“El mayor descubrimiento de mi generación es que un ser humano puede alterar su vida al alterar su actitud mental” .
—William James
Queridos(as) lectores(as):
Cada inicio de año viene acompañado de una promesa tácita: ahora sí. Ahora sí cambiaré, ahora sí me sentiré distinto(a), ahora sí dejaré atrás lo que pesa. Sin embargo, enero suele convertirse en una repetición más elegante de diciembre. Cambia la fecha, cambian las metas escritas en una libreta nueva, pero el modo de estar en la vida permanece intacto. Tal vez por eso tantos comienzos terminan en frustración. No porque falte voluntad, sino porque el problema nunca estuvo en el calendario. Estuvo —y sigue estando— en aquello que no se ha querido mirar. Arrastramos historias no pensadas, decisiones no elaboradas, duelos inconclusos, y esperamos que el tiempo haga lo que sólo el trabajo interior puede lograr.
Esta entrada no es una invitación amable ni un mensaje motivacional. Es una provocación. Porque hay años que no fracasan por mala suerte, sino por exceso de repetición. Y repetir no es vivir: es sobrevivir con variaciones mínimas. Quizá este no sea el año de empezar de cero. Quizá sea el año de empezar a mirarte, empezar a escucharte.
El pasado no se va: se infiltra
Hay una fantasía —una mentira— muy extendida: creer que el pasado queda atrás sólo porque ya no se habla de él. Pero lo no dicho no desaparece; se transforma en síntoma, en carácter, en destino repetido. El pasado que no se piensa vuelve, no como recuerdo, sino como forma de vivir. Sigmund Freud lo formuló con una claridad incómoda cuando escribió: “Aquello que no se recuerda, se repite” (Más allá del principio del placer, 1920). No se trata de nostalgia ni de trauma espectacular, sino de pequeñas escenas que se reeditan sin que el sujeto lo advierta: los mismos conflictos, los mismos fracasos, los mismos vínculos que prometían algo distinto y terminan igual.
Por eso el tiempo, por sí sólo, no cura. El tiempo encubre, sedimenta, endurece. Los años pasan y el malestar se vuelve más silencioso, más sofisticado, más difícil de nombrar. Uno ya no se queja: se resigna. Y esa resignación suele confundirse con madurez. Analizarse no es quedarse atrapado en el pasado. Es liberarse de él. No para borrarlo, sino para que deje de decidir por nosotros.
“Conócete a ti mismo”: no era un consejo amable
La famosa inscripción del Templo de Delfos suele citarse como una frase inspiradora, pero su sentido original era todo menos complaciente. “Conócete a ti mismo” no invitaba al bienestar, sino a la medida, al límite, a la conciencia de la propia fragilidad. Platón pone en boca de Sócrates una idea decisiva: “La vida no examinada no merece ser vivida” (Apología de Sócrates, ca. 399 a. C.). No porque toda vida deba ser analítica, sino porque vivir sin preguntarse es vivir a merced de fuerzas desconocidas. El que no se interroga se convierte en extranjero de sí mismo.
El psicoanálisis recoge esa exigencia antigua: no promete respuestas rápidas ni soluciones mágicas, sino algo más inquietante, hacerse cargo de la propia verdad. No la verdad ideal, no la que quisiéramos contar, sino la que se filtra en los actos, en los lapsus, en lo que se repite sin permiso. Conocerse no es gustarse. A veces es tolerarse. Y otras veces, aceptar que no todo en uno es tan noble como se pensaba.

El cuidado de sí: una ética, no una técnica
En la actualidad, el cuidado personal suele reducirse a hábitos, rutinas o consumo de bienestar. Pero en su sentido profundo, el cuidado de sí es una posición ética frente a la propia existencia. Michel Foucault lo explicó con precisión al señalar: “El cuidado de sí es una práctica social que implica una transformación del sujeto” (Hermenéutica del sujeto, 2001). No se trata de sentirse mejor, sino de vivir con mayor verdad. El psicoanálisis no busca fabricar sujetos funcionales ni adaptados a cualquier precio. Busca sujetos que no se traicionen sistemáticamente sin saberlo.
Por eso analizarse no es delegar el malestar ni pedir instrucciones. Es aceptar que hay zonas opacas, contradicciones, deseos incómodos, y que ignorar eso tiene un costo. Un costo que suele pagarse con el cuerpo, con los vínculos o con la sensación persistente de vacío. Cuidarse no es consentirse. A veces es enfrentarse.
¿Por qué empezar ahora?
Porque esperar “el momento adecuado” suele ser otra forma de postergar. Porque los años no hacen el trabajo que uno evita. Porque seguir igual también es una elección, aunque se viva como destino. Albert Camus escribió: “El verdadero problema filosófico es el suicidio” (El mito de Sísifo, 1942). No en el sentido literal únicamente, sino como pregunta por si la vida merece ser vivida tal como está. El psicoanálisis aparece ahí: como un acto de rebelión íntima contra una existencia automática.
Empezar un análisis no es señal de debilidad, sino de responsabilidad. Es decir: no quiero vivir sin entender qué me mueve, qué me detiene, qué me habita. No quiero que este año sea sólo otro intento fallido de cambiar sin cambiar nada. Tal vez este año no te transforme por completo. Pero puede ser el año en que dejaste de mentirte.
Reflexión final
No todos los años son para lograr cosas. Algunos son para comprender. Y comprender, aunque no luzca en redes ni se celebre con aplausos, cambia la vida desde adentro. La pregunta no es qué esperas de este año. La pregunta es: ¿qué sigues evitando mirar en ti?
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A veces, el verdadero comienzo no es un propósito nuevo, sino una decisión honesta.
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