Oscuridad que trae luz

«El fin de una etapa es el principio de otra, así que sólo queda mirar hacia adelante».

-Samuel Beckett

Queridos(as) lectores(as):

El viernes pasado mi querido amigo, Pablo, me invitó al teatro. Hace tiempo que no iba (quizá desde antes de la p[l]andemia), pero me parece que fue la mejor oportunidad de regresar. En esta ocasión, fue en el Teatro Helénico, donde la compañía de teatro, El Ghetto, presentó la inmortal obra, Fin de partida, del último Premio Nobel de Literatura irlandés, Samuel Beckett (1906-1989). Dirigida por Agustín Meza y con actuaciones formidables de Luis Alberti (como Hamm) y de Adrián Ladrón (como Clov), éste último, por cierto, nominado a Mejor Actuación Masculina Principal para los premios Los Metro (¡muchas felicidades!). Quizá no estén familiarizados con esta obra, quizá sí, pero cabe decir que es una de las más oscuras, pesimistas y «deprimentes» que se han escrito y, por tanto, llevada a los escenarios. Curiosamente, fue el último fin de semana de Fin de partida de este 2024 . ¡Ojalá vuelva para que sin duda vayan a vivir la experiencia!

Endgame (Final de partida), fue publicada en 1957. Beckett nos narra una oscura y absurda historia en la que 4 personajes conviven en lo que parece ser un bunker (una interpretación que nos hace pensar al menos en un lugar claustrofóbico, apartado de toda esperanza). Hamm es un hombre ciego que no puede caminar, Clov es un sirviente incapaz de sentarse que le aprecia pero que también desprecia al mismo tiempo, y Nagg y Nell, los padres del primero. Un retrato de la condición humana rendida ante la desesperación y la falta de sentido. ¿Como por qué les recomendaría leer/ver una obra así? Porque, una vez más, no podemos hacer como que la oscuridad no existe, al contrario, hay que saber afrontar la vida tal y como es y descubrir con ello de qué manera estamos implicados en lo bueno y/o en lo malo de ella.

Condiciones que no sólo se escriben

Una vez, en un curso que daba sobre Fiódor Dostoievski, una amiga me «reclamó» por «dar a un autor tan sombrío». Me decía que sus textos son muy pesimistas, llenos de mucha tristeza y dolor. Pero, al final, reconoció que les mostraba que en todas las obras del autor ruso dejaba un espacio, aunque sea muy pequeño, para la esperanza. Y es que así es (no me atrevo a decir que así debe ser) la buena Literatura, la que nos enfrenta y no nos deja indiferentes, la que nos obliga a abrir los ojos y dejar de idealizar la vida y a las personas, empezando por nosotros mismos. Por eso es que autores como Dostoievski, Kafka, Camus, Cioran, Beckett y demás, son autores que se les tacha de «pesimistas, fatalistas, crueles, miserables, etc». Hablamos de la posibilidad del ser de cada uno de nosotros, ni todo es blanco ni todo es negro, hay también distintas tonalidades.

En este caso, Final de partida resalta realidades que aterran a las personas todavía hoy en día. Algunas de ellas son: soledad, rutina, aislamiento, temor a la muerte, discapacidad, falta de ilusión, de esperanza, de sueños, etc. Puras cosas que desde que somos niños se nos enseñan desde un aspecto negativo. ¿Pero qué tanto es eso malo? Durante la obra, fue interesante notar cómo los demás espectadores se perdían en risas ante los diálogos, puntadas, contestaciones, ironía y demás, modos que se usan para evadir la realidad. Al mismo tiempo, muchos se quedaban callados y emitían silenciosos sollozos ante las poderosas llamadas de atención respecto la condición humana representada por estos personajes. La Literatura se nutre de la realidad (lo que entendemos por ello), pero es importante que nos centremos en cómo es que son cosas que no dejan de insistir una y otra vez a lo largo de los siglos. La humanidad es lo que es. Y seguimos siendo para ser.

¡Todo es malo! Esperen…

Una de las nociones que más escucho en mis sesiones con mis analizandos, es cambio. Y con ello, un sinfín de expresiones que van de lo negativo a lo lamentable. G dice que se trata de la palabra maldita, que le molesta mucho decirla, pero sobre todo «tener que vivirla». El cambio ha sido visto desde siempre a partir de lo negativo, como algo que acaba y pone fin a algo «seguro» para nosotros. Claro, hay quienes han tenido la oportunidad de ver los cambios como algo optimista, algo bueno, eso es tener ventaja… aunque no estoy tan seguro de ello. El tema es que todo cambio implica un fin y es algo que a nadie le gusta. En un momento de la obra, Hamm le dice a Clov: «Nunca fui bueno en las despedidas, pero esta vez será definitiva». ¿Se imaginan de qué despedida se trata? Un fin, en realidad, sea el que sea, siempre es absoluto. No sólo el fin que llamamos muerte. Pero, también, siempre da paso a algo más, para nosotros y/o para alguien más.

¿Por qué nos casamos con la idea de lo negativo? Y no estoy diciendo que pasemos de un extremo a otro pensando que todo es bueno. Ya lo hemos comentado antes: la vida es lo que es. Hay cosas buenas, hay cosas malas, hay personas… y sus circunstancias. Y en todo nos vemos profundamente relacionados. Esta relación es quizá la única manera que tenemos para entender cómo vivir. No todo nos es posible, pero para alguien más sí. No todo nos es complicado, pero para alguien más sí. Comprender la relación y el modo en el que nos relacionamos y con quiénes y por qué, nos permite darnos una idea de lo mucho que nos podemos responsabilizar de lo que es auténticamente bueno. No hay futuro más desolador que aquel que nos negamos por miedo. ¿Qué nos sorprende que la amargura se contagie más que una gripe?

Describir la vida

«Agua en primavera, buen otoño nos espera»

-Refrán

Queridos(as) lectores(es):

Hoy tuve ocasión de poder salir a estirar las piernas y poder sentir un poco la brevísima calidez del sol de Otoño acá en la Ciudad de México. Caminé por varias cuadras y encontré una banquita. Así que después de una larga caminata, aproveché la oportunidad y me senté bajo un enorme árbol. Sé que esto suena en extremo pacífico y sí, de hecho así es, ya que por la zona en la que vivo tengo el privilegio de alejarme del ajetreo de las principales avenidas y del ruido del tráfico y de las personas yendo siempre hacia todos lados. Una vez que estaba descansando en dicha banquita, saqué de mi maleta un librito que en alguna ocasión anterior les había compartido, Haiku-dô: el haiku como camino espiritual, una recopilación de haikus a cargo de Vicente Haya (con la colaboración de Akiko Yamada). El libro está dividido por estaciones del año y contiene a varios autores japoneses famosos.

Y, pues por qué no, me centré en los de Otoño. Me gustó tremendamente toparme con unos que invitan hacia la reflexión personal, a volver hacia uno mismo. ¿Qué tiene el Otoño que es tan maravilloso caminar y escuchar el crujido de las hojas en el piso mientras nos cubre un frío calmo? Así que en este encuentro, mis queridos(as) lectores(as), les quiero compartir algunos haikus con el propósito de que les sirvan para darse un tiempo exclusivo para ustedes mismos (y con una taza de chocolate caliente, ¡mejor aún!).

¿Qué hace un haiku?

Dice Vicente Haya:

«El haiku no transforma el mundo; te pone en contacto con él, te lleva a él, te introduce en él. No explica la realidad, ni la embellece; la muestra. Porque parte de la base de que el mundo es perfecto. […] En tanto es un proceso de despertar los sentidos, de atención, de naturalidad, de autenticidad, de paciencia, de desprendimiento, de extinción de la vanidad…».

Lo que se llama en japonés «espíritu de shasei» es exactamente lo que hace un haiku. El shasei es precisamente describir lo que uno presencia. No sé si han tenido oportunidad (seguro que sí) de leer haiku, pero puedo decir que es en definitiva una experiencia muy rara para los occidentales o los no-japoneses. Tomemos en cuenta, en primer lugar, que muchos lo hacemos a partir de la traducción, lo que hace que se pierda la exactitud lingüística e incluso, me atrevo a decirlo, la intencionalidad real del autor. Pero esto último siempre pasa incluso con la poesía occidental. Recordemos que toda expresión artística se ve afectada, por así decirlo, por la hermenéutica (interpretación) que cada observador le brinda. El idioma japonés, como todos los demás, tiene su sentido único y particular que no sólo brinda expresión, sino también referencia e identidad.

«Sólo se entra en el haiku por la puerta de la sencillez. Un haiku complicado es un haiku inhabitable», señala Vicente Haya. Vamos a revisar el siguiente:

Uri-ushi no mura o hanaruru kasumi kana

Vendida la vaca

se aleja del pueblo

por entre la niebla.

Este haiku de Hyakuchi es muy sencillo. ¿Pero qué hace con ello el poeta? ¿Nos habla de la vaca que era suya y que vendió? ¿O sólo nos describe la situación que contempló? No lo sabemos, pero lo interesante en esto es que uno como lector se vuelve testigo a partir de la imaginación y se puede poner en la postura del que vendió (o compró), el que lo vio o al que le contaron el hecho tal y como si Hyakuchi nos lo dijera directamente. Ese desarrollo de nuestro pensamiento, recubierto de la imaginación, nos abre las puertas de nuestro propio corazón y hasta de nuestros sentimientos.

Otoño de uno

Y justo este volver hacia nosotros mismos es algo que podemos hacer en cada uno de nuestros días para poder comprender más lo que vivimos y cómo lo hacemos. Muchos de nosotros, si no es que todos, hay veces que vamos por la vida de manera pensativa, muy enfocados en nuestros problemas y demás cosas «negativas». Lo que realmente hacemos, irónicamente, es buscar «perdernos en la nada». ¿Cómo es eso? Tal como les mencioné al principio de este encuentro, veremos unos haikus que nos ayudarán con esto.

Omou koto naki kao shite mo aki no kure

También para quien pone

cara de no pensar nada,

el atardecer de otoño.

«A lo mejor, pensar no es ni bueno ni malo. Es sólo una circunstancia propia del mundo humano, como el llover o no llover lo es del mundo de las nubes», dice Haya. El problema con ir tan pensativos es que nos perdemos de lo demás que está pasando a nuestro alrededor. ¿Alguna vez han ido tan concentrados en lo suyo que de repente se han estrellado con un objeto o con alguna persona? Es cómico que después de ese choque lejos de salir de nosotros al mundo externo, nos retomamos después de un «disculpe». Aquí otro haiku:

Kare eda pokipoki omou koto naku

Rompiendo

ramitas secas,

sin pensar en nada.

¿Es necesario saber por qué hacemos algo cuando lo hacemos? Nunca es que hagamos algo sin una razón. Pero, curiosamente, en esos momentos no nos importa. Sucede que el mundo se cierra a ese momento, a esa situación en particular, donde sólo somos conscientes de una interacción tan simple y tan sencilla como romper ramitas secas. A partir de ese «rompimiento», es común que vengan expresiones que han estado silenciadas por mucho tiempo en nuestra mente y en nuestro corazón. ¿Qué se rompe? Simbólicamente rompemos algo para que algo más pueda salir… ¿o entrar? Y por último:

Omou koto naku kareki o hiroi-arukitsutsu

Sin pensar en nada,

mientras camino

recogiendo ramas secas.

Hemos dicho que nunca pasa algo sin razón alguna. Pero… ¿qué importa? Si pensamos tanto la vida, si pensamos de más, la vida se va y nosotros con ella, pero no de la misma forma participativa y deseada, sino de una manera silenciosa y sin sentido. Me resulta interesante que el ser humano siempre busque sentido a la vida y que en el proceso haga cosas que le hacen perderle sentido. Es la gran ironía. Y de ahí la depresión, ansiedad, etc. Quizá la vida no es más que algo que se vive, descubriendo las infinitas posibilidades que nos hacen, a cada quien, juzgarla como buena o mala.

Pero, al final de cuentas, para lograr eso… ¡hay que vivir!

Carta a lo extraordinario

Querido(a) lector(a):

Hace tiempo que no te escribo una carta, y me disculpo por ello. Verás, hay días en los que me resulta fácil sentarme a escribir y otros en los que no. ¿Por qué forzar las cosas? Pero ahora que tengo un poco de tiempo, quiero preguntarte: ¿cómo has estado? ¿Cómo te ha ido? ¿Qué tanto has hecho? Son preguntas sinceras que, si gustas, podrías compartir tus respuestas al final de esta entrada en la sección de comentarios. Si no, no pasa nada. Aunque he de confesarte que también me ilusiona poder leerte también. Porque sí, también me importas. Piensa que si no fuera así, en primer lugar, esta página no existiría; no habrían entradas compartiendo temas y cosas que se viven todos los días, pero sobre todo, no existirían este tipo de cartas donde ambos estamos jugando a una adivinanza. ¿Adivinanza? Sí, por ejemplo, yo no sé quién seas, ni cómo te llamas, de dónde me lees, en qué momento, etc. Quizá tú te puedas dar una idea porque de algún modo me conoces o sabes al menos cómo es mi cara o en algún momento me has escuchado, pero hay muchas preguntas que se quedan flotando.

¡Y eso es fantástico! Imagina que siempre pudiéramos responder todas las preguntas que tenemos. ¿Dónde queda el chiste/sentido de la vida? No sé, pero en este momento estoy pensando, relacionando todo esto, en ese video donde el actor estadounidense, Steve Burns (Las pistas de Blue), salía a preguntarnos qué había sido de nosotros después de tantos años. Muchos crecimos de un modo u otro conociendo y disfrutando ese programa infantil. O, ¿sabes?, también pienso en aquel momento en la película Spider-Man: No Way Home (2021) en el que el Dr. Octopus (Alfred Molina) le pregunta más o menos lo mismo al Spider-Man de Tobey Maguire. Aunque en el primer caso Steve Burns estaba haciendo lo mismo que yo con esta carta, hablándole a quien le escuchara, no sé tú, pero cuando el Dr. Octopus hace las preguntas, de un modo u otro sentí que también me las estaba haciendo a mí, ya que después de todo, yo fui uno de los miles de fans que le conocieron en la segunda película del Hombre-Araña. Ese efecto de reconocimiento es algo que, tristemente, se está perdiendo. Y eso, entre muchas otras cosas, ocasiona que cada uno de nosotros nos desanimemos respecto a nosotros mismos y lo que podemos ofrecer y/o aportar a los demás. Querido(a) amigo(a), ¡qué más extraordinario que el hecho de que nada ni nadie te puede sustituir en esta vida! Con tus virtudes y defectos, eres lo que eres y eso es buenísimo.

Sé que han sido años complicados para todos. Han habido cosas tristes, dolorosas, momentos en los que nos sentimos mal porque no nos salen los proyectos y demás cosas que queremos lograr. Pareciera como si el mundo se tornara una realidad cada vez más y más negativa, ¿no crees? Pero no es del todo cierto. A ver, sí, hay cosas horribles como las guerras, las pandemias, la violencia, la pobreza, la enfermedad y la muerte. Pero al final de cuentas, todo eso es parte de la vida. Lo que aquí te pregunto es: ¿por qué te casas nada más con lo malo? No te estoy diciendo que lo ignores y que hagas como si no pasara, eso es lo más tonto que se puede hacer, pero poder safarnos un rato de esas cosas y darnos la oportunidad de distraernos de ello, nos garantiza poder darnos un respiro, disfrutar lo demás, aprender a valorar y compartir lo que tenemos. Hay veces que una sonrisa puede ser el mayor regalo en tiempos difíciles: una llamada, un mensaje, un amoroso abrazo, un pequeño detalle, no sé… ¡tantas cosas que podemos lograr si hacemos caso a nuestro corazón! No todo en esta vida es razón y argumento, a veces es necesario volver a creer en la fantasía, la ilusión, la magia y recordar cómo cuando niños nos podíamos atacar de la risa con cosas muy sencillas.

Pero para ello, necesito que te convenzas de lo extraordinario(a) que eres, sin caer en la pretensión de sentirte mejor que los demás. No te hagas menos por no poder lograr cosas que otros sí. Mi papá decía: «si realmente quieres lo de los demás, aprende a querer todo lo que tuvieron que vivir para lograrlo». No trates de ser como los demás, que muchas veces sólo son estuches vacíos, sin contenido, que sólo andan por ahí alardeando por no evidenciar sus carencias. En la vida hay de todo para todos, pero para ello, aprende a ser tu propio todo. Si no aguantas las ganas de reírte a carcajadas, tú ríete e incomoda. Si necesitas un abrazo, pídelo sin miedo. Aprende a confiar en ti, en tu corazón, en tus sentimientos, pero no lo malgastes con aquellos que te exigen cuando no te ofrecen nada realmente. Vive con la feliz idea de que no estás solo(a) en este mundo. Date la oportunidad de probar cosas nuevas, conocer gente, descubrir lugares, etc. Lo verdaderamente extraordinario es que estamos aquí, en un mundo que no es sino para ser compartido. No temas expresar la ternura de tu corazón y no seas tan duro contigo mismo(a). Si te equivocas, reconócelo con humildad e intenta enmendar. Si extrañas, busca. No te pongas a esperar ver caer todas las hojas de los árboles en otoño, porque aunque venga el invierno, después viene la primavera. La vida sigue, ¡tú también!

Pero sobre todas las cosas: ¡no te rindas, resiste!

Te abrazo.

Gracias por leer.

Héctor Chávez Pérez

Un falso protagonismo

«Es a menudo más conveniente disimular una ofensa que vengarla».

-Séneca

Queridos(as) lectores(as):

Cada vez la convivencia se está volviendo más hostil y desgastante con los demás. No, no es cierto, al menos eso es lo que creemos que está pasando. Hoy por hoy, son incontables los casos de personas que se quejan de que la gente «cada día está peor», cosa que muchos podrían estar de acuerdo, pero pareciera que se quedan o nos quedamos en lo que apenas y logramos percibir. ¿A qué voy con esto? Cada uno de nosotros tenemos nuestros propios problemas y nuestras maneras muy particulares de enfrentarlos (o evadirlos). Y claro, sucede que se nos «olvida» que estamos en una sociedad donde el contacto con los demás, en su gran mayoría, es casi inevitable. Se ha incrementado, también es cierto, sobre todo en los últimos años cierta actitud, vamos a llamarle «ermitaña», en la que muchos buscan todos los medios posibles para no tener que salir de sus casas. «Es una prueba de que ya eres grande y no soportas a los demás», y demás tipos de «argumentos». Pero, ¿no creen que es un extremo que habla más de uno?

Como bien es sabido, esta época que vivimos le ha abierto progresivamente las puertas a la salud mental, dándole importancia a la educación emocional, ir a análisis o terapia, tener espacios de meditación, prácticas de yoga y demás. Sin embargo, hay que tener cuidado de no caer en terrenos del individualismo salvaje que da paso al egoísmo y ciertos brotes narcisistas de desprecio por los demás. Hace unos días, entré a una aplicación para conocer gente (misma que ya no me acoraba que la tenía), y en muchos perfiles me encontré una demanda particular: que tengas responsabilidad afectiva y que vayas a terapia. ¡Qué bien! Suena excelente. Sin embargo, ¿lo que se exige también se ofrece?

Realidad psíquica

En varias sesiones con distintos pacientes, ha surgido constantemente el tema que popularmente se conoce como «ofenderse de a gratis». En México tenemos una expresión que dice «ser el arroz de todos los moles», en otras palabras, estar siempre en todo. En encuentros anteriores hemos hablado de esta desesperada manera de llamar la atención y de que todo gire en torno a uno, logrando hacer que cosas que nada tienen que ver con uno así lo sea. Pienso, por ejemplo, en siniestros donde muchas personas lamentablemente salieron heridas o que perdieron la vida, nunca falta el sujeto que sale a publicar cosas como «y pensar que estuve ahí hace 2 semanas», «estuve a punto de estar allá», «no lo puedo creer, iba a ir pero a la mera hora no quise», etc., para luego compartir su «pésame». Tema de falta de mirada, de falta de escucha, mismos que no se solucionarán en ese momento ni de esa manera. ¿De casualidad recuerdan un episodio de Los Simpsons en el que reaparece la mamá de Homero? En un momento, ella está platicando con Lisa mientras están sentadas fuera de la casa, a lo que Homero (quien sufrió el abandono por parte de ella siendo apenas un niño) intenta desesperadamente llamar la atención de su madre. Ella, sin voltear a verlo, sigue mirando y hablando con su nieta, diciendo «sí, sí, ya te vimos, Homero».

Esta falta de mirada y escucha son generalmente demandas que se buscan satisfacer de manera desesperada e inmediata. Recuerdo que en una sesión, un paciente me decía que en su trabajo hay un individuo que «siempre se la trae contra mí». Desarrollando más el relato, me hace notar que ese individuo «tiene un trato nefasto, desagradable y muy grosero con todos». Es interesante cómo un todo lo tornamos en algo privado meramente nuestro. ¿Pero por qué? Hay muchas maneras de hacer interpretaciones salvajes sobre ello, sin embargo, ¿qué tan ciertos estamos en adjudicarnos cierta responsabilidad en ello? Una vez más, Freud tiene razón: «hacer consciente lo inconsciente». Mi paciente, a lo largo de su discurso, fue aportando material para entender esa «necesidad de ofenderse», de tomarla (muy) personal, y en definitiva no era todo culpa o responsabilidad del otro, y lo propio debía trabajarse entonces.

Niños lastimados

Recién una amiga me compartió una publicación en la cual resaltaba lo siguiente: el día que entendamos que vivimos en una sociedad de adultos que esconden a sus niños lastimados, podremos vivir sin la necesidad de tomarnos todo personal. Y bueno, también ya lo hemos mencionado en otros encuentros. Es decir, sí, en buena medida muchos cargamos con pasados que no son exactamente lo que hubiéramos querido, incluso donde hay abundancia puede haber muchísima carencia. Recordemos que cuando hablemos de riqueza y pobreza, no siempre es respecto a lo material, también lo hay en otras cosas. Pero, una vez más, ¿qué hacemos con eso que no pudimos controlar? Una paciente me decía en alguna ocasión que «lo tuve todo, nunca nada me faltó, mis papás me daban todo cuanto les pedía, pero nunca tenían tiempo para mí». Esto me hace pensar en un meme que una vez vi. En dicha imagen, un joven estaba con su psicoanalista y le decía que su papá estuvo con él en todo momento, que lo acompañó a todos lados, que estuvo en sus campeonatos deportivos y demás, pero que nunca le dio espacio. Abundancia y carencia.

Las frustraciones personales son una realidad a nivel social que no podemos descuidar, pero que tampoco nos corresponde hacer algo siempre por salvar al mundo. En la Torá dice «quien salva una vida, salva un mundo». Y muchas veces, esa vida es la de uno mismo. Es más que conocida aquella enseñanza popular que reza: empieza por ti mismo. ¿Qué frustraciones cargas? ¿Qué dolores tienes? ¿Qué pasa? El poder hablar y compartir aquello que se quedó inconcluso en nuestro pasado es un dulce bálsamo que trae alivio. Es la importancia de resignificar las cosas. Tomarse todo a pecho o personal, es una red flag (llamada de atención) sobre nosotros mismos. ¿Qué no hemos podido trabajar? ¿Qué no hemos podido superar? Claro, no podemos descuidar que en efecto hay cosas que son personales y que tampoco se deben de permitir, pero curiosamente, sucede que cuando nada tienen que ver con nosotros, reaccionamos de manera más violenta y negativa que cuando sí lo es. ¿A qué se deberá esto? Pues, mis queridos(as) lectores(as), tiene mucho que ver con el apego y el afecto, y para ello hay que volver a nosotros mismos, dejar el protagonismo en la vida ajena a nosotros y ver que o no estamos estableciendo límites necesarios o no nos está importando que pasen encima de ellos… todo por no perder al otro. ¿Pero quién es realmente el otro que ponemos en el otro? Y vuelvo a hacer la pregunta inicial: ¿lo que exigimos también lo ofrecemos?

Perder(se) el miedo

«Analizarse es aceptar el reto de convertirse en un sujeto diferente; es un acto de vida que se pone en movimiento y también una elección. […] renacer en Análisis es hacerse cargo del destino, tomar la decisión de no rendirse y poner en juego el deseo propio».

-Gabriel Rolón

Queridos(as) lectores(as):

«¡Qué fascinante es el psicoanálisis… pero no quiero analizarme!», de esa manera una amiga me dejaba en claro que el deseo siempre es algo que nos mueve, pero que tampoco es fácil asumirlo. Recordemos que el ir a análisis (evitaré hablar de ir a terapia, porque no es lo mismo), antes que nada se trata de un acto motivado por el deseo y nunca lo veremos como una cuestión de necesidad. Es decir, se va a análisis porque se quiere, no porque se necesite. Es bastante común escuchar hoy en día cosas como «deberías ir a terapia». Si bien es cierto que el ser humano en su vida se ve fuertemente influenciado por el deseo mimético (el deseo del otro), es importante que cada uno reconozca lo que le es propio.

El filósofo y antropólogo francés, René Girard (1928-2015), en su teoría mimética, nos advertía que si bien el hombre desea el mismo objeto del otro (ojo, no es nada más una cosa, puede ser resultado de una mezcla de otras tantas), lo que también imita es el deseo mismo, aquello que lo mueve hacia la cosa u objeto. Los comportamientos pueden ser resultado de una fuerte imitación. ¿Pero y lo auténtico? No podemos ir por la vida siendo calca/copia de alguien más. «Cómo se ve que eres hijo de…». La identidad del deseo es algo que perturba y que nos sumerge en crisis muy profundas. ¿Por qué quieres algo? ¿Por qué quieres lo que quieres? ¿En verdad lo quieres o quieres quererlo como otros lo quieren? Preguntas fuertes, una vez más, con respuestas débiles e incompletas.

El deseo de uno

No hay que escandalizarse de algo que puede resultarnos perfectamente común, incluso hasta natural. El planteamiento de Girard no es otra cosa que darle continuación al modo del acceso de la realidad, a los objetos, por parte de los niños una vez que se topan a sí mismos frente al mundo. Recordemos que uno de los primeros métodos de aprendizaje que empleamos en la niñez es precisamente la imitación: el niño aprende imitando a sus padres o a los demás. Pero no es lo mismo hacer que conocer el porqué se hace algo. El niño imita muchas veces sin saber exactamente cuál es la intención del otro. Hay videos en la red, por ejemplo, en el que un papá hace cierta acción con su esposa y acto seguido un pequeñito va y sin preguntarse simplemente repite lo observado. Puede ser cómico, pero ya quitados de ese «evento simpático», es motivo de preocupación ver que así se comportan muchos adultos hoy en día.

La sociedad infantilizada que cada vez se expone más y más, nos demuestra que la carencia de juicio crítico, del pensar por uno mismo (sapere aude!), es un fiel resultado de un malestar silencioso y muy perjudicial: la incapacidad de conocerse a uno mismo. Pero no sólo eso, sino de aceptarse y no huir de nosotros mismos. El más que citado Oráculo de Delfos y su «conócete a ti mismo», no deja de tocar a la puerta. Pero, ¿de qué sirve el (intentar) conocerse a uno mismo si no se es sincero en el proceso? Uno de los temores más grandes y recurrentes a la hora que buscar analizarse, sin duda es el darse cuenta de que no se es lo que se cree que es; que se caiga la o las mentiras que hemos ido edificando a lo largo de nuestra vida sobre nuestra propia Historia. «Es que yo fui médico porque no quería decepcionar a mi padre», «es que aprendí a tocar la guitarra porque a mi familia le gustaba», etc. Son apenas unos de tantos (auto)reclamos que se escuchan en las sesiones. Ah, pero antes de sincerarse con los motivos, por lo general se presumen las cosas como algo meramente propio y resultado inequívoco del gusto personal. «Yo soy médico y me encanta», «yo toco la guitarra porque no hay mejor manera de expresarme». Insisto: todo es fantástico y maravilloso (aunque evidentemente puede ser también horrible y espantoso) hasta que nos preguntamos sobre ello y de su autenticidad.

Tampoco estás tan mal

Hace algunos años, un ex analizando (digamos, paciente), solía reclamarme mucho durante las sesiones el que yo «le destruyera todo lo que él decía». Él se refería a que cada vez que teníamos sesión, en el proceso se le derrumbaban (o destruían, según su expresión) todas las cosas, en tanto que se iba dando cuenta que sólo hacía por obedecer, que sólo decía por cumplir, que muchas de sus actividades no eran sino el resultado de la exigencia de alguien más. Esos reclamos, que en un principio eran algo violentos ante el «horror» de darse cuenta, la clásica negación, se fueron tornando en auténticas oportunidades para cuestionarse el porqué de su vida y su manera de vivir. Lo que empezó como una mera copia o resultado de la obediencia ciega e incuestionable a los deseos y/o designios del otro, se volvió una ocasión perfecta para resignificar las cosas. «Oye, ahora que sé esto, vamos, quizá sí hice mal en hacerlo por sólo cumplir las expectativas de otros, pero no puedo negar que le he encontrado el gusto y que nadie hace las cosas como yo». Esa claridad le permitió a mi ex analizando empezar a asimilar que uno puede hacer algo genuinamente propio a pesar del origen externo del mismo.

En alguna ocasión, comenté que «muchos tienen miedo de enfrentarse con el monstruo que (dicen) son, pero después descubren que hay alguien fantástico esperando a que lo dejen asomarse en sus vidas». No es fácil, al contrario, es muy difícil dar paso a procesos analíticos por tantas resistencias que hay, siendo uno mismo y sus miedos una de las mayores. Claro, ¿a quién le gusta exponerse delante de un perfecto desconocido? Pues muchas veces nos exponemos delante de perfectos conocidos (según) y los resultados terminan siendo más problemáticos. Es por ello que una escucha neutra es preferible. Los analizandos recuerdan, repiten y reelaboran. Darse cuenta de uno mismo nunca es malo, al contrario, puede ayudarnos a rectificar el camino y nuestra manera de caminar. Es cuestión de irnos perdiendo el miedo: nadie es tan santo ni nadie es tan demonio. El análisis es una oportunidad que tenemos de conocer al guionista de nuestra vida, de entenderlo, de criticarlo (¿por qué no?), de preguntarse las cosas una y otra vez y de darle nuevo sentido a cada día que se vive.

¡El psicoanálisis es permitirnos hacernos cargo de nosotros mismos!

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¿Te gustaría analizarte? Te escucho…

Atención en línea. No importa de dónde seas.

En busca del silencio

«Escucha, y serás sabio; porque el comienzo de la sabiduría es el silencio».

-Pitágoras

Queridos(as) lectores(as):

Cada día es en definitiva una experiencia muy distinta para cada uno de nosotros. La relatividad se constata de muchas e incontables maneras, pero lo que es cierto es que hay cosas, quizá podríamos decir «necesidades», que todos y cada uno de nosotros busca satisfacer. ¿Es acaso el mismo estrés vivir en el campo que en la ciudad? Seguramente muchos de ustedes me dirán que no, que en definitiva no es lo mismo, que seguramente la vida en el campo es menos estresante que la que se tiene en la ciudad. Pero eso sería partir del «yo creo» y no del «así es». Cada vida tiene lo suyo y aunque no se pueden comparar las cosas entre sí con tanta facilidad, debemos considerar que para cada quien las cosas son lo que son. ¿Es lo mismo la frustración de que se ponche/reviente una llanta en plena avenida problemática en el horario desquiciante, a que se descomponga el tractor sabiendo que no está cerca el técnico especialista para poder arreglarlo?

Ahora bien, contemplado lo anterior, la vida de cada uno de nosotros es difícil a su modo, así como lo es fácil también. Hace unos días en Instagram, vi un reel en el que decían «nunca desees la vida del otro cuando sólo disfrutas lo visible». Es como la falacia de la Época de Oro: cuántos de nosotros no hemos dicho «en x tiempo la vida era mejor a lo que es actualmente». Por ejemplo: un muy querido amigo se la pasa añorando los tiempos del gran resplandor de Roma, insistiendo que aquella época era lo mejor; desviviéndose en señalar cada aspecto «bueno» de aquel entonces, enalteciendo algunas cosas determinadas, etc. ¿Pero la vida de quién quisieras, la de un senador romano o la de un esclavo? -le suelo interrumpir. Claramente pensamos desde lo mejor, desde lo positivo, lo acomodado y el lujo. Nadie en su locura se atrevería a decir (bueno, hay uno que otro que tal vez sí): ¡quisiera ser un esclavo en tiempos de Roma! En fin, espero se entienda el punto. Pero, como comentaba anteriormente, hay cosas que sí o sí todos necesitamos y que buscamos satisfacer, entre ellas es encontrar un poco de silencio ante el escándalo de la vida.

Añoranzas regionales

Es curioso cómo habiendo tantos recursos tan fantásticos en nuestra región occidental, solemos voltear hacia oriente para deslumbrarnos con lo que ellos tienen para sí. Hay que tener presente que la cosmovisión, el modo de vida, las creencias y demás rasgos culturales de aquellas zonas, poco o nada tienen que ver con las nuestras. Hablamos mucho de querer alcanzar los «niveles del nirvana«, palabra de origen sánscrito que refiere a un estado óptimo o superior del alma que se logra con una profunda meditación en la que nos desprendemos de todo lo material y que «nada ni nadie nos puede perturbar». Interesante, porque el mundo griego nos ofrece algo que se conoce como ataraxia, que es casi lo mismo, sólo que en vez de la negación de los deseos y demás cosas que inquietan la psique o el alma de las personas, se logra un estado de control total de las emociones y demás cosas que perturban al ser humano. Sí, seguramente habrá entre ustedes que me digan , y con justa razón, que muchas cosas de Occidente son herencia directa de Oriente. Sólo que no hay que descuidar que más bien se tratan de adaptaciones que más tienen que ver con lo nuestro, con lo que nos es propio. Pongamos un ejemplo que quizá sea un poco burdo, pero me parece que servirá para esto que estoy comentando. En Occidente cuando decimos «quiero comer comida japonesa», lo que estamos pidiendo es la versión occidentalizada (sobre todo agringada o estadounidense) de esos platillos, ya que lo que conocemos como tal pasó por las modificaciones hechas en EEUU. ¿En qué parte de Japón servirán sushi PHILADELPHIA?

Ahora bien, esas añoranzas regionales nos distraen justo de las cosas que quizá podrían tener más efecto en nosotros. En verdad desconozco si a los orientales les pasa lo mismo, es decir, que en vez de hacer meditaciones un día digan «vamos a rezar el rosario en vez de meditación budista para BUSCAR EL MISMO FIN». Francamente lo dudo. Aunque, insisto, puede ser. El hecho de que en Occidente tengamos medios específicos para lograr ciertos fines es porque simple y sencillamente es lo que nos ha funcionado. Y no me mal entiendan, no les estoy diciendo que está mal que practiquen yoga o que tomen cursos de mindfulness, porque si es algo que les sirve, qué bueno. Pero sí es un recordatorio que acá, de este lado del mundo, tenemos también nuestras propias herramientas y/o recursos, y que muchas veces solemos ignorar por modas de otros. Hay que darle oportunidad a lo que también es nuestro y difundirlo. Esa es parte de la identidad, misma que se ve cada vez más fragmentada por las influencias forzadas de otros o de lugares distintos. No es de sorprender las crisis de identidad cuando día con día la detonamos con cosas externas.

Lo que nos une

Una vez visto lo anterior, vuelvo a insistir: a pesar de las diferencias, los seres humanos tenemos las mismas necesidades básicas, seamos de donde seamos. El silencio es precisamente una de ellas. Ya sea en Oriente o en Occidente, el silencio tiene un fin igual: la paz interior, lo que se entienda por ello. Es decir, eso no está con derechos de autor o de exclusividad cultural. ¿Cuántos de nosotros, después de las tediosas jornadas que vivimos, no buscamos un poco de paz, de calma, de tranquilidad… de silencio? Y no me digan que no, ¿no acaso hay muchos que tienen o tenemos el celular, ya no en modo vibrador, sino en silencio? Es una demanda inconsciente que se vuelve cada vez más consciente. No es motivo de asustarse, es perfectamente natural y por tanto entendible que el ser humano busque un poco de orden en tanto caos. Y el silencio es una oportunidad, precisamente, de lograr ese poco de orden en cada momento de nuestras vidas.

Los católicos, por ejemplo, le damos una gran importancia al silencio: cuando hacemos oración, cuando meditamos (oh, sí, también meditamos para poner en orden nuestras pasiones, nuestros pensamientos, poder entrar en contacto con nuestros sentimientos y tener cierta claridad en lo que vivimos), cuando reflexionamos sobre alguna circunstancia, etc. En el examen de conciencia que muchos de nosotros solemos hacer en la mañana y/o en la noche, incluso hay una pregunta muy importante: «¿He sabido respetar MI silencio y el de los DEMÁS?». Todos y cada uno de nosotros tenemos derecho a un poco de silencio en nuestros días. Pero aquí surge una pregunta que lo hace todavía más interesante e importante: ¿por qué? El estado místico del ser humano no sólo es hacer algo determinado que nos liga con nuestra espiritualidad, sino saber exactamente por qué lo hacemos. El silencio es una invitación a escucharnos a nosotros mismos, a darnos nuestro espacio, a poner límites a nuestra relación con los demás. No es egoísmo, al contrario, es algo necesario para mejorar primero con nosotros y así después con los demás.

Trampas constantes

Si bien es cierto que hay gente que no sabe estar sola, que no le gusta estar sola, es lo mismo que aplica con el silencio. Y lo volvemos a preguntar: ¿por qué? El silencio, desde el psicoanálisis, es un recurso de elaboración de lo que nos sucede sin interferencia de algo o alguien más. El problema es que hay campañas, hay gente, que promueve nociones negativas sobre la soledad, pero también sobre el silencio. Y todavía presionan en decir «no está bien». ¿Según quién y por qué? Y no faltarán respuestas débiles a estas preguntas tan fuertes. Cuando no sabemos valorar el silencio, rompemos en la desesperada necesidad de llenar de ruido el ambiente. Hay quienes no pueden hacer absolutamente nada en silencio y recurren a poner música (muchas veces a niveles muy altos), a hablar sí o sí con alguien, etc. Haciendo trampa en la búsqueda del silencio. Pero, ojo, no me mal entiendan otra vez, no estoy en ningún momento diciendo que está mal trabajar con un poco de música, por ejemplo, ya que al contrario, muchas veces (si no es que siempre) nos ayuda a tener más ánimo, nos inspira, etc. Pero todo tiene su tiempo, y cuando hay oportunidades para silenciar todo y estar en perfecta compañía con nosotros mismos, no hay que desaprovecharla nunca.

De hecho, retomando un poco lo que decía más arriba respecto a la pregunta en el examen de conciencia («¿He sabido respetar MI silencio y el de los DEMÁS?»), es curioso que eso muy pocas veces lo sabemos hacer. No respetamos nuestro silencio, mucho menos el de los demás. Pienso, por ejemplo, en las personas que viven o trabajan con otros. Nunca falta quien se ponga a escuchar música (sus gustos) sin importarle los demás. Además de falta de respeto, es falta de consideración por lo que los demás necesitan en esos momentos. Puede ser que no haya problema, pero quizá la medida más correcta es hacer uso de audífonos. Ya si los demás dicen «¿qué estás escuchando?» y se animan a acompañar eso, ¡fantástico! Pero, de nueva cuenta, es tan necesario el silencio porque me atrevo a comentar, hay quienes de ustedes al leer lo anterior se dijeron a sí mismos «oye, yo hago eso…». El silencio y la soledad, son hornos de transformación para cada uno de nosotros. Son ocasiones para caer en cuenta de muchas cosas que tienen que ver con los demás, pero sobre todo con nosotros mismos, que solemos ignorarlas o de plano no darles su merecida importancia.

Sucede que pasa.

Pasa que sucede.

La evasión que somos

«Nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para ser normales».

-Albert Camus

Queridos(as) lectores(as):

Les pido perdón por el distanciamiento que he tenido. Junio y julio no son meses fáciles para mí, y reconozco que a veces ciertas cosas entorpecen mi proceder con otras. En fin, aquí estamos, listos para un encuentro más. En esta ocasión quisiera hacer un poco de propaganda a la intención de auto-conocernos. Sin embargo, ¿de qué manera podemos hacerlo sin caer en la auto-mentira en el proceso? Siempre hemos escuchado aquello que dice «no te engañes», pero también el «no te mientas». Y no, no es lo mismo. El engaño es, por decirlo de alguna manera, aceptar un hecho determinado a pesar de la evidencia contraria, mientras que la mentira es un intento, una vil herramienta para buscar caer o que caigan en el engaño. Dicho de otro modo, la mentira es el paso previo al engaño. Vamos a trabajar con esto más adelante.

En las últimas semanas he sido testigo directo de varios casos muy interesantes donde se juegan ambas realidades de maneras muy inconscientes o bastante conscientes. ¿Pero que se logra con ello? En uno de esos casos escuché un «así soy y se aguantan». Es curiosa la manera agresiva en la que se exige que nadie se meta con uno. En ese particular momento justo caí en cuenta de la frase de Camus con la que empezamos el encuentro. Lo que el filósofo francés-argelino plantea es bastante oportuno; comenzando con aquello de «normales», nos obligamos a pensar «según quién, según qué». En un encuentro mucho muy anterior a este ya hemos abordado aquello de lo normal desde lo esfuerzos de Michel Foucault. Lo interesante en todo esto es que justamente por intentar ser «normal» (lo que otros aprueban) terminamos por tener una terca idea de despreciar nuestra propia identidad, cayendo en la necesidad de querer encajar con los demás. Una conducta bastante infantil que remota al deseo de pertenencia.

Esto que digo que soy

Platicando ayer con una amiga mientras comíamos, salió a flote el tema de la hipocresía de las personas: en un lado con ciertas personas son de determinada manera, pero después en otro lugar con otras personas también son de otra manera. Y no es de sorprender, ya que hay que tener presente que desde que somos parte de la sociedad, aprendemos a jugar el «fabuloso» juego de máscaras. Ahora que digo esto, regreso a otra plática con mi amigo Martín, que justamente me preguntaba si cuando se cae la máscara de uno, eso realmente pasa o se sobrepone a la máscara otra. ¡Qué difícil! Y lo es porque nos cuesta mucho lidiar con la verdad, es más, ¡con la Verdad! Y esa verdad que somos, eso que tanto nos gusta, eso que tanto nos disgusta, nos resulta una labor titánica reconocerlo. Para bien o para mal, somos lo que somos, pero muchas veces no sabemos exactamente decir qué.

Durante una sesión, G me decía «cuando soy lo que soy, los demás son lo que no quiero que sean». Después de eso, la pobre no podía dejar de llorar. «Y termino siendo lo que no soy, para que los demás sean peor de lo que creí que eran». Este juego de máscaras de la sociedad es en verdad delirante. El problema surge a partir de las exigencias, en su mayoría ridículas y absurdas, de todos aquellos que se abrazan a la falsa esperanza de pretender creer que el deber ser es siempre justo y oportuno, creando a lo largo de nuestro andar un sinnúmero de dictadores y tiranos. Pero, ¿qué pasa cuando esos monstruos somos nosotros mismos, encontrándonos frente al espejo y deseando ser nuestras propias víctimas? Quien se miente a sí mismo no puede esperar en ningún momento que los otros le ofrezcan un camino a la realidad. La auto-mentira da paso a los mentirosos de la vida, a todo aquello que nos aleja de lo que realmente es.

Volar sin alas

Cuando era niño, uno de mis primos de mi edad, me convenció de jugar a que volábamos. Afortunadamente los 4 escalones que nos separaban del piso no eran lo suficientemente altos. El juego empezó con un «yo vi en una caricatura que el personaje volaba sin alas, ¿qué tal si nosotros también?». La ingenuidad de los niños es maravillosa hasta que la realidad les sorprende de golpe. Y eso fue lo que pasó: él se subió hasta el cuarto escalón y se me aventó. Nos metimos un golpe fantástico. Pero lo que más dolió fue que no pudo volar. Bueno, a él, a mí sí me dolieron más los dos impactos. En fin. En esta breve historia de la infancia, el dolor es una herramienta (in)necesaria para aprender que la verdad es lo que es y que lo que opinemos en torno a ella tiene una franca oportunidad de ser error.

G terminó por comprender que el «ser para ser», que el «soy para que sean», es al final una mentira. Al final de cuentas, ¿con quién vamos si nos duele una muela? ¿Con el carnicero o con el dentista? ¿Por qué hay cosas con las que no nos podemos engañar y, aún así, queremos mentirnos al respecto? En psicoanálisis, precisamente, encontramos las herramientas, no para conocer los frutos de la mentira y del engaño, sino para comprender el deseo y/o la necesidad detrás de ello. Si es cierto que al ser humano le cuesta aceptar la verdad, ¿en qué momento es mejor aceptar la mentira y el engaño cuando terminan heredando dolor y miseria? Recuerdo a mi papá: «Mejor el dolor de la desilusión, que el error de esforzarse por nada».

Un esfuerzo mejor

Así como nos esforzamos, al punto de ejercitarnos en ello (que cada vez nos cueste menos mentir y engañar), ¿por qué no retomar la virtud? La virtud se ejercita día con día. Mirarnos al espejo no es tan sencillo. ¿Qué vemos? ¿Lo que hay o lo que es? Este es un breve ejercicio que he hecho no sólo con mis pacientes, sino conmigo mismo y con otros amigos y familiares. Al ver lo que hay, podemos decir las cualidades físicas observables: estamos flacos, gordos, altos, chaparros, blancos, negros, narizones, orejones, etc. Claro, cuando somos sinceros y no somos aquellos que se ponen lentes de autosatisfacción. Pero cuando nos atrevemos a ver lo que es, no podemos ser sino sinceros: estamos tristes, estamos contentos, molestos, felices, esperanzados, desilusionados, dolidos, etc. ¿En verdad somos tan incrédulos como para sentirnos de la mierda, luego auto-mentirnos y decir «¡estoy de puta madre, venga, vamos a armar fiesta!»? Hay gente que lo hace constantemente, y constantemente se azota contra la realidad.

Cuando fue la época de la pandemia mundial de COVID-19 (2020-2021), insistía mucho con mis allegados en que dejaran de estar diciendo cosas que no eran. ¿Cómo podíamos estar ante el miedo y el terror de esa mugre pandémica? ¿Cómo podíamos reaccionar? Esa enferma idea de optimismo tóxico de quererle ver lo bueno a lo malo a fuerza, es una de las más claras formas de entender a Martin Heidegger cuando decía que constantemente estamos huyendo de la vida, negándola. Siempre que me escribían mis amigos para preguntarme cómo estaba (cosa que agradecía por la amabilidad y el gesto amoroso de preocuparse por alguien más en esos momentos tan difíciles), se sorprendían mucho cuando les contestaba «de la mierda, estoy harto, fastidiado… pero ahora que hablo contigo empiezo a sentirme un poco mejor a pesar de todo esto». ¿Cuántas veces contestamos por contestar? Hagamos un experimento… escríbanle al terminar de leer esto a quien quieran, y verán que cuando le pregunten cómo está, les contestará automáticamente «bien, ¿y tú?». Pero si siguen avanzando en la charla, verán que es más que probable que les cuenten que no todo está bien. Y si sí, ¡qué bueno! Tampoco nos esforcemos en que los demás tienen que estar igual que nosotros… eso ya es perverso.

*Por cierto: de nada sirve ser sinceros sobre cómo estamos, si no hacemos nada al respecto para sentirnos mejor.

La prioridad libertaria

«El amor propio ofendido es el más seguro antídoto del amor»

-Mariano José de Larra

Queridos(as) lectores(as):

Debo de confesar que no tenía la más remota idea de que últimamente me iba a topar con tantas narraciones e historias respecto al amor propio y cómo, hoy en día, parece que no sólo lo descuidamos, sino que lo apostamos hacia el olvido. Ya lo hemos platicado en anteriores encuentros, pero la sociedad moderna en verdad que nos está consumiendo de maneras terroríficas, haciéndonos quedar como auténticos pordioseros de nuestro propio ser. No hay peor bajeza que despreciarse a uno mismo sólo para recibir migajas de un otro. Son incontables las veces que me he enterado de casos muy concretos donde las mayores víctimas son al mismo tiempo sus propios victimarios. Y hay quienes, rendidos y cansados, sólo aciertan en decir «así es la vida». ¿Por qué no dicen «así está siendo mí vida»? Porque hasta para lamentarse, uno es capaz de olvidarse de sí mismo.

Fue el propio Gustav Jung quien nos explicó algo en sumo importante: «Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, seguirá dirigiendo tu vida y lo llamarás destino». Tengo una amiga que no la está pasando nada bien; platicando con ella, le hice notar que su pasado sigue siendo la enorme piedra que sigue arrastrando hasta ahora, y así como el pobre Sísifo, ella cuando parece que ya está bien, ese pesadísimo ente del pasado la arrastra una y otra vez hacia el mismo camino tortuoso. En su caso, así como en otros muchos a lo largo del mundo y no sólo eso, se ha evadido. Ella solloza el triste destino que parece negarle toda oportunidad amorosa sana, pero quizá las cosas podrían cambiar de un momento a otro para bien. Aunque eso sí, sólo depende de ella.

El individuo que se ignora a sí mismo

Hay por ahí un chisterete bastante simplón, pero muy oportuno. El cual dice: «¿Cuántos psicoanalistas se necesitan para cambiar un foco? Uno, pero el foco debe querer cambiar» (tu, tun, tzzzzz). Malísimo, pero una vez más, oportuno. Hoy por hoy, la sociedad nos está volviendo contra nuestra propia individualidad, en un desesperado frenesí de una globalización cada vez más descarada e impositiva. El libre pensamiento se va viendo coartado constantemente. ¿Les suena eso de la inclusión (forzada)? ¿El «si no piensas así, estás mal»? Es curioso: tanta búsqueda de igualdad (más bien podría ser «equidad») lo único que está provocando es división. ¿Y quiénes son los principales beneficiados? Los gobiernos y las empresas. Nada más. ¿Los individuos qué? Tener cierta ilusión de cambio se vuelve una cortina (desgarrada) que busca ocultar la realidad que es muy distinta.

Retomando al famoso Oráculo de Delfos, habría que tener presente tanto el «conócete a ti mismo» y el «todo con medida». No por nada los filósofos estoicos apostaban por el fortalecimiento de la vida interior. Uno de los grandes problemas de nuestra actualidad es que el celular dicta demasiado nuestro día a día: siempre pendientes de lo que hacen o no algunos famosos, lo que usan, lo que compran, etc. ¿Y la originalidad? Dejen eso, ¿y la autenticidad? El poder conocerse a uno mismo, el poder escuchar el deseo, el poder analizarse, es la piedra angular para que nuestras vidas sean en verdad auténticas y muy nuestras. No como las cientos de miles de millones de copias que van por ahí en la vida. Por poner un ejemplo: ¿de qué nos sirve un médico que está enfermo y no se cuida, para atender a los pacientes? Aquí es donde surge el tema de este encuentro: la prioridad de uno, es empezar por sí mismo.

No confundir

Me resulta muy llamativo que a las personas que se ponen como prioridad, no tarden en tacharlos como egoístas, creídos, etc. Siempre descalificativos que no hacen sino hablar más de quienes los profieren. En esta sociedad de copias, siempre va a ser raro el que no quiera seguir cual borrego a los demás de la manada. Y está bien, aunque parece que tiene consecuencias negativas. Sin embargo, ¿importan esas consecuencias que sólo se traducen como ser parte de lo mismo? Por supuesto que no. El individuo, en su máxima posibilidad de ser en cuanto lo que es, tiene la oportunidad de vivir asumiendo su propia responsabilidad. ¿O acaso no somos capaces de ver que la mayoría de los que lapidan a los que actúan de manera independiente, no hacen sino demostrar una infantilización descarada? Es interesante ver que quienes no se comportan como niños berrinchudos esperando que alguien más se haga responsable, son los que están mal para el resto de la sociedad. Quizá Rousseau tenía razón y es «la sociedad la que corrompe al individuo».

¿No me creen? Pensemos en las relaciones tóxicas que tanto pululan hoy en día. El caso de la pareja grosera, violenta y miserable que trata al otro como auténtica basura. Una y otra vez. Hay quienes me han comentado que se trata de perfiles narcisistas, pero me niego a darles tan fácilmente tal intento de justificación. Un día llega en que la víctima se harta del mal trato, pone límites o incluso se va. ¿Qué pasa con el victimario? ¡Se autopercibe como la víctima! Y no sólo eso, sino que se hace de recursos para hacer sentir al otro culpable de su ahora desgracia personal. La manipulación y chantaje emocional se vuelven herramientas de auténtica tortura. Es decir, ¿está mal que quien es mal tratado se harte, se ponga a sí mismo(a) como su propia prioridad, y que termine siendo el malo del cuento? El amor propio se vuelve una ofensa para su victimario. ¡Qué tal! Y termina en que el otro vuelve, le PIDE PERDÓN a su agresor, y le da OTRA OPORTUNIDAD. ¿Qué creen que pasa? Exacto, la historia se repite una y otra vez (¡pobre Sísifo!). Pero, cuando la persona harta se da cuenta que hay muchas cosas que trabajar en ella misma y toma la decisión de ponerle solución a ello, se termina yendo y el victimario entra en una crisis de la que nos se ve liberado sino hasta que encuentra a otra víctima más.

Uno se libera y el otro se esclaviza… a sí mismo.

La desesperación «amorosa»

«Enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible»

-Jorge Luis Borges

Queridos(as) lectores(as):

Parece -hasta cierto punto- que el tema del amor me persigue con insistencia en estos días. Ojalá fuera a modo del goce y disfrute, sin embargo, no es así. En pocos días he sido testigo de varias historias (des)amorosas, sobre todo de amigas, y al mismo tiempo me he vuelto testigo de la incertidumbre, testigo del vulgar intento de establecer una explicación por lo menos un tanto creíble de lo que está sucediendo. Tomo mi mate, acompaño a mi amigo Pablo por un cigarro y a caminar por las calles cerca de mi departamento; siento la toxicidad de ese vicio que no es mío tocar mis pulmones (hace ya tanto que no fumo) y acompaño el andar en silencio, contestando apenas algo que siga el hilo de la conversación en turno. «¿Qué sucede? ¿Dónde quedó la confianza en el amor? ¿Qué es el amor?», y los pensamientos como porcas, innumerables, revolotean en mi cabeza. Hay más ruido que claridad.

T. me dijo «lo corté antes de seguir y caer en el mismo patrón». A. me compartió «sólo me dijo cosas que no creía él mismo y no le importaron mis sentimientos». M. llorando me decía «estoy harta, no quiero más esto». S. me confió «yo sólo quería tener lo que no tuve y me ofreció exactamente lo mismo». Y así nos podemos ir, pero lo cierto es que poco a poco me quedo sin respuestas que no rocen lo que ya muchos estamos ciertos: la inseguridad de las personas los torna peligrosos, para los demás, pero sobre todo para sí mismos. ¿Pero eso convence? Me temo que no…

Mucha certeza que no sirve

La semana pasada, mi querido amigo, el periodista Carlos Ramos Padilla, me invitó como un panelista a su programa televisivo A fondo, donde tratamos el tema de la reconstrucción social después de las elecciones (que vivimos recién en México). En esa ocasión, pude conocer al sociólogo y académico mexicano, Roberto Álvarez Manzo (al cual ahora presumo como amigo), quien en una brillante intervención dijo que «tenemos preguntas fuertes con respuestas débiles». ¡Por supuesto! En la sociedad actual, bombardeada por tanta (des)información, no es de sorprender que tengamos mucha certeza que termina por no servir del todo. De hecho, hace unas horas, platicando con mi querido amigo, Marcelo Augusto Pérez, psicoanalista argentino, tocamos el tema de las respuestas que se dan a modo absoluto, es decir, sin ninguna justificación, razonamiento o algo que permita una argumentación creíble (incluso falseable, para atender a mis amigos popperianos). «Porque sí», «así es esto», «es que no hay de otra», etc. Respuestas débiles que no tienen un respaldo para sostener un diálogo saludable y NECESARIO.

Retomando el tema del (des)amor actual, mucho me temo que lo que estamos viviendo es exactamente lo mismo, aunque de un modo más cruel. ¿Por qué amar? ¿Por qué esperar ser amados? ¿De qué manera lo hacemos? Y es muy molesto contestar/escuchar: «Es que sí». ¡¿Es que sí qué?! La psicoanalista austro-argentina, Marie Langer, sostenía (parafraseando) que «el psicoanálisis sirve para empezar a dejar de engañarnos a nosotros mismos». La importancia de ser sinceros. Y es devastador cuando lo empezamos a ser y nos damos cuenta que las cosas no son exactamente como creíamos, o peor aún, como nos hicieron creer. Un paciente, en algún momento me dijo «quiero tener novia porque no quiero estar solo». ¿Hay alguna pizca de intención amorosa en ese comentario? Aunque no lo crean, sí. Y quizá lo tomen como una sinvergüenzada de su parte, pero ese «porque no quiero estar solo», es una confesión sincera del amor propio que se tiene y que le lleva a buscar un bien que le aparte del dolor y de la tristeza. ¡Qué egoísta! ¡Qué bárbaro! ¡Qué miserable! Claro, entiendo sus expresiones, pero hay que recordar que Freud decía que «amar al otro es renunciar a una parte de nuestro narcisismo». Es decir, es un proceso de apertura a la posibilidad amorosa. Sin embargo, ¿realmente llegamos a amar al otro renunciando a una parte del narcisismo propio? Hoy por hoy muchos evidencian que no…

Eso no es amor…

Siguiendo con el tema de la sinceridad, quizá una de las cosas que más nos dolerá reconocer es que aquello que estamos buscando, al final, no es amor, sino una respuesta desesperada a la confusión interna de cada uno de nosotros. La desesperación para el filósofo danés, Sören A. Kierkegaard, no es sino el «morir sin morir». ¿Cómo puede ser que algo que buscamos de modo desesperado, pueda ser que nos brinde calma, estabilidad… amor? Cuando chicos, los papás nos decían una fórmula que parece que hoy en día hemos olvidado: si lo haces a prisa, lo vas a terminar haciendo mal. Y como si fueran profetas, en efecto, eso pasaba. Trabajos escolares hechos a prisa, sin cuidado y con desesperación, nos brindaban calificaciones negativas. Sin embargo, ¿cómo evitar estar desesperados cuando la sociedad misma nos presiona para tantas cosas? Pienso en el caso de las mujeres, que todavía hoy en día persisten ciertos mandatos y/o sentencias tales como «tienes que casarte antes de los 30’s», «tu reloj biológico te persigue», etc… ¡Qué delirante!

Reza el dicho popular «a fuerzas ni los zapatos entran». Las personas nos vemos tan presionados por fantasmas histéricos que justo nos hacen caer en una profunda y cruel desesperación. Y no, desgraciadamente no se queda sólo en el rubro amoroso, sino también en el personal, en lo profesional, incluso en lo social. ¿Quién dijo que las cosas tienen que ser sí o sí, de un modo determinado, al tiempo debido? ¿Quién proyecta sus inseguridades, sus miedos, sus fracasos en nosotros? El amar por amar es un cáncer, porque lo que se está haciendo es forzar un sentimiento a partir del miedo de no tenerlo, de no experimentarlo. El miedo es un factor que incluso muchos (pseudo)narcisistas aprovechan para hacer lo que quieran con personas que buscan que su corazón también lata en otro cuerpo. Y sí, eso termina y terminará siempre mal. Pero no hay que perder la esperanza, hay que renovarse a uno mismo desde la propia sinceridad, que nos llevará a cuestionar qué tanto nos amamos realmente y de qué modo lo hacemos, de tal modo que podamos tener claridad y respuestas fuertes para preguntas que seguirán siendo fuertes. El amor sí existe, pero también desalmados que se aprovechan. Los amorosos sí existen, y debemos cuidarlos con amor, no con desesperación.

Todo a su tiempo y a su ritmo.

¿Qué prisas reales tenemos?

El capitán Ahab y su peligrosa obsesión

«No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres».

-Herman Melville

Queridos(as) lectores(as):

Hace unas semanas, mi querida Rebecca me regaló el libro Moby Dick (1851) del escritor estadounidense, Herman Melville (1819-1891). Curiosamente, leí ese texto en mis años de preparatoria y nunca supe qué fue de la copia que tenía. Esta aventura -¿o desventura?-dejó una marca muy peculiar, no sólo en mi ser, sino en mi interés. Si bien esta novela destaca por tantos datos biológicos marinos, información sobre las ballenas, es también una suerte de diálogo filosófico-teológico sobre el bien y el mal, mismos que se ven increíblemente reflejados en los varios personajes, desde el capitán Ahab, el ingenuo Ismael, el misterioso arponero Queequeg y demás tripulantes del Pequod. Cabe decir que esta narración es también un auténtico contenedor del simbolismo, por lo que no es de sorprendernos cuando el propio barco parece representar a la humanidad misma.

Pero ahora que tuve la oportunidad de volverlo a leer, sobre todo bajo la presión e insistencia de Rebecca, no cabe duda que pude descubrir más y más cosas. Durante mi formación como psicoanalista, mis coordinadores de seminario repetían que «leer a Freud es descubrir algo nuevo cada vez», y eso me parece que también puede aplicar en los grandes autores. En recientes días he estado reflexionado mucho respecto al egoísmo, y no cabe la menor duda que Moby Dick, sobre todo la historia del capitán Ahab, es el mejor ejemplo para verlo desde la óptica de la obsesión y lo peligrosa que puede ser, no sólo para uno mismo, sino para los demás. No pretendo hacerles un resumen del libro, sólo quiero aprovechar lo que el autor nos ofrece para profundizar en el tema de la obsesión.

El mar y lo inconquistable

La historia comienza siendo narrada por Ismael, quien es un marinero con nuevos intereses que lo llevan a embarcarse en el Pequod, un barco ballenero. Este barco es capitaneado por Ahab, un viejo lobo de mar: experimentado marinero, valiente, autoritario y salvaje. Lo que llama la atención de este capitán es que tiene una pierna postiza de marfil. Una vez reunida la tripulación, Ahab les advierte que será un viaje de 3 años, pero lo más importante: estarán a la caza de una peculiar criatura, un cachalote blanco llamado Moby Dick, representante del legendario Leviatán. ¿Leviatán? En la Sagrada Biblia hay muchas referencias a este ser que supuestamente habita en las profundidades de los mares. Creo que la cita de Job 3, 8 nos queda perfecto para continuar: «Maldíganla los que maldicen el día, los dispuestos a despertar a Leviatán». Este cachalote blanco se había ganado la reputación de ser el terror de los mares, y el mismo Ahab lo experimentó en carne propia pues fue la responsable de que perdiera su pierna.

La tripulación poco a poco descubre que si de por sí la caza de ballenas es algo muy peligroso, así como el sobrevivir en el inconquistable mar, la peligrosa obsesión de Ahab hace que sus probabilidades de salir vivos de esta travesía se reduzcan. Como decimos acá en México, «para no hacer el cuento largo», la obsesión del capitán termina por descubrirse como un egoísmo sin rival. Pensar la obsesión debe ser pensarla desde su origen, desde la persona. Una persona obsesiva descuida todo lo demás que no tenga que ver con sí mismo y con el objeto deseado. El mar es una figura oportuna para justamente representar lo que es una obsesión cuando no se trabaja: un destino inconquistable, insatisfactorio. Lo demás no importa, los demás no importan. Es el ir sin conceder descanso, el subir sin reparar en los escalones que sean, el sumergirse más y más en uno que yace desesperado ante algo o alguien.

Un destino funesto

A lo largo de la lectura, se nos narra que el Pequod se encontró con 9 barcos durante la caza de Moby Dick, siendo cada uno de esos encuentros una suerte de mensaje que progresiva y terroríficamente va marcando el destino de Ahab y de su tripulación. Antes de seguir, hay que tomar en cuenta algo. Ya lo hemos advertido, la obra está fuertemente cargada de simbolismo, por lo que el propio cachalote blanco nos puede indicar lo peligrosa que la naturaleza puede llegar a ser. Pero no nos vayamos por la idea de una naturaleza como creación aparte, sino la propia noción de naturaleza que hace posible que derivemos en la del ser humano.

¿Qué hace que el ser humano sea lo que es? Rousseau decía que «el hombre es bueno por naturaleza», Maquiavelo sostiene que tiene una naturaleza instintiva (pulsional) o Hobbes reutilizando la locución latina sostenía que homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). Demasiadas reducciones que terminan por despreciar cada uno de los rasgos propios del ser humano. Por eso es que esta novela la podemos ver incluso como un tratado sobre el bien y el mal en la naturaleza humana. El elemento distractor sería Moby Dick, siendo la representación de la naturaleza destructiva y poderosa, cuando lo que realmente debemos observar es lo que el ser humano es capaz de hacer por algo tan banal como la venganza. El hombre castrado que busca retomar lo que le quitaron: el poder. ¿Humano o naturaleza?

El egoísmo y la obsesión

Si bien es cierto que Ahab advirtió a los tripulantes sobre su verdadera intención de venganza contra el cachalote blanco, es interesante ver que la avaricia de los demás los hace aceptar el peligroso viaje sin más. Todo lo que podrían ganar con lo que fueran recolectando y, como broche de oro, lo que podrían sacar de la caza de una auténtica leyenda del mar. ¿Será entonces que el egoísmo de Ahab por su venganza personal llevó a la tripulación del Pequod a su funesto destino nada más? En un principio, enfocados en la propia narración de Ismael, podríamos pensar que todo es culpa del capitán, que se lleva consigo a los demás a su catastrófico final. Sin embargo, ¿no son actos egoístas los que vemos a lo largo del viaje en cada uno de los miembros? No olvidemos que el Pequod es el barco que representa a la humanidad: ni todos son santos, ni todos son pecadores. Pero las conductas específicas de unos, sobre todo de quienes tiene poder, pueden generar auténticas tragedias.

Una persona egoísta corre el riesgo de perder más de lo que puede llegar a ganar, si es que gana realmente algo. El problema de la sociedad de individuos tan obsesionados consigo mismos, los «yo, yo, yo… y al final yo», es que se pierde la dimensión de la relación con los demás. Gente que por estar con unos termina alejando a los que ya estaban en sus vidas, gente que por querer tener más y más termina por perder lo que ya tenía. La obsesión, sin embargo, es frecuentemente confundida (y mal) con la determinación y la motivación, y es que a diferencia de estas últimas dos, la obsesión desprecia todo límite y la paciencia y la prudencia desaparecen. Al final, la «fuerza de la naturaleza» termina por imponerse. El mundo sigue girando…