad.

    En el panorama social existe una suerte de idea de cumplir con lo que se espera de nosotros. Tenemos que ser exitosos en todo, ser los mejores sin competencia, ser siempre el objeto de atención, el centro de todas las miradas. ¿Por qué? Claramente existe una virtud que es la magnanimidad, que nos impulsa a ser mejores en nuestra vida, pero esa virtud en ningún momento debe convertirse en un vicio o en una adicción. En la reciente película de Guillermo del Toro, Pinocho (2022), hay un pequeño diálogo entre el grillo y la hada: «Haré lo que pueda hacer»-dice el pequeño ser, a lo que el hada le contesta «Y es lo mejor que puedes hacer». ¿Qué necesidad de sobre exigirnos? Se hace lo que se puede con lo que se tenga, poco a poco. Es un proceso. Hay que entender que cada quien tiene sus modos y maneras, pero sobre todo (y eso se lo repito mucho a mis pacientes), su ritmo y su tiempo. Hay cosas que nos corresponden, otras que no. «Si no tienes comezón, no te rasques».

    Hacer ruido, hacer presencia

    Muchas veces pensamos que nuestros problemas son nada en comparación con otros. Y sí, puede ser que sí sea. No sé, pienso en que no puedo comparar el hecho de que se ponchó una llanta de mi camioneta con la enfermedad terminal de alguna persona en alguna parte del mundo. Pero, a pesar de eso, es un problema y es muy nuestro. El minimizar nuestros problemas es minimizarnos al mismo tiempo. Hay veces en las que podemos darle solución y otras en las que necesitamos a los demás. El dejarnos ayudar por otros, sobre todo cuando ellos son los que se ofrecen a hacerlo, nos hace ser agradecidos desde la más pura humildad. No tenemos que poder con todo ni contra todos. Y así es como se paga el favor, quizá no directamente a quien nos ayudó, pero si tenemos la oportunidad de ayudar a alguien más, ¿por qué no hacerlo? En este mundo de egoísmos, también hay personas amables y lindas que a pesar de los malos tiempos, encuentran el modo de ayudar.

    Hay días en los que «no sabemos» por qué estamos tan tristes, sin ganas, y pensamos que la mejor acción que podemos realizar es alejarnos y estar en soledad. Puede ser que para algunos les sirva, pero en realidad no es bueno, porque justamente es irse o encerrarse con los pensamientos negativos que nos consumen poco a poco de una forma muy dolorosa. Siempre habrá alguien que esté dispuesto a escucharnos, pero sobre todo, a acompañarnos. Pero eso sí, hay que entender que cuando nos toca ser quien es buscado por esa persona que nos necesita, lo mejor que podemos hacer es precisamente acompañarle, no opinar, no decir ni tratar de llenarle con optimismo que no sirve en ese momento: escuchar, consolar, abrazar, acariciar, ir a caminar, secar lágrimas… estemos para el otro. Ya habrá algún momento para algo más.

    Unas palabras para ti:

    Puede ser que estés pasando por un momento difícil y triste. No me imagino qué te tiene así. Pero te digo con toda mi alma y con un corazón sincero: NO ESTÁS SOLO(A). Hace años decidí abrir este espacio para compartir un poco de lo que he aprendido con mis estudios, pero sobre todo, con la vida. Sé lo que es una enfermedad que puede costar la vida, sé lo que es el dolor de perder a un ser querido, de quedarse sin padres, de perder trabajos, el dolor de la traición, de un rompimiento, de una separación. Por eso es que insisto en que la empatía es la respuesta en este mundo de amor. No calles por pena o miedo lo que sientes, siempre habrá alguien para ti. Busca la ayuda de un profesional. Quizá sea momento de un apoyo psicofarmacológico, mientras puedas llevar una terapia al mismo tiempo. Esos medicamentos tiene fecha de inicio y de terminación. Acércate a tus amigos, a tu familia… a veces encuentras incluso amor en donde menos esperabas. Pero sobre todo, tente amor y compasión. No tienes por qué sufrir de más, no te castigues tanto. Quítate los zapatos y los calcetines y camina sobre el pasto. Acuéstate, ve la forma de las nubes, escucha tu música favorita, haz ejercicio, camina, come lo que te gusta, ve una serie, conoce gente, lee un libro, acaricia a los perritos en la calle, haz sonreír a un niño… hay tantas cosas que puedes hacer que te sorprendería todo lo que puedes lograr. Pero, por favor, no dejes de ser tú mismo.

    En este mundo de amor, también lo hay para ti.

    Nos haces falta, te queremos con nosotros.

    ¡Resiste, que no estás solo(a)!

    Héctor Chávez Pérez

    P.d. A veces tenemos que perder para saber valorar. A veces perdemos algo, pero ganamos algo más. Es un balance. ¡Que pronto encuentres paz!