No estoy mal… pero tampoco bien

“Lo contrario de la depresión no es la felicidad, es la vitalidad».

—Andrew Solomon

Queridos(as) lectores(as):

Hay un estado anímico que se ha vuelto extraordinariamente común y, al mismo tiempo, profundamente invisible. No aparece en manuales diagnósticos con nombre propio, no suele motivar consultas urgentes ni despierta alarmas en quienes rodean a la persona que lo vive. Es un malestar educado, silencioso, funcional. Ese lugar incómodo donde uno no puede decir honestamente que está mal… pero tampoco logra decir que está bien. Y lo inquietante es que, desde fuera, todo parece marchar con normalidad. Quien habita este estado suele cumplir con lo esperado: trabaja, responde, mantiene vínculos, sonríe cuando corresponde. No hay colapso, no hay drama, no hay tragedia visible. Pero hay una sensación persistente de lejanía respecto de la propia vida, como si se la estuviera viviendo desde una cierta distancia emocional.

No duele lo suficiente como para detenerse, pero tampoco entusiasma lo suficiente como para comprometerse de verdad. Se vive, sí, pero con el freno de mano ligeramente puesto. Esta entrada no está dirigida a quien se siente devastado o hundido, sino a quien se siente apagado. A quien ha aprendido a funcionar sin preguntarse demasiado, a quien ha confundido estabilidad con bienestar, y ha normalizado una vida emocional en modo ahorro de energía. Porque a veces el problema no es estar mal, sino haber dejado de estar vivo sin notarlo.

El limbo emocional: cuando nada duele, pero nada vive

Una de las grandes trampas de nuestra época es haber convertido la neutralidad emocional en una virtud. No sufrir demasiado, no sentir demasiado, no implicarse demasiado. Vivir “tranquilo”. El problema es que esa tranquilidad, muchas veces, no es paz, sino anestesia. No es equilibrio, sino adormecimiento. Albert Camus describió con precisión este estado cuando hablaba de la experiencia del absurdo cotidiano, ese momento en el que la vida se vuelve una secuencia mecánica de actos repetidos, desprovistos de verdadero sentido: “El levantarse, el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño, y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado según el mismo ritmo…” (El mito de Sísifo, 1942).

Camus no hablaba de depresión clínica, sino de una vida que ha perdido espesor existencial. Y eso es justamente lo que ocurre en este limbo emocional: nada va mal de manera evidente, pero nada vibra. No hay grandes dolores, pero tampoco grandes deseos. La vida se vuelve correcta, eficiente, incluso cómoda… y al mismo tiempo, extrañamente ajena. En la cultura pop este estado aparece retratado con crudeza en personajes como Don Draper, de Mad Men (2007-2015): exitoso, admirado, funcional, y profundamente vacío. No está “mal” en el sentido clásico, pero vive desconectado de sí mismo, anestesiado por el trabajo, el alcohol y una identidad que ya no le pertenece. El espectador intuye algo que el propio personaje tarda temporadas en admitir: funcionar no equivale a estar bien.

Funcionar no es lo mismo que desear

Una de las confusiones más dañinas del mundo contemporáneo es identificar el bienestar con el rendimiento. Mientras una persona funcione —produzca, responda, cumpla— se asume que está bien. Pero el psiquismo no se organiza solo en torno a la eficiencia. Sigmund Freud fue claro al señalar que el ser humano no se rige únicamente por el principio de realidad, sino también por el deseo, y que cuando este queda sistemáticamente relegado, el malestar aparece por otras vías: “El yo no es dueño en su propia casa” (Introducción al psicoanálisis, 1917). Cuando el deseo es ignorado, no desaparece: se transforma en apatía, en cansancio vital, en irritabilidad difusa o en una sensación persistente de sinsentido.

Muchas personas no están tristes, pero han dejado de entusiasmarse. No están deprimidas, pero nada las convoca de verdad. Han construido una vida “como debe ser”, pero no una vida que les pertenezca. Este fenómeno se refleja con fuerza en películas como Lost in Translation (Perdidos en Tokio, 2003), donde los protagonistas no sufren grandes tragedias, pero se sienten profundamente desconectados. No están mal, pero tampoco están bien. Están suspendidos en una vida que ocurre sin ellos. Y esa distancia interna, sostenida en el tiempo, termina siendo profundamente desgastante.

«Cuanto más sabes quién eres y lo que quieres, menos permites que las cosas te afecten».
—Charlotte, Lost in Translation (2003)

El miedo a sentir demasiado

¿Por qué tantas personas prefieren este estado tibio antes que arriesgarse a sentir? Porque sentir implica vulnerabilidad. Implica exponerse a la pérdida, al fracaso, a la decepción. En una cultura que valora el control emocional y sospecha de la intensidad, no sentir se vuelve una estrategia de supervivencia. Søren A. Kierkegaard describió magistralmente esta forma silenciosa de desesperación: “La forma más común de desesperación es no ser consciente de estar desesperado” (La enfermedad mortal, 1849). No sentir demasiado suele presentarse como madurez, autocontrol o estabilidad. Pero muchas veces es miedo. Miedo a volver a ilusionarse, miedo a necesitar, miedo a perder el equilibrio precario que se ha construido.

Así, la persona se instala en una vida emocional de bajo voltaje, donde nada desborda, pero nada transforma. Series como BoJack Horseman (2014) llevan esta lógica al extremo: el personaje principal vive rodeado de éxito, reconocimiento y recursos, pero emocionalmente está anestesiado. La serie insiste una y otra vez en esta idea incómoda: evitar el dolor no garantiza una vida vivible. A veces sólo garantiza una vida vacía.

“No me quejo porque no tengo de qué”

Uno de los mayores obstáculos para reconocer este malestar es la culpa. “No debería sentirme así”, “hay gente peor”, “no me falta nada”. Este discurso, que parece razonable, termina invalidando la experiencia subjetiva. Pero el sufrimiento no funciona por comparación. No se cancela porque otros sufran más. Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista británico, advertía que una de las formas más profundas de sufrimiento es la pérdida de la sensación de estar vivo, incluso en contextos aparentemente favorables: “Es una experiencia terrible no sentirse real” (Realidad y juego, 1971). Y esa irrealidad subjetiva suele aparecer justamente cuando uno se obliga a estar bien por razones externas.

En redes sociales, esta lógica se refuerza: vidas editadas, sonrisas constantes, gratitud obligatoria. El mensaje implícito es claro: si no estás bien, algo estás haciendo mal. Así, muchas personas aprenden a callar su vacío, a normalizarlo, a convivir con él como si fuera el precio inevitable de la adultez.

Cuando la vida pide ser escuchada

Martin Heidegger sostuvo que existir no es simplemente “estar ahí”, sino hacerse cargo de la propia posibilidad: “La existencia es siempre mía” (Ser y tiempo, 1927). Este estado de “no estoy mal, pero tampoco estoy bien” puede ser leído no como un fracaso, sino como una señal. Una invitación incómoda a preguntarse por el propio modo de vivir. Tal vez no estés mal. Y eso es importante reconocerlo.

Pero quizá tampoco estás verdaderamente bien. Y eso merece atención. No para dramatizar, sino para escuchar. Para preguntarte qué te importa, qué te mueve, qué te hace sentir vivo, aunque implique incomodarte. La vitalidad no es euforia ni optimismo forzado. Es presencia. Es sentir que la vida, con todo y su peso, todavía te concierne.

Reflexión final

¿Y si no estar mal no fuera suficiente? ¿Y si la pregunta no fuera “qué me falta”, sino “qué estoy dejando de escuchar”? ¿Desde cuándo vivir se volvió sólo cumplir?


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A veces, empezar a estar mejor no implica grandes cambios, sino atreverse a no seguir anestesiado.

Los Meyerowitz: lo que nunca fue

“La forma más común de desesperación es no ser quien uno es”.
—Søren A. Kierkegaard

Queridos(as) lectores(as):

Hay películas que no buscan conmover con grandes gestos ni redenciones tardías, sino que se limitan a mirar. Los Meyerowitz (2017) es una de ellas. No ofrece héroes ni villanos claros, sino una familia atravesada por un mal silencioso: la necesidad de reconocimiento. El arte, la inteligencia, la sensibilidad —todo aquello que suele ennoblecer— aparece aquí como escenario de una herida que no cierra. La película no pregunta quién triunfó, sino quién quedó esperando un aplauso que nunca llegó. Desde el inicio, el tono es incómodo porque resulta familiar. Padres que hablan más de sí mismos que de sus hijos. Hijos adultos que aún compiten por una mirada. Hermanos que se comparan sin decirlo. No hay gritos constantes ni violencia explícita; hay algo más corrosivo: la comparación permanente. Y eso, en términos psíquicos, es devastador. Freud nombró este mecanismo cuando habló del “narcisismo de las pequeñas diferencias” (El malestar en la cultura, 1930): no necesitamos un enemigo externo cuando la rivalidad habita en casa.

En muchas familias latinoamericanas esta dinámica se reconoce de inmediato. El padre frustrado que “pudo haber sido”, la madre que sostiene silenciosamente, los hijos que cargan expectativas ajenas como si fueran herencias inevitables. El talento no se celebra, se administra. El éxito no libera, compromete. El fracaso no se llora, se niega. Y así se forman biografías vividas como deuda. Esta entrada no es una reseña. Es una invitación a mirar, a través de la película, aquello que suele permanecer sin palabras: la tristeza de vivir a la sombra de un deseo que no era propio.

El padre que compite: cuando la ley se vuelve demanda

El personaje del padre, Harold Meyerowitz (Dustin Hoffman,) encarna una figura conocida: el adulto que nunca dejó de necesitar ser visto. No transmite una ley simbólica que ordene y libere; transmite una exigencia. No dice “sé tú”, sino “mírame”. Desde el psicoanálisis, esta confusión es clave: cuando el padre compite con el hijo, el lugar de la autoridad se vacía y se llena de demanda narcisista. Donald Winnicott lo expresó con una claridad brutal al afirmar: “Es una alegría estar escondido, pero un desastre no ser encontrado” (Realidad y juego, 1971). El problema es cuando el adulto exige ser encontrado a costa de que el niño —luego adulto— no pueda esconderse nunca. El hijo se convierte entonces en espectador de la frustración paterna, no en sujeto de su propio deseo.

En la película, el arte del padre no es un puente, sino un altar. Todo gira en torno a su obra, a su genio incomprendido, a la injusticia del mundo que no supo reconocerlo. Este gesto es profundamente latinoamericano: cuántos padres hablan de lo que sacrificaron, de lo que dejaron, de lo que el país no permitió. El relato del sacrificio se vuelve así una hipoteca afectiva. El resultado es previsible y trágico: hijos que no saben si viven para sí mismos o para reparar una herida que no les pertenece. El padre no cae como tirano; cae como alguien que nunca pudo soltar su propio espejo. Y ese peso, heredado, rara vez se cuestiona.

Hermanos: la comparación como forma de violencia

Los hermanos en Los Meyerowitz no se odian. Se miden. Se observan. Se comparan. El éxito de uno, Matthew (Ben Stiller), no inspira; humilla. El fracaso del otro, Danny (Adam Sandler), no conmueve; incomoda. Kierkegaard llamaría a esto desesperación silenciosa: vivir una vida que se siente siempre insuficiente frente a la del otro, incluso cuando no hay un motivo claro para hacerlo. “La desesperación es no querer ser uno mismo” (La enfermedad mortal, 1849). Y pocas cosas impiden tanto ser uno mismo como crecer en un sistema familiar donde todo se evalúa: quién logró más, quién decepcionó menos, quién fue digno de ser nombrado. No hay libertad cuando la biografía se vive como competencia.

En América Latina, esta escena es cotidiana. El primo exitoso, el hermano “que sí pudo”, el que se casó bien, el que se quedó dando clases, el que vive de viejos logros. Las reuniones familiares funcionan como tribunales simbólicos donde nadie dicta sentencia, pero todos toman nota. El silencio pesa más que el reproche. La película acierta al no ofrecer reconciliaciones grandilocuentes. Porque, en la vida real, la comparación no se resuelve con un abrazo final. A veces sólo se atenúa cuando uno deja de mirar al costado y empieza, con dificultad, a habitar su propio lugar.

El arte como promesa rota

Uno de los gestos más incómodos de la película es su honestidad con el arte. Aquí, el arte no salva. No garantiza sentido ni plenitud. Puede ser incluso una coartada elegante para no asumir el propio vacío. Thomas Mann ya lo había intuido al retratar artistas brillantes y profundamente escindidos, incapaces de reconciliar vida y obra (Tonio Kröger, 1903). En muchas biografías latinoamericanas, el arte aparece como sueño postergado o como excusa permanente: “yo pude haber sido”, “si este país dejara”, “si hubiera tenido oportunidades”. Octavio Paz lo formuló con crudeza al decir: “La soledad es el fondo último de la condición humana” (El laberinto de la soledad, 1950). El problema no es la soledad, sino usar el talento para no mirarla.

En la película, algunos personajes viven de antiguos reconocimientos, otros enseñan, otros simplemente sobreviven. Ninguno parece plenamente reconciliado con su obra. Y ahí está la verdad incómoda: el talento no sustituye el trabajo interior. El arte puede iluminar, pero no repara por sí mismo las heridas narcisistas. Esta constatación duele porque desmonta una ilusión muy arraigada: la idea de que crear nos hará inmunes al fracaso existencial. No es así. Crear no nos exime de la tarea más difícil: asumir la vida que efectivamente vivimos.

«Estaba adelantado a mi tiempo»

El tiempo y la renuncia tardía

Hacia el final, el cuerpo del padre cae, la memoria se fragmenta y la pelea pierde sentido. No hay justicia poética. Hay tiempo. Y el tiempo, como escribió Heidegger, nos confronta con una verdad radical: “El ser-ahí es en cada caso mío” (Ser y tiempo, 1927). Nadie puede vivir por otro. Nadie puede cerrar cuentas ajenas. Este momento es profundamente humano y profundamente latinoamericano. Familias donde nunca se habló, donde nunca se pidió perdón, donde la historia quedó suspendida en reproches mudos. Y aun así, la vida sigue. No porque todo se resuelva, sino porque ya no hay fuerza para seguir reclamando.

La paz que ofrece la película no es luminosa. Es mínima. Es la que llega cuando uno deja de exigirle al pasado que sea distinto. Cuando acepta que ciertos aplausos no llegaron y no llegarán. Y que, aun así, la vida —con todo y su modestia— merece ser habitada. Tal vez esa sea la enseñanza más dura y más necesaria: no siempre hay reparación, pero puede haber descanso. No siempre hay reconocimiento, pero puede haber verdad.

Reflexión final

¿A quién sigues esperando que te reconozca? ¿Qué parte de tu vida sigue vivida como promesa? ¿Y qué pasaría si dejaras, por fin, de reclamarle a tu historia aquello que no pudo darte?


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Carta a quien sigue aunque no haya señales

Querido lector, querida lectora:

Si llegaste hasta aquí, tal vez no fue por curiosidad ni por esperanza. Tal vez fue simplemente porque ya no sabías muy bien a quién decirle cómo estás. Porque hay cansancios que no se gritan, que no se notan desde fuera, que no tienen palabras claras… y aun así pesan. Déjame preguntarte algo, con cuidado: ¿cuándo fue la última vez que te sentiste verdaderamente sostenido(a)? No admirado(a), no celebrado(a), no fuerte. Sostenido(a). Vivimos en un tiempo que exige respuestas rápidas para dolores lentos. Nos piden resiliencia cuando lo que necesitamos es descanso. Nos hablan de motivación cuando el cuerpo y el alma ya están exhaustos. Y en medio de todo eso, tú sigues. No siempre convencido(a). No siempre animado(a). Pero sigues.

¿Te has preguntado alguna vez por qué? Tal vez no sigues porque creas que todo va a mejorar pronto. Tal vez no sigues porque tengas claridad. Tal vez sigues porque, aun cansado(a), hay algo en ti que se niega a desaparecer. Algo pequeño, casi imperceptible, que no hace ruido, pero que no se suelta. A veces la esperanza no es una luz al final del túnel. A veces es sólo no apagarlo todo. No tomar ciertas decisiones. No cerrarte del todo. No endurecerte por completo. Seguir habitando el día, aunque duela, aunque canse, aunque no tenga sentido claro. ¿Y si no rendirte ahora no fuera un acto heroico, sino un acto de honestidad? ¿Y si no se tratara de ser fuerte, sino de no traicionarte en el momento más frágil?

Hay personas que creen que rendirse es caer. Pero hay otra forma de rendición más peligrosa: abandonarse por dentro mientras el cuerpo sigue funcionando. Tú, en cambio, aunque estés agotado(a), sigues presente. Sigues sintiendo. Sigues preguntándote cosas. Y eso —aunque no lo parezca— es una forma profunda de fidelidad a ti mismo(a). Quizá hoy no puedes sostener grandes certezas. Está bien. Quizá sólo puedes sostener preguntas. Preguntas como: ¿Qué necesito hoy, de verdad? ¿Qué me duele más de lo que admito? ¿A qué le he sido leal incluso cuando me ha costado tanto? No te exijas respuestas inmediatas. Hay preguntas que no buscan solución, sino compañía. Preguntas que sólo quieren ser escuchadas sin prisa.

Cuando creas que nadie te entiende, abre tu corazón, confía, habla con los demás, verás que no estás tan solo(a).

Seguir cuando no hay señales no te vuelve ingenuo(a). Te vuelve humano(a). Significa que, aun sin garantías, eliges no cerrarte al todo. Que aceptas que hoy no puedes más… pero tampoco te vas. Y si hoy lo único que puedes hacer es leer estas líneas, respirar hondo y seguir un día más, eso es suficiente. No para siempre. No para resolverlo todo. Sólo para hoy. Recuerda: lo que es hoy no significa que sea igual mañana. No estás fallando por sentirte así. No estás atrasado(a). No estás roto(a). Estás cansado(a). Y aun así, sigues. Y mientras sigas —aunque sea con pasos lentos, torpes, silenciosos— hay algo en ti que sigue diciendo que tu historia no se reduce a este momento. Aunque no sepas cómo ni cuándo, sigues dejando la puerta apenas entreabierta.

Aquí no hay fórmulas. No hay moralejas. Sólo esta certeza compartida: seguir, a veces, es la forma más humilde y más verdadera de esperanza. Y si hoy no puedes creer en el mañana, cree al menos esto: no estás solo(a) en este modo de seguir. Hay otros caminando igual, sin ruido, sin aplausos, sosteniéndose como pueden.

Hoy basta con no rendirse.
Mañana veremos. Aquí sigo contigo…

Te abrazo, con el alma abierta y el corazón dispuesto.

Héctor Chávez Pérez

Dignidad en la intemperie

«El hombre, por mucho que haya descendido, exige instintivamente el respeto debido a su dignidad de hombre».

—Fiódor Dostoievski

Queridos(as) lectores(as):

Hay libros que no se leen: se visitan. Se entra en ellos como se entra en una casa ajena en la que alguien acaba de llorar. Memorias de la casa muerta (1862) de Dostoievski, no te pide admiración; te pide presencia. Uno avanza por sus páginas y siente que la mirada se vuelve más lenta, más humilde, como si el texto te estuviera entrenando —con paciencia y severidad— para mirar a un ser humano incluso donde todo invita a no verlo. A mí me tocó por un punto muy preciso: la identidad cuando te la arrancan. No “identidad” como esa palabra ruidosa que hoy se usa para pelear, sino identidad como lo más sencillo y a la vez más frágil: el derecho a seguir siendo alguien cuando el mundo te reduce a una marca, a un expediente, a un “reprobó”, a un número, a un apodo cruel. Dostoievski escribe desde un presidio, sí, pero en el fondo escribe desde la pregunta que todavía nos persigue: ¿qué queda de mí cuando me ven sólo por lo peor?

Quizá por eso este libro le habla tan bien a nuestros lectores actuales. Vivimos en una época que etiqueta con rapidez: diagnósticos, condenas sociales, simplificaciones morales, identidades convertidas en hashtags. Y, como si el mundo tuviera prisa, se nos enseña a creer que una persona “es” su fallo, su síntoma, su error, su pecado. Dostoievski, en cambio, se obstina en lo contrario: te muestra el barro, la violencia, lo sórdido… y aun así insiste: ahí dentro, todavía hay alguien. Vamos a leerlo desde dos palabras que hoy parecen casi subversivas: dignidad e identidad. Y lo haremos con una intención íntima: no para juzgar a los presos, ni para romantizarlos, sino para rescatar una verdad humana que nos conviene recordar cuando se endurece el corazón. Que incluso el hombre degradado guarda una porción invencible de sí mismo.

El estigma: cuando te borran el nombre

El presidio, en Dostoievski, no es sólo un lugar: es una pedagogía de la reducción. Él describe un espacio donde se aprende a mirar al otro como cosa, como problema, como amenaza. Y de inmediato aparece algo que duele por su actualidad: la sociedad “secciona” al condenado, lo expulsa simbólicamente del cuerpo común y lo deja marcado para que la identidad quede fijada, para siempre, en una sola palabra: culpable. Dostoievski lo dice sin metáfora: “[…] eran miembros corrompidos de la sociedad que los seccionaba de su cuerpo después de haberlos marcado en la frente con el hierro candente… su oprobio” (Memorias de la casa muerta, 1861). Esa marca no es sólo una marca: es una sentencia sobre el ser. Y aquí quizá conviene detenernos con calma: ¿no ocurre algo parecido cuando una persona es reducida a su diagnóstico, a su pasado, a su “caso”, a su expediente? Cambia el hierro candente por la etiqueta moderna, pero el gesto profundo se parece: te conozco por tu estigma; lo demás me estorba. Hay una violencia fría en ese recorte. No porque el crimen no importe, sino porque el ser humano es más ancho que su peor acto.

Dostoievski no niega la culpa; lo que se niega es a que la culpa sea una definición ontológica. Por eso insiste en un punto que, leído hoy, suena casi como una ética: el penado sabe que está preso, sabe que hay distancia, sabe que su lugar social fue degradado… pero hay algo que no se deja borrar. “Ni el estigma, ni las cadenas, ni el presidio le harán olvidar que es hombre” (Memorias de la casa muerta, 1861). Y aquí se asoma, para mí, el núcleo íntimo del libro: la identidad, en su forma más desnuda, no es un discurso que uno pronuncia; es un resto que resiste. Uno puede perder todo —ropa, dignidad pública, reputación— y sin embargo seguir sintiendo por dentro: no soy una cosa. Eso es lo que el texto me susurra, y me gusta pensarlo así: en el fondo, Dostoievski no está narrando la cárcel; está defendiendo, con terquedad de santo y de pecador, que hay una parte del hombre que no se deja convertir en objeto.

“Acostumbrarse a todo”: la resistencia que también es peligro

Hay una frase famosa que suele citarse como si fuera una lección optimista. Pero en el libro suena más bien como un escalofrío: “El hombre es un animal indestructible… se podría también definir diciendo que es un animal que se acostumbra a todo” (Memorias de la casa muerta, 1861). ¿Qué significa “acostumbrarse”? A veces es resistencia. A veces es supervivencia. A veces es el milagro mínimo de no romperse. Pero otras veces es la tragedia: la capacidad de habituarse a lo inhumano. Dostoievski lo muestra en los detalles: el aire nauseabundo, el ruido de cadenas, la confusión de cuerpos rapados, la noche larga. No escribe para impresionarte; escribe para que entiendas algo más sutil: que el ser humano puede aprender a vivir en lo que no debería ser vivible. Y esa plasticidad es ambigua: salva, pero también envilece. Te mantiene con vida, pero puede ir apagando la conciencia de lo que merecías.

Por eso me parece tan actual. Hay gente que hoy “se acostumbra” al maltrato emocional, a relaciones rotas, a trabajos sin alma, a vidas sin descanso, a humillaciones cotidianas. Y el día que uno se acostumbra, empieza a dudar de su propio derecho a algo distinto. La identidad se adelgaza: ya no dices “yo soy”, sino “yo aguanto”. Dostoievski retrata ese riesgo desde la Siberia del siglo XIX, pero la frase cae como una piedra sobre el presente. Aquí encaja una lectura lúcida de Nietzsche, que —por una de esas ironías hermosas de la Historia— se sintió enseñado por Dostoievski. Nietzsche escribió: “Dostoievski, el único psicólogo, dicho sea de paso, que me ha enseñado algo” (El ocaso de los ídolos, 1889). Y cuando Nietzsche dice “psicólogo”, no habla de manuales: habla de alguien que vio el alma humana sin maquillaje, precisamente ahí donde el hombre se acostumbra, se deforma, se defiende… y aun así sigue siendo un misterio. Entonces, leamos esa frase famosa con respeto y temor. Sí: el hombre puede acostumbrarse a todo. Pero eso no nos tranquiliza; nos responsabiliza. Porque si el ser humano puede acostumbrarse a lo indigno, también puede olvidar su propia dignidad. Y a veces el primer acto de salvación es tan sencillo como esto: recordar que no deberíamos acostumbrarnos.

Incluso en el lugar donde intentan borrarte, algo en ti sigue diciendo: soy alguien.

Dignidad: el derecho a ser tratado como humano

Hay un pasaje que, para mí, podría ser el corazón moral de la obra. Dostoievski no predica; observa. Y en su observación suelta una verdad que debería estar escrita en la pared de todas las instituciones: “El hombre, por mucho que haya descendido, exige instintivamente el respeto debido a su dignidad de hombre… Es preciso, pues, tratarles humanamente” (Memorias de la casa muerta, 1861). Ese “instintivamente” me conmueve. Como si la dignidad no fuera un adorno cultural, sino un reclamo profundo de la condición humana. Aun el culpable, aun el degradado, aun el que ya perdió el honor ante los otros, guarda dentro un punto que pide ser reconocido. Y es ahí donde el libro se vuelve incómodo: porque nos obliga a preguntarnos qué hacemos nosotros con el otro cuando cae. Si lo tratamos como alguien o como basura. Dostoievski no idealiza a los presos. Él describe violencia, grosería, cinismo, crueldad. Pero distingue una cosa con precisión: la justicia no puede consistir en borrar lo humano. Hay castigo, sí. Hay responsabilidad, sí. Pero si el castigo se convierte en deshumanización, ya no corrige: embrutece. Y aquí el libro parece adelantarse a una intuición contemporánea: el hombre puede reintegrarse a la vida social sólo si, en algún punto, alguien le sostuvo la posibilidad de seguir siendo persona.

En psicoanálisis, cuando la identidad está herida, a veces lo primero no es interpretar: es reconocer. Reconocer que hay sujeto. Que hay alguien detrás del síntoma, detrás de la defensa, detrás del acto. El presidio, en el libro, sería el lugar donde el mundo grita lo contrario: “sí, eres tu delito”. Y Dostoievski, sin ingenuidad, sin moralismo barato, responde: “no: es hombre”. Albert Camus leyó a Dostoievski como quien lee un diagnóstico del siglo. En un pasaje atribuido a El hombre rebelde (1951), se cita esta frase: “Ahora se sabe que su profecía ha fracasado. Y descubrimos que el verdadero profeta era Dostoievski. Ha profetizado el reino de los grandes inquisidores y el triunfo del poder sobre la justicia” (El hombre rebelde, 1951). ¿Qué está diciendo Camus? Que Dostoievski vio lo que pasa cuando el poder se separa de la justicia y la persona se reduce a objeto: eso que hoy, de otras maneras, seguimos padeciendo.

El trabajo inútil y la identidad que se rompe por dentro

Hay un punto que me parece finísimo y profundamente actual: Dostoievski entiende que hay castigos que destruyen no por dolor físico, sino por vacío de sentido. En un pasaje brutal, afirma: “Si se condena al hombre… a realizar un trabajo con carácter de inutilidad perfecta… estoy persuadido de que se ahorcaría o cometería mil crímenes, prefiriendo la pena de muerte a tal envilecimiento, a tanta tortura” (Memorias de la casa muerta, 1861). Ese fragmento me da vueltas porque no habla sólo de la cárcel. Habla de la vida cuando se vuelve una repetición sin sentido. Y aquí, perdóname lo directo, pienso en cuánta gente vive hoy cargando “tinajas” invisibles: jornadas interminables, trámites absurdos, labores que no construyen nada, vidas que se sienten como un castigo administrativo. El sufrimiento no siempre viene de un golpe; a veces viene de la inutilidad. La identidad, en esos contextos, se erosiona en silencio. Ya no te preguntas quién eres, sino cuánto falta para terminar el día. Y cuando el día termina, no queda nada que te devuelva a ti mismo. Dostoievski entendió que eso es tortura, porque toca el centro de la persona: el sentido. Por eso, incluso si hablamos de dignidad, no hablamos sólo de “trato” externo; hablamos de lo que se hace con el tiempo humano, con la energía humana, con el deseo humano.

Y aquí vuelve lo íntimo: ¿qué nos sostiene cuando el sentido se apaga? A veces una frase. A veces un recuerdo. A veces una risa. Dostoievski, con una ternura inesperada, incluso deja caer una observación sobre la risa como signo moral: “Quizá me equivoque, pero tengo por seguro que se puede conocer a un hombre por su modo de reír… si la risa de un desconocido nos resulta simpática, podemos afirmar que aquel hombre es bueno” (Memorias de la casa muerta, 1861). En medio de la “casa muerta”, todavía hay chispas de humanidad que no se dejan enterrar. Me quedo con eso como una imagen cálida. Incluso en el lugar donde el sistema quiere fabricar sombras, aparece una risa “dulce y bondadosa” —y con ella, una prueba sencilla de identidad: aquí hay alguien capaz de bien. Dostoievski no te promete finales felices; te ofrece algo más serio: la posibilidad de mirar al otro sin cancelar su humanidad.

Reflexión final

Si hoy te pidiera —con cariño— que te quedes un minuto en silencio después de leer esto, te preguntaría algo muy simple: ¿A quién estás reduciendo tú, sin darte cuenta, a su peor etiqueta? ¿A quién le has negado el derecho a ser más que su error? ¿Y en qué parte de tu propia historia te han tratado como si fueras sólo “tu estigma”? Porque quizá la dignidad no se decide en grandes discursos, sino en gestos pequeños: en cómo miras, en cómo hablas, en cómo nombras. Dostoievski, desde una prisión, nos deja una tarea íntima: aprender a ver al ser humano donde el mundo ya no quiere verlo.

Y una última pregunta, la más personal: ¿qué parte de ti sigue viva —terca, silenciosa, invencible— incluso cuando te sientes degradado(a) o incomprendido(a)?

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Gracias por leer Crónicas del Diván. Si esta entrada te tocó, te invito a dejar un comentario: ¿qué frase de Dostoievski se te quedó en el pecho y por qué? También puedes escribirme por Contacto si quieres proponer una obra para futuras entradas. Y si quieres seguir estas reflexiones en formato breve, nos vemos en Instagram: @hchp1.

Las mesas en diciembre

“El recuerdo es la única forma de encuentro con lo que ya no está».

—Alejandra Pizarnik

Gracias, (zarina) Patricia…

Queridos(as) lectores(as):

En estas fiestas decembrinas —la Navidad, por ejemplo— algo se mueve silenciosamente en la vida interior de las personas. No siempre se nota a simple vista. A veces aparece como nostalgia, otras como cansancio, otras como una alegría inesperada, y muchas más como un nudo difícil de nombrar. Diciembre no crea lo que sentimos: lo revela. Pone sobre la mesa —literal y simbólicamente— aquello que el resto del año suele quedar en segundo plano. Las fechas no operan sólo como celebración social, sino como reactivadores de memoria.

El pasado no vuelve como recuerdo neutro, sino como afecto. La poeta argentina, Alejandra Pizarnik, lo comprendió con crudeza cuando escribió que el recuerdo no es una presencia amable, sino una forma de encuentro con lo ausente, una manera de habitar aquello que ya no está: “El recuerdo no es una presencia, sino una forma de encuentro con lo ausente; no consuela, pero insiste” (Diarios, 1954–1971). Quizá por eso estas fechas incomodan tanto a algunos: no por lo que ocurre afuera, sino por lo que regresa adentro.

La mesa como escena psíquica

La mesa navideña no es sólo un mueble ni una tradición familiar. Es una escena psíquica. Un espacio donde se distribuyen lugares, roles, silencios y miradas. Quién se sienta dónde, quién falta, quién ocupa un lugar nuevo, quién observa desde fuera o guarda silencio. Desde una lectura psicoanalítica, la mesa funciona como una puesta en acto del lazo. Cada quien llega con su historia, con su manera de amar, con sus duelos abiertos o cerrados a medias. Nadie se sienta igual dos años seguidos, aunque la disposición sea idéntica. El inconsciente también se sienta a la mesa, aunque nadie lo haya invitado.

Sigmund Freud advirtió tempranamente que la vida psíquica no obedece al olvido voluntario. Explicó que aquello que creemos superado no desaparece, sino que queda a la espera de una ocasión propicia para retornar: “Las huellas mnémicas de las experiencias no se pierden; lo que llamamos olvido no es más que una inaccesibilidad momentánea, y bajo determinadas condiciones lo reprimido retorna con una fuerza que sorprende al propio sujeto” (Psicopatología de la vida cotidiana, 1901). Por eso, para algunos, estas fechas son profundamente gozosas; para otros, inquietantes. No porque haya algo defectuoso en ellos, sino porque la escena toca fibras que no siempre están listas para celebrarse.

Cuando la Navidad deja de ser postal

La literatura ha sabido decir esto con una claridad que a veces supera a los discursos psicológicos. Basta pensar en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens. Lejos de ser una historia edulcorada, es un relato sobre la soledad, la memoria y la responsabilidad frente a la propia vida. El momento decisivo del texto no es la fiesta, sino la confrontación. Cuando Scrooge decide cambiar, no lo hace por una emoción pasajera, sino porque ha sido obligado a mirar su historia completa. Dickens lo expresa con una frase extensa y significativa, que no suele citarse entera, pero que da verdadero contexto a la transformación: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla todo el año. Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los espíritus de los tres estarán siempre dentro de mí, y no rechazaré las lecciones que me enseñen”.

No hay aquí magia fácil: hay memoria, responsabilidad y decisión. Dickens entendió que la Navidad no redime por sí misma; obliga a mirar. Algo semejante ocurre en los relatos de Antón Chéjov, quien sostenía que la literatura debía mostrar la complejidad humana sin consuelo forzado. En una de sus cartas afirmó que el trabajo del escritor no consiste en tranquilizar, sino en revelar: “El artista no debe resolver los problemas que plantea, sino presentarlos de tal modo que el lector los vea en toda su profundidad y contradicción” (Cartas, 1895). Las celebraciones, como la buena literatura, no tapan la verdad: la exponen.

Nostalgia: exceso de memoria, no debilidad

En consulta, no es raro escuchar en estas fechas frases como: “No sé por qué estoy así, si debería estar contento(a)”. La nostalgia suele confundirse con fragilidad, cuando en realidad es exceso de memoria. No es querer volver atrás, sino intentar darle sentido a lo perdido. Freud explicó el trabajo del duelo con una precisión que sigue siendo vigente. En Duelo y melancolía (1917), señaló que el dolor no consiste sólo en la pérdida, sino en el arduo proceso psíquico de soltar aquello a lo que se estaba ligado: “La realidad exige que la libido retire su adhesión a todos y cada uno de los recuerdos y expectativas ligadas al objeto perdido. Esta exigencia es resistida, pero finalmente se impone, y con ello el yo queda libre nuevamente”.

Ese proceso no sigue el calendario. Sin embargo, diciembre, con sus rituales repetidos, reactiva escenas, voces, ausencias. No trae sólo imágenes: trae afectos. Y el afecto, cuando no encuentra palabra, pesa. No todos lloran por tristeza. Muchos lloran porque recuerdan. Y recordar, a veces, duele más que olvidar.

Muchas veces, estamos sentados en la misma mesa, sin estarlo como todos creen… y está bien.

La exigencia de estar bien

Uno de los grandes malestares contemporáneos es la exigencia de felicidad. Incluso en fechas donde el dolor se vuelve más visible, pareciera que hay que cumplir con una consigna: estar bien, agradecer, sonreír. Donald Winnicott criticó esta lógica desde la clínica cuando advirtió que el cuidado verdadero no consiste en imponer estados ideales, sino en sostener la experiencia real del sujeto. Escribió: “La función del entorno no es producir perfección, sino ofrecer un sostén suficientemente bueno que permita al individuo existir sin la presión de adaptarse prematuramente” (The Child, the Family, and the Outside World, 1964).

Hay personas que atraviesan estas fiestas trabajando, cuidando a alguien enfermo, sosteniendo duelos recientes o antiguos. No necesitan frases luminosas ni optimismo impuesto. Necesitan permiso para no estar bien. Eso no es debilidad. Es humanidad.

Mirar más allá de lo propio

Quizá el problema no es que estas festividades sean distintas para cada quien, sino que nos cuesta permitirlo. Nos cuesta aceptar que el otro no siente como yo, que no celebra igual, que no puede —o no quiere— vivirlo del mismo modo. Emmanuel Levinas formuló esta exigencia ética con radicalidad al afirmar que el encuentro con el otro no es cómodo ni neutro, sino descentrador: “El rostro del otro me saca de mi tranquilidad, me despoja de mi soberanía y me obliga a responder; no me permite encerrarme en mí mismo” (Totalidad e infinito, 1961).

Tal vez estas fechas sean una oportunidad —difícil, pero real— para ese gesto: escuchar sin corregir, acompañar sin minimizar, estar sin exigir alegría. A veces, la ética no consiste en decir algo brillante, sino simplemente en quedarse.

Reflexión final

Para muchos, estas festividades son realmente hermosas: reunión, risas, mesas llenas, recuerdos buenos. Para otros, no tanto. Y eso también está bien. No todos llegan a diciembre desde el mismo lugar ni con la misma historia. Quizá el verdadero gesto humano de estas fechas no sea exigir alegría, sino atrevernos a compartir lo que sentimos y darnos la oportunidad de ver más allá de lo nuestro. A veces, eso basta. No para borrar el dolor, pero sí para que pese menos. No para llenar la mesa, pero sí para que nadie se sienta completamente sólo frente a ella.

¿Desde dónde estás viviendo estas fiestas? ¿Qué lugar ocupas hoy en la mesa? ¿A quién sigues recordando en silencio?

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Si este texto tocó algo en ti, si estas palabras acompañaron —aunque sea un poco— lo que estás viviendo en estas fechas, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. Puedes dejar tu comentario, compartir tu experiencia o escribirme directamente desde la sección de Contacto. A veces, poner en palabras lo que pesa ya es un primer alivio.

También puedes acompañar este espacio en Instagram (@hchp1), donde seguimos pensando juntos la vida, el dolor, los vínculos y aquello que muchas veces no se dice, pero se siente.

Gracias por estar.
Gracias por leer despacio.
Y gracias, también, por sentarte —aunque sea un momento— a esta mesa.

Te abrazo…

El peso invisible de quienes sostienen

“Obrar responsablemente significa, en primer lugar, asumir que nuestras acciones nos comprometen más allá del instante y que, una vez realizadas, ya no podemos retirarnos de sus consecuencias”
—Hans Jonas

Queridos(as) lectores(as):

Hay personas que no pueden darse el lujo de quebrarse. No porque sean más fuertes que los demás, sino porque si caen, algo más cae con ellos. No es heroísmo ni vocación de sacrificio; muchas veces es simple realidad. Alguien tiene que sostener, y ese alguien suele hacerlo sin aplausos, sin relato y sin permiso para detenerse. Vivimos en una época que dice valorar la vulnerabilidad, pero sólo cierta vulnerabilidad: la que se puede narrar, mostrar, estetizar. Hay fragilidades que no caben en ese marco, porque exhibirlas tendría consecuencias. La fragilidad del que decide, del que cuida, del que responde por otros no se celebra; se exige que sea administrada en silencio.

Por eso me resulta tan potente que el manga/anime Record of Ragnarok haya puesto en escena figuras como el dios Hades y al emperador Qin Shi Huang. No como símbolos de fuerza ruidosa, sino como personajes atravesados por una carga interior constante. No luchan únicamente contra un adversario externo, sino contra el peso íntimo de sostener un lugar que no admite descanso. Hoy quiero pensar contigo —sin prisa, como frente a un café— qué sucede por dentro de quienes sostienen sin poder correrse. No para glorificar el sufrimiento, sino para nombrar una experiencia humana que suele quedar fuera del discurso contemporáneo.

Hades y la dignidad de responder

Hades no gobierna desde el espectáculo ni desde el reconocimiento. Su poder no se apoya en el carisma, sino en la estabilidad. Es el dios que mantiene el orden sin ser visto, el que sostiene para que otros puedan habitar. Y eso lo vuelve una figura incómoda en una cultura que asocia valor con visibilidad. En Record of Ragnarok, Hades no combate para demostrar superioridad ni para ganar afecto. Combate porque entiende que su lugar implica responder. No hay queja ni dramatización; hay aceptación de una tarea que no eligió del todo, pero que asume como propia.

Aquí resulta iluminador el pensamiento de Paul Ricoeur, cuando reflexiona sobre la identidad ligada a la responsabilidad. Ricoeur escribe: “El sí mismo no se comprende a partir de una sustancia inmutable, sino a partir de la capacidad de responder de sus actos, de mantener una palabra y de sostener una promesa, incluso cuando hacerlo implica pérdida o renuncia” (Sí mismo como otro, 1990). Hades encarna precisamente esta forma de identidad: no la del que brilla, sino la del que responde. En un mundo que mide el valor por el impacto, su figura recuerda algo esencial: hay dignidades que sólo existen cuando alguien está dispuesto a cargar sin ser visto.

Qin Shi Huang: el cuerpo como lugar del costo

Si Hades sostiene desde el silencio, Qin Shi Huang sostiene desde el cuerpo. En Record of Ragnarok, su figura resulta perturbadora porque muestra con crudeza que el poder no es sólo una posición simbólica, sino una experiencia encarnada, dolorosa, que deja marca. Qin no puede tocar sin herirse. Cada contacto es sufrimiento. Su cuerpo se convierte en el lugar donde se inscribe el precio de gobernar. No puede delegar ese dolor, ni anestesiarlo sin perder aquello que lo define. El poder, en su caso, no es distancia: es exposición.

Hans Jonas, filósofo alemán, pensó con mucha seriedad esta dimensión del poder y la responsabilidad. En El principio de responsabilidad (1979) advierte: “Quien actúa asume una carga que no puede disolverse en la colectividad ni repartirse sin más; la responsabilidad recae de manera asimétrica sobre quien decide, y esa carga es inseparable de la acción misma”. Qin no es admirable por ser invulnerable, sino porque no huye del costo que implica su lugar. En una época que promete poder sin consecuencias, su figura incomoda porque recuerda una verdad incómoda: toda autoridad real se paga, y muchas veces se paga en soledad.

“El mayor peso no es el que se ve, sino el que no encuentra palabras».
—Maurice Blanchot

El poder que aísla

El cine ha sabido mostrar con gran honestidad esta soledad. En El Padrino II (1990), Michael Corleone descubre que cuanto más asciende, más se estrecha su mundo. El poder no lo libera; lo encierra. No hay descanso posible, ni diálogo genuino, ni regreso a la inocencia. La música también ha sabido nombrar esta experiencia sin edulcorarla. Leonard Cohen lo expresa con crudeza cuando canta: “There is a loneliness in this world so great that you can see it in the slow movement of the hands of a clock / Hay una soledad en este mundo tan grande que puedes verla en el movimiento lento de las manecillas del reloj» (Songs of Love and Hate, 1971). No es una soledad romántica, sino una soledad estructural, ligada a ciertos lugares que se habitan sin compañía.

Estas obras no glorifican el poder; lo desnundan. Muestran que decidir, gobernar o sostener no es un privilegio limpio, sino una experiencia ambigua, muchas veces amarga. Y por eso incomodan tanto a una cultura que quiere éxito sin herida. Hades, Qin, Michael Corleone o la voz cansada de Cohen dicen lo mismo desde lenguajes distintos: hay posiciones que se asumen a costa de la propia intimidad. Y no siempre hay alguien que sostenga al que sostiene.

Los que sostienen en la vida cotidiana

Todo esto no ocurre sólo en mitos, animes o películas. Ocurre todos los días. En el padre o la madre que no puede quebrarse. En el cuidador que no tiene relevo. En quien toma decisiones difíciles sabiendo que no todos quedarán conformes. En quienes cargan sin permiso para caer. José Ortega y Gasset lo dijo con una claridad que sigue vigente: “La vida no es algo que se nos da hecho, sino algo que hay que hacer; es tarea, problema y quehacer incesante” (Meditaciones del Quijote, 1914). Vivir no es simplemente experimentar, sino sostener una forma de estar en el mundo.

Nuestra época celebra al que se expresa, pero suele pasar por alto al que resiste. Al que sigue sin discurso, sin épica, sin relato heroico. Y, sin embargo, gran parte del mundo se mantiene en pie gracias a esas figuras silenciosas. Tal vez por eso estas historias nos tocan tanto. Porque, en algún punto, todos hemos sido —o somos— quienes sostienen sin permiso de quebrarse. Nombrarlo no es debilitarse; es reconocer la verdad de esa carga.

Reflexión final

Déjame dejarte con estas preguntas, sin cerrarlas:

  • ¿Qué cargas sostienes hoy que nadie ve?
  • ¿Qué precio estás pagando en silencio?
  • ¿Quién sostiene al que sostiene?

Pensar esto no nos hace frágiles. Nos vuelve más honestos.

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Gracias por quedarte.
Nos leemos.

Carta a quien llega cansado(a)

Querido lector, querida lectora:

No sé en qué momento exacto llegaste hasta aquí. Tal vez fue por curiosidad, tal vez por cansancio, tal vez porque algo en ti —que no siempre sabe explicarse— pidió silencio y palabras honestas al mismo tiempo. Sea como sea, quiero que sepas algo desde el inicio: no llegas tarde, ni llegas mal, ni llegas roto(a). Llegas humano(a). Es posible que estés cansado(a). Cansado(a) de intentar, de sostener, de explicar lo que te duele sin encontrar del todo las palabras. Cansado(a) de los silencios propios y ajenos. De la tristeza que no siempre se deja nombrar. De esa sensación de ir cumpliendo con todo mientras por dentro algo pide tregua. Si es así, no estás solo(a). De verdad: no lo estás.

La Historia —la verdadera, no la de los monumentos— está llena de hombres y mujeres cansados. No héroes incansables, sino personas que siguieron adelante aun cuando el alma pedía sentarse. Fiódor Dostoievski escribió Crimen y castigo acosado por deudas, epilepsia y una culpa que no era sólo literaria. En una carta confiesa: “He sido probado hasta el límite de mis fuerzas” (Cartas, 1867). Y sin embargo, siguió escribiendo, no para triunfar, sino para no mentirse. Marina Tsvietáieva, poeta rusa marcada por el exilio, el hambre y la pérdida, escribió algo que no tiene nada de grandilocuente y lo dice todo: “No hay nada más terrible que vivir sin fe en la vida” (Cuadernos, 1919). No hablaba de optimismo, sino de esa fe mínima que a veces sólo consiste en no rendirse hoy.

Estas Crónicas no nacieron para dar recetas ni para levantar consignas. Nacieron desde el mismo lugar desde donde ahora te escribo: desde la experiencia de saberse frágil, desde el intento sincero de comprender lo que duele sin convertirlo en espectáculo ni en consigna vacía. Aquí no se trata de “pensar positivo”, ni de negar el dolor, ni de apurarte a sanar. Aquí se trata de acompañar. Hay días —quizá hoy sea uno de ellos— en los que no se puede con todo. Y eso no te hace débil. Albert Camus, que sabía algo del absurdo y del cansancio, escribió: “El verdadero esfuerzo es el que se hace cada día para no ceder” (El mito de Sísifo, 1942). No hablaba de grandes gestas, sino de ese gesto silencioso de levantarse aun cuando no hay aplausos ni certezas.

Tal vez hoy no tengas fuerzas para grandes decisiones. Está bien. A veces resistir ya es una forma de valentía. Seguir leyendo cuando uno está cansado también lo es. Permanecer, aunque sea con dudas, aunque sea con miedo, aunque sea con el corazón en pausa, también cuenta. No todo coraje grita; hay un coraje silencioso que simplemente no se rinde. Pienso también en Abraham Lincoln, que atravesó fracasos políticos, pérdidas familiares profundas y una melancolía persistente. En medio de la guerra civil escribió: “Con frecuencia me he visto llevado al borde de la desesperación, pero no podía rendirme” (Carta a Joshua Speed, 1841). No porque fuera invulnerable, sino porque sabía que rendirse también tenía consecuencias.

“Hay un cansancio que no es del cuerpo, sino de la vida misma”
—Fernando Pessoa (Libro del desasosiego, 1982)

Quisiera decirte algo con claridad y sin dramatismos: no te rindas. No porque todo vaya a mejorar mágicamente, no porque el dolor tenga siempre una explicación justa, sino porque tú vales más que el cansancio que hoy te pesa. Porque incluso en medio de la tristeza hay algo en ti que sigue buscando sentido, verdad, descanso. Y eso ya es un gesto profundamente humano y digno. León Tolstói, en uno de sus momentos de crisis más severos, escribió: “Mientras hay vida, hay posibilidad de bien” (Confesión, 1882). No lo dijo desde la comodidad, sino desde el borde. Desde ese lugar donde uno no promete felicidad, pero se niega a cerrar del todo la puerta.Si continúas leyendo estas páginas, ojalá encuentres aquí un lugar donde puedas bajar la guardia. Un espacio donde pensar no sea una carga, donde sentir no sea un pecado, donde la inteligencia y la ternura puedan caminar juntas sin hacerse daño. Escribo para acompañarte un tramo del camino, no para decirte cómo vivirlo.

Gracias por quedarte. Gracias por leer. Gracias, incluso, por tu cansancio: habla de alguien que ha vivido, que ha amado, que ha intentado. Simone Weil, otra gran cansada lúcida, escribió: “La atención es la forma más rara y más pura de generosidad” (La gravedad y la gracia, 1947). Si has llegado hasta aquí, ya has ejercido esa atención contigo mismo(a).

Te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. Y si lo deseas, a escribirme. A veces una palabra compartida no resuelve la vida, pero la vuelve un poco más habitable. No prometo respuestas fáciles, pero sí una compañía honesta.

Aquí seguimos.
Con el corazón abierto.

Atte.

Héctor Chávez

El dolor de la indiferencia

“Cuidar es ante todo un acto moral: implica reconocer al otro en su fragilidad».
— Arnoldo Kraus

Queridos(as) lectores(as):

En estos días he pensado mucho en lo que significa estar verdaderamente cerca de otro ser humano. No hablo de proximidad física, sino de esa presencia que sabe hacer silencio, mirar con atención y decir —aunque no se pronuncie—: no estás solo. La muerte reciente del médico y ensayista Arnoldo Kraus, tan comprometido con la ética del cuidado, me ha hecho ver con más claridad la gravedad del problema que vivimos: la cultura actual se está volviendo experta en evitar, distraerse, pasar de largo. Y, sin embargo, nunca ha habido tanta gente que necesite compañía. Este encuentro es un llamado urgente, pero también una invitación profunda a reconsiderar cómo estamos viviendo nuestra relación con quienes nos rodean.

La herida social que no queremos mirar

En la consulta, en la calle, en el metro, en redes sociales: la indiferencia se ha vuelto una sombra que nos sigue a todas partes. No es una maldad activa, sino algo más insidioso: la falta de atención, la incapacidad de darnos cuenta de que alguien cerca de nosotros está sosteniéndose apenas con las uñas. El filósofo francés, Emmanuel Levinas, escribió: “El rostro del otro me obliga” (Totalidad e infinito, 1961). Pero la cultura actual —rápida, ruidosa, autocentrada— parece haber perdido la capacidad de ver esos rostros. La apatía no es sólo un fenómeno psicológico, es también político, ético y cultural. Es el síntoma de sociedades que han reducido la vida al rendimiento personal. Donald Winnicott lo advirtió hace décadas cuando afirmaba: “La mayor necesidad del ser humano es ser hallado por alguien” (El proceso de maduración en el niño, 1965). Pero en un mundo obsesionado con el éxito y el entretenimiento, ¿quién tiene tiempo para encontrar a otro?

La falta de empatía puede ser devastadora. Cuando alguien carga con una enfermedad, un duelo, un agotamiento profundo o un miedo que no sabe nombrar, un simple gesto —un mensaje, una visita, una llamada— puede ser la diferencia entre sostenerse y quebrarse. Sin embargo, muchos se excusan pensando: “no quiero molestar”, “seguro tiene a alguien”, “no sé qué decir”. La verdad es que la mayoría del tiempo no hay nadie más. Arnoldo Kraus insistía en que el cuidado es un vínculo humano antes que una técnica. Escribió: “El enfermo necesita saber que alguien lo acompaña, incluso cuando no hay nada que hacer salvo estar ahí” (Morir antes de morir, 2013). Esa frase debería resonar como una alarma en una sociedad que huye del dolor ajeno como si fuera contagioso.

El individualismo que nos está volviendo ciegos

El individualismo contemporáneo no sólo promueve que pensemos en nosotros mismos primero; fomenta la ilusión de que no necesitamos a nadie. Ese ideal de autosuficiencia absoluta no sólo es falso: es profundamente real. El médico y filósofo Edgar Morin decía: “Somos individuos, pero también seres sociales y solidarios; olvidar cualquiera de estas dimensiones es mutilar al ser humano” (La vía, 2011). Hoy confundimos respeto con distancia, libertad con desconexión, privacidad con abandono. Decimos “cada quien su vida” sin notar que esa frase es, en muchos casos, la justificación elegante para no involucrarnos en el sufrimiento ajeno. La psicóloga Virginia Satir lo expresó con claridad: “Nos convertimos en personas gracias al contacto humano” (Conjoint Family Therapy, 1964). Alejarnos del otro no nos hace libres; nos hace más frágiles y más solos.

La apatía social también se alimenta de la angustia colectiva. Después de años de crisis económicas, sanitarias, políticas y emocionales, muchos sienten que no pueden cargar con nada más. Sin embargo, el cuidado no siempre es carga: a veces es alivio, porque nos recuerda que existimos en una trama de afectos que nos sostienen. Kraus escribía sobre los pacientes que más lo marcaron, y decía: “Me enseñaron que acompañar es un acto que también salva al que acompaña”. Y es verdad. Cuando extendemos la mano a alguien, una parte de nuestra propia vida se ordena, se ilumina, se reconcilia consigo misma.

“El mayor mal es la indiferencia hacia la vida humana«
— Albert Schweitzer (Reverence for Life, 1966)

Cuando el silencio del otro duele más que la enfermedad

Quien ha vivido una pérdida, una depresión, un diagnóstico difícil o simplemente un periodo largo de soledad, sabe lo que significa mirar el celular esperando un mensaje que nunca llega. A veces no se necesita dinero, soluciones ni discursos: sólo saber que alguien está ahí. Rainer Maria Rilke lo expresó con ternura y sencillez: “Amar también es estar cerca cuando lo lejos pesa demasiado” (Cartas a un joven poeta, 1929). La cultura de la productividad ha reemplazado los vínculos por funcionalidades. Es más fácil dar un “like” que dar tiempo; más cómodo mandar un emoji que sostener un silencio incómodo. Pero lo humano —lo verdaderamente humano— se juega en la presencia, no en la eficiencia.

Los cuidadores —médicos, enfermeros, psicólogos, psicoanalistas, acompañantes de duelo— lo saben bien. Muchas veces no pueden curar, pero sí pueden acompañar. Y eso basta. Winnicott afirmaba: “La salud psíquica se construye en la experiencia de que alguien nos sostiene cuando no podemos sostenernos solos”. Es quizás una de las verdades más olvidadas de nuestro tiempo. La indiferencia, en cambio, hiere. No sólo al que la recibe: también al que la practica. La incapacidad de acercarnos al dolor ajeno termina convirtiéndose en una incapacidad de acercarnos al nuestro.

Volver a mirar al otro: un deber humano y urgente

¿Cómo reparar esta fractura? No se trata de grandes gestos heroicos, sino de pequeñas decisiones diarias. Mirar. Preguntar. Tocar la puerta. Escribir. Llamar. Estar. Como escribió Albert Camus: “No camines detrás de mí; puede que no te guíe. No camines delante de mí; puede que no te siga. Camina a mi lado y sé mi amigo” (Carnets, 1964). Caminar al lado: eso basta. El acompañamiento transforma porque reconoce la dignidad del otro. No importa cuán frágil, cuán cansado, cuán enfermo esté alguien: sigue siendo un mundo entero. Kraus lo repetía una y otra vez: “La dignidad del paciente es innegociable y comienza por tratarlo como un interlocutor, no como un estorbo” (Decir salud, 2011).

La empatía no es sólo sensibilidad; es responsabilidad. Es elegir conscientemente no dejar a nadie solo. Es entender que un gesto nuestro puede cambiar el curso de un día, o incluso de una vida. Y que si no lo hacemos nosotros, quizá nadie más lo hará. Estamos a tiempo de recuperar una cultura del cuidado. Pero sólo sucederá si dejamos de usar la excusa del “no me corresponde” para justificar nuestra ceguera emocional.

Reflexión final

Queridos lectores, alguien cerca de ustedes —un amigo, un vecino, un familiar, un compañero de trabajo— está pasándola mal sin decir una palabra. No esperen a que pida ayuda. Las personas más heridas suelen callar porque sienten que no quieren ser una carga. Que esta entrada sea una invitación clara: acérquense. Manden ese mensaje. Toquen esa puerta. Hagan esa llamada. Como decía Arnoldo Kraus: “Acompañar es un acto de humanidad que nunca está de más”. Y quizás —sólo quizás— ese gesto suyo será el primer rayo de luz en la noche de alguien.

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Perder a personas buenas

“La bondad es la única inversión que nunca falla».
—Henry David Thoreau

Queridos(as) lectores(as):

Hay pérdidas que desordenan la vida entera, no por su violencia sino por su silencio. Perder a una persona buena no es como perder a cualquiera: es como si un lenguaje desapareciera del mundo, un modo de ser que sostenía cosas que uno nunca vio del todo. A las personas buenas solemos darlas por hecho. Asumimos que su paciencia es infinita, que su presencia es inquebrantable, que su comprensión es automática. Creemos —desde un lugar inconsciente, casi infantil— que siempre estarán ahí, sosteniendo lo que nosotros no queremos mirar. Y esta ilusión, tan cómoda como peligrosa, es la que nos prepara para un duelo especialmente cruel. En este encuentro les propongo pensar no en la pérdida en sí misma, sino en la dinámica que la antecede: esa mezcla de ceguera afectiva, egoísmo cotidiano, fantasmas inconscientes y roles que repetimos sin darnos cuenta. Parafraseando a Freud: “No somos dueños de nuestra propia casa”. Y cuando en esa casa interna vive la comodidad, el miedo o la dependencia, la bondad ajena puede volverse un recurso que se exprime, no un vínculo que se cuida.

La idea no es idealizar a nadie. Las personas buenas también tienen fallas, contradicciones, impulsos, sombras. Friedrich Nietzsche y Vincent Van Gogh —dos ejemplos que retomaremos— fueron tan sensibles como difíciles, tan nobles como irascibles. Pero la injusticia con la que se les trató en vida no desaparece por reconocer sus defectos. Si algo muestran sus historias es que la bondad, cuando se combina con la vulnerabilidad, queda a merced de quienes no saben verla. Hoy reflexiono sobre esto porque se ha vuelto un hábito peligroso en nuestra época: el de pensar que el otro tiene que soportarnos. Y cuando por fin la persona buena se rompe, quien queda atrás suele acomodarse en el papel más cómodo de todos: el de la víctima. De eso se trata este texto: de mirar con honestidad lo que perdemos y lo que repetimos.

La ilusión de que la bondad es inagotable

La mayoría de nosotros lleva en el inconsciente una idea muy infantil: que la persona que nos quiere es una fuente inagotable. Como señalaba Donald Winnicott: “Dar es fácil si uno ya ha recibido lo suficiente” (El niño, la familia y el mundo exterior, 1964). Pero esa fantasía de abundancia se convierte en un permiso silencioso para abusar, exigir, presionar o ignorar. Cuando alguien es bueno, paciente y dispuesto, nuestra mente se acomoda: baja la guardia, deja de esforzarse y empieza a dar por hecho lo que debería agradecerse con cuidado. Es normal que esto no se vea mientras ocurre. La rutina tiene la habilidad de volver invisible lo esencial. Uno piensa: “Ya mañana cuido esto”, “Ya le explicaré mejor”, “Puede esperar”, “No pasa nada, me conoce”. Esa postergación continua es precisamente lo que desgasta. Las personas buenas suelen avisar poco y soportar mucho; ahí está el riesgo. Entre más avisos callados dan, más creemos que no necesitan nada o que siempre podrán con todo.

Esta ilusión se alimenta de una premisa falsa: que la bondad equivale a fortaleza inquebrantable. Pero no es así. La bondad es una sensibilidad fina, una forma de escucha, una ética afectiva. No es un escudo. De hecho, a veces es todo lo contrario: un punto vulnerable expuesto. Como escribió Rainer Maria Rilke: “Ser amado es consumirse” (Cartas a un joven poeta, 1929). La persona buena se desgasta en silencio mientras sostiene más de lo que puede nombrar. Y cuando finalmente se cansa, cuando ya no puede más, el golpe suele sentirse injusto porque nadie vio venir lo que estaba desgastado desde hace años. Pero no estaba oculto: simplemente nos acostumbramos a no mirar. La bondad se volvió paisaje.

La tragedia de los incomprendidos

Friedrich Nietzsche no sólo sufrió la incomprensión de una época entera; también la de su propio círculo. Era un hombre profundamente sensible, torpe para expresarse emocionalmente y con una necesidad enorme de ser escuchado de verdad. En sus cartas se percibe un deseo casi infantil de compañía. Sin embargo, quienes lo rodeaban —incluida Lou Andreas-Salomé— interpretaron sus gestos como exageraciones, arrebatos o debilidades. Su bondad, esa docilidad íntima que escondía bajo su dureza escrita, quedó eclipsada por su carácter difícil. El resultado fue un aislamiento progresivo. Como él mismo advirtió: “Lo que se hace por amor siempre acontece más allá del bien y del mal” (Más allá del bien y del mal, 1886). Y aun así nadie supo comprenderlo. Vincent van Gogh vivió algo parecido. Su capacidad de amar era tan intensa que se volvía torpe, desbordada, casi dolorosa. Theo lo entendió mejor que nadie, pero el resto del mundo lo redujo a sus arrebatos y a su desesperación. La Historia parece olvidar que Van Gogh cocinaba para desconocidos, daba su comida a otros, regalaba dibujos a quien lo necesitaba, escribía cartas donde suplicaba cariño. Era un hombre bueno, pero cargado de una sensibilidad sin defensas. Como escribió en una de sus cartas: “No tengo otra cosa que mi trabajo, mi miseria y mi corazón” (Cartas a Theo, 1888).

Ambos —Nietzsche y Van Gogh— fueron figuras complejas, por momentos insoportables, sí. Pero también fueron hombres profundamente buenos a quienes se trató con una dureza desproporcionada. Su tragedia no fue sólo su enfermedad, sino la incapacidad de quienes los rodeaban para ver la fragilidad que intentaban ocultar. Cuando ellos se quebraron, los mismos que los criticaron se sorprendieron. Siempre pasa así con la gente buena: nadie imagina que pueden romperse hasta que ocurre. Estas vidas muestran que la bondad, sin cuidado, se convierte en blanco fácil: se malinterpreta, se exige sin reciprocidad, se explota. Y cuando el bueno se derrumba, el entorno culpa a la “inestabilidad”. Nunca a su propio descuido.

«Nunca pensé que te irías, porque siempre estabas ahí para mí»

Roles, fantasías y cegueras

El psicoanálisis tiene una respuesta clara frente a estas dinámicas: lo que no se elabora se actúa. Freud lo dijo con precisión: “El que no recuerda, repite” (Psicopatología de la vida cotidiana, 1901). Cuando una persona buena entra en nuestra vida, el inconsciente tiende a colocarla en el lugar del cuidador ideal, del sostén perfecto, de la figura que no falla. Ahí nacen los roles peligrosos: el que exige, el que se descuida, el que se vuelve dependiente, el que se cree con derecho. Estas fantasías no son conscientes. Uno no se levanta diciendo: “Hoy voy a usar a esa persona buena como objeto”. No. Ahí radica la crueldad sutil: la persona se convierte en soporte psicológico sin que nadie lo decida. Es el inconsciente compensando vacíos: heridas infantiles, abandonos previos, modelos relacionales torcidos. Se espera del otro lo que no se recibió antes; se exige lo que la propia Historia no pudo dar.

El problema es que la persona buena suele aceptar ese rol con naturalidad, casi sin darse cuenta. Quiere cuidar, quiere acompañar, quiere amar. Pero ese deseo también tiene un límite. Winnicott lo explicó al hablar de las madres suficientemente buenas: incluso el cuidado más profundo necesita reciprocidad. La ausencia de esa reciprocidad genera resentimiento, agotamiento y tristeza. Cuando la persona buena empieza a cansarse y a marcar límites, el otro suele reaccionar con sorpresa o con enojo. “¿Qué hice?”, “¿Por qué está distante?”, “Antes no era así”. Pero esa sorpresa es apenas evidencia de la ceguera: la bondad ajena se asumió como incondicional. Y nada lo es.

Cuando se van, no es por capricho

La salida de una persona buena no es una salida impulsiva. Es una salida acumulada. Detrás hay años de avisos silenciosos, de heridas pequeñas, de cargas no distribuidas. Como escribió Albert Camus: “El cansancio viene primero, luego la fatiga de tener que seguir siendo uno mismo ante los otros” (El hombre rebelde, 1951). Esa frase podría aplicarse a cualquier vínculo donde la bondad se ha convertido en sostén unilateral. Cuando una persona buena se va, rara vez lo hace con escándalo. Lo hace agotada, drenada, deshecha. Lo hace porque ya no tiene recursos afectivos para negociar ni para explicarse. Lo hace porque quedarse sería una forma de autoabandono. Y, sobre todo, lo hace porque entender que uno merece cuidado también es un acto de dignidad. Muchos creen que la salida de una persona así es injusta. “Se fue sin avisar”, “Se cansó de la nada”, “Yo también sufría”.

Es cierto que todos sufren. Pero hay una verdad incómoda: la persona buena, antes de irse, ya estaba rota desde hace tiempo. La ruptura visible es sólo el último capítulo de una historia que nadie quiso leer. Es doloroso entender esto porque nos obliga a mirarnos con radical honestidad. Reconocer que el otro aguantó demasiado revela algo sobre nuestras propias dinámicas: la falta de escucha, la comodidad, la exigencia solapada. Y aceptar esto es el inicio de un duelo real, no del duelo romántico donde uno se pinta como inocente. Cuando se pierde a una persona buena, no se pierde sólo un vínculo: se pierde un espejo. Uno que mostraba quiénes éramos realmente con ella.

El refugio más cómodo para quien no quiere cambiar

Lo más triste ocurre después: los que se quedan solos suelen contarse una historia donde ellos son las víctimas. Esa narrativa funciona como defensa. Melanie Klein escribió: “El dolor por el daño causado puede transformarse en persecución imaginaria” (Envidia y gratitud, 1957). Es decir: es más fácil sentir que el otro “nos abandonó” que aceptar que lo desgastamos. Esa versión del relato acomoda todo: “Yo di más”, “No valoró lo que tenía”, “Siempre fui yo quien sostuvo”, “No era tan buena como parecía”. Es un mecanismo clásico para evitar la culpa y preservar la autoimagen. Pero es una trampa porque no permite el crecimiento: quien se cree víctima no cambia nada.

Esa postura también borra la responsabilidad afectiva: elimina la necesidad de revisar los propios gestos, palabras, descuidos, silencios. La persona buena queda convertida en culpable por irse, por poner límites, por cansarse. Y eso es profundamente injusto. Además, esta victimización tiene un efecto devastador: perpetúa el ciclo. Quien no ve sus propios patrones tiende a repetirlos en relaciones futuras. Cambia la persona, pero el guión sigue intacto: exigencia, desgaste, sorpresa, abandono, victimización. La tragedia se repite porque no se piensa. Salir de esta postura requiere un acto de madurez: reconocer que la bondad es una responsabilidad compartida. Que ninguna persona buena está obligada a quedarse donde se siente usada. Y que, si se va, el deber es mirar hacia adentro, no culpar hacia afuera.

Reflexión final

Perder a una persona buena duele porque nos confronta con lo que pudimos hacer y no hicimos. Con lo que dimos por sentado. Con lo que asumimos como eterno. Pero también puede abrir una puerta: la del crecimiento auténtico. Cuidar mejor, escuchar mejor, agradecer mejor. Como escribió Simone Weil: “La atención es la forma más rara y más pura de generosidad” (A la espera de Dios, 1950). Tal vez de eso se trate: de aprender a mirar antes de perder. Querido lector, las preguntas finales son sencilla pero urgente: ¿A quién estás dando por sentado hoy? ¿Y qué podrías hacer mañana para que esa persona no se rompa en silencio?


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Guía para lidiar con la incertidumbre

“El que no sabe hacia qué puerto navega, ningún viento le es favorable”.

— Séneca

Queridos(as) lectores(as):

La incertidumbre no es sólo un estado emocional; es una estructura del mundo. Nadie llega a la vida con un mapa completo ni con las instrucciones para sobrevivir al caos. Desde que somos niños, intuimos que algo es frágil, que nada está asegurado, que lo que amamos puede cambiar o perderse. Y sin embargo, también intuimos que hay una manera de vivir con ello sin destripar el alma.

Este encuentro es una invitación a mirar la incertidumbre de frente, no como un monstruo enemigo, sino como un viejo representante de la condición humana. Desde los filósofos griegos hasta los pensadores modernos, y desde la clínica psicoanalítica hasta nuestras experiencias cotidianas, aprender a vivir con lo incierto no es un lujo intelectual: es un acto de salud mental, espiritual y humana.

Aprender a mirar el mundo sin certezas

Los griegos antiguos lo sabían: la vida es inestable. Heráclito afirmaba: «Todo fluye, nada permanece» (Fragmentos, siglo V a.C.). Para él, lo incierto no era una amenaza sino la textura misma del ser. La sabiduría consistía, entonces, en moverse con el río, no en fosilizar el agua. Aristóteles retomó esta intuición desde otro ángulo. En la Ética a Nicómaco (ca. 340 a.C.), distingue entre el conocimiento teórico —cierto, estable— y la acción humana, siempre sujeta a lo imprevisible. Nadie puede tener certeza absoluta sobre decisiones que dependen de circunstancias cambiantes. La incertidumbre no es error: es la materia prima de la deliberación moral.

Los estoicos dieron otro paso. Para ellos, el mundo está lleno de eventos fuera de nuestro control, y el sufrimiento comienza cuando queremos dominar lo que no se deja dominar. Epicteto lo dijo con claridad quirúrgica: “Hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no” (Enquiridión, siglo I). Saber distinguir ambas es la primera forma de libertad interior. Y finalmente, los romanos —más prácticos y teatrales— convirtieron la incertidumbre en disciplina espiritual. Séneca llamó a esto praemeditatio malorum, la anticipación sensata de los males posibles. No para vivir con miedo, sino para no colapsar cuando la vida sorprende. Los clásicos no eliminaron la incertidumbre. Pero nos enseñaron algo decisivo: la incertidumbre sólo destruye a quien cree que está exento de ella. Para los griegos y romanos, la serenidad no es certeza, es preparación interior.

Cuando la incertidumbre se vuelve existencial

San Agustín, mucho antes de Kierkegaard, entendió que la verdadera inseguridad no proviene del mundo, sino del interior. En Confesiones (397 d.C.) reconoce: «Me he convertido para mí mismo en una tierra difícil». La incertidumbre es existencial porque nace de no saber quién soy frente a Dios, frente a mí, frente al tiempo, frente al mundo. En él, la incertidumbre se vuelve una pregunta: ¿qué deseo?, ¿dónde se apoya mi corazón?, ¿qué permanece cuando todo se mueve? Con la modernidad llegó el sueño de control. Descartes busca una verdad indudable, una base firme para construir conocimiento. Pero incluso él comienza su proyecto aceptando que todo puede engañarnos. “Es prudente no confiar nunca en quienes nos han engañado una vez” (Meditaciones, 1641). La filosofía moderna nace de la sospecha. Y, aunque consigue su punto firme —el famoso Cogito—, lo que sigue está lejos de ser estable: el mundo, el cuerpo, el otro… todo sigue siendo incierto.

Kierkegaard es quien finalmente da nombre a lo que hoy sentimos. En El concepto de la angustia (1844) afirma: “La angustia es el vértigo de la libertad». La incertidumbre aparece ahí donde hay posibilidad. Sin incertidumbre, no habría elección; sin elección, no habría yo. Por eso Kierkegaard no propone vencer la incertidumbre, sino habitarla como condición de la fe, de la existencia y del riesgo de amar. Nietzsche empuja más lejos esta intuición. Si la vida es creación, entonces no puede estar asegurada. En La gaya ciencia (1882) escribe: “Tenemos que convertirnos en los poetas de nuestra vida”. Y ningún poeta vive con garantías. Para Nietzsche, sólo quien acepta el desorden puede crear sentido.

Velocidad, ansiedad y control

Hoy la incertidumbre no es metafísica: es cotidiana. Trabajo inestable, vínculos que se diluyen, noticias que nos sobresaturan, decisiones que parecen urgentes. La velocidad produce ansiedad porque no deja espacio para la elaboración interior. Zygmunt Bauman lo resume en un gesto: “La modernidad líquida no mantiene su forma por mucho tiempo” (2000). Vivimos obsesionados con los planes, los seguros, los pronósticos, los métodos infalibles. Pero cuanto más control queremos, más miedo sentimos. Byung-Chul Han lo diagnostica así: “La sociedad del rendimiento se agota a sí misma” (La sociedad del cansancio, 2010). El intento de tenerlo todo bajo control nos deja sin aire.

La incertidumbre no sólo se piensa: se siente. Aparece como insomnio, presión en el pecho, irritabilidad, ansiedad o cansancio crónico. El cuerpo se vuelve portavoz de lo que la mente intenta silenciar. Las redes sociales nos han acostumbrado a respuestas instantáneas. No sabemos esperar, no sabemos dudar, no sabemos estar sin saber. Y, paradójicamente, eso nos hace sentir más frágiles.

“La duda no es una condición agradable, pero la certeza es absurda«.
-Voltaire, carta a Federico II de Prusia (1767)

Psicoanálisis e incertidumbre

El psicoanálisis no promete respuestas claras ni soluciones rápidas. Lo dijo Freud: “Donde ello era, yo debo advenir” (Nuevas conferencias, 1933). El trabajo analítico no elimina el caos: permite que el yo se vuelva más capaz de soportarlo sin desmoronarse. La incertidumbre no desaparece: deja de aterrarnos. Winnicott, en Realidad y juego (1971), describe el espacio transicional: ese lugar entre lo interno y lo externo donde aprendemos a relacionarnos sin perder el sentido. En análisis, ese espacio permite que el paciente deje de actuar su angustia y comience a pensarla. La incertidumbre no se aplasta: se piensa, se elabora, se transforma.

Lacan dice en el Seminario 11 (1964): “El deseo es la falta de ser». La incertidumbre es el eco estructural de esa falta. No saber del todo quién soy, qué quiero o qué espera el otro no es un defecto: es la estructura que permite existir, desear, amar. Mucho de lo que somos opera fuera de la conciencia. La incertidumbre es también el signo de que el inconsciente está trabajando. En análisis, lo que parecía pura angustia comienza a organizarse en sentido.

Hacia una guía personal para vivir con la incertidumbre

1. Pensar lentamente lo que la vida quiere rápido

Haz pausas. Camina. Respira. Escribe. La incertidumbre se vuelve monstruo cuando no le damos palabras. Cada vez que nombras lo que temes, pierdes un poco menos de ti mismo.

2. Diferenciar lo controlable de lo incontrolable

Pregúntate:

  • ¿Esto depende de mí?
  • ¿Depende del tiempo?
  • ¿Depende del otro?
  • ¿Depende del azar?

Lo que depende de ti: actúa.
Lo que no depende de ti: acéptalo sin rendirte.

3. No decidas en crisis

La angustia exige movimiento, pero casi siempre hacia el error. Espera a que baje la ola. La incertidumbre se piensa en serenidad, no en tormenta.

4. Busca sostén: afectivo, clínico, espiritual

Nadie atraviesa lo incierto solo sin romperse. Tener un analista, un amigo, una comunidad o un espacio espiritual no es debilidad: es cordura.

Reflexión final

La incertidumbre no es un enemigo del que haya que defenderse. Es una forma de madurez. Nadie tiene la vida resuelta. Nadie sabe lo que pasará mañana. Y, sin embargo, aquí estamos: pensando, amando, eligiendo, caminando a tientas con la dignidad de quien sigue intentando. Te dejo una pregunta sencilla y brutal: ¿Qué parte de ti podrías dejar de controlar hoy, sólo para respirar mejor mañana?


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