2021: perspectiva, expectativa, esperanza

Queridos(as) lectores(as):

Les deseo un Año Nuevo con salud, esperanza, amor y mayores logros en todos los aspectos de sus vidas. Lamento haber estado ausente por un buen tiempo, pero tuve a mi papá un poco delicado de salud y éste tiempo de pandemia no ha permitido que se faciliten las cosas. No fue por el COVID-19, aun así ustedes saben que llegando a cierta edad, la salud se vuelve más y más frágil. Pero ya estamos de vuelta y con mucho entusiasmo de seguir compartiendo.

Perspectiva

El mejor consejo que les puedo dar, así como se los doy a mis alumnos, es que toda palabra debe «descubrirse» desde su propia etimología. Por tanto, perspectiva viene del latín perspicere, es decir, «ver a través de». Esto, si lo orientamos hacia nuestras vidas, entendemos que es una manera de » ver a través de las cosas», pero ojo, ver lo que cada uno de nosotros ve. Si decimos que el 2020 fue un año terrible, tendríamos que ver a través de qué lo vemos así: salud, economía, distanciamiento social, relaciones, trabajo, etc.

Por eso es que tenemos que orientar nuestra perspectiva teniendo en cuenta lo perfectamente subjetiva que es. Cuando decimos que «acabó el año», hablamos desde la perspectiva del hecho de los 365 días que han pasado, sin embargo, ¿para cuántas personas su año acabó al cerrar sus ojos por última vez? Ahora bien, cuando nos preguntamos todos sobre la perspectiva que tenemos sobre el 2021, tendríamos que empezar por preguntarnos por la que cada uno de nosotros tenemos, porque cuando hacemos que la perspectiva sea general, podemos encontrar mucha frustración. ¿Qué pasa si no es como otros decían que iba a ser? Bien dice el dicho popular «sólo sabe cuánto pesa el costal el que lo carga», por lo que no podemos descuidar en ningún momento nuestra vida, singular y auténtica.

Para que podamos ver a través de algo, tenemos que tener presente siempre nuestra propia realidad, sin dejarnos llevar por el pesimismo o por el optimismo, mismos que son polos opuestos y que pueden ser tremendamente perjudiciales. Hay que mirar a través de lo que es, lo que está pasando, lo que estamos viviendo. Así podemos tener mayor claridad. Es como cuando tenemos un problema de visión: para poder solucionarlo, hay que usar lentes con la graduación apropiada para cada uno de nuestros ojos. Tendremos claridad, pero cuidado con dejarnos deslumbrar.

Expectativa

Bien, cumplamos la sugerencia en el subtema anterior: expectativa tiene dos componentes léxicos de origen latino, ex- (hacia fuera), spectare (contemplar). Ahora que estamos situados ante la incertidumbre (o que más bien estamos más conscientes sobre la misma), la expectativa es justo aquello que es más probable que pueda pasar. Y volvemos al tema de la probabilidad. La probabilidad siempre irá ligada con la realidad, aunque claro, goza de un factor optimista, pero también de uno pesimista. Porque todo aquello que pueda llegar a pasar, pasará. Más o menos es de lo que trata la famosa Ley de Murphy.

¿Qué expectativa tenemos para éste 2021? La misma que hemos tenido los años pasados, me parece: que sea menos peor que el anterior o, en su defecto, que sea mejor. Es una espera válida, y volvemos a la subjetividad. En entradas anteriores comentaba que cuando una persona dice que «la vida es buena/mala» es a partir de su propia experiencia, de lo que ha vivido, de lo que ha padecido. Pero eso no hace que sea una verdad general. La vida es y será siempre vida, no podemos ni debemos negar absolutamente nada de lo que acontece en ella.

Vuelvo a preguntar: ¿qué expectativa tenemos para éste 2021? Aquí es donde cada uno debe responder desde la posibilidad propia, desde lo que se puede, desde lo que se tiene. Todos quisiéramos contestar que puras cosas buenas, que pasarán cosas maravillosas como el fin del COVID-19, que ya no haya contagios ni muertes, etc. Pero eso no depende de nosotros, al menos sólo queda que seamos responsables y empáticos cumpliendo con las disposiciones. Por tal razón es que la expectativa no debe desbordarnos ante lo que no hay posibilidades factibles.

Esperanza

Seguramente les hice ruido cuando dije que la esperanza puede ser negativa. ¿Qué acaso los pesimistas no tienen la esperanza de que pasen puras cosas malas? La esperanza se manipula, sin embargo, es un hecho que la esperanza es un acto de fe y de un fuerte contenido optimista. Sperantia (en espera).

Todos y cada uno de nosotros esperamos cosas buenas, sí, sin duda. Pero tenemos miedo de esperar que ocurran malas. Hace unos días me llegó un meme que, para serles franco, me dio risa pero sentí tristeza, el cual decía: hoy nadie dice «ya llévame, Diosito», porque se los cumple». ¡Qué tanto nos ha afectado esto que estamos viviendo! Pero, ¿tanto nos afecta que nos niega el deseo de seguir viviendo? No, realmente no es así, porque es cuando más se ha visto esa persistencia, ese impulso interior (que los vitalistas están emocionados porque de cierto modo se les cumple lo que decían), esa pulsión de vida que nos hace aferrarnos a la vida. ¿Y cómo lo hemos hecho? Acaso no se han visto más creativos en este tiempo? El acto de crear, según dice el Dr. Juan David Nasio, es el poder renunciar al objeto de amor perdido.

2021… y lo que venga.

Sea lo que sea que vaya a pasar, será como siempre: no lo sabemos. Podemos tener perspectiva, expectativa y esperanza, pero la vida sabe irrumpir e imponerse tal y como es. Lo mejor que podemos hacer es vivir, sea lo que sea, pues es parte de todo esto que está pasando. Cada quien deberá comprometerse con ello a la medida de lo posible.

Bien decía el filósofo de Tréveris, Karl Marx: «el tiempo es nuestro más grande valor, nuestro más grande tesoro». ¡Compartámoslo, pues! ¿Pero cómo? Haciendo comunidad, apoyándonos los unos a los otros, pero sobre todo, dejarnos apoyar. No está mal aceptar que no podemos con todo (¡ni siquiera tendríamos que!).

Les abrazo con amor y cariño, deseándoles mucha salud y que sus proyectos les traigan alegría. Les ofrezco mis servicios como psicoanalista (que son en línea, por el momento). Me pueden escribir a psichchp@gmail.com.

¡Los escucho!

Esa extraña serenidad

No dejo de pensar en lo serena, e incluso pasiva, que resulta la naturaleza en nuestros días. Estos días del hombre caótico. El mundo colapsando por la pandemia y por la caída económica, el miedo y el dolor; la angustia se palpa en todos lados y se comunica entre todos.

Y la naturaleza sigue ahí. Serena. Pasiva. Tranquila.

Sopla el viento: las ramas y hojas de los árboles y plantas se menean suavemente, un movimiento perenne, que sigue un ritmo extraño, complejo pero simple a su vez.

La naturaleza insiste en estar ahí. Quieta. A la espera. ¿Qué puede pasar?

La naturaleza del hombre se desata, unos contra todos: la arrogancia, la envidia, la soberbia. Un baile de máscaras que tiene como fin negar la vida misma. Todos quieren respuestas, soluciones, que la pandemia pase. Todos quieren todo y pocos son los que están para todos. ¿Y la empatía?

La naturaleza sigue ahí. Un espectador único y privilegiado. Y se cuestiona en silencio al vernos: «¿Son en verdad ellos lo más importante de la creación?».

¿Cuántos quisiéramos esa serenidad? Por muy extraña y sospechosa que parezca. Hasta que un día, toda esa paz se vuelva contra nosotros para recordarnos que seguimos siendo parte de un todo.

Mirar o contemplar la naturaleza requiere de un criterio casi insospechado, es decir, necesitamos aprender a ver más allá de lo aparente, que esa serenidad, como les decía, en cualquier momento se torna contra nosotros. Y eso no es más que la proyección de nuestro propio «estar» en el mundo.

A la espera de la imposición

«La vida del hombre sobre la tierra es combate, y combate primero y ante todo consigo mismo»

-Miguel de Unamuno

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días, en mi programa In.Cultura en Facebook hablé sobre la sociedad pandémica, una reflexión en torno a lo que estamos viviendo en tiempos del COVID-19. Uno de los rasgos que destaqué es que hay un crecimiento alarmante del egoísmo y de la falta de empatía. Un modo de demostrarlo es que en países como Francia, España y ahora recientemente Bélgica, se ha optado por el toque de queda, ya que el número de contagios se ha disparado. El malestar de éste 2020 parece que no tiene fin cercano.

Ahora bien, en México la realidad no se aleja mucho de los países europeos. Primero habría que entender algo de suma importancia: cuando hablamos de «países de primer mundo», en ningún momento se considera a una «sociedad de primer mundo», es decir, no debemos descuidar que los factores económicos, políticos y laborales se distancian mucho de la idea de educación, valores y virtudes, tanto de la sociedad como de los individuos que la conforman. ¿Dónde quedó el tiempo en el que había una exigencia ética hacia las personas? Ciertamente, conforme la posmodernidad va avanzando, se van perdiendo muchos puntos claves que posibilitaban, quizá no una sociedad perfecta, pero sí al menos una idea de comunidad. Porque tal parece que exigir es ser intolerantes, claro, que depende quién lo hace y desde qué contexto.

¿Y la pulsión de muerte?

¿Qué tan cierto es esto del COVID-19? Quizá sea una pregunta que ha pasado por la mente de todos, pero que no se le ha encontrado respuestas totalmente satisfactorias, al menos eso es lo que creemos quienes, a pesar de la evidencia de enfermedad y muerte que hay, vemos cómo a muchos no les importa y siguen empeñados en apostar por teorías conspiranoicas que apuntalan hacia un «nuevo orden mundial». Pero, ¿quiénes son los que las fortalecen? Porque es cierto también que hay ciertas figuras del medio de los reflectores que han hecho campañas contra el uso de cubrebocas, por poner un ejemplo. Muchos artistas, influencers, youtubers, quizá no son conscientes de la tremenda responsabilidad que cargan; ofrecen su opinión sin filtro alguno y sin pensar en lo tremendamente influenciables que son muchas personas, carentes de una formación educativa, científica y, por qué no, de todo sentido común.

Pero no se trata de librar de responsabilidad a quienes son directamente culpables de muchas situaciones que han provocado el crecimiento de la pandemia. Ya habíamos hablado anteriormente sobre ésto, pero me parece que por desgracia seguimos sin hacer mucho ruido al respecto. Sí, es cierto, el encierro en muchos casos ha terminado por desesperar a las personas y la necesidad de contacto personal con otros ha sido lo que ha llevado a relajar las medidas, sin embargo, ¿qué tanto nos está diciendo la pulsión de muerte sobre esas personas? Escuchaba en el radio hace unos días a un periodista decir algo como «es que la gente se quiere morir, ya no puede». La vida se vio reducida al confinamiento, pero no por un gusto o por capricho de estructuras de poder, sino por un tema de salud. Sin embargo, insisto, las personas pareciera que no entienden eso.

De hecho, tengo un caso que compartir. Una persona cercana a mi familia, nos comentó que reanudó sus reuniones de café con un círculo de amigas. Originalmente, cada jueves se reunían en un local al sur de la Ciudad de México para pasar un rato agradable. Nos hablaba de 12 personas. Pero que debido a la pandemia, se dejaron de ver. Hasta ahí muy bien. Sin embargo, 4 de ellas, además de ésta mujer, «ya no pudieron más» y apenas vieron que su cafetería había vuelto a abrir, se dispusieron a reunirse. Las otras, entendiendo la situación y que están dentro de los parámetros de mayor riesgo, empezando por ser parte de la tercera edad, optaron por esperarse. Cuando nos compartió eso, que lo decía con una tranquilidad inusual, nos quedamos sorprendidos. Evidentemente cuestionamos esa acción, al punto de decirle que estaba cometiendo una tontería al ponerse en ese riesgo. ¿Cuál creen que fue la contestación? «Sí, sí, yo sé, pero pues tengo que ir». ¡Tengo que ir! Cuando hablé con ella para hacerle entender el error, ella, encaprichada como una niña pequeña (cabe señalar que está arriba de los 70 años), me decía a todo lo que le argumentaba: «Sí, sí, pero aún así seguiré yendo». Ya que insistimos tanto en su error, entró en razón, pero no sin decirnos o advertirnos que «bueno, por ahora no iré, pero sé que voy a ir porque tengo que ir».

Ya no quisimos volver a insistir…

¿Dónde quedó la pandemia?

Voy enterándome que estamos a punto de volver (cuando realmente nunca tuvimos que dejarlo) a semáforo rojo en la CDMX. Muchas personas se siguen reuniendo en bares, restaurantes, cafeterías, haciendo fiestas, celebrando bodas, etc. ¿Y dónde quedó la pandemia? Por lo general, cuando se les cuestiona a esas personas, siempre contestan con un «pero iba con todos los cuidados posibles», y puede que sea cierto, pero si tan sólo pudiéramos entender que los cubrebocas y las caretas son apenas herramientas para disminuir la posibilidad de contagio y que no son en ningún momento cosas que eviten en totalidad el mismo, podríamos tener una mayor consciencia de esto tan grave. Sin embargo, pareciera que las prioridades son otras, porque incluso hay gente que «no puede vivir sin ir al gimnasio», porque la vanidad, la inseguridad, y demás cosas que se juegan en su mente, están disparadas. La necesidad de reconocimiento, que se ha vuelto uno de los peores vicios de ésta sociedad, está poniendo en riesgo a muchas personas. Habría que cuestionar severamente las exigencias de imagen que hacen que, hoy por hoy, muchas personas vivan de la misma y no tengan algo más por lo cual vivir.

¿Es que acaso se nos olvida que esos caprichos, ridículos y que deberían trabajarse, son evidencia del poco interés y agradecimiento, no se diga preocupación, que se tiene para todas las personas que están combatiendo, desde hace meses, ésta enfermedad en los hospitales? Reforzar la empatía debería ser prioridad, pero mientras nos sigamos consumiendo en nuestro egoísmo, en nuestra falta de amor propio, sólo veremos morir a más gente y esperar no ser los siguientes en la lista del año más terrorífico de lo que va del siglo XXI. Por un lado se vendría una acción de imposición, como lo es el toque de queda, pero por el otro y más preocupante, sería que la violencia se desencadene, y los que hoy se la toman con tanta tranquilidad, sirvan como objeto para descargar la frustración de otros.

Cuidado, porque eso sí pasa…

El devenir de la estigmatización del gusto

Queridos(as) lectores(as):

Sé perfectamente que la pandemia ha modificado, quizá de manera abrupta, nuestro modo de vida. Muchas personas han perdido sus trabajos, otros la oportunidad de seguir estudiando. Si algo nos ha demostrado el COVID-19, aparte de la letalidad de algo que, hasta la fecha, no tiene modo de pararse, son las tremendas brechas tecnológicas que existen en la sociedad de la así llamada «época de la comunicación».

Pero no sólo eso, ya que no todo gira alrededor de la adquisición tecnológica (en tanto que hay gente que no tiene los medios para tener una computadora moderna, acceso a internet, cantidad apropiada de computadoras para cada integrante de la familia, etc.), sino que también se ha demostrado que no existe consciencia sobre el uso apropiado de la misma.

¿A qué voy con esto? Ya van varios casos que escucho en los que tanto los trabajos como la situación académica, se han visto rebasados por el abuso. Trabajos que antes de la pandemia eran presenciales, encontraron el modo de hacerlos home office, pero que a su vez los volvieron tremendamente pesados. Es decir, una querida amiga me comentaba que antes, ella trabajaba desde las 9 de la mañana hasta más 16 hrs., pero que ahora es desde las 8 hasta las 23 hrs. ¿Por qué? Me comenta que como han tenido que modificar algunas cosas en la empresa donde trabaja, entre las cuales destaca la liquidación de muchos empleados por «falta de presupuesto» para costear sus sueldos, las cargas de trabajo se han triplicado desde que comenzó en México la suspensión de actividades presenciales.

Pero también, antes de continuar, resalta el tema de las llamadas clases virtuales, en las que he escuchado incontables quejas por parte de ex alumnos míos sobre el pobre y terrible contenido simplón que hay en muchas de ellas, donde muchos profesores dan temas muy sencillos, pero que dejan tareas muy complejas. Conozco el particular caso de A., quien estudia en en una de las universidad privadas de mayor prestigio del país. Ella no sólo tiene horarios insufribles (desde las 8 hasta las 18 hrs), sino que la carga de tareas se ha vuelto un infierno para ella. Puedo decir que ha sido siempre una alumna muy dedicada y con buenas calificaciones, sin embargo, me ha mostrado todo lo que le dejan y me alarma. Simple y sencillamente no es posible que hasta los fines de semana empiece sus trabajos desde temprano y me diga que va terminando hasta en la noche. ¿Y el descanso?

De un vicio a otro

Ciertamente, el uso de la tecnología nos ha ayudado, de alguna manera, en hacer más fácil nuestra vida. Sin embargo, también es cierto que se ha vuelto un vicio a tal grado que difícilmente podemos ver a una persona sin el celular cerca, que parece ya una extensión de su cuerpo. Hay estudios que dicen que las próximas generaciones, por poner un llamativo ejemplo, presentarán modificaciones físicas en sus manos de tal modo que sean más amplias para poder sostener los celulares.

Pero, ¿en qué momento ese vicio, que tenía un origen social en tanto a la comunicación con otros (redes sociales) se ha vuelto un vicio laboral y académico? ¿No caemos en cuenta que el uso diario, constante y en ocasiones risible, de los celulares, tablets y computadoras provoca deterioro en los ojos? El término cansancio visual se relaciona precisamente con eso. Recuerdo que cuando estaba en mi época de estudiante, mi mamá (q.e.p.d.) me regañaba por «leer a oscuras» pues «me iba a lastimar la vista» por forzarla. Irónicamente, ahora podemos tener la luz «adecuada» para seguir viendo cosas en la noche, pero que nos perjudica poco a poco. Además, trayendo el tema del insomnio que ha ido creciendo en varios sectores de la sociedad, no se toma en cuenta que la luz blanca reactiva al cerebro.

Cansancio emocional

Hay un malestar muy marcado en este año 2020: el ser humano está desesperado por volver a convivir de manera presencial, por tener contacto físico y eso es más que entendible. Éste malestar ha degenerado en un deterioro anímico y emocional que lleva a muchas personas a pleitos por cualquier cosa. La inseguridad, la falta de educación emocional, los prejuicios contra el psicoanálisis y demás psicoterapias, el sentimiento de soledad y de abandono, están abriendo grandes problemas que, de no tratarse ahora, se volverán un punto más a la lista de fracasos de las estructuras socio-económicas de la llamada posmodernidad.

Hace unos años, el filósofo surcoreano-alemán, Byung-Chul Han, en su texto La sociedad del cansancio, señalaba lo siguiente:

El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse. Esta autorreferencialidad genera una libertad paradójica, que, a causa de las estructuras de obligación inmanentes a ella, se convierte en violencia. Las enfermedades psíquicas de la sociedad de rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad paradójica.

Parece ser que la sociedad actual exige tanto a sus miembros que les prohíbe todo tipo de descanso, haciéndolos sentir hasta culpables por tan sólo pensar en ello. ¿Dónde queda el descanso? Simplemente no existe. Y eso lo veo muy marcado en varios casos en los que escucho «es que no tengo tiempo». ¿Quién no tiene tiempo para levantarse de la silla y estirarse? Es decir, pareciera que las estructuras académicas y laborales actuales, producto de la pandemia, han logrado introyectar en los afectados, no sólo un deformado sentido del deber (que atiende a otros intereses ajenos, muchas veces, a ellos mismos), sino también un desprecio a la idea misma de descansar. «No me da la vida, tengo que seguir con esto o no voy a acabar».

Terrible lo que estamos viviendo. Porque me preocupa que se vuelva parte de la «nueva normalidad» que beneficia a círculos de poder que gozan de la libertad que les están negando a otros y al mismo tiempo de los grandes beneficios del trabajo de ellos. Esta explotación que encuentra sus génesis en la realidad psíquica de los trabajadores y estudiantes, devendrá en la estigmatización del gusto por hacer las cosas. Y la rutina se volverá todavía más insoportable. Ni pensar en qué sucederá cuando este ritmo tan acelerado, ridículamente llevado al exceso, se tenga que disminuir de golpe cuando las personas puedan regresan a sus actividades presenciales.

Berenice: un relato de obsesión

«La obsesión acompañada de sensibilidades extremas genera monstruos”

-Arturo Pérez-Reverte

Queridos(as) lectores(as):

Hace tanto que no nos encontramos. Espero estén bien y que cuenten con buena salud y no estén pasando por momentos (más) precarios.

En ésta ocasión vamos a analizar el cuento de Edgar Allan Poe, Berenice (1835), publicado por primera vez en el Southern Literary Messenger, con el fin de poder ilustrar, brevemente, el comportamiento de lo que conocemos en el psicoanálisis como neurosis obsesiva. Poe, a través del protagonista Egaeus, nos va delatando una historia sobre el futuro casamiento que tendrá con su prima, Berenice (hay que señalar que uno de los temas más obsesivos de nuestro autor son las mujeres y la tormentosa vida que tuvo con ellas). Egaeus nos va narrando que tiene ciertos ataques de origen mental que le llevan a una obsesionada lucha interna consigo mismo, con pensamientos que no le dejan ni un sólo momento. Como nos tiene acostumbrados Poe, Egaeus es un personaje muy profundo y dramático: “La miseria es múltiple. La desgracia afecta de diversas formas. Extendiéndose por el vasto horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados, tan distintos y hasta tan íntimamente mezclados como los que nos presenta ese fenómeno”.

En un momento, Egaeus pasa a hablar de su hermosa prima, con la que hemos dicho que pronto habría de contraer nupcias, sin embargo, nos narra también sobre una extraña enfermedad que ha hecho que ella se vaya deteriorando con el tiempo, misma que no pasa desapercibido por su propio lamento: “¿Cómo es posible que de la belleza ha derivado un tipo de lo desagradable? ¿Del anuncio de paz, un símil de dolor?”. Sin embargo, nuestro protagonista hace notar que hay algo en ella que se mantiene casi perfecto, sin daño alguno por la misteriosa enfermedad y que detona una obsesión terrible en él: sus dientes.

Antes de seguir con el texto, debemos explicar la neurosis obsesiva. Para Sigmund Freud se trata de un trastorno de origen psíquico que provoca en quienes lo padecen una suerte de bombardeo de pensamientos sobre cosas que no existen o, peor aún, no son de su real interés. Los pacientes sufren de tal manera que su dolor se vuelve meramente interno; en algunos casos son incapaces de exteriorizarlos, generándoles una persistente angustia y hasta delirios. No es de sorprender que uno de los síntomas sea el insomnio o la fatiga constante. Aunque también es importante señalar que puede complicarse el dar con el diagnóstico adecuado de la neurosis obsesiva ya que muchos de los síntomas pueden pasar desapercibidos.

Volviendo a Egaeus, encontramos este interesante cuestionamiento: “O la memoria de la dicha pasada es la pena de hoy, o las agonías presentes tienen su origen en los éxtasis que pueden haber existido”. Podemos estar seguros del terrible proceso de confusión por parte del neurótico obsesivo que, por momentos, pareciera que ha perdido contacto con la realidad, dejando que su fantasía (sus miedos) se torne contra él de maneras brutales y sin piedad. “[…] un recuerdo que no quiere abandonarme, una memoria como de una sombra, vaga, variable, indefinida, irregular, sombra de la que no podré verme libre mientras brille el sol de mi razón”. Ese “recuerdo” podemos convertirlo a un sólo pensamiento, mismo que se vuelve constante y repetitivo una y otra, y otra vez, haciendo que la conducta del neurótico obsesivo se exprese según su estado de ánimo, “encontrando” en la compulsión a la repetición una suerte de cura del malestar que sufre notablemente. Es tanto el pesar que Egaeus sufre que expresa, a mi creer, una confesión típica de todo aquel que sufre un padecimiento mental sobre el otro:

«Mientras tanto, mi propio mal, pues se me ha dicho que no debía llamarlo con otro nombre, mi propio mal crecía rápidamente, hasta asumir, por último, un carácter monomaníaco de una nueva y extraordinaria forma, ganando sobre mí, el más incomprensible ascendiente. Esta monotomanía, si debo llamarla así, consistía en una mórbida irritabilidad de esas cualidades de atención. Es más que probable que no sea entendido, a la generalidad de los lectores una idea adecuada de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las potencias meditativas, para no emplear tecnicismos, se hundían en la contemplación de los objetos más comunes del universo».

Pero, ¿qué es lo que siente el neurótico obsesivo? “Un helado estremecimiento recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de insuperable ansiedad y una curiosidad consumidora se apoderó de mi alma; y echándome hacia atrás en la silla, permanecí algunos instantes sin aliento, ni movimiento, con mis ojos fijos en su persona”. Podemos observar que es tanta la obsesión, valga la redundancia, del neurótico por aquellas ideas que le acechan en su mente, que le es imposible pensar en algo fuera de ellas, en algo más. Entendamos lo siguiente: en la mente del obsesivo, todos los pensamientos que provocan el malestar, se presentan de forma continua. Ahora bien, ¿de qué modo? Empecemos por señalar la desesperación provocada por la ansiedad: un constante flujo de sentimientos de culpa innentendibles, una notoria necesidad de verificar las cosas y, por supuesto, un delirio preocupante por mantener el control y el orden que deviene en la obsesión de limpieza.

Cuando Egaeus está por casarse con Berenice y descubre el velo que cubre su rostro, nos da la clave para entender la futura obsesión por los dientes de su futura esposa: “Desvié involuntariamente la vista de sus miradas vidriosas para pasar a la contemplación de sus delgados y encogidos labios. Los abrió y en medio de su sonrisa de peculiar expresión, los dientes de la cambiada Berenice se presentaron lentamente a mis ojos. ¡Quisiera Dios que no los hubiera visto, o que habiéndolos visto hubiera muerto!”. Cabe en estos momentos señalar algo de notable interés para nuestra comprensión de la neurosis obsesiva, que se trata justo de los mecanismos de defensa, y digo que es de notable interés ya que el origen de ellos es también de naturaleza obsesiva. Los mecanismos de defensa son varias veces expuestos de manera consciente, pero el neurótico obsesivo se hace de ellos, como ya se ha mencionado anteriormente, para intentar reducir el malestar de lo que está encubriendo con ellos. Y es justo en ese momento donde empiezan a ser notables las afecciones y alteraciones psíquicas, tales como la confusión, la pérdida de contacto (temporal) con la realidad, el sentimiento de abandono, incluso breves lapsos de delirio de persecución y la necesidad, curiosa, de querer huir. La desesperación se desata.

Sobre esto último, notemos qué expresa el protagonista:

«Pero no había partido del desordenado cuarto de mi cerebro, y no quería salir de él la pálida imagen de los dientes. Ni una mancha en su superficie, ni una sombra en su esmalte, ni un desperfecto en sus aristas, que el breve periodo de su sonrisa no hubiera bastado para grabar en mi memoria. Los veía entonces hasta con más resplandor que cuando los contemplé en realidad. ¡Los dientes!, ¡los dientes! — estaban aquí y allí por todas partes, y visible y palpablemente delante de mí «.

En el caso de Egaeus, los pensamientos se vuelven obsesivos casi de manera involuntaria, tan es así que pedía a Dios no haberlos visto o una vez que los vio, hubiera preferido morir al momento. Las ideas compulsivas se vuelven incontrolables. Todo en el mundo exterior parece que pierde importancia, centrando su atención delirante sólo en algo determinado, volviendo al afectado impulsivo y en muchas ocasiones agresivo. Como lo vimos también anteriormente, la compulsión a la repetición es algo persistente, sin embargo no habíamos hecho mención que toda acción se vuelca sobre lo simbólico. Es, de hecho, interesante notar que dichas repeticiones suelen encontrar cobijo en rituales de notable naturaleza mágico-mística. Lo que tampoco debe desviar nuestra atención es el comportamiento desenfrenado al intento desesperado de “hacer desaparecer” lo que le está pasando, donde el cuerpo se vuelve también su propio lenguaje. Todo, al menos desde la postura psicoanalítica, se vuelve analizable y encuentra una profunda relación significativa con la obsesión.

Para poder estudiar bien lo que la neurosis obsesiva tiene que ofrecernos, tenemos que aceptar el hecho de que su causa no es como tal una, sino todo lo contrario. Es necesario advertir que en un acto obsesivo que se está analizando hay varios porqués de por medio, en otras palabras, es una psicopatología multicausal. Lo que es de llamar la atención es que, al menos en algunos casos conocidos, la neurosis obsesiva recae en una fórmula de agentes que se suman para poder dar paso al trastorno. Por poner algunos ejemplos, hay factores externos e internos, pero siempre relacionados con el paciente. No es mi intención entrar en detalles neuroquímicos.

Volvamos con Egaeus:

«En los multiplicados objetos del mundo externo, no tenía pensamientos sino para los dientes. Los deseaba frenéticamente. Todos los otros asuntos y todos los otros intereses llegaban a absorberse con su única contemplación. Ellos, ellos solos estaban presentes a los ojos del espíritu, y ellos, en su individualidad solitaria, se convertían en la esencia de mi vida intelectual».

Si tomamos que los dientes de Berenice son algo que no podían ser controlados por Egaeus, en tanto que no le pertenecían pero que causaban una muy notable obsesión, podemos entender entonces que hay factores externos que dan paso al trastorno, ya que los individuos que se han visto relacionados en situaciones que no pueden controlar se sitúan a sí mismos en una predisposición del sufrimiento neurótico obsesivo. “[…] de Berenice, yo creía absolutamente que todos sus dientes eran ideas. ¡Ideas! ¡Ah!, aquí está el pensamiento del idiota que me ha perdido. ¡Ideas! — ¡ah!, por eso es que yo los codiciaba tan locamente. Sentía que sólo su posesión podía devolverme la paz, y restituirme la razón”. Como sabemos, al final del cuento de Poe, Egaeus es descubierto con la posesión de los dientes de Berenice, mismos que al parecer fueron extraídos del cadáver de la difunta una vez que había sido enterrada. Sin embargo, reforzamos lo que ya decíamos sobre el modo o las maneras en las que el obsesivo pretende curarse de su propia obsesión, y en éste caso llegando a la terrible acción de profanar una tumba para hacerse con aquellas “ideas” (los dientes), objeto real de su atención, inclusive de su amor.

La neurosis obsesiva se puede tratar desde el psicoanálisis, las psicoterapias y con el apoyo farmacológico, sin embargo, como sucede en la mayoría de los casos, cuando se emplean medicamentos para “tratar-curar” un padecimiento mental de éste tipo, apoyándose con antidepresivos e inhibidos selectivos de la recaudación de la serotonina, si no hay la manera de que el paciente ponga en palabras lo que desde el inconsciente le está afectando, la compulsión a la repetición resurgirá de manera constante.

Ésta maldita incertidumbre

«La esperanza es pariente de la duda»

-Walter Savage Landor

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo que vengo escuchando mucho algo que se repite una y otra vez en distintos discursos que, para ser totalmente sinceros, no tendría que ser tal: «Esto (del COVID-19) nos agarró por sorpresa a todos». A ver, sí, por un lado es cierto, nadie podía imaginar las tremendas consecuencias de éste virus (las estadísticas económicas, laborales y financieras dejémoslas a un lado), sin embargo, COVID-19 o no, ¿quién realmente puede tener certeza de algo? Me parece que todos hemos crecido con esa sabiduría popular que nos dice que «lo único de lo que tenemos certeza es de la muerte». Pero, ¿de algo más, realmente, tenemos certeza?

Grosso modo, tener certeza de algo es estar 100% seguros que algo sucederá y no podrá ser de otra manera. Pero, me queda muy claro hoy más que nunca, que nos encontramos, como diría Heidegger, «arrojados a la existencia», y con ello, ante la más grande y temible incertidumbre. Y es que, a pesar de otros tiempos difíciles, ahora nos enfrentamos a un enemigo «invisible» y letal. Pero, ¿acaso siempre estuvimos atentos al peligro que supone existir día a día al no poder tener, precisamente, certidumbre de lo que sucederá?

Más allá de la razón

Justo estoy comenzando a ver una serie danesa en Netflix que se llama Algo en qué creer (Ride Upon the Storm, 2017), y que por lo pronto no me ha decepcionado; una historia fuertemente influenciada por la religión (en éste caso por la creencia cristiana de la Iglesia Luterana Danesa), pero que en sí invita a una profunda reflexión sobre la caótica existencia de cada uno de los seres humanos. En verdad, les recomiendo que la vean, porque les hará, una vez más, caer en cuenta de lo importante de la idea de nuestra propia interioridad. Pero, por lo pronto, me quedo con algo que dicen en un momento: «No tienes miedo a morir, tienes miedo a creer».

FE_EN_TIEMPOS_DE_CORONAVIRUS

Zygmunt Baumann tenía razón al afirmar que nos encontramos en una modernidad líquida, es decir, que no hay nada sólido a lo cual aferrarse. ¿Pero a qué se refiere con exactitud? Justo habla del malestar propio de la incertidumbre. No hay nada (fe, valores, principios, virtudes, etc.) a los que el ser humano se pueda sostener con fuerza. Esto se debe al desenfrenado crecimiento de la inmediatez, donde «todo tiene solución con un sólo click«. Soluciones rápidas y precisas. O al menos es lo que nos gusta pensar ante la desesperación de responder a los problemas en nuestra vida. Pero, cuando no se puede, ¿qué pasa? La desesperación se torna en estrés, el estrés en enfermedad y la enfermedad en muerte. Se acabó. ¿Y luego?

Perdonando un poco éste «atrevimiento», quiero compartir con ustedes algo desde mi fe (catolicismo) para poder seguir con nuestro encuentro. ¿Qué es la fe? Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la fe «es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro». Sin embargo, me queda por advertir, que la fe por sí misma no es comunicable, al menos no del todo, ya que es precisamente una experiencia personal que se desarrolla subjetivamente y que, luego, logra el sentimiento de comunidad con los demás creyentes.

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Sé perfectamente que hoy en día, hablar de la religión es algo que inquieta, y hasta molesta, a muchos. Sin embargo, la propia antropología nos demuestra que es inevitable hacerlo. De hecho, aunque no fuera un creyente, Sigmund Freud en el Malestar en la Cultura, no podía negar el efecto “esperanzador” que brindaba la religión a los creyentes. Partimos de que la experiencia del vivir se puede convertir en un auténtico suplicio debido a las tristes y dolorosas realidades que se viven a diario. Me parece que la búsqueda de certeza es algo que todos compartimos de un modo u otro, y es válido el tener o no una religión, porque al final de cuentas, el ser humano siempre tendrá una fe en algo o en alguien. Vaya… otra certeza…

No es mi intención caer en un debate interminable sobre la fe, pero sí quisiera que consideremos éste punto ya que, debido a lo que estamos viviendo, hay una profunda crisis existencial que, casualmente, termina por rallar los límites de la propia espiritualidad. La espiritualidad es otro tema complejo, pero que al final de cuentas nos permite centrarnos en nosotros mismos y ver cómo está nuestra relación con Dios, el otro, la «realidad», pero sobre todo con nosotros mismos. Sin embargo, ¿quiénes tienen realmente la disposición para orar, rezar, meditar ante la desesperante situación que vivimos? Realmente todos, pero lo que sigue sin haber, irónicamente, es tiempo. Una querida amiga me decía «rezar es hablar con Dios y meditar es escucharlo». ¡Y me encantó! De hecho, me hizo pensar en las Confesiones de san Agustín (texto que recomiendo ampliamente leer): “Tú estabas dentro de mí y yo fuera…Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo… Me llamaste, me gritaste y desfondaste mi sordera…”.

Dentro de cada uno está una voz que nos llama. ¿Por qué no nos detenemos a escuchar qué tiene que decirnos? ¿No acaso ésto se parece a lo que el psicoanálisis defiende a capa y espada de que «la respuesta está en el sujeto»?

¿Tiempo de incertidumbre?

¿Quién no quisiera enterarse por medio de las noticias que ya existe una vacuna que nos libre del COVID-19? ¿Quién no quisiera «recuperar» la vida de antes? Muchos, todos, en verdad que son preguntas que no podríamos encontrar respuestas diferentes. Sin embargo, ¿qué entendemos realmente ante esas posibilidades? Acabo de decir que seguimos sin tener tiempo. Karl Marx decía que lo más valioso que tenemos es el tiempo. Y seguimos sin entenderlo o al menos no lo tenemos tan claro todavía.

Esto del coronavirus realmente no nos aleja mucho de los escenarios a los que ya estábamos «acostumbrados», sólo que no lo vivíamos en propia piel. ¿A qué escenarios me refiero? La enfermedad, la pobreza, la guerra, la inseguridad… el miedo. Vayamos por partes. ¿Quiénes se han detenido, realmente, a pensar en los enfermos, en los pobres, los que sufren invasión extranjera, terrorismo, delincuencia? Siempre hablamos, pareciera, desde la experiencia ajena. Ciertamente, muchos hemos vivido o pasado por cosas así, pero también es cierto que ahora todos lo vivimos al mismo tiempo. Al COVID-19 se le une el virus del miedo, que es realmente el más letal de todos pues nos impone un miedo a vivir.

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Nuestra condición humana nos expone a una vulnerabilidad innegable a cada uno de nosotros; estamos indefensos ante enfermedades, pobreza, dolor, guerras, crímenes, etc. Pero quizá no estábamos del todo conscientes porque, de un modo u otro, había «remedio» o «soluciones». Uno enfermaba e iba al doctor, con grandes posibilidades de salir adelante o por lo menos tratar de una manera más digna la enfermedad (tristemente no todos); se trabajaba para tener recursos, se planeaba la rutina para evitar zonas peligrosas u horarios inconvenientes (vaya, el temor siempre presente), etc. Pero, ante lo que no vemos, ¿cómo anticiparnos o prevenirlo? Vuelvo a lo que preguntaba: ¿cuándo hemos estado del todo seguros realmente? Lo que sabemos, aunque a muchos todavía no les «cae el 20» (por decir «no se dan cuenta» o «no quieren darse cuenta»), es que la gente está enfermando y está muriendo, y no son pocos, son miles. Sucede que el miedo tocó la puerta y nos hizo ver con terror lo que nos puede pasar a cualquiera con lujo de detalle.

Ilusión y esperanza

No podemos negarle absolutamente a nadie el tener una ilusión y muchos menos esperanza. Es lo que nos hace abrazar la vida, que a pesar de todo lo que suceda, tendremos la oportunidad de seguir adelante. La ilusión brinda al ser humano un consuelo sobre la existencia, se sea creyente o no, pero lo cierto es que da un valor que muchos necesitamos a diario. Pienso en el muy querido personal médico que, día a día, batalla contra ésta enfermedad. En las familias que están tristes y preocupadas por tener a sus familiares debatiéndose entre la vida y la muerte. En aquellos que, con amor y verdadero interés humanista, buscan la cura en un laboratorio. Cada uno tiene una ilusión y una esperanza, que debemos valorar y atesorar.

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Me uno a los rezos, sin importar el credo de cada uno. A la ilusión y a la esperanza de volvernos a encontrar, de volvernos a ver, de volvernos a abrazar y que, después de este valle de lágrimas, aprendamos a amar con todo el corazón, a ser mejores y a seguir impulsando los más que notables esfuerzos de muchas personas en el mundo para lograr salvarnos a todos en la medida de lo posible en distintos aspectos. Éste mundo ya ha probado lo que es el sabor del odio, la envidia, el dolor, la tristeza, es tiempo en verdad de que llegue el suave y delicioso sabor del amor, la amistad, la confianza y la paz.

Pienso en muchas personas fantásticas y magníficas que han cerrado sus ojos para siempre y que no pude conocer. En el dolor y la desesperación de quienes no pueden sino sólo verlos morir intentando salvarlos. Pero sé, que a pesar de todo eso, la vida nos dará la oportunidad de volver a sonreír, juntos.

Les abrazo.

Les escucho.

Notas de COVID-19: ¿qué pasa?

«La peste no era para ellos más que un visitante desagradable que tenía que irse algún día, puesto que algún día había llegado»

-Albert Camus

Queridos(as) lectores(as):

¿Cómo les va? He estado un poco distante de éste nuestro querido espacio debido a varias cosas de índole profesional pero también personal, sin embargo, ya estoy de vuelta y con muchas ansias de seguir trabajando éste tema que nos tiene a todo el mundo entre la angustia, la desesperación, el miedo y, por qué no, la esperanza. He de confesarles que todos los días estoy al pendiente de las noticias respecto a posibles tratamientos y/o curas para el COVID-19. En verdad, me parece que ya hasta forma parte de un ritual informático (parte, por supuesto, de mi labor como periodista cultural y de difusión científica). ¿Y qué les digo? Entre la decepción y la ilusión nos podemos pasar días y días, sin embargo, me parece que justo para poder lidiar con ambas cosas (que generan ansiedad), lo mejor que se puede hacer es «simplemente esperar». ¿Esperar qué? No lo sé, a que suceda lo que tenga que suceder.

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Ayer leía que la comunidad europea, por ejemplo, había dado la aprobación para la comercialización del primer fármaco estadounidense contra el popularmente conocido coronavirus, es decir, los laboratorios Gilead han elaborado el Remdesivir, mismo que ha dado «buenos resultados» en el tratamiento de varios pacientes. No podemos decir que sea LA SOLUCIÓN, sin embargo, es un avance importante. Ahora bien, también leí que el filósofo y psicoanalista esloveno, Slavoj Zizek, decía que «el COVID-19 es un golpe al capitalismo para dar paso a la reinvención del comunismo», cosa que es debatible, pero cuando leemos que el fármaco mencionado tendrá un costo de 390 dólares por dosis, para tener un crecimiento del 33% en las ventas de sanidad privada, estamos hablando de 520 dólares, que terminará por ser aproximadamente 3,120 dólares. Y esto apenas comienza. El fin del capitalismo está muy lejos, en verdad demasiado, después de todo apenas es el primer fármaco que entra al negocio del COVID-19.

Lo que vemos, no es lo que hay

Ahora que hemos dado un brevísimo repaso a la cuestión de negocios farmacológicos, tenemos que volver a lo que también nos ocupa, que es el terrible malestar del confinamiento, la desesperación por reiniciar las actividad laborales y las crisis psicológicas que, podemos decirlo, ya comenzaron a hacer ruido. Al principio cité al filósofo argelino Albert Camus, específicamente en su obra La peste (1947), novela que trata, grosso modo, de que el hombre no tiene control sobre nada realmente (una clase de sin sentido que da paso al absurdo de la existencia). Con reflexiones profundamente filosóficas, Camus nos hace ver que el hombre y la sociedad se encuentran sumidos en un desamparo y que, para poder salir adelante, se tiene que encontrar la unidad y el apoyo entre cada uno de los individuos.

Si analizamos fríamente el día a día de nuestro «tedioso» año 2020 (que nos da ciertas impresiones de buscar nuestra aniquilación con noticia mala tras otra, pero que termina por ser la proyección inconsciente del temor de cada uno de nosotros), el modo en el que afrontamos el COVID-19 y la realidad a la que nos tiene sujetos, es claro que nos inclinamos hacia las notables diferencias en cuanto a cómo lo hacen los unos y los otros. Es decir, mientras que unos siguen con religioso respeto las indicaciones preventivas (uso de careta, cubrebocas, lavado constante de manos, etc.), otros pareciera que actúan con una total despreocupación. Y eso genera un doble malestar. Pensemos por un momento en que existe el miedo de contagiarse de este virus, de terminar en un hospital y de morir, y al mismo tiempo está quien no se está cuidando y que se presenta de un modo «burlón» (es la idea que muchos tienen cuando se topan de frente a alguien así): ¡la violencia se dispara!

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«De algo me tengo que morir», es de las respuestas más comunes que hemos escuchado cuando se le reclama a esas personas. Mis colegas psicoanalistas dirían que la pulsión de muerte se está manifestando, aunque también la pulsión de vida desde otras perspectivas, sin embargo, ese modo de «desafiar» lo que al mundo lo tiene de cabeza, no es otra cosa sino una manifestación muy humana de enfrentar el miedo que también se tiene. No pensemos que los que no se cuidan no tienen miedo, sino que más bien habría que preguntarse (y quizá no tanto) qué ha hecho que no puedan manifestar su vulnerabilidad y temor ante esta pandemia como todos los demás. Alteremos un dicho popular: caras vemos, neurosis no sabemos.

Reparar el interior

Si yo les preguntara qué han hecho en estos meses de confinamiento, seguramente muchos me responderían que han leído, trabajado desde casa (los que tienen ese privilegio de clase), visto películas y series, aprender cosas nuevas, dormir, etc., pero también estoy muy convencido que pocos se han detenido a pensar en lo caótico de sus existencias. En entradas anteriores abordé éste tema de manera sencilla y rápida, pero me parece que no podemos seguir descuidando ésto. Hace unos días, se comunicó conmigo un querido amigo, mismo que me pedía si lo podía derivar con un colega psicoanalista. Parte del discurso que escuché de mi amigo tenía una carga tremenda de preocupación, misma que podemos resumir de la siguiente manera: no sé qué más hacer, pero quiero hacer algo, pero no sé si sí quiero o no, pero me queda claro que tengo que hacerlo. Parece un rompecabezas lingüístico con muchos «peros». Y sí, lo es.

¿Qué estamos haciendo? ¿Estamos haciendo algo? ¿Tenemos que hacer algo? Esto es un tema que nos puede llevar horas y horas de complicado debate, porque las respuestas atenderían un orden subjetivo y muy superyoico. El tema del deber (¡oh, querido Kant!) puede llegar a ser muy latoso, y más en este tiempo de pandemia. Sin embargo, sí hay que hacer algo, y es trabajar en nosotros mismos. En esto de que «estamos encerrados», tendríamos que preguntarnos «exactamente en dónde», y la respuesta por la que sería correcto inclinarnos es «en nosotros con nosotros mismos». La situación en la que está nuestra mente y nuestro corazón se proyecta a nuestra relación con el exterior.

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Medios y remedios

Hay quienes optan por la meditación, otros por hacer yoga, algunos otros frecuentan a sus deidades en la oración, y todo eso está bien, sin embargo, me parece que la desesperación y el miedo generan las preguntas (y las respuestas) equivocadas, porque se apunta hacia fuera, no hacia dentro. La expresión «tengo miedo» es perfectamente entendible, pero, ¿a qué? Y aquí es donde entra el tesoro de la honestidad y de la sinceridad con uno mismo. ¿Qué pasa si somos honestos y/o sinceros con nosotros sobre lo que estamos viviendo, sintiendo, pensando? No pasa más que una oportunidad de tener claridad y seguridad en algo, cosa que nos permitirá apropiarnos de nuestro atormentado ser y comenzar a trabajar de adentro hacia afuera.

No es una actividad fácil, pero hay que intentarlo. El resultado será algo que ni siquiera nos imaginamos, porque es en estos momentos cuando aflora el deseo real y como consecuencia los cuestionamientos correctos para saber qué hacer, no solamente ahora, sino después, justo cuando «regresemos» a la «nueva normalidad», tema del que estaremos hablando muy pronto. Pero ahora, aprendamos a poner en palabras lo que está sucediendo en nuestra vida anímica.

Yo, yo, yo… y luego yo

Queridos(as) lectores(as):

¿Qué tal, cómo les va? ¿Cómo van lidiando con la pandemia mundial? Espero de corazón que cada uno tenga los medios para poder salir avante de esto, desde las cuestiones económicas hasta en los cuidados propios de la salud física-emocional. He querido dar un acercamiento a una pregunta que me han hecho llegar a mi correo sobre el narcisismo. ¡Qué tema!

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Origen mítico

Narciso era un joven tan bello que llamaba la atención de todas las jóvenes y de todos los jóvenes, pero él les rechazaba sin consideración alguna. Sucede, al mismo tiempo, que la ninfa Eco, condenada a repetir todo lo último que escuchaba (como parte de un castigo de parte de la diosa Hera), también se enamoró de Narciso. Un día, cuando él iba con un grupo de amigos, se extravió en el bosque. “¿Hay alguien aquí?” -gritaba el bello joven-, a lo que Eco, escondida entre unos arbustos, repitió “aquí”. Narciso se acercó a donde provenía la voz y gritó “¡Ven!”, por lo que Eco repitió “¡Ven!”. Una vez que Narciso estuvo frente a los arbustos, Eco salió a su encuentro y le declaró su amor, sin embargo, el joven engreído la despreció, motivo por el cual la desdichada Eco escapó a unas cuevas, donde murió de tristeza, quedando sólo su voz (sí, por eso es que en lugares como en las cuevas a las vibraciones de los sonidos les conocemos como “eco”, aunque claro, desde un relato mitológico). Ante la crueldad mostrada por Narciso con la ninfa Eco, la diosa de la venganza, Némesis, maldijo al joven haciendo que se enamorara de sí mismo. Un día, cuando él estaba cerca de un arroyo, vio su reflejo y quedó totalmente seducido, así que cuando se acercó para intentarse besar, cayó en las aguas, se enredó con algunas algas y se ahogó. Cuenta la leyenda que después de ese suceso, las flores que crecen cerca de los arroyos recibieron el nombre de Narciso, en honor a la tragedia del bello joven.

Narcisismo y la clínica psicoanalítica

Primero tendríamos que preguntarnos «¿qué es un narcisista?». Veámoslo de la siguiente manera: un narcisista o narciso es aquella persona que asume una postura en la cuál busca el reconocimiento desde fuera de sí misma. Es decir, hablamos de la propia afirmación de uno mismo, por tanto nos inclinamos hacia otro tema: la autoestima. Todos, cada uno de los neuróticos funcionales (al menos), tenemos un problema con eso de la autoestima, por lo que podríamos denominar como algo perfectamente «normal». Sin embargo, para una personalidad narcisista, ese problema se intensifica en proporciones quizá «exageradas». Lo pongo entrecomillas porque eso no se puede medir realmente, sin embargo, sí podemos decir que causa mucho conflicto, demasiado.

Si bien es cierto que estamos frente a la falta toda nuestra vida, todo aquello que tiene que ver con la identidad, el reconocimiento, la afirmación del Yo o Self, puede ser algo que nos ponga en jaque. Cuando lo retomamos en los narcisistas, no sólo se está frente a la falta, sino que se vive con la falta interior. Podemos decir, con el riesgo de caer en un reduccionismo casual, que existe en ellos un sentimiento falso de sí, por tanto, muchas nociones vacías, entre las cuales destaca, por supuesto, el amor. Existe una ausencia de amor, de percepción, que muchos autores después de Freud afirman que se trata de una «decepción temprana». Pienso, por ejemplo, que para poder dimensionar esa decepción, podemos hablar de la falta de mirada. Esa mirada no es cualquiera, hablamos específicamente de la de la madre. La mirada es, siempre, un asunto de reconocimiento, de afirmación:

Mírame, mírame, aquí estoy.

Mírame, ¡soy yo!

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Insisto, es más complejo, pero hay que tratar de irlo entendiendo. Cuando esa demanda no es cumplida, cuando el niño o la niña no «obtienen» esa mirada de amor, queda la decepción temprana. ¿Pero todo se resume a la mirada? No necesariamente, y como es el caso del psicoanálisis clínico, tendría que verse «caso por caso». Cualquier parecido con la realidad, es asunto de subjetividad. Se desarrolla, entonces, un trastorno en relación con el Yo o Self. Definitivamente el narcisismo no queda definido por uno sólo, o al menos no podemos decir que se manifiesta siempre igual, pero lo que sí podemos ir comentando es que existe un puente o un punto en común entre las diversas personalidades narcisistas, me refiero a que si hablamos de la interioridad, hablamos forzosamente de una terrible inseguridad que se expresa de maneras muy diversas, entre las cuales están las conductas y modos de ser. Hay, por poner un ejemplo, actos compensatorios que, así com0 se refleja uno a través del espejo, proyecta el desequilibrio interno del narcisista.

Acción, reacción… 

Ahora bien, ¿qué podemos decir sobre el narcisista que no sea la génesis de su situación? Hace algunos años, no recuerdo francamente quién lo dijo en una presentación, el ponente mencionaba que «el narcisista es el gran intérprete de lo que quisiera ser, que quizá sea, pero que no está seguro de ello». Me gustaría mucho recordar el nombre. ¿Pero qué significa esto tan enrollado? Primero, hay que tomar en cuenta la terrible desesperación que cargan, misma que proyectan de formas sutiles y, en ocasiones, muy descaradas. La ansiedad, el deseo, se vuelve insoportable, y ante la ausencia de auto-afirmación, alguien tiene que darla, pero cuando la dé, se le debe cuestionar por qué. Y es aquí donde empieza el «daño a terceros». Las acciones de los narcisistas pueden ser muy dañinas para los demás, en tanto que logran «seducir» exitosamente a esos terceros, los fascinan y encantan, y cuando hay reacciones favorables de parte de ellos, comienza una agresión que se traduce a partir de la vergüenza o de la envidia.

Para Melanie Klein, este acceso a la vulnerabilidad del narcisista es primordial para entenderlo. Por un lado, el narcisista siente ese vacío interno, esa inseguridad insoportable, al mismo tiempo en el que se expone como si no fuera así. Este curioso juego resulta fatal, ya que si el narcisista encuentra o reconoce aquello que cree que no tiene o que no le es propio, en el otro, la agresión no tarda en darse. Pensemos que la envidia puede provocar muchas acciones negativas, por lo tanto no existe eso de «envidia de la buena», es desear lo que el otro sí tiene y que yo no, o al menos creo que no tengo. Y la reacción que podemos esperar es como la de un niño caprichudo que rompe el juguete de otro niño porque, «si yo no lo tengo, no lo tiene que tener él». Aunque los modos destructivos pueden variar. Así, es común decir que el narcisista gusta de ofender, despreciar, ridiculizar e, incluso, denigrar al otro y/o lo que tiene.

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Nada llena

Retomando lo que decíamos de las inseguridades, tenemos que mencionar también que existe en muchas de las personalidades narcisistas un cierto «derecho» sobre el otro. Es decir, pareciera que proyectan en el otro una autoridad, un sentimiento de soberbia y orgullo. Porque es, al mismo tiempo, un reclamo que no pueden hacerse a sí mismos. El narcisista confronta al otro a partir de su carencia, o al menos es lo que podemos apreciar en muchos casos. Es curioso, porque parece que en realidad nada les llena, nada les es suficiente.

El problema surge cuando llegan a cansar a las personas que son sus víctimas, pues la acción más dolorosa que pueden tomar contra ellos es que, justo, dejen de mirarlos, de hacerles caso, que los ignoren o que simple y sencillamente los aparten. Es algo desquiciante. Hay casos en los que cuando esto pasa, la reacción del narcisista puede llegar a ser hasta humillante con tal de recuperar la mirada del otro. Parece que «han cambiado», pero es una fachada, un acto de enmienda para volver a recuperar la confianza del otro para luego caer una vez más en lo mismo. Algo que llama la atención es que, avanzados en el «volver a lo mismo», empiezan a descargar culpa en el otro, a hacerlos sentir mal por dejarlos o ignorarlos. Es un desquite. Insisto: es un volver a ellos mismos, pero me parece que cada vez es más frustrante y doloroso, pues se van cerrando opciones de manipulación con el otro. Por eso es común identificar al narcisista con la perversión, en tanto que se perciben a sí mismos como garantía del goce o sufrimiento del otro.

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Tratamiento

¿Realmente se puede tratar a un narcisista? Tenemos que ser sinceros y aceptar que la cuestión clínica para atender el trastorno narcisista, puede de ir de «muy difícil» a casi «imposible». En en psicoanálisis la transferencia es algo que se debe replantear casi a totalidad, en tanto que existirán constantemente intentos de «rebelión» durante el proceso. Parece que habrá un intento del narcisista por tomar el control de las sesiones, en una suerte de «autoanálisis» que desprecia o hace menos al analista. Tal como ya hemos revisado, el narcisista tiende a imponerse ante el otro, por lo que la experiencia de ir con el analista puede ser muy caótica, incluso me atrevería a pensar que pasaría una vez más por la vergüenza, la incomodidad, dando un paso agigantado hacia el sentimiento de sentirse sometido o dominado.

Un modo de defensa consiste en poner a prueba al analista, en cuestionar toda devolución que le haga, en jugar con las interpretaciones, en corregir constantemente, etc. Muchos colegas manifiestan que es muy difícil avanzar con este tipo de pacientes. Pero no es imposible. Debemos recuperar el carácter subjetivo y reinventativo del propio psicoanálisis y trabajar en la transferencia, que es en sí una percepción, un modo de trabajo que evoluciona y, por tanto, se adapta. Aunque cabe advertir que es más que probable que el paciente narcisista abandone más de una vez su análisis. Hay algunos que regresan, otros que no, pero queda y quedará siempre en ellos esa espina de «estuve ahí». Al final de cuentas, alguien estaba cumpliendo con la demanda de mirada y escucha, aunque ese alguien «no fuera la gran cosa». ¿O será que sí?

Psicoanálisis a distancia

Queridos(as) lectores(as):

Estoy profundamente agradecido por sus participaciones que han tenido en las últimas entradas que he dedicado a esta situación mundial del COVID-19. Sin embargo, no me había tomado el tiempo de poder contestar a las dudas que muchos tienen sobre la posibilidad de tomar análisis a distancia o en línea. Por lo que daré un pequeño aporte en esta entrada para que puedan conocer un poco sobre el tema.

¿Es posible eso? Tenemos que ser ciertos en algo: la opinión sobre ello se encuentra, hasta el día de hoy, notablemente dividida, sin embargo, me parece que debemos enfocarnos en una advertencia que el propio Sigmund Freud hizo en 1922:

«El psicoanálisis no es un sistema como los filosóficos que parten de algunos conceptos básicos definidos con precisión y procuran apresar con ellos el universo todo, tras lo cual ya no resta espacio para nuevos descubrimientos y mejores intelecciones»

En otras palabras, Freud nos sugiere que el psicoanálisis está en constante renovación, no es algo que se quede como algo puro, algo que no pueda ser modificado, cambiado, renovado e, incluso, llevado a la revolución. Si no, basta con ver la propuesta del propio Jacques Lacan, por mencionar a uno de los más llamativos referentes del «cambio».

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Pero no es lo mismo…

Empecemos por preguntarnos: ¿qué es ir a psicoanálisis? De este modo, casi podría pensar que todos tienen la fantasía de justo ir a un consultorio, mismo que parece coincidir en tanto que es un lugar «muy serio», oscuro, con un diván que impone y un sillón a un lado, donde un hombre o una mujer se habrá de sentar a escucharnos… pero… ¿y qué más? ¿Nada más vamos a eso? ¿Nada más nos escuchan y ya? Vamos, es algo que sólo la experiencia del análisis puede resolver en cada caso, y cabe mencionar que toda experiencia es distinta y no desde la parte del paciente, sino la del analista y hasta la de ambos.

Claramente, el pensar el psicoanálisis en línea nos hace «desilusionarnos» de la fantasía que tenemos, pero debemos tomar en cuenta que no todo es fantasía. Lo que debe impulsarnos a todos es el deseo de analizarnos, de encontrarnos con ese otro (el analista, incluso alguien más… ¿quién será?) para poder comenzar esa aventura del autodescubrimiento. Ahora bien, si nos centramos en esta «extraña» «nueva» modalidad de tomar análisis en línea, ¿qué es exactamente lo que nos estamos perdiendo? Podemos hablar de la falta de contacto humano, en parte sí, sin embargo, el hecho de poder estar frente al otro, que ese otro nos escuche y nos haga devoluciones, permite que exista una relación, un vínculo entre ambos. Sí, no es lo mismo ni lo será, pero les puedo asegurar que sucede exactamente lo mismo en una sesión «normal» en un consultorio, porque no faltan los comentarios tales como «es que no es como lo vi en la serie/película».

Resistencias, problemas y pretextos

También es importante mencionar que siempre existe una resistencia para ir, en primer lugar, a analizarse, ya sea en el consultorio o en línea. ¿No les suena el famoso «y yo como para qué voy con un psicoanalista, eso es para locos»? Créanme, es perfectamente normal, porque la idea de recurrir a un profesional de la salud mental nos lleva al común pensamiento de «estar enfermos», y a eso se le suma el clisé clásico de locura (y vaya que cada quien entiende la locura a su manera). Y, como ya había mencionado en unas entradas anteriores, el psicoanálisis no es para todos. Por eso es que hay que estar seguros exactamente qué es lo que necesitamos. Por poner un ejemplo: no se va a cualquier médico por cualquier enfermedad que se padezca. Hay que ir con el especialista indicado para poder tratar lo que padecemos.

El segundo problema que, a mi parecer, recae en tomar psicoanálisis en línea es el espacio. No es lo mismo la intimidad de un consultorio en otro lado, que un cuarto en la casa o en la oficina, porque sucede que «las paredes son muy delgadas» y no existe la misma seguridad de que sólo son dos los que están escuchando cosas tan personales. Y sí, eso es un GRAN PROBLEMA, sin embargo, no debe ser EL PROBLEMA, pues debemos tener un lugar, un espacio muy nuestro que nos permita llevar a cabo la sesión. Muchas veces la «falta de espacio» es más un pretexto que es reforzado por la resistencia de ir a análisis.

Por último, y esto me parece que realmente se da en ambas partes, tanto con los pacientes como con los analistas: el cobro. Primero tenemos que entender algo, esto es un trabajo, serio y dedicado que ocupa tiempo y disposición del psicoanalista. No se trata de que nada más esté esa persona escuchando mis problemas y ya, porque para eso se puede platicar con alguien más, sin embargo, no sería lo mismo, no sería algo bueno, o al menos no tendría el mismo fin. Empezando porque no a cualquiera se le cuenta la intimidad de uno, y no, ni siquiera a nuestros padres ni mejores amigos, ni a nuestra pareja, ¡ni siquiera a Firuláis! No, hay cosas que no pueden ser contadas y que merecen la escucha de un tercero totalmente objetivo y profesional. Así que, aunque no sea en un consultorio de manera presencial, el análisis sí se cobra. Y el costo es algo que depende del psicoanalista, de lo que pueda llegar a un acuerdo con el paciente/analizando y demás que se trate en el dispositivo analítico.

¿Cómo tener psicoanálisis a distancia?

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Vivimos en la famosa Época de la Comunicación. Hay distintos medios, tales como Whatsapp (videollamada), Hangout, Zoom, Skype, etc. Por lo tanto están los celulares, tablets, computadoras, etc. Pero, vuelvo a insistir, esta experiencia es algo que debemos tener muy clara, siendo todavía muy sinceros con nuestro deseo de analizarnos. En el momento que estamos viviendo, como comentaba en la entrada anterior, hay muchas cosas que se nos están moviendo interiormente y que nos están demostrando cosas que «no sabíamos» de nosotros mismos. Es perfectamente entendible que muchos ya estén hartos, que haya quienes no puedan más con la convivencia tan monótona con las mismas personas todos los días, que el miedo y la ansiedad nos estén quitando el sueño y provocando que no podamos descansar, todo esto y mucho más se va haciendo parte del malestar.

La idea de tomar psicoanálisis a distancia es, como bien dice un amigo psicoanalista, «no abandonarnos con nosotros mismos sin más». El psicoanálisis sigue en pie de lucha ante el COVID-19, se sigue trabajando con el lenguaje, con lo que se expresa y con lo que no, se trabaja con el silencio, con las muecas, etc. Es en verdad importante tener con quién hablar y que esa comunicación transmita lo inconsciente para hacerlo consciente.

Te escuchamos…

COVID-19 y la ansiedad

Queridos(as) lectores(as):

Vaya que este tiempo de cuarentena está haciendo de las suyas con nosotros. Quizá para muchos sea hasta una bendición el hecho de no tener que salir, quizá para otros es una «probadita» de una vida distinta a la acostumbrada, sin embargo, sea como sea, el hecho es que hay algo que nos inquieta. ¿Qué será?

Claramente me podrían decir que la situación en la que nos encontramos es algo que «nunca habíamos pasado», ciertamente así es (pero la Historia nos desmentiría en cuanto a la sociedad misma por los acontecimientos pasados); situación que nos mantiene demasiado pensativos. ¿Y por qué no habríamos de estarlo? Es decir, no sólo hablamos de la situación médica en cuanto al COVID-19 y el miedo que nos causa el que nos lleguemos a infectar o que alguien cercano lo padezca, sino que hablamos también de las repercusiones económicas y laborales. ¿Quién, hoy por hoy, puede estar tranquilo en cuanto a seguir manteniendo su trabajo? Por ponerles un ejemplo, si no lo habían pensado, ahora lo hacen. Y aquello que nos inquieta nos ha provocado, en este momento, a empezar a preocuparnos. Una disculpa por ello, pero hay que hablar de esto y ponerle nombre: se llama «ansiedad».

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¿Qué es la ansiedad? 

En la segunda tópica freudiana, encontramos esta división: Ello, Yo y Superyó. Vamos a explicarlo de la manera más sencilla posible. Digamos que el Ello es la parte de la estructura de nuestra mente donde residen nuestras pasiones, nuestros deseos, lo más bestial del ser humano, nuestras pulsiones. Ahí yace la demanda constante de satisfacción del deseo. Sin embargo, no todo deseo es algo «bueno», en tanto que sin importar qué tanta satisfacción nos dé realizarlo, no es que la sociedad nos lo permita. Justo aquí entra la estructura del Superyó, misma que podemos verla como la autoridad que limita y que pone barreras a nuestros deseos. Pero, ¿cómo cumplir con las exigencias del Ello y al mismo tiempo no pasar de las limitaciones del Superyó? Pues aquí entra la tercera estructura, que es el Yo, misma que veremos como una suerte de negociador, que intentará satisfacer a las otras dos y generar cierto balance. Insisto, es una explicación rápida y lo más sencilla posible.

Ahora bien, la ansiedad la podemos ver como un conflicto mental que tiene que ver directamente con el Ello, con una sobrecarga de energía sin poder descargarla con facilidad. Es decir, no podemos satisfacer los deseos ni deshacernos de los miedos. Es pensar demasiado en el futuro, demasiado en el «qué pasará» sin tener certeza alguna. Imaginen la gran cantidad de pensamientos que se desbordan en nuestra mente y que no podamos ponerles un orden o, peor aún, no podamos darnos cuenta de lo innecesarios que son. Un ejemplo sería así: estás sentado en tu sala, entonces empiezas a pensar en tu trabajo, en si te pagarán a tiempo, que si tienes deudas que pagar, que si ya hiciste unos gastos y que quizá no te alcance para cubrir los demás, que te falta terminar una parte de tu trabajo, que si hay pan en tu alacena, que si ya habrá una solución al problema que traían en tu trabajo, que si tus hijos estarán bien, que si habrá mucha gente en el banco, que de qué lado mastica la iguana… ¡Un giro obsesivo terrible! Y la verdad es que no estás resolviendo absolutamente nada. Sólo le estás dando vueltas y vueltas a esos problemas y no sales de ahí. Es algo en suma desgastante mentalmente (y físicamente) hablando.

Pero, ¿qué hay detrás de la ansiedad?

Vayamos por partes. Todos esos conflictos mentales que estamos teniendo a la hora de padecer ansiedad, exactamente, ¿por qué es que nos sacan tanto de quicio? Es decir, no es de «a gratis» el hecho de que estemos pasando por tan mal momento, hay algo que nos se nos está haciendo presente de manera inconsciente. Si bien podríamos sostener que existe la confrontación con la «realidad» por parte de Yo y, por tanto, el miedo perfectamente entendible sobre algo directo (pensemos en un perro agresivo), no siempre es tan sencillo de deducir la causa detrás. Si nos quedamos con la situación del perro agresivo, ¿qué hacemos? Pues nos alejamos del perro, corremos o lo que tengamos que hacer para librarnos de él. Y ya. Sí, claro… qué fácil. Pero al menos es una respuesta.

Ahora bien, pensar de más las cosas. Nuestra neurosis puede desencadenar momentos de auténtico terror obsesivo, en tanto que justamente pensamos de más las cosas. Y aquí viene lo importante: ni siquiera han pasado. Es como anticiparse demasiado a cosas que ni siquiera estamos seguros que están por pasar o tan siquiera que tengamos cierta seguridad que pasarán. Como cuando estamos viendo una película de terror, ya de por sí la situación nos tiene tensos, pero empezamos a ser guionistas sobre la trama, especulando quién morirá y de qué manera, o si saldrá el monstruo en un momento o no. Y hacemos de la experiencia algo en verdad desquiciante. ¿Qué necesidad? Claro, volvemos al «qué fácil, no lo hagamos y ya». Pero no… desgraciadamente no es así de sencillo. Detrás de esto hay traumas no elaborados o trabajados que venimos arrastrando desde mucho tiempo atrás, desde que éramos niños incluso.

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Me fallo, te fallo, les fallo

Como ya hemos visto, estos conflictos mentales son en verdad cosa de atender, sin embargo, tenemos que tratar de tener claridad sobre las causas. Anteriormente vimos que, de un modo u otro, todo se centra en nosotros. Pero, ¿y si agregamos a otra persona en nuestra ecuación? ¡Hablamos del mundo del deber ser! Ese famosísimo mundo es uno que más malestar genera en nosotros, no sólo por las exigentes demandas de los demás hacia nosotros, sino por nuestra intransigente terquedad de cumplir con todos. Sabemos que estamos siempre ante la falta, es decir, estamos siempre ante un estado de insatisfacción y eso nos provoca que hagamos algo para tratar de que no sea así (suerte con ello). ¿Y el deber ser no es acaso una falta todavía más notoria? Claro que sí, porque debemos cumplir con las cosas que los demás esperan de nosotros, o al menos eso es lo que la cultura nos ha enseñando (impuesto).

Si ya de por sí tenemos este delirante comportamiento obsesivo sobre las cosas que vivimos y las que ni siquiera han pasado, esto de agregar al otro a nuestra agenda diaria es tremendo. Pero, ¿estamos libres de ello? Desde que formamos parte de una familia, de un grupo de amigos, de una sociedad, lamentablemente no. Estamos «condenados a ello». Sin embargo, hay de condenas a condenas.

Ansiosa ansiedad

Pero, ¿por qué es que ahora sentimos la ansiedad tan fuerte? Primero, porque estamos encerrados. Tal cual. De hecho me parece interesante cómo muchas personas han aprovechado lo que estamos viviendo para hacer comparaciones con los animales en los zoológicos y de su triste cautiverio: «Si así te sientes ahora, imagina cómo se sienten los animales en sus jaulas». Y sí, es una buena comparación. Estamos en demasía ansiosos porque no podemos salir, porque nuestras actividades se ven reducidas a un espacio cerrado o limitado, nuestra convivencia también se ha visto afectada y reducida a unos pocos (si es que a ninguno). Ya no hay distractores, ya no hay nada que nos haga pensar en otras cosas, que nos haga divertirnos o dejar atrás un poco al menos nuestras preocupaciones.

La realidad es que el encierro en casas o departamentos no es el problema, sino que estamos encerrados con nosotros mismos y lo que estamos viviendo no es más que la proyección de nuestra vida interior al 100%. Si la ansiedad está desatada, ¿qué tantas cosas tenemos dentro que se presentan como auténticos demonios?

¿Me dices que no estás ansioso? Ok, ¿me podrías decir por qué ahora sufres de insomnio constante y terminas durmiéndote después de las 2 de la madrugada? ¿Por qué esa necesidad tan «optimista» de hacer algo «productivo»? ¿Por qué esa tendencia a compartir absolutamente todo lo que haces en tu día en redes sociales? Vamos dejándolo ahí, ¿te parece?

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¿Qué hacer?

Definitivamente hay que hablarlo, hay que ponerlo en palabras. Lo más recomendable es buscar el apoyo de profesionales. Primero me atrevería a sugerir que fueran con algún psiquiatra, mismo que podrá dar un diagnóstico apropiado de la situación de cada uno de ustedes y darles, quizá, un apoyo farmacológico temporal. Pero, la otra parte de esta moneda es ir a terapia o a psicoanálisis. Pues esto debe ser en verdad trabajado, porque si no, sólo iremos arrastrando cada vez más nuestros problemas, traumas y malestar.

Hoy por hoy, muchos especialistas en salud mental están ofreciendo sus servicios en línea, situación que no a muchos les gusta, pero que como dice la sabiduría popular mexicana: «es lo que hay». Por lo pronto es una sugerencia, pero sí hay que hacer algo al respecto, es por nuestro propio bien y el de la gente que nos rodea. Evitemos problemas más graves.