«No es no» (breviario sobre el acoso)

«Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior».

-Frida Kahlo

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión me gustaría abordar un tema que cada día se vuelve más complicado y preocupante. Si bien es cierto que al hablar de acoso lo podemos hacer de distintos modos, tipos y formas, vamos a buscar centrarnos en esta ocasión en el que se vuelve contra la mujer. Por este motivo, quisiera ofrecer una disculpa a mis lectoras ya que mi intención no es pretender que sé lo que muchas de ustedes, por desgracia, puedan estar viviendo a diario, sino que me resulta de suma importancia, como hombre, poder hablarlo y abrir el diálogo y la reflexión en torno a esto que tiene que desaparecer.

En la clínica escuchamos muchas cosas a diario, pero sin lugar a dudas el dolor, la tristeza, la desesperación, y demás cosas negativas ocupan bastantes minutos. Ningún psicoanalista, terapeuta o profesional de la salud mental es indiferente a lo que escucha (al menos esa es la idea), por lo que no nos quedamos como si nada más escucháramos cualquier cosa. De hecho, todas las personas que se comportan de manera empática y con orden en la vida (con el esfuerzo que se requiere para ello), por supuesto que se indignan por lo que escuchan a diario sobre estos temas tan penosos y lamentables. Lo más triste es cuando esos casos tienen nombres y rostros conocidos. ¿Y por qué? Porque resulta que ahora sí son importantes. Y eso está terrible de pensarlo así.

Génesis de la violencia

Siempre hay que llamar a las cosas por su nombre, nada de andar disfrazándolas o suavizándolas. Por lo que cuando hablamos de acoso estamos hablando de violencia. Como ya es costumbre en este espacio, la etimología nos ayudará a entender más esto. Violencia viene del latín violentia, que es en sí la cualidad del violento – violentus. Ahora bien, la violencia es un acto donde se emplea la fuerza, así que esta última noción la dividimos en latín como vis (fuerza) y –olentus (abundancia): abundancia de fuerza (violentus). Autores como Maquiavelo y Thomas Hobbes han apostado por decir que el ser humano es violento por naturaleza, cosa que en buena medida es cierto, sin embargo, en la construcción de la sociedad surgen acuerdos que lo que hacen es inhibir, reprimir y castigar conductas que puedan poner en peligro al sujeto y a los demás.

Por parte de los estudios neurológicos que se han hecho hasta nuestros días, se han identificado 3 elementos químicos que son responsables de la agresividad del ser humano:

Dopamina: ocasiona sensación de placer.

Adrenalina: es una hormona que se produce en momentos de alta tensión, ocasionando un aumento de la presión sanguínea y ritmo cardíaco.

Testosterona: hormona responsable del apetito sexual del hombre.

Ahora bien, hay que hablar que en toda relación existe y existirá una puja de poder, por lo que es natural que haya una constante lucha por reconocimiento. Sin embargo, no podemos hacer que algo natural se vuelva un pretexto para poder ejercer el poder con violencia a modo de someter a quien a nuestro creer es más débil. En este punto nos inclinamos hacia el darwinismo social que, en pocas palabras, refleja a una sociedad donde «el más fuerte se come al más débil» a modo de «llamado de la naturaleza».

Violencia y cultura

La violencia contra la mujer se ha vuelto cada vez más notoria y, en buena medida, se han hecho incontables esfuerzos para denunciarla. Sin embargo, ¿por qué parece que esto nunca acaba y, más bien, parece que va en aumento? Si bien es cierto que cada día hay notables apoyos por parte del sector masculino para proteger a las mujeres que son violentadas, lo cierto es que no es tampoco la solución, porque desde un principio no tendría que existir la violencia contra ellas ni contra nadie. Pero saliendo del idealismo utópico, hablamos de una realidad que transgrede más allá de los valores y virtudes de una sociedad. Se ha denunciado desde el siglo pasado hasta la fecha del heteropatriarcado y de cómo la sociedad se vincula estrechamente con éste. En esta realidad, se generan estereotipos que degeneran en un «deber ser» que fortalece a la violencia misma. Por un lado, se crean expectativas, mismas que al no verse cumplidas o satisfechas, hacen que la violencia surja a modo de respuesta ante ellas. Se depositan dichas expectativas en un género determinado y se transforman en satisfacciones obligatorias.

El fin de semana, una muy querida amiga compartió en Instagram varias evidencias sobre el acoso del que ha sido víctima por parte de un sujeto y de cómo no se ha podido resolver esa situación en favor de ella por «complicaciones con temas de ley». En un momento leí algo que me impactó: «pasé del no hacerle caso a tener miedo». Y eso lo escuchamos a diario, pero como decía, es más fuerte cuando esos casos tiene rostros y nombres conocidos. ¿Por qué tienen que vivir con miedo? Y lo que es peor, ¿por qué ser lo que se es debe ser motivo de tener que estarse cuidando? Mi amiga evidenció al sujeto que le hacía constantes llamadas, le mandaba mensajes y correos, hasta incluso que la buscaba fuera de su casa. ¿Y la policía? En este caso «no se podía hacer nada porque se trataba de un extranjero». ¡Terrible escuchar semejante excusa! Esto fue en España, por lo que desconozco la legislación que se tiene allá.

Lenguaje y reconocimiento

Siempre he despreciado eso de que «recuerda que esa mujer podría ser tu mamá o tu hermana», ya que es un acto de discreta discriminación, facilitando la idea de que «sólo unas mujeres merecen respeto». En el progreso de la sociedad, debemos evitar por bien seguir etiquetando a las personas y buscar un mayor respeto que incluso se vea fortalecido por su propia ontología: respeta porque es lo que es. Así de simple. Pero claro, no podemos pensar que las personas cambiarán de un momento a otro sus mentalidades atravesadas por tantas ideas que no hacen sino denigrar al otro. Y aún así, no debe ser nuestro principal impedimento.

Desde la tierna infancia hay que abordar este sensible tema, por tanto es que debemos observar cómo es que para que exista lenguaje debe existir primero la separación. ¿Separación? Sí, hablamos del corte de la díada (relación bebé-mamá) que por lo general lo realiza la figura paterna. Cuando el bebé se ve separado de su madre, de aquella figura que le brinda atención, amor y cuidados, es cuando nombra aquello que ha perdido. Así, con esta separación, surgen las palabras «mamá» y «papá». En psicoanálisis entendemos que el lenguaje tiene su génesis donde aparece la angustia de separación. Por eso es que en la relación donde existen los tratos malos y denigrantes es porque no existe el lenguaje que pueda expresar la angustia de separación, dando paso a que la respuesta a modo desesperado de mantener, sostener o apegarse con el otro sea la violencia misma.

Jessica Benjamin explica que es importante el reconocimiento, ya que sin éste, surge la dominación. Es decir, el reconocimiento de la mujer como sujeto autónomo permite que evitemos verle como algo/alguien innecesario. Esto es un tanto complejo. Veamos: el problema es que el objeto yace fuera, por lo que el malestar consecuente con esta realidad, que traducimos como «imposibilidad de controlarle/poseerle» en totalidad, da paso al acto violento. Ya que si habláramos que el objeto está dentro, no habría necesidad de expresar palabra alguna para que se atienda.

Claramente se trata de un tema muy difícil de abordar en tan breve espacio, y que evidentemente hay quienes tienen mayor autoridad para hablar con profundidad y aportar más sobre el mismo, pero insisto en la importancia de generar reflexión y buscar acción sobre esto. Los hombres tenemos mucho que hacer y siempre debemos aceptar el apoyo de las mujeres para poder salir adelante en esto y aprender con humildad y agradecimiento de ellas.

¡NO ES NO!


Hablar de amistad

«Entre los individuos, la amistad nunca viene dada, sino que debe conquistarse indefinidamente»

-Simone de Beauvoir

Queridos(as) lectores(as):

Hemos llegado al famoso mes donde se celebra el día del amor y la amistad. Un día de profundo origen capitalista que pretende exaltar las bondades de los afectos y cariños entre las personas y que, de un modo bastante pretencioso, legitima y brinda de un carácter cuantitativo lo que se expresa y se comparte. «Cuánto te quiero por cuánto me gasto por ti». La fórmula por excelencia. Sin embargo, no nos vayamos por esa parte amarga y tendenciosa, ampliamente criticada pero, irónicamente, aún así practicada.

Hablar de amistad, sobre todo en nuestros días, amerita que se reflexione exactamente sobre qué entendemos por la misma. En la antigüedad, los griegos tenían la noción φιλíα (philia) para referirse a la relación que se manifiesta en amor fraterno entre los individuos. Sin embargo, ¿qué implica dicho amor fraterno? Antes que nada, un acto de renuncia, seguido por un reconocimiento, luego la aceptación y culminando con la armonía.

Las cuatro reglas

La amistad entre los individuos adquiere un compromiso que pocas veces vemos con claridad a la hora de buscarla y/u ofrecerla. Uno debe comenzar por renunciar al a expectativa que tiene sobre cómo debe ser el otro según el propio deseo. «Mi amigo tiene que ser…». No, no hay un «tener» (deber ser) que valga en la labor filial. Precisamente porque debemos reconocer al otro en su propia alteridad. Pero cuidado, no se trata de «dejarle ser», porque eso supondría un posicionamiento moral elevado que «permite al otro ser». El reconocimiento es entre iguales siendo diferentes. Así, se da paso a la aceptación que destierra todo intento de expectativa maliciosa y perjudicial. De ese modo, la idea es terminar en la armonía de la posibilidad de la coexistencia y del disfrute entre los amigos.

Como ya hemos visto anteriormente con los aportes de Emmanuel Levinas, reforzados por las declaraciones del Papa Francisco, «amar la diferencia es amar la vida». Hablar de diferencia es algo muy abstracto y que no puede escapársenos en ello que no todo lo diferente es bueno. Es decir, amar al amigo por quien es no significa aceptar la falta de ética o comportamientos que perjudiquen a otros. No se trata de cerrar los ojos ante lo que no debe ser, sino de reforzar los lazos ayudándole a recobrar el buen camino. Un verdadero amigo no permite que el otro cometa un crimen y se salga con la suya, si bien la labor de delatarle es algo que podríamos pasarnos incontables debates sobre ello, la corrección y señalamiento de los malos actos es responsabilidad exigida. Ya que si uno cede a ello, no se es amigo, se es cómplice que tarde o temprano pagará por el otro.

Tipos de amistad

Volviendo a los tiempos antiguos, los griegos pensaban que la amistad apostaba por el bien común. Esto en razón de que es un proceso identificatorio y que permite tener claras las prioridades que ayudan y benefician, no sólo a unos, sino a todos. En Ética a Nicómaco, Aristóteles señala incluso que existe una parte «convenenciera» en medida que la amistad hace posible lograr algo que por uno mismo no se podría. Sin embargo, no la hace exclusiva de un lado, sino de ambas partes. Por eso es que la aspiración en la sociedad es una realidad de amistad entre los miembros que la conforman: ver al otro como un yo para atender nuestras necesidades y generar más logros entre todos.

Justamente esta idea que persiste en el pensamiento griego la podemos ver en tres tipos:

-Amistad centrada en la ventaja mutua (lo útil)

-Amistad centrada en el placer mutuo (lo placentero)

-Amistad centrada en la admiración mutua (lo bueno)

La amistad es en sí un reconocimiento de la naturaleza del hombre. Sin embargo, así como podemos ver los grandes beneficios de ésta en nuestras propias vidas, no podemos perder el punto de que es importante fortalecerla y ejercitarla a diario. Hoy por hoy, las redes sociales han hecho posible estar en contacto con gente a lo largo del mundo, pero también es cierto que mientras más cerca estamos de quienes están lejos, más lejos estamos de quienes tenemos cerca. La amistad es un valor y una virtud que debe ejercitarse, así como el cuerpo y la mente, porque si no, pierde su fuerza y termina por convertirse en dolor y tristeza.

La amistad perdura

Ya que revisamos las 4 reglas de la amistad, es importante ir más allá de ellas y centrarnos en una exigencia más: no engañarse. La posmodernidad y las formas líquidas de ella, han demostrado que la propia amistad se ha visto afectada por lo temporal. Ciertamente las personas van y vienen, pero cuando hay amistad, hay un lazo de amor fuerte que no debería romperse. Sin embargo, las inseguridades personales, la falta de confianza, el apego a los chismes vulgares y a la opinión venenosa de los demás, hacen que el individuo ponga en tela de juicio su sentir.

Hace tiempo escuché una entrevista que le hicieron al actor mexicano, Fred Roldán, el cual dijo algo que me llamó la atención cuando se le preguntó sobre su divorcio. Si mal no recuerdo, él dijo «ella me decía que el amor se había acabado, pero yo le dije que no, que para ella tal vez, pero para mí no, yo la seguía y seguiría amando». Esto en relación a la idea que existe de la amistad llega a su fin porque «era su tiempo». Me parece que la justificación en sí es un acto de tratar de no quedar mal, no con el otro, sino con uno mismo. De ahí que sea tan fácil decir «es que se acabó». Por eso es que la cultura del «dejar ir» desprecia descaradamente los intentos de «tratar de conservar». Evidentemente hay relaciones que se fundan lejos de las 4 reglas y que luego terminan por ser tóxicas (esta noción actual me divierte en demasía) y que nada tienen que ver con la amistad. Por eso, si no tenemos presentes esas reglas, todo vínculo se forjará a través del engaño y del autoengaño.

Recuerda, pero vive

Para Katia

«La memoria es el espejo donde vemos a los ausentes»

-Joseph Joubert

Queridos(as) lectores(as)

La semana pasada, se conmemoró el día de las víctimas del Holocausto. En dicha fecha se rinde homenaje a la bendita memoria de quienes fueron asesinados durante uno de los periodos más grises y tristes de la Historia. Incontables son los documentales, evidencias y comentarios sobre lo que sucedió.

Justo platicaba con mi maestra, amiga y colega, Katia, con quien tengo un especial vínculo, sobre el tema de «vivir a pesar de lo ocurrido». ¿Cuántas veces hemos pasado por una tragedia y pareciera que nos inutiliza por buena parte de nuestra vida? Pareciera que es más personal de lo que creemos la pérdida, el dolor y la tristeza, de ahí que se encarnen en nosotros y nos hagan «morir en vida». Todos los que hemos «sobrevivido» a lo que gente querida y amada no, se vuelve una «culpa». ¿Pero por qué?

La culpa del que sobrevive

Sigmund Freud fue uno de los que comenzó la labor titánica de estudiar esto. La culpa es uno de los pilares fundantes de la sociedad y, por tanto, de la civilización. Podemos decir que es un medio por el que se logra una acción que busque evitar pasar por la misma situación que ha ocasionado en el sujeto un profundo malestar. Sin embargo, ¿qué pasa cuando se siente culpa por algo que no es responsabilidad, directa o indirecta, del sujeto? Pensemos en la muerte de un ser querido: el que le sobrevive, fue testigo de su muerte; dicho suceso pegó de manera dramática y le ha llevado a cuestionarse si pudo haber hecho más, si no era el momento, por qué esa persona sí y no él/ella, etc. Es un tema de percepción respecto a la intensidad que soporta la persona.

Hay quienes le llaman síndrome del sobreviviente, esto en relación a estudios que se han hecho precisamente con víctimas que sobrevivieron a eventos catastróficos. Pero sería muy desconsiderado sostener que esto sólo sucede a partir de algo de ese nivel trágico. Recordemos que cuando hablamos de duelo, hablamos de un sentimiento abstracto de pérdida. Así pues sucede lo mismo con la culpa del que sobrevive: el que libra un castigo, el que libra ser despedido, el que sigue en una relación amorosa cuando sus amigos o familiares han roto las suyas, etc. La pulsión de vida es la que hace que uno se aferre con fuerza a lo que debe seguir, a la vida misma. Cuando alguien muere, ¿qué nos queda? No se puede hacer nada, por mucho que quisiéramos, para traerle de nuevo con nosotros, por lo que nos queda es vivir, pero no por esa persona ni la vida que ya no podrá vivir, sino nuestra propia vida y aprender a hacerlo sin esa persona. El tesoro del corazón es la capacidad selectiva de una memoria que los mantiene vivos aunque ya hayan muerto.

Recordar es una acción doble

Conmemoraciones como la de las víctimas del Holocausto sirven no sólo para tener presente lo que fue y a los que fueron, sino para evitar que vuelva a suceder algo igual de doloroso, algo igual de terrible. El tema de Auschwitz y los demás campos de concentración, fue el principal estudio al que los miembros de la Escuela de Frankfort dedicaron textos y profundas reflexiones. Lo importante que había que señalar era que no se podía decir que dichas atrocidades cometidas con los prisioneros hayan sido inhumanas ni mucho menos irracionales. ¿Por qué? Hay que entender que esas crueldades, primero, fueron realizadas por seres humanos y, segundo, fueron perfectamente pensadas y estructuradas. Decir que fueron inhumanos e irracionales es retirar todo indicio de responsabilidad y, por tanto, de culpabilidad.

Cuando los aliados sentenciaron a los altos jerarcas nazis durante los famosos Juicios de Nuremberg entre 1945 y 1946 (lugar muy simbólico, pues fue donde se redactaron las leyes que privaron de sus derechos y de su humanidad a los judíos y demás minorías), el presidente del tribunal, Sir Geoffrey Lawrence, dio un discurso de apertura en el que es importante resaltar: «… este juicio debe aportar un precedente de modo que estos terribles actos no vuelvan a repetirse». Curioso, porque aunque no es mi intención jugar al abogado del diablo, durante la II Guerra Mundial, los crímenes de guerra se llevaron a cabo en ambos lados del tablero. Esto último, de hecho, fue mencionado por el Mariscal del Reich, Hermann Göring, señalando las atrocidades llevadas a cabo por los soviéticos y por la masacre de japoneses por las dos bombas nucleares soltadas por los estadounidenses. Estos juicios, cabe resaltarlo, fueron los primeros que se realizaron de modo tan polémico y en el que el dicho popular se volvió muy notorio: «la Historia la escriben los vencedores». Ya hablaremos en otra ocasión de esto.

Reconstrucción

La vida que permanece es la que está aún de pie después de lo ocurrido. Pero es labor de los que sobreviven reconstruir considerando lo que quedó. Es decir, cuando hablamos de la «bendita memoria de los que ya no están», entendemos que la herencia que dejan en este mundo no son las cosas materiales, sino las personas que educaron, que amaron, que enseñaron sobre la vida. Somos nosotros. El aquí y ahora que más tangible nos resulta. Los que les sobrevivimos, debemos hacer nuestra la posibilidad de seguir viviendo, pero a su vez rindiendo el merecido homenaje por aquellos que hicieron de nosotros lo que somos. La bendita memoria de los que ya no están nos invita a elegir recordarles con amor, con agradecimiento, pero también hacerles parte de nuestra esperanza del futuro. «Tal como decía mi papá», «es como lo hacía mi mamá», «mi querido amigo que siempre encontraba la manera de hacernos reír», etc.

Recordar incluso es una enseñanza de saber valorar lo que vendrá. Me atrevo a decir que la memoria es una escuela donde aprendemos a resignificar todo en la vida para darle su justo lugar, su vital importancia y apreciar sin miedo la finitud propia del mundo y de sus habitantes. Al final de cuentas, la Historia de la memoria es una que se relata con colores, pero sobre todo con amor. De hecho, la reconstrucción del mundo, nuestro mundo, sólo puede ser a través del amor, el perdón, la ternura, el cariño y la revaloración constante que nos ayude a aligerar el peso de la ausencia arropándonos con el suave aroma de nuevas y hermosas presencias.

Bien lo dicen: recordar es vivir. Pero saber recordar, es atreverse a seguir viviendo.

¿Qué sentido tiene?

«La totalidad de la vida es simbólica porque todo en ella tiene significado»

-Boris Pasternak

Queridos(as) lectores(as):

En definitiva uno de los mayores interrogantes que existen es sobre el sentido de la vida. Y vaya que son muchos los comentarios que se han dado sobre ello, donde muchos concuerdan y donde muchos se pelean. Sin embargo, creo firmemente que la vida por sí misma carece de sentido, por lo que es labor de cada uno de nosotros el brindárselo. Evidentemente esto es repetir lo que otros ya han dicho. Me gusta hacer una analogía respecto a cuando se comienza a escribir, ya que el sentido de la vida se asemeja al propio escritor, quien tiene que combatir a la tiranía de una hoja en blanco para poder desarrollar lo que quiere compartir.

El filósofo alemán, Ludwig Feuerbach, sostenía que «la vida del hombre es su concepción de la vida». Esta afirmación debe sernos de mucha utilidad para ayudarnos a pensar en qué es exactamente lo que entendemos por «vida», ya que si no tenemos claro eso, ¿cuál es la idea de buscarle un sentido? En otras palabras, ¿cómo queremos pintar una casa si no sabemos qué casa es? La búsqueda del sentido es algo que siempre va a revolucionar nuestra perspectiva y que hará que nos preguntemos constantemente sobre lo que estamos haciendo y por qué. Y claro, tenemos que tener tranquilidad en el proceso, porque si nos prolongamos en la pregunta, encontraremos una auténtica crisis existencial.

Cuando se pierde el sentido

Hace unos días, A me decía en su análisis: «Le he perdido sentido a mi vida. No sé, no puedo hacer lo que antes hacía de la misma manera. Siento que he perdido la chispa que me caracterizaba». Es en verdad algo muy común, porque detrás de ello existe siempre un factor de cansancio, de decepción, de falta de resultados, etc. Pero, ¿por qué nos duele tanto? Porque justamente se cae la ilusión de control, la falsa idea que tenemos cuando apostamos por expectativas sin brindarles su propio límite y finitud. Es decir, hay que considerar siempre que las cosas que hacemos, para bien o para mal, tienen fecha de caducidad, que no todo es eterno en la vida y que, como dice la sabiduría popular, «la vida es como una rueda de la fortuna, a veces te toca estar arriba, a veces te toca estar abajo». De ahí la importancia de ejercitar en nosotros la tolerancia a la frustración.

El escritor ruso, Yevgueni Yevtushenko, lo dice de una manera más poética: «La vida es un arcoíris que incluye el negro». Todo es hermoso y bello hasta que se vuelve horrible y triste. Y de ahí no vemos esperanza alguna. Cuando cae en nosotros la desgracia, pareciera que todos los colores y sonidos del mundo desaparecen y se transforman en un paisaje donde sólo podemos deprimirnos, pensar de modo fatalista y nos dejamos dominar por el miedo. He ahí la importancia de entender que «a veces nos toca estar abajo», y de ahí nos seguimos a la idea de comunidad: NO ESTAMOS SOLOS. ¿Por qué no buscar ayuda? ¿Y qué clase de ayuda? La que necesitamos realmente, no la que nos «ayudará a salir del problema que tenemos». ¿Confuso? Por supuesto que sí. Una cosa es lo que queremos y otra lo que necesitamos. Querrás dinero, pero necesitas un abrazo.

Red de apoyo

Cada vez que yo me quejaba de algo malo que me pasaba, mi papá con calma y con su elocuencia me miraba fijamente y me preguntaba: «¿Y por qué a ti no?». Siempre vemos las cosas malas como algo que no debería pasarnos a nosotros, porque evidentemente nos causan displacer, sufrimos, nos acongojan, etc. Lo que sucede es que nos confrontan con nuestros propios límites y alcances, cosa que en nuestro orgullo inconscientemente no queremos reconocer. Además, claro, de que existe la muy lamentable tendencia en la sociedad actual de que debemos poder con todo y con todos. Cosa que en realidad no es cierto. ¿Cuándo hemos visto a un venado ponerse al tú por tú contra una jauría de lobos?

La idea de generar redes de apoyo es precisamente aprender a deslindarnos de lo que no podemos. Podríamos decir que se trata de una «estrategia vital» en la que cada uno reconoce todo lo que es capaz de hacer y, con humildad, acepta todo aquello que no. Es como en un equipo de fútbol, donde cada miembro dispone de ciertas habilidades para lograr la armonía que se necesita para poder ser los mejores.

Una red de apoyo emocional es precisamente lo que más se necesita en nuestro mundo tan pragmático y utilitarista. La gente está harta, cansada, fastidiada, con temor, con dolencias. Muchas veces he escuchado la expresión «estoy roto(a)», y es en verdad triste, porque es un modo desesperado de reconocer que la persona sigue de pie sin saber por qué. ¿Y qué se hace con alguien así? Hay que escucharla con atención y respeto, ayudarle a que exprese aquello que le trae así y, en medida de lo posible, asegurarle una atención profesional. ¿Quién dijo que todos tenemos que estar al 100% todos los días? Bien lo dicen amigos míos: «Héctor, cuando hay que llorar, hay que llorar».

Recuperar la chispa

Cada día, la sociedad se muestra más y más exigente con sus integrantes. Hay que saber esto, hay que hacer aquello, hay que evitar esto, bla, bla, bla. Un sinfín de cosas que se plantean pensando en el máximo rendimiento, como si fuéramos máquinas programables que sólo estamos para trabajar y producir. Ciertamente, hay que hacerlo, pero llevando un ritmo y tiempo que permita a cada uno por lo menos respirar. La verdad resulta preocupante cómo hay cada vez más y más memes sobre los achaques físicos que perjudican a los más jóvenes, incluyendo niños. Lejos de lo cómico que puede ser, es motivo para preguntarnos qué es lo que estamos haciendo tan mal en nuestro tiempo.

¿Qué nos está faltando que nos está apagando? Vivir. Ahora, gracias a la pandemia, se nos olvida que hay otras cosas además del COVID-19. Ya lo hemos hablado anteriormente, en cuanto que existen otras enfermedades que no están siendo atendidas, pero en esta ocasión vamos a centrarnos en algo que pareciera «se nos olvida» y que lo tenemos muy cerca: el poder descansar. En la cultura mexicana, al menos, todos crecimos con el clásico sermón de nuestras madres de «no estés echado en el sillón sin hacer nada». Irónicamente, se logra que la idea de acostarse y relajarse se vuelve un no-hacer, que termina por ser una prohibición inconsciente y que hace que la idea de descansar se vuelva algo limitado y que exige que se haga algo más en vez de eso. No todo es trabajar, hay que descansar, estirarse, caminar, saltar, reír, ver la tele, leer un buen libro, ejercitarse, comer saludablemente, acceder a la comedia, etc.

Recuperar la chispa no es otra cosa más que darse un respiro de la rutina. Romper con ella y hacer cosas nuevas, probar algo nuevo. En pocas palabras: recuperar la novedad de la vida. Después de todo, tal como diría Bernard le Bovier de Fontenelle: «No os toméis la vida demasiado en serio; de todas maneras no saldréis vivos de ésta».

La rebeldía de la identidad

«Esfuerzo y deseo son las dos caras de la posición del Sí en la primera verdad: yo soy»

-Paul Ricoeur

Queridos(as) lectores(as):

Hoy más que nunca existe mucho ruido sobre el tema de la identidad de las personas. Pero, ¿exactamente a qué nos estamos refiriendo? La identidad es un proceso propio del aprendizaje desde que somos niños. En la infancia, el sujeto se va relacionando directamente con su entorno para poder configurarse a sí mismo, además claro de la influencia directa que la cultura tiene para inculcársele. Podríamos decir que la identidad inicia a modo de imitación, aprendizaje e imposición. Sin embargo, la rebeldía es algo meramente natural en el ser humano, de ahí que haya una interesante relación entre lo expuesto por Hegel con su planteamiento de «el amo y el esclavo» y los de Albert Camus en El hombre rebelde (1951). El filósofo francés habla sobre la rebeldía de la siguiente manera:

«¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. […] Así, el movimiento de rebelión se apoya, al mismo tiempo, en el rechazo categórico de una intrusión juzgada intolerable y en la certidumbre confusa de un buen derecho; más exactamente, en la impresión del rebelde de que “tiene derecho a…”. La rebelión va acompañada de la sensación de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, razón».

Pero, ¿qué se necesita realmente para poder, no sólo rebelarse, sino lograr obtener frutos o cambios que el sujeto quiere?

Introspección y descubrimiento

El Dr. José Carlos Aguado Vázquez explica que «el psicoanálisis es la disciplina que explica los procesos del sujeto en su intimidad -la relación consciente/inconsciente-, es el método para comprender las formas de interrelación con el Otro». Como podemos entender, es de vital importancia buscar entender qué sucede en cada uno de nosotros para poder aproximarnos y relacionarnos con el mundo externo. Muchas veces he escuchado a incontables personas decir «confía en tu intuición», y en buena medida tienen razón. Sin embargo, ¿exactamente a qué se refieren con ello? Hablamos de un cierto apego al sistema moral y ético con el cual el sujeto ha crecido y en el que se plantea, muchas veces de manera muy severa, aquello que está bien y lo que está mal, lo que es correcto y lo incorrecto. Sin embargo, ¿realmente lo cree o sólo acude a la repetición para cumplir con la demanda del Superyó (la figura de autoridad proyectada en otros objetos)?

Albert Camus

Justo en este punto es donde nos salta aquello que decía Camus de que sentimos el «rechazo categórico de una intrusión juzgada intolerable y en la certidumbre confusa de un buen derecho». Hay algo en el exterior que se mete directamente con algo muy preciado para nosotros, pero ese «algo» tiene muchos nombres y distinciones. ¿Qué pasaría si, por el momento, le nombramos como «libertad»? Claramente nos haría más ruido, porque de algún modo, aunque muchas veces no comprendamos bien la noción, el hecho de que se metan con nuestra libertad nos genera un inconformismo e incomodidad que hace que estallemos con furia contra quien se atreve a hacerlo.

Frente al espejo

Ahora bien, eso de saber quiénes somos, evidentemente no es algo propio de nuestro tiempo, pero al menos sí podríamos considerarle una exigencia en lo que conocemos como «la vida auténtica». Y eso, en buena medida, se debe al hartazgo que el ser humano siente ante el profundo malestar de la sociedad. Una periodista, escritora y conductora mexicana de televisión, Cristina Romo Hernández (viuda del escritor Emilio Pacheco), solía tener una frase que muchos recordamos: «Aquí nos tocó vivir». Y precisamente, hoy en día eso ya no convence a cualquiera a modo de que se conforme con ello o que no le vea otra alternativa. ¿Qué pasaría si modificamos la afirmación a modo de que quede «así nos tocó ser»? ¡Cuánto caos podríamos desatar! Porque las preguntas inmediatas a ambas afirmaciones sería «¿y eso por qué? ¿según quién?». ¿No suena a una sentencia determinante que no ofrece otra posibilidad? Por supuesto que sí.

El hombre rebelde es en sí el que está inconforme con ciertas cosas personales que proyecta constantemente hacia el exterior. O bien, podríamos pensar que son cosas que ve en el exterior y que le inquietan en lo más profundo de su intimidad. Sigmund Freud decía: «Si aspiras a encontrarte a ti mismo, no te mires en el espejo. Ahí sólo encontrarás a u extraño». Esto es simple de explicar, ya que el espejo no hace sino mostrar lo que hay, mas no lo que es. De ahí que en el «espejo» que todos tenemos a diario en el otro, surja el saber popular que dice «lo que te choca, te checa». Claramente hablamos de una falta, de un deseo que se ha visto, digamos, interrumpido. Por eso es que es muy humana la envidia: el otro tiene lo que yo (según) quiero. ¿Pero por qué «queremos» eso? ¿Nada más porque no lo tenemos? Sería muy simple, muy bobo y en ocasiones hasta ridículo contestar así. No se trata de ausencia, sino de la posibilidad de ser que se nos ha negado, incluso la que nos hemos negado nosotros mismos.

Apostar por el cambio

La palabra «rebelde» ha sido estigmatizada a lo largo de la Historia, y por lo general, a quienes se comportan de ese modo se les tacha de «locos», «fastidiosos», «imbéciles», etc., siempre claro de manera despectiva. Pero hay que tener presente que los grandes cambios que han habido a lo largo de la Historia han sido precisamente por quienes se atrevieron a rebelarse contra lo establecido. Por eso es que las palabras «conservador» y «liberal», en buena medida, deberían resultarnos en demasía sospechosas, porque definitivamente son nociones atemporales. Si un conservador de nuestro tiempo se viera frente a un conservador de s. XIX, quedaría como un «liberal». Y así hacia atrás. La rebelión es una apuesta por el cambio para lograr que la sociedad se adapte al tiempo.

El 30 de mayo de 1924, Salvador Dalí ingresó a la prisión provincial de Girona y duró ahí unos 21 días (9 de los cuales estuvo incomunicado en una prisión de Figueres). No se conoce bien el porqué de su arresto, pero hay quienes aseguran que se debió por un acto de venganza contra su padre, de quien sabemos por las propias palabras del artista catalán que se trataba de un sujeto muy complicado, estricto y «desesperante». Cuando salió, Dalí dijo que había pasado un tiempo maravilloso en prisión, pues se trató de » un remedio para aliviar la tensión del espíritu». Y bueno, qué podemos decir de alguien como Salvador Dalí, que su genialidad fue producto de su rebeldía contra lo establecido.

Sin embargo, hay que tener presente algo. La rebeldía no nos deslinda en ningún momento de la responsabilidad que adquirimos por asumir nuestra libertad. Y eso significa que las consecuencias serán muchas que serán negativas, que nos ganarán el señalamiento por parte de los demás, la burla, la crítica, la ofensa, incluso hasta pueden atentar contra nuestra vida. También es importante decir que el ser rebeldes, no siempre significa tener la razón para ello, porque podría tratarse de un vil capricho y arrebato de un niño que se niega a crecer.

Amar al otro, me duele

«¡Sí! ¡Sé de dóde procedo!

Insaciable cual la llama

quemo, abrazo y consumo.

Luz se vuelve cuanto toco

y carbón cuanto abandono:

llama soy sin duda alguna».

-Friedrich Nietzsche (Ecce Homo)

Queridos(as) lectores(as):

En una sesión que tuve con una de mis pacientes (D), surgió un tema que ha venido resonando mucho en los últimos años, y sin embargo no resulta para nada algo nuevo: el malestar de nuestra existencia. Muchos son los que aspiran en dirección de la expectativa, confiándose en ciertas cosas que, esperan, se puedan llegar a cumplir y/o realizar. Sin embargo, la expectativa es fiel amante de la decepción y en cualquier momento nos la presenta. ¿Y qué pasa luego? Se pierde el sentido de lo que hacemos, pero también de lo que somos. La sentencia existencialista, recurrente en muchos encuentros nuestros, gusta de recordarnos siempre algo: no somos, estamos siendo. Y ser implica también equivocarse.

En El pequeño camino de las grandes preguntas (que se ha vuelto uno de mis textos favoritos), Mons. Mendonça nos dice: «¿Qué le da sentido a la vida? No lo que hemos hecho. Sólo un ingenuo es plenamente feliz con lo que ha conseguido, sin comprender que debería haber hecho el triple, cien veces más. […] Cada vez creo más que colocarnos, con humildad y confianza, en la frontera de un futuro que sea más grande que nosotros. Comprender que somos siervos de lo que vendrá». Hace tiempo, aprovechando lo que comparto, les hablaba de la magnanimidad, que no es otra cosa que apostar por ser mejores, por hacer las cosas mejor. Y eso, es lo que también nos posibilita el ser ser humanos.

Hoy duele… ¿existir?

Nadie nos aseguró en ningún momento que el hecho de existir sería algo lindo y hermoso en todo momento, muy por el contrario, se trata en sí de una experiencia de constante pérdida pero que de un modo u otro, nos garantiza siempre algo más. Recuerdo esas frías palabras del poeta peruano, César Vallejo, donde plasmó su profundo sufrimiento de una manera directa y sencilla en su célebre poema Los dados eternos: «Dios mío, estoy llorando el ser que vivo». Día tras día, los seres humanos experimentamos un sinfín de emociones que terminan por confundirnos y desesperarnos, en buena medida, inquietando todo lo que somos y lo que decimos ser. «Lo mejor que puedes hacer es desesperar», diría Kierkegaard.

Un factor que nos permite darnos cuenta de que estamos siendo algo que no nos gusta, que estamos haciendo algo que no nos gusta, y demás, es precisamente la desesperación. Esta «sacudida» que la vida nos da nos mueve todas las estructuras que nos componen. «¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Podría hacer algo más? ¿Qué puedo hacer?», etc., preguntas que todos nos hemos hecho y que muchas veces no logramos responder de manera directa y en otras tantas mucho menos de manera sincera. Ese desconocimiento debe ser la guía para adentrarnos en la vida auténtica y buscar no sólo responder, sino ser y hacer.

Amar como sentido

Recuerdo que en una ocasión leía un texto de Fiódor Dostoievski que me pareció conmovedor, aunque su temática fuera un tanto oscura. Me refiero a El sueño de un hombre ridículo (1877). En dicho cuento, grosso modo, el protagonista es un hombre perdido en el absurdo y el nihilismo; durante una noche en San Petesburgo, al ver en el cielo una estrella solitaria, le despierta el deseo de quitarse la vida que ya había tenido tiempo atrás. Una niña acude al protagonista para pedirle ayuda para su madre moribunda, pero éste se niega y se decide a quitarse la vida. Una vez en su casa, el hombre teniendo un revolver ya listo para la acción final, entra en remordimiento por la manera en la que trató a la niña. Se queda dormido y cae en un profundo sueño de desesperación. No quiero contarles todo, porque los animo a que lo lean, pero debo cerrar esto con lo que descubre el protagonista en el sueño: amar al otro como si fueras tú.

Dostoievski era un hombre profundamente religioso, y en buena medida atormentado. Pero que tenía la enorme capacidad de transmitir enseñanzas cristianas a través de sus magníficas obras existenciales. En un mundo donde el amor es la clave, ¿cómo podría existir algo malo? Hablamos de una utopía en buena medida, sin embargo, ¿por qué al pensarlo así hacemos todo para demostrar que no puede ser de otra manera? Quizá por que nadie se atreve a apostar por lo contrario, y quienes lo hacen, son tachados de locos, de sumisos, de débiles incluso, por no hablar del abuso hacia ellos por quienes encuentran ventaja en sus bondadosas acciones.

¿Para qué amar entonces?

Uno de los principales reclamos que mis colegas y yo llegamos a escuchar en el diván con nuestros pacientes, es precisamente eso del «amor mal pagado». Pero volvemos al reino de la expectativa. ¿Qué es exactamente lo que estamos esperando que suceda cuando amamos a los demás? Me parece que primero tendríamos que preguntarnos algo más importante: en nuestro amor, ¿estamos dando lo que el otro quiere/necesita? Porque me parece que partimos desde nuestra propia falta para «satisfacer» al otro. Ciertamente, no hay nada más lindo que ayudar a los demás por amor, pero queramos o no, la expectativa se mantiene a modo de ser correspondidos aunque sea de una forma que digamos que es casi igual de linda que nuestro acto. Y cuando no hay ni una sonrisa o un «gracias», quedamos «decepcionados», heridos y tristes… ¡no nos aman como nosotros a ellos sí!

Ahora bien, «amar y servir» (lema jesuita), es en verdad muy importante que lo entendamos para que no caigamos en esas dolorosas afirmaciones. En el amor hay un desapego de nosotros mismos con la intención de ayudar, de hacer felices, de proteger a los otros. Pero, ¿qué tanto hay que desapegarse como para olvidarnos de nuestro propio amor? El ser humano es en sí fascinante porque es capaz de mil cosas, menos de equivocarse o de enterarse tan siquiera de esa posibilidad. ¿Por qué? Porque reina en nosotros un egoísmo silencioso que se ve constantemente amenazado por la necesidad de amor y afecto hacia nosotros mismos cuando nos vemos y confesamos incapaces de sabérnoslo dar.

Quizá, el malestar resida en buena medida en los ojos que miran, pero que no pueden mirarse a sí mismos. Habría que pensarlo…

¿Una Historia fatal?

«La historia humana es cada vez más y más una carrera entre la educación y la catástrofe».

-H.G. Wells

Queridos(as) lectores(as):

¿Por qué será que cada vez tenemos pensamientos pesimistas, e incluso fatalistas, sobre el porvenir? Tantas veces que escucho a mis familiares, amigos y pacientes decirme «no veo las noticias, ¿para qué? Todo es realmente malo…». Ciertamente los medios de comunicación han logrado, junto con la política mundial, la perversidad de adueñarse de nuestros pensamientos cada vez de modo más alarmante, no podemos descuidar que aunque las cosas parece que van mal, hay muchas otras que avanzan favorablemente y que sirven para equilibrar la balanza.

Debo admitir que he tomado con humor (no a modo de hacer menos, que quede claro) cada vez que anuncian que han encontrado una nueva variante del COVID-19. Cosa que debemos entender que es perfectamente entendible en la naturaleza adaptativa y de supervivencia de un virus. «Nada más falta que anuncien una variante Sigma y ahí sí sonaría algo de auténtico terror», le decía a mis conocidos hace unos días. El humor, tal como señalaba Freud en su texto El chiste y su relación con el inconsciente, es un modo de defendernos de la realidad y, a su vez, de poder soportarla. Y para eso los mexicanos nos pintamos solos.

Angelus Novus

No lo sé con exactitud, pero entre 1920 y 1921, el filósofo alemán, Walter Benjamin, se hizo con un cuadro del artista Paul Klee que le impresionó mucho, precisamente se llama Angelus Novus. Esta obra, inspirada en un relato talmúdico, nos explica que en la tradición judía un ángel es una criatura de origen celestial que es creada con la intención de servir y renovar un cántico para la eternidad a Dios. Ahora bien, Benjamin aprovechó la ilustración para su conocida teoría de El ángel de la Historia, de la cual nos dice lo siguiente: «La figura representada en este cuadro es el ángel de la Historia, empujado siempre hacia arriba y hacia adelante por una fuerza invisible como los vientos, pero con el rostro siempre vuelto hacia atrás, hacia el pasado, y mirando a sus pies el cúmulo de ruinas de tiempos antiguos o recientes que se van amontonando».

Estas palabras suenan un tanto amenazantes y desconsoladoras, en medida de que se trata de una visión determinista del acontecer histórico hacia la tragedia. ¿Pero qué no acaso la vida es precisamente una tragedia? Los antiguos griegos lo vieron y entendieron de ese modo, en el sentido de que siempre podrán pasar cosas buenas, maravillosas, chistosas incluso, pero terminan por acabarse. «Una flor es bella porque terminará por marchitarse». Ahora bien, la pregunta que surge aquí es: ¿por qué sólo nos quedamos con el amargo fin, con la triste parte que nos ocasiona dolor? Y agregamos otra: ¿Y lo demás qué?

Pandemias

Hay una analogía que me gusta aportar en mis clases de Filosofía a mis alumnos. «Para que un mosaico nos revele la misteriosa imagen, tenemos que poner cada una de sus piezas». Es decir, la imagen del mundo no queda ni quedará completa con un puñado de partes (o narrativas), tenemos que ver el cuadro completo y detenernos a apreciar cada detalle. Hace unos días, sostuve un encuentro con un amigo, el cual me decía de modo pesimista y un tanto alarmista que «esta pandemia ya nos cargó, nunca se va a acabar, tendremos que vivir con ella por todo lo que tengamos de vida». Y aquí es donde la Historia entra al rescate. Le hice recordar 2 pandemias específicamente. La primera, la famosa Peste bubónica, que de por sí tuvo varios brotes en distintos periodos de la Historia; su origen se centró en las estepas de Mongolia y, según los estudiosos del tema, se debe a la ingesta de carne de marmota por parte de los pobladores. El primer registro nos habla del s. VI d.C., que afectó al Imperio Bizantino en tiempos del emperador Justiniano. De hecho, se le denominó La plaga de Justiniano porque el emperador también se había contagiado y logrado sobrevivir, no así el 25% de la población que murieron, un total aproximado de 50 millones de personas.

El segundo registro lo tenemos entre 1300 y 1400 d.C., del cual se cree que se debió a los comerciantes musulmanes que viajaban de Mongolia hacia Venecia, de donde se expandió el contagio por varios países europeos. Resultando con la muerte de un tercio de la población europea. Se pudo evitar su expansión de varias maneras, primero con la toma de la Ruta de la seda por parte de los mongoles, después con la cacería de ratas para luego quemarlas pues se pensaba que eran las transmisoras de la enfermedad (cuando en realidad lo eran las pulgas que traían), etc. Después hubo otros brotes de la enfermedad endémica, pero no nos alarguemos con esta plaga.

Y después le hablé de la Gripe española, que también fue en su momento una pandemia que causó la muerte de entre 50 y 100 millones de personas en el mundo entre 1918 y 1920. Se cree que el paciente cero fue Gilbert Michell, un cocinero de Fort Riley en Kansas, EEUU. Aunque se tienen registros de brotes en los campamentos militares estadounidenses en Europa por la I Guerra Mundial. Sea como sea, fue una de las pandemias más devastadoras de la Historia. Por cierto, el patógeno de esta gripe se llama «Influenza A subtipo H1N1». ¿Les recuerda algo reciente?

Medicina

En buena medida me sorprende, aunque no tanto, que muchos que critican los sistemas de creencias sean de los primeros en cuestionar a la ciencia. Ahora con nuestra pandemia de COVID-19, la industria farmacéutica, que si bien se le ha visto siempre al servicio del capitalismo salvaje, ha acelerado sus estudios y colaboraciones para tratar de sacar vacunas, medicamentos y tratamientos para combatir esto que pudo haber sido devastadora sin ella en estos primeros 2 años que llevamos. Sí, han habido muchos contagios y tristemente también decesos, pero la ciencia ha salido a enfrentar la enfermedad en un proceso verdaderamente impresionante de corto tiempo.

Ahora que les hablaba de la Gripe española, justamente le decía a mi amigo que la influenza que nos tocó vivir hace unos años, también ha tenido su respectiva mutación a lo largo de los años y que se ha vuelto una enfermedad estacionaria que ya no cobra tantas vidas gracias a las vacunas que surgieron. No sabemos cuántas variantes con exactitud tenga la influenza, pero ya no es algo que nos aterre. Algo así terminará pasando con el COVID-19, pero algo es seguro, no será la última pandemia que nos tocará vivir o al menos a otras generaciones después de las nuestras.

Pero así como la medicina avanza, el ser humano tiene que avanzar también en el sentido de la educación, la información y la cultura. La tendencia hacia teorías conspiranoicas puede resultar algo en verdad catastrófico. No se trata, al menos como sociedad civil, que nos pongamos a ver si el COVID-19 surgió de un murciélago, de un laboratorio, de los aliens o incluso de un castigo divino, sólo podemos ver que es una realidad y que nos enfrenta contra nuestros miedos y vulnerabilidades. No nos toca sino actuar: cumplir con los protocolos, cuidarnos, etc. Pero eso es una responsabilidad de todos y que exige pensar con criterio y actuar con prudencia.

El fin llegará. No sabemos cuándo. Pero en lo que llega, sólo podemos vivir a pesar de las circunstancias.

Ahí donde no buscas

«Escucha cómo canta el pozo. Lo hemos despertado y canta…»

-Antoine de Saint-Exupéry (El principito)

Queridos(as) lectores(as):

Primero antes que nada, les ofrezco una sincera disculpa, ya que no pude publicar el día de ayer, tal como es costumbre en estos encuentros, debido a que tuve un día un tanto complicado. Pero espero que lo que hoy comparto con ustedes sea mi redención. Hace unos días, recibí un mensaje por parte de Marymar (desde Argentina), en el cual me compartía que había descubierto recién este espacio y que había quedado encantada con el contenido (¡una ves vez más, gracias!), y que había podido encontrar consuelo a cosas que le estaban pasando especialmente por dos entradas: Unas palabras para tu tristeza y Unas palabras para tu soledad. Como bien saben, me encanta interactuar con ustedes y descubrir que lo que comparto les ayuda en sus vidas. Pero Marymar me compartió que si me era posible escribir algo más con toque personal, o como yo digo «desde el corazón».

Justamente, el día de ayer, viví unos momentos un poco incómodos por una situación personal, y que recibí el apoyo incondicional de mis amigos. Aprovecho esta oportunidad para agradecer especialmente a mis queridos amigos, Oziel y Melita, quienes generosamente se pusieron en contacto y me acompañaron un buen rato aunque fuera a distancia. Pensaba en aquellas oportunidades que nos da la vida para descubrir donde menos esperamos y cómo se vuelven auténticos tesoros que debemos agradecer.

El pozo, el desierto y la falta

He querido comenzar este encuentro con la cita de la célebre obra de Saint-Exupéry, El principito, porque a pesar de lo «aparentemente sencilla» que nos puede resultar la lectura, encontramos muchas reflexiones muy valiosas para nuestra propia vida. De hecho, más adelante, el autor escribe: «…lo que hace bello el desierto es que en medio de él puedes encontrar un pozo». Esto tiene que ver directamente con aquello que el ser humano tiene y que hace posible, en buena medida, que la vida fluya. Me refiero a lo que conocemos como la «falta». ¿Qué falta en tu vida? ¿Qué te hace pensar que te falta algo? Preguntas que nos llevan, precisamente, a contestar buscando tener lo que no tenemos. Y el deseo por supuesto que nos impulsa a ello. Ahora bien, hay que tener presente que la falta siempre va a existir en nosotros, y me atrevo a decir que sin la falta, la vida no sería más que un estanque aburrido sin sentido alguno. Un pozo seco.

En su hermoso libro, mismo del que ya les he contado con anterioridad, El pequeño camino de las grandes preguntas, Mons. José Tolentino de Mendonça, nos comparte lo siguiente: «Siempre falta algo, nada es perfecto, nada está acabado, nada resuelto. Es como si jugásemos a un juego imposible: si tenemos el pozo, nos falta la cuerda; si tenemos la cuerda, nos falta el balde; si tenemos la cuerda, el balde y el pozo, nos falta la fuerza para llegar al fondo del manantial en busca del agua que nos sacie la sed». Por ello es cierto que reconocer la falta es no tener nada que ocultar.

Detente, respira y mira hacia ti

Recuerdo que en algún encuentro, compartí con ustedes un consejo que daba Edgar Allan Poe: «Detente a escuchar los latidos de tu corazón». Esto en ocasión a la vida tan «desesperada» que llevamos, más en nuestros días donde se favorece de manera preocupante a la inmediatez. Ese «detente» es de vital importancia para poder caer en cuenta que no todo está en el mundo exterior. Si bien ya hemos hablado de la importancia de la vida interior, por tanto no sólo de la salud física sino de la mental también como una armonía, es de sabios, tal como recuerda Mons. de Mendonça, comprender que «…todos tenemos cuanto necesitamos para sentir la alegría. No es un problema de conocimiento, es cuestión de mirar. Mirar lo que somos y lo que nos rodea con un corazón capaz de sintonizar con el don que nos habita. Si acercamos el oído a la extensión de nuestra vida, ¡nuestra vida cantará!».

En la naturaleza creativa del ser humano está la enorme respuesta para afrontar tantos problemas que se viven a diario. Ahora que los casos de COVID-19 se han incrementando por la nueva variante de Omicrón, al menos en México, la amenaza de un nuevo encierro está a las puertas, y con ella vienen todos aquellos sentimientos negativos que terminan por afectarnos a cada uno de maneras distintas pero igual de demoledoras: miedo, tristeza, dolor, desesperación, soledad y sentimiento de abandono, entre muchas otras. Tal como si hiciéramos mucho ejercicio físico, el cansancio mental por estos sentimientos puede ser en demasía pesado. Hay quienes tendrán que encerrarse les guste o no, otros que lo harán por voluntad propia sin esperar indicaciones, todo sea por la salud y la vida. ¿Pero qué hacer? Es el momento, no de mirar al mundo, sino a uno mismo y descubrir o fortalecer los dones que tenemos. Hay que cantar, pintar, bailar, escribir, leer, readaptar los medios de comunicación con los demás, etc.

Dice el Dr. Juan David Nasio: «La capacidad de crear es el dejar de llorar el objeto perdido».

La vida es trabajo y la escritura es libertad

Hace algunos años, asistí a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (México), y tuve la oportunidad de escuchar una entrevista que le estaban haciendo a Etgar Keret, uno de los más importantes escritores israelíes de nuestro tiempo. Además de ser un autor muy afable y que comparte con sinceridad todo lo que piensa en sus libros, me resultó muy bello algo que comentó: «Yo empecé a escribir partiendo de un sentimiento de gran soledad y de cierta incapacidad de comunicarme con el mundo. No es que pensara que tengo mucho que decirle al mundo y que el mundo debe prestarme atención». Justamente toda expresión parte de una necesidad del sujeto, de ahí que se vuelva una experiencia que caerá en la capacidad hermenéutica de los espectadores. Todo arte es libertad de ser.

Por eso, a modo de propuesta para ustedes, les invito a que sean sinceros con ustedes mismos y utilicen los dones y capacidades que tienen para poder expresar lo que sienten. Las grandes obras no estaban pensadas nunca para estar en ciertos museos, recibir ciertos reconocimientos ni para tener un valor material. Jean-Paul Sartre (¿Qué es la literatura?), decía que «al escribir un libro se arroja éste al mundo». Por eso es que la propuesta psicoanalítica es firme al sostener que la respuesta la tiene el sujeto, sólo hace falta ayudarle a que se escuche a sí mismo.

Todos empezamos como amateurs (galicismo tomado del francés). Es decir, por amor al arte se hace lo que se hace. Ya después veremos qué pasa con ello.

Un regalo para los niños grandes

«Da un poco de amor a un niño y ganarás un corazón»

-John Ruskin

Queridos(as) lectores(as):

El día de hoy se celebra el Día de Reyes en la tradición católica, misma que nos recuerda cuando Jesús (Niño Dios) fue visitado por 3 Reyes magos y que le presentaron regalos en homenaje a su nacimiento, reconociéndole como «rey de reyes». Esta tradición se repite año tras año con los pequeñitos en nuestras familias, mismos que tal como sucede en la Navidad capitalista, escriben su carta a los reyes con la ilusión de recibir este día algunos regalos.

Pero, ¿qué pasa con aquellos niños que se convirtieron en adultos? Hay que tener presente que cada uno de nosotros seguimos teniendo un factor que nos hace seguir siendo niños. De hecho, como ya lo hemos comentado anteriormente, la capacidad que tenemos de asombrarnos es lo que nos permite seguir sosteniendo una parte vital de nuestra infancia, y definitivamente es algo que no podemos perder.

Escuchar al niño interior

Quizá esa frase se haya escuchado incontables veces en los últimos años; años en los que se ha tratado de hacer consciencia sobre aquellas faltas que se han mantenido desde que éramos niños y que de un modo u otro, nos siguen afectando ya en nuestra etapa adulta. Fue el propio Sigmund Freud quien soltó una «polémica» afirmación, la cual dice que «infancia es destino». Pero, ¿acaso significa que lo que nos sucede en la infancia nos determina para siempre en el futuro? Ciertamente hay conductas que son repeticiones de lo vivido durante la infancia, y que en muchos casos (muy lamentables) están ligadas a la violencia, a la carencia y demás cuestiones negativas. Sin embargo, esa repetición puede ser trabajada para justamente evitar que siga sucediendo, de ahí la importancia de asistir con profesionales de la salud mental.

Ahora bien, haciendo a un lado lo negativo, no podemos negar que hay cosas buenas y maravillosas que nos dieron mucha alegría, ilusión y hasta esperanza cuando éramos niños. Unas de esas cosas, en toda medida posible, era justamente la espera por los regalos que Santa Claus, el Niño Jesús, los Reyes Magos y hasta el Ratón o Hada de los dientes, nos tenían. No se trata de engañar a los niños por un hecho de malicia, sino al contrario, por ayudarles a creer en cosas buenas y lindas. Tal como dice el filósofo alemán, Hermann Graf Keyserling: «Cuando un niño pregunta ‘¿por qué?’, sólo se satisface si le indicamos una sola causa clara y precisa, y nosotros sabemos que nunca le decimos la verdad». Es que, como se ha mencionado, hay cosas que los niños por su edad no tienen por qué saber.

Permitirnos ser niños

El día de ayer sostuve un encuentro con mi querido amigo Martín. Nos vimos cerca del WTC para desayunar. Estuvimos platicando precisamente sobre las cosas que antes hacíamos y que ahora, con el paso de los años, pareciera que no nos permitimos más. Entonces, recordé que justo en el WTC estaba una feria o expo de juguetes, a lo que lo invité a ir para «recordar lo que era ser niños». Claro está que nos encontramos a los reyes magos que iban para cumplir con las cartas de los niños. Recorrimos con asombro cada pasillo y recordamos lo maravilloso que es ver un juguete y llenarnos la cabeza con las mil y un ideas de qué hacer con ellos y en qué aventuras nos íbamos a embarcar. Martín se compró un microscopio muy interesante que se conecta vía Bluetooth al celular y yo me hice con una pequeña figura de Gandalf (El señor de los anillos). Salimos sonriendo.

Una vez en casa, abrí con cuidado mi juguete. Me encantaron los detalles, pero sobre todo la sensación recordada de abrir con ilusión una caja con un juguete. Hoy en día, sí llegamos a comprarnos cosas más «de acuerdo a nuestra edad», sin embargo, no es ni será lo mismo porque lo hacemos con otras intenciones, y aunque hay «juguetes» para grandes tales como los videojuegos y en los que ustedes están pensando, hay algo que no viene con ellos y es la ilusión de la posibilidad misma. Me acerqué a mi librero y puse mi nuevo juguete de Gandalf junto a una figurita que tengo del Dr. Freud. De hecho, hasta me inventé un diálogo para terminar con un chistorete psicoanalítico:

-Sr. Gandalf, ¿por qué no llegó a su sesión la semana pasada?

-Un mago nunca llega tarde, Dr. Freud. Ni pronto. Llega exactamente cuando se lo propone.

-Me temo que de cualquier modo le tengo que cobrar la sesión…

Aprendamos de los niños a disfrutar la vida

Cuando los niños están jugando, siempre quieren saber a qué están jugando, después se organizan y se divierten sin preocupación alguna, sólo con el temor de que venga un adulto a arruinarles el momento con un «ya nos tenemos que ir». Sin embargo, los adultos, cuando «jugamos», no nos queremos enterar a qué, sólo jugamos y punto. ¿Por qué ya no preguntamos? ¿Por qué ya no nos organizamos para divertirnos? Hemos hablado ya varias veces sobre la negación de la vida. ¿Por qué empeñarnos a vivir sólo cuando ya no se puede? Es decir, cuántas veces hay en las que nos estamos divirtiendo tanto que se nos olvida que somos adultos y nos ponemos a brincar, a gritar, a reír, a correr, etc., a tal punto que no falta quien nos diga «ya madura». ¿Madurar? Fue Nietzsche quien dijo que «madurar es hacer las cosas con la misma seriedad con la que un niño juega». ¿De qué sirve vivir si nos olvidamos de hacerlo con pasión? ¿Acaso todo eso nada más es propio de los niños?

El mejor regalo de reyes que los adultos nos podemos dar es recordar lo mucho que nos divertíamos cuando éramos niños e imitarnos, disfrutar los momentos y permitirnos incluso ser lo que no pudimos, tener lo que no tuvimos, etc. Si la infancia es destino, podríamos ponerla frente al espejo y ver que no hay sólo dolor y tristeza, decepciones y falsas esperanzas, sino que existe la oportunidad de vivir algo distinto y compartirlo. Bromear, cantar, reír, tirarnos en el pasto, aventarnos al agua, ensuciarnos con tierra y lodo, no perder la vitalidad que los niños nos demuestran cuando sonríen con sus travesuras.

Hay que darnos la oportunidad que quizá no tuvimos, para evitar arruinarle la vida a los más pequeños y demostrarles que, ser adultos, también puede llegar a ser divertido.

¡Feliz Día de Reyes!

Estos nuevos comienzos

«¿Por qué postergar vuestros proyectos? Comenzad ahora mismo y decid: he aquí el momento preciso».

-Tomás de Kempis

Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, les deseo que tengan un excelente 2022 y que, sobre todas las cosas, a pesar de las circunstancias nunca se nieguen a vivir la vida. Muchos pueden llegar a decir que año nuevo no significa nada, que simplemente es el movimiento de la tierra sobre su eje. Y sí, es cierto, pero no hay que olvidar que el ser humano es un ser de símbolos y lo que éstos le significan o representan es algo valioso para cada uno.

Estuve pensando sobre qué compartir con ustedes en este primer encuentro del año y me decidí justo por este tema de los comienzos. Comenzar algo implica muchas cosas: ilusiones, ideas, perspectivas, proyecciones, esperanza, miedos, angustias, etc. Sin embargo, la idea de comenzar tiene que ver directamente con la esperanza, misma de la que hemos venido hablando desde hace varios encuentros. Y, una vez más, esperanza es darle oportunidad a la vida de sorprendernos.

Hacia donde vayamos

Recordaba una anécdota que leí en alguna ocasión en la que se le preguntó a un importante personaje de la política británica sobre la ex Primer Ministro, Margaret Thatcher, y sobre el destino de ella. A lo que se limitó a decir: «No sé hacia dónde vaya, pero estoy seguro que llegará». Y eso es precisamente lo que pasa en la vida de cada uno de nosotros. Nuestro destino es incierto, no sabemos exactamente qué pasará con nosotros, pero sea lo que sea, algo será. Podremos tener planes, ideas, expectativas, etc., sobre nuestro futuro, sin embargo, la vida y su «lógica» nos demuestra que no es algo tan simple o tan sencillo de que suceda. Tengo aquí a la mano un libro de poemas del filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, y en él he encontrado uno que quiero compartir con ustedes:

Nach Neuen Meeren (Hacia nuevos mares)

Dorthin -will ich; und ich traue / Allí quiero ir; aún confío

Mir fortan und meinem Griff. / en mi aptitud y en mí.

Offen liegt das Meer, ins Blaue / En torno, el mar abierto, por el azul

Treibt mein Genueser Schiff. / navega mi barca genovesa.

Alles glänzt mir neu und neuer, / Todo resplandece nuevo y renovado,

Mittag schäft auf Raum und Zeit -: / dormita en el espacio y el tiempo el mediodía.

Nur dein Auge -ungeheuer / Sólo tu ojo -desmesurado

Blickt mich’s an, Unendlichkeit! / me contempla, ¡oh, Eternidad!

Mirar con ojos nuevos las cosas que «no lo son» (tal como la recomendación de San Ignacio de Loyola), nos permite brindarle a la vida nuestro asombro. Cuando el ser humano pierde esa capacidad, podemos decir que ha fracasado como ser contemplativo. La idea, en todo, es hacer las cosas, vivirlas, como si fuera la primera vez y descubrir en cada oportunidad algo que habíamos descuidado por estar esperando otras cosas.

Sobre todo nunca digas «imposible»

Partimos siempre con la idea que las cosas no pueden ser de otra manera, y en cierto punto así es, sin embargo, tenemos la oportunidad de abrazar la alternativa que nos permite entender que en la vida no todo es «o lo uno o lo otro». Pensar «es que esto no es para mí» es, en primer lugar, dudar de nosotros mismos y de nuestras capacidades. Cuando algo nos interesa, cuando algo nos gusta, ¿por qué tenemos que caer en el conformismo de la negación de al menos intentarlo? La actitud pesimista es siempre un gran impedimento para descubrir cosas nuevas. Pero, ojo, también hay que tener cuidado con el optimismo desenfrenado que llega a convertirse en tóxico. Hay que tener una actitud realista en cuanto a lo que podemos hacer o no, lo que podemos decir o no, etc. La vida nos enseña que en verdad nada es imposible, sólo hay cosas que cuestan más trabajo que otras.

Antes de que acabara el año, leyendo en un cuaderno de anotaciones personales, me topé con una página en la que narro una brevísima historia de un encuentro que tuve con «la chica del semáforo». No es mi intención compartir de más sobre esa historia, pero lo que fue un brevísimo encuentro, literal en un semáforo, con una chica bellísima y perfectamente desconocida, sin darme cuenta, terminé por conocerla, saber su nombre (Sofía) y tener la fortuna de que se volviera una muy querida, linda y tierna amiga. ¡Imposible! Pero pasó…

Una actitud siempre dispuesta

La realidad que todos afrontamos actualmente nos mantiene en una preocupación constante por el famoso COVID-19 y las consecuencias del mismo. ¿Qué podemos hacer? Lo que podamos. Pero sobre todo, debemos fortalecer la prudencia, la paciencia y el ánimo que nos permitan tener una actitud siempre dispuesta para enfrentar los distintos problemas que vayamos teniendo, a veces de manera individual y otras tantas a modo colectivo, y no dejar que la pandemia pueda más que nosotros. Justo es encontrar la alternativa a lo que parece irremediable. Darnos la oportunidad de vivir a pesar de las circunstancias pero no perder la vida en el intento.

Seamos agradecidos por lo que hay sin volvernos conformistas. Hay cosas que podemos intentar, que podemos probar, sólo es cuestión de quitarnos los miedos y los malos prejuicios para seguir, cada uno, hacia los caminos que nos quedan por andar. 2022 significa para muchos la oportunidad de tomar las riendas de sus vidas y adentrarse con pasión a la existencia. Un paso a la vez, una dificultad a la vez.

¡El mejor de los éxitos para todos(as) ustedes!