Martín Fierro o la dignidad del que sobra

«El ser gaucho es un delito»

—José Hernández

Queridos(as) lectores(as):

Cuando yo era niño, mi mamá me leía Martín Fierro (1872) con una paciencia que hoy entiendo mejor. No lo leía “para que yo aprendiera literatura”, ni para que me volviera solemne, ni para presumir cultura: lo leía como se acompaña a alguien a cruzar un campo grande, de noche, con una linterna chiquita pero fiel. Y lo más importante es esto: ella no suavizaba el texto, pero sí me suavizaba a mí el mundo. Me enseñaba que una obra dura puede leerse desde un lugar tierno, y que esa ternura no es ingenuidad: es fuerza.

Con los años, a Martín Fierro lo vi reducido a dos o tres frases sueltas, a una especie de “manual de citas” que se repite sin respiración. Y sin embargo, si uno lo escucha de verdad, lo que aparece es otra cosa: una historia de expulsión, de intemperie, de humillación legalizada, de desarraigo, y también de una dignidad que no es épica ni decorativa, sino la dignidad mínima del que no quiere dejarse convertir en animal domesticado por el abuso. Hoy, en esta entrada, quiero hacer contigo lo que mi mamá hacía conmigo: acompañarte. No imponerte el libro como deber, sino ofrecerlo como conversación. Daniel Pennac, escritor y profesor francés, lo dijo con una claridad deliciosa: “El verbo leer no tolera el imperativo” (Como una novela, 1992). Ese será nuestro tono: sin látigo, sin pose, sin superioridad. Solo un texto grande mirado de frente, con cuidado.

La expulsión: cuando la ley empuja

Hay un punto en Martín Fierro donde la frase deja de ser literatura y se vuelve diagnóstico social: “Él anda siempre juyendo, / siempre pobre y perseguido, / no tiene cueva ni nido / como si juera maldito… / …el ser gaucho es un delito» (El gaucho Martín Fierro, 1872). No es una metáfora bonita: es el retrato de alguien a quien el sistema ya decidió tratar como culpable antes de que haga nada. No se lo juzga por un acto: se le juzga por ser quien es. Cuando mi mamá me leía esa parte, no me decía “mira qué injusto el Estado” con un discurso grande. Me decía cosas simples, casi domésticas: “Fíjate: lo persiguen aunque no haya hecho nada. A veces, negrito, a la gente la castigan por existir». Y esa frase —dicha en voz bajita— me enseñó más sobre el dolor social que muchas clases. Porque la ternura, cuando es verdadera, no es ceguera: es una manera de mirar sin volverse cruel.

Fierro cuenta su historia desde un lugar que duele: “Ninguno me hable de penas, / porque yo penando vivo…” (El gaucho Martín Fierro, 1872). Es el tipo de verso que uno entiende distinto según la edad. De chico, yo lo oía como lamento. De grande, lo oigo como algo más serio: una advertencia. Hay sufrimientos que no son “un mal día”, sino un modo de vivir. Y cuando eso pasa, el mundo se llena de gente que opina desde afuera con una ligereza insoportable. Quizá por eso este libro incomoda: porque no es folklore simpático, sino un espejo. Un espejo que nos pregunta —sin pedir permiso— cuántas veces hemos visto a alguien quedar fuera (del trabajo, de la familia, del respeto, de la escucha) y hemos dicho: “seguro algo hizo”. Fierro muestra cómo la expulsión se vuelve costumbre, y cómo la costumbre se disfraza de normalidad. Y esa, me parece, es una de las violencias más finas: cuando lo injusto ya ni siquiera sorprende.

Desarraigo: no tener dónde caer vivo

El desarraigo en Martín Fierro no es postal romántica de “vida libre”: es intemperie real. “No tiene cueva ni nido”, dice el poema (El gaucho Martín Fierro, 1872). Y ahí hay una verdad psíquica brutal: cuando alguien no tiene lugar, empieza a dudar de su derecho a existir. No se trata sólo de techo; se trata de pertenencia. De la sensación íntima de que hay un sitio para uno en el mundo. Mi mamá, cuando leía esas estrofas, bajaba un poco la voz. Como si el texto mismo pidiera más cuidado. Y yo, sin saberlo, aprendía una lección de vida: que hay dolores que no se arreglan con frases motivacionales, y que acompañar a alguien no significa resolverle todo, sino no abandonarlo en la intemperie de su propia historia.

Fierro, además, muestra que el desarraigo tiene una segunda herida: la de la mirada ajena. El que vive “rumbiando para otro pago” no sólo está lejos; también está bajo sospecha. Y eso se parece más de lo que creemos a lo que muchas personas viven hoy: el que “no encaja” es rápidamente etiquetado; el que no tiene red es leído como amenaza; el que no tiene palabras elegantes es tratado como inferior. No es poesía vieja: es presente con otro disfraz. Michèle Petit, antropóloga e investigadora francesa de la lectura, habla de algo que me encanta porque nombra con precisión lo que mi mamá hacía sin teorizarlo: la cultura —y especialmente la lectura— puede ayudar a “construir, paso a paso, un mundo habitable” (Leer el mundo: experiencias actuales de transmisión cultural, 2015). Eso, exactamente eso, era su lectura: una forma de volver habitable lo que podía asustar, entristecer o confundir.

«Los hermanos sean unidos,
porque ésa es la ley primera;
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea».
—José Hernández

La dignidad del que sobra

Hay una dignidad que no grita. No es la dignidad del héroe, sino la dignidad del que no quiere ser reducido. Martín Fierro tiene versos donde el canto aparece como refugio: “Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela… / …como la ave solitaria / con el cantar se consuela” (El gaucho Martín Fierro, 1872). No es “cantar por alegría”: es cantar para no quebrarse. Para no dejar que el dolor sea lo único que hable. Y aquí aparece algo que a mí me parece central: el canto de Fierro no es un adorno estético; es una manera de sostener la identidad cuando todo alrededor quiere disolverla. Cuando te persiguen, cuando te nombran “vago”, cuando te tratan como delito, la dignidad consiste, a veces, en lo mínimo: seguir hablando con tu voz, no con la voz que te impusieron.

Mi mamá me enseñó esa dignidad sin decir la palabra “dignidad”. Me decía: “Mira: él canta. No para lucirse. Canta para no perderse”. Y yo veía —sin entender del todo— que hay resistencias que no se ven en pancartas: están en la forma en que alguien se niega a convertirse en lo que el abuso espera. Se niega a ser puro resentimiento. Se niega a ser puro silencio. Es el Fierro que nos incomoda porque nos muestra al “sobrante” —al que no encaja, al que estorba, al que nadie presume invitar— y nos pregunta qué hacemos con él: ¿lo escuchamos?, ¿lo etiquetamos?, ¿lo usamos para un discurso?, ¿o lo dejamos solo en su desierto?

La voz que acompaña: de mi madre a esta página

Hay algo que quiero decirte con claridad: esta entrada no es sólo sobre un libro; es sobre una experiencia. La experiencia de ser acompañado por una voz amorosa mientras uno escucha un texto áspero. Esa fue mi infancia con Martín Fierro. Yo recibí un poema duro de manos de una mujer que lo volvía respirable sin quitarle verdad. Y eso, con el tiempo, se convirtió en una forma de mirar la vida: la verdad no necesita crueldad para ser verdad. Pennac tiene razón: leer no se ordena. Y sin embargo, sí se contagia. Se contagia cuando alguien lee cerca de ti sin humillarte. Se contagia cuando alguien te deja preguntar sin burlarse. Se contagia cuando alguien te enseña que un libro no es un examen, sino una compañía. Mi mamá hizo eso conmigo, y yo le tengo un cariño enorme a esa imagen: ella leyendo, yo escuchando, y el mundo —por un rato— un poco menos caótico.

Ahora me toca a mí ocupar ese lugar, pero de otro modo: no como “maestro” ni como “dueño” del texto, sino como quien se sienta al lado del lector y le dice «vamos a leer juntos«. Vamos a entrar sin prisa. Vamos a notar lo que duele. Vamos a rescatar lo que es digno. Y si algo en este poema te toca una herida —porque es probable— entonces que esta lectura no sea otra intemperie, sino un espacio donde la herida tenga lenguaje. Y aquí cierro con una imagen sencilla: si Martín Fierro es una pampa grande, no quiero soltarte ahí con un “léelo, te hará bien”. Quiero hacer lo que mi mamá hacía: caminar a tu lado, señalar lo importante, y recordarte que incluso en los textos más duros hay algo que se salva cuando alguien acompaña. Quizá, al final, de eso se trate también la vida: de no dejar que el otro atraviese sólo lo que ya es bastante difícil.

Reflexión final

¿A quién tuviste tú que te leyera el mundo cuando eras pequeño(a)? ¿Quién te explicó con paciencia lo que no entendías, sin hacerte sentir menos? ¿En qué parte de tu vida te has sentido “sobrante”, como si tu sola existencia estorbara? ¿Y a quién podrías acompañar tú hoy —aunque sea con una conversación, una presencia, una lectura compartida— para que su mundo sea un poco más habitable?

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Borges y los laberintos infinitos

«Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca».
— Jorge Luis Borges

Queridos(as) lectores(as):

Si Rayuela de Cortázar nos invitaba a saltar, Ficciones de Jorge Luis Borges (1944) nos arrastra a un laberinto donde cada pasillo conduce a otro más profundo. No es una novela ni un tratado filosófico, sino una constelación de relatos que parecen espejos entre sí. Borges no busca contarnos historias en el sentido clásico, sino recordarnos que toda historia es, en realidad, el eco de otras. La experiencia de leerlo no es tanto avanzar hacia un final, sino perderse en un juego de reflejos donde cada respuesta abre nuevas preguntas. Cuando leí Ficciones en mi adolescencia, me pasó algo extraño: estaba acostumbrado a que los libros tuvieran principio, nudo y desenlace, y de pronto Borges me enfrentó a relatos donde lo importante no era “qué pasa”, sino “cómo pasa” y “qué significa que pase”. A ratos me frustraba, a ratos me fascinaba. Fue quizá el primer libro que me enseñó que la literatura podía ser filosofía encubierta. Que un cuento sobre una biblioteca infinita era, en realidad, un tratado sobre la condición humana.

Años después, en mi juventud gracias a mi mamá, entendí que ese desconcierto inicial era precisamente lo que Borges buscaba. En una entrevista dijo: “El hecho central de mi vida fue la existencia de las palabras y la posibilidad de entrelazarlas” (Conversaciones con Osvaldo Ferrari, 1985). Lo suyo no era “contar” sino mostrar el vértigo del lenguaje. Lo descubrí una noche en que, después de una larga jornada de estudio, me quedé releyendo El jardín de senderos que se bifurcan. Cerré el libro y sentí que mi propia vida estaba hecha de bifurcaciones invisibles: cada decisión, por mínima que fuera, me había llevado hasta ese instante. Borges nos recuerda que el sentido de la vida no está en encontrar un hilo recto, sino en aprender a habitar el laberinto. Como decía Macedonio Fernández, su maestro y amigo: “Yo no escribo para que me lean, sino para que me relean” (Papeles de Recienvenido, 1929). Y tal vez la vida, como Borges, no está hecha para entenderla a la primera, sino para vivirla en constantes relecturas.

El laberinto como metáfora

Uno de los símbolos más persistentes en Ficciones es el laberinto. En “La biblioteca de Babel”, el universo entero aparece como una biblioteca infinita donde los hombres buscan, entre anaqueles interminables, un libro que les dé sentido. Esa imagen es brutalmente humana: buscamos explicaciones en medio de un mar de signos que, en su mayoría, no entendemos. Borges sabía que el laberinto no era sólo una figura literaria, sino una metáfora de nuestra condición. Recuerdo que, en mis años de juventud, pasaba tardes enteras en las bibliotecas de la UNAM, rodeado de estantes que parecían no terminar nunca. No buscaba nada concreto: hojeaba, me perdía, encontraba libros que ni sabía que existían. Borges habría sonreído ante ese extravío, porque para él perderse era ya una forma de hallazgo.

Chesterton, otro de sus grandes referentes, había escrito: “Un hombre que piensa sigue siendo un hombre, aunque piense solo” (Ortodoxia, 1908). En el laberinto borgiano, incluso la soledad es compañía porque siempre hay un libro, una palabra, un espejo. El laberinto no se resuelve: se habita. Esa es la lección más incómoda. A los adolescentes nos dicen que la vida es “trazar un camino”, pero Borges sugiere lo contrario: que la vida es aceptar que no hay mapa último. Aquí pienso en Freud, que afirmaba: “La voz del intelecto es baja, pero no descansa hasta ser oída” (El porvenir de una ilusión, 1927). En el laberinto de la mente —y del deseo— siempre habrá un murmullo que nos lleve más adentro.

«El laberinto es uno de los caminos más antiguos de la humanidad, quizá porque todos estamos perdidos en uno».
— Jorge Luis Borges, conferencia El tiempo y J. W. Dunne (1952)

El tiempo como encrucijada

En “El jardín de senderos que se bifurcan”, Borges imagina un libro-laberinto donde cada decisión abre infinitos futuros posibles. Ese relato me golpeó fuerte en mis años universitarios, cuando dudaba entre seguir el camino académico o abrirme a la escritura y la clínica. Sentía que cada elección significaba cerrar todas las demás. Borges me mostró que quizás no, que el tiempo no es una línea, sino un entramado de bifurcaciones donde todos los caminos conviven en potencia. Schopenhauer, a quien Borges leía con pasión, escribió: “El presente es lo único que existe y es lo más breve que pueda imaginarse” (El mundo como voluntad y representación, 1819). El tiempo, entonces, no es algo que poseamos, sino algo que nos escapa a cada instante.

Lo mismo decía el obispo Berkeley: “Ser es ser percibido” (Tratado sobre los principios del conocimiento humano, 1710). En Borges, el tiempo se percibe, se imagina, se multiplica, pero nunca se posee del todo. Recuerdo haber pensado, en una tarde de dudas, que cada decisión que no tomaba se convertía en un fantasma: “el Héctor que pudo haber sido”. Borges me reconcilió con esa angustia: quizás todos esos Héctor posibles existen en algún jardín de senderos que se bifurcan. Y que la angustia de elegir —como diría Lacan— no es señal de error, sino de libertad.

Espejos y duplicaciones del yo

Otro de los motivos de Borges son los espejos. En “Borges y yo” escribe: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas” (El hacedor, 1960). La fractura entre el que vive y el que escribe, entre el que piensa y el que actúa, es algo que cualquier lector experimenta. Y también, en cierto modo, cualquier analizante: el yo nunca coincide consigo mismo. Freud ya lo había advertido: “El yo no es dueño en su propia casa” (Introducción al psicoanálisis, 1917). En mi juventud me pasó algo curioso: leía a Borges y sentía que había un “yo lector” distinto del “yo que vivía la vida real”. El primero se maravillaba, el segundo se preocupaba por el día a día. Y ambos parecían no encontrarse. De hecho, en alguna conversación que tuve con mi querida maestra y amiga, Lourdes Penella Jean, le decía «deja que me pregunte luego qué quise decir cuando no dije nada… pero que no me escuche, no sea que me juegue otra mala pasada».

Bioy Casares, en sus memorias, recordaba: “La amistad con Borges fue una conversación ininterrumpida que duró más de cincuenta años” (Memorias, 1994). Quizá eso somos: conversaciones ininterrumpidas con distintos yos que nunca acaban de encontrarse. El espejo no sólo refleja: multiplica. En la adolescencia, uno suele querer una identidad sólida, clara. Borges nos muestra que lo humano es, precisamente, aceptar que somos varios. Winnicott lo dijo con ternura: “Una vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir” (Realidad y juego, 1971). Y quizás esa multiplicidad de yos que llevamos dentro sea, más que un problema, una oportunidad para vivir más de una vida en la misma existencia.

El vértigo del infinito

Si algo caracteriza a Borges es su fascinación por lo inabarcable. En “La biblioteca de Babel” dice: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales” (Ficciones, 1944). No se trata de resolver el enigma, sino de aprender a habitarlo. En mi juventud me obsesionaba con entenderlo todo: quería que la filosofía me diera respuestas claras, que la teología me explicara a Dios, que el psicoanálisis me mostrara el mapa del alma. Borges me enseñó lo contrario: que lo humano es reconocer los límites. Como escribió él mismo: “La identidad personal es una superstición” (Otras inquisiciones, 1952). Y en ese reconocimiento del límite hay una forma de libertad.

A veces, cuando camino por las calles de la Ciudad de México y veo librerías, pienso en esa biblioteca infinita. Sé que nunca leeré todos los libros, y en lugar de angustiarme, sonrío. Bioy lo resumió mejor: “Él me enseñó que toda gran literatura es también una forma de juego” (entrevista, 1980s). Y sí, tal vez el infinito no está para comprenderse, sino para jugar con él.

Reflexión final

Ficciones nos recuerda que la vida no es un relato lineal, sino un laberinto de bibliotecas, espejos y bifurcaciones donde cada paso abre nuevas posibilidades. Borges nos invita a perder el miedo a no abarcarlo todo y a disfrutar el vértigo de lo inabarcable. Como Quevedo escribió siglos antes: “Soy un fue, y un será, y un es cansado” (Sonetos, 1631). Y como Borges respondió, quizá sin quererlo, en cada página: lo importante no es poseer la totalidad, sino asombrarse con sus destellos.

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Saltos hacia el vacío: Rayuela y la identidad fragmentada

“Y por qué escribir siempre es, en el fondo, otra manera de buscar».

— Julio Cortázar

Queridos(as) lectores(as):

Cuando Julio Cortázar publicó Rayuela en 1963, la literatura latinoamericana dio un salto inesperado. No sólo porque rompió con la estructura tradicional de la novela, sino porque puso al lector en el centro de la experiencia. Cortázar no quería simplemente contar una historia, sino invitar a vivirla como un juego, un tablero abierto, un laberinto de capítulos que podían recorrerse en distinto orden. Con ello, nos obligó a preguntarnos: ¿leemos o jugamos? ¿Buscamos sentido o nos dejamos arrastrar por el sinsentido?

Lo fascinante es que este experimento literario no se queda en la forma: habla directamente de la vida. Porque, al fin y al cabo, ¿no vivimos también así, entre fragmentos dispersos, saltos al vacío, intentos de armar con coherencia lo que muchas veces no la tiene? La novela se convierte entonces en un espejo de la identidad contemporánea: una identidad hecha de pedazos, de búsquedas inacabadas, de certezas que se desmoronan apenas creemos tenerlas. Además, Rayuela nos confronta con algo que preferimos evitar: que no hay camino seguro ni reglas fijas. La vida, como el libro, exige al lector-jugador una decisión constante. ¿Avanzar o retroceder? ¿Saltar o quedarse en el mismo casillero? En esa incertidumbre se esconde su fuerza, porque nos recuerda que toda existencia auténtica implica riesgo, como decía Søren Kierkegaard: “La angustia es el vértigo de la libertad” (El concepto de la angustia, 1844).

El tablero y el salto

La estructura de Rayuela nos obliga a decidir: podemos leerla de manera lineal, del capítulo 1 al 56, o seguir el “tablero de dirección” que propone Cortázar y saltar a voluntad entre capítulos. Ese gesto, aparentemente lúdico, cambia todo: convierte la lectura en un acto de libertad. No hay un sólo camino, sino múltiples trayectorias. Como si la vida misma estuviera hecha de esos saltos imprevisibles que nos obligan a arriesgarnos sin garantías. Kierkegaard decía que “el salto es el movimiento de la pasión” (Temor y temblor, 1843), y quizás eso es lo que Cortázar quiso poner en manos del lector: la responsabilidad de saltar, aunque no sepamos si caeremos en un cielo o en un infierno.

En lo personal, recuerdo una tarde en que un amigo me compartía que llevaba meses dudando si dejar un trabajo estable para perseguir un proyecto que lo entusiasmaba más. Me decía que no podía con la angustia de equivocarse, de quedarse sin nada. Yo pensaba entonces en Oliveira, el protagonista de Rayuela, siempre atrapado en el dilema entre avanzar o detenerse, entre la Maga y el Club de la Serpiente. Al final, mi amigo dio el salto. No todo salió como esperaba, pero hoy dice que aprendió más de ese fracaso parcial que de todos los años de seguridad acumulada. Y en su voz reconocí lo que Cortázar intuía: que la vida, como el libro, se juega en los riesgos que aceptamos correr.

Oliveira y la búsqueda infinita

Horacio Oliveira es, en esencia, un buscador. Intelectual, irónico, siempre tentado por el escepticismo, encarna esa figura moderna que sabe mucho y, sin embargo, no logra encontrar sentido en lo que vive. Vive entre París y Buenos Aires, entre el deseo y el tedio, entre la Maga y sus obsesiones intelectuales. Es un hombre dividido, incapaz de asentarse, siempre huyendo de lo que lo compromete demasiado. Su dilema no es menor: ¿cómo reconciliar la vida pensada con la vida vivida? Dostoievski apuntaba en Los hermanos Karamázov (1880): “El misterio de la existencia humana no está en quedarse vivo, sino en saber para qué se vive”. Oliveira encarna esa pregunta sin respuesta.

Pienso en un conocido que siempre pospone la felicidad: “Cuando termine el posgrado, cuando consiga ese trabajo, cuando viaje allá, cuando…” Y la vida se le escurre en condicionales. Un día me dijo que sentía que había leído más sobre la vida de lo que había vivido en sí misma. Eso es Oliveira: el intelectual atrapado en su propia telaraña, el que ve en cada posibilidad un motivo de duda. Rayuela nos recuerda, con brutal honestidad, que esa búsqueda infinita puede convertirse en prisión.

La Maga: inocencia y abismo

Si Oliveira representa la mente dividida, la Maga es el cuerpo y el alma lanzados a la experiencia. No estudia, no analiza, vive. Se mueve con una ingenuidad luminosa que irrita y fascina a Oliveira. Ella es autenticidad pura, presencia viva. En palabras de Winnicott: “Ser es más fundamental que hacer” (Realidad y juego, 1971). La Maga no necesita justificar su existencia: la habita. Y en esa inocencia se abre también el abismo de su fragilidad, porque amar y entregarse sin defensas también puede doler.

Me acuerdo de una amiga que solía decir: “Yo no sé teorizar sobre nada, pero sé reírme, llorar, querer. ¿No basta?”. Ella tenía algo de Maga: ese modo de estar en el mundo sin cálculo, que a veces desconcierta a quienes siempre necesitamos explicaciones. En ella entendí que vivir no es acumular teorías sino dejarse atravesar por lo real, por lo inmediato. La Maga nos incomoda porque nos muestra lo que hemos perdido: la capacidad de vivir sin tanta mediación.

Fragmentos, espejos y lector

Cortázar juega con la novela como si fuera un rompecabezas que nunca se completa. Los capítulos dispersos, las notas, las digresiones, los “capítulos prescindibles”: todo apunta a romper la linealidad y obligarnos a reconocer la condición fragmentaria de nuestra propia identidad. ¿No somos también un montón de escenas inconexas, recuerdos, deseos, temores que intentamos hilar para sentirnos uno solo? Freud lo había advertido: “El yo no es dueño en su propia casa” (Introducción al psicoanálisis, 1917).

Una vez, conversando con un conocido que atravesaba una ruptura, me decía que sentía que se había quedado en pedazos: “El que era con ella ya no existe, y el que soy ahora no sé quién es”. Me vino a la mente la estructura de Rayuela: un ser hecho de retazos, de capítulos desordenados, que sin embargo forman parte del mismo libro. Tal vez la identidad no sea un bloque sólido, sino ese rompecabezas incompleto en el que a veces falta una pieza y aun así seguimos jugando.

Si caes te levanto y si no, me acuesto a tu lado
(Rayuela, 1963)

La rayuela como metáfora existencial

El juego infantil de la rayuela (en «avioncito» en México y otros países) consiste en saltar casillas hasta llegar al cielo. En la novela, esa figura se expande como metáfora de la vida: un ir y venir entre cielo y tierra, entre lo alto y lo bajo, lo sagrado y lo profano, lo lógico y lo irracional. Blaise Pascal lo decía con lucidez: “El corazón tiene razones que la razón no entiende” (Pensamientos, 1670). Rayuela nos invita a aceptar esa tensión entre lo humano y lo trascendente, entre lo que aspiramos a ser y lo que inevitablemente somos.

Recuerdo a un amigo que, después de una pérdida muy dolorosa, me dijo: “Ahora todo es como una rayuela: a veces logro dar un salto y sonrío, a veces me tropiezo y caigo en la tierra. Pero sigo jugando, porque si no juego, me muero”. En esa confesión estaba la esencia de Cortázar: no se trata de alcanzar siempre el cielo, sino de animarse a saltar una y otra vez, aunque la piedra se caiga o el cuerpo se canse.

Reflexión final

Rayuela no nos ofrece respuestas cerradas, sino un espejo de nuestra propia existencia fragmentada. Oliveira, la Maga, el lector mismo: todos somos piezas de un tablero que no termina de ordenarse. Cortázar nos recuerda que la vida es menos un relato lineal que un conjunto de saltos, caídas, búsquedas, pérdidas y hallazgos. La pregunta no es si llegaremos al cielo, sino si tendremos el coraje de seguir jugando.

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