No es mi intención entrar en debates ideológicos, ni responder a los muchos ataques que, durante años, intentaron oscurecer su figura. No es este el espacio para hablar de política ni para alimentar viejas polémicas. Quien quiera quedarse en eso, está en su derecho. Pero yo quiero hablar de lo que permanece. De lo que toca. De lo que sana. Hoy, desde el rincón íntimo del alma que compartimos en este diván de letras y pensamientos, quiero rendir homenaje a un hombre que, desde el primer instante en que asomó al balcón de San Pedro, nos habló no desde el trono, sino desde el corazón.
El Papa Francisco —Jorge Mario Bergoglio— fue un pastor que se negó a pastorear desde la distancia. Caminó con los suyos. Se manchó los pies con el polvo del mundo. Y aunque no todos lo entendieron, ni todos lo aceptaron (dentro o fuera de la Iglesia), nadie podrá negar que dejó una huella. Su pontificado fue una invitación constante a volver al Evangelio. No al Evangelio domesticado por los intereses humanos, sino al Evangelio crudo, provocador, amoroso y exigente. Ese que dice: «Tuve hambre y me diste de comer… fui forastero y me recibiste.» Ese que nos sigue preguntando: «¿Dónde está tu hermano?».

— Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 49
Francisco fue criticado por muchos —creyentes y no creyentes—. Algunos lo vieron como demasiado blando; otros, como demasiado duro. Algunos esperaban de él reformas estructurales; otros deseaban que no se moviera ni un centímetro. Pero él no quiso ser ni ídolo ni mártir: quiso ser pastor. Desde Evangelii Gaudium nos recordó que “el gran peligro del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales”. Y con esa frase, nos dio un diagnóstico valiente para nuestra época.
En Laudato Si’, nos pidió mirar el mundo con ojos de ternura: “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental”. Nos invitó a entender que la ecología no es una moda, sino una forma de amor al prójimo y a la creación. Y en Fratelli Tutti, acaso su testamento espiritual, nos recordó: “La verdadera caridad no es otra cosa que el amor que lucha por la dignidad de todos”. Nos desafió a construir puentes, a dejar de mirar al otro como amenaza, y a ver en cada ser humano un hermano que clama por pan, justicia y consuelo. Su voz no fue cómoda. A veces fue desconcertante. Pero el Evangelio nunca ha sido cómodo. Lo cómodo es la indiferencia. Lo difícil es amar, perdonar, construir comunidad, volver a empezar.
Francisco nos pidió vivir con alegría, no como evasión, sino como resistencia. Nos recordó que la misericordia es el nombre más bello de Dios, y que la Iglesia no es un refugio de perfectos, sino un lugar donde los heridos del camino pueden descansar un poco. Hoy lo lloramos, pero también lo agradecemos. Porque, como buen jesuita, nos hizo pensar. Nos hizo discernir. Nos hizo arder el corazón, como a los discípulos de Emaús. Pero si hay algo que necesitamos ahora, es reaprender a mirar. Francisco nos lo suplicó una y otra vez: mirar con ojos nuevos. Con ojos limpios. Sin el polvo del prejuicio, sin la costra del rencor, sin el velo de ideologías que nos impiden ver al otro como un hermano. Mirar con nuevos ojos el mundo es mirar con compasión. Es soltar el odio heredado, el juicio fácil, las críticas vacías que sólo brotan de corazones endurecidos por la confusión o el dolor. Porque mirar distinto es vivir distinto. Y vivir distinto es amar mejor.
Gracias, Papa Francisco, por habernos recordado que el Evangelio sigue siendo una buena noticia, incluso —y sobre todo— para los que han perdido la esperanza.
Descanse en paz.
Héctor Chávez Pérez
