Llegar a ser uno mismo

Queridos(as) lectores(as):

He leído en los últimos días, confieso de manera preocupante, cómo lo que unos considerarían como «el rebaño» (la multitud, la masa, etc.), han manifestado un creciente malestar sobre las limitaciones propias de la pandemia que estamos viviendo/padeciendo muchos. Hablamos, por supuesto, desde el lugar del privilegio cada uno de nosotros. Recuerdo a un profesor en la universidad que nos daba un seminario sobre el sentido común, basado en el filósofo escocés, Thomas Reid. ¿Es posible tal cosa? ¿Es realmente factible pensar que la sociedad en la que vivimos se puede dar ese «lujo» de apostar por lo común? Ciertamente, en la época del individualismo salvaje y del nihilismo sofocante, parece ser que no…

Sin embargo, la excepción a la regla se hace presente y podemos decir que sí, sí es posible. Y podríamos modificar eso de «sentido común» y apostar más por otra palabrita que alguno que otro lector mío se ha mostrado un poco desorientado al respecto: prioridad. Esta palabrita viene del latín medievo prioritas, mismo que deriva de prior, es decir: aquello que es primero entre dos. ¿Y cómo podemos sustituir «sentido común» por «prioridad»? Simple: empezando por uno mismo.

Nietzsche: el monumento de una crisis

Justo el día de ayer, conmemoramos el fallecimiento de Friedrich Nietzsche en 1900. Podemos decir que la primer etapa de la obra del filósofo alemán se centró en los ídolos, en la veneración a ellos. En esto nos referimos especialmente a sus «héroes» de su juventud: Richard Wagner y Arthur Schopenhauer. Pero es más de nuestro interés en este encuentro centrarnos en la segunda etapa, donde Humano, demasiado humano (Ecce homo, 1878) sería el punto de partida hacia la obra más biográfica del autor (junto con Aura y La gaya ciencia). Pero, ¿por qué nos interesa entonces? Justo, Ecce homo, Nietzsche lo denominó como «el monumento de una crisis». Por crisis, nuestro autor entiende la oportunidad u ocasión de liberarse para poder llegar a ser sí mismo. Esto implica un desprendimiento de los vínculos de veneración, que a modo de vendaje, le cegaban sobre su tarea primordial: su propia vida.

Al mencionar «nuestra propia vida», tenemos que hacer hincapié sobre lo que tiene que decirnos sobre la autenticidad. Fue Martín Heidegger quien retomaría lo que autores como Kierkegaard y Nietzsche sostendrían en sus respectivos pensamientos: la existencia exige la autenticidad, la vida auténtica. Cuando hablamos del sentido o del bien común, descuidamos en el proceso el sentido y el bien propio (de ahí que hablemos de la influencia griega del cuidado de sí). ¿Cómo podemos pretender algo común si no conocemos o damos prioridad a lo que nos es propio? ¿Acaso un médico enfermo puede atender bien a un paciente? La prioridad en la vida de cada uno de nosotros consiste en apropiarnos de nuestra propia vida, de hacer nuestro el momento en el que estamos, abordar las circunstancias y lidiar con ellas (el paso estoico).

Sobre la falsedad y la ilusión

Uno de los más grandes obstáculos que encontramos en nuestro andar diario, irónicamente, proviene de nosotros mismos: la ilusión que degenera en el abrazo de la falsedad. Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (Die Geburt der Tragödie aus dem Geiste der Musik, 1871-1872), en una de sus muchas interpretaciones, nos conduce a un padecimiento muy humano: negar la vida. Ya hemos hablado anteriormente sobre esto, pero podemos recapitular de cualquier modo. Negar la vida implica quedarnos sólo con aquello que nos es placentero, huyendo y rechazando lo malo y que nos provoca tristeza y dolor. Hacer eso es precisamente no querer enterarse de lo que la vida nos ofrece a todos. Si retomamos la enseñanza estoica, debemos aprender a cómo lidiar con las circunstancias de la vida, poder ver y comprender nuestra participación o ausencia de la misma ante las cosas que pasan.

La falsedad es la zona de confort en la que muchas veces aterrizamos por el hecho de lo insoportable que resulta la Verdad. Es por ello que nuestra mente se permite la ilusión, misma que nos da cierta esperanza. Y quiero hacer un paréntesis en este punto: hay de ilusiones a ilusiones, no todas están mal. El problema es cuando hacemos que nuestra vida dependa ciegamente de una ilusión que niega el acceso a la realidad. Podemos decir que es sobreponer una ilusión meramente subjetiva sobre la objetividad. De ahí que choquemos de frente con la desilusión de aquello que no queríamos ver, aquello que no queríamos vivir, y cuando sucede eso, no tenemos las herramientas para enfrentarlo.

¿Por qué la pandemia no ha disminuido? ¿Por qué parece que va para largo? ¿De quién es la culpa? ¿De los gobiernos? Son preguntas que nos hacemos a diario y siempre encontramos culpables. Pero, ¿qué tan culpable es uno de lo que también pasa? Es que, precisamente, al albergar falsas ilusiones y tomarlas como bandera para «vivir la vida», renegamos de la libertad misma pues no nos hacemos responsables de ello. Una vez más: la libertad sin responsabilidad, es un capricho de los tercos.

La autenticidad como clave

En un mundo de copias es bastante simple encontrar el dolor, la desesperación y la enfermedad. ¿Por qué? Porque parece que existe una guía de lo que significa vivir, de lo que hay que hacer para que «valga la pena». He escuchado a muchas personas que se lamentan el no poder ir a fiestas, antros, etc. He visto a muchos que sí van. Pero lo que más me llama la atención es algo que suelen repetir como pericos: «de algo nos tenemos que morir». Y queda demostrado el individualismo salvaje, en tanto que mientras yo disfrute, aunque tenga el riesgo de contagiarme, no importa el otro. Un ejemplo rápido. Un adolescente, recién vacunado con la primera dosis, se aventura a irse de fiesta una noche con un «pequeño» grupo de amigos (aproximadamente 20, en un espacio cerrado como lo es un departamento); todo es risa y diversión hasta que a los pocos días recibe un whatsapp terrible: «Oigan, di positivo a COVID, les aviso por si acaso». ¿Qué hacer? ¿Cómo le explica a sus papás y a sus abuelos que viven con él, que se fue a la fiesta a la que le pedían que no fuera? ¿Estará contagiado? ¿Habrá contagiado a su familia? El placer y la diversión de un momento, se tornan en desesperación y miedo.

El ser auténtico nos sitúa frente a frente a nuestra prioridades. Nos lleva de la mano hacia lo que podemos y debemos hacer. Encontrar que en la vida no hay un sólo camino donde pasan las ovejas, sino que hay senderos para descubrir otros paisajes.

A la orilla del olvido

«Siempre fue mi deseo resultar agradable a los demás y mucho me ha dolido que siempre me fueran indiferentes. Huérfano de fortuna, tengo, como todos los huérfanos, necesidad de ser objeto de afecto por parte de alguien».

-Fernando Pessoa

Queridos(as) lectores(as):

Escribir se me ha complicado mucho en este tiempo. Sigo en amoroso duelo por la ausencia de mi papá. Pero no dejo de estar al pendiente de las inquietudes que llegan a compartirme en mis redes sociales. De hecho, muy pronto habrá algo nuevo para compartir con ustedes.

Hay una inquietud que me hizo llegar L., un joven originario de Guatemala. Les comparto un breve fragmento de su mensaje: «[…] me siento tan sólo y olvidado, que me consuela poder escribirte y esperar a que me leas». En efecto, le contesté a la primera oportunidad, pero confieso que su inquietud la siento muy personal. El olvido es un tema que cala nuestros huesos y duele, en verdad mucho. Por eso empecé con la frase de Pessoa que recordé de su aclamado texto El libro del desasosiego (Livro do Desassossego, 1982).

Huérfanos de fortuna

«Querido L., siento tu soledad y te comparto la mía. ¿Sabes? Al final de cuentas, todos en el mundo somos soledades que nos encontramos». Así empecé mi respuesta al amigo guatemalteco. Regresando al escritor portugués, dicho libro es el resultado de una recopilación de notas, fragmentos, aforismos y reflexiones filosóficas que no fueron publicadas debido a su muerte. Pessoa a lo largo del libro él se presenta como un desafortunado, un «huérfano de la fortuna». Llega a esa conclusión porque incluso ha perdido el deseo de algún día ser feliz.

No puedo compartir el contenido central del porqué de la inquietud de L., pero puedo asegurarles que es resultado de la terrible indiferencia y del salvaje individualismo que vivimos en nuestros trágicos días presentes. De hecho, recordé un encuentro que tuvimos en esta página hace tiempo que tenia que ver con la soledad de los enfermos. ¿Qué hace que la gente «se olvide» de los demás? ¿Qué es lo que no se ha hecho como para asegurar la presencia de los otros? Son tantas preguntas e incontables respuestas. Pero una vez más, el amor vuelve a ser el centro de atención en esta notable búsqueda.

¿Dónde están los demás?

Es curioso que esa pregunta nos la hagamos siempre cuando estamos pasando momentos difíciles. Porque cuando no es así, y al contrario, son momentos felices, sabemos exactamente dónde están los demás. El tema de la presencia y la ausencia, a mi creer, cae en un tema de interpretación, entre el ser y el estar. ¿Qué significa ser? ¿Qué significa estar? Varias veces he insistido en la importancia del saber ser y del saber estar, cosa que no ha sido fácil ya que es algo que cae en la mera opinión personal de cada uno de nosotros, pero que sin lugar a dudas, en el notable esfuerzo que cada uno hace para explicarse, se pierde toda intención y se vuelve, más bien, una justificación de la falta.

El amor, tal como pensaría Pessoa, es el único bálsamo que puede ayudarnos a sobrellevar la pesada existencia y sus drásticos avatares. Pero ese amor no puede ser egoísta, debe conocer de espacio y tiempo, es decir: cuándo darlo, a quién, de qué manera, etc. Recordemos a Emmanuel Levinas: mirar al otro desde la bondad. Todos tenemos problemas, cierto, pero hay quienes la están pasando peor, y a veces no somos capaces ni de imaginar qué tanto. El doloroso silencio de los que esperan. Querido L., cuando leí «esperar a que me leas», me recorrió el cuerpo una sensación de tremenda ternura que sólo un abrazo sincero puede ofrecer al otro.

La espera es justo un acto que nos sostiene a pesar de las circunstancias. Cuando una persona se siente atrapada en el olvido, hay una silenciosa espera en su corazón de ser recordado, de ser tomado en cuenta, de que alguien le hable o le escriba. Y aunque no suceda nada de eso, esa espera se vuelve una suerte de fuerza. Pero, cuidado, no pensemos que esa «notable fortaleza» sea duradera. En algún momento, la realidad puede pegar con toda su ira y desencadenar tristísimas consecuencias.

Mientras aquí siga, te sigo.

Las muestras de amor, los detalles, aquellas lindas ocurrencias que hacen sonreír al que está triste, son auténticos regalos. Pero no se trata de lo que se hace o lo que se da, sino de quien lo hace y quien lo da. Como le decía a L., «somos soledades que se encuentran». Aunque he defendido la importancia que tiene en nuestra vida vivir nuestra propia soldad, también es importante señalar que como todo, al exagerar, puede ser peligroso.

¿Qué decir? ¿Qué hacer? Caray, con el estar uno aprende a ser y a hacer. Es un hecho. No desperdiciemos el tiempo y recordemos que ante la terrible pandemia que estamos viviendo, la esperanza somos nosotros para muchos otros. «Cosechas lo que siembras»: que el olvido no haga que te olviden después.

Te abrazo, te acompaño, te escucho.

No te olvido nunca.

Guía (estoica) para la vida

Queridos(as) lectores(as):

Espero que estén bien. He recibido mensajes de su parte preguntando por qué ya no he escrito nada en estas últimas semanas. Les comparto que mi papá falleció el miércoles 21. Ya era grande y tenía varios problemas de salud, pero su partida fue en paz y sin sufrimiento. Agradezco a mis amigos, familiares, ex alumnos, colegas, etc., por todos sus gestos generosos de amor y respeto, primero hacia mi papá, y por su cariño y compañía para conmigo.

Pero la vida debe seguir, por eso es que las crónicas también deben seguirse redactando. En esta ocasión, como bien advierte el título, retomaré lo que ya hace tiempo mencioné brevemente sobre aquella escuela filosófica conocida como estoicismo y cómo puede ayudarnos a lidiar con la «difícil vida».

Notas estoicas

Recordemos un poco sobre esta escuela. Su fundador fue Zenón, quien por el año 300 a.C. visitó Atenas, proveniente de la isla de Chipre. En aquellos años, se estaba dando lo que conocemos como la época helenística de la Filosofía, es decir, varias escuelas fueron fundándose a partir de las enseñanzas de Aristóteles, Platón y demás filósofos griegos clásicos.

Zenón fue aprendiendo de las diversas escuelas, sin embargo, se empeñó en la empresa de crear la suya. Para esto, encontró en la Stoa Pintada, un pórtico en el centro de Atenas, el lugar indicado para ello. Sus alumnos se conocieron, precisamente, como «estoicos». ¿Qué significa stoa? Grosso modo, columna. Y esto tendrá que ser tomado en cuenta para entender la postura de la filosofía de Zenón. Si bien fueron sus alumnos, Cleantes y Crisipo, quienes ampliaron el conocimiento de sus enseñanzas, no tenemos ningún texto de ellos en la actualidad. Tuvieron que pasar varios años para que el estoicismo encontrara en los filósofos romanos una mayor difusión. Pensamos específicamente en tres: Séneca (maestro de Nerón), Epicteto (un esclavo que logró obtener su libertad) y Marco Aurelio (emperador romano). ¡Qué vidas tan distintas!

Pero, ¿qué enseña el estoicismo? Sin duda sería interesante e importante hacer un gran resumen de las ideas de esta escuela, pero vamos a limitarnos a decir lo siguiente (pidiendo perdón a mis colegas filósofos que lleguen a leer esto por mi atrevimiento): ¿cómo ves la vida? Tal cual, el estoicismo es una invitación a una profunda reflexión de cómo participamos de y en la vida. Podemos decir que es una visión de la filosofía como terapia para nuestra mente. De hecho, no es nuevo, ya que Sócrates sostenía que la Filosofía se encargaba de curar nuestra alma. (Podemos agregar aquí que el estoicismo debe ser considerado como una columna de la psicología, el psicoanálisis y demás psicoterapias).

No despreciemos la mente

Hace poco, sostuve una brevísima plática en una red social con una mujer a la que sigo. Ella en una de sus stories compartía que pasaba por momentos de depresión e invitaba a sus followers a que no descuidaran su salud mental. Además de felicitarla por brindar ese consejo tan valioso en una época tan complicada, se prestó la oportunidad para que ella, generosa y valientemente, me compartiera un poco sobre su padecer. Por ello es que también me animé a escribir sobre esto. Gracias, querida A.

Curiosamente recordé un librito que se volvió popular hace ya varios años, mismo que era prohibido por muchas mamás mexicanas porque era de los Simpson’s, de esos «dibujos del demonio». El libro en cuestión se llamaba Guía para la vida, y el autor era el mismísimo Bart Simpson (El Barto). Evidentemente el contenido era pura broma y cosas irreverentes, pero no dejaba de ser algo llamativo y no dudo que uno que otro tema haya servido para muchas cosas a incontables personas. Yo guardaba mi copia bajo la cama para que no desapareciera como la primera copia que tuve…

Pensando en A, así como en varios de mis conocidos que me han reconocido una «manera estoica de llevar el duelo por mi papá» (cosa que me sorprende que lo digan), quise volver a escribir sobre eso, porque es cierto que la Filosofía, sobre todo la Clásica, tiene mucho que aportar para nuestra vida moderna.

Muchos de nuestros pensamientos que nos dan vueltas y vueltas en la cabeza a diario (hay quienes le llaman ansiedad), tienen una génesis en nuestra imaginación, en nuestra fantasía o en nuestra manera desesperada en la que vivimos. ¿Cuántas veces nos preocupamos por cosas que o no han pasado, que no van a pasar, que ni siquiera tienen que ver con nosotros, etc.? Esto deviene en emociones negativas que nos consumen a modo de crisis depresivas o existenciales (si nos arriesgamos a jalar de ese hilo). Se nos olvida que no todo está bajo nuestro control, que no todo está en nuestras manos, y pasamos a hacernos responsables de cosas que, como diría un profesor de la carrera, «si no tenemos comezón, para qué nos rascamos». Esto nos habla del modo en el que participamos del mundo, del modo en el que el exterior nos afecta y demuestra que nuestro interior no está lo suficientemente fortalecido.

Seamos stoas

Cuando daba a los estoicos en las clases de Filosofía de mis alumnos en la prepa, me gustaba decirles que aprendiéramos a ser stoas o columnas, que fuéramos fuertes y resistentes ante «la marea, la adversidad y los desastres». Muchos de ellos solían quejarse y se consolaban a sí mismos diciendo de mí que era «insensible y poco empático» sobre las cosas al actuar de ese modo. Pero lo que me esforzaba porque entendieran no era esa actitud fría y «desinteresada», al contrario, el estoicismo nos ayuda a canalizar nuestras pasiones, a medir nuestras emociones, a conocer nuestros límites y alcances en esta vida.

¿Qué haces si ves que viene un coche a mil por hora hacia ti? Te quitas. ¿Y si no puedes? Te mueres o quedas muy mal herido. Es decir, debemos aprender a lidiar con la vida y con sus circunstancias, ser conscientes de lo que podemos o no hacer, de aprender a valorar nuestras capacidades y las oportunidades que tenemos para aprender para no sólo ser mejores, sino hacer mejor las cosas. Precisamente la gran virtud que fortalece el estoicismo en cada uno de nosotros es la phronesis o prudencia.

Esto último es la llave para entender el gran mérito de la escuela estoica y que ya habíamos mencionado con anterioridad: muchos problemas de la vida lo son por la manera en la que los vemos, por la manera en la que los hacemos realmente problemas. La prudencia es una virtud que encara a la vida, que pone el freno para no aventarnos a lo tonto y ponernos en riesgo. Esto pasa mucho con la depresión, ya que ese volver a nosotros mismos y dolernos por «lo miserable que puede ser la vida», nos ciega y nos hace descuidar que la vida no es ni buena ni mala per se, sino que es el modo en el que la vivimos, las cosas que permitimos, las cosas que nosotros mismos generamos en gran parte de los momentos. Hay cosas que se controlan, otras que no. Hay veces que estamos solos, porque no aceptamos la compañía que otros nos ofrecen cuando no se trata de los que esperamos. Tantas cosas…

Por último, una columna no sólo es fuerte para sí misma, sino que es parte del sostén de un techo que bien podría caérsele a todos. También podemos servir de ejemplo para quienes la están pasando incluso peor que nosotros… y eso jamás lo sabremos.

El arte de reír

Queridos(as) lectores(as):

Con el encuentro de hoy, ponemos fin a los dedicados al tema de la felicidad. Espero de corazón que les hayan servido para reflexionar y para que se den una oportunidad de que, a pesar de las circunstancias, se permitan ser felices. A veces, sólo hace falta recordar que eso depende de nosotros, no tanto de lo que hay fuera.

Afrontar la vida debe ser siempre un compromiso, no sé si moral, pero al menos sí hacia uno mismo. Cuando hablamos de moralidad hablamos de una relación con los otros, pero parece ser que solemos olvidar el compromiso que tenemos para con nosotros mismos. Y es ahí donde la tempestad azota con toda su ira.

Por eso, el día de hoy cerraré con el arte reír.

Una herramienta terapeútica

En psicoanálisis entendemos que el humor es la manera en la que el sujeto logra relacionarse ante ciertas cosas. Un modo de defensa, un modo de tolerar la realidad, un modo de expresar lo «inexpresable». El chiste, por ejemplo, encuadra una verdad que no se podría decir de modo «serio», que necesita la risa y por tanto la aprobación de los interlocutores. De ahí que podamos encontrar un sinfín de tipos de chistes, desde los «inocentes» hasta los vulgares. La clave en todos es que el sujeto expresa cosas cobijadas por la risa aprobatoria (y a veces no tanto) de los demás.

Sin embargo, me gustaría que nos enfocáramos en la parte terapéutica de poder reírnos a carcajadas. Sabemos bien que hay muchas tensiones en nuestro día a día, por lo que cuando somos partícipes de algo gracioso (aunque sólo lo sea para nosotros), esas tensiones encuentran un modo de disminuir y con ello encontramos placer. Nos sentimos bien, la situación se aligera. Hay por ahí un consejo popular que dice «aprende a reírte de ti mismo». ¿Y por qué no?

Hace unos días, platicaba por Whatsapp con un querido amigo que me estaba compartiendo una situación que está pasando con una conocida. En un momento, me dijo «…para que veas lo pendejísimo (en México, es una grosería) que soy». Acto seguido salieron unos «jejeje» de parte de él. Por un lado, surge la parte incómoda, lo que duele, lo que le afecta, de hecho hasta es un reclamo para sí; pero después de ofenderse a sí mismo (pareciera incluso algo humillante), los «jejeje» podemos decir que nivelan su sentir, porque es el modo en el que acepta o lidia con lo que le afecta. Se ríe de sí mismo, de lo «pendejísimo» que es. Sin embargo, no lo dejé ahí, pues le contesté que «no es que seas pendejísimo, ya quisiera yo ser en todo caso eso para ser tan buena persona como tú». Cosa que le brindó un alivio a modo de no verse sometido por esa idea que tiene de sí. Pero eso fue posible por la capacidad que tuvo de reírse de su «tragedia».

Aquí es donde me gusta insistir que el lenguaje, como siempre, determina realidades que parecen condenarnos, que no puede ser de otra manera. Cosa que ya hemos visto que no es del todo cierto. John M. Heaton en su libro Wittgenstein y el psicoanálisis, nos comparte lo siguiente: «Wittgenstein advirtió que somos prisioneros del poder engañador del lenguaje, y ello lo acercó a la literatura como a la filosofía. El poder engañador de la palabra puede imitar tan bien las cosas reales que su poder discriminador no alcanza para permitirnos distinguir la verdad de la falsedad. Puede engañarnos en el acto mismo por el cual nos escoge como aquellos a quienes nos es dada la verdad».

Cambiar la mirada

¿Cuando nos vemos en el espejo, qué es lo que vemos? Esa pregunta siempre me ha parecido maravillosa. Por un lado tenemos la estética del sujeto vs la estética de la sociedad; por el otro lado tenemos un anhelo o ilusión vs lo que hay ahí. El ser ahí, ese otro que soy yo. Recuerdo a un standupero mexicano, Franco Escamilla, que dijo en uno de sus shows (parafraseo): «Hay quienes se ven en el espejo y se engañan diciendo que ‘están muy bien, que son lo máximo’, no, yo no mis hermanos, yo me veo al espejo y me odio por pinche gordo». Justo en esto es donde tenemos que centrarnos: qué es lo que miramos y por qué.

El tema de la propia percepción es algo que merece incontables encuentros para tan siquiera rozar las líneas del debate, sin embargo, podemos sostener que es algo que le atraviesan varias exigencias. Las personales, las familiares, las sociales, las religiosas, las institucionales, etc. El sujeto yace ahí, padeciendo el malestar del «¿qué soy?». Y, claro, infelicidad desatada.

Percibirnos a nosotros mismos como «pendejos, idiotas, tontos, tarados, etc.», puede que afecte nuestra participación en las cosas que pensamos, decimos y/o hacemos. De ahí que apostemos casi siempre por el fracaso. Sin embargo, el otro lado de la moneda en esta circunstancia, nos permite darnos cuenta de nuestros errores, aceptarlos y reírnos de nosotros mismos. Y lo que se vuelve imperdonable, se vuelve risible para poder hacerlo mejor después.

Ríe y deja que los demás se liberen

No sé si han visto en algún momento un video que se hizo viral hace unos años de un sujeto que se sube al metro con sus audífonos puestos y viendo algo en su celular. De repente, se empieza a reír hasta perderse en carcajadas. Los demás usuarios en un principio lo ven con extrañeza, con sospecha y, por qué no, hasta con fastidio. Pero mientras avanzan en su viaje y las carcajadas del sujeto se vuelven escandalosas, los demás se empiezan a reír y a generar un ambiente agradable y ameno, ¡no se diga divertido!

Y es que lo que sucedió ahí fue un vínculo que ayudó a los demás usuarios a romper con los pensamientos negativos, tristes o dolorosos por los que probablemente estaban pasando, todos escondidos tras esos rostros de seriedad total. Se quebraron, y lejos de llorar, rieron a carcajadas. Se acordaron que, a pesar de todo, siempre se podrá reír. Evidentemente se trataba de una campaña publicitaria (de Coca-Cola, aunque a Cristiano Ronaldo no le guste) sobre la importancia de reír y vaya que hasta los que vemos el video compartimos esa alegría (si no lo han visto, se los dejo al final).

Para concluir, quisiera que pensemos en eso de «liberarse» y leamos un verso del poeta español, Miguel Hernández:

«Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea».

El profeta Muhammed decía «quien hace reír a sus compañeros, merece el paraíso».

¿Ya reíste hoy?

¿Cuándo nos toca ser felices?

Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, quisiera agradecerles por el cálido recibimiento, su amable lectura y por sus generosos comentarios del encuentro anterior, El arte de ser feliz. Aunque debí aclarar que sería la primera parte de unos encuentros destinados a ese tema.

Quisiera abordar en esta ocasión algo que por ahí salió en redes sociales: ¿y dónde yace la felicidad? Si bien pudimos reflexionar sobre lo efímera que es la felicidad, lo cierto es que ese punto nos llama la atención a muchas personas. ¿Es que acaso tengo que ir a algún lugar para poder ser feliz? En varias oportunidades he escuchado eso de «quererse ir», de hecho, en un encuentro anterior, compartí lo que para Emil Cioran era más bien no una ida, sino un retorno al «paraíso perdido». Pero en ambas ideas, lo que resalta es la necesidad de moverse del lugar en donde estamos, del tiempo en el que vivimos.

¿Por qué será que tenemos esa idea, esa esperanza, de que la felicidad yace en otro lugar menos en donde estamos? Quizá tenga que ver con la relación que tenemos respecto al aquí y al ahora, «atrapados» en un momento en el que no somos felices; pareciera que «no es aquí», que estamos equivocados. Debe estar en algún otro lugar…

En alguna parte del mundo

Esta cuestión me hace pensar en una agrupación musical a inicios del siglo XX. Me refiero a Comedian Harmonists, unos intérpretes judío-alemanes que transmitían alegría, emoción y un profundo sentimiento en todas sus canciones. Portadores de alegría, transmisores de esperanza. Sin embargo, su historia se desarrolló en el tiempo en el que Adolf Hitler y el nazismo crecían de manera alarmante en Alemania.

Una de sus canciones, Igendwo auf der Welt (En alguna parte del mundo), empieza precisamente con algo que toca el tema del que estamos hablando en este encuentro:

Irgendwo auf der Welt, gibt’s ein kleines bisschen Glück
Und ich träum davon in jedem Augenblick
.

Una traducción podría ser:

«En alguna parte del mundo, existe un poco de felicidad y sueño con ello a cada momento».

Si pensamos que la felicidad nos brinda esperanza y que la esperanza es un poco de felicidad ante el infortunio, no sería de sorprender que todos estemos en esa constante búsqueda. Pero, volvemos a la pregunta, ¿en dónde estará? O quizá habría otra pregunta: ¿con quién estará?

Aquí conmigo

Muchas veces, si no es que siempre, nos vemos sumidos en la comparación con el otro. ¿Por qué esa persona es feliz y yo no? ¿Por qué esa persona sonríe y yo no? Recuerdo que hace varios años, cuando le hacía preguntas así a mi papá, él me contestaba con una pregunta: «¿Y tú por qué sí?». Es decir, como humanos la envidia puede volverse nuestra enemiga al momento de cuestionarnos sobre las cosas que pasan, y eso nos hace olvidar que por algo no sucede lo que queremos, pero nos dedicamos a depositar en el otro nuestro malestar.

Las circunstancias de la vida se nos vuelven en contra en cada momento. Uno podrá «pellizcar» un poquito de cierta felicidad, pero parece que no dura, que no se puede quedar con nosotros, ya que todo lo demás arremete con fuerza en nuestras vidas. Hoy sonríes, mañana lloras. ¿Quién podrá ayudarnos? Y seguimos esperando que la felicidad llegue. Pero, ¿qué no nos estábamos moviendo para encontrarla? Pienso en un fragmento de un poema del místico católico, san Juan de la Cruz, que dice así:

Para estar en donde no estás, tienes que ir a donde no has ido.

Para llegar a tenerlo todo, debes desear no tener nada.

Para llegar a ser todo, debes desear no ser nada.

Ya habíamos hablado un poco sobre la importancia de la vida interior. ¿Será que la felicidad no yace en el mundo exterior, sino que está a la espera en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestro espíritu? Si nos sentamos a reflexionar sobre esto último, ¿es que acaso el otro tiene que ser feliz por mí? ¿O acaso tiene que sonreír por mí? Por qué parece que no queremos enterarnos de que la felicidad está a nuestro alcance por el simple hecho de vivir. Por qué será que se nos olvida que las circunstancias no tienen por qué determinar nuestra vida.

¿Qué pasaría si tomamos aquel mantra budista que dice «el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es elegible» y lo modificamos a «la vida es inevitable, pero uno elige cómo vivir»?

Mis queridos amigos: no hay que desesperarse. Si es tiempo de llorar, hay que hacerlo. Si es tiempo de dolernos, hay que aceptarlo. Pero todo llega a su tiempo, todo pasa a su ritmo. Y ahí donde yace la esperanza, yace la promesa de volver a sonreír.

P.d. Y si nos cuesta tanto, ¿por qué no buscamos a quien nos ayude? Después de todo, solos no estamos.

El arte de ser feliz

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo que vengo escuchando eso de «ser feliz» a modo de una suerte de exigencia social. Pero todo lo que empieza por exigirse, termina por depreciarse. Ahora, ¿es posible ser felices? Si bien Aristóteles sostenía que el fin del ser humano era la felicidad, ¿qué entendía exactamente el filósofo por «felicidad»? Ciertamente, la felicidad va vinculada directamente con el ejercicio de la virtud, cosa que se sostenía desde antes del maestro de Alejandro Magno. Pero hablar de virtud, sobre todo en este nuestro complicado tiempo, parece que nos imposibilita, al menos, hablar sobre la posibilidad de la felicidad.

¿Un arte o una capacidad?

En el Malestar en la cultura, Freud se muestra reacio a aceptar que la felicidad sea como tal un fin, ya que va describiendo la imposibilidad para ello por las represiones, grosso modo, que la sociedad impone al sujeto. La felicidad, entonces, va de la mano del deseo. ¿Quién no es feliz al satisfacer un deseo? ¿Quién no manifiesta tanta emoción por ello? Pero, como bien diría mi abuelita, «hay de deseos a deseos», y hay unos específicamente que no son muy bien vistos que digamos por la exigente sociedad.

De aquí que quepa la pregunta si la felicidad es un arte o una capacidad. ¿Qué entendemos por arte? No hay que hacernos tanto rollo en la cabeza para poder explicarnos: el arte es en sí el desarrollo de la técnica que encuentra un fin, mismo que es el de poder compartir, poder expresar. Entonces, el arte es dar testimonio de algo sobre nosotros. ¿Y la capacidad? No recuerdo bien el nombre, pero hace algunos años un maestro decía que «la capacidad es un modo de participación en la existencia». Y me gusta esa definición. Pero recordemos que definir siempre presupone una limitación, y hay que asumir que en la vida la definición es una apuesta muy idealista.

Ahora bien, si la capacidad es un modo de participación en la existencia, nos vemos obligados a pensar, de cierto modo, en un ejercicio de adaptación. Seguramente han escuchado incontables veces aquello que reza «hacer lo que se puede con lo que se tiene», bien, pues ahí se explica la capacidad. Pero atrás de ello hay un análisis, a veces inconsciente, de la situación, de lo que se busca y de lo que se puede. Hablamos del mundo de la posibilidad.

Siguiendo esto que brevemente hemos revisado, la felicidad entonces podría ser parte del «arte de la capacidad» del ser humano. En otras palabras, ¿podríamos decir que la felicidad es algo propio del ser humano ya que éste es capaz de convertir su existencia en un arte? Esto lo dejaremos para otro encuentro.

Seamos niños sin olvidar que somos adultos

Friedrich Nietzsche tiene una sentencia que parafraseo a continuación: «la madurez se alcanza cuando uno es capaz de hacer las cosas con la misma seriedad con la que un niño juega». Mi homenaje a la infancia nunca va a cesar. Y sostengo otra vez que los verdaderos maestros de la vida, son aquellos pequeños filósofos que nos enseñan sobre la mayéutica (arte de preguntar). Pero no sólo debemos centrarnos en esa enseñanza, sino en la enorme capacidad de asombro que los niños tienen y que pareciera que poco a poco, mientras vamos creciendo, se va disminuyendo en nuestras vidas.

Hace unos días, salí a tomar un café con una amiga. M, sin saberlo, me hizo recordar todo esto que hoy les estoy compartiendo en nuestro encuentro. Es una mujer admirable, porque pase lo que pase, no deja de ver con ojos de niña el mundo. Pero no sólo eso: sostiene una felicidad por los momentos que me terminó por resultar algo bastante tierno y, por qué no decirlo, envidiable. Sin dejar de ser una adulta responsable, M sonríe a la vida y te obliga a hacerlo. Ella puede decir «¿jugamos?», sin decirte exactamente a qué… ¡como los niños cuando se encuentran a otros niños! La planificación no está en su repertorio, pero le dan paso a la sorpresa.

Sí, M me hizo pasar la mejor tarde en muchos años. Hubo un momento en el que ella empezó a brincar. «Pensarás que estoy loca, pero me gusta mucho». La locura… no cabe duda que los que estamos muchas veces mal somos los que decimos ser «cuerdos». Perdí la cuenta de cuántas veces la vi sonreír, doblarse de la risa, las maneras en las que se refiere a las cosas de la vida con tanta ternura, cariño y emoción… ¡Gracias, M!

Hay que seguir…

Por último, ¿por qué pasa que dejamos de sonreír? Quiero compartir y despedirme con este breve diálogo entre Frodo y Sam, personajes entrañables de El señor de los Anillos:

«Sam: Es igual que en los grandes cuentos, mi señor Frodo. Los cuentos que eran importantes estaban llenos de oscuridad y peligro. A veces uno no quería saber el fin porque, ¿cómo podría ser un final feliz? ¿Cómo el mundo podría ser como antes cuando han pasado tantas cosas malas? Pero al final, la sombras sólo son transitorias. Aún la oscuridad debe terminar. Vendrá un nuevo día. Cuando el sol brille iluminará hasta la claridad. Esos eran los cuentos que permanecían, que tenían significado, aunque fuera demasiado pequeño para entender por qué. Pero, mi señor Frodo, creo que sí lo entiendo, ahora lo sé, porque la gente en ellos tuvo la ocasión de dar la vuelta y nunca lo hizo, siguió caminando, porque tenía algo a lo cual aferrarse.

Frodo: ¿Y nosotros a qué nos aferramos?

Sam: A que el bien aún existe, lo sé, mi señor Frodo. Y tenemos que defenderlo.»

¡Hasta pronto!

P.d. la felicidad no puede ser colectiva, ¿será que es algo personal? Ahí se las dejo «al costo»…

De máscaras y de rostros

«La mejor manera de encontrar a otro es no darse cuenta ni del color de sus ojos»

Emmanuel Levinas

Queridos(as) lectores(as):

Espero que se encuentren bien y cuidando de su salud física y mental. Vaya que han sido días complicados en el mundo, donde el COVID-19 sigue sin darnos tregua, pero también los otros malestares de nuestro tiempo siguen provocando gran dolor, tristeza y demás emociones que nos hacen perder la esperanza.

En este encuentro, me gustaría que pudiéramos reflexionar acerca del otro. ¿Quién es esa persona que yace frente a mí? ¿Es o me lo imagino? ¿Realidad o misterio? ¿Cómo poder definirlo? Me parece que ahí es donde encontramos la primera traba a nuestra compleja tarea. ¿Por qué existe esa tediosa necesidad de poder definir al otro? Pensemos por un momento: ¿de quién son los criterios por los que me rijo para buscar definir?

Imagen y detalles

En encuentros anteriores hemos abordado este tema. Demasiadas veces, pero es que nunca hay un límite exacto para esto. Brevemente, podemos decir que el ser humano se encuentra en un mundo donde existe sí una objetividad y un sinnúmero de subjetividades. Por eso es que hablamos de la percepción. Sin embargo, debemos recordar que esto de la percepción es en sí algo que ha ido cambiando a lo largo del tiempo.

En un principio, hablamos de la experiencia sensorial que relaciona o vincula al sujeto con aquello que llama su atención de manera específica y que poco a poco, con ello podrá «construir la información». A esto lo conocemos como constructivismo: información y los estímulos recibidos para darle un sentido determinado. De ahí que la advertencia que comparto de Levinas al principio es vital. Cuando nos enfocamos en los detalles, perdemos la imagen completa.

«Entiende que un mosaico no te dice nada hasta que esté la imagen completa»

No es mi intención entrar en debate respecto al tema de la percepción, pero sí me parece importante al menos considerar esto como algo útil para nuestro día a día. Hace unas semanas justo di un curso donde abordé de manera sencilla el tema de la alteridad y de cómo es que muchas veces descuidamos el hecho que es aquello que nos permite introducirnos en el misterio del otro. Se ha hablado mucho de una suerte de «juego de máscaras» en tanto la realidad que encubren, que no es otra cosa que el rostro. Si yo veo a una persona sonreír, por ejemplo, podría pensar que es alguien feliz o alegre en el mejor de los casos, sin embargo, ¿qué pasa con el fantástico maquillaje de los payasos?

Reír llorando

Hago alusión al famoso poema de Juan de Dios Peza, en el que se nos habla de una persona que llega a ver a un médico para decirle que está pasando por una tristeza terrible. Después de una larga entrevista, el médico le recomienda al paciente que vaya a ver a Garrick, quien es un gran payaso que hace reír a cualquiera. Al final, se descubre que ese ser alegre y genial no es sino el propio paciente. «Eso no me cura, cámbieme la receta».

Cuando nos quedamos en los detalles de nuestra percepción, como decía anteriormente, nos perdemos la imagen completa. Ahora bien, en la clínica los analistas sí prestamos atención a los detalles que escuchamos, de ahí la importancia de una escucha flotante, misma que nos permitirá poner atención a la asociación libre en el discurso del paciente. Sin embargo, sería muy ingenuo pensar que esos detalles nos dan toda la idea que necesitamos para nuestras devoluciones. De ahí que «escucha para que sigas escuchando» se vuelve un consejo muy importante.

Freud prestaba especial atención a la ilusión y al tremendo daño que puede provocar. Pero aterricemos esa ilusión de un modo distinto: el autoengaño. «Estoy bien», «no tengo nada», «me la estoy pasando genial», muchas veces son las máscaras que usamos para ocultar las cicatrices del corazón. ¡Qué carga tan tremenda! Aparentar algo que no es supone un ejercicio desgastante y tortuoso. Sí, la sociedad se ha vuelto muy exigente en ese punto, pero es algo que daña, que lastima, que incluso nos desmotiva y nos hace perder contacto con nuestra propia humanidad.

Mirar el rostro

Grosso modo, Levinas explica que hay que mirar el rostro del otro, no desde la cuestión del ser, sino desde la bondad. Esto nos permite ver en el otro a nosotros mismos, entendiendo que el otro también es lo que estamos proyectando. Podríamos decir «veo lo que quiero ver», y eso es justamente definir a partir de nuestros prejuicios sin entender que no se puede definir algo que está en constante cambio.

Recuerdo hace unos años a una persona que me comentaba que «no podía esperar que las personas cambiaran». En buena parte es cierto porque para ello hace falta el trabajo personal, pero al final es una sentencia (desde un punto moral superior) que limita e imposibilita al otro. Casarse con la idea de que la gente no cambia, es cometer un error que termina costando muy caro.

Ludwig Wittgenstein explica esto: «No podemos decir la verdad, si aún no nos hemos conquistado a nosotros mismos. No podemos decirla, pero no porque aún no seamos lo suficientemente inteligentes. La verdad sólo puede ser dicha por quien ya se siente como en casa con ella; no por quien aún vive en la falsedad, que no hace más que intentar alcanzarla desde la falsedad». Cuando aseveramos algo de los demás, nos olvidamos que eso mismo lo podríamos hacer respecto a nosotros mismos. Por eso que mirar al otro con bondad es guardarnos la posibilidad de ser bondadosos con nosotros mismos. Y esto tiene que ver de manera directa con la «sinceridad de ser lo que somos, sin tener que ser algo más para poder ser».

Sentirnos en casa, por último, es estar seguros, cómodos, tranquilos. En la interacción con el rostro ajeno, es una invitación, una responsabilidad, de abrir las puertas de esa casa y brindarle alojamiento ante la desesperación, el miedo y el dolor. En palabras más sencillas: ser la esperanza que sostenga al otro, para que la encontremos también para nosotros.

Después de usted, Dr. Freud

Queridos(as) lectores(as):

Hoy que es aniversario de Freud, no quería dejar pasar la oportunidad de compartir una reflexión personal sobre la labor psicoanalítica, y desde el punto de vista de un analizando (paciente):

No hay nada como tener a la semana un espacio de 55 minutos (a lo máximo), muy íntimo, muy personal, donde uno tiene la oportunidad de ser sí mismo, sin la presión de los demás, sin los prejuicios y los juicios que atormentan día a día. Un espacio donde puede haber sonrisas, bellos recuerdos, reflexiones serias, así como lágrimas, dolor y mucha tristeza. Pero que al final se combinan y traen una fortaleza inexplicable.

El psicoanálisis, al final, es un acto de amor donde dos inconscientes se encuentran y enfrentan, una dialéctica que da paso a un «seguir siendo». Muy apegado al existencialismo que expone que nunca se es sino que se está siendo. Acostarse en el diván es un entregarse a la muerte para dar paso a la vida. Quizá muchos no entiendan esto último que digo, pero el experimentar esto es simplemente algo subjetivo y que da paso a muy bellas e interesantes confesiones.

Gracias, Dr. Freud, por darnos una herramienta muy valiosa para seguir siendo. Gracias, sobre todo, porque si no fuera por el valor que tuvo de analizar (junto con Fliß) sus propios sueños, no sabríamos qué hacer con los nuestros. Gracias de parte de alguien que sigue trabajando, entre el dolor y la pasión de seguir viviendo.

Parafraseando a Lacan: «Sólo Freud tuvo las agallas de exponerse ante los demás».

El fracaso del triunfo

Queridos(as) lectores(as):

Esta semana me tengo que poner al corriente en las publicaciones atrasadas. Por tal motivo es que dejo este segundo encuentro. En 1916, Sigmund Freud publicó un breve texto llamado Los que fracasan cuando triunfan, en el que describe un tipo de carácter muy curioso de ciertas personas «excepcionales».

¿Les ha pasado que han soñado o deseado algo con mucha pasión y que, cuando se les cumple, lejos de disfrutarlo se sienten mal? ¿O quizá que cuando han querido algo por mucho tiempo, llega el día que lo obtienen y ya no significa lo mismo? Justo de esto hablaremos en este encuentro.

Enfermedad y éxito

No es para nada nuevo el famoso «miedo al fracaso». Es algo que se escucha día tras días, no sólo en la clínica, sino en todas partes. Estamos en una sociedad que apuntala tanto hacia el éxito que compromete de incontables maneras a los sujetos a ello, exponiéndolos a un miedo exagerado al fracaso. ¿Qué dirán de mí? ¿Cómo me verán después? ¿Y si no cumplo las expectativas? Haciendo que lo que podrían ser preguntas «típicas» que nos hacemos constantemente a lo largo del día, se vuelva una obsesión que nos consume y nos aparta de lo deseado.

Tenemos que tener en cuenta esto: no estamos hablando en ningún momento de aquel deseo que yace en la fantasía, sino que estamos tratando con la satisfacción del deseo por el mismo acto. Lo que sigue de esto es algo que podemos denominar «meterse el pie a uno mismo». Es decir, pareciera que estos sujetos «no son capaces de merecer» lo que han buscado y encuentran la forma de autosabotearse. Al hablar del merecer, nos vamos acercando a una estructura fundante de la sociedad: la culpa.

Pero, ¿qué pasa si…?

Como bien sabemos, el hecho de sentir culpa (en alemán encontramos la palabra schuldig, que podemos traducir de dos maneras: culpa o deuda) hace que la persona se paralice, caiga en un profundo malestar y lo lleve a cometer muchas cosas con tal de dejar de sentirla. Todos hemos pasado por eso. Sin embargo, ¿qué tiene que ver la culpa con el triunfo o el éxito? Nos sitúa en una posición frente al otro, misma que nos inventamos mentalmente y que nos hace ver lo que el otro ha pasado y que no ha logrado lo que nosotros. O al revés, ver en el triunfo del otro el fracaso nuestro y de ahí las terribles comparaciones.

Además de la culpa existen otros factores que pueden ser diversos en cada caso. Pensemos por un momento en la angustia que nos puede generar el lograr el objetivo en tanto que no tenemos previsto qué haremos luego con ello. Claro, todo nuestro ser se empeña en alcanzar una meta, pero no se ve más allá de ella. Llegando a ese punto surge entonces el «¿y ahora qué?». Por eso es que hablamos de angustia, pues nos situamos ante lo desconocido, no sabemos qué pasará. Y de ahí pasamos al miedo a «no ser aptos», «a no estar en el momento adecuado», «el no estar listos», etc. De angustia se pasa al miedo y del miedo hacia una profunda y cruel autodesacreditación, es decir, nos vamos haciendo menos a nosotros mismos.

Culpa y responsabilidad

El propio Freud nos habla en Tótem y tabú (1913) sobre la culpa estructural que se presenta en cada hijo que está conectada con el hilo genético y familiar. Hay algo que nos hace estar en deuda, algo que nos hace sentir culpables y que se tiene que pagar de alguna manera. De este modo, parece ser que el fracaso de los que triunfan se expone como un sacrificio de lo logrado a favor de la culpa transmitida tras el crimen del parricidio. Vamos a explicarlo de otra manera más sencilla: el sujeto se considera a sí mismo no capaz de recibir lo que es del padre, lo ve como algo que no le corresponde, que no lo merece, que no podrá con la responsabilidad que conlleva. Por eso es que llamo a esto «una puerta de escape» de la posibilidad misma del seguir siendo (más).

¿Pero qué pasa cuando el sujeto no quiere hacerse responsable de su éxito y lo que conlleva? Se vuelve un fracaso que apunta al destino como el culpable del mismo. Una posición superyoica que se vuelve una sentencia de «no poder ir más allá del padre». Freud en algún momento incluso aporta más claridad a esto último: el sujeto no se permite disfrutar de su triunfo porque no puede esperar del destino (de la vida) algo así de bueno para sí mismo. Al depositar la responsabilidad del triunfo en el destino, el sujeto se siente culpable de gozar aquello que, a su modo de verlo, no lo merece porque no estuvo en sus manos el lograrlo. Podríamos decir de una manera burda que no se cree la buena suerte que ha tenido. Y confunde esfuerzo propio con suerte.

No más allá del padre

Todo esto que sufren estos sujetos excepcionales, yace en una instancia inconsciente que se vuelve un auténtico martirio. Incluso hay quienes han aportado a esta teoría una suerte de «goce» en esa posición de no poder ir más allá del padre. Como si los frutos del trabajo se intercambiaran con una culpa gozosa. Pero eso es otro tema que no abordaré por ahora.

Si nos volcamos sobre algunas sentencias populares tales como «miedo al éxito», podemos entender que es justamente la otra cara de la moneda del «miedo al fracaso». La crítica que existe en el neurótico se vuelve incluso algo paranoide, por tanto, un desgaste constante. Por eso es que en la clínica tenemos que trabajar con ese tema de superación del padre y entender la génesis de la culpa por ello.

Empezar de nuevo

«La verdadera filosofía consiste en aprender de nuevo a ver el mundo».

Maurice Merleau-Ponty

Queridos(as) lectores(as):

Sé que he estado «desaparecido» por unas semanas, pero el tener que cuidar a mi papá de 80 años ha sido un poco pesado, sin embargo, acá estoy de nuevo para compartir con ustedes en este breve encuentro semanal.

Hace unos días, me hice con una copia del libro La fragilidad del mundo, de mi querido amigo Joan-Carles Mèlich. Un ensayo en verdad fascinante sobre el tiempo precario. Justo al empezar, el autor comparte la cita de Merleau-Ponty que debe resultarnos importante para una reflexión oportuna de lo que estamos viviendo. Por supuesto que les recomiendo ampliamente el libro. Pero como decimos acá en México, quisiera «poner de mi cosecha» en esta ocasión.

Esto que ves, es lo que es

Muchos autores se han ocupado del tema de la percepción a lo largo de la Historia de la Filosofía y de demás ramas del saber. Cada uno ha aportado cosas maravillosas para seguir ampliando el espectro que tenemos sobre ello. Sin embargo, en los últimos años, pareciera que la percepción ha entrado en una clase de debate que profundiza en la subjetividad descuidando la objetividad. Ciertamente un fenómeno propio de nuestro tiempo «incómodo». En encuentros anteriores, hemos tratado brevemente el tema de la Verdad (así, con mayúscula) y cómo es que la sociedad parece que se aleja de ella por, precisamente, resultar incómoda e, incluso, hasta ofensiva para algunos. ¿Pero por qué?

Estamos atravesando un momento en el que la doxa (opinión) busca imponerse en los discursos que tienen que ver con la Verdad. He escuchado y leído incontables veces aquello de que «cada uno tiene su propia verdad», y sí, es cierto, porque es la verdad con minúsculas, misma que podríamos interpretar como «lo que somos capaces de aguantar que forma parte de un todo». Y si seguimos revolucionando las nociones, en una suerte de deconstrucción muy personal, esas verdades son opiniones disfrazadas por la suavidad y su levedad. Sin embargo, por mucho que busquemos pintar la realidad de los colores que queramos, seguirá siendo la misma, así que tarde o temprano veremos cómo esos colores terminan por diluirse.

¿Y ahora qué?

Parece que en el desesperado intento de hacer la vida «más llevadera», nos olvidamos de aquello que la Filosofía nos ofrece: la contemplación. ¿Qué es eso? La contemplación no es otra cosa que la habilidad o capacidad de poder poner atención de manera detenida, profunda y serena sobre algo. Por poner un ejemplo: cada vez que salgo a caminar (con las medidas preventivas adecuadas), disfruto mucho de poder contemplar los árboles de jacaranda. Me encanta el color, la tranquilidad que me brinda el no distraerme con lo demás. Percibo al árbol dentro de sus límites que se vuelven los míos. No tengo que quitar o agregar absolutamente nada. ¿Qué razón tendría para ello?

No se trata sólo de ver el mundo, sino de contemplarlo. Y para ello necesitamos precisamente calma y serenidad, mismas que hemos despreciado por darle rienda suelta a la inmediatez. Sucede que vamos muy deprisa, con carrera, no sabemos exactamente hacia dónde, pero vamos cada vez más rápido y sin poder detenernos. La sociedad es tan exigente que pareciera que tenemos que competirle para ser más exigentes con nosotros mismos.

En este tiempo tan difícil y complicado, tenemos que justo empezar de nuevo todo. Es una oportunidad que estamos teniendo dentro de la adversidad. Pero empezar de nuevo, ahora, nos permite tener la experiencia previa que hemos generado en nuestros años de vida. Podríamos decir que no estamos empezando desde cero sin más. Recuerdo con mucho cariño las palabras de un querido maestro, el Dr. Jorge Morán (q.e.p.d.), quien decía: «Quiero tomarme un café y que me sepa a café». Lo que quería decir con ello es que pudiéramos experimentar el asombro en todo momento, «redescubrir» las cosas y disfrutarlas.

Antes de despedirme por hoy, quisiera compartirles un fragmento del poema Alastor (o sobre el espíritu de la soledad) de Percy Bysshe Shelly (1816):

¡Tierra, Océano, Aire, amada hermandad!
Si nuestra gran Madre ha impregnado mi voluntad
con algo de piedad para sentir su amor,
y recompensa con el mío su favor,
si la mañana rociada, y el mediodía fragante, y más aún,
el crepúsculo y sus magníficos ministros,
y el cosquilleo de la medianoche solemne y silenciosa;
si el aullido del Otoño que suspira en la madera,
y el traje del invierno se corona con la pureza
del hielo estrellado sobre la hierba cana y las ramas desnudas;
si el jadeo voluptuoso de la Primavera cuando respira
sus primeros besos dulces, -tan caros para mí-;
si ningún pájaro brillante, insecto, o bestia apacible
deliberadamente he perjudicado y, en cambio, he visto
en ellos a mi propia raza; entonces, perdonad
esta jactancia, queridos hermanos,
y conservad para mí una porción de vuestros favores.

Hasta pronto…