Cuando te fuiste, Pizarnik

«En efecto, la cuestión no es por qué me mataré, sino por qué no matarme».

-Antonio di Benedetto (Los suicidas, 1969)

Queridos(as) lectores(as):

El fin de semana, me topé en el parque por donde suelo caminar con una pequeña notita arrugada tirada a un lado de la banqueta. Me llamó mucho la atención el color amarillo de la misma y la manera en la que se resistía a ser arrastrada por el viento. Al tomarla y revisar su contenido, me di cuenta que se trataba de un pedazo roto de un papel más grande, en el que apenas se leía escrito a mano un «no entiendo, pero no puedo más», acompañado de un fragmento de algo escrito por Alejandra Pizarnik: «Ahora sólo hay una melancolía absoluta. No deseo nada, dormir solamente, dormir y soñar. Soñar que me quieren».

Me quedé con el corazón detenido por un momento y mis ojos no pudieron evitar buscar alrededor si había ocurrido una tragedia. No encontré nada. Pero es que leer a Pizarnik nos obliga a recordar su triste final a sus 36 años allá por el año de 1972 en Buenos Aires, Argentina. No puedo ni imaginar el desgarrador y triste mensaje del que formaba parte el trozo de papel que tenía en mis manos. Se congela el alma, el tiempo se detiene y un sentimiento hondo de ausencia se hace presente.

Un bosquejo depresivo

Hay mucho especialista psiquiátrico que ha sentenciado que aquellos que se dedican a la escritura, son más proclives a tener conductas depresivas que conducen, tarde o temprano, al suicidio. Sobre esto último, me viene en cuenta algo que Pizarnik le comentaba en una de sus cartas a Silvina Ocampo: «Quien siente mucho, se jode y no encuentra palabras y entonces no habla y es ésa su condena». ¿Pero es que acaso sólo «quien siente mucho» se desempeña como escritor nada más? A veces, ciertas sentencias en verdad que abusan de licencias existenciales que condenan y no brindan claridad. Al contrario, abren puertas a más y más dudas en un vórtice que termina rayando en lo absurdo y en lo terrorífico. No, no es nada más propio de los escritores, al menos ellos tienen la capacidad de poner en letras lo más cercano a lo que sienten. Y quizá no sea tan bueno, a veces. Andrés Trapiello nos aporta algo más fuerte: «El suicida nace muerto a la vida, con esa muerte trágica esperándole en alguna parte de su rutina, aguardándole paciente y silenciosa como una loba para llevarse lo que es suyo».

La vida es en sí misma deprimente. ¡Qué! Sí, lo es. Sólo que no significa que lo es todo. Pero si caemos en cuenta de lo mucho que nos la pasamos escapando de la vida (siendo inauténticos, como pensaría Heidegger), podemos descubrirnos centrando la mirada en los aspectos más negativos y en la desesperada acción de huir de ellos. No se trata de tenerle miedo al dolor, a la tristeza, a aquellos momentos oscuros del ser humano, de tener un miedo que de permitirnos sentir eso y vivirlo habremos de caer en algo peor. ¿Por qué tendría que ser así? Pero lo cierto es que muchas veces el panorama que se nos presenta frente a nuestras vidas pareciera que no es muy optimista. ¿Qué tanto hay esperanza (darle oportunidad a la vida) y qué tanto nos dejamos dominar por las expectativas? Quien piensa que sólo vale la pena algo, se queda con pena y pierde ese algo.

Pensar la muerte de uno

Hace unos años, el papá de un amigo nos platicaba que su abuelo tenía en el cajón de su escritorio una pistola con una sola bala. «Mi abuelo decía que nunca había tenido intención alguna de usarla, pero que le resultaba reconfortante saber que ahí tenía la oportunidad complicada de ponerle fin a todo en cualquier momento». El suicidio es quizá demasiado seductor. Pensemos por un momento: una «solución» rápida para un problema determinado. Pero, ¿algo temporal y transitorio es lo suficientemente pesado para darle una solución «sin vuelta de hoja»? Recuerdo a Ernesto Sábato con su conocido El túnel (1958), en el que en un momento encontramos esto: «El suicidio seduce por su facilidad de aniquilación: en un segundo, todo este absurdo universo se derrumba como un gigantesco simulacro, como si la solidez de sus rascacielos, acorazados, tanques, de sus prisiones no fuera más que una fantasmagoría, sin más solidez que los rascacielos, acorazados, tanques y prisiones de una pesadilla».

Quizá es que es demasiado «típico» del ser humano el pensar el quitarse la vida cuando atraviesa periodos oscuros donde no hay aparente solución y que las cosas simplemente empeoran. ¿Cuántos no han pensando en lo «fácil» que sería ponerle punto final al intermitente dolor con «sólo» jalar el gatillo, saltar al vacío, envenenarse, etc.? No es para sorprenderse, pues estadísticamente tenemos que esos pensamientos son más frecuentes de lo que creemos. Pero hasta ahí, no es una realidad o una ley que quien piensa en quitarse la vida lo termina haciendo. Ese pasaje al acto es más complejo. Hay que pensar en que la muerte de uno ocupa muchos de los pensamientos transitorios a lo largo de la vida. ¿Cómo será morir? ¿De qué manera será? No vayamos más a asuntos religiosos de trascedencia o no de esta vida a otra. Salvador Dalí en Diario de un genio (1963), ocupa un pasaje muy amplio para hablar sobre su amado Federico García Lorca; en una parte de hecho nos comenta que el poeta gustaba de invitar a sus amigos a verle «dramatizar» su propia muerte en su cama. Pero esa fantasía, ese deseo, se vió turbado por la realidad y por la incógnita de su desenlace después de ser arrestado por tropas franquistas.

Tras el «después» de un suicidio

La figura del suicida generó en los románticos incontables textos que llegaban a idealizar, de algún modo, el acto final de estos. En Ser y tiempo (1927), Martin Heidegger sostiene que «tan pronto un hombre llega a la vida, ya tiene edad suficiente para morir». Ciertamente, no hay nada más seguro que la muerte. Hagamos lo que hagamos, tarde o temprano habremos de morir. Hay muertes que duelen de un modo, otras de otro, pero siempre habrá dolor por mucho que hablemos de alivio, paz y descanso. Sí, el dolor de quien muere acaba, pero se traslada a quienes se quedan detrás. Y el suicidio no sólo hereda dolor y tristeza, sino que deja de modo casi permanente un fuerte y profundo sentimiento de impotencia, confusión, desconsuelo y tragedia. Preguntas y preguntas que no tendrán respuestas lo suficientemente creíbles.

Alejandra Pizarnik cometió suicidio después de mucho tiempo de dificultades para restablecer el contacto con la vida que perdió a lo largo de su tiempo. No se debe nunca juzgar al suicida por lo mismo que no sabemos qué tanto sucedió que le llevó a esa desesperada solución. Quiero compartir con ustedes la carta que Julio Cortázar le escribió y que, por alguna razón, nos toca el corazón y nos deja con una cierta sensación de haberla escrito nosotros pensando en algún ser querido cuya tristeza irrumpe o irrumpió en nuestra vida:

Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Cuando Alejandra murió, en la pizarra de su departamento se encontró esto que escribió:

«No quiero ir más que hasta el fondo».

Y sí… duele.

Mucho.

No estás solo(a), te queremos vivo(a)…

Francisco Javier Chávez Villaseñor, in memoriam.

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión quiero compartir brevemente con ustedes quién fue mi papá, el Ing. Francisco Javier Chávez Villaseñor. «Chavitos», como tiernamente lo llamaba su mejor amigo, el Ing. León Sametz Remba, fue un ser peculiar, siempre atento y amable, cariñoso a su modo, un padre que supo ver por su familia siempre. Sonriente, gentil y siempre con un consejo oportuno, mi papá fue un hombre que dedicó muchos años de su vida a mil y un temas. Un hombre culto, bastante diría yo, con un gran amor por las matemáticas, la física, las humanidades y todo aquello que pudiera darnos la oportunidad de mirar con esperanza el día a día. Gozaba de una capacidad intelectual innegable, que siempre dejaba boquiabiertos a quienes se ponían a platicar con él, nunca hizo sentir menos a nadie pues él decía que «todo conocimiento debe ser alegremente compartido, si no, sólo se vuelve un vulgar intelectualismo». Profesor de muchos, alumno de la vida. Mi papá fue esa clase de hombre reservado pero atento, que siempre analizaba fríamente las cosas, sin perder ningún detalle. Ese tipo de persona que sabe qué decir, qué hacer y de qué manera cuando era necesario. Lo recuerdo siempre trabajando en su estudio, devorando libros sin cesar, con su pipa y ese fantástico olor a maple del tabaco que fumaba. Aunque no era un vicioso, cabe señalar, pues «una pipa, un puro, son ocasionales, se fuma por gusto, no por adicción».

«Si descubres un problema, comienza a pensar en sus soluciones»

Guiado por una fuerte espiritualidad ignaciana, enfocada en el amor y en el servicio, mi papá intentó cada uno de sus días dar un poco de sí en todo lo que hacía y con todos con los que se relacionaba. Alumno y profesor orgulloso del IPN (Instituto Politécnico Nacional). Con un ojo virtuoso para encontrar talentos y con la motivación de ayudar a salir adelante a los demás, supo ayudar a un sinfín de personas y en ningún momento vanagloriarse por ello. Fiel defensor de las letras rusas, decía que «quien no haya leído y llorado con Dostoievski, es que quizá no le importa la empatía». Supo muchos idiomas, y en cada uno de ellos siempre encontraba las palabras adecuadas para transmitir lo que quería. Hombre claro y directo. Querido y amado por su familia y amigos, respetado por sus «rivales» y siempre seguido por sus alumnos, mi papá fue, es y será el ejemplo que trataré de seguir a diario. El 21 de julio de 2021, su cuerpo dijo «no más» a sus 80 años. Estuve con él de la misma manera en la que él está ahora conmigo.

Que su bendita memoria perdure y que nunca se olvide que un hombre así caminó por esta tierra. Cada vez que veo un árbol de jacaranda, lo recuerdo alegre, esperando no descuidar ningún sólo detalle y admirándose como si se tratara de la primera vez de su encuentro con ese color que tanto amaba. A Dios gracias, por lo que fue, es y seguirá siendo.

Te quiero, papá.

Héctor Chávez Pérez

Carta a una persona confundida

Querido(a) lector(a):

He querido escribirte esta pequeña carta porque quiero decirte que, de un modo u otro, te entiendo. Que los días han sido complicados: pandemia, crisis laboral, crisis económica, cambios políticos brutales, violencia, etc. ¿Qué hacer? ¿Se puede hacer algo? Quizá sean unas de las tantas preguntas que te formulas a cada rato, día con día. Y puede ser algo en verdad desesperante, porque parece que no hay respuestas suficientes o al menos que sirvan para contestar de algún modo la intriga del malestar tuyo y el de los demás. Los días están por llegar, ¿qué días? ¿cuándo? Es que siempre está llegando algo y también nosotros. Me parece que fue hace unos días cuando escuchaba a un paciente decir «es que parece que estoy sobreviviendo». Se quejaba dolorosamente. ¿Qué puedo hacer? -me preguntaba esperando que le respondiera-. Por un momento guardó silencio y no hizo sino llorar… Creo que eso era lo que en verdad necesitaba hacer. Después continuamos la sesión y algo había cambiado, ya no era el mismo ser doliente, al menos ya no se notaba tanto y pude escuchar unas bromas y notar una breve pero sincera sonrisa en su rostro al finalizar.

¿Por qué nos aferramos a una vida Disney? Es decir, por qué nos ponemos tercos de modo que nos exigimos cosas que son simple y sencillamente muy complicadas, a veces hasta imposibles. Hay que entender que, como decía Frieda Fromm: «No te prometí un jardín de rosas». Hay demasiada expectativa en nuestros días y muy poca realidad. Hay quienes dicen que es ser pesimista al pensar así, pero no, al contrario, es mostrarse fiel a no intentar ver cosas que no hay, cosas que no son, y precisamente quedarnos con lo que hay y aprender a hacer las cosas posibles en su tiempo y en su circunstancia. Nos confunden tantos mandatos sociales que están pensados para unos pero que, de un modo burlesco, se vuelven exigencias para todos. ¿Por qué creemos que necesitamos dinero para poder dar una larga y bonita caminata? ¿Por qué pensamos que descansar es no hacer nada? Hay cosas que debemos aprender a decirlas por su nombre y a vivirlas tal como son. ¿No quieres salir a caminar? ¿Prefieres quedarte en casa? ¿No quieres ver a nadie? Pues no hagas nada de eso, date la oportunidad de ser tú y de escuchar lo más que puedas tu deseo. ¿Quieres ver a alguien pero no sabes exactamente por qué? Búscale y descúbrelo. Dicen que también hay que saber escuchar a nuestro corazón, ¿por qué no hacerlo?

Sé que puede que estés pasando por un momento en el que sientes que el mundo se te cae a pedazos, puede ser que así sea, pero hay cosas que puedes descubrir en esto. Habrá personas que se irán, otras que llegarán, descubrirás nuevas oportunidades o te darás cuenta que la solución la tienes arrinconada por ahí. Desespera, pero no te rindas. Resiste. Si una flor se marchita en el jardín, no significa que no haya más que mirar. La vida está ahí, hay que vivirla. Hay que aprender cosas nuevas, descubrir nuevos lugares, aprender a ver el mundo de las posibilidades (reales) y darnos la oportunidad de arriesgarnos. Hay y habrá momentos en los que no se pueda hacer nada, ¿para qué forzar las cosas? No perdamos en cuenta que uno hace lo que puede con lo que tiene. Habrá lágrimas, habrá llanto, pero siempre hay esperanza. La familia, los amigos, los alegres conocidos son ocasiones de auténticos encuentros. Hay que abrir el corazón y dejarse sorprender.

Resiste, que vamos muchos en el mismo camino y siempre habrá quien te ayude cuando ya no puedas. Confía.

¡Saludos!

Héctor

P.d.: ¿Qué te hace feliz? Quizá empezando por ahí…

El ritmo del exilio

«Cuando creíamos que teníamos todas las repuestas, de pronto, cambiaron todas la preguntas».

-Mario Benedetti

Queridos(as) lectores(as):

Hace unas semanas, me reuní con dos queridas amigas y colegas psicoanalistas, para nuestro acostumbrado encuentro donde hablamos de todo un poco y terminamos siempre con ganas de que no se acabe el momento. Una de ellas, Margarita, me recomendó un libro que he conseguido y que poco a poco he aprendido a valorar enormemente. Justo de Mario Benedetti, Primavera con una esquina rota (1982). Hablar de Benedetti nos conduce, de un modo u otro, a la poesía que escribió, pero nos descuidamos de que también fue un autor que, en palabras de Cristina Peri Rossi, «su obra tiene una trascendencia casi de carácter sociológico». Y sí, al leer este libro, no puedo no sólo aceptar lo dicho, sino que me atrevería a verle como un retratista fiel del exilio. De eso va el libro mencionado, sobre el exilio de muchos, en este caso del Uruguay que pasó de ser un modelo de democracia a una cruel dictadura militar (como los otros ejemplos de naciones latinoamericanas en las que el Plan Cóndor se llevó a cabo por parte de EEUU para evitar el avance del socialismo) en aquellos años.

Pero pensar el exilio es repensar la historia de todavía miles de millones de personas. ¿Cuántas veces hemos escuchado en nuestras familias narrativas sobre el exilio? De cómo los abuelos, los padres, cualquier familiar o persona cercana, se vieron forzados a marcharse al exilio, a «ser valientes» en otro lado, más bien, que tuvieron que «ser» un tiempo después en otro lado. Mucha gente, pensando una vez más en Latinoamérica, somos descendientes directos de esa realidad. Y eso nos has marcado profundamente.

De tangos y coordenadas

Precisamente el tango, ese baile y esa música tan bellos, que surgió en Río de la Plata y que forja un lazo innegable entre Buenos Aires y Montevideo, es un fiel testimonio de lo que exilio significa. Quizá haya quienes sólo disfrutan del canto, del ritmo, la sensualidad del baile y demás, pero que cuando uno se detiene a escuchar la letra, no puede evitar sentir el peso de la nostalgia a modo de triste soneto sobre aquello que se ha perdido y de lo cual se despiertan tantos anhelos de un día volver. Sólo basta con asistir a una milonga (los sitios de tango en Argentina y Uruguay) para poder ser parte del exilio y de su narrativa. Hay muchos tangos que el mundo desconoce porque son parte de aquello que es «muy propio», de aquello que no se comercializa, pero vamos a quedarnos con uno muy famoso, Volver, compuesto por Carlos Gardel y Alfredo Le Pera. Sólo con este brevísimo fragmento nos damos una idea:

«Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida…
Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos
encadenen mi soñar…»

En la triste realidad del exilio, sólo queda irse y «guardar la esperanza» de un día volver. ¿Pero exactamente a dónde? Ya que hablar de exilio es hablar del tiempo que se va y que no vuelve, de la gente querida a la que se le dice «adiós» sin saber si les volveremos a ver, de los lugares y sus memorias, de atardeceres que no volverán a ser los mismos. Pero también la coordenada es otra, hablamos de los que se quedan «sin nosotros». Por eso es que el exilio es una muerte en vida, un duelo tremendo que apunta hacia todos lados. Tal como lo canta Malena Muyala en La noche más triste:

«La noche que te fuiste
(más triste que ninguna)
palideció la luna
y se tornó más gris la soledad…
La lluvia castigando mi angustia en el cristal
y el viento murmurando : ‘ya no vendrá más’.
La noche que te fuiste
nevó sobre mi hastío
y un hálito de frío
las cosas envolvió…
Mis sueños y mi juventud
cayeron muertos con tu adiós…
La noche que te fuiste
se fue mi corazón…»

Aquí estoy sin estar

Ahora bien, hay veces en las que las personas, de algún modo, acarician con tristeza el exilio sin exactamente estarlo sufriendo. Pero hablo de una sensación de «no estoy aquí», que no somos parte de lo que estamos viviendo. «Me siento tan ajeno a esto», repetía un viejo Abel en las calles de Palermo hace algunos años. Abel, que era peruano, siempre lloraba con profundo pesar de ser hijo de argentinos en el exilio, pero que él sí había logrado regresar a Argentina. «Mirá, querido, estoy aquí cuando no están más». Sus padres habían muerto sin poder regresar a su amado Palermo. El peso del pasado es brutal incluso para quienes sólo crecieron escuchándole. Pero, ¿y cuando no estamos familiarizados con esas tristes realidades? ¿Qué sucede cuando uno se siente ajeno, precisamente, a su propia vida?

Mario Benedetti

En uno de los relatos en Primavera con una esquina rota, Beatriz (los rascacielos), Benedetti dice: «Yo pienso que allá donde está mi papá, a última hora de la tarde debe cundir la tristeza». ¿Qué sucede cuando ese pensar es sobre nosotros mismos en un tiempo y espacio determinado que no es el que estamos viviendo? Esa extraña sensación de, precisamente, extrañeza, pareciera que nos debilita, que nos deprime, que nos hace mirar la vida más como una coincidencia que como una realidad. «¿A dónde voy? ¿Qué hago? ¿Quién soy?» Hay quienes dicen que se llama a esto crisis existencial, sin embargo, me parece que en sí es un cuestionamiento más que esperable cuando la idea de un sentido se vuelve una obligación y no un placer. El placer de «agarrarle sentido» a la vida es algo que queda de lado ante las pretenciosas exigencias sociales hoy en día.

El exilio que elegimos

Curiosamente uno de los momentos en los que el ser humano también puede optar por un exilio voluntario, radica en el «hasta aquí», en el poner límites. Pensar eso muchas veces nos ocasiona demasiado conflicto y miedo a la vez. ¿Quién no ha pensado en dejar de formar parte de un grupo social? ¿De la familia? Es importante considerar que es cierto, que uno encuentra en la incomodidad el mejor pretexto para dejar de seguir así, sin embargo, no es fácil lo que hay que hacer para dejar de estar incómodos. Mas no imposible…

Hay quienes pueden pensar en lo anterior que se trata a una invitación a romper con lo establecido, y quizá así sea, porque después de todo, ¿quién puede afirmar sin temor a equivocarse que aquello que es «normal», aquello que es «lo correcto», es en realidad lo único que es «bueno»? Hay que pensar en que el exilio es siempre algo «que no deja ver otra posibilidad», pero de lo obligatorio a lo voluntario hay tanto que podemos aprender para dejar de engañarnos a nosotros mismos. Y uno de los engaños más crueles que tenemos en esta vida es el engañarnos a nosotros mismos con aquello de «hay que aguantar». ¿Quién por amor es capaz de permitir que le ultrajen, que le lastimen, que le humillen? «Aguantar» es una noción muy fácil de usar para los tiranos…

Un poco de claridad

«Hablar con poca claridad lo sabe hacer cualquiera; pero claramente, poquísimos».

-Galileo Galilei

Queridos(as) lectores(as):

En este encuentro, quiero compartir con ustedes la solicitud de Alejandro, quien escribe desde Perú: «Héctor, ¿cómo puedo tener claridad en las cosas cuando estoy lleno de dudas?». La claridad, vaya que es un tema a considerar y más en nuestros días. ¿Pero a qué se refiere el buen Alejandro? Cuando hablamos de «dudas», me parece, estamos hablando de cosas que realmente nos importan. Si no existieran, mucho me temo que las cosas serían tan pasajeras y tan aburridas que cualquiera podría seguir adelante sin detenerse a reflexionar. El hacer por hacer. Justo hace unos días, terminé de leer El desprecio (1954), novela del escritor italiano Alberto Moravia, en ella me topé con esto que me hizo apuntarlo en mi cuaderno de notas: «Cuanto más te invade la duda, más te adhieres a una falsa lucidez de espíritu, con la esperanza de aclarar mediante el razonamiento lo que el sentimiento ha vuelto revuelto y oscuro». El sentimiento y la razón pareciera que siempre están en conflicto. Y así es…

Sin embargo, el pensamiento es el amo y señor de las trampas en nuestro ser. Fuertemente influenciado por el inconsciente, el pensamiento nos puede llevar de un lugar a otro, pintarnos escenarios catastróficos y obligarnos a concluir cosas a veces de modo desesperado. Dirían por ahí, «sobre pensamos las cosas en exceso». ¿Pero no pasa igual con los sentimientos? ¿Acaso es fácil diferenciar las cosas? Entre el querer y el deseo hay brechas que después nos confunden demasiado. Por lo que me parece que la duda, lejos de ser algo «malo», nos permite detener todo y nos abre paso hacia el discernimiento.

De valientes y locos

Decía Aristóteles que «la duda es el principio de la sabiduría». Pero antes de seguir con esto, habría que recordar que la sabiduría no es otra cosa sino lo que hacemos con aquello que conocemos. El conjunto de conocimientos es algo que vamos logrando a lo largo de nuestra vida, sin embargo, de nada nos sirve «coleccionarlos» si no sabemos qué hacer con ello. En muchas ocasiones, nos hemos demostrado a nosotros mismos que no por mucho conocimiento que tengamos sobre algo, significa que sabemos exactamente sobre eso. Un poco confuso, pero vamos a hacer un pequeño esfuerzo: si yo sé que puedo ser diabético y al mismo tiempo disfruto de comer muchos dulces, de nada me sirve lo primero. Ojalá fuera tan sencillo, porque aquí no estamos hablando de pulsiones de vida (Eros) o de muerte (Thanatos).

«Cuanto más lo pienso, dudo…»

Por lo general, las más grandes dudas y donde parece que la claridad es un lujo yacen en los terrenos del amor. ¿Cómo saber si lo que siento por alguien es eso y no otra cosa? ¿Cómo saber si esa persona siente lo mismo por mí? Y muchas otras preguntas en las que no es tan sencillo encontrar respuestas. Y es que en el amor, tal parece, no hay tiempo. Esto nos lleva a pensar que quizá en los sentimientos al menos hay algo seguro: lo sientes o no. La cantidad de afecto o intensidad en el sentimiento es algo aparte. Pero si yo digo «es que me gusta esa persona», puedo estar seguro que es un hecho que me gusta. ¿Qué tanto? Es ahí donde la acción es necesaria para averiguarlo. Charles Bukowski diría que «hay que ser valientes para abrir el corazón y dárselo a alguien». El modo de salir de dudas en el sentimiento es permitirnos vivirlo… no hay más.

De dudas y certezas

No logro recordar dónde leí, ni quién lo decía, que «vivimos en una época de excesivas certezas». Lamentablemente fuera de contexto no hay mucho que decir, pero podríamos darnos la licencia de aterrizar dicha afirmación en cosas meramente prácticas. Es muy común el despreciar la tremenda capacidad de reflexionar sobre las cosas que hacemos día con día, en otras palabras, pareciera que hacemos las cosas más por inercia que por pensadas. ¿Por qué es que estamos tan seguros de las cosas que hacemos y del modo en el que las llevamos a cabo? ¿Qué nos dice la experiencia? Claro, que las cosas van en cierto modo bien. Pero hay un cierto deje de conformidad de no pensarlas hacer quizá de mejor manera. Estamos tan acostumbrados a un ritmo y a modos determinados que no vemos más allá de ello. Quizá tenemos demasiado certeza de que las cosas marchan como deberían, pero no del porqué. ¿Qué pasa si antes de hacer «lo de siempre» nos detenemos por un momento a pensar otras posibilidades? Hay quienes no podemos «vivir» sin nuestro café de la mañana, ¿pero qué pasaría si cambiáremos por un fuerte té negro?

Volviendo con Alejandro, más adelante me compartía que tenía dudas sobre su futuro profesional. Que por un lado tenía la presión familiar de seguir con el camino de la abogacía, por el otro tenía la curiosidad de la Psicología, pero también quería mucho inscribirse en Gastronomía. Siempre estamos atravesados por diversas estructuras que dificultan mucho la toma de decisiones, no cabe duda. Quizá uno de los cuestionamientos más crueles que solemos tener es el famoso «qué dirán» los demás. ¿Pero por qué dependemos tanto de la OPINIÓN de ellos? Es que quizá se enojan, quizá no les guste, quizá no sea lo que esperan de mí… En una ocasión platicaba con ustedes sobre el Ideal del Yo y del Yo Ideal, donde uno nos dirige hacia lo que otros esperan y el otro hacia donde nosotros queremos. En determinado momento hay un cruce de ambos: ¿y ahora? Hay que escuchar lo más que se pueda al deseo y tener claridad en el hecho de que, hagamos lo que hagamos, siempre habrá opiniones a favor o en contra de ello. Pero no podemos permitir que NUESTRA vida sea VIVIDA por otros. La mayor claridad que existe en nuestro actuar es que «no hay libertad sin responsabilidad». Uno elige, uno se hace cargo.

Saber tener claridad

Un querido maestro y amigo, el Dr. Jorge Morán (q.e.p.d.), decía: «¡Que haya luz, sin perder claridad!». A veces, el exceso de certezas nos hace perder claridad sobre las cosas. En un breve ejercicio, pensémonos en un cuarto en completa oscuridad, mismo que está repleto de muchos muebles y que nos tenemos que tratar de mover sin tropezarnos. ¿Difícil, no? ¿Pero qué pasa cuando en otra ocasión, recién abrimos los ojos al despertar y hemos descuidado dejar cerradas las cortinas? La luz entra de tal forma que nos obliga a cerrar los ojos, pues no tenemos claridad. Irónico, ¿no? Pensar que la luz es sinónimo de claridad es darse muchas licencias poéticas. Al contrario, hablamos justo de excesos. Ni muchas dudas ni demasiadas certezas, si no, ¿dónde queda el asombro? Por supuesto hay cosas en las que debemos estar muy seguros (condiciones médicas, cálculos para construcciones, etc.).

En Psicoanálisis, llegamos a entender que muchas veces las afirmaciones tales como «tengo tal», «soy tal», etc., son sólo «la punta del iceberg«. Es por ello que en la asociación libre vamos descubriendo pasajes que nos orientan hacia aspectos un tanto más reservados o privados, mismos que se han visto construidos por años de lucha contra el deseo, miedo a reconocernos, etc. Por eso es que es importante señalar que la claridad no es otra cosa sino un punto y aparte, que da paso hacia más y más dudas. De tal modo que no debemos negarnos el poder tener dudas de las cosas, de hecho, hay que ser claros y decirnos (aceptándolo) que siempre habremos de tener dudas. Es un proceso muy común que se llama «vivir».

Esa persona importante

«A lo mejor, la alegría sólo la viven los que son incapaces de definirla».

-Montserrat Roig

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días me llegó un mensaje por parte de Carol, quien escribe desde Uruguay. ¡Gracias por su generosa lectura de este espacio de encuentros! En el mensaje me compartía una inquietud que ha inspirado el texto de esta ocasión. Carol pregunta: «Disculpa, Héctor, ¿qué pasa con las personas especiales en nuestra vida? ¿Cómo estamos ciertos de que lo son?». ¡Qué preguntas! Espero poder aportar algo para intentar contestar.

Las personas importantes en nuestra vida van desde nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hermanos, aquellos amigos y amigas, aquella figura académica, etc. Son tantas personas en las que podemos depositar cantidades significativas de afecto y que se vuelvan en definitiva «importantes». Pero, ¿cómo nos damos cuenta de ello? Usando la sabiduría ancestral de lo simple: porque sonreímos sin necesidad de más. Tal como decía el novelista inglés, William Thackeray: «Una sonrisa es un rayo de luz en la cara». De repente, todo se ilumina.

Tiempos difíciles

No hay día en el que no nos enteremos de cosas tristes y dolorosas. Justo estas adversidades nos han hecho resignificar lo que consideramos realmente importante en nuestra vida. Enfermedades que surgen de la noche a la mañana, artimañas y crisis financieras, guerras, violencia… ¡Joder! ¡Qué tiempos para estar vivos! Y pues sí, en efecto, aquí seguimos, de un modo u otro, pero no se trata de hacer de nuestra vida un sinónimo de supervivencia. En la resignificación de las cosas realmente importantes, en un momento volteamos a ver a nuestros semejantes y en contados casos sonreímos sin más, a modo de una confesión silenciosa que dice «qué lindo, qué bueno, es estar contigo a pesar de todo esto».

¿Por qué pensamos que la persona importante en nuestra vida únicamente responde a una situación romántica? Claro, podemos verlo siempre de esa manera, porque de buena medida es algo que todos aspiramos, el tener a alguien que se vuelva nuestra inspiración y demás. No caigamos en temas de codependencia, eso lo dejaremos para otro encuentro. Pero sí debemos ser capaces de reconocer en el rostro de aquella persona la importancia que le brinda nuestro corazón. Calderón de la Barca decía: «Es parentesco sin sangre una amistad verdadera». Esa extraña sensación de familiaridad es lo que nos hace sentirnos seguros. Donde late el corazón a pesar de la ausencia, ahí es.

Reconocer y agradecer

Me es imposible evitar pensar que «¿qué pasa cuando esa persona importante ya no está más en nuestras vidas?». Esto se puede deber a muchos factores, pero los más comunes son el alejamiento, los mal entendidos, los pleitos, pero también ocasiones de pérdida tales como la muerte. De hecho, el fin de semana me puse a ver el stand-up de Franco Escamilla, Payaso, que inadvertidamente me soltó un golpe directamente al corazón. El comediante mexicano nos hace partícipes de su característico humor, pero al momento de ir cerrando, es ciertamente imposible sentir empatía al momento de verle quebrarse al contar lo que fueron los últimos días con su papá, quien recientemente falleció. Por supuesto que quienes hemos pasado por semejante pérdida, podemos reconocernos en ese relato.

Franco hace la invitación a que valoremos a las personas y que no nos quedemos con resentimientos y tonterías de ese calibre. ¿Por qué tenemos que esperarnos a perder a esas personas importantes para darnos cuenta de lo que realmente lo eran en nuestras vidas? Cada día que pasa, la tensión social se incrementa. Comentaba en mis redes sociales que estamos en un punto de histerización social muy preocupante. ¿Qué hacer? No es algo tan simple, pero podemos empezar por darnos la oportunidad de pensar más en el compartir. Hace unos días, mientras me tomaba un rico café cerca de mi casa, vi llegar a un joven que se veía notablemente preocupado; no pasó mucho y llegaron otros 2 a acompañarle. Apenas se levantó a saludarlos, el joven soltó en llanto. No pude evitar escuchar la conversación y él les compartía que se sentía lastimado porque «la chava que le gustaba, no era lo que esperaba» y que había soportado muchas cosas por parte de ella. El dolor del amor es inigualable. Muchos quizá digan que es una situación común la desilusión, pero es obviar las cosas que no son simples: cada dolor es valioso e importante y merece su escucha y acompañamiento. ¿Por qué si nos reunimos para festejar o divertirnos, no nos reunimos para consolarnos de los distintos avatares de nuestras vidas?

La sinceridad

Qué bonito es toparse con gente sincera, pero no de aquella que confunde la sinceridad con la ofensa y la grosería. Ayer, con una paciente, salió el tema de qué pasa cuando recibimos un Whatsapp preguntándonos «¿cómo estás?», y que por regla general solemos contestar «bien, gracias. ¿Tú?». ¿Qué pasaría si realmente contestáramos por como estamos? ¿Qué pasaría si yo contestara con un «estoy jodido, enojado, molesto, triste, deshecho»? La sorpresa se haría presente, sin embargo no sería novedad. Es decir, todos estamos pasando por momentos complejos de un modo u otro, afortunados quienes no o que están saliendo poco a poco de sus malestares. Pero cuando te topas con personas que no ven el caso en portar máscaras de aparente sanidad emocional, y que abren el corazón de par en par, quizá es que te has encontrado a alguien importante.

Muchos, quizá la gran mayoría de mis amigos que más amo, están lejos de mí. No hay modo de que los pueda ver como quisiera, pero el acompañamiento es incuestionable. Porque nada cuesta un minuto para estar al pendiente. ¿Por qué hablamos de «costos»? Es como aquella expresión que detesto que dice «valió la pena». ¿Acaso vale la pena ver a los amigos? Es tonto, pero lo usamos sin más.

Una persona importante, por ejemplo, es aquella que nos hace reír, que nos hace estar bien aunque las cosas estén fuera de control. Una persona importante siempre te da calma, pero no imaginamos cuánto contribuimos también a la suya.

Querida Carol:

Sin duda las personas importantes en nuestra vida son muchas, y a veces ni lo imaginamos. Pero lo que nunca debemos olvidar es que también lo somos para otras más, de un modo u otro. El valor de todo esto radica en el reconocimiento, no del miedo a la soledad, sino del amor por el compartir y acompañar. Pensar en las personas importantes en nuestra vida, nos permite contar nuestros latidos y darnos cuenta de lo importante que son. No hay uno sin otro. Te abrazo y deseo de corazón que todo sea para ti una experiencia que te permita aferrarte a la vida. ¡Resiste! Pero no dejes de compartir.

La batalla más dura

«En dos minutos me ha hecho usted feliz para siempre. Sí, feliz. Quién sabe, quizá me ha reconciliado usted conmigo mismo. Quizá ha resuelto mis dudas… «.

-Fiódor Dostoievski (Noches blancas)

Queridos(as) lectores(as):

Hace días que vengo pensando en este tema y en realidad no es nada sencillo, pero hay que seguir intentando. Desde hace varios años, la sociedad está muy acostumbrada a señalar, a ser la que juzga, a ser la que indica el camino correcto, etc. Sin embargo, ¿por qué pareciera que nos sirve más de pretexto que para una auténtica reflexión? Si bien es cierto que la sociedad erige cientos de normas y leyes para la «sana convivencia» entre los individuos que la conforman, ¿por qué es que no se genera también una posibilidad de sana relación con nosotros mismos?

No hay nada más fantástico e intolerable a la vez que el propio deseo. ¿Quién se sabe escuchar realmente y se deja llevar por lo que el deseo le puede llegar a pedir a gritos? ¿Es que acaso podemos realmente captar el mensaje que se nos está dando? Es difícil orientarse hacia la realización del deseo en tanto que muchas veces va en contra de lo que la sociedad determina. Ante algo así, ¿cómo poder asegurarse algo que, a nuestro creer, podría otorgarnos un cierto placer? Decía el Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». ¿Pero se puede hacer eso evitando las estructuras que nos atraviesan día con día?

El que calla, otorga

Siguiendo con el texto con el que empecé este encuentro, Noches blancas (1848), siendo uno de los textos más conmovedores del escritor ruso, Fiódor Dostoievski, hay otro cuestionamiento que me parece importante traer en estos momentos: «¿Por qué no decir sin rodeos lo que tiene uno en el corazón, inmediatamente, cuando sabe uno que su palabra no se la llevará el viento?». Es muy común el silencio en las personas por diversos motivos: falta de confianza, miedo, duda, nervios, etc. Bien decía Sigmund Freud que existe el miedo al fracaso, pero también el miedo al triunfo. ¿Qué pasa si lo que decimos nos garantiza lo que estamos buscando? Esto lo pienso específicamente en situaciones tales como una declaración de amor. De hecho, si no han leído el cuento de Dostoievski, me animo a decir que es justo un fascinante recorrido por la angustia de decir un «te amo» y sus consecuencias. No diré más, por favor, léanlo.

Muchas veces solemos decir que sabemos lo que queremos decir, sin embargo, por x o y razón no nos animamos a hacerlo. Insisto, hay muchos factores para entender eso. Sin embargo, no hay que descuidar que todo aquello que callamos y que se acumula con todo y su carga de afecto en nosotros, tarde o temprano el cuerpo encuentra la manera de gritarlo. La enfermedad es una de ellas. Ahora que lo pienso, cuando dicen «está enfermo de amor», quizá tenga mucho que ver con el hecho de la incapacidad de poder manifestarlo y todo eso se vuelve en su contra en una delirante situación que enferma y daña. «El que calla, otorga», dice el sabio refrán.

La batalla más dura

No hay nada más neurótico que batallar día tras día con uno mismo. «¿Haré esto o no? ¿Qué pasará si lo hago? ¿Y si no?… «, tantas preguntas desquiciantes que terminan por rendirnos ante la imposibilidad que surge de nosotros mismos hacia la misma posibilidad de vivir la vida. Y no, no es nada sencillo romper con eso. Por eso es que la batalla más dura es la que se libra contra uno mismo en la persecución inconsciente de nuestra propia libertad. Volviendo al tema del amor, ¿cuántas veces no nos hemos visto relacionados en situaciones así? Pienso, por ejemplo, en el legendario Cyrano de Bergerac (1897), del escritor francés, Edmund Rostand. Un hombre valiente, tenaz, con arte en la esgrima y en la batalla, poeta y filósofo, y condenado, no por su gran nariz, sino por el amor inconfesable hacia su propia prima, la hermosa Roxanne…

Escena de la película de 1990 de Cyrano de Bergerac

Lamentándose, el pobre Cyrano recita esto: «El alma que ama y revelarlo no osa, con la razón se encubre pudorosa. Me atrae un astro que en el cielo brilla; mido su altura, en mi ruindad reparo y, por miedo al ridículo, me paro a coger una humilde florecilla». Quizá el pretexto que podría poner el propio poeta era su enorme nariz, ¿quién podría amarle con semejante atributo? Pero no, lo cierto es que no es así. ¿Cómo podría –más bien– permitirse ser amado por Roxanne? ¿Quién se enamora de quién y por qué? A lo largo de esa hermosa historia, se nos demuestra que la bella mujer se enamora más y más de la prosa, de la expresión, de las palabras, de la hermosa conjetura de las palabras. Ciertamente, aunque el joven y apuesto Christian era «su caballero», ¿qué es de un cascarón sin su valioso contenido?

Más allá de uno (mirándose al espejo)

¿Qué es lo que hay ahí sino lo que hay? ¿Qué es lo que es sino lo que es? Preguntas muy filosóficas que nos obligan a preguntarnos qué es lo que nos limita realmente a ser sinceros con nosotros mismos y a armarnos de valor para expresar todo lo que sentimos, todo lo que callamos, todo lo que nos parece tan poca cosa para poder compartirlo. ¿Quién es capaz de brindar un valor cuantitativo al decir de cada uno de los hombres que habitamos este planeta?

Cyrano nos revela el significado del ser artista para los demás: «Cuando yo hablo, vuestra alma encuentra en cada una de mis palabras esa verdad que ella busca a tientas». A veces tenemos que hacernos con expresiones ajenas para poder encontrar la nuestra. El artista, el poeta, encuentra las palabras que nosotros no hemos podido, pero no es que hagamos uso de sus poemas para darnos a entender, para manifestar sutilmente nuestro sentir hacia otra persona, sino que nos ayuda a ejercitar nuestra alma y así ir fortaleciendo nuestro propio valor y a resignificar todo cuanto sentimos para compartirlo y permitirnos vivirlo.

La poesía, al final, es una herramienta para acceder a nuestro propio corazón para redescubrirlo.

Quizá podamos hacer algo más

Para Sofía

«El poeta debe ser un profesor de esperanza».

-Jean Giono

Queridos(as) lectores(as):

Qué días, qué días… Vaya que las cosas no son nada fáciles cuando nos sumergimos demasiado en la realidad. ¿Hay que alejarse de la realidad? ¿Acaso es posible? En buena medida y en sentido muy estricto, es imposible. Pero sí que podemos hacer algo al respecto: imaginar algo mejor. Si bien es cierto que el imaginar no hace que las cosas necesariamente cambien, también es cierto que nos da una suerte de consuelo el poder ver las cosas de una manera distinta.

Justo para este punto quiero compartir con ustedes una breve historia que encontré en mi librito consentido, El pequeño camino de las grandes preguntas, de Mons. Mendonça. En esta ocasión es sobre el poeta Tonino Guerra, quien fue prisionero de un campo de concentración. Llegado el día de Navidad, sin ningún rastro de empatía y con una gran desconsideración, les sirvieron una raquítica porción de cena. Él y sus compañeros, sólo podían recordar aquel maravilloso platillo al que estaban acostumbrados cenar en tal fecha: tagliatelle al ragù (ravioles a la genovesa).

«¡Podemos cocinar un plato de pasta con palabras! -al parecer fue Guerra quien lo empezó por sugerir-. ‘¿Cómo?’, quisieron saber. Atropelladamente, el poeta empezó a dar órdenes concretas: ‘Pon a calentar el agua. Tú, ve a buscar una cebolla. Deprisa, deprisa, fríela en una cacerola. Un diente de ajo. Tú, vigila el fuego. Busca cuatro cucharadas de aceite. Tú, trae carne picada. Un vaso de vino blanco, ¿dónde está el vino blanco? ¡Qué maravilla! ¿Os llega el olor? Traed sal y pimienta. La pasta está en su punto. Escurridla. Tú, tú, rápido, trae la salsa. Yo le pondré un toque, sólo un ligero toque de parmesano y… lista [aplaude]. Deprisa, deprisa, que cada no acerque su plato».

Para seguir con ese ejercicio, los demás compañeros acercaron sus manos a modo de concha para que les «sirvieran» el maravilloso manjar de letras, acto seguido comenzaron a «comerlo» con una alegría incomparable. Ya al terminar de servirle al último de los prisioneros, el primero preguntó: «¿Puedo repetir?».

Está lloviendo… saca el paraguas

El día de ayer, una paciente me decía que a ella le gusta que llueva para poder salir a caminar, pues es maravilloso para ella poder hacerlo en ese momento. Ahora que andamos en ánimo italiano, recuerdo la película La vita è bella (La vida es bella, 1997) del magnífico maestro de la sonrisa, Roberto Benigni. Justo también es sobre la historia del pesar de los desafortunados que terminaron en campos de concentración durante el periodo nazi en Europa. ¿Cómo hacerle para que un pequeño niño no tuviera que «vivir» las atrocidades de ese momento? A partir de la imaginación, del humor y la esperanza, el buen Guido Orefice hace que su pequeñito piense que se trata de un juego, en el que hay que ganar puntos. Así, el ganador tendrá de premio… ¡un tanque! No diré más sobre la película por si hay algún lector que todavía no ha podido, quién sabe cómo, ver tan hermosa película.

Jean Anouilh, escritor y dramaturgo francés, decía que «la vida es muy bella cuando a uno se la cuentan o cuando la lee en los libros; pero tiene un inconveniente; hay que vivirla». ¿Pero por qué afirmar eso con tintes tan pesimistas? En efecto, la vida no es algo que elegimos que sea como quisiéramos, en ocasiones sólo nos queda aceptar lo que es. Pero siempre tenemos la posibilidad de vivir de un modo en el que «mejor nos acomodemos». Quizá podríamos pensar en este punto que se trata de «tolerar» la vida, pero me atrevería a decir que no es del todo exacto, ya que más bien es justo «aprender a vivir a pesar de la vida». ¿Es que si llueve no puedes seguir tu camino? Cierto, no será tan fácil, pero no es imposible. Hay grados de dificultad que poco a poco se van superando.

¿Puedo repetir?

Regresando a la historia que compartí al principio, dime, querido(a) lector(a), ¿no se te antojaron esos ravioles? Si me dices que no, caray, lo siento mucho… ¡vuele a leerlo y ahora sé parte del relato! Y esa es precisamente la clave: sentirnos y sabernos parte del mundo, en su modo y en su rumbo. Decía el poeta español, Gustavo Adolfo Béquer: «El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo». Pero eso de «sacar un mundo» no es inventarse algo aparte, al contrario, es precisamente construir con el material que se tiene. ¿Qué podemos hacer cuando la ola del mar viene hacia nosotros? Podemos correr, podemos ir hacia ella, podemos dejarnos llevar. Hay alternativas, pero de que nos mojamos, nos mojamos. Hay cosas que son inevitables, pero podemos elegir cómo vivirlas de tal modo que encontremos algo que nos haga seguir.

Pienso tanto en la gente que está pasando por alguna calamidad en estos momentos, y me parece que es pensar por todos, porque por muy pequeña que sea, no dejar de ser algo que nos afecta. Por ello, para terminar este encuentro, te animo a que no te dejes convencer por aquello de que «no hay de otra», quizá lo que falta es que nos atrevamos a aceptar que quizá haya algo más por hacer. No renuncies a este a momento, vívelo con pasión (llora, grita, desespérate, pero hazlo de modo que no tengas que seguir haciéndolo después). Los momentos pasan, otros llegan, pero nunca hay que quedarnos con la idea de que estamos solos. Abre tu corazón, y encontrarás visitantes.

Y recuerda: tener esperanza es darle siempre oportunidad a la vida.

¡Ya no puedo!

«La vida es difícil, pero no importa»

-Etty Hillesum

Queridos(as) lectores(as):

He estado un poco inactivo en la página simple y sencillamente por lo mismo que denuncia el título de este encuentro. Tuve que tomarme unos días para descansar y reflexionar sobre varios puntos. Hace tiempo, una amiga de mi familia, me preguntaba que «¿cómo era posible para mí que no me afectara lo que escucho de mis pacientes?». Ciertamente no es que no me afecte, por supuesto que sí, de lo contrario no podría ni siquiera atreverme a ofrecer mi escucha a nadie. Pero, también es cierto, que hay que entender que muchas cosas no nos pueden afectar más que en el sentimiento y no dejar que nos quiten el sueño. Por supuesto que la empatía nos hace preocuparnos y despierta en nosotros un deseo genuino de que pronto puedan superar el mal momento que están atravesando nuestros pacientes, y existe un cierto consuelo que se comparte entre el ser escuchados por alguien sin ser juzgados y por el hecho de poder escucharles cumpliendo con una cierta fantasía de al menos poder ayudarles en algo.

Pero sí, la vida es difícil, cada día parece que hasta empeora. No se trata de ser pesimistas, pero los panoramas mundiales no son muy favorables. Sin embargo, NO IMPORTA. Etty Hillesum murió en Auschwitz en 1943, víctima del odio y la ignorancia. Pero ella, así como cientos de miles de personas que padecieron ese horror, siendo uno de los máximos fracasos de la razón, nos aportan semillas de esperanza que debemos siempre comenzar a sembrar para nosotros mismos.

A pesar de todo…

A Etty una vez le cuestionaron: «¿Cómo puedes pensar en flores en medio de un mundo en ruinas?». Esto porque ella estaba maravillada con un jarrón que tenía en el campo de exterminio, en el cual pudo ver fascinada cómo dos flores se abrían. Ella tenía las cosas claras: no puedes permitir que se pierda una porción de eternidad, por muy pequeña que sea, en lo que entiendes por realidad. Es decir, ¿por qué nos casamos con la idea de que todo está mal y que no hay alternativa de algo bueno? Pensar de ese modo, en efecto, es limitarse a un pesimismo que tiende a un fatalismo incurable. El dolor yace en la idea de que nada puede cambiar y que nos veremos atados a ello lo que resta de nuestra vida. Pero no es verdad…

Foto de Etty Hillesum

Recuerdo con especial cariño una vez que el dolor de mi entonces padecimiento me sorprendió a la hora de estar dando clases. De un momento a otro, mi expresión pasó a demostrarle a mis alumnos, quienes me veían asustados y preocupados, que ya no podía más. Uno de ellos, al ver cómo me doblaba del dolor, asustado salió a pedir ayuda. Llegaron entonces dos profesores y me ayudaron llevándome a la enfermería de la escuela. Resulta que, por error mío, no me había tomado la medicina y eso desencadenó la trágica escena. Me hicieron favor de conseguir que me trajeran el medicamento a la escuela y lo tomé en seguida. No pude continuar dando clases ese día.

Al día siguiente, ya recuperado y ahora sin haber olvidado la medicina, al entrar al salón, mis alumnos me esperaban ansiosos y preocupados. «Profesor -me dijo uno de ellos- le juramos que no nos aburre su clase, ¡pero no nos asuste!». Ese comentario me hizo reír. Era la manera con la que podían lidiar con el susto que les había metido. Después de bromearles un poco sobre lo ocurrido, procedimos. Me di la vuelta para escribir algo en el pizarrón y sólo pude escuchar un silencioso y comunitario «qué bueno que esté bien».

Estamos hartos

¿Cómo podemos esperar cosas buenas cuando hay tanta calamidad? Parece que estamos por momentos atrapados en un bucle donde no hay manera de salir. Como si sucedieran cosas bonitas para sólo esperar a que pase algo horrible. En México hay una expresión que me resulta jocosa, pero que expresa demasiado: «¡Ya chole!». Según el lingüista, Arturo Ortega Morán, el uso de eufemismos como éste se hace “cuando no quieres decir directamente la palabra porque puede resultar ofensiva». Por tanto, «ya chole», significa «ya basta». Pero entendamos que ese «ya basta», evidentemente se expresa con fastidio y frustración, por lo que la ofensa podría seguirle. Ahora bien, ¿cuántas veces decimos «ya chole con esto»? Todos estamos hartos, sí, bastante. ¿Pero de qué? De nosotros mismos.

¿Np te hartas de estar harto?

¿De nosotros mismos? Sí, así es. Entendamos que ese fastidio que manifestamos es porque «nos pasan las cosas porque somos unos idiotas (por no usar alguna expresión más fuerte)», «porque no sabemos poner límites», «porque confiamos demasiado», «porque nos hace falta malicia» y demás cosas que sólo nos hacen sentir peor. El mundo gira a pesar de nosotros. Es decir, no todo depende de nosotros y por supuesto no somos responsables, pero en buena medida encontramos ciertas conexiones para vernos inmiscuidos en ello.

En palabras de Etty, «el mayor robo que nos hacen, nos lo hacemos nosotros mismos». Muchas veces caemos en el error de querer cambiar pero para mal. «Ahora ya no seré buena persona», «¿Me quieren que sea cruel?, pues eso seré…», etc. ¿Por qué renunciar a lo mejor de nosotros mismos por culpa de quienes sólo manifiestan lo peor de ellos? Claramente uno siente que el mundo le falla, y es que hay demasiada expectativa. Nos olvidamos de la propia humanidad y de lo que ello significa, y entre lo que no debemos olvidar yace la posibilidad misma del error.

Aprender a ser amables

El escritor estadounidense, George Saunders, comparte lo siguiente:

«Cuando vuelvo la vista atrás, me doy cuenta de que he pasado la mayor parte de mi vida ofuscado por cosas que me apartaban de la amabilidad. Cosas como la ansiedad. El miedo. La inseguridad y la ambición. La convicción de que si consiguiese acumular -éxito, dinero y fama suficientes-, mis neurosis desaparecerían».

Justamente, el día de ayer desayunaba con mi querido amigo, Martín, y reflexionábamos sobre varias cosas. En un momento, compartí que «nos hace falta darle oportunidad a lo extraordinario». Al decir eso, bueno, nos pasamos como 2 horas debatiendo el tema. Pero a lo que yo me refería es que muchas veces pensamos que lo extraordinario, se trata de algo enorme, muy llamativo, algo que deja perplejo a cualquiera. Sin embargo, mi intención realmente era resaltar aquellas cosas sencillas que pensamos y que dejamos sólo en la ilusión o en la fantasía. Cosas que nos hacen conectarnos con nosotros mismos y que nos vinculan al mundo de la vida: salir a dar una vuelta, sentarse en una banca en el parque, comer un dulce, beber agua fresca, etc. Lo extraordinario es recordarnos que podemos seguir viviendo a pesar de las duras y complicadas circunstancias. Porque, sí, la vida es difícil, pero no importa.

Sonríe primero para ti

Por eso es que insisto mucho con el hecho de aprender a ser amables, pero empezando con nosotros mismos. ¿Por qué «pagar» tan caro las consecuencias de otros con nuestro propio castigo? ¿De qué nos sirve? ¿Para aprender por las malas? Definitivamente el error es un gran maestro, y la frustración también lo es pero sólo si la sabemos encaminar hacia una enseñanza bondadosa. Decía san Agustín: «Lo verdaderamente extraordinario del ser humano es que pudiendo hacer el mal, elige hacer el bien». Quizá la lógica del mundo sea algo «cruel y absurda», en sentido de que no se «recompensa» lo que hacemos como quisiéramos, pero lo cierto es que esos resplandores de amor y amabilidad que podemos dar al mundo en ruinas, pueden llegar a ser los nuevos cimientos de un mejor futuro para todos.

¡No te rindas! ¡Resiste!

Caminatas y nubes

«El arte nace de la observación y la investigación de la naturaleza»

-Cicerón

Queridos(as) lectores(as):

En los últimos meses he tenido la oportunidad de dar unos cursos relacionados con el arte, la emociones y el inconsciente en mi alma mater, la Universidad Panamericana. Además de tratarse de temas que me apasionan y que son parte de mis trabajos de investigación, me resulta maravilloso y muy enriquecedor la experiencia misma de compartir justo lo que esos temas despiertan en los participantes. No hay nada más bello que ver cómo alguien se conmueve ante una obra de arte. Un misterio fantástico y muy subjetivo.

En este encuentro, me gustaría compartir con ustedes algo que justo me ha pasado hace unos días durante una de mis largas caminatas. ¿Caminatas? Sí, cosa que siempre recomiendo hacer por lo menos unos minutos al día y de preferencia en solitario. No sólo por sus beneficios en la salud, sino por lo que se genera a nivel anímico. Las posibilidades son tantas y a la vez tan únicas que bien vale la pena desprenderse un poco del tedio de las labores y los estudios.

Caminos y encuentros

El antropólogo, David Le Breton, en su libro Elogio del caminar, nos dice lo siguiente:

«Caminamos sin necesidad de un motivo, por el placer de degustar el tiempo que pasa, para descubrir lugares y rostros desconocidos y también, simplemente, como respuesta a la llamada de la carretera. Caminar nos ofrece la tranquila posibilidad de reinventar el tiempo y el espacio, y por eso, experimentamos una alegre humildad ante el mundo».

Autores de la talla de Aristóteles, Spinoza, Kant, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, etc., dieron vital importancia a sus caminatas y a la profunda influencia de ello en sus obras. Un hecho tan sencillo y que nos vincula con los demás de una manera humilde y austera. ¿Cuántas veces no nos hemos dicho «voy a dar una vuelta para pensar más claro»? Sin duda hay algo en esa acción que nos posibilita el poder tener más paz y calma, sin importar qué tan rodeados estemos.

Tal como lo adelanté, hace unos días, caminando por la zona en la que vivo, llegué a una esquina donde yacía un pequeño niño, muy quieto y sereno, mirando el cielo. «¿Qué miras, peque? -le pregunté. Apenas movió su cabecita sin despegar la vista del ente celeste y me contestó: «Esas nubes… ¿no son geniales?». Acto seguido me puse a ver las nubes y escuchaba cómo el niño empezaba a compararlas con otros objetos: un avión, una espada, un elefante, etc.

Las nubes maravillosas

Justo ahora recuerdo que hace tiempo, cuando todavía estaba estudiando la carrera, compartí una foto en mi Facebook de una foto en la que decía yo que tenía forma de un anciano mirando el cielo. Un profesor me comentó: «Es bueno que tengas todavía la capacidad del asombro y que te detengas a mirar las nubes». La pregunta aquí es: ¿por qué ya no lo hacemos con tanta frecuencia? Los días están nublados desde hace unos años y las nubes se nos hacen tan distantes y, a veces, tan poca cosa, tan poco significantes para lo terrenal, para lo que estamos viviendo aquí y ahora. Y no es del todo cierto…

En 1862, Charles Baudelaire publicó El extranjero, donde encontramos esta belleza:

«-Dime. hombre enigmático, ¿a quién quieres más: a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano? […]

-Amo a las nubes… a las nubes que pasan… allá lejos… ¡a las nubes maravillosas!»

La sencillez de la vida pareciera que se va perdiendo con el paso de los años, pero lo que es un hecho, tal como decía Nietzsche, «la filosofía de la existencia se escribe con las manos y con los pies». De ahí la importancia de una alegre y grata caminata que nos permita recordar que el mundo está justo ahí fuera, esperando, diciéndonos «aprovecha». ¿Qué hacemos tanto tiempo pegados tras una computadora, un televisor, un celular, etc.?

¿Te has detenido a mirar las nubes? ¿No? ¡Mira que en verdad son geniales!