«El psicoanálisis no sirve para lo que la gente cree que sirve. Sirve para algo mucho más difícil: para confrontarse con lo real».
-Jacques Allain Miller
Queridos(as) lectores(as):
Alguien llega al consultorio. A veces trae un dolor, otras veces sólo una pregunta. Pero casi siempre llega con una expectativa. Espera alivio, una orientación clara, un saber que venga desde afuera a resolver lo que adentro duele. ¿Qué busca, en realidad? ¿Un consejo? ¿Una guía? ¿Una certeza? Y sin embargo, el psicoanálisis no promete nada de eso. No da recetas, no dicta caminos, no cura con fórmulas. Lo que ofrece —si el sujeto se presta al trabajo— es otra cosa: una travesía íntima y a veces dolorosa hacia lo más propio, hacia lo que uno no sabe que sabe.
En este encuentro, propongo una breve reflexión sobre cuatro puntos donde suelen surgir los mayores malentendidos entre la expectativa del paciente y la lógica del método analítico. No para desmentir esas expectativas, sino para darles lugar, leerlas y ver qué nos dicen de la época, del deseo y del malestar.
El deseo de respuestas y la ilusión del saber del Otro
Muchos pacientes llegan esperando que el analista les diga qué hacer. Lo viven como una especie de “experto en la vida psíquica”, un conocedor profundo del alma que, al escucharlos hablar, ya lo sabrá todo. Esta fantasía se articula con una vieja tendencia del ser humano a delegar el saber en el Otro. Como escribió Sigmund Freud: “La mayoría de las personas no quieren la libertad; lo que desean es un amo justo” (El porvenir de una ilusión, 1927).
Pero el analista no es ese amo. No se ubica como aquel que sabe, sino como alguien que se deja enseñar por el sujeto. Jacques Lacan lo plantea con claridad en sus primeros seminarios: “El analista no está allí como un sujeto que sabe, sino como un lugar desde donde se hace posible que el sujeto se escuche a sí mismo” (Seminario I, 1953–54). Esa posición —modesta pero firme— incomoda. Porque en lugar de respuestas, abre preguntas. En lugar de cerrar sentidos, los multiplica.
La comparación con otras formas de psicoterapia
Quien ha pasado por terapias directivas o estructuradas suele llegar al psicoanálisis con un equipaje lleno de herramientas. Ejercicios, tareas, técnicas para “gestionar”. Y en ese contexto, el análisis puede parecer un lugar vacío, sin estructura, sin orden. Un sitio incómodo. Y lo es. Porque en el psicoanálisis no hay una lógica de adaptación. La cura no se mide por el cumplimiento de una serie de pasos, sino por el surgimiento de un decir verdadero.
Lacan lo advierte sin ambigüedad: “Una cura que no termina más que en la satisfacción de un ideal del yo no es una cura analítica” (Seminario II, 1954–55). No se trata de “mejorar” al sujeto, sino de permitirle escuchar algo de sí mismo que lo había dejado fuera de juego. Por eso, aunque no siempre sea “útil” en el sentido práctico, el análisis puede ser profundamente transformador.

El síntoma no es un enemigo: es un mensaje
Uno de los choques más profundos entre el psicoanálisis y otros enfoques es la concepción del síntoma. Mientras muchas terapias buscan erradicarlo de inmediato, el análisis lo toma como punto de partida. El síntoma habla. Es un decir cifrado que, aunque molesto, lleva consigo un mensaje singular. Freud ya lo había intuido: “Donde estaba el ello, debo advenir yo” (Nueva conferencia de introducción al psicoanálisis, 1933).
Y Lacan retoma esta noción con mayor precisión estructural: “El síntoma es una formación del inconsciente, pero también una respuesta singular del sujeto al impasse de su existencia” (Seminario XXIII, 1975–76). No siempre desaparece. A veces se resignifica. Se transforma en algo que, aún si persiste, ya no domina. Deja de ser una condena y se vuelve una vía de acceso a la verdad del sujeto.
El tiempo del inconsciente y la ética de la palabra
Quizá lo más difícil de soportar en un análisis no es lo que se escucha, sino el tiempo que lleva escucharlo. Vivimos en una cultura de la velocidad, la inmediatez y los resultados. Y el psicoanálisis opera en otro registro: el del tiempo lógico, el del equívoco, el del deseo que no se apura. Lacan lo formula con precisión: “Lo que opera en el análisis no es el sentido pleno, sino el equívoco. Y el tiempo para que el equívoco se produzca no es cronológico” (Seminario XVIII, 1971).
No hay prisa. No hay metas predefinidas. Hay tiempo. Tiempo para decir, para callar, para volver sobre lo dicho. Tiempo para elaborar. Tiempo para decidir —si uno puede— qué hacer con aquello que duele, o con aquello que insiste.
El psicoanálisis no es para todos. Y eso no lo hace mejor ni peor. Pero sí lo hace distinto. Porque no cura desde la promesa, sino desde la pregunta. No ofrece seguridad, sino la posibilidad de atravesar la incertidumbre con dignidad. Como dijo Miquel Bassols: “El psicoanálisis no cura todo. Pero cura del todo aquello que nos condenaba a repetir” (Lo que Lacan decía de las curas, 2005).
Y a veces, eso basta.
