La vida real… ¿en Dan?

“Uno no se vuelve neurótico por tener ideales, sino por no poder vivir sin traicionarse”.
—Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

Hay hombres que no se rompen de golpe. No caen, no estallan, no se descomponen públicamente. Simplemente aprenden a sostener. Sostienen a los hijos, a la familia, las expectativas, la imagen de que “todo está bajo control”. Y en ese aprendizaje silencioso, van dejando algo propio para después, como si cuidarse a sí mismos fuera un lujo o una traición. Dan in Real Life (Dan en la vida real, 2007) suele leerse como una comedia romántica tardía, pero en el fondo es otra cosa: una película sobre el agotamiento ético. Sobre lo que ocurre cuando alguien se esfuerza tanto por ser correcto que ya no se permite preguntarse qué desea. Dan no está deprimido en el sentido clásico; está deshabitado, y eso suele pasar desapercibido incluso para quien lo padece.

La historia no avanza por grandes conflictos externos, sino por una tensión íntima: Dan es un hombre que vive entre lo que cree que debe ser y lo que todavía podría llegar a ser. Esa grieta —discreta, constante— es la que lentamente lo cansa. No porque quiera otra vida grandiosa, sino porque la vida que lleva ya no lo incluye del todo. Esta entrada no busca juzgarlo ni idealizarlo. Busca acompañar esa zona incómoda donde muchos lectores habitan sin nombre: el lugar del que sostiene, del que cumple, del que no molesta… y del que ya no sabe cómo cuidarse sin culpa.

El hombre que sostiene (y se olvida de sí)

Dan (Steve Carell) es el que escucha, el que aconseja, el que está disponible. Viudo, padre de tres hijas, miembro confiable de una familia extensa que funciona como refugio afectivo. Nada en él parece disfuncional. Sin embargo, hay algo llamativo: nadie le pregunta realmente cómo está, porque él ya aprendió a mostrarse funcional. Y cuando uno funciona bien, deja de ser mirado. Donald Winnicott¡ advertía que el peligro no siempre está en el fracaso visible, sino en el desarrollo de un falso self que se organiza para responder a las demandas del entorno, mientras el self verdadero queda relegado. Winnicott lo dice con claridad en El proceso de maduración en el niño (1965): “El falso self tiene como función principal ocultar y proteger al self verdadero”. Dan no miente ni actúa: se adapta, y esa adaptación constante también agota.

Sostener a los otros se vuelve, poco a poco, su identidad. Y cuando sostener se convierte en identidad, el deseo empieza a sentirse como una amenaza. No porque sea incorrecto, sino porque desorganiza. Dan no se permite necesitar, no se permite flaquear, no se permite desear algo que no esté previamente autorizado por su rol. Hay hombres así: buenos, decentes, responsables. No fracasan, pero se cansan de existir en segundo plano. No porque nadie los oprima, sino porque ellos mismos aprendieron a no ocupar demasiado lugar.

El Ideal del Yo: ser correcto a cualquier precio

Freud distingue con precisión el Ideal del Yo, esa instancia psíquica que encarna lo que creemos que deberíamos ser para sentirnos valiosos. En Introducción del narcisismo (1914), escribe: “El ideal del yo es el heredero del narcisismo infantil, en el que el sujeto era su propio ideal”. Ese ideal no es maligno; orienta, ordena, da sentido. El problema aparece cuando ya no orienta, sino vigila. Dan vive bajo un Ideal del Yo muy claro: el padre ejemplar, el viudo digno, el hermano sensato, el hombre que no complica las cosas. No es un ideal impuesto desde afuera; es uno que él mismo ha asumido como brújula moral. Pero esa brújula ya no apunta a la vida, sino al deber. Y cuando el deber se vuelve absoluto, el deseo queda fuera de juego.

Lacan advertía que el Ideal del Yo puede convertirse en una instancia feroz cuando el sujeto intenta encarnarlo sin resto. En el Seminario I (1953), señala que el ideal puede volverse “una imagen tiránica frente a la cual el sujeto se juzga siempre insuficiente”. Dan no se siente orgulloso de sí mismo; se siente adecuado, que no es lo mismo. Ser correcto empieza a costarle caro. No porque el ideal sea falso, sino porque ya no dialoga con su experiencia viva. El precio de no desviarse nunca es dejar de preguntarse si el camino todavía es propio.

A veces sólo hace falta «darse cuenta» que aquí seguimos. ¿Qué estamos esperando? ¿A quién?

El Yo ideal: el deseo que irrumpe

Marie (Juliette Binoche) aparece como un accidente. No como promesa de felicidad, sino como recordatorio. No le promete una vida mejor; le devuelve una pregunta que Dan había aprendido a silenciar: ¿qué deseas tú? Ese es el Yo ideal, no la fantasía grandiosa, sino la imagen íntima de una vida posible, limitada, pero vivible. Lacan insistía en que el deseo no es capricho, sino estructura. En el Seminario XI (1964) afirma: “El deseo es el deseo del Otro, pero también es lo que hace que el sujeto no se reduzca a una función”. Marie no despierta un romance adolescente; despierta una incomodidad existencial. Dan no se ilusiona: se desordena.

Por eso el encuentro no lo alegra. Lo angustia. Porque el deseo llega cuando él ya se había acomodado a no esperar nada. Y cuando uno deja de esperar, el deseo se vive como intrusión, no como regalo. Dan siente que llega tarde, que no corresponde, que no es para él. Aquí se juega algo profundamente humano: no siempre sentimos que perdemos porque otro gane; a veces sentimos que ya no tenemos derecho a ganar. El deseo aparece, pero la vida ya parece decidida de antemano.

Elegir sin traicionarse

Dan no elige lo fácil. Tampoco elige el sacrificio heroico. Elige no romperse por dentro. No actúa desde la grandilocuencia moral, sino desde un límite íntimo. Emmanuel Levinas escribió en Totalidad e infinito (1961): “La responsabilidad no es una elección entre opciones, sino una forma de estar ante el otro”. Dan se mantiene fiel a esa forma, aun cuando le cueste. No hay triunfo romántico ni catarsis emocional. Hay algo más sobrio y más difícil: sostener una ética sin espectáculo, sin aplauso, sin garantía de recompensa. Dan no se convierte en mártir ni en cínico. Sigue siendo un hombre decente, pero ahora sabe que la decencia no debería exigir la renuncia total a sí mismo.

La película no ofrece una solución cerrada. Ofrece algo más honesto: la posibilidad de no confundirse más. De no llamar dignidad al abandono propio. De no usar el Ideal del Yo como excusa para no escuchar el deseo. Tal vez por eso incomoda. Porque muestra que el verdadero conflicto no siempre es entre el bien y el mal, sino entre ser correcto y estar vivo.

Reflexión final

¿Cuántas personas viven sosteniendo ideales que ya no las sostienen? ¿Cuántas han confundido responsabilidad con olvido de sí? ¿En qué momento cuidar de los otros dejó de incluirse?


Si esta reflexión resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejar tus comentarios, a escribirme desde la sección Contacto, y a acompañarme también en Instagram @hchp1. Pensar juntos, a veces, es la primera forma de volver a habitarse.

Volver a sentarnos juntos

“Nos necesitamos unos a otros” .

—Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Algo se nos está rompiendo en silencio, y no es una exageración decirlo así. No se trata únicamente de la tecnología, ni del ritmo acelerado de la vida contemporánea, ni siquiera de la soledad —esa vieja compañera de la condición humana—, sino de algo más sutil y más grave: la desaparición de los espacios donde las personas pueden hablar y ser escuchadas sin prisa, sin defensa y sin espectáculo. Cafés llenos de gente que no se mira, casas donde ya no existe la sobremesa, trabajos que no dejan lugar para una conversación humana, vínculos sostenidos a base de mensajes breves y reacciones rápidas. Y luego nos preguntamos, con genuina sorpresa, por qué estamos exhaustos, irritables, desconectados. Nunca habíamos hablado tanto y, paradójicamente, nunca nos había costado tanto conversar. Opinamos, reaccionamos, corregimos, juzgamos. Pero sostener una escucha real —permanecer frente a otro sin interrumpirlo, sin salvarlo, sin huir cuando aparece algo incómodo— se ha vuelto casi un arte perdido. Hemos confundido expresión con encuentro, visibilidad con vínculo, ruido con palabra.

Esta entrada nace de una convicción profunda, trabajada tanto en la clínica como en la vida cotidiana, impulsada también por una inquietud de un paciente (gracias, D): la salud psíquica y social depende, en buena medida, de que volvamos a crear espacios humanos de diálogo. Lugares imperfectos, sin glamour, donde no todo tenga que resolverse ni brillar, pero donde la palabra pueda demorarse lo suficiente como para tocar algo verdadero. No es nostalgia ni romanticismo. Es una cuestión de humanidad básica.

El ser humano no es un monólogo

Aristóteles, filósofo griego y uno de los pilares del pensamiento occidental, afirmó que el ser humano es un zóon politikón (animal político), un ser hecho para la vida compartida. En Política (siglo IV a. C.) escribió una frase que sigue incomodando: “El que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es parte de la ciudad, sino una bestia o un dios”. La crudeza de esta afirmación señala algo esencial: fuera del vínculo humano, algo de nosotros se descompone, se endurece o se deshumaniza. Cuando los espacios de encuentro desaparecen, la palabra deja de ser puente y se vuelve arma o muralla. No dialogamos: monologamos frente a otros, hablamos para imponer, para defendernos, para ganar una discusión imaginaria. Escuchar se vuelve una rareza y, en algunos contextos, casi una debilidad. Sin escucha, la palabra pierde su función creadora y se convierte en ruido, en descarga, en violencia simbólica.

El cine contemporáneo ha sabido retratar esta soledad ruidosa. En Her (Spike Jonze, 2013), Theodore vive rodeado de mensajes, voces y estímulos constantes, pero profundamente solo. Puede hablar durante horas, pero no logra sostener un encuentro encarnado, real, vulnerable. La película no condena la tecnología, sino la incapacidad moderna para habitar el diálogo donde el otro no puede silenciarse ni apagarse. La literatura lo había advertido mucho antes. En El extranjero (1942), Albert Camus construye a Meursault como un hombre desconectado no por crueldad, sino por falta de vínculo significativo. Cuando no hay espacios de conversación, la existencia se vuelve absurda, ajena, incluso para uno mismo, y el sujeto queda a la intemperie frente al mundo.

La escucha como acto de cuidado

Donald Winnicott dedicó buena parte de su obra a mostrar que el desarrollo psíquico sólo es posible dentro de un entorno suficientemente bueno. En Realidad y juego (1971) escribió: “Es en el espacio potencial entre el individuo y el ambiente donde surge la experiencia cultural”. Ese espacio potencial no es abstracto: es un lugar humano donde alguien es escuchado sin ser invadido ni corregido. Escuchar es cuidar, aunque hoy parezca algo menor. No se trata de resolver, aconsejar o interpretar, sino de sostener la presencia. Permitir que el otro exista sin tener que justificarse ni explicarse de más. En una cultura obsesionada con la eficiencia, la productividad y el rendimiento emocional, los espacios de escucha se vuelven actos de resistencia silenciosa.

El anime March Comes in Like a Lion (Sangatsu no Lion, 2017) muestra con una delicadeza extraordinaria cómo un sujeto profundamente herido comienza a recomponerse no gracias a grandes discursos, sino a través de una mesa compartida, una comida sencilla y un silencio hospitalario. No hay palabras brillantes, sólo presencia, y eso basta para que algo, lentamente, se ordene por dentro. Winnicott advertía que sin este sostén el sujeto desarrolla un falso self, una forma de estar en el mundo que no le pertenece del todo. Hoy podríamos decirlo así: sin escucha, aprendemos a sobrevivir, pero no a vivir, a funcionar, pero no a habitar nuestra propia experiencia.

Donde alguien puede hablar sin prisa y otro está dispuesto a escuchar, todavía existe un lugar humano.

La sobremesa y el encuentro perdido

Durante siglos, la sobremesa fue un espacio antropológico fundamental. No era un lujo ni una pérdida de tiempo: era el lugar donde la comida se transformaba en relato y el relato en vínculo. Ahí se transmitían historias familiares, miedos, silencios, valores. La conversación cumplía una función estructurante para el sujeto y para la comunidad. Martin Buber formuló esta intuición con precisión en Yo y Tú (1923): “El hombre se hace yo en el tú”. Sin ese encuentro, el otro se degrada en objeto, función o estorbo. Cuando desaparecen los espacios de diálogo, dejamos de encontrarnos y sólo nos cruzamos, coexistimos sin tocarnos verdaderamente.

El manga Solanin (2005) de Inio Asano retrata con honestidad brutal a una generación que trabaja, se relaciona y sobrevive, pero carece de lugares donde decir en voz alta lo que duele. No falta contacto físico ni interacción social: falta encuentro simbólico, falta un espacio donde la palabra tenga peso. Recuperar la sobremesa —literal o simbólicamente— no es un gesto romántico. Es una necesidad psíquica elemental, un intento por devolverle al vínculo su densidad humana.

Hablar implica riesgo

Hablar de verdad nunca ha sido cómodo. Implica exponerse, mostrar una grieta, decir algo que quizá no será aplaudido. Hannah Arendt escribió en La condición humana (1958): “Mediante la palabra y la acción nos insertamos en el mundo humano”. Pero esa inserción siempre conlleva riesgo y vulnerabilidad. Preferimos callar antes que incomodar, reaccionar antes que dialogar, ironizar antes que decir lo que realmente nos pasa. Sin embargo, sin el riesgo de la palabra no hay intimidad, sólo cercanía superficial y vínculos desechables.

En Before Sunrise (Antes del amanecer, Richard Linklater, 1995), dos desconocidos construyen un vínculo profundo únicamente hablando. No prometen nada, no resuelven nada, pero se escuchan. Y eso basta para que el encuentro sea real, irrepetible, humano. Crear espacios de diálogo no significa evitar el conflicto, sino aprender a sostenerlo sin destruir al otro, sin reducirlo a caricatura ni enemigo.

Crear espacios es una responsabilidad compartida

Con frecuencia esperamos que alguien más haga algo: el Estado, la escuela, la empresa, la institución religiosa. Pero los espacios humanos no nacen de decretos, sino de gestos pequeños y concretos. Apagar el celular, invitar a sentarse, preguntar “¿cómo estás?” y quedarse a escuchar la respuesta. Zygmunt Bauman advirtió en Vida líquida (2005) que los vínculos frágiles son el precio de una sociedad que teme el compromiso. Crear espacios de encuentro hoy es ir contra la corriente, aceptar la incomodidad del tiempo compartido.

No todo se sana en terapia, pero muchas heridas se profundizan por falta de palabra compartida. Donde no hay conversación, crecen el aislamiento, la violencia y la desconfianza. Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí crear un lugar donde alguien no se sienta solo. Y eso, aunque parezca pequeño, es profundamente humano.

Reflexión final

¿Dónde hablas sin prisa? ¿Quién te escucha sin corregirte? ¿A quién estás dispuesto(a) a escuchar tú?


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Cuando el amor llegue…

“El amor no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección”.

—Antoine de Saint-Exupéry

Queridos(as) lectores(as):

Hay una frase que se repite como un susurro en nuestra época: “Cuando el amor llegue…”. Se dice como quien espera un camión que no sabe si pasará, mientras tanto se sube a cualquier taxi que esté disponible. El amor se ha vuelto una promesa aplazada, un ideal romántico que se invoca mientras se aceptan vínculos que no conmueven, no despiertan, no arriesgan. Se espera el amor, pero se vive acompañado de sucedáneos. En ese clima se inscribe Nuestros amantes (2016) —si te interesa y vives en México, está en Netflix—, una película que no grita ni moraliza, sino que expone con elegancia una verdad incómoda: hoy muchas relaciones no nacen del deseo, sino del miedo. Miedo a la soledad, al silencio, al vacío del domingo por la tarde. El vínculo aparece entonces no como encuentro, sino como defensa.

El cine, cuando es honesto, funciona como espejo. Y esta película lo es. No idealiza el amor ni lo degrada: lo problematiza. Muestra personajes lúcidos, irónicos, inteligentes, que hablan de libertad afectiva mientras se blindan emocionalmente. Personas que saben lo que no quieren sentir, pero no logran decir qué desean de verdad. En tiempos donde “estar con alguien” parece más importante que estar bien con alguien, vale la pena detenernos a pensar qué estamos llamando amor y qué precio estamos pagando por no estar solos.

Amar como refugio: cuando el vínculo nace del miedo

Los protagonistas de Nuestros amantes se encuentran desde una herida común: ambos están en relaciones previas que ya no habitan realmente. No se presentan como víctimas ingenuas, sino como sujetos conscientes de su desencanto. Y, sin embargo, esa conciencia no los libera; apenas los vuelve más sofisticados en su modo de evitar el dolor. Aquí conviene recordar a Erich Fromm cuando advertía que “muchas personas creen que amar es ser amado, en vez de amar” (El arte de amar, 1956). Cuando el amor se busca como refugio —como garantía contra la soledad— deja de ser un acto y se convierte en una necesidad defensiva. No se ama para encontrarse, sino para no caerse.

En la película, el encuentro entre los protagonistas no surge del deseo expansivo, sino del cansancio. Se reconocen porque ambos están agotados de relaciones tibias, pero ese cansancio no los empuja a la verdad, sino a un pacto anestésico: estar juntos sin tocar lo esencial. Freud lo habría leído como una forma de compromiso neurótico, donde el síntoma se comparte para no confrontarlo (cfr. Inhibición, síntoma y angustia, 1926). Amar por miedo no es amar: es aferrarse. Y toda relación fundada en el miedo termina reproduciendo aquello que pretendía evitar. Como escribió Zygmunt Bauman, “las relaciones que prometen seguridad suelen exigir como precio la renuncia a la libertad interior” (Amor líquido, 2003). En ese trueque silencioso se gesta gran parte del malestar amoroso contemporáneo.

«Sólo hay una regla: pase lo que pase, no te enamores de mí».

El pacto de no enamorarse: lucidez sin coraje

Uno de los núcleos más interesantes de Nuestros amantes es el acuerdo explícito: verse, compartir, reír, hablar de literatura y cine… pero no enamorarse. El pacto parece moderno, inteligente, incluso honesto. Sin embargo, es precisamente ahí donde la película se vuelve más trágica que romántica. Este tipo de acuerdos revelan algo profundo: hoy se desea el amor, pero se teme su efecto. Se quiere la cercanía sin la herida, el calor sin el incendio. Søren A. Kierkegaard lo expresó con brutal claridad: “Atreverse es perder momentáneamente el equilibrio; no atreverse es perderse a uno mismo” (El concepto de la angustia, 1844). El pacto de no enamorarse es, en el fondo, una renuncia anticipada.

Los personajes hablan con ironía, se esconden detrás del ingenio, hacen del humor una coraza. Son encantadores, pero no disponibles. En términos psicoanalíticos, diríamos que hay una fuerte intelectualización del afecto: se piensa el amor, se comenta, se disecciona, pero no se lo deja acontecer. Winnicott diría que ahí no hay juego verdadero, solo simulacro (cfr. Realidad y juego, 1971). El problema no es poner límites, sino ponerlos antes de que algo suceda. Cuando el amor se regula de antemano, deja de ser encuentro y se vuelve estrategia. Y el deseo, que no obedece contratos, termina reclamando su lugar por la vía del conflicto o de la pérdida.

“Peor es nada”: la trampa de la resignación afectiva

Aunque en la película no se pronuncia la frase, Nuestros amantes gira constantemente alrededor de una lógica conocida: me quedo aquí porque salir de aquí da miedo. No se trata de pasión, sino de administración del daño. Relaciones que no hieren demasiado, pero tampoco sanan. Vínculos funcionales al miedo. La literatura ha sido implacable con esta forma de resignación. Albert Camus advertía que “… el verdadero drama no es morir, sino vivir sin razones” (El mito de Sísifo, 1942). Aplicado al amor, podríamos decir: el verdadero drama no es estar solo, sino acompañarse sin verdad.

Desde el psicoanálisis, estas elecciones hablan de un yo que se conforma para no perderlo todo. Pero el precio es alto: se pierde el deseo, la vitalidad, la posibilidad de un encuentro transformador. Lacan fue claro al señalar que “amar es dar lo que no se tiene” (Seminario VIII, 1960-1961). Quien vive desde el “peor es nada” no da, administra. La película nos confronta con esa pregunta incómoda: ¿cuántas veces decimos “esto es lo que hay” cuando en realidad estamos diciendo “no me animo a más”? No por falta de oportunidades, sino por miedo a exponernos al dolor que implica amar de verdad.

Cuando el amor llegue: deseo, riesgo y verdad

El desenlace de Nuestros amantes no es una moraleja, sino una fisura. Algo se quiebra porque el deseo no respeta pactos defensivos. Cuando el amor aparece, lo hace siempre a destiempo, desordenando planes, identidades y certezas. Por eso no llega cuando se lo programa, sino cuando se deja de controlarlo. Aquí conviene volver a Simone Weil, quien escribió que “… amar es consentir en la distancia, incluso cuando esta duele” (La gravedad y la gracia, 1947). Amar no es asegurarse, sino consentir el riesgo. No hay amor sin pérdida posible, sin exposición, sin esa vulnerabilidad que hoy tanto se teme.

Cuando el amor llegue —si llega— no será como refugio ni como contrato. Llegará como interpelación. Nos preguntará si estamos dispuestos a dejar de sobrevivir emocionalmente para empezar a vivir. No llegará para tapar la soledad, sino para compartirla. Tal vez la pregunta no sea cuándo llegará el amor, sino si estaremos dispuestos a reconocerlo cuando exija más que compañía: cuando pida verdad, presencia y coraje.

Los personajes como espejo: lucidez, ironía y miedo a amar

Los protagonistas de Nuestros amantes (no les digo los nombres porque el misterio es parte de la trama de la película, por si tienen pensado verla) no son adolescentes confundidos ni adultos ingenuos: son sujetos cultos, sensibles, con mundo interior. Leen, conversan, ironizan sobre el amor y se burlan de los clichés románticos. Justamente por eso funcionan como espejo incómodo del lector contemporáneo. No encarnan la ignorancia afectiva, sino algo más peligroso: la lucidez sin coraje. Saben lo que hacen, pero no se atreven a ir más allá. Ambos personajes se presentan como libres, pero su libertad está cuidadosamente delimitada. No quieren pertenecer, no quieren depender, no quieren necesitar. Esta postura recuerda lo que Byung-Chul Han describe como el sujeto neoliberal del amor: alguien que “huye del vínculo profundo porque lo vive como pérdida de autonomía” (La agonía del Eros, 2012). La ironía constante de los protagonistas no es ligereza: es una defensa sofisticada contra la implicación.

Desde una lectura psicoanalítica, podríamos decir que ambos están atrapados en una forma elegante de evitación. No rehúyen el encuentro, pero sí la consecuencia. Winnicott advertía que el verdadero encuentro con el otro solo ocurre cuando uno puede presentarse sin máscaras defensivas (cfr. El proceso de maduración en el niño, 1965). En la película, las máscaras son brillantes, encantadoras, incluso seductoras, pero siguen siendo máscaras. Por eso los personajes no son villanos ni héroes románticos: son síntomas de época. Representan a una generación que aprendió a hablar de emociones, pero no a habitarlas; que sabe analizar el amor, pero no sostenerlo. Al mirarlos, el espectador no juzga: se reconoce. Y ahí reside la fuerza ética de la película.

Reflexión final: cuando el amor llegue… ¿estarás disponible?

Tal vez el problema no sea que el amor no llegue, sino que cuando aparece no encuentra lugar. Encuentra agendas llenas, corazas bien diseñadas, pactos de autoprotección, discursos que justifican la renuncia antes del intento. El amor no pide perfección, pero sí disponibilidad, y esa es hoy una de las virtudes más escasas. Como escribió Rainer Maria Rilke, “… amar es una ocasión sublime para que el individuo madure, para que llegue a ser algo en sí mismo” (Cartas a un joven poeta, 1904). Amar no es descansar en el otro, sino crecer con él. Y crecer implica incomodarse, perder seguridades, aceptar que no todo puede controlarse.

La película nos deja con unas preguntas abiertas, que también deberían resonar en nuestras vidas: ¿preferimos vínculos que no duelan o vínculos que sean verdaderos? ¿Elegimos compañía o encuentro? ¿Estamos esperando al amor mientras negociamos con su ausencia? No hay respuesta correcta, pero sí una advertencia: conformarse tiene consecuencias. Cuando el amor llegue —si llega— no preguntará si tenemos miedo. Preguntará si estamos dispuestos a no vivir a medias.


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Inseguridades: heridas que aprendieron a hablar

“Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”

—Carl Gustav Jung

Queridos(as) lectores(as):

Todos conocemos la palabra inseguridad, pero casi nadie se detiene a escuchar lo que realmente nombra. La usamos como una etiqueta ligera —“soy inseguro”, “me falta autoestima”, “no me siento suficiente”—, cuando en realidad estamos intentando decir algo mucho más delicado: que hay una parte de nosotros que aprendió a mirarse con sospecha. No es una falla moral ni una debilidad de carácter. Es una forma de memoria afectiva que sigue viva, aun cuando creemos haberla superado. Desde el psicoanálisis, la inseguridad no es un rasgo fijo de personalidad, sino una experiencia que se fue inscribiendo en el cuerpo y en la manera de sentir. No aparece porque sí: se construye en el encuentro con el otro, con la mirada que no sostuvo, con la palabra que no llegó, con el amor que fue ambiguo o condicional. Allí donde el deseo del otro fue incierto, el sujeto aprendió a dudar de su propio valor.

Vivimos en una cultura que nos exige mostrarnos seguros, decididos, autosuficientes, como si la fragilidad fuera un defecto y no una condición humana. Las redes sociales, el discurso motivacional y la obsesión por el rendimiento nos empujan a actuar una versión inflada de nosotros mismos, pero cuanto más se refuerza esa máscara, más se ahoga la herida que intenta decir algo verdadero. La inseguridad no desaparece cuando la tapamos: se vuelve más ruidosa. Por eso hoy no quiero invitarte a “superar” tus inseguridades, sino a comprenderlas. Porque cuando uno se atreve a escuchar de dónde vienen, dejan de ser una condena silenciosa y se transforman en una historia que puede ser elaborada. Y en ese punto, por primera vez, dejan de gobernar nuestras decisiones.

La inseguridad como eco del Otro

Sigmund Freud comprendió muy pronto que el yo no se construye en soledad, sino en relación. En Introducción al narcisismo (1914) explica que el amor propio del niño se forma a partir de la mirada de quienes lo cuidan: somos valiosos porque primero fuimos valiosos para alguien. Cuando ese espejo afectivo es consistente, el sujeto aprende a habitar el mundo con una base interna de confianza. Pero cuando ese espejo es inestable —cuando el amor se retira, se condiciona o se vuelve impredecible— el yo queda marcado por una pregunta que no se apaga: “¿soy suficiente para ser amado?”. Esa pregunta no suele expresarse en palabras; se encarna en actitudes, en comparaciones constantes, en miedo al rechazo, en la necesidad de agradar o de esconderse. La inseguridad es la voz de ese interrogante antiguo que sigue sin respuesta.

Melanie Klein, en Envidia y gratitud (1957), mostró cómo las primeras experiencias de cuidado organizan la forma en que el sujeto se relaciona consigo mismo y con los demás. Un bebé que no puede confiar plenamente en la disponibilidad del otro desarrolla un mundo interno atravesado por desconfianza y ansiedad. Esa huella temprana puede reaparecer décadas después bajo la forma de inseguridad crónica. Por eso muchas inseguridades adultas no tienen que ver con lo que realmente somos hoy, sino con lo que alguna vez temimos ser para alguien importante. No es que ahora no valgas; es que una parte de ti sigue viviendo como si todavía tuviera que ganarse el derecho a existir en el corazón del otro.

El impostor interior

Muchas personas viven con una sensación persistente de fraude, como si en cualquier momento alguien fuera a descubrir que no son tan capaces, tan interesantes o tan valiosas como aparentan. Aunque socialmente se le llame síndrome del impostor, en el fondo no se trata de un problema de competencia, sino de identidad. El sujeto no duda de lo que hace; duda de lo que es. Y esa duda suele ser devastadora, porque no se resuelve con logros ni con aplausos. Donald Winnicott explicó este fenómeno en El proceso de maduración en el niño (1965) al describir la formación del falso self. Cuando un niño no se siente recibido en su espontaneidad —cuando percibe que debe adaptarse para no perder el amor— aprende a fabricar una versión aceptable de sí mismo. Esa versión puede funcionar socialmente, pero por dentro queda una grieta: la sensación de que nadie ama al yo verdadero.

Desde ahí nace el impostor interior. No importa cuántos reconocimientos lleguen, porque siempre están dirigidos al personaje y no a la persona. Jacques Lacan lo formuló de modo contundente en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964): el sujeto queda atrapado en el deseo del Otro, intentando ser lo que cree que debe ser para no ser rechazado. La inseguridad es el precio psíquico de esa actuación permanente. La película Black Swan/El cisne negro (Darren Aronofsky, 2010) es una metáfora brutal de este proceso. Nina no fracasa por falta de talento, sino por la imposibilidad de habitar su deseo sin culpa. Vive sometida a un ideal imposible, y cuanto más intenta cumplirlo, más se desmorona por dentro. La inseguridad no es carencia de capacidad; es ausencia de permiso para ser.

A veces no nos duele lo que somos, sino todo lo que aprendimos a callar para poder ser amados.

Inseguridad y amor: cuando el vínculo se vuelve prueba

La inseguridad encuentra su escenario más doloroso en el amor. No porque el otro sea necesariamente cruel, sino porque el vínculo íntimo reactiva las heridas más antiguas. Allí donde el apego fue frágil, el amor adulto suele vivirse como una amenaza: algo que puede perderse en cualquier momento. El sujeto no ama desde la presencia, sino desde el miedo. Erich Fromm advirtió en El arte de amar (1956) que muchas relaciones están atravesadas por una confusión radical entre amor y necesidad. Cuando alguien cree que sin el otro no existe, el vínculo deja de ser encuentro y se vuelve dependencia. La inseguridad no busca amar: busca no ser abandonada.

Esto se ve con crudeza en Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010), donde dos personas que se aman quedan atrapadas en reproches, celos y demandas imposibles. No porque no haya afecto, sino porque cada gesto del otro se vive como una prueba de valor propio. Cuando la inseguridad gobierna, el amor deja de ser refugio y se vuelve tribunal. Jessica Benjamin han mostrado en The Bonds of Love (1988) que el deseo de reconocimiento mutuo es central en toda relación. Cuando uno de los dos no se siente digno de ser reconocido, el vínculo se vuelve asimétrico y doloroso. La inseguridad no destruye el amor; lo convierte en campo de batalla.

Vergüenza: el corazón secreto de la inseguridad

Debajo de casi toda inseguridad hay vergüenza. No el pudor sano, sino la sensación profunda de que algo en uno está mal. Alice Miller lo describió con claridad en El drama del niño dotado (1979): muchos adultos brillantes cargan en secreto con la convicción de no haber sido amados por lo que realmente eran, sino por lo que supieron ofrecer. La vergüenza no se expresa en gritos, sino en silencios. Hace que la persona se esconda, se minimice, se excuse por existir. “No molestes”, “no pidas”, “no seas demasiado”. Así, la inseguridad no sólo duele: encoge la vida.

En El guardián entre el centeno (1951), J. D. Salinger muestra a Holden Caulfield como un joven irónico y desafiante, pero en el fondo devastado por una vergüenza que no sabe nombrar. Su inseguridad no es falta de carácter, sino exceso de herida. La vergüenza es una emoción social: nace cuando el sujeto siente que no es digno de pertenecer. Por eso la inseguridad no se cura con autoestima inflada, sino con experiencias reales de reconocimiento.

Curar no es volverse seguro, es volverse propio

El objetivo del psicoanálisis no es fabricar personas seguras en el sentido narcisista, sino sujetos más habitables para sí mismos. Freud escribió en El yo y el ello (1923) que el trabajo psíquico consiste en que “donde estaba el ello, advenga el yo”: que uno pueda apropiarse de su historia sin quedar esclavo de ella. Curarse de la inseguridad no significa dejar de dudar, sino dejar de odiarse por dudar. Significa reconocer que la herida existió, que fue real, que dolió, pero que ya no necesita dirigir cada decisión. La inseguridad deja de ser destino cuando se vuelve relato.

La película Good Will Hunting (Gus Van Sant, 1997) lo muestra con una claridad conmovedora: Will no es inseguro por falta de inteligencia, sino porque nadie le enseñó que merecía ser amado sin condiciones. Sólo cuando alguien insiste en decirle “no es tu culpa”, algo se afloja por dentro. No te vuelves digno cuando ya no tienes inseguridades. Te vuelves digno cuando te permites existir aun con ellas, sin convertirlas en juez de tu valor.

Reflexión final

Tal vez nunca te habías detenido a pensar que tu inseguridad no es un defecto, sino una memoria. Una memoria del amor que no llegó como lo necesitabas, de la mirada que se ausentó justo cuando estabas formando tu imagen de ti mismo(a), de la palabra que no dijo “eres suficiente” cuando más la necesitabas escuchar. No para hacerte fuerte, sino para hacerte existir. Quizá por eso te exiges tanto. Quizá por eso te comparas, te disculpas, dudas, te escondes o te vuelves duro(a) contigo. No porque seas débil, sino porque una parte tuya sigue intentando protegerse de un rechazo que ya pasó, pero que el cuerpo no ha olvidado. La inseguridad no es tu enemiga: es una historia que nunca fue contada del todo.

Y tal vez hoy, al leer esto, puedas empezar a mirarte con otros ojos. No con indulgencia vacía, sino con verdad. Reconocer de dónde viene tu miedo a no ser suficiente no te hace frágil; te vuelve más libre. Porque lo que se comprende deja de gobernar en silencio. Así que te dejo estas preguntas, no para que las respondas rápido, sino para que te acompañen con calma:

¿A quién sigues intentando demostrarle que mereces amor?

¿Desde cuándo te miras como si tuvieras que ganarte el derecho a existir?

¿Y qué pasaría si, por primera vez, te permitieras habitarte sin pedir permiso?

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Martín Fierro o la dignidad del que sobra

«El ser gaucho es un delito»

—José Hernández

Queridos(as) lectores(as):

Cuando yo era niño, mi mamá me leía Martín Fierro (1872) con una paciencia que hoy entiendo mejor. No lo leía “para que yo aprendiera literatura”, ni para que me volviera solemne, ni para presumir cultura: lo leía como se acompaña a alguien a cruzar un campo grande, de noche, con una linterna chiquita pero fiel. Y lo más importante es esto: ella no suavizaba el texto, pero sí me suavizaba a mí el mundo. Me enseñaba que una obra dura puede leerse desde un lugar tierno, y que esa ternura no es ingenuidad: es fuerza.

Con los años, a Martín Fierro lo vi reducido a dos o tres frases sueltas, a una especie de “manual de citas” que se repite sin respiración. Y sin embargo, si uno lo escucha de verdad, lo que aparece es otra cosa: una historia de expulsión, de intemperie, de humillación legalizada, de desarraigo, y también de una dignidad que no es épica ni decorativa, sino la dignidad mínima del que no quiere dejarse convertir en animal domesticado por el abuso. Hoy, en esta entrada, quiero hacer contigo lo que mi mamá hacía conmigo: acompañarte. No imponerte el libro como deber, sino ofrecerlo como conversación. Daniel Pennac, escritor y profesor francés, lo dijo con una claridad deliciosa: “El verbo leer no tolera el imperativo” (Como una novela, 1992). Ese será nuestro tono: sin látigo, sin pose, sin superioridad. Solo un texto grande mirado de frente, con cuidado.

La expulsión: cuando la ley empuja

Hay un punto en Martín Fierro donde la frase deja de ser literatura y se vuelve diagnóstico social: “Él anda siempre juyendo, / siempre pobre y perseguido, / no tiene cueva ni nido / como si juera maldito… / …el ser gaucho es un delito» (El gaucho Martín Fierro, 1872). No es una metáfora bonita: es el retrato de alguien a quien el sistema ya decidió tratar como culpable antes de que haga nada. No se lo juzga por un acto: se le juzga por ser quien es. Cuando mi mamá me leía esa parte, no me decía “mira qué injusto el Estado” con un discurso grande. Me decía cosas simples, casi domésticas: “Fíjate: lo persiguen aunque no haya hecho nada. A veces, negrito, a la gente la castigan por existir». Y esa frase —dicha en voz bajita— me enseñó más sobre el dolor social que muchas clases. Porque la ternura, cuando es verdadera, no es ceguera: es una manera de mirar sin volverse cruel.

Fierro cuenta su historia desde un lugar que duele: “Ninguno me hable de penas, / porque yo penando vivo…” (El gaucho Martín Fierro, 1872). Es el tipo de verso que uno entiende distinto según la edad. De chico, yo lo oía como lamento. De grande, lo oigo como algo más serio: una advertencia. Hay sufrimientos que no son “un mal día”, sino un modo de vivir. Y cuando eso pasa, el mundo se llena de gente que opina desde afuera con una ligereza insoportable. Quizá por eso este libro incomoda: porque no es folklore simpático, sino un espejo. Un espejo que nos pregunta —sin pedir permiso— cuántas veces hemos visto a alguien quedar fuera (del trabajo, de la familia, del respeto, de la escucha) y hemos dicho: “seguro algo hizo”. Fierro muestra cómo la expulsión se vuelve costumbre, y cómo la costumbre se disfraza de normalidad. Y esa, me parece, es una de las violencias más finas: cuando lo injusto ya ni siquiera sorprende.

Desarraigo: no tener dónde caer vivo

El desarraigo en Martín Fierro no es postal romántica de “vida libre”: es intemperie real. “No tiene cueva ni nido”, dice el poema (El gaucho Martín Fierro, 1872). Y ahí hay una verdad psíquica brutal: cuando alguien no tiene lugar, empieza a dudar de su derecho a existir. No se trata sólo de techo; se trata de pertenencia. De la sensación íntima de que hay un sitio para uno en el mundo. Mi mamá, cuando leía esas estrofas, bajaba un poco la voz. Como si el texto mismo pidiera más cuidado. Y yo, sin saberlo, aprendía una lección de vida: que hay dolores que no se arreglan con frases motivacionales, y que acompañar a alguien no significa resolverle todo, sino no abandonarlo en la intemperie de su propia historia.

Fierro, además, muestra que el desarraigo tiene una segunda herida: la de la mirada ajena. El que vive “rumbiando para otro pago” no sólo está lejos; también está bajo sospecha. Y eso se parece más de lo que creemos a lo que muchas personas viven hoy: el que “no encaja” es rápidamente etiquetado; el que no tiene red es leído como amenaza; el que no tiene palabras elegantes es tratado como inferior. No es poesía vieja: es presente con otro disfraz. Michèle Petit, antropóloga e investigadora francesa de la lectura, habla de algo que me encanta porque nombra con precisión lo que mi mamá hacía sin teorizarlo: la cultura —y especialmente la lectura— puede ayudar a “construir, paso a paso, un mundo habitable” (Leer el mundo: experiencias actuales de transmisión cultural, 2015). Eso, exactamente eso, era su lectura: una forma de volver habitable lo que podía asustar, entristecer o confundir.

«Los hermanos sean unidos,
porque ésa es la ley primera;
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea».
—José Hernández

La dignidad del que sobra

Hay una dignidad que no grita. No es la dignidad del héroe, sino la dignidad del que no quiere ser reducido. Martín Fierro tiene versos donde el canto aparece como refugio: “Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela… / …como la ave solitaria / con el cantar se consuela” (El gaucho Martín Fierro, 1872). No es “cantar por alegría”: es cantar para no quebrarse. Para no dejar que el dolor sea lo único que hable. Y aquí aparece algo que a mí me parece central: el canto de Fierro no es un adorno estético; es una manera de sostener la identidad cuando todo alrededor quiere disolverla. Cuando te persiguen, cuando te nombran “vago”, cuando te tratan como delito, la dignidad consiste, a veces, en lo mínimo: seguir hablando con tu voz, no con la voz que te impusieron.

Mi mamá me enseñó esa dignidad sin decir la palabra “dignidad”. Me decía: “Mira: él canta. No para lucirse. Canta para no perderse”. Y yo veía —sin entender del todo— que hay resistencias que no se ven en pancartas: están en la forma en que alguien se niega a convertirse en lo que el abuso espera. Se niega a ser puro resentimiento. Se niega a ser puro silencio. Es el Fierro que nos incomoda porque nos muestra al “sobrante” —al que no encaja, al que estorba, al que nadie presume invitar— y nos pregunta qué hacemos con él: ¿lo escuchamos?, ¿lo etiquetamos?, ¿lo usamos para un discurso?, ¿o lo dejamos solo en su desierto?

La voz que acompaña: de mi madre a esta página

Hay algo que quiero decirte con claridad: esta entrada no es sólo sobre un libro; es sobre una experiencia. La experiencia de ser acompañado por una voz amorosa mientras uno escucha un texto áspero. Esa fue mi infancia con Martín Fierro. Yo recibí un poema duro de manos de una mujer que lo volvía respirable sin quitarle verdad. Y eso, con el tiempo, se convirtió en una forma de mirar la vida: la verdad no necesita crueldad para ser verdad. Pennac tiene razón: leer no se ordena. Y sin embargo, sí se contagia. Se contagia cuando alguien lee cerca de ti sin humillarte. Se contagia cuando alguien te deja preguntar sin burlarse. Se contagia cuando alguien te enseña que un libro no es un examen, sino una compañía. Mi mamá hizo eso conmigo, y yo le tengo un cariño enorme a esa imagen: ella leyendo, yo escuchando, y el mundo —por un rato— un poco menos caótico.

Ahora me toca a mí ocupar ese lugar, pero de otro modo: no como “maestro” ni como “dueño” del texto, sino como quien se sienta al lado del lector y le dice «vamos a leer juntos«. Vamos a entrar sin prisa. Vamos a notar lo que duele. Vamos a rescatar lo que es digno. Y si algo en este poema te toca una herida —porque es probable— entonces que esta lectura no sea otra intemperie, sino un espacio donde la herida tenga lenguaje. Y aquí cierro con una imagen sencilla: si Martín Fierro es una pampa grande, no quiero soltarte ahí con un “léelo, te hará bien”. Quiero hacer lo que mi mamá hacía: caminar a tu lado, señalar lo importante, y recordarte que incluso en los textos más duros hay algo que se salva cuando alguien acompaña. Quizá, al final, de eso se trate también la vida: de no dejar que el otro atraviese sólo lo que ya es bastante difícil.

Reflexión final

¿A quién tuviste tú que te leyera el mundo cuando eras pequeño(a)? ¿Quién te explicó con paciencia lo que no entendías, sin hacerte sentir menos? ¿En qué parte de tu vida te has sentido “sobrante”, como si tu sola existencia estorbara? ¿Y a quién podrías acompañar tú hoy —aunque sea con una conversación, una presencia, una lectura compartida— para que su mundo sea un poco más habitable?

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Las mesas en diciembre

“El recuerdo es la única forma de encuentro con lo que ya no está».

—Alejandra Pizarnik

Gracias, (zarina) Patricia…

Queridos(as) lectores(as):

En estas fiestas decembrinas —la Navidad, por ejemplo— algo se mueve silenciosamente en la vida interior de las personas. No siempre se nota a simple vista. A veces aparece como nostalgia, otras como cansancio, otras como una alegría inesperada, y muchas más como un nudo difícil de nombrar. Diciembre no crea lo que sentimos: lo revela. Pone sobre la mesa —literal y simbólicamente— aquello que el resto del año suele quedar en segundo plano. Las fechas no operan sólo como celebración social, sino como reactivadores de memoria.

El pasado no vuelve como recuerdo neutro, sino como afecto. La poeta argentina, Alejandra Pizarnik, lo comprendió con crudeza cuando escribió que el recuerdo no es una presencia amable, sino una forma de encuentro con lo ausente, una manera de habitar aquello que ya no está: “El recuerdo no es una presencia, sino una forma de encuentro con lo ausente; no consuela, pero insiste” (Diarios, 1954–1971). Quizá por eso estas fechas incomodan tanto a algunos: no por lo que ocurre afuera, sino por lo que regresa adentro.

La mesa como escena psíquica

La mesa navideña no es sólo un mueble ni una tradición familiar. Es una escena psíquica. Un espacio donde se distribuyen lugares, roles, silencios y miradas. Quién se sienta dónde, quién falta, quién ocupa un lugar nuevo, quién observa desde fuera o guarda silencio. Desde una lectura psicoanalítica, la mesa funciona como una puesta en acto del lazo. Cada quien llega con su historia, con su manera de amar, con sus duelos abiertos o cerrados a medias. Nadie se sienta igual dos años seguidos, aunque la disposición sea idéntica. El inconsciente también se sienta a la mesa, aunque nadie lo haya invitado.

Sigmund Freud advirtió tempranamente que la vida psíquica no obedece al olvido voluntario. Explicó que aquello que creemos superado no desaparece, sino que queda a la espera de una ocasión propicia para retornar: “Las huellas mnémicas de las experiencias no se pierden; lo que llamamos olvido no es más que una inaccesibilidad momentánea, y bajo determinadas condiciones lo reprimido retorna con una fuerza que sorprende al propio sujeto” (Psicopatología de la vida cotidiana, 1901). Por eso, para algunos, estas fechas son profundamente gozosas; para otros, inquietantes. No porque haya algo defectuoso en ellos, sino porque la escena toca fibras que no siempre están listas para celebrarse.

Cuando la Navidad deja de ser postal

La literatura ha sabido decir esto con una claridad que a veces supera a los discursos psicológicos. Basta pensar en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens. Lejos de ser una historia edulcorada, es un relato sobre la soledad, la memoria y la responsabilidad frente a la propia vida. El momento decisivo del texto no es la fiesta, sino la confrontación. Cuando Scrooge decide cambiar, no lo hace por una emoción pasajera, sino porque ha sido obligado a mirar su historia completa. Dickens lo expresa con una frase extensa y significativa, que no suele citarse entera, pero que da verdadero contexto a la transformación: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla todo el año. Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los espíritus de los tres estarán siempre dentro de mí, y no rechazaré las lecciones que me enseñen”.

No hay aquí magia fácil: hay memoria, responsabilidad y decisión. Dickens entendió que la Navidad no redime por sí misma; obliga a mirar. Algo semejante ocurre en los relatos de Antón Chéjov, quien sostenía que la literatura debía mostrar la complejidad humana sin consuelo forzado. En una de sus cartas afirmó que el trabajo del escritor no consiste en tranquilizar, sino en revelar: “El artista no debe resolver los problemas que plantea, sino presentarlos de tal modo que el lector los vea en toda su profundidad y contradicción” (Cartas, 1895). Las celebraciones, como la buena literatura, no tapan la verdad: la exponen.

Nostalgia: exceso de memoria, no debilidad

En consulta, no es raro escuchar en estas fechas frases como: “No sé por qué estoy así, si debería estar contento(a)”. La nostalgia suele confundirse con fragilidad, cuando en realidad es exceso de memoria. No es querer volver atrás, sino intentar darle sentido a lo perdido. Freud explicó el trabajo del duelo con una precisión que sigue siendo vigente. En Duelo y melancolía (1917), señaló que el dolor no consiste sólo en la pérdida, sino en el arduo proceso psíquico de soltar aquello a lo que se estaba ligado: “La realidad exige que la libido retire su adhesión a todos y cada uno de los recuerdos y expectativas ligadas al objeto perdido. Esta exigencia es resistida, pero finalmente se impone, y con ello el yo queda libre nuevamente”.

Ese proceso no sigue el calendario. Sin embargo, diciembre, con sus rituales repetidos, reactiva escenas, voces, ausencias. No trae sólo imágenes: trae afectos. Y el afecto, cuando no encuentra palabra, pesa. No todos lloran por tristeza. Muchos lloran porque recuerdan. Y recordar, a veces, duele más que olvidar.

Muchas veces, estamos sentados en la misma mesa, sin estarlo como todos creen… y está bien.

La exigencia de estar bien

Uno de los grandes malestares contemporáneos es la exigencia de felicidad. Incluso en fechas donde el dolor se vuelve más visible, pareciera que hay que cumplir con una consigna: estar bien, agradecer, sonreír. Donald Winnicott criticó esta lógica desde la clínica cuando advirtió que el cuidado verdadero no consiste en imponer estados ideales, sino en sostener la experiencia real del sujeto. Escribió: “La función del entorno no es producir perfección, sino ofrecer un sostén suficientemente bueno que permita al individuo existir sin la presión de adaptarse prematuramente” (The Child, the Family, and the Outside World, 1964).

Hay personas que atraviesan estas fiestas trabajando, cuidando a alguien enfermo, sosteniendo duelos recientes o antiguos. No necesitan frases luminosas ni optimismo impuesto. Necesitan permiso para no estar bien. Eso no es debilidad. Es humanidad.

Mirar más allá de lo propio

Quizá el problema no es que estas festividades sean distintas para cada quien, sino que nos cuesta permitirlo. Nos cuesta aceptar que el otro no siente como yo, que no celebra igual, que no puede —o no quiere— vivirlo del mismo modo. Emmanuel Levinas formuló esta exigencia ética con radicalidad al afirmar que el encuentro con el otro no es cómodo ni neutro, sino descentrador: “El rostro del otro me saca de mi tranquilidad, me despoja de mi soberanía y me obliga a responder; no me permite encerrarme en mí mismo” (Totalidad e infinito, 1961).

Tal vez estas fechas sean una oportunidad —difícil, pero real— para ese gesto: escuchar sin corregir, acompañar sin minimizar, estar sin exigir alegría. A veces, la ética no consiste en decir algo brillante, sino simplemente en quedarse.

Reflexión final

Para muchos, estas festividades son realmente hermosas: reunión, risas, mesas llenas, recuerdos buenos. Para otros, no tanto. Y eso también está bien. No todos llegan a diciembre desde el mismo lugar ni con la misma historia. Quizá el verdadero gesto humano de estas fechas no sea exigir alegría, sino atrevernos a compartir lo que sentimos y darnos la oportunidad de ver más allá de lo nuestro. A veces, eso basta. No para borrar el dolor, pero sí para que pese menos. No para llenar la mesa, pero sí para que nadie se sienta completamente sólo frente a ella.

¿Desde dónde estás viviendo estas fiestas? ¿Qué lugar ocupas hoy en la mesa? ¿A quién sigues recordando en silencio?

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Si este texto tocó algo en ti, si estas palabras acompañaron —aunque sea un poco— lo que estás viviendo en estas fechas, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. Puedes dejar tu comentario, compartir tu experiencia o escribirme directamente desde la sección de Contacto. A veces, poner en palabras lo que pesa ya es un primer alivio.

También puedes acompañar este espacio en Instagram (@hchp1), donde seguimos pensando juntos la vida, el dolor, los vínculos y aquello que muchas veces no se dice, pero se siente.

Gracias por estar.
Gracias por leer despacio.
Y gracias, también, por sentarte —aunque sea un momento— a esta mesa.

Te abrazo…

El peso invisible de quienes sostienen

“Obrar responsablemente significa, en primer lugar, asumir que nuestras acciones nos comprometen más allá del instante y que, una vez realizadas, ya no podemos retirarnos de sus consecuencias”
—Hans Jonas

Queridos(as) lectores(as):

Hay personas que no pueden darse el lujo de quebrarse. No porque sean más fuertes que los demás, sino porque si caen, algo más cae con ellos. No es heroísmo ni vocación de sacrificio; muchas veces es simple realidad. Alguien tiene que sostener, y ese alguien suele hacerlo sin aplausos, sin relato y sin permiso para detenerse. Vivimos en una época que dice valorar la vulnerabilidad, pero sólo cierta vulnerabilidad: la que se puede narrar, mostrar, estetizar. Hay fragilidades que no caben en ese marco, porque exhibirlas tendría consecuencias. La fragilidad del que decide, del que cuida, del que responde por otros no se celebra; se exige que sea administrada en silencio.

Por eso me resulta tan potente que el manga/anime Record of Ragnarok haya puesto en escena figuras como el dios Hades y al emperador Qin Shi Huang. No como símbolos de fuerza ruidosa, sino como personajes atravesados por una carga interior constante. No luchan únicamente contra un adversario externo, sino contra el peso íntimo de sostener un lugar que no admite descanso. Hoy quiero pensar contigo —sin prisa, como frente a un café— qué sucede por dentro de quienes sostienen sin poder correrse. No para glorificar el sufrimiento, sino para nombrar una experiencia humana que suele quedar fuera del discurso contemporáneo.

Hades y la dignidad de responder

Hades no gobierna desde el espectáculo ni desde el reconocimiento. Su poder no se apoya en el carisma, sino en la estabilidad. Es el dios que mantiene el orden sin ser visto, el que sostiene para que otros puedan habitar. Y eso lo vuelve una figura incómoda en una cultura que asocia valor con visibilidad. En Record of Ragnarok, Hades no combate para demostrar superioridad ni para ganar afecto. Combate porque entiende que su lugar implica responder. No hay queja ni dramatización; hay aceptación de una tarea que no eligió del todo, pero que asume como propia.

Aquí resulta iluminador el pensamiento de Paul Ricoeur, cuando reflexiona sobre la identidad ligada a la responsabilidad. Ricoeur escribe: “El sí mismo no se comprende a partir de una sustancia inmutable, sino a partir de la capacidad de responder de sus actos, de mantener una palabra y de sostener una promesa, incluso cuando hacerlo implica pérdida o renuncia” (Sí mismo como otro, 1990). Hades encarna precisamente esta forma de identidad: no la del que brilla, sino la del que responde. En un mundo que mide el valor por el impacto, su figura recuerda algo esencial: hay dignidades que sólo existen cuando alguien está dispuesto a cargar sin ser visto.

Qin Shi Huang: el cuerpo como lugar del costo

Si Hades sostiene desde el silencio, Qin Shi Huang sostiene desde el cuerpo. En Record of Ragnarok, su figura resulta perturbadora porque muestra con crudeza que el poder no es sólo una posición simbólica, sino una experiencia encarnada, dolorosa, que deja marca. Qin no puede tocar sin herirse. Cada contacto es sufrimiento. Su cuerpo se convierte en el lugar donde se inscribe el precio de gobernar. No puede delegar ese dolor, ni anestesiarlo sin perder aquello que lo define. El poder, en su caso, no es distancia: es exposición.

Hans Jonas, filósofo alemán, pensó con mucha seriedad esta dimensión del poder y la responsabilidad. En El principio de responsabilidad (1979) advierte: “Quien actúa asume una carga que no puede disolverse en la colectividad ni repartirse sin más; la responsabilidad recae de manera asimétrica sobre quien decide, y esa carga es inseparable de la acción misma”. Qin no es admirable por ser invulnerable, sino porque no huye del costo que implica su lugar. En una época que promete poder sin consecuencias, su figura incomoda porque recuerda una verdad incómoda: toda autoridad real se paga, y muchas veces se paga en soledad.

“El mayor peso no es el que se ve, sino el que no encuentra palabras».
—Maurice Blanchot

El poder que aísla

El cine ha sabido mostrar con gran honestidad esta soledad. En El Padrino II (1990), Michael Corleone descubre que cuanto más asciende, más se estrecha su mundo. El poder no lo libera; lo encierra. No hay descanso posible, ni diálogo genuino, ni regreso a la inocencia. La música también ha sabido nombrar esta experiencia sin edulcorarla. Leonard Cohen lo expresa con crudeza cuando canta: “There is a loneliness in this world so great that you can see it in the slow movement of the hands of a clock / Hay una soledad en este mundo tan grande que puedes verla en el movimiento lento de las manecillas del reloj» (Songs of Love and Hate, 1971). No es una soledad romántica, sino una soledad estructural, ligada a ciertos lugares que se habitan sin compañía.

Estas obras no glorifican el poder; lo desnundan. Muestran que decidir, gobernar o sostener no es un privilegio limpio, sino una experiencia ambigua, muchas veces amarga. Y por eso incomodan tanto a una cultura que quiere éxito sin herida. Hades, Qin, Michael Corleone o la voz cansada de Cohen dicen lo mismo desde lenguajes distintos: hay posiciones que se asumen a costa de la propia intimidad. Y no siempre hay alguien que sostenga al que sostiene.

Los que sostienen en la vida cotidiana

Todo esto no ocurre sólo en mitos, animes o películas. Ocurre todos los días. En el padre o la madre que no puede quebrarse. En el cuidador que no tiene relevo. En quien toma decisiones difíciles sabiendo que no todos quedarán conformes. En quienes cargan sin permiso para caer. José Ortega y Gasset lo dijo con una claridad que sigue vigente: “La vida no es algo que se nos da hecho, sino algo que hay que hacer; es tarea, problema y quehacer incesante” (Meditaciones del Quijote, 1914). Vivir no es simplemente experimentar, sino sostener una forma de estar en el mundo.

Nuestra época celebra al que se expresa, pero suele pasar por alto al que resiste. Al que sigue sin discurso, sin épica, sin relato heroico. Y, sin embargo, gran parte del mundo se mantiene en pie gracias a esas figuras silenciosas. Tal vez por eso estas historias nos tocan tanto. Porque, en algún punto, todos hemos sido —o somos— quienes sostienen sin permiso de quebrarse. Nombrarlo no es debilitarse; es reconocer la verdad de esa carga.

Reflexión final

Déjame dejarte con estas preguntas, sin cerrarlas:

  • ¿Qué cargas sostienes hoy que nadie ve?
  • ¿Qué precio estás pagando en silencio?
  • ¿Quién sostiene al que sostiene?

Pensar esto no nos hace frágiles. Nos vuelve más honestos.

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Gracias por quedarte.
Nos leemos.

Carta a quien llega cansado(a)

Querido lector, querida lectora:

No sé en qué momento exacto llegaste hasta aquí. Tal vez fue por curiosidad, tal vez por cansancio, tal vez porque algo en ti —que no siempre sabe explicarse— pidió silencio y palabras honestas al mismo tiempo. Sea como sea, quiero que sepas algo desde el inicio: no llegas tarde, ni llegas mal, ni llegas roto(a). Llegas humano(a). Es posible que estés cansado(a). Cansado(a) de intentar, de sostener, de explicar lo que te duele sin encontrar del todo las palabras. Cansado(a) de los silencios propios y ajenos. De la tristeza que no siempre se deja nombrar. De esa sensación de ir cumpliendo con todo mientras por dentro algo pide tregua. Si es así, no estás solo(a). De verdad: no lo estás.

La Historia —la verdadera, no la de los monumentos— está llena de hombres y mujeres cansados. No héroes incansables, sino personas que siguieron adelante aun cuando el alma pedía sentarse. Fiódor Dostoievski escribió Crimen y castigo acosado por deudas, epilepsia y una culpa que no era sólo literaria. En una carta confiesa: “He sido probado hasta el límite de mis fuerzas” (Cartas, 1867). Y sin embargo, siguió escribiendo, no para triunfar, sino para no mentirse. Marina Tsvietáieva, poeta rusa marcada por el exilio, el hambre y la pérdida, escribió algo que no tiene nada de grandilocuente y lo dice todo: “No hay nada más terrible que vivir sin fe en la vida” (Cuadernos, 1919). No hablaba de optimismo, sino de esa fe mínima que a veces sólo consiste en no rendirse hoy.

Estas Crónicas no nacieron para dar recetas ni para levantar consignas. Nacieron desde el mismo lugar desde donde ahora te escribo: desde la experiencia de saberse frágil, desde el intento sincero de comprender lo que duele sin convertirlo en espectáculo ni en consigna vacía. Aquí no se trata de “pensar positivo”, ni de negar el dolor, ni de apurarte a sanar. Aquí se trata de acompañar. Hay días —quizá hoy sea uno de ellos— en los que no se puede con todo. Y eso no te hace débil. Albert Camus, que sabía algo del absurdo y del cansancio, escribió: “El verdadero esfuerzo es el que se hace cada día para no ceder” (El mito de Sísifo, 1942). No hablaba de grandes gestas, sino de ese gesto silencioso de levantarse aun cuando no hay aplausos ni certezas.

Tal vez hoy no tengas fuerzas para grandes decisiones. Está bien. A veces resistir ya es una forma de valentía. Seguir leyendo cuando uno está cansado también lo es. Permanecer, aunque sea con dudas, aunque sea con miedo, aunque sea con el corazón en pausa, también cuenta. No todo coraje grita; hay un coraje silencioso que simplemente no se rinde. Pienso también en Abraham Lincoln, que atravesó fracasos políticos, pérdidas familiares profundas y una melancolía persistente. En medio de la guerra civil escribió: “Con frecuencia me he visto llevado al borde de la desesperación, pero no podía rendirme” (Carta a Joshua Speed, 1841). No porque fuera invulnerable, sino porque sabía que rendirse también tenía consecuencias.

“Hay un cansancio que no es del cuerpo, sino de la vida misma”
—Fernando Pessoa (Libro del desasosiego, 1982)

Quisiera decirte algo con claridad y sin dramatismos: no te rindas. No porque todo vaya a mejorar mágicamente, no porque el dolor tenga siempre una explicación justa, sino porque tú vales más que el cansancio que hoy te pesa. Porque incluso en medio de la tristeza hay algo en ti que sigue buscando sentido, verdad, descanso. Y eso ya es un gesto profundamente humano y digno. León Tolstói, en uno de sus momentos de crisis más severos, escribió: “Mientras hay vida, hay posibilidad de bien” (Confesión, 1882). No lo dijo desde la comodidad, sino desde el borde. Desde ese lugar donde uno no promete felicidad, pero se niega a cerrar del todo la puerta.Si continúas leyendo estas páginas, ojalá encuentres aquí un lugar donde puedas bajar la guardia. Un espacio donde pensar no sea una carga, donde sentir no sea un pecado, donde la inteligencia y la ternura puedan caminar juntas sin hacerse daño. Escribo para acompañarte un tramo del camino, no para decirte cómo vivirlo.

Gracias por quedarte. Gracias por leer. Gracias, incluso, por tu cansancio: habla de alguien que ha vivido, que ha amado, que ha intentado. Simone Weil, otra gran cansada lúcida, escribió: “La atención es la forma más rara y más pura de generosidad” (La gravedad y la gracia, 1947). Si has llegado hasta aquí, ya has ejercido esa atención contigo mismo(a).

Te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. Y si lo deseas, a escribirme. A veces una palabra compartida no resuelve la vida, pero la vuelve un poco más habitable. No prometo respuestas fáciles, pero sí una compañía honesta.

Aquí seguimos.
Con el corazón abierto.

Atte.

Héctor Chávez

Capricho disfrazado de consenso

“La peor esclavitud es aquella que no se reconoce como tal”.
— Friedrich Nietzsche

Queridos(as) lectores(as):

Hay una frase que repito con frecuencia a mis alumnos y que hoy quiero traer hasta aquí: “Cuando en una pareja los dos ‘piensan igual’, en realidad uno está pensando por los dos». Y es que vivimos un tiempo extraño, lleno de discursos que hablan de acuerdos, consensos y decisiones compartidas, pero que esconden una trampa silenciosa: la imposición de un deseo individual disfrazado de voluntad común. No hay que ir tan lejos para verlo; basta con observar cómo ciertas relaciones —de pareja, amistad, familia, trabajo o incluso comunidad— funcionan bajo el régimen invisible de una sola cabeza. Una que dicta, persuade, sugiere y acomoda, mientras la otra sostiene la ficción del “estamos de acuerdo”. En el fondo, muchas personas no buscan un diálogo, sino un espejo; no buscan a un otro, sino a alguien que valide sin interrogar. El amor, la lealtad o el simple deseo de evitar tensiones se convierten en terreno fértil para que el capricho se convierta en ley y para que el individualismo salvaje se disfrace de “armonía”.

Hoy quiero reflexionar sobre esa forma contemporánea de egoísmo que no grita, que no golpea la mesa, pero que organiza la vida emocional de quienes la rodean. Este encuentro no es una denuncia moral, sino una invitación a mirar de frente la dinámica del pseudo-consenso. A reconocer cuándo cedemos por miedo y cuándo pedimos que otros cedan en nuestro nombre. A observar con claridad ese lugar donde la diferencia muere, y con ella, la posibilidad de un amor adulto y una convivencia justa.

El capricho moderno: una forma refinada de dominio

Vivimos en una época donde el capricho se ha convertido en virtud. La cultura de la inmediatez, el derecho a la comodidad y la idea de que el mundo debe adaptarse a nuestros estados de ánimo han creado sujetos profundamente convencidos de que su deseo es prioridad absoluta. Lo grave es que muchos ni siquiera lo reconocen como capricho: lo viven como autenticidad, como coherencia consigo mismos. El psicoanalista Donald Winnicott escribió alguna vez que “el verdadero self sólo puede aparecer cuando no se exige al niño que se adapte prematuramente” (Realidad y juego, 1971). Paradójicamente, hoy muchos adultos buscan que todos a su alrededor se adapten a ellos, como si la vida debiera protegerles de la frustración. El capricho moderno no es un berrinche estruendoso; es más sofisticado. Se expresa en frases como “no me gusta”, “me siento incómodo”, “creo que eso no va conmigo” o “si tú me quisieras, entenderías”. Es una forma de gobierno emocional que opera desde la suavidad. No ordena: sugestiona. No exige: insinúa. No impone: emocionaliza la decisión hasta que el otro prefiere ceder. Y una vez cedido, el capricho queda legitimado como acuerdo mutuo.

El problema no es buscar lo que uno quiere. Eso es humano y razonable. El problema es cuando esa voluntad individual se convierte en brújula universal, cuando el deseo de uno se presenta como el bienestar de todos. Ahí surge la trampa más peligrosa: disfrazar la conveniencia personal de armonía colectiva. Como escribió Hannah Arendt, “la persuasión puede ser más tiránica que la fuerza cuando elimina la posibilidad de disentir” (Entre el pasado y el futuro, 1961). Quizá por eso, en las relaciones actuales, muchos dicen creer en el diálogo, pero en realidad esperan que el otro entienda —sin que haya que explicarlo— que “lo mejor” es hacer lo que ellos necesitan. Es el triunfo silencioso del individualismo salvaje: creer que la vida se sostiene mientras todo el mundo piense igual que yo.

El pseudo-consenso: una ilusión que empobrece la relación

¿Qué ocurre cuando alguien dice “estamos de acuerdo” pero no lo está? Lo que ocurre es una renuncia subjetiva, una especie de autocensura afectiva que busca evitar conflicto. El sujeto sacrifica su pensamiento para preservar la relación, olvidando que ninguna relación sana exige ese precio. Como señaló Martin Buber: “Toda vida verdadera es encuentro” (Yo y Tú, 1923). Un encuentro implica dos miradas, no una sola replicada en el otro. El pseudo-consenso opera como un mecanismo de defensa: la persona teme el desacuerdo, teme molestar, teme perder la paz. Entonces dice “sí” para no enfrentar la posibilidad de la diferencia. Pero ese “sí” no construye intimidad; la destruye. Porque la intimidad real se basa en la capacidad de exponerse, de disentir, de revelar el pensamiento propio sin miedo a romper algo. Cuando eso se pierde, la relación se convierte en un teatro donde uno actúa y el otro aplaude.

En psicoanálisis, este fenómeno se reconoce como una modalidad de sumisión afectiva: el sujeto renuncia a su criterio para no desatar la frustración del otro. No es obediencia, es mantenimiento de la ficción: “Si yo no digo nada, todo estará bien”. Pero nada está bien. Lo que se mantiene no es la relación, sino la ilusión de que no hay tensiones. Y esa ilusión, tarde o temprano, cobra un precio emocional altísimo. La ilusión del consenso no sólo afecta a las parejas. Lo vemos en grupos de trabajo donde todos “piensan igual”, aunque nadie se atreva a decir lo contrario. Lo vemos en familias donde una opinión domina y los demás se pliegan. Lo vemos en amistades donde una persona siempre decide. Desde fuera, parece armonía; desde dentro, es silencio. Y como advertía Simone Weil, “el consentimiento real sólo es posible cuando también existe la posibilidad de negarse” (Espera de Dios, 1942).

“La mayoría de la gente no es consciente de su necesidad de obedecer; simplemente siente que seguir a la mayoría es lo correcto”.
— Erich Fromm, El miedo a la libertad (1941)

La sugestión emocional: cuando el deseo del otro ocupa mi lugar

Hay personas que no necesitan imponer nada; basta con que expresen un malestar, una incomodidad o un gesto de desagrado para que quienes las rodean se reorganicen alrededor de su sentir. El otro deja de pensar desde sí mismo y comienza a pensar desde el estado emocional ajeno. Ese es el terreno fértil donde crece la sugestión. El deseo del otro se vuelve brújula de la propia conducta. Sigmund Freud describió este fenómeno como “identificación con el ideal del objeto”, donde el yo renuncia a su criterio para conservar el amor del otro (Psicología de las masas y análisis del yo, 1921). No estamos ante una manipulación consciente, sino ante un lazo afectivo donde el temor a defraudar supera el deseo de ser uno mismo. El sujeto comienza a anticipar lo que el otro quiere, a preverlo, a evitarle molestias, a alinearse sin que se lo pidan. Y así, poco a poco, deja de existir como sujeto diferenciado.

Este tipo de relaciones son, en apariencia, tranquilas. No hay discusiones, no hay peleas, no hay tensiones abiertas. Pero el costo es brutal: el silencio interior del que cede. Ese silencio se llena de cansancio, resentimiento y tristeza, porque la persona empieza a vivir la vida del otro, no la propia. Y nadie puede sostener eso sin quebrarse. El problema con la sugestión emocional es que parece amor. Parece empatía. Parece sensibilidad. Pero no lo es. El amor invita a la diferencia; la sugestión la asfixia. La empatía abre espacio; la sugestión lo reduce. La sensibilidad escucha; la sugestión espera obediencia. Si no se nombra esta dinámica, puede convertirse en una forma de dependencia que destruye lentamente la subjetividad.

La comodidad del que impone: un poder que rara vez se reconoce

En toda relación donde uno piensa por dos, hay alguien que obtiene un beneficio: comodidad. La comodidad de no esforzarse en dialogar, de no tolerar la diferencia, de no revisar sus deseos, de no negociar. Esa comodidad es profundamente humana, pero también profundamente peligrosa. Emmanuel Levinas advirtió que “el egoísmo es la pereza del corazón” (Totalidad e infinito, 1961). Es más fácil pedir, exigir o insinuar que escuchar, comprender y renunciar. El que impone no siempre sabe que lo hace. Muchas veces lo interpreta como sensibilidad: “yo sólo dije que me incomoda”, “yo sólo expresé lo que siento”, “yo sólo pedí que me entiendas”. Pero detrás de esas frases puede esconderse una expectativa invisible: que el mundo —o la relación— se acomode alrededor de su necesidad. La psicología contemporánea lo llama centrado en sí: la incapacidad de considerar que el otro existe con pensamientos, ritmos y deseos propios.

El egoísmo moderno no es agresivo; es narcisista. Está convencido de que su postura es la más razonable, la más lógica, la más humana. Por eso suele sorprenderse cuando alguien se atreve a disentir: “¿pero por qué te molesta?”, “¿por qué te lo tomas personal?”, “¿qué tiene de malo hacerlo así?”. La sorpresa revela el punto ciego: la creencia de que sus decisiones son neutrales, universales, incluso moralmente superiores. Cuando el egoísmo se disfraza de buena voluntad, la relación queda atrapada en un espejismo: parece que ambos están de acuerdo, pero en realidad sólo uno está cómodo. El otro está cansado.

Recuperar la diferencia: condición para amar de verdad

La diferencia no es amenaza: es vínculo. Pensar distinto no rompe nada; rompe más fingir que se piensa igual. Si queremos construir relaciones adultas, profundas y verdaderas, necesitamos recuperar el derecho a disentir. Como escribió Søren Kierkegaard, “la desesperación más profunda es perderse a sí mismo” (La enfermedad mortal, 1849). Y muchas personas se pierden intentando sostener relaciones donde no hay espacio para la propia voz. Recuperar la diferencia implica reconocer que el otro no está obligado a coincidir conmigo. Implica entender que amar no es exigir, sino escuchar. Implica aceptar que el desacuerdo no es sinónimo de conflicto, sino de humanidad. En análisis, uno de los trabajos más significativos es ayudar al paciente a recuperar su propio criterio, su propio deseo, su propia palabra, después de años de ceder para sostener un pseudo-consenso emocional.

La diferencia es el espacio donde las dos subjetividades se encuentran sin perderse. Es el territorio donde se puede hablar, negociar, disentir, reconciliarse. Sin diferencia, sólo hay fusión; y la fusión, aunque parezca romántica, es una forma de anulación. El sujeto se convierte en sombra del otro, en eco, en asistente emocional. Ninguna relación puede florecer ahí. Por eso, quizá, la frase inicial es más profunda de lo que parece: cuando dos “piensan igual”, alguien está renunciando a sí mismo. La tarea no es romper esas relaciones, sino transformarlas. Hacer espacio para la voz que no se ha escuchado, para el desacuerdo que nunca se ha permitido, para la subjetividad que ha esperado demasiado tiempo en silencio.

Reflexión final

Queridos(as) lectores(as), todos hemos sido alguno de los dos: el que cede demasiado o el que, sin darse cuenta, pide demasiado. Todos hemos participado del engaño del pseudo-consenso. Todos hemos tenido miedo de hablar o hemos disfrutado de que el otro calle. La pregunta importante no es “¿quién tiene la razón?”, sino: ¿qué verdad no se está diciendo en mi relación? ¿Dónde he pensado por dos? ¿Dónde he permitido que otro piense por mí?
¿En qué lugar de mi vida he confundido capricho con amor, comodidad con armonía, silencio con paz?
La diferencia no rompe. Lo que rompe es la renuncia interior. Que podamos recuperar nuestra voz y, desde ella, construir vínculos donde pensar juntos no sea pensar igual, sino pensar de verdad.

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El dolor de la indiferencia

“Cuidar es ante todo un acto moral: implica reconocer al otro en su fragilidad».
— Arnoldo Kraus

Queridos(as) lectores(as):

En estos días he pensado mucho en lo que significa estar verdaderamente cerca de otro ser humano. No hablo de proximidad física, sino de esa presencia que sabe hacer silencio, mirar con atención y decir —aunque no se pronuncie—: no estás solo. La muerte reciente del médico y ensayista Arnoldo Kraus, tan comprometido con la ética del cuidado, me ha hecho ver con más claridad la gravedad del problema que vivimos: la cultura actual se está volviendo experta en evitar, distraerse, pasar de largo. Y, sin embargo, nunca ha habido tanta gente que necesite compañía. Este encuentro es un llamado urgente, pero también una invitación profunda a reconsiderar cómo estamos viviendo nuestra relación con quienes nos rodean.

La herida social que no queremos mirar

En la consulta, en la calle, en el metro, en redes sociales: la indiferencia se ha vuelto una sombra que nos sigue a todas partes. No es una maldad activa, sino algo más insidioso: la falta de atención, la incapacidad de darnos cuenta de que alguien cerca de nosotros está sosteniéndose apenas con las uñas. El filósofo francés, Emmanuel Levinas, escribió: “El rostro del otro me obliga” (Totalidad e infinito, 1961). Pero la cultura actual —rápida, ruidosa, autocentrada— parece haber perdido la capacidad de ver esos rostros. La apatía no es sólo un fenómeno psicológico, es también político, ético y cultural. Es el síntoma de sociedades que han reducido la vida al rendimiento personal. Donald Winnicott lo advirtió hace décadas cuando afirmaba: “La mayor necesidad del ser humano es ser hallado por alguien” (El proceso de maduración en el niño, 1965). Pero en un mundo obsesionado con el éxito y el entretenimiento, ¿quién tiene tiempo para encontrar a otro?

La falta de empatía puede ser devastadora. Cuando alguien carga con una enfermedad, un duelo, un agotamiento profundo o un miedo que no sabe nombrar, un simple gesto —un mensaje, una visita, una llamada— puede ser la diferencia entre sostenerse y quebrarse. Sin embargo, muchos se excusan pensando: “no quiero molestar”, “seguro tiene a alguien”, “no sé qué decir”. La verdad es que la mayoría del tiempo no hay nadie más. Arnoldo Kraus insistía en que el cuidado es un vínculo humano antes que una técnica. Escribió: “El enfermo necesita saber que alguien lo acompaña, incluso cuando no hay nada que hacer salvo estar ahí” (Morir antes de morir, 2013). Esa frase debería resonar como una alarma en una sociedad que huye del dolor ajeno como si fuera contagioso.

El individualismo que nos está volviendo ciegos

El individualismo contemporáneo no sólo promueve que pensemos en nosotros mismos primero; fomenta la ilusión de que no necesitamos a nadie. Ese ideal de autosuficiencia absoluta no sólo es falso: es profundamente real. El médico y filósofo Edgar Morin decía: “Somos individuos, pero también seres sociales y solidarios; olvidar cualquiera de estas dimensiones es mutilar al ser humano” (La vía, 2011). Hoy confundimos respeto con distancia, libertad con desconexión, privacidad con abandono. Decimos “cada quien su vida” sin notar que esa frase es, en muchos casos, la justificación elegante para no involucrarnos en el sufrimiento ajeno. La psicóloga Virginia Satir lo expresó con claridad: “Nos convertimos en personas gracias al contacto humano” (Conjoint Family Therapy, 1964). Alejarnos del otro no nos hace libres; nos hace más frágiles y más solos.

La apatía social también se alimenta de la angustia colectiva. Después de años de crisis económicas, sanitarias, políticas y emocionales, muchos sienten que no pueden cargar con nada más. Sin embargo, el cuidado no siempre es carga: a veces es alivio, porque nos recuerda que existimos en una trama de afectos que nos sostienen. Kraus escribía sobre los pacientes que más lo marcaron, y decía: “Me enseñaron que acompañar es un acto que también salva al que acompaña”. Y es verdad. Cuando extendemos la mano a alguien, una parte de nuestra propia vida se ordena, se ilumina, se reconcilia consigo misma.

“El mayor mal es la indiferencia hacia la vida humana«
— Albert Schweitzer (Reverence for Life, 1966)

Cuando el silencio del otro duele más que la enfermedad

Quien ha vivido una pérdida, una depresión, un diagnóstico difícil o simplemente un periodo largo de soledad, sabe lo que significa mirar el celular esperando un mensaje que nunca llega. A veces no se necesita dinero, soluciones ni discursos: sólo saber que alguien está ahí. Rainer Maria Rilke lo expresó con ternura y sencillez: “Amar también es estar cerca cuando lo lejos pesa demasiado” (Cartas a un joven poeta, 1929). La cultura de la productividad ha reemplazado los vínculos por funcionalidades. Es más fácil dar un “like” que dar tiempo; más cómodo mandar un emoji que sostener un silencio incómodo. Pero lo humano —lo verdaderamente humano— se juega en la presencia, no en la eficiencia.

Los cuidadores —médicos, enfermeros, psicólogos, psicoanalistas, acompañantes de duelo— lo saben bien. Muchas veces no pueden curar, pero sí pueden acompañar. Y eso basta. Winnicott afirmaba: “La salud psíquica se construye en la experiencia de que alguien nos sostiene cuando no podemos sostenernos solos”. Es quizás una de las verdades más olvidadas de nuestro tiempo. La indiferencia, en cambio, hiere. No sólo al que la recibe: también al que la practica. La incapacidad de acercarnos al dolor ajeno termina convirtiéndose en una incapacidad de acercarnos al nuestro.

Volver a mirar al otro: un deber humano y urgente

¿Cómo reparar esta fractura? No se trata de grandes gestos heroicos, sino de pequeñas decisiones diarias. Mirar. Preguntar. Tocar la puerta. Escribir. Llamar. Estar. Como escribió Albert Camus: “No camines detrás de mí; puede que no te guíe. No camines delante de mí; puede que no te siga. Camina a mi lado y sé mi amigo” (Carnets, 1964). Caminar al lado: eso basta. El acompañamiento transforma porque reconoce la dignidad del otro. No importa cuán frágil, cuán cansado, cuán enfermo esté alguien: sigue siendo un mundo entero. Kraus lo repetía una y otra vez: “La dignidad del paciente es innegociable y comienza por tratarlo como un interlocutor, no como un estorbo” (Decir salud, 2011).

La empatía no es sólo sensibilidad; es responsabilidad. Es elegir conscientemente no dejar a nadie solo. Es entender que un gesto nuestro puede cambiar el curso de un día, o incluso de una vida. Y que si no lo hacemos nosotros, quizá nadie más lo hará. Estamos a tiempo de recuperar una cultura del cuidado. Pero sólo sucederá si dejamos de usar la excusa del “no me corresponde” para justificar nuestra ceguera emocional.

Reflexión final

Queridos lectores, alguien cerca de ustedes —un amigo, un vecino, un familiar, un compañero de trabajo— está pasándola mal sin decir una palabra. No esperen a que pida ayuda. Las personas más heridas suelen callar porque sienten que no quieren ser una carga. Que esta entrada sea una invitación clara: acérquense. Manden ese mensaje. Toquen esa puerta. Hagan esa llamada. Como decía Arnoldo Kraus: “Acompañar es un acto de humanidad que nunca está de más”. Y quizás —sólo quizás— ese gesto suyo será el primer rayo de luz en la noche de alguien.

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