La crueldad que ocultamos (Primera parte)

«El espejo ve al hombre hermoso, el espejo ama al hombre; otro espejo ve al hombre horrible y lo odia; y es siempre el mismo ser el que produce las impresiones»

-Marqués de Sade

Queridos(as) lectores(as):

Es momento de comenzar a abordar aquellas cosas que hemos podido llegar a señalar, de modo no aprobatorio, en algunos hombres y mujeres que, claro, no son nosotros. La conducta señalada como mala, mezquina, cruel, miserable y terrible, no es otra cosa que el reflejo de la propia naturaleza humana. No hay que dejarse llevar por la visión romantizada sobre «los buenos hombres» u «hombres de bien», de tal modo que nos haga pensar que todo es «humanamente posible», menos el comportarse de modos reprochables. Nada más humano que negarse a sí mismo.

Si bien es cierto que la naturaleza caótica del ser humano no es algo que se ha descubierto hace pocos años, podemos señalar un periodo de la Historia en el que el libertinaje llegó a su máximo resplandor: la Revolución Francesa. Sin embargo, esa aseveración no es otra sino un momento oportuno para contemplar al ser humano tal y como es, para dar paso a lo que podríamos considerar, una y otra vez, el fracaso de la razón. Esta sentencia, devenida del pensamiento ofrecido por la Escuela de Frankfurt, nos aparta en buena medida de lo que es, lo que hay y lo que solemos ocultar bajo un racionalismo tiránico que apuesta por lo ideal sin siquiera rozar lo que podemos llamar «real».

Ciertamente, la dignidad humana (dignitatis humanae) nos habla de todo aquello que nos hace especiales, también hay que considerar que el ser humano no está lejos de lo peor, del terror de las cosas tan posibles en tanto que son muy humanas. No descuidemos la parte salvaje que existe en nosotros, misma a la que Freud denominó como «ello». Sólo así podremos ser capaces de afrontar sin evitar.

Un retratista llamado Sade

Uno de los máximos referentes de la «inversión de la Ley», sin lugar a dudas ha sido el «divino» Marqués de Sade. Si bien hay que evitar caer en la ingenuidad de pensar que en sus escritos él estaba haciendo una confesión sobre sus propios delitos, pensamientos o incluso propuestas filosóficas, hay que centrarnos en ellas no podemos sino encontrar un retrato de la denigrante sociedad francesa antes, durante y después de la Revolución Francesa. El propio Marqués nos advierte en Los crímenes del amor (1799): «Nunca, repito, nunca pintaré el crimen bajo otros colores que los del infierno; quiero que se lo vea al desnudo, que se lo tema, que se lo deteste, y no conozco otra forma de lograrlo que mostrarlo con todo el horror que lo caracteriza». ¿De qué sirve hablar del hombre si evitamos hacerlo de modo que no consideremos lo ruin en él?

Geoffrey Rush como el Marqués de Sade en la película Quills (2000)

Tal como señala Élisabeth Roudinesco en el repaso que hace sobre la figura de Sade en Nuestro lado oscuro, los personajes que nos ofrece el intelectual francés «lo que proponen en práctica es la voluntad de destruir al otro y destruirse a sí mismos en un desbordamiento de los sentidos». Por lo que podemos entender que Sade se adelantó a Freud al sugerir lo que en psicoanálisis conocemos como «pulsión de muerte». Ahora bien, la acción del libertino, que encuentra un goce al parecer ilimitado, entra en un modelo de obsesión que le exige una constante capacidad creativa para sostener lo que ahora ya no le es fácil renunciar. «Las dulces mieles del mal», así es como se le puede conocer al sometimiento al vicio. Como podemos entender, la propuesta sadiana apuntala a una revisión de la propia perversión del hombre. De hecho, el propio San Agustín señala que «lo verdaderamente excepcional del ser humano es que, pudiendo hacer el mal, elige hacer el bien». ¿Qué es lo que hace, además del temor al castigo, que el hombre inhiba o reprima esas compulsiones perversas? ¿No existe un goce también en esa prohibición?

Podemos ver a una persona fumar y detestarla, pero no pasará lo mismo si nos volvemos esa persona que se anima a probar el cigarro. El placer es cuestionable hasta que se confiesa propio.

¿Acaso soy un asesino en potencia?

Hace tiempo, se hizo una entrevista a un asesino para poder comprender su modus operandi. Las respuestas eran tan variadas que podrían generar no sólo repudio, sino también asco en todo buen neurótico funcional. Sin embargo, ¿quién no ha fantaseado alguna vez con hacer «lo incorrecto»? Claramente, en muchos, muchísimos casos, las fantasías se quedan en eso, pero a su vez se ven sustituidas por acciones menos «cuestionables», de modo que exista la posibilidad de ver satisfecho, de algún modo, el deseo. Pensemos en la expresión «me quiero echar a esa persona». En México, la noción «echar», cuenta con al menos varios significados, pero podemos resumirlos en «hacer nuestro». La fantasía tiene un rol fascinante que permite al neurótico «experimentar» cosas que sería impensables llevarlas a cabo. «Me quiero echar a esa persona», para terminar «echándome una pizza».

En un estudio realizado por la Universidad de Filadelfia, en colaboración con el FBI (en donde entran los ahora más famosos Kraemer y Lord por la serie de Netflix, Mindhunter), se lograron detectar 3 ideas fijas en la mente de los asesinos seriales: manipulación, dominio y control de la situación. Relaciones de poder llevadas al extremo. Un perfil psicópata-narcisista es lo que abunda en esa investigación. ¿Qué características eran las comunes? Aquí tenemos unos:

-Visión e imagen exaltada sobre ellos mismos.

-Fantasías y delirios de poder.

-Bajo nivel afectivo, sin empatía y frialdad.

-Crueldad contra animales y personas.

-Sin noción de responsabilidad (bien y mal son cosas impensables).

-Necesidad de ser centro de atención.

Hay mucha terquedad en querer identificarse con puntos como éste para preguntarse si «es que acaso somos asesinos potenciales». Lo interesante no es tanto la pregunta, sino el hecho de que la hagamos. Nos genera un morbo, una excitación incluso, el querer ver si es posible eso. Ahora bien, esa identificación con el criminal, no nos hace criminales necesariamente, antes bien, nos permite hacer una simulación de cómo podría ser nuestra vida si nos animáramos a hacer lo que a otros, al parecer, no les cuesta trabajo. ¿Y dónde queda eso? En la fantasía…

…continuará.

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