Carta a una madre buena

Querida:

Ojalá esta carta te encuentre en un momento tranquilo. Pero si no es así —si llegaste a ella en medio del caos, del cansancio, de un llanto ajeno o propio—, también está bien. Porque no es una carta para cuando todo está en orden. Es para ahora. Para ti. Para hoy. Hoy que quizás te preguntas si lo estás haciendo bien. Hoy que te pesa lo que dijiste, o lo que no lograste decir. Hoy que te miras en el espejo con culpa, con duda, con esa sensación de estar llegando tarde a todo. Quiero hablarte con calma. Con ternura. Sin exigencias. Como quien ofrece cinco minutitos de paz entre tanto caos.

Hay una frase que me acompaña desde hace años. La dijo Donald Winnicott, un pediatra y psicoanalista inglés que supo mirar la infancia y la maternidad sin romanticismos. Él escribió: “No hay madre perfecta. Hay una madre suficientemente buena”. Y eso no es una excusa, es una liberación. Una madre suficientemente buena es la que ama, claro. Pero también la que se enoja. La que a veces grita. La que llora en silencio. La que un día no puede más. La que tiene miedo de fallar… y aún así vuelve a intentarlo. Y tú, aunque no lo creas, estás siendo eso. Suficientemente buena.

En el silencio entre el cansancio y el amor, también hay espacio para respirar.

¿Sabes qué? No tengas miedo de equivocarte. Porque sí, vas a cometer errores. Todos los cometemos. Pero los tuyos, si van acompañados de amor, de escucha, de presencia, no destruyen. Enseñan. Le enseñan a tu hijo(a), que el amor no es perfecto, pero es fiel. Que se puede reparar. Que se puede pedir perdón. Que también los adultos se confunden, y que eso no es tragedia, sino verdad. No tengas miedo de equivocarte. Porque cada vez que lo haces y te das cuenta, estás mostrándole a tu hijo(a) algo valiosísimo: que no es necesario ser impecable para ser digno de amor.

Y si hoy te sentiste impaciente, o torpe, o ausente… no te quedes atrapada ahí. Míralo. Abrázate. Dite: “hoy no fue perfecto, pero mañana vuelvo a intentarlo». Créeme, eso basta. Eso construye. A veces sentimos que tenemos que poder con todo: el trabajo, las tareas, las emociones de todos, las propias que nadie ve. Pero no es así. Tú no eres superheroína. Tú eres madre. Y eso ya es inmenso. Tu hijo(a) no necesita una mujer que nunca se caiga. Necesita saber que, cuando te caes, te levantas. Y que aún en el cansancio, sigues eligiéndolo(a).

Si esta carta te da esos famosos «cinco minutos» de respiro, de alivio, de ternura, entonces habrá cumplido su misión. Y si no, si simplemente pasó por ti sin dejar huella, igual quiero que recuerdes esto: no tengas miedo de equivocarte. Porque amar de verdad no significa no fallar. Significa estar, incluso después del error. Y eso, querida, tú ya lo haces. A tu modo. En tu tiempo. Con tus heridas y tus gestos. Así que respira. Llora si hace falta. Y después… sigue. No como quien carga el mundo sola, sino como quien sabe que en medio del caos, también se puede descansar un poco.

Con cariño inmenso y gratitud infinita.

Héctor Chávez Pérez

Lo que Hollywood no te dijo del psicoanálisis

«Donde estaba el ello, deberá advenir el yo»

-Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

Durante décadas, el cine y la televisión nos han enseñado que ir al psicoanalista es cosa de neuróticos ricos con demasiado tiempo libre. En el imaginario colectivo, la escena suele repetirse con mínimas variantes: un paciente recostado en un diván, hablando sin cesar mientras un hombre de barba gris anota silenciosamente o lanza interpretaciones grandilocuentes como «usted odia a su madre» o «quiere acostarse con su padre». A veces se vuelve comedia: el analista es torpe, distraído o incluso más desequilibrado que su paciente. Otras, la caricatura se convierte en amenaza: un profesional frío, manipulador o distante que parece jugar con la mente de quien confía en él. Entre una y otra distorsión, el resultado ha sido el mismo: una idea errónea, simplificada y francamente injusta de lo que implica un proceso analítico.

Pero el problema no es sólo lo que Hollywood muestra. Es lo que no dice: lo que omite, distorsiona o reemplaza por formatos más digeribles. Así, al espectador medio le resulta más fácil entender la lógica del coaching motivacional o la terapia breve centrada en soluciones, que adentrarse en el terreno pantanoso de un inconsciente que no siempre obedece al sentido común. En este contexto, no es raro que muchos, aun sintiendo la necesidad de iniciar un análisis, vacilen. Temen no entender, no hablar, no avanzar. Temen, sobre todo, lo que puedan encontrar de sí mismos cuando ya no haya nadie que les diga qué hacer.

Este encuentro no pretende dar una cátedra sobre teoría psicoanalítica, ni ofrecer garantías. Pero sí busca desmontar algunas de las fantasías más comunes que impiden a muchas personas siquiera considerar sentarse frente a un analista. Porque, a diferencia de lo que Hollywood nos hizo creer, en análisis no se trata de volverse normal. Se trata de volverse uno mismo, en serio.

El psicoanalista no es tu coach (ni tu gurú, ni tu madre)

En la cultura actual, saturada de consejos, frases motivacionales e influencers emocionales, resulta casi natural suponer que quien acude a terapia va a recibir indicaciones, soluciones prácticas o fórmulas para mejorar su vida. En muchos enfoques terapéuticos, esto puede ser parcialmente cierto: se diseñan objetivos, se trazan estrategias y se dan tareas entre sesiones. Pero el psicoanálisis no trabaja en esa lógica. El analista no da recetas, no sugiere caminos ni ofrece palabras de aliento prefabricadas. No es una figura de autoridad externa que diga qué hacer con la propia vida. No es ni coach, ni guía espiritual, ni confidente familiar. Y precisamente por eso su posición es tan potente.

En lugar de hablar desde un saber ya constituido, el analista se coloca en un lugar de escucha radical. Su función no es enseñar, sino permitir que el sujeto se escuche a sí mismo de otro modo. Esto puede resultar frustrante para quienes esperan orientación inmediata, pero es esencial para que el deseo propio —no el deseo del Otro— pueda emerger. Por eso, cuando alguien se pregunta «¿pero entonces qué se hace en análisis si el analista no habla mucho ni da consejos?», la respuesta es tan simple como radical: se trabaja con lo que el sujeto dice, y con lo que eso produce en él. El saber, si aparece, no viene del analista, sino del propio analizante, a veces en contra de su voluntad consciente. El analista no ordena. Desordena. No acomoda la vida del otro, pero sí crea un espacio donde algo de su verdad puede empezar a articularse. A veces, eso es más transformador que cualquier consejo bienintencionado.

La resistencia no es un error, es el punto de partida

Uno de los malentendidos más frecuentes entre quienes contemplan iniciar un análisis es creer que deben llegar preparados, dispuestos a hablar con fluidez, como si de una entrevista de trabajo se tratara. Pero en psicoanálisis, el silencio no es fracaso, la duda no es patología y la incomodidad no es una señal de que algo está saliendo mal. De hecho, son síntomas de que algo real está en juego. Freud no tardó en advertir que toda entrada al análisis está marcada por una resistencia: una fuerza psíquica que se opone al decir, al recordar, al desear. No porque el sujeto no quiera, sino porque hay algo en él que no se deja domesticar tan fácilmente.

La resistencia no es una falla en el proceso: es el proceso mismo. Y suele adoptar formas muy creativas. Desde el olvido de las sesiones hasta la racionalización excesiva, desde el hablar sin decir nada hasta el “esto no me sirve para nada”. Cada uno encuentra su estilo de defensa. Y en ese estilo, en ese rodeo, hay algo profundamente singular: una forma de estar en el mundo, de soportar el deseo, de protegerse del sufrimiento. El trabajo analítico no consiste en eliminar la resistencia a fuerza de voluntad, sino en ponerla a hablar. Es decir, en permitir que esa defensa cuente su propia historia.

En muchas representaciones cinematográficas, el paciente entra, se desahoga, recibe una interpretación reveladora y sale mejorado. Pero en la vida real, es mucho más probable que alguien pase meses —o años— bordeando un punto que no logra tocar. Y está bien. Porque el análisis no es una carrera por resultados, sino un trabajo de escucha que respeta el ritmo inconsciente. Lo que a veces parece estancamiento, es preparación. Lo que parece miedo, es el inicio de una pregunta seria sobre el deseo propio. Y eso no es debilidad, es coraje.

No se trata de actuar mejor, sino de dejar de repetir el papel (¿de víctima?)

La transferencia no es enamoramiento: es el campo de batalla

Si hay un concepto psicoanalítico que ha sido vulgarizado hasta el cansancio por el cine y la televisión, ese es la transferencia. La típica escena muestra a un paciente enamorándose perdidamente del analista —o viceversa— y generando todo tipo de enredos emocionales. La idea de que «te vas a enamorar de tu terapeuta» se ha convertido en chiste recurrente, cuando no en advertencia seria. Pero lo cierto es que, más allá de lo anecdótico, la transferencia no se reduce ni al amor ni al deseo sexual: es la puesta en escena, en el vínculo con el analista, de las marcas más profundas que constituyen al sujeto.

En análisis, no se trabaja sólo con lo que se dice, sino con el modo en que eso se dice, a quién se le dice, y desde dónde. En ese decir se reactivan vínculos pasados: con padres, hermanos, figuras de autoridad, con lo amado y lo temido. La transferencia no es una desviación del análisis, es su condición misma. No hay análisis sin transferencia porque no hay sujeto sin historia. Y esa historia, cuando se despliega, no lo hace sólo en recuerdos, sino en actos, omisiones, silencios, demandas y fantasías que se instalan en el vínculo con el analista.

¿Y por qué es un campo de batalla? Porque en esa transferencia se juega, una y otra vez, la posibilidad de repetir o de transformar. Lo que se pone en escena no es un teatro inocente, sino la posibilidad de volver a elegir distinto. El analista, al sostener una posición que no responde al deseo habitual del sujeto —no cede, no se enamora, no aconseja, no castiga— permite que algo nuevo se articule. A veces eso irrita, confunde, duele. Pero también abre una posibilidad inédita: no seguir atrapado en las mismas respuestas de siempre ante los mismos conflictos de siempre. Por eso la transferencia no es un obstáculo, sino el terreno fértil donde el síntoma puede volverse pregunta. Y donde esa pregunta, poco a poco, puede dejar de ser un enigma para transformarse en decisión.

No se trata de saber lo que te pasa, sino de soportarlo de otro modo

Uno de los mayores malentendidos en torno al psicoanálisis es pensar que su objetivo es dar explicaciones. Muchas personas llegan al análisis con una idea clara —o eso creen— de lo que les sucede: “soy así porque mi papá me abandonó”, “me cuesta confiar por culpa de mi ex”, “tengo ansiedad por mi trabajo”. Incluso se lo dicen al analista desde la primera sesión, como si entregaran una síntesis previa de su biografía, esperando una confirmación, una estrategia o una absolución. Pero el psicoanálisis no parte del saber consciente, ni de la causalidad lineal. Saber lo que a uno le pasa no equivale a dejar de repetirlo. De hecho, muchas veces ese saber se vuelve una coartada perfecta para no cambiar. Se convierte en discurso cerrado, en justificación. La pregunta no es tanto “¿por qué soy así?” sino “¿qué hago con esto que me pasa?”. Y aún más: “¿qué lugar ocupo yo en lo que me ocurre?”. Esa pregunta no se responde desde la teoría, sino desde la experiencia de decir, de escuchar-se, de encontrarse en lo que se dice.

En este sentido, el análisis no apunta a eliminar el síntoma como quien borra un error, sino a darle otra dignidad. A descubrir qué verdad lleva inscripta ese malestar, ese fracaso repetido, esa angustia que parece no ceder. El objetivo no es funcionar mejor, sino vivir con menos alienación. No se trata de obtener explicaciones lógicas, sino de alcanzar una forma nueva de soportar lo que duele, sin quedar reducido a eso. El síntoma deja de ser una condena para volverse una vía. Por eso, muchas veces, quien entra al análisis creyendo que ya sabe todo sobre sí mismo, termina descubriendo algo más inquietante: que hay un saber en juego que no se domina, pero que se insinúa en lo que se dice sin querer. Ahí comienza lo verdaderamente analítico: cuando el sujeto se encuentra no con lo que cree, sino con lo que lo habita.

No es magia. Es trabajo (pero del otro)

Quizá uno de los grandes errores de quienes se acercan al psicoanálisis con expectativas formadas por el cine, es creer que basta con ir, sentarse y hablar para que todo se acomode. Como si el sólo hecho de “sacarse las cosas de adentro” bastara para que esas cosas dejaran de doler. Pero en análisis no hay varitas mágicas. No hay soluciones inmediatas. Hay trabajo. Y lo hace el sujeto. El analista no interviene desde un saber omnisciente ni con técnicas estandarizadas. No hay recetas, ni fórmulas, ni pasos a seguir. El análisis no es una técnica aplicada sobre un paciente pasivo, sino un espacio ético donde algo del deseo se pone a trabajar. Y para que eso ocurra, el analizante debe implicarse. No basta con contar su historia: debe asumir una responsabilidad subjetiva en ella. Esto puede ser agotador, incluso doloroso. Pero también es profundamente liberador.

Por eso el análisis no busca que uno encaje mejor en el sistema, ni que sea más productivo o sociablemente adecuado. Busca que uno deje de vivir a merced de los mandatos inconscientes que lo gobiernan sin saberlo. Que pueda, poco a poco, desatar los nudos que lo atan a lo que repite. Que lo que antes era padecimiento, pueda convertirse en acto. Sí, es trabajo. Pero no es un trabajo cualquiera. Es el único trabajo en el que uno puede llegar a encontrarse, no con lo que esperaba ser, sino con lo que verdaderamente es. Y eso —aunque Hollywood no lo diga— puede ser mucho más transformador que cualquier final feliz con música de violines.

No eres tu síntoma

«El síntoma es una metáfora».
-Jacques Lacan

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en una época que ha logrado dos cosas al mismo tiempo: por un lado, visibilizar con justicia los malestares psíquicos y, por otro, reducirlos a etiquetas casi mercantiles. Si antes el sufrimiento era negado, hoy se ha vuelto marca personal. “Soy ansioso”, “tengo TDAH”, “soy una persona límite” —se dice con una mezcla de resignación, alivio y sentido de pertenencia. Como si el alma pudiera resumirse en un acrónimo clínico, y la biografía en un manual de diagnóstico.

Este encuentro no pretende negar la importancia de la psicopatología, ni romantizar el dolor. Pero sí levantar unas preguntas esenciales, que la filosofía y el psicoanálisis no pueden ignorar: ¿qué perdemos cuando confundimos al sujeto con su síntoma? ¿Qué queda del misterio de una persona cuando creemos haberla descifrado con tres letras? No, no eres tu síntoma. No lo fuiste antes de recibirlo, y no tienes por qué seguir siéndolo después.

El síntoma como lenguaje

Para Sigmund Freud, el síntoma no es una simple disfunción o un “error” de la mente. Es una formación del inconsciente, es decir, una construcción que expresa un conflicto psíquico no resuelto. No se trata de eliminarlo, sino de escucharlo. En palabras del propio Freud: “Los síntomas son actos sustitutivos que, a falta de otra solución, permiten que se satisfaga en forma encubierta un deseo reprimido” (Lecciones introductorias al psicoanálisis, 1917).

Este enfoque contrasta con el paradigma médico actual, donde el síntoma se interpreta como una anomalía que hay que suprimir. Freud, en cambio, enseñaba a leerlo como se lee un sueño, un lapsus, una obra de arte: como algo que tiene sentido, aunque no sea evidente. Esto implica que detrás de cada síntoma hay un sujeto. No un código genético, ni una tabla de neurotransmisores, sino una persona que sufre, que desea, que teme. Cuando el síntoma se convierte en identidad, ese sujeto desaparece.

El diagnóstico como consuelo y como prisión

Es comprensible que un diagnóstico pueda ser vivido como un alivio. Da nombre a lo que antes era caos. Permite reconocerse en una comunidad de otros que padecen lo mismo. Pero, como todo consuelo rápido, tiene un precio. El filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, advierte que vivimos en una cultura donde lo patológico ha sido privatizado: la sociedad genera condiciones de insalubridad psíquica, pero individualiza el sufrimiento. Escribe: “El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyendo que se está realizando. (…) Cuando no puede más, se culpa a sí mismo y no al sistema” (La sociedad del cansancio, 2010).

Así, el diagnóstico puede servir de sedante: “tengo ansiedad”, ergo, no tengo que cuestionar el entorno que me la provoca. Pero también puede operar como condena: si soy ansioso, ¿qué lugar queda para el cambio?

Lacan y el síntoma como metáfora del ser

Jacques Lacan, retomando a Freud, profundizó aún más en el carácter simbólico del síntoma. Para él, el síntoma es una metáfora fallida, un signo que remite a un vacío estructural del sujeto. Es lo que se forma cuando algo no puede decirse, pero insiste. “El síntoma es lo que viene en lugar de lo que no puede ser dicho” (La dirección de la cura, 1958).

Lacan fue muy claro en esto: el síntoma no es el sujeto, sino el modo en que el sujeto intenta estructurarse en medio del lenguaje y el deseo. Cuando decimos “soy ansioso”, nos olvidamos de que esa ansiedad es una respuesta a algo —no un origen, sino un efecto. No una identidad, sino un camino de retorno. Desde esta perspectiva, la cura no consiste en eliminar el síntoma, sino en reconfigurar su sentido. Es decir, en asumirlo no como cárcel, sino como enigma.

Etiquetas visibles, historias invisibles.

Sanar no es normalizar

Hay una tentación peligrosa en el discurso terapéutico moderno: la de convertir la salud mental en un proyecto de normalización. Sanar, se nos dice, es “funcionar bien”, “ser productivo”, “llevarse bien con los demás”. Pero ¿y si el alma no quiere adaptarse, sino despertar? El psicoanalista británico, Darian Leader, comparte lo siguiente al respecto: “Si el objetivo de la terapia es simplemente adaptarse a las exigencias del mundo moderno, entonces el coste puede ser la pérdida del sujeto mismo” (¿Qué es la locura?, 2011).

Quizá parte del sufrimiento psíquico actual sea esta inquietud desfigurada por un mundo que no sabe de descanso. En vez de escuchar el alma, la medicamos; en vez de discernir, diagnosticamos; en vez de confiar, controlamos. El síntoma puede ser una ocasión de conversión: no hacia lo “normal”, sino hacia lo verdadero.

Redescubrir al sujeto: una tarea urgente

Si la cultura del diagnóstico ha reemplazado al sujeto por su síntoma, entonces una de las tareas más urgentes es recuperar la pregunta por el “quién”. No el qué tienes, sino el quién eres. No el cómo funcionas, sino el para qué vives. Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, lo expresó con lucidez: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo” (El hombre en busca de sentido, 1946). Esta frase —tan citada como ignorada— contiene una verdad que incomoda a las formas actuales del discurso terapéutico: no basta con reducir el malestar, hay que encontrarle un sentido. No basta con funcionar mejor, hay que vivir con propósito.

Pero ese propósito no se impone desde fuera, ni se compra en talleres de autoayuda. Nace, muchas veces, de atravesar el síntoma. De escucharlo, de respetarlo como se respeta a quien trae una mala noticia que, sin embargo, revela algo verdadero. El síntoma, entonces, no es el enemigo. El verdadero peligro está en perder al sujeto que hay detrás. En anestesiar el alma para que encaje. En dejar que una palabra clínica nos robe el nombre, el rostro, la historia.

No, tú no eres tu síntoma. No eres tu ansiedad, ni tu trauma, ni tu diagnóstico. Eres alguien que ha sufrido, que busca comprender, que desea vivir mejor. Y eso —la dignidad de ser alguien— no hay etiqueta que lo abarque.

Carta al valor de ser uno mismo

Querido(a) lector(a):

No sé cuántas veces he escuchado la consigna de moda: “sé tú mismo(a)”. La repiten los libros de autoayuda, las marcas de ropa, los discursos motivacionales que duran lo que un café tibio. Pero lo que nadie dice es que ser uno mismo no se celebra realmente. Se tolera apenas. Y muchas veces, ni eso. Ser uno mismo —de verdad— no es una pose ni un eslogan. No es publicar una foto con un pie de página rebelde, ni disfrazarse de extravagancia para evitar el juicio. No. Ser uno mismo es, muchas veces, una forma de intemperie. Es caminar entre miradas que no comprenden, soportar juicios disfrazados de bromas, y ver cómo algunos se alejan sin decir adiós porque ya no pueden controlarte ni moldearte. Uno se va quedando solo, a veces. Más solo, pero más entero. Más sobrio, pero más libre.

Porque cuando decides no rebajar tu inteligencia para encajar, ni fingir humildad para no herir egos frágiles, ni callar tu fe para no incomodar a los escépticos, ni esconder tu tristeza para no parecer débil, ni ceder tu alegría para no molestar a los que viven del resentimiento… entonces, querido(a) lector(a), ya no puedes volver atrás. Empiezas a ver con nitidez lo que antes justificabas: los amigos que competían disfrazando su envidia de ironía, las conversaciones que eran campos minados de vanidades, los vínculos que se sostenían sólo mientras tú no brillaras demasiado.

A veces pienso en Ignatius J. Reilly, ese personaje monumental de La conjura de los necios (1980), tan insoportable como necesario. Su terquedad grotesca, su desprecio por la modernidad, su exagerado sentido de superioridad intelectual… son también un espejo deformado del que intenta no ceder a la estupidez que lo rodea. Es un hombre tan desubicado como honesto, tan ridículo como íntegro en su extravío. Y aunque nos riamos de él, también lo entendemos: en su exageración hay una defensa desesperada contra un mundo que lo empuja a traicionarse. Y también pienso en otros. En Antígona, por ejemplo, desafiando el decreto del poder para enterrar a su hermano, sabiendo que ese acto le costará la vida. ¿Qué otra cosa es ella sino el retrato puro del ser fiel a sí mismo aunque el precio sea altísimo? Y en Don Quijote, cuya locura no es más que una forma elevada de fidelidad a un mundo que ya no existe, pero que él se empeña en hacer presente. Lo llaman loco… porque no entienden que él ve más lejos. Como todo verdadero lúcido. O en Raskólnikov, el atormentado protagonista de Crimen y castigo (1866), cuya caída no es por haber matado, sino por haber creído que podía hacerlo sin consecuencias. Es, al final, la conciencia la que lo persigue, no la ley. Y eso también es ser uno mismo: descubrir, a veces tarde, que tu alma no se negocia, ni siquiera en nombre de una idea brillante. Incluso pienso en figuras más discretas, como Franny Glass, en la obra de Salinger. Esa joven que colapsa espiritualmente porque no puede soportar la falsedad académica, la arrogancia de los intelectuales huecos, el ruido del mundo sin alma. Se encierra, se enferma, pero también despierta. Y su despertar es silencioso: una oración continua, una pequeña llama que arde sin escándalo, pero no se apaga.

Mientras el mundo camina en fila hacia la obediencia ciega, el alma libre elige su propio paso —y sonríe.

¿Y tú, lector(a)? ¿Qué precio has pagado por ser tú mismo(a)? ¿A cuántos has tenido que dejar atrás, no con rabia, sino con un nudo en el pecho, porque te diste cuenta de que ya no podías seguir mendigando comprensión donde sólo había juicio? ¿Cuántas veces te han hecho sentir culpable por tu claridad, como si pensar bien fuera un delito? ¿Cuántas veces te han llamado arrogante sólo porque no te disculpaste por tener una voz propia? El acomplejado no siempre grita. A veces se disfraza de amigo, de colega, de interlocutor. Pero su patrón es reconocible: necesita apagar luces ajenas para no ver su propia sombra. Te ridiculiza en público, te corrige sin razón, se ofende cuando señalas lo evidente, y se ausenta cuando ya no puede influir en ti. Y aquí estás tú. Todavía firme. Quizá más cansado(a). Quizá más selectivo(a). Pero todavía tú.

Ser uno mismo en un mundo así no es una postura estética. Es una postura espiritual. Es el acto profundo de no traicionar la voz interior, de no diluirse en las aguas tibias del agrado ajeno. Es vivir con raíz, aunque no siempre haya flores visibles. Es sostener la llama, incluso cuando el viento de la mediocridad sopla con violencia. Y por eso, si alguna vez dudas… si te sientes solo(a), extraño(a), fuera de lugar… si crees que no vale la pena seguir siendo tú en medio de un mundo de apariencias y de acomplejados organizados en clubes de sarcasmo… vuelve a los grandes. Vuelve a los personajes que te formaron, a las páginas donde sentiste por primera vez que no estabas solo(a). Vuelve a tu oración, si crees. O a tu pensamiento más honesto, si dudas. Vuelve, sobre todo, a ti. Porque este mundo necesita menos adaptados y más fieles. Menos simpáticos funcionales y más almas que, aún rotas, aún heridas, aún cansadas… sigan eligiendo ser ellas mismas.

Con firmeza, con afecto, y con una esperanza que no se explica —pero tampoco se apaga—,

Héctor Chávez Pérez

P.d. En un mundo como éste, tener el valor de ser uno mismo es en sí un verdadero acto revolucionario. Cuando dicen «es que pensamos igual», te puedo asegurar que uno está pensando por todos. Es que las copias son eso… y nada más.

IA y la salud mental

“Las máquinas nos dan respuestas; pero sólo el alma humana puede formular las verdaderas preguntas”.
— Viktor Frankl

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en un tiempo extraño: tan hiperinformado como desorientado, tan conectado como solitario. La inteligencia artificial (IA), protagonista indiscutible de esta nueva era, no sólo ha modificado la manera en que nos comunicamos, trabajamos o consumimos, sino también —y quizá de forma más silenciosa— cómo nos pensamos a nosotros mismos. En el ámbito de la salud mental, su presencia es cada vez más visible: plataformas que ofrecen apoyo emocional, algoritmos que detectan señales de riesgo suicida, sistemas que prometen una psicoterapia automatizada y sin demoras.

A primera vista, esto puede parecer una bendición: en un mundo donde el sufrimiento psíquico se ha vuelto pandemia, contar con herramientas accesibles, inmediatas y eficaces suena como una respuesta esperanzadora. Sin embargo, la pregunta no es sólo qué puede hacer la tecnología, sino qué está dejando de hacer la presencia humana. ¿Qué se pierde cuando el consuelo llega en forma de notificación? ¿Qué se rompe cuando el otro es sustituido por una interfaz? Esta entrada se adentra en ese intersticio entre la promesa del algoritmo y la herida del alma: un diálogo urgente entre inteligencia artificial y salud mental.

La promesa tecnológica: prevención, eficiencia y vigilancia emocional

Uno de los grandes atractivos de la IA en salud mental es su capacidad para procesar datos masivos y detectar patrones antes de que un síntoma se verbalice. Estudios recientes muestran que, mediante el análisis de publicaciones en redes sociales, registros de voz o patrones de sueño, los algoritmos pueden predecir episodios depresivos o ansiosos con una precisión notable. Esto abre posibilidades fascinantes en términos de prevención y acceso temprano a tratamiento, sobre todo en regiones con escasez de profesionales. En una de sus aportaciones, Johannes C. Eichstaedt nos explica: “Los algoritmos pueden identificar marcadores lingüísticos de depresión con una precisión del 70%, incluso antes de que el sujeto haya sido diagnosticado clínicamente» (Nature Human Behaviour, 2018).

Sin embargo, detrás de esta precisión cuantitativa se esconde un problema cualitativo: la reducción del sujeto a un perfil de riesgo. El algoritmo no escucha el sufrimiento; lo clasifica. No aloja la palabra; la traduce a variables. Y eso plantea una paradoja inquietante: cuanto más eficaz es la IA en predecir, menos espacio deja para el acontecimiento subjetivo, lo imprevisto, lo que irrumpe sin lógica. El riesgo, entonces, no es sólo técnico sino clínico: pensar que saber antes equivale a curar mejor, cuando en realidad, en salud mental, lo importante no es la anticipación sino el encuentro.

¿Puede una máquina escuchar el dolor?

Surgieron ya múltiples aplicaciones que ofrecen acompañamiento emocional 24/7. Algunas, como Woebot o Wysa, se presentan como “robots empáticos” entrenados en terapia cognitivo-conductual, capaces de sostener conversaciones aparentemente afectuosas y de dar consejos útiles para lidiar con el estrés o la ansiedad. Pero no descuidemos un punto importante: esta función de la IA no es y no debe ser un sustituto del analista o terapeuta. Hablamos sólo de una compañía momentánea, una contención del momento. En una entrevista para la revista Forbes en 2018, la fundadora de Woebot Health, Alison Darcy, decía esto: “Woebot no fue creado para reemplazar a los terapeutas, sino para acompañar a las personas allí donde están — en sus teléfonos — y ofrecer algo útil en el momento». Esto en sí es inquietante y muy alarmante, ya que nos hace ver una realidad que estamos descuidando: el acompañamiento cada vez se vuelve más y más artificial. ¿Dónde están los demás?

Lo que distingue la escucha clínica no es la amabilidad del lenguaje ni la coherencia de la respuesta. Es la capacidad de sostener la palabra del otro sin apresurarla, de tolerar su ambigüedad, su repetición, su silencio. Es comprender que el dolor no siempre busca una solución, sino un lugar donde ser dicho. Jacques Lacan advertía que “la palabra tiene efectos de cuerpo” (Escritos, 1966). Y ese cuerpo, en la clínica, no es sólo el del analizando: es también el del analista, el terapeuta, el otro encarnado que se conmueve, se cansa, se confunde y, aun así, permanece. La IA, por su propia estructura, no puede ser afectada. Puede simular empatía, pero no padecerla. Y eso, en el vínculo terapéutico, hace toda la diferencia.

No habrá inconsciente, pero al menos sí protocolo…

El sujeto dividido frente al algoritmo que todo lo sabe

En el corazón del psicoanálisis habita una certeza: el sujeto está dividido. No es dueño de su palabra ni transparente ante sí mismo. Se contradice, se pierde, se traiciona. Su dolor no siempre tiene sentido, y muchas veces lo que más sufre es lo que no puede nombrar. La IA, por el contrario, opera bajo el principio de la consistencia. Busca regularidades, reducir ambigüedades, optimizar comportamientos. Y aunque esto puede ser útil para predecir ciertas conductas, es profundamente insuficiente para alojar lo que el sujeto no sabe que dice cuando habla. En su libro, Cinco lecciones sobre el psicoanálisis (1992), Juan David Nasio señala algo que nos es de mucha utilidad en este tema: “El inconsciente no es un algoritmo: no responde a reglas explícitas, sino a desplazamientos, condensaciones y silencios”.

El riesgo aquí no es sólo técnico, sino simbólico: que la lógica del rendimiento colonice también los territorios del alma. Que el síntoma, lejos de ser escuchado como un mensaje cifrado, sea visto como un error de sistema a corregir. Que el deseo se confunda con un desajuste estadístico. Y que el sufrimiento, en lugar de ser atravesado, sea simplemente callado por una notificación bien redactada.

Más conectados, más solos

Vivimos en la era de la conectividad constante. Sin embargo, nunca como ahora hemos sentido tan intensamente la soledad. No soy el primero ni el único en decirlo, pero sucede mucho que en las redes sociales, sobre todo Facebook, el efecto es demoledor: nos acerca a gente lejana, nos aleja de gente cercana. Sumado a esto, la inmediatez (de la que ya hemos hablado en varios encuentros) hoy exige más de lo que realmente se puede ofrecer. Es irónico, porque incluso podemos señalar «lo que es humanamente imposible de ofrecer»: presencia constante y activa. En este contexto, la IA promete una presencia permanente, una compañía sin juicio, sin demora, sin conflicto. Pero, ¿qué clase de presencia es aquella que no puede faltar? Hace unos días asistí a una lectura sobre la obra de Byung-Chul Han, en donde uno de mis queridos amigos hizo hincapié en una cita que hasta apunté: “El malestar actual no proviene de la falta de herramientas, sino de la falta de vínculos reales. La IA puede ser una prótesis, pero nunca un otro” (La expulsión de lo distinto, 2014). Un efecto más del «progreso» tecnológico: la deshumanización de las relaciones. Donde «sustituir» se vuelve «expulsar».

La clínica —y, más ampliamente, la experiencia humana— necesita del otro como alteridad, no como reflejo. El vínculo que cura no es el que responde siempre bien, sino el que permite habitar la incertidumbre. La IA, en su afán de eficiencia, nos da respuestas limpias y rápidas. Pero lo humano se gesta, muchas veces, en la espera, en el equívoco, en el no saber. No es casual que muchas personas que han conversado largamente con asistentes de IA terminen experimentando una angustia sorda: intuyen que, en el fondo, no hay nadie del otro lado. Y eso, más que consolar, desampara. ¿Uno puede encontrar consuelo en una respuesta fría, calculada y estadística?

Ética, límites y responsabilidad clínica en tiempos de automatización

El ejercicio clínico no es una técnica neutral. Implica una ética: una disposición a hacerse responsable por el otro, a poner el cuerpo —no sólo en sentido físico, sino afectivo, simbólico, incluso espiritual— frente al dolor ajeno. La IA, por muy potente que sea, no puede asumir responsabilidad. Puede calcular probabilidades, pero no cargar con consecuencias. Puede indicar riesgos, pero no decidir qué hacer con ellos. Y, sobre todo, no puede responder con presencia cuando algo en el otro se rompe. De hecho, hay que ser justos con la IA también, ya que en sus respuestas suelen concluir con una recomendación de buscar apoyo profesional, filial o familiar. Pero eso, como pasa seguido, es lo que menos se lee. ¿Y por qué no se lee? Porque ya hay una resistencia de por medio: si estoy con la IA, es porque no encontré a alguien más. Por miedo, por pena, por inseguridad, por la razón que queramos. Ya que todo acto clínico implica una responsabilidad subjetiva. La IA no puede ser imputable del sufrimiento que toca.

Conviene recordar a Hans Jonas: “La técnica debe ser guiada por una ética del futuro, una ética de la responsabilidad por la fragilidad humana» (El principio de responsabilidad, 1979). Por eso, más que pensar en reemplazar al terapeuta con una IA, conviene imaginar modos de complementariedad responsables, donde la tecnología amplíe el acceso, pero no sustituya el lazo. Donde el algoritmo sea herramienta, pero nunca interlocutor. Donde lo humano, con su fragilidad y su exceso, siga siendo el centro.

Reflexión final

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse, y su aporte a la salud mental puede ser valioso. Pero también nos confronta con una decisión profunda: ¿queremos alivio o queremos sentido? ¿Queremos que nos calmen o que nos escuchen? ¿Queremos una respuesta rápida o una compañía real? En Crónicas del Diván, sabemos que el alma humana no se deja reducir a patrones ni a comandos. Que el dolor, cuando se dice, necesita un otro que lo escuche de verdad. Que el consuelo no está en la respuesta correcta, sino en la presencia que no se va. Tal vez la IA pueda ayudarnos a llegar antes. Pero aún necesitamos alguien que, al abrir la puerta, nos diga: “aquí estoy, no sé todo… pero te escucho”.

Vivir con el mundo al hombro

«La esperanza es el sueño del hombre despierto».

-Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Hay días en los que uno se sienta frente a la taza de café con el alma hecha trizas, aunque nadie lo note. Afuera brilla el sol, los pájaros cantan, y sin embargo, por dentro… algo no está bien. No es una tristeza concreta. No es un duelo inmediato. Es otra cosa. Una especie de peso invisible que se acumula con cada noticia, cada imagen, cada tragedia retransmitida a tiempo real. Es un cansancio del que no se habla porque no tiene forma clara. Un agotamiento que no nace de lo personal, sino de lo colectivo. Del mundo que duele, de lo que no podemos solucionar, de lo que sentimos demasiado grande para comprender y demasiado cercano para ignorar.

A veces creo que el alma también tiene su propio tipo de inflamación. No se ve, no se diagnostica, pero se siente. Como si estuviéramos viviendo con una conciencia herida por exceso de realidad. Una realidad que entra sin filtro por la pantalla del celular, por los titulares de prensa, por los comentarios en redes, por los rostros ajenos en el transporte público. Todo se nos mete al cuerpo. Y no siempre sabemos qué hacer con eso. En el consultorio, este dolor también aparece. No con nombres geopolíticos, pero sí con síntomas: insomnio, ataques de ansiedad, irritabilidad, sensación de culpa, desesperanza. Personas que no entienden por qué no logran estar bien, cuando «en teoría» todo en su vida está más o menos en orden. Y al escarbar un poco, aparece: el mundo. Lo que pasa en él. Lo que arde. Lo que muere.

Y en ese momento, surge una pregunta silenciosa: ¿Cómo se vive con el mundo al hombro sin que nos rompa por dentro? Lo diré con toda franqueza: no tengo una respuesta mágica. Pero sí algunas palabras. Algunas ideas que me han sostenido. Algunos autores que me han ayudado a mirar el abismo sin dejarme caer. Es de eso de lo que quiero hablar hoy.

La herida de ver todo

Antes, lo que pasaba en otro continente era apenas un rumor que llegaba con retraso. Una noticia de periódico, una imagen borrosa en el noticiero de las diez. Hoy, basta abrir el celular para sentir que el dolor del mundo entra por los ojos como si fuera nuestro. No estamos diseñados para tanta exposición. El alma humana necesita tiempo, espacio, silencio, incluso ignorancia. No por evasión, sino por protección. Pero el flujo de información no da tregua. La guerra, el hambre, la violencia, el colapso ambiental… todo aparece entre una foto de un desayuno perfecto y un meme sobre gatos. Lo trágico y lo trivial conviven en la misma pantalla, en el mismo instante. Y eso —aunque no siempre lo notemos— nos rompe. La conciencia moderna está desbordada. Y el problema no es solo que nos informamos, sino que no sabemos qué hacer con lo que nos informamos. Porque saber duele. Y no poder actuar frente a ese dolor nos deja en un limbo entre la empatía y la impotencia.

Arthur Schopenhauer, en uno de sus textos más sombríos y necesarios, lo expresa sin anestesia: “Si se pusiera sobre una balanza el placer y el dolor de la humanidad, veríamos que el dolor pesa mucho más” (Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir, 2006). Sus palabras no buscan deprimirse ni deprimir. Sólo constatar que el sufrimiento no es un accidente de la existencia: es su estructura de fondo. Y sin embargo —y aquí está la paradoja— saber eso no nos libera del impacto de cada nuevo dolor. Por eso tantas personas hoy caminan con una tristeza muda. Porque no saben si están cansadas de vivir, o si lo que realmente las cansa es ver que el mundo sigue su marcha sin compasión. No es que falte sensibilidad. Lo que falta es espacio para tramitarla. Cuando el dolor se acumula sin un lugar donde volcarlo, se transforma en ansiedad, en apatía, en cinismo.
Y eso, en cierto modo, es también una forma de herida.

Leer a quienes atravesaron el fuego

Hay días en los que no basta con apagar la televisión o cerrar la app de noticias. La mente sigue alterada, como si los ecos del mundo siguieran resonando por dentro. Y en esos días —justamente en esos—, suelo volver a ciertos autores que han sabido mirar de frente al horror… y escribir sin perder la dignidad. Primo Levi, por ejemplo, no escribió desde el resentimiento ni desde la desesperación, sino desde un lugar más difícil: el de la lucidez moral. Su relato del campo de concentración no se detiene en el espectáculo de la crueldad, sino que interroga la raíz misma de lo humano. Nos dice: “Comprender es casi justificar. No queremos comprender lo que sucedió, porque si lo comprendiésemos, lo justificaríamos” (Si esto es un hombre, 1947). Su escritura es una advertencia contra el olvido, pero también un acto de compasión hacia quienes ya no pueden contar su historia.

Svetlana Aleksiévich, por su parte, eligió no escribir desde su voz, sino desde las voces de otros. En Voces de Chernóbil (1997), y en La guerra no tiene rostro de mujer (1983), se dedicó a escuchar —pacientemente, dolorosamente— a quienes vivieron las catástrofes más brutales del siglo XX. No teoriza. No interpreta. Sólo deja que hablen. Y en ese acto de escucha radical, la literatura se convierte en acto terapéutico colectivo. Paul Celan, el poeta nacido en Czernowitz, escribió después de Auschwitz en un idioma que ya no creía posible. Sus versos, hechos de silencios y cortes, de palabras que no alcanzan, son una plegaria imposible, un eco de lo que no se puede decir, pero tampoco se debe callar. “Nadie da testimonio por el testigo» (Méridien, 1960).

Y luego está Etty Hillesum, esa joven judía holandesa que, sabiendo que sería llevada al campo de concentración, escribió un diario donde se permitió decir, incluso en medio del terror: “La vida es bella a pesar de todo” (Diario, 1941–1943). No por ingenuidad. No por negación. Sino por una sabiduría que solo se alcanza cuando se elige no odiar, aun con razones para hacerlo. Estos autores no nos ofrecen consuelo fácil. Pero ofrecen otra cosa: nos enseñan que escribir, recordar, llorar, y seguir amando, incluso en ruinas, es posible. Que el dolor compartido no se vuelve más liviano, pero sí más habitable. Y eso, a veces, es lo único que necesitamos para no rendirnos.

«No era que el mundo dejara de doler, pero al menos, por un momento, él eligió cuidarse».

Cuando el dolor llega al consultorio

El dolor del mundo no siempre llega a la sesión con titulares. A veces entra disfrazado de insomnio, de crisis de llanto inexplicable, de angustia flotante. No se presenta como “la guerra”, “la injusticia” o “la violencia del sistema”, sino como una frase suelta: “No sé qué me pasa”. «Me siento mal por estar bien”. “Todo me afecta demasiado”. Y entonces el trabajo clínico no es diagnosticar, sino acompañar. Ayudar a que ese “todo” encuentre forma, límite, palabra. Que deje de ser una nube que lo cubre todo y se convierta, al menos, en una lluvia que puede llorarse. El dolor colectivo también deja marcas individuales. Vivimos en un mundo donde la tristeza parece un lujo, donde se espera que sigamos funcionando aunque el alma esté en huelga. Se nos exige productividad, resiliencia, optimismo, y cuando no lo logramos, encima sentimos culpa.

En el diván, lo primero es suspender esa exigencia. Dar permiso para no estar bien. Para decir que el mundo duele. Para confesar que uno no puede con todo, y no por eso es menos fuerte. El psicoanálisis no ofrece recetas. Ni cura el mundo. Pero crea un espacio —único y necesario— donde lo que arde puede decirse sin que nadie lo apague a la fuerza. Y a veces, eso basta. Porque cuando alguien puede decir lo que siente sin ser corregido, ya empezó a curarse. Y cuando alguien escucha sin juzgar, sin comparar, sin interrumpir… ya está ayudando a sostener un poco el peso del mundo. Incluso el silencio, en esos momentos, se vuelve contenedor. No porque oculte, sino porque da lugar. Porque dice: “Estoy aquí. Puedes traer tu angustia sin temor. No vamos a huir de ella”. El consultorio no es un refugio para huir del mundo. Es un lugar donde se aprende a volver a él con más alma, no con más coraza.

Una forma de resistencia: cuidar el alma, cuidar la mente

No todo podemos entender. No todo podemos cambiar. Pero sí podemos decidir qué entra, qué permanece, qué se cuida. Cuidar el alma, cuidar la mente, no es huir del mundo, sino resistirse a que el mundo nos endurezca por dentro. Es preservar la ternura en medio de la violencia. La atención en medio del ruido. El sentido en medio del sinsentido. Y eso también es político. También es ético. También es espiritual. En días de saturación, la respuesta no siempre es saber más, sino sentir distinto. Volver a lo simple: tocar música, leer algo hermoso, caminar sin prisa, mirar el rostro de alguien que amamos, decir una oración breve aunque no sepamos bien a quién va dirigida. Pedir ayuda. Escuchar con el corazón. Agradecer sin motivo.

A veces, eso basta para que el alma no se hunda. Schopenhauer —quien no solía escribir desde la esperanza— lo insinuó con crudeza, pero sin cinismo: “El destino mezcla las cartas, y nosotros las jugamos. Pero si jugamos bien, incluso la peor mano tiene su dignidad” (Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir, 2006). No se trata de negar la oscuridad. Se trata de no alimentarla. De no permitir que nos robe lo que aún puede florecer. Quizá no podamos apagar todos los incendios del mundo, pero sí podemos cuidar que el nuestro no se extinga de tristeza. Porque un corazón que aún ama, que aún canta, que aún se detiene a mirar una flor o un rostro, es ya un acto de resistencia luminosa.

Habitar: a propósito de Guillermo Fadanelli

«Quien desea habitar debe cargar con la soledad de sus preguntas».

-Guillermo Fadanelli

Queridos(as) lectores(as):

Últimamente se ha puesto de moda decir que “hay que aprender a habitar”. Se repite la palabra en redes, en talleres, en libros de autoayuda disfrazados de filosofía. Algunos la usan como sinónimo de mindfulness, otros como metáfora del arraigo, y hay quienes la lanzan sin saber muy bien qué significa. Pero… ¿qué es, en realidad, habitar? ¿Qué habitamos? ¿Qué creemos habitar y qué, sin saberlo, apenas ocupamos?

Guillermo Fadanelli, en En busca de un lugar habitable (2018), lanza una premisa incómoda: “El lugar habitable no es necesariamente el más cómodo, sino aquel en el que podemos sostenernos sin mentirnos”. Y eso cambia todo. Porque entonces no se trata de encontrar una casa bonita, un país estable o una pareja funcional. Habitar, según esta idea, tiene menos que ver con el confort y más con el coraje. Con la posibilidad de permanecer —aunque sea un rato— sin evasiones, sin adornos, sin máscaras.

¿Qué significa habitar algo?

Martin Heidegger, en su célebre ensayo Construir, habitar, pensar (1951), escribió: “Habitar es la manera en que los mortales están en la tierra”. Pero esa frase, que parece tan simple, contiene una profundidad desconcertante. ¿Qué implica “estar” realmente? ¿Qué diferencia hay entre ocupar un lugar y habitarlo? Tal vez la clave esté en comprender que habitar no es sólo permanecer, sino vincularse. Habitar algo es reconocerlo como propio, aunque no nos pertenezca. Es hacer de un espacio —físico, simbólico o emocional— un lugar desde donde vivir y no sólo pasar. Es asumir un compromiso silencioso con la permanencia, aunque no sepamos cuánto dure.

Habitar es estar con el cuerpo, con el pensamiento y con el deseo. Por eso hay tantas personas que viven en casas, pero no las habitan; que están en relaciones, pero no las sienten como refugio; que ocupan sus cuerpos como si fueran un abrigo ajeno. Gaston Bachelard, en La poética del espacio (1957), decía que: “La casa es el primer mundo del ser humano. Antes de ser arrojado al mundo, el hombre está colocado en la cuna de la casa”. Habitar, entonces, no es sólo construir techos, sino construir sentido. Por eso no hay espacio sin subjetividad: una casa puede ser cárcel o cobijo, según quien la mire. Un silencio puede ser descanso o amenaza. Una ausencia puede ser olvido o fidelidad.

El psicoanálisis lo sabe: habitamos no sólo espacios, sino también símbolos, traumas, duelos y palabras. Y muchas veces habitamos mal. Nos instalamos en la queja, en la repetición, en la autoexigencia, en el mandato. Jacques Lacan, en su Seminario XI (1973), nos recuerda: “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”. Entonces, ¿será que también habitamos el lenguaje? ¿Será que nuestras palabras —las propias o las heredadas— son las paredes que definen nuestro mundo interno? Si es así, tal vez sanar sea también reaprender a hablar. A decir. A significar. Rainer Maria Rilke escribió en una de sus cartas (1904): “Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan vernos actuar, sólo una vez, con belleza y valentía”. Y eso es también habitar: mirar de frente. Estar donde uno está. No sólo porque no hay otro lugar, sino porque ahí —justamente ahí— puede comenzar algo distinto.

Lo que habitamos (y lo que pretendemos habitar)

Habitamos un cuerpo, sí. Pero muchas veces lo hacemos como si fuera un lugar prestado, incluso hostil. Hay cuerpos en los que se sobrevive, pero no se vive. Cuerpos que no se sienten como hogar, sino como trinchera. Juan David Nasio, en El dolor de amar (1996), escribe: “Una persona habita su cuerpo cuando le da sentido”. Y para darle sentido hay que dejar de huir de él. Escucharlo. Habitar no es imponerse en un cuerpo, sino reconciliarse con su lenguaje. Con sus dolores, sus pliegues, su memoria. Habitamos también vínculos: amistades, amores, familias. Pero no todos los vínculos son lugares habitables. Hay relaciones que se viven como laberintos, como hoteles en los que uno nunca deshace la maleta. Y sin embargo, persistimos. Porque habitarlos nos da una ilusión de permanencia, aunque sea ficticia.

A veces habitamos la costumbre como si fuera pertenencia. El trabajo como si fuera identidad. Las redes sociales como si fueran comunidad. Y así vamos construyendo una arquitectura del yo tan frágil como el scroll: inmediata, reactiva, sin profundidad. Fadanelli apunta con su bisturí en En busca de un lugar habitable (2018): “Hay quien habita una biblioteca para no habitar su cabeza. Hay quien habita un trabajo para no habitar su soledad”. No es una condena. Es una descripción de lo que somos capaces de hacer para sentir que estamos en alguna parte. Porque el desarraigo asusta. Porque el vacío, cuando no se mira de frente, se llena con cualquier cosa. Clarice Lispector, en su entrañable La hora de la estrella (1977), escribe: “Estoy intentando entender lo que hago, lo que quiero, lo que busco”.

Ese intento —humilde, confuso, a veces torpe— puede ser ya un acto de habitar. Porque quien se pregunta por lo que busca está al menos presente en su propio deseo, aunque no sepa nombrarlo del todo. Habitamos también el pasado. Y el duelo. Y los silencios. Alejandra Pizarnik dejó dicho en sus Diarios (2003): “Yo no sé de qué casa soy. Quizá no soy de ninguna”. Pero incluso en esa errancia, en esa confesión, hay algo que comienza a sostenerse. Porque nombrar la intemperie también es una forma de construir abrigo.

«Golconda» (1953) de René Magritte.

Habitar sin autoengaño

Hay quienes piensan que habitar es sinónimo de estar cómodos. Que basta con tener una casa ordenada, una rutina estable y una relación más o menos funcional para decir: “esto es vida”. Pero Fadanelli desconfía profundamente de esas formas limpias del bienestar. No porque esté en contra de la calma, sino porque sabe que muchas veces esa calma es un decorado que esconde un temblor. En En busca de un lugar habitable (2018), escribe: “Buscar un lugar habitable no es una empresa romántica. Es un acto de lucidez. De brutal sinceridad con uno mismo”. Esa frase da un giro importante: nos obliga a renunciar a la idea de que habitar es encontrar un refugio sin conflicto. Por el contrario, lo habitable parece estar más cerca del coraje de mirar lo que hay —y lo que no hay— en nosotros. Sin edulcorantes. Sin ficciones piadosas.

El psicoanálisis, en este punto, coincide. Analizarse no es decorar la casa, sino mover muebles viejos, abrir cuartos cerrados por años, sacar cajas que huelen a infancia. Y no siempre se encuentra algo bello. A veces se encuentra miedo. A veces, rabia. A veces, nada. Fadanelli lo expresa con una honestidad cruda: “Uno puede tener cama, pareja, amigos, libros, perro… y aún así sentirse expulsado de sí mismo. Porque no se trata de lo que uno tiene, sino de lo que uno puede sostener”. Y lo que uno puede sostener es, muchas veces, menos de lo que cree. Porque habitar sin autoengaño es una forma de asumir límites. No como fracaso, sino como acto de dignidad. Como forma de reconocerse en la medida justa del deseo.

En las sesiones, no es raro escuchar a alguien decir: “todo está bien, pero yo no estoy ahí”. Ese desfasaje entre la escena externa y la vivencia interna es, quizá, el síntoma más claro de que habitamos desde la apariencia, pero no desde la presencia. Y entonces aparece la pregunta: ¿queremos realmente habitar algo o sólo queremos que parezca que sí? Fadanelli no ofrece respuestas. No es su estilo. Pero deja caer sentencias que incomodan. Como esta: “El lugar habitable no es aquel donde todo funciona, sino donde uno puede pensar sin miedo”. Tal vez por eso —y esto no lo dice él, pero podría— los lugares más habitables no son los más bonitos, sino los más verdaderos.

Habitar, al fin

Habitar no es un acto definitivo. No es una conquista ni una certeza. Es, más bien, un ejercicio diario. Un estar y volverse a estar. Un gesto humilde, repetido con el paso de los días, como quien prende una vela en medio del viento. No se habita del todo. Pero se puede empezar. Con una pregunta verdadera. Con una palabra dicha sin disfraz. Con la decisión de no mentirse más, aunque cueste. Guillermo Fadanelli, con su estilo seco y necesario, advierte: “Buscar un lugar habitable implica reconocer que lo habitable también duele” (En busca de un lugar habitable, 2018).

Porque lo habitable no es lo perfecto, ni lo feliz en el sentido plano de la palabra. Lo habitable es lo que podemos sostener con dignidad, con deseo, con límites. Es ese lugar donde se puede llorar y respirar. Donde uno no se pierde a sí mismo por estar con otros. Donde el cuerpo no se siente extraño. Donde las palabras no sólo llenan el aire, sino que dicen algo. Quizá por eso, en el fondo, habitar sea resistir la tentación del simulacro. Resistir las versiones editadas de nosotros mismos. Resistir el exilio constante del presente.

Y si hay un lugar donde esa resistencia comienza, no es una casa ni una ciudad ni un paisaje. Es el interior. El íntimo, profundo, caótico y valiente interior del sujeto. Habitar, al fin, es estar ahí. Donde duele, donde tiembla, donde todavía —a pesar de todo— hay algo que vive.

La cultura del trauma

«El trauma es el resultado de una ruptura brutal de la confianza; una herida profunda en la fe misma en el mundo y en los otros».

-Sándor Ferenczi

Queridos(as) lectores(as):

Hay heridas que no piden ser mostradas. Hay dolores que no buscan aplausos ni miradas ajenas, sino un espacio interior donde poder ser nombrados sin juicio. Sin embargo, vivimos en tiempos en que incluso el dolor parece haber sido arrastrado al escenario público, convertido en estandarte, en etiqueta, en identidad. La palabra «trauma» —que en otro tiempo era pronunciada con respeto, casi en susurro— hoy se alza como bandera en discursos breves, en publicaciones instantáneas, en narraciones que a veces confunden la catarsis con la exposición. Pero el verdadero trauma no se exhibe; se atraviesa. No busca ser celebrado, ni comentado, ni validado con aplausos virtuales. Busca sentido. Busca escucha. Busca dignidad.

Desde el diván —ese territorio sagrado donde las palabras se atreven a rozar lo innombrable— sabemos que el dolor auténtico no grita para ser oído, sino que susurra en busca de quien sepa escuchar sin prisa, sin escándalo, sin exigencia de espectáculo. Hoy quisiera invitarlos a caminar juntos por un tema delicado, pero urgente: la banalización del dolor, la mercantilización del trauma, y la posibilidad —aún viva, aún luminosa— de devolverle al sufrimiento su espacio sagrado. Porque quizá, antes que hablar de sanar, debamos recordar cómo se honra una herida.

El dolor como mercancía

No todo lo que duele debe ser contado al mundo. Y, sin embargo, vivimos en una época donde el sufrimiento parece no tener valor si no se comparte, si no se sube a una red, si no genera alguna forma de aprobación. Como si el dolor necesitara ahora likes para ser válido.
Como si lo íntimo tuviera que justificarse con visibilidad. La palabra «trauma», que en su raíz griega significa «herida», ha sido despojada de su espesor. Se repite en conversaciones cotidianas como si fuera sinónimo de molestia, de incomodidad, de cualquier malestar que toca apenas la superficie. Pero el trauma verdadero no es ruido: es ruptura. No es moda: es fractura del alma.

En algunos discursos actuales se ha confundido el legítimo derecho a narrar lo vivido con una necesidad de exposición constante. Se cree que mostrar el dolor es, por sí mismo, un acto de sanación. Pero lo cierto es que no todo lo que se expone se elabora. Y no todo lo que se elabora necesita ser expuesto. Byung-Chul Han, con su mirada crítica hacia nuestra época del exceso, lo expresó con precisión: «Cuando el dolor se exhibe, pierde su carácter narrativo y se transforma en mercancía» (La sociedad del cansancio, 2010). Lo que fue herida se vuelve contenido. Lo que fue silencio interior se transforma en performance. Y lo que alguna vez debió ser acompañado en lo profundo, es ahora aplaudido o comentado superficialmente… antes de que el algoritmo lo reemplace por otra historia más llamativa.

Esto no quiere decir que el dolor deba permanecer oculto para siempre, ni que contar lo vivido sea un error. Todo lo contrario: la palabra es, muchas veces, el principio de la transformación. Pero no toda palabra cura. Sólo aquellas que nacen del trabajo interior, de la escucha sincera, del deseo de comprender antes que de mostrar. Hay relatos que liberan.
Y hay otros que sólo repiten. Y en esa diferencia se juega, muchas veces, el destino de una vida.

El verdadero trauma

No todo lo que duele es trauma. No todo malestar deja una herida psíquica. Y no toda herida puede ser mostrada sin consecuencias. El verdadero trauma —ese que se instala en la carne viva del alma— no siempre se recuerda con claridad, ni se dice con facilidad. A veces aparece como un síntoma, como un silencio, como un nudo que aprieta desde dentro y que no encuentra palabras para explicarse. No es un suceso simplemente doloroso, sino una fractura en el entramado de sentido que la persona había construido para vivir. Una interrupción abrupta en la confianza básica en el mundo, en los otros, y en uno mismo. Sigmund Freud, en Más allá del principio del placer (1920), escribió: “El trauma implica una afluencia de excitaciones tan grande que no pueden ser controladas o manejadas; el aparato psíquico queda desbordado, incapaz de reaccionar.” Y Sándor Ferenczi, con su ternura radical hacia los pacientes traumatizados, diría más tarde: “El trauma no sólo hiere: traiciona. Es la ruptura de la fe infantil en que el otro cuidará de mí» (Confusión de lenguas entre los adultos y el niño, 1933)

Cuando una persona vive un trauma real, no busca convertirlo en pancarta. Busca sobrevivir a él. Busca comprender qué fue lo que ocurrió en su historia que el alma no pudo metabolizar. Y muchas veces, lo que el cuerpo recuerda, la mente aún no lo puede narrar. En consulta, lo hemos visto: quien ha sido herido profundamente no siempre llega diciendo lo que le pasó. A veces lo hace desde un insomnio que no cede, desde una ansiedad inexplicable, desde un vacío que parece no tener fondo. El trauma, cuando es real, se esconde —no por cobardía, sino porque es demasiado grande para ser dicho de inmediato. Y por eso el trabajo con él requiere tiempo, respeto, paciencia… y sobre todo, una escucha que no exija relato, pero que prepare el terreno para que, cuando pueda, ese relato nazca. Porque el trauma no desaparece por ser contado. Pero puede comenzar a transformarse cuando se cuenta desde el lugar donde por fin alguien escucha sin asustarse, sin juzgar, sin apurar.

Hablar de un trauma no es una plática de café.

El precio de banalizar el dolor

Cuando todo se llama trauma, ya nada lo es con profundidad. Cuando cada herida se exhibe antes de ser escuchada, lo que debía sanar se convierte en eco sin transformación. Y cuando el sufrimiento se reduce a un discurso repetido, automático, impersonal, deja de ser una experiencia humana para volverse un producto de consumo más. Banalizar el trauma no sólo es un error conceptual: es una forma sutil de violencia. Una que ignora el tiempo psíquico, que impone un guión donde sólo hay gritos sin palabra, y que empuja a las personas a actuar eternamente su dolor sin poder elaborarlo. Se crea así una escena donde el sufrimiento se performa, pero no se trabaja. Donde se grita lo que aún no se ha comprendido, y donde se exhibe lo que, en el fondo, aún necesita ser protegido.

Esto no es nuevo en psicoanálisis. Freud ya lo advertía en Recordar, repetir y reelaborar (1914): “El paciente, en vez de recordar, actúa. Reproduce la situación, sin saber que lo hace”. Es decir, lo que no se elabora, se repite. Y lo que no se simboliza, se convierte en guión ciego. El riesgo más grave de banalizar el trauma es precisamente este: quedarnos atrapados en una actuación inconsciente que se repite sin cesar, como un eco de algo que aún no ha podido ser pensado. Y en el mundo contemporáneo —rápido, ruidoso, impaciente— no siempre hay lugar para esa elaboración silenciosa. El algoritmo exige inmediatez. El mundo virtual aplaude las frases cortas, las historias impactantes, los discursos emocionales. Pero la subjetividad humana necesita algo que las redes sociales no ofrecen: tiempo, profundidad, silencio, y acompañamiento real.

¿Y qué ocurre entonces? Que muchas personas, en lugar de sanar, terminan encadenadas a una identidad construida en torno a su dolor. Una identidad que no permite moverse, que no tolera contradicciones, que no deja lugar al crecimiento. Como si dejar de sufrir fuera traicionar la herida. Como si sanar fuera una forma de olvido o de deslealtad. Pero no es así. El sufrimiento no es una identidad. Es una experiencia. Y como toda experiencia humana, puede ser mirada, dicha, comprendida y, poco a poco, resignificada. La banalización del trauma no sólo hiere al que lo vive: empobrece también la capacidad colectiva de empatía.
Porque cuando todo se sobreactúa, lo verdadero se vuelve invisible. Y cuando todo se llama “dolor”, incluso el dolor más profundo corre el riesgo de no ser escuchado. Recordemos aquel niño que gritaba «¡el lobo, el lobo!», cuando por fin fue real, nadie lo salvó.

El trabajo real: silencioso y paciente

Sanar no es gritar más fuerte. Tampoco es acumular palabras bonitas o relatos que conmuevan. Sanar —de verdad— es un acto humilde y profundo. No se hace de cara al público, sino de cara a uno mismo. El trauma, cuando es auténtico, necesita tiempo y silencio. No para ser olvidado, sino para ser mirado desde otro lugar. Un lugar donde no hay exigencia de espectáculo, sino espacio para que el alma respire y empiece a poner nombre a lo innombrable.

Carl Jung decía: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el inconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino» (Recuerdos, sueños, pensamientos, 1961). Y Viktor Frankl, que conoció el dolor extremo, escribió: “Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos” (El hombre en busca de sentido, 1946). Quizá eso sea el trabajo psíquico: no borrar lo vivido, sino aprender a vivir sin que nos paralice. No se trata de dejar de sentir, sino de dejar de estar sometidos al mismo guion. Y eso no ocurre de golpe. Sucede en la intimidad. En el diván. En la oración. O en esa conversación inesperada que, sin prometer milagros, nos devuelve la palabra.

Mirar con compasión

No toda herida debe mostrarse. Algunas sólo piden ser miradas con compasión, no con juicio. Con ternura, no con análisis rápido. A veces, lo más sanador no es una interpretación brillante, sino una presencia real que no huye del dolor ajeno. En el Evangelio según san Lucas, los discípulos de Emaús no reconocen a Jesús por sus palabras, sino cuando parte el pan con ellos. Es en el gesto, no en el discurso, donde la esperanza se enciende. Así también con el alma: no siempre necesita explicaciones. A veces basta con alguien que acompañe. Y con una mirada que, sin decir mucho, diga: “aquí estoy, no estás solo(a)”. Mirar con compasión no es justificar lo que pasó, ni negar lo que dolió. Es dejar de mirar la herida como un error… y empezar a verla como parte de un camino que, con amor, puede seguirse andando.

No todo trauma necesita ser dicho en voz alta. Algunos sólo encuentran alivio cuando se les ofrece un espacio donde respirar, sin presión, sin prisa. El alma herida no busca escenario, busca sentido. Y el sentido no siempre se encuentra en lo visible, sino en lo silencioso. En ese instante en que, por fin, alguien escucha. O en ese momento en que uno se atreve a escucharse a sí mismo sin juzgarse. El trauma no desaparece con frases hechas ni con aplausos virtuales. Pero puede comenzar a transformarse cuando es acogido con respeto. Y en ese gesto, humilde pero profundo, puede dejar de ser condena para volverse raíz. Una raíz que no encadena, sino que sostiene. No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de recordar que el dolor no define una vida, pero sí puede fecundarla… si lo miramos con verdad, y si elegimos seguir caminando con amor.

Redes sociales: llamadas de auxilio

«Las redes sociales han creado un espacio donde la intimidad se convierte en mercancía y el yo en espectáculo».

-Sherry Turkle

Queridos(as) lectores(as)

Vivimos en una época donde el narcisismo no es un rasgo patológico, sino una expectativa social. Las redes no nos piden autenticidad; nos piden visibilidad. Hace unos días, estuvo saliendo en redes sociales un video de una chica (que desconozco quién sea) que al parecer está en un estadio deportivo, y que cuando empieza a sonar la música, parecía «rendirse» a la «necesidad» de ponerse a bailar, cosa que nadie más hizo y sólo se le quedaban viendo. En palabras de ella «no me pude resistir». De acuerdo, a cuántos no nos ha pasado eso, que escuchamos algo de música que nos gusta y no podemos evitar empezar a movernos con ritmo. El tema acá es que ella hacía ciertos gestos entre el dolor y el goce, casi como una actriz atrapada en un guión no escrito: el del espectáculo de sí misma. Y no sólo fueron los gestos de los demás que la veían, cuando uno entraba a la sección de comentarios, en verdad fue impresionante cómo se le fueron con todo: «Ridícula», «Cuando ya no sabes cómo llamar la atención», «Así o más fingido», «¿En verdad está llorando por bailar?, «Cómo se ve que sabía que la estaban grabando», etc.

Y no es la primera vez que sucede algo así (y por lo que veo tampoco la última). Si bien tuvo sus «defensores» que salieron a decir que los demás eran unos amargados y demás, cosa que también es una posibilidad, no dejar de ser algo que nos inquieta y nos hace preguntar: ¿qué necesidad? ¿De bailar? No, de exponernos. Claro, todos somos libres de hacer lo que se nos pegue la gana, pero haciéndonos cargo de las consecuencias, sean positivas o negativas. Desconozco si la chica en algún momento salió a decir algo sobre lo que se había generado, pero lo que es un hecho es que dejó huella en el eterno malestar del ser humano (por nada). En palabras de Byung-Chul Han: «La sociedad actual no se basa en el deber, sino en el rendimiento. Y el sujeto del rendimiento es un empresario de sí mismo« (La sociedad del cansancio, 2010). El problema es que ese “emprendimiento de uno mismo” en redes como Instagram ha degenerado en una sobreexposición vacía: no se sube contenido con sentido, sino con urgencia. Urgencia de ser visto, de no desaparecer. De gritar, aunque nadie escuche. Todo espectáculo necesita una audiencia. Y todo vacío, un disfraz.

Publicar como acto de supervivencia

La necesidad de llamar la atención en redes es, en el fondo, un síntoma. Un síntoma de angustia y de deseo mal canalizado. Sigmund Freud ya lo anticipaba en El malestar en la cultura (1928), cuando hablaba de la tensión entre el yo y el otro, entre la pulsión y el orden social. Lo que hoy vemos en redes es una forma de acting out digital: «El sujeto no sabe lo que desea, pero actúa su deseo sin saberlo». Así, vemos a miles de personas exponiendo su vida sin contexto, sin forma, sin sentido, sólo con la esperanza de no ser ignorados. Porque en esta era, el anonimato duele más que la crítica. Ser invisible es peor que ser odiado. Aunque, cabe decir, no tiene nada de malo disfrutar lo que uno hace, al contrario, qué mejor para lidiar con tanto estrés y cosas que nos obligan a «ser otros» en la sociedad moderna. Sin embargo, sí es justo entender que las intenciones reales de cada «compartir» nos hablan de ciertas necesidades que no sabemos expresar con palabras, y como diría Freud, sólo las actuamos.

Hay un ejemplo que a más de uno nos hace ruido: cuando vamos a un restaurante y queremos compartir «nada más porque sí» lo que nos acaban de traer. Y nos sale el fotógrafo profesional que habita en nosotros, acomodamos todo de tal manera que luzca todavía mejor el platillo. Tomamos la foto y la subimos a redes sociales. Por lo general acompañada de un texto tipo: «Disfrutando la vida», «Deli», «Viviendo la vida»… etc. Pregunta: ¿por qué? Es decir, de acuerdo, la presentación del platillo puede ser maravillosa, y como bien dice el dicho «de la vista nace el amor». Pero volvamos a algo anterior: acomodamos todo. Lo que se acomoda no es sólo el platillo, sino la escena entera: un montaje donde no buscamos comer, sino ser vistos comiendo. Y a veces ni eso. ¿Qué tiene que ver el ambiente, la distribución de los cubiertos, los condimentos, el servilletero, etc., para este fin? Han habido videos donde las personas que hacen eso, de repente se ven afectados por quien los está grabando ya que les hacen algo que les arruina su moderno ritual, ya sea metiendo la mano en la foto, destruyendo con el tenedor la rebanada de postre, etc. Y claro, la reacción es automática: furia y desquite. Cualquiera reaccionaría así ante una acción como esa, pero, ¿fue por arruinarles el platillo o por arruinarles la foto?

El juicio del otro como condena compartida

Muy bien, dejemos por un momento a la persona que sube el contenido a redes sociales. Hay un fenómeno paralelo que merece atención: cada vez más usuarios se quejan del contenido ajeno. Lo ridiculizan, lo atacan, lo critican. Como si no soportaran ver ese grito desesperado en el otro porque les recuerda el suyo. Jacques Lacan lo explica con claridad: “El deseo del hombre es el deseo del Otro”. (Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964). Una vez, platicando con unos amigos, salió el tema de por qué la gente odia tanto a ciertos individuos. No voy a poner nombres, pero sí profesiones, porque eso nos ayuda a ampliar el espectro: futbolistas, modelos, artistas, youtubers, escritores, influencers, etc. Es en verdad increíble cuánta molestia despiertan en algunas personas, y eso tiene nombre: envidia. ¿Envidia de qué? De que ellos son o hacen lo que los otros no podemos ser o hacer. En aquella ocasión, un amigo me dijo: «Mientras no seas un escritor como Paulo Coelho, no pasa nada». Este autor brasileño es uno de lo más atacados a nivel mundial porque se dice de él que escribe cosas muy bobas o tontas, que es muy simplona su literatura. A lo que le contesté: «Pues ojalá sea como él, que por cosas así me hagan un Best Seller a nivel mundial y pueda vivir de mis libros». Las risas no faltaron.

Rechazar al otro es una manera de no enfrentarnos al vacío propio. Es más fácil burlarse del que sube una foto sin sentido que preguntarse por qué nos molesta tanto. Y esto, una vez más, es un síntoma que cada vez se replica más y más. Søren Kierkegaard nos dice algo importante en su libro La enfermedad mortal (1849): “La desesperación es no querer ser uno mismo». Cuando hablaba de la envidia del otro, no me refiero sólo a lo que es o a lo que hace, sino a todo lo que hace posible que eso suceda. Pienso en cuando un youtuber o influencer sube cualquier cosa y por ello le pagan. ¿Cuál es uno de los primeros reclamos que solemos escuchar? «No, pues así yo también me hago famoso». Es interesante. ¿»Así» qué? Es que es bonita, tiene buen cuerpo, es atractivo, está todo macizo por el gimnasio… etc. Claro, accidentes que «facilitan» el llamar la atención a empresas que se aprovechan de eso para poder vender. Y es una realidad: mientras vendas, me sirves. Pero, aquí está el silencioso problema que padecen a los que usan: tarde o temprano, serán descartados. ¿Después de la belleza y el estilo, qué queda? ¿Con qué se va a llenar ese vacío? El sujeto, como mercancía, tiene fecha de caducidad emocional. Después de usarlo, lo olvidan. Y uno, sin saber quién era antes de todo eso, se queda sólo con el eco del aplauso. Las redes sociales, al final de cuentas, exponen una vida que no es del todo cierta. Es un juego de ilusiones que ocultan muchas carencias dolorosas y silenciosas. Aunque, francamente, eso de que «ocultan», me parece que poco a poco es lo contrario: evidencian.

La pulsión escópica: cuando mirar no basta

En psicoanálisis, la pulsión escópica se refiere al deseo de mirar y ser mirado. En redes sociales, esta pulsión se ha desbordado. No basta con mirar: queremos ser el centro de la mirada del otro. Ya lo decía Oscar Wilde: «Que hablen de uno es espantoso. Que no hablen, es peor». ¿Pero hasta qué punto tan drástico se está llegando? A un voyeurismo peligroso. Un voyeurismo invertido: mostrar para ser consumido. Jacques-Alain Miller, discípulo y yerno de Lacan, afirma: «Las redes sociales son una máquina de producción de goce. Pero el goce sin sentido conduce al agotamiento, no al placer». (Conferencia: “La era del Otro que no existe”, 2004). Una vez más: ilusiones que queremos que crean como una realidad. No nos gusta nuestra vida, no nos parece interesante, no nos gusta la manera en la que pensamos las cosas porque nos ocasiona más molestia que gusto. Y muchas cosas más que se confiesa de manera, otra vez, silenciosa y dolorosa. Las redes sociales se vuelven fábrica de apariencias y descartes: se aparenta algo, descartándonos en ello. Publicar no es siempre compartir. A veces, es simplemente implorar compañía.

Esa producción constante de “yo” —historias, fotos, reels, filtros, frases “inspiradoras”— se vuelve un mandato, casi una compulsión. Y como toda compulsión, termina por alienar al sujeto. Cada vez el sujeto es menos auténtico y su contenido peor. De un vacío no se puede sacar más que vacío. Mi cuenta de Instagram (@hchp1) es meramente de difusión cultural. Mi contenido yo sé que «no vende», que no llama siempre la atención. Primero: a la gente no le gusta leer, segundo, las imágenes no son ni a lo que están acostumbrados ni mucho menos lo que buscan. Una vez le pregunté a mis alumnos en la prepa qué esperaban encontrar en esa red social: los hombres fueron descaradamente sinceros, ellos querían ver mujeres guapas, las mujeres… ¡ellas sí que tienen claro que lo suyo es el mundo como tal! Fue impresionante el número de cosas que fueron diciéndome, cosa que me pareció maravillosa. Sin embargo, el hecho de que se abarquen tantas posibilidades corre el riesgo de nunca tener claridad sobre algo en específico. Porque de nada sirve un «me gusta de todo», cuando «no todo me llama la atención realmente». Mi humilde contenido de repente se lleva unos cuantos likes, pero nada en comparación con otros contenidos que estallan tanto en likes como en comentarios. Y créanme que no es queja, es una realidad: si no vendes, no importa. Yo sigo publicando y me da gusto cuando les gusta. Nada más. Pero sabemos bien que claro que me pesa que mi contenido no llame tanto la atención, pero ni modo, es lo que ofrezco.

¿Qué nos queda?

Lo que queda, quizá, es el silencio. La pausa. La posibilidad de no subir, de no mirar, de no buscar likes como forma de existencia. Pero eso exige una fortaleza emocional que pocos tenemos. Como escribió Søren Kierkegaard: «La desesperación más profunda es darse cuenta de que uno ha vivido su vida entera sin ser verdaderamente uno mismo» (La enfermedad mortal, 1849). Y esa es la paradoja: mostramos para ser alguien, pero mientras más mostramos, menos sabemos quién somos. Desde el diván, lo veo con frecuencia. Personas que llegan exhaustas, vacías, con ansiedad, sin saber por qué sienten que no valen nada si nadie les responde una historia o no alcanzan cierto número de vistas. La lógica del mercado se ha colado en la autoestima. Lo que subimos a redes, muchas veces, es lo que no nos atrevemos a decir en voz baja. A veces, sólo les hago una pregunta: «¿Para quién subiste eso?». No buscan respuesta. Sólo quieren ser escuchados. Como todos. Y entonces, en el fondo, Instagram no es más que una gran sala de espera. Un espacio lleno de pacientes sin terapeuta, gritando desde sus celulares lo que no pueden decir en voz alta: Mírame, por favor. No quiero desaparecer.

Si llegaron hasta aquí, tal vez esta entrada tocó algo en ustedes. No lo digo como juicio, sino como invitación a mirar un poco más dentro. Aquí algunas preguntas que vale la pena hacerse:

  1. ¿Alguna vez sintieron que si no subían algo a redes, nadie sabría que existen?
  2. ¿Se han sorprendido esperando ansiosamente que alguien vea o reaccione a sus historias?
  3. ¿Han borrado una publicación porque no tuvo suficientes “me gusta”?
  4. ¿Suelen juzgar con dureza el contenido de los demás, sin preguntarse por qué les molesta tanto?

Si alguna de estas preguntas les incomoda, no es casualidad. Quizás, en ese leve escozor, hay algo valioso que quiere ser atendido. Y para eso, como siempre decimos en este espacio, el diván está disponible. Porque a veces, lo más urgente no es subir algo más… sino bajar a ese lugar interno donde el deseo se aclara, el dolor se nombra y la angustia se acompaña. El análisis o la terapia están ahí para ayudarnos.

Los escucho.

Adolescencia: ecos de una herida

«La adolescencia es una enfermedad… una enfermedad normal, por la que la mayoría sobrevive».

-Donald Winnicott

Queridos(as) lectores(as):

En estos días estuve viendo la mini serie de Netflix, Adolescence (2025), que ha estado haciendo mucho ruido. La adolescencia es un territorio inestable. Una frontera entre el ya no y el todavía no. Un cuerpo que cambia, una mente que se acelera, una identidad que tantea. En esa tierra movediza, la escucha adulta suele llegar tarde o no llegar en absoluto. Adolescence, no sólo retrata este proceso con crudeza, sino que nos enfrenta a una verdad incómoda: los adultos no estamos escuchando. Aunque no es mi intención spoilearles la serie, si no la han visto y pretenden hacerlo, mejor dejen esta lectura para después.

Hoy, los adolescentes no sólo habitan el mundo físico. Viven también en uno paralelo, digital, complejo y hostil. Uno en el que los emojis tienen significados que los adultos desconocen, donde una historia de Instagram puede significar una súplica o una despedida, y donde la popularidad es tan frágil como el estado emocional del que la busca. Y sin embargo, muchos padres, educadores y cuidadores siguen sin saber qué significan ciertos emojis o dinámicas de interacción que, en la subjetividad adolescente, son tan reales como los golpes.

Acciones y silencios

Como bien señala el filósofo alemán, Byung-Chul Han, en La sociedad de la transparencia (2012), «La exposición total destruye la confianza y disuelve el alma», es decir, la exposición permanente ha suplantado el espacio del secreto, del misterio, de la formación interna. En las redes, el adolescente no sólo se muestra: se inventa, se transforma, se idealiza y se deshace. Sin una brújula afectiva que lo sostenga, se pierde entre la imagen que proyecta y la identidad que no logra construir. La serie nos muestra a un adolescente, Jamie Miller (brillantemente interpretado por Owen Cooper, quien de hecho debuta como actor), que no pide ayuda con palabras, pero grita con actos. Y es que, como afirma el psicoanalista inglés, Donald Winnicott, «El acting out puede ser una manera desesperada del niño o adolescente de mostrar lo que no puede decir» (Realidad y juego, 1971), en otras palabras, es una manera de poner en el escenario algo que no pudo ser simbolizado. El adolescente se autolesiona, miente, se escapa, pero en el fondo lo que hace es intentar sobrevivir a un dolor que no sabe nombrar.

En contraste, la figura de la trabajadora social o psicóloga, Briony Ariston (Erin Doherty, cuya actuación también es magnífica) representa lo mejor del deseo de escucha: alguien que no juzga, que sostiene, que intenta comprender. Pero también nos recuerda que no basta el deseo de ayudar: se necesita un sistema que acompañe, que no abandone. En ella vemos la tensión entre el cuidado y la impotencia institucional, entre la vocación y el límite real. Uno de los momentos más conmovedores de la serie es cuando el padre, Eddie Miller (interpretación magistral de Stephen Graham) se quiebra. Hasta entonces, ha sido una figura funcional, autoritaria, práctica. Pero cuando la tragedia lo alcanza, se derrumba como cualquier ser humano que ha amado sin saber cómo, que ha querido estar presente y ha fallado. Porque también hay que decirlo: muchos padres están rotos. Y no porque no amen a sus hijos, sino porque ellos mismos no fueron escuchados cuando más lo necesitaban. De hecho, en un diálogo íntimo con su esposa, Manda Miller (Christine Tremarco), él le dice que cuando era niño, su padre lo golpeaba y maltrataba a la menor provocación, por lo que juró nunca ser así con sus hijos.

Significados ocultos

El psicoanálisis nos invita a mirar más allá del síntoma. A escuchar lo que se dice cuando parece que no se dice nada. Y la adolescencia es, quizás, uno de los momentos donde esto se vuelve más urgente. Porque ahí donde el adulto ve “drama”, muchas veces hay trauma. Donde ve pereza, hay depresión. Donde ve rebeldía, hay desamparo. Como decía Jacques Lacan, «La verdad sólo puede ser dicha a medias. Y su estructura es la de una ficción» (Seminario 7: La ética del psicoanálisis, 1959-1960), y en la adolescencia esa ficción se escribe con lágrimas invisibles. No se trata de sobreproteger. Tampoco de criminalizar. Se trata de acompañar. De comprender que una madre o un padre no tiene que saberlo todo, pero sí debe estar ahí, dispuesto a preguntar, a aprender, a escuchar con humildad.

Incluso admito que han salido varias cosas que no tenía mucha o más bien, nula, información. Por ejemplo, el tema de lo que significan los emojis de corazones. Uno pensaría que simbolizan «amor, cariño, ternura, etc.», sin embargo no es así. Depende del color: rojo (amor), morado (deseo sexual), amarillo (interés mutuo), rosa (atracción sin intención sexual), naranja (todo estará bien). Y uno mandando corazones a diestra y siniestra… Que esta serie nos sirva, no para sentir culpa, sino para abrir los ojos. Para darnos cuenta de que los signos están ahí, pero nadie los traduce. Que el dolor adolescente necesita adultos informados, sensibles, presentes. Que los emojis importan, sí. Pero más aún, los abrazos. Los silencios compartidos. Las preguntas sin juicio. Y esa frase que muchas veces puede salvar una vida: «Estoy aquí. Puedes contar conmigo. No necesitas fingir».