Volver a sentarnos juntos

“Nos necesitamos unos a otros” .

—Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Algo se nos está rompiendo en silencio, y no es una exageración decirlo así. No se trata únicamente de la tecnología, ni del ritmo acelerado de la vida contemporánea, ni siquiera de la soledad —esa vieja compañera de la condición humana—, sino de algo más sutil y más grave: la desaparición de los espacios donde las personas pueden hablar y ser escuchadas sin prisa, sin defensa y sin espectáculo. Cafés llenos de gente que no se mira, casas donde ya no existe la sobremesa, trabajos que no dejan lugar para una conversación humana, vínculos sostenidos a base de mensajes breves y reacciones rápidas. Y luego nos preguntamos, con genuina sorpresa, por qué estamos exhaustos, irritables, desconectados. Nunca habíamos hablado tanto y, paradójicamente, nunca nos había costado tanto conversar. Opinamos, reaccionamos, corregimos, juzgamos. Pero sostener una escucha real —permanecer frente a otro sin interrumpirlo, sin salvarlo, sin huir cuando aparece algo incómodo— se ha vuelto casi un arte perdido. Hemos confundido expresión con encuentro, visibilidad con vínculo, ruido con palabra.

Esta entrada nace de una convicción profunda, trabajada tanto en la clínica como en la vida cotidiana, impulsada también por una inquietud de un paciente (gracias, D): la salud psíquica y social depende, en buena medida, de que volvamos a crear espacios humanos de diálogo. Lugares imperfectos, sin glamour, donde no todo tenga que resolverse ni brillar, pero donde la palabra pueda demorarse lo suficiente como para tocar algo verdadero. No es nostalgia ni romanticismo. Es una cuestión de humanidad básica.

El ser humano no es un monólogo

Aristóteles, filósofo griego y uno de los pilares del pensamiento occidental, afirmó que el ser humano es un zóon politikón (animal político), un ser hecho para la vida compartida. En Política (siglo IV a. C.) escribió una frase que sigue incomodando: “El que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es parte de la ciudad, sino una bestia o un dios”. La crudeza de esta afirmación señala algo esencial: fuera del vínculo humano, algo de nosotros se descompone, se endurece o se deshumaniza. Cuando los espacios de encuentro desaparecen, la palabra deja de ser puente y se vuelve arma o muralla. No dialogamos: monologamos frente a otros, hablamos para imponer, para defendernos, para ganar una discusión imaginaria. Escuchar se vuelve una rareza y, en algunos contextos, casi una debilidad. Sin escucha, la palabra pierde su función creadora y se convierte en ruido, en descarga, en violencia simbólica.

El cine contemporáneo ha sabido retratar esta soledad ruidosa. En Her (Spike Jonze, 2013), Theodore vive rodeado de mensajes, voces y estímulos constantes, pero profundamente solo. Puede hablar durante horas, pero no logra sostener un encuentro encarnado, real, vulnerable. La película no condena la tecnología, sino la incapacidad moderna para habitar el diálogo donde el otro no puede silenciarse ni apagarse. La literatura lo había advertido mucho antes. En El extranjero (1942), Albert Camus construye a Meursault como un hombre desconectado no por crueldad, sino por falta de vínculo significativo. Cuando no hay espacios de conversación, la existencia se vuelve absurda, ajena, incluso para uno mismo, y el sujeto queda a la intemperie frente al mundo.

La escucha como acto de cuidado

Donald Winnicott dedicó buena parte de su obra a mostrar que el desarrollo psíquico sólo es posible dentro de un entorno suficientemente bueno. En Realidad y juego (1971) escribió: “Es en el espacio potencial entre el individuo y el ambiente donde surge la experiencia cultural”. Ese espacio potencial no es abstracto: es un lugar humano donde alguien es escuchado sin ser invadido ni corregido. Escuchar es cuidar, aunque hoy parezca algo menor. No se trata de resolver, aconsejar o interpretar, sino de sostener la presencia. Permitir que el otro exista sin tener que justificarse ni explicarse de más. En una cultura obsesionada con la eficiencia, la productividad y el rendimiento emocional, los espacios de escucha se vuelven actos de resistencia silenciosa.

El anime March Comes in Like a Lion (Sangatsu no Lion, 2017) muestra con una delicadeza extraordinaria cómo un sujeto profundamente herido comienza a recomponerse no gracias a grandes discursos, sino a través de una mesa compartida, una comida sencilla y un silencio hospitalario. No hay palabras brillantes, sólo presencia, y eso basta para que algo, lentamente, se ordene por dentro. Winnicott advertía que sin este sostén el sujeto desarrolla un falso self, una forma de estar en el mundo que no le pertenece del todo. Hoy podríamos decirlo así: sin escucha, aprendemos a sobrevivir, pero no a vivir, a funcionar, pero no a habitar nuestra propia experiencia.

Donde alguien puede hablar sin prisa y otro está dispuesto a escuchar, todavía existe un lugar humano.

La sobremesa y el encuentro perdido

Durante siglos, la sobremesa fue un espacio antropológico fundamental. No era un lujo ni una pérdida de tiempo: era el lugar donde la comida se transformaba en relato y el relato en vínculo. Ahí se transmitían historias familiares, miedos, silencios, valores. La conversación cumplía una función estructurante para el sujeto y para la comunidad. Martin Buber formuló esta intuición con precisión en Yo y Tú (1923): “El hombre se hace yo en el tú”. Sin ese encuentro, el otro se degrada en objeto, función o estorbo. Cuando desaparecen los espacios de diálogo, dejamos de encontrarnos y sólo nos cruzamos, coexistimos sin tocarnos verdaderamente.

El manga Solanin (2005) de Inio Asano retrata con honestidad brutal a una generación que trabaja, se relaciona y sobrevive, pero carece de lugares donde decir en voz alta lo que duele. No falta contacto físico ni interacción social: falta encuentro simbólico, falta un espacio donde la palabra tenga peso. Recuperar la sobremesa —literal o simbólicamente— no es un gesto romántico. Es una necesidad psíquica elemental, un intento por devolverle al vínculo su densidad humana.

Hablar implica riesgo

Hablar de verdad nunca ha sido cómodo. Implica exponerse, mostrar una grieta, decir algo que quizá no será aplaudido. Hannah Arendt escribió en La condición humana (1958): “Mediante la palabra y la acción nos insertamos en el mundo humano”. Pero esa inserción siempre conlleva riesgo y vulnerabilidad. Preferimos callar antes que incomodar, reaccionar antes que dialogar, ironizar antes que decir lo que realmente nos pasa. Sin embargo, sin el riesgo de la palabra no hay intimidad, sólo cercanía superficial y vínculos desechables.

En Before Sunrise (Antes del amanecer, Richard Linklater, 1995), dos desconocidos construyen un vínculo profundo únicamente hablando. No prometen nada, no resuelven nada, pero se escuchan. Y eso basta para que el encuentro sea real, irrepetible, humano. Crear espacios de diálogo no significa evitar el conflicto, sino aprender a sostenerlo sin destruir al otro, sin reducirlo a caricatura ni enemigo.

Crear espacios es una responsabilidad compartida

Con frecuencia esperamos que alguien más haga algo: el Estado, la escuela, la empresa, la institución religiosa. Pero los espacios humanos no nacen de decretos, sino de gestos pequeños y concretos. Apagar el celular, invitar a sentarse, preguntar “¿cómo estás?” y quedarse a escuchar la respuesta. Zygmunt Bauman advirtió en Vida líquida (2005) que los vínculos frágiles son el precio de una sociedad que teme el compromiso. Crear espacios de encuentro hoy es ir contra la corriente, aceptar la incomodidad del tiempo compartido.

No todo se sana en terapia, pero muchas heridas se profundizan por falta de palabra compartida. Donde no hay conversación, crecen el aislamiento, la violencia y la desconfianza. Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí crear un lugar donde alguien no se sienta solo. Y eso, aunque parezca pequeño, es profundamente humano.

Reflexión final

¿Dónde hablas sin prisa? ¿Quién te escucha sin corregirte? ¿A quién estás dispuesto(a) a escuchar tú?


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Soledad en la era digital

«Estar juntos pero solos»

-Sherry Turkle

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en un mundo hiperconectado, donde un mensaje de WhatsApp puede viajar miles de kilómetros en segundos y las redes sociales nos permiten «compartir» momentos en tiempo real. Sin embargo, nunca hemos estado más solos. Sherry Turkle, en Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other (2011), advierte que las nuevas tecnologías nos han hecho confundir conexión con intimidad. La conversación ha sido sustituida por la mensajería instantánea, donde los tiempos de respuesta, los «visto» y las reacciones sustituyen la profundidad del diálogo.

Desde el psicoanálisis, Freud hablaba del individuo y cómo, al vivir en sociedad, debe reprimir sus deseos y emociones más profundas. En la era digital, esto se multiplica: presentamos una imagen editada de nosotros mismos, dejando fuera los aspectos más humanos como el dolor, la tristeza y la vulnerabilidad. ¿Cómo podríamos construir relaciones genuinas si constantemente estamos administrando nuestra «marca personal»? En su libro, El malestar en la cultura (1928), nos dice: «La felicidad en el sentido restringido del término solo es posible en contraposición con el sufrimiento. La vida social nos exige renunciar a impulsos que nos son propios, y en ese sacrificio se encuentra nuestra frustración».

El miedo al silencio y la incapacidad de estar con uno mismo

Uno de los grandes problemas de nuestra época es la incapacidad de estar solos sin estímulos externos. Todo el tiempo buscamos algo con qué distraernos: redes sociales, series, música, mensajes. El silencio se ha convertido en un enemigo. Hannah Arendt, filósofa alemana, nos vería de reojo y sentenciaría: «La soledad es la condición humana. Cultívala». Para Hannah Arendt, la verdadera soledad no es la ausencia de compañía, sino la incapacidad de tener un diálogo interno. Es en la introspección donde realmente nos encontramos con nosotros mismos, pero en un mundo donde todo es inmediato, ¿cómo podríamos detenernos a pensar y sentir? En su libro, La condición humana (1958), Arendt nos explica que «el pensamiento comienza en la soledad, cuando nos distanciamos del ruido del mundo y nos enfrentamos a nuestra propia conciencia«.

Freud también abordó el tema de la evitación del vacío. Desde su perspectiva, la mente busca placer y huye del displacer. Si el silencio nos incomoda, si estar con nosotros mismos genera angustia, es porque hemos aprendido a huir de nuestras propias emociones. Me he topado varios casos en los que las personas no pueden, no toleran, estar en silencio. Cayendo entonces en una desesperada respuesta: hacer ruido, sea como sea. «El ruido como un inquietante y necesario acompañante», diría un paciente. Lo llamativo aquí es que hay ocasiones en que incluso irrumpen de manera directa, y hasta grosera, con el silencio de otros. Pienso en un amigo, que sin importarle que esté yo escribiendo o leyendo, por esa necesidad desesperada de interacción, demanda mi atención al mostrarme algo en su celular o compartirme algo que quizás no es para mí de importancia o interés. ¿Pero qué importa? Hay que satisfacer esa demanda sea como sea, porque la angustia es insufrible.

El culto al «yo» y la soledad como alienación

El auge del individualismo nos ha llevado a creer que ser autosuficientes es un valor absoluto, pero ¿realmente lo es? Erich Fromm, en El arte de amar (1959), advierte que en la sociedad moderna la independencia ha sido llevada a un extremo tal, que hemos perdido la capacidad de vincularnos con los demás. Nos aislamos en la idea de que «nadie nos merece», en la necesidad de validación digital y en la obsesión por demostrar que somos exitosos sin necesitar a nadie. Pero Fromm nos recuerda: «Si el hombre es incapaz de construir un puente hacia el otro, se condena a sí mismo a la soledad». Un amigo me decía que «los valores no existen, sólo en la bolsa». Claramente lo decía con ironía. Ciertamente estamos atrapados en una manera de vivir en la que el individualismo nos consume de una manera desmedida. Y es que es muy común que confundamos las nociones. «La independencia no es aislamiento. El amor es la superación de la separación humana», recalca Fromm.

Zygmunt Bauman, por su parte, en Amor líquido (2003), analiza cómo las relaciones humanas han perdido solidez y se han vuelto reemplazables. En la era digital, las personas son «descartables», los vínculos frágiles y las conexiones efímeras. No nos damos el tiempo de profundizar en los otros porque la inmediatez nos ha enseñado que todo es reemplazable, incluso el amor y la amistad. Hay prisa. No hay tiempo. Conocer al otro es algo todavía más riesgoso: implicaría tener que conocerme bien, o al menos intentarlo. ¿Qué pasaría si el otro me pregunta genuinamente sobre mí? En una ocasión, charlando con una amiga vía Whatsapp, le dije: «Ya no me hables de tus problemas y frustraciones. Cuéntame sobre ti». Y la respuesta fue automática: «No hay nada que decir». ¿Y los sueños, los gustos, los miedos, las vivencias del día a día, etc.? Me parece que al momento en el que se pone sobre la mesa de la conversación algo que limita al sujeto en su satisfacción inmediata, pongamos por ejemplo la queja, hace que una barrera se alce entre los interlocutores y no haya otra posibilidad. Bauman agrega: «Las relaciones humanas se han convertido en productos de consumo, desechables cuando ya no producen satisfacción inmediata».

El diván en tiempos de redes sociales

En el espacio psicoanalítico, el silencio tiene un valor fundamental. Mientras que el mundo exige respuestas rápidas, en el diván el tiempo se detiene y se permite el pensamiento sin presión. El filósofo francés, Roland Barthes, hablaba del lenguaje como un acto de amor, donde el significado real no siempre está en lo que se dice, sino en lo que se deja entrever. En su libro, Fragmentos de un discurso amoroso (1977), Barthes nos dice: «En un mundo de constantes interacciones, pocos se detienen a escuchar«. Hoy por hoy es más que notorio que la demanda individual exige la escucha del otro, pero no hay espacio para una demanda empática de también escucharlo. Las constantes interrupciones durante una charla, el no dar su espacio y tiempo al tema que el otro está compartiendo, arremeter con algo que no tiene nada que ver y advertir en forma de disculpa «perdona, antes de que sigas, un paréntesis», son muestra de ello.

En un mundo donde todo se comparte en redes, nos olvidamos de que hay cosas que no necesitan ser vistas para ser reales. Muchas veces, la verdadera conexión se encuentra en lo invisible: en una mirada sincera, en el tiempo que se dedica a escuchar, en el acto de estar presentes. «El amor no se dice, se muestra en la espera, en la escucha, en el cuidado», nos anima Barthes. Es curioso cómo lo que antes podría ser visto como una falta de educación, hoy no es otra cosa sino la imposición narcisista de la inseguridad personal. Mi amigo tenía razón en su ironía: los valores no existen. Y es que estamos haciendo que no existan. Las demandas constantes no está balanceados con lo que ofrecemos al otro. Es exigir sin dar. Reclamar sin ofrecer. No es de sorprender que la gente se termine cansando. Que limite sus interacciones. «¿De qué sirve que cuente si no me escuchan?». Y a pesar de ello, la resistencia a ir con el psicoanalista no cede. Porque incluso en eso hay una demanda: yo merezco que me escuchen, pero a mi modo, a mi manera, cuando yo quiera. Pero los pretextos son otros a la hora de afrontar la posibilidad de una terapia, de un análisis, etc.

La soledad como posibilidad

La soledad no es el problema. El problema es la incapacidad de abrazarla como un espacio de introspección y crecimiento. Nos han hecho creer que estar solos es un fracaso, cuando en realidad es una oportunidad. La era digital nos ha quitado la paciencia, el silencio y la intimidad, pero no estamos condenados a ello. Podemos recuperar la capacidad de conversar, de escuchar y de estar realmente presentes en nuestra vida y en la de los demás.

Porque, como decía Arendt, «la soledad no es ausencia de compañía, sino la capacidad de dialogar con uno mismo». El problema surge cuando decimos: «no tengo nada interesante que contar». Me voy asumiendo poco o nada interesante. Alguien más. Una vida cualquiera sin valor. Sin chiste. Es así cuando la soledad negativa en verdad triunfa: no vale la pena frecuentar a esa persona. Qué aburrido. Qué pérdida de tiempo. Pero las redes sociales siempre estarán ahí para enmascararnos. Para culpar al mundo. Para no hacernos responsables.