Las mesas en diciembre

“El recuerdo es la única forma de encuentro con lo que ya no está».

—Alejandra Pizarnik

Gracias, (zarina) Patricia…

Queridos(as) lectores(as):

En estas fiestas decembrinas —la Navidad, por ejemplo— algo se mueve silenciosamente en la vida interior de las personas. No siempre se nota a simple vista. A veces aparece como nostalgia, otras como cansancio, otras como una alegría inesperada, y muchas más como un nudo difícil de nombrar. Diciembre no crea lo que sentimos: lo revela. Pone sobre la mesa —literal y simbólicamente— aquello que el resto del año suele quedar en segundo plano. Las fechas no operan sólo como celebración social, sino como reactivadores de memoria.

El pasado no vuelve como recuerdo neutro, sino como afecto. La poeta argentina, Alejandra Pizarnik, lo comprendió con crudeza cuando escribió que el recuerdo no es una presencia amable, sino una forma de encuentro con lo ausente, una manera de habitar aquello que ya no está: “El recuerdo no es una presencia, sino una forma de encuentro con lo ausente; no consuela, pero insiste” (Diarios, 1954–1971). Quizá por eso estas fechas incomodan tanto a algunos: no por lo que ocurre afuera, sino por lo que regresa adentro.

La mesa como escena psíquica

La mesa navideña no es sólo un mueble ni una tradición familiar. Es una escena psíquica. Un espacio donde se distribuyen lugares, roles, silencios y miradas. Quién se sienta dónde, quién falta, quién ocupa un lugar nuevo, quién observa desde fuera o guarda silencio. Desde una lectura psicoanalítica, la mesa funciona como una puesta en acto del lazo. Cada quien llega con su historia, con su manera de amar, con sus duelos abiertos o cerrados a medias. Nadie se sienta igual dos años seguidos, aunque la disposición sea idéntica. El inconsciente también se sienta a la mesa, aunque nadie lo haya invitado.

Sigmund Freud advirtió tempranamente que la vida psíquica no obedece al olvido voluntario. Explicó que aquello que creemos superado no desaparece, sino que queda a la espera de una ocasión propicia para retornar: “Las huellas mnémicas de las experiencias no se pierden; lo que llamamos olvido no es más que una inaccesibilidad momentánea, y bajo determinadas condiciones lo reprimido retorna con una fuerza que sorprende al propio sujeto” (Psicopatología de la vida cotidiana, 1901). Por eso, para algunos, estas fechas son profundamente gozosas; para otros, inquietantes. No porque haya algo defectuoso en ellos, sino porque la escena toca fibras que no siempre están listas para celebrarse.

Cuando la Navidad deja de ser postal

La literatura ha sabido decir esto con una claridad que a veces supera a los discursos psicológicos. Basta pensar en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens. Lejos de ser una historia edulcorada, es un relato sobre la soledad, la memoria y la responsabilidad frente a la propia vida. El momento decisivo del texto no es la fiesta, sino la confrontación. Cuando Scrooge decide cambiar, no lo hace por una emoción pasajera, sino porque ha sido obligado a mirar su historia completa. Dickens lo expresa con una frase extensa y significativa, que no suele citarse entera, pero que da verdadero contexto a la transformación: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla todo el año. Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los espíritus de los tres estarán siempre dentro de mí, y no rechazaré las lecciones que me enseñen”.

No hay aquí magia fácil: hay memoria, responsabilidad y decisión. Dickens entendió que la Navidad no redime por sí misma; obliga a mirar. Algo semejante ocurre en los relatos de Antón Chéjov, quien sostenía que la literatura debía mostrar la complejidad humana sin consuelo forzado. En una de sus cartas afirmó que el trabajo del escritor no consiste en tranquilizar, sino en revelar: “El artista no debe resolver los problemas que plantea, sino presentarlos de tal modo que el lector los vea en toda su profundidad y contradicción” (Cartas, 1895). Las celebraciones, como la buena literatura, no tapan la verdad: la exponen.

Nostalgia: exceso de memoria, no debilidad

En consulta, no es raro escuchar en estas fechas frases como: “No sé por qué estoy así, si debería estar contento(a)”. La nostalgia suele confundirse con fragilidad, cuando en realidad es exceso de memoria. No es querer volver atrás, sino intentar darle sentido a lo perdido. Freud explicó el trabajo del duelo con una precisión que sigue siendo vigente. En Duelo y melancolía (1917), señaló que el dolor no consiste sólo en la pérdida, sino en el arduo proceso psíquico de soltar aquello a lo que se estaba ligado: “La realidad exige que la libido retire su adhesión a todos y cada uno de los recuerdos y expectativas ligadas al objeto perdido. Esta exigencia es resistida, pero finalmente se impone, y con ello el yo queda libre nuevamente”.

Ese proceso no sigue el calendario. Sin embargo, diciembre, con sus rituales repetidos, reactiva escenas, voces, ausencias. No trae sólo imágenes: trae afectos. Y el afecto, cuando no encuentra palabra, pesa. No todos lloran por tristeza. Muchos lloran porque recuerdan. Y recordar, a veces, duele más que olvidar.

Muchas veces, estamos sentados en la misma mesa, sin estarlo como todos creen… y está bien.

La exigencia de estar bien

Uno de los grandes malestares contemporáneos es la exigencia de felicidad. Incluso en fechas donde el dolor se vuelve más visible, pareciera que hay que cumplir con una consigna: estar bien, agradecer, sonreír. Donald Winnicott criticó esta lógica desde la clínica cuando advirtió que el cuidado verdadero no consiste en imponer estados ideales, sino en sostener la experiencia real del sujeto. Escribió: “La función del entorno no es producir perfección, sino ofrecer un sostén suficientemente bueno que permita al individuo existir sin la presión de adaptarse prematuramente” (The Child, the Family, and the Outside World, 1964).

Hay personas que atraviesan estas fiestas trabajando, cuidando a alguien enfermo, sosteniendo duelos recientes o antiguos. No necesitan frases luminosas ni optimismo impuesto. Necesitan permiso para no estar bien. Eso no es debilidad. Es humanidad.

Mirar más allá de lo propio

Quizá el problema no es que estas festividades sean distintas para cada quien, sino que nos cuesta permitirlo. Nos cuesta aceptar que el otro no siente como yo, que no celebra igual, que no puede —o no quiere— vivirlo del mismo modo. Emmanuel Levinas formuló esta exigencia ética con radicalidad al afirmar que el encuentro con el otro no es cómodo ni neutro, sino descentrador: “El rostro del otro me saca de mi tranquilidad, me despoja de mi soberanía y me obliga a responder; no me permite encerrarme en mí mismo” (Totalidad e infinito, 1961).

Tal vez estas fechas sean una oportunidad —difícil, pero real— para ese gesto: escuchar sin corregir, acompañar sin minimizar, estar sin exigir alegría. A veces, la ética no consiste en decir algo brillante, sino simplemente en quedarse.

Reflexión final

Para muchos, estas festividades son realmente hermosas: reunión, risas, mesas llenas, recuerdos buenos. Para otros, no tanto. Y eso también está bien. No todos llegan a diciembre desde el mismo lugar ni con la misma historia. Quizá el verdadero gesto humano de estas fechas no sea exigir alegría, sino atrevernos a compartir lo que sentimos y darnos la oportunidad de ver más allá de lo nuestro. A veces, eso basta. No para borrar el dolor, pero sí para que pese menos. No para llenar la mesa, pero sí para que nadie se sienta completamente sólo frente a ella.

¿Desde dónde estás viviendo estas fiestas? ¿Qué lugar ocupas hoy en la mesa? ¿A quién sigues recordando en silencio?

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Si este texto tocó algo en ti, si estas palabras acompañaron —aunque sea un poco— lo que estás viviendo en estas fechas, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. Puedes dejar tu comentario, compartir tu experiencia o escribirme directamente desde la sección de Contacto. A veces, poner en palabras lo que pesa ya es un primer alivio.

También puedes acompañar este espacio en Instagram (@hchp1), donde seguimos pensando juntos la vida, el dolor, los vínculos y aquello que muchas veces no se dice, pero se siente.

Gracias por estar.
Gracias por leer despacio.
Y gracias, también, por sentarte —aunque sea un momento— a esta mesa.

Te abrazo…

Recuerdos que duelen

«La nostalgia ya no es lo que era».

Queridos(as) lectores(as):

La frase con la que abro este primer encuentro del 2025 con ustedes, la he venido «masticando» desde hace una semana. ¿Qué significa? Primero antes que nada, debemos hacer énfasis en nostalgia. ¿Qué es? Vayamos a su etimología: viene de la palabra griega νόστος (nóstos), que significa «regreso» y de ἄλγος (álgos) que significa «dolor». Al unir ambas palabras, damos con «dolor de regresar». Pero, antes de seguir avanzando, tenemos que considerar que nóstos (regreso) surge como un recurso poético que se utiliza en lo relacionado a lo que implica «regresar a», o en otras palabras, «lo que hay en el proceso de vuelta». Ahora bien, tenemos un registro interesante en una tesis médica de 1688, en la que el estudiante de aquel entonces, Johannes Hofer, acuñó el neologismo «nostalgia» para describir la enfermedad que padeció tanto un estudiante como su sirviente, ya que cuando se encontraban lejos de su hogar, se encontraban en plena agonía, y no fue sino hasta que regresaron que «milagrosamente» recuperaron la salud.

Una vez visto lo anterior, veamos lo que es la nostalgia. La nostalgia es una emoción compleja que implica una cognición orientada al pasado y una mezcla de sentimientos. Se puede desencadenar al encontrar un olor, un sonido o un recuerdo familiar, al participar en conversaciones o al sentirse solo. De hecho, en México tenemos un caso deportivo que fue muy sonado durante años (y todavía lo es hasta la fecha). Popularmente se le conoce como «síndrome del Jamaicón», que surge del ex jugador José «Jamaicón» Villegas, una de las estrellas inolvidables del equipo Chivas del Guadalajara, del «Campeonísimo». Este jugador, que había ganado 8 títulos con el equipo tapatío, de indudable talento con la pelota, se «perdió» en la cancha, es decir, no demostró nada mientras participaba en la Copa Mundial de Suecia 58. ¿Razón? Aparentemente extrañaba la comida de su tierra (entre muchas otras cosas que se han dicho). Por muy «absurdo» que suene, la nostalgia es un factor que puede desestabilizar a cualquier persona. Pero, ¿por qué algo «momentáneo» parece ser una sentencia permanente?

Recuerdos que duelen

En la clínica psicoanalítica es muy común toparnos constantemente con la nostalgia personalizada en los pacientes. No es nada raro ni de extrañar. La nostalgia acompaña al ser humano por el simple hecho de que éste tiene memoria. «Nada como el pasado», dicen los abuelitos hoy en día, «nada como el ayer». Y la clave está precisamente en ese «nada». El ayer, el pasado, lo que fue, no es más, se ha «perdido en la nada». Lo único que lo mantiene «vivo» es el recuerdo de cada quien. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el pasado no es recordado de la misma manera? Recordemos que la memoria no es perfecta, por mucho que nos acordemos de detalles, estos no son del todo ciertos o tal como fueron, por eso es que muchas veces recurrimos a la fantasía para rellenar esos «espacios» y, por qué no, maquillar los recuerdos. De hecho, muchos recuerdos son dolorosos, tristes o simplemente no son muy gratos, por eso es que se les maquilla para que «no suframos» por recordar. Aunque no lo logremos realmente…

La nostalgia por eso es que viene acompañada en varios casos de lágrimas y gestos que no coinciden con los que estamos recordando y compartiendo con los demás. Pienso, por ejemplo, en una amiga que «fascinada» me contaba sobre aquellos años en los que jugaba con sus hermanos cuando eran niños. Mientras ella me narraba sus vivencias, notaba cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. ¿Qué te duele? -le pregunté, a lo que ella me contestó: «Nada, sólo es que recuerdo y me da tristeza». Antes de ello, cabe decir, me decía «no sabes cómo extraño lo mucho que nos divertíamos». Sí, es cierto, puede haber tristeza por el hecho de ya no poder hacer lo que se hacía antes, no todo es resistencia, pero había algo en su relato que no cuadraba, porque en otras ocasiones ella me compartía que por ser la más chica, y la única mujer, sus hermanos la «molestaban» cada vez que podían. Dejé reposar la pregunta que le hice por unos minutos sin hacer de nuevo mención, a lo que pasados unos minutos ella dijo: «Malditos, cómo les encantaba jugar rudo conmigo cuando yo les decía que eso no me gustaba». Los recuerdos encubridores terminan sucumbiendo ante la realidad que solemos negar. La nostalgia, por tanto, puede ser una acumulación de recuerdos que se debaten entre lo que fue, lo que quisimos que fuera y lo que terminamos por creernos. Pero como dice la sabiduría popular: no podemos tapar el sol con un dedo.

¿Está mal recordar?

No, por supuesto que no. Como todo en la vida, hay que saber cómo hacerlo, cuándo sí y cuándo no. ¿De qué nos sirve recordar de modo que nos duela hacerlo? Veamos, yo recuerdo a mi abuelita, y cuando lo hago digo cómo fue mi relación con ella. Cuando platico con algunos de mis primos, como he mencionado anteriormente, los recuerdos que tenemos con y sobre ella, son muy variados y muy distintos. Yo recuerdo a mi abuelita materna muy linda, tierna, cariñosa, sin dejar de tener ese peculiar caracter fuerte que sí tenía. Mientras que algunos de mis primos no recuerdan con la misma carga de afecto esas virtudes. «Nombre, mi abuela sí era ruda, su manera de mostrar su amor y cariño era a través de la comida». Notemos cómo incluso la manera en la que nos referimos a ella es distinta: mientras yo le digo «abuelita», ellos le dicen «abuela». En México, el diminutivo se emplea con ternura (por tanto, amor) para referirnos a algo o a alguien. Cabe mencionar que yo era el más chico de los nietos y sí, la edad va cambiando a la gente. Aunque cabe aclarar que todos quisimos y amamos a nuestra abuelita. Lo duro se va suavizando con el paso del tiempo. Pero, eso sí, todos coincidimos que, haya sido como haya sido con cada uno de nosotros, siempre fue una persona linda y que se preocupaba por cada uno de nosotros.

«La nostalgia ya no es lo que era» es importante tenerlo en cuenta para poder «curarnos» del pasado que nos atormenta. La vida siguió su camino y las cosas se quedaron atrás. Sí, hay cosas del pasado que definitivamente nos marcan, pero NO NOS DEFINEN NI NOS DETERMINAN. Cuando alguien dice «es que soy así porque en el pasado sufrí mucho», es entendible y triste, sin embargo, hay que entender que «no porque las cosas fueron de un modo, no significa que tengan que seguir siendo así». Es importante hablar las cosas y poder trabajarlas, para que de un modo se puedan resignificar y nos den la oportunidad de no repetir lo vivido con alguien más, que muchas veces «ni la culpa tiene». Todos pasamos por cosas que hubiéramos querido que fueran de otra manera, pero no fue así. Les vuelvo a compartir una cosa que dice el Dr. Irvin D. Yalom: «Hay que renunciar a la esperanza de un pasado mejor». Sólo así podremos dejar de cargar peso innecesario y alivianar el viaje de cada uno de nosotros hacia la vida que sí podemos elegir.