La vida corre inconsciente y desatenta cuando nada a la voluntad se opone. Lo desagradable o doloroso es lo que realmente sentimos de manera muy clara. Solo el dolor es positivo, dado que hace sentir. Encontramos los goces muy inferiores a lo que esperamos, mientras que los dolores siempre son superiores a lo que se presiente.
-Arthur Schopenhauer (Los dolores del mundo)
Pareciera que estamos viviendo un momento importante en el desarrollo de nuestra propia historia; historia que no hace sino llenar páginas y páginas con dolor, tristeza y miseria. La realidad del ser humano va íntimamente ligada al dolor en nuestros días. Un dolor cruel, misterioso y silencioso: hay algo que nos inquieta, no sabemos qué es o quizá sólo se trata de que no podemos (no sabemos) darle nombre. La capacidad de poner en palabras nuestro pensamiento o nuestro sentir se va diluyendo en la terrible necedad del optimismo que atenta contra la vida misma.
Hace unos días, mis alumnos de preparatoria me cuestionaban sobre el famoso «sentido de la vida», grata fue mi experiencia ver (lo confieso) la tremenda desilusión que les causé cuando les respondí de forma directa y concisa: «Como tal no hay un sentido». Fervientemente creo que la vida por sí misma no goza de un sentido único ni particular, somos nosotros los que habremos de darle sentido, pero no sólo se trata de un sentido determinado, sino que cada momento, cada instante (desgarre de la propia temporalidad), nos brinda la oportunidad de darle su merecido sentido. Cada persona debe permitirse encontrar sentido incluso cuando se atreva a pensar que no lo hay. Una vez que expliqué todo esto, la esperanza iluminó sus miradas… hasta que mencioné que «el dolor goza incluso de un sentido, cuya profundidad muchas veces nos desborda».
Encontrar sentido durante la experiencia dolorosa es una prueba muy complicada, incluso me atrevería a decir que podría resultar ser impensable. ¿Quién encuentra con facilidad sentido en aquellos momentos en el que el dolor es tal que incluso desearíamos no seguir vivos? Cuando hablo del despreciable optimismo que algunas personas predican y tratan de vivir día a día, hablo del tristísimo desprecio por la vida en sí misma. No se puede ser siempre felices, no se debe buscar serlo con desesperación, porque ese camino lleva directamente a la desilusión, y luego al dolor. El ser humano, el ser posmoderno, está encaprichado en la absurda idea de que la vida tiene que ser bella, que deben buscar sí o sí la felicidad día tras día, a un nivel de fanatismo terrible. No digo que no deba buscarse la felicidad, pero sí insisto en la necesidad de ser parte del momento y aceptarlo. Habrá días «horribles», días en las que sólo nos faltaría que un perro defecara sobre nosotros (por decir algo), pero si quisiéramos a fuerza encontrarle el «lado bueno o el lado amable», lo único que estaríamos haciendo es negar la vida, querer «tapar el sol con un dedo», huyendo de lo que está pasando. ¡Hay que afrontar la vida tal y como es! En esto último recuerdo a Nietzsche que sugería «vivir la vida y no dejar que la vida nos viva».
¿Pero qué implica eso? Implica aceptar la vida, tal y como es, tal y como venga. Es decir, en nuestra terquedad y absurda pretención de dominio, nos atrevemos a sentenciar que la vida es buena o que es mala, dándole un calificativo existencial meramente subjetivo. La vida no es tales cosas, como diría un viejo profesor: «La vida es vida, lo demás es pura biografía trasnochada». Debemos aceptar el dolor así como aceptamos la alegría, aceptar los momentos, pero no aferrarnos ni a lo uno ni a lo otro. Dejar que la vida lleve su rumbo, habrá días que exigirán más de nosotros, de nuestra resistencia a la frustración o que serán tan agradables como una suave brisa en los días de calor. Es cuestión de «plantarle cara»: no podremos superar nuestros miedos si no los enfrentamos con valor.
Lejos de ser optimistas o negativos, seamos realistas, con todo esto que parece ser la realidad…
