Querido(a) lector(a), querida alma que resiste en silencio:
No sé quién eres, ni dónde estás, ni qué historia te trajo hasta esta carta. Pero si estás leyendo esto, es probable que el alma te pese más de lo habitual. Que estés pasando por días difíciles. Que los números no den, que la soledad apriete, que los pensamientos no se callen, o que simplemente el cansancio se haya convertido en tu sombra cotidiana. Yo también he estado —estoy— en ese lugar.
Hay días en los que me levanto con fe, con ánimo, con ganas. Y hay otros en los que todo se me viene encima: los temas económicos, las responsabilidades, los dolores que no se curan con analgésicos. A veces siento que hago mucho, y que, sin embargo, no alcanza. Me esfuerzo por mantenerme como psicoanalista, como escritor, como ser humano que aún cree en lo que hace. Y a pesar de todo, hay momentos en que el mundo parece no escuchar. Pero quiero decirte algo importante, algo que me diría a mí mismo si pudiera abrazarme en esas noches largas: ¡estás haciendo más de lo que parece, aunque no se note! Y eso, eso también es una forma de amor.
Tal vez no puedas cambiar todo ahora mismo. Tal vez te falten recursos, compañía, certezas. Tal vez tus padres ya no estén, como los míos. Tal vez no tengas con quién hablar de lo que realmente te pasa. Tal vez te han dicho que tienes que “echarle ganas” como si fuera tan simple. Entonces, déjame ser quien te lo diga con otro tono: no estás solo, no estás sola, aunque la soledad grite fuerte. Hay quienes entendemos lo que significa luchar con el alma cansada. Hay quienes, como tú, han aprendido a amar desde la ternura, aunque a veces la paciencia se agote. Por eso, esta carta no es sólo un consuelo. Es un puente. Desde mi dolor al tuyo. Desde mi esperanza tambaleante a la tuya, que tal vez esta noche necesita una mano para no dejarse caer.
En este punto, quisiera compartir contigo algunas cosas que me han ayudado, con la tierna esperanza de que te puedas dar 15 minutos en tu día para desconectarte del mundo para conectarte contigo mismo(a), con tus emociones, tus sentimientos, tus miedos… tu sombra. ¿Qué te parece ponerte unos audífonos y disfrutar de lo siguiente?
Música que acaricia el alma
Hay piezas que no salvan, pero que acompañan. Que se sienten como una voz que no te exige nada, sólo se sientan contigo. Me tomé la libertad de ayudarte poniendo los links para cada una de ellas. ¡Disfrútalas!
- Spiegel im Spiegel – Arvo Pärt (sencilla, minimalista, como una oración sin palabras).
- Adagio for Strings – Samuel Barber (para esos días donde necesitas llorar sin pedir permiso).
- Clair de Lune – Claude Debussy (una caricia sonora, como un recuerdo bonito en medio del ruido)
- Andante del Concierto para clarinete – Wolfgang Amadeus Mozart (ligero, pero no superficial. Profundo, pero no abrumador)
- Cavalleria Rusticana: Intermezzo – Pietro Mascagni (sensible, poderoso, lleno de un sentimiento que revitaliza todo el ser)
- Sake de Binks – Kohei Tanaka (One Piece) (dejarnos llevar por los sueños de piratas como los Mugiwara / Sombreros de Paja)
Si puedes, escúchalas con los ojos cerrados. No busques entenderlas. Sólo déjate llevar…

Lecturas que sostienen
No, no son fórmulas mágicas. Pero algunas palabras funcionan como bálsamos:
- Cartas a un joven poeta – Rainer Maria Rilke (especialmente esa parte donde dice que la tristeza también es una casa que hay que habitar)
- Salmo 42 –»¿Por qué te turbas, alma mía?” (un diálogo eterno entre la angustia y la esperanza)
- Los hermanos Karamázov – Fiódor Dostoievski (porque incluso los personajes más rotos siguen hablando con Dios desde sus escombros)
- Fragmentos de Tío Vanya – Antón Chéjov (donde la resignación y la ternura se dan la mano. “Viviremos, tío Vanya… Viviremos…”)
Pequeños ejercicios que a veces nos salvan del abismo
- Escribe algo cada día. Aunque sea una línea. Aunque sea un insulto. Escribe.
- Respira de verdad. No esas respiraciones automáticas. Inhala contando 4, detén 4, exhala 6. Hazlo tres veces.
- Mira el cielo un minuto. En serio. Como cuando eras niño.
- Toma un vaso con agua y hazlo con tiempo y calma. Recuérdate que estás aquí. Que existes. Que eres. Disfrútalo entonces.
Y algo más: el humor
En medio de todo… ríete. De ti, de tus ideas locas, de tus juegos perdidos de Melate. Yo también he apostado con fe, y también he perdido. Pero aún así, sonrío. Porque si algo me enseñó mi madre, es esto: «En vez de contagiar gripe, contagia la risa. Al mundo le hace falta reír». Y si un día te ves riéndote solo(a), contestándote a ti mismo(a)… no te asustes. Yo lo hago seguido. Y a veces, eso es más terapéutico que cualquier sesión.
Querido(a) lector(a), si has llegado hasta aquí, te agradezco. Esta carta no es una despedida. Es una compañía. No sé si mañana estaré mejor, ni si tú lo estarás. Pero en este momento, nos tuvimos. Y eso basta. Cierra los ojos con esta certeza: no todo está perdido. Aunque la vida duela, tú eres más que tu dolor. Y siempre —siempre— hay alguien que, aunque no te vea, piensa en ti con amor.
Un abrazo inmenso desde este espacio, tuyo y mío, con respeto, con ternura y con fe en tu fuerza, ¡porque yo sí creo en ti!
Nos seguimos acompañando.
Héctor Chávez Pérez
P.d. Y si alguna vez te sientes muy perdido(a), vuelve a esta carta. Aquí estaré. Aquí estarás. Porque aunque no nos conozcamos, compartimos la misma tormenta… y el mismo anhelo de encontrar tierra firme.
P.d. ¿Te gustaría hablar? Te puedes analizar conmigo. Escríbeme a psichchp@gmail.com o en Instagram me encuentras como @hchp1. ¡Te espero!
