Shakira y la sublimación

«La desilusión no es más que la desaparición repentina de una certeza»

-María Aurèlia Capmany

Queridos(as) lectores(as):

Recientemente hemos estado escuchando y leyendo mucho respecto a Shakira y el tormentoso desenlace de su matrimonio con el ex-futbolista español (catalán para que no se enoje) Gerard Piqué. Esto no se trata de «echar el chal» (expresión mexicana que se refiere a estar contando el chisme), de hecho no sirve de nada hablar de más sobre cosas que se han presentado más que notorias. En el caso del ex-futbolista del Barça de España, se le ha visto «relajado» y como si no pasara nada, aunque claro, no han faltado las oportunidades para «bromear» o hacer algún comentario (in)oportuno respecto a lo que está pasando. Recordemos brevemente que la relación con la cantante colombiana llegó a su fin por una supuesta infidelidad por parte de él. Una relación que tiene de por medio a dos pequeños niños y años de aparente (y envidiable para muchos) estabilidad y «amor».

Lo que más ha llamado la atención es la manera en que Shakira ha encontrado y ha echado mano de ello para sacar y compartir el tremendo malestar emocional que carga. A ver, no se trata de ponerse de un lado ni de criticar los modos y las maneras, porque ya hay «bandos» que están a favor de uno o de la otra. No han faltado comentarios del tipo «hay que pensar en los niños que la han de pasar mal también». Me parece que ninguno de los 4 involucrados la pasa bien y cada uno lleva este proceso de duelo, porque es eso, a su modo.

Antología de la decepción

Si bien es cierto que Gerard Piqué no es exactamente un personaje muy querido por todos, ya que incluso tiene sus detractores en la propia comunidad culé, ningún personaje público está exento de la polémica. La propia Shakira ha sido objeto de ataques que van desde su físico, el cambio de estilo musical, los distanciamientos originales de sus primeras canciones hacia las nuevas exigencias de marketing, etc. Pero, una vez más, lo que más llama la atención es lo que su música ha comunicado muy recientemente. Se dice que el catalán le había estado «poniendo los cuernos» (siendo infiel) desde hace años. Aquí no se trata de que si lo sabía la colombiana o no, sino lo que las letras de sus últimas canciones Te felicito, Monotonía y ahora BZRP Music Session #53, están compartiendo con el mundo.

Como decía, ya existen bandos que atacan o defienden lo hecho por Shakira, sin embargo, hay que entender que, tal como decía más arriba, cada quién encuentra el modo de lidiar con procesos tales como el duelo. La cantante, y no es nuevo, justamente ha utilizado la música y su voz para ello. Eso se llama sublimar. Para Sigmund Freud, la sublimación es un mecanismo de defensa de la psique que facilita la transformación de nuestras pulsiones que están en conflicto hacia una realidad tangible, pero sobre todo, expresable. En el caso de la colombiana, todo el dolor, la tristeza, la desilusión y demás sentimientos negativos, en vez de que se tornen contra su salud mental, ella los proyecta en sus canciones. Ya lo decía, no es la primera vez que lo hace ni tampoco la única persona. Todos sublimamos constantemente los sentimientos que traemos atravesados de maneras distintas. De hecho, el arte es resultado de la sublimación.

Espejo de silencios

Ahora bien, apartándonos de la triste y lamentable situación que están pasando estos personajes, desde que salieron las primeras manifestaciones de lo ocurrido, muchas personas han ido «eligiendo» un bando, nada raro cuando se trata precisamente de situaciones y personajes públicos. Tampoco es tan superficial como mucho «intelectual» pretende sentenciar, ya que han habido casos en la Historia del Pensamiento en que grandes pensadores, hombres y mujeres, se han dado con todo con cartas, escritos, poemas, canciones, arte plástico, etc. Pero, ¿qué estamos expresando con ello? Un proceso muy interesante de identificación, pero lo que es todavía más interesante (y preocupante) es cuando uno aplaude, felicita, venera del personaje público pero que en su vida es incapaz de hacer. Por poner un brevísimo ejemplo: hay quienes están del lado de Shakira elogiando que «esté poniendo en su lugar a Piqué», pero que no se atreven a hacer lo mismo en sus relaciones con quienes les están haciendo pasarla tan mal.

Hay que considerar que estos fenómenos sociales funcionan como espejos de silencios en cuanto a quienes se ven reflejados en ellos. Y sí, es algo perfectamente normal y se le conoce como transferencia: depositamos algo de nosotros en el otro, aunque ese otro no sea precisamente en quien estamos pensando (inconscientemente). Hay quienes dicen «no te proyectes». Y sí, justo es la oportunidad de sublimar con halagos y/o quejas lo que estamos callando, defendiendo nuestra propia psique o mente, aunque no estemos haciendo realmente nada para cambiar las cosas. El otro, en este caso Shakira, pone las palabras y las acciones que no nos atrevemos a expresar o hacer por nuestra cuenta.

Ojalá que estos personajes encuentren pronto paz y calma, y que el duelo no les haga perder la esperanza.

La «molesta» fragilidad

«La fortuna es como vidrio: cuanto más brilla más frágil es»

-Publilio Sirio

Para V.

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días, tuve el enorme gusto de conocer a una persona a través de las redes sociales (en mi caso fue Instagram). Dos perfectos desconocidos que intercambiaban con exactitud el misterio y la incógnita, atravesada de la sospecha y, por qué no, de la inseguridad. Uno de los problemas más comunes de las redes sociales es que en realidad nunca se está del todo seguro con quién se está hablando, y ya hemos visto muchas cosas que tristemente han terminado muy mal. En fin, en este caso, un feliz encuentro derivó en una nueva amistad para mí.

Esta persona en cuestión, en un momento me hizo pensar mucho en algo que parece molestar, quizá sea la palabra equivocada, pero podría ser incluso «apenar» a los demás. Me refiero a mostrar o compartir la fragilidad. ¿Y pues por qué no? Al final de cuentas, en la sociedad tenemos ideas muy perpetradas que sentencian que la fragilidad es sinónimo de debilidad y, por tanto, oportunidad y/u ocasión para que los demás se aprovechen. Esta persona me decía que «tenía un corazón que le hacía llorar por muchas cosas». En México tenemos la expresión «corazón de pollo» (¿será que los pollos lloran todo el tiempo por cualquier cosa? Nunca me he detenido a verlos…). Pero, a diferencia de otros casos, esta persona lo decía con orgullo, cosa que me dio en verdad alegría, pues compartir esas fragilidades es tener la confianza y la seguridad de sentir realmente con el corazón sin preocuparse por lo que otros dirán. Ahora bien, haciendo un eco de esta situación de temer a mostrarnos frágiles, me parece interesante reflexionar sobre ello en este encuentro.

Corazones de cristal

Fue el escritor irlandés, Oscar Wilde, quien sentenció en su célebre y conmovedor texto, De profundis (1897), que: «El corazón fue hecho para romperse». Aunque en ese caso se refería a lo que era la vida de presidio, pues recordemos que él fue hecho prisionero en la época victoriana por el «terrible e imperdonable crimen» de ser homosexual, podemos darnos la licencia de tomarlo y proyectarlo precisamente hacia el ser humano a lo largo de su vida. «Fragilidad» tiene sus raíces latinas en frangere (romper, quebrar) e –ilis (que se puede), pero le sumamos el sufijo –dad (cualidad), así que significa «cualidad de poderse romper». Vamos a quedarnos un momento con esto de «romperse». El ser humano es muy dado a tratar de explicar sus sentimientos, pero lo cierto es que el lenguaje nunca será capaz de lograrlo al 100%, al menos no de la manera exacta que cada uno quisiera poder expresar. Pero es muy común que existan ciertas nociones que llegan a un tipo de acuerdo general para poder significar cosas, momentos, situaciones, sentimientos, etc.

Cuando hablamos de «romper» siempre viene a su vez una noción de destruir, de hacer pedazos, etc. Aunque lo verdaderamente fascinante es cómo ese rompimiento tiende a seguir fragmentando «al infinito» los pedazos del todo. Por eso, cuando decimos «estoy roto», el significado verdadero es tan amplio como abstracto. ¿Qué se ha roto? ¿Por qué se rompió? ¿Es que acaso no se tenía que romper? Es curioso que le damos más importancia a las cosas cuando se dañan, cuando se lastiman. Recuerdo hace unos años que platicaba con un alumno de que no somos conscientes de nuestro cuerpo sino hasta que nos pasa algo en él: un dedo roto, un brazo dislocado, una torcedura, etc. El problema con los órganos internos es que no los sentimos, pero eso no significa que no estén funcionando o que sí lo estén haciendo.

Sentirnos vivos

La fragilidad del ser humano nos recuerda precisamente nuestra propia humanidad. La idea falsa que persiste en nuestros días que «podemos y debemos poder con todo y contra todos», una vez más, no es sino un marketing cruel y despiadado que privatiza hacia el olvido nuestros sentimientos y nos hace hasta ponerlos en duda. Ser frágiles en una sociedad de insensibles es, hasta cierto punto, una ventaja que nos permite ser conscientes de lo que estamos viviendo y de qué manera lo estamos haciendo. Es un error suponer, además de un ingenuo estereotipo, que la fragilidad sólo es posible en las mujeres. En obras como Hamlet de William Shakespeare, encontramos cosas como: «¡Fragilidad, tienes nombre de mujer!». Pero, ¿qué no estará el bardo sino hablando de su propia fragilidad, de aquello que no puede hablar y solamente callar en doloroso silencio?

Confesar la fragilidad es reconocer los sentimientos más nobles de hombres y mujeres. Y en esa confesión no encontramos sino un acercamiento a una posible cura ante el malestar y el dolor de vivir en silencio, de callar justo aquello que lastima. ¿Por qué hay que ser fuertes y aguantar? ¿Por qué hay que rendirse ante el dolor? La auténtica rebelión del ser humano es la de aceptarse humano. Apartarse de un modelo robótico que torna en cifra insensible a un valioso ser que siente, que piensa, que vive…

Esta maravillosa y linda persona en un momento me pidió perdón por ser «tan llorona», a lo que le respondí que no había necesidad de pedir perdón por lo que es y por lo que le hace ser sincera consigo misma. La autenticidad de la vida comienza por no negar las propias lágrimas, ya sean tristes o por una inmensa alegría.

La frustrante frustración

Queridos(as) lectores(as):

Espero que sea el inicio de un gran año para todos nosotros y que logremos lo posible. Como ya saben, he empezado a hacer dinámicas en mi cuenta de Instagram (@HCHP1) para ver sobre qué temas les gustaría que abordáramos en nuestros encuentros, y siguiendo con ello, pidieron que les hablara sobre la tolerancia a la frustración. ¿Qué es exactamente la frustración? Pero, más importante, ¿por qué nos frustramos?

Empecemos por conocer la etimología, que quienes ya están acostumbrados a la lectura de esta página, saben y comprenden que siempre es clave para poder entender las nociones. Viene del latín frustratio, frustrationis, que nos dice que se trata de llevar a alguien al error, a la decepción y/o a la equivocación. A su vez es nombre de acción y efecto del verbo frustrare, que es equivocar, estar engañados, tergiversar), pero su derivación viene del adverbio frustra, que es aquello que es vano o inútil.

Tiempos y resultados

Justo hace unos días platicaba con unos amigos sobre cuando éramos niños y teníamos que ir con nuestras madres a la estética, al banco, al médico o a cualquier lugar que supusiera tener que esperarlas. Lo que bien podría ser cuestión de minutos o quizá una hora a lo mucho, para un niño puede tratarse de una eternidad. Albert Einstein explicaba la relatividad del tiempo, y los niños lo comprobaban. Y es que las acciones eran totalmente distintas: por un lado, el lapso de tiempo era diferente para la madre que se ocupaba y el niño que esperaba. La acción es el quehacer, la espera es el no-quehacer. Por eso es que en aquellas épocas, las madres solían advertir a los niños que llevaran algo (un juguete, un libro, colores, etc.) para que se entretuvieran «en lo que esperaban». Claramente hay generaciones cuyas elecciones eran diametralmente distintas, ya que en algunos casos existía el privilegio de llevar videojuegos. Pobre del niño que olvidara su divertimento en casa. La desesperación se volvía una sentencia, y sólo quedaba «esperar desesperados». En cierta medida, esas generaciones nos fuimos preparando de manera inconsciente a resistir y aguantar la frustración de no poder hacer nada más. Sin embargo, de un modo u otro, los niños se las arreglaban con algo que veremos más adelante…

Hoy en día, la tecnología y las nuevas crianzas, aseguran que un niño de privilegios no se aburra, no se desespere, pues se les da el celular, la tablet o algún otro dispositivo digital para que «no estén molestando» y en esto está la clave para entender un rompimiento relacional de los padres con sus hijos. Solemos ver que la interacción empieza a quebrarse, y las pantallas dividen, separan, teniéndolos de frente. Pero, ¿qué pasa si no hay con qué entretener a los peques? Ya hablamos de dos desesperaciones distintas y el malestar se agiganta. La frustración deriva entonces en el fracaso, en el «no hay de otra, pero, ¡exijo que haya de otra!». Y la realidad es que sí la hay, pero resulta inconveniente que los niños (y muchos adultos) ya no cuentan con un factor que generaciones atrás sí: la imaginación. Y los problemas, ridículos pero en demasía incómodos, se vuelven enormes.

Vivir el momento tal y como es

Hay que tener claro algo: cuando las cosas no salen como las esperamos, nos frustramos. Es perfectamente entendible y, por qué no, natural. Un profesor en la carrera nos decía que «la Filosofía es una herramienta para lidiar con la frustración». ¿A qué se refería con ello? Primero hay que recordar que la Filosofía precisamente es un modo de vivir. Eso de «mi filosofía de vida» es una narrativa posmoderna que pretende que suene muy profundo el decir «yo vivo así». Nada más. Pero resulta muy frustrante cuando ese «modo de vivir» no da resultados realmente buenos. En fin, no entraré en esa discusión en este encuentro. Poder lidiar con la frustración es entender que NO ES TODO, que se trata de un momento y de una situación que NO DETERMINA lo demás. Pero, cuidado, no caigamos en la terquedad de tener ese pensamiento mágico de «si niego la frustración, no existe». Por favor, no lo hagamos.

El primer paso para lidiar con la frustración es aceptarla. Ya que de no hacerlo, caemos en un círculo vicioso de intento de auto-superación que lo único que genera es más y más frustración sin poder salir de ello. Como todo sentimiento, la frustración debe saberse controlar y administrar. Segundo, hay que evitar a toda costa ver cosas donde no hay, es decir, cuidado con la expectativa. Muchas veces pecamos de un optimismo o de una negatividad tal que los llevamos al extremo. Hay que abrazar la idea de que las cosas son como son (ojo: no como deben ser, porque eso es comprar una cierta expectativa y negar toda posibilidad de cambio).

Aquí la pregunta que debemos hacernos es: ¿de qué manera VIVIMOS las cosas? Cuando aprendemos a lidiar con lo que no podemos controlar (al menos no del todo), logramos convertirnos en observadores en lugar de ser simplemente los sujetos pacientes de las mismas. Por poner un ejemplo: cuando vamos manejando y hay mucho tráfico, en ese momento, ¿qué podemos hacer? Tocar el claxon de manera desesperada, decir una y otra grosería, no hará que los demás coches desaparezcan de manera mágica. Lo único que queda es aceptar lo que está sucediendo, quizá poner algo de música que nos ayude a relajarnos, aprovechar y hacer alguna llamada, etc. ¿De qué manera vivimos el momento? Se trata de aceptar y reconocer que hay cosas, momentos, personas, que no podemos controlar sin más. Pero a nosotros mismos sí y ver qué está en nuestras manos para lograr otras cosas. ¿Qué vida ponen a su tiempo?

Ejercitar la virtud

La frustración es un sentimiento que sólo empeora la condición. Es por ello que a nuestro rescate vienen las virtudes, mismas que solemos olvidar o que nos hacen olvidar. Virtudes tales como la paciencia, la prudencia, la amabilidad y, por qué no decirlo, incluso la caridad, son las que más nos pueden ayudar en los tremendos momentos de frustración. Hay que aprender a anticiparnos a las cosas, pero sobre todo, darnos cuenta que siempre hay algo que podemos hacer para ayudarnos en momentos complicados. Y no olvidar, sobre todo, que no estamos solos, siempre podemos contar con algún familiar, algún amigo, pero también con profesionales de la salud mental realmente capacitados.

Ejercitar la virtud es lograr apuntalar hacia la meta que no es otra que aprender a encontrar calma en medio de la tormenta. La frustración es un engaño en sí mismo, es un pensamiento que se empecina en nublarnos la mente. De hecho, también hay que aprender a decir «hasta aquí», en sentido de que muchas veces estamos muy sumidos en cosas que nos estresan y frustran. ¿Por qué no poner pausa? Salirse a caminar un rato, leer un libro, ver alguna serie, relajarse, hacer algo de meditación, orar, platicar con algún amigo, comer algo rico, etc. No sé… imaginar es gratis…

Festividades distintas

Queridos(as) lectores(as):

Los días están llegando y con ellos el fin de este año. No había podido sentarme a escribir, pero quiero aprovechar esta oportunidad para compartir con ustedes una reflexión respecto a las festividades que estamos celebrando o por celebrar. Definitivamente, al hablar de diciembre, por lo general lo hacemos desde cierto optimismo, con determinados colores y sabores, alegría, esperanza y demás sentimientos relacionados con el amor. Y eso es bueno, después de todo, la vida sigue y hay que seguir edificando caminos hacia cosas mejores.

Sin embargo, es un hecho también que descuidamos el sentido trágico de la vida y lo que ello significa. Para muchas personas es bien sabido que diciembre no es exactamente su mes favorito: hay tristeza, dolor de ausencias, soledad, sentimientos que acarician las más profundas desolaciones y demás. A veces, una festividad no es del todo bien recibida, y no somos quiénes para juzgar. Antes bien, hay que saber ver esta realidad, no desde el absoluto que podemos ser para nosotros mismos y decirles a estas personas cómo deberían sentirse. Eso es tan absurdo y tan inútil. Es importante saber estar, recordar también la parte difícil que los creyentes olvidamos de aquella noche fría para unos padres y su bebé. ¿Por qué nos olvidamos que no todo es risa y diversión? También hay que pasar por momentos complicados, y por ello es que «existir es compartir». ¿Compartir? Sí, unos con otros.

En algún lugar en Palestina

Para muchos(as) de mis lectores(as), es perfectamente entendible que yacen dentro de una estructura social judeo-cristiana, es decir, somos occidentales y nuestras culturas, por muchas diferencias que haya en sus expresiones, comparten una base innegable. Se sea creyente o no, no podemos descuidar el tremendo valor simbólico de la Navidad, que en su espíritu universal nos invita a dejar a un lado las diferencias y unificarnos en un profundo deseo de paz y amor para el mundo. Por el lado creyente, es tener presente cómo un pequeño bebé llegó a este mundo para precisamente dar la esperanza de amor, donde quienes fuesen enemigos se volvieran amigos y donde las diferencias enriquecieran todo. ¿Pero es posible hablar de ello cuando dejamos que los prejuicios y los ecos del rencor y la ignorancia determinen nuestro pensar y actuar?

Trato de pensar en aquella noche fría (que si bien fue establecida durante un Concilio) no deja de ser un hecho que las dificultades son reales. ¿Imaginan a dos padres buscando un lugar para pasar la noche fría con su pequeño en brazos? Hoy en día hay muchas personas en las mismas circunstancias en la calle, y no sólo perros o gatos, sino que hay humanos, hay personas que tienen frío, hambre, y la mirada consumida por la desesperanza. ¿Dónde yace entonces su Palestina? ¿Dónde hay un lugar en nuestros corazones para ellos? Pero, como decía al principio, no sólo son unos, sino que hay personas aún más cercanas que tienen la mirada perdida en una profunda tristeza. ¿Podemos acercarnos a ellos y abrazarlos con total amor y sin «deber ser»?

Un tipo de alegría especial

Seguimos viviendo, por desgracia, los estragos de la pandemia mundial de COVID-19. En Ucrania una guerra sin sentido, en África persecuciones religiosas, en América Latina gobiernos que desestabilizan a sus poblaciones, etc… El mundo es un hervidero de cosas lamentables, es por eso que estas festividades deben ser distintas y marcar nuevas rutas. Como hemos visto, las diferencias suelen usarlas como armas, como propagandas ridículas que distancian los corazones, lejos de unirlos y fortalecerlos. La esperanza del mundo radica en la posibilidad que tenemos de ver con nuevos ojos aquello que por sí mismo ya no lo es, pero recuperar la capacidad de asombro debería ser nuestra ocasión para descubrirnos, frente a frente, recorriendo juntos este mundo. Dejar los prejuicios a un lado y abrazarnos como hermanos. Como personas que sienten, que sonríen, que lloran, que sufren, que gozan, que disfrutan… que se sienten solas. Somos soledades que nos encontramos.

Te dirijo estas palabras a ti, seas quien seas:

No puedo dimensionar lo que estás pasando, lo que tiene a tu corazón frío y con tristeza, pero te puedo asegurar que no estás solo(a). Siempre habrá quien esté dispuesto a ofrecerte un cálido abrazo, a hacerte sonreír. A veces hay que buscar, pero también hay que dejarse encontrar. Si no te hablan, habla. No esperes lo que quieres, sino aprende a recibir lo que necesitas. Encontrarás mucho cuando dejes de fijarte sólo en la puerta y recuerdes que también hay ventanas. Quizá haya dolor, tristeza, falta de esperanza por el porvenir, pero mira que el sol siempre sale. Sé que es una frase auto-motivacional y que puede ser un cliché, pero es cierto. Te abrazo con todo mi amor y deseo que poco a poco recuperes esa alegría, esa emoción y, sobre todo, la pasión por vivir. Date la oportunidad de vivir una vida en la que las cosas siempre sirvan para edificar tu vida, y cuando estés por rendirte, recuerda que hay cruces que se cargan, pero siempre llega alguien, quizá un perfecto desconocido, a ayudarnos.

¡Feliz Janucá!

¡Feliz Navidad!

¡Feliz Año Nuevo!

Dios te sonría, que la vida te sorprenda, y que seas la fantástica persona que eres, pues te queremos aquí con nosotros, ¿quién sería capaz de ocupar tu lugar? ¡Nadie!

¡Gracias por seguir! ¡Resiste!

Nos estamos encontrando luego.

Héctor Chávez Pérez

Chantaje emocional: el amar hasta doler

«El hombre poco claro no puede hacerse ilusiones; o se engaña a sí mismo o trata de engañar a los demás»

-Stendhal (Henri Beyle)

Queridos(as) lectores(as):

Primero, antes que nada, quiero agradecer a quienes participaron en la dinámica sobre el tema a tratar en este encuentro que puse en mi cuenta de Instagram (@HCHP1). Pero, ¿por dónde empezar a tratar este problema? ¿Qué les parece que empecemos por reflexionar sobre el amor? Amor viene del indoeuropeo amma (voz que llama a la madre) y luego del latín amare (ofrecer caricias de madre). Cabe señalar que en esta etimología hay muchas ramas, pero no podemos hacer de este encuentro un clarificador total. Quiero que nos quedemos con esto que les he compartido. Lo importante es la presencia de la «madre» en ambos actos (llamar/ofrecer). Recordemos que el primer amor en nuestra vida es nuestra madre, así que podríamos entender que el amor a partir de ella es la búsqueda de lo «perdido». Es ofrecer, sí, pero también lo que se busca recibir.

Sin embargo, no podemos perder el piso cuando vemos que en el amor hay abusos particulares y subjetivos, donde se proyectan los miedos e inseguridades, no hablemos de odios, desprecios, dolores y, por qué no, faltas. Por eso es que es posible hablar de «el dolor de amar», pero no lo confundamos con «amar hasta doler». Si nos enfocamos en el amor, es necesario que podamos identificar los tipos que pueden existir, y para ello, creo que es importante aterrizar en un diálogo platónico, en esta ocasión nos puede aportar mucho el Banquete y, más adelante, tener con qué relacionarlo con el chantaje emocional.

Platón y el amor

Antes de hacer esta revisión, recordemos que para el filósofo griego, la primer aproximación al amor la encontramos en el Lisis, donde a grosso modo, se entiende que amor es «desear que la persona amada sea feliz, lo más posible». Pero esto se puede volver un verdadero problema inclusive hermenéutico (interpretativo). Es por eso que las reflexiones que encontramos en el Banquete nos pueden ayudar un poco más. Se desarrolla en la casa de Agatón, lugar en el que se hacen varios discursos para abordar el tema del amor. Vayamos viendo de qué tratan:

Fedro: Eros como divinidad más antigua. Eleva al hombre hacia grandes metas y lo aleja de cosas malas.

Pausanias: habla de dos Afroditas (Pandemos y Celestial). El primero se centra en lo material y que hace que el ser humano busque la realización de su fin sin preocuparse por el proceso. El segundo apuesta hacia el perfeccionamiento de lo moral, por lo que el ser humano da importancia a la Filosofía y a la educación física, así, se forja la sabiduría y el valor.

Erixímaco: Eros es doble, en sentido de que habla de armonía y ritmo. Lo identifica con la fuerza universal de la naturaleza.

Aristófanes: originalmente existían tres tipos de seres humanos, con órganos duplicados. Los machos, las hembras y los andróginos. En su arrogancia, conspiraron contra los dioses, siendo castigados por el todopoderoso Zeus, consciente de no poder eliminar a los humanos pues estos los adoraban, los parte en dos. Esto hace que «se busque a la otra mitad».

Agatón: Eros es poseedor de grandes virtudes (belleza, juventud, valor, sabiduría, etc.). Inspira y alienta toda poesía. Lo ve como un contrario de la maldad. Su hogar es el alma de los seres humanos.

Sócrates: Eros parte como una necesidad que se orienta hacia una meta, relacionándose con el deseo (exigencia). Es el anhelo perpetuo de lo bello y de todo aquello que sea bueno. Es un puente. Eros es un daimón (digamos, espíritu) que comunica lo divino a lo humano. El amor es rico (Poros) y pobre al mismo tiempo (Penia). Es creador de belleza, tanto en el cuerpo como en el alma.

El amor como arma

Una vez visto lo anterior, vamos a centrarnos en el chantaje. Primero, hay que buscar siempre tener claridad en nuestra falta, de ese modo no tenemos nada que ocultar. Pero no sólo eso, sino que con ello tendremos seguridad de no estar ofreciendo a un otro malicioso la herramienta, o el arma, que pueda usar contra nosotros aprovechándose de cualquier oportunidad que logre captar. Chantaje viene del francés chantage. En un sentido plenamente argótico, la expresión faire chanter (chantajear) habla de «torturar al reo para que confiese sus faltas». Ahora, ¿qué nos dice el Diccionario de la Real Lengua Española sobre el chantaje? Esto: «presión que mediante amenazas, se ejerce sobre alguien para obligarle a obrar en determinado sentido». ¿Ven cómo tiene sentido pensar en la falta que tenemos? Al abrirnos al otro, a quien «amamos» y que parece que «nos ama», le exponemos nuestra falta. De ahí que se vuelva una herramienta, un arma que puede ser usada en nuestra contra.

El acto violento es en sí una confesión de la carencia de amor en la vida del agresor. Así, el chantaje es el uso de cualquier medio para ejercer control o poder en alguien, justificándolo con una causa o intención amorosa. Es hacer uso de la falta descubierta para lograr un fin sin considerar el proceso (Pausanias, Pandemos). «Es que lo hago porque te quiero, porque me importas, no hay nada ni nadie más que tú para mí», esto nos hace pensar en Fedro. Pero no hay ni armonía ni ritmo, porque sólo hay un beneficiado (anti-Erixímaco). «Si no te parece, me voy, a ver si encuentras a alguien que te ame o que le importes tanto como a mí» (anti-Aristófanes, «tu otra mitad soy yo, no estarás nunca completo(a) sin mí»). «A ver quién te quiere con tantos defectos que tienes, ya verás que sólo yo te acepté y amé así como eres» (anti-Agatón).

Vivir sin chantaje

Si abrazamos lo expuesto por Sócrates y que a su vez lo expuso Platón en el Lisis, que grosso modo el amor apuntala siempre hacia lo mejor, hacia lo bello y hacia lo bueno, ¿por qué quedarse con quienes denigran, tratan mal, humillan y violentan con el discurso degenerado de «lo hago porque te amo»? El amor, una vez más, puede doler por todo lo que implica, pero no se puede apostar nunca por un «amar hasta doler». De este modo, el verdadero amor apuesta siempre por la dignidad del «bien amado», en el estricto sentido de que jamás se hará algo que pueda lastimar, dañar, perjudicar o joder al ser amado.

Por ello es que hay que amarse a uno mismo primero, saber establecer límites. Quizá con ello, tal como vimos en un encuentro anterior (Edificando muros) se «pierda» a muchas personas en el proceso, se terminen alejando y demás, pero es algo necesario en la búsqueda de un amor digno, de un saberse dar el lugar justo y generar el respeto obligatorio hacia nuestra persona.

El amor siempre llama al amor, no tengamos miedo en seguir esperando.

Ven, preparemos un mate

«La paciencia es amarga, pero dulces son sus frutos»

-Jean Jacques Rousseau

Queridos(as) lectores(as):

No, en este encuentro no les voy a enseñar cómo preparar un delicioso mate. Sin embargo, me parece que puede resultarnos de mucha ayuda lo que preparar un mate nos enseña en realidad. Mi mamá era una persona que disfrutaba mucho del mate, tanto así que me contagió el gusto por el que muchos amigos sudamericanos, especialmente argentinos y uruguayos, bien tienen el tiempo necesario para ello. Ella me decía: «Ven, preparemos un mate. Pero no tengamos prisa en ello». ¿Qué significa eso? Quizá haya quienes no tienen idea del mate y todo el ritual que conlleva prepararlo. Vamos a quedarnos con eso: el ritual. No es nada más echar la hierba a la calabaza o a la taza (que se conoce también como mate o matera), ponerle agua caliente y beberla. ¡Por supuesto que no! Hay que saber hacerlo, con tiempo sobre todo. Un ritual nos habla mucho de las intenciones, y cuando hay de por medio un proceso de calma y paciencia, es justo donde tenemos que detenernos.

Mi mamá también decía: «Cada quien prepara su mate, nada de andar metiéndose con el mate ajeno». Pero vamos a recuperar una noción que dije arriba, es decir, paciencia. Y como ya es costumbre en este espacio, habrá que abordarla desde su etimología. Paciencia viene del latín patientia, es decir, «cualidad de aquel que sufre». Sin embargo, iremos un poco más atrás en el tiempo para recaer en el mundo griego, y es aquí donde se pone interesante. Los griegos conocían dos palabras, de las cuales «preferían» más hupomonē, misma que se orienta hacia una virtud personal que «conlleva una resistencia valiente que desafía al mal». Más adelante hablaremos de esto. La otra palabra es makrothumia, misma que más bien la encontramos a partir de la influencia cristiana, de la cual san Pablo nos explica se trata de «esperar tranquilamente a cuando se pueda hacer algo».

¿Esperar tranquilamente?

Me parece que esta invitación, sobre todo en nuestros días tan desesperantes y desesperados, podría ser algo muy «prohibitivo». ¿Quién tiene el tiempo para esperar tranquilamente? Es decir, muchas veces estamos en situaciones en las que no podemos esperar a que las cosas pasen, que «fluyan», así sin más. Hay que hacer algo y ya. Sin embargo, ¿qué significa eso de «hacer algo»? Muchas veces, en nuestra ilusión de control, perdemos la realidad con ello. Hay momentos en los que, por alguna extraña razón, pretendemos tener o ser la solución para algún problema. Narcisos, narcisos… Y pues no es cierto. Justo, en el fortalecimiento de la vida interior y de la persona misma, la virtud de la humildad nos ayuda a ser conscientes de lo que sí está en nuestras manos y de lo que no. En esto, tendríamos que encontrar ejemplo en los grandes estrategas militares de la Historia, quienes tenían que saber «ver de más» durante las batallas para poder hacer los movimientos pertinentes. Nunca se ganó una guerra actuando como simios rabiosos, porque cuando sí pasó, las consecuencias fueron desastrosas incluso para los «ganadores».

Al tratar la makrothumia como aquello de esperar tranquilamente, podemos perder el piso. Es decir, no se trata de no hacer nada, sino al contrario, es saber esperar para poder hacer algo bien. Y esto, por supuesto, va de la mano con nuestra famosa y querida prudencia. El esperar es hacer algo vital, es poder tener tiempo, poder analizar las cosas y no actuar a lo salvaje. Ahora bien, volvamos a hupomonē. Imaginemos a un soldado, ahora que hablamos de batallas, que se encuentra herido, pero que no puede quedarse a esperar que alguien lo salve. Hay que resistir y seguir combatiendo. Evidentemente no será lo mismo, sin embargo, ese tipo de paciencia «centra» al sujeto en el «no hacer de más cuando no se puede». ¿Cuántas veces, el actuar de manera impaciente, lo hacemos sin pensar y sólo encontramos la derrota, el fracaso o incluso un dolor innecesario? La combinación de ambas nociones es necesaria para poder entender y comprender que paciencia significa «date tu tiempo», «sé consciente de ti», «haz lo que puedas con lo que tengas», etc.

«Si no tiene comezón, no se rasque«

Siempre recuerdo con especial cariño, y profundo agradecimiento, esta sencilla frase que un profesor en mi alma mater nos dijo en un momento determinado. Es decir, ¿cuántas veces hacemos nuestros problemas que son ajenos? Sí, en buena medida el amor, la empatía y el deseo de ayudar puede hacer que caigamos en la desesperación de querer solucionar problemas que no son nuestros. Una vez, mi mamá estaba preparando su mate y yo vi que «no le había puesto suficiente» hierba. Por lo que en lo que ella estaba supervisando el agua mientras se calentaba, yo le puse más a su mate. Cuando ella vio eso, me dijo «no, espera, no hagas eso, no es como me gusta a mí». Después me explicó que ella disfrutaba su mate de modo que se fuera «diluyendo» a su tiempo y a su ritmo, porque ponerle más hierba haría que el sabor se concentrara mucho y ya no sería de su agrado.

Muchas veces pensamos demasiado por los demás, partiendo de nosotros mismos como un absoluto. «Es que yo pienso que esto debería ser así», «es que yo hago las cosas de este modo», «es que a mí me gusta esto de esta manera», etc. Sin embargo, cometemos la imprudencia de olvidarnos del otro, por irónico que nos resulte. La paciencia nos ayuda a mirar el mundo y a saber participar en él. No es algo malo preocuparse por los demás, pero si retomamos la forma en la que nos expresamos, quizá podríamos encontrar mejores formas de hacer las cosas. Es decir, recordemos que vivimos en un mundo de la opinión, en la que cada uno habla y aporta desde su experiencia. Pero no olvidemos que aunque haya eventos o cosas que sean «parecidas» a las que ya hemos experimentado, no significa que el otro participe de ello de la misma manera, porque las circunstancias no son necesariamente iguales. Por eso, insisto en una frase mía: existir es compartir (experiencias).

¿Por qué visitar el diván?

«Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla»

-Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

«Disculpe, ¿cómo sé que necesito terapia?», así comienza un mensaje que me hace llegar Mauro desde Argentina. Su inquietud es perfectamente entendible y me parece que es la pregunta que muchos se hacen pero en silencio, como si no quisieran enterarse. Cabe señalar que, hoy por hoy, las resistencias hacia la psicoterapia, no se diga al psicoanálisis, entorpecen mucho el camino del sujeto, porque también es importante señalar que dichas resistencias en muchos casos, si no es que en la mayoría, provienen siempre de un tercero. Por ahí podríamos comenzar: ¿Para qué ir a terapia/análisis si me están diciendo que no lo necesito? La importancia de la opinión ajena pesa a modo de ley. Sin embargo, regresando a la pregunta de Mauro, habría que decir que uno nunca se analiza por necesidad, sino por querer hacerlo, por responder al deseo.

Fue la escritora francesa, Marguerite Yourcenar, quien dijo: «El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez uno echa sobre sí una mirada inteligente». ¿De qué sirve ir por la vida siguiendo los caminos que se nos han señalado sin preguntarnos por qué? Es decir, la vida la solemos apreciar desde una perspectiva única, algo demasiado lineal, donde hay un inicio y un final. Pero pareciera que es algo que priva de otras cosas, entre ellas la posibilidad misma. ¿Y cuál es una de las posibilidades primigenias? El poder ser, llegar a ser… para seguir siendo. Sin embargo, cuando no hay inquietud por conocerse, no podemos esperar sino un desfile perpetuo de maniquíes.

El quehacer psicoanalítico

Sin lugar a dudas es un tema muy extenso y que nunca nos alcanzaría este espacio para poder resumirlo de una manera tan fiel y segura. Pero podemos hacer un brevísimo intento de explicar lo que es ir a analizarse. Antes que nada, hay que sostener que se trata de acudir a un encuentro entre dos inconscientes, el del psicoanalista y el del paciente (analizando). Es decir, son dos intimidades que se concentran en una sola. Un espacio personal y seguro, donde uno «puede ser lo que es sin necesidad alguna de ocultarse», como suele hacer el resto del día. No debe existir el temor a ser juzgados, pues nadie hace tal cosa ahí. De hecho, es importante señalar que el psicoanalista NUNCA opina u ofrece consejo alguno sobre qué debería hacer el paciente, ya que la respuesta a la vida que se busca yace en el paciente mismo, sólo hay que ayudarle a ver qué resistencias pueden existir que le priven de pensar, decir y/o hacer las cosas.

Podemos decir que el psicoanalista observa, busca comprender, ofrece su escucha, trata de identificarse para luego entregar una interpretación. De ahí que las preguntas «base» sean: ¿no será que…? ¿qué piensa sobre esto…? ¿podría ser que…? Porque nunca se afirma nada, sólo se ofrece, por así decirlo, una perspectiva donde el paciente puede decir «sí, puede ser», o quizá un «no, no va por ahí». Insisto: el paciente sabe, sólo que «no se da cuenta, aún, de eso». El psicoanálisis, por tanto, es poder acceder a las posibilidades que yacen alrededor pero que no quedan muy claras al principio. Quizá pueda resultar esto un tanto simple para mis colegas, pero la intención es ayudar a aclarar un poco más esto que muchas veces se transforma en un limitante para quienes buscan ayuda, pero no saben cuál ni dónde.

La cura de ser uno mismo

El Dr. Juan David Nasio, me parece que orienta la idea sobre la cura de una manera quizá muy tierna. Él menciona que «estar curado es amar al niño que hemos sido, que vive en nosotros y que está siempre listo a reaparecer». Entre las miles de definiciones que existen sobre lo que es el ser humano, me he inclinado a adoptar una que me resulta muy colaborativa a la hora de trabajar, no sólo con los pacientes, sino conmigo mismo. Ah, porque es necesario que comente esto, ser psicoanalista no es «ser un iluminado», para nada. Ya que los psicoanalistas también vamos a nuestro propio análisis personal. Diría Jesús: «Quien esté libre de pecado, que tire la primer piedra». En fin, volvamos a la definición: el ser humano es caos. Por tanto, hablamos de un ser que vive día y noche ante la contradicción, ante lo uno y lo otro, ante muchas dudas y quizá pocas certezas. La idea de ese conflicto no es casarse con el fatalismo que podría resultar, sino que es saber aprovechar eso y descubrir con ello que la posibilidad o la alternativa siempre existe. Que las cosas NO ESTÁN TALLADAS EN PIEDRA, que los cambios son posibles.

Pero para todo proceso de cura, hay que entender y comprender que siempre será de suma importancia localizar el amor en nuestra vida. Sí, así es, el amor. Porque el amor es la posibilidad de las posibilidades, quien abre y cierra puertas, quien invita o quien rechaza. En ese sentido, uno se pregunta: ¿por qué sufro tanto con esto? ¿por qué lo permito? Y muchas cosas más. Por eso es que hay que darle su merecido lugar a la duda en nuestra vida, pues sin ella, las cosas serían «lo que son» pero nunca tendríamos información sobre el porqué de ello. Volviendo al amor, es algo que desafía y cuestiona, no sólo es darlo porque sí. De este modo, el ir a analizarse no es porque lo necesito, sino porque lo deseo, porque quiero enterarme de mí y de mi vida, de mis miedos, de mis anhelos, de lo que me significo…

El psicoanálisis es por ello, un acto de amor.

Edificando muros

«Hay que tener una perfecta conciencia de los propios límites, especialmente si se quiere alargarlos o profundizarlos».

-Antonio Gramsci

Queridos(as) lectores(as):

El día de ayer hice una dinámica en mi cuenta de Instagram (@HCHP1) con la finalidad de conocer las inquietudes de quienes me siguen ahí; les pregunté sobre qué tema les gustaría que tratara este encuentro y la mayoría votó por «establecer límites». Sin embargo, me parece que aunque es un tema muy importante, sobre todo hoy en día, se aborda desde un inicio mal. ¿Por qué? ¿Qué significa establecer? Recurramos a la etimología. «Establecer» viene del latín stabiliscere y significa «poner para que permanezca en una posición específica». A su vez, «edificar» también la encontramos en el latín aedificare, y significa «construir una vivienda de grandes dimensiones hecha con materiales resistentes». ¿Pero por qué es importante, según yo, modificar el cómo se habla o cómo se expresa esto? Porque pareciera que descuidamos al ser humano en el proceso, mismo que es «prisionero» del lenguaje.

En la Antigüedad, específicamente pensando en las aportaciones de Platón, se veía al cuerpo como «cárcel/recipiente del alma». Por lo que decir «establecer», siguiendo la definición dada arriba, ¿es poner qué? ¿Una mesa? ¿Una piedra? ¿Un qué? Mientras que si adoptamos el «edificar», que analógicamente nos ayuda el «construir una vivienda», nos hace vernos como «la morada de lo que somos». Siguiendo, añadimos entonces que «construimos la morada de lo que somos con materiales resistentes». ¿Y cuáles son esos materiales? Nuestras ideas, nuestros credos, nuestras ilusiones, sueños, fantasías, deseos, sentimientos, pero sobre todo, nuestra dignidad, es decir, aquello que es lo magnífico de ser seres humanos. ¿Y qué es lo que somos? Aquello que es irrepetible.

De muros y soledades

Pasemos ahora a eso de los «muros». Me parece que es muy oportuna la definición que Jean Chevalier y Alain Gheerbrant nos aportan en el Diccionario de los símbolos (Herder, 2018): «La muralla o gran muralla es tradicionalmente el recinto protector que encierra un mundo y evita que penetren ahí influencias nefastas de origen inferior». ¿Por qué pensar en el origen inferior de aquellas influencias? En la búsqueda de la propia identidad y en la generación del amor propio, que incluye el respeto y defensa de la propia dignidad, podemos entender que aquello que nos invade, siempre se tratará de algo malo, aquello que quiere ingresar a nuestro territorio para destruir, degenerar y degradar a nada. La edificación de muros, por tanto, es la protección de aquello donde mora lo que somos.

Siguiendo en la definición que aportan estos autores, encontramos esto: «El muro es la comunicación cortada con su doble incidencia psicológica: seguridad, ahogo; defensa pero también prisión». Y me parece que este es el punto para entender la importancia de la edificación de muros: la soledad. ¿Por qué la soledad conlleva hoy en día una connotación negativa? Al encerrarnos tras los muros que protegen el lugar donde somos, entramos en la muy íntima oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos. En palabras del P. Henri Nouwen: «La soledad es el horno de la transformación». Y esto, apoyándonos una vez más en el Oráculo de Delfos (conócete a ti mismo), nos desenvuelve la ocasión de entrar en diálogo con nuestra falta, nuestra carencia, aquello que buscamos, pero sobre todo, preguntarnos por qué lo hacemos. No se trata de decir «tengo miedo a estar solo(a)», por ejemplo, sino preguntarse por qué.

Exigencias y delirios

No es la primera vez que este espacio sirve para denunciar los males de este tiempo en esta sociedad en la que vivimos. Hay un cierto «deber ser» que deja mucho que desear, pues no apuntala hacia ninguna virtud, sino hacia las pretensiones más mundanas y desordenadas. Hablamos de exigencias sociales que jalan y atraen hacia el vicio. Pareciera que estamos en una sociedad donde los virtuosos se vuelven mediáticos y los mediáticos virtuosos. «Hago lo que x artista hace en su TikTok«, «Debo pensar como cierto influencer que habla sobre esto», pero a partir de puntos ciegos, negando la posibilidad de la autocrítica. ¿Qué me hace tener que hacer lo que esa persona dice sólo porque es esa persona? Ahora bien, la edificación de muros invita a un proceso de reflexión, de discernimiento y de ocasión de encuentro con el bien, mismo que se ve constantemente cuestionado en nuestra sociedad, en medida que no facilita el utilitarismo y pragmatismo de esclavos enajenados del placer por el placer mismo.

Aristóteles señalaba a los bárbaros como «esclavos de sus propias pasiones» y en buena medida alejados, quizá a modo de reproche, de la razón misma. Por eso, centrando esto hacia las relaciones sociales, vemos invasión de seres que buscan sólo el placer por el placer mismo pero para ellos mismos, a partir del sometimiento de seres que califican como débiles e inseguros, aprovechándose de la vulnerabilidad de los mismos, justificando esos actos por «muestras de amor». Y el amor termina por lastimar, por dolor, incluso a veces por matar. «Lo hago porque te amo», «Te digo tus cosas, aunque te duela, porque me importas», etc. La humillación, el degenere y el abuso NUNCA SON PRUEBAS DE AMOR. Son carencias del mismo desde la parte de quien violenta al otro. En su silencioso y cruel dolor, opta por no hablarlo, por no trabajarlo, sometiendo a los demás a su propia realidad para no sentirse solo. Al menos eso es lo que nos dejan ver muchos casos donde la relación de poder queda muy inclinada hacia un solo lado.

¿Qué pasa cuando decimos «no» o «hasta aquí»?

Dice Hegel, y lo dice bien, que el ser humano está en constante necesidad de reconocimiento. Todos queremos ser reconocidos, o en otras palabras, todos queremos ser amados. Cuando existen inseguridades y patrones de descuido en la propia dignidad, en el miedo a quedarnos solos, a ser rechazados o ser incluso agredidos, buscamos encajar sin importar los costos. Por lo que en el inconsciente se desarrolla una idea brutal y desgarradora: «Si digo no, me dejarán de querer». ¿Y qué pasa si es cierto? ¿Qué pasa si al decir no, al establecer límites o edificar muros, encontramos el rechazo y el abandono de personas que sólo yacían ahí por su enorme influencia (y dominio) sobre nosotros? Quedamos libres. Pero nos cuesta mucho lidiar con ello. ¿Cómo puedo ser libre si no está esa persona conmigo ahora que se aleja porque no le gusta que le diga que no? Volvemos a la pregunta que se vio más arriba: ¿por qué me preocupa eso?

Es muy importante fortalecer la vida interior, el amor propio, la dignidad y los lazos que nos atan a la vida que deseamos vivir. Muchas veces, las estructuras sociales, familiares y religiosas incluso, pueden generar en nosotros tremendos problemas existenciales y crisis de identidad y oportunidad de progreso propio. Pensamos que estamos en deuda constante con el padre o la madre, por ejemplo, que abusa de esa realidad para ofender, para dañar, para denigrar. ¿Cómo podemos revelarnos? «¡Es que soy tu madre/padre, por eso ME DEBES todo!». Ciertamente la vida sería imposible sin ellos, pero ese CHANTAJE emocional nunca debe ser algo que exija el amor y la obediencia, con ellos ni con nadie. El amor del otro en nuestra vida es siempre dulce, no amargo ni irritante.

Quien busca el amor que merece, por tanto el respeto a su propia dignidad, tiene que estar preparado para verse abandonado por muchas personas queridas y amadas. Pero no debe tener miedo, pues quien se ama a sí mismo, amando a los demás con sus justas dimensiones, logra encontrar al final del día las verdaderas y más bellas compañías, no se diga auténticas. No hay que desesperar, pues no porque se tenga sed, se toma agua de mar…

En el tiempo de los sueños

«La esperanza es el sueño del hombre despierto»

-Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Hace ya muchos años, un primo mío me regaló cuando yo era niño un juego de computadora llamado La Pantera Rosa: misión peligrosa. Evidentemente se trataba sobre el famoso personaje diseñado por el prestigioso animador, Friz Freleng, en 1963. Pero no ahondaré mucho sobre dicho juego, sólo quiero concentrarme en un momento en el que se habla precisamente de los sueños. Pero, ¿qué son los sueños? Ya hemos tenido oportunidad de revisar en encuentros anteriores, y profundizar más, sobre este tema. Sólo recordemos que para Freud, los sueños son la realización del deseo. Todo lo que no se puede realizar, o que cuesta mucho trabajo al menos a nivel consciente, el sueño lo hace posible, aunque siempre bajo un sutil disfraz para que no se vuelva una experiencia insoportable para el sujeto. Pongamos atención a los sueños para que no descuidemos nuestro deseo.

Del momento del que les hablo en el juego, nos sitúa en un viaje que la Pantera Rosa hace a Australia y en el que le explican un poco sobre los aborígenes. El tiempo de los sueños, en este caso, nos habla de los orígenes de estos hombres, de su profunda relación con la naturaleza y el porvenir de su Historia. Pero, si traemos esa reflexión a nuestra propia vida, ¿de qué hablaría nuestro tiempo de los sueños? De la infancia que poco a poco se desvanece con el desprecio que se genera por las constantes prisas que llevamos a diario. ¿Quién tiene tiempo para soñar?

Son sueños que se sueñan

¿Qué no acaso en nuestra infancia estamos realmente relacionados en intimidad con los deseos? La propia cultura perpetúa dicha relación con festividades y momentos en los que los niños se familiarizan con el deseo, la fantasía y la imaginación. «¿Qué quieren ser cuando sean grandes?», nos preguntaba la maestra en el preescolar. «¡Quiero ser policía! ¡Yo bombero! ¡Yo astronauta! ¡Yo bailarina! ¡Yo doctora!», etc. Los niños contestan con total ilusión sin saber exactamente lo que están diciendo. Hay algo que llena de emoción y fantasía a los peques y los lleva a desear eso con profundo interés. ¿Pero qué pasa en el camino? Sucede que «despertamos» y nos damos cuenta que el mundo no es tan «bonito», que existen cosas totalmente diferentes y que ahora, con ojos de adulto, vemos que no todo es de color. Eso es al menos desde la perspectiva negativa de la vida. Pero lo cierto es que ese despertar acribilla poco a poco la capacidad de apostar por cosas que realmente deseamos.

«¿Quién soy yo para poder hacer esto? ¿Quién soy yo para poder tener aquello?», cosas así nos preguntamos a diario. Resuena en el recuerdo aquella invitación del Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». ¿Pero quién soy? En esa pregunta tan famosa yace un deseo primigenio, el de saber quiénes somos, qué estamos haciendo y hacia dónde vamos. Ese deseo de identidad, incluso de pertenencia, suele ser un quebradero de cabeza y más en este tiempo donde pareciera que por todos lados nos bombardean con lo que «debe» ser, con lo que «debemos ser». Si no hay claridad en ese deseo primigenio, ¿cómo podemos defender nuestros demás deseos y no vernos en la terrible situación de despreciarlos y/o abstenernos de realizarlos? Los sueños nos rescatan de esto, pero no pueden ser la solución para todo, porque «sueños, sueños son». Y nada más.

Recuperar lo «perdido»

Son muchas las veces en las que la gente, sobre todo mis pacientes, me dicen que «de qué sirve hablar de tonterías». Para empezar, ¿por qué calificamos de esa manera tan cruel lo que nos inspira, lo que nos ilusiona, lo que nos hace incluso aferrarnos de manera inconsciente a la vida? No, no se trata de tonterías, más bien, muchos nos han hecho verles así. ¿Y quiénes son los responsables? En su mayoría de los casos, esa crueldad proviene de aquellos que se ven incapacitados, que se aceptan derrotados y para quienes los sueños no sirven de nada. Los sueños en realidad nos presentan el deseo, aunque claro, hay que saberlos analizar. Me gusta mucho decirle a las personas que «amar es dejar al otro dormir», pero me parece más apropiado apostar por «amar es dejar al otro soñar». Grandes cosas se han realizado por «sueños tontos». ¿No conocen cuáles? Dense una vuelta por la Historia de las Ideas y se darán cuenta de la estrecha relación y origen de las mismas.

Regresando al deseo primigenio, el del saber quién soy, podríamos recalar en el famoso libro de Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (1865). Quiero pensar que ya tienen una idea a qué parte me estoy dirigiendo, que en efecto se trata del encuentro con La Oruga, quien representa el pensamiento racional que exige una lógica en un mundo «patas arribas». Esa insistencia, bastante molesta, encara a la pobre de Alicia a preguntarse una y otra vez «quién es», llevándola a una auténtica crisis de identidad. Si una inocente niña pasa por ese cuestionamiento, no es de sorprender que haya adultos que a la fecha tengan la misma y angustiosa situación. Pero, ¿es que hay forma de responder eso? En una alternativa para poder apostar por la vida, la formulación existencialista de «nunca se es, sino que se está siendo», nos libera y nos permite vivir la vida a pesar de las circunstancias y a descubrirnos EN CADA MOMENTO DE LA MISMA.

Ayer, hoy, mañana

Para concluir este encuentro, quisiera invitarles a recordar aquellos sueños de la infancia, aquella ilusión que pareciera frustrada. ¿Qué han hecho hasta hoy? Quizá no se han dado cuenta, pero no se han perdido esos sueños del todo, ya que de un modo u otro, cada día hacen algo que rinde homenaje a esas «tonterías» de la niñez. Y si no me creen, ¿han visto la cara de «tontos» que ponen cuando se comen un helado de su sabor favorito? ¿Han visto con cuánta alegría «tonta» disfrutan al hacer cosas divertidas? Vamos, no podemos desterrar los sueños de nuestra vida porque son base de la misma.

Por eso, una vez más, prestemos atención a nuestros sueños y encontremos en ellos las «llaves» hacia una vida más feliz y digna de ser vivida. Los únicos tontos son los que desperdician lo que es tan suyo, como su propio deseo.

El cuerpo no sabe callar

«Los que ven diferencia entre cuerpo y alma no tienen ninguna de las dos cosas»

-Oscar Wilde

Queridos(as) lectores(as):

Una de las más importantes aportaciones al estudio de la salud mental por parte del Psicoanálisis fue, precisamente, abordar el cuerpo como una realidad vinculada a la mente. ¿Qué es el cuerpo? Por un lado tenemos la cuestión material (brazos, piernas, cuello, manos, etc.), y por otro una anatomía imaginaria a partir de lo simbólico. ¿Un poco confuso, no? Así como diferenciamos mente de cerebro, lo simbólico de lo material, eso pasa con el cuerpo que responde a la histeria o neurosis misma. En el cuerpo, por tanto, se inscriben significantes y de él surgen los síntomas.

Es importante señalar que a diferencia de un síntoma médico, en el caso de la clínica psicoanalítica, se trata de una formación del inconsciente. Aquello que se manifiesta. Hay quienes se aventuran en decir que el síntoma es un sustituto de aquello que no se habla. Es decir, aquello que se calla, en el cuerpo se manifiesta. Hay mucho que hablar sobre eso, pero en esta ocasión quiero que nos quedemos justo teniendo bajo la lupa al cuerpo que no se calla y expresa, quizá de un modo negativo y en ocasiones perjudicial, el sentir reprimido.

Saber leer(se) (en) el cuerpo

Para Freud el cuerpo es una creación metafórica. El síntoma, como hemos visto, tiene una profunda relación con la vida psíquica del ser humano. Aquello que ha sido reprimido, pero que no se pone en palabras, logra vencer las barreras y encuentra el modo de manifestarse de alguna otra forma posible. Todo síntoma tiene un sentido, pero cabe señalar que es de origen inconsciente. Quiero poner un ejemplo para tratar de clarificar esto.

En una ocasión, cierto paciente llegó al consultorio quejándose de un malestar. Cuando le pregunté de qué se trataba, me comentó que le dolían mucho los brazos, que los «sentía muy pesados» al borde de sentirlos débiles y cansados. Le pregunté si había hecho algún esfuerzo físico, como haber ido al gimnasio o algo parecido y me comentó que no, que tenía tiempo que no hacía ese tipo de ejercicios. «Disculpe -le interrumpí- ¿qué ha estado cargando?». Poco a poco fuimos descubriendo que sentía todo el peso y la carga de ver por sus abuelos, que tenía que estarlos «sujetando». Pero por el otro lado, sentía la imposibilidad de soltarlos por temor a perderlos. Al poner en palabras eso, me comentó que fue sintiendo más fuerza en los brazos y que ya no le pesaban tanto.

Los brazos son tomados como significantes de una cadena discursiva, pudiendo ser sustituidos por otros en el cuerpo no-orgánico.

Un cuerpo, un llamado

Muchas personas, sobre todo en nuestro tiempo, suelen asustarse mucho porque empiezan a tener ciertos malestares que rondan por sus cuerpos, pero lo interesante es la profunda relación que le adjudican a esos malestares con los órganos interiores. Hay quienes sienten cosquilleos constantes en palmas de manos y pies, quienes sienten presión en el pecho, dolores punzantes en la cabeza, etc., y terminan asociando esos síntomas con algún padecimiento de salud. Se piensa, de modo fatalista, en problemas cardiovasculares, renales, pulmonares, neuronales, etc. ¿Pero qué tanto es eso realmente algo de condición meramente fisiológica?

Uno de los males propagados en nuestra exigente y delirante sociedad, es sin lugar a dudas el estrés, siendo una respuesta física o mental a una causa externa: mucho trabajo, mucho tráfico, demasiadas tareas, etc. Hablamos de un factor que afecta tanto lo material como lo simbólico. Es decir, el estrés si no se le controla puede ocasionar problemas de hipertensión arterial, insomnio, padecimientos estomacales, alteración de presión en el oído, etc. Pero también puede influenciar en lo estados de ánimo y hacer del sujeto alguien depresivo, colérico, ultra sensible, etc.

Ahora bien, hay que saber diferenciar las cosas. Los estados de ánimo pueden ocasionar síntomas neuróticos que provocan ciertas reacciones fisiológicas no permanentes. Un amigo, por ejemplo, me comentaba que ha tenido ciertos movimientos no voluntarios de su brazos, incluso hasta sentir que «le salta el párpado». ¿Será un problema de salud orgánica? Puede ser, pero también había que considerar la vida que estaba llevando hasta entonces. Una vez que se atendió con el médico correspondiente, éste le comentó que tenía altos niveles de estrés. Pero, de un modo u otro, el cuerpo está hablando, si no es que hasta gritando, que necesitamos hacer algo al respecto.

¿Qué hacer? Comencemos por respirar, atender las posibles causas y ver qué se puede hacer o qué es necesario dejar de hacer. Pero nunca dejar que las cosas «se solucionen con el tiempo», no hay que confiarse. Siempre la atención a tiempo nos puede evitar cosas peores.