Un paso al frente

“La vida se encoge o se expande en proporción al coraje”.
-Anaïs Nin, Diarios (1931)

Queridos(as) lectores(as):

Hay un momento en la vida —a veces breve como un parpadeo, otras veces largo como un invierno— en el que el alma se agota de esperar. No se trata de impaciencia ni de capricho. Es algo más hondo, más visceral. Un cansancio que no es solo físico, sino existencial: uno se cansa de no entenderse, de vivir con el piloto automático, de fingir que está bien, de sostener vínculos que ya no se sostienen solos. Y ese cansancio, paradójicamente, puede volverse el umbral de algo nuevo.

Recuerdo a J, una conocida de 39 años que una vez soltó una frase demoledora: “Me cansé de mi vida”. Es directora de una empresa, madre de dos hijos, casada desde hace quince años. Desde fuera, todo parecía en orden. Pero por dentro vivía en ruinas: sin deseo, sin palabra, sin pausa. Había pasado años cumpliendo todos los deberes —trabajar, criar, sostener, rendir— sin escuchar nunca qué quería para sí. Lo que la trajo al análisis no fue una crisis dramática, sino el agotamiento absoluto. Un día, mientras se preparaba el café, sintió que algo en su cuerpo ya no respondía. “Me senté en el suelo de la cocina y me puse a llorar. No de tristeza. De vacío».

J no lo sabía, pero ese llanto era ya un paso al frente. Venía de tocar fondo, sí, pero también de empezar a decirse. Comenzó un proceso psicoanalítico. A lo largo del proceso, no tomó decisiones ruidosas. No se divorció, no dejó su trabajo, no se fue a recorrer el mundo. Pero aprendió a tomar distancia de los mandatos que la oprimían. A decir “no” sin culpa. A pedir ayuda. A dormir sin exigirse salvar a todos. Y poco a poco, su vida se fue ensanchando: no por lo que cambió afuera, sino por lo que por fin se movió adentro. Este encuentro es para quienes han sentido que ya no pueden más, pero no se han rendido. Para los que viven atrapados en una rutina que ya no les refleja, para los que sienten que algo en su interior está pidiendo un cambio, aunque no sepan por dónde empezar. Porque a veces, avanzar no es correr ni volar. A veces, simplemente, es dar un paso al frente.

El hartazgo como umbral

A veces el punto de partida no es la esperanza, sino la fatiga. El análisis, los cambios de vida, las decisiones que transforman rara vez empiezan por una visión clara del futuro; casi siempre comienzan cuando ya no se puede sostener el presente. No hay cosa más solitaria que sentir que uno está viviendo una vida que no le pertenece. Y, sin embargo, esa soledad —tan honda, tan paralizante— puede convertirse en terreno fértil. ¿Por qué? Porque cuando todo se rompe por dentro, también se abren rendijas por donde empieza a entrar la verdad. “Estoy cansado”, “ya no puedo”, “esto no es lo que quiero”, son frases que, dichas con honestidad, contienen una potencia silenciosa. Reconocerse agotado puede ser más valiente que insistir en seguir funcionando.

Viktor Frankl, sobreviviente de los Campos de Concentración, escribió una frase que suele pasar desapercibida entre sus ideas más conocidas, pero que aquí cobra sentido: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, estamos desafiados a cambiarnos a nosotros mismos» (El hombre en busca de sentido, 1946). El hartazgo genuino, el que nace desde lo más íntimo, es un signo de que algo en nosotros aún vive, aún resiste, aún quiere. No es resignación: es inicio.

El miedo a moverse

Si el hartazgo es el umbral, el miedo es la puerta. Una puerta pesada, silenciosa, que uno rodea muchas veces antes de atreverse a tocar. Porque cuando el cansancio ya no puede más, aparece el paso inevitable: moverse. Pero es entonces cuando surge el miedo con toda su voz: ¿Y si cambio todo y sigue igual? ¿Y si salto y me rompo? ¿Y si descubro que ni siquiera era eso lo que buscaba? El miedo al cambio no es signo de cobardía, sino de lucidez. Sólo teme quien ha imaginado consecuencias, quien ha vivido suficiente como para saber que no hay garantías. Incluso las decisiones más nobles pueden doler. Incluso los caminos más necesarios pueden estar llenos de incertidumbre.

La filósofa francesa, Simone Weil, lo encarnó con radicalidad. En 1935, renunció a su cátedra en París para trabajar como obrera en una fábrica metalúrgica. Lo hizo, escribió, “porque necesitaba sentir en el cuerpo el peso de aquello que tanto había teorizado”. Su familia, sus colegas, sus amigos: todos le dijeron que era un error. Que una mujer frágil, brillante, de salud delicada, no podía sobrevivir ahí. Y tenían razón. Sufrió desmayos, humillaciones, agotamiento. Pero también algo dentro de ella despertó. En sus Cuadernos dejó escrito: “El miedo de caer es más violento que la caída misma” (1938). Sabía que el paso más difícil no era el físico, sino el interior: vencer la parálisis que impone el temor. No se trataba de masoquismo ni de heroísmo. Sino de una certeza casi espiritual: no se puede pensar verdaderamente el mundo desde la comodidad perpetua. Hay que habitarlo. Hay que rozar el abismo con los pies. Uno no da un paso al frente cuando deja de tener miedo, sino cuando deja de obedecerle.

Una pequeña decisión lo cambia todo

No siempre es un gran gesto el que cambia la vida. A veces es una acción mínima, una frase apenas dicha, una puerta que se cierra sin estruendo. El primer paso hacia uno mismo rara vez es visible para los demás. Pero adentro, en lo más íntimo, puede ser decisivo. C.S. Lewis, el escritor y pensador inglés que muchos conocen por Las Crónicas de Narnia, fue durante años un ateo convencido. No por frivolidad, sino por lógica. Educado en la razón, marcado por el dolor, había aprendido a desconfiar de toda esperanza trascendente. Y sin embargo, como contaría en Cautivado por la alegría (1955), hubo un instante silencioso que lo transformó todo. Fue en un paseo en motocicleta hacia el zoológico de Whipsnade. Subió al sidecar como no creyente, y al llegar, algo en él había cambiado: “Cuando salí del zoológico, ya creía en Dios”.

No hubo una visión, ni una epifanía dramática. Sólo un giro interno, casi imperceptible, pero irreversible. Lewis mismo lo escribió con ironía: “Era como si, sin saber cómo ni por qué, me hubiese pasado algo. No lo busqué. No lo entendí del todo. Pero supe que ya no podía volver atrás”. Ese tipo de decisiones —que no siempre son religiosas, pero sí existenciales— se parecen mucho al paso al frente del que hablamos aquí. No siempre tienen forma de ruptura visible. Pero marcan un antes y un después. Como cuando alguien, por primera vez, dice: “No quiero seguir así”. O: “Quiero vivir con sentido, aunque aún no sepa cómo”. Hay pasos que no se anuncian. Se dan.

Mi mamá me decía: «Cuando pienses de más… salte mejor a caminar un rato».

Nadie puede dar el paso por ti

Hay decisiones que se toman entre muchos: mudanzas, proyectos, matrimonios, incluso terapias. Pero el paso al frente del que hablamos aquí —ese que inaugura una vida más fiel a uno mismo— siempre se da en soledad. No porque uno esté solo, sino porque nadie puede ocupar ese lugar. Elegir es asumir. Y asumir es dejar de delegar en los otros la responsabilidad de lo que uno vive. Es fácil decir que no se puede por el trabajo, la pareja, la familia, la economía, los traumas del pasado. Y muchas veces todo eso es cierto. Pero también es cierto que, tarde o temprano, uno tiene que decidir si quiere seguir repitiendo lo que no elige… o empezar a elegir lo que aún no sabe cómo vivir. Hannah Arendt, marcada por el exilio y el horror de su tiempo, escribió una frase punzante en su ensayo La vida del espíritu (1971): “Ser libre es estar solo con uno mismo y atreverse a juzgar”. En un mundo que todo lo mide por la aprobación externa, por el algoritmo o por el éxito visible, elegir desde dentro se vuelve un acto subversivo. Y profundamente humano.

No hay garantías. Nadie aplaude. Nadie absuelve. Pero en esa elección —íntima, silenciosa, propia— comienza la libertad. No la abstracta, sino la concreta: la de decirse con verdad, la de vivir con coherencia, la de mirar el espejo sin vergüenza. Uno da un paso al frente no porque alguien más lo empuje, sino porque algo en el interior por fin se alinea. Y ese paso, aunque no lo vea nadie, cambia el mundo de quien lo da.

Cuando la vida se ensancha

Después del paso, no siempre llega la paz. A veces viene la duda, el desconcierto, el silencio. Pero también, de pronto, aparece un pequeño respiro. La vida no se transforma de golpe, pero comienza a sentirse más respirable. Como si uno pudiera habitar su propia existencia con menos miedo. Con más verdad. Hay quien al dar ese paso vuelve a dormir sin ansiedad. Otro descubre que puede caminar más lento. Otro más —sin saber cómo— empieza a llorar por fin, o a reír con algo de ternura.

María Zambrano, exiliada durante décadas y profundamente atenta al alma humana, escribió: “Toda verdad es un alumbramiento, y todo alumbramiento trae su dolor” (Claros del bosque, 1977). Pero también dijo que, tras ese dolor, “la vida se dilata, como si uno pudiera ser por fin más ancho que sus miedos”. Y eso es lo que ocurre: no que todo se arregle, sino que todo se vuelve más amplio. Más real. Más propio.

Reflexión final

Quizá tú, que estás leyendo esto, también estés en ese momento. Quizá ya te cansaste de fingir que no pasa nada. Quizá ya no te alcanza la energía para sostener lo insostenible. Si es así, no esperes un gran milagro. No lo necesitas. Basta un gesto: escribir ese mensaje que llevas días postergando. Decir esa verdad que duele. O simplemente sentarte en silencio y admitir lo que ya sabías, pero no te habías atrevido a mirar. A veces, el paso más valiente es el más sencillo: dejar de mentirse.

Dar un paso al frente no es cambiarlo todo. Es dejar de esconderse. Es recuperar la dignidad de moverse, aunque sea con miedo. Y si tiembla la voz, que tiemble. Pero que sea tuya. La vida, con sus contradicciones y sus heridas, aún puede ensancharse. Y empieza por ahí.


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No toda tristeza es depresión

“El sufrimiento psíquico no es una patología que haya que erradicar de inmediato; es, con frecuencia, una vía de acceso a la verdad del sujeto”
— Jean-Bertrand Pontalis

Queridos(as) lectores(as):

Cada vez es más común escuchar frases como: “Estoy mal, seguro tengo depresión” o “Últimamente me siento bajoneado(a), algo debo tener”. Vivimos en una época donde cualquier malestar emocional despierta sospecha clínica. Lo que antes llamábamos “una mala racha” o “una tristeza fuerte”, ahora corre el riesgo de convertirse en un diagnóstico automático. Y eso, aunque a veces ayuda, también puede volverse un problema. Porque no todo lo que duele está roto. No todo lo que molesta necesita ser eliminado. Hay malestares que nos pertenecen como parte legítima de la vida. Y si corremos demasiado rápido a etiquetarlos, podemos perdernos la oportunidad de entender qué nos están diciendo.

Este encuentro no es una negación de la depresión real, profunda, inhabilitante. Esa existe y necesita atención seria. Pero sí es una invitación a distinguir entre el sufrimiento necesario y el sufrimiento que paraliza. A preguntarnos si, en el afán de sentirnos “bien”, no estaremos silenciando emociones que podrían ayudarnos a crecer.

No toda tristeza es una enfermedad

A veces estar triste es lo más coherente que uno puede estar. Cuando muere alguien, cuando termina una historia importante, cuando el mundo cambia de manera abrupta y uno no sabe quién es frente a eso… ¿qué otra cosa se puede sentir sino una mezcla de vacío, desconcierto y dolor? Pero hemos aprendido a tenerle miedo a ese dolor. Nos han enseñado que estar tristes es sinónimo de estar mal. Y entonces, en lugar de abrazar esa tristeza, la empujamos fuera con pastillas, con distracciones, con frases hechas: “Tienes que ser fuerte”, “todo pasa por algo”, “levanta el ánimo”.

La escritora Siri Hustvedt toca esta idea con delicadeza cuando dice: “Una parte del problema con la tristeza es que se espera que se comporte bien, que no moleste, que no dure” (La mujer temblorosa, 2009). Pero la tristeza no obedece a mandatos sociales. Llega cuando lo que amamos desaparece o se transforma. Y se queda el tiempo que necesita para ser comprendida. No es un enemigo, sino una señal. A veces, la única forma que tiene el alma de recordarnos que hemos perdido algo valioso.

Lo que se gana y lo que se pierde

El diagnóstico puede ser un bálsamo. Cuando alguien pone nombre a lo que sentimos, aparece un alivio inicial: “Entonces no estoy loco, no soy débil, esto tiene una explicación”. Y sí, a veces esa explicación permite iniciar un proceso de cuidado, de contención, de tratamiento. Pero si no se da en el contexto adecuado, también puede volverse una jaula. Hay quienes llegan al análisis diciendo: “Soy depresivo” como quien ya no espera nada más de sí mismo. Como si esa palabra sellara su historia. Como si el diagnóstico les quitara el derecho a preguntarse por qué sufren. Qué les duele. Dónde comenzó todo.

El psicoanalista Juan David Nasio lo advierte con claridad: “El diagnóstico puede servir como brújula, pero nunca debe volverse un destino. Porque una vez que uno se identifica con el síntoma, deja de interrogar su origen”(El dolor psíquico, 2000). Cuando el diagnóstico se vuelve identidad, ya no hay camino. Sólo resignación. Y el dolor se convierte en algo que se padece, no en algo que se trabaja. Por eso, antes de correr a etiquetarnos, conviene detenernos y preguntar: ¿Qué me está diciendo esta tristeza? ¿Qué historia hay detrás de ella?

Tristezas que cuentan algo

No todas las tristezas son enfermedades. Muchas son narraciones inconclusas, afectos sin nombre, despedidas que no se cerraron, duelos que aún buscan ser llorados. A veces, la tristeza es el modo que tiene el alma de reclamar un lugar para lo que perdió. Recuerdo a una paciente que me dijo con voz serena, pero firme: “No estoy deprimida. Estoy de luto. Perdí a mi padre, y con él se fue una parte de mí. No quiero olvidarlo ni dejar de sentirlo. Sólo quiero que alguien me escuche sin apresurarse a sacarme de aquí”. Y eso hicimos: escuchar, respetar, acompañar sin urgencias. Porque su tristeza no era una señal de patología, sino de amor. Estaba triste porque algo había sido importante. Porque algo que valía la pena ya no estaba.

La filósofa María Zambrano, tan atenta a los ritmos interiores, lo dijo con belleza: “Sólo en la tristeza profunda se revela la vida en su hondura” (Claros del bosque, 1977). Hay dolores que no nos paralizan: nos transforman. Nos sacan del ruido para preguntarnos qué sentido queremos darle ahora a lo que queda. No hay que huir de esas tristezas. Hay que darles una silla y escucharlas hablar.

De tu tristeza, toma nota.

El mercado del alivio inmediato

Vivimos rodeados de soluciones rápidas. La industria del bienestar vende promesas de felicidad instantánea, y la psiquiatría, mal usada, corre el riesgo de volverse una respuesta automática al malestar: “¿Triste? Aquí tienes algo que lo quite”. Pero no todo debe quitarse de inmediato. Algunos dolores necesitan permanecer un rato para cumplir su función. Hoy cuesta mucho diferenciar entre el dolor necesario y el sufrimiento patológico. Todo lo que incomoda es medicalizable. Todo lo que inquieta parece “síntoma”. Pero eso nos deja más solos, más desconectados de nosotros mismos.

Porque cuando uno tapa una tristeza antes de tiempo, no la sana. La posterga. La entierra. Y lo enterrado no desaparece: se transforma en insomnio, en fatiga, en angustia muda. No estoy en contra del tratamiento. Estoy en contra del atajo. En contra del mandato de estar siempre bien, aunque por dentro estemos en ruinas.

¿Y si tu tristeza te está llevando a otro lugar?

La tristeza tiene mala prensa. Se la asocia con debilidad, con fracaso, con derrota. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si tu tristeza estuviera señalando algo que merece atención? Tal vez estás cambiando. Tal vez tu vida se está reajustando a algo nuevo, algo que no sabes nombrar aún. Tal vez el proyecto que tenías dejó de resonar, o te diste cuenta de que la imagen que te vendiste ya no se sostiene. Eso duele. Pero también es honesto. Es parte del despertar.

Un conocido me dijo una vez: “No me reconozco. Ya no me emocionan las mismas cosas. Estoy vacío”. Y no, no estaba vacío. Estaba transitando un pasaje. Estaba dejando atrás una identidad. Lo que sentía como vacío era, en realidad, el espacio para algo nuevo. Pero aún no tenía forma. Eso también es tristeza: la espera de algo que todavía no llega. El duelo de lo que fue, y la posibilidad de lo que será. No interrumpas ese tránsito. No lo patologices antes de tiempo.

Reflexión final

No confundamos humanidad con enfermedad. No toda tristeza es depresión. A veces, estar triste es el primer paso para reconstruirse. Si estás en un momento difícil, si lloras más de lo habitual, si hay días en que no encuentras sentido… no te etiquetes demasiado pronto. Tal vez no estás roto(a). Tal vez estás despertando. Y si la tristeza se vuelve abrumadora, si no encuentras salida, si todo se oscurece demasiado: busca ayuda. No por debilidad, sino por amor propio. Pero mientras tanto, si lo que sientes es una tristeza que te hace pensar, recordar, repensarte… entonces escúchala. Quizá es tu alma pidiéndote que no la abandones.

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Gracias por leer con el alma abierta.
Nos seguimos leyendo.

IA y la salud mental

“Las máquinas nos dan respuestas; pero sólo el alma humana puede formular las verdaderas preguntas”.
— Viktor Frankl

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en un tiempo extraño: tan hiperinformado como desorientado, tan conectado como solitario. La inteligencia artificial (IA), protagonista indiscutible de esta nueva era, no sólo ha modificado la manera en que nos comunicamos, trabajamos o consumimos, sino también —y quizá de forma más silenciosa— cómo nos pensamos a nosotros mismos. En el ámbito de la salud mental, su presencia es cada vez más visible: plataformas que ofrecen apoyo emocional, algoritmos que detectan señales de riesgo suicida, sistemas que prometen una psicoterapia automatizada y sin demoras.

A primera vista, esto puede parecer una bendición: en un mundo donde el sufrimiento psíquico se ha vuelto pandemia, contar con herramientas accesibles, inmediatas y eficaces suena como una respuesta esperanzadora. Sin embargo, la pregunta no es sólo qué puede hacer la tecnología, sino qué está dejando de hacer la presencia humana. ¿Qué se pierde cuando el consuelo llega en forma de notificación? ¿Qué se rompe cuando el otro es sustituido por una interfaz? Esta entrada se adentra en ese intersticio entre la promesa del algoritmo y la herida del alma: un diálogo urgente entre inteligencia artificial y salud mental.

La promesa tecnológica: prevención, eficiencia y vigilancia emocional

Uno de los grandes atractivos de la IA en salud mental es su capacidad para procesar datos masivos y detectar patrones antes de que un síntoma se verbalice. Estudios recientes muestran que, mediante el análisis de publicaciones en redes sociales, registros de voz o patrones de sueño, los algoritmos pueden predecir episodios depresivos o ansiosos con una precisión notable. Esto abre posibilidades fascinantes en términos de prevención y acceso temprano a tratamiento, sobre todo en regiones con escasez de profesionales. En una de sus aportaciones, Johannes C. Eichstaedt nos explica: “Los algoritmos pueden identificar marcadores lingüísticos de depresión con una precisión del 70%, incluso antes de que el sujeto haya sido diagnosticado clínicamente» (Nature Human Behaviour, 2018).

Sin embargo, detrás de esta precisión cuantitativa se esconde un problema cualitativo: la reducción del sujeto a un perfil de riesgo. El algoritmo no escucha el sufrimiento; lo clasifica. No aloja la palabra; la traduce a variables. Y eso plantea una paradoja inquietante: cuanto más eficaz es la IA en predecir, menos espacio deja para el acontecimiento subjetivo, lo imprevisto, lo que irrumpe sin lógica. El riesgo, entonces, no es sólo técnico sino clínico: pensar que saber antes equivale a curar mejor, cuando en realidad, en salud mental, lo importante no es la anticipación sino el encuentro.

¿Puede una máquina escuchar el dolor?

Surgieron ya múltiples aplicaciones que ofrecen acompañamiento emocional 24/7. Algunas, como Woebot o Wysa, se presentan como “robots empáticos” entrenados en terapia cognitivo-conductual, capaces de sostener conversaciones aparentemente afectuosas y de dar consejos útiles para lidiar con el estrés o la ansiedad. Pero no descuidemos un punto importante: esta función de la IA no es y no debe ser un sustituto del analista o terapeuta. Hablamos sólo de una compañía momentánea, una contención del momento. En una entrevista para la revista Forbes en 2018, la fundadora de Woebot Health, Alison Darcy, decía esto: “Woebot no fue creado para reemplazar a los terapeutas, sino para acompañar a las personas allí donde están — en sus teléfonos — y ofrecer algo útil en el momento». Esto en sí es inquietante y muy alarmante, ya que nos hace ver una realidad que estamos descuidando: el acompañamiento cada vez se vuelve más y más artificial. ¿Dónde están los demás?

Lo que distingue la escucha clínica no es la amabilidad del lenguaje ni la coherencia de la respuesta. Es la capacidad de sostener la palabra del otro sin apresurarla, de tolerar su ambigüedad, su repetición, su silencio. Es comprender que el dolor no siempre busca una solución, sino un lugar donde ser dicho. Jacques Lacan advertía que “la palabra tiene efectos de cuerpo” (Escritos, 1966). Y ese cuerpo, en la clínica, no es sólo el del analizando: es también el del analista, el terapeuta, el otro encarnado que se conmueve, se cansa, se confunde y, aun así, permanece. La IA, por su propia estructura, no puede ser afectada. Puede simular empatía, pero no padecerla. Y eso, en el vínculo terapéutico, hace toda la diferencia.

No habrá inconsciente, pero al menos sí protocolo…

El sujeto dividido frente al algoritmo que todo lo sabe

En el corazón del psicoanálisis habita una certeza: el sujeto está dividido. No es dueño de su palabra ni transparente ante sí mismo. Se contradice, se pierde, se traiciona. Su dolor no siempre tiene sentido, y muchas veces lo que más sufre es lo que no puede nombrar. La IA, por el contrario, opera bajo el principio de la consistencia. Busca regularidades, reducir ambigüedades, optimizar comportamientos. Y aunque esto puede ser útil para predecir ciertas conductas, es profundamente insuficiente para alojar lo que el sujeto no sabe que dice cuando habla. En su libro, Cinco lecciones sobre el psicoanálisis (1992), Juan David Nasio señala algo que nos es de mucha utilidad en este tema: “El inconsciente no es un algoritmo: no responde a reglas explícitas, sino a desplazamientos, condensaciones y silencios”.

El riesgo aquí no es sólo técnico, sino simbólico: que la lógica del rendimiento colonice también los territorios del alma. Que el síntoma, lejos de ser escuchado como un mensaje cifrado, sea visto como un error de sistema a corregir. Que el deseo se confunda con un desajuste estadístico. Y que el sufrimiento, en lugar de ser atravesado, sea simplemente callado por una notificación bien redactada.

Más conectados, más solos

Vivimos en la era de la conectividad constante. Sin embargo, nunca como ahora hemos sentido tan intensamente la soledad. No soy el primero ni el único en decirlo, pero sucede mucho que en las redes sociales, sobre todo Facebook, el efecto es demoledor: nos acerca a gente lejana, nos aleja de gente cercana. Sumado a esto, la inmediatez (de la que ya hemos hablado en varios encuentros) hoy exige más de lo que realmente se puede ofrecer. Es irónico, porque incluso podemos señalar «lo que es humanamente imposible de ofrecer»: presencia constante y activa. En este contexto, la IA promete una presencia permanente, una compañía sin juicio, sin demora, sin conflicto. Pero, ¿qué clase de presencia es aquella que no puede faltar? Hace unos días asistí a una lectura sobre la obra de Byung-Chul Han, en donde uno de mis queridos amigos hizo hincapié en una cita que hasta apunté: “El malestar actual no proviene de la falta de herramientas, sino de la falta de vínculos reales. La IA puede ser una prótesis, pero nunca un otro” (La expulsión de lo distinto, 2014). Un efecto más del «progreso» tecnológico: la deshumanización de las relaciones. Donde «sustituir» se vuelve «expulsar».

La clínica —y, más ampliamente, la experiencia humana— necesita del otro como alteridad, no como reflejo. El vínculo que cura no es el que responde siempre bien, sino el que permite habitar la incertidumbre. La IA, en su afán de eficiencia, nos da respuestas limpias y rápidas. Pero lo humano se gesta, muchas veces, en la espera, en el equívoco, en el no saber. No es casual que muchas personas que han conversado largamente con asistentes de IA terminen experimentando una angustia sorda: intuyen que, en el fondo, no hay nadie del otro lado. Y eso, más que consolar, desampara. ¿Uno puede encontrar consuelo en una respuesta fría, calculada y estadística?

Ética, límites y responsabilidad clínica en tiempos de automatización

El ejercicio clínico no es una técnica neutral. Implica una ética: una disposición a hacerse responsable por el otro, a poner el cuerpo —no sólo en sentido físico, sino afectivo, simbólico, incluso espiritual— frente al dolor ajeno. La IA, por muy potente que sea, no puede asumir responsabilidad. Puede calcular probabilidades, pero no cargar con consecuencias. Puede indicar riesgos, pero no decidir qué hacer con ellos. Y, sobre todo, no puede responder con presencia cuando algo en el otro se rompe. De hecho, hay que ser justos con la IA también, ya que en sus respuestas suelen concluir con una recomendación de buscar apoyo profesional, filial o familiar. Pero eso, como pasa seguido, es lo que menos se lee. ¿Y por qué no se lee? Porque ya hay una resistencia de por medio: si estoy con la IA, es porque no encontré a alguien más. Por miedo, por pena, por inseguridad, por la razón que queramos. Ya que todo acto clínico implica una responsabilidad subjetiva. La IA no puede ser imputable del sufrimiento que toca.

Conviene recordar a Hans Jonas: “La técnica debe ser guiada por una ética del futuro, una ética de la responsabilidad por la fragilidad humana» (El principio de responsabilidad, 1979). Por eso, más que pensar en reemplazar al terapeuta con una IA, conviene imaginar modos de complementariedad responsables, donde la tecnología amplíe el acceso, pero no sustituya el lazo. Donde el algoritmo sea herramienta, pero nunca interlocutor. Donde lo humano, con su fragilidad y su exceso, siga siendo el centro.

Reflexión final

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse, y su aporte a la salud mental puede ser valioso. Pero también nos confronta con una decisión profunda: ¿queremos alivio o queremos sentido? ¿Queremos que nos calmen o que nos escuchen? ¿Queremos una respuesta rápida o una compañía real? En Crónicas del Diván, sabemos que el alma humana no se deja reducir a patrones ni a comandos. Que el dolor, cuando se dice, necesita un otro que lo escuche de verdad. Que el consuelo no está en la respuesta correcta, sino en la presencia que no se va. Tal vez la IA pueda ayudarnos a llegar antes. Pero aún necesitamos alguien que, al abrir la puerta, nos diga: “aquí estoy, no sé todo… pero te escucho”.

El alma entre escombros

«El sentido no es algo que descubrimos, sino algo que hacemos posible».

-Markus Gabriel

Queridos(as) lectores(as):

Hay preguntas que no nacen de la razón, sino del quebranto. No son un ejercicio intelectual ni un juego dialéctico. Surgen cuando el alma está en ruinas y apenas logra susurrar, entre lágrimas, entre noches sin dormir: “¿Qué sentido tiene todo esto?” No es la pregunta de los filósofos en su escritorio, ni la del estudiante en su tesis, ni siquiera la del creyente en busca de dogma. Es la pregunta del que ha perdido algo esencial —una madre, un hijo, una esperanza, la salud, la fe, o a sí mismo— y se descubre arrojado al mundo sin mapas. Es la pregunta del que, en medio de una rutina que no entiende, de un dolor que no cesa o de una alegría que ya no basta, comienza a sospechar que vivir no es lo mismo que estar vivo.

Vivimos tiempos donde todo debe tener “explicación”, pero pocas veces tiene verdadero sentido. Y sin embargo, la pregunta sigue latiendo en muchos: no como una exigencia lógica, sino como un clamor existencial. A veces callamos por orgullo, por miedo, por costumbre… pero en el fondo, todos, alguna vez, la hemos formulado con el corazón hecho trizas. En este encuentro haremos un intento de escuchar esa pregunta. No de responderla del todo —sería arrogante pretenderlo—, sino de honrarla, caminarla, darle espacio. Porque incluso la desesperación merece un lenguaje.

Cuando la vida se cae a pedazos

No hay anuncio, no hay preparación, no hay manual. Simplemente ocurre. Algo —o todo— se rompe. Y entonces el cuerpo tiembla, la mente se dispersa, el alma se pliega sobre sí misma. El colapso no siempre es un grito; a veces es un silencio seco que no deja pasar ni el aire. Llega como una grieta, y uno descubre que no era tan fuerte como creía, ni tan blindado, ni tan inmune. Es el día en que la vida, sin avisar, se nos cae a pedazos. Puede venir por la pérdida de un ser querido, por una traición que desgarra, por una enfermedad que arranca el futuro de cuajo, o por una fatiga existencial tan profunda que ya no se sabe cómo dar el siguiente paso. A veces ocurre en el corazón de un adulto maduro; otras, en el desconcierto de un joven que no encuentra su lugar en el mundo. Lo cierto es que nadie está exento del colapso. Porque nadie está exento de vivir.

El filósofo Byung-Chul Han escribe: “El dolor, el sufrimiento y la negatividad hacen que el alma sea alma” (La sociedad del cansancio, 2010). Tal vez por eso el alma despierta cuando más duele. Pero en ese primer momento, el despertar no trae consuelo: trae vértigo. ¿Cómo seguir cuando lo que sostenía la vida ya no está? ¿Cómo encontrar sentido cuando los fragmentos de la existencia se esparcen como vidrios rotos? En consulta, no pocas veces escuchamos esta frase dicha con los ojos vacíos: “Ya no sé para qué estoy aquí”. Es un lamento, sí, pero también una súplica: que alguien —o algo— le devuelva sentido al caos. A veces, incluso el lenguaje se vuelve insoportable, porque cada palabra parece traicionar la dimensión del dolor vivido. “Me rompí”, dicen algunos. Y con eso basta. No hace falta explicar más.

El psicoanálisis no responde con fórmulas, pero sabe escuchar los signos del colapso. Sabe que ahí donde el Yo tambalea, algo más profundo pide nacer. En la Biblia, Job lanza su lamento: “¿Por qué salió del vientre el que vio la luz? ¿Por qué dar vida al amargado de corazón?” (Job 3,11). No es sólo un reproche, es una herida que busca su eco. Porque el sufrimiento, cuando no encuentra sentido, busca al menos una compañía. Quien ha vivido un colapso sabe que no hay consuelo fácil. Las frases hechas se vuelven veneno, y los intentos de explicarlo todo, una falta de respeto al misterio del dolor. Lo único que puede hacerse en ese umbral es lo más humano: quedarse, acompañar, y reconocer que no siempre hay palabras, pero sí presencia. “El sentido no siempre se encuentra —decía Simone Weil—, a veces se padece, se soporta, se deja crecer” (La gravedad y la gracia, 1947). Y ese crecimiento suele comenzar justo ahí: donde la vida parece haberse desplomado por completo.

El impulso de seguir

Hay un momento —extraño, desconcertante, casi absurdo— en el que, aún sin sentido, el cuerpo se levanta. Uno come algo, se baña, responde un mensaje, vuelve a caminar por la misma calle donde ocurrió lo irreparable. Y se sorprende. Porque si todo está perdido, ¿por qué seguimos? No es resignación. Tampoco esperanza. Es algo más primitivo y profundo: un impulso vital, una especie de terquedad del alma que se niega a caer del todo. Como si algo dentro dijera: no entiendo nada, pero no puedo dejar de estar aquí. Kierkegaard lo intuyó con radicalidad en su obra El concepto de la angustia (1844), cuando explicó que la angustia no destruye al hombre, sino que lo revela. Hay una fuerza paradójica en ella: mientras desestructura, también impulsa. La angustia no es sólo vacío; es la antesala de una decisión. Es la grieta por donde la libertad se asoma.

En clínica, se observa con claridad: personas devastadas que, sin saber cómo, han resistido diez, veinte, treinta años con un dolor que parecía insoportable. Lo cuentan sin orgullo, sin épica. Simplemente siguen. Sigmund Freud lo llamaría pulsión de vida (Trieb), esa energía que se opone —a veces silenciosamente— al deseo de desaparecer. Melanie Klein, desde su lectura del duelo y la posición depresiva, señalaría que incluso en la destrucción hay una intención de restauración. El sujeto ama demasiado aquello que ha perdido, y por eso lucha con más intensidad por no desaparecer con ello.

En literatura, lo vemos con crudeza en personajes como Winston Smith, de 1984 (Orwell, 1949), o el padre de La carretera (McCarthy, 2006). Ninguno tiene una razón clara para seguir, salvo una: hay alguien que aún merece ser amado, o salvado, o simplemente acompañado. Esa es, muchas veces, la negación del sinsentido: el amor. Aunque esté herido, aunque no encuentre palabras, aunque no sepa si habrá mañana. El Evangelio según San Lucas narra que, luego de la crucifixión, algunas mujeres se dirigieron al sepulcro con perfumes y ungüentos (Lc 24,1). ¿Para qué? Ya estaba muerto. Pero fueron. No para entender, sino para amar. Para cumplir un gesto. Y en ese gesto absurdo, se toparon con el milagro.

Hay en el ser humano una voluntad inexplicable de permanecer. Aunque el mundo se desmorone. Aunque el alma esté rota. Aunque no haya respuestas. Como si, en lo más íntimo, supiéramos que dejar de buscar sentido es renunciar a lo que nos hace humanos. El filósofo contemporáneo, Markus Gabriel, señala que “el sentido no es algo fijo, sino algo que se produce en el acto de habitar el mundo” (El sentido del pensamiento, 2018). Tal vez sea eso: habitamos. Seguimos. Aunque sea caminando entre ruinas, aunque sea con el alma hecha jirones. Porque vivir —a veces— es un acto de negación radical del sinsentido. Y ese gesto, por pequeño que sea, ya es una forma de sentido en sí mismo.

Y aún entre las cenizas de Dresde, la dignidad humana encontró formas de resistir.

El duelo de no comprender

Antes de la caída, teníamos un relato. No importaba si era simple o complejo, ingenuo o elaborado: había una historia que nos sostenía. Éramos “el hijo de…”, “el que amaba a…”, “el que soñaba con…”. Incluso el dolor, cuando tenía un lugar dentro de una narrativa, era más soportable. Pero el colapso no sólo hiere lo que somos: rompe lo que creíamos ser. Y, con ello, desmonta la historia que habíamos contado sobre nuestra vida. De pronto, ya no se sabe cómo narrarse. ¿Quién soy ahora que ya no tengo eso que me nombraba? ¿Qué sentido tiene todo lo anterior si no condujo a nada más que a este abismo? Paul Ricoeur, en Tiempo y narración (1983), explica que el ser humano necesita narrarse para habitar el tiempo. Sin relato, el tiempo se vuelve inerte, y la existencia se fragmenta. Por eso el dolor profundo —especialmente el que llega de forma abrupta— no sólo duele: desorienta. Es el duelo no sólo de lo perdido, sino del sentido que daba forma al pasado, al presente y al porvenir.

En consulta, he escuchado a personas decir: “Siento que ya no soy la misma”, “ya no sé en qué creo” o “todo lo que hice no valió nada”. Esas frases no son un diagnóstico de depresión: son expresiones de duelo narrativo. La identidad ha quedado en suspenso porque el lenguaje interno ha sido silenciado. Y eso duele más que la herida misma. El alma entra en lo que Barthes, tras la muerte de su madre, llamó el suspenso absoluto de la significación. En su Diario de duelo (2009), escribe: “Ya no tengo historias que contarme. Sólo imágenes. Pero las imágenes no sostienen la vida”. Este tipo de duelo no puede ser apresurado. Requiere silencio, compañía y una enorme paciencia con uno mismo. La tentación es construir una narrativa rápida para calmar el dolor. Pero los relatos apresurados son como casas mal cimentadas: se derrumban al primer temblor.

El psicoanálisis no obliga a narrar, pero escucha los silencios, las repeticiones, los balbuceos. Porque en ellos empieza a gestarse, poco a poco, un nuevo relato. Uno más frágil, tal vez. Pero también más verdadero. Y es que, tal vez, el sentido no siempre aparece como una gran explicación que todo lo ordena. A veces, el sentido es simplemente poder decir con honestidad: “No entiendo lo que pasó, pero sigo aquí”. Y con eso, ya comienza una nueva historia.

El sentido como construcción amorosa

A pesar de lo que muchas veces se dice, el sentido rara vez se encuentra. No es una moneda extraviada en un rincón del alma, ni un objeto escondido que algún día aparece bajo la luz reveladora de la razón. El sentido, más bien, se construye. Y no se construye solo: se edifica en el otro, desde el otro, con el otro. Con el tú que nos escucha, con la mirada que no nos juzga, con la palabra que no da soluciones, pero permanece. Emmanuel Levinas lo formuló de manera radical: “El sentido se origina en el rostro del otro” (Totalidad e infinito, 1961). No hay mayor lugar de sentido que el rostro humano que nos interpela, que nos llama sin palabras, que nos exige una respuesta ética, aunque no tengamos nada para dar. Es ahí, en el vínculo, donde el sinsentido comienza a ceder.

Martin Buber habló de la relación Yo-Tú como el fundamento mismo de la existencia auténtica. En esa relación no uso al otro, no lo reduzco a objeto, no lo convierto en recurso ni en solución a mi angustia. En esa relación, simplemente soy con él, y eso basta. El sentido, entonces, no es una construcción solitaria, sino un acontecimiento compartido. El psicoanálisis también reconoce esto. No cura el dolor eliminándolo, sino dándole espacio para hablar. Y hablar no es un acto individual: es un gesto relacional. El analista —presente, humano, falible— escucha con una disposición amorosa que no busca explicar, sino sostener. Julia Kristeva lo resume con claridad: “La cura es, antes que nada, una acogida del sufrimiento en el lenguaje” (El porvenir de una revuelta, 1998). Y esa acogida es un acto de amor. El amor —aunque imperfecto— ofrece un suelo donde el alma puede volver a respirar.

Judith Butler, desde una ética de la vulnerabilidad, ha dicho que “somos constituidos por los lazos que nos hacen vulnerables, pero también por aquellos que nos sostienen” (Marcos de guerra, 2009). El sentido, entonces, no se impone desde fuera, ni se encuentra de forma pasiva: se construye cada vez que alguien nos acompaña a mirar la herida sin apurarnos a cerrarla. Tal vez por eso, a veces basta una mano en el hombro, una taza de café compartida, una carta inesperada, una voz que nos llama por nuestro nombre. En esos gestos sencillos —que no explican, pero sí abrazan— empieza a levantarse de nuevo el edificio del sentido. Ladrillo a ladrillo. Con paciencia. Con amor.

La fe, la espera, la confianza

Después de todo lo vivido —el colapso, la supervivencia sin respuestas, la ruptura de nuestras narrativas, la reconstrucción desde el amor— queda algo que tal vez es lo más difícil de aceptar: no todo se sabrá. No todo se explicará. No todo será claro. Y, sin embargo, eso no impide vivir. La fe, en su núcleo más íntimo, no es certeza absoluta. Es confianza en la oscuridad. Es decir “sí” sin garantías. San Agustín lo entendió con palabras que atraviesan los siglos: “Si lo comprendes, no es Dios” (Sermones, siglo V). La plenitud no radica en tener todas las respuestas, sino en aprender a vivir con preguntas que arden, pero no destruyen.

Miguel de Unamuno, atormentado por la duda, escribió: “¡Que inventen ellos! Yo quiero vivir… aunque sin saber para qué” (Del sentimiento trágico de la vida, 1913). Y en esa contradicción vivía su fe desgarrada, su esperanza tozuda, su forma tan española y tan humana de seguir amando la vida, incluso sin sentido evidente. Aceptaba lo trágico, pero no por eso renunciaba a lo profundo. Dietrich Bonhoeffer, preso por el nazismo y finalmente ejecutado, escribió en una de sus cartas desde la cárcel: “No es en las respuestas fáciles, sino en las preguntas que permanecen abiertas, donde Dios habita” (Resistencia y sumisión, 1951). Habitar la incertidumbre puede ser, en sí mismo, un acto de fe. Rainer Maria Rilke, con su habitual delicadeza, dejó una de las frases más luminosas de la literatura epistolar: “Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas mismas, como habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua extranjera… Quizá vivas entonces algún día, poco a poco, sin notarlo, dentro de la respuesta” (Cartas a un joven poeta, 1929). No se trata de rendirse ante el sinsentido, sino de caminar con él como compañero de viaje. Dejar que el misterio, en lugar de paralizar, nos haga más humildes, más atentos, más abiertos. Porque hay sentidos que sólo se revelan cuando uno deja de exigirles que se muestren.

A veces, basta con saber que seguimos aquí. Que algo —alguien— nos sostuvo cuando no pudimos sostenernos. Que el amor no nos abandonó del todo. Que la esperanza, aunque frágil, no se extinguió. No saber del todo no significa no vivir del todo. A veces, vivir es precisamente eso: lanzarse, quedarse, construir, esperar… sin comprenderlo todo, pero creyendo que hay algo más. Algo que quizá no entendamos aún, pero que late, calladamente, en el fondo de todo.

Vivir con el mundo al hombro

«La esperanza es el sueño del hombre despierto».

-Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Hay días en los que uno se sienta frente a la taza de café con el alma hecha trizas, aunque nadie lo note. Afuera brilla el sol, los pájaros cantan, y sin embargo, por dentro… algo no está bien. No es una tristeza concreta. No es un duelo inmediato. Es otra cosa. Una especie de peso invisible que se acumula con cada noticia, cada imagen, cada tragedia retransmitida a tiempo real. Es un cansancio del que no se habla porque no tiene forma clara. Un agotamiento que no nace de lo personal, sino de lo colectivo. Del mundo que duele, de lo que no podemos solucionar, de lo que sentimos demasiado grande para comprender y demasiado cercano para ignorar.

A veces creo que el alma también tiene su propio tipo de inflamación. No se ve, no se diagnostica, pero se siente. Como si estuviéramos viviendo con una conciencia herida por exceso de realidad. Una realidad que entra sin filtro por la pantalla del celular, por los titulares de prensa, por los comentarios en redes, por los rostros ajenos en el transporte público. Todo se nos mete al cuerpo. Y no siempre sabemos qué hacer con eso. En el consultorio, este dolor también aparece. No con nombres geopolíticos, pero sí con síntomas: insomnio, ataques de ansiedad, irritabilidad, sensación de culpa, desesperanza. Personas que no entienden por qué no logran estar bien, cuando «en teoría» todo en su vida está más o menos en orden. Y al escarbar un poco, aparece: el mundo. Lo que pasa en él. Lo que arde. Lo que muere.

Y en ese momento, surge una pregunta silenciosa: ¿Cómo se vive con el mundo al hombro sin que nos rompa por dentro? Lo diré con toda franqueza: no tengo una respuesta mágica. Pero sí algunas palabras. Algunas ideas que me han sostenido. Algunos autores que me han ayudado a mirar el abismo sin dejarme caer. Es de eso de lo que quiero hablar hoy.

La herida de ver todo

Antes, lo que pasaba en otro continente era apenas un rumor que llegaba con retraso. Una noticia de periódico, una imagen borrosa en el noticiero de las diez. Hoy, basta abrir el celular para sentir que el dolor del mundo entra por los ojos como si fuera nuestro. No estamos diseñados para tanta exposición. El alma humana necesita tiempo, espacio, silencio, incluso ignorancia. No por evasión, sino por protección. Pero el flujo de información no da tregua. La guerra, el hambre, la violencia, el colapso ambiental… todo aparece entre una foto de un desayuno perfecto y un meme sobre gatos. Lo trágico y lo trivial conviven en la misma pantalla, en el mismo instante. Y eso —aunque no siempre lo notemos— nos rompe. La conciencia moderna está desbordada. Y el problema no es solo que nos informamos, sino que no sabemos qué hacer con lo que nos informamos. Porque saber duele. Y no poder actuar frente a ese dolor nos deja en un limbo entre la empatía y la impotencia.

Arthur Schopenhauer, en uno de sus textos más sombríos y necesarios, lo expresa sin anestesia: “Si se pusiera sobre una balanza el placer y el dolor de la humanidad, veríamos que el dolor pesa mucho más” (Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir, 2006). Sus palabras no buscan deprimirse ni deprimir. Sólo constatar que el sufrimiento no es un accidente de la existencia: es su estructura de fondo. Y sin embargo —y aquí está la paradoja— saber eso no nos libera del impacto de cada nuevo dolor. Por eso tantas personas hoy caminan con una tristeza muda. Porque no saben si están cansadas de vivir, o si lo que realmente las cansa es ver que el mundo sigue su marcha sin compasión. No es que falte sensibilidad. Lo que falta es espacio para tramitarla. Cuando el dolor se acumula sin un lugar donde volcarlo, se transforma en ansiedad, en apatía, en cinismo.
Y eso, en cierto modo, es también una forma de herida.

Leer a quienes atravesaron el fuego

Hay días en los que no basta con apagar la televisión o cerrar la app de noticias. La mente sigue alterada, como si los ecos del mundo siguieran resonando por dentro. Y en esos días —justamente en esos—, suelo volver a ciertos autores que han sabido mirar de frente al horror… y escribir sin perder la dignidad. Primo Levi, por ejemplo, no escribió desde el resentimiento ni desde la desesperación, sino desde un lugar más difícil: el de la lucidez moral. Su relato del campo de concentración no se detiene en el espectáculo de la crueldad, sino que interroga la raíz misma de lo humano. Nos dice: “Comprender es casi justificar. No queremos comprender lo que sucedió, porque si lo comprendiésemos, lo justificaríamos” (Si esto es un hombre, 1947). Su escritura es una advertencia contra el olvido, pero también un acto de compasión hacia quienes ya no pueden contar su historia.

Svetlana Aleksiévich, por su parte, eligió no escribir desde su voz, sino desde las voces de otros. En Voces de Chernóbil (1997), y en La guerra no tiene rostro de mujer (1983), se dedicó a escuchar —pacientemente, dolorosamente— a quienes vivieron las catástrofes más brutales del siglo XX. No teoriza. No interpreta. Sólo deja que hablen. Y en ese acto de escucha radical, la literatura se convierte en acto terapéutico colectivo. Paul Celan, el poeta nacido en Czernowitz, escribió después de Auschwitz en un idioma que ya no creía posible. Sus versos, hechos de silencios y cortes, de palabras que no alcanzan, son una plegaria imposible, un eco de lo que no se puede decir, pero tampoco se debe callar. “Nadie da testimonio por el testigo» (Méridien, 1960).

Y luego está Etty Hillesum, esa joven judía holandesa que, sabiendo que sería llevada al campo de concentración, escribió un diario donde se permitió decir, incluso en medio del terror: “La vida es bella a pesar de todo” (Diario, 1941–1943). No por ingenuidad. No por negación. Sino por una sabiduría que solo se alcanza cuando se elige no odiar, aun con razones para hacerlo. Estos autores no nos ofrecen consuelo fácil. Pero ofrecen otra cosa: nos enseñan que escribir, recordar, llorar, y seguir amando, incluso en ruinas, es posible. Que el dolor compartido no se vuelve más liviano, pero sí más habitable. Y eso, a veces, es lo único que necesitamos para no rendirnos.

«No era que el mundo dejara de doler, pero al menos, por un momento, él eligió cuidarse».

Cuando el dolor llega al consultorio

El dolor del mundo no siempre llega a la sesión con titulares. A veces entra disfrazado de insomnio, de crisis de llanto inexplicable, de angustia flotante. No se presenta como “la guerra”, “la injusticia” o “la violencia del sistema”, sino como una frase suelta: “No sé qué me pasa”. «Me siento mal por estar bien”. “Todo me afecta demasiado”. Y entonces el trabajo clínico no es diagnosticar, sino acompañar. Ayudar a que ese “todo” encuentre forma, límite, palabra. Que deje de ser una nube que lo cubre todo y se convierta, al menos, en una lluvia que puede llorarse. El dolor colectivo también deja marcas individuales. Vivimos en un mundo donde la tristeza parece un lujo, donde se espera que sigamos funcionando aunque el alma esté en huelga. Se nos exige productividad, resiliencia, optimismo, y cuando no lo logramos, encima sentimos culpa.

En el diván, lo primero es suspender esa exigencia. Dar permiso para no estar bien. Para decir que el mundo duele. Para confesar que uno no puede con todo, y no por eso es menos fuerte. El psicoanálisis no ofrece recetas. Ni cura el mundo. Pero crea un espacio —único y necesario— donde lo que arde puede decirse sin que nadie lo apague a la fuerza. Y a veces, eso basta. Porque cuando alguien puede decir lo que siente sin ser corregido, ya empezó a curarse. Y cuando alguien escucha sin juzgar, sin comparar, sin interrumpir… ya está ayudando a sostener un poco el peso del mundo. Incluso el silencio, en esos momentos, se vuelve contenedor. No porque oculte, sino porque da lugar. Porque dice: “Estoy aquí. Puedes traer tu angustia sin temor. No vamos a huir de ella”. El consultorio no es un refugio para huir del mundo. Es un lugar donde se aprende a volver a él con más alma, no con más coraza.

Una forma de resistencia: cuidar el alma, cuidar la mente

No todo podemos entender. No todo podemos cambiar. Pero sí podemos decidir qué entra, qué permanece, qué se cuida. Cuidar el alma, cuidar la mente, no es huir del mundo, sino resistirse a que el mundo nos endurezca por dentro. Es preservar la ternura en medio de la violencia. La atención en medio del ruido. El sentido en medio del sinsentido. Y eso también es político. También es ético. También es espiritual. En días de saturación, la respuesta no siempre es saber más, sino sentir distinto. Volver a lo simple: tocar música, leer algo hermoso, caminar sin prisa, mirar el rostro de alguien que amamos, decir una oración breve aunque no sepamos bien a quién va dirigida. Pedir ayuda. Escuchar con el corazón. Agradecer sin motivo.

A veces, eso basta para que el alma no se hunda. Schopenhauer —quien no solía escribir desde la esperanza— lo insinuó con crudeza, pero sin cinismo: “El destino mezcla las cartas, y nosotros las jugamos. Pero si jugamos bien, incluso la peor mano tiene su dignidad” (Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir, 2006). No se trata de negar la oscuridad. Se trata de no alimentarla. De no permitir que nos robe lo que aún puede florecer. Quizá no podamos apagar todos los incendios del mundo, pero sí podemos cuidar que el nuestro no se extinga de tristeza. Porque un corazón que aún ama, que aún canta, que aún se detiene a mirar una flor o un rostro, es ya un acto de resistencia luminosa.

Redes sociales: llamadas de auxilio

«Las redes sociales han creado un espacio donde la intimidad se convierte en mercancía y el yo en espectáculo».

-Sherry Turkle

Queridos(as) lectores(as)

Vivimos en una época donde el narcisismo no es un rasgo patológico, sino una expectativa social. Las redes no nos piden autenticidad; nos piden visibilidad. Hace unos días, estuvo saliendo en redes sociales un video de una chica (que desconozco quién sea) que al parecer está en un estadio deportivo, y que cuando empieza a sonar la música, parecía «rendirse» a la «necesidad» de ponerse a bailar, cosa que nadie más hizo y sólo se le quedaban viendo. En palabras de ella «no me pude resistir». De acuerdo, a cuántos no nos ha pasado eso, que escuchamos algo de música que nos gusta y no podemos evitar empezar a movernos con ritmo. El tema acá es que ella hacía ciertos gestos entre el dolor y el goce, casi como una actriz atrapada en un guión no escrito: el del espectáculo de sí misma. Y no sólo fueron los gestos de los demás que la veían, cuando uno entraba a la sección de comentarios, en verdad fue impresionante cómo se le fueron con todo: «Ridícula», «Cuando ya no sabes cómo llamar la atención», «Así o más fingido», «¿En verdad está llorando por bailar?, «Cómo se ve que sabía que la estaban grabando», etc.

Y no es la primera vez que sucede algo así (y por lo que veo tampoco la última). Si bien tuvo sus «defensores» que salieron a decir que los demás eran unos amargados y demás, cosa que también es una posibilidad, no dejar de ser algo que nos inquieta y nos hace preguntar: ¿qué necesidad? ¿De bailar? No, de exponernos. Claro, todos somos libres de hacer lo que se nos pegue la gana, pero haciéndonos cargo de las consecuencias, sean positivas o negativas. Desconozco si la chica en algún momento salió a decir algo sobre lo que se había generado, pero lo que es un hecho es que dejó huella en el eterno malestar del ser humano (por nada). En palabras de Byung-Chul Han: «La sociedad actual no se basa en el deber, sino en el rendimiento. Y el sujeto del rendimiento es un empresario de sí mismo« (La sociedad del cansancio, 2010). El problema es que ese “emprendimiento de uno mismo” en redes como Instagram ha degenerado en una sobreexposición vacía: no se sube contenido con sentido, sino con urgencia. Urgencia de ser visto, de no desaparecer. De gritar, aunque nadie escuche. Todo espectáculo necesita una audiencia. Y todo vacío, un disfraz.

Publicar como acto de supervivencia

La necesidad de llamar la atención en redes es, en el fondo, un síntoma. Un síntoma de angustia y de deseo mal canalizado. Sigmund Freud ya lo anticipaba en El malestar en la cultura (1928), cuando hablaba de la tensión entre el yo y el otro, entre la pulsión y el orden social. Lo que hoy vemos en redes es una forma de acting out digital: «El sujeto no sabe lo que desea, pero actúa su deseo sin saberlo». Así, vemos a miles de personas exponiendo su vida sin contexto, sin forma, sin sentido, sólo con la esperanza de no ser ignorados. Porque en esta era, el anonimato duele más que la crítica. Ser invisible es peor que ser odiado. Aunque, cabe decir, no tiene nada de malo disfrutar lo que uno hace, al contrario, qué mejor para lidiar con tanto estrés y cosas que nos obligan a «ser otros» en la sociedad moderna. Sin embargo, sí es justo entender que las intenciones reales de cada «compartir» nos hablan de ciertas necesidades que no sabemos expresar con palabras, y como diría Freud, sólo las actuamos.

Hay un ejemplo que a más de uno nos hace ruido: cuando vamos a un restaurante y queremos compartir «nada más porque sí» lo que nos acaban de traer. Y nos sale el fotógrafo profesional que habita en nosotros, acomodamos todo de tal manera que luzca todavía mejor el platillo. Tomamos la foto y la subimos a redes sociales. Por lo general acompañada de un texto tipo: «Disfrutando la vida», «Deli», «Viviendo la vida»… etc. Pregunta: ¿por qué? Es decir, de acuerdo, la presentación del platillo puede ser maravillosa, y como bien dice el dicho «de la vista nace el amor». Pero volvamos a algo anterior: acomodamos todo. Lo que se acomoda no es sólo el platillo, sino la escena entera: un montaje donde no buscamos comer, sino ser vistos comiendo. Y a veces ni eso. ¿Qué tiene que ver el ambiente, la distribución de los cubiertos, los condimentos, el servilletero, etc., para este fin? Han habido videos donde las personas que hacen eso, de repente se ven afectados por quien los está grabando ya que les hacen algo que les arruina su moderno ritual, ya sea metiendo la mano en la foto, destruyendo con el tenedor la rebanada de postre, etc. Y claro, la reacción es automática: furia y desquite. Cualquiera reaccionaría así ante una acción como esa, pero, ¿fue por arruinarles el platillo o por arruinarles la foto?

El juicio del otro como condena compartida

Muy bien, dejemos por un momento a la persona que sube el contenido a redes sociales. Hay un fenómeno paralelo que merece atención: cada vez más usuarios se quejan del contenido ajeno. Lo ridiculizan, lo atacan, lo critican. Como si no soportaran ver ese grito desesperado en el otro porque les recuerda el suyo. Jacques Lacan lo explica con claridad: “El deseo del hombre es el deseo del Otro”. (Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964). Una vez, platicando con unos amigos, salió el tema de por qué la gente odia tanto a ciertos individuos. No voy a poner nombres, pero sí profesiones, porque eso nos ayuda a ampliar el espectro: futbolistas, modelos, artistas, youtubers, escritores, influencers, etc. Es en verdad increíble cuánta molestia despiertan en algunas personas, y eso tiene nombre: envidia. ¿Envidia de qué? De que ellos son o hacen lo que los otros no podemos ser o hacer. En aquella ocasión, un amigo me dijo: «Mientras no seas un escritor como Paulo Coelho, no pasa nada». Este autor brasileño es uno de lo más atacados a nivel mundial porque se dice de él que escribe cosas muy bobas o tontas, que es muy simplona su literatura. A lo que le contesté: «Pues ojalá sea como él, que por cosas así me hagan un Best Seller a nivel mundial y pueda vivir de mis libros». Las risas no faltaron.

Rechazar al otro es una manera de no enfrentarnos al vacío propio. Es más fácil burlarse del que sube una foto sin sentido que preguntarse por qué nos molesta tanto. Y esto, una vez más, es un síntoma que cada vez se replica más y más. Søren Kierkegaard nos dice algo importante en su libro La enfermedad mortal (1849): “La desesperación es no querer ser uno mismo». Cuando hablaba de la envidia del otro, no me refiero sólo a lo que es o a lo que hace, sino a todo lo que hace posible que eso suceda. Pienso en cuando un youtuber o influencer sube cualquier cosa y por ello le pagan. ¿Cuál es uno de los primeros reclamos que solemos escuchar? «No, pues así yo también me hago famoso». Es interesante. ¿»Así» qué? Es que es bonita, tiene buen cuerpo, es atractivo, está todo macizo por el gimnasio… etc. Claro, accidentes que «facilitan» el llamar la atención a empresas que se aprovechan de eso para poder vender. Y es una realidad: mientras vendas, me sirves. Pero, aquí está el silencioso problema que padecen a los que usan: tarde o temprano, serán descartados. ¿Después de la belleza y el estilo, qué queda? ¿Con qué se va a llenar ese vacío? El sujeto, como mercancía, tiene fecha de caducidad emocional. Después de usarlo, lo olvidan. Y uno, sin saber quién era antes de todo eso, se queda sólo con el eco del aplauso. Las redes sociales, al final de cuentas, exponen una vida que no es del todo cierta. Es un juego de ilusiones que ocultan muchas carencias dolorosas y silenciosas. Aunque, francamente, eso de que «ocultan», me parece que poco a poco es lo contrario: evidencian.

La pulsión escópica: cuando mirar no basta

En psicoanálisis, la pulsión escópica se refiere al deseo de mirar y ser mirado. En redes sociales, esta pulsión se ha desbordado. No basta con mirar: queremos ser el centro de la mirada del otro. Ya lo decía Oscar Wilde: «Que hablen de uno es espantoso. Que no hablen, es peor». ¿Pero hasta qué punto tan drástico se está llegando? A un voyeurismo peligroso. Un voyeurismo invertido: mostrar para ser consumido. Jacques-Alain Miller, discípulo y yerno de Lacan, afirma: «Las redes sociales son una máquina de producción de goce. Pero el goce sin sentido conduce al agotamiento, no al placer». (Conferencia: “La era del Otro que no existe”, 2004). Una vez más: ilusiones que queremos que crean como una realidad. No nos gusta nuestra vida, no nos parece interesante, no nos gusta la manera en la que pensamos las cosas porque nos ocasiona más molestia que gusto. Y muchas cosas más que se confiesa de manera, otra vez, silenciosa y dolorosa. Las redes sociales se vuelven fábrica de apariencias y descartes: se aparenta algo, descartándonos en ello. Publicar no es siempre compartir. A veces, es simplemente implorar compañía.

Esa producción constante de “yo” —historias, fotos, reels, filtros, frases “inspiradoras”— se vuelve un mandato, casi una compulsión. Y como toda compulsión, termina por alienar al sujeto. Cada vez el sujeto es menos auténtico y su contenido peor. De un vacío no se puede sacar más que vacío. Mi cuenta de Instagram (@hchp1) es meramente de difusión cultural. Mi contenido yo sé que «no vende», que no llama siempre la atención. Primero: a la gente no le gusta leer, segundo, las imágenes no son ni a lo que están acostumbrados ni mucho menos lo que buscan. Una vez le pregunté a mis alumnos en la prepa qué esperaban encontrar en esa red social: los hombres fueron descaradamente sinceros, ellos querían ver mujeres guapas, las mujeres… ¡ellas sí que tienen claro que lo suyo es el mundo como tal! Fue impresionante el número de cosas que fueron diciéndome, cosa que me pareció maravillosa. Sin embargo, el hecho de que se abarquen tantas posibilidades corre el riesgo de nunca tener claridad sobre algo en específico. Porque de nada sirve un «me gusta de todo», cuando «no todo me llama la atención realmente». Mi humilde contenido de repente se lleva unos cuantos likes, pero nada en comparación con otros contenidos que estallan tanto en likes como en comentarios. Y créanme que no es queja, es una realidad: si no vendes, no importa. Yo sigo publicando y me da gusto cuando les gusta. Nada más. Pero sabemos bien que claro que me pesa que mi contenido no llame tanto la atención, pero ni modo, es lo que ofrezco.

¿Qué nos queda?

Lo que queda, quizá, es el silencio. La pausa. La posibilidad de no subir, de no mirar, de no buscar likes como forma de existencia. Pero eso exige una fortaleza emocional que pocos tenemos. Como escribió Søren Kierkegaard: «La desesperación más profunda es darse cuenta de que uno ha vivido su vida entera sin ser verdaderamente uno mismo» (La enfermedad mortal, 1849). Y esa es la paradoja: mostramos para ser alguien, pero mientras más mostramos, menos sabemos quién somos. Desde el diván, lo veo con frecuencia. Personas que llegan exhaustas, vacías, con ansiedad, sin saber por qué sienten que no valen nada si nadie les responde una historia o no alcanzan cierto número de vistas. La lógica del mercado se ha colado en la autoestima. Lo que subimos a redes, muchas veces, es lo que no nos atrevemos a decir en voz baja. A veces, sólo les hago una pregunta: «¿Para quién subiste eso?». No buscan respuesta. Sólo quieren ser escuchados. Como todos. Y entonces, en el fondo, Instagram no es más que una gran sala de espera. Un espacio lleno de pacientes sin terapeuta, gritando desde sus celulares lo que no pueden decir en voz alta: Mírame, por favor. No quiero desaparecer.

Si llegaron hasta aquí, tal vez esta entrada tocó algo en ustedes. No lo digo como juicio, sino como invitación a mirar un poco más dentro. Aquí algunas preguntas que vale la pena hacerse:

  1. ¿Alguna vez sintieron que si no subían algo a redes, nadie sabría que existen?
  2. ¿Se han sorprendido esperando ansiosamente que alguien vea o reaccione a sus historias?
  3. ¿Han borrado una publicación porque no tuvo suficientes “me gusta”?
  4. ¿Suelen juzgar con dureza el contenido de los demás, sin preguntarse por qué les molesta tanto?

Si alguna de estas preguntas les incomoda, no es casualidad. Quizás, en ese leve escozor, hay algo valioso que quiere ser atendido. Y para eso, como siempre decimos en este espacio, el diván está disponible. Porque a veces, lo más urgente no es subir algo más… sino bajar a ese lugar interno donde el deseo se aclara, el dolor se nombra y la angustia se acompaña. El análisis o la terapia están ahí para ayudarnos.

Los escucho.

Adolescencia: ecos de una herida

«La adolescencia es una enfermedad… una enfermedad normal, por la que la mayoría sobrevive».

-Donald Winnicott

Queridos(as) lectores(as):

En estos días estuve viendo la mini serie de Netflix, Adolescence (2025), que ha estado haciendo mucho ruido. La adolescencia es un territorio inestable. Una frontera entre el ya no y el todavía no. Un cuerpo que cambia, una mente que se acelera, una identidad que tantea. En esa tierra movediza, la escucha adulta suele llegar tarde o no llegar en absoluto. Adolescence, no sólo retrata este proceso con crudeza, sino que nos enfrenta a una verdad incómoda: los adultos no estamos escuchando. Aunque no es mi intención spoilearles la serie, si no la han visto y pretenden hacerlo, mejor dejen esta lectura para después.

Hoy, los adolescentes no sólo habitan el mundo físico. Viven también en uno paralelo, digital, complejo y hostil. Uno en el que los emojis tienen significados que los adultos desconocen, donde una historia de Instagram puede significar una súplica o una despedida, y donde la popularidad es tan frágil como el estado emocional del que la busca. Y sin embargo, muchos padres, educadores y cuidadores siguen sin saber qué significan ciertos emojis o dinámicas de interacción que, en la subjetividad adolescente, son tan reales como los golpes.

Acciones y silencios

Como bien señala el filósofo alemán, Byung-Chul Han, en La sociedad de la transparencia (2012), «La exposición total destruye la confianza y disuelve el alma», es decir, la exposición permanente ha suplantado el espacio del secreto, del misterio, de la formación interna. En las redes, el adolescente no sólo se muestra: se inventa, se transforma, se idealiza y se deshace. Sin una brújula afectiva que lo sostenga, se pierde entre la imagen que proyecta y la identidad que no logra construir. La serie nos muestra a un adolescente, Jamie Miller (brillantemente interpretado por Owen Cooper, quien de hecho debuta como actor), que no pide ayuda con palabras, pero grita con actos. Y es que, como afirma el psicoanalista inglés, Donald Winnicott, «El acting out puede ser una manera desesperada del niño o adolescente de mostrar lo que no puede decir» (Realidad y juego, 1971), en otras palabras, es una manera de poner en el escenario algo que no pudo ser simbolizado. El adolescente se autolesiona, miente, se escapa, pero en el fondo lo que hace es intentar sobrevivir a un dolor que no sabe nombrar.

En contraste, la figura de la trabajadora social o psicóloga, Briony Ariston (Erin Doherty, cuya actuación también es magnífica) representa lo mejor del deseo de escucha: alguien que no juzga, que sostiene, que intenta comprender. Pero también nos recuerda que no basta el deseo de ayudar: se necesita un sistema que acompañe, que no abandone. En ella vemos la tensión entre el cuidado y la impotencia institucional, entre la vocación y el límite real. Uno de los momentos más conmovedores de la serie es cuando el padre, Eddie Miller (interpretación magistral de Stephen Graham) se quiebra. Hasta entonces, ha sido una figura funcional, autoritaria, práctica. Pero cuando la tragedia lo alcanza, se derrumba como cualquier ser humano que ha amado sin saber cómo, que ha querido estar presente y ha fallado. Porque también hay que decirlo: muchos padres están rotos. Y no porque no amen a sus hijos, sino porque ellos mismos no fueron escuchados cuando más lo necesitaban. De hecho, en un diálogo íntimo con su esposa, Manda Miller (Christine Tremarco), él le dice que cuando era niño, su padre lo golpeaba y maltrataba a la menor provocación, por lo que juró nunca ser así con sus hijos.

Significados ocultos

El psicoanálisis nos invita a mirar más allá del síntoma. A escuchar lo que se dice cuando parece que no se dice nada. Y la adolescencia es, quizás, uno de los momentos donde esto se vuelve más urgente. Porque ahí donde el adulto ve “drama”, muchas veces hay trauma. Donde ve pereza, hay depresión. Donde ve rebeldía, hay desamparo. Como decía Jacques Lacan, «La verdad sólo puede ser dicha a medias. Y su estructura es la de una ficción» (Seminario 7: La ética del psicoanálisis, 1959-1960), y en la adolescencia esa ficción se escribe con lágrimas invisibles. No se trata de sobreproteger. Tampoco de criminalizar. Se trata de acompañar. De comprender que una madre o un padre no tiene que saberlo todo, pero sí debe estar ahí, dispuesto a preguntar, a aprender, a escuchar con humildad.

Incluso admito que han salido varias cosas que no tenía mucha o más bien, nula, información. Por ejemplo, el tema de lo que significan los emojis de corazones. Uno pensaría que simbolizan «amor, cariño, ternura, etc.», sin embargo no es así. Depende del color: rojo (amor), morado (deseo sexual), amarillo (interés mutuo), rosa (atracción sin intención sexual), naranja (todo estará bien). Y uno mandando corazones a diestra y siniestra… Que esta serie nos sirva, no para sentir culpa, sino para abrir los ojos. Para darnos cuenta de que los signos están ahí, pero nadie los traduce. Que el dolor adolescente necesita adultos informados, sensibles, presentes. Que los emojis importan, sí. Pero más aún, los abrazos. Los silencios compartidos. Las preguntas sin juicio. Y esa frase que muchas veces puede salvar una vida: «Estoy aquí. Puedes contar conmigo. No necesitas fingir».

Carta a los amores trágicos

Querido(a) lector(a):

Te escribo a ti, que conoces el peso de la soledad después de haberlo dado todo. A ti, que aprendiste que el amor no siempre se corresponde con la misma intensidad con la que lo entregamos. Vivimos tiempos extraños, tiempos en los que el amor parece ser un riesgo y la indiferencia un escudo. Tiempos donde los corazones se han vuelto cautelosos, donde muchos prefieren esconderse detrás del cinismo antes que arriesgarse a sentir. En este mundo, abundan las historias de personas que amaron demasiado y fueron dejadas atrás, de quienes construyeron castillos en el aire sólo para verlos derrumbarse con una despedida. Y también están aquellos que, sin darse cuenta, han aprendido a amar de una manera egoísta, como si el mundo les debiera todo, sin estar dispuestos a dar nada a cambio.

Te escribo a ti, que te duele haber escrito poemas que nunca serán leídos. Te escribo a ti, que esperaste una llamada que nunca llegó. A ti, que guardaste con ternura un regalo que nunca tuviste la oportunidad de dar. A ti, que fuiste refugio para alguien que, una vez sanado, siguió su camino sin mirar atrás. A ti, que te dormiste con el celular en la mano, esperando un mensaje que nunca apareció. A ti, que bajaste el volumen de tu amor para no incomodar a quien nunca tuvo la intención de escucharlo. A ti, que abrazaste a quien jamás supo sostenerte.

No te escribo para abrir más la herida, sino para recordarte que no estás solo(a). Para decirte que tu amor no fue en vano, que no fuiste ingenuo(a) por creer, ni débil por esperar. No es un fracaso haber amado con sinceridad en un mundo que muchas veces no sabe qué hacer con lo auténtico. Sé que el dolor te ha hecho preguntarte si vale la pena volver a intentarlo, si es mejor aprender a no esperar nada de nadie. Pero no dejes que la tristeza te convenza de que amar es un error. No te castigues con la indiferencia sólo porque otros no supieron valorarte. No te pierdas en tu tragedia. No te conviertas en alguien que deja de sentir por miedo a volver a sufrir. No permitas que el amor que llevas dentro se marchite por culpa de quienes no supieron verlo. El amor no debería ser un sacrificio perpetuo, ni un juego de pérdidas. El amor es lo que nos hace humanos, lo que nos da sentido, lo que nos permite ver la belleza incluso en medio del caos.

Así que sigue adelante. No con prisa, no con la urgencia de encontrar a alguien más, sino con la certeza de que mereces un amor que te encuentre en tu verdad. Un amor que no exija que te conviertas en otra persona, que no te haga sentir que eres demasiado o que no eres suficiente. Abraza la esperanza de amores cada vez más dignos. Amores que no sólo duelan, sino que sanen. Amores que no sólo sean promesas, sino presencias. Amores que no sólo existan en la nostalgia, sino en la realidad.

Sé que en este momento puede parecer imposible. Sé que te preguntas si realmente es posible amar sin perder, sin sufrir, sin entregarse hasta quedarse vacío. Sé que has visto tantas historias rotas que llegaste a creer que el amor sólo es un preludio del dolor. Pero no. El amor no es sólo lo que se pierde. También es lo que se transforma. Es el eco de lo que un día entregaste y que, aunque no haya sido correspondido como esperabas, dejó huella en el mundo. Es la semilla que sigue creciendo, aunque no la veas. No pienses que fuiste ingenuo(a) por haber creído, ni que el dolor es prueba de tu fracaso. Amar nunca ha sido una garantía de reciprocidad, pero sí es la prueba más hermosa de que estamos vivos, de que no hemos renunciado a nuestra humanidad.

No te aferres a la tristeza. No creas que el amor es un enemigo sólo porque alguien más no supo cómo recibir el tuyo. No te conviertas en alguien que huye del amor sólo porque alguna vez lo perdió. Mereces ser amado(a) con la misma ternura con la que amas. Mereces ser elegido(a), no como opción, sino como certeza. Mereces un amor que no te haga preguntarte cada día si serás suficiente. Y ese amor llegará. Tal vez no como lo imaginaste, no en la forma ni en el tiempo que esperabas. Tal vez no con la persona a la que una vez esperaste con ansias. Pero llegará. Porque el amor, cuando es real, encuentra caminos inesperados.

Cuando llegue, no lo mires con la desconfianza de quien ha sido herido, sino con la gratitud de quien sigue creyendo. No lo pongas a prueba como si fuera un enemigo, sino abrázalo con la sabiduría de quien ha aprendido que la vida siempre da segundas oportunidades a los corazones valientes. Y si aún sientes que el amor está lejos, recuerda esto: el amor no sólo se encuentra en los brazos de alguien más. Está en la amistad que nunca te ha fallado. En el café que te reconforta en una mañana difícil. En la música que te salva del silencio. En las palabras que lees y que parecen hablarte a ti. El amor está en todas partes, incluso ahora, incluso en este momento en que piensas que te ha abandonado.

Así que no cierres tu corazón. No te conviertas en alguien que no reconoce el amor cuando llega. No dejes que una historia triste te haga olvidar todas las historias hermosas que aún están por escribirse. Porque un día, sin esperarlo, volverás a amar. Y esta vez, no será una tragedia. Será todo lo que siempre mereciste.

Con cariño,

Héctor Chávez Pérez

P.D. Sé que duele. Sé que a veces parece que el amor es sólo una herida que no deja de abrirse. Pero ven aquí, acércate… deja que te seque las lágrimas. Respira. Estás aquí, sigues aquí, y eso significa que aún hay amor esperándote en algún rincón del mundo. No te desesperes. El amor no ha terminado contigo. Sólo está tomando un camino distinto para encontrarte. Te amo, no lo olvides.

Los medios y la depresión

«Las acciones nobles y los baños calientes son las mejores curas para la depresión».

-Dodie Smith

Queridos(as) lectores(as):

En estos últimos días he estado participando activamente en varios análisis y debates políticos respecto a las posturas del Presidente de EEUU, Donald Trump, que han causado revuelo y logrado acrecentar los temores de inspiración ultraderechista en distintos países. De hecho, ¿cómo olvidar aquel gesto que hizo Elon Musk que hizo pensar en el antiguo saludo nazi? Las exaltaciones ideológicas están a flor de piel y muchos son los discursos que en buena medida «justifican» lo que está pasando. En fin, no entraremos en detalles sobre eso en esta ocasión. Pero sí me gustaría centrarme en el tremendo impacto que los medios de comunicación tienen en las personas, sobre todo en estos días llenos de vacío e incertidumbre. ¿Vacío? Sí, cada vez es más notorio el tremendo vacío de identidad y sentido en las personas. Cada vez es más y más tangible cómo la gente repite y repite lo que otros dicen sin siquiera ponerse a reflexionar al respecto: hoy es más fácil que otros piensen por nosotros. Y cuando se entra en un confrontamiento, la carencia de argumentos válidos es más que evidente. Los medios están cultivando cada vez más y más personas que se niegan al famoso lema de la Ilustración: sapere aude! (¡atrévete a saber, piensa por ti mismo!). El pensamiento crítico está en crisis.

Pero, ¿cómo puede ser que algunos mensajes que vemos constantemente en las redes sociales y demás medios de comunicación resulten tan perjudiciales si parecen con buenas intenciones? Hoy en día es muy común ver cómo redes sociales como Instagram exponen tantas realidades tan «positivas» que no faltan las cuentas donde los personajes (así es, no personas, porque al final de cuentas están contando una narrativa distinta) llamados influencers traten de convencer a sus audiencias sobre varias cosas. Desde la fanática del ejercicio que a la primera provocación se pone a ejercitarse sin importar dónde esté o qué esté haciendo, hasta aquel «experto en nutrición» que comparte lo que a él/ella le sirve para «vida sana» sin pensar en que los cuerpos son distintos; las redes sociales nos ofrecen mucho contenido que se aleja considerablemente de algo positivo, por mucho que pretendan demostrar que no.

Imposiciones mediáticas

Me llama la atención cómo es que enero se ha convertido en un mes donde la depresión es el GRAN TEMA. Y no es para menos, pensemos en el famoso Blue Monday (lunes azul, o forzado a «lunes triste/deprimente»), el cuál se considera el tercer lunes del mes de enero. Aunque tiene una raíz más bien económica, se ha vuelto una tendencia psicosocial que tiene efectos demoledores en muchas personas. Pensemos, por ejemplo, en la sugestión. ¿Qué es eso? Es la influencia psíquica que se ejerce el sobre alguien más para inducir procesos mentales, como ideas, emociones y acciones. Vamos a decir que uno va por la vida sin enterarse de qué es eso del Blue Monday, pero de repente escucha en la televisión, en la radio, lo ve en internet o en sus redes sociales algo al respecto. ¡El día más triste del mundo! Y el panorama de esa persona cambia por completo. El enterarse de algo que alguien más afirma sin más, debido a las inseguridades personales (e incluso al deseo inconsciente de querer encajar o formar parte de algo), mueve al sujeto en totalidad. Pasamos de la ignorancia a un estado depresivo. Alguien más pensó y dijo lo que tenía que hacer, y «fielmente» se acató la orden.

Esto me recuerda el llamativo inicio de la obra El mercader de Venecia (The Merchant of Venice, 1600) de William Shakespeare. Antonio, que es un mercader poderoso y muy rico, comienza compartiendo con sus amigos, Salerio y Solanio, que se encuentra muy triste: «La verdad, no sé por qué estoy tan triste. Me cansa esta tristeza, os cansa a vosotros; pero cómo me ha dado o venido, en qué consiste, de dónde salió, lo ignoro. Y tan torpe me vuelve este desánimo que me cuesta trabajo conocerme». Ante esta confesión, sus amigos tratan de dar respuesta a partir de lo que ellos sentirían estando en la situación de Antonio. Solanio aventura que quizá es que Antonio está enamorado, cosa que éste rechaza enérgicamente, por lo que Solanio arremete con quizá una de las «obviedades» más grandes de la Historia: «Entonces estás triste porque no estás alegre». Imaginemos si estos intentos de sugestionar a Antonio los aplicáramos de forma masiva, ¿qué logramos? Dudas y convencimientos impuestos. El silencio del malestar es algo muy común que le pasa a todos en algún momento, debido a no querer que se les diga algo a modo de reprenda o que hagan menos nuestros sentimientos, pero cuando este silencio «busca consuelo» en gente que «parece que tiene una vida mejor», la frustración y desilusión se hacen presentes a modo de afirmación tiránica: «lo que daría por ser/estar así». Dando paso a otra peor: «Yo nunca podría lograrlo». Claro está que habrá quienes se puedan inspirar, pero las circunstancias son muy diferentes entre cada uno de nosotros. Querer copiar al otro, una vez más, nos aleja de nuestra propia identidad.

Cuidar lo que vemos en las redes sociales

Hace unos días, mientras despejaba mi mente en Facebook, me topé con una publicación que compartieron en una página que sigo. He aquí:

«Estoy muerto. Cada mañana me despierto con un insoportable deseo de dormir. Visto de negro porque llevo luto por mí mismo. Llevo luto por el hombre que podría haber sido… Ya no sonrío. No tengo las fuerzas suficientes para hacerlo. Estoy muerto y enterrado. No tendré hijos. Los muertos no se reproducen. Soy un muerto que estrecha la mano de la gente en los cafés. Soy un muerto más bien social y muy friolento. Creo que soy la persona más triste que jamás he conocido».

Este texto pertenece al escritor francés, Frédéric Beigbeder (1965). Definitivamente es bastante deprimente su contenido. Una declaración que para nada sorprendente muchos se identifiquen con lo expresado. De hecho, y creo que ninguno de ustedes me dejará mentir, creo que lo que más nos llama la curiosidad en publicaciones chistosas, delirantes y deprimentes en redes sociales, son los comentarios. ¡Son auténticas joyas! Muchas veces celebramos la enorme creatividad de las contestaciones, pero en otras se nos hace un nudo en la garganta por lo que comparten. Y en este caso, no fue la excepción. Por resumirles todo lo que fui leyendo, podría decirles que «así me siento» es lo que más encontré. Tenemos que tener mucho cuidado con lo que nos topamos en las redes sociales, porque en verdad pueden ser muy perjudiciales para nuestra salud mental y, por tanto, para nuestra integridad. Durante la p(l)andemia de Covid-19, la demanda por series y películas sobre pandemias y exterminio creció a niveles preocupantes, por lo tanto, la ansiedad y depresión de las personas que pudieron pasarla confinadas. No es de extrañar que la novela de Albert Camus, La peste (1947) se vendiera como pan caliente.

No está mal que existan esos contenidos, lo que está mal es que nos alcancemos a identificar con algo que nos hace ruido de ellas y no hagamos nada para trabajarlo. Cuando la película Guasón (Joker, 2019) de Todd Phillips salió, muchos se sintieron identificados con el trágico personaje de Arthur Fleck (Joaquin Phoenix). Pero lejos de ir a buscar asistencia con profesionales de la salud mental, asumieron esa realidad como algo inevitable y sin esperanza de cambiar y quizá hasta sanar. Las audiencias sin capacidad crítica se están volviendo el gran mercado de muchas marcas que han entendido el poderoso uso de la sugestión. ¿Cuántos de nosotros no hemos comprado un producto sólo por la presión mediática y social? ¿Cuántos no hemos sucumbido a comprar «medicamentos» milagro que nos ayuden a bajar de peso? Y así le podemos seguir. Después de esto, ¿se les hace extraño que la depresión «esté ganando» la batalla diaria?

¿Será que tengo depresión?

Queridos(as) lectores(as):

Hoy, 13 de enero (2025), se conmemora el Día Mundial Contra la Depresión. Y vaya que se ha hecho demasiada consciencia al respecto en los últimos años, siendo las redes sociales las que más impulsan a las personas a no tener que vivir con este trastorno. Ésta no es la primera vez (y tal parece que tampoco la última) que hablamos sobre este tema en estos encuentros. Sin embargo, creo que en esta ocasión es preciso verlo desde otro lugar, desde uno «menos transitado». Si nosotros accedemos a Google y en su buscador ponemos «depresión», nos saldrán infinidad de páginas donde podremos informarnos y desinformarnos. Es muy común que debido a los efectos de la inmediatez en la que vivimos (querer todo en el momento) sea más «sencillo» abrir reels (videos cortos) de TikTok y/o de Youtube, mismos en los que salen personas dándose licencias para hablar sobre la depresión, y todavía peor, se atreven a dar «consejos» que pueden poner a sus auditorios en auténtico riesgo.

¿Pero cuál es ese lugar menos transitado del que hablo? De ustedes mismos. ¿Cómo? Sí. Aquí en Crónicas del Diván es común que ustedes me lean, donde les comparto reflexiones, anécdotas, Historia, Literatura, Filosofía, Psicoanálisis, etc. Después de todo es una página/blog de difusión. En otras ocasiones han encontrado cartas que escribo para ustedes. Ahora quiero hacer algo distinto, en sentido de poder ayudarles a empezar a identificar si es que están pasando por un cuadro de depresión, con la mejor intención de que acudan con profesionales de salud mental (psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas) para poder atenderse y trabajar en las cosas que les tienen así. Recuerden: hablar con los amigos, la familia, etc., por supuesto que es bueno, porque son la primer red de apoyo, sin embargo, se requiere algo neutro para poder abordar las circunstancias de manera correcta, porque así evitamos caer, por un lado, en que nos den por nuestro lado («Sí, tú no estás mal, es que el mundo no te entiende») o que nos hagan sentir todavía peor.

A continuación, les dejo las preguntas (sean muy sinceros en contestarlas para ustedes mismos).

-¿Me cuesta trabajo concentrarme?

-¿Me cuesta dormir?

-¿Me despierto mucho?

-¿Las cosas ya no me apasionan como antes?

-¿Siento que los días siempre son lo mismo?

-¿Me cuesta relacionarme con los demás?

-¿Me relaciono demasiado con los demás?

-¿Inicio algo nuevo y al poco tiempo lo dejo?

-¿Busco quedarme más en casa en vez de salir con mis amigos?

-¿Me cuesta estar solo?

-Etc.

«Anciano en pena (En la puerta de la Eternidad), 1890, Vicent van Gogh

¿Se dan cuenta que son preguntas que se escuchan a diario en todas partes? La depresión no es estar «nada más tristes todo el tiempo». No, es algo que va más allá de eso. La falta de sentido, el desánimo, el cansancio constante, el dormir mucho y aún así no sentirnos bien, enfermedades constantes, estados de ánimo muy cambiantes, sentimientos de inferioridad, etc., son como le dicen red flags (banderas rojas) o alertas sobre lo que estamos pasando. Recuerden también que «es que me siento bien» muchas veces es una resistencia para no hablar las cosas y no hacerles caso. NO TIENE NADA DE MALO PEDIR AYUDA. Créanme que se pueden evitar muchas cosas que lamentar después. La depresión es algo demasiado común en nuestros días, y es que hay un exceso de factores que nos hacen sentir peor con el paso del tiempo. Muchas veces necesitamos un apoyo psicofarmacológico, que no es otra cosa que un tratamiento por unos meses a lo mucho, pero siempre es bueno acompañarlo con una psicoterapia. Los medicamentos NO SON LOS QUE CURAN, pero sí nos ayudan a sentirnos mejor. Sin embargo, mientras estamos con ese apoyo, es bueno poder hablar las cosas, decir las cosas que nos preocupan o que nos duelen, incluso muchas veces suele pasar que hay quienes no son capaces de hacer cosas que les dan felicidad y/o alegría porque existe un temor inconsciente. ¿Eso es posible? Por supuesto que sí.

Queridos(as) amigos(as), empecemos bien este 2025. Así como le dedicamos tiempo a nuestra salud física con la dieta y el ejercicio, así como le dedicamos tiempo a los demás, darnos el tiempo y la atención debida a nuestra salud mental es primordial. El ejercicio y una buena alimentación claro que nos ayudan a sentirnos bien, sin embargo, hay veces que no se hace realmente por salud, sino por vanidad. ¿Tener cuerpos definidos y sanos está mal? No, pero también hay inseguridades que se están moviendo en esos momentos y que no nos dejan en paz. En algún momento, un colega psicoanalista me preguntó mientras veíamos a unas personas haciendo ejercicio en el parque: «¿De qué estarán corriendo siempre?» Apuesto a que si son de los que acostumbran correr, ya les hizo eco esta pregunta. Y si no… la espinita ahí está.

Les abrazo y deseo que eso que están pasando en silencio, con la ayuda adecuada, puedan salir adelante de ello pronto y bien.

¡Nos leemos!