¿Por qué visitar el diván?

«Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla»

-Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

«Disculpe, ¿cómo sé que necesito terapia?», así comienza un mensaje que me hace llegar Mauro desde Argentina. Su inquietud es perfectamente entendible y me parece que es la pregunta que muchos se hacen pero en silencio, como si no quisieran enterarse. Cabe señalar que, hoy por hoy, las resistencias hacia la psicoterapia, no se diga al psicoanálisis, entorpecen mucho el camino del sujeto, porque también es importante señalar que dichas resistencias en muchos casos, si no es que en la mayoría, provienen siempre de un tercero. Por ahí podríamos comenzar: ¿Para qué ir a terapia/análisis si me están diciendo que no lo necesito? La importancia de la opinión ajena pesa a modo de ley. Sin embargo, regresando a la pregunta de Mauro, habría que decir que uno nunca se analiza por necesidad, sino por querer hacerlo, por responder al deseo.

Fue la escritora francesa, Marguerite Yourcenar, quien dijo: «El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez uno echa sobre sí una mirada inteligente». ¿De qué sirve ir por la vida siguiendo los caminos que se nos han señalado sin preguntarnos por qué? Es decir, la vida la solemos apreciar desde una perspectiva única, algo demasiado lineal, donde hay un inicio y un final. Pero pareciera que es algo que priva de otras cosas, entre ellas la posibilidad misma. ¿Y cuál es una de las posibilidades primigenias? El poder ser, llegar a ser… para seguir siendo. Sin embargo, cuando no hay inquietud por conocerse, no podemos esperar sino un desfile perpetuo de maniquíes.

El quehacer psicoanalítico

Sin lugar a dudas es un tema muy extenso y que nunca nos alcanzaría este espacio para poder resumirlo de una manera tan fiel y segura. Pero podemos hacer un brevísimo intento de explicar lo que es ir a analizarse. Antes que nada, hay que sostener que se trata de acudir a un encuentro entre dos inconscientes, el del psicoanalista y el del paciente (analizando). Es decir, son dos intimidades que se concentran en una sola. Un espacio personal y seguro, donde uno «puede ser lo que es sin necesidad alguna de ocultarse», como suele hacer el resto del día. No debe existir el temor a ser juzgados, pues nadie hace tal cosa ahí. De hecho, es importante señalar que el psicoanalista NUNCA opina u ofrece consejo alguno sobre qué debería hacer el paciente, ya que la respuesta a la vida que se busca yace en el paciente mismo, sólo hay que ayudarle a ver qué resistencias pueden existir que le priven de pensar, decir y/o hacer las cosas.

Podemos decir que el psicoanalista observa, busca comprender, ofrece su escucha, trata de identificarse para luego entregar una interpretación. De ahí que las preguntas «base» sean: ¿no será que…? ¿qué piensa sobre esto…? ¿podría ser que…? Porque nunca se afirma nada, sólo se ofrece, por así decirlo, una perspectiva donde el paciente puede decir «sí, puede ser», o quizá un «no, no va por ahí». Insisto: el paciente sabe, sólo que «no se da cuenta, aún, de eso». El psicoanálisis, por tanto, es poder acceder a las posibilidades que yacen alrededor pero que no quedan muy claras al principio. Quizá pueda resultar esto un tanto simple para mis colegas, pero la intención es ayudar a aclarar un poco más esto que muchas veces se transforma en un limitante para quienes buscan ayuda, pero no saben cuál ni dónde.

La cura de ser uno mismo

El Dr. Juan David Nasio, me parece que orienta la idea sobre la cura de una manera quizá muy tierna. Él menciona que «estar curado es amar al niño que hemos sido, que vive en nosotros y que está siempre listo a reaparecer». Entre las miles de definiciones que existen sobre lo que es el ser humano, me he inclinado a adoptar una que me resulta muy colaborativa a la hora de trabajar, no sólo con los pacientes, sino conmigo mismo. Ah, porque es necesario que comente esto, ser psicoanalista no es «ser un iluminado», para nada. Ya que los psicoanalistas también vamos a nuestro propio análisis personal. Diría Jesús: «Quien esté libre de pecado, que tire la primer piedra». En fin, volvamos a la definición: el ser humano es caos. Por tanto, hablamos de un ser que vive día y noche ante la contradicción, ante lo uno y lo otro, ante muchas dudas y quizá pocas certezas. La idea de ese conflicto no es casarse con el fatalismo que podría resultar, sino que es saber aprovechar eso y descubrir con ello que la posibilidad o la alternativa siempre existe. Que las cosas NO ESTÁN TALLADAS EN PIEDRA, que los cambios son posibles.

Pero para todo proceso de cura, hay que entender y comprender que siempre será de suma importancia localizar el amor en nuestra vida. Sí, así es, el amor. Porque el amor es la posibilidad de las posibilidades, quien abre y cierra puertas, quien invita o quien rechaza. En ese sentido, uno se pregunta: ¿por qué sufro tanto con esto? ¿por qué lo permito? Y muchas cosas más. Por eso es que hay que darle su merecido lugar a la duda en nuestra vida, pues sin ella, las cosas serían «lo que son» pero nunca tendríamos información sobre el porqué de ello. Volviendo al amor, es algo que desafía y cuestiona, no sólo es darlo porque sí. De este modo, el ir a analizarse no es porque lo necesito, sino porque lo deseo, porque quiero enterarme de mí y de mi vida, de mis miedos, de mis anhelos, de lo que me significo…

El psicoanálisis es por ello, un acto de amor.

Una respuesta a «»

  1. Tan arraigado me siento a una creencia en particular, que busco reforzarla a cada momento sin advertirlo…

    Soy como «creo» que soy. Si cambio mi creencia, perdería mi esencia y dejaría de ser yo. Soy bueno, soy justo, soy tal o tal…

    Pero es que soy tan yo que me lastima la posibilidad del cambio, de ahí que viva en el conflicto y el miedo. No importa que me humillen, yo soy «bueno» o soy tal o tal.

    No necesito dejar de ser bueno, sólo necesito dejar de creer que lo soy a costa de lo que sea y sobreponerme a quien abusa de mí o me limita.

    Por eso me importa tanto conocerme y entender cómo fue que llegué a construir la firme creencia que asumo como mi personalidad irrenunciable.

    De eso trata The Matrix: la creencia a través de la que miro y filtro el mundo que percibo, una cárcel de la que no quiero salir porque ni siquiera me doy cuenta de qué es.

    ¡La Pitonisa (the Oracle) es el psicoanalista!

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