“No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada».
—Fernando Pessoa
Queridos(as) lectores(as):
Hay días —y a veces semanas enteras— en los que uno no está triste, ni deprimido, ni en crisis. Simplemente está… aburrido de vivir lo mismo. El despertador suena, el café sabe igual, el trayecto es el de siempre, las conversaciones se repiten, y uno cumple con una eficacia casi heroica… pero sin gusto. No es un problema de gratitud. No es que no sepamos reconocer lo bueno. Es otra cosa, más difícil de confesar: los días ya no tienen chiste. No pasa nada malo, pero tampoco pasa nada que valga la pena contar. Y ese “nada” empieza a doler.
Este malestar suele vivirse en silencio porque no queda bien decirlo. ¿Cómo explicar que estás cansado cuando “todo está en orden”? ¿Cómo justificar el hastío cuando aparentemente no falta nada? Así, uno aprende a callar y a seguir, como personaje secundario de su propia vida. De eso va esta entrada. No de motivar, no de sacudir con frases bonitas. Va de nombrar ese desgaste, ese vivir en modo repetición que no mata, pero va apagando algo por dentro.
Cuando la rutina deja de sostener
La rutina puede ser una estructura que cuida. Ordena, contiene, permite avanzar. Pero también puede volverse una jaula suave, acolchada, sin barrotes visibles. Todo funciona… demasiado bien. Cada día es correcto, predecible, idéntico al anterior. El problema no es la repetición en sí, sino la repetición sin horizonte. Cuando nada nuevo puede aparecer porque todo ya está decidido, la vida pierde relieve. No hay expectativa, sólo ejecución. Uno ya no espera el día: lo administra.
Cesare Pavese lo anotó con una sequedad brutal en su diario cuando escribió: “La costumbre es una gran anestesia” (El oficio de vivir, 1940). No hablaba sólo del trabajo como costumbre, sino del vivir reducido a función, a rendimiento continuo sin resonancia interior. Y entonces pasa algo curioso: estamos ocupados, pero no implicados. Hacemos muchas cosas, pero ninguna nos toca. Como en la serie The Office (2005-13), donde todo es rutina absurda, sólo que sin la cámara que nos permita reírnos de nosotros mismos.
El aburrimiento que duele
No todo aburrimiento es igual. Hay uno ligero, casi simpático: no saber qué hacer un domingo. Y hay otro más hondo, más silencioso, que aparece cuando nada de lo que haces te importa demasiado. Este aburrimiento no se quita con planes. Puedes cambiar de serie, de café, de ruta, incluso de ciudad, y llevarte contigo el mismo vacío. Porque no es falta de estímulos, es falta de sentido. Todo parece intercambiable. Todo da más o menos lo mismo.
Aquí el sufrimiento no grita. Se instala. Es el “meh” existencial. La vida sigue, pero sin peso específico. Como en BoJack Horseman (2014-20), cuando el protagonista lo tiene todo y aún así dice, con una honestidad incómoda, que nada le alcanza. Fernando Pessoa lo expresó con crudeza al escribir: “Mi alma es un escenario oculto donde se representan piezas distintas” (Libro del desasosiego, 1913). No hay drama visible, pero dentro todo se siente fragmentado, sin unidad ni entusiasmo.
Vivir en modo repetición
Hay días que parecen copias mal impresas del anterior. Uno podría confundirlos sin problema. Si alguien te pregunta qué hiciste el martes pasado, dudas. No porque haya pasado algo terrible, sino porque no pasó nada distintivo. La cultura pop lo entendió bien en la película Groundhog Day (1993): el castigo no es repetir el día, sino saber que nada cambia. Que todo se repite sin aprendizaje, sin transformación, sin sorpresa. Eso es lo verdaderamente insoportable.
Cuando la vida se vuelve puro loop, el deseo se debilita. No muere, pero se vuelve perezoso. Ya no empuja. Y uno empieza a vivir como quien hace scroll infinito: sin expectativa real de encontrar algo distinto. Aquí no hay pereza moral ni falla de carácter. Hay cansancio. Un cansancio fino, educado, que no se nota desde fuera, pero que pesa como plomo por dentro.

— BoJack Horseman
El mandato moderno de disfrutar
A este desgaste se suma una presión muy contemporánea: tienes que disfrutar tu vida. Si no estás motivado, algo haces mal. Si no te entusiasmas, revisa tu actitud. Si no sonríes, agradece más. Este mandato vuelve el aburrimiento doblemente doloroso, porque además de aburridos nos volvemos culpables. “Con todo lo que tengo, ¿cómo me atrevo a sentirme así?”. Y entonces no sólo vivimos en modo repetición, sino en silencio.
Albert Camus advirtió este engaño cuando escribió que “el hastío viene al término de los actos de una vida maquinal” (El mito de Sísifo, 1942). No es que la vida carezca de valor, es que ha sido reducida a automatismo. Así, fingimos entusiasmo. Subimos historias. Cumplimos. Y por dentro pensamos: otra vez lo mismo. Como si vivir fuera una obligación que hay que ejecutar con buena cara.
Cuando nada está mal, pero algo falta
Este es el punto más difícil de aceptar: no hay un enemigo claro. No hay tragedia, no hay desastre, no hay a quién culpar. Y por eso mismo cuesta legitimar el malestar. Muchos dicen: “No me pasa nada”. Y es verdad. Pero justo ahí está el problema: ya no pasa nada. Nada que conmueva, nada que sorprenda, nada que haga decir “valió la pena hoy”.
En clínica, esta vivencia aparece una y otra vez. Personas funcionales, responsables, comprometidas… que ya no sienten alegría ni tristeza profunda. Sólo una planicie emocional donde todo es correcto y, a la vez, insuficiente. No es falta de gratitud. Es una señal: el alma está pidiendo algo que no sabe nombrar. Y mientras no se nombre, se manifiesta como aburrimiento.
No todo cansancio pide una solución
Hay cansancios que no se arreglan. Se atraviesan. No con recetas, sino con verdad. A veces el primer gesto no es cambiar la vida, sino dejar de mentirse sobre cómo se la está viviendo. Nombrar el hastío no lo elimina, pero lo vuelve humano. Pensable. Compartible. Es preferible a anestesiarse con distracciones o a exigirse entusiasmo artificial.
Tal vez el chiste de los días no vuelve de golpe. Tal vez no vuelve como antes. Pero algo cambia cuando uno deja de pelearse con lo que siente y empieza a escucharlo. Porque incluso en el cansancio de lo igual, hay una pregunta viva esperando ser atendida. Y mientras haya pregunta, la vida —aunque opaca— todavía no está cerrada.
Reflexión final
¿Desde cuándo tus días se sienten iguales? ¿Te permites reconocer ese cansancio sin juzgarte? ¿Estás viviendo… o sólo cumpliendo?
Gracias por leer Crónicas del Diván. Si este texto te resonó, te invito a comentar: escribir también es una forma de no vivirlo a solas. Puedes seguir el blog, escribirme por Contacto, o acompañarme en Instagram @hchp1.
Aquí seguimos, pensando juntos lo que a veces cuesta decir…

