El mundo es un gran diván y cada persona una circunstancia única y sin igual. La historia es un punto de partida fundamental para poder dar paso a los distintos discursos que hay. Bienvenidos a un espacio de reflexión, donde la filosofía, el psicoanálisis, la literatura, el arte y demás ciencias humanísticas abrirán distintas puertas, ventanas… o agujeros en los muros.
Octubre y noviembre, en Occidente, representan dos meses en los que la muerte está presente. Por un lado tenemos la festividad pagana (por los rituales celtas) de Halloween que en el mundo anglosajón viene a significar, como contracción, All Hallows ‘evening (noche previa o víspera de todos los santos) y en el mundo hispano las festividades religiosas del Día de Todos los Santos (primero de noviembre) y, especialmente en México y en otros países de Centro América, Día de Muertos (dos de noviembre).
¿Pero por qué es que la muerte está tan presente en estas culturas? Heidegger decía que la existencia del ser humano es una constante huída de la muerte, entendiendo esta última noción como una posibilidad muy variada desde la interpretación. Pero, para poder hablar de la muerte, hay que hablar de la vida y viceversa. Tomemos en cuenta y resaltemos el profundo significado religioso (cristiano): hay vida después de la muerte. No podemos, ni debemos, descuidar que el ser humano se rige por un sistema de creencias muy particular y éste es algo vital para «sostenerle» en los brazos de la vida.
Un adiós temporal
La creencia cristiana de la vida después de la muerte es en sí una esperanza de los creyentes de, no sólo vivir frente a Dios, sino de volverse a encontrar con aquellos seres amados que en algún momento se les tuvo que decir un «último adiós». Esa esperanza es la que se vuelve un herramienta, muy poderosa, en el duelo. ¿Qué es el duelo? En Duelo y melancolía, Sigmund Freud nos explica lo siguiente: «El duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.». Esta reacción de la que habla el padre del psicoanálisis es justo ante algo o alguien amado, es decir, de aquello en lo que hemos depositado una gran carga afectiva. No se trata de cualquier cosa. Y de la mano con este duelo, es perfectamente entendible que vivamos una profunda tristeza, pasando a una especie de indiferencia por el mundo, etc. Hay dolor, mucho… pero no significa el fin.
Cuando perdemos a un ser querido, no sólo tenemos que lidiar con su ausencia en nuestra vida, sino precisamente nuestra propia ausencia en cosas que no podrán volver a vivirse pues ya no está con quien las vivíamos. Es decir, cuando el ser amado muere, una parte de nosotros se muere con él. ¿Han escuchado «no te mueras con tus muertos»? Hace tiempo que muchas corrientes psicológicas han venido planteando esta fórmula en apariencia simple pero profundamente importante. Es entendible que la muerte del ser amado nos ocasione un cierto «negro deseo» de morirnos también. ¿Qué caso tiene vivir si ya no está esa persona con nosotros? ¿Cómo podríamos hacerlo? ¿Qué hacemos ahora? Y muchas preguntas se tornan contra nosotros. Pero hay que tener presente, si seguimos la creencia religiosa, que ese triste adiós no es más que un poderoso anhelo de volvernos a encontrar. ¿Creemos o no creemos? Eso depende de cada uno…
Día de Muertos
¿Qué puedo decir? Sin lugar a dudas es una festividad que se ha vuelto con los años cada vez más importante para mí. En lo personal, he pasado por muchos fallecimientos de gente muy querida, de seres amadísimos y que sin duda extrañaré hasta mis últimos momentos consciente. Día de Muertos es quizá una de las tradiciones mexicanas que más le cuesta entender a los extranjeros, sobre todo a quienes no comparten el mismo sistema de creencias de la cultura latinoamericana. Fue gracias a la película de Disney, Coco (2017) que el mundo pudo darse una brevísima idea del tremendo significado de esta celebración mexicana. Un día en el que los muertos «cruzan» el umbral que hay entre la vida y la muerte y que visitan de manera espiritual a sus seres queridos que siguen vivos. La oportunidad de recordar con amor, ternura y cariño, donde hermosas lágrimas van acompañadas de sonrisas y profundos suspiros.
¿Es que acaso tener una tradición así nos hace negar la vida? Me atrevo a decir que no, al contrario, es parte del hermoso testimonio de nuestra humanidad y de cómo hay sentimientos que nos unen a todos. Hay ausencias que se tornan en presencias y en nuevas compañías, en momentos llenos de homenajes inagotables y en las que presentamos a quienes ya no pueden hacerlo con las nuevas generaciones que hubiera sido hermoso que les hubieran conocido. «Papá, háblame del abuelo», «Mamá, ¿cómo era mi tía X?», «Ay, compadrito, ¡cuánto se le extraña!».
Por eso es que «no hay que morirse con nuestros muertos», porque si lo hacemos, ¿cómo haremos que los demás se acuerden de ellos? Es un acto de amor, de profundo anhelo el hacer presente atravesando mares de tiempo para ello. Y sí, al final, justo es el amor el que no deja que el olvido triunfe. Sin embargo, mientras que la muerte nos separa, aprovechemos y disfrutemos lindos momentos con nuestros seres queridos, así cuando tengamos que despedirnos, el dolor se torne en ternura y el corazón encuentre la forma más sencilla para seguir latiendo.
Hoy, queridos(as) amigos(as), brindemos, por sus muertos y por los míos.
«¿Y quién puede saber lo que es reír y vivir bien, si antes no sabe lo que es batallar y vencer?»
-Friedrich Nietzsche
Queridos(as) lectores(as):
A modo de una carta que no lleva nombre, ni lugar, ni fecha, quiero compartirles unas palabras porque sé, que como todos en el mundo, hay veces que la tristeza corroe el corazón. Pero también sé que no hay nada más hermoso que sentir que le importamos a alguien y que sus palabras se vuelven parte de la esperanza necesaria para combatir esos «negros episodios» que la vida también nos tiene.
Abro mi corazón y estas palabras son para ti:
Qué tal, amigo(a), ¿por qué lloras, por qué te duele tanto? Empecemos por decir que alguien antes cuidó tu corazón y hoy sientes como si alguien más lo hubiera roto. ¡Qué descuido! Pero está bien, es momento de que llores, de que lamentes lo que tanto te pesa en tu ser. Hazlo, porque así como cuando hay momentos para reír, cantar y hasta bailar de alegría, hay algunos que son para permitir que las lágrimas y el llanto manifiesten el dolor que cargamos. Siente la confianza de que nadie más que tú comprende lo que te está pasando. Eso te servirá para cuando te cuestiones «por qué es que nadie me entiende». Habrá muchos que quizá no te abracen ni te hablen, pueden ser ciertos en decir que no saben qué expresar o qué hacer para ayudarte a sentirte mejor. Es que les falta creatividad, trata de comprender eso. Y si no es así y sólo notas que hay una indiferencia hacia ti, que así sea: no hay mejor enseñanza que la que viene del error y del dolor. Ya sabrás con quiénes cuentas «en las buenas, pero sobre todo en las malas». Pero no albergues culpa alguna, no te culpes por esas reacciones de los demás. Insisto, nadie más que tú sabe lo que te está doliendo. Llora, abraza una almohada, toma un vaso de agua. Haz lo que tengas que hacer, pero no te niegues lo que estás viviendo.
Llegará un momento en el que las lágrimas sólo limpiarán tu rostro, haciéndote recordar que la ternura también vive en tu corazón. No te detengas a pensar escenarios de soledad, porque realmente no existen. Sucede que a veces uno no sabe distinguir entre las estatuas del jardín y los amigos del alma. Aprende a ver la Verdad y a escucharla. No tienes lo que dices querer, realmente tienes o tendrás lo que necesitas. Confía en Dios, en la vida, en los demás. Ponle el nombre que quieras, pero confía. Las tormentas en el mar son un contratiempo, pero pasarán y el barco podrá seguir adelante. Cuánto quisiera poder decirte todo esto y estar frente a frente, compartiendo un momento tan sagrado contigo; momento en el que tu corazón te hace recordar que eres humano, no una pieza de metal fría e insensible. ¡Es que no tienes que ser fuerte siempre ni para todo! ¡Qué dichoso(a) serás cuando aprendas a decir «hasta aquí, no puedo más» y te permitas buscar ayuda! Verás que la encontrarás, y te aseguro que muchas veces te sorprenderá recibirla de quienes menos esperas.
Ay, amigo(a), en verdad que te entiendo. Somos soledades que nos encontramos. Y es cierto que hay ocasiones en las que por muy acompañados que estemos, sólo sabremos sentir nuestra soledad con todo su peso. Es momento de recordar que en esta vida te tienes a ti. Aprovecha ese encuentro que la vida te regala y atrévete a ser sincero(a) contigo mismo(a). Es momento de que comiences a pensar en ti. ¿Qué necesitas? ¿Qué quieres? Podrá ser que nunca sepamos lo que queremos con exactitud, pero te apuesto a que si se te antoja un chocolate, hablar con alguna amistad, salir a pasear a tu perro, ¡puedes hacerlo! No te castigues negándote un poco de placer en ese momento tan displacentero. Ya suficiente cargas con el dolor del mundo como para que hagas más pesado el momento con tu propia severidad y restricción. En verdad que quiero estar contigo y ver cómo una hermosa sonrisa se escapa y se va afianzando en tu mirada. Sé que no es difícil hacerte sonreír. Porque lo mereces, ¡tantas veces que ni tú te lo imaginas! Pero para que puedas saberlo, primero tienes que aceptar lo que estás viviendo. En el llanto uno está haciendo un poderoso llamado al corazón de los demás. Habrá quienes respondan enseguida, otros que tardarán un poco, algunos que no entiendan y otros tantos que ni se quieran enterar. Calma, no olvides que todos cargamos con dolores que muchas veces, por miedo a seguir sufriendo, no compartimos. Genera en ti el amor que necesitas y no olvides brindarlo cuando veas que alguien te necesite aunque no sepa tu nombre ni tú el suyo.
Querido(a) amigo(a), ¿te das cuenta que aunque no estemos juntos, participamos de un maravilloso encuentro en el que te estoy escribiendo sin conocerte y tú imaginas mi voz que se convierte en un tierno abrazo para ti? Así pasa cuando los humanos nos aceptamos como tales. Hoy por ti, mañana por mí. Que nunca falten las palabras de amorosa esperanza, ¡pero que siempre sean acompañadas por las acciones que inmortalizan los más bellos sentimientos! Te escribo con todo mi amor y cariño, sin conocer tu nombre, sin saber de dónde eres ni cuándo leas esta carta que es tuya, porque quiero que sepas que en verdad no estás solo(a), que a veces las cartas llegan sin tener en ellas un destinatario determinado.
Una disculpa sincera por llevar un tiempo sin subir encuentros, pero he andado ocupado con unas cosas personales. Hace unos días, me encontré con una ex alumna. Debo de decir que me dio gusto que ella me reconociera entre tantos cubrebocas. Me contó que va a la mitad de la carrera de Psicología y que espera luego poderse formar como psicoanalista. «Es su culpa, ¿sabe?» -me dijo sonriendo-. Y me sentí contento con esa «culpa».
En un momento, ella recibió un mensaje en su celular y el rostro alegre se transformó en un escenarios de lágrimas y tristeza. Le pegunté qué pasaba y sólo me pudo decir «pasó, ya no está aquí mi abuelito». Le acababan de notificar que había fallecido su abuelo. No pude brindarle un consuelo apropiado por la inmediatez de la situación, pero sólo me pude despedir y desearle que el proceso pasara a su modo y a su tiempo.
Cuando hay duelo, yo vuelvo
Hace tiempo, en mi propio análisis, estaba llevando a sesión mi duelo por la muerte de mi papá. Mi psicoanalista, Mario, a quien debo un agradecimiento eterno por su amabilidad y generosidad en cada una de sus devoluciones, me hizo notar que llegué a decir «cuando hay duelo, yo vuelvo». Parece algo sencillo, pero si nos detenemos a pensarlo, el duelo es en sí un volver. Un sentimiento tan fuerte que nos hace volver una y otra vez a la ausencia de aquella parte de nosotros que ha muerto con la persona amada.
Ciertamente, el duelo es uno de los temas más recurrentes en la clínica. Los psicoanalistas estamos «haciéndonos cayo» ante esas situaciones, pero hay algo con lo que tenemos que tener especial cuidado: no volvernos fríos. De hecho, como bien resalta mi querido Gabriel Rolón en su libro El Duelo (cuando el dolor se hace carne), «no todo el que tiene un título habilitante está capacitado para ejercer el Psicoanálisis. No basta estudiar, hacer una carrera y recibirse. Tampoco alcanza con haber llevado adelante un profundo análisis personal. El analista es, antes que nada, un artesano cuyas herramientas son el conocimiento, la escucha, la intuición y la capacidad de mirar cara a cara el padecimiento ajeno sin huir de él ni caer en la tentación del consuelo».
En otras palabras, hay que dejar que el analizando (paciente) vuelva a sí, que experimente todo lo que está sintiendo sin que le interrumpamos. Quizá algo más sencillo: dejarle ser en su dolor. Pero con el cuidadoso trato que no le haga sentir una indiferencia, al contrario, existe un vínculo muy fuerte en ese momento y un «llora, aquí estoy, que acá te escucho» puede ser un regalo de amor y ternura en un momento de dolor y amargura.
Aunque duela, que nos duela
La época actual nos enseña, a veces de modo forzoso, que debemos escapar de todo aquello que no nos guste. No es nuevo que el dolor esté en esa lista. ¿A quién le gusta sufrir y que no sea masoquista? Pero, una vez más, volvemos a la importancia que tiene no negar la vida por el hecho de que nos duela lo que está pasando. Pensemos por un momento: el dolor está aquí, lo siente mi cuerpo, lo siente mi alma, ¿qué hago? Hagamos lo que hagamos, el dolor sólo se irá cuando se tenga que ir. Para ello necesitamos trabajarlo, aceptarlo y confrontarlo. Hay dolores que, por desgracia, no tienen fecha de caducidad (por así decirlo), y nos conducen poco a poco a la muerte. Eso es parte de la vida.
Esto último ha abierto varios frentes respecto a la eutanasia y a su práctica. Pero no hablaremos de ello en este encuentro. Es importante recordar que el dolor es un sentir que nos permite volver a nosotros, porque ante la ajetreada vida que llevamos día con día, muchas veces parece que tenemos que darnos un golpe para que nos acordemos de nosotros. La enfermedad de nuestro tiempo bien podría ser el egoísmo, pero habría que definirlo de otra manera, porque irónicamente, al ser egoístas nos olvidamos también de nosotros.
Para finalizar, el duelo es una ocasión de un retorno a nosotros mismos, que nos insta a no perdernos en la multitud, ya que de hecho aunque haya quienes están pasando el mismo duelo, no lo viven de la misma manera. El duelo es algo meramente subjetivo, por lo que no hay que apresurarlo, no hay que evitarlo, en todo caso hay que abrir el corazón a ese dolor y permitir que, con el paso del tiempo, cada «vuelta» a nosotros mismos con cada recuerdo, sea de un modo tierno y hermoso.
Y si el dolor no cesa, les invito a que busquen ayuda. Siempre habrá alguien dispuesto a escucharles. Nunca están solos.
«La esperanza hace que agite el náufrago sus brazos en medio de las aguas aun cuando no vea tierra por ningún lado»
-Ovidio
Queridos(as) lectores(as):
Hace unos días recibí un mensaje de uno de ustedes. Agradezco la confianza y espero de corazón que encuentren la pronta y más certera solución a sus problemas. En dicho mensaje, una frase me cimbró en lo más profundo: «…¿en verdad valdrá la pena el dolor que vivo? ¿Qué nos queda?». En algún encuentro anterior, les compartí una anécdota que mi papá me contaba desde niño, me refiero a la de Alejandro Magno y que con gusto vuelvo a repetirles. Después de una batalla, uno de sus generales y más cercanos amigos, Perdicas, le cuestionó a Alejandro que siempre repartiera entre sus hombres los botines de los lugares conquistados y que él no se quedara con nada de ello, a lo que la respuesta del conquistador fue: «Mi amado Perdicas, yo me quedo con la esperanza».
Un muy querido amigo sacerdote siempre nos decía en sus sermones: «Las cosas pasarán, y eso será lo mejor». Cuando nos decía eso, nos hacía reconocer nuestra humanidad en el hecho de que el mañana es algo que está fuera de nuestras manos, en tanto que hay cosas en él que no dependen directamente de nosotros. La esperanza, por tanto, es dejar que pase lo que tenga que pasar y, a partir de ello, continuar. El «tú confía» va en dirección a que confiemos en nosotros mismos también, de que ya veremos qué hacer.
A la orilla del río
Cuando era niño, una amiga de mi mamá nos contaba a sus hijos y a mí muchas historias. En esta ocasión recuerdo con especial agradecimiento una. Es breve, por lo que también la quiero compartir con ustedes:
En unlugar allá por donde los sueños comienzan, un niño estaba sentado a la orilla de un hermoso río. Todos los días, después del colegio, el niño no podía descuidar el poder ir a ese lugar y sentarse por varios minutos. Lleno de curiosidad, un joven pescador se acercó al niño y le preguntó por qué siempre iba a sentarse al mismo lugar sin hacer nada más. El niño le contestó: «Es que estoy seguro que un día podré ver el mar». El pescador, entre el asombro y la burla, le dijo: «¡Vaya! ¿Pero cómo verás el mar si sólo te quedas aquí mirando este simple río?». «Ya lo verás -dijo con calma el niño-, un día sé que será». Pasaron los años y no se volvió a ver al niño. Un día, el pescador, que ya contaba con poco más de 50 años, vio llegar un navío hermoso a través del río. Maravillado, se acercó para verle mejor. Muchos eran los productos que traían en el barco. Entonces, vio bajar al capitán. «¡Qué hermoso barco, capitán!». El capitán, sonrió al verle y le contestó: «Gracias. Se lo agradezco. Y todo comenzó con la idea de ver un día el mar».
Este relato, nos habla de dos partes: en primer lugar la esperanza que las personas tienen y en segundo lugar, quienes están para intentar destruirla. El Corán tiene una parte en la que recuerdo que dice: «Aquellos que tienen grandes sueños y mantienen sus promesas, deberán estar listos para hacer grandes sacrificios». ¿Por qué será que el sacrificio va de la mano con el placer de la realización de metas y sueños? Porque no podría ser de otra manera. Recordando a Aristóteles, él sostenía que lo importante entre el punto A y el punto B es el recorrido o el proceso que hay entre ambos. Porque uno encuentra mayor beneficio por todo lo que aprende en el recorrido, y al llegar, llega con manos llenas.
La esperanza requiere no especular
El sociólogo alemán, Ivan Illich, decía que «debemos redescubrir la distinción entre expectativas y esperanza». Si hay cosas del mañana que no dependen de nosotros, tendríamos que entender que la expectativa es una suerte de exigencia al futuro. Queremos y deseamos tantas cosas, que por muy buenas y nobles que sean, no tienen que ser nada más porque sí. Solemos confundir muy a menudo la esperanza con la expectativa. Claramente, todos decimos que «sabemos» lo que sería lo mejor que podría pasar para nosotros, sin embargo, la lógica de la vida no funciona así (planteando que exista tal cosa). La esperanza es un recordatorio de que el mañana siempre nos dará algo, unos podrán decir que lo necesario, lo que tiene que pasar, y otros dirán que será lo peor, algo que lamentaremos después. La subjetividad es el distanciamiento de la Verdad en la mayoría de las veces. Y cada quien dirá lo que ya ha vivido proyectándolo al porvenir.
Pero no caigamos en la fina y delicada tentación de querer planear sobre el aire. La esperanza debe ser una apuesta por la vida. Pase lo que pase y como tenga que pasar. Los frutos se irán viendo, pero no olvidemos que hay frutos que se pudren o que no tuvieron el suficientemente tiempo para madurar. Lo importante en todo esto es que siempre habrá alguien más en el camino. Y ese alguien es un misterio. Ahora bien, si la esperanza no la encontramos, habrá que serla nosotros mismos, abrazando nuestra vulnerabilidad que nos hará descubrir nuestra humanidad y con ello la fuerza amorosa de la empatía y del servicio. Acá en México decimos «hoy por ti, mañana por mí». En la carrera de la vida, a cada uno de nosotros nos corresponde en algún momento ser relevo del otro.
No sabemos qué pasará, pero en esta existencia compartida, sabemos que solos no estaremos. Sólo hay que eliminar el nombre y el rostro, para poder acceder al otro desde la bondad. Y poder así alimentar la esperanza, no hay más.
¿En qué momento despertamos de ese «sueño de amor»? Es decir, cada uno de nosotros tenemos una facultad única y sin igual: somos creadores. En alguna ocasión, Nietzsche sostenía que el ser humano era un ser creador. ¿Y estaba en el error? Me parece que no. De hecho, gracias al denominado genio artístico (que todos tenemos de un modo u otro), somos capaces de expresar un sin fin de cosas sobre nosotros mismos. Hay quienes escriben cartas, poemas, cuentos; hay quienes tienen un talento para lo plástico, otros para lo musical, otros para la danza, etc. Pero, me parece, todos somos artistas en el tema del amor.
Como es costumbre aquí en estos encuentros, al tratar una noción tan compleja, sería importante que nos centráramos en un mito antiguo para poder explicar y/o entender un poco más y reflexionar al respecto.
Galatea y Pigmalión
Pigmalión era el regente de la isla de Chipre. Un hombre bueno, amable y preocupado siempre por el bienestar de su pueblo. Pero también era un artista notable que gustaba de obsequiar a los suyos bellísimas obras de arte. Todos lo amaban y querían, no había quien no admirara al rey de los chipriotas. Era tanta su devoción a los demás, que rehuía de todo placer terrenal para sí. Preocupados por su «exageración», sus familiares y amigos le pedían que buscara a una buena mujer para que pudiera tener descendencia, pero sobre todo, que fuera quien le devolviera el mismo amor que él brindaba a los demás. Cosa que nunca despertó mayor interés en Pigmalión.
Pero sucedió una vez que nuestro gobernante se empeñó en moldear la estatua de mujer más bella que pudiera haber hecho en toda su vida. Cabe decir que para los demás, las obras de Pigmalión eran tan perfectas que sólo les faltaba un soplo de vida para que fueran seres vivientes. A esta estatua, que logró crear de una manera tan perfecta, la terminó por vestir con los mejores vestidos, adornándola también con las más hermosas flores y las más deslumbrantes joyas de su reino. A su creación le dio el nombre de Galatea. Sin embargo, era tan hermosa esa estatua, que nuestro querido Pigmalión terminó enamorándose perdidamente de ella.
En aquel tiempo, los chipriotas tenían sus festejos anuales en honor de la diosa Afrodita, cosa que ayudó al valeroso rey a pedirle suplicante a la diosa: «¡Concédeme, hermosa entre las más hermosas, que Galatea tenga vida y que pueda amarla más de lo que ya la amo!». Y debido a que era un buen hombre, sus suplicas llegaron a los oídos de la diosa, la cual no dudó en concederle su deseo. De ser una hermosa estatua, Galatea terminó siendo una mujer tan bella que inclusive los susurros chipriotas se atrevían a afirmar que era más bella que la propia Afrodita. Cuando Galatea tomó vida, Pigmalión se le acercó amorosamente y le preguntó si le gustaría ser la reina de Chipre y gobernar a su lado, a lo que la ahora mortal contestó: «Mientras sea tu esposa, no importa el reino que sea ni la condición que ofrezcas». Y ambos reinaron por años, siendo amados y respetados por su pueblo.
Me amo, que diga, ¡te amo!
Todos quisiéramos que el amor fuera tan fácil y hermoso como el mito que acabo de compartir. Sin embargo, no es así. Esto del amor es algo que nos lleva a pensar, muchas veces, si es que no es una auténtica locura. Y vaya que lo es. Freud sostenía que el enamoramiento era un estadio psicótico de la personalidad, pues no hay nada más cercano a la locura que el estar enamorados. Pero, ¿es que acaso está mal enamorarse? Por supuesto que no. Lo que está mal es el modo en el que lo hacemos.
Vamos a recuperar el momento en el que Pigmalión empezó a crear a Galatea. Él depositaba lo bello en ella, de modo que uno podría pensar que lo que él conocía sobre la belleza era lo que su corazón era para los demás. Por lo tanto, el enamoramiento nos hace ver al otro pero de manera parcial. Aunque lo más correcto sería decir «de manera idealizada». ¿Qué tanto habrá enfocado su mirada el rey chipriota sobre Galatea que descuidaba la realidad (de que era una estatua)? Imaginemos, pues, el momento en que la belleza lo desbordó al punto de caer en cuenta que no era real, por lo que pidió con mucha fe y desesperadamente a Afrodita que le concediera vida a su creación «para poderla amar más de lo que ya lo hacía». Con esto podemos decir que vemos al otro en as dimensiones que se establecen a partir de nuestro propio narcisismo. En otras palabras, el amor idealizado es un «lo que me gusta de ti es aquello que yo proyecto mío sobre ti». El Gato de Verdaguer (cómico argentino) decía: «Mi mujer y yo fuimos muy felices, hasta que un día, nos conocimos».
Después de ti, yo
El amor al otro es en sí un acto de renuncia a nuestras propias expectativas y especulaciones. Regresando a Freud, parafraseándole, decía que «el amor requiere un acto de humildad de renuncia a nuestro propio amor (narcisista)». Quizá lo que convendría pensar en todo caso sobre el enamoramiento es que, tarde o temprano, tendremos que ver y aceptar al otro tal y como es, no como queremos o pensamos que sea. Amar al otro, por tanto, es amar lo distinto. Y como en la vida: ¡dejarnos sorprender!
Pienso en tantas listas que a lo largo de los años hemos hecho sobre cómo sería nuestro amor ideal, la persona perfecta para nosotros. Pero, ¿cuántas veces nos hemos equivocado en plasmar nuestro nombre y corregirlo a toda prisa en cada una de esas listas? Es en verdad un ejercicio de la memoria fantástico y que les recomiendo ampliamente llevar a cabo. Hay mucha exigencia, demasiada demanda, cosas que hasta parecen «salirse de nuestro presupuesto». Una vez hice este ejercicio con unos alumnos y siempre habían características que coincidían: que sea guapo(a), que tenga buen cuerpo, que me trate con amor, que yo sea todo para él/ella, que me haga reír, etc. Hasta que de repente, tras la pregunta «¿cómo sería el amor ideal para ti?», una respuesta me sacó la más sincera de mis carcajadas: «Con que exista y que me lo tope, tengo».
Hoy en día es demasiado común escuchar: me encuentro deprimido. Y parece ser algo que todavía se debate entre aquellos que dicen «échales ganas» y los que hacen menos ese hecho. Me parece que es tanta la deformidad interpretativa que genera dicha noción, que precisamente descuidamos que estamos hablando de una falta.
Es decir, la depresión en ningún momento es sinónimo de tristeza. No, porque en sí la depresión es la falta o ausencia de ánimo, mismo que puede deberse a varios factores desde lo biológico, lo social, etc. Pero también consideremos que es la falta de interés e incluso de pasión por las cosas. Por tanto, aunque la depresión sea algo que se diagnostica después de una revisión médica (que en su mayoría se trata de los neurotransmisores), no es ni será nunca algo tan definitorio que lo podamos incluir dentro de un sentimiento determinado.
La falta de esperanza
La pérdida de interés o pasión por la vida tiene una génesis muy particular y, por supuesto, muy subjetiva. Es decir, la depresión no se contagia. De hecho, si nos orientamos por la etimología latina de la palabra, que es depressio/depressionis, entendemos que se trata de un hundimiento, pero específicamente de «una zona de hundimiento». La ley de los cuerpos nos dice que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, por lo que el hundimiento del sujeto se da en su propio centro.
Esta falta de interés nos conduce a una confesión silenciosa que nos habla sobre la pérdida de la esperanza. Hablando de esto último, es curioso, pero importante hacer notar que la esperanza es un «no saber», es decir, es algo que «no sabremos si pasará, si lo tendremos, si llegará, etc». Pero nos aferramos al lado optimista sobre algo que no depende de nosotros, al menos no al 100%.
El muy querido Julio Cortázar, definía la esperanza de este modo (lo parafraseo): «Es que la esperanza no nos pertenece a nosotros, le pertenece a la vida, pues no es otra cosa que la vida defendiéndose a sí misma». ¿Recuerdan los encuentros anteriores en los que hablábamos sobre la negación de la vida? Es como si la vida nos dijera: «Espera, calla, que así es esto, pero no es todo». El problema yace en que no escuchamos lo que la vida nos dice, ¡lo que nos grita! Todavía hay algo más. Sin embargo, ¿por qué nos deprimimos a cada momento?
Aquello que no era mío
Si yo les preguntara, ¿qué aman de la vida? Estoy seguro que me podrían decir un sinfín de cosas. Habrían respuestas que coincidirían: a los amigos, a la familia, comer, bailar, la música, a la pareja, etc. Y otras que serían «disparates» para los demás. Hay quienes aman incluso aquello que es insignificante o que al menos eso creemos: caminar, silbar, tararear una canción, ver el cielo, etc. Sin embargo, la depresión nos aleja de aquello que decimos amar porque, después de todo, «de qué sirve esto para lo que estoy pasando». Ese notable desprecio por aquello que nos apasiona, no es más que el producto de un malestar social que nos hace ver tan poca cosa lo nuestro. Y entramos al terreno de la insana comparación, terca y aguerrida, con la vida de los demás. «Es que ellos hacen lo que les gusta y les va bien, yo lo hago y parece que no pasa nada». Pero sí pasa, y mucho.
La depresión, como veíamos al principio, se ha caracterizado por la ausencia o falta de estado de ánimo. Ni somos felices ni estamos tristes. «Ser y estar». Pero, ¿es que acaso tenemos que ser y estar siempre de alguna manera? ¿No se puede simplemente ser y estar, así sin agregar algo más? El problema que yo veo al menos en esto, es una exigencia frenética de nuestra cultura a tener que ser o estar según los estándares establecidos. «Es que no estés triste, ¡debes ser feliz!» Semejante atrevimiento es un atentado contra la vida de cada uno. Hasta en eso se quieren meter con nuestra subjetividad. Y no, no hay que hacer caso.
La depresión que me aleja de mí
Ahora que estoy escribiendo esto, me pongo a pensar si no es que la depresión lo único que hace es ponernos en falta de nosotros mismos, como si no fuera suficiente lo que somos. ¿Qué somos? Lo que estamos siendo. Hoy sonreímos, mañana lloramos, la vida es así ya que no goza de ninguna lógica y de ninguna ley que disponga el acontecer de cada uno de nosotros. Es absurdo pensar que porque soy buena persona, me pasarán cosas buenas, y viceversa. Gustave Flaubert dice que «cuidado con la tristeza, es un vicio». Así como lo puede ser la alegría. Y es que, una vez más, la negación de la vida es no aceptar los tiempos que nos tocan vivir, con todos su matices e instrucciones. Si hay que sonreír, sonreiremos; si hay que llorar, lloraremos.
Si nos vamos a exigir algo en esta vida es precisamente vivirla. ¿Cómo puedo ser mejor? ¿Cómo puedo hacer mejor las cosas? ¿Es que tengo que cambiar acaso para que me vaya mejor? Son preguntas tan insistentes, que no es de sorprender que nos pongan en un estado permanente de ansiedad y desesperación. Pero en la ansiedad y en la desesperación olvidamos que hay una acción por hacer. Y esa acción depende de nosotros. Si quisiéramos recuperar el interés o la pasión por las cosas que decimos amar, me parece preocupante que estemos esperando que alguien más nos diga cómo hacerlo. La sinceridad con uno mismo es vital. «Es que amo bailar pero no tengo ganas de hacerlo», ¡pues no bailes ahora! A veces, la vida es tan simple que nos resulta imposible de creérnoslo. Recuerden: todo a su tiempo y a su ritmo. No hay prisa.
Mi poema favorito
Hace unos días, platicaba con una querida amiga con quien comparto el gusto y amor por la poesía. Llegó un momento en el que le hablé sobre mi poema favorito. Tal como se lo dije a ella: «Este poema lo guardo en el corazón y lo recito en voz baja para recordarme por qué late cuando siento que estoy por rendirme». Y quiero compartirlo con ustedes, esperando se vuelva al menos uno de sus poemas favoritos de hoy en adelante.
Oración a la vida
Ciertamente, así ama un amigo a otro.
Como yo te amo a ti, hermosa vida.
Si en ti me alegré o lloré así te amo, Vida,
con tu felicidad y tus penas.
Y cuando tú misma hayas de liquidarme,
me separaré con dolor, con el mismo dolor
que un amigo se aleja del regazo de su amigo».
Lou-Andreas Salomé
Y como alguien que también padece de depresión, lo único que les puedo decir es que he encontrado la «cura» compartiendo con los demás mis pasiones y ellos las suyas conmigo. Al final de cuentas, en esta vida estamos muchos.
«Siento en mí una energía que me permitirá hacer frente a todos los sufrimientos, con tal que pueda decirme a cada momento: ¡Existo!»
-Fiódor Dostoievski (Los hermanos Karamazov)
Queridos(as) lectores(as):
Como se ha vuelto una alegre costumbre, los viernes sostengo un encuentro muy especial con uno de mis más queridos amigos, un hermano, que se llama Martín. Los dos encontramos juntos ratos de auténtica y serena reflexión en torno a distintos temas que nos incumben en la investigación filosófica, psicoanalítica y demás. Entre esos diversos temas, el existencialismo se ha vuelto uno de sumo interés.
Otro querido amigo en común, Bernardo, una vez me dijo: «En este tiempo se requiere un nuevo existencialismo». ¿Será? Me parece que la intención original de mi querido amigo se torna en repensar el existencialismo, pero no sin hacer de éste algo nuevo. Es decir, ¿qué puede estar aconteciendo en este tiempo que hace que la existencia entre en un profundo cuestionamiento? Ciertamente no es fácil dar una respuesta aventurada a la existencia, pero sí podemos seguir adelante con la postulación central de esta rama filosófica: estamos siendo.
De la desesperación y el desprecio
La noción de la desesperación siempre nos resulta algo interesante para tratar todo aquello que tiene que ver con el existencialismo. De hecho, sin ella no podríamos hablar del segundo. Es sencillo de entender: si no desesperáramos, la existencia nos importaría muy poco o quizá nada. Cuando el hombre cae en la desesperación, en aquello que Kierkegaard sentenciaba como «el morir sin morir», caen en cuenta de su propia finitud. Y es que es el desenmascaramiento de la falsa ilusión en la que nos sostenemos de que «estamos bien».
La lucha contra la ilusión es precisamente romper la máscara del engaño en nuestra propia vida. El pretender que las cosas están bien para presentar un rostro confiado y en aparente calma, es un ejercicio tan desgastante que el ser humano termina enfermando sin entender por qué. Es una lucha contra la verdad que se ha extendido de persona a persona en este tiempo de apariencias e imitaciones baratas.
La desesperación o la pérdida de la esperanza (incluso del poder morir), nos hace preguntarnos si es que no hay de otra. ¿Pero exactamente a qué nos estamos refiriendo con ello? Sea lo que sea, en el fondo conlleva un malestar profundo y radical contra la existencia, contra la vida misma. Porque, ¿qué otra vida podría ser mejor (o peor) que la que tenemos? No lo sabemos, pero pareciera que en nuestra fantasía tenemos la opción de que definitivamente hay algo mejor de lo que estamos viviendo. Eso no es desesperar, eso más bien es despreciar. Para entenderlo mejor: la desesperación es una privación que apuntala hacia los cambios sobre algo que queremos, mientras que el desprecio es justamente la negación de lo que tenemos.
Soy eso que creo que no soy
Al principio cité a Dostoievski y a su maravillosa novela, Los hermanos Karamazov (1880), siendo la última escrita por quienes consideran el padre de la literatura existencialista. En ella, nos encontramos esto también: «El que se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega a no saber lo que hay de verdad en él ni en torno de él, o sea que pierde el respeto a sí mismo y a los demás». Y esto es importante para lo que estamos tratando en este encuentro. ¿De qué sirve quererse engañar sobre la verdad cuando ésta encuentra siempre la manera de desenmascararnos? Podemos decir que el autoengaño es una herramienta de defensa, una resistencia que nos «ayuda» a lidiar con la vida. Somos lo que queremos ser aunque no lo seamos realmente. «Muy valientes cuando nos escondemos como cobardes», solía decir mi papá.
Pero ese desprecio por la vida misma, interpretando un papel que ciertamente no nos corresponde, es una de las principales causas de la enfermedad neurótica que nos acecha a lo largo de nuestros días. Cuando preguntamos si «no hay de otra», lo que estamos haciendo es renunciar a la posibilidad que somos optando por la falsa ilusión de la posibilidad que no somos. Es un desquiciante baile entre el ser y el no-ser. Una apuesta por la inseguridad misma. Lo interesante de todo este vaivén de identidades, es que olvidamos que el querer ser algo más de lo que se es, conlleva la silenciosa responsabilidad de aceptar lo que eso significa ser, es decir, todo cuanto se sufre también por ello.
Nuestra obra magna
El ser humano, en la actualidad, parece ser que olvida que su mayor proyecto es él mismo. En el 2008, se estrenó la película Synedoche, New York, del director Charlie Kaufman. Me parece que es una producción en suma inquietante y un tanto «desesperante», ya que nos presenta la historia de un dramaturgo que tiene la oportunidad de llevar a escena una obra que ha estado escribiendo. Por no querer arruinarles la trama, ya que me gustaría invitarles a que la vean, hay un punto que debemos rescatar: «Hagas lo que hagas, nadie podrá interpretar tu papel en esta vida».
¿Por qué no existe la serenidad en nuestra vida cotidiana? ¿Por qué es que nos vemos tan presionados por las exigencias tan risibles y ridículas de una sociedad tan inestable como la nuestra? En nuestra inherencia en el mundo, olvidamos nuestra subjetividad y la confundimos con un individualismo salvaje, reforzado por un capitalismo que devora nuestra carne y nuestros huesos, haciéndonos pagar por ello. Por un momento podríamos decir que la serenidad es aprender a ser conformes con lo que se tiene, pero en ningún momento significa quedarnos ahí varados. No, porque precisamente la existencia es hacer lo que se pueda con lo que tenemos. Habrá éxito, habrá fracaso, pero siempre habrá aprendizaje. Lejos de querer ser lo que el otro aparenta ser, seamos mejor lo que estamos llamados a ser: nosotros mismos. Siendo, como diría Nietzsche, «los héroes de nuestra propia vida».
Al final, ¿qué narrativa recordarán los demás sobre nosotros y con qué rostro?
¡Muchas gracias por sus palabras en cada uno de los mensajes que me hacen llegar! Me da alegría saber que encuentran puntos de interés en los encuentros que tenemos en esta página, pero sobre todo, me da gusto leer sus inquietudes y preguntas. Confieso que muchas veces me agarran, como decimos en México, «en curva» (por sorpresa), porque siempre hay temas que no se dominan como uno quisiera, pero no por ello dejo de tomar nota y en mis ratos libres me pongo a estudiar. La vida sin estudio sería un desperdicio.
Respondiendo a Gaby, quien muy amablemente me escribió hace unos días, quisiera compartir un poco sobre aquello que se conoce como «la vida auténtica». No es un tema sencillo, pero haré lo posible para abordarlo y que se preste para la siempre oportuna reflexión.
La posibilidad de ser
Muchos han sido los autores que han dedicado notables esfuerzos por escribir sobre la autenticidad. Sin embargo, si hay alguien que lo hizo de manera apasionada, sin duda alguna fue Martin Heidegger. El filósofo alemán, en Ser y tiempo (Sein und Zeit, 1927), nos plantea su pensamiento de tal modo que se dirige a la pregunta por el Ser desde la fenomenología de Husserl, es decir, alejándose de la concepciones aristotélicas y kantianas. En encuentros anteriores, hemos hablado del principio existencialista: uno nunca es, sino que está siendo. De tal modo que no podemos evitar centrar a Heidegger dentro de esta postulación, ya que cuando nuestro autor dice que «algo es lo que es», nos reafirma que es «aquello que está siendo».
Así, podemos decir que el ser humano es capaz de entenderse como la posibilidad misma. De ahí que el determinismo se vuelva algo a cuestionar. Sin embargo, muchos cometen el error de saberse posibilidad apostando por una libertad sin límites. En palabras de Jean-Paul Sartre: «libertad sin responsabilidad no existe». En esto, Heidegger insiste en poner acento en que el hombre debe apropiarse y responsabilizarse de su existencia, por lo tanto, de su vida. Ahora bien, ¿qué sucede con la existencia auténtica?
De la posibilidad
No vamos a decir que Heidegger tiene un pensamiento novedoso, de hecho sería muy aventurado tan siquiera suponerlo. Porque no debemos olvidar que él estudió ampliamente a Friedrich Nietzsche, pero tampoco caigamos en la idea de que ahí es donde se detiene nuestro retroceso en la génesis de lo que estamos revisando. En fin, no hagamos de este encuentro una Historia del pensamiento. Pero volviendo con Nietzsche, hay que tener presente que en su ardua labor, él nos invitaba a apropiarnos de nuestra vida, dándonos a pensar las terribles consecuencias para nosotros en el malestar que retoma de la noción griega clásica conocida como «eterno retorno de lo mismo». Si no somos capaces de elegir nuestra vida, ¿cómo podemos esperar que hayamos vivido realmente?
¿Cuántas veces nos hemos visto tentados por algo que deseamos con todo el ser, pero que por x o y cosa, no nos atrevemos? Ciertamente se nos presentan arrepentimientos profundos y que nos hacen incluso hasta maldecirnos. No caigamos en algo moral que limite el entender de este sencillo punto. Heidegger dirá que la vida auténtica es apropiarse genuinamente de la posibilidad que se nos presenta. Por el lado contrario, la vida inauténtica nos sitúa al mismo nivel de las cosas del mundo, una repetición de lo mismo, una y otra vez sin opciones, sin posibilidades. Esto lo vemos muy bien reflejado en eso de «que alguien más decida», y que no queda sino seguirle como un rebaño, como una masa sin voluntad, sin pasión por la existencia.
Sapere aude!
¿Recuerdan esa expresión? Sí, se trata del lema de la Ilustración. ¡Piensa por ti mismo! La vida auténtica hace homenaje al individuo que se abre camino contracorriente. Tal como un salmón que brinca y brinca, nadando contra las feroces aguas de los ríos. Pero aquí está la advertencia que les hacía con anterioridad. No se trata de hacer las cosas «sólo porque quiero», porque ello nos conduce a la inautenticidad. No confundamos autenticidad con capricho o con rebeldía sin causa.
Saberse únicos e irrepetibles, como toda existencia lo es por sí misma, no significa en ningún momento saberse privilegiados por encima de los demás, de los dictámenes de la sociedad o de alguna institución. Pero sí es pensar a partir de lo pensado. Es decir, el ser humano ha presumido durante siglos que el uso de la razón es lo fundamental que lo distingue de todos los animales (pensar que sólo un cromosoma nos diferencia del chimpancé…), pero pareciera que esa presunción se olvida cuando no se cuestiona lo que se escucha, lo que se ve, lo que se siente. A ver, cuestionar no quiere decir «estar en contra» nada más porque sí, al contrario, es el insistente recordatorio de no dar las cosas por sentadas, atreverse a preguntar el porqué de ellas. ¡Pensar por uno mismo!
Nuestro miedo común
Como seres humanos, estamos conscientes poco a poco de nuestra propia finitud. Todos tememos a la muerte, pero eso que es tan natural, se vuelve una desquiciante huída para evitarlo. Eso es lo que diría Heidegger precisamente sobre las vidas inauténticas. El no mirar hacia la muerte, el querer evadirla, no es otra cosa que no querer enterarse de la Verdad. Por eso es que hoy estamos sumergidos en una crisis de identidad, de autenticidad. Hay momentos en que los humanos parecemos borregos, que sólo están ahí, arrojados al destino que otros sentencian u ofrecen. Eso es despreciar la vida.
El miedo a la muerte se vuelve un silencioso miedo a uno mismo. Y caemos en dudas, en cuestionamientos, en cosas que nos hacen privarnos de nuestra propia posibilidad abierta al mundo. «Yo no soy capaz de», «yo no podría», «yo no soy la mejor opción», etc. El imperio de la inseguridad da paso a la tiranía de aquellos que, en su supuesta autenticidad, han descubierto lo tremendamente influyentes que pueden llegar a ser sobre los otros, pero claro, sin responsabilidad alguna.
Para concluir, la vida auténtica es elegirse a uno mismo y con ello elegir poder pensar, hacer y decir por uno mismo. Y cuando la sociedad de individuos auténticos se logra, sólo es a través del diálogo, de las propuestas, de los debates y de la apuesta por el progreso de todos, no sólo de unos.
Como ustedes saben, en estos encuentros he sostenido incontables veces que para poder conocer una noción, hay que ir directamente a la etimología. Tratándose del castellano, debemos voltear al latín y al griego, pero también al árabe. Asimismo, en varios puntos hemos recurrido a la mitología para poder ampliar los conocimientos que creemos tener sobre los diversos temas.
En este encuentro, vamos a centrarnos en el amor. Primero, antes que nada, cumplamos con lo que iniciamos, vayamos a la etimología. En este caso nos es más de interés la génesis griega. En la Antigua Grecia, encontramos 4 tipos de amor, a saber:
–φιλία (filia): el que se tiene por los amigos, compañeros y objetos.
–στοργή (storge): el que sienten de manera natural los padres por sus hijos.
–Ἔρως (eros): aquel que se inclina por lo apasionado, por lo sensual.
–ἀγάπη (agapé): complicado, pero lo podemos traducir hacia un amor anímico, del alma, un amor puro hacia el mundo.
Sin embargo, podemos añadir a estos tipos de amor uno que conocemos como xenia, que es el amor de la compasión, la hospitalidad y la camaradería hacia los extraños o extranjeros.
Estos tipos de amor conllevan su propia «condena». Vamos, el amor es trágico. ¿Pero por qué? Porque el amor va acompañado siempre de un contrario: el dolor.
«Se sufre cuando no se tiene. Se sufre por temor a no perderlo. Se sufre cuando se tiene y se piensa que se puede perder. Se sufre cuando ya se ha perdido».
Una fórmula en demasía pesimista. Pero no hay que dejarnos tocar por ese dolor, ya que justo uno queda en la idea y otro queda en el hecho. «Saber amar implica aceptar nuestra falta». Han sido incontables los que han escrito sobre el tema y no nos vamos a detener en cada uno. Pero haciendo eco a las veces que he repetido que en nuestro tiempo estamos muy carentes de amor, empatía y ternura, me gustaría contarles algunos relatos mitológicos sobre el amor que pudieran ser motivo de reflexión para cada uno de ustedes.
Hero y Leandro: el amor como un faro
Este relato se sitúa en la ciudad de Sesto (la encontramos junto al Peloponeso). Por un lado, tenemos a la hermosa Hero, una doncella que había sido consagrada a la diosa Afrodita. Su belleza era tal, que tanto Apolo y Eros la cortejaban constantemente. Sin embargo, la joven se mantenía fiel a su servicio como sacerdotisa de la diosa del amor. Un día, un joven de nombre Leandro, acudió al templo para rendir homenaje a la diosa. La hermosa sacerdotisa posó sus ojos en él y quedó cautivada, y para su sorpresa, Leandro también quedó fascinado por ella.
Sin embargo, el amor de los dos jóvenes, se encontró con la negativa de sus familias, llegando incluso a amenazarles para que cesaran sus encuentros. El amor de Hero y Leandro era tan grande, que no importó amenaza alguna para ellos; usando una linterna, que Hero colocaba en su ventana al caer la noche, avisaba al valiente Leandro de que podía ir a visitarla. Para ello, el joven se aventaba al Helesponto para nadar hacia los brazos de su amada. De aquí que se conozca el «el amor es un faro». A Leandro no le importaba el riesgo que era nadar en la noche por las misteriosas aguas, pues su valentía era recompensada con el amor ferviente de Hero. Hasta que una noche, la tragedia acabó con tan amorosos encuentros.
Los fuertes vientos que soplaron aquella trágica noche, apagaron la linterna justo cuando Leandro yacía nadando hacia Hero. Perdido en la oscuridad, aunque redobló sus esfuerzos, el joven murió a causa de las fieras olas. Al día siguiente, angustiada, Hero acudió a la playa sólo para encontrar que el cuerpo de Leandro era depositado ante sus pies por el mar. Herida profundamente, Hero se arrojó al mar para encontrarse con su amado en otro lugar.
Eurídice y Orfeo: el amor desafiante y que espera
No podíamos dejar de mencionar la triste historia de estos amantes. Orfeo era hijo de Eagro, quien era rey de Tracia, y de la musa Calíope. Era un hombre tan virtuoso, querido y amado tanto por hombres como por los dioses mismos, que su música y canto lograban verdaderos prodigios. Un día, Orfeo encontró a la ninfa Eurídice, de quien quedó profundamente enamorado, al igual que ella de él. Era tal la alegría del mismo Zeus por ver a Orfeo tan feliz, que se cuenta que los ríos y los campos cantaban de alegría al ver a los dos amantes juntos. Sin embargo, un día, Eurídice se percató de que un pastor de nombre Aristeo la acosaba, se escondió detrás de unos arbustos, sin percatarse de que yacía ahí una serpiente, misma que la atacó, terminando así con su vida.
Nada pudo hacer el desesperado Orfeo al tenerla entre sus brazos y ver cómo ella moría. En su tristeza, sus cantos se volvieron tan dolorosos para Zeus y otros dioses, que le permitieron que viajara al Inframundo para rescatar a su amada. Una vez ahí, alegre por la oportunidad que le habían concedido los dioses, Orfeo entonó cantos que llegaron a los oídos del propio Hades y de Perséfone, quienes maravillados, permitieron que el héroe pudiera llevarse a su amada con él. Pero, se le fue puesta una condición a Orfeo: «Podrás llevarte de aquí a tu amada, pero no podrás voltear hasta no haber alcanzado ambos el lugar donde la luz del sol bañe la tierra de los vivos». Agradecidos, los dos amantes caminaron hacia su destino. Apenas Orfeo hubo tocado la tierra acariciada por el sol, desesperado por ver a su amada, volteo con rapidez, sin haberse fijado que Eurídice todavía no cruzaba el umbral. Lo último que Orfeo escuchó por parte de su amada fue un doloroso y triste «adiós… mi amado Orfeo… ¡hasta pronto!», desapareciendo tras las sombras de la muerte.
Dolido por su pérdida, Orfeo viajó entre los bosques tratando de encontrar consuelo con su lira. Sin embargo, los celosos dioses, no querían que un humano anduviera por la Tierra con los conocimientos de la vida después de la muerte, por lo que encomendaron a las Ménades ir tras él, terminando por despedazarlo.
Alcestes y Admeto: el amor que da vida
Nuestra historia comienza en la ciudad de Feras (Tesalia), donde Admeto era el querido y admirado monarca. Sin embargo, la enfermedad estaba causando estragos en el regente y el pueblo estaba desconsolado y en demasía preocupado. Nada se podía hacer por su amado rey. Apolo, quien tenía en alta estima y cariño a Admeto, suplicó con tristeza a Zeus que le permitiera salvarse de la muerte. Sin embargo, éste explicó al suplicante dios que no le era posible detener la rueda del Destino. Pero al ver al desconsolado Apolo, Zeus dio una condición: «Si quieres que tu querido Admeto se salve, tendrás que ofrecer a las Moiras otra alma en su lugar».
¿Quién estaría dispuesto a ofrecerse en lugar del rey? Como era de esperarse, el amor y la devoción por este tan querido ser, no era lo suficiente como para sacrificar la vida en su lugar. Ni sus ancianos padres, ni su familia, ni sus devotos súbditos. La esperanza parecía perdida y Apolo se lamentaba profundamente. Hasta que Alcestes, la esposa del rey, se ofreció ocupar el lugar de su amado en el Hades. ¿Pero cómo podría Apolo permitir tal sacrificio? Después de todo, Alcestes era joven y una amorosa madre que dejaría en desamparo a sus hijos. El benevolente dios trató de todas las formas posibles de persuadirle, pero Alcestes se negó a arrepentirse de su decisión. Mientras que Admeto se recuperaba favorablemente, la reina Alcestes se encontraba más cercana a la muerte.
Gracias al feliz destino, Hércules se encontraba en Feras, por lo que al enterarse del valiente sacrificio de la reina Alcestes, rogó a su padre Zeus poder intervenir, por lo que cuando Tánatos (Muerte) estuvo a punto de llevársela, el héroe le apretó entre sus brazos y le ordenó alejarse de la moribunda mujer. Lleno de miedo, Tánatos se escapó y se marchó sin el alma de Alcestes. La reina recuperó la salud, así como su amado esposo. Y en muestra de su benevolencia, el rey disculpó a todos los que se negaron a ayudarle.
Psique y Eros: el amor perfecto
Por último, me gustaría contarles sobre estos dos. Psique (alma), era la menor de las tres hijas de una reina. Era tal su belleza que habían comentarios que la comparaban con la mismísima Afrodita, incluso hacían que llegara a ser más hermosa que la diosa. Afrodita, al ver que las miradas se iban hacia la joven, llena de celos e ira, ordenó a su hijo Eros que fuera, en forma de un horripilante monstruo, a ponerle fin a la vida de Psique. Las hermanas de Psique habían logrado contraer matrimonio, pero ella se mantenía soltera sin ningún pretendiente. Desolado por la tristeza de su hija, su padre fue a consultar al Oráculo. Pero lo único que logró fue espantarse ante la profecía dada: habría de vestir a su hija con vestidos nupciales y abandonarla a su suerte en lo alto de una montaña, pues Destino había sentenciado que una feroz bestia se hiciera con ella.
Aunque con temor, el padre cumplió con lo dicho por el Oráculo. Una vez sola, Psique fue guiada por un céfiro hacia un valle donde yacía un hermoso castillo de oro. Ahí fue atendida por sirvientes que Psique no podía ver. ¿En qué lugar se encontraba la joven? Llena de dudas, Psique escuchó un murmullo en su oído que respondía a la pregunta de dónde estaba: «Yaces ahora en donde serás amada y donde tus deseos serán realidad». La joven fue descubriendo que cada cosa que ella pedía, se veía cumplida de forma inmediata. Llegada la noche, se le hizo saber que su esposo había llegado para cumplir con las labores conyugales. Ella, asustada por lo que le había contado su padre sobre la feroz bestia, sólo encontró ternura y dulzura por parte de su esposo, sin embargo no podía notar su forma física. Al llegar la mañana, el misterioso ser desaparecía para no ser visto por Psique. Y así pasaba todo el tiempo, muy al pesar de la joven quien le pedía a su esposo poder mirarlo y que éste se negaba rotundamente. «¿Qué acaso no somos dichosos? No te atormentes pues en saber quién soy y sólo disfruta de todo lo que amorosamente te ofrezco».
Un día, Psique fue visitada por su familia, recibiendo un consejo perturbador por parte de sus hermanas: ella debería matar a su esposo. Sin embargo, ella no aceptó tal cosa, antes bien se armó de valor y, cogiendo un candil, se animó a alumbrar el rostro de su amoroso esposo en la noche. Ella descubrió que se trataba de Eros, quien no pudo evitar enamorarse de ella y pasar de largo la orden de su madre Afrodita. Sin embargo, el enojado dios, desapareció junto con todos los lujos que le había ofrecido a Psique, dejándola sola una vez más en la cima de la montaña. La joven se dispuso a buscar a su amado por todas partes, no sin sufrir los castigos de la iracunda Afrodita por todo ese tiempo. Pero Eros, no dejó de amarla, por lo que la ayudaba a superar todo dilema ocasionado por su madre.
Eros suplicó a Zeus poder estar con su amada por toda la eternidad, por lo que el padre de los dioses accedió, haciendo llevar ante él a Psique. Le hicieron comer ambrosía y beber el néctar, haciendo que ella alcanzara la inmortalidad. Así fue como, ante la presencia del Olimpo, Psique y Eros, es decir, el alma y el amor, quedaron unidos por toda la eternidad.
Lo que nos queda es amar
Me disculpo por este recorrido tan largo. Pero como entenderán, la mitología nos brinda de varias historias que nos pueden ayudar a orientarnos en nuestras vidas. Ciertamente han sido historias tristes que ponen a prueba al hombre y a la mujer en todo momento. Es que el amor es así, una prueba constante. ¿Amar o ser amados? ¿Sólo se puede uno? No, la realidad es que son cosas que todos buscamos, de maneras distintas y que, del mismo modo, encontramos. Creemos que amamos (idealización) a alguien en específico, esperando ser correspondidos. A veces así sucede, a veces no. Pero pesa mucho el no serlo, por eso es que caemos en cuenta de lo doloroso que es amar.
Sin embargo, no debemos perder nunca el amor propio al perder el amor del otro, pues nos quedaríamos sin amor, sin esperanza. En el corazón debemos abrazar al amor en tanto que nos da la esperanza del día a día. San Agustín nos recuerda «ama y haz lo que quieras», ya que «la medida de todo es el amor».
Así que, a pesar de que el amor nos resulte algo trágico, siempre hay la esperanza de seguir amando. Un día, el amor será tan grande, que hará un eco tan fuerte, que inevitablemente hará que alguien se guíe hacia nosotros.
¿Qué es lo que hace bello a un hombre o bella a una mujer? ¿Qué clase de estándar se «debe» seguir o tomar en cuenta para determinar algo así? Ciertamente, la noción de la belleza ha ido modificándose con el pasar del tiempo. Sin embargo, no así los prejuicios y los comentarios crueles. ¿Pero qué es lo que nos hace señalar al otro en «su fealdad»?
¿Alguna vez leyeron el cuento de Hans Christian Andersen, El patito feo? Grosso modo, el escritor danés encontró la forma de sublimar el profundo malestar que le agobiaba desde su infancia, ya que según tenemos entendido, no era un hombre muy agraciado que digamos. De hecho, se habla de que él fue rechazado tanto por hombres y mujeres. Cabe mencionar que existe un rumor de que el filósofo danés, Sören Kierkegaard, con quien tenía una relación en extremo complicada, llegó a mofarse de él diciendo «tan rechazado es que sólo le queda escribir para los niños, quienes en su inocencia, son nulos conocedores de la belleza». En fin, un rumor más de intelectuales.
La belleza de la diferencia
En el mencionado cuento de Andersen, se nos narra la historia de una pata que esperaba ansiosa porque sus polluelos salieran de los huevos. Ella los esperaba hermosos y lindos. Eventualmente, fueron quebrando los huevos y uno por uno llenaron de orgullo a su madre. Hasta que del último huevo, salió un patito negro, regordete y nada parecido a sus hermanos. «¡Tú no puedes ser mi hijo!» -exclamó la pata enojada-. Desde pequeño, el rechazo materno le valió un aparente destino triste al pobre patito.
Poco después, el patito se aventuró por el mundo, encontrando rechazo y malos tratos. Hasta que llegó a un lugar donde había una mujer. Dulcemente, el patito le pidió poder quedarse, cosa que le fue concedido, pero con un deje de desprecio. Una vez que creció, los humanos veían que aunque estaba feo y gordo, se lo podían comer. ¿Sacarle utilidad a alguien a pesar del rechazo que nos genera? Sigamos. Al escuchar eso, el patito escapó y llegó a un lago, donde vio a unos «patos». Se acercó al más anciano y le pidió poder meterse al lago, comer y descansar por un tiempo. «¡Claro que sí!» -le contestó emocionado el anciano-, Tú eres de los nuestros. ¿De los nuestros? Fue en ese momento en el que al mirarse en el agua, que fungía como un espejo, el «patito» descubrió que se había convertido en un hermoso cisne negro.
Sí, era diferente, y la diferencia sucede que nos causa desconfianza, temor y en ocasiones rechazo.
La perspectiva de uno es su confesión
No dejo, ni dejaré, de afirmar que lo que decía Emmanuel Levinas es importante, sobre todo en este tiempo carente de amor, empatía y ternura: mirar al rostro del otro desde la bondad, no desde el ser. De hecho, vamos a ir un poco más atrás al encuentro con el filósofo escocés, David Hume, quien decía que «la belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las observa». Y más atrás todavía, en un diálogo de Platón (cuyo nombre no recuerdo por el momento), si mal no recuerdo, Alcibiades diría: «No te hace parecer bello tu naturaleza, sino la debilidad de los ojos que te miran».
Esto nos ayuda a entrar en el famoso debate que inicia con un «¿dónde yace la belleza?». ¿Cómo es posible que dos personas puedan observar o contemplar una flor y no encontrarla al mismo nivel de bella? A mi creer, se trata justo de la perspectiva de cada uno de nosotros. Lo que es bello para unos, es feo para otros. Pero en ese juicio temerario, nos pasamos por alto que en muchas ocasiones hablamos sobre las personas, y al hacerlo, ignoramos la inseguridad, los comentarios ofensivos que han tenido que soportar de quienes no los consideran como parte de los suyos. Y cuánto dolor y tragedia puede provocar.
Amar la diferencia es amar al mundo
Recuerdo con especial cariño una intervención del Papa Francisco, misma que hizo eco distinto en los oídos del mundo (parafraseo): «Las diferencias enriquecen, nos dan la oportunidad de aprender a amar sin prejuicios». Volviendo al Patito feo, debemos rescatar la importancia de la familia, de pertenecer a un grupo. Carentes de esto, los niños se van desarrollando con una auténtica crisis de identidad, no hablemos de las tremendas inseguridades con las que crecen y que luego terminan degenerando en dolorosas realidades. Aunque, cuidado, no debemos confundir la salud con la belleza.
Hoy en día, existe una notoria campaña de prevención contra la obesidad, misma que causa diversos y peligrosos problemas de salud. Hay que mantenerse en forma, alimentarse lo mejor posible y no excederse con ciertos alimentos ricos en grasa. Pero el culto al cuerpo, si no se equilibra con el cuidado de sí, hace que la sociedad se vuelva tan exigente que se olvide la intención por la salud y se torne en una fanática exigencia de perfección física.
Justo ayer leía lo siguiente:
«Del cuerpo de la gente no se habla. Si hay un cuerpo del que quieras hablar, hazlo sobre el tuyo… y ojalá que sea con palabras amorosas».
La temporalidad de lo físico
En el mundo griego, la belleza no sólo se hablaba desde lo físico, sino también desde lo anímico. Al hablar de la belleza, los griegos entendían que un ser humano era realmente bello cuando existía armonía entre el cuerpo y el alma bella, ya que esta última tendría que llevar las cualidades que los dioses poseían. Hay que recordar que la belleza física está «sentenciada» por el tiempo, pues como diría aquel sabio refrán: «todo por servir se acaba y termina por no servir». El cuerpo está condenado al paso del tiempo, lo que ahora es bello, mañana quizá no los sea tanto. Insisto: el cuidado de sí nos ayuda a que la belleza física se mantenga y no se desgaste tan rápido. Pero la belleza del alma es la que durará incluso cuando ya no estemos aquí, porque serán nuestras cualidades las que maravillen e inspiren a los demás.
O como diría el Quijote: «Ama, no lo que eres, sino aquello en lo que te puedes llegar a convertir».