Queridos(as) lectores(as):
¡Muchas gracias por sus palabras en cada uno de los mensajes que me hacen llegar! Me da alegría saber que encuentran puntos de interés en los encuentros que tenemos en esta página, pero sobre todo, me da gusto leer sus inquietudes y preguntas. Confieso que muchas veces me agarran, como decimos en México, «en curva» (por sorpresa), porque siempre hay temas que no se dominan como uno quisiera, pero no por ello dejo de tomar nota y en mis ratos libres me pongo a estudiar. La vida sin estudio sería un desperdicio.
Respondiendo a Gaby, quien muy amablemente me escribió hace unos días, quisiera compartir un poco sobre aquello que se conoce como «la vida auténtica». No es un tema sencillo, pero haré lo posible para abordarlo y que se preste para la siempre oportuna reflexión.
La posibilidad de ser
Muchos han sido los autores que han dedicado notables esfuerzos por escribir sobre la autenticidad. Sin embargo, si hay alguien que lo hizo de manera apasionada, sin duda alguna fue Martin Heidegger. El filósofo alemán, en Ser y tiempo (Sein und Zeit, 1927), nos plantea su pensamiento de tal modo que se dirige a la pregunta por el Ser desde la fenomenología de Husserl, es decir, alejándose de la concepciones aristotélicas y kantianas. En encuentros anteriores, hemos hablado del principio existencialista: uno nunca es, sino que está siendo. De tal modo que no podemos evitar centrar a Heidegger dentro de esta postulación, ya que cuando nuestro autor dice que «algo es lo que es», nos reafirma que es «aquello que está siendo».

Así, podemos decir que el ser humano es capaz de entenderse como la posibilidad misma. De ahí que el determinismo se vuelva algo a cuestionar. Sin embargo, muchos cometen el error de saberse posibilidad apostando por una libertad sin límites. En palabras de Jean-Paul Sartre: «libertad sin responsabilidad no existe». En esto, Heidegger insiste en poner acento en que el hombre debe apropiarse y responsabilizarse de su existencia, por lo tanto, de su vida. Ahora bien, ¿qué sucede con la existencia auténtica?
De la posibilidad
No vamos a decir que Heidegger tiene un pensamiento novedoso, de hecho sería muy aventurado tan siquiera suponerlo. Porque no debemos olvidar que él estudió ampliamente a Friedrich Nietzsche, pero tampoco caigamos en la idea de que ahí es donde se detiene nuestro retroceso en la génesis de lo que estamos revisando. En fin, no hagamos de este encuentro una Historia del pensamiento. Pero volviendo con Nietzsche, hay que tener presente que en su ardua labor, él nos invitaba a apropiarnos de nuestra vida, dándonos a pensar las terribles consecuencias para nosotros en el malestar que retoma de la noción griega clásica conocida como «eterno retorno de lo mismo». Si no somos capaces de elegir nuestra vida, ¿cómo podemos esperar que hayamos vivido realmente?

¿Cuántas veces nos hemos visto tentados por algo que deseamos con todo el ser, pero que por x o y cosa, no nos atrevemos? Ciertamente se nos presentan arrepentimientos profundos y que nos hacen incluso hasta maldecirnos. No caigamos en algo moral que limite el entender de este sencillo punto. Heidegger dirá que la vida auténtica es apropiarse genuinamente de la posibilidad que se nos presenta. Por el lado contrario, la vida inauténtica nos sitúa al mismo nivel de las cosas del mundo, una repetición de lo mismo, una y otra vez sin opciones, sin posibilidades. Esto lo vemos muy bien reflejado en eso de «que alguien más decida», y que no queda sino seguirle como un rebaño, como una masa sin voluntad, sin pasión por la existencia.
Sapere aude!
¿Recuerdan esa expresión? Sí, se trata del lema de la Ilustración. ¡Piensa por ti mismo! La vida auténtica hace homenaje al individuo que se abre camino contracorriente. Tal como un salmón que brinca y brinca, nadando contra las feroces aguas de los ríos. Pero aquí está la advertencia que les hacía con anterioridad. No se trata de hacer las cosas «sólo porque quiero», porque ello nos conduce a la inautenticidad. No confundamos autenticidad con capricho o con rebeldía sin causa.

Saberse únicos e irrepetibles, como toda existencia lo es por sí misma, no significa en ningún momento saberse privilegiados por encima de los demás, de los dictámenes de la sociedad o de alguna institución. Pero sí es pensar a partir de lo pensado. Es decir, el ser humano ha presumido durante siglos que el uso de la razón es lo fundamental que lo distingue de todos los animales (pensar que sólo un cromosoma nos diferencia del chimpancé…), pero pareciera que esa presunción se olvida cuando no se cuestiona lo que se escucha, lo que se ve, lo que se siente. A ver, cuestionar no quiere decir «estar en contra» nada más porque sí, al contrario, es el insistente recordatorio de no dar las cosas por sentadas, atreverse a preguntar el porqué de ellas. ¡Pensar por uno mismo!
Nuestro miedo común
Como seres humanos, estamos conscientes poco a poco de nuestra propia finitud. Todos tememos a la muerte, pero eso que es tan natural, se vuelve una desquiciante huída para evitarlo. Eso es lo que diría Heidegger precisamente sobre las vidas inauténticas. El no mirar hacia la muerte, el querer evadirla, no es otra cosa que no querer enterarse de la Verdad. Por eso es que hoy estamos sumergidos en una crisis de identidad, de autenticidad. Hay momentos en que los humanos parecemos borregos, que sólo están ahí, arrojados al destino que otros sentencian u ofrecen. Eso es despreciar la vida.
El miedo a la muerte se vuelve un silencioso miedo a uno mismo. Y caemos en dudas, en cuestionamientos, en cosas que nos hacen privarnos de nuestra propia posibilidad abierta al mundo. «Yo no soy capaz de», «yo no podría», «yo no soy la mejor opción», etc. El imperio de la inseguridad da paso a la tiranía de aquellos que, en su supuesta autenticidad, han descubierto lo tremendamente influyentes que pueden llegar a ser sobre los otros, pero claro, sin responsabilidad alguna.

Para concluir, la vida auténtica es elegirse a uno mismo y con ello elegir poder pensar, hacer y decir por uno mismo. Y cuando la sociedad de individuos auténticos se logra, sólo es a través del diálogo, de las propuestas, de los debates y de la apuesta por el progreso de todos, no sólo de unos.

Creo que la infelicidad que conlleva el sentimiento de no poder ser auténticos, es algo que puede matarnos en vida, sin darnos cuenta y llevarnos a una crisis de identidad que si no aprendemos a gestionar nuestras emociones y a tomar o a retomar el rumbo de nuestras vidas defendiendo nuestro ser, puede llevarnos a la locura. Difícil identificarlo, pero una vez hecho, nos corresponde defender nuestro ser con convicción, con amor y con valentía. Ojalá que nos alcance la vida para ello, porque en el camino se nos puede ir la vida entera de nuestras manos, frente a nuestros ojos.
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