El mundo es un gran diván y cada persona una circunstancia única y sin igual. La historia es un punto de partida fundamental para poder dar paso a los distintos discursos que hay. Bienvenidos a un espacio de reflexión, donde la filosofía, el psicoanálisis, la literatura, el arte y demás ciencias humanísticas abrirán distintas puertas, ventanas… o agujeros en los muros.
Si estás leyendo esto, es porque algo dentro de ti está cansado. Pero no hablo de un cansancio común, de esos que se quitan con una siesta o un café. Hablo de ese agotamiento que se siente en el alma, ese que arrastras día tras día sin saber exactamente cuándo empezó ni si alguna vez terminará. Tal vez nadie lo nota. Tal vez sigues funcionando, sigues cumpliendo con lo que se espera de ti, sigues siendo la persona que todos creen conocer. Y tal vez incluso sonríes, pero por dentro, el peso sigue ahí. Un peso que no se mide en kilos, sino en decepciones, en heridas, en cosas que callaste porque en este mundo nadie tiene tiempo para escuchar de verdad.
Si supieras cuántas veces he pensado en esto… En lo injusto que es que nos enseñen a seguir adelante como si fuera tan fácil. En cómo la gente te dice que seas fuerte, que no te rindas, que «todo pasa por algo», como si eso solucionara algo, como si no supieras ya todas esas frases. Pero dime… ¿quién escucha a los que escuchan? ¿Quién cuida a los que siempre están ahí para los demás? ¿Quién nota cuando alguien como tú está al límite, cuando ya no puede más? Tal vez nadie lo ha hecho. O tal vez sí, pero no de la forma en la que realmente necesitabas. Porque no es suficiente con un «¿cómo estás?« lanzado al aire. A veces lo que uno necesita es que alguien simplemente esté ahí, sin consejos, sin prisas, sin exigencias.
No sé cuánto has cargado, ni cuánto te ha dolido. Pero lo que sí sé es esto: NO ESTÁS SOLO(A).
No, no es una frase vacía. Es una verdad que quiero que sientas, aunque sea por un momento. Porque ahora mismo, mientras lees esto, alguien te está diciendo lo que quizás nadie te ha dicho en mucho tiempo: lo que sientes es válido. Lo que has vivido importa. Y si sigues aquí, no es por debilidad, sino por una fuerza que ni siquiera tú alcanzas a ver en ti mismo(a).
Y aunque el dolor parece interminable, aunque la desesperación a veces nuble todo, quiero recordarte algo: la vida sigue valiendo la pena. No porque sea fácil, no porque siempre tenga sentido, sino porque, a pesar de todo, hay instantes de belleza, momentos de calma, pequeñas luces que aparecen cuando menos lo esperas. Tal vez hoy no puedas verlas, tal vez sientas que todo está cubierto de sombras. Pero en medio del caos, la vida aún nos ofrece cosas que hacen que todo este camino, con sus heridas y su cansancio, valga la pena. Porque la vida no es sólo dolor. También es esa canción que te hace cerrar los ojos y suspirar. Es una risa inesperada en medio de un día gris. Es el abrazo que no pediste pero necesitabas. Es el consuelo de alguien que, sin conocer tu historia, te dice: «te entiendo».
Y si después de leer esto sientes aunque sea un poco de alivio, si dentro de ti hubo un mínimo suspiro de descanso, quiero pedirte algo: respóndeme. No tienes que escribir nada largo. Sólo un «gracias», un «te leí», un «aquí sigo». Porque así como tú necesitabas leer esto, yo también necesito saber que esto llegó a alguien. Que no escribí en el vacío. Que, aunque sea por un instante, no estamos solos. Porque aunque no nos conozcamos, o tal vez sí, nos hicimos un rato de una maravillosa compañía, más allá del tiempo y del espacio.
Gracias por ser quien eres, porque junto con lo que haces, ES MUY VALIOSO.
¡RESISTE!
Te abrazo.
Te acompaño.
Atte.
Héctor Chávez Pérez
P.d. Qué bien te ves hoy. Y más con esa sonrisa increíble que tienes ahora en tu rostro.
«La única forma de lidiar con un mundo sin libertad es volverse tan absolutamente libre que tu propia existencia sea un acto de rebelión».
-Albert Camus
Queridos(as) lectores(as):
Hace algunos ayeres, mi querido amigo, Paniel, tuvo la amabilidad de invitarme a dar una conferencia sobre el Psicoanálisis para sus alumnos de Psicología en la UPAEP (Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla) aquí en México. El subtítulo de la misma fue Una revolución antropológica. Desde hace mucho tiempo, me he sumado a las voces de aquellos que dicen que el psicoanálisis, en cierta medida, es una filosofía práctica. ¿Han escuchado alguna vez esa redundancia de «mi filosofía de vida»? ¿Por qué digo que es una redundancia? Porque la Filosofía en sí es un modo de vida, es algo antropológico como tal, surge del hombre y regresa al hombre. El hecho «ver la vida interior», esa profunda reflexión, ese cuestionamiento, nos obliga al análisis de lo que somos, lo que hacemos con ello, por qué no hacemos y demás, llegando a un acuerdo con el propio psicoanálisis. Es justo recordar que Sigmund Freud, quiso ser filósofo (fue alumno de Henri Bergson) pero su deseo mayor era poder casarse, por lo que estudió Medicina para convertirse en Neurólogo. Y de ahí hacia la fundación del Psicoanálisis.
En fin, no entraré en más detalles en esta ocasión. Pero, regresando al subtítulo de mi conferencia, el Psicoanálisis justamente genera una revolución antropológica, es decir, un cambio en la persona. Y es que uno de los mayores deseos del ser humano, sin lugar a dudas, es saber quién es. Pero no es fácil contestar si se plantea desde algo meramente relacional: es hijo de, hermano de, estudió tal cosa, es de tal lugar, etc. Una de las primeras demandas en la clínica es precisamente lograr encontrar autenticidad. Eso es innegable. Ahora, antes de continuar, quiero dejar muy en claro que esto es lo que yo he ido viendo con mi experiencia, y quizá muchos de mis colegas no estén de acuerdo. Y qué bueno, ya que eso brinda oportunidad de diálogo y de seguir aclarando las cosas. Todo esto sin descuidar un hecho: puede que nunca lleguemos a estar 100% de acuerdo, y en verdad lo celebro.
Lo que le decimos a los niños
Muchos profesionales de la salud mental estarán de acuerdo con Freud y su famosa frase de que «infancia es destino», es decir, lo que se vive en la infancia demuestra la importancia de las experiencias primarias y su impacto en el desarrollo de la persona (y de su neurosis). Más tarde, Santiago Ramírez, lo refuerza ya que para él la infancia imprime su sello en los modelos de comportamiento tardío del sujeto. Y no hay que ser expertos en el tema para caer con la evidencia de ello. En una charla, un amigo mío recurrió varias veces al uso de la palabra «mediocre» y a sus derivados. Pero, lo que llamó mi atención, es que esa palabra era constantemente algo que se decía a sí mismo. Un temor profundo por la mediocridad. Cada vez que la decía, era con un profundo desprecio, coraje y hasta odio en su expresión. Por lo que a la primera oportunidad le pregunté por qué decía tanto esa palabra y por qué le pesaba tanto. Cabe decir, antes de continuar, que en un momento él me compartió: «Si yo sigo en el trabajo en el que estoy en 2 años, seré un verdadero mediocre». Y, como lo he dicho, al hacerlo mostraba una negatividad tremenda. Sigamos. Fue entonces cuando me contestó que «mediocre» es algo que decían mucho su abuela y su madre. ¡Era casi un pecado ser mediocre! Y sí, este amigo lo demuestra constantemente, odia a profundidad esa palabra. Aunque es curioso, ya que ni su abuela ni su madre se referían a él porque lo fuera, sino que más bien le advertían: «No vayas a ser un mediocre». Aunque, aquí vamos a hacer otra nota, este amigo suele ser muy cruel con quienes él considera mediocres, ya que se refiere a gente que juzga así de una forma denigrante y terrible. El dolor se vuelve la herramienta sádica contra el otro, ya que cuando se burla del otro, se ve en su rostro un goce innegable.
Ahora bien, ¿será que ese mandato de la infancia realmente se vuelve su apoyo para salir adelante o más bien una auténtica pesadilla? En un momento masoquista, su recuerdo maternal le genera una cierta satisfacción de auto-complacencia al tratar de justificar que no está siendo un mediocre en su actual trabajo, exaltando todo lo que hace (que siendo honesto, es lo mínimo que se espera del trabajador) a tal punto que los demás «no son como él», y de ahí la burla hacia ellos. Pero el temor latente está ahí. ¿Qué pasará el día en que alguien le diga directamente «mediocre»? Lo mismo que pasa por ese doloroso recuerdo de su abuela y de su madre, sólo que ahora sí será él sentenciado por el mandato. Y de ahí la frustración, el dolor, la tristeza, el menosprecio y demás negatividad posible. Aunque, mientras tenga con quiénes compararse y poderse desquitar, por el momento será su dulce bálsamo. Sin embargo, como sabemos, ese tipo de defensas no terminan nunca bien.
Rebelarse contra los mandatos
Sapere aude! (piensa por ti mismo/atrévete a saber), es sin lugar a dudas otro mandato, pero justo y necesario. Cuando uno lo dice, no tiene la menor idea quién lo manda, pero en un ejercicio de reflejo del espejo, ese mandato nos lo decimos a nosotros mismos. Parte de del desarrollo y evolución de las personas, sin lugar a dudas, es la de cuestionar lo que antes le han hecho pensar, decir, hacer y, por supuesto ser. No olvidemos que eso es parte de la cultura. De nada nos sirve ir por la vida diciendo que somos algo que no sabemos por qué. La idea de la rebelión de uno mismo no es otra que la invitación de cuestionarse, aprender a discernir y a desafiar las cosas que simplemente no nos gustan, no nos parecen coherentes. En México al menos es muy común el legado familiar en cuanto a profesiones se refiere. El abuelo es médico, el papá también, el hijo, por tanto, «tendría que serlo». Y sí, en muchos casos las profesiones se recubren del talento que se hereda y claro que es algo bueno. Sin embargo, muchas veces, el ser por ser no es lo mejor. Como dice el dicho popular: las cosas ni a la fuerza. Es decir, forzar algo o a alguien, sólo genera problemas. Si la familia de médicos tiene a un integrante que le gusta, le apasiona, no sé, ser bailarín de ballet clásico como profesional, pues es lo que es. Pero eso muchas veces cuesta por los temores a no cumplir con las expectativas, de otros y propias. Eso es precisamente rebelarse contra uno mismo, contra sus miedos, contra sus dudas, sus hechos incluso. Probando un poco de todo puede que se encuentre lo ideal.
Tampoco se trata de rebelarse a lo idiota, poniendo la salud, la vida y la dignidad en riesgo. No podemos estar en el «adolescente» perpetuo que se niega a responsabilizarse, como muchos en la sociedad actual se encuentran: inconformes, quejumbrosos, caprichosos… adultos con su niño interior roto y frustrado. La rebelión en sí misma es algo que exige compromiso, que existe aceptación respecto a la responsabilidad de la decisión que se toma. Si nos equivocamos, pues nos equivocamos, hay que enmendar y seguir intentando. Regresando a la palabra «favorita» de mi amigo, la única mediocridad es el conformismo, de quedarse «agusto» en la zona de confort y nada más estar quejándose con una pose como si el mundo nos debiera todo. La mediocridad, del latín mediocris (medio, común, ordinario), está ligada al compuesto medius (medio, central, intermedio) y ocris, palabra de origen arcaico que puede significar montaña o peñasco. «El que se queda a la mitad de la montaña». Pensemos, el sujeto no quiere seguir hacia arriba o regresar hacia abajo, se queda ahí, sin hacer más. Pero ve que otros sí suben o que otros se regresan, y sólo los critica, los envidia o anhela un día ser como ellos, nada más que no dice cuándo con exactitud. La queja es un recurso para lidiar con la realidad que no nos gusta, pero no hacer nada más… eso sí es mediocre. ¿Qué ha hecho mi amigo entonces con tanta queja? Perpetuar el mandato de su infancia de manera tajante e irse identificando de manera inconsciente (a veces me atrevería a pensar que bastante consciente) con ello. ¿Qué será lo que realmente odia? Se lo dejo a ustedes…
«Las acciones nobles y los baños calientes son las mejores curas para la depresión».
-Dodie Smith
Queridos(as) lectores(as):
En estos últimos días he estado participando activamente en varios análisis y debates políticos respecto a las posturas del Presidente de EEUU, Donald Trump, que han causado revuelo y logrado acrecentar los temores de inspiración ultraderechista en distintos países. De hecho, ¿cómo olvidar aquel gesto que hizo Elon Musk que hizo pensar en el antiguo saludo nazi? Las exaltaciones ideológicas están a flor de piel y muchos son los discursos que en buena medida «justifican» lo que está pasando. En fin, no entraremos en detalles sobre eso en esta ocasión. Pero sí me gustaría centrarme en el tremendo impacto que los medios de comunicación tienen en las personas, sobre todo en estos días llenos de vacío e incertidumbre. ¿Vacío? Sí, cada vez es más notorio el tremendo vacío de identidad y sentido en las personas. Cada vez es más y más tangible cómo la gente repite y repite lo que otros dicen sin siquiera ponerse a reflexionar al respecto: hoy es más fácil que otros piensen por nosotros. Y cuando se entra en un confrontamiento, la carencia de argumentos válidos es más que evidente. Los medios están cultivando cada vez más y más personas que se niegan al famoso lema de la Ilustración: sapere aude! (¡atrévete a saber, piensa por ti mismo!). El pensamiento crítico está en crisis.
Pero, ¿cómo puede ser que algunos mensajes que vemos constantemente en las redes sociales y demás medios de comunicación resulten tan perjudiciales si parecen con buenas intenciones? Hoy en día es muy común ver cómo redes sociales como Instagram exponen tantas realidades tan «positivas» que no faltan las cuentas donde los personajes (así es, no personas, porque al final de cuentas están contando una narrativa distinta) llamados influencers traten de convencer a sus audiencias sobre varias cosas. Desde la fanática del ejercicio que a la primera provocación se pone a ejercitarse sin importar dónde esté o qué esté haciendo, hasta aquel «experto en nutrición» que comparte lo que a él/ella le sirve para «vida sana» sin pensar en que los cuerpos son distintos; las redes sociales nos ofrecen mucho contenido que se aleja considerablemente de algo positivo, por mucho que pretendan demostrar que no.
Imposiciones mediáticas
Me llama la atención cómo es que enero se ha convertido en un mes donde la depresión es el GRAN TEMA. Y no es para menos, pensemos en el famoso Blue Monday (lunes azul, o forzado a «lunes triste/deprimente»), el cuál se considera el tercer lunes del mes de enero. Aunque tiene una raíz más bien económica, se ha vuelto una tendencia psicosocial que tiene efectos demoledores en muchas personas. Pensemos, por ejemplo, en la sugestión. ¿Qué es eso? Es la influencia psíquica que se ejerce el sobre alguien más para inducir procesos mentales, como ideas, emociones y acciones. Vamos a decir que uno va por la vida sin enterarse de qué es eso del Blue Monday, pero de repente escucha en la televisión, en la radio, lo ve en internet o en sus redes sociales algo al respecto. ¡El día más triste del mundo! Y el panorama de esa persona cambia por completo. El enterarse de algo que alguien más afirma sin más, debido a las inseguridades personales (e incluso al deseo inconsciente de querer encajar o formar parte de algo), mueve al sujeto en totalidad. Pasamos de la ignorancia a un estado depresivo. Alguien más pensó y dijo lo que tenía que hacer, y «fielmente» se acató la orden.
Esto me recuerda el llamativo inicio de la obra El mercader de Venecia (The Merchant of Venice, 1600) de William Shakespeare. Antonio, que es un mercader poderoso y muy rico, comienza compartiendo con sus amigos, Salerio y Solanio, que se encuentra muy triste: «La verdad, no sé por qué estoy tan triste. Me cansa esta tristeza, os cansa a vosotros; pero cómo me ha dado o venido, en qué consiste, de dónde salió, lo ignoro. Y tan torpe me vuelve este desánimo que me cuesta trabajo conocerme». Ante esta confesión, sus amigos tratan de dar respuesta a partir de lo que ellos sentirían estando en la situación de Antonio. Solanio aventura que quizá es que Antonio está enamorado, cosa que éste rechaza enérgicamente, por lo que Solanio arremete con quizá una de las «obviedades» más grandes de la Historia: «Entonces estás triste porque no estás alegre». Imaginemos si estos intentos de sugestionar a Antonio los aplicáramos de forma masiva, ¿qué logramos? Dudas y convencimientos impuestos. El silencio del malestar es algo muy común que le pasa a todos en algún momento, debido a no querer que se les diga algo a modo de reprenda o que hagan menos nuestros sentimientos, pero cuando este silencio «busca consuelo» en gente que «parece que tiene una vida mejor», la frustración y desilusión se hacen presentes a modo de afirmación tiránica: «lo que daría por ser/estar así». Dando paso a otra peor: «Yo nunca podría lograrlo». Claro está que habrá quienes se puedan inspirar, pero las circunstancias son muy diferentes entre cada uno de nosotros. Querer copiar al otro, una vez más, nos aleja de nuestra propia identidad.
Cuidar lo que vemos en las redes sociales
Hace unos días, mientras despejaba mi mente en Facebook, me topé con una publicación que compartieron en una página que sigo. He aquí:
«Estoy muerto. Cada mañana me despierto con un insoportable deseo de dormir. Visto de negro porque llevo luto por mí mismo. Llevo luto por el hombre que podría haber sido… Ya no sonrío. No tengo las fuerzas suficientes para hacerlo. Estoy muerto y enterrado. No tendré hijos. Los muertos no se reproducen. Soy un muerto que estrecha la mano de la gente en los cafés. Soy un muerto más bien social y muy friolento. Creo que soy la persona más triste que jamás he conocido».
Este texto pertenece al escritor francés, Frédéric Beigbeder (1965). Definitivamente es bastante deprimente su contenido. Una declaración que para nada sorprendente muchos se identifiquen con lo expresado. De hecho, y creo que ninguno de ustedes me dejará mentir, creo que lo que más nos llama la curiosidad en publicaciones chistosas, delirantes y deprimentes en redes sociales, son los comentarios. ¡Son auténticas joyas! Muchas veces celebramos la enorme creatividad de las contestaciones, pero en otras se nos hace un nudo en la garganta por lo que comparten. Y en este caso, no fue la excepción. Por resumirles todo lo que fui leyendo, podría decirles que «así me siento» es lo que más encontré. Tenemos que tener mucho cuidado con lo que nos topamos en las redes sociales, porque en verdad pueden ser muy perjudiciales para nuestra salud mental y, por tanto, para nuestra integridad. Durante la p(l)andemia de Covid-19, la demanda por series y películas sobre pandemias y exterminio creció a niveles preocupantes, por lo tanto, la ansiedad y depresión de las personas que pudieron pasarla confinadas. No es de extrañar que la novela de Albert Camus, La peste (1947) se vendiera como pan caliente.
No está mal que existan esos contenidos, lo que está mal es que nos alcancemos a identificar con algo que nos hace ruido de ellas y no hagamos nada para trabajarlo. Cuando la película Guasón (Joker, 2019) de Todd Phillips salió, muchos se sintieron identificados con el trágico personaje de Arthur Fleck (Joaquin Phoenix). Pero lejos de ir a buscar asistencia con profesionales de la salud mental, asumieron esa realidad como algo inevitable y sin esperanza de cambiar y quizá hasta sanar. Las audiencias sin capacidad crítica se están volviendo el gran mercado de muchas marcas que han entendido el poderoso uso de la sugestión. ¿Cuántos de nosotros no hemos comprado un producto sólo por la presión mediática y social? ¿Cuántos no hemos sucumbido a comprar «medicamentos» milagro que nos ayuden a bajar de peso? Y así le podemos seguir. Después de esto, ¿se les hace extraño que la depresión «esté ganando» la batalla diaria?
«Caballeros, como ustedes bien saben y el dicho reza, quien no goza de confianza no puede realizar hazaña alguna«.
-Wu Cheng’en (Viaje al Oeste)
Queridos(as) lectores(as):
La fascinación de los occidentales por todo lo que Oriente ofrece, no es algo nuevo en definitiva. No nace por el manga y anime japonés, el K-Pop coreano, la gastronomía india y mucho menos las ganas de ir a bañar elefantes a Tailandia. La profunda influencia oriental en la vida en Occidente es innegable, y no es para menos, ya que toda cultura enriquece de un modo u otro, cosa que debemos agradecer y valorar. Cuando hablamos de Occidente y la literatura, sabemos que la primer novela moderna fue escrita por Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo, don Quijote de la Mancha (1605-1615), sin embargo, esto mismo pasó en China con Viaje al Oeste (西遊记, Xī Yóu Jì, 1592), atribuida al poeta y escritor chino, Wu Cheng’en, durante la dinastía Ming. ¿Habían escuchado de las aventuras del Rey Mono? Quizá sí, quizá no, pero lo que sí estoy más que seguro es que, aunque sea por error, han escuchado de Dragon Ball (ドラゴンボール, Doragon Bōru, 1984-1995), especialmente de Son Gokú. Pues Akira Toriyama, mangaka (artista que crea mangas) japonés, se inspiró en aquellas aventuras para crear a uno de los personajes más queridos en la Historia del manga y del anime.
Y es que Viaje al Oeste tiene mucho que influir en el pensamiento universal gracias a la recopilación de información que el autor hizo respecto al budismo y demás elementos espirituales entre India y China. Hace poco, gracias al estudio chino, Game Science, desarrolló y distribuyó el juego Black Myth: Wukong (黑神话:悟空) el 20 de agosto del 2024 para la consola PlayStation 5 (luego para PC y posteriormente para Xbox Series), logrando que esta legendaria historia llegara para fascinar e interesar a un gran público mundial. Así es, aquí también hablamos de videojuegos, sólo que no haré una reseña de éste en especial, ya que mi interés es compartirles más sobre lo que lo inspiró, pero sí me atrevo a decir que es uno de los mejores que he jugado y que me dejó impresionado en muchos aspectos (¡si pueden, DEBEN jugarlo!).
Viaje al Oeste (1592)
Contextohistórico/mitológico
Viaje al Oeste es considerada una de las 4 grandes novelas tradicionales chinas que se escribieron durante las dinastías Ming y Qing. Las otras 3 son: Romance de los tres reinos (1330), Bandidos del pantano (1373 aprox.) y Sueño en el pabellón rojo (1793). Regresemos. Todo comienza con un viaje a la India por parte de un monje budista, Xuanzang, a sus 16 años en el 629. La intención de su viaje fue la de recopilar textos sagrados y traerlos a China. Todo esto está en Registros de las regiones occidentales (646), que son una recopilación de textos escritos por Banji, discípulo de Xuanzang. Sobre estos, cabe señalar que son un aporte interesantísimo no sólo sobre la cultura budista, sino también sobre las relaciones indochinas, la apreciación demográfica, etc.
Como les comentaba al principio, Viaje al Oeste se le atribuye a Wu Cheng’en, quien inspirado por tan fascinante viaje, modificó el nombre del monje budista a Tang Sanzang. Pero sólo que para su gran aventura, el monje cuenta con la compañía de Zhu Bajie (un cerdo antropomórfico), Shā Wùjìng (un ex general celestial exiliado) y, por supuesto, Sun Wukong (el Rey Mono). Estos «discípulos» tenían la misión de proteger y guiar al monje. Ahora bien, vamos a centrarnos en Sun Wukong y su origen. Según unos estudiosos, Wu Cheng’en se pudo haber inspirado en un personaje de aspecto simiesco de la mitología china, Wu Zhi Qi, así como en el dios hindú, Hanuman, quien tenía cara de simio. El nacimiento de Sun Wukong es curioso: una piedra albergaba un huevo, del cual surgió un pequeño simio (o macaco), con una inteligencia muy peculiar y actitudes que lo hacían ser bastante diferente al resto de su especie.
Black Myth: Wukong (2024)
Resumen literario
Al inicio, en la Montaña del Fruto de la Flor, gracias a sus acciones valientes, fue nombrado por los demás macacos como el Rey Mono. Aquí es donde se pone interesante. Con la capacidad de poder transformarse, grandes habilidades marciales, un báculo sagrado (nyoibo) que podía agrandarse y achicarse según su deseo, fuerza sobrehumana y una nube voladora (kinton), Sun Wukong lo tenía todo. O al menos eso creía. Un día, se hizo consciente sobre la muerte, por lo que quería también poder lidiar con ella. Debido a sus características naturales de simio, entre la picardía y el robo, entre otros «males», cuando fue a la corte del Emperador de Jade, cometió un sinnúmero de acciones que no fueron bien vistas. La que más molestó a los celestiales, sin duda fue su rechazo a la autoridad, pero sobre todo la osadía de equipararse al mismo Emperador de Jade. Aunque logró conseguir la inmortalidad tras comerse unos duraznos (o melocotones) y borrar su nombre del Libro de la Vida y la Muerte, la furia celestial por tales atrevimientos hizo que el mismísimo Buda lo castigara, dejándolo atrapado en una montaña por 500 años. Este castigo duraría hasta que Sun Wukong aprendiera a ser humilde y renunciara a los deseos que sólo lo encaminaran a una vida de sufrimiento (tal como lo pretenden las enseñanzas budistas).
Un día, el monje Tan Sanzang, encontró la montaña donde yacía el Rey Mono, mismo quien entendió que para poder redimirse ante los celestiales, ante Buda, pero sobre todo ante sí mismo, tenía que acompañar y protegerlo en su aventura. Sun Wukong se vuelve el gran aliado de Tan Sanzang, protegiéndolo de muchos espíritus y demonios que se interponían en su misión de recolectar los textos sagrados. Al final del viaje, el Rey Mono es reconocido por los celestiales y nombrado «Buda honorario».
Representación y enseñanzas
Estoy casi seguro que cuando les narraba un poco sobre la parte histórica y la literaria de Viaje al Oeste, muchos de ustedes no pudieron evitar pensar en ciertos personajes de Dragon Ball. Insisto: de esta novela salió la inspiración para Toriyama. Veamos, parece ser que Bulma representaría a Tan Sanzang, aunque también podríamos pensar en el Maestro Roshi. Debido a su forma de comportarse, sobre todo con las mujeres siendo un «cerdo» con ellas, Oolong representaría a Zhu Bajie. Después, tendríamos a Yamcha, quien por sus orígenes «penados» (ladrón) y sus habilidades marciales y con la espada, representa a Shā Wùjìng. Los textos sagrados no serían sino las Esferas del Dragón. Y claro, si a estas alturas la distracción los alejó de lo «evidente», Son Gokú representa a Sun Wukong. ¡Qué cosa!
Dragon Ball (1984-1985)
¿Pero qué nos enseña Viaje al Oeste? Me atrevo a decir que muchos de los que crecimos con Dragon Ball, lo hicimos de manera indirecta y sin saberlo con esta novela china, en tanto que aprendimos muchos valores importantes: el esfuerzo, la disciplina, la humildad, la importancia de los amigos y del trabajo en equipo. ¿Pero realmente eso es lo que nos querían transmitir? La obra está inspirada en el budismo, por lo que muchas de las enseñanzas de Siddharta Gautama, Buda (El Iluminado), precisamente nos llevan hacia la auto cultivación espiritual/religiosa, el autoconocimiento, aprender más y más sobre lo que nos rodea desde lo más pequeño hasta lo más grande, a no dejarnos dominar por las pasiones desordenadas por los deseos que sólo garantizan sufrimiento, etc. Viaje al Oeste no es otra cosa que el viaje hacia uno mismo.
Si tienen la oportunidad de leerlo, creo que sería un verdadero enriquecimiento cultural para ustedes. Hay que entender que el conocimiento humano no debe tener límites culturales. De todo se aprende, pero no podemos hacer de todo algo nuestro. Cada persona tiene sus orígenes y debe sentirse orgulloso de los mismos, se puede aprender de otros, claro que sí, pero no se reemplaza lo propio por lo ajeno nunca. El gran valor del conocimiento es la suma de saberes, nunca el reemplazo.
Ahí está la humildad que Sun Wukong tenía que aprender.
Hoy, 13 de enero (2025), se conmemora el Día Mundial Contra la Depresión. Y vaya que se ha hecho demasiada consciencia al respecto en los últimos años, siendo las redes sociales las que más impulsan a las personas a no tener que vivir con este trastorno. Ésta no es la primera vez (y tal parece que tampoco la última) que hablamos sobre este tema en estos encuentros. Sin embargo, creo que en esta ocasión es preciso verlo desde otro lugar, desde uno «menos transitado». Si nosotros accedemos a Google y en su buscador ponemos «depresión», nos saldrán infinidad de páginas donde podremos informarnos y desinformarnos. Es muy común que debido a los efectos de la inmediatez en la que vivimos (querer todo en el momento) sea más «sencillo» abrir reels (videos cortos) de TikTok y/o de Youtube, mismos en los que salen personas dándose licencias para hablar sobre la depresión, y todavía peor, se atreven a dar «consejos» que pueden poner a sus auditorios en auténtico riesgo.
¿Pero cuál es ese lugar menos transitado del que hablo? De ustedes mismos. ¿Cómo? Sí. Aquí en Crónicas del Diván es común que ustedes me lean, donde les comparto reflexiones, anécdotas, Historia, Literatura, Filosofía, Psicoanálisis, etc. Después de todo es una página/blog de difusión. En otras ocasiones han encontrado cartas que escribo para ustedes. Ahora quiero hacer algo distinto, en sentido de poder ayudarles a empezar a identificar si es que están pasando por un cuadro de depresión, con la mejor intención de que acudan con profesionales de salud mental (psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas) para poder atenderse y trabajar en las cosas que les tienen así. Recuerden: hablar con los amigos, la familia, etc., por supuesto que es bueno, porque son la primer red de apoyo, sin embargo, se requiere algo neutro para poder abordar las circunstancias de manera correcta, porque así evitamos caer, por un lado, en que nos den por nuestro lado («Sí, tú no estás mal, es que el mundo no te entiende») o que nos hagan sentir todavía peor.
A continuación, les dejo las preguntas (sean muy sinceros en contestarlas para ustedes mismos).
-¿Me cuesta trabajo concentrarme?
-¿Me cuesta dormir?
-¿Me despierto mucho?
-¿Las cosas ya no me apasionan como antes?
-¿Siento que los días siempre son lo mismo?
-¿Me cuesta relacionarme con los demás?
-¿Me relaciono demasiado con los demás?
-¿Inicio algo nuevo y al poco tiempo lo dejo?
-¿Busco quedarme más en casa en vez de salir con mis amigos?
-¿Me cuesta estar solo?
-Etc.
«Anciano en pena (En la puerta de la Eternidad), 1890, Vicent van Gogh
¿Se dan cuenta que son preguntas que se escuchan a diario en todas partes? La depresión no es estar «nada más tristes todo el tiempo». No, es algo que va más allá de eso. La falta de sentido, el desánimo, el cansancio constante, el dormir mucho y aún así no sentirnos bien, enfermedades constantes, estados de ánimo muy cambiantes, sentimientos de inferioridad, etc., son como le dicen red flags (banderas rojas) o alertas sobre lo que estamos pasando. Recuerden también que «es que me siento bien» muchas veces es una resistencia para no hablar las cosas y no hacerles caso. NO TIENE NADA DE MALO PEDIR AYUDA. Créanme que se pueden evitar muchas cosas que lamentar después. La depresión es algo demasiado común en nuestros días, y es que hay un exceso de factores que nos hacen sentir peor con el paso del tiempo. Muchas veces necesitamos un apoyo psicofarmacológico, que no es otra cosa que un tratamiento por unos meses a lo mucho, pero siempre es bueno acompañarlo con una psicoterapia. Los medicamentos NO SON LOS QUE CURAN, pero sí nos ayudan a sentirnos mejor. Sin embargo, mientras estamos con ese apoyo, es bueno poder hablar las cosas, decir las cosas que nos preocupan o que nos duelen, incluso muchas veces suele pasar que hay quienes no son capaces de hacer cosas que les dan felicidad y/o alegría porque existe un temor inconsciente. ¿Eso es posible? Por supuesto que sí.
Queridos(as) amigos(as), empecemos bien este 2025. Así como le dedicamos tiempo a nuestra salud física con la dieta y el ejercicio, así como le dedicamos tiempo a los demás, darnos el tiempo y la atención debida a nuestra salud mental es primordial. El ejercicio y una buena alimentación claro que nos ayudan a sentirnos bien, sin embargo, hay veces que no se hace realmente por salud, sino por vanidad. ¿Tener cuerpos definidos y sanos está mal? No, pero también hay inseguridades que se están moviendo en esos momentos y que no nos dejan en paz. En algún momento, un colega psicoanalista me preguntó mientras veíamos a unas personas haciendo ejercicio en el parque: «¿De qué estarán corriendo siempre?» Apuesto a que si son de los que acostumbran correr, ya les hizo eco esta pregunta. Y si no… la espinita ahí está.
Les abrazo y deseo que eso que están pasando en silencio, con la ayuda adecuada, puedan salir adelante de ello pronto y bien.
La frase con la que abro este primer encuentro del 2025 con ustedes, la he venido «masticando» desde hace una semana. ¿Qué significa? Primero antes que nada, debemos hacer énfasis en nostalgia. ¿Qué es? Vayamos a su etimología: viene de la palabra griega νόστος (nóstos), que significa «regreso» y de ἄλγος (álgos) que significa «dolor». Al unir ambas palabras, damos con «dolor de regresar». Pero, antes de seguir avanzando, tenemos que considerar que nóstos (regreso) surge como un recurso poético que se utiliza en lo relacionado a lo que implica «regresar a», o en otras palabras, «lo que hay en el proceso de vuelta». Ahora bien, tenemos un registro interesante en una tesis médica de 1688, en la que el estudiante de aquel entonces, Johannes Hofer, acuñó el neologismo «nostalgia» para describir la enfermedad que padeció tanto un estudiante como su sirviente, ya que cuando se encontraban lejos de su hogar, se encontraban en plena agonía, y no fue sino hasta que regresaron que «milagrosamente» recuperaron la salud.
Una vez visto lo anterior, veamos lo que es la nostalgia. La nostalgia es una emoción compleja que implica una cognición orientada al pasado y una mezcla de sentimientos. Se puede desencadenar al encontrar un olor, un sonido o un recuerdo familiar, al participar en conversaciones o al sentirse solo. De hecho, en México tenemos un caso deportivo que fue muy sonado durante años (y todavía lo es hasta la fecha). Popularmente se le conoce como «síndrome del Jamaicón», que surge del ex jugador José «Jamaicón» Villegas, una de las estrellas inolvidables del equipo Chivas del Guadalajara, del «Campeonísimo». Este jugador, que había ganado 8 títulos con el equipo tapatío, de indudable talento con la pelota, se «perdió» en la cancha, es decir, no demostró nada mientras participaba en la Copa Mundial de Suecia 58. ¿Razón? Aparentemente extrañaba la comida de su tierra (entre muchas otras cosas que se han dicho). Por muy «absurdo» que suene, la nostalgia es un factor que puede desestabilizar a cualquier persona. Pero, ¿por qué algo «momentáneo» parece ser una sentencia permanente?
Recuerdos que duelen
En la clínica psicoanalítica es muy común toparnos constantemente con la nostalgia personalizada en los pacientes. No es nada raro ni de extrañar. La nostalgia acompaña al ser humano por el simple hecho de que éste tiene memoria. «Nada como el pasado», dicen los abuelitos hoy en día, «nada como el ayer». Y la clave está precisamente en ese «nada». El ayer, el pasado, lo que fue, no es más, se ha «perdido en la nada». Lo único que lo mantiene «vivo» es el recuerdo de cada quien. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el pasado no es recordado de la misma manera? Recordemos que la memoria no es perfecta, por mucho que nos acordemos de detalles, estos no son del todo ciertos o tal como fueron, por eso es que muchas veces recurrimos a la fantasía para rellenar esos «espacios» y, por qué no, maquillar los recuerdos. De hecho, muchos recuerdos son dolorosos, tristes o simplemente no son muy gratos, por eso es que se les maquilla para que «no suframos» por recordar. Aunque no lo logremos realmente…
La nostalgia por eso es que viene acompañada en varios casos de lágrimas y gestos que no coinciden con los que estamos recordando y compartiendo con los demás. Pienso, por ejemplo, en una amiga que «fascinada» me contaba sobre aquellos años en los que jugaba con sus hermanos cuando eran niños. Mientras ella me narraba sus vivencias, notaba cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. ¿Qué te duele? -le pregunté, a lo que ella me contestó: «Nada, sólo es que recuerdo y me da tristeza». Antes de ello, cabe decir, me decía «no sabes cómo extraño lo mucho que nos divertíamos». Sí, es cierto, puede haber tristeza por el hecho de ya no poder hacer lo que se hacía antes, no todo es resistencia, pero había algo en su relato que no cuadraba, porque en otras ocasiones ella me compartía que por ser la más chica, y la única mujer, sus hermanos la «molestaban» cada vez que podían. Dejé reposar la pregunta que le hice por unos minutos sin hacer de nuevo mención, a lo que pasados unos minutos ella dijo: «Malditos, cómo les encantaba jugar rudo conmigo cuando yo les decía que eso no me gustaba». Los recuerdos encubridores terminan sucumbiendo ante la realidad que solemos negar. La nostalgia, por tanto, puede ser una acumulación de recuerdos que se debaten entre lo que fue, lo que quisimos que fuera y lo que terminamos por creernos. Pero como dice la sabiduría popular: no podemos tapar el sol con un dedo.
¿Está mal recordar?
No, por supuesto que no. Como todo en la vida, hay que saber cómo hacerlo, cuándo sí y cuándo no. ¿De qué nos sirve recordar de modo que nos duela hacerlo? Veamos, yo recuerdo a mi abuelita, y cuando lo hago digo cómo fue mi relación con ella. Cuando platico con algunos de mis primos, como he mencionado anteriormente, los recuerdos que tenemos con y sobre ella, son muy variados y muy distintos. Yo recuerdo a mi abuelita materna muy linda, tierna, cariñosa, sin dejar de tener ese peculiar caracter fuerte que sí tenía. Mientras que algunos de mis primos no recuerdan con la misma carga de afecto esas virtudes. «Nombre, mi abuela sí era ruda, su manera de mostrar su amor y cariño era a través de la comida». Notemos cómo incluso la manera en la que nos referimos a ella es distinta: mientras yo le digo «abuelita», ellos le dicen «abuela». En México, el diminutivo se emplea con ternura (por tanto, amor) para referirnos a algo o a alguien. Cabe mencionar que yo era el más chico de los nietos y sí, la edad va cambiando a la gente. Aunque cabe aclarar que todos quisimos y amamos a nuestra abuelita. Lo duro se va suavizando con el paso del tiempo. Pero, eso sí, todos coincidimos que, haya sido como haya sido con cada uno de nosotros, siempre fue una persona linda y que se preocupaba por cada uno de nosotros.
«La nostalgia ya no es lo que era» es importante tenerlo en cuenta para poder «curarnos» del pasado que nos atormenta. La vida siguió su camino y las cosas se quedaron atrás. Sí, hay cosas del pasado que definitivamente nos marcan, pero NO NOS DEFINEN NI NOS DETERMINAN. Cuando alguien dice «es que soy así porque en el pasado sufrí mucho», es entendible y triste, sin embargo, hay que entender que «no porque las cosas fueron de un modo, no significa que tengan que seguir siendo así». Es importante hablar las cosas y poder trabajarlas, para que de un modo se puedan resignificar y nos den la oportunidad de no repetir lo vivido con alguien más, que muchas veces «ni la culpa tiene». Todos pasamos por cosas que hubiéramos querido que fueran de otra manera, pero no fue así. Les vuelvo a compartir una cosa que dice el Dr. Irvin D. Yalom: «Hay que renunciar a la esperanza de un pasado mejor». Sólo así podremos dejar de cargar peso innecesario y alivianar el viaje de cada uno de nosotros hacia la vida que sí podemos elegir.
«Si nunca pensamos en el futuro, nunca lo tendremos».
-John Galsworthy
Queridos(as) lectores(as):
Estamos a 2 días de acabar este 2024; para muchos es una bendición, para otros una desgracia, para otros les da lo mismo y hay otros que solamente aplican la de «venga lo que venga, y como venga». Recién tuve una charla con un vecino y me comentaba algo que me pareció interesante: «El problema del mañana, es que le tenemos miedo». Miedo, nada más antiguo como el ser humano mismo, algo tan natural y a la vez tan misterioso. Es decir, una cosa es tener miedo y otra cosa es angustiarse. Kierkegaard hacía la distinción para tenerlo más claro: el miedo es aquello que enfrentamos en el momento, por ejemplo un perro que nos asusta, la altura, una película de terror, etc. La angustia, en cambio, se plantea más ante lo que no podemos ver, lo que no podemos imaginar, y muchas veces la angustia es la que justamente nos quita hasta el deseo de hacer algo al respecto. Esa expresión de que el miedo nos paraliza, me parece que lingüísticamente es incorrecta, más bien, la angustia nos aterra. No hay peor demonios que los que imaginamos.
Ahora el primero de enero, curiosamente, lo comenzaré yendo al cine a ver la película de Nosferatu (2024) de Robert Eggers, misma que es el remake (por así decirlo) de la legendaria película de culto, Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Una sinfonía de horror, 1922) de Friedrich Wilhelm Murnau. Iniciar el año con terror me parece sensacional. Para los amantes del género, sobre todo para los que lo escribimos, resulta una experiencia enriquecedora porque, de cierta manera, «te prepara para lo que puede venir». En fin, no me hagan tanto caso en esto último, pues este encuentro no va de la mano con ello. Al contrario, en los recientes días he estado trabajando con unos textos y con una recomendación fílmica que el buen Martín me hizo. Así que hagamos un previo: ¿exactamente a qué le vamos a apostar este 2025?
¿La vida que vale la pena vivir?
En encuentros anteriores, y mis lectores que ya tienen tiempo de leerme, he comentado que desde que estudiaba Filosofía, mi interés se ha inclinado por el Existencialismo. En los últimos años, junto con el Psicoanálisis y el Personalismo, he ido abrazando al Absurdismo, y en realidad creo que he encontrado puentes muy valiosos que permiten, junto con algunas posturas religiosas y orientales, observar la vida con «ojos de novedad». Y lo agradezco profundamente. Este año, uno de los autores que más me acompañó en los momentos de reflexión fue Albert Camus, por quien siempre tendré expresiones agradables y agradecidas. Pero, les pregunto, amables lectores(as): ¿en qué punto de su vida se encuentran? En el siguiente subtítulo les compartiré algo de la película que les comenté al principio, pero vayan pensando en esta pregunta.
Ahora bien, ¿de qué nos sirve saber en qué punto nos encontramos? Precisamente de todo, pues es momento de darnos cuenta de que, sea el que sea, es meramente nuestro. En la película de Sonic 3, que recientemente fui a ver con mis amigos, en un momento, Tom (James Marsden) le dice a Sonic: «El dolor no logró cambiar tu corazón». Muchas veces, el dolor termina por modificar a las personas, por cambiarlas, por hacerlas pensar que «deben ser de otra manera para que ya no los lastimen». Y eso es curioso: para no sufrir, debo sufrir cambios. ¡Terrible! Lo verdaderamente excepcional de las hojas de los árboles al caer, es que aunque terminan por marchitarse, siguen siendo fantásticas en nuestra memoria. Las cosas se preservan, las cosas duran. En la película El señor Ibrahim y las flores del Corán (2003), dicho señor (Omar Shariff) da una enseñanza sobre el amor, que les parafraseo: «Todo aquello que damos por amor es lo que es realmente nuestro. Podrán hacer lo que quieran con ello, pero eso no cambiará lo hecho. Todo lo que guardemos, se perderá para siempre». La persistencia del ser asegura su permanencia.
Es muy común que personas increíbles, tales como ustedes, que hacen todo con el corazón, con cariño y atención, se ven «cruelmente decepcionadas» por los tratos que les dan, por las circunstancias tan malas que viven, y empiezan a buscar una vida que valga la pena vivir. Y empiezan a volverse auténticos desconocidos, hasta para ellos mismos. ¿En verdad eso VALE LA PENA? ¿Dejar de ser para ser algo que menos queda claro qué coño es? Una vida auténtica no se plantea si vale la pena o no, sólo se vive con la disposición de vivir, sea lo que sea, sea lo que venga.
Felicidad por la que hay que ir
Les comentaba que Martín me había recomendado una película, la cual es Hector and the Search for Happiness (Héctor y la búsqueda de la felicidad, 2014) dirigida por Peter Chelsom, que está basada en el libro homónimo de François Lelord (2002). La pueden ver en Amazon Prime (al menos en México), por si les interesa. Aunque voy a atreverme, por primera vez, a compartirles puntos que Héctor (Simon Pegg), un psiquiatra inglés, irá descubriendo a lo largo de la película. Pero no se angustien, que el hecho que lo haga no les arruina la historia. Así que aquí les van:
Hacer comparaciones puede arruinar tu felicidad.
Mucha gente piensa que la felicidad significa ser rico o ser más importante.
Mucha gente sólo ve su felicidad en el futuro.
La felicidad puede ser la libertad de amar a más de alguien a la vez.
A veces, la felicidad depende de no conocer toda la historia (o asunto).
Evitar la infelicidad no es el camino de la felicidad.
En algún lugar hay alguien que te ama. ¿Esta persona qué saca principalmente de ti? ¿Lo mejor o lo peor?
La felicidad es responder a tu vocación.
La felicidad es ser amado por quien eres.
La felicidad: guiso de patatas dulces. ¡Guiso de patatas dulces! (El platillo que más te gusta)
El miedo es un impedimento a la felicidad.
La felicidad es sentirse completamente vivo.
La felicidad es saber cómo celebrar.
Escuchar es amar.
La nostalgia ya no es lo que solía ser.
Quizá les ayude a darse cuenta, en el punto en el que están, que nunca es demasiado tarde para ser felices. No debemos ocuparnos tanto de la búsqueda de la felicidad, ¡sino en la felicidad de buscarla! Ya que, como dirá alguien en la película: «Todos tenemos la obligación de ser felices».
Les abrazo con el corazón, deseo que recuperen por ustedes mismos esa maravillosa sonrisa que tienen, esos sueños fantásticos, esos anhelos geniales, pero sobre todo, que se animen a ser esa persona INCREÍBLE que son. Que la tristeza y el dolor no logren cambiar nunca ese preciadísimo corazón que tienen. ¡Su amor y ternura también los necesitamos los demás!
¡Por un 2025 de autenticidad y felicidad!
Gracias por su compañía este año, ¡vamos por más!
¡Feliz Año Nuevo!
Héctor Chávez Pérez (¡Los escucho y acompaño!… No olviden su análisis)
«Aunque el mundo celebra, mi corazón lleva una carga pesada».
-Anónimo
Queridos(as) lectores(as):
Es más que sabido que diciembre es un mes que va de un extremo a otro respecto a las realidades que cada uno de nosotros vivimos. Es un mes destinado a las celebraciones de origen religioso que apuntalan hacia los mejores deseos: la felicidad, la paz, la armonía, la dicha, etc. Sin embargo, al final de cuentas, no podemos hacer de un anhelo una realidad presente en muchos corazones. En una sesión, un paciente me decía hace unos días: «Estos días sólo son recordatorios de todo lo que he perdido». ¿Y quién no ha perdido algo o a alguien de importancia en la vida? Recordemos que la pérdida es algo tan abstracto y tan personal, que hay personas que sienten tristeza por haber perdido a un ser querido y otros que lloran el haber perdido un regalito que recibieron hace tantos ayeres. Cada uno de nosotros depositamos cargas afectivas de distintos niveles en muchas cosas y personas en la vida. Nunca hay que hacer menos los sentimientos y afectos de nadie.
En lo personal aquello que dijo mi paciente, es algo que inevitablemente pienso y vivo en estos días por las pérdidas personales que he tenido en los últimos años. Cuando entro a mi departamento, lo primero que veo es un comedor con 10 sillas, que a lo largo de los años se han ido quedando vacías. Pero c’est la vie (así es la vida). El problema, me parece, radica en que solemos poner la vista demasiado en el pasado, buscando escapar del futuro y por tanto de lo inevitable. Sin embargo, también puedo compartir que en estos años, durante mis caminatas por las calles de la ciudad, me he convencido de que en verdad es cierto aquello que los abuelos nos decían: recordar es vivir.
Luces por todos lados
Cuando era niño, recuerdo con mucha ilusión cómo estas fechas se volvían momentos muy bellos con mis papás. De hecho, allá por 1998, mis papás y yo fijamos una fecha especial para celebrar los 3 nada más. Mamá preparaba los platillos favoritos de la nona: ravioles con carne en salsa de 4 quesos y un corte especial. Papá nos compartía historias de las festividades decembrinas. Y yo sólo sonreía porque estaba con los mejores papás del mundo. Esa fecha era cada 22 de diciembre. Ya para aquel entonces, la casa se llenaba de los «juguetes» de mi mamá, es decir, adornos navideños que llenaban de alegría y colores cada rincón. Mi mamá era como una pequeña niña en esos tiempos. Recuerdo también cuando mi papá me sentaba en sus piernas, fumando su pipa con ese tabaco con esencia de maple que tanto le gustaba, y me contaba sobre el Cascanueces y el Rey Ratón. Después vendrían las otras fechas, pero esa en especial lo era todo para mí. Mamá murió en 2016 y papá en 2021. Sólo me quedan sus recuerdos, mi tesoro.
Confieso que desde entonces mi departamento no tiene adornos ni luces. Muchas personas me dicen que por qué no lo hago en memoria de ellos. Y mis resistencias son todavía muy fuertes para eso. Quizá algún día las vuelva a haber. Pero no por ahora. Todavía la tristeza me pega en estas fechas. Claro que quisiera que las cosas fueran distintas, pero esto es ahora. Aunque se equivocan en pensar que no hay luces conmigo, al contrario, las he ido interiorizando y eso es lo que me da la ocasión de poder compartir con los demás lo que mis papás compartieron conmigo por años. En mi casa hay una regla: nadie pasa la Navidad o Fin de Año solos. Por eso es que amigos y amigas vienen cuando así lo necesitan. Y las luces vienen entonces a visitarme, la tristeza desaparece y una sensación bella da calidez a mi corazón.
Comprender al corazón
Hay muchas cosas que la época en la que vivimos se esfuerza por negar rotundamente. No es de sorprender que hoy «nadie tenga permiso» de sentir lo que siente, de ser lo que se es. Mi querida amiga, Viri, hace unos días me recomendó una película que curiosamente no había visto, Días perfectos (Perfect Days, 2023), dirigida por Wim Wenders. Es una historia sobre el señor Hirayama (Kōji Yakusho), un hombre que lleva una vida bastante sencilla, siendo trabajador de limpieza de baños públicos en Shibuya, Tokyo. Yo sé que Viri no hace las cosas nada más porque sí, por lo que su recomendación para mí se trató de un abrazo a mi alma. Me hizo verme a mí mismo reflejado en Hirayama. Y me dio mucha paz. Hacerla de filósofo y de psicoanalista, así como de escritor y difusor de arte, podría parecer algo sencillo, pero en realidad me hace ir una y otra vez a las incontables preguntas que nos «atormentan» a los seres humanos. Muchas veces, la soledad es mi más importante compañía. Para mí, todo el año puede llegar a ser un eterno diciembre. Pero en ningún momento me hacen falta luces, pues las tengo en mis amigos, en mis conocidos, en la gente amable que me ofrece sus servicios, en quienes me sonríen en el transporte público, en la calle, etc.
En fin, mis queridos(as) lectores(as), he querido escribir esta entrada con un poco sobre mí, porque tengo la ilusión de que quizá se vean reflejados en mi vida. Muchos estamos así, a muchos nos tocó «pasarla difícil». Pero no perdamos la esperanza. En un momento de la película que les comenté arriba, el señor Hirayama le dice a su sobrina: «La próxima vez, será la próxima vez. Ahora es ahora». Vivir el presente, agradecer lo que se tiene y lo que no, son llaves para hacer de nuestra vida algo más ligera. Recordemos con amor, vivamos para seguir amando. Yo sé que hay momentos difíciles y tristes, pero no estamos solos, nunca lo estamos. Tengamos el corazón siempre dispuesto para dar, pero también para recibir. Los días están llegando, pero nosotros con ellos.
Los abrazo, y si ya no nos encontramos más este 2024: ¡Feliz Navidad y que sea un bello Año Nuevo para ustedes!
Hoy en día estamos viviendo tantas cosas tan complicadas, desesperantes, frustrantes, tristes, etc. Pero también estamos siendo testigos de momentos maravillosos, bellos, divertidos, etc. ESTAMOS VIVIENDO. Con eso hay que quedarnos. Sé que hay días en los que no te quieres salir de la cama, que las mil y un preguntas te abordan de manera directa y hasta violenta, generándote preocupaciones, miedos, cosas que te ponen constantemente contra ti mismo. ¿Y cómo no? También a mí me pasa. TODOS LOS DÍAS. Y eso se debe a que las circunstancias que estoy viviendo en estos momentos no son las más favorables. Te confieso que hay días que no sé cómo hacer las cosas, no sé qué decir, no sé qué más hacer. Imagina por un momento mi encrucijada: doy cursos de arte y cultura, escribo sobre la vida, escucho a personas que van a psicoanálisis conmigo, mis amigos que la están pasando mal y que recurren a mí para hablar, etc. Deudas, ajenas y propias, a veces los ingresos no son los mejores. Y no quiero que pienses que estoy contándote esto para quejarme, porque aunque así parezca (y que inconscientemente es un grito desesperado), es la aceptación de que es lo que me ha tocado. Recuerdo que cuando hablaba con mi papá, le decía «¿por qué yo?» y me contestaba «¿y tú por qué no?». ¿Qué nos hace especiales como para nunca tener que vivir algo de adversidad? Claramente quisiéramos vivir cosas extraordinarias, bellas, divertidas, momentos emblemáticos con amigos y seres queridos. Pero esa es la ilusión común de todos nosotros. Un día abrimos los ojos y nos descubrimos ante las distintas adversidades de la vida, que muchas veces (lo concedo) pueden ser injustas, que nunca las buscamos. Y la desesperación comulga con la tristeza y un profundo sentimiento de desolación. Eso, querido(a) amigo(a), es la vida misma.
Hace algunos años, me diagnosticaron (entre otras cosas) una depresión aguda (que algunos psiquiatras le llaman crónica). La muerte de mis padres, desaparición de fuentes de trabajo, el mentado COVID-19 que mermó muchas estructuras, deudas hospitalarias, el abandono familiar (no de todos, pero sí de muchos), etc. Sí, así es, puras cosas negativas. Pero muchas personas fantásticas han salido al quite (como decimos acá en México), que han salido para ayudarme, desde mis más queridos y sinceros amigos, hasta gente que de ninguna manera pude haberme imaginado que me podrían ayudar. Mi amigo Pablo, en un momento en el que me estuvo consolado, me dijo «cosechas lo que siembras… tú has ayudado, ahí tienes la respuesta», pero acostumbrado siempre a ser yo el que ayudaba, el que resolvía, me costó mucho aceptar la ayuda de los demás. Poco a poco lo fui haciendo y las cosas fueron cambiando. En la Filosofía he abrazado varias ramas para poder ayudar y ayudarme a mí mismo, entre ellas el Estoicismo, la Escolástica, la Ética, el Existencialismo y, en los últimos años, el Absurdismo. ¿Te imaginas todo lo que hay que leer y confrontar para ello? Pero sobre todo, ¿lo que hay que romperse una y otra vez hasta que la humildad surja y dé paso a la empatía? De ahí que mis cursos, clases y pláticas tengan ese caracter humano de acercar a la gente, no sólo al conocimiento, sino al sentimiento. Quien desprecia los sentimientos en los procesos educacionales, no ha comprendido nada.
En una ocasión durante una sesión de análisis, mi analizando (paciente), antes de terminar, me dijo algo muy lindo: «Héctor, ¿conoces a Gabriel Rolón? Yo soy fan de sus videos y podcast. Es relindo que sienta lo mismo cuando le escucho cuando estoy contigo… ¡son ángeles!». Gabriel Rolón, aunque no tengo el gusto de conocerle, sin duda es uno de mis colegas que más admiro y que amo con todo el corazón porque su palabra plena me causa tanta ternura y consuelo. Acá en México, en tono de admiración por alguien, les decimos «cuando sea grande, quisiera ser como tú». Y eso le digo a la distancia a Gabriel: «quisiera ser como vos». Y hablando de Gabriel, hace unos días me topé con un video del canal de banco BBVA, Aprendamos juntos, donde a mi querido amigo (permitiéndome este atrevimiento), sale en un episodio que se llama Historias para la vida. Y hoy, justo esta mañana, mientras luchaba contra mí mismo, me puse a escucharle. Y es en verdad delicioso poder escuchar cosas tan lindas que vienen de una persona que ha abrazado la humildad, la empatía y la sinceridad para compartir sus preocupaciones y opiniones. En un momento, un participante le pregunta a Gabriel qué recomendaciones da para tener una buen salud mental. El psicoanalista retoma lo dicho por Sigmund Freud: «Para considerar a una persona sana, hay que considerar el amor y el trabajo. Cuando una persona es feliz con quien está y es feliz con lo que hace, esa persona va a ser una persona sana. Cuando una persona está en un vínculo donde sufre o trabaja en un lugar donde la pasa mal, esa persona se va a enfermar».
En un momento personal, Gabriel comparte que su padre, que era albañil, tomaba el colectivo (camión) para ir a buscar trabajo, pero que cuando regresaba en la tarde, se le veía frustrado y desilusionado tras no encontrar nada, y que su esposa entonces le acercaba un mate y le decía «mañana, morocho, mañana». Con los años, Gabriel resignifica eso y dice que el amor sostenía la salud emocional de su padre para que no se quebrara cuando no estaba lo otro. Eso me hizo pensar cuando yo era más joven y por x o y razón no me salía algo de la universidad o del trabajo, y que mi mamá, con todo el amor y sencillez, se acercaba a mí y me daba una Coca-Cola bien fría, me acariciaba la cabeza o la espalda y me decía «mañana, negrito, mañana». ¡Qué coincidencias! Pero, en efecto, esa muestra de amor, de preocupación, me daba el consuelo necesario para no romperme emocionalmente, y si era necesario, el cálido abrazo de mi madre me recobraba la seguridad. Desde 2016 mamá ya no está aquí. Pero las muestras de amor no me ha faltado, por eso es que mis amigos son mi tesoro más valioso. Por eso es que trato de ser así con mis alumnos, mis analizandos, mis amigos, la gente en la calle. El amor salva… y vuelve a hacerlo.
Termino esta carta, querido(a) amigo(a), con la esperanza de que lo que te he compartido, te sirva en ese momento difícil que estás pasando, muchas veces en silencio y en soledad. No te tortures de esa forma, abre tu corazón con las personas que sabes que tienen un amor por darte para ayudarte. Pero, sobre todas las cosas, si conoces a alguien que esté pasándola mal, no esperes a que te busque, a que te escriba, busca, veele a visitar, no todo es dinero (aunque si se puede, quizá podría ser de mucha ayuda), pero puedo asegurarte que un abrazo, una tierna caricia, un beso en la frente, palabras lindas, son motores para ayudarle a esa persona a salir poco a poco del estanque de la depresión. Y si ya lo haces, gracias, síguelo haciendo. Y si en algún momento tú me has escrito, me has llamado, me has buscado… gracias, por eso sigo aquí escribiendo y compartiendo.
«Nadie puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague».
-Juan Rulfo (Pedro Páramo)
Queridos(as) lectores(as):
Se nos va noviembre y en México se acaba el mes de muertos. Desde que la película de Disney, Coco (2017), se estrenó en los cines mundiales, nuestro país tuvo una importante repercusión en la curiosidad tanto de extranjeros como de los propios nacionales. Muchas veces sucede que estamos fascinados por los mil y un cuentos/narraciones que vamos descubriendo a lo largo de la vida sobre ideas y creencias que se tienen en otras culturas, pero al mismo tiempo nos pasa que ignoramos lo que es nuestro. Y uno de los temas que siempre llama al interés de los seres humanos, sin lugar a dudas, es la muerte. Unos se aterran, otros lloran, unos recuerdan, los otros la esperan con ansias, por eso es que es muy probable que en las conversaciones que se llegan a tener con familiares y amigos, nos guste o no, es un tema bastante recurrente.
Claro, las distintas culturas del mundo tienen una percepción determinada sobre la muerte. Unos la ven como el fin de todo, a saber, no hay nada después; otros la ven como un paso más en la vida, otros como un anhelo y otros como una auténtica tragedia. Las creencias religiosas, de hecho, tienen en la muerte un fundamento bastante interesante. Lo llamativo es que en todas por lo general se habla de transición: hacia otra vida o hacia la nada. Pero es movimiento al final de cuentas. Pensemos en los griegos, por un lado estaba el dios Hermes, quien guiaba a las almas hacia el más allá, donde serían esperados por el barquero Caronte, quien por unas monedas (mismas que se colocaban sobre los ojos del muerto durante el rito funerario) le ayudaba al alma a cruzar hacia el otro lado del río Estigia. En la cultura bretona, existía Ankou, quien con una carroza recogía las almas de los muertos. Ahora bien, en el curioso mundo del vudú haitiano, yace la figura del Barón Samedi, quien aguarda en las encrucijadas donde pasan las almas para guiarlas en el camino hacia el inframundo. Pero, en el mundo azteca, yace también el dios Xólotl, quien creó a los seres humanos, mismos que terminó detestando y que no le quedó de otra más que imponerse a sí mismo la tarea de conducir a los muertos hacia el Mictlán (inframundo).
Ese lugar yace en lo hablado
Hace unos días, se estrenó en Netflix la película Pedro Páramo (2024), misma que se basa en la novela homónima del escritor mexicano, Juan Rulfo. Esta novela tiene lugar en la localidad ficticia de Comala (aunque sí existe en el Estado mexicano de Colima). Este pueblo simboliza, entre muchas cosas, los deseos insatisfechos de sus pobladores, las ambiciones silenciadas, el dolor, la tristeza, la desesperanza… la existencia. Desde el título, Rulfo nos dice bastante, ya que tal como indica Silvya M. Domínguez en su texto La Comala de Juan Rulfo: una distopía: «El nombre de Comala deriva de la palabra comal, implemento de cocina que se usa para calentar la comida sobre las brasas. La gente de Comala está muerta y el demonio es quien calienta sus almas, juega con ellas antes de comérselas». Son muchos los que refieren que el texto de Rulfo es en sí la novela existencialista por excelencia de México, elevando al autor a puestos que ocupan autores como Kafka, Dostoievski, Hesse, etc., dentro de este género literario. Sin embargo, quienes conocen México, pueden ver que es parte del encanto surrealista nacional. Y hablando de surrealismo, el cineasta español, Luis Buñuel, en su libro Mi último suspiro (1982), sentencia que «la muerte es acto y potencia», entendiendo de ese modo que la muerte se sostiene en todo momento y no se habla de ella, no se vive, hasta que uno se muere. «Mientras más vives, más mueres», decía una amiga en un poema suyo.
Como decimos acá, «tiro por viaje» (cada vez que se puede), hablamos de la muerte. Insisto en lo que decía anteriormente: unos desde las lágrimas, otros desde el recuerdo, etc., pero se habla porque se habla, incluso desde las abstracciones más repetitivas en el día a día del mexicano. Es decir, por poner un ejemplo, en tiempos de la Revolución Mexicana, surgió la expresión «ya chupó faros», para dar cuenta de que tal persona ya había muerto; teniendo su origen en la petición de poder cumplir el último deseo de un preso condenado a ser fusilado de poder echarse/fumarse unos Faros (cigarrillos baratos, sencillos y corrientes) antes de tocar las Puertas de San Pedro (otra expresión para expresar el fallecimiento). Y así nos vamos en un sinfín de expresiones para no-hablar pero sí hacerlo de la muerte al mismo tiempo: «ya colgó los tenis», «ya se petateó», «ya se nos fue», «ahora sí no regresa», «fue su último baile», «se nos peló»… hasta lo irónico como «muerto pa’ siempre» acompañado de una boba risita., etc. Quien no hable de la muerte, es porque no está vivo (así de lógico).
Tan mexicano como la muerte misma
Si queremos poner en complicaciones a un mexicano, hay que ponerle a explicar el Día de Muertos a un extranjero. Definitivamente es una tradición que a pesar de lo mucho que «ayudó» la película Coco (y lo pongo así porque ningún mexicano pensaba en un puente hecho de pétalos de la flor de cempasúchil), nos cuesta mucho explicar. Una creencia que incluso no compagina del todo con la fe católica (en mayoría) de la población mexicana, pero que aún así no es en ningún momento despreciada por las autoridades eclesiales. Al contrario, la aceptación se debe en buena medida al tierno y buen recuerdo de nuestros seres queridos que se han ido, que se han adelantado en este viaje llamado vida. Cuando hablaba de las abstracciones sobre la muerte en el día a día mexicano, hasta pareciera que o bien Martin Heidegger fue mexicano encubierto o todos de algún modo y sin saberlo, lo leímos con atención en algún momento, ya que recordemos que el filósofo alemán sostenía que el «ser humano es un ser para la muerte» (parafraseándole) y que «constantemente huimos de la muerte». Esa huída de la que habla se hace presente, insisto, en el día a día del mexicano, en cuanto a la expresión trágica de las realidades sociales. «Ahora sí ya estoy muerto», haciendo referencia a que lo descubrieron en algo «malo»; «me van a colgar», «no pues ya fue» (cuando algo sale mal), etc., pero nada más mexicano todavía que la expresión «ya valió madres». Curioso que algo tan bello y preciado como una madre sea del uso común para tantas cosas, buenas y malas. Madre como origen y fin de todo. Acto y potencia. Seré, soy, seguiré siendo y dejaré de ser, pero mientras pasa eso, pues a ver qué pasa. El mexicano abraza la incertidumbre para terminar diciendo «ya chingué», «ya chingamos», «ya me chingaron», «ya nos chingaron». ¡Ah, chingá! ¿Y eso qué chingados es?
En su libro, Útil y muy ameno diccionario para entender a los mexicanos, el escritor mexicano, Héctor Manjarrez, nos dice que chinga es «dificultad, adversidad, molestia, friega», a su vez chingada, chingadera y chingar: «mexicanismos de uso corriente». La posibilidad hecha expresión en medida de los incontables usos que se le puede dar tanto a «madre» como a «chinga» (y sus derivados). En torno a estas fantásticas palabras que dan paso a fantásticas manifestaciones lingüísticas del mexicano, yace entonces el acto y la potencia, la vida y la muerte. La abstracción del mexicano es incluso algo de un profundo origen metafísico, donde vida y muerte son lo que son, un principio y un fin. Donde hay mexicanos hay fiesta, donde hay fiesta hay tequila, donde hay tequila hay risas, dolor, recuerdos y tristezas. Pero estará ahí un otro, un guía, para el paso a paso, quien nos cuida o quien nos hunde. ¡Me salvaste! ¡Me chingaste! El otro está presente. Aquí y ahora. Después… también.
¡Viva la vida! Brindemos ahora por tus muertos y por los míos. Hoy y mañana, aunque quizá ya no estemos, alguien nos tendrá presentes.