El mundo es un gran diván y cada persona una circunstancia única y sin igual. La historia es un punto de partida fundamental para poder dar paso a los distintos discursos que hay. Bienvenidos a un espacio de reflexión, donde la filosofía, el psicoanálisis, la literatura, el arte y demás ciencias humanísticas abrirán distintas puertas, ventanas… o agujeros en los muros.
Vivimos en una época que ha logrado dos cosas al mismo tiempo: por un lado, visibilizar con justicia los malestares psíquicos y, por otro, reducirlos a etiquetas casi mercantiles. Si antes el sufrimiento era negado, hoy se ha vuelto marca personal. “Soy ansioso”, “tengo TDAH”, “soy una persona límite” —se dice con una mezcla de resignación, alivio y sentido de pertenencia. Como si el alma pudiera resumirse en un acrónimo clínico, y la biografía en un manual de diagnóstico.
Este encuentro no pretende negar la importancia de la psicopatología, ni romantizar el dolor. Pero sí levantar unas preguntas esenciales, que la filosofía y el psicoanálisis no pueden ignorar: ¿qué perdemos cuando confundimos al sujeto con su síntoma?¿Qué queda del misterio de una persona cuando creemos haberla descifrado con tres letras? No, no eres tu síntoma. No lo fuiste antes de recibirlo, y no tienes por qué seguir siéndolo después.
El síntoma como lenguaje
Para Sigmund Freud, el síntoma no es una simple disfunción o un “error” de la mente. Es una formación del inconsciente, es decir, una construcción que expresa un conflicto psíquico no resuelto. No se trata de eliminarlo, sino de escucharlo. En palabras del propio Freud: “Los síntomas son actos sustitutivos que, a falta de otra solución, permiten que se satisfaga en forma encubierta un deseo reprimido” (Lecciones introductorias al psicoanálisis, 1917).
Este enfoque contrasta con el paradigma médico actual, donde el síntoma se interpreta como una anomalía que hay que suprimir. Freud, en cambio, enseñaba a leerlo como se lee un sueño, un lapsus, una obra de arte: como algo que tiene sentido, aunque no sea evidente. Esto implica que detrás de cada síntoma hay un sujeto. No un código genético, ni una tabla de neurotransmisores, sino una persona que sufre, que desea, que teme. Cuando el síntoma se convierte en identidad, ese sujeto desaparece.
El diagnóstico como consuelo y como prisión
Es comprensible que un diagnóstico pueda ser vivido como un alivio. Da nombre a lo que antes era caos. Permite reconocerse en una comunidad de otros que padecen lo mismo. Pero, como todo consuelo rápido, tiene un precio. El filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, advierte que vivimos en una cultura donde lo patológico ha sido privatizado: la sociedad genera condiciones de insalubridad psíquica, pero individualiza el sufrimiento. Escribe: “El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyendo que se está realizando. (…) Cuando no puede más, se culpa a sí mismo y no al sistema” (La sociedad del cansancio, 2010).
Así, el diagnóstico puede servir de sedante: “tengo ansiedad”, ergo, no tengo que cuestionar el entorno que me la provoca. Pero también puede operar como condena: si soy ansioso, ¿qué lugar queda para el cambio?
Lacan y el síntoma como metáfora del ser
Jacques Lacan, retomando a Freud, profundizó aún más en el carácter simbólico del síntoma. Para él, el síntoma es una metáfora fallida, un signo que remite a un vacío estructural del sujeto. Es lo que se forma cuando algo no puede decirse, pero insiste. “El síntoma es lo que viene en lugar de lo que no puede ser dicho” (La dirección de la cura, 1958).
Lacan fue muy claro en esto: el síntoma no es el sujeto, sino el modo en que el sujeto intenta estructurarse en medio del lenguaje y el deseo. Cuando decimos “soy ansioso”, nos olvidamos de que esa ansiedad es una respuesta a algo —no un origen, sino un efecto. No una identidad, sino un camino de retorno. Desde esta perspectiva, la cura no consiste en eliminar el síntoma, sino en reconfigurar su sentido. Es decir, en asumirlo no como cárcel, sino como enigma.
Etiquetas visibles, historias invisibles.
Sanar no es normalizar
Hay una tentación peligrosa en el discurso terapéutico moderno: la de convertir la salud mental en un proyecto de normalización. Sanar, se nos dice, es “funcionar bien”, “ser productivo”, “llevarse bien con los demás”. Pero ¿y si el alma no quiere adaptarse, sino despertar? El psicoanalista británico, Darian Leader, comparte lo siguiente al respecto: “Si el objetivo de la terapia es simplemente adaptarse a las exigencias del mundo moderno, entonces el coste puede ser la pérdida del sujeto mismo” (¿Qué es la locura?, 2011).
Quizá parte del sufrimiento psíquico actual sea esta inquietud desfigurada por un mundo que no sabe de descanso. En vez de escuchar el alma, la medicamos; en vez de discernir, diagnosticamos; en vez de confiar, controlamos. El síntoma puede ser una ocasión de conversión: no hacia lo “normal”, sino hacia lo verdadero.
Redescubrir al sujeto: una tarea urgente
Si la cultura del diagnóstico ha reemplazado al sujeto por su síntoma, entonces una de las tareas más urgentes es recuperar la pregunta por el “quién”. No el qué tienes, sino el quién eres. No el cómo funcionas, sino el para qué vives. Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, lo expresó con lucidez: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo” (El hombre en busca de sentido, 1946). Esta frase —tan citada como ignorada— contiene una verdad que incomoda a las formas actuales del discurso terapéutico: no basta con reducir el malestar, hay que encontrarle un sentido. No basta con funcionar mejor, hay que vivir con propósito.
Pero ese propósito no se impone desde fuera, ni se compra en talleres de autoayuda. Nace, muchas veces, de atravesar el síntoma. De escucharlo, de respetarlo como se respeta a quien trae una mala noticia que, sin embargo, revela algo verdadero. El síntoma, entonces, no es el enemigo. El verdadero peligro está en perder al sujeto que hay detrás. En anestesiar el alma para que encaje. En dejar que una palabra clínica nos robe el nombre, el rostro, la historia.
No, tú no eres tu síntoma. No eres tu ansiedad, ni tu trauma, ni tu diagnóstico. Eres alguien que ha sufrido, que busca comprender, que desea vivir mejor. Y eso —la dignidad de ser alguien— no hay etiqueta que lo abarque.
“El chiste, como el sueño, permite a lo reprimido asomar disfrazado” —Sigmund Freud
Queridos(as) lectores(as):
En el transcurso de los últimos años, los memes han pasado de ser un entretenimiento informal a convertirse en una auténtica forma de comunicación cultural. No se trata sólo de chistes visuales: los memes expresan emociones, condensan pensamientos colectivos y revelan —sin proponérselo— estructuras afectivas profundas. Funcionan como huellas psíquicas compartidas, a menudo humorísticas, otras veces inquietantes, que circulan como ecos del inconsciente en un espacio donde todos somos emisores, receptores y, en algún punto, sujetos afectados. El meme, aunque breve y aparentemente trivial, opera como una pequeña obra de condensación simbólica. En él se cruzan la repetición, el deseo, la defensa, el duelo. Su éxito no se mide solamente en likes o cuántas veces se comparte, sino en la intensidad con la que logra tocar algo en el sujeto: una ansiedad, una herida, un sinsentido. En este gesto mínimo se esconde una economía del sufrimiento. No sufrimos menos, pero lo decimos de otra manera.
Desde la teoría psicoanalítica, podríamos entender esta práctica como una de las formas actuales que adopta lo que Sigmund Freud llamó “el retorno de lo reprimido”: aquello que no puede decirse directamente, se repite o se actúa. Desde la filosofía y la historia cultural, el meme aparece como una pathosformel contemporánea, en el sentido propuesto por Aby Warburg: una forma visual que encarna una emoción colectiva y persistente a lo largo del tiempo (Cfr. El ritual de la serpiente, 1923).
Reír para no llorar: el meme como defensa psíquica
El humor es una forma refinada de defensa. Freud decía que el humor “no es resignación, sino rebelión” frente a la realidad que nos oprime (Cfr. El humor, 1927). Cuando no podemos cambiar la realidad, al menos podemos modificar la manera en que la experimentamos. Esa es, en esencia, la lógica del meme: transformar lo insoportable en algo digerible, incluso risible. Durante la pandemia de Covid-19, por ejemplo, circularon miles de memes sobre el encierro, el papel higiénico, las videollamadas y el miedo. ¿Qué estábamos haciendo, en realidad, al compartirlos? Procesar lo impensable. Elaborar —aunque fuera de forma parcial— una situación traumática sin tener que nombrarla directamente.
No podíamos hablar de la muerte, del abandono, del colapso; pero sí podíamos reírnos de que el pan de masa madre no nos salía, de que habíamos perdido la noción del tiempo o de que extrañábamos a alguien. Así, el meme se convierte en una defensa secundaria: no niega el dolor, pero lo transforma en algo transmisible. De hecho, como señala Viktor Frankl: “El humor es otra de las armas del alma en la lucha por la supervivencia” (El hombre en busca de sentido, 1946). Esa arma, hoy, está pixelada.
El inconsciente digital: repetición y goce en el clic
La estructura del meme está hecha para repetirse: se copia, se modifica, se resignifica. Esta repetición no es banal. Desde el psicoanálisis, la repetición es el modo privilegiado por el cual se manifiesta lo que no ha sido elaborado. Jacques Lacan diría que la repetición es “la insistencia de una marca simbólica que retorna allí donde no puede integrarse” (Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964).
Cuando compartimos un meme sobre ansiedad, soledad, relaciones fallidas o crisis existenciales, no sólo nos reímos de ellas: también las repetimos como si esperáramos que, a fuerza de circular, algo se resuelva. Pero no siempre hay elaboración. Muchas veces, la lógica algorítmica intensifica el circuito del goce: queremos volver a ver ese contenido porque nos afecta, porque nos duele, porque nos atrapa. Ahí donde antes teníamos un síntoma que se analizaba, ahora tenemos un loop de imágenes que se viralizan. Es el goce sin dialéctica, como advierte Byung-Chul Han: “El exceso de positividad cancela el espacio del otro, y con él, la posibilidad de una experiencia significativa” (La sociedad de la transparencia, 2012).
El meme no refleja la vida. A veces la reemplaza.
Comunidades del malestar: una clínica de lo colectivo
En la clínica solemos trabajar con la singularidad del sujeto. Pero los memes ponen en escena otro nivel: el del inconsciente colectivo. Carl Jung utilizó este término para hablar de los arquetipos que atraviesan culturas enteras (Cfr. El hombre y sus símbolos, 1964), pero hoy podríamos reformularlo: hay núcleos de angustia, pérdida y deseo que se comparten, se comentan y se actualizan en los lenguajes visuales de internet. No es casual que tantos memes hablen del burnout, del síndrome del impostor, del ghosting o de la desesperanza. Son signos de una comunidad afectiva, aunque fugaz, que reconoce su malestar en un código visual común. No hay consuelo, pero hay reconocimiento. Y en ese mínimo gesto —“yo también me siento así”— se funda una clínica no hablada.
Jean-Luc Nancy afirmaba que la comunidad no se forma por lo que se tiene en común, sino por la experiencia de la exposición mutua al vacío, al límite (Cfr. La comunidad inoperante, 1986). En cierto modo, los memes contemporáneos son una forma de compartir esa exposición sin tener que explicarla.
Memes como ruinas del presente: lo patético como estética
Los memes no sólo dicen algo: muchas veces dicen que no sabemos qué decir. Son retazos, fragmentos, ruinas. En ellos aparece una estética del desborde emocional, del patetismo asumido, del fracaso cotidiano convertido en gesto visual. No son “arte elevado”, pero sí son expresiones de una sensibilidad contemporánea atravesada por el desarraigo simbólico.
Giorgio Agamben, reflexionando sobre los testigos de Auschwitz, afirma que el verdadero testigo es el que habla “en nombre de aquello que no puede hablar” (Lo que queda de Auschwitz, 1998). Salvando las distancias éticas y contextuales, podríamos decir que los memes hacen algo similar: dan forma a lo que no se puede nombrar del todo, a esa experiencia difusa de habitar un mundo donde el tiempo se vuelve efímero, donde todo debe causar efecto, donde el silencio es reemplazado por una risa breve. Walter Benjamin lo anticipó: “La historia está hecha de escombros que iluminan sólo por un instante” (Tesis sobre la Historia, 1940).
Tal vez los memes no pretendan durar, pero en su fugacidad, iluminan zonas que no podríamos mirar de frente.
«El sentido no es algo que descubrimos, sino algo que hacemos posible».
-Markus Gabriel
Queridos(as) lectores(as):
Hay preguntas que no nacen de la razón, sino del quebranto. No son un ejercicio intelectual ni un juego dialéctico. Surgen cuando el alma está en ruinas y apenas logra susurrar, entre lágrimas, entre noches sin dormir: “¿Qué sentido tiene todo esto?” No es la pregunta de los filósofos en su escritorio, ni la del estudiante en su tesis, ni siquiera la del creyente en busca de dogma. Es la pregunta del que ha perdido algo esencial —una madre, un hijo, una esperanza, la salud, la fe, o a sí mismo— y se descubre arrojado al mundo sin mapas. Es la pregunta del que, en medio de una rutina que no entiende, de un dolor que no cesa o de una alegría que ya no basta, comienza a sospechar que vivir no es lo mismo que estar vivo.
Vivimos tiempos donde todo debe tener “explicación”, pero pocas veces tiene verdadero sentido. Y sin embargo, la pregunta sigue latiendo en muchos: no como una exigencia lógica, sino como un clamor existencial. A veces callamos por orgullo, por miedo, por costumbre… pero en el fondo, todos, alguna vez, la hemos formulado con el corazón hecho trizas. En este encuentro haremos un intento de escuchar esa pregunta. No de responderla del todo —sería arrogante pretenderlo—, sino de honrarla, caminarla, darle espacio. Porque incluso la desesperación merece un lenguaje.
Cuando la vida se cae a pedazos
No hay anuncio, no hay preparación, no hay manual. Simplemente ocurre. Algo —o todo— se rompe. Y entonces el cuerpo tiembla, la mente se dispersa, el alma se pliega sobre sí misma. El colapso no siempre es un grito; a veces es un silencio seco que no deja pasar ni el aire. Llega como una grieta, y uno descubre que no era tan fuerte como creía, ni tan blindado, ni tan inmune. Es el día en que la vida, sin avisar, se nos cae a pedazos. Puede venir por la pérdida de un ser querido, por una traición que desgarra, por una enfermedad que arranca el futuro de cuajo, o por una fatiga existencial tan profunda que ya no se sabe cómo dar el siguiente paso. A veces ocurre en el corazón de un adulto maduro; otras, en el desconcierto de un joven que no encuentra su lugar en el mundo. Lo cierto es que nadie está exento del colapso. Porque nadie está exento de vivir.
El filósofo Byung-Chul Han escribe: “El dolor, el sufrimiento y la negatividad hacen que el alma sea alma” (La sociedad del cansancio, 2010). Tal vez por eso el alma despierta cuando más duele. Pero en ese primer momento, el despertar no trae consuelo: trae vértigo. ¿Cómo seguir cuando lo que sostenía la vida ya no está? ¿Cómo encontrar sentido cuando los fragmentos de la existencia se esparcen como vidrios rotos? En consulta, no pocas veces escuchamos esta frase dicha con los ojos vacíos: “Ya no sé para qué estoy aquí”. Es un lamento, sí, pero también una súplica: que alguien —o algo— le devuelva sentido al caos. A veces, incluso el lenguaje se vuelve insoportable, porque cada palabra parece traicionar la dimensión del dolor vivido. “Me rompí”, dicen algunos. Y con eso basta. No hace falta explicar más.
El psicoanálisis no responde con fórmulas, pero sabe escuchar los signos del colapso. Sabe que ahí donde el Yo tambalea, algo más profundo pide nacer. En la Biblia, Job lanza su lamento: “¿Por qué salió del vientre el que vio la luz? ¿Por qué dar vida al amargado de corazón?” (Job 3,11). No es sólo un reproche, es una herida que busca su eco. Porque el sufrimiento, cuando no encuentra sentido, busca al menos una compañía. Quien ha vivido un colapso sabe que no hay consuelo fácil. Las frases hechas se vuelven veneno, y los intentos de explicarlo todo, una falta de respeto al misterio del dolor. Lo único que puede hacerse en ese umbral es lo más humano: quedarse, acompañar, y reconocer que no siempre hay palabras, pero sí presencia. “El sentido no siempre se encuentra —decía Simone Weil—, a veces se padece, se soporta, se deja crecer” (La gravedad y la gracia, 1947). Y ese crecimiento suele comenzar justo ahí: donde la vida parece haberse desplomado por completo.
El impulso de seguir
Hay un momento —extraño, desconcertante, casi absurdo— en el que, aún sin sentido, el cuerpo se levanta. Uno come algo, se baña, responde un mensaje, vuelve a caminar por la misma calle donde ocurrió lo irreparable. Y se sorprende. Porque si todo está perdido, ¿por qué seguimos? No es resignación. Tampoco esperanza. Es algo más primitivo y profundo: un impulso vital, una especie de terquedad del alma que se niega a caer del todo. Como si algo dentro dijera: no entiendo nada, pero no puedo dejar de estar aquí. Kierkegaard lo intuyó con radicalidad en su obra El concepto de la angustia (1844), cuando explicó que la angustia no destruye al hombre, sino que lo revela. Hay una fuerza paradójica en ella: mientras desestructura, también impulsa. La angustia no es sólo vacío; es la antesala de una decisión. Es la grieta por donde la libertad se asoma.
En clínica, se observa con claridad: personas devastadas que, sin saber cómo, han resistido diez, veinte, treinta años con un dolor que parecía insoportable. Lo cuentan sin orgullo, sin épica. Simplemente siguen. Sigmund Freud lo llamaría pulsión de vida (Trieb), esa energía que se opone —a veces silenciosamente— al deseo de desaparecer. Melanie Klein, desde su lectura del duelo y la posición depresiva, señalaría que incluso en la destrucción hay una intención de restauración. El sujeto ama demasiado aquello que ha perdido, y por eso lucha con más intensidad por no desaparecer con ello.
En literatura, lo vemos con crudeza en personajes como Winston Smith, de 1984 (Orwell, 1949), o el padre de La carretera (McCarthy, 2006). Ninguno tiene una razón clara para seguir, salvo una: hay alguien que aún merece ser amado, o salvado, o simplemente acompañado. Esa es, muchas veces, la negación del sinsentido: el amor. Aunque esté herido, aunque no encuentre palabras, aunque no sepa si habrá mañana. El Evangelio según San Lucas narra que, luego de la crucifixión, algunas mujeres se dirigieron al sepulcro con perfumes y ungüentos (Lc 24,1). ¿Para qué? Ya estaba muerto. Pero fueron. No para entender, sino para amar. Para cumplir un gesto. Y en ese gesto absurdo, se toparon con el milagro.
Hay en el ser humano una voluntad inexplicable de permanecer. Aunque el mundo se desmorone. Aunque el alma esté rota. Aunque no haya respuestas. Como si, en lo más íntimo, supiéramos que dejar de buscar sentido es renunciar a lo que nos hace humanos. El filósofo contemporáneo, Markus Gabriel, señala que “el sentido no es algo fijo, sino algo que se produce en el acto de habitar el mundo” (El sentido del pensamiento, 2018). Tal vez sea eso: habitamos. Seguimos. Aunque sea caminando entre ruinas, aunque sea con el alma hecha jirones. Porque vivir —a veces— es un acto de negación radical del sinsentido. Y ese gesto, por pequeño que sea, ya es una forma de sentido en sí mismo.
Y aún entre las cenizas de Dresde, la dignidad humana encontró formas de resistir.
El duelo de no comprender
Antes de la caída, teníamos un relato. No importaba si era simple o complejo, ingenuo o elaborado: había una historia que nos sostenía. Éramos “el hijo de…”, “el que amaba a…”, “el que soñaba con…”. Incluso el dolor, cuando tenía un lugar dentro de una narrativa, era más soportable. Pero el colapso no sólo hiere lo que somos: rompe lo que creíamos ser. Y, con ello, desmonta la historia que habíamos contado sobre nuestra vida. De pronto, ya no se sabe cómo narrarse. ¿Quién soy ahora que ya no tengo eso que me nombraba? ¿Qué sentido tiene todo lo anterior si no condujo a nada más que a este abismo? Paul Ricoeur, en Tiempo y narración (1983), explica que el ser humano necesita narrarse para habitar el tiempo. Sin relato, el tiempo se vuelve inerte, y la existencia se fragmenta. Por eso el dolor profundo —especialmente el que llega de forma abrupta— no sólo duele: desorienta. Es el duelo no sólo de lo perdido, sino del sentido que daba forma al pasado, al presente y al porvenir.
En consulta, he escuchado a personas decir: “Siento que ya no soy la misma”, “ya no sé en qué creo” o “todo lo que hice no valió nada”. Esas frases no son un diagnóstico de depresión: son expresiones de duelo narrativo. La identidad ha quedado en suspenso porque el lenguaje interno ha sido silenciado. Y eso duele más que la herida misma. El alma entra en lo que Barthes, tras la muerte de su madre, llamó el suspenso absoluto de la significación. En su Diario de duelo (2009), escribe: “Ya no tengo historias que contarme. Sólo imágenes. Pero las imágenes no sostienen la vida”. Este tipo de duelo no puede ser apresurado. Requiere silencio, compañía y una enorme paciencia con uno mismo. La tentación es construir una narrativa rápida para calmar el dolor. Pero los relatos apresurados son como casas mal cimentadas: se derrumban al primer temblor.
El psicoanálisis no obliga a narrar, pero escucha los silencios, las repeticiones, los balbuceos. Porque en ellos empieza a gestarse, poco a poco, un nuevo relato. Uno más frágil, tal vez. Pero también más verdadero. Y es que, tal vez, el sentido no siempre aparece como una gran explicación que todo lo ordena. A veces, el sentido es simplemente poder decir con honestidad: “No entiendo lo que pasó, pero sigo aquí”. Y con eso, ya comienza una nueva historia.
El sentido como construcción amorosa
A pesar de lo que muchas veces se dice, el sentido rara vez se encuentra. No es una moneda extraviada en un rincón del alma, ni un objeto escondido que algún día aparece bajo la luz reveladora de la razón. El sentido, más bien, se construye. Y no se construye solo: se edifica en el otro, desde el otro, con el otro. Con el tú que nos escucha, con la mirada que no nos juzga, con la palabra que no da soluciones, pero permanece. Emmanuel Levinas lo formuló de manera radical: “El sentido se origina en el rostro del otro” (Totalidad e infinito, 1961). No hay mayor lugar de sentido que el rostro humano que nos interpela, que nos llama sin palabras, que nos exige una respuesta ética, aunque no tengamos nada para dar. Es ahí, en el vínculo, donde el sinsentido comienza a ceder.
Martin Buber habló de la relación Yo-Tú como el fundamento mismo de la existencia auténtica. En esa relación no uso al otro, no lo reduzco a objeto, no lo convierto en recurso ni en solución a mi angustia. En esa relación, simplemente soy con él, y eso basta. El sentido, entonces, no es una construcción solitaria, sino un acontecimiento compartido. El psicoanálisis también reconoce esto. No cura el dolor eliminándolo, sino dándole espacio para hablar. Y hablar no es un acto individual: es un gesto relacional. El analista —presente, humano, falible— escucha con una disposición amorosa que no busca explicar, sino sostener. Julia Kristeva lo resume con claridad: “La cura es, antes que nada, una acogida del sufrimiento en el lenguaje” (El porvenir de una revuelta, 1998). Y esa acogida es un acto de amor. El amor —aunque imperfecto— ofrece un suelo donde el alma puede volver a respirar.
Judith Butler, desde una ética de la vulnerabilidad, ha dicho que “somos constituidos por los lazos que nos hacen vulnerables, pero también por aquellos que nos sostienen” (Marcos de guerra, 2009). El sentido, entonces, no se impone desde fuera, ni se encuentra de forma pasiva: se construye cada vez que alguien nos acompaña a mirar la herida sin apurarnos a cerrarla. Tal vez por eso, a veces basta una mano en el hombro, una taza de café compartida, una carta inesperada, una voz que nos llama por nuestro nombre. En esos gestos sencillos —que no explican, pero sí abrazan— empieza a levantarse de nuevo el edificio del sentido. Ladrillo a ladrillo. Con paciencia. Con amor.
La fe, la espera, la confianza
Después de todo lo vivido —el colapso, la supervivencia sin respuestas, la ruptura de nuestras narrativas, la reconstrucción desde el amor— queda algo que tal vez es lo más difícil de aceptar: no todo se sabrá. No todo se explicará. No todo será claro. Y, sin embargo, eso no impide vivir. La fe, en su núcleo más íntimo, no es certeza absoluta. Es confianza en la oscuridad. Es decir “sí” sin garantías. San Agustín lo entendió con palabras que atraviesan los siglos: “Si lo comprendes, no es Dios” (Sermones, siglo V). La plenitud no radica en tener todas las respuestas, sino en aprender a vivir con preguntas que arden, pero no destruyen.
Miguel de Unamuno, atormentado por la duda, escribió: “¡Que inventen ellos! Yo quiero vivir… aunque sin saber para qué” (Del sentimiento trágico de la vida, 1913). Y en esa contradicción vivía su fe desgarrada, su esperanza tozuda, su forma tan española y tan humana de seguir amando la vida, incluso sin sentido evidente. Aceptaba lo trágico, pero no por eso renunciaba a lo profundo. Dietrich Bonhoeffer, preso por el nazismo y finalmente ejecutado, escribió en una de sus cartas desde la cárcel: “No es en las respuestas fáciles, sino en las preguntas que permanecen abiertas, donde Dios habita” (Resistencia y sumisión, 1951). Habitar la incertidumbre puede ser, en sí mismo, un acto de fe. Rainer Maria Rilke, con su habitual delicadeza, dejó una de las frases más luminosas de la literatura epistolar: “Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas mismas, como habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua extranjera… Quizá vivas entonces algún día, poco a poco, sin notarlo, dentro de la respuesta” (Cartas a un joven poeta, 1929). No se trata de rendirse ante el sinsentido, sino de caminar con él como compañero de viaje. Dejar que el misterio, en lugar de paralizar, nos haga más humildes, más atentos, más abiertos. Porque hay sentidos que sólo se revelan cuando uno deja de exigirles que se muestren.
A veces, basta con saber que seguimos aquí. Que algo —alguien— nos sostuvo cuando no pudimos sostenernos. Que el amor no nos abandonó del todo. Que la esperanza, aunque frágil, no se extinguió. No saber del todo no significa no vivir del todo. A veces, vivir es precisamente eso: lanzarse, quedarse, construir, esperar… sin comprenderlo todo, pero creyendo que hay algo más. Algo que quizá no entendamos aún, pero que late, calladamente, en el fondo de todo.
«Quien desea habitar debe cargar con la soledad de sus preguntas».
-Guillermo Fadanelli
Queridos(as) lectores(as):
Últimamente se ha puesto de moda decir que “hay que aprender a habitar”. Se repite la palabra en redes, en talleres, en libros de autoayuda disfrazados de filosofía. Algunos la usan como sinónimo de mindfulness, otros como metáfora del arraigo, y hay quienes la lanzan sin saber muy bien qué significa. Pero… ¿qué es, en realidad, habitar? ¿Qué habitamos? ¿Qué creemos habitar y qué, sin saberlo, apenas ocupamos?
Guillermo Fadanelli, en En busca de un lugar habitable (2018), lanza una premisa incómoda: “El lugar habitable no es necesariamente el más cómodo, sino aquel en el que podemos sostenernos sin mentirnos”. Y eso cambia todo. Porque entonces no se trata de encontrar una casa bonita, un país estable o una pareja funcional. Habitar, según esta idea, tiene menos que ver con el confort y más con el coraje. Con la posibilidad de permanecer —aunque sea un rato— sin evasiones, sin adornos, sin máscaras.
¿Qué significa habitar algo?
Martin Heidegger, en su célebre ensayo Construir, habitar, pensar (1951), escribió: “Habitar es la manera en que los mortales están en la tierra”. Pero esa frase, que parece tan simple, contiene una profundidad desconcertante. ¿Qué implica “estar” realmente? ¿Qué diferencia hay entre ocupar un lugar y habitarlo? Tal vez la clave esté en comprender que habitar no es sólo permanecer, sino vincularse. Habitar algo es reconocerlo como propio, aunque no nos pertenezca. Es hacer de un espacio —físico, simbólico o emocional— un lugar desde donde vivir y no sólo pasar. Es asumir un compromiso silencioso con la permanencia, aunque no sepamos cuánto dure.
Habitar es estar con el cuerpo, con el pensamiento y con el deseo. Por eso hay tantas personas que viven en casas, pero no las habitan; que están en relaciones, pero no las sienten como refugio; que ocupan sus cuerpos como si fueran un abrigo ajeno. Gaston Bachelard, en La poética del espacio (1957), decía que: “La casa es el primer mundo del ser humano. Antes de ser arrojado al mundo, el hombre está colocado en la cuna de la casa”. Habitar, entonces, no es sólo construir techos, sino construir sentido. Por eso no hay espacio sin subjetividad: una casa puede ser cárcel o cobijo, según quien la mire. Un silencio puede ser descanso o amenaza. Una ausencia puede ser olvido o fidelidad.
El psicoanálisis lo sabe: habitamos no sólo espacios, sino también símbolos, traumas, duelos y palabras. Y muchas veces habitamos mal. Nos instalamos en la queja, en la repetición, en la autoexigencia, en el mandato. Jacques Lacan, en su Seminario XI (1973), nos recuerda: “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”. Entonces, ¿será que también habitamos el lenguaje? ¿Será que nuestras palabras —las propias o las heredadas— son las paredes que definen nuestro mundo interno? Si es así, tal vez sanar sea también reaprender a hablar. A decir. A significar. Rainer Maria Rilke escribió en una de sus cartas (1904): “Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan vernos actuar, sólo una vez, con belleza y valentía”. Y eso es también habitar: mirar de frente. Estar donde uno está. No sólo porque no hay otro lugar, sino porque ahí —justamente ahí— puede comenzar algo distinto.
Lo que habitamos (y lo que pretendemos habitar)
Habitamos un cuerpo, sí. Pero muchas veces lo hacemos como si fuera un lugar prestado, incluso hostil. Hay cuerpos en los que se sobrevive, pero no se vive. Cuerpos que no se sienten como hogar, sino como trinchera. Juan David Nasio, en El dolor de amar (1996), escribe: “Una persona habita su cuerpo cuando le da sentido”. Y para darle sentido hay que dejar de huir de él. Escucharlo. Habitar no es imponerse en un cuerpo, sino reconciliarse con su lenguaje. Con sus dolores, sus pliegues, su memoria. Habitamos también vínculos: amistades, amores, familias. Pero no todos los vínculos son lugares habitables. Hay relaciones que se viven como laberintos, como hoteles en los que uno nunca deshace la maleta. Y sin embargo, persistimos. Porque habitarlos nos da una ilusión de permanencia, aunque sea ficticia.
A veces habitamos la costumbre como si fuera pertenencia. El trabajo como si fuera identidad. Las redes sociales como si fueran comunidad. Y así vamos construyendo una arquitectura del yo tan frágil como el scroll: inmediata, reactiva, sin profundidad. Fadanelli apunta con su bisturí en En busca de un lugar habitable (2018): “Hay quien habita una biblioteca para no habitar su cabeza. Hay quien habita un trabajo para no habitar su soledad”. No es una condena. Es una descripción de lo que somos capaces de hacer para sentir que estamos en alguna parte. Porque el desarraigo asusta. Porque el vacío, cuando no se mira de frente, se llena con cualquier cosa. Clarice Lispector, en su entrañable La hora de la estrella (1977), escribe: “Estoy intentando entender lo que hago, lo que quiero, lo que busco”.
Ese intento —humilde, confuso, a veces torpe— puede ser ya un acto de habitar. Porque quien se pregunta por lo que busca está al menos presente en su propio deseo, aunque no sepa nombrarlo del todo. Habitamos también el pasado. Y el duelo. Y los silencios. Alejandra Pizarnik dejó dicho en sus Diarios (2003): “Yo no sé de qué casa soy. Quizá no soy de ninguna”. Pero incluso en esa errancia, en esa confesión, hay algo que comienza a sostenerse. Porque nombrar la intemperie también es una forma de construir abrigo.
«Golconda» (1953) de René Magritte.
Habitar sin autoengaño
Hay quienes piensan que habitar es sinónimo de estar cómodos. Que basta con tener una casa ordenada, una rutina estable y una relación más o menos funcional para decir: “esto es vida”. Pero Fadanelli desconfía profundamente de esas formas limpias del bienestar. No porque esté en contra de la calma, sino porque sabe que muchas veces esa calma es un decorado que esconde un temblor. En En busca de un lugar habitable (2018), escribe: “Buscar un lugar habitable no es una empresa romántica. Es un acto de lucidez. De brutal sinceridad con uno mismo”. Esa frase da un giro importante: nos obliga a renunciar a la idea de que habitar es encontrar un refugio sin conflicto. Por el contrario, lo habitable parece estar más cerca del coraje de mirar lo que hay —y lo que no hay— en nosotros. Sin edulcorantes. Sin ficciones piadosas.
El psicoanálisis, en este punto, coincide. Analizarse no es decorar la casa, sino mover muebles viejos, abrir cuartos cerrados por años, sacar cajas que huelen a infancia. Y no siempre se encuentra algo bello. A veces se encuentra miedo. A veces, rabia. A veces, nada. Fadanelli lo expresa con una honestidad cruda: “Uno puede tener cama, pareja, amigos, libros, perro… y aún así sentirse expulsado de sí mismo. Porque no se trata de lo que uno tiene, sino de lo que uno puede sostener”. Y lo que uno puede sostener es, muchas veces, menos de lo que cree. Porque habitar sin autoengaño es una forma de asumir límites. No como fracaso, sino como acto de dignidad. Como forma de reconocerse en la medida justa del deseo.
En las sesiones, no es raro escuchar a alguien decir: “todo está bien, pero yo no estoy ahí”. Ese desfasaje entre la escena externa y la vivencia interna es, quizá, el síntoma más claro de que habitamos desde la apariencia, pero no desde la presencia. Y entonces aparece la pregunta: ¿queremos realmente habitar algo o sólo queremos que parezca que sí? Fadanelli no ofrece respuestas. No es su estilo. Pero deja caer sentencias que incomodan. Como esta: “El lugar habitable no es aquel donde todo funciona, sino donde uno puede pensar sin miedo”. Tal vez por eso —y esto no lo dice él, pero podría— los lugares más habitables no son los más bonitos, sino los más verdaderos.
Habitar, al fin
Habitar no es un acto definitivo. No es una conquista ni una certeza. Es, más bien, un ejercicio diario. Un estar y volverse a estar. Un gesto humilde, repetido con el paso de los días, como quien prende una vela en medio del viento. No se habita del todo. Pero se puede empezar. Con una pregunta verdadera. Con una palabra dicha sin disfraz. Con la decisión de no mentirse más, aunque cueste. Guillermo Fadanelli, con su estilo seco y necesario, advierte: “Buscar un lugar habitable implica reconocer que lo habitable también duele” (En busca de un lugar habitable, 2018).
Porque lo habitable no es lo perfecto, ni lo feliz en el sentido plano de la palabra. Lo habitable es lo que podemos sostener con dignidad, con deseo, con límites. Es ese lugar donde se puede llorar y respirar. Donde uno no se pierde a sí mismo por estar con otros. Donde el cuerpo no se siente extraño. Donde las palabras no sólo llenan el aire, sino que dicen algo. Quizá por eso, en el fondo, habitar sea resistir la tentación del simulacro. Resistir las versiones editadas de nosotros mismos. Resistir el exilio constante del presente.
Y si hay un lugar donde esa resistencia comienza, no es una casa ni una ciudad ni un paisaje. Es el interior. El íntimo, profundo, caótico y valiente interior del sujeto. Habitar, al fin, es estar ahí. Donde duele, donde tiembla, donde todavía —a pesar de todo— hay algo que vive.
Querido(a) lector(a), querida alma que resiste en silencio:
No sé quién eres, ni dónde estás, ni qué historia te trajo hasta esta carta. Pero si estás leyendo esto, es probable que el alma te pese más de lo habitual. Que estés pasando por días difíciles. Que los números no den, que la soledad apriete, que los pensamientos no se callen, o que simplemente el cansancio se haya convertido en tu sombra cotidiana. Yo también he estado —estoy— en ese lugar.
Hay días en los que me levanto con fe, con ánimo, con ganas. Y hay otros en los que todo se me viene encima: los temas económicos, las responsabilidades, los dolores que no se curan con analgésicos. A veces siento que hago mucho, y que, sin embargo, no alcanza. Me esfuerzo por mantenerme como psicoanalista, como escritor, como ser humano que aún cree en lo que hace. Y a pesar de todo, hay momentos en que el mundo parece no escuchar. Pero quiero decirte algo importante, algo que me diría a mí mismo si pudiera abrazarme en esas noches largas: ¡estás haciendo más de lo que parece, aunque no se note! Y eso, eso también es una forma de amor.
Tal vez no puedas cambiar todo ahora mismo. Tal vez te falten recursos, compañía, certezas. Tal vez tus padres ya no estén, como los míos. Tal vez no tengas con quién hablar de lo que realmente te pasa. Tal vez te han dicho que tienes que “echarle ganas” como si fuera tan simple. Entonces, déjame ser quien te lo diga con otro tono: no estás solo, no estás sola, aunque la soledad grite fuerte. Hay quienes entendemos lo que significa luchar con el alma cansada. Hay quienes, como tú, han aprendido a amar desde la ternura, aunque a veces la paciencia se agote. Por eso, esta carta no es sólo un consuelo. Es un puente. Desde mi dolor al tuyo. Desde mi esperanza tambaleante a la tuya, que tal vez esta noche necesita una mano para no dejarse caer.
En este punto, quisiera compartir contigo algunas cosas que me han ayudado, con la tierna esperanza de que te puedas dar 15 minutos en tu día para desconectarte del mundo para conectarte contigo mismo(a), con tus emociones, tus sentimientos, tus miedos… tu sombra. ¿Qué te parece ponerte unos audífonos y disfrutar de lo siguiente?
Música que acaricia el alma
Hay piezas que no salvan, pero que acompañan. Que se sienten como una voz que no te exige nada, sólo se sientan contigo. Me tomé la libertad de ayudarte poniendo los links para cada una de ellas. ¡Disfrútalas!
Spiegel im Spiegel– Arvo Pärt (sencilla, minimalista, como una oración sin palabras).
Adagio for Strings – Samuel Barber (para esos días donde necesitas llorar sin pedir permiso).
Clair de Lune – Claude Debussy (una caricia sonora, como un recuerdo bonito en medio del ruido)
Sake de Binks– Kohei Tanaka (One Piece) (dejarnos llevar por los sueños de piratas como los Mugiwara / Sombreros de Paja)
Si puedes, escúchalas con los ojos cerrados. No busques entenderlas. Sólo déjate llevar…
A veces, basta con mantenerse a flote. Y si el mar ruge, que ruja… pero que no nos haga olvidar que seguimos navegando.
Lecturas que sostienen
No, no son fórmulas mágicas. Pero algunas palabras funcionan como bálsamos:
Cartas a un joven poeta – Rainer Maria Rilke (especialmente esa parte donde dice que la tristeza también es una casa que hay que habitar)
Salmo 42 –»¿Por qué te turbas, alma mía?” (un diálogo eterno entre la angustia y la esperanza)
Los hermanos Karamázov – Fiódor Dostoievski (porque incluso los personajes más rotos siguen hablando con Dios desde sus escombros)
Fragmentos de Tío Vanya – Antón Chéjov (donde la resignación y la ternura se dan la mano. “Viviremos, tío Vanya… Viviremos…”)
Pequeños ejercicios que a veces nos salvan del abismo
Escribe algo cada día. Aunque sea una línea. Aunque sea un insulto. Escribe.
Respira de verdad. No esas respiraciones automáticas. Inhala contando 4, detén 4, exhala 6. Hazlo tres veces.
Mira el cielo un minuto. En serio. Como cuando eras niño.
Toma un vaso con agua y hazlo con tiempo y calma. Recuérdate que estás aquí. Que existes. Que eres. Disfrútalo entonces.
Y algo más: el humor
En medio de todo… ríete. De ti, de tus ideas locas, de tus juegos perdidos de Melate. Yo también he apostado con fe, y también he perdido. Pero aún así, sonrío. Porque si algo me enseñó mi madre, es esto: «En vez de contagiar gripe, contagia la risa. Al mundo le hace falta reír». Y si un día te ves riéndote solo(a), contestándote a ti mismo(a)… no te asustes. Yo lo hago seguido. Y a veces, eso es más terapéutico que cualquier sesión.
Querido(a) lector(a), si has llegado hasta aquí, te agradezco. Esta carta no es una despedida. Es una compañía. No sé si mañana estaré mejor, ni si tú lo estarás. Pero en este momento, nos tuvimos. Y eso basta. Cierra los ojos con esta certeza: no todo está perdido. Aunque la vida duela, tú eres más que tu dolor. Y siempre —siempre— hay alguien que, aunque no te vea, piensa en ti con amor.
Un abrazo inmenso desde este espacio, tuyo y mío, con respeto, con ternura y con fe en tu fuerza, ¡porque yo sí creo en ti!
Nos seguimos acompañando.
Héctor Chávez Pérez
P.d. Y si alguna vez te sientes muy perdido(a), vuelve a esta carta. Aquí estaré. Aquí estarás. Porque aunque no nos conozcamos, compartimos la misma tormenta… y el mismo anhelo de encontrar tierra firme.
P.d. ¿Te gustaría hablar? Te puedes analizar conmigo. Escríbeme a psichchp@gmail.com o en Instagram me encuentras como @hchp1. ¡Te espero!
«Nada es más insoportable que el silencio de aquellos a quienes uno ama»
-Pascal Quignard
En respuesta a la amable y generosa carta de Julieta (Uruguay).
Queridos(as) lectores(as):
Es difícil explicar lo que se siente cuando uno ofrece algo desde el corazón y lo que recibe a cambio es silencio. No un silencio profundo, meditativo, ni mucho menos agradecido, sino ese otro: el que vacía. El que deja en visto. El que no responde ni con una palabra, ni con un «lo leí», ni con un simple «gracias». Ese que, a fuerza de repetirse, comienza a doler. Lo que más duele, a veces, no es que no te lean. Es que no te lean quienes pensabas que te iban a leer. Es que no te escuchen los que conoces, los que alguna vez dijeron admirar lo que haces, los que comparten memes o trivialidades, pero no se detienen frente a algo que puede hacerles bien, aunque sea por un momento.
Algo que no se vende, que no se cobra, que no busca otra cosa más que compartir un pensamiento que tal vez alivie, acompañe o despierte algo valioso en el otro. Y entonces uno se pregunta: ¿vale la pena seguir? ¿Tiene sentido regalar palabras que a veces parecen caer en un abismo? La respuesta no es sencilla, pero tampoco desesperanzadora. Porque hay algo en nosotros que insiste. Algo que nos recuerda que no escribimos sólo por ser leídos, sino porque callar nos lastima más que el silencio de los otros.
La trampa de las expectativas
Es curioso —y cruel, a veces— cómo uno va alimentando expectativas sin querer. Esas pequeñas esperanzas que se tejen al escribir algo y compartirlo, al hacerlo llegar a personas cercanas. Uno cree que, por el vínculo, por el aprecio mutuo, por la historia compartida, esa persona leerá, comentará, dirá algo. Lo que sea. Porque no se está vendiendo nada, no se está imponiendo un discurso, sino regalando un pensamiento. Y sin embargo… no ocurre. La decepción, entonces, no nace de un rechazo explícito, sino de una ausencia que pesa. Porque lo que duele no es sólo que el otro no lea, sino que no quiera hacerlo. Que no tenga ni la curiosidad, ni el gesto, ni el mínimo movimiento del alma para acercarse a algo que podría tocarlo, ayudarlo o simplemente acompañarlo. Decía Albert Camus: «No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar» (El mito de Sísifo, 1942).
Ahí es cuando la expectativa se revela como una trampa. Porque uno no escribía para ser aplaudido… pero secretamente, sí esperaba algo. Esperaba un gesto. Un eco. Una señal. Y cuando esa señal no llega, no queda más remedio que mirarse por dentro y preguntarse: ¿por qué me dolió tanto? ¿Es por ellos o por lo que había en mí, esperándolos? La respuesta no siempre consuela, pero libera. Porque al reconocer esa trampa, también se reconoce el valor de seguir escribiendo aun cuando no haya respuesta. Como quien deja una carta en una botella, con la esperanza serena —y muchas veces solitaria— de que algún día, en alguna orilla del mundo interior de alguien, esa carta será leída.
El silencio que duele más que un «no»
Hay silencios que sanan, y otros que matan algo dentro. Hay silencios llenos de respeto, de espera, de escucha… y hay otros que son indiferencia disfrazada de paz. El segundo es el que más duele. Porque no es un rechazo frontal, no es una crítica que permita diálogo o respuesta. Parafraseando a María Zambrano: «El silencio que no espera es el más cruel de todos». Es una ausencia elegante, una especie de vacío decorado con cordialidad digital: el “visto” de las redes sociales. Vivimos una época donde la exposición es constante, pero el verdadero encuentro escasea. Se responde más rápido a un meme que a una reflexión. Se comparte antes una frase hecha que un pensamiento profundo. Y así, cuando uno lanza algo importante —algo trabajado, cuidado, sentido— y lo único que recibe a cambio es ese silencio pulido de las plataformas, la herida se abre en un lugar inesperado: no en el ego, sino en la esperanza.
Porque uno no esperaba ovaciones, ni palabras grandilocuentes. A veces, con un simple «te leí», bastaba. Pero no llega. Y entonces el silencio se vuelve estruendo. No por su volumen, sino por su carga simbólica. Quien no responde, el que no se toma ni un minuto, parece decir —aunque no lo diga—: «no me interesa». Pero ¿realmente no les interesa? ¿O hemos llegado a tal nivel de anestesia emocional que lo gratuito, lo profundo y lo humano ya no convoca? La respuesta, quizás, no esté en ellos. Tal vez esté en nosotros. En quienes aún creemos que el alma merece ser tocada, incluso por palabras que nadie pidió, pero que alguien podría necesitar. Y aunque el silencio siga cayendo como una losa, la palabra, si es honesta, seguirá siendo un acto de resistencia. Un gesto de fe. Un modo de decir: «Aquí estoy. Y aunque no respondas, sigo creyendo que el encuentro es posible».
«A veces hay cosas más interesantes e importantes en un mundo absurdo que un buen libro» -Héctor Chávez Pérez
El valor de lo gratuito
Hay una profunda distorsión en la forma en que entendemos el valor. Se ha instalado la creencia de que sólo vale aquello que se puede comprar, medir, monetizar. Y sin embargo, lo gratuito —lo verdaderamente gratuito— no es sinónimo de barato, ni de irrelevante. Es, en realidad, una de las formas más puras de lo humano. Es fácil despreciar lo que se ofrece sin costo. Y más aún, ignorarlo. Pero lo gratuito lleva consigo una densidad que no siempre se ve: implica tiempo, dedicación, deseo de bien. Tal como dice Ivan Illich en su texto, La convivencialidad (1973): «Lo gratuito no es lo que carece de precio, sino lo que nace de una relación humana auténtica». Implica vínculo. Cuando alguien escribe, comparte una reflexión, un pensamiento cuidado, y lo hace sin esperar nada a cambio, está haciendo una ofrenda. Una invitación silenciosa al encuentro. Pero vivimos en tiempos en los que dar sin pedir parece ingenuo. Como si fuera sospechoso. Como si no tuviera lugar en un mundo regido por el rendimiento, la utilidad y el consumo.
Y entonces lo gratuito —en lugar de ser honrado como un acto noble— es ignorado como si fuera una molestia. Sin embargo, quienes seguimos apostando por la palabra gratuita, por el pensamiento que se entrega sin factura, no lo hacemos por necedad, sino por fidelidad a algo que sentimos verdadero. Porque el alma también necesita ofrecer, y no siempre desde la necesidad de respuesta, sino desde la convicción de que hay cosas que deben ser compartidas. Escribir y ofrecer lo escrito sin precio no es un gesto menor. Es resistir. Es confiar en que lo humano aún vive en alguna parte. Es tender puentes donde todo parece construido con muros. Y si algún día alguien cruza ese puente, aunque sea una sola persona… entonces habrá valido la pena.
¿Para quién se escribe, entonces?
Hay un momento inevitable en la vida de quien escribe —de quien da, de quien piensa y comparte— en el que la pregunta se vuelve punzante: ¿para quién lo estoy haciendo? Cuando no hay respuesta, cuando el silencio se multiplica, cuando los propios cercanos parecen no ver lo que uno ofrece… esa pregunta no es un ejercicio intelectual: es una herida abierta. Pero en medio de esa incertidumbre, hay algo que se impone como necesidad: escribo porque si no lo hiciera, me dolería aún más. Escribo porque es mi manera de seguir buscando sentido, de nombrar lo que no debe quedar en la sombra, de acompañar aunque no siempre haya compañia de vuelta.
Clarice Lispector, en una de esas frases que parecen salidas del fondo de una noche silenciosa, escribió: «Escribo para entender lo que el silencio me dice» (esta frase, por cierto, la encontramos incontables veces en varios lugares, pero realmente es una paráfrasis de lo que dice, hermosamente, en Un soplo de vida (1978): «Escribir es una maldición que salva»). Y quizás ahí esté una de las claves. Porque a veces no se escribe para otros, sino para intentar traducir lo que se mueve en el alma cuando el mundo calla. La escritura se convierte entonces en una forma de oración, de memoria, de testimonio. No se trata de si lo leen hoy o mañana, ni siquiera de si lo agradecen. Se trata de que hay cosas que deben ser dichas. Y si uno tiene el privilegio —o la carga— de poder decirlas, callar se vuelve una forma de traición.
Una semilla invisible
Escribir, dar, compartir sin saber si alguien escucha… puede parecer un acto ingenuo, casi absurdo. Pero no lo es. Es, en realidad, un gesto de fe. De una fe que no siempre se nombra en voz alta, pero que sostiene la vida misma: la creencia de que nuestras palabras —como semillas— pueden crecer incluso en tierras que no vemos. A veces, uno se siente como ese personaje de Jean Giono en su obra El hombre que plantaba árboles (1953), quien planta árboles en una tierra desolada, sin esperar que alguien lo aplauda, sin pedir reconocimiento, simplemente porque es necesario. Giono escribe: “Para que el carácter de un ser humano revele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la suerte de poder observar su acción durante largos períodos. Si esa acción no persigue ningún interés propio, entonces es posible juzgar que se está ante una grandeza de alma”. Y en la escritura gratuita —esa que nace sin interés ni contrato— también hay algo de esa grandeza silenciosa.
Tal vez nuestras palabras no germinen hoy. Tal vez no sean vistas por quienes más esperábamos. Pero en alguna parte, en algún momento, pueden tocar un corazón herido, una mente confundida, un alma que buscaba algo y no sabía qué. Como la lluvia que cae sobre la tierra seca… aunque no sepamos a qué profundidad llegó. Por eso, a pesar del desencanto, de la indiferencia ajena, de las expectativas rotas, sigo escribiendo. Porque a veces —y esto lo aprendí con el tiempo— el simple acto de dar puede salvar, no al otro, sino a uno mismo.
Y si alguna de estas palabras encuentra eco, aunque sea en una sola persona, entonces ya no fueron en vano…
«La contemplación no es evasión, sino presencia absoluta. Es tomarse un momento para decirle sí a lo que es».
-Thomas Merton
Queridos(as) lectores(as):
Siempre decimos que no hay tiempo. Que la vida no da tregua, que los días se nos escapan como agua entre los dedos. Pero cuando finalmente lo hay—cuando se abre un espacio sin obligaciones inmediatas—hacemos todo, menos buscar la paz. Ponemos una serie, revisamos redes, buscamos cualquier distracción que nos aparte de nosotros mismos. Y sin embargo, lo que más anhelamos no es entretenimiento… es reposo. ¿Cuántos de nosotros, cuando tenemos un momento apartados del estudio y del trabajo, lo primero que hacemos es ponernos a platicar con alguien en vez de dedicarnos un tiempo para nosotros mismos?
La paz no llega por accidente. Se cultiva. Como una flor frágil, necesita espacio, silencio, luz. Y sobre todo, voluntad. Porque estar en paz es una decisión. Hace algunos años, y quienes llevan tiempo acompañándome en este lugar de encuentro, recordarán que sostuve una amena plática con un monje budista. Quiero traer a este momento algo que me dijo y que, en buena medida, toca con profunda armonía el tema que estamos tratando: «Un momento de paz en tu día, es un momento que tienes para ser consciente de todo». ¿Cuántas veces vivimos de manera automatizada sin reparar en lo que hacemos? Vivir cada día es vivir en consciencia, porque sucede que a veces hacemos cosas que podríamos hacer de otra manera e, incluso, no habría necesidad alguna de hacerla. En esta época donde la tecnología pareciera que nos está consumiendo, no seamos robots, seamos perfectamente humanos.
Respirar como acto sagrado
El cuerpo sabe cosas que el alma olvida. Basta sentarse en silencio y seguir el vaivén de la respiración. Inhalar como quien recibe. Exhalar como quien entrega. “Presta atención a tu respiración, porque en ella habita tu regreso”, enseñan muchas escuelas de meditación budista. Thich Nhat Hanh, monje zen y poeta, escribió: “La paz está presente en cada paso. Si uno camina en paz, el mundo entero camina en paz» (La paz está en cada paso, 2006). En otros encuentros hemos hablado sobre cómo las personas van a la deriva con la mirada perdida y los pensamientos revoloteando como porcas (cabezas de cerdo con alas de murciélago) en nuestra mente. Mucho ruido y poca claridad: dudas que se vuelven delirios. Tener un momento de paz durante nuestro andar es darnos la oportunidad de «apagar el switch» sobre las cosas que nos preocupan y centrarnos en lo que nos rodea. Pienso, por ejemplo, en las veces en las que tomo el metrobus: me pongo mis audífonos, pongo música tranquila y apropiada, mientras voy «descubriendo» el camino por el que voy. Este no es un ejercicio de evasión. Es el comienzo de la presencia.
>Una práctica simple:
Inhalen en 4 segundos
Retengan 4 segundos
Exhalen en 6 segundos
Descansen 2 segundos
Háganlo 3 ó 4 veces al día. Es una forma de regresar a casa. Y pensamos en lo que Albert Camus decía: “En medio del invierno, descubrí que había en mí un verano invencible» (El verano, 1950).
El ritual en lo cotidiano
Preparar una taza de café puede ser un acto espiritual si se lo vive con atención plena. El sonido del agua, el aroma, el calor entre las manos… todo habla. En ese pequeño ritual, uno se reconcilia con el instante. En un encuentro anterior (Ven, preparemos un mate) les contaba cuando mi mamá me ayudaba a recuperar la paciencia sobre las cosas mientras nos preparábamos un mate. Un ritual tiene un poder simbólico profundo y muy personal que justo nos ayuda a centrarnos, a volvernos al aquí y al ahora. Una paciente me cuenta tiernamente que ella tiene un momento de paz cuando se pone a regar sus plantas cuando regresa a casa después del trabajo: «No sabes, me encanta, voy y les echo agua… ¡y platico con ellas! Les cuento mi día, les hablo con ternura y no sé, me ayuda a sentirme menos estresada».
Vivimos siempre a las carreras que hasta se nos olvida disfrutar de lo que hacemos en el proceso. Una vez, un querido amigo me invitó a tomar un café antes de que le tocara ir a recoger a sus hijos a la escuela. Me llamó la atención que su plática se veía constantemente interrumpida por estar viendo el celular o el reloj. «Perdona, es que no quiero que se me vaya a pasar la hora». Le sugerí que pusiera una alarma quizá unos 15 minutos antes (cabe decir que faltaban como 3 horas para que tuviera que ir por sus hijos). Lo hizo, y eso le ayudó a estar más en la plática… o eso creí. Resulta que mientras me contaba sobre las distintas cosas de su vida y de su trabajo, el bebía su café como si fuera agua. Y ojo aquí: la simplicidad del agua pareciera que nos hace evadir el lujo que es poder tomarla. Hoy hacemos las cosas tan en automático que no reparamos en disfrutarlas.
Mi café me duró fácilmente unos 40 minutos, entre que estaba muy caliente y mi lengua de gato no me permite tomarlo así, y entre que disfrutaba cada sorbo el sabor tan peculiar y delicioso. Mi amigo se tomó el suyo en 10 minutos. ¿Ven a lo que me refiero de la importancia de los rituales en el día a día? Basta un gesto: encender una vela, escribir tres líneas en un diario, tomar un té en silencio, cerrar los ojos y dar gracias. La espiritualidad, en su sentido más amplio, no es otra cosa que aprender a estar presentes con amor en cada gesto, por pequeño que sea. Ya lo decía santa Teresa de Calcuta: “Haz lo ordinario con amor extraordinario» (Donde hay amor, está Dios, 2010).
La oración como brújula
La tradición católica no excluye el silencio. Muy al contrario, lo necesita. “Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que ve en lo secreto” (Mt 6,6). En la oración aprendemos a decir nuestras inquietudes sin pretender dominarlas. A veces basta una súplica: “Señor, que vea” (Mc 10,51). Ver lo que sentimos. Ver lo que evitamos. Ver lo que necesitamos. Como decía Simone Weil, tan cercana a la mística como al sufrimiento humano: “La atención, tomada en su forma más elevada, es la oración» (A la espera de Dios, 1996). La oración es también una forma de reordenar lo disperso. Cuando el creyente entra en oración, lo que hace antes de cualquier cosa es centrar su atención en su corazón. ¿Qué me duele? ¿Qué me preocupa? ¿Qué me da tanta alegría? Etc. Eso es ser conscientes de nuestros sentimientos y cómo reaccionamos ante ellos. Muchas veces nos damos cuenta que lo que tanto nos puede estar afligiendo, en realidad no depende de nosotros, no está en nuestras manos. ¡Y cuánto nos agobia! Esa consciencia de lo que sucede nos ayuda a hacernos responsables de lo que nos toca, de lo que podemos hacer, y dejar el resto en manos de Dios (o simplemente que pasen como tengan que pasar).
Desde la tradición católica ortodoxa llega una de las formas más bellas de oración contemplativa: la Oración del corazón, también conocida como la Oración de Jesús: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Se repite con cada respiración, permitiendo que el ritmo del cuerpo acompañe el alma. No es una súplica desesperada, sino una invocación constante de presencia amorosa. “Baja con la mente al corazón y permanece allí, frente al Señor”, decía san Teófano «el Recluso». Es una forma de unificar pensamiento, cuerpo y espíritu en un mismo gesto de humildad y entrega.
Incluso contemplar la naturaleza es desconectarse del caos, conectándonos al mismo tiempo al resto de la vida.
La paz no es negación
No buscamos “positividad tóxica” ni forzar la calma. Buscamos la paz real: esa que nace de enfrentar la vida como es, sin adornos ni máscaras. Marco Aurelio, emperador romano estoico, escribió en sus Meditaciones: “La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”. Y añadía: “No dejes que tu mente divague lejos de ti”. Pensemos por un momento lo siguiente: ¿cuántas veces nos preocupamos por cosas que poco o nada tienen que ver con nosotros? De acuerdo, no se trata de ser indiferente, pero tampoco se trata de hacer que todo gire alrededor nuestro. Una amiga me decía que no podía dormir porque le angustiaba mucho el tema de los pasados incendios en Los Ángeles. Pensaba en la pobre gente que había perdido todo, en quienes murieron, etc. ¡Y qué alegría que haya quienes se les conmueva todavía el corazón por la desgracia ajena! Sin embargo, ¿ella podía hacer algo desde la Ciudad de México para ayudar a las personas allá? Claro que sí, podía estar al pendiente de campañas oficiales de apoyo económico, poder llevar despensas a los centros de acopio, ofrecerse como voluntaria… y ya. De ahí en fuera, no había más que hacer.
No se trata de apagar el mundo, sino de aprender a habitarlo sin ser arrastrados por él. Hay que entender que hay cosas que nos corresponden y otras que no, que tal vez podamos hacer algo y a veces no podamos hacer nada. Pero de ahí a que la frustración generada domine nuestras vidas al punto de quitarnos el sueño, de arrebatarnos la paz y demás, es algo que no permite que tengamos ni un momento de paz por mucho que lo busquemos. No se trata de negar la vida, sino de aceptarla, tal y como es. Habrá que ver qué se puede hacer, si es que se puede hacer algo y si es que tenemos los medios o los recursos para hacerlo. No todo depende de nosotros. Aprendamos a perderle el protagonismo innecesario a la vida que no es nuestra. Aceptar que no podemos con todo también es un acto de fe. La humildad de saberse limitado es el principio de la verdadera paz.
Ascética cotidiana, no heroica
La paz no es para los monasterios únicamente. Está disponible para quien decide, por un momento, no dejarse llevar por el automatismo. Encender una vela. Escuchar música con los ojos cerrados. Leer un Salmo. Repetir un versículo. Respirar con consciencia. Dar gracias por lo que se tiene (y por lo que no). Todo eso es una forma de ascesis: no de castigo, sino de afinamiento del alma. Evagrio Póntico, uno de los padres del desierto, escribió: “Si eres auténtico en lo poco, serás auténtico en lo grande. La paz comienza en lo simple» (Tratados ascéticos, 2013). Quizá el mayor acto de amor por uno mismo no sea cambiar de vida. Tal vez, sea cambiar la forma de habitarla. Regalarse un instante cada día donde el alma, al fin, pueda sentarse y decir: “aquí estoy». Porque la paz no es ausencia de conflicto. Es presencia real. Es la presencia nuestra en nuestra vida. Y esa… comienza hoy. Tal vez no necesitamos cambiar de ciudad, de trabajo o de vida. Tal vez necesitamos cambiar de ritmo, de gesto, de silencio.
5 minutos para el alma
Siempre hay tiempo, lo que falta es querer tomarlo y aprovecharlo. Todos tenemos incontables cosas que hacer a lo largo del día, cosas que nos preocupan, que nos tienen en constante vigilia. Definitivamente no podemos hacer mucho al respecto. Pero todos, también, tenemos tiempo para hacer otras cosas en el proceso diario. Si tenemos, por ejemplo, 5 minutos entre hora y hora, podemos aprovecharlos para levantarnos a estirarnos, mojarnos la cara, salir a tomar aire fresco, un poco de sol, prepararnos una rica bebida fría, escribirle un mensaje a un ser querido (pero esto último no debe ser lo primero). Porque esos 5 minutos son nuestros. Cuando los dedicamos a alguien más, los perdemos. Porque nos dedicamos al otro, no a nosotros mismos. Y no caigamos en el autoengaño simplón: «Es que es lo que yo decido hacer con mi tiempo». Porque en realidad se trata de algo más preocupante: NO SABER ESTAR SOLOS. NO SABER ESTAR CON NOSOTROS MISMOS.
Y esto último lo reforzamos con una cosa que decía el P. Henri Nouwen: “Cuando te sientes en silencio contigo mismo, estás orando. Aunque no digas nada».
«Las redes sociales han creado un espacio donde la intimidad se convierte en mercancía y el yo en espectáculo».
-Sherry Turkle
Queridos(as) lectores(as)
Vivimos en una época donde el narcisismo no es un rasgo patológico, sino una expectativa social. Las redes no nos piden autenticidad; nos piden visibilidad. Hace unos días, estuvo saliendo en redes sociales un video de una chica (que desconozco quién sea) que al parecer está en un estadio deportivo, y que cuando empieza a sonar la música, parecía «rendirse» a la «necesidad» de ponerse a bailar, cosa que nadie más hizo y sólo se le quedaban viendo. En palabras de ella «no me pude resistir». De acuerdo, a cuántos no nos ha pasado eso, que escuchamos algo de música que nos gusta y no podemos evitar empezar a movernos con ritmo. El tema acá es que ella hacía ciertos gestos entre el dolor y el goce, casi como una actriz atrapada en un guión no escrito: el del espectáculo de sí misma. Y no sólo fueron los gestos de los demás que la veían, cuando uno entraba a la sección de comentarios, en verdad fue impresionante cómo se le fueron con todo: «Ridícula», «Cuando ya no sabes cómo llamar la atención», «Así o más fingido», «¿En verdad está llorando por bailar?, «Cómo se ve que sabía que la estaban grabando», etc.
Y no es la primera vez que sucede algo así (y por lo que veo tampoco la última). Si bien tuvo sus «defensores» que salieron a decir que los demás eran unos amargados y demás, cosa que también es una posibilidad, no dejar de ser algo que nos inquieta y nos hace preguntar: ¿qué necesidad? ¿De bailar? No, de exponernos. Claro, todos somos libres de hacer lo que se nos pegue la gana, pero haciéndonos cargo de las consecuencias, sean positivas o negativas. Desconozco si la chica en algún momento salió a decir algo sobre lo que se había generado, pero lo que es un hecho es que dejó huella en el eterno malestar del ser humano (por nada). En palabras de Byung-Chul Han: «La sociedad actual no se basa en el deber, sino en el rendimiento. Y el sujeto del rendimiento es un empresario de sí mismo« (La sociedad del cansancio, 2010). El problema es que ese “emprendimiento de uno mismo” en redes como Instagram ha degenerado en una sobreexposición vacía: no se sube contenido con sentido, sino con urgencia. Urgencia de ser visto, de no desaparecer. De gritar, aunque nadie escuche. Todo espectáculo necesita una audiencia. Y todo vacío, un disfraz.
Publicar como acto de supervivencia
La necesidad de llamar la atención en redes es, en el fondo, un síntoma. Un síntoma de angustia y de deseo mal canalizado. Sigmund Freud ya lo anticipaba en El malestar en la cultura (1928), cuando hablaba de la tensión entre el yo y el otro, entre la pulsión y el orden social. Lo que hoy vemos en redes es una forma de acting out digital: «El sujeto no sabe lo que desea, pero actúa su deseo sin saberlo». Así, vemos a miles de personas exponiendo su vida sin contexto, sin forma, sin sentido, sólo con la esperanza de no ser ignorados. Porque en esta era, el anonimato duele más que la crítica. Ser invisible es peor que ser odiado. Aunque, cabe decir, no tiene nada de malo disfrutar lo que uno hace, al contrario, qué mejor para lidiar con tanto estrés y cosas que nos obligan a «ser otros» en la sociedad moderna. Sin embargo, sí es justo entender que las intenciones reales de cada «compartir» nos hablan de ciertas necesidades que no sabemos expresar con palabras, y como diría Freud, sólo las actuamos.
Hay un ejemplo que a más de uno nos hace ruido: cuando vamos a un restaurante y queremos compartir «nada más porque sí» lo que nos acaban de traer. Y nos sale el fotógrafo profesional que habita en nosotros, acomodamos todo de tal manera que luzca todavía mejor el platillo. Tomamos la foto y la subimos a redes sociales. Por lo general acompañada de un texto tipo: «Disfrutando la vida», «Deli», «Viviendo la vida»… etc. Pregunta: ¿por qué? Es decir, de acuerdo, la presentación del platillo puede ser maravillosa, y como bien dice el dicho «de la vista nace el amor». Pero volvamos a algo anterior: acomodamos todo. Lo que se acomoda no es sólo el platillo, sino la escena entera: un montaje donde no buscamos comer, sino ser vistos comiendo. Y a veces ni eso. ¿Qué tiene que ver el ambiente, la distribución de los cubiertos, los condimentos, el servilletero, etc., para este fin? Han habido videos donde las personas que hacen eso, de repente se ven afectados por quien los está grabando ya que les hacen algo que les arruina su moderno ritual, ya sea metiendo la mano en la foto, destruyendo con el tenedor la rebanada de postre, etc. Y claro, la reacción es automática: furia y desquite. Cualquiera reaccionaría así ante una acción como esa, pero, ¿fue por arruinarles el platillo o por arruinarles la foto?
El juicio del otro como condena compartida
Muy bien, dejemos por un momento a la persona que sube el contenido a redes sociales. Hay un fenómeno paralelo que merece atención: cada vez más usuarios se quejan del contenido ajeno. Lo ridiculizan, lo atacan, lo critican. Como si no soportaran ver ese grito desesperado en el otro porque les recuerda el suyo. Jacques Lacan lo explica con claridad: “El deseo del hombre es el deseo del Otro”. (Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964). Una vez, platicando con unos amigos, salió el tema de por qué la gente odia tanto a ciertos individuos. No voy a poner nombres, pero sí profesiones, porque eso nos ayuda a ampliar el espectro: futbolistas, modelos, artistas, youtubers, escritores, influencers, etc. Es en verdad increíble cuánta molestia despiertan en algunas personas, y eso tiene nombre: envidia. ¿Envidia de qué? De que ellos son o hacen lo que los otros no podemos ser o hacer. En aquella ocasión, un amigo me dijo: «Mientras no seas un escritor como Paulo Coelho, no pasa nada». Este autor brasileño es uno de lo más atacados a nivel mundial porque se dice de él que escribe cosas muy bobas o tontas, que es muy simplona su literatura. A lo que le contesté: «Pues ojalá sea como él, que por cosas así me hagan un Best Seller a nivel mundial y pueda vivir de mis libros». Las risas no faltaron.
Rechazar al otro es una manera de no enfrentarnos al vacío propio. Es más fácil burlarse del que sube una foto sin sentido que preguntarse por qué nos molesta tanto. Y esto, una vez más, es un síntoma que cada vez se replica más y más. Søren Kierkegaard nos dice algo importante en su libro La enfermedad mortal (1849): “La desesperación es no querer ser uno mismo». Cuando hablaba de la envidia del otro, no me refiero sólo a lo que es o a lo que hace, sino a todo lo que hace posible que eso suceda. Pienso en cuando un youtuber o influencer sube cualquier cosa y por ello le pagan. ¿Cuál es uno de los primeros reclamos que solemos escuchar? «No, pues así yo también me hago famoso». Es interesante. ¿»Así» qué? Es que es bonita, tiene buen cuerpo, es atractivo, está todo macizo por el gimnasio… etc. Claro, accidentes que «facilitan» el llamar la atención a empresas que se aprovechan de eso para poder vender. Y es una realidad: mientras vendas, me sirves. Pero, aquí está el silencioso problema que padecen a los que usan: tarde o temprano, serán descartados. ¿Después de la belleza y el estilo, qué queda? ¿Con qué se va a llenar ese vacío? El sujeto, como mercancía, tiene fecha de caducidad emocional. Después de usarlo, lo olvidan. Y uno, sin saber quién era antes de todo eso, se queda sólo con el eco del aplauso. Las redes sociales, al final de cuentas, exponen una vida que no es del todo cierta. Es un juego de ilusiones que ocultan muchas carencias dolorosas y silenciosas. Aunque, francamente, eso de que «ocultan», me parece que poco a poco es lo contrario: evidencian.
La pulsión escópica: cuando mirar no basta
En psicoanálisis, la pulsión escópica se refiere al deseo de mirar y ser mirado. En redes sociales, esta pulsión se ha desbordado. No basta con mirar: queremos ser el centro de la mirada del otro. Ya lo decía Oscar Wilde: «Que hablen de uno es espantoso. Que no hablen, es peor». ¿Pero hasta qué punto tan drástico se está llegando? A un voyeurismo peligroso. Un voyeurismo invertido: mostrar para ser consumido. Jacques-Alain Miller, discípulo y yerno de Lacan, afirma: «Las redes sociales son una máquina de producción de goce. Pero el goce sin sentido conduce al agotamiento, no al placer». (Conferencia: “La era del Otro que no existe”, 2004). Una vez más: ilusiones que queremos que crean como una realidad. No nos gusta nuestra vida, no nos parece interesante, no nos gusta la manera en la que pensamos las cosas porque nos ocasiona más molestia que gusto. Y muchas cosas más que se confiesa de manera, otra vez, silenciosa y dolorosa. Las redes sociales se vuelven fábrica de apariencias y descartes: se aparenta algo, descartándonos en ello. Publicar no es siempre compartir. A veces, es simplemente implorar compañía.
Esa producción constante de “yo” —historias, fotos, reels, filtros, frases “inspiradoras”— se vuelve un mandato, casi una compulsión. Y como toda compulsión, termina por alienar al sujeto. Cada vez el sujeto es menos auténtico y su contenido peor. De un vacío no se puede sacar más que vacío. Mi cuenta de Instagram (@hchp1) es meramente de difusión cultural. Mi contenido yo sé que «no vende», que no llama siempre la atención. Primero: a la gente no le gusta leer, segundo, las imágenes no son ni a lo que están acostumbrados ni mucho menos lo que buscan. Una vez le pregunté a mis alumnos en la prepa qué esperaban encontrar en esa red social: los hombres fueron descaradamente sinceros, ellos querían ver mujeres guapas, las mujeres… ¡ellas sí que tienen claro que lo suyo es el mundo como tal! Fue impresionante el número de cosas que fueron diciéndome, cosa que me pareció maravillosa. Sin embargo, el hecho de que se abarquen tantas posibilidades corre el riesgo de nunca tener claridad sobre algo en específico. Porque de nada sirve un «me gusta de todo», cuando «no todo me llama la atención realmente». Mi humilde contenido de repente se lleva unos cuantos likes, pero nada en comparación con otros contenidos que estallan tanto en likes como en comentarios. Y créanme que no es queja, es una realidad: si no vendes, no importa. Yo sigo publicando y me da gusto cuando les gusta. Nada más. Pero sabemos bien que claro que me pesa que mi contenido no llame tanto la atención, pero ni modo, es lo que ofrezco.
¿Qué nos queda?
Lo que queda, quizá, es el silencio. La pausa. La posibilidad de no subir, de no mirar, de no buscar likes como forma de existencia. Pero eso exige una fortaleza emocional que pocos tenemos. Como escribió Søren Kierkegaard: «La desesperación más profunda es darse cuenta de que uno ha vivido su vida entera sin ser verdaderamente uno mismo» (La enfermedad mortal, 1849). Y esa es la paradoja: mostramos para ser alguien, pero mientras más mostramos, menos sabemos quién somos. Desde el diván, lo veo con frecuencia. Personas que llegan exhaustas, vacías, con ansiedad, sin saber por qué sienten que no valen nada si nadie les responde una historia o no alcanzan cierto número de vistas. La lógica del mercado se ha colado en la autoestima. Lo que subimos a redes, muchas veces, es lo que no nos atrevemos a decir en voz baja. A veces, sólo les hago una pregunta: «¿Para quién subiste eso?». No buscan respuesta. Sólo quieren ser escuchados. Como todos. Y entonces, en el fondo, Instagram no es más que una gran sala de espera. Un espacio lleno de pacientes sin terapeuta, gritando desde sus celulares lo que no pueden decir en voz alta: Mírame, por favor. No quiero desaparecer.
Si llegaron hasta aquí, tal vez esta entrada tocó algo en ustedes. No lo digo como juicio, sino como invitación a mirar un poco más dentro. Aquí algunas preguntas que vale la pena hacerse:
¿Alguna vez sintieron que si no subían algo a redes, nadie sabría que existen?
¿Se han sorprendido esperando ansiosamente que alguien vea o reaccione a sus historias?
¿Han borrado una publicación porque no tuvo suficientes “me gusta”?
¿Suelen juzgar con dureza el contenido de los demás, sin preguntarse por qué les molesta tanto?
Si alguna de estas preguntas les incomoda, no es casualidad. Quizás, en ese leve escozor, hay algo valioso que quiere ser atendido. Y para eso, como siempre decimos en este espacio, el diván está disponible. Porque a veces, lo más urgente no es subir algo más… sino bajar a ese lugar interno donde el deseo se aclara, el dolor se nombra y la angustia se acompaña. El análisis o la terapia están ahí para ayudarnos.
«La pereza es el hábito por el cual el hombre siente flojera de hacer lo bueno y evitar lo malo».
-Ramón Llull
Queridos(as) lectores(as):
¿Por qué decidieron leer esto? Quizá por simple curiosidad, morbo o tal vez por enojo ante un título provocador. Posiblemente alguien se los compartió afirmando que les haría ruido, tocando fibras sensibles. Porque sabemos que a veces la curiosidad vence a la pereza. Sin embargo, la mayoría opta por quedarse con la superficie. Abrir un texto no implica necesariamente leerlo con atención; mucho menos entenderlo. Y comprender, implica una acción posterior, algo que hoy en día parece una exigencia insoportable para muchas personas. En palabras de Michel Foucault: «El saber no está hecho para comprender, está hecho para cortar» (La arqueología del saber, 1969). Es decir, el conocimiento genuino no es cómodo, está diseñado para provocar y transformar.
Vivimos en la era digital. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a la información: libros, artículos, ensayos, podcasts, películas, documentales. Y, sin embargo, nunca habíamos leído ni reflexionado tan poco. Según Zygmunt Bauman en su libro Modernidad Líquida (2000), «Vivimos tiempos líquidos, nada permanece, todo es inmediato y descartable». Este fenómeno también afecta la información que consumimos, pues preferimos datos efímeros a verdades sólidas que requieren análisis y reflexión. Umberto Eco lo expresó claramente al decir: «Las redes sociales le han dado el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad» (conferencia en Turín, 2015). Ahora, la información está a nuestro alcance, pero preferimos trivializarla antes que entenderla en profundidad.
Morbo sí, contexto no: la ignorancia como refugio emocional
El morbo vende y lo sabemos. Preferimos historias rápidas, impactantes y emocionales que no exigen demasiado esfuerzo intelectual. Se comparten y se consumen imágenes y noticias fuera de contexto sin analizar las fuentes, sin cuestionar. Vivimos de fragmentos editados para generar impacto. José Saramago sentenció en una entrevista con El País en 2009: «Vivimos en un mundo en que la mayoría es analfabeta funcional». Leemos poco y mal, sin retener ni entender el fondo. Parece que preferimos sentir antes que pensar, porque pensar exige tiempo, y el tiempo es lo que menos queremos invertir en la comprensión profunda del mundo que habitamos.
No querer saber es también una forma de protegerse. Preferimos no enterarnos de ciertas realidades incómodas porque generan angustia. Erich Fromm señaló en su libro El miedo a la libertad (1941) que las personas a menudo renuncian voluntariamente a la libertad (y al conocimiento), porque asumirla implica responsabilidad, compromiso y, muchas veces, dolor. Es más sencillo entretenerse con programas banales que confrontarse con noticias sobre injusticias sociales o tragedias humanas, ya que esto implicaría enfrentar la impotencia y el dolor propio.
Leer es incomodarse
La lectura implica incomodidad porque exige cuestionar, analizar, dudar y cambiar. El filósofo danés, Søren Kierkegaard, escribió en Temor y temblor (1843): «La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante». Leer en profundidad nos obliga a confrontarnos con nuestras creencias y prejuicios. Prefieren algunos evadir esta incomodidad a través del entretenimiento superficial, olvidando que el crecimiento implica inevitablemente incomodarse. Es insuficiente sólo leer sin comprender profundamente lo leído. Jorge Luis Borges afirmaba en su ensayo La biblioteca total (1939): «Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído». No importa cuánto se haya leído, sino cuánto se haya comprendido y aplicado. Leer sin comprender es acumular información inútil. Necesitamos reflexionar y convertir la información en conocimiento genuino, en algo útil que nos transforme como seres humanos.
Hay algo que nos atraviesa cuando nos topamos con una verdad que no coincide con lo que esperábamos leer. Esperamos validación, consuelo, confirmación de nuestras creencias. Pero la verdad rara vez viene disfrazada de halago. Lo que uno espera leer muchas veces es una versión amable del mundo, una narrativa que nos acomode, que nos permita seguir igual. Pero la verdad, por su propia naturaleza, incomoda, descoloca, nos hace tambalear. Y cuando eso ocurre, algo dentro de nosotros se rebela. Empezamos a desacreditar la fuente, a atacar el tono, a decir que el texto es «prepotente» o «innecesariamente agresivo». Pero lo que duele no es la forma, sino el fondo. No es que esté mal escrito: es que está diciendo algo que no queríamos aceptar. La filósofa Simone Weil escribió: «La inteligencia no puede ser conducida a la verdad sino por el deseo de la verdad» (La gravedad y la gracia, 1947). Y ese deseo, hoy por hoy, parece escaso. Queremos lecturas que nos abracen, no que nos confronten. Queremos textos que sean mantas, no espejos.
La belleza de enterarse
Finalmente, no todo es crítica ni reclamo. La decisión de saber, enterarse y profundizar sigue siendo una postura valiente y amorosa. Carl Sagan afirmó en El mundo y sus demonios (1995): «El saber no sólo nos empodera, también nos da felicidad». Informarnos, comprender y actuar sobre ello, es un acto amoroso hacia la vida y hacia la humanidad. La lectura es un acto revolucionario contra la ignorancia, contra la apatía. En palabras del escritor Ray Bradbury en Fahrenheit 451 (1953): «No hay que quemar libros para destruir una cultura. Basta con que la gente deje de leerlos». Por eso, hoy más que nunca, decidir enterarse es un acto de resistencia intelectual y emocional.
Si llegaron hasta aquí, gracias. No era sencillo, y quizás dolió, pero valió la pena. Como diría George Orwell en su obra 1984 (1949): «En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario».
Decir las cosas por su nombre es un acto de poder, de claridad y, sobre todo, de libertad. Sin embargo, nos han enseñado que hacerlo es peligroso, que es mejor suavizar, justificar y encontrar explicaciones interminables para quienes no nos valoran, para quienes se escudan en su sufrimiento como excusa para dañar, para quienes han hecho del chantaje emocional su única herramienta de relación. Pero no. No todo se justifica. No todo es comprensible ni digno de ser soportado. Y sobre todo: no es nuestra responsabilidad cargar con la inmadurez emocional de otros.
Freud hablaba de la necesidad de hacer consciente lo inconsciente para poder sanar. «Las emociones reprimidas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen a la luz de las peores maneras», nos advierte en Estudios sobre la histeria (1895). Cuántas veces hemos justificado a quien nos lastima, creyendo que su dolor es excusa para el daño que causan. Sin embargo, como decía Carl Jung: «Hasta que no hagas consciente lo que llevas en tu inconsciente, éste dirigirá tu vida y lo llamarás destino» (Memorias, sueños, reflexiones, 1962). No podemos vivir en la negación ni en la constante justificación del otro a costa de nuestra paz.
Para lo que no estamos
Jacques Lacan nos recordaba que el lenguaje nos estructura, que es en la palabra donde se definen nuestras posibilidades y también nuestras cadenas. «El inconsciente está estructurado como un lenguaje» (Escritos, 1966). Entonces, llamemos las cosas por su nombre: si alguien no nos valora, no nos respeta y nos manipula con victimismos, no está mostrando fragilidad, está ejerciendo control. Y nosotros, en nuestra buena voluntad, en nuestra paciencia mal entendida, hemos sido partícipes de esa farsa. Fiódor Dostoievski nos mostró en sus personajes cómo la culpa y el martirio pueden volverse una adicción. En Los hermanos Karamázov (1880), escribe: «Cada uno de nosotros es culpable ante todos y por todo». Pero esto no significa cargar con las culpas de los demás. Cuántas veces hemos tolerado lo intolerable por no querer ser «malos», por miedo a ser los verdugos en una historia que ya nos ha victimizado antes. Pero una verdad es innegable: no estamos aquí para ser el vertedero emocional de nadie. No estamos para justificar, entender y soportar a quien se niega a crecer.
Rollo May decía que la libertad no es un derecho, sino una conquista. «La verdadera libertad no es la ausencia de restricciones, sino la capacidad de elegir nuestras restricciones», afirmaba en El dilema del hombre (1958). En otras palabras: hay que saber elegir nuestras batallas. La angustia de elegir conlleva responsabilidad, y hay quienes prefieren manipular antes que asumir su propio destino. Kierkegaard, en El concepto de la angustia (1844), complementaba esta idea al afirmar: «La ansiedad es el vértigo de la libertad». No seremos libres hasta que aprendamos a soltar lo que nos daña sin culpa, sin miedo y sin la absurda esperanza de que algún día cambiarán. No se cambia a quien no quiere cambiar. Y aquí está el verdadero dilema: ¿estamos dispuestos a seguir cargando con lo que no nos corresponde o vamos, de una vez, a tomar nuestra vida en nuestras manos?
Seamos coherentes
Hay que saber nombrar las cosas. Lo injusto es injusto, el abuso es abuso, la manipulación es manipulación. Y ningún disfraz de «pobrecito yo» lo hará diferente. Simone de Beauvoir decía: «No olvides nunca que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados. Estos derechos nunca son adquiridos. Debes permanecer vigilante toda tu vida» (El segundo sexo, 1949). Pero no aplica sólo con mujeres, sino con los hombres también. Y lo estamos viendo cabalmente hoy en día: se hace menos a unos por hacer más a otros. Esto termina siendo la dictadura del malestar. Lo mismo podemos decir de nuestros límites personales: si no los defendemos, otros los cruzarán sin dudarlo. No hay conquista sin vigilancia, ni respeto sin exigencia.
En la mañana hablaba con un querido amigo y me contaba sobre los tratos que ha recibido recientemente por parte de una persona. Luego, mi tía Maru de 87 años, cuando le hablé para saludarla temprano, me empezó a decir que una persona cercana a mi familia desde hace años, le habla para contarle sus problemas. ¿Qué tienen que ver mi amigo y mi tía? Simple: ambos hablan con un nudo en el corazón causado por una persona que les ha tratado mal a pesar de la relación que han tenido. Justamente estoy dedicando esta entrada a mi amigo y a quienes la necesiten. Respecto a mi tía, cuando me contaba, la interrumpí y le dije tajantemente: «Perdóname, pero no me interesan los problemas de alguien que no es capaz de preocuparse por los nuestros». Insisto en algo que ya dije: no estamos aquí para ser el vertedero emocional de nadie. Amor con amor, indiferencia con indiferencia. Y no, no es pecado ni nada de eso, es abrazar nuestra dignidad.
Nombrar es liberar
Albert Camus, en El mito de Sísifo (1942), escribió: «El único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio». Pero no sólo el suicidio literal: también el emocional. Cuántas veces nos matamos en pequeñas dosis, aceptando dinámicas que nos desgastan, que nos hacen sentir indignos de algo mejor. Pero la existencia nos exige rebelarnos ante eso, elegir lo que nos nutre, lo que nos dignifica. No podemos ir por la vida callando el dolor que nos provocan los tratos de personas que al primer reclamo se escudan y nos atacan de poco empáticos, de que no los entendemos, de que no sabemos lo que ellos viven. Pregunta: ¿no es curioso cómo reflejan sus carencias en los demás? Claro, porque es muy fácil exigir en vez de dar. Y eso ya estuvo bien. Hay gente fantástica en este mundo, ¿por qué empeñarnos a estar con personas que sólo ofrecen malestar? ¿Pobres? ¿Y nosotros no o cómo funciona esto? Todos tenemos que ser responsables de nuestras vidas, y no cargarle el peso de nuestra frustración al otro, por muy amable que sea. No confundamos amabilidad con pendejismo.
Quien nos ama, nos trata con dignidad. Quien nos valora, nos respeta. Quien nos quiere en su vida, hace el esfuerzo de mantenerse en ella sin chantajes. Si no es así, entonces no lo llamemos amor, porque no lo es. Como decía Erich Fromm en El arte de amar (1956): «El amor inmaduro dice: ‘Te amo porque te necesito’. El amor maduro dice: ‘Te necesito porque te amo'». Y el amor maduro no somete, no mendiga, no manipula: libera. Es en verdad momento de forzar el lenguaje, de pretender que las cosas pasarán sin el mínimo esfuerzo, de hablar sobre cosas inexistentes. Se puede amar y ayudar, pero cuando eso no se valora, se puede seguir amando pero ya no estando. No hay cosa más importante que la dignidad de cada uno de nosotros. Recordemos a San Juan Pablo II: «No hay amor verdadero sin respeto por la dignidad de la persona. Quien ama de verdad no puede humillar, manipular o someter a la persona amada» (Familiaris Consortio, 1981). No atentemos contra e lenguaje y usémoslo adecuadamente.
Y sí, estoy en verdad molesto… ¿para qué decir que no?